El testimonio de dos médicos cubanos que fueron inhabilitados para el ejercicio de su profesión en Cuba durante más de cinco años por canalizar ante su Ministerio inquietudes salariales de 300 profesionales de la Salud Pública. El Dr. Jeovany Jimenez Vega autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo aquí publicado.


Aunque muy larga es la saga de engaños del castrismo, un par de noticias recientes son ilustrativas y ejemplifican muy bien su naturaleza inmoral: Argentina, en medio de inútiles esfuerzos, ha reclamado a La Habana 1300 millones de dólares adeudados por el gobierno de Fidel Castro desde 1973, mientras España acaba de frenar, por impagos, la condonación de otra deuda de 160 millones de euros reestructurada en 2015 bajo el gobierno de Mariano Rajoy. Entre los momentos en que ambas deudas fueron contraídas hubieron de transcurrir varias décadas, sin embargo se comprueba como en ese prolongado lapso de tiempo se mantuvo intacta la que ha sido una constante durante toda la evolución del castrismo: su archidemostrada capacidad para faltar a la palabra empeñada.

Que el régimen de los Castro siempre fue, es y será un sistema parasitario es una evidencia lapidaria. Ahí quedaron 30 años de financiamiento soviético y más de dos décadas de subsidios chavomaduristas malversados, para demostrarlo. Medio siglo de privilegios, de turbias gratuidades, de acuerdos favorecedores y pactos tras bambalinas que no se han traducido de algún modo en términos de prosperidad para mi pueblo, ni haya sido invertido semejante capital en la infraestructura de este país de edificios en ruinas, de almendrones y racionamiento eterno, avalan esa mala fama. Millones de cubanos son diarios testigos de que sólo ruina se ha acumulado a pesar de tan “generosas” regalías.

Sin embargo, si algo no le ha faltado al castrismo en esta historia de insano parasitismo obligado ha sido la suerte, porque hasta ahora cada vez que los Castro se vieron con el agua al cuello el destino, con algún golpe de timón, vino a salvarle los huevos. Extinta la era soviética, tras el sofocón de los 90 llegó Hugo Chávez para canjear petróleo por esclavos -en lo que ha sido quizás una de las mayores y la más duradera operación de lavado de dinero de la era contemporánea. Luego, muerto el líder y Venezuela en picada bajo la garra de Maduro, llega Obama y se abre de piernas, con lo cual Cuba se puso de moda por unos meses, tiempo suficiente para que los listillos de La Habana pactaran una jugosísima cadena de condonaciones.

Porque en cuanto Obama sonó la campana del bingo todos pensaron que Cuba se abriría por fin a los inversores, olieron la oportunidad fantasma y se abalanzaron salivando tras el espejismo hasta morder el anzuelo. De repente aquella maratón de imprudentes olvidadizos decidió perdonar antiguos desagravios: el Club de París condonaba una deuda de 8484 millones de dólares en intereses -comprometiéndose La Habana a pagar los 2364 millones restantes durante los siguientes 18 años- en tanto  Uruguay le perdonaba la menudencia de 50 millones, la España de los Meliá condonaba casi 1500 millones de euros, mientras un astuto Japón, más cauto, aceptaba perdonar dos tercios de su deuda y dejaba una propinita de 1.17 millones.

Varios precedentes, nada desdeñables, aún retumbaban en los estrados: sólo en 2011 China le había perdonado a Cuba ¡6000 millones de dólares! adeudados en préstamos, en 2013 México le perdonó 487 millones de dólares de deuda petrolera asumida 15 años antes, y en 2014 Rusia había renegociado su histórica deuda, contraída por La Habana bajo la égida soviética, que oficialmente ascendía a 35000 millones de dólares, y tras condonar ¡el 90% del total! convenió que el restante 10% -unos 3500 millones- ¡sería invertido en Cuba! ¡Vaya suerte la de esta gente de Birán! ¡Ah!… lo que Raúl Castro concedió a cambio de tan generoso trato ¿…? ya eso es harina de otro costal. Luego pasó el tiempo y pasó un águila por el mar, pero lo que nunca pasó fue la ineficiencia de ese régimen impuesto al pueblo cubano, las ominosas consecuencias de la desastrosa gestión de su gobierno indolente y corrupto y la ruina que ello genera.

Todos estos hechos y antecedentes han contribuido a que la profundísima crisis “coyuntural” atravesada hoy por Cuba sea acaso más penosa, más profunda aún y con peores pronósticos, que aquel eufemístico Período Especial del Fidel Castro de la primera mitad de los 90. Aunque son muchos los elementos que nos apoyarían al considerar ambos períodos como diferentes etapas de una crisis ininterrumpida que ya abarca tres décadas, y descontando, con muy buena fe, algún lustro de los 80 -salvedad sin la cual dicha crisis se habría perpetuado durante los últimos 60 años- cabría destacar varios elementos que otorgan algunos rasgos distintivos a la crisis actual.

En este momento, a un evidente vacío de liderazgo debido a la falta de capacidad y nulo carisma de Díaz-Canel -sometido al control que desde la sombra aún ejercen, apoyados por la línea más dura, los herederos del clan Castro- habría que añadir el agravante de que ya el mundo se la pilló con los truhanes de La Habana. Una vez caídos en la trampa ya quedaron todos definitivamente aleccionados sobre la verdadera catadura de estos jodedores criollos, por eso hoy por hoy -exceptuados el subsidio venezolano y las limosnas rusas o chinas obviamente condicionadas– será en extremo difícil que alguien se atreva a otorgar nuevos préstamos a una economía medieval en quiebra, de fuerzas productivas paralizadas, en continua e inequívoca involución, regida por cleptómanos, corruptos y gobernantes que huelen a estafa por todos sus costados, sin mercados demasiado atractivos y con una legislación que parece diseñada a la medida para espantar inversionistas.

Si a estas graves limitaciones, inherentes al régimen, se suman los nubarrones que oscurecen su horizonte norte y le recuerdan que la administración Trump sigue decidida a apretar los bornes, comprendemos por qué el tardocastrismo, puesto además ante un pueblo cada vez más agitado y molesto, se está viendo el trillo cada vez más color de hormiga. Esa encomiable saga de robos, estafas y escamoteos acumulada por estos pillos a lo largo de seis décadas deberían bastar para que nadie ponga en duda su mala fe, pero también además de un costo moral tiene un irreparable costo en credibilidad perdida, y la dictadura de un modo u otro pagará por ello -dictadura que haciendo gala indiscriminada de su vocación, a la hora de estafar no distingue entre países ricos del capitalismo desarrollado y hermanos pobres del tercer mundo.

Sólo cuando reflexionamos sobre estas millonarias e inmerecidas condonaciones, a pesar de lo cual el castrismo no deja más que la destrucción del país como legado, con una infraestructura anclada al siglo XIX y un pueblo más pobre y desgraciado que nunca, nos percatamos de cuán insondable ha sido el mal que nos ha provocado esta abominación.

Pero ya a nadie más podrán engañar los malhechores con sus lágrimas de cocodrilo. Como definitivo antídoto bastaría recordarles -como una estimación apenas de la envergadura del desastre- que sólo durante un reciente trienio entre México, Japón, China y Rusia eximieron a La Habana del pago de 40.000 millones de dólares -una suma que representa ¡el 50%! de su PIB actual- sólo para comprobar que tampoco esto sirvió de nada. Frente a esta evidencia nos invade la absoluta certeza de que la Historia de ningún modo podrá eximir a semejantes bandidos, sino que al final los condenará como lo que realmente fueron: unos auténticos ladrones que defalcaron hasta la saciedad el tesoro público de la nación de todos los cubanos.


Cuando el des-gobierno de Díaz-Canel anunció la apertura de algo más de 70 establecimientos a lo largo de todo el país para la venta directa en divisas mediante pago con tarjetas magnéticas, justificó su iniciativa en la perentoria necesidad de una rápida captación de divisas, a la vez que presentó su propuesta como una oferta “adicional”, una alternativa que no afectaría, sin embargo, la oferta de mercancías en las tiendas operadas en monedas nacionales.

Las autoridades cubanas siempre insistieron en que esta sería una alternativa más, pero nunca dijeron que sería la única. En cambio, lo que han visto millones de cubanos, tan acostumbrados a escuchar promesas incumplidas, ha sido precisamente lo contrario: en pocos días se ha producido un cierre poco menos que virtual de las tiendas operadas en CUP y CUC. De hecho hoy por hoy las únicas tiendas medianamente abastecidas del país son estas operadas mediante pago por tarjetas magnéticas asociadas a cuentas bancarias en el extranjero -un requisito obligatorio, exigido por La Habana.

Estamos ante un evidente retroceso hacia la fatal dinámica de la triple moneda cuando en su lugar deberíamos avanzar hacia la imprescindible unificación monetaria -tan pregonada e incumplida antes por Fidel y Raúl Castro como ahora por su pelele- lo cual no hace más que afianzar la sensación de que estamos ante un país sin futuro, y que así será mientras la dictadura que lo atenaza gire erráticamente en círculos, sin brújula ni rumbo, patinando una y otra vez sobre su misma mierda.

Hoy vuelve el zorro sobre los viejos pasos, y asegura que sirve vino nuevo cuando en realidad fermenta el mismo orujo en odres viejos. Entonces vuelven a la memoria las puertas prohibidas de aquellas diplotiendas que hasta los 90 representaron para nosotros el Rubicón, el límite físico y metafísico de una ilógica frontera fijada por Fidel Castro, el horizonte de sucesos permitido al cubano común tras el cual intuíamos apenas el agujero negro de la abundancia capitalista, sólo accesible para los privilegiados, para aquellos suertudos que vivían en una realidad alternativa que jamás era la nuestra.

Cada día se hará más evidente que en estas nuevas tiendas -que el gobierno, sin duda, no hará más que multiplicar- sólo comprarán los suertudos de hoy, aquellos que detentan alguna “FE” (familia en el extranjero) o que gracias a alguna coyuntura vital hayan tenido la oportunidad, o el privilegio, de disponer de una cuenta bancaria fuera del país, y aunque ya nada debe sorprender de esta “revolución” de los humildes, por los humildes y para los humildes, esto es algo que no deja de ofender, porque una cosa sería implementar una red de tiendas destinadas a este tipo de pago y otra, bien distinta, pretender que ésta se convierta prácticamente en la única alternativa posible donde adquirir alimentos y aseo (hasta el momento) en medio de una carestía tan brutal y generalizada.

Estamos ante un juego sucio del régimen que detenta un monopolio absoluto del comercio minorista en todo el país, y cuyas diáfanas intenciones saltan a la vista: esta desleal estratagema persigue garantizar el ingreso por adelantado de divisas a las arcas de la dictadura sin ninguna garantía de que la mercancía luego adquirida en Cuba tenga una justa relación calidad/precio, ni si en realidad el Estado cubano será capaz de garantizar la oferta prometida de mercancías, aún cuando el depósito ya haya sido realizado en su cuenta de FINCIMEX. Y para colmo, el régimen pretende lavarse las manos, presiona a los emigrados y traslada hacia ellos su responsabilidad de garantizar la oferta de insumos de primera necesidad.

Este mecanismo, además, pretende evadir, o al menos minimizar, la tenencia de divisas hacia el interior del país, lo cual busca evitar su desvío hacia el extranjero mediante el extenso comercio informal de las mulas que hasta ahora ha importado y abastecido así al mercado negro. De este modo se evade en buena medida la intermediación de toda esa pujante economía subterránea, lo cual sin duda dejará algún que otro sector fuera de juego, pero también aumentará la demanda de divisas dentro de Cuba, lo cual terminará acelerando la devaluación de las monedas nacionales.

Este régimen de oprobio, movido por el profundo desprecio que nos profesa, siempre se las ingenia para interponer algún problema ante cada solución. Cierto que hace unos días el régimen retiró su gravamen del 10% sobre el USD, pero como bajo una dictadura nunca se gana, al final comprobaremos que, sumadas todas las comisiones, a quienes opten por este mecanismo se les terminará sangrando un suculento 15% de su dinero. Esta artera involución es sintomática de la desesperación de una dictadura agónica que divaga sin ruta clara a la vista, sin salida previsible para los acuciantes problemas del país, sin un proyecto viable de nación, y es una prueba más de que este tardocastrismo gerontocrático no dispone de la imprescindible voluntad política, ni de la capacidad mínimamente necesaria para solventar los graves problemas que seis décadas de desastrosa gestión han acumulado sobre las espaldas del pueblo cubano.


Hace unos días el gobierno de Díaz-Canel nos pasó por debajo de la mesa una solaz sorpresa de verano: por fin, después de múltiples postergaciones nos llegaba el tan ansiado fin de la dualidad monetaria, y como para que no nos quejemos, en efecto, en nuestro país no circularán ya más DOS monedas (nacionales) si no que desde ahora ¡nuevamente usaremos TRES!… Por supuesto que la primera reacción de todo cubano que haya vivido en la isla durante los últimos 25 años debió oscilar entre el estupor y la incredulidad, sólo hasta comprobar que no se trataba de una jodedera del delfín tardocastrista, ni de ningún chiste de mal gusto, no, después de buscar en vano la cámara oculta habrá comprobado que nuestro flamante “presidente” hablaba absolutamente en serio.

La estupefacción se comprende cuando se recuerda que hace décadas Fidel Castro, el rufián que implementó la estafa del CUC, hablaba ya de eliminar la dualidad monetaria estando en funciones, que el peliagudo tema también figuró en el slogan programático de Raúl Castro sólo para ser postergado durante toda su gestión, y que el régimen de La Habana ha mantenido esta aberración como su gran asignatura pendiente hasta el sol de hoy porque su último administrador hasta ahora no ha hecho más que imitar a los mentores que le dejaron la papa caliente.

En lugar de fomentar de forma ordenada y progresiva las condiciones y mecanismos necesarios para enmendar esta nociva situación, el gobierno de Díaz-Canel sorprende a todos con un nuevo libretazo, rechina gomas en sentido opuesto, y en un evidente retroceso hace diametralmente lo contrario a lo esperado, a todo cuanto había anunciado y reconocido como primer paso imprescindible para sanear las finanzas y reorganizar el caos económico imperante para al menos recuperar alguna milésima de su nula credibilidad.

Otra vez lo real-maravilloso del régimen castrista hace gala de una de sus más sorprendentes facetas: su alucinante capacidad de decir algo y hacer justo lo contrario ante nuestras narices sin el menor sonrojo y, como siempre, asegurar que su decisión redundará al final en bien de todos. ¡Diera risa si no fuera un asunto tan serio! Porque si en algo han destacado los chicos de la Plaza es en su proverbial talento para el cinismo. Exactamente eso mismo le escuchábamos decir a Fidel Castro cuando se daba golpes de pecho por la libertad de los pobres del mundo en cuanto podio hablaba mientras aquí dentro nos machucaba los cojones, nos prohibía viajar, nos humillaba en la puerta de las diplotiendas y de todos los hoteles cubanos, y a la vez aseguraba que los beneficios de aquel “sacrificio necesario” redundarían en un bienestar común que nunca llegaba.

Lo que sí llegó junto con los apagones del Período especial fue la dualidad monetaria, pero esta sí para quedarse. En lo particular no conozco ningún otro caso de algún país que haya utilizado a la vez dos monedas nacionales, aunque sí muchos casos donde han circulado junto a una moneda nacional otra extranjera -por no ir más lejos baste recordar el ejemplo de la Cuba prerevolucionaria, donde circularon indistintamente el peso y el dólar estadounidense- pero en ningún otro caso se ha tratado de dos monedas nacionales, como hasta hoy ha sido el caso en Cuba del actual peso y el CUC.

