“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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“Si quieres liberar a un país, dale Internet”. Wael Ghonim.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Un vicepresidente que asegura que el país “…está comprometido con la informatización de la sociedad” pero que automáticamente la concibe bajo el liderazgo del Partido Comunista, y la ve como “…un arma fundamental para los revolucionarios para lograr la participación en el proyecto de sociedad que queremos”; que a la vez enfatiza que “…el derecho de todos a internet supone deberes con su uso adecuado y conforme a la ley, y supone también la responsabilidad de velar por la defensa del país y su integralidad”, y un viceministro de comunicaciones asegurando que junto al desarrollo económico de este sector debe correr paralelo el “…fortalecimiento político e ideológico de la sociedad”, son señales que no vaticinan nada diferente para nuestro futuro inmediato una vez clausurado el reciente Taller de Informática y Bioseguridad.

La advertencia solapada que implica la presencia en primera fila del coronel Alejandro Castro –tácito aspirante a heredero del trono familiar– y el silencio en todo cuanto al tema se refiere de su padre el Presidente Raúl Castro; la permanencia al frente del Ministerio de Comunicaciones del Comandante Ramiro Valdés –exministro del Interior por dos veces, toda una reliquia de lo más rancio del histórico stablishment cubano e implementador en máxima medida de sus actuales métodos represivos– unido todo a la recitación del mismo discurso refrito y a la reiterada desatención del Gobierno cubano a los últimos ofrecimientos de Compañías de Telecomunicaciones estadounidenses una vez relajados los controles del embargo, son elementos que nos inducen a pensar que de momento nada cambiará en Cuba con relación a la Internet, y que sólo estamos ante un capítulo más de este culebrón de demagogia y cinismo.

No puede percibirlo de otro modo el cubano de a pie, que vive bajo un gobierno que le ha cobrado hasta ahora una cuarta parte de su salario mensual básico por cada hora de Internet; para él todas las sentencias escuchadas en la clausura del citado taller continúan teniendo el aroma de los malos augurios, suenan a más de lo mismo, sobre todo si tenemos en cuenta que esta impúdica tarifa no se ofrece por un servicio de exquisita calidad, rápido y desde la comodidad de nuestros hogares, como podría presumirse, sino que se ha caracterizado por ser pésimo, sólo disponible desde las salas de navegación de las oficinas del dueto-monopolio ETECSA-SEGURIDAD DEL ESTADO y por lo tanto limitado a sus propios horarios, a 2 MB/seg. de velocidad, y usando máquinas cuya función de copiar-pegar fue restringida y que tienen muchas veces sus puertos USB deshabilitados, siendo espiados a cada tecla que se pulse, rastreados en cada sitio que se visite y con más de una página “molesta” bloqueada. En fin, nada que no se espere de un gobierno que creó recientemente todo un flamante Centro de Seguridad del Ciberespacio, presuntamente destinado a convertirse en el análogo virtual de la célebre Sección 21 de su policía política.

Mientras tanto, desde Guayaquil reprimo palabras obscenas cada vez que me detengo ante el cartel de un cyber que me invita a ¡tres horas de conexión a Internet por un dólar!, en un país cuyo salario promedio mensual ronda los $500.00 USD, un país también tercermundista, pero que ofrece señal Wi-Fi gratis en muchísimos lugares públicos incluidas estaciones de buses, ómnibus y centros gastronómicos y comerciales, donde las antenas parabólicas de recepción de Internet y TV satelital son elementos habituales del paisaje urbano hasta en los barrios más humildes. No podría ser más acusado el contraste entre esta realidad y la que vivimos los cubanos en Cuba.

Todo lo dicho hasta aquí me confirma cada día más en mi certeza de siempre: el control de la información será la última carta de la baraja que cederá la dictadura cubana. Nada habrá cambiado en Cuba mientras todos los cubanos no tengamos acceso pleno, incondicional y sin censura a Internet desde nuestros hogares. Esta es una verdad tan absoluta, y representaría un avance tan decisivo para la apertura real de la sociedad cubana, que únicamente para ese día creeré que habrá comenzado el cambio. Así de simple.

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Releo el clásico de Nicolás Maquiavelo e invito a mis amigos lectores a reflexionar sobre cuánta vigencia tiene aún este código (a)moral para los políticos demagogos de hoy. A pesar de que nuestra realidad más inmediata está plagada de elocuentes ejemplos, no es mi deseo levantar suspicacias: cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

El Príncipe: Capítulo XVIII

De qué modo los príncipes deben cumplir sus promesas

Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas.

Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos escritores enseñaron a los príncipes de un modo velado cuando dijeron que Aquiles y muchos otros de los príncipes antiguos fueron confiados al centauro Quirón para que los criara y educase. Lo cual significa que, como el preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un príncipe debe saber emplear las cualidades de ambas naturalezas, y que una no puede durar mucho tiempo sin la otra.

De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el príncipe se transforma en zorro y en león, porque el león no sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los lobos. Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia. Por lo tanto, un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legitimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

No quiero callar uno de los ejemplos contemporáneos. Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con mis desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le salieron a pedir de boca, porque conocía bien esta parte del mundo.

No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de tenerse presente que un príncipe, y sobre todo un príncipe nuevo, no puede observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son considerados buenos, porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal.

Por todo esto un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de las cinco virtudes citadas, y de que, al verlo y oírlo, parezca la clemencia, la fe, la rectitud y la religión mismas, sobre todo esta última. Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres; y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría, que se escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse. Un príncipe de estos tiempos, a quien no es oportuno nombrar, jamás predica otra cosa que concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo de ambas, ya que, si las hubiese observado, habría perdido más de una vez la fama y las tierras.

CDI Venezuela

Por Jeovany Jimenez Vega.

Recién vi un inquietante video que circuló hace meses en la web con el título Médico cubano torturando a un bebé en Venezuela. En el mismo vemos a un galeno que realizaba un violento examen físico a un lactante pequeño, pero después el hipotético médico cubano, cuestionado en la red por mala praxis, resultó ser en realidad el pediatra zuliano Marcos Tulio Torres. En aquel momento el hecho encontró resonancia en varios sitios digitales cubanos y en varias televisoras de Miami, en una noticia tergiversada presuntamente para desacreditar a la Misión Médica cubana en Venezuela. Tratar de implicar a los médicos cubanos en este hecho fue un acto carente de ética o de una injustificable irresponsabilidad, que deja en entredicho la credibilidad de estos medios, pero también fue, ante todo, una garrafal pérdida de tiempo… y me explico.

Un simple análisis de esa Misión Médica en sí y de la percepción que de ella se tiene, tanto entre la mayoría de los médicos cubanos que en ella se enrolaron, como entre la mayoría de la población venezolana a que está destinada bastaría para llegar a esta elemental conclusión. Me cuentan algunos colegas amigos que de Venezuela regresan, que allá viven prácticamente en la indigencia, en medio de la más insultante insalubridad que pueda imaginarse, en locales mal iluminados y peor ventilados, que frecuentemente carecen de servicio de agua corriente –pudiera tratarse, por ejemplo, de lo que fuera un antiguo prostíbulo– generalmente hacinados, pudiendo llegar a compartir una habitación común entre media decena de colaboradores, con una cocina improvisada y usando un baño común, sin las más mínimas normas de privacidad o higiene, permanecen en estas condiciones durante dos o tres años.

Pero si causan estupor las condiciones en que residen estos trabajadores, sin embargo es en la gestión en que derivaron hace años los Centros de Diagnóstico Integral (CDI) –equivalentes venezolanos de los Policlínicos Comunitarios de la Atención Primaria de Salud cubanos– donde se devela en su real magnitud la farsa de estaCDI-Puerto-La-Cruz flamante Misión Oficial en Venezuela. Aquí estamos ante la más insultante arista del asunto: durante años, desde tiempos de Chávez, colegas nuestros han regresado contando cómo reiteradamente se vieron obligados a botar al retrete costosos medicamentos una vez caducados –incluidos antibióticos que costaban hasta $100.00 USD cada bulbo– porque sus jefes les exigían reportar su uso para sobrenotificar el número de ingresos, medicamentos que en su casi totalidad llegaban desde Cuba en momentos en que los mismos escaseaban o eran inexistentes en las salas abiertas y terapias cubanas. Aún continúa esta bochornosa práctica, pero con el agravante de que ya estos CDI han degenerado tanto en su función que, hoy por hoy, sólo pueden ofrecer un pálido efecto vitrina, pues son mucho más disfuncionales que sus pares de la isla: hoy los colegas que regresan aseguran que estos CDI apenas cuentan con el más precario stock de medicamentos de urgencia –pueden faltar con frecuencia la prednisona, el salbutamol, o el oxígeno, por ejemplo– a la usanza de los peores momentos del período especial cubano, por lo que apenas son visitados por la población. Para contrarrestar esta incorregible decadencia, la dirección de esta “digna” Misión Médica persiste en su vieja solución: se le exige a los médicos que se inventen ingresos fantasmas, que reporten pacientes que no existen para mantener las camas “llenas” sin un sólo ingreso físico real, política que intenta infructuosamente mantener esta megafarsa como válida ante los ojos de la opinión pública.

Sin embargo, a pesar del onanismo mental de ciertos utópicos de izquierda, la naturaleza y esencia de esta gran operación de lavado de dinero no escapa a la intuición del pueblo y de la oposición política venezolana, con toda la natural repulsa que esto lógicamente genera. Si a esto se le suma la grotesca explotación salarial a que se somete a todos estos profesionales cubanos, todo el chantaje que sufren, las humillaciones que reciben por parte de la dirección de esta misión y también de una buena parte de la población venezolana que mantiene hacia ellos una hostilidad más o menos confesa –pues no deja de verles como una parte pasiva, pero parte al fin, de este juego– comprenderemos por qué los ataques como este que motiva mi comentario inicial son superfluos frente a la evidencia de los hechos: es tan cruda y lastimosa esta realidad que no merita ser hiperbolizada.

Condénese la manipulación política de la profesión médica, condénese la mentira de los gobiernos demagogos, condénese el atropello contra los profesionales cubanos dentro y fuera de su país, condénese el despotismo de los tiranos, pero sepárese con prudencia el trigo de la paja y no se ponga en entredicho la ética de la Pediatría cubana mediante estos groseros insultos a la inteligencia.

 

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Es llamativa la notable polarización de criterios asumida entre la oposición cubana alrededor de las recién iniciadas negociaciones entre Cuba y EE.UU para normalizar sus relaciones diplomáticas y el potencial levantamiento del embargo –me refiero a las posiciones más difundidas a través de la web, que aunque no serán las únicas, sí son las más visibles. Entiéndase concretamente la posición del Foro por los Derechos y Libertades, que en forma de Hoja de Ruta se formula en torno al Proyecto Estado de Sats, dirigido por Antonio G. Rodiles, y la asumida por los activistas de Espacio Abierto de la Sociedad Civil, que propone lo que han dado en llamar sus Cuatro Puntos de Consenso.

Si ambas, con diferencias de matices, reflejan las exigencias más inmediatas de la sociedad civil disidente y la oposición cubana, cabría preguntarse ¿por qué asumen éstos posiciones tan divergentes cuando de levantar el embargo se trata? Semejante polarización se explica, a mi modo de ver –y esto sumado a la incuestionable trascendencia del asunto en sí– por la lógica inexcusable que subyace detrás de ambas posturas.

Preguntémonos: ¿Cuál es la lógica detrás de la posición del Foro? Muy simple: un gobierno totalitario como el cubano, que no ha demostrado jamás vocación por la tolerancia y no ha lanzado absolutamente ninguna señal de distención, sino que continúa reprimiendo con saña a opositores pacíficos, no se merece ningún gesto de distención por parte de la comunidad internacional. El precio de hacer concesiones en este momento sería nefasto pues sólo conseguiría perpetuar en el poder, durante varias décadas más, a los herederos de los tiranos históricos y conduciría a la mutación del esquema actual hacia uno de capitalismo monopolista de estado –evolución muy similar a la del caso ruso. Esta tendencia, si la he interpretado bien, no se opone al levantamiento del embargo tanto como a su levantamiento incondicional: propone que este trascendental paso sólo debe darse después de haber logrado, al menos, la ratificación e implementación de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Sociales y Culturales pendientes desde 2008.

Entonces ¿no es todo esto cierto y sumamente probable? ¿No apunta la lógica más elemental hacia esta posibilidad? ¿Desde cuándo los tiranos han hecho concesiones gratuitas, sobre todo en momentos de distensión política? Ahí está la Historia para demostrarlo: no fue otra cosa que la presión internacional sostenida durante lustros o décadas –unida en todos los casos, eso sí, a un formidable empuje de masivos movimientos opositores internos– lo que obligó a los regímenes de Chile, Polonia y Sudáfrica, por ejemplo, a deponer su poder. Entonces parece más que justificada, a la luz de este razonamiento, exigir concesiones a los dictadores cubanos a cambio de un replanteamiento de política que indudablemente les oxigenará a corto plazo, pero que sin dudas también lubricará su máquina represiva.

Ahora bien: ¿Cuál sería la lógica detrás de la posición de Espacio Abierto? Muy simple: uno de los factores de éxito del esquema de dominación implantado durante medio siglo por Fidel Castro fue su estricto inmovilismo, de ahí que cualquier pieza que se retire de tal maquinaria iría en detrimento de su eficacia; esto quiere decir que una vez restituidas las relaciones diplomáticas –y más aún si se levanta el embargo– siempre se producirá un nuevo escenario con inevitables fisuras del poder que la sociedad civil disidente podría potencialmente aprovechar para organizarse más, ganar en capacidad de convocatoria, e intentar remover, pieza a pieza, un poder que por otro lado no cede en su hermetismo.

Me pregunto: ¿no es válido también este razonamiento? ¿No es también esta una posibilidad inmediata? ¿No le complicará exponencialmente la existencia a los represores de La Habana el intercambio inevitable de viajeros –turistas y no turistas– que nos visitarán, aun en el caso de que sólo les moviera la mera curiosidad sobre la verdad detrás del muro? Y cuando se regresen ¿con cuál Cuba cargarán en su equipaje?; ¿cuál Cuba se perpetuará en sus fotos y videos: la que les engaña desde Granma Internacional o la Cuba que se desangra por las calles?  ¿Cómo quedarán ante la opinión pública los teóricos del “bloqueo” ahora que se verán obligados a negarse a aceptar las propuestas de miles de compañías norteamericanas –incluidas, por supuesto, las del sector de la informática y las telecomunicaciones– cuyo servicio iría contra el interés de su monopolio y de su enfermiza vocación de control? ¿Acaso no le plantea un reto mucho mayor al poder este inédito escenario que se avecina, que amenaza con sobrepasar su capacidad de contención de cara a una sociedad civil que estará cada vez más ávida de espacios nuevos?

No obstante, apostar con seguridad por una posible distensión de mecanismos de represión y censura puestos a punto a lo largo de cinco décadas, me parece demasiado aventurado. Si se concreta el levantamiento prácticamente incondicional del embargo como pretende Obama –al menos esa es la impresión pública dejada hasta ahora– los represores y censores del régimen tendrán las manos libres para elegir, a la carta, sólo aquellas posibilidades que se ajusten a sus propósitos y que puedan convertirse en nuevas herramientas de represión. Esta realidad explica por qué una buena parte de la oposición sostiene tan efusivamente que su desconfianza “…está fundada en 56 años de dictadura“.

Cabe destacarse que ninguna de las dos posiciones mencionadas al principio desestiman el inmediato golpe político que ya implicaría en sí privar al gobierno de los Castro de su pretexto de la plaza sitiada, pero sí defieren en el modo de interpretar la posterior conducta de los sicarios y testaferros del poder actual una vez levantado el embargo.

Vale, sin embargo, detenerse en algo muy llevado y traído en boca de la parte negociadora norteamericana: el pretendido empoderamiento del pueblo cubano. En este punto hay algo que el mundo –incluida la contraparte del norte– debe comprender: los recursos que entrarán en caso de levantamiento del embargo jamás serán administrados por las manos del pueblo cubano, sino por la misma casta de neoburgueses que se ha desentendido de sus necesidades durante más de 50 años, los verdaderos culpables de nuestra desgracia, los que llevan décadas defalcando el tesoro público de la nación. Debe quedar claro de una vez por todas: es totalmente impracticable un empoderamiento económico del pueblo cubano sin que le acompañe un proporcional empoderamiento en el plano político –esto es algo inaceptable para nuestros represores– y hasta el momento nada señala hacia la buena voluntad del gobierno de Raúl Castro en tal sentido. Precisamente a esto se refiere Antonio Rodiles cuando asegura que “…jamás será el cubano el responsable de su futuro si el régimen puede seguir violando los derechos fundamentales con total impunidad. Jamás el cubano podrá empoderarse si el régimen goza de fuentes económicas que le garanticen sostener y desarrollar su aparato represivo”.

No obstante, nada tendría de sorprendente que lo que se concrete durante los próximos años en Cuba sea una combinación impredecible de ambas posibilidades, y así ambos bandos llevarían la razón. Es poco probable que evolucione alguna de estas variantes sin que se precipiten consecuencias que conduzcan a la otra. Pueden perfectamente, de hecho, evolucionar de modo paralelo a corto y mediano plazo hasta fusionarse al final en esa otra Cuba incierta que nos espera en el horizonte.

De ahí que no haya que subestimar por un solo minuto la trascendencia histórica del momento: del resultado de las actuales negociaciones internacionales dependerá el rumbo de Cuba durante los próximos 20 o 30 años, por lo tanto, este es el instante inaplazable de arrancar a los déspotas cuantas concesiones podamos en beneficio de nuestras libertades. Este no es momento de desgastarnos en discusiones infecundas o rivalidades personales, que deslucen más que meritan nuestra marcha y son música para los oídos del enemigo común; siempre lastima ver inútiles polvaredas levantadas entre activistas cívicos que han dado, por otra parte, elocuentes testimonios de su vocación patriótica. Recordemos esto cubanos: lo que no logremos ahora unidos quedará pendiente por demasiado tiempo y ese es un lujo que la patria no se puede dar.

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Por Jeovany Jimenez Vega

Esta vez la alarma llega desde Cibercuba Noticias: “Médicos cubanos en Brasil reclaman ayuda de la prensa internacional para evitar separación de sus familias”. El documento en cuestión es una especie de proclama que se inicia esbozando la génesis del Programa “Mais Médicos”, continúa presentando a Cuba como un país “…defensor de los derechos humanos…” –así de limpio, sin entrecomillado– que dice “…luchar por igualdad social, e iguales derechos de los ciudadanos…”, para punto seguido reconocer que nuestros “…dirigentes y ministro en particular… sólo nos ven como un medio de producción…”. Continúa este documento comparando el status de los funcionarios de las misiones diplomáticas con el de los colaboradores de la salud y termina suplicando a los “buenos periodistas” que denuncien el hecho “…para que el mundo se entere de las atrocidades de nuestro gobierno”. A pesar de haber sido publicado bajo pseudónimo, Cibercuba Noticias asegura, paradójicamente, que al momento de ser recibido en su redacción el “…mensaje de emergencia…” estaba “firmado por cientos de profesionales”.

“Nos tratan como a una propiedad, no como trabajadores dignos que le hemos entregado más de nuestro tiempo al trabajo y a servirle al gobierno que a nuestros hijos y esposa o esposo”. Esta sola frase bastaría para resumir la psicología de algunos profesionales en estas misiones oficiales, y contiene a la vez una evidente e inconciliable contradicción: se insinúa de este modo que alguien puede ser “digno” al mismo tiempo que acepta con resignación absoluta la condición de “propiedad” y está dispuesto a regalar, servil, más tiempo a quien lo apuñala por la espalda que a sus propios hijos.

Por no proferir palabras hirientes capaces de ofender susceptibilidades entre mis colegas –pues semejante confesión me despierta criterios altamente ofensivos– a partir del siguiente punto y seguido abordo el tema desde una perspectiva absolutamente personal. Si algo me han enseñado mis primeras canas, es que de vez en cuando llegan a la vida de todos, inexorablemente, las horas de las definiciones. De vez en vez la vida se abre en dos caminos divergentes y usted podrá elegir uno de ellos para continuar, sólo uno, y una vez tomada la decisión usted habrá asumido una postura definitiva ante la vida, ya no habrá marcha atrás –no al menos hasta la próxima encrucijada. A veces no será cuestión de elegir, y el camino habrá que tomarlo a cara o cruz, pero esto sólo sucede muy pocas veces; en la mayoría de los casos contaremos con ese regalo de Dios: el libre albedrío, que nos permitirá elegir a conciencia nuestros derroteros. Pero eso sí, cada camino se asumirá con todos sus riesgos y consecuencias –la vida no gusta de andarse con gratuidades y siempre exigirá un precio personal, más o menos alto, a pagar: no habrá dignos caminos fáciles, ni auténticas victorias, sin correr los respectivos riesgos y haber asumido la responsabilidad ante cada consecuencia.

Desde el preciso instante en que a un médico en Cuba se le propone una misión de trabajo en el extranjero, éste conoce ya el carácter leonino de su “contrato”, también conoce de antemano la naturaleza despótica de la autoridad y sabe además que bajo tales circunstancias estará privado de todos sus derechos, y sometido a la constante amenaza de deportación a Cuba ante la menor seña de “insubordinación”. Sabe que se le explotará arteramente pues sólo se le pagará, con mucha suerte, una cuarta parte de lo pactado entre gobiernos a cambio de su talento personal y de una separación de su familia que durará varios años –esto último ha sido la invariable norma en prácticamente todas las misiones. Sabe que la mitad de este dinero quedará congelado en un banco de La Habana, en manos del gobierno cubano, y lo perderá en caso de dar por terminada, de forma unilateral, su relación de trabajo con la misión oficial –en este último caso nuestro gobierno le etiquetará como un desertor y le impedirá entrar a Cuba durante ocho largos años.

Este trabajador es consciente a priori de que lo asumido por él con este “contrato” implica una postura de sumisión absoluta, y a pesar de todo, haciendo uso de su libre albedrío, la elige, y cuando lo hace también acepta tácitamente ser aquella “propiedad”, aquel “medio de producción” barato, y en consecuencia será manejado como el objeto en que aceptó quedar convertido. Eligió entre el camino plagado de espinos que conduce a todo tipo de estrecheces –pero con el gran aliciente espiritual de sentirse libre y no servir a quien le avasalla– y aquel otro camino de disipación y algodonado de comodidades inmediatas –aun a sabiendas de que éste conduce a una subordinación absoluta a quien le explota y a una acusada renuncia a su libertad personal.

Más allá de la dudosa verosimilitud de un documento cuyo presunto autor se oculta en el anonimato –y que por lo mismo dudo mucho haya sido firmado por “cientos de trabajadores” con sus nombres íntegros y reconocibles– centro mi atención en la postura de resignación y sometimiento que asume la mayoría de estos profesionales, incapaces de responder con gestos viriles ante un gesto de evidente despotismo de un gobierno que no le respeta –pues aquí el ministro es sólo la marioneta visible y para nada cuenta. Toda iniciativa de estos trabajadores en Brasil o en cualquiera de las más de 60 misiones médicas oficiales cubanas, asumida bajo tales circunstancias, estará condenada a darse de bruces contra la indolencia de los déspotas: nunca serán tomados en cuenta pues, por un principio que se ha cumplido desde el inicio de los tiempos, no se pueden exigir derechos desde el sometimiento, no se puede exigir libertades desde posiciones de servidumbre. Es así de simple: nadie respetará a quien no sea capaz de respetarse a sí mismo.

Aquí esgrimirá el cobarde que no tuvo alternativas, y es en este punto donde diametralmente se equivoca: siempre tuvo alternativas más libres y dignas, sólo que esa libertad, como siempre, cuesta bien caro y hay que estar dispuesto a pagar por ella su merecido precio. Siempre pudo negarse a partir a esa misión –sobre todo sabiendo de antemano que le avasallan en Cuba con salarios onerosos precisamente para compulsarle a salir– pero prefirió hacerle el juego a quien lo explota y con esto cavar su propia tumba: prefirió una salida engañosa a corto plazo a su precariedad antes que asumir una actitud frontal y exigir en Cuba, en voz alta, sus derechos, pero esto le costaría dosis demasiado altas de sacrificios, carencias y frustraciones frente a un gobierno inmisericorde. Para su vergüenza, puesto ante el yugo y la estrella, el cobarde siempre elegirá la rica y ancha avena en lugar de abrazarse a la beldad que ilumina y mata.

Por supuesto, otro gallo cantaría si en lugar de ocultarse detrás de anonimatos se concertaran los criterios de los más valientes y se exigiera respeto por una vez mirando sin miedo a los ojos del opresor. Las libertades jamás nos caerán como maná del cielo si no estamos dispuestos a asumir todos los riesgos por su conquista. Más de una vez me he mordido la lengua por respeto, por no dirigir la artillería contra colegas que por otra parte aprecio y respeto, víctimas y no victimarios en esta lacerante dinámica de las misiones médicas oficiales cubanas; más de una vez me he abstenido de opinar ante alguien que parte apabullado por su pobreza –que por más parecida que sea a la mía, es su propia pobreza– y sobre todo porque cada cual tiene el soberano derecho de asumir su propia filosofía en la vida, pero defrauda e indigna escuchar sólo quejidos de resignación allí donde la dignidad humana sólo debió colocar en cada garganta, en lugar del lamento, un estridente grito de guerra.

Ver: Los móviles de los colaboradores cubanos: ¿idealismo o necesidad?

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Por Jeovany Jimenez Vega.

“Aquí yace un hombre que murió millones de veces”, debería grabarse a modo de epitafio sobre el mármol que lo cubra. Para entonces, algunos se sentirán abatidos, como si la tierra se les hundiera, mientras que otros, sin dudas, recibirán la noticia en medio de una telúrica alegría, pero absolutamente todos coincidirán en algo: ese día habrá dejado de existir el hombre más amado y más odiado durante los dos últimos siglos cubanos.

Pero Fidel Castro no habrá muerto ese día, porque ya antes, poco a poco, habría sufrido millones de muertes previas. Murió para algunos, por ejemplo, desde aquella primogénita mañana en que “no encontró” el camino del Moncada mientras otro grupo de hombres consecuentes se inmolaba en el asalto; y para otros murió cuando legalizó la pena de muerte a principios del 59, cada vez que los ecos de fusilería llegaban de La Cabaña, o tal vez unos meses después, cuando el mar se tragó en medio del misterio el sombrero de Camilo –dado oficialmente por muerto después de sólo tres días de dudosa “búsqueda”.

Pero más tarde miles de cubanos sepultaron a Fidel Castro cuando, después de haberlo negado muchas veces, anunció de repente, como de la nada, que era comunista –después incluso de haber acusado precisamente de eso, en juicio sumario, al “traidor” Hubert Matos– y declarara sin reparos el carácter socialista de una Revolución que no le pertenecía a él, sino a aquel pueblo que le escuchaba sorprendido.

Unos años más tarde moriría otra vez para otros miles cuando supieron de aquel día en que murió Guevara, abandonado por Manila, en la desolación del altiplano boliviano.

Seguramente para cientos de miles de cubanos Fidel Castro murió en definitiva aquel fatídico día de marzo del 68, cuando la “ofensiva revolucionaria” usurpara cada negocio familiar sin el más mínimo resarcimiento –acto de impune y vulgar despojo que cayó sobre aquellos traicionados a los que apenas tres lustros antes llamara “pueblo” en su autodefensa durante el juicio del Moncada.