Esta, sin duda, fue una de las estafas más desvergonzadas de Fidel Castro, que muchísimas perpetró contra el pueblo cubano. Durante más de 25 años en Cuba se nos ha estado pagando un miserable salario en una moneda nacional (el CUP) y se nos ha cobrado en la tienda con otra también nacional (el CUC) que han mantenido una relación cambiaria por lo general arbitraria (actualmente 25/1 según conversión en CADECA), artilugio que ha garantizado al régimen de La Habana que remesas del rango de los cientos de miles de millones, en USD, euros u otras divisas, hayan ingresado directamente a sus arcas mientras se les ha entregado el CUC (papel sin ningún respaldo e inutilizable fuera de la isla) a los familiares en Cuba.

Pues bien, a partir de ahora ambas monedas nacionales (tanto el avergonzado CUP como el devaluado CUC) tendrán que volver a cohabitar con los sucios dólares del imperio, los mismos contra los que despotricó en sus discursos incendiarios Fidel Castro durante sus históricos delirios. Pero no será así por mucho tiempo pues ya el inservible CUC tiene sus días contados. En medio de una calamitosa crisis económica -peor para muchos, si se quiere, que la de los 90- el CUC hace meses se bate en retirada estableciendo constantes récords de devaluación y hoy se cotiza en la calle alrededor de 1.20 CUC por dólar. Mientras tanto, hasta hace apenas unos días -antes de ser retirado el gravamen al dólar estadounidense- CADECA insistía en el canje a 0.87 CUC por dólar evidenciando su divorcio con la realidad.

Es muy llamativo, sin embargo, que sólo ahora La Habana decida retirar este ominoso gravámen del 10% al USD -otro libretazo arbitrario de Fidel Castro- después de haber bravuconeado desde la apertura Obama asegurando que lo haría sólo cuando cesaran las sanciones económicas de EE.UU., algo que no ha sucedido en absoluto, y lo retira justo ahora, cuando el CUC vale cada vez menos -un gravámen que, por cierto, jamás hizo estrago alguno en los bolsillos de Obama, ni de Trump, sino directamente sobre los hogares cubanos.

Aunque si ha habido en esta historia una gran perdedora, esa ha sido la nación cubana -entiéndase el pueblo cubano- cuyo tejido económico ha pagado un incalculable precio debido a la brutal distorsión financiera generada a todos los niveles por esta dualidad monetaria, un fenómeno más acusado, por supuesto, en las empresas que operan en CUC -precisamente las mayores y más estratégicas del país. En las compra-ventas gestionadas en esta moneda a ese nivel deja de fungir la relación CUP/CUC de 25/1 válida para el resto del sistema, e ignorando los principios de la economía pasa a ser de 1/1 por obra y gracia del todopoderoso castrismo. Esta seria distorsión ha devenido en un obstáculo insalvable pues semejante artificio impide cualquier evaluación objetiva, dificulta en extremo el control, obstaculiza y vuelve inoperantes los mecanismos de evaluación contable, lastra la capacidad de pago y desestimula seriamente la productividad de estas empresas.

Debido al caos resultante los índices macroeconómicos aportados por Cuba son ignorados o asumidos con natural escepticismo por los analistas, y aunque esto ha desacreditado cada vez más profundamente a la ya ineficiente Empresa Estatal Socialista, debemos anotar que para reparar este lamentable estado de cosas el régimen castrista la podría tener fácil: todo se podría enmendar si -siempre previa eliminación de esta desastrosa ambivalencia financiera- junto a una efectiva descentralización de la gestión estatal se legalizara y oportunamente se estimulara la gestión de la empresa familiar/privada -otra asignatura pendiente del administrador Díaz-Canel.

¡Ah!, pero en ese caso el castrismo chocaría frontalmente con un problema que hasta hoy le ha resultado infranqueable: el esquema económico que resultaría de implementar transformaciones sensatas, serias, acertadas, justas y definitivas, redundaría inobjetablemente en una mayor prosperidad y autonomía del pueblo cubano, un “riesgo” que la dictadura no puede, bajo ningún concepto, permitirse. No aceptaría jamás el engendro castrista fórmula o cambio alguno si esto puede conducir a un mayor bienestar de mi pueblo, porque esto implicaría mayores dosis de libertad, lo cual más temprano que tarde conduciría a reclamos políticos que luego -por aquella dialéctica marxista que opone a muerte las contradicciones antagónicas- no harían más que radicalizarse y en poco tiempo mi pueblo se sacudiría el yugo que lo tiraniza.

No hay más vuelta de hoja: es así de simple, y así también de simple sería la solución de nuestros males. Sólo se interpone entre esa prosperidad y nosotros una dictadura que, cínica y brutal, continúa pasándose los derechos del pueblo cubano por el arco del triunfo.

Quien desconozca la inagotable capacidad de simulación y cinismo de la dictadura castrista podría encontrar detrás de las recientes palabras del administrador de turno de la finca Birán una sincera llamada a las reformas. Cuando Díaz-Canel, en un admirable rapto de sinceridad, acepta públicamente que “… no podemos seguir haciendo lo mismo en el ámbito de la economía, porque de esa manera no se obtienen los resultados que necesitamos…”, no hace más que confirmar tácitamente algo que han planteado hasta la saciedad, durante décadas, amplios sectores de la sociedad cubana.

Coinciden en esta urgencia tanto el militante comunista que disiente, aún sin desmarcarse de su trinchera, como el opositor más furibundo y frontal; desde el analfabeto funcional que vegeta su día a día en la cola del pan hasta el más afinado economista; desde el más conspicuo jubilado hasta el encumbrado director que choca con los cortafuegos creativos y la comprobadísima ineficacia inherentes a la empresa estatal socialista; todos coinciden, puede asegurarse, excepto la crápula de retrógrados nonagenarios que aún clavan la retranca en el freno del tren.

Aunque discrepen al señalar las causas del desastre -embargo norteamericano vs. bloqueo interno- cada vez aparece más nítida y generalizada la percepción común de que Cuba está obligada a dar un giro radical y profundo en su accionar económico, porque la situación actual es insostenible y en caso de no acometerse cambios serios, sustanciales y definitivos, nos hundiremos, con cada minuto que pase, en una cada vez más abyecta ruina total.

Por supuesto que si en Cuba seguimos haciendo lo que estamos haciendo seguiremos logrando lo que estamos logrando. Es un principio tan antiguo como el hombre, y nada se le añadió en las empolvadas lumbreras del Comité Central. Que el modelo económico soviético jamás se ajustó a nuestra idiosincrasia, y que nunca funcionó, ni funcionará, era algo que sabía con certeza Fidel Castro, como lo sabe muy bien el hoy este apocado Raúl Castro y también, ¿cómo no?, el administrador Díaz-Canel. No funciona si entendemos como tal haber logrado el bienestar del pueblo cubano, pero quien -tal como lo hace el castrismo- lo entienda en el sentido de mantener el control lo más herméticamente posible sin importar consecuencias sociales, económicas, ni morales, entonces hallará que el esquema ha funcionado casi a la perfección. Es una elemental cuestión de puntos de vista.

No funciona ni funcionará por una cuestión de esencia, y esto lo sabe también la cúpula de poder de La Habana en pleno, todos los altos dirigentes del stablishment cubano, todos los históricos que chochando todavía nos joden la vida y todos los generales retirados y en activo. Seis décadas de fracasos y ruina debieron ser suficientes para convencer hasta al más acérrimo defensor del régimen si no fuera por esa calamidad humana llamada fanatismo.

La situación de hoy es, en varios aspectos, más compleja y desesperada que durante el momento más crítico de los 90. En medio de un vacío de autoridad -pues Díaz-Canel carece de carisma y hasta el momento no ha dado ninguna muestra de carácter frente a los “históricos”- y con Venezuela tocando fondo, China y Rusia como aliados estratégicos pero cansados de los timos criollos, y perfumados los de la Plaza de la Robolución con una merecidísima fama de mala paga por estafar a media humanidad.

Hace poco el gobierno cubano volvió a entrar en moratoria de pagos, a pesar de que hace apenas un lustro le fueron condonados decenas de miles de millones de dólares por el Club de París, Rusia, y otros países acreedores tentados por la apertura Obama que puso a la antilla de moda por unos meses. Sólo la deuda arrastrada de la era soviética ascendía a ¡35000 millones de dólares!, de los cuales, recordemos, se condonó el 90% mientras el 10% restante se invirtió en Cuba. Pero ni siquiera este golpe de buena fortuna logró rescatar al castrismo de la ruina y hoy, dejada pasar la oportunidad, ya es tarde: el mundo definitivamente se la pilló, y ahora los estafadores de La Habana no encontrarían financiamiento serio, ni inversores fuertes de capital o crédito de ningún tipo ni siquiera moviendo todos los caracoles de Guanabacoa.

Aunque para los entusiastas en exceso tendría el neocastrismo el mismo antídoto de siempre, mil veces avalado, con una eficacia a toda prueba: la demagogia. Esa arma infalible, la constante de Fidel Castro, le ha demostrado su valía tantas veces que esta vez también podría hacerlo. Porque de nada valdrían los discursos de austeridad si esta no es practicada por todos, y por los castristas primero que nadie. De nada valdrían los anuncios de cambio si nada es respaldado por un cuerpo de leyes vinculantes que garanticen los debidos derechos de esos cientos de miles de emprendedores que desde dentro y fuera de Cuba sólo esperan la oportunidad que siempre les ha sido negada, y si no son derogadas aquellas otras que por décadas han obstaculizado la autonomía operativa y lacerado la confianza en la autoridad y su credibilidad política.

De nada valdrán los anuncios altisonantes mientras no sean respaldados por pruebas inequívocas que devuelvan a todos la imprescindible confianza en que esta vez ningún advenedizo dirigente oportunista, policía político, o juez parcializado tendrán potestad para arruinar a un productor o empresario debido a trasfondos políticos o arbitrariedades de ningún tipo, a sabiendas de que les ampara un justo cuerpo de leyes y mediante juicios imparciales podrían terminar defenestrados o guardados tras las rejas.

De nada valdrán los llamados a elevar la productividad mientras continúen vigentes leyes que faculten a la Fiscalía General, con el contubernio del ominoso DTI, para tocar a la puerta del productor agropecuario que gestiona de sol a sol las tierras ofrecidas en usufructo por el Estado para mostrarle un expediente de 10 cm de alto -donde consta cada ilegalidad en que se vio obligado a incurrir porque así lo dispone un absurdo orden de cosas- y luego decomisarle hasta la ropa que lleva puesta; todo mientras la estatal Empresa Nacional de Acopio continúa abandonando a su suerte cosechas podridas en el campo, y persisten condenas a décadas de prisión por sacrificar una vaca -absurdo sólo explicable cuando se entiende su obvio potencial de chantaje para reclutar delatores al servicio de la Seguridad del Estado.

De nada servirán los reiteradas convocatorias a la inversión extranjera si continúan siendo excluidos del llamado a los cubanos que desde el exilio exigen su genuino derecho a invertir en el país que les vio nacer o vio nacer a sus padres. Es inconcebible que continúen cerradas estas puertas que tanto capital oxigenado pueden inyectar a la nación cubana sólo por marginaciones políticas.

Tampoco sirve de nada aumentar salarios sin respaldo productivo, como no sea para devaluar la moneda y disparar la inflación -ley económica número uno- ni ensayar esta variante de dolarización propuesta ahora en medio de este pasmoso desabastecimiento. Cuba necesita un inaplazable reemerger que no se producirá en ningún caso sin una apertura enérgica y sincera que devuelva a su tejido económico esa esperanza mil veces traicionada.

¿Pero arriba dije cambio…? ¡Horror! Porque siempre habrá quien insista en hallar similitudes entre el cambio ineludible y necesario y el caos total o la apocalipsis zombie, sin duda, porque si alguna palabra siempre ha levantado suspicacias y urticantes recelos en la anquilosada psiquis de la dictadura ha sido precisamente esa. ¡Cambio!, antítesis de estatismo, ese mal endémico tras el cual se parapetaron, en perfecta geometría histórica, Fidel y Raúl Castro, como hasta ahora este Díaz-Canel que cándido redescubre hoy el agua fría.

Esta fatal manía cubana de tender a los extremos y evadir la prudencia de los centros, tal vez nos impida comprender que cuando algo deja de ser socialismo de cuartel no tiene por qué derivar necesariamente en capitalismo salvaje neoliberal, y que existen fórmulas intermedias implementales que también podrían garantizar condiciones más idóneas para un crecimiento productivo sostenido y autónomo, jamás parasitario, manteniendo además las debidas garantías sociales y sin comprometer de ningún modo la soberanía nacional.

Aunque hemos sido engañados tantas veces que ya no soportamos escuchar otra mentira. Jamás hubo en la Historia cubana, antes del castrismo, un des-gobierno que cometiera contra mi pueblo tantos atropellos durante tanto tiempo, que perpetrara una traición tan atroz, ni despreciara a mi pueblo de un modo más visceral. Ahora está en manos de Díaz-Canel demostrar si puede, o quiere, emanciparse del férreo dogmatismo de los ultraconservadores, que ya nada pueden ofrecer, y opta por liberar las fuerzas productivas llamadas a salvar este país y dar sentido a una esperada apertura que, como se puede ver, nunca sería completa si no llega junto a profundas reformas políticas. Queda en sus manos enmendar el inconmensurable daño que se nos ha hecho; cualquier otro camino sería patinar sobre la misma mierda, palabrería barata. Sólo el tiempo dirá si tuvo el coraje de hacerlo o si pasará a la Historia como un cobarde más.


Hace unos días pude ver el polémico film “La red Avispa“, dirigida en 2020 por Olivier Assayas, que versa sobre el conocido caso de los cinco espías cubanos condenados en EE.UU. y liberados en el contexto de la distensión unilateral propuesta por Obama y jamás secundada por La Habana. Le precedían críticas insípidas, pero por un sano hábito de valorar por mí mismo para hacerme una opinión definitiva, le dediqué sus dos horas para redondear mi criterio.

Me pareció un tratamiento bastante frío para una historia con mucho más potencial en términos dramáticos, que no extrae todo el zumo contenido de unas pasiones atizadas durante más de medio siglo por antagonismos enconados. Se percibe la narración bastante llana, que no atrapa en toda su riqueza la madeja de heroísmos y vilezas inherentes a conspiraciones de esa envergadura, protagonizada esta vez por personajes cuyo perfil se me antoja demasiado plano, sobre todo porque de una realidad tan polarizada se espera cualquier cosa -y quien conozca a los cubanos sabe por qué- menos excesos de prudencia o parquedad en las pasiones -como lo demuestra la encendida polémica generada en la comunidad cubana de Miami tras el reciente estreno del filme en Netflix.

Sin embargo no creo que al espectador le llegue el presupuesto golpe de odio en toda su potencial virulencia, al menos no tal como sabemos que cohabita, maldito odio recíproco, y que ha envenenado las dos orillas del estrecho, por tanto tiempo ya que nos parecen siglos. No pasa inadvertido lo poco enfático de los planos, ni la falta de secuencias más incisivas -recursos que habrían cargado de mayor tensión y aportado más dramatismo a la trama- todo lo cual redunda en un desapasionado enfoque, y en un ritmo parsimonioso más bien parco en sus necesarios climax.

Asistimos a una historia que recurre a estereotipos predecibles que no muestran en toda su plenitud conflictos más bien llevados con tibieza, con diálogos encartonados por momentos y distantes personajes cuyo antagonismo debería respirarse con más intensidad siempre y cuando de cubanos se trate. Ni siquiera los más convincentes protagónicos de Edgar Ramírez, Wagner Moura, García Bernal, Ana de Armas o la Penélope logran salvar la honrilla de este filme que, supongo, esté ya destinado al polvo del olvido.