También para millones de seres en el tercer mundo debió morir en el 79, cuando siendo Presidente del Movimiento de Países No Alineados, prefirió camaleónicamente callar mientras Afganistán, un estado miembro de aquella organización mundial, sufría la artera invasión de las tropas injerencistas del ejército soviético, el incondicional aliado del barbudo incorregible. O tal vez para esos millones ya habría muerto poco más de una década antes, cuando aplaudió la irrupción de esos mismos tanques soviéticos en Checoslovaquia para apagar los ardores de la Primavera de Praga.

Pero no todos sus decesos fueron tan grandilocuentes y trascendentales, porque Fidel Castro también sufrió muchísimas muertes cotidianas durante esas décadas oscuras: murió cada vez que un cubano fue humillado en la puerta de un hotel prohibido o de una de aquellas diplotiendas elitistas; cada vez que se separó una familia o que se perdió una vida en el mar por no existir modo legal para emigrar de su prisión; cada vez que se castigó la sinceridad y se preconizó, bajo su égida personal, la hipocresía y la doblez; cada vez que se apaleó a algún cubano indefenso que intentaba ejercer los derechos prohibidos, cada vez que se perpetraba un mitin de repudio; moría cada vez que se aprisionaba a un padre o se secuestraba el futuro a alguno de sus hijos; el gran dictador también murió ante cada sueño truncado y ante cada plato vacío.

No obstante, es seguro que cuando se anuncie finalmente la muerte de Fidel Castro –la de sus despojos físicos, quiero decir– la noticia ocupará titulares en los cuatro puntos cardinales. Entonces cada consejo editorial o columnista debería tomarse su tiempo de reflexión, porque más allá de todo el amor o el odio que generara el sempiterno barbudo, se impone que aprendamos de una vez por todas la lección para que ningún otro pueblo, jamás, bajo absolutamente ninguna circunstancia o latitud, vuelva a depositar un poder semejante en manos de un solo hombre, por más bella, justa o sublime que parezca ser la causa que propone.

Pero cuando sufrirá Fidel Castro su definitiva muerte será ese día inevitable en que Cuba amanezca bajo el sol de la verdad, y se destape con su luz la caja de Pandora: sólo para entonces podremos conocer la magnitud exacta de su megalomanía, repasar su verdadero rostro, la mascarada oculta bajo tantas décadas de retórica ficticia, de culto desmedido a una personalidad con hábitos enfermizos y generadora de una caracteropatía que se extrapoló al funcionamiento de toda una sociedad por más de medio siglo. Aquel que soñó con pasar por genio no dejó tras su paso infecundo más que un país en la más absurda ruina económica y –lo cual es muchísimo más grave aún– hundido en un abismo de ruinas morales, y si el evangelio asegura que “por sus frutos los conocerás”, entonces para ese día, en que ya sí morirá definitivamente, mi pueblo calibrará por fin en todo su alcance su traición y su proverbial demagogia.

Precisamente en estos días que se pacta a su alrededor un ridículo mutismo ante hechos de indiscutible trascendencia, cuando muchos bromean con la idea de su muerte o su tácitamente aceptada decrepitud, elevo yo al cielo mi plegaria: deseo que Dios le ofrezca muchos años más de vida, los suficientes para que cualquier día de nuestro futuro cercano también le conceda, de vez en cuando, en medio de su merecida niebla mental, alguna que otra laguna de absoluta lucidez; le suplicaría por esos días, o minutos, de lucidez total para el tirano, pero eso sí, que le basten al que tanto nos dañó para percibir diáfanamente cómo mi país y mi pueblo se levantaron de las ruinas apenas ellos se apartaron; cómo todo tiempo futuro fue ciertamente mejor una vez emancipada la patria de su despotismo. Esos pocos días de lucidez le pediría a Dios antes que devuelva al polvo lo que polvo fue, para que luego le hunda nuevamente en las tinieblas donde chochará sin gloria rumiando su definitiva derrota. Entonces sí partiría Fidel Castro a la eternidad de miserias que merece, como un tenue y penoso recuerdo… y no precisamente absuelto por la Historia.

Yo también exijo.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Porque el mero hecho de haber nacido hombre, ser pensante, implica ya el derecho inalienable a expresarme en libertad sin esperar por el permiso de otro hombre.

Porque mi derecho de reunión y asociación están contemplados por pactos internacionales reconocidos por todo el mundo civilizado, y estos pactos se encuentran por encima de la decisión de los sátrapas que pretenden continuar esclavizando la mente de mi pueblo con su demagogia desfasada.

Porque el derecho universal a la manifestación pacífica implica que las calles y plazas de mi país pertenecen a todos los cubanos y no a aquel grupo que pretendió erigirse como su único dueño, aquel que pretende monopolizar la calle sólo para los “revolucionarios”.

Porque si una Revolución auténtica es progresión, avance dialéctico, vuelco hacia delante, entonces la casta retrógrada que desde el poder entorpece hoy en progreso de mi pueblo no merita sino llamarse contrarrevolucionaria a sí misma.

Porque más de 50 años de monólogo desde un altar inmerecido ya fueron demasiados y hoy le toca su turno en la tribuna al pueblo de Cuba, al denigrado, al traicionado; hoy le ha llegado, por fin, el turno al ofendido.

Por todo eso yo también exijo:

Que el Gobierno cubano ratifique e implemente inmediata e incondicionalmente los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que dejó pendientes desde febrero de 2008.

Que las autoridades cubanas reconozcan oficialmente la existencia y legitimidad de la oposición cubana, y en consecuencia se convoque a elecciones democráticas donde esté representado todo el espectro del pensamiento plural de la sociedad cubana.

Que se establezca una división efectiva de poderes. En este sentido sería esencial que el Tribunal Supremo Popular, máxima instancia del poder judicial, deje de estar subordinado al Consejo de Estado, máxima instancia del poder ejecutivo, así como que se prohíba expresamente que los jueces de los Tribunales Populares estén afiliados al Partido Comunista de Cuba, algo que iría a favor de su credibilidad en cuanto al ejercicio imparcial de la justicia.

Que en consecuencia cese el acoso, la persecución o cualquier modo de represión sobre cualquier grupo o individuo que pretenda expresar pública y pacíficamente su postura política, así como que cesen las detenciones arbitrarias de los activistas cívicos que representen una propuesta disidente.

Que el Partido Comunista de Cuba y la Seguridad del Estado cubana dejen de organizar los tristemente célebres actos de repudio, por cuanto son profundamente lesivos a la dignidad de quienes los perpetran, así como inequívocamente nocivos a la moralidad pública; en consecuencia estos hechos pasarán a ser contemplados como un cuerpo de delito por el Código Penal vigente, momento a partir del cual serán sancionados según la Ley como lo que siempre han sido: auténticos actos de vandalismo, que incluyen invasión de domicilio y/o agresión y daño sobre las personas.

Que se establezca el marco legal apropiado que garantice una plena libertad de prensa y un acceso total y sin censura a Internet como medios para el ejercicio de nuestra libertad de expresión, desde la cual todos podamos, sin temor a ser castigados por ello, proponer el mejor modo de convertir estas ruinas que heredemos en esa nación que tenga, como primera ley de su república, el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Por todo esto #yoTambiénExijo

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La decisión de los gobiernos de Cuba y EE.UU. de normalizar sus relaciones diplomáticas pudiera inscribirse como la noticia del año, y entre las más trascendentales noticias mundiales de lo que va de siglo: más de 50 años de litigante relación –una de las querellas más prolongadas de la Historia humana– justificarán cada titular, columna o ensayo que sobre el tema se escriban.

Pero vale la pena reflexionar con objetividad sobre las posibles consecuencias que tendrá para el pueblo cubano esta decisión, que se ha tomado sin tener en cuenta las voces que alertan desde la oposición interna, hace años, sobre los potenciales peligros que implicaría derogar instrumentos de presión política como el embargo norteamericano y la posición común europea, sin que antes el gobierno verdeolivo haya, al menos, ratificado e implementado los Pactos Internacionales de Derechos Humanos que dejó en el tintero desde febrero de 2008.

Un levantamiento de estos mecanismos de coacción sin tener como garantía mínima la implementación de estos pactos –así como otras demandas exigidas por la sociedad civil cubana– implicaría el definitivo y exacto espaldarazo de legitimación que tanto necesita este gobierno dinástico, justo en un momento en que se sabe aplastado por la evidencia histórica y que busca, desesperado y a cualquier precio, alguna vía de escape.

Durante mucho tiempo me he contado entre los que apuestan por el fin del embargo, pues siempre consideré que una vez venido abajo el gran pretexto, en muy breve tiempo la ineficacia económica del régimen totalitario de La Habana, un mal netamente endógeno, quedaría evidenciada definitivamente. Hasta hoy continúo convencido de este argumento, pero la coincidencia en el tiempo de una serie de circunstancias muy concretas, en medio de un contexto inédito, me ha hecho cuestionarme varios puntos al respecto.

Existe una diferencia esencial entre el momento actual y cualquier etapa anterior de este régimen stalinista, y es que ya hoy se hizo definitivamente evidente que a la vieja guardia de la Sierra Maestra se le agotó su tiempo vital; ahora el fracaso de su propuesta no es algo que esté por demostrarse, sino que ya pasó a ser una certeza histórica establecida. Estos octogenarios saben muy bien que aquella historia del petróleo gratis que durante 30 años les llegó desde Moscú no se repetirá jamás; que hoy China les celebra la gracia, pero que en cuestiones de negocios papelito jablan lengua, les exigirá su paga y ¿con qué se sienta esta cucaracha?; saben también que bajo las condiciones imperantes hasta este 17/diciembre, y a pesar de su cacareada Ley de Inversión Extranjera, ya no engañarían a ningún inversor importante medianamente sensato, dada su bien merecida y universal fama de estafadores de baja ralea; además saben que el turismo nunca va a despegar porque no es competitivo en medio de toda la excelencia que le rodea, y que con el resto de sus renglones económicos nunca bastaría para reparar este megadesastre, y para colmo saben que su principal fuente de ingresos, la explotación de los profesionales de la salud pública, está en peligro inminente de sufrir un duro golpe si su principal mercado, Venezuela –que parece estar lista para sentencia– sucumbe, y que además, el éxodo cada vez mayor de personal calificado del sector es premonitorio de que esta sucia operación mundial de lavado de dinero –pues de nada más se trata– pudiera venirse abajo.

Por todo esto los estrategas castrenses giraron hace tiempo la mirada al norte revuelto y brutal que los desprecia, y fijaron su esperanza en esta balsa que ahora les lanza Obama justo cuando exhalaban su última bocanada de oxígeno: ahora el generalato, otrora intransigente, abrirá nuevamente las piernas como se las abrió a aquella gusanera comunitaria apaleada en el 80 cuando le escaseó el dinero llegados los 90; ahora el enemigo, que presuntamente seguía siendo el mismo al que “…no se le puede dar ni un tantito así…” se transfigura de repente –para sorpresa unos y rabia de otros– en la inesperada tabla del náufrago, salvadora, para un lapidario Robinson que ya había hecho todo el daño posible a su perdida isla.

Sin embargo sigo siendo partidario del levantamiento del embargo, pero únicamente –y esto es algo innegociable– si ese hecho viene acompañado, o condujera, al acatamiento incondicional de los derechos humanos de mi pueblo por la crápula… me disculpo, quise decir cúpula del stablishment cubano. Pero una vez tomada la decisión, se perciben dos consecuencias ineludibles en el horizonte inmediato: por una parte el Gobierno cubano respira aliviado, pues recibirá a corto plazo un no desdeñable flujo de ingresos que de otro modo jamás hubiera logrado –o lo que es lo mismo: de momento se sentirá a salvo y más seguro que nunca para refinar sus nuevas estrategias represivas. Por otra parte –y esta es la arista favorable del asunto– ya a este gobierno totalitario se le agotó definitivamente su principal argumento justificativo sobre el enemigo perpetuo y la plaza perennemente sitiada –o lo que es lo mismo: a partir de este momento el mundo comprobará cómo nuestra ruina económica es realmente culpa de la obcecación de los líderes cubanos que anquilosaron al pasado este país.

En caso que las cosas quedaran tal como se nos presentan, el pueblo cubano continuaría sin tener permitidos derechos civiles y políticos tan básicos como el de opinión y la libertad de pensamiento, de reunión y de asociación; el régimen continuaría vetando nuestro derecho a acceder a Internet sin censura; en la Cuba de los Castro seguiría siendo legal un único partido comunista y despótico –y quizás más despótico y autocrático que nunca– así como una sola prensa oficial sometida a la misma censura de siempre; el mundo seguiría escuchando noticias cada vez más frecuentes y violentas de actos represivos gubernamentales contra una oposición que seguiría sin ser reconocida oficialmente y sobre elecciones que seguirían siendo una falsa total, con las únicas posibilidades de escamoteo señalando hacia la Plaza de la Revolución.

Esto es lo que muy seguramente sucedería a partir de ahora, sólo en caso de que en esta puesta en escena todas las piezas nos hayan sido mostradas. Digo esto pues no descarto que entre ambos gobiernos se haya establecido una hoja de ruta mucho más profunda y ambiciosa que la públicamente anunciada. A primera vista se recibe la impresión de que EE.UU. cedió demasiado frente a lo poco que ofreció Cuba, y si algo han demostrado ambas partes, es cuan obstinadas pueden llegar a ser cuando creen llevar la razón. No deja de sorprender la evidente asimetría de las propuestas, que tan sospechosa se me pinta: la de EE.UU. encarnada en un Obama bastante más espléndido en sus anuncios, y la de Cuba, con un Raúl Castro gris que prefirió centrarse en el regreso de los tres prisioneros, mientras mencionaba de soslayo el fin del embargo de más de medio siglo, como si hablara del fin de una selectiva de pelota. Por esto infiero que detrás de este palo pudiera moverse aún muchísimo comején –sobre todo si consideramos, en todo su calibre, la mediación directa del Papa Francisco en el asunto– y no descarto que el instinto megalómano de los Castro haya exigido como condición para la “rendición” definitiva, que se anuncie todo progresivamente, de forma desperdigada –sin prisa, pero sin pausa, traducido al lenguaje raulista– como para que no quede la fea impresión de que finalmente cedieron ante la evidencia reconocida públicamente por Fidel Castro, hace varios años, de que el modelo económico cubano no funciona. Aceptar esta propuesta no estaría reñida, en definitiva, con el espíritu pragmático norteamericano, según el cual lo único importante es conseguir el fin, más aún si sólo se interpone algo tan frágil y simple como el orgullo de macho herido de unos viejitos decrépitos.

Pero en fin, la suerte está echada: desde ahora ya Cuba y EE.UU. serán buenos y respetables vecinos. Obama y Castro lo anunciaron apenas una semana después que miles de opositores y activistas civiles cubanos fueran amenazados y/o apaleados y/o detenidos –pero, eso sí, reprimidos todos– el pasado 10/diciembre, Día Mundial de los Derechos Humanos, a escasas 90 millas de la costa norteña. Aunque se debe reconocer, en favor del señor Obama, que 90 millas de mar abierto son demasiadas para que el presidente escuche los gritos de impotencia y el ruido de las hordas, para que perciba lo intangible del miedo, el dolor de los golpes, el sabor de la sangre; y como este es el preludio del consecutivo levantamiento de la Posición Común Europea, nos acomete una certeza: desde hoy nos quedaremos a solas ante el monstruo; la pelea estará siendo observada por el mundo a una prudencial distancia. A partir de ahora la libertad de Cuba será, más que nunca, exclusivamente tarea nuestra.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Quienes propugnan la eliminación de los mecanismos de presión política a que permanece supeditado el Gobierno cubano –entiéndase básicamente el embargo estadounidense y la posición común europea– con frecuencia esgrimen como argumento fundamental el presunto clima de reformas emprendidas por Raúl Castro durante los últimos años. Se puede suponer que esta sobredimensionada expectativa tenga su origen en el profundo y sistemático inmovilismo que caracterizó todo el largo gobierno de Fidel Castro, porque el barbudo incorregible llegó a anquilosar el entramado social cubano de modo tan inmutable y absurdo, que habría sido imposible para cualquiera después de él hacer cualquier modificación sin que fuera percibida como un alivio.

Pero si aceptamos la obvia premisa de que desde 1959 en Cuba ha existido un único gobierno –pues ya se ha evidenciado que en esencia el mandato de Raúl, con todas sus edulcoraciones, no ha sido más que una prolongación del mandato de Fidel– podemos asumir también, con un grado sólido de certidumbre, que la psicología del régimen sigue siendo exactamente la misma. Esto nos conduce a un lógico cuestionamiento: ¿cabría esperarse que, en caso de ser levantadas aquellas sanciones, esta oligarquía verdeolivo por fin le concedería al pueblo cubano los esperados derechos contemplados en los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, así como Económicos y Culturales, cuya ratificación e implementación La Habana mantiene como un tema pendiente desde febrero de 2008?

Los optimistas volverían sobre la idea de las reformas raulistas, pero quien haga un acercamiento más detenido a estas pretendidas “transformaciones” encontrará que realmente muy pocas han representado un giro práctico, beneficioso e inmediato en la vida de los cubanos de la isla. Pero obremos desde una muy buena fe –que la contraparte no se ha merecido– y aceptemos que entre estas medidas, algunas representaron un giro más drástico y positivo que otras: entre estas se encuentran la liberación del derecho de viajar al extranjero y la autorización a la compra y venta de viviendas entre personas naturales.

No podemos olvidar, sin embargo, que la reforma migratoria entrada en vigor desde enero de 2013, dispone que no se le permitirá viajar libremente a algunos profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”; ni podemos desdeñar que también establece como “…inadmisible…” para entrar al país a todo aquel acusado por el Gobierno cubano de “…Organizar, estimular, realizar o participar en acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano…”, “…Cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen…” y a todo aquel que el Gobierno considere que deba “…Tener prohibida su entrada al país, por estar declarado indeseable o expulsado.” Se hace más que evidente el amplio margen de maniobrabilidad que deja a los represores esta deliciosa herramienta de coacción. En cuanto a la autorización a la compra y venta de viviendas, recordemos que a esta ley se le acaba de endilgar recientemente una serie de molestas regulaciones en los precios a pactar que vuelven a inmiscuir la mano del gobierno donde no se le llamó –como para recordarnos que aquí las buenas nunca duran demasiado tiempo.

Ahora bien, una mirada al resto del paquete sí ya nos mostrará indudables signos que denuncian sospechosas aristas en estas pretendidas “reformas”. Porque es sumamente difícil aceptar la sinceridad de medidas como la “autorización” a la compra de autos usados a precios astronómicos; o el viciado enfoque impuesto a la gestión de cooperativas como las de transporte, por ejemplo, que deja a sus miembros (jamás dueños de sus medios de trabajo) con un nulo margen de autonomía; o la imposición al resto de los cuentapropistas de leoninas tarifas de precios e impuestos desmesurados y a la inexistencia de un mercado minorista que les abastezca de las más básicas materias primas; o todas las limitantes que hacen cada vez más evidente el fracaso de la política emprendida en el sector agrario, así como la negativa de liberar la gestión del sector ganadero mientras sacrificar y/o vender una vaca continúa siendo un pecado capital que en Cuba aún se paga hasta con 20 años de prisión. Estas son, entre otras muchas, evidencias actuales y premoniciones que ensombrecen nuestro panorama a corto y mediano plazo y ponen seriamente en entredicho la voluntad del Gobierno cubano para emprender los auténticos cambios que este país necesita.

Pero más grave aún que la inmutabilidad de estas “nimiedades” de corte económico, lo es la persistencia de lacuba_ue_bandera política represiva que sigue fomentando el dueto letal Partido Comunista-Seguridad del Estado: desde las oficinas del que continúa siendo el único partido legalmente reconocido, se traza la estrategia que luego en la calle ejecutarán los esbirros de la policía política. Hoy en Cuba persisten las detenciones arbitrarias y la más abyecta precariedad de las garantías procesales –hijas bastardas de la no división efectiva de poderes; continúan perpetrándose impunemente golpizas y mítines de repudio sin que ninguna autoridad se proyecte para evitarlas; se ordena a los sicarios acuchillar a líderes opositores y se reprime en plena calle a mujeres que no llevan más armas que gladiolos blancos; persiste una censura férrea y absoluta al pensamiento disidente mediante un absoluto monopolio sobre los medios de difusión y todos los tipos de prensa, y además se continúa vetando al pueblo el acceso efectivo a Internet cuando ya corre la segunda década del siglo XXI. Por consiguiente, podemos concluir que en Cuba los “cambios” que se han producido son insustanciales y epidérmicos, pura cosmética, nada que anuncie una apertura real a nada que huela ni remotamente a democracia.

Si al final esta generación verdeocre ya no está en capacidad de ofrecer nada diferente, sería más que lógico dudar de sus futuras buenas intenciones o de su capacidad para concebir un esquema de prosperidad real, y muchísimo menos si la fórmula para que así sea incluye que se aparten del camino. Es completamente cuestionable que estas “reformas” reflejen una sincera intención de abrirle las puertas al pueblo cubano a las potencialidades que ofrece hoy una economía globalizada. Es más coherente pensar que estemos ante simples maniobras dilatorias que sólo persiguen perpetuar a los mismos de siempre en el poder.

En caso de que la comunidad internacional, el pueblo cubano y la oposición interna decidieran dar su voto de confianza y ceder: ¿hasta qué punto esto ofrecería garantías de que luego serían ratificados e implementados los mencionados Pactos de DD.HH y que se produciría una apertura inmediata hacia la democracia? Aquí todo razonamiento lógico conduce a la conclusión de que esto nunca sucedería.

De revocarse ahora estas sanciones, sólo se traduciría esto en una oxigenación inmediata de todos los resortes del régimen, sin excluir, por supuesto, sus mecanismos represivos. No pasaría a ser el Gobierno cubano más eficiente desde el punto de vista económico sino que simplemente contaría con más recursos a su alcance para dilapidar y robar, para engordar aún más las millonarias cuentas ocultas de sus oligarcas en el extranjero, y hasta para enaltecer sus delirios de grandeza. Ya la fiera probó la sangre y no se detendrá ante nada. Un gobierno autocrático como el de los Castro, una vez liberado de estos instrumentos de presión política y con el tácito visto bueno que esto internacionalmente implicaría, jamás ratificaría los Pactos de DD. HH. sino que, al contrario, sería muy probable que se volcaría, con mayor saña que nunca, a reprimir el pensamiento disidente a una escala sin precedentes, pues lo haría desde una posición mucho más cómoda que antes.

Esta generación octogenaria que somete a sus caprichos los destinos de mi país, se encuentra definitivamente desfasada de las necesidades de mi pueblo. Ninguna propuesta original saldrá ya de sus empolvadas charreteras. Estos neoburgueses jamás considerarán una salida digna a la pobreza e inequidad en que nos han sumido, porque saben que eso significaría el fin de sus privilegios. Si algo nos enseña la Historia es que las concesiones desacertadas o hechas a destiempo, a la larga producen más daño que beneficio a los pueblos que por error las asumen, y nos enseña también que definitivamente hay gente que nunca cambia, y de esto es un excelente ejemplo la pléyade que hoy dirige este país según su veleidad testicular. Las tres décadas de maridaje con la extinta Unión Soviética evidenciaron que nunca fue el pueblo cubano el destinatario final de aquella riqueza; y si la Historia demostró que no lo fue entonces ¿por qué suponer que lo sería ahora, cuando se han acumulado más que nunca la indolencia y la corrupción gubernamental?

Extender este cheque en blanco al gobierno totalitario de La Habana, en este preciso instante en que se tambalea su media naranja de Caracas, sin haberse percibido la más leve señal de distención hacia la oposición interna ni al reconocimiento de nuestros derechos cívicos –pues los hechos más recientes orientan hacia todo lo contrario– y sin haber logrado ni siquiera la ratificación e implementación previa de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, así como de los Sociales y Culturales, sería una catástrofe en términos estratégicos para el pueblo cubano pues muy posiblemente retrasaría, durante varias décadas, la llegada tan sufrida de la democracia para la nación cubana.

Barack Obama

 

cuba-havana-la-habana-vieja-old-houses-old-cars-colourful-whirled-pinched-1-myPor Jeovany Jimenez Vega.

Jean-Paul de la Fuente, directivo de New7Wonders, la fundación suiza que organiza el concurso por Internet sobre las siete ciudades más maravillosas del mundo, se encuentra de visita en la capital cubana. Recibido por Marta Hernández Romero, presidenta de la Asamblea Provincial del Poder Popular de La Habana, y Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad, ya De la Fuente adquiere, desde su llegada, el perfil típico del turista que a vuelo de pájaro no puede percibir hasta qué insospechado punto se hace difícil para el habanero promedio vivir en su amada ciudad.
No logro entender de qué modo alguien que conozca mínimamente la dinámica de funcionamiento de la capital cubana pudiera proponerla para siquiera concursar por un predio semejante, y mucho menos de qué inexplicable manera terminó por colarse en la recta final junto a ciudades como Barcelona, Chicago, Londres o Ciudad México. De ahí se presume que todas estas personas que votaron por mantener a la ciudad de La Giraldilla entre las últimas aspirantes al selecto grupo de maravillas urbanas tienen algo en común: ninguna vive en una barriada del Cerro, en un solar de Centro Habana o en Marianao a las márgenes del Quibú, con un salario de 20 dólares mensuales para sostén de toda su prole; ni sufrió viendo a su niño babearse ante el juguete inaccesible; ni sabe lo que es una libreta de des-abastecimiento, ni se preguntó a las cinco de la tarde ¿qué coño comemos hoy? ante la despensa vacía; ni soportó nunca una cola de varias horas para comprar picadillo semidescompuesto; nunca viajó colgado de la puerta de un camellomastodonte en horario pico; ni ha estado ¡durante décadas! cargando agua a cubos hasta un cuarto piso o pagando a 100 pesos la pipa por indolencia de los funcionarios pertinentes; no se ha visto obligado a vivir “temporalmente” en un albergue ¡durante 15 o 20 años! después de quedarse en la calle tras uno de esos derrumbes tan habituales en esta ciudad semidestruida.02La Habana  23
Aunque los entusiastas pudieran alegar que tal selección se basa en los índices de salud y educación que son la base de los criterios de un engañoso muy alto Índice de Desarrollo Humano –que nos sitúa paradójicamente por delante de potencias económicas regionales como Argentina, Uruguay, Venezuela, México y Brasil– habría que ver si mantendrían su entusiasmo en caso de visitar un consultorio médico vacío –por demás en pésimas condiciones estructurales– porque su médico fue enviado por el gobierno a una misión de trabajo en el extranjero o porque decidió no ejercer más pues como taxista vive bastante mejor; o cuando visite un hospital y encuentre repetidas esas mismas condiciones estructurales desastrosas una y otra vez y donde laboran médicos y otros profesionales bajo un dramático nivel de frustración personal, algo perfectamente extrapolable al sector de la educación –la otra carta de triunfo ostentada por el Gobierno cubano– que durante la década del 2000 tocó fondo después del fracasado megaexperimento de Fidel Castro que lo llevó a la ruina.
derrumbes-la-habanaResulta que La Habana, así como el resto de la realidad que vivimos los cubanos dentro de la isla, es de una complejidad tan grotesca en ocasiones y tan sutil en otras, que se hace de muy difícil entendimiento para el que llega, se toma un Daiquirí y luego regresa al confort de su rutina, como seguramente lo hará el señor De la Fuente, sin alcanzar a inferir siquiera cuán profundamente disfuncional puede llegar a ser esta ciudad que ahora le muestran desde los pulcros balcones del Ministerio de Turismo. Y no hablo sólo del pésimo estado de nuestra red de carreteras, con sus antológicos baches eternos y alcantarillas tupidas; ni de la ausencia generalizada de cestos de basura que propicia la suciedad en las calles; ni de los solares yermos o de los edificios en ruinas. Se trata, más allá de todo eso, de algo más grave y profundo: se trata de la incapacidad del gobierno cubano para resolverlo todo, de su falta de voluntad política para abrirnos al mundo; de los precios abusivos que establece y de la dualidad monetaria que mantiene; de las abusivas restricciones aduanales que prohíben la entrada de mercancías que nos aliviarían la vida y de su opresiva reticencia a todo cuanto propicie nuestra prosperidad personal; a su absurda negativa a permitirnos comprar un auto a precios mínimamente decentes, por ejemplo, para mantener La Habana aún plagada de autos desvencijados de la primera mitad del siglo pasado; de su sistemática prohibición a permitirnos acceder a ese mismo Internet que hoy usa De la Fuente para auspiciar su concurso y que nos veta a los millones de cubanos que habitamos en Cuba –y que sí vivimos al margen del Quibú, comemos picadillo de soya descompuesto, viajamos en transportes rudimentarios y no accedemos a Internet– nuestro legítimo derecho a colgar palabras como estas en su sitio.
En fin, que aquí habría también que considerar todas esas “pequeñas cosas” que sumadas son las que terminan convirtiendo una ciudad en un lugar “maravilloso” o asfixiante para los humanos que la habiten. Y hasta aquí para nada he mencionado el miedo, ese etéreo habitante de todas las ciudades de Cuba, y que es una de sus más hirientes aristas: el miedo a ser anulado por un poder omnímodo que todo lo fiscaliza y domina –tan bien conocido por cada opositor o disidente; ese omnipresente miedo cuya naturaleza intangible lo hace imposible de incluir entre los parámetros considerados en este flamante concurso de la suiza New7Wonders.