Por alguna razón dispuso la ley de la serie que también por estos días viera yo otro filme, casi análogo en su propuesta, pero cuya calidad contrasta con “La red…”. Se trata de “La noche de 12 años“, una cinta de 2018 dirigida por Álvaro Brechner, que narra la agonía en prisión de varios ex-guerrilleros tupamaros esgrimidos como rehenes por la dictadura militar, mantenidos en régimen de aislamiento y tortura durante 12 largos años. Aunque hubo otros casos, esta narración se concentra en la historia de tres convictos, uno de ellos el futuro presidente uruguayo José Mujica.

Las diferencias cualitativas entre ambos metrajes pronto se hacen palpables: aquí el hilo narrativo se mantiene certeramente tenso durante toda una trama que describe con cruda intensidad -no exenta de guiños de agrio humor- el escabroso drama vivido en aquellas cloacas donde tres hombres intentaron mantener, todo cuanto humanamente les fue posible, su dignidad contra todos los horrores -si a algo podía llamársele dignidad en aquel justo momento.

Aunque una sabia economía de recursos evade sin concesiones la violencia explícita, se percibe a las claras la sorda brutalidad del aberrante régimen, esa bestialidad subterránea tan propia de las dictaduras cultivadas en su época a todo lo largo y ancho de esta América servil -ambidiestras dictaduras, dictablandas, variopintas dictaduras nuestras- cuyas dentelladas y poder aprensivo sólo pudo y puede percibir en su real dimensión quien haya vivido bajo alguna de ellas. Es tan claro y definitivo el despotismo aquí expuesto como el oculto -esa anciana que pregunta por su hijo y espera todo un día sólo para recibir la humillante burla, ya de noche, bajo el inmisericorde aguacero- que no precisa el discurso de mayores bofetadas ni porrazos. Y sin embargo, ni siquiera la incertidumbre perpetua o la degradación más ultrajante escamotean la vindicación que también alcanza a humanizar al carcelero -signo final de redención logrado en las palabras justas- en fin, todo un tributo a esa contención inherente al buen cine elevado a rango de conmovedora obra de arte.

Pero no es la mera apreciación de estos filmes lo que me incitó a escribir este post. Apenas desplegados los créditos de “La red...” ya me aguijoneaban las preguntas. La curiosidad me espoleó a cuestiones inevitables: ¿acaso estos cinco hombres se habrán planteado en algún momento, ya en libertad, si lo que hicieron mereció la pena? ¿Se habrán cuestionado, durante estos últimos años, esa “verdad” que representan? Más allá de los discursos y las entrevistas ¿no alcanzan a comprender que este país continúa siendo arruinado precisamente por los mismos que los embarcaron en su misión?

Advierto que no cuestiono la pureza de principios. Comprendo perfectamente que alguien pueda arriesgarlo todo, y hasta morir, cuando media la convicción inconmovible de que se obra por algo justo. Ni siquiera propongo un juicio moral, no juzgo a estos cinco hombres por lo que hicieron en sí, pues creo comprender sus razones. Creo y respeto la firmeza de convicciones, pero igual creo que aún desde su más pura candidez, esta firmeza no excusa ciertas consecuencias -y en este punto sería mejor preguntar a las madres, viudas y huérfanos de los fallecidos en las avionetas derribadas de Hermanos al rescate.

También los gendarmes de las SS hitlerianas ejecutaban a sus víctimas con un supremacista disparo en la nuca convencidos de la pureza de sus principios. No, definitivamente no basta con la sinceridad de los principios. El hombre debe ser, además, justo, ético y racional cuando se aferra a ellos, pues de lo contrario puede terminar obrando en contra de toda lógica o sentido común.

Existe algo llamado realidad objetiva que suele golpear en el rostro con la fuerza de un martillo cada vez que sales a la calle, y que debe ser al final todo lo que importa, y aunque creo, repito, en la sinceridad de los hombres -porque se necesita mucho coraje para dejar atrás familia e hijos y arriesgarlo todo por seguir tus convicciones- también me cuesta muchísimo creer que personas evidentemente inteligentes no alcancen a percibir el caos en que se ha hundido su país bajo la bota del castrismo, y entonces una cosa lleva naturalmente a la otra, y tampoco logro dilucidar cómo personas que ayer tuvieron integridad suficiente para arriesgarlo todo desde el altruísmo -no lo pongo en duda- hoy no tengan la hidalgía de cuestionarse siquiera las causas del desastre.

Cuando veo a Gerardo Hernández hablar a estas alturas de agricultura urbana y de rescatar tácticas de supervivencia usadas durante la desesperación de los 90 mientras siguen llegando noticias, ¡después de 60 años!, de cosechas completas perdidas por la archidemostrada inoperancia de la única empresa estatal socialista autorizada por el gobierno para el acopio, enmudezco de estupor. Todos recordamos cómo Fidel Castro llamaba a sembrar cada pedacito de patio y a criar -no importaba si vivías en Guines o en el corazón del Vedado- nuestros propios animales aunque fuera en la bañera, y mientras nos pedía altruismo -Fidel Castro, quiero decir- se dedicaba él mismo a degustar con capitalista exquisitez quesos y primorosos vinos de cientos de dólares.

Ya hace de esto ¡30 años! En 1990 rondaba yo mis 20 años, y como casi todo joven, a esa edad también fui soñador y crédulo, y me entregué sin reservas a mi sueño mientras lo creí legítimo. Sentía que era tiempo de sacrificios necesarios, pues como todo era una crisis presuntamente coyuntural, sólo sería cuestión de apretar las nalgas y darle a los pedales porque cierto futuro luminoso seguía esperando con paciencia, siempre a la vuelta de la esquina. Al menos así lo creímos millones de cubanos, ¿y qué otra cosa puedes hacer cuando tienes 20 años sino soñar, soñar, soñar…?

Pero luego llegó el maleconazo, el final de los 90 trajo un poco de oxígeno, y más tarde los petrodólares de Chávez le tiraron el cabo definitivo a Fidel Castro. Lo demás es historia conocida, pero 30 años más tarde Cuba sigue clavada en el mismo sitio como una puntilla debido a los caprichos de cuatro vejetes cagalitrosos, ya casi nonagenarios, que siguen atornillados al poder chochando con el futuro de 14 millones de cubanos.

Por eso no alcanzo a comprender que hombres ya maduros, de consumadas vivencias, como esos de “La red…” -y mucho mejor informados que la media- se vayan a dormir cada noche sin confrontar su conciencia con la almohada, sin cuestionarse si aún siguen considerando igual de justo aquel lance, si todo mereció la pena cuando es un hecho tangible que este país hace mucho tiempo se fue al carajo, cuando los mismos dirigentones y generalotes de siempre siguen viviendo entre lujos en tanto el pueblo sigue igual de aterrillado y este camino, se sabe ya, no conduce a ninguna parte.

Porque más allá de todo está el golpe de martillo de esa realidad ineludible que arde en la calle, que asalta en cada esquina, en cada larga cola innecesaria, en esas miles de carencias absurdas sufridas por ese pueblo al que juraron un día deberse. Entonces, para continuar defendiendo semejante absurdo sólo quedan dos opciones posibles: o son simplemente cinco vulgares hipócritas -como los hay por cientos de miles- hablando mierda mientras ocultan lo que realmente piensan, o bien optaron por medrar -como tantos cientos de miles- pegados a alguna teta de la vaca y eligieron vivir de espaldas a su pueblo.

No existe otra postura posible, nadie puede, desde posiciones creíbles, defender algo indefendible. Porque el cuento chino del bloqueo se les desplomaría al recordar los 30 años de subsidio soviético y la más reciente propuesta Obama denegada por sus mismos jefes; el tango de la salud pública y la educación gratuitas se evapora frente a miles de instituciones sanitarias y docentes insalubres, al perpetuo desabastecimiento de las farmacias y los salarios miserables de médicos, enfermeros, maestros y auxiliares, y sobre todo al ser contrastado con el inescrutable tributo -demasiado caro- pagado por mi pueblo en forma de adoctrinamiento masivo y aniquilamiento de un civismo llamado a vindicarnos y aún en espera de tiempos mejores.

Entonces por analogía se llega al triste convencimiento de que estos cinco hombres son hoy -y más allá de que lo sepan o lo acepten ellos mismos- también rehenes del régimen castrista que un día ayudaron a sostener, tanto como aquellos tupamaros lo fueron en las oscuras mazmorras de la dictadura uruguaya. Diferentes signos y similares condenas, diferentes destinos y similares tragedias humanas.

Aunque también cabría advertir que detrás de todo, como telón de fondo común, se devela la mano oculta del expansionismo norteamericano sobre América Latina. Nadie olvide que los Estados Unidos, con una gran dosis de culpa, apoyó la dictadura de Fulgencio Batista, cuyos excesos en última instancia gestaron a ese otro monstruo llamado Fidel Castro, los mismos que luego, intervención directa de la CIA mediante, fijaron el cuartel general de la Operación Cóndor en el ensangrentado Chile de Pinochet, para desde ahí fomentar y apuntalar cuanta dictadura militar masacró pueblos por toda sur y centroamérica durante las décadas que siguieron a la Revolución cubana -entre ellas por supuesto la que torturó a José Mujica.

Contrastante evolución la de los cinco espías con la de aquel otro que desde el fondo de una celda terminó convertido en el cuadragésimo presidente de Uruguay, el memorable viejito que viviendo en las afueras de Montevideo -y dejando mal parada a la malversadora corruptela de la izquierda latinoamericana del segundo milenio- salió a trabajar a la Torre Ejecutiva cada día en su viejo Volkswagen como lo haría un maestro o un panadero más, y regresaba siempre a trabajar su finquita como cualquier vecino de barrio; así durante sus cinco años de mandato, para luego retirarse sin más a su misma casita y volver a su finquita de siempre como si tal cosa, con su leal esposa -hoy senadora, y que llegó a ser vicepresidenta del país para luego también regresar a su casita de siempre.

Parecería imposible que en esta América históricamente plagada de antológicos ladrones, pueda uno pasar cerca de semejante templo a la dignidad, señalar con el dedo y decir simplemente: ahí viven Pepe y Lucía, ex-presidente y ex-vicepresidenta nuestros. !Ah… cosas de esta pintoresca, real-maravillosa latinoamérica nuestra!

Donald Trump unchained.

El coronavirus ha sacado de control a Donald Trump. Es evidente que el presidente no calibró el tsunami que se le venía encima, y por eso a principios de la pandemia se le oía brabuconear, casi jaranear, con aquello de que para pascuas esperaba “…las iglesias llenas a rebosar“. Pero lo más desconcertante de su desenfoque es que a estas alturas, a pesar de la evidencia, aún no parece pillársela. Poco le dicen los más de 2400000 infectados y 169000 fallecidos a nivel mundial, ni los más de 700000 infectados y 42000 muertes que ya ha cobrado dentro de EE.UU. la epidemia. Nada ha bastado para disuadir al cowboy, que insiste en regresar a la “normalidad” a un país donde, según aseguró el pasado martes 14 de abril, ya “…ha pasado el pico de nuevos casos“, a pesar de que sólo un par de días después el mal cobrara, en una sola jornada, un récord de 4491 vidas estadounidenses.

Es evidente que el presidente no está siendo bien asesorado. Quien desde ese país asegure hoy, aún implícitamente, que la tormenta va quedando atrás cuando todavía aumentan los contagios y las muertes, no está calculando con objetividad la gravedad del drama. Sólo entre el anuncio de la reapertura por Trump el pasado 16 de abril y la confección de este post el Covid-19 mató en EE.UU. a alrededor de 10000 personas, a pesar de lo cual este newyorquino duro y de pura cepa no dejó de atacar a quienes desde posiciones más sensatas apuestan por mantener las medidas de confinamiento en los estados que lo ameriten.

El pistolero desenfundó en Twitter contra todo lo que se opuso a la reapertura. “Libérate Michigan!…”, y así igual con Minnesota y Virginia, y como si fuera poco les atizaba a hacer uso de la Segunda Enmienda que otorga derecho a portar y usar armas de fuego, apenas horas después de varias protestas contra el confinamiento en Michigan, Ohio y Carolina del Norte, cuando esta es la única estrategia válida mientras no se disponga de una vacuna efectiva y precisamente en un país con tan larga tradición en tiroteos y masacres de civiles.

Pero el pueblo de EE.UU. hoy tiene ante sí un peligro quizás mayor que el coronavirus. Aunque no todos se aperciban podemos estar ante un parteaguas histórico cuando vemos a Trump, unchained, perder los estribos ante la nación y asegurar amenazante ante sus gobernadores en pleno que “…Cuando alguien es Presidente de los Estados Unidos la autoridad es total… y así es como debe ser“. Aunque al día siguiente intentó matizar su discurso fueron aquellas palabras desde el corazón, y no estas moduladas por quienes después le advirtieron del exceso, las que dibujan de cuerpo entero la faceta despótica del actual presidente.

El despropósito encontró un inmediato rechazo. La congresista republicana Wyoming Liz Cheney, hija del exvicepresidente, enseguida replicó vía Twitter: “…no tiene poder absoluto…”, para luego recordar que la 10ma Enmienda establece que “…los poderes no delegados a los EE.UU. por la Constitución, ni prohibidos a los estados, están reservados a los estados o al pueblo“. Aunque ninguna reprimenda mejor que la de Andrew Cuomo, Gobernador de New York, cuando de forma lapidaria sentenció ante CNN que “…El presidente no tiene autoridad total. Tenemos una Constitución. Nosotros no tenemos rey.”

Sin embargo no debemos olvidar que el presidente acaba de salir airoso de un proceso de impeachment y por lo mismo se siente seguro y empoderado. Ya hemos asistido a lo más cercano que podríamos estar en norteamérica a una purga estalinista, si tomamos en cuenta los funcionarios recién defenestrados por él, muchos de los cuales testificaron en su contra. Una larga lista que incluye entre lo más reciente a nombres como Michael K. Atkinson, ex-Inspector General de los Servicios de Inteligencia; John Rood, Subsecretario de Defensa de Política del Pentágono (invitado gentilmente a dimitir); Teniente Coronel Alexander Vindman, Experto en Ucrania del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, entre otros muchos.

Es ante crisis como esta cuando los pueblos deben atizar mejor sus sentidos porque la bestia, aunque parezca dormida, acecha y lanzará el zarpazo al menor descuido. De ejemplos está llena la Historia. Llámense Mussolini, Hitler, Stalin, Ceausescu, Somoza, Stroessner, Pinochet, Mao, Castro o la dinastía Kim, compartían todos en común la máxima absolutista de Luis XIV, “El Estado soy yo”, y en su enajenación segaron decenas de millones de vidas humanas durante el Siglo XX; la misma filosofía que sostiene hoy regímenes en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

¿Que estamos en pleno Siglo XXI y USA es un país tan grande, con una democracia tan sólida y unas libertades tan bien garantizadas por una división de poderes a toda prueba? Pues para degenerar en tiranía, por más inaudito que pueda parecer, a este, como a otros pueblos y en otros momentos, le bastaría con esa confusa mezcla de idolatría, miedo y desesperanza que le bastó a la Italia de los años 20, a la Alemania de los 30 o a la Cuba de los 60 para deponer, poco a poco, los derechos de todos en manos de una casta agazapada que luego se cristalizó en análogas dictaduras. Remember people la Patriotic Act, dictada por Bush junior, por no ir más lejos.

Todo dictador, desde la antigüedad, se parapetó en una “necesidad” general inaplazable, en una determinada urgencia y obró inexorablemente en nombre del pueblo. Jamás dictador alguno ha reconocido su codicia y sus ansias de poder, sino que su praxis siempre ha supuesto un presunto bien para pueblos incautos y demasiado crédulos que terminaron por cavar la tumba de su democracia, fraguaron su propia esclavitud y cuando intentaron reaccionar fue demasiado tarde porque la dictadura, como ladrón en la noche, había acaparado ya todo el poder, aniquilado todas las instituciones y secuestrado sus derechos. Lo sé de primera mano porque siendo cubano he comprobado, con dolor propio, la vieja sentencia de que quien desestime las lecciones de la Historia terminará condenado a repetirla.