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bloqueo-votación-en-onu-580x435Por Jeovany Jimenez Vega.

Durante 23 años consecutivos la Asamblea General de la ONU se ha pronunciado, cada vez de forma más mayoritaria, contra el embargo estadounidense a Cuba. Sin dudas se trata de uno de los temas que mayor confrontación de criterios desata, no sólo entre especialistas y politólogos, sino incluso entre los más neófitos “cubanólogos”. Pero si algo a estas alturas puede considerarse una verdad consumada, es que esta política no ha logrado su cometido ni lo hará, porque la aristocracia dirigente de esta isla ha aprendido a burlarse de sus redes y ha demostrado con creces que podría fácilmente convivir con ella durante medio siglo más –sálvenos Dios.
Pero no es gratuito que esta controversial política haya visto desfilar a más de una decena de presidentes norteños sin haber logrado su propósito. Es más, y por ir más allá, no sería desatinado asegurar que en esta novela el barbudo incorregible encontró su lugar afortunado en el casting, perfumándose del héroe romántico que se enfrenta en épica batalla contra el malvado Goliat con un desenfado olímpico, y como el instinto siempre excita simpatías hacia la parte más débil, pues ya sabemos quién quedó como la víctima buena y quién como el victimario en este culebrón –para demostrarlo, 188 de los 193 países de la ONU acaban de corroborar esta perspectiva en una votación prácticamente unánime que volvió a dejar a EE.UU. en una humillante posición.
Pero si algo siempre me ha sorprendido en este asunto es que los tanques pensantes norteamericanos no hayan rectificado el rumbo hace tiempo. Desde que esta tierrita fue convertida en un feudo personal no ha logrado jamás un grado mínimamente decente de autonomía económica: durante 30 años amamantados por Moscú y hoy colgados de las tetas de Caracas, pero nunca autosuficientes y con solvencia como para satisfacer sin lloriquear las necesidades de un pueblo que ya se cansó de argumentos inconciliables con la realidad. Si algo ha quedado clarísimo, es que la perenne caquexia arrastrada por la economía cubana durante las últimas cinco décadas ha sido, sobre todo, generada por las erráticas políticas dictadas –que procede de la “etimología” dictador– desde La Habana por Fidel Castro y luego por su hermano y sucesor en el trono, ahora más empeñado en maquillar al cadáver que en hacer reformas reales y profundas por temor a que se resienta su poder.
Bastaría responderse: ¿de dónde partió la idea de deforestar este país a golpe de buldócer durante los 60 con el propósito de convertir aquellas fincas productoras de nobles maderables y frutales en grandes cantones ganaderos, para que al final quedara todo convertido en herbazales baldíos donde hoy sólo pastan las liebres silvestres? ¿De dónde partió la idea de aquel ilusorio cordón de La Habana? ¿Por iniciativa de quién se lanzó contra el pueblo cubano aquella ofensiva revolucionaria de marzo del 68? ¿Dónde fue concebida aquella zafra de los inalcanzados 10 millones, contra los consejos de los más lúcidos expertos, y que terminó siendo todo un desastre de rentabilidad? ¿Y qué decir del célebre Plan Alimentario de mediados de los 90? ¿Quién le dio el tiro de gracia a la ya maltrecha industria azucarera, a mediados de los 2000, eliminando de golpe la mitad de los centrales azucareros cubanos y hoy nos obliga a importar azúcar a precios records históricos? Hasta donde sé, ninguna de estas “genialidades”, que consumieron prácticamente toda la energía del país en sus respectivos momentos, fue propuesta ni instrumentada desde Washington D.C. Más allá del no desestimable daño que pudo provocar el embargo norteamericano, queda evidenciado que estas políticas estaban a priori condenadas al fracaso desde su propia concepción y siempre la causa fue muy simple: se partía una y otra vez rumbo a la dirección equivocada.
O sea que el tiempo, ese juez último de todo acto humano, dejó demostrado que la ineficiencia del sistema económico cubano es una enfermedad sobre todo endógena, que emana de la obcecación y mediocridad de los dirigentes históricos que continúan anquilosados a los años 60. Pero propongo simplificar aún más las cosas. Si una sola razón bastara para levantar el embargo, sería porque durante medio siglo ha sido el bastión que parapetó cada argumento de Fidel Castro para explicar cómo esta nación, transida durante la primera mitad del pasado siglo por grandes disparidades sociales, pero con una macroeconomía considerada referencia hemisférica en 1959, pudo convertirse en tan poco tiempo en esta caricatura de país que todavía es hoy. Sólo por eso, por desmentirle ante la Historia, valdría la pena terminar con esta saga, para demostrar que transcurrido un lustro, o una década –sálvenos nuevamente Dios– ya libre del embargo, esta nave continuaría varada, como siempre lo ha estado, en medio del reverberante Caribe. Ahora quedaría por ver si, en caso de que finalmente se levantaran las sanciones estadounidenses, el gobierno de La Habana estaría dispuesto a devolverle a su pueblo las libertades políticas que le usurpara hace medio siglo –de libre reunión, de asociación y a la manifestación pacífica– así como las debidas garantías procesales mediante una transparente división de poderes; si dejarán de lanzarse contra todo lo que huela a disidente las hordas de los mítines de repudio y si se nos permitiría un acceso libre y sin censura a Internet, entre otras “nimiedades” que el Señor Bruno Parrilla parece desconocer. Pero eso ya habría que verlo compay!

Raúl-despide-a-cooperantes-en-la-lucha-contra-el-ébola-2-21-de-octubre-de-2014-Foto-Estudio-Revolución-580x435Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado jueves, durante una entrevista concedida para su programa radial vespertino, la locutora Ninoska Pérez me comentaba acerca del estado anímico que percibiera en los colaboradores de la brigada médica cubana despedida unos días antes por Raúl Castro. Le impresionó, comentaba, la cara de “pocos amigos” que mostraban algunos de estos profesionales al momento de partir hacia África occidental para enfrentar la epidemia de ébola. No pude opinar al respecto pues no había visto el programa televisivo en cuestión, pero su observación sí me dejó tentado a reflexionar acerca de los móviles seguidos por los profesionales de la salud cubanos que han partido a las misiones médicas oficiales durante los últimos lustros.
Aunque han sido presentadas sistemáticamente por el Gobierno cubano como la más encumbrada evidencia de su vocación filantrópica, en realidad estas misiones derivaron en muy pocos años en la principal fuente de ingresos para el país caribeño. Hemos sido testigos de cómo La Habana, en lugar de reconocer llanamente que se trataba de un servicio muy bien cobrado –y en el que generalmente ha mediado el lucro– continuaba exportando, junto al sacrificio personal de mis colegas, la imagen del desinteresado mesías, y mientras tanto satanizaba la idea de que nuestro trabajador, que recibía un salario miserable, saliera a su misión para mitigar en algo su desesperada situación económica, como si no se tratara de un contrato de trabajo más, por el cual simplemente se cobra –y en lo cual nada hay de inmoral– pues se suponía que a este “hombre nuevo” lo moviera únicamente el más puro sentido del altruismo.
No seré precisamente yo quien cuestione a aquellos que parten al peligro; no me asiste el derecho a hacerlo porque no soy Dios, pero sobre todo porque ante quienes lo hacen se me impone un mínimo de pudoroso recato cuando no soy yo quien se expone. Pero al margen de esta consideración sí saltan a la vista una serie de hechos consumados que son innegables. Consideremos en primer término que los profesionales cubanos enviados a estas misiones desde hace más de una década no lo hacen bajo las condiciones que pudieran hacerlo sus homólogos de otros países. Lo que en otras latitudes toma un curso natural –entiéndase un contrato gestionado por el propio trabajador, según sus intereses y posibilidades– bajo un gobierno totalitario como el cubano cobra matices bien diferentes, porque nuestros profesionales no eligen desde una posición de libertad personal.
No es un secreto que a nuestro trabajador prácticamente siempre se le ha impuesto el país destino de su misión de trabajo, y que una vez allá se le fiscaliza todo como si fuera un crío: desde sus relaciones personales –con quién habla y se vincula, a dónde va y en qué horarios– y hasta si recibe el más mínimo extra por algún servicio prestado, lo cual le está expresamente prohibido. Además, en aquel país recibe como “salario” no más del 15 o el 20% de lo pactado entre ambos gobiernos –que en no pocos casos representa un monto inferior al salario mínimo allá legalmente establecido– mientras el resto de este es retenido por las arcas del gobierno cubano. A su regreso a la isla, a nuestro colega no se le permite traer nada más allá que lo dispuesto por el jefe de la misión –que serán unas pocas cajas bien limitadas de mercancías, y sólo una vez oficialmente finalizada su misión, y ya en Cuba, es que se le permite retirar la mitad restante de aquel “salario” que “cobró” y que mientras tanto permaneció congelado en algún banco cubano. En caso de que este colaborador por decisión personal concluya antes del tiempo acordado su misión, será considerado un desertor y no sólo perderá todo este dinero –que no podrá ser extraído aquí del banco ni siquiera por su familia– sino que le estará tajantemente prohibido regresar a Cuba durante los próximos ¡ocho años!, tiempo durante el cual no volverá a ver a sus hijos ni le será permitida una breve visita en el caso extremo de enfermedad grave o muerte de alguno de sus padres.
Ante todo esto se comprende por qué Ninoska catalogara al contingente que ahora parte como un “… ejército de esclavos”. Más allá de lo fuerte del apelativo, queda evidenciado que la relación mantenida por el gobierno ante el individuo dista mucho de ser una relación de respeto, sino que por el contrario, continúa siendo de naturaleza impositiva y despótica. Pero una parte del mundo aun no comprende que el gobierno que tan arbitrariamente nos trata es el mismo que hoy envía a mis colegas a África; es el mismo que nos masacra con los precios astronómicos y con regulaciones leoninas en la aduana de los aeropuertos; el mismo que nos paga “salarios” de risa contrastados ante una carestía de la vida que alcanza rangos delirantes y que nada hace por mitigar el estado de cosas que él mismo genera y estimula, todo lo cual es incompatible con sus pregonados humillos de generosidad universal.
Será fácil comprender que bajo tales circunstancias, sabiéndose amenazado por un poder que es a la vez empleador y verdugo, es imposible valorar la sinceridad de algún colaborador médico nuestro cuando le vemos ante los micrófonos públicos aclamando loas a la revolución, al partido y al internacionalismo proletario. Es muy perturbador ver a algún rostro conocido en este rollo después de haberle escuchado aquí echar pestes acerca de nuestras condiciones de vida y de trabajo que algunas veces son malas, pero que otras son simplemente infames.
Este “benévolo” gobierno que hoy envía a sus galenos a la gloria o a la muerte, y no otro, aun nos irrespeta del modo más brutal, y si puede hacerlo con tal impunidad es porque ante el mundo continúa exhibiéndonos como banderines de triunfo, como garantes de este chantaje emocional que granjea votos y compromete gobiernos en los foros internacionales. Es por esto que en sus políticas domésticas puede darse el lujo de desatender tan burdamente el bienestar de su propio pueblo: ¿quién supondría que el gobierno que tan “loablemente” se desvela por África, y le envía ahora un contingente mayor que el reunido por todo el resto del mundo, sea capaz de mantener sojuzgado a su propio pueblo? ¿De qué manera un mundo deslumbrado ante lance tan admirable sospecharía que aquí no se respetan nuestros derechos civiles y continúan siendo bocadillos cotidianos las golpizas, las detenciones arbitrarias y los mítines de repudio a guión completo?
Cuando la Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS, o John Kerry, Secretario de Estado de EE.UU elogiaban al Gobierno cubano –y a pesar de que se sobrentiende que se refieren concretamente a su papel en la actual crisis sanitaria– de forma voluntaria o involuntaria ceden al pretexto y de este modo dan otro espaldarazo a las autoridades cubanas para que eternicen sus políticas de vasallaje doméstico.
Pero a los cubanos de adentro víctimas de esta lacerante realidad, no nos engañan aquellos que todo lo monopolizan aunque se disfracen de divas mundiales y lancen lentejuelas del estrado, porque no olvidamos que son los mismos que continúan especulando con nuestras necesidades más elementales. Sabemos que apostaron por perpetuar nuestra miseria porque saben que un pueblo insolvente, empobrecido material y espiritualmente, siempre será mucho más dúctil a sus caprichos que un pueblo sosegado y próspero.
Desde Ciudadano Cero les deseo éxito y mucha suerte a mis colegas cubanos y del mundo en esta decisiva misión, por lo imperativo que se ha tornado para la humanidad erradicar este peligrosísimo flagelo, pero así mismo aborrezco cualquier manipulación política del Gobierno cubano con relación al riesgo que en lo personal asumen; ya será el infalible juicio de la Historia, inexorable y certero, quien se encargue de apartar aquí el oro de la escoria y el diamante del carbón.