Empujar a la calle a millones de personas en el país más golpeado por el Covid-19 a nivel mundial cuando la pandemia todavía puede repuntar, es una inexcusable irresponsabilidad de la administración Trump. Más que cuestionable, podría ser tomado como un acto de prevaricación cuando se falta de ese modo a la obligación que como gobernante tiene de proteger a su pueblo. Es deber de un líder asumir sin titubear las decisiones más difíciles y acertar en ellas, decir a su pueblo la verdad por dolorosa que sea, no agazajarle con mentiras piadosas, hacer concesiones al vulgo, ni edulcorar discursos con verdades a medias. Alguien con el botón nuclear al alcance de la mano debería mostrar más autocontrol y humildad para vadear la crisis y no, por facilismo político, ceder a la avaricia empresarial o al prurito popular. Pero al sheriff parece no importarle, y las playas de Florida reabrieron justo al día siguiente de batir un nuevo récord de contagios, y continuaron las protestas contra el confinamiento estimuladas, sin duda, por la arenga de su comandante en jefe.

Las consecuencias de esta precipitada decisión no tardarán en llegar: en pocas semanas se puede producir allí un alza exponencial de contagios y un aumento vertiginoso de las muertes, a lo que seguiría en pocos días el colapso de todos sus sistemas de salud con pérdidas económicas finales consiguientemente mayores que las que se habrían sufrido de haberse asumido a tiempo, y mantenido con prudencia, las actuales medidas de contención, algo que parece no estar siendo advertido por el equipo del presidente.

Ningún país está preparado para una crisis sanitaria y social de semejante envergadura, sin excepciones. Ojalá en EE.UU., como en otros países que se han tomado la crisis con demasiada ligereza, se impongan pronto la cordura y el sentido común. De no ser así, y ante la predecible demora en alistarse una vacuna -única solución a la vista- la epidemia puede terminar por cobrarle al pueblo estadounidense muchas más vidas, y en menos tiempo, que todas las guerras del siglo pasado juntas. Debería reflexionar sobre ello este sheriff fuera de serie. Un país como EE.UU. no se gobierna como se administra una corporación. Eso es algo que el Señor Trump debió saber al hospedarse en la Casa Blanca.

En el caso cubano ¿qué factores influirán a favor o en contra de la propagación de la actual pandemia de coronavirus? Respuesta sujeta a múltiples variables en cualquier país, y no debe ser el nuestro la excepción. Las normas de desplazamiento que la globalización impone hace que ningún país del Siglo XXI permanezca inmune a la penetración de la plaga, pero en nuestro caso confluyen circunstancias que cualquier análisis estará obligado a tener en cuenta.

Entre las condiciones llamadas a ralentizar y/o detener el avance de esta pandemia dentro de Cuba debemos citar su Sistema Nacional de Salud unificado en todo el país, lo cual favorece una toma rápida y centralizada de decisiones a ser ejecutadas con la necesaria celeridad, así como una retroalimentación operativa de las estadísticas epidemiológicas en tiempo real. La existencia de un único Sistema de Educación pública ya posibilitó a las autoridades posponer temporalmente el curso escolar; medida bien orientada pero contra la que conspira el escaso acceso telemático del alumnado debido a nuestra limitadísima penetración de Internet.

En este sentido será igualmente esencial mantener el cierre de todas las fronteras, el estricto cumplimiento de la cuarentena en los cubanos que regresan del extranjero y la limitación al mínimo posible de los movimientos interprovinciales, todo esto potenciado por la concurrencia de un sistema político de matiz autoritario y de una población condicionada a obedecer después de seis décadas de absolutismo, lo cual debería facilitar, al menos en teoría, cualquier medida de confinamiento masivo, así como el cierre de todas las empresas que el Estado, como dueño absoluto, estime necesario.

En cuanto a los factores favorecedores de la propagación del Covid-19, el primero a citar, paradójicamente, se deriva de la que debería ser nuestra principal fortaleza, el Sistema Nacional de Salud, pero en este caso en lo tocante al deterioro atroz de su infraestructura hospitalaria, algo constatable en prácticamente todos los centros asistenciales de un país que durante seis décadas he enarbolado como bandera propagandística una “excelencia” que no es tal, debido a la desidia administrativa acumulada en todos sus niveles.

No hablo aquí de carencia de equipamiento avanzado; hablo de policlínicas y hospitales semiderruidos, hablo de consultorios improvisados en antiguos puestos del agro, cuyas condiciones, bajo otras latitudes, bastarían para clausurarlos por insalubridad, desprovistos de agua corriente, acondicionados apenas con una pintada de cal viva, mal iluminados y peor ventilados. Hablo de la escasez o falta absoluta de insumos, desde reactivos de laboratorio hasta una larguísima lista de medicamentos cuya ausencia en nuestras farmacias ya se ha vuelto endémica.

A todo esto debemos sumar la insatisfacción de un personal sanitario con múltiples frustraciones profesionales, diezmado por el constante éxodo de colegas, ya sea hacia las Misiones Médicas oficiales o bien emigrados, que somete a quienes permanecen trabajando en Cuba a una penosa sobrecarga de trabajo no retribuido, profesionales cuyo altruismo y elevadísima calidad humana -de lo cual tengo una absoluta constancia- han sido muy mal correspondidos por un sistema que los irrespeta con un salario miserable, por no hablar ya de la previsible escasez de los más básicos medios de protección, imprescindibles ante la crisis que se avecina, y que someterá al personal sanitario a una situación de riesgo desmesuradamente alta.

Es lógicamente predecible que este vulnerable sistema colapse en caso de que la situación epidemiológica se desborde, como ha sucedido en decenas de países donde ya el Covid-19 provocó, de modo global, cientos de miles de infectados y amenaza con cobrar decenas, si no cientos de miles de muertes -cientos de ellas registradas ya entre el personal médico- incluso en el primer mundo y ante sistemas sanitarios más organizados y suficientes que el nuestro.

A estas ineludibles condiciones objetivas y subjetivas de nuestra infraestructura sanitaria deben añadirse las actuales condiciones económicas y sociales del país. Atraviesa Cuba un momento muy crítico de desabastecimiento de alimentos y demás productos básicos -bautizado con eufemismo por Díaz-Canel como “período coyuntural”- sólo comparable con la etapa más triste del “período especial” bajo Fidel Castro durante los 90. Esta perenne y brutal carestía obligará al 90 % de los cubanos a someterse al muy real y altamente probable riesgo de contagio en las constantes, caóticas y tumultuosas colas para comprar desde un trozo de pollo congelado, hasta un rollo de papel higiénico o cualquier otro producto de nuestro vía crucis diario.

En un país donde hace más de 30 años no se concibe la idea de salir de compras de una vez, se presenta así este desabastecimiento generalizado como la oportunidad de oro del Covid-19 para hacer de las suyas a todo lo ancho de la isla, marcando de primero en cada cola y llevándose por delante a muchos abuelitos, sus típicos protagonistas. En un país donde predomina la economía informal y el mercado negro impone el ritmo, ese 90 % de las familias seguirá saliendo cada día para resolver su diario plato de comida, no porque esto se haya agudizado con el coronavirus, sino porque ha sido así durante los últimos 60 años.

Bajo tales circunstancias será difícil persuadir a la población sobre una certeza impuesta por la experiencia mundial: la inevitabilidad del confinamiento masivo como única medida efectiva hasta el momento para controlar la epidemia. Y todo esto en medio de la perenne y muy lamentable situación de la vivienda -hoy por hoy uno de los problemas más graves del país- que impone el hacinamiento forzoso de 3 o 4 generaciones bajo el mismo techo, algo llamado, sin duda, a incidir como factor clave de diseminación del virus.

Ya Cuba ha reportado oficialmente más de medio centenar de casos, y los modelos estadísticos pronostican para el Covid-19 un patrón de diseminación exponencial, por lo que se debe prever un rápido incremento en su incidencia durante las próximas 2 a 3 semanas, con un pico epidemiológico que nadie puede determinar aún según lo observado en países como Italia, España o Estados Unidos.

Una baja percepción de riesgo entre la población, favorecida en buena medida por el discurso trivializado de las autoridades de La Habana, conspira contra la seguridad de todos, sobre todo ahora, cuando más efectivo sería adoptar las más estrictas medidas de contención, cuando aún no se ha generalizado el incendio y puede evitarse aun que se extienda al resto del bosque. Porque si bien no se debe ser gratuitamente alarmista, mucho peor y más absurdo sería la inoportuna confianza ante un peligro inminente. Prever es la palabra de orden. Este es el momento de aplicar las medidas de confinamiento masivo, al menos en la capital del país y en cada municipio donde se confirmen casos de Covid-19. Más valdría temprano que tarde: la experiencia respalda esta estrategia como el único modo de detener el mal.


A la luz de acontecimientos recientes cobró nueva vigencia la polémica sobre si se justifica o no que las autoridades estadounidenses prohíban la presentación en sus escenarios de artistas cubanos que en algún momento hicieran guiños públicos al régimen de La Habana. ¿Es éticamente correcto, o al menos productivo para el pueblo cubano? ¿Afecta esto en algún modo a la dictadura?

Como antecedente, en octubre de 2017 el entonces Alcalde de Miami le había retirado al dúo Gente de Zona las llaves de la ciudad, una vez trascendiera que había compartido tribuna con Raúl Guillermo, nieto de Raúl Castro. El pasado noviembre supimos sobre la cancelación de las actuaciones de Haila, cantante que ha confesado ser una fervorosa admiradora de Fidel Castro, en Las Vegas y Miami, donde fue declarada persona non grata por el alcalde de esta urbe, santuario de nuestro exilio. Y como para cerrar 2019 sobre esa cuerda, por Otaola supimos de la cancelación de visado que le había aguado la navidad en Miami a Rafael Serrano, repugnante locutor del Noticiero Nacional de Cubavisión, percibido por millones de cubanos como odioso vocero del régimen cuando hace, gozoso, de heraldo de malas nuevas.

Las brazas de la polémica se atizaron aún más desde la exclusión del dúo de “La gozadera” del Concierto de fin de año en Bayfront Park. Unos días después el embajador cubano en Washington, vía Twitter, acusó a las autoridades de Miami de perpetrar con eso lo que llamó “terrorismo cultural”, lo cual -teniendo en cuenta que estos funcionarios tiene potestad ni gónadas para apartarse una coma del discurso oficial- se podría asumir como una acusación formal del Gobierno cubano.

Al parecer estamos ante un cambio más sistemático de postura de muchas autoridades norteamericanas con relación a ese timo presentado con eufemismo como “intercambio cultural”, una actitud ahora frontalmente opuesta a la política que bajo Obama autorizaba viajes de estadounidenses a la isla bajo categorías hoy vetadas de forma tajante por Trump.

Llegados a este punto ya podemos plantearnos la pregunta: ¿quién en realidad perpetra en Cuba el verdadero terrorismo cultural de Estado? Para dar con la clave en este asunto debemos retroceder hasta el principio, y entonces nos toparemos con respuestas obvias. Preguntémonos ¿quién desmanteló, desde el triunfo del 59, toda la prensa libre cubana, la coaguló en unos mamotretos propagandísticos y la censuró hasta hoy con puño de hierro? ¿Quién, en medio de aquellas “Palabras a los intelectuales” en la Biblioteca Nacional, zanjó la cuestión con la intimidatoria “…fuera de la Revolución nada…”, tras lo cual un iluminado, profético, sólo alcanzó a añadir un lapidario “…sólo sé que tengo miedo“?

¿Quién fomentó la aprensiva atmósfera que condujo al lamentabilísimo quinquenio gris -para muchos decenio- durante el cual se parametró y fustigó toda propuesta artística sospechosa de herejía, cacería de brujas en todo rigor que condujo al período cultural más mediocre de nuestra Historia? ¿Quién lapidó en público a Heberto Padilla y lanzó al basurero los talentos de Lezama, Virgilio y Reynaldo Arenas, entre muchos otros irreverentes? ¿Quién plagó en los 60 la campiña cubana profunda de granjas de trabajo forzado, émulas del más consumado estalinismo, donde se ultrajó la dignidad de mucha intelectualidad “sospechosa”?

¿Quién se ensañó desde la década de los 80 contra cientos de artistas plásticos, prohibió, censuró o clausuró cientos de exposiciones y vetó sus obras? ¿Por qué aún se le prohíbe a artistas de la talla de Arturo Sandoval o Willy Chirino, entre otras decenas de primeras figuras de nuestra música, así como a otros tantos actores y actrices, pintores, escultores y escritores actuar, presentarse, exponer o publicar dentro de su propio país? ¿Quién mantiene una larga lista negra de proscritos en cada emisora de radio y canal televisivo? ¿Quién continúa prohibiendo en Cuba la publicación de autores como Cabrera Infante, aquel mismo Arenas o Zoé Valdés, entre otros muchos excomulgados? ¿Quién acaba de castigar al popular actor Andy Vázquez por publicar una insulsa sátira (con cascabeles incluidos) contra el desastre generado por las brutales carestías durante la reinauguración del mercado habanero de Cuatro Caminos?

¿Quién recién impuso a puro timbal el Decreto-Ley 349, leonino engendro que constriñe seriamente la creación artística, así como el Decreto-Ley 373, o Ley de Cine, concebida para escamotear a ese gremio su derecho a producir, promover y comerciar el producto de su trabajo, fijar términos de contratos, fuentes de financiación y líneas temáticas, en fin, concebida como la mano negra que continuará condicionando, ya sabemos bajo qué parámetros, la producción de cine independiente en Cuba?

En fin, ¿quiénes han sido los responsables directos de perpetuar tan irreparable perjuicio a prácticamente todas las manifestaciones del arte cubano, subordinándolo todo a políticas sectarias, y han producido de este modo un daño tan profundo y sistémico a nuestra identidad cultural nacional? Sin ningún margen para la duda, el mismo dedo acusador que señaló ayer a Fidel Castro como responsable absoluto, hoy señalará a Raúl Castro, secundado a pies juntillas por el continuismo de Díaz-Canel, aunque hasta el momento sólo haya fungido como administrador de turno en la finca del tardocastrismo más ortodoxo.

Aunque para consumar su crimen la de los Castro, como toda regia dictadura, siempre ha necesitado aliados que apuntalen su discurso. Y no es que no pueda ejercer un poder de facto, como en efecto hace, sólo que siempre será más cómodo mientras algunas divas mediáticas se ofrezcan a una puesta en escena donde suspiren agradecidas a esta revolución más grande que nosotros mismos.

Muy larga es la lista de testaferros del castrismo, y no todos se especializan en trasladar millones hacia cuentas secretas y camuflar traquimañas, también tenemos a los testaferros culturales, no menos necesarios para el régimen. Estas figuras artísticas, de notoriedad variable, han aplaudido durante mucho tiempo, con inextinto entusiasmo, la praxis de los dictadores. Si bien la identidad de aquellos se mantiene en riguroso secreto por motivos obvios, sin embargo dado el carácter mediático de los segundos jamás dejan escapar ocasión para dejar pública constancia de su vocación de meretrices. Célebres los casos del patio como Wilfredo Lam, Nicolás Guillén, Fernádez Retamar, Alicia Alonso, Silvio Rodríguez, o extranjeros como Frey Betto, Oswaldo Guayasamín y García Márquez, pero aunque es mucho más larga esta lista de lo más notable, no quiere esto decir que la dictadura prescinda de la adulación de otros peones.

No, no todo se limita a las grandes ligas; también podríamos citar una larguísima lista de figurines de segunda. En esta fauna de montón situaríamos a especímenes como el pintor Cacho, cantantes como Amaury Pérez, Israel Rojas o Raúl Torres, el escritor y exministro Abel Prieto, divas de carroza al estilo de Iroel Sánchez, entre otra larga lista de despreciables que con mayor o menor indignidad fijaron su zona de confort en la alcantarilla del oportunismo.

También encontramos especímenes de cloaca tan nauseabundos como el locutor Edmundo García, una rata que ¡desde el confort de Miami! se desgasnata en loas al castrismo y cita el “bloqueo yanqui” como la causa esencial de nuestra desgracia. O casos pintorescos como Amaury Pérez, que con ¿ingenuidad o cinismo? asegura no ver contradicciones entre viajar a Miami y apoyar a la “revolución”. Amaury, el de la parabólica, que ahora defiende su derecho a visitar a su familia en Miami y se lamenta de que “algunos” se opongan todavía al “diálogo” entre ambas orillas. ¡Ah!, pero Amaury no dice que precisamente ese es un derecho que el mismo castrismo que él tan vehementemente defiende ha cohartado a millones de cubanos, de Cuba y de Miami, durante tantísimo tiempo. Por desgracia Fidel Castro nunca tuvo el don de la tolerancia, ni ese idílico concepto del cantante sobre la disidencia de ideas entre los buenos amigos.

Por todo esto el castrismo, zorruno, no ha escatimado oportunidad ni esfuerzo en cultivar su extensa red privada de serviles que pretenden avalar desde una falsa retórica a los verdugos, presentándoles como sublimes patriotas, y para colmo del cinismo, por demás, comprometidos con nuestro legado cultural. Y como al ladrón nada le cuesta, pueden los déspotas invitar a la opulencia de su mesa a lacayos que venden el alma por un plato de lentejas; a cambio les exige alguna payasada por la cual -¿acaso no lo saben?- mañana serán juzgados.

En todo esto debió pensar Israel Rojas cuando atacaba con desprecio, en pleno concierto y micrófono en mano, a “…esas condenadas Damas de Blanco“. También Silvio Rodríguez, cada vez que ha reiterado su fascinación por Fidel Castro, el culpable de todo, así como los autores de toda la panfletaria al estilo de “100 horas con Fidel”, “Absuelto por la Historia”, o “Todo el tiempo de los cedros”, que de un modo u otro apologiza a la bestia anti-Midas que todo cuanto tocó dejó transformado en mierda.

Cuesta muchísimo creer que personas con una inteligencia sobre la media, dotados de incuestionables talentos, no alcancen una lucidez mínima que les capacite para calibrar con objetividad la penuria del pueblo cubano. En su panegírico hablan como si de otro país se tratara, como si alucinaran sobre alguna realidad paralela, onírica, pero nunca sobre la Cuba real que en la calle padece. Por eso el derecho a la opinión propia es tan cuestionable en su caso, porque tales desvaríos evidencian tal desconexión con la realidad que sólo podría ser comprendida en alguien con un déficit intelectual severo, o presuponiendo una cobardía personal olímpica y un abyecto oportunismo.

Pero ser una celebridad tiene su precio. Aún siendo usted una figura pública, si lo prefiere está en todo su derecho de no meterse en política, pero en ese caso igual debería abstenerse de ostentar amistades tan despreciables como Mariela Castro, y cuidarse de no tomarse fotos en una suculenta cena junto a ella, sobre todo en este momento de masiva calamidad, o de no cantar en clubes y fiestas privadas del clan Castro y tener el sentido común de no saludar con tanto fervor desde el escenario a la cara visible de esta dictadura que tanto nos avasalla. Por eso también Haila debió meditar mejor antes de confesar abiertamente su ferviente admiración por el dictador mayor, y también Alexander, de Gente de Zona, cuando en un lapsus, supongo -¿o acaso un ictus?- negó saber quién es Willy Chirino y aseguró no conocer sobre la existencia de ningún artista cubano en el exilio.

En la circunstancia cubana actual semejantes actos dejan de ser privados y cobran la connotación pública de una confesa postura política, porque el daño que continúan provocando los patriarcas del castrismo a nuestra nación es tan incuestionable y brutal que semejantes gestos son percibidos por el cubano de a pie como la genuflexión del lamebotas, y como tal juzgados.

Y cuando hablo de consecuencias, en este caso implicó perder el mercado más jugoso para un músico cubano, con más de dos millones de emigrados y descendientes consumidores de cubatón y suscedáneos, entiéndase Miami y todo el circuito que le cuelga en infraestructura y emisoras, que pueden cerrarse a giras y contratos. Sin duda un duro golpe para cualquier músico cubano, por más que Haila aparente en la red que le resbala y niegue su interés fingiendo un desenfado, que nadie se traga, cuando asegura que para ella “…Miami es sólo una parte del mundo“. Precisamente por eso desde ahora la diva podrá presentarse, con fervor revolucionario, en cada acto convocado por el Partido Comunista de Cuba, donde le pagarán en constantes, sonantes y devaluados CUP, y así ya, plena de fidelista orgullo, no dependerá de los sucios dólares imperiales para su próximo retoque estético. El patetismo de Haila sólo da risa, y contrasta con la actitud más humilde mostrada por Gente de Zona en sus últimas declaraciones.

No es discutible el derecho de las autoridades de EE.UU. a decidir cómo emplea los recursos en sus convites públicos y a quién contrata. Al menos cuentan con el atenuante de que su dilema se plantea entre invitar o no a artistas extranjeros puntualmente a sus escenarios. Sin embargo, la dictadura cubana tiene el inexcusable agravante -y esto no en términos puntuales, sino históricos- de que por 60 años ha impuesto una sistemática censura a miles de artistas cubanos, prohibiéndoles ofrecer su arte en su propio país y ante su propio pueblo, al que ha privado de su genuino derecho a disfrutar de una estética que le pertenece auténticamente, por derecho natural, y esto sí es una verdadera cruzada contra nuestro legado espiritual y un escandaloso delito de lessa cultura.

Es la envergadura de este crimen lo que justifica plenamente a las autoridades de Miami o de cualquier otra ciudad de EE.UU. cuando proscriben a alguna figura pública que de cualquier modo secunde al castrismo en su intento de legitimarse, y así será mientras en lugar de un intercambio cultural real, cuyo sentido etimológico y ético sólo cobra sentido cuando se produce con igualdad en ambas direcciones, pretenda la desfachatada dictadura imponer un flujo unidireccional de artistas y proselitismo light hacia el norte, pero recibiendo hacia el sur sólo frescos dólares de vuelta.

Aunque toda figura artística debería, por deber ético, no mantenerse al margen del dolor de su pueblo, la práctica demuestra que talento y ética no siempre marchan de la mano. Pésele a quien le pese, todo artista que en la Cuba de hoy, mediante su potencial mediático haga gestos de aprobación y simpatía al castrismo estará obrando, lo quiera o no, como un testaferro cultural de la dictadura.

No es cierto que la cultura pueda ser separada de la política. Si así fuera ¿por qué el régimen cubano se ha mantenido tan hermético y refractario a un verdadero intercambio cultural, incluso cuando sólo se trasiegue con “cultura pura”, sin una pizca de política? Muy simple: porque tal cosa no existe. Porque el arte, cuando es genuino, tarde o temprano terminará por imponer su tremendo potencial proselitista para cambiar conciencias y elegirá, inexorablemente, de qué lado se atrinchera para defender sus verdades. Si la cultura pudiera ser separada de la política de un modo tan ingenuo Celia Cruz, Gloria Estefan, Albita, Arturo, Pitbull y Willy Chirino ya habrían puesto a temblar la Piragua. Habría que preguntarle a los patriarcas de la Plaza por qué esto nunca sucedió.

De indudable utilidad será sin duda esta valiosa lección para el pueblo cubano, que al final comprenderá que todo cuanto privó en algún momento al castrismo de fuentes directas o indirectas de financiación y propaganda, por más oculta o subliminar que esta fuera, acercó un día o un minuto más la hora de su libertad.

Deben comprender los bufones del poder que no estarán para siempre en la cresta de la ola, que la fama pasa, pero la vergüenza es para siempre, que una vez llegado su momento a la verdad, cuando la Historia emita su propio veredicto, el mundo advertirá que en aquellos retratos de Guayasamín siempre faltaba el carmín encendido que debió cubrir las garras ensangrentadas del tirano.

La detención desde el pasado 1 de octubre del opositor José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), bajo la falsa acusación de haber “secuestrado” y “apaleado” a cierto individuo, han sumido en un nuevo torbellino de críticas al régimen castrista, que como siempre insiste en que el detenido será procesado como un reo común, lo cual se ajusta a la perfección a la praxis continuista del administrador de turno en la Plaza de la Revolución.

La repercusión internacional del caso quedó evidenciada en la condena del Parlamento Europeo, que mediante Resolución votada el último 28 de noviembre solicitó al Gobierno de La Habana la liberación inmediata del líder opositor. Ya se había pronunciado en similares términos Amnistía Internacional -que solicitó al gobierno de Díaz-Canel que le permita participar en el juicio del opositor– además de relevantes personalidades, dentro y fuera del exilio cubano.

El régimen de La Habana ve con suma preocupación y mayor torpeza como estas castañas se le carbonizan al fuego, según lo prueba el asqueante reportaje lanzado la pasada semana -en vísperas de la citada Resolución del Parlamento Europeo- por el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana donde, mediante una burda manipulación se distorsionaron hasta la náusea hechos, videos y fotos tomados a Ferrer, y se mostró como concluyente un collage de adulteraciones y mentiras montadas para presentar al detenido como un vulgar delincuente, por demás gratuitamente iracundo y violento.

Uno de los momentos de este bodrio muestra en una resolución de video bien baja -algo muy curioso e inexplicable en un país que ya cuenta con canales en alta definición- a alguien de fisonomía parecida a la de Ferrer, que en determinado momento se golpea varias veces la frente contra una mesa ante un impasible oficial, tan inofensivo y manso como una monjita en noche de pascuas. Esto presuntamente probaría, según el hilo conductor del reportaje, que toda lesión hallada sobre la anatomía de Ferrer sería autoinfligida.

En lo personal creo que, según se ha comentado en muchos sitios, quien se golpea en el manipulado reportaje no es Ferrer sino un doble cuidadosamente elegido. Lo delatan algunas gesticulaciones y sutiles matices de la voz, ambas, por demás, fácilmente adulterables mediante la tecnología digital actual. Pero aún en el presunto caso de que Ferrer se autolesionara en aquel video, habría que tener en cuenta los dos meses que lleva secuestrado por sus captores, sufriendo todo tipo de amenazas, bestiales vejaciones, torturas físicas y psicológicas extremas, y aislado en medio de una indefensión absoluta, todo lo cual, humanamente hablando, excusaría este momento de autoagresión. Obsérvese, sin embargo, que tal violencia nunca se dirige al oficial que sin duda le hostiga. Por todo esto, aun en el hipotético caso de que este video muestre a un auténtico Ferrer que exasperado se autogolpea, en nada le demeritaría.

Que estamos ante uno más de los múltiples casos construidos por la dictadura, típico de su modus operandi y donde miente escandalosamente, fue demostrado por quienes investigaron con paciencia este vulgar montaje de los sicarios de la 21. Es tal el descrédito que ya merecen los gobernantes cubanos, tal el grado de impudor mostrado durante más de medio siglo, tan vulgares, reincidentes e inescrupulosos han sido en sus mentiras que hace mucho tiempo no les creo una palabra. Ni certezas tan definitivas como la redondez de la Tierra me suenan a verdad si las escucho en ese noticiero que ahora intenta linchar a Ferrer.

El simple hecho de que un reportaje de alcance nacional destacara la identidad de Ferrer con pelos y señales -algo meticulosamente evitado por las autoridades durante seis décadas para privar de visibilidad a sus opositores- no hace más que denunciar un alto grado de desesperación. Aunque este disparo podría terminar saliendo por la culata de la dictadura. Tal como están las cosas podría obrar con doble filo y lograr exactamente lo contrario a lo que se propone: en lugar de aniquilar a Ferrer podría terminar dándole una inusitada relevancia hacia el interior del país.

Pero nunca deja de indignar la impudicia del lance. En lo personal siempre preferiré enfrentarme a un déspota antes que a un cínico. Al menos aquel, a pesar de su arrogante prepotencia -o justamente por eso- tiene el valor de presentar con claridad las reglas del juego: ¡esto será así por mis cojones, y ya está! Sin embargo el cinismo tiene como agravante la cobardía: es el tipo que no se atreve a mostrarse en todo lo arrogante y avasallador que es -en lo cual no secunda en absoluto al déspota- sino que además ofende tu inteligencia cuando pretende que le creas esa estupidez que te escupe al rostro.

Este es el caso de los esbirros de la policía política cubana cuando visten de civil en sus impunes operativos para no dar la cara ¡por pendejos!, es el caso del clásico dueto Partido Comunista-Seguridad del Estado, cuando organiza los mítines de repudio y las palizas públicas contra opositores pacíficos -donde nunca falta el reglamentario cordón de seguridad de la PNR aderezado con algún que otro represor en uniforme oficial, montado para “humanamente” proteger a la escoria apaleada de la furia del pueblo enardecido que “espontáneamente” defiende su revolución- así como también es el tipo de cinismo que en este caso Ferrer nos ocupa.

Se aferra otra vez la dictadura, en su naufragio, a la misma tabla de siempre: todo aquel que disienta del rebaño no es más que un mierda, un lumpen desechable, un mercenario pagado por la CIA y el Gobierno de USA. Pero este sobresocorrido truco, por reiterativo, ya les hace agua y sufre de un irreparable desgaste, por eso hoy se lo tragan únicamente los trasnochados más irreductibles.

Pero una mentira repetida mil veces nunca será más que eso, una mentira mil veces repetida, y ya hay una evidencia aquí que no se puede sepultar: José Daniel Ferrer, más allá de las simpatías que genere o no dentro o fuera de Cuba, tiene el innegable mérito de haber cohesionado la organización opositora más extensa, activa, y que ha mantenido una resistencia cívica más visible, sistemática y constante frente a la dictadura castrista durante las últimas dos décadas, y lo ha hecho contra viento y marea, desde el civismo, sin métodos violentos y mostrando un valor a toda prueba. Esta es, a pesar de la pataleta de los gorilas y sus asqueantes embustes, una verdad que ya no pueden revertir los represores de La Habana.

Ver Yusnaby Pérez: Desenmascarado el video de la Televisión Cubana sobre José Daniel Ferrer en 8 minutos.

Ver Univista TV: Hermano de José Daniel Ferrer desmiente videomontaje de la TV cubana.

No, Señor Administrador, Cuba no necesita hacer las paces con los Estados Unidos de Norteamérica para salir adelante, porque el futuro de este país no puede ser supeditado a la relación con ningún gobierno extranjero, sino que pasa por mantener una relación fluida e interactiva con la mayor cantidad posible de socios comerciales, mediante una economía dinámica genuinamente abierta al mundo, y en lo político tan independiente como naturalmente lo sugiere su condición de archipiélago, al margen de cualquier subordinación o chantaje.

Tal vez al pronunciar esta sentencia en su subconsciente reverberaban largas décadas bajo una dependencia absoluta de economías foráneas –llámese hoy chavomadurismo venezolano, como ayer estalinismo soviético– durante las cuales la naturaleza satelital inherente al régimen de La Habana hilvanó una ininterrumpida línea de parasitismo, sin la cual el engendro cubano habría colapsado en pocos años hundido por la indiscutible mediocridad de su arquitecto en jefe.