EPIDEMIA_EBOLA_t670x470Por Jeovany Jimenez Vega.

La irrupción del ébola en el panorama epidemiológico mundial obviamente implicará un gigantesco reto para todo país que sea alcanzado por la actual epidemia, ya registrada como la mayor de la historia y que por estos días acaba de redondear los 9000 casos confirmados –aunque expertos aseguran que esta cifra debe ser un subregistro. La OMS recién denunció que la epidemia no está siendo enfrentada con todo el rigor político que el momento exige por parte de la comunidad internacional y además alertó que de no ser controlada la situación a tiempo, para 2015 se prevé la incidencia de alrededor de un millón y medio de casos.
Es fácil concluir que llegados a ese estado de cosas el peligro no haría más que crecer exponencialmente. Estamos ante una enfermedad extremadamente contagiosa, de transmisión no vectorial, que puede ser propagada de persona a persona mediante el más sutil contacto con cualquier fluido corporal del individuo enfermo –y que para colmo puede tener transmisión sexual, pues el virus se aísla en el semen hasta transcurridos 90 días de convalecencia. Aunque se acaba de poner en práctica un primer ensayo clínico de vacunación, lo concreto es que por ahora los protocolos de tratamiento médico continúan en ciernes ante una enfermedad que en brotes anteriores ha llegado a alcanzar una letalidad de entre el 90 y el 100% de los casos, y ante la cual sólo puede apostarse por el tratamiento de sus severas complicaciones y por practicar las habituales medidas de sostén vital. Hoy ante el hombre se alza amenazante uno de los chicos malos de la virología, que exige la implementación de las medidas más extremas de contención biológica, así como del uso de personal más especializado y escrupulosamente entrenado para su manipulación.
Semejante panorama nos coloca ante la pregunta más elemental: ¿qué pasaría si el ébola irrumpe en Cuba? Esto es algo no desestimable, y dejó de ser una posibilidad remota después de la partida de un destacamento de cientos de profesionales cubanos destinado a los países africanos azotados por la epidemia. Recordemos la posibilidad de que fuera esa la vía utilizada por el cólera para reaparecer en nuestro país, importado desde Haití, después de una ausencia de 120 años, y ni qué decir del ya sempiterno dengue.
La irrupción de esta peligrosísima enfermedad en Cuba podría simplemente cobrar matices de tragedia. Más allá de lo disipadas que pueden llegar a ser las costumbres de los habitantes del caimán, me inclina a temer por esto las vivencias de quien ha visto con demasiada frecuencia el uso sistemático de material reciclable, práctica habitual en Cuba aun cuando hace mucho tiempo el mundo apostó definitivamente por el uso exclusivo de material desechable: aterra la idea de centros de atención a estos pacientes terminando por reciclar trajes, guantes u otros materiales porque algún sesudo del “nivel superior” se le ocurra asegurar que esto “garantizaría” la seguridad bajo tales circunstancias. En un país donde muchísimas veces un médico no tiene en su consulta algo tan básico como agua corriente y jabón para asearse las manos, ya se comprenderá lo que implicaría la demanda del costoso material mínimo exigido para manipular pacientes con ébola, y si además tomamos en cuenta que la casi generalidad de nuestra infraestructura hospitalaria no está diseñada ni preparada objetivamente para la contención de un flagelo de este tipo, ya podremos ir elevando una plegaria a la virgencita para que nos ampare del trance.
Por otra parte no olvidemos cuan reticentes se han mostrado las autoridades cubanas para informar públicamente sobre la incidencia de epidemias cuando considera que esto puede arriesgar la afluencia de turistas o la celebración exitosa de algún evento internacional relevante –la megaepidemia cubana de dengue de 2006 continúa siendo un excelente ejemplo al respecto.
Con todos estos antecedentes a mano se sienten escalofríos ante la posibilidad aquí considerada y quedan en suspenso las preguntas. ¿Estará el Sistema de Salud Pública cubano preparado para controlar un brote de ébola con la celeridad requerida? ¿Tendremos los profesionales cubanos el entrenamiento, la metodología, e incluso la disciplina necesaria para enfrentar adecuadamente una contingencia de este calibre –y que bien poco se parece a cuanto hayamos enfrentado antes? Llegado el momento ¿estaría dispuesto nuestro gobierno a informar sin tapujos al pueblo y al mundo sobre la verdad? ¿Tendría la humildad de reconocerse incapaz de controlarla y solicitaría ayuda este “infalible” gobierno que ha exportado decenas de misiones médicas alrededor del mundo?
Ya a nivel internacional puede ser discutible la estrategia seguida hasta ahora por la OMS –que ha aceptado estar ante el problema epidemiológico más grave desde la aparición del SIDA– en cuanto al traslado de los enfermos extranjeros para recibir tratamiento en sus respectivos países. Obviamente esto aumenta de modo considerable las posibilidades de propagación transcontinental del virus. En cambio sería mucho más recomendable y seguro crear las condiciones adecuadas en el país donde se confirme cada caso mediante una red centralizada y funcional de instalaciones de campaña correctamente equipadas y con todo el rigor de seguridad que se presupone, donde rápidamente se diagnostique, aísle y trate in situ a cada paciente. Por ejemplo valdría la pena considerar, para implementar esta variante de contingencia, el inmediato acondicionamiento de islotes africanos costeros deshabitados bajo la supervisión de los expertos de la OMS y de organizaciones afines como Médicos sin Fronteras.
Medidas análogas a estas, y al margen de cualquier valoración legal o política, serían más convenientes y efectivas para la contención de esta epidemia. Incluso la ONU –que llegó a ventilar el tema a nivel de Consejo de Seguridad– podría emitir resoluciones enérgicas que respalden y reglamenten estas variantes, y todo quedaría justificado por la gravedad de un momento que no se pinta para paños tibios. Se impone tomar las medidas más enérgicas en todo lugar donde se constate la enfermedad, si con estas medidas se deriva en el rápido control de la situación –incluido el recurso extremo de la cuarentena militar donde llegara a ser evidentemente aplicable y necesaria.
Cierto que esta propuesta puede ofrecerse a muy variadas lecturas, pero en términos operativos prácticos pudiera llegar a constituirse en la única variante que garantizara soluciones concretas que detengan el avance de este temible azote. Pudiera tratarse aquí del ahora o nunca: vivimos momentos críticos que exigen medidas críticas. Lo que no se acometa hoy por falta de voluntad política, indolencia gubernamental o timidez de las instituciones mundiales, sin lugar a dudas se cobrará mañana un coste económico y humano muchísimo más dramático y global.

Ver: Cuando la “verdad” llega solapada.

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pollo en cubaPor Jeovany Jimenez Vega.

La marca de esta empresa que vende pollo troceado a La Habana denuncia su procedencia: llega esta mercancía desde el otro lado del telón de acero, desde la orilla enemiga. Este “Product of USA” nos recuerda que hace más de una década el Congreso de los EE.UU. autorizó las licencias para la venta de alimentos al gobierno cubano, mediando en la transacción, eso sí, sólo dinero al cash, pero resulta que también hace años las cadenas de venta en CUC de la isla insisten en comercializar este mismo pollo troceado hasta a 4.50 CUC (unos 5.00 USD). Si tenemos en cuenta que históricamente esta se ha ubicado entre las carnes más baratas en el mercado mundial, fácilmente concluiremos que el alimento del pueblo no es precisamente una excepción para nuestro gobierno cuando de lucrar se trata.
Pero a esta modalidad de lucro por CUC habrá que añadirle su análoga en CUP. También hace años que las Empresas de Comercio y Gastronomía estatales se vienen sumando a la fiesta: a muchos administradores enseguida se les “alumbró el bombillo” y procedieron reiterativamente a vender la libra de pollo crudo “por fuera” a 25.00 pesos, o sea, al precio del producto elaborado, como pollo frito, y así se quedan con el excedente de aceite, que ya usted debe inferir a dónde irá a parar.
Al final, en este fuego cruzado queda atrapado Liborio, que no recibe, el pobre, la jabita mensual con pollo, aceite –y hasta con etcétera, al decir de Lindoro– que reciben los de las jefaturas; el pobre Liborio que en definitiva es el único perdedor, y el principal culpable de todo esto continúa siendo el Gobierno cubano, por sus obstinados y mediocres enfoques económicos, y además por su inescrupulosa política de precios –la misma que fijó en $38000.00 USD el precio de un Geely USADO que nuevo no le costó 5000, o que quiere vendernos en más de $12000.00 USD una moto Suzuki mierdera que pudo haberle costado poco más de 300.
Aquí todo viene a carenar a la misma playa; simple y llanamente el enfoque de nuestro gobierno siempre persigue un único fin: oponerse por todos los medios posibles al bienestar del pueblo. Entonces vale preguntar ¿quiénes realmente nos bloquean? A ver qué tienen que decir al respecto los teóricos del “bloqueo” yanqui.

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49914Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace varias semanas un artículo de El Nuevo Herald informaba que el pasado 11 de septiembre médicos venezolanos habían lanzado “… un llamado de alarma tras la aparición de una enfermedad que mata en 72 horas y que los hospitales del país no saben cómo tratar.” Asegura además el artículo que “… la advertencia fue minimizada por portavoces del régimen de Nicolás Maduro que calificaron el esfuerzo por notificar al público como una campaña de desinformación y terrorismo, aun cuando la enfermedad en diez días ha dejado un saldo de ocho muertos en el estado central de Aragua.”
La noticia no pudo menos que traerme infaustas reminiscencias. Durante el verano de 2006 –ya separado de modo arbitrario de mi residencia en Medicina Interna, y mientras esperaba el desenlace del abigarrado proceso que derivaría finalmente en mi inhabilitación meses más tarde– fui testigo de primera mano de la que bien pudo haber sido la mayor epidemia de dengue en la historia de mi país. Ese año la enfermedad pasó de ser un par de tímidos brotes notificados entre enero y febrero, a convertirse rápidamente en una epidemia explosiva que debió llegar a afectar a cientos de miles –cuando no ¿millones?– de cubanos durante no menos de 10 meses hasta que la naturaleza con la seca invernal, y gracias a Dios y a la virgencita, la diera por concluida.
Recuerdo con nitidez los cuerpos de guardia de los policlínicos municipales topados, los hospitales con camas extras ubicadas incluso en los pasillos y en los portales, el sistema prácticamente colapsado en su capacidad de receptación de casos, e incluso los edificios de las entonces aún existentes becas en el campo convertidos en auténticos hospitales de campaña a plena capacidad, y sin embargo, quien aquí escribe le reta a usted a que localice en cualquier periódico o revista “oficial” cubana de 2006, o logre recordar cualquier programa radial o televisivo donde se hayan siquiera mencionado las palabras “epidemia” y “dengue”. Le sugiero que no lo intente pues perdería su tiempo: a pesar de que atravesábamos una situación epidemiológica caótica, fuera de control, de que aquella gran epidemia asoló a casi, sino a todas, las provincias del país, nuestras autoridades políticas y de gobierno –incluida la sumisa postura mantenida por el Ministerio de Salud Pública, encarnada en el entonces ministro, y siempre genuflexo, José Ramón Balaguer Cabrera– optaron todos por la más sistemática censura, y mantuvieron durante todo ese período un completo mutis con relación a algo que llegó a tener una connotación escandalosa; mientras en la calle no se hablaba de otra cosa, para su mayor descrédito, ellos decidieron sencillamente hacerse los suecos (con el perdón de los escandinavos).
Aquella política de censura no fue fortuita ni de ningún modo puede verse como un hecho aislado. Si bien en aquella ocasión concreta este silencio oficial giró en torno a la XIV Cumbre de los Jefes de Estado y de Gobierno de los Países No Alineados, celebrada en septiembre de aquel año, no es un secreto el efecto disuasorio que sobre la afluencia de turistas puede tener la nueva de que en este edén de playas pintorescas y despampanantes mulatas hayan irrumpido, para quedarse ya asumiendo un patrón endémico, visitantes tan inoportunos como el dengue, el cólera o el advenedizo chikungunya. De hecho las autoridades políticas y sanitarias cubanas practican aun de modo sistemático un modus operandi semejante: todavía se lee y escucha en la prensa oficial cubana sobre “… la lucha contra el enemigo…” en referencia a los mosquitos del género aedes, en lugar de informar sin tapujos que se habla sobre el ya perenne dengue; igual se exhorta a la población a extremar las medidas higiénicas “… para prevenir las enfermedades gastrointestinales…” cuando todos sabemos que continúan incidiendo casos de cólera. En lugar de informar con objetividad, nuestras autoridades apuestan aun por el solapamiento, prefieren irse por las ramas en lugar de informar públicamente sobre la cantidad de casos y la situación epidemiológica concreta en las diferentes provincias; siempre será más útil hablar claramente y no a través de enfoques sesgados que alimentarán más tarde reiterativos rumores y fomentarán una nociva desconfianza en las autoridades.
Detrás de esta postura puede ocultarse el temor a la incongruencia que implicaría para La Habana reconocer que el mismo gobierno que exporta las legendarias misiones médicas a decenas de países, sea incapaz de controlar estas “nimiedades” domésticas. Con la OMS en alerta máxima ante una inusitada epidemia de ébola en África occidental en la que ya se reportaron miles de casos, más de la mitad mortales, y que ya amenaza con extenderse a otras latitudes –algunos entendidos sostienen que en caso de no ser rápidamente controlada puede llegar a reportarse un millón y medio de casos para 2015– e incluso recién confirmado el primer caso dentro de los Estados Unidos, se comprenderá fácilmente la irresponsabilidad que implica para cualquier gobierno, en semejante contexto, mantener políticas que censuren la información al respecto, sea en Cuba, en Venezuela o en la Conchinchina.
Ahora, ante el envío de un contingente de más de 160 colaboradores cubanos a los países africanos afectados por el ébola y más 460 listos para partir este mes, preocupa como nunca que nuestro gobierno persista en asumir estas posturas. Sería aberrante ocultar la verdad sobre la incidencia de enfermedades transmisibles de este tipo; siempre irá en detrimento del bien público, distorsionará la percepción de riesgo de la población y será un obstáculo injustificado, y hasta puede que insalvable, una vez llegado el momento de implementar las estrategias adecuadas para su contención.