Sin embargo Cuba no necesita a pesar de todo, ni necesitará Señor, que la dictadura que Usted hoy regenta normalice sus relaciones con Estados Unidos. Cuba sólo precisa, y esto sí ingentemente, que quienes de un modo tan brutal la desgobiernan decidan normalizar las relaciones con su propio pueblo, y para ello no será necesario mirar al norte en busca de concertaciones con Washington, ni al sur para rapiñar el petróleo de Caracas; como tampoco al oeste remoto de Mao, ni al este postperestroiko de los nuevos zares. A Cuba le bastaría, para salir del abismo, con gozar de un pleno Estado de Derecho.

Bajo un auténtico Estado de Derecho los cubanos podrían agruparse bajo diferentes partidos, que desde su pluralidad propondrían disímiles salidas a los gravísimos problemas generados por la anquilosis de los octogenarios históricos, y podrían fundirse sobre bases sólidas los pilares de una democracia participativa. Esto generaría una pujante sociedad civil que conminaría a sus gobernantes a rendir cuentas por sus actos con seriedad y no como hasta ahora, erigidos en juez y parte. Pero como esto sería poco probable en términos prácticos, aquí le ofrezco, Señor Administrador, otra salida que como verá no implica la renuncia de su Gobierno, sino que sólo mejoraría el nivel de vida de mi pueblo.

Para esto bastaría con liberar el mercado interno, crear las condiciones legales que generen un clima contractual de confianza entre productores de todo tipo y de garantía para el fruto de sus esfuerzos; otorgar a todos estos productores y empresas privadas y familiares la necesaria personalidad jurídica que les permita gestionar con autonomía real su propio mercadeo dentro y fuera de Cuba, sin las interferencias que hasta hoy la atenazan, así como crear un sistema fiscal que garantice una tributación justa, universal y organizada de la cual nadie estaría exento.

Se debe autorizar y estimular sin cortapisas, e incluso priorizar sobre todas las demás, una inversión a gran escala de nuestros emigrados, algo completamente coherente con su derecho natural como cubanos, aunque también se debe abrir el país sin temor -previo rediseño del marco legal y siempre velando por los intereses de la nación- a la imprescindible inversión extranjera, pero sobre bases realistas y no bajo las leoninas reglas impuestas bajo la actual Ley 118.

Bajo normas sociales más civilizadas cualquier individuo, haciendo uso de una libertad de opinión real, podría denunciar cualquier abuso ante una prensa libre o iniciar un debido proceso judicial contra cualquier autoridad que transgreda sus derechos. Todo esto crearía condiciones idóneas para que en poco tiempo prospere nuestra mediana y gran empresa privada, tras lo cual en pocos años, nadie lo dude, se dispararían nuestros índices de desarrollo para bien de todos, y no para beneficio exclusivo de una rancia casta de neoburgueses. Pero esta nueva Cuba no florecerá mientras no cedan terreno los déspotas que hoy controlan los resortes del poder político, quienes perpetúan una autocracia cristalizada según el esquema mental del caracterópata que hace 60 años traicionó al pueblo, y esto, Señor, es un paso al cual no están dispuestos los dueños del garito.

Tal como se presenta la coyuntura, cualquier solución verdadera al problema cubano debe incluir que esa nomenclatura histórica que aún lastra nuestro avance abdique definitivamente de sus funciones y se dedique mejor a criar jutías, cediendo paso a un gobierno renovado sinceramente reformista, que piense en grande como país y no como secta política.

Por eso puede Usted, Señor Administrador, comenzar por pedirle a sus patrones que de una vez por todas se aparten del camino de este pueblo que los detesta, y verá como en el transcurso de una sola generación el nuestro se convertiría en un país irreconocible, de economía próspera y pujante, porque muy grandes son nuestras ansias de libertad, limitadas no tanto por el embargo que desde afuera se granjeara el discurso litigante de Fidel Castro, como por el bloqueo interno que Usted recién acaba de reconocer como quien descubre el agua fría.

Aunque, por abreviar, bastaría que su gobierno, Señor Administrador, ratificara los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que por camaleónica cobardía engavetara Raúl Castro una vez firmados hace más de una década, lo cual implicaría, por supuesto, su obligatorio carácter vinculante con la Ley vigente, de modo que tomen cause efectivo para millones de cubanos todos esos humanos derechos.

Señor Administrador, cuando dejemos de ver fantasmas detrás de cada cepa de plátanos otro gallo cantará. ¡Apartemos a los dictadores y veríamos con orgullo como el mundo hablaría en pocos años del milagro cubano! Pero que esto suceda nunca dependerá de normalizar relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, sino de la exacta medida en que el Gobierno tardocastrista que hoy Usted tan dócilmente gestiona abandone su praxis de matón de barrio, deje de comportarse como un Estado policial totalitario y decida coexistir en paz con su propio pueblo.

En fin, y dicho en menos palabras, comience por replantear desde los cimientos toda la estrategia política y económica del país para romper con este inmovilismo atroz y propicie condiciones que permitan emprender entre todos los hijos de la patria, desde dentro y fuera de la isla y sin distinción de credos, el impostergable camino hacia el desarrollo de la nación cubana.

En días recientes se “oficializó” la postura del gobierno cubano con relación al uso de las redes sociales y sitios digitales en nuestro país. A partir de este momento las autoridades de La Habana decidieron regular aún más la actividad en estos espacios mediante una legislación que sanciona a todo aquel que, según criterios oficiales, desde redes sociales o sitios digitales pretenda “…difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas…“, y de igual modo prohíbe la administración de todo sitio cuyo servidor primario opere fuera de Cuba bajo pena de multa de hasta 1000 CUP.

Ya antes habían trascendido las polémicas medidas anunciadas por el Ministerio de Comunicaciones para “autorizar” –léase en realidad limitar y controlar– SNet, la extensa red offline que durante años ha operado clandestinamente en Cuba, limitando la potencia de sus equipos a un máximo autorizado de 100 milivatios, lo cual en la práctica implicaría su eventual colapso. Si a aquella le sumamos ahora esta nueva prohibición de emitir libremente contenidos “…contrarios al interés social…” –uno de esos sacos donde cualquiera y cualquier cosa caben– desde redes públicas, entonces ya vislumbramos mejor la mano peluda detrás de la cuna.

Estas medidas denuncian el evidente terror que despierta en el régimen cubano el poder de movilización y denuncia de estas redes, y evidencia a las claras por qué hasta hoy ha hecho, y continuará haciendo todo cuanto esté a su alcance para retrasar cuanto le sea posible la penetración de Internet en nuestro país, y esto únicamente a cuentagotas, dando por descontada la más estricta censura, manteniendo un sistemático espionaje doméstico y de cuanto dato entre o salga de Cuba; y todo a expensas de precios prohibitivos para el común de los cubanos.

Aunque los oligarcas de La Habana le temen a una potencial versión tropical de la primavera árabe, sin duda advierten que un modelo de control cibernético a la norcoreana sería algo demasiado burdo en nuestro contexto, pues resultaría perturbador en exceso para un turismo en evidente desaceleración y perpetuaría incómodas algaradas en muchos foros físicos y virtuales. Por eso los chicos de la Plaza han optado por una estrategia de contención alternativa, menos escandalosa, pero sobre el terreno casi tan eficaz como aquellas.

Con esta variante elegida la dictadura castrista se decanta por la mixtura que conjuga, en dosis variables según la necesidad táctica, un totalitarismo al estilo de Beijing y una praxis estalinista, para nada extinta, con el inequívoco sello de la KGB: entiéndase la censura sistemática de contestatarios y la movilización perpetua de legiones de trolls, hábilmente combinadas con la represión física contra activistas disidentes y la prensa independiente, así como la aplicación de leyes que castiguen con severidad “delitos” que lo son sólo por cuanto hacen valer derechos vetados por un Estado policial.

Y aunque hasta ahora las potencialidades de las redes sociales en Cuba no hicieron más que insinuarse, ya con esto bastó para que algún cagalitroso accionara el botón de pánico en el retrógrado Buró Político del Comité Central y las frías oficinas de su despreciable policía política, sin duda donde mejor calibran la situación, porque es donde mejor informados están sobre la frustración generalizada que en la calle se respira y la magnitud real del odio que en el pueblo cubano inspiran quienes lo avasallan y desgobiernan.

Sin embargo hasta el momento apenas asistimos a las habituales denuncias de allanamientos arbitrarios y constantes arrestos de corta duración, al aluvión inmisericorde de burlas contra el General Jutía Fría chochando con el avestruz, o a la indiscutible tendencia impuesta bajo la etiqueta #BajenLosPreciosDeInternet que ha denunciado reiteradamente las abusivas políticas del monopolio ETECSA, entre otras nimiedades.

Aunque las consecuencias no han sido siempre virtuales: también fuimos testigos de cómo el pasado 12 de mayo las redes sociales fueron determinantes en la irreverente movilización de la comunidad LGBTI habanera que desembocó en una escandalosa, y bien física, operación represiva organizada por la Seguridad del Estado en el Paseo del Prado, y esto… ya huele a quema´o. Al parecer se le colmó la copa a un poder para nada dispuesto a tolerar discrepancias, ni físicas ni virtuales.

Varias señales evidencian que la dictadura cubana sigue atrincherada en los 60: la reciente imposición del Decreto Ley 349 que, aún atemperado, coarta seriamente la libertad creativa, o la enmienda impuesta en la recién aprobada Ley de Cine de que será la mano peluda quien a fin de cuentas otorgará dichas licencias. Aunque toda esa intransigencia podría encontrarse mejor sintetizada en la penosa arenga del administrador Díaz-Canel en vísperas del Congreso de la UNEAC –copia casi al carbón de las célebres “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro– percibida por muchos como una velada amenaza.

Aunque en realidad lo que se avecina ya ha sido practicado antes por el régimen y ampliamente conocido y sufrido por la disidencia. Aquí lo único nuevo es el anuncio oficial, y como este sitio opera desde WordPress, plataforma cuyos servidores por supuesto no están en Cuba, no pude evitar darme también por aludido, después de lo cual queda poco por agregar.

Por eso serán breves mis palabras finales, que espero comprenda bien cada ciberclaria y cada represor: este humilde blog es territorio de pensamiento libre, donde ejerzo mi humano derecho de opinar según sinceras convicciones, y ningún tirano tiene sobre él potestad alguna. Este sitio permanecerá abierto y activo mientras en mi patria continúe rigiendo un poder de facto que violente los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de mi pueblo.

Hoy vivo temporalmente fuera de Cuba, pero si a mi definitivo regreso todavía rigiera esta leonina regulación no me supeditaría a ella, y cada palabra aquí dicha sería mantenida contra todas las banderas. Quien administra Ciudadano Cero está dispuesto a defender su derecho a la libre opinión, desde cualquier lugar y hasta las últimas consecuencias.

Ah!… dicho sea de paso: yo, como José Daniel Ferrer, tampoco pagaré multas.

Hace varias semanas recibimos conmocionados la noticia de la tragedia del río Armila. En la noche del pasado 23 de abril decenas de familias cubanas enlutaban cuando más de medio centenar de jóvenes, que subían rumbo al norte rompiendo selva panameña, murieron arrastrados por una repentina crecida.

A pesar de su evidente dramatismo la grave noticia encontró, sin embargo, relativamente poca resonancia en la prensa internacional y en sitios de Internet, lo cual evidencia a las claras por qué se puede considerar el problema cubano más profundo y de más difícil resolución que otros conflictos regionales ahora en boga, entiéndase las muy lamentables situaciones de Venezuela y Nicaragua bajo sus respectivas dictaduras.

Tal vez si estas muertes se hubieran suscitado entre jóvenes de estos dos países la tragedia habría cobrado mayor impacto, pero cuando la noticia versa sobre cubanos huyendo del castrismo se le resta relevancia porque más de medio siglo de dictadura siempre cobra su cuota de desgaste. Al parecer hoy la muerte de nuestros emigrantes conserva todos sus matices trágicos sólo si se sufre dentro de un hogar cubano desde la perspectiva del padre destruido o del niño huérfano.

Las autoridades cubanas, por supuesto, miraron a otro lado. En su cínica lógica este Panamá no parece el mismo al que cierta gritona de la UJC viajó con su humilde salario de psicóloga para boicotear la Cumbre de 2015: para la dictadura aquella es un modelo y estos no son más que gusanos muertos.

En contraste con esta nueva masacre del Castrismo hace pocos días trascendió una “nueva postura” del régimen: los oligarcas de la Plaza recién aclararon a sus emigrados que en su draconiana Ley 118 de Inversión Extranjera, vigente desde marzo de 2014, en realidad no se les excluye de poder invertir en su país, pero acto seguido, atajando a los entusiastas, recuerdan que el convite sólo vale para quienes residan y tengan asentado su capital en el extranjero.

De más está decir que con semejante acotación se continúa excluyendo al sector privado que dentro de la isla puja por sobrevivir no gracias, sino a pesar de las zancadillas interpuestas por un sistema tan retrógrado como el primer día, obcecado en demostrar que es en su empresa estatal socialista donde se incuba ese futuro luminoso que nunca llega.

Estas dos noticias, aparentemente inconexas, evidencian la complejidad de una sociedad anquilosada cuya dictadura no sólo coarta las libertades civiles y políticas de mi pueblo sino que, por natural extensión, también atenaza con mano de hierro sus derechos económicos.

Aun así durante los últimos años se ha incrementado la tendencia de algunos cubanos que después de vivir durante un número variable de años en el extranjero –como norma completamente desentendidos de la realidad interna de la isla y sin hacer ningún intento por retener su ciudadanía– optan ahora por regresar a residir definitivamente en Cuba, mediante un insultante proceso denominado “repatriación”, humillante eufemismo acuñado justo por quienes le han privado del derecho a viajar y regresar libremente, como si la patria le perteneciera sólo a ellos y no a todos.

En lo personal no logro comprender bajo cuál misterioso razonamiento quienes un día emigraron aguijoneados por sueños de prosperidad y desde la completa certidumbre de que jamás la lograrían bajo un régimen policial totalitario, concluyen que sólo porque regresan con unos dólares ahorrados –ya sean miles, o decenas o cientos de miles, en este caso la cantidad es intrascendente– hoy tendrán más garantías de éxito.

Deben recordar los ingenuos que todavía en cada cuadra hay una comitiva de chivatos, y ya sea por retorcida convicción o primitiva envidia, informará todos sus pasos en cuanto ponga un negocito. Hoy los malabares necesarios para conseguir insumos en el mercado cubano, ya sea formal o informal, reduciría a rango de aficionados a las estrellas del Cirque du Soleil, y en su barrio le espera ansioso un ejército de corruptos inspectores estatales y policías afilándose los dientes para extorsionarle; que no existe manera humana de llevar un negocio en Cuba dentro de la legalidad porque la ley que esto regula está exquisitamente diseñada para evitarlo, y todo tendrá que transcurrir de forma tan ilegal y oculta como cuando partió, un caso entre tantos, con el éxodo del 94.

Cierto que cada cual conoce su propio maleconazo y cada quien comprende sus razones, pero nadie debe pecar de ingenuo suponiendo una falsa distensión de las autoridades después del espejismo de la era Obama, porque más temprano que tarde chocará con una realidad tan asfixiante como la que antes le hizo huir. Esperar algo diferente sería construir castillos en el aire.

Y no se trata de que ahora Trump retornara a posiciones de fuerza, no; Cuba se mantiene estática porque la dictadura de Fidel y Raúl Castro -ahora con el nuevo administrador Díaz-Canel al umbral de la puerta, pero con los mismos dueños- sigue atrincherada en el mismo punto y apostando por la pobreza de mi pueblo como arma estratégica de control para mantenerse en el poder.

Probablemente a estas alturas muchos repatriados sopesan arrepentidos la posibilidad de dar marcha atrás a la película, y llegado a la conclusión de que bajo tales circunstancias no basta con poseer capital, sino que se debe vivir bajo instituciones que protejan y estimulen con sincero entusiasmo a productores y pequeñas y medianas empresas –razón extrapolable a los inversores pesados a gran escala necesarios en la Cuba de hoy.

Quien estudie esa Ley de Inversión Extranjera advertirá que no hace ningún guiño a la emigración, que ni siquiera insinúa alguna prioridad o trato diferenciado, como se esperaría. Más bien los dueños del tugurio colocan el parche antes que el descosido y aclaran que todo será en igualdad de condiciones: también en nuestro caso intermediará la Empresa Empleadora estatal para embolsarse el 90 % de los salarios; las autoridades cubanas designarán sin excepción a cada operario e ingeniero de esas empresas -entre los cuales infiltrará sus secuaces la Seguridad del Estado- y se reservará para sí el 60 % de los beneficios.

Tal desfachatez plantea reglas de juego tan desleales que hasta el momento nadie muerde el anzuelo, y ahí se mantiene ociosa y empolvada la Zona Especial de Desarrollo de Mariel como testigo –proyecto que hasta el momento ha atraído apenas el 15% de las inversiones y ganancias esperadas por los Castro.

Entonces la pregunta se desprende: ¿por qué si la Ley de Inversión Extranjera no ha logrado atraer al resto del mundo atraería a una emigración cubana que conoce al pájaro por la cagada? ¿Qué hace suponer al payaso Bruno Parrilla, al camaleónico Malmierca, al administrador del garrito Díaz-Canel, y a su jefe Raúl Castro, que los emigrados caerán en una trampa que conocen mejor que nadie?

¿Por qué se arriesgaría el empresariado cubano del exilio, bajo las circunstancias actuales, a sabiendas de que toda ganancia irá directamente a financiar los medios represivos del castrismo? ¿Por qué nuestro emigrante opta por pagar 10000 dólares a las mafias del estrecho de la Florida o Centroamérica y ni siquiera considera invertirlos en su país? ¿Por qué sus parientes de Miami siguen igual razonamiento cuando le apoyan?

¿Acaso los tercermundistas que suben por la misma ruta del coyote se arriesgarían al temerario lance si tuvieran 10000 dólares para financiar un negocio familiar? ¿Qué poderosa razón convence a los cubanos de que ningún capital vale en esta Cuba en ruinas que dejan compulsados por la desesperación? ¿Cómo entender que durante los últimos años los cubanos sacaran del país, para compras en el extranjero, más de 2300 millones de dólares anuales para abastecer su mercado negro –cifra “casualmente” similar a los 2500 millones anuales que los expertos fijan como ritmo de inversión externa que precisa Cuba para salir del aprieto? La similitud de estas cifras denuncia la envergadura del absurdo.

En todo esto debe pensar el emigrado cubano cuando se plantee regresar. Si en su empeño lo animan la añoranza por los pequeños detalles y simplemente prefiere quedarse con esas tantas cosas que muy bien pueden arropar su corazón romántico, pues vale, ¡muy bien! Nada más natural que el deseo de retornar a la semilla y al hogar, por más que realidades como la nuestra lo hayan desvirtuado, pero jamás debe emprender su viaje de regreso con la ingenuidad de suponer que en Cuba algo haya cambiado: debe hacerlo con la certeza de que en los prados de su niñez hoy encontrará tierra quemada, y un país que en muchos aspectos ya recuerda demasiado la fase más oscura del período especial de los 90.

Debe saber el futuro “repatriado” que regresa a un crudo campo de batalla. Lo prueba más de medio centenar de cadáveres cubanos tragados por la selva de Darién, como clarísima advertencia. Y todo mientras la dictadura asegura que no pasa nada, que la tensión será cuestión de pocos meses, que no debemos temer al hambre pues para eso rollizos generales garantizan a todos carne de jutía y leche de avestruz, que no hay que preocuparse ni andar resucitando fantasmas porque el período especial ya fue sepultado gracias a las brillantes directivas dejadas por el iluminado Fidel Castro.

Y para colmo ahora nos dicen que los emigrados pueden invertir en Cuba, lo cual sólo debe ser interpretado como una prueba de desesperación viniendo de un régimen que nunca dejará de despreciarnos. Lo que no dicen los déspotas es que una vez invertido su dinero, fracasado su negocio y decomisados sus bienes, ante nuestro repatriado quedarán servidas dos únicas opciones: o termina en prisión o vuelve a intentar desesperado la misma ruta del Darién. Por suerte nos queda la certeza, o la esperanza, de que Liborio podrá ser pobre, pero no comemierda.

Me permitiría llamarle hermano, aunque no me conozca. Le bastaría saber que soy un médico cubano graduado en La Habana en 1994, tres condiciones que hicieron que me conmovieran los sucesos protagonizados hace algunos días por él y el resto de los estudiantes congoleños en la Residencia Estudiantil de la Facultad Salvador Allende.

Durante mis años de becario en G y 25, mientras estudiaba en la Facultad Calixto García a inicios de los 90, conocí a no pocos estudiantes africanos, entre ellos algunos congoleños, y les recuerdo como buenos estudiantes, generalmente enfocados y tranquilos, educados y afables, buenos compañeros y amigos.

Por eso las protestas ahora protagonizadas por esta generación me convencieron, desde sus primeros momentos, de que muy buenos motivos debieron tener para que se exacerbaran así los ánimos. Luego trascendió que durante meses se habían reunido con cuanta autoridad les fue permitido para intentar solucionar algo a todas luces injusto, recibiendo sólo evasivas como respuesta, y entonces las razones comenzaron a aflorar.

Luego vimos como la prensa oficial cubana, con su habitual cinismo, hablaba en términos de “retraso”, cuando en realidad se trata del descarado impago de ¡27 meses del estipendio de cientos de estudiantes!, quienes saben que ese dinero debió llegar cada mes a sus manos en virtud de un convenio claramente pactado, y que además infieren –lo cual es más indignante aun– que ese dinero tal vez fue desviado, con un grado muy alto de certeza, hacia el bolsillo de algún que otro funcionario corrupto.

A nadie sorprende escuchar un eufemismo tan ofensivo de la prensa oficial cubana, porque ya forma parte del habitual impudor de este engendro controlado por los mismos déspotas de la Plaza que ya para ese momento habían enviado contra estudiantes indefensos a sus tropas represivas de élite, cagándose de paso en la ya extinta autonomía universitaria.

Nada pone más nerviosa a cualquier dictadura que una protesta pública, del tamaño que sea. Pero cuando esos escuadrones de tropas especiales se desplegaban amenazantes frente a su facultad, no era en realidad contra esos jóvenes congoleños que iba dirigido el mensaje; esos estudiantes, a pesar de sus muchas razones, protestaban de forma pacífica. Ese mensaje de intimidación iba directamente dirigido contra el subconsciente del pueblo cubano, y fue lanzado por una dictadura experta en ejercer todo género de violencia física y psicológica.

Fue un mensaje diáfano y claro: no se hagan los simpáticos, las protestas públicas están terminantemente prohibidas en la Cuba de los Castro, so pena de recibir la más impune y devastadora paliza. Se lanzaba de ese modo una clara advertencia a todo el pueblo cubano justo ahora que el régimen castrista atraviesa una de sus más profundas crisis económicas y políticas, mientras Caracas se tambalea y la credibilidad de La Habana toca fondo, por todo lo cual temen en punto cero que se generalicen protestas semejantes debido a la injustificable pobreza acumulada después de seis décadas de oportunismo y desidia.

La dictadura cubana es demasiado astuta como para no percatarse de que tiene el culo encima de un polvorín, sabe muy bien que mi pueblo le odia hasta los tuétanos, y como le teme a este pueblo exhibe, aun gratuitamente y cada vez que la oportunidad se presenta, toda su potencial brutalidad represiva.

No le importaba a los represores de La Habana, en ese tenso minuto, el fondo de las demandas. Ninguna de las razones esgrimidas les conmoverían en lo absoluto: sesenta años de hacer oídos sordos frente a las necesidades de millones de cubanos a los que, cargados de demagogia, pregonan deberse, les han entrenado para ignorar olímpicamente cualquier queja de ese talante. Una vez más se trataba de reprimir por reprimir, porque esa es una cuestión cardinal de principios para toda buena dictadura.

Y para cereza del pastel por último escuchamos que alguien, a nombre de varios estudiantes, mediante mensaje en redes sociales magnificado por la prensa gubernamental, se disculpaba con el pueblo cubano.

A pesar de que las demandas fueron muy claras y estuvieron dirigidas exclusiva e inequívocamente al gobierno del Congo, la réplica de la prensa títere de La Habana no se hizo esperar y se explayó en acusaciones sin fundamento, lanzando gratuitas acusaciones sobre una presunta “manipulación política de los hechos por los enemigos de la revolución”, algo que en ningún modo obedecía a la verdad.

Ya imagino las presiones a que estarían sometidos, y al respecto todo temor está justificado. No olvidemos que la universidad en Cuba no es del pueblo, sino de los “revolucionarios”, recordemos las recientes expulsiones de varios estudiantes universitarios por motivos políticos, y que no en vano fueron nuevamente activadas en cada una de estas universidades centrales las tristemente célebres Brigadas de Respuesta Rápida. Y todo esto no ocurre en 1965, sino en 2019, lo cual establece una línea ininterrumpida de terror que cubre todo el período castrista, y ahí quedan los hechos para demostrarlo ante la Historia.

Pero lo dicho, dicho está, y le respondería yo: hermano, este pueblo bueno que hoy te acoge no necesita de tus disculpas. Más bien te agradece que le recuerdes con tu gallardía los tiempos pasados, cuando la escalinata universitaria fue un recinto sagrado; que existió alguna vez una FEU fundada por aquel Mella valiente asesinado por sus ideas, y luego guiada por un Echavarría a protagonizar el gesto más temerario de aquella Revolución, tan auténtica y necesaria entonces como traicionada más tarde por el gran demagogo, Fidel Castro.

De aquella FEU ya no queda nada, y lo habrá advertido en el cómplice mutismo que guardó, escondida en su ratonera, mientras los antimotines reprimían a sus propios estudiantes –pues la mayoría de esos estudiantes debe tener activa en ella su membresía, valga recordarlo– y es que hace más de medio siglo aquella FEU, como el resto de las organizaciones se su tipo en Cuba, quedó castrada y reducida a escombros, a su triste papel de hoy como una polea más al servicio exclusivo del Partido Comunista.

La represión sufrida ahora por estos jóvenes africanos es la misma largamente sufrida, durante seis décadas, por el pueblo cubano, que ha terminado exhausto de esperar justicia y sólo ha recibido, como ellos, promesas incumplidas, palabrería vana lanzada al viento por una casta de neoburgueses cuya presencia al frente de mi país es su mayor vergüenza. Este clan de viejos decrépitos, dilapidadores del tesoro público de la nación cubana, que anuncian eternamente malos tiempos, hoy nos invitan a saciarnos con pellejo de jutía y mondongo de avestruz desde la opulencia de su mesa.

Pero sé que en el fondo ya no le engañan, pues con la paliza llegó el desencanto, confeso o inconfeso, ya poco importa. Sólo espero que cuando, una vez graduado y esté donde esté, mi amigo recuerde a Cuba, sepa discernir claramente entre la dictadura y mi pueblo ese que sé me permitiría llamarle hermano, aunque no me conozca, y que jamás olvide que por esta vez la vida nos puso en el mismo ruedo del lado de los ofendidos.

A las puertas ya del referendo oficial sobre la nueva Constitución, que se realizará en Cuba mañana domingo 24 de febrero, la pregunta se impone: ¿cuál sería el modo más efectivo, para un votante descontento, de manifestar y hacer valer su desaprobación?

Tengamos en cuenta que previamente, durante meses, el gobierno cubano se ha esmeró en una campaña de propaganda pública y subterráneo terror, ensañándose contra una oposición política que ha polemizado y denunciado con sincera preocupación todo lo que en la nueva propuesta, a su criterio, profana decenas de derechos humanos.

No ha hecho nuestra oposición otra cosa que ejercer de ese modo su natural derecho a expresar de forma abierta su desconfianza, y debido a ello ha sufrido –confirmando de paso con hechos concretos aquello que denuncia– una nueva ola de amenazas, detenciones y allanamientos contra sus activistas que proponen el NO como la elección más digna.

Pero ante la disyuntiva tengamos en cuenta el escenario: mañana decenas de miles de urnas se abrirán a lo largo de todo el país, en locales elegidos y preparados para tal fin por el gobierno cubano. Si usted, elector de a pie, decide votar mañana, lo hará con un lápiz y nunca con un bolígrafo –una pésima costumbre mantenida por el régimen cubano en cada proceso electoral desde que tengo uso de razón– y por lo mismo su voto carecerá del poder indeleble de la tinta, lo cual significa que, opte usted por el SÍ o por el NO, habrá emitido un voto susceptible de ser adulterado con facilidad hasta por un niño de cinco años.

Además recuerde que toda la cadena de custodia de estas urnas estará exclusivamente a cargo de las autoridades –entiéndase Partido Comunista y Seguridad del Estado– sin mediación de auténticos observadores internos ni externos, y por lo mismo sin la mínima garantía de honestidad, pues hasta ahora ninguna de estas dos alas represivas de la dictadura cubana ha tenido jamás la valentía de permitir nada que se parezca a una supervisión imparcial, ni mostrado transparencia, nunca ha rendido cuentas públicamente con sinceridad sobre sus gestiones, ni pretendido objetividad de resultados.

En una sociedad permeada por el terror a la disidencia de ideas, donde el Gran Hermano omnisciente y omnipresente mira, escucha, olfatea y toma nota de todos tus pasos, donde la paranoia alcanza niveles irrespirables y el reflejo condicionado social, por instinto de conservación, percibe un simple acto de civismo como algo criminalizable –y por lo mismo como delito punible– siempre será extremadamente difícil, si no imposible, evaluar la verdadera opinión del pueblo.

Ante esta situación el elector descontento sólo cuenta con dos alternativas excluyentes: asistir a las urnas y marcar NO –o en su lugar boicotear de algún modo su boleta lo cual, en la práctica, implicaría lo mismo– o simplemente abstenerse de asistir.

La primera elección le ofrecería la “ventaja” del camuflaje, del mimetismo, de quedar de algún modo en paz con su conciencia mientras pasa desapercibido, pero podría en manos del gobierno su valiosa estadística, pues una vez haya firmado auténticamente en su casilla del registro de electores nada impediría que luego sea adulterada su boleta, firmada siempre con lápiz, a favor de los intereses del fraude.

La segunda elección, la abstinencia, sin embargo le pone un poco más difícil el asunto a los mafiosos, porque ya es otra historia falsificar la firma de alguien que nunca fue visto ante una urna y sostener que votó a la vez que públicamente ese individuo de modo rotundo lo niega.

De todo esto se desprende una conclusión cuya lógica se decanta no por el SÍ o por el NO ante la urna, sino por la ABSTENCIÓN definitiva. Una abstención masiva sería un escenario color de hormiga para la dictadura cubana porque la mostraría en cueros en medio de su masturbación mental y la expondría públicamente con toda su ridícula connotación.

Mañana asistiremos a una farsa montada en condiciones de laboratorio, a uno más de los recurrentes despliegues fetichistas de una Plaza que ya de “revolución” sólo ostenta a duras penas el nombre. Ni siquiera será creíble, y de hecho poco se juega en este lance la dictadura, porque sea cual sea la elección oficialmente presentada como resultado –e incluso imponiéndose el NO– muy poco o nada cambiarían las cosas en Cuba, pues la nueva propuesta en muchos puntos más bien propone francos retrocesos en cuanto a derechos humanos.

Sí, será una farsa más, y es cierto que poco importa una raya más en la piel del tigre, pero mañana 24 de febrero de 2019, una vez más tendremos ante nosotros una oportunidad real de tomar venganza y asestar nuestro público golpe de castigo a quienes con tanta alevosía nos arruinan y desgobiernan. Elegir cómo hacerlo será algo que usted, descontento cubano de a pie, tendrá que sopesar hasta ese momento a solas con su conciencia.

¿Por qué sorprende a tan pocos la recién anunciada decisión del régimen castrista de retirar a sus colaboradores del programa brasileño Más Médicos?

Apenas se supo con la investidura el electo Presidente del gigante del sur, Jair Balsonaro, confirmó lo que había anunciado hace varios meses y ya parece un hecho consumado: sólo aceptará que los galenos de la isla permanezcan en Brasil si se someten a un examen de competencia y si se les paga íntegramente su salario al margen de la intermediación del gobierno de La Habana, y para eso le garantiza a esos profesionales residencia inmediata y visa a toda su familia, algo que la Plaza de la Revolución, como era de esperarse, rechazó de plano.

Las modificaciones anunciadas imponen condiciones inaceptables e incumplen las garantías acordadas desde el inicio del Programa…” argumentó el Ministerio de Salud Pública cubano, aunque en realidad la dictadura quiso decir: tales modificaciones no me permitirían chulearle a mis esclavos las tres cuartas partes de salario que hasta ahora le estuve robando sin escrúpulos.

Esto a las claras demuestra que en cuanto a la dictadura cubana se le cierra el grifo del lucro automáticamente se extingue también, en ese mismo instante, su “vocación filantrópica”. Porque según palabras de cuanto Castro ha gobernado Cuba ha sido la presunta razón de ser de las más de sesenta misiones médicas oficiales que sostiene en el extranjero el régimen de la isla: todo ha sido, primero que nada, por pura vocación humanitaria.

Que de paso estos magnates se hayan embolsado más de 10000 millones de dólares constantes y sonantes cada año durante las últimas dos décadas, bueno… ¡ya esos son detalles secundarios!, pero lo primero, según la cínica jerga de los dictadores, ha sido la “vocación internacionalista” de la robolución cubana y el altruismo de esos miles de profesionales que optaron fervientemente por esa alternativa, no como un acto de desesperación porque en Cuba viven al borde de la miseria con un salario absurdo, sino que todo fue hecho con absoluto desinterés por los pobres de la Tierra.

Pero ahora, de repente, pareciera que se acabó la pobreza en las favelas y la Amazonía de Brasil. Ahora, que ya el proxeneta no recibirá más dinero fácil resulta que recoge los chelines y le ordena a sus puras víctimas que se reporten en La Habana de inmediato. Ahora que dejó de correr la plata para la dictadura no cuentan ya los mismos pobres que hasta ayer adornaban la retórica de sus discursos.

¿Cuántos regresarán y cuántos tendrán el valor de atreverse a probar suerte y ejercer libremente en ese país, desde ahora bajo condiciones dignas? ¿Mitad y mitad? ¿Acaso desertará un tercio, o una cuarta parte? Esto queda por ver. Apostar por una cifra es arriesgado pues no se debe subestimar el poder de coacción, intimidación y control que es capaz de ejercer la dictadura más virulenta del hemisferio sobre sus ciudadanos, aun cuando los separen miles de kilómetros de mar.

No olvidemos que en Cuba quedaron como rehenes padres, esposos e hijos y que el régimen es experto en jugar esas cartas sin misericordia cuando así lo determina, y mucho más si le dieron justo donde más le duele. Nadie dude sobre las seguras represalias que tomará La Habana con los irreverentes. De hecho ya se vienen reportando muchos casos de visitas de la mano negra a los familiares en la isla para amenazarles con mayor o menor sutileza, pero siempre dejando claramente plantada la aberrante idea: en caso de deserción del destinado en Brasil no volverán a reunirse durante al menos ocho años.

Sin duda, arriesgarse a estar cerca de una década sin ver a sus hijos será algo que tendrá un fuerte poder disuasorio, y esto lo tienen muy claro los propios colaboradores cubanos, por eso la decisión dependerá del concepto que cada cual tenga de sí mismo, del grado de hidalguía que sea capaz de asumir frente a esa disyuntiva, ¿y por qué no? hasta de la filosofía de se tenga de la vida; en fin, algo reservado solo para los elegidos, para aquellos más libres, ¿o acaso los más temerarios?

Pero si algo queda fuera de discusión es que con esta jugada Balsonaro jodió, bien jodido, a Raúl Castro y compañía, porque esos más de 11400 médicos cubanos desplegados en Brasil, representaron hasta ahora nada más y nada menos que la quinta parte del total de colaboradores desplegados por todo el mundo, lo cual implica que a los chulos de la Plaza se le esfumarán de golpe no menos de 350 millones de dólares anuales que desde ahora dejarán de ingresar a sus cuentas secretas.

Y a este multimillonario impacto deberá sumársele el nada despreciable golpe político asestado en los mismísimos testículos de la dictadura cuando sea anunciada la cifra final de desertores, y los represores lo saben, y por eso se emplean a fondo sin pérdida de tiempo para evitarlo, haciendo uso de sus miserables tretas habituales.

Pero al final ¿se arriesgaría La Habana a retener a miles de familiares en Cuba que soliciten la reunificación con el visto bueno del país receptor? ¿Qué argumentaría en ese caso para disfrazar lo que a todas luces sería una abierta represalia, violentadora de los más básicos derechos de esas familias separadas a la fuerza? ¿Sería capaz de soportar la presión política que generarían miles de Elianes, pero a la inversa, solicitados por sus padres desde Brasil? Sólo de imaginarse el drama intimida.

Pero tampoco subestimemos un hecho bien demostrado: esa capacidad de las autoridades de la isla, cada vez que les ciega la soberbia, de barajar decisiones obtusas ante situaciones similares para al final decantarse por la más estúpida, por lo cual el arriba referido es un escenario que no se puede descartar del todo; no olvidemos que la codicia ofusca a estos sátrapas que siguen llamando “…golpe de estado legislativo-judicial…” al auténtico ejercicio democrático del parlamento que, haciendo un uso natural de sus potestades, apartó a la corrupta Dilma Rousseff mediante herramientas claramente establecidas en sus leyes y su Constitución.

Una segunda oleada de Damas de Blanco podría ser la respuesta a semejante decreto, algo a lo que yo, en el lugar de Raúl Castro, no me arriesgaría en momentos en que ya se acerca su aciago día: el que verá a Nicolás Maduro salir despetroncado por una popular y contundente patada en el culo en las ya inminentes elecciones de 2019, y un nuevo Baldonado le anuncie desde Miraflores, en nombre del digno pueblo venezolano, que tampoco allí están dispuestos a seguir manteniendo como puticas en cuaresma a los proxenetas de La Habana.

¡Definitivamente no soporto a los maricones! Esos impúdico no respetan nuestro derecho a vivir sin ofuscarnos con sus profanaciones a la decencia, tienen como sello distintivo un inescrúpulo a prueba de balas y siempre ocultan detrás de sus confusas maneras dobleces que sólo me animan al asco y al desprecio; son seres depravados que ni siquiera se sonrojan al ofender la más pueril inteligencia hablando de pureza cuando en realidad viven de simulaciones y mentiras.

Llena de oscuras intenciones, esta lacra de maricones a que me refiero sembró un día mi país de campos de trabajo forzado donde debían corregirse junto a opositores irreductibles, religiosos e intelectuales incómodos, además, homosexuales inocentes; les llamó UMAP, y en estas prisiones se ensañó con el dolor de aquellos “degenerados” y muchísimas vidas fueron segadas. Desde entonces, a lo largo de varias décadas ha arruinado la existencia de miles de homosexuales de todas las edades, sexos y colores por el simple hecho de serlo, y hasta el sol de hoy nadie ha escuchado de semejantes maricones una sola palabra de disculpa.

Estos tipos sucios ahora quieren deslizar el asunto del matrimonio gay en el simulacro de Constitución redactado por Raúl Castro y compañía, organizando meticulosa y simultáneamente un estudiado circo mediático y atizando, en un país homófobo y de tradición machista, dos corrientes de opinión excluyentes y opuestas, a favor y en contra de la unión igualitaria.

Para lograrlo han organizado por un lado marchas públicas por el Orgullo Gay a nombre del CENESEX y Mariela Castro, y por otro han permitido efusivas manifestaciones públicas de puritanismo desde el Consejo Nacional de Iglesias escandalizado por el tema, y que sin embargo parece no haberse enterado que en Cuba cada día se comenten atropellos muchísimo más graves y masivos, una insultante realidad comparada con la cual la unión gay parecería un juego de niñas en los jardines de un convento.

De tan obvio ofende: se trata de una estrategia que persigue en realidad focalizar la atención del pueblo y la opinión pública internacional en un asunto relativamente trivial, para desviarla del verdadero meollo del problema cubano y así dejar irresueltos los puntos más cardinales, entiéndase la total ausencia de un sistema electoral creíble; el reconocimiento legal de un único partido de prácticas totalitarias; la falta de libertades de opinión, de reunión y asociación; la ausencia de libertad de una prensa; la ausencia de garantías procesales y civiles; la falta absoluta de un cuerpo constitucional y legal que garantice la división real y efectiva de poderes y proteja al ciudadano de abusos de autoridad y transgresiones a su privacidad, junto a otra larga saga de gravísimos problemas. Por todo esto es que duele ver cómo teniendo mi país dramas mucho más urgentes se malgaste energía en algo llamado a ser finalmente asimilado por la sociedad mundial.

Pero como todavía los detractores aúllan su argumento sobre el hecho “contranatural”, yo preguntaría: ¿contranatural el matrimonio igualitario? Sí, sin duda, como también lo son las tostadas con tocino y la McDonald’s con papas, el enchilado de langosta, el pavo de navidad y el tamal de fin de año. También lo son la cirugía láser, el Internet y la televisión satelital, el Hubble, el Concorde y la cura de la polio, el IPhone y el acelerador de partículas, así como también las misas del Papa, la Ópera de Milán, la pizarra del Latino y los Carnavales de Río.

Pero bajando los humos, también sería contranatural cada variante de intimidad hetero que se aparte de la clásica salida Peón 4 Rey, porque si nos vamos a poner rigurosos y hacerlo en función únicamente de procrear, para ser consecuentes dejaríamos fuera de juego varios orificios y el 99% de las variantes usadas por la humanidad desde que el mundo es mundo.

En fin, contranatural sería toda la creación científica y artística de la humanidad, todo lo que el hombre añadió a la naturaleza entendida tal y como fue puesta ante sus ojos, porque lo estrictamente natural sería que en lugar de haber creado Colors of Benetton o Christian Dior aun anduviéramos cazando en pelotas, y que en lugar del pretexto de la flor usáramos todavía el garrotazo para llevarnos a una hembra hasta el fondo de la cueva.

Pero aun así todavía los perros ladran. ¿Que sin procreación no tiene sentido el matrimonio? Millones de matrimonios hetero vieron pasar décadas de unión estable sin haber dejado descendencia. ¿Que bajo la unión gay nunca podrá hablarse de familia? La familia es unas veces la que nos trae la cigüeña y otras la que nos crea la vida; millones de familias adoptivas así lo probarían.

El matrimonio es una institución necesaria sólo para gozar en igualdad de condiciones de derechos y beneficios preestablecidos por el contrato social, pero que en ningún modo garantiza por sí mismo la felicidad y perdurabilidad de una relación. En cambio, lo esencial son el amor y la familia, la unión auténtica sellada por una irreductible lealtad y donde está nuestro lugar en el mundo.

La familia es nuestro más básico derecho. A nadie le asiste la potestad de elegirla en nuestro lugar o de imponernos conductas contrarias a nuestra naturaleza en función de disquisiciones morales tan subjetivas como variables para cada lugar y tiempo. De aquí se deriva una consecuencia incontestable: si un ciudadano libre, en pleno uso de su derecho y facultades mentales, decidió cobijar legalmente a su familia elegida bajo el manto protector del matrimonio absolutamente a nadie le asiste el derecho a fustigarle. Así de simple.

No obstante revienta ver como hoy en Cuba aquellos mismos maricones de siempre aprovechan una tendencia mundial para pasar por tolerantes, mientras se mantienen irreductibles con relación a decenas de derechos más trascendentales, y es ahí donde se me hace evidente el cinismo.

Muy lejos de lo que se podría pensar, para contarse entre esa chusma cabaretera no es obligado llevar en el alma la bayamesa, sino que basta con ser tan pendejo como para golpear sin remordimientos a una dama de blanco o dárselas de bravucón atizando turbas contra disidentes pacíficos, lanzar olas represivas contra una oposición legalmente indefensa, encarcelar a cubanos inocentes mediante falsos cargos o ser capaz de organizar desde una vil impunidad sus denigrantes mítines de repudio, para luego tener la desvergüenza de apearse con lo del pueblo enardecido, cuando en realidad es esta maricona escoria, y nadie más, la que nos hace la superlativa mierda de arruinar este país.

Definitivamente, entre estos tipejos y yo hay algo personal.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Estamos otra vez ante la demagogia en su estado más puro. Hace varios días el “gobierno” de Díaz-Canel “convocó” a la diáspora cubana a “participar” en la nueva “reforma” constitucional. Demasiadas comillas, diría el academicista, pero en las primeras líneas de este post cada una está justificada, pues donde los ingenuos pueden guardar aún rastros de esperanza los conocedores del argot de la Plaza perciben entre líneas el calibre real del nuevo cinismo.

Es muy curioso que se convoque a la emigración a una consulta a la cual, sin embargo, nunca fueron genuinamente convocados ni siquiera los cubanos dentro de la isla. Este mamotreto, recortado a la medida de los Castro y concebido letra por letra, con miras obtusas y peores intenciones, en los laboratorios del Departamento Ideológico del Partido Comunista y en las galeras más empolvadas del Buró Político del Consejo de Estado es ya, hace mucho tiempo, letra fundida.

No hubo antes ni habrá modo después de esta payasada montada antes en los barrios de Cuba y propuesta hoy on line fuera de ella, en que esto redunde en provecho de Liborio. Demasiada intolerancia ha derrochado este lobo arrogante, como para merecerse este voto de confianza que nos pide hoy solo porque llega disfrazado de oveja.

Hoy la dictadura “convoca” al mismo pueblo que por seis décadas ha privado de viajar libremente al extranjero –pues la nueva política también coarta derechos y deja demasiadas potestades al capricho de las autoridades– y así mismo del derecho irrestricto de regresar a su patria cuando cada cubano así  de modo inconsulto lo decida –pues inconsultos son los auténticos derechos.

Nauseas da con solo pensarlo. Resuma cinismo y es una burla a la nación cubana. Iniciativas como esta se oponen a la esencia de las dictaduras, son ejercicios propios de las democracias pero incompatibles con autocracias absolutistas como esta de La Habana, que por más de medio siglo ha cerrado a cal y canto las puertas de su propio país a millones de exiliados y hoy descaradamente les “convoca” sin ni siquiera insinuar una disculpa por los huevazos y las golpizas.

Nadie pierda la perspectiva: todo cuanto haga el régimen cubano siempre será en beneficio propio y nunca en el de mi pueblo. Recordemos cómo Raúl Castro, ese especialista en limosnas a cuentagotas, aflojó el cerrojo migratorio sólo cuando olfateó, viendo cerrarse el grifo venezolano, los más de 3500 millones de dólares anuales que por concepto de mercancías o remesas entran a esta islita los emigrados desde la apertura parcial de 2014. Además, los dictadores saben que mientras más cubanos viajen más carne fresca llegará a la moledora en las aduanas.

No es que nos considere más justamente la dictadura, es sólo una cuestión pragmática, de valor agregado, puro enfoque utilitario