CUBA-VICE PRESIDENTE CUBANO COMPARTE CON PERIODISTAS DE HOLGUIN

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sería para desternillarse de la risa, de no tratarse de un asunto tan serio. “Instó Díaz-Canel a aprovechar las redes sociales para defender el proceso revolucionario” El titular llegó a través de Cubadebate el pasado 28 de agosto. Estas palabras las pronunció nuestro flamante vicepresidente ante el plenario de Consejo Nacional de la FEU, celebrado recientemente en la Universidad de las Ciencias Informáticas de La Habana.

Buen tema para guión del festival humorístico Aquelarre, porque este señor sabe que la única vía legal que tenemos los cubanos de a pie para conectarnos a las redes sociales que menciona es a través de los sitios  Nauta, con horario limitado hasta las 7:00 pm, a precios leoninos –un 25% del salario mensual por cada hora de conexión a 2 MB de velocidad– y siendo espiados tecla por tecla. Fuera de esa variante sólo están las oportunidades ofrecidas por unas pocas embajadas en La Habana –con mucha suerte, dos o tres turnos de un par de horas al mes– o las cuentas alquiladas a extranjeros –a muy altos precios, y que seguramente usan también servidores cubanos.

Pero bien, una vez conectados señor vicepresidente, pregunto: cuando nos pide defender aquello que “…busca garantizar el bienestar del pueblo cubano…” ¿se refiere usted a la política represiva que sigue atizando el Partido Comunista, que ordena aun mítines de repudio a la usanza del 80 mientras su gobierno se vitorea paladín universal de los Derechos Humanos? ¿Se refiere acaso a los precio extorsivos del comercio interior, a los 10 kg. de gas licuado por medio salario, o a los juguetes por tres salarios mensuales? ¿O acaso al desabastecimiento constante de los mercados, o quizás al inalcanzable precio de una canasta básica que existe sólo en los telediarios? ¿Tal vez se refiera usted a la recién entrada en vigor de las regulaciones aduanales mediante las cuales el gobierno que usted desde su cargo también ejerce oprime a mi pueblo sin misericordia, y nos extorsiona, nos roba y nos humilla en la aduana de los aeropuertos? Y aquí me detengo porque esta barbarie que el gobierno que usted representa dicta, fomenta y permite realmente degrada mi karma.

Como vicepresidente debe saber que el cable submarino que nos tendió Caracas está plenamente activo hace años, y que la empresa cubano-venezolana encargada de operarlo puede brindar a Cuba hasta 32 lambda de ancho de banda –1 lambda equivale a 10 gigabyte– de los cuales el gobierno cubano sólo tiene contratados 4 miserables lambda, o lo que es lo mismo, sólo 40 de los 320 gigabyte potencialmente contratables para conectarse todo un país, y que esto obedece únicamente a la expresa voluntad política de nuestros gobernantes de mantener al pueblo cubano bajo el más oscuro hermetismo.

“Instar” a la juventud cubana que vive dentro de la isla a conectarse a las redes sociales en semejante contexto se cuenta entre lo más hipócrita y demagogo que un dirigente cubano puede hacer. Claro está, no olvidemos que este señor hablaba desde la UCI, el cuartel general de las ya célebres Brigadas de Respuesta Cibernéticas –denunciadas por Eliécer Ávila, testigo de primer orden, en entrevista a Yoani Sánchez– devenidas en las equivalentes virtuales de las físicamente represivas Brigadas de Respuesta Rápida (turbas callejeras organizadas por el dueto letal Partido-Seguridad del Estado para dirimir a patadas y porrazos las diferencias) a la vez que nuestros sempiternos líderes citan sin pudor las palabras de aquel cubano sagrado: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace, ganémosla a pensamiento”. Nunca conoció esta tierra tan desfachatado cinismo.

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Obra de Yordanis Garmendía, pintor artemiseño

A: Raúl Castro Ruz

     Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

     Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba.

    Señor Presidente:

Lamentablemente acaban de entrar en vigor las Resoluciones Aduanales 206 y 207 de 2014, mediante las cuales el Gobierno cubano limita aún más la importación de mercancías con carácter no comercial por parte de personas naturales. Con toda seguridad, estas medidas se cuentan ya entre las más improcedentes y desatinadas de las dictadas bajo su gestión de gobierno. Con el pretexto de enfrentar el mercado negro –cuyo origen algunos adjudican por error a esta importación, sin discernir entre justos y pecadores– las referidas regulaciones, en lugar de eso, sólo fomentarán las condiciones ideales para que prospere, como nunca antes, la ya escandalosa corrupción en las aduanas cubanas.

Cae en imperdonable error quien pretenda tratar el síntoma sin revertir la causa primaria, raíz y génesis de la enfermedad. Estas medidas nunca evitarán el florecimiento del mercado negro por una razón muy sencilla: porque no están dirigidas contra las causas que lo provocan. El verdadero origen del mercadeo ilegal habrá que buscarlo, entre otras causas, en el generalizado descontrol de la economía interna, fuente real del masivo desvío de productos y del constante desabastecimiento que esto genera y perpetúa; en la pobre variedad y pésima calidad de las mercancías ofertadas en el comercio minorista interior, en los precios desvergonzados a que se nos somete sin justificación, y en la falta de voluntad política que ha demostrado su gobierno para revertir esta situación; y habría que buscarlas también en la alta tasa de corrupción imperante en la policía y en el cuerpo de inspectores estatales, únicas entidades realmente facultadas, además de la ONAT, para fiscalizar la legalidad del comercio en la calle y la actividad de los trabajadores no estatales –algo que está obviamente fuera de la jurisdicción de la Aduana General de la República.

El gobierno cubano y el partido que lo dirige, sin dudas pagarán un elevadísimo costo político por la imposición de estas desafortunadas medidas, porque la prácticamente totalidad del pueblo las desaprueba como algo injusto y arbitrario: además de limitarnos en cuanto al peso a importar, obligarnos a pagar nuevamente en nuestros aeropuertos hasta el 200% de algo que ya pagamos en el extranjero y cobrarnos aquí 20.00 CUC por el kilogramo de bulto postal que nuestra familia nos envía con sacrificio, es de una inmoralidad indiscutible, no tiene parangón en el mundo y sólo puede ser percibido como un robo a mano armada y un auténtico acto de extorsión legalizada.

Como lógica consecuencia, la corrupción aduanal es hoy tan generalizada e impúdica, que hasta la inteligencia más insulsa infiere que semejante trasiego sería imposible sin la implicación y/o complicidad de múltiples cargos y mandos de la Aduana General y del Ministerio del Interior. No cabe suponerse de otro modo si allí basta con extender la mano para hallar a alguien presto a ser sobornado: he escuchado que desde la azafata en el avión hasta el último oficial aduanal “ayudarían” gustosos a evadir los controles por unas decenas o unos pocos cientos de dólares; que si no se logró antes, ya una vez en la mesa de inspección quienquiera que pague su cuota de extorsión ante cámaras de video que nunca detectan nada, tendrá garantizada una salida sin sobresaltos.

Sin embargo, es una apuesta segura que entre los trabajadores de las aduanas –incluida toda su flamante oficialidad– no menos de tres cuartas partes deben ser militantes del Partido y de la Juventud Comunista. Si a esto sumamos la enjundiosa red de informantes que con certeza tienen allí la Seguridad del Estado y el Departamento Técnico Investigativo del MININT entonces, teóricamente, no debería quedar un centímetro cuadrado fuera de sus perímetros, ni pavonearse por allí un solo corrupto impune; en cambio la realidad desmiente cualquier ínfula de honestidad: no transcurre allí un solo día sin nuevos sobornos y despojos arbitrarios. Hace demasiado tiempo, para que así no sea, que se escuchan pasmosas historias sobre desfalcos personales, sobre todo género de abusos y sobre funcionarios déspotas que avasallan a viajeros indefensos. Mientras esos siniestros intereses diseñen hasta la exquisitez e impongan a su gusto y medida sus propias herramientas de extorción –pues de nada más se tratan estas resoluciones según el más pueril sentido común– estos robos y ultrajes seguirán siendo allí la irremediable norma, y para cada viajero avasallado que traspase esa frontera ya todos los cubanos, por elemental extrapolación, no seremos más que miserables vándalos.

No se puede soslayar en este asunto la que, por predecible, no deja de ser su arista más trascendente y peligrosa: este corrupto sobornable por $200.00 USD, ¿qué no haría tentado por una oferta de $2000.00 USD o más? Nadie busque otra, he ahí la puerta de entrada potencialmente más segura para las drogas ilícitas y una expedita puerta de salida para lo más valioso del patrimonio de la nación cubana –desde objetos coloniales museables, hasta las inapreciables pinturas vanguardistas del pasado siglo, que ya se cuentan por cientos en colecciones privadas de Miami– y que inexorablemente encontrarán entre esos hampones alguna vía despejada. Demos por sentado que la podredumbre moral que ampara a estos canales que amenazan a toda la sociedad y saquean el tesoro patrio, tiene su fundamento inequívoco precisamente en engendros como los recién entrados en vigor con el beneplácito de los gobernantes cubanos.

Le propongo a mi gobierno que en lugar de instrumentar políticas de moralidad tan cuestionable, emprenda otras más justas que potencien la prosperidad de mi pueblo –en cuya desesperanza y pobreza sí nutre su raíz el mercado negro; que sean derogadas hoy mismo estas alevosas resoluciones aduanales, por ser profundamente lesivas a la dignidad humana y a los derechos de cada cubano, y que asuma estrategias realistas dirigidas a enfrentar efectivamente a los corruptos, en lugar de dotarlos con armas cada vez más pérfidas y solapadas.

Presidente: Cuando se recuente la saga de medidas perpetradas por este gobierno contra el bienestar de su pueblo, la política que ahora se revitaliza y arrecia –que espero esta vez nadie se atreva a adjudicar al bloqueo yanqui– quedará inscrita con letras de oro. Con la excusa de disipar una cerilla, el Gobierno cubano en realidad atiza una amenazante hoguera y azuza los demonios más viles del hombre, y al frente de ese gobierno está Usted, que con facultades ilimitadas sin embargo no hace nada por impedir el desastre, de lo cual se infiere claramente su plena complacencia con cada perjuicio que esta política hostil ya nos provoca. Esto le convierte también a Usted en responsable de primera línea ante la Historia por esta nueva masacre moral, pues se cometerá bajo su total consentimiento. Debido al daño producido a la nación cubana por medidas como estas, también Usted será severamente juzgado por las generaciones futuras.

Gracias por su atención.

Jeovany Jimenez Vega. Médico cubano.

Entregada en la sede del Consejo de Estado el 9 de septiembre de 2014.

Con copia a la sección “Cartas a la Dirección” del diario Granma.

Publicado además en 14ymedio

SECCION-DE-INTERESES

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado lunes 25 de agosto, junto a mi esposa la Dra. Aliette Padrón, asistí a la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana para la entrevista que debíamos cumplir como solicitantes de visas de no inmigrantes. En una visita temporal breve cumpliríamos con una invitación emitida por dos doctores cubanos que ejercen en Miami y Hialeah, con la intención de tener un intercambio de experiencias profesionales mediante breves rotaciones no asistenciales a través de centros de atención médica, pero nada fue posible: esa tarde ambas visas nos fueron denegadas, y así se nos esfumó esta valiosa oportunidad.

Asombra la casi surrealista dinámica que allí le imprimen algunos funcionarios a entrevistas por las cuales no pocos cubanos esperan durante años. En nuestro caso concreto lastimó por encima de todo, incluso más que la denegación en sí y que los $320.00 USD pagados por estimadísimas manos amigas –y que para dos médicos cubanos representan una pequeña fortuna– la molesta sensación de que todo estaba decidido de antemano. A aquel funcionario gris de la ventanilla 5 le bastaron cinco breves minutos para hacernos sus dos únicas preguntas: ¿cuál es el motivo de su viaje?, y luego: ¿ustedes hablan Inglés? –a esto último respondimos que muy mal– y a partir de este punto cada nuevo intento de explicación fue interrumpido por un tajante “…no necesitamos saber nada más”.

Efectivamente, de nada valió que la invitación fuera avalada a través de una institución comprometida con la formación cívica, el Directorio Democrático Cubano –mediante su Director Nacional Orlando Gutiérrez– ni que la Oficina del Congresista Mario Díaz-Balart hiciera referencia a nuestras solicitudes ante el Cónsul en La Habana, enfatizándose en ambos casos que no tenemos intenciones de emigrar.

Pero haciendo luego un recuento, estábamos ante un imposible. ¿Cómo convencer a alguien en 5 minutos, a través de aquel frío cristal, de que no deseas vivir fuera de Cuba? ¿Cómo hacerlo ante alguien que no te pregunta absolutamente nada acerca de aquellos vínculos “…profesionales, de trabajo, escuela, familia, o los vínculos sociales…” que en efecto ambos tenemos aquí en Cuba y en ningún otro lugar del universo. ¿De cuál de las mil razones que tenemos para vivir en Cuba hablarle a alguien que tan poco interés mostró, que no quería escuchar y que en 60 segundos ya había concluido que no tenemos lazos suficientemente fuertes con nuestra familia y nuestra patria como para regresar a ellas? Es virtualmente imposible.

Sólo dedicando unos minutos más y un poco de atención, habría escuchado que además de dos hijos en común tenemos aquí al resto de nuestra familia, en la que nadie pretende emigrar. Nunca sabrá aquel funcionario que en 1995, recién graduado y sin hijos, visité París por unos días y que sobre todo recuerdo aquella inexplicable nostalgia por regresar a Cuba; que en 1997, aún joven y sin hijos, una novia me suplicó que emigrara legalmente junto a ella al mismo Miami cuyas puertas se me cierran hoy, y no lo hice; que jamás consideramos lanzarnos de balseros o solicitar una ciudadanía extranjera para vivir fuera de Cuba; que hemos rechazado ofertas de trabajo en varios países; que sobre nuestra familia cayó un día el garrotazo incompasivo de este régimen, y que durante seis años se mantuvo la coerción de aquel puño despótico sordo a nuestra voz sin que solicitáramos, ni en el momento más difícil, visas como refugiados políticos ni nada parecido. Sin embargo ahora de repente nos tropezamos con este desdén, sumamente parecido a la indiferencia despectiva del Consejo de Estado y del Comité Central, tras el blindaje mental del funcionario de la ventanilla 5.

Es cierto que la situación económica cubana sigue siendo caótica y que mucha juventud sigue pensando en huir, que continúa vigente una aquí ineludible Ley de Ajuste Cubano que genera suspicacias, y que las propias características de la gestión consular no le permiten al entrevistador extenderse con todos, pero también es cierto que en nuestro caso un análisis menos estereotipado y superficial tal vez habría derivado en otra decisión.

Mi familia no vive en Cuba por forzosa resignación, tenemos muchísimas razones para permanecer aquí, y créanlo o no funcionarios como aquel, con sólo esbozarlas se duplicaría fácilmente la extensión de este post. Por suerte nos contamos entre los que, en ambas orillas, creen en el libre y próspero futuro que esta tierra se merece, entre los convencidos de que se puede producir el milagro y de que llegado ese momento la patria común exigirá tanto del apoyo y la fortuna de los patriotas de afuera, como del esfuerzo y la perseverancia de los patriotas de adentro. Esta madre demanda hoy como nunca que millones de sus hijos por ella se desvelen. Nos sabemos habitantes de un país maravilloso –aun cuando hoy esté pésimamente administrado– y deseamos que cuando la libertad toque a nuestras puertas no se encuentre con dos bandos que se miren como desconocidos. Es ahí donde jugará su rol histórico nuestra generación: nos corresponde a nosotros sanar las heridas que dejaron abiertas los que nos precedieron; cercenar para siempre la saga del odio que engendraron otros para que la ponzoña no corroa más la sangre de las generaciones futuras; de ahí la importancia de acercamientos como este que ahora nos negara aquel sombrío funcionario.

Durante esta visita habríamos conocido la labor de nuestros colegas, pero también habríamos sorprendido y alegrado a viejos amigos, habríamos intercambiado criterios con otros cubanos, sobre todo jóvenes, y se habrían enriquecido y modulado recíprocamente los puntos de vista, se habrían retroalimentado las perspectivas. Nadie sabe cuándo ni dónde nacerán las ideas llamadas a fundar caminos nuevos. Tan vitales son estos contactos para la unidad del pueblo cubano que los déspotas de La Habana apostaron siempre por evitarlos; durante medio siglo convirtieron este aislamiento en su exitosa estrategia, y quien de cualquier modo fomente esta desunión, sólo a estos déspotas favorece. Hoy se nos impone destrozar los muros del gueto, pero ya dispuestos a la formidable empresa no son precisamente una ayuda este tipo de negativas a primer golpe de vista.

De momento se pospone nuestro viaje al país que acogió a José Martí y a su muchedumbre de dignos emigrados, a la nación ante cuya pujanza económica y social nunca reparó en halagos el Maestro de aquellas crónicas. Es sobre todo ese y no el de las lentejuelas el país que nos gustaría conocer, pero nuestro lugar definitivo siempre estará en Cuba. Cuando viajemos –porque esperamos que así sea– aquí quedarán todos nuestros seres queridos y nos esperarán también los santos huesos de nuestros muertos. A ellos regresaremos una y otra vez, y cuando Dios algún día lo disponga descansaremos en esta isla infinita, no por fatalismo, sino por elección personal, por este sincero y diáfano orgullo de haber nacido cubanos.

Cuba-Russia-Castro-Putin

Por Jeovany Jimenez Vega.

Cuando se escucha el monto de la deuda que, pasadas ya dos décadas y media de la debacle socialista en Europa, aún mantiene el Gobierno cubano con la Federación Rusa, no puede uno menos que reclinarse, cerrar los ojos y entregarse a la meditación para intentar, imaginación mediante, calcular la magnitud de semejante dilapidación. Sólo intentarlo, digo, porque la cifra real y exacta se perdió para siempre en la oscuridad del tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que ambas partes siempre fueron proclives a falsear cifras en virtud de prioridades de índole política. Pero sea cual sea el monto real, algo sí será innegable: que estamos ante uno de los más escandalosos y evidentes ejemplos de ineficiencia y despilfarro de la historia universal.

Nacía este  célebre compadrazgo con la década del 60, al compás de la guerra fría, y aunque Nikita finalmente se entendió con JFK y acordaron retirar los misiles rusos de Cuba a cambio de retirar los norteamericanos de Turquía, sin embargo sí dejaba aquel en La Habana la promesa de un apoyo político y económico incondicional, y de este modo tomaba forma definitiva aquel esquema de padrinaje que para la estrategia global soviética garantizaba la presencia de bases militares en un puesto de avanzada, pero más que eso –pues esto pudo considerarse desdeñable en términos de estrategia puramente militar– perseguía a la par un obvio efecto político al mantener miles de tropas “bajo las narices mismas del imperialismo yanqui”. A cambio, el Gobierno de Fidel Castro recibiría tecnología, maquinaria, productos industriales y materias primas, pero sobre todo petróleo, mucho petróleo a libre demanda y a precio altamente subsidiado a través de una tubería virtual que calculada modestamente, a juzgar por la intensidad del chorro, debió tener cerca de un kilómetro de diámetro. Todo cubano de más de 40 años debe recordar algún detalle anecdótico que así lo confirme –en lo personal he escuchado testimonios de viejos empleados de la terminal de ómnibus de Artemisa, por sólo citar un pálido ejemplo, que recuerdan que allí se fregaban aquellos carros con petróleo, manguera en mano, sin reparo ni miseria.

La dimensión exacta de tan colosal desperdicio de recursos se hace incalculable. Basta imaginar semejante mentalidad obrando desde el hocico hasta la cola de este largo caimán durante 30 años. Y si hasta aquí únicamente hablé de la arista interna “doméstica”, por así decirlo, del asunto, no se debe soslayar sin embargo su arista externa, pues fue aquella la época dorada del internacionalismo proletario, época en que nos dio por regalar centrales azucareros y sostener guerras transcontinentales, de autofomentar los comités de solidaridad con Cuba en decenas y decenas de países –con todo lo que esto implicó en términos económicos– sin soslayar lo que podríamos llamar su arista “oculta”: toda la riqueza que esta privilegiada posición de niño bitongo consentido puso a disposición de la élite gobernante cubana durante aquellas tres décadas, y que fue simple y llanamente malversada, robada y convertida en lujos, en mansiones, yates, autos caros a tanque lleno, en villas con gastos pagos, en cartas abiertas para la cúpula a cobrar en el Consejo de Estado o en furtivas vacaciones en el extranjero, en fin, en aquella amplia gama de exclusividades siempre mantenidas bien a resguardo del alcance del pueblo.

Si a pesar de esto, y abstrayéndonos de todo juicio moral o ético, se hubiera desarrollado la economía cubana, si se hubiera transformado contundentemente para bien la infraestructura de este país, esto se habría constituido en una atenuante a favor del gobierno de Fidel Castro, pero basta una simple ojeada al calamitoso estado de ruina en que a pesar de todo quedamos hundidos para convencernos de lo contrario. Aunque un último razonamiento lógico también induciría al convencimiento de lo que aquí se esboza: si la suma que quedó en débito –o sea, la pactada sólo una vez concluida la saga, a la hora de la liquidación final de la cuenta– ascendió a ¡35000 millones de dólares! –asumamos, desde la buena fe, que no se trate de un subregistro más– entonces ¿de cuánto trasiego estaríamos hablando en total durante aquellos ¡30 años! si ahora se nos muestra apenas la puntita del iceberg?

La envergadura de este descomunal subsidio, añadido al nada despreciable aportado por el resto de los gobiernos socialistas del bloque del CAME –todo un auténtico Plan Marshall para nosotros solitos– echa por tierra cualquier intento de adjudicar al embargo de EE.UU. lo que fue a todas luces consecuencia de las políticas erráticas de La Habana. Como punto de comparación tenemos a la Europa de la postguerra levantada desde la más atroz devastación en tan sólo una década, al Japón de los dos golpes atómicos convertido en un tiempo alucinantemente breve en protagónica potencia económica, y ¿por qué no?, por no ir demasiado lejos, a la Cuba de principios del pasado siglo recuperada en pocas décadas de las secuelas de la guerra independentista.

Quedaría por ver qué pudo pactarse tras bambalinas entre Raúl Castro y Vladimir Putin a cambio de la condonación –¿renegociación?– del 90% de esta deuda, sumada a la seductora oferta de invertir en Cuba el 10% restante. Quizás la nostalgia del invitado del Kremlin por sus buenos tiempos en la KGB pudo haberlo puesto de repente sentimental. No desestimemos que, después de todo, aquí fuimos excelentes alumnos y a él le consta que en este rinconcito del Caribe, entre la plana mayor octogenaria, todavía persiste un culto leal y confeso por la vieja escuela.

EnviosCubaPackPor Jeovany Jimenez Vega.

Aparto con desprecio mi vista de esta gacetilla de malos augurios en que ha devenido Granma, donde ahora se publican las nuevas restricciones aduanales impuestas por el Gobierno cubano contra su propio pueblo. Estas consisten básicamente en una reducción significativa del peso de las mercancías autorizadas a ser importadas por personas naturales sin carácter comercial –que disminuyen a mucho menos 100 kg, en que se mantiene el valor de importe de estas mercancías autorizadas de hasta un máximo de 1000 pesos –por encima de lo cual todo será confiscado–, y en la entrada en vigor de la ominosa resolución del Ministerio de Finanzas y Precios que aumenta la tarifa a pagar por estas mercancías de 10.00 a 20.00 CUC –entiéndase 500.00 pesos, o sea todo un salario mensual– por cada kg. recibido mediante envío postal una vez superados los primeros 1500 gramos.
Como un augur frente a su bola de cristal ya veo claramente las inevitables consecuencias de estas medidas. Sin hacer demasiado esfuerzo diviso a los corruptos de la aduana en cada aeropuerto cubano frotándose las manos y haciéndose cada vez más ricos, cobrando cuotas de extorción cada vez más jugosas al viajero desvalido, haciéndose impunemente de millones robados ante la vista impasible de todas las autoridades políticas y de gobierno que se salpican del festín, bajo las narices mismas de toda esa oficialidad del MININT responsable de “atajarles” –el mismo MININT tan informado y presto a reprimir ipso facto cada actividad de la oposición por mínima que sea, pero que de repente queda “ciego y desorientado” frente este escandaloso trasiego ilegal de dinero. No veo en la bola mágica, sin embargo, que en un futuro se detenga el flujo de “mulas” que surte al mercado negro –pues esos tienen bien “engrasados” a aquellos mismos corruptos a golpe de sobornos, como tampoco veo al pueblo cubano comprar, debido a estas restricciones, más mercadería podrida o de tercera a precio de estafa en las TRD, donde ya hace mucho tiempo nuestra gente advirtió el pillaje. En el fondo de mi bola imaginaria veo muy claro, eso sí, como crece continuamente el desprecio de mi pueblo a un gobierno que cada día se distancia más de él en su alucinada irrealidad y que con este tipo de medidas sólo persigue hacerle cada día más miserable la vida.
Queda demostrado que el Gobierno cubano no conoce límites cuando de mancillarnos se trata. Provoca nauseas escuchar los argumentos esgrimidos para justificar estas medidas infames. Toma el rábano por las hojas quien pretenda adjudicar el móvil de esta felonía al florecimiento del mercadeo ilegal, e igual quien lo adjudique al carácter continuado de la importación de determinados productos por determinados pasajeros: si aquel importó decenas de televisores y de computadoras, y aquel otro decenas de impresoras o torres de PC, lo hizo a través de alguna aduana y con la venia de sus funcionarios –que buenas “ra$one$” tendrían para permitirlo– lo cual no justifica que por unos pocos se generalice una política de modo que nos afecte a todos, y por ir más allá, aun cuando hubo de ser aquello cierto, quedaría por demostrar el afán de lucro de quien importaba estas mercancías, y eso no es algo que se pueda demostrar en el aeropuerto ni que le competa a la Aduana General, sino que existe para este fin todo un cuerpo de regulaciones e inspectores cuyo trabajo consiste presisamente en velar para que se cumpla esa legislación en el terreno, pero de esto a acusarnos a todos de lo mismo y hacernos pagar por igual va un inmenso trecho.
Sin pecar de ingenuos, lo cierto es que no es natural ni ético que alguien que no conoce mis necesidades ni la extensión de mi familia, disponga a priori que todo cuanto yo traiga por encima de lo que él dispuso será “con carácter comercial”, aunque al respecto nunca debemos olvidar la antológica máxima de las autoridades de este país que se cagan en el principio de la presunción de inocencia: aquí serás culpable mientras no se demuestre lo contrario. Mientras tanto, seguimos siendo el único país donde el gobierno insiste en multar a sus propios ciudadanos –pues de otra cosa, por más que pretenda edulcorarse, no se trata– a las puertas de su aduana por el único “delito” de pretender mejorar su vida.

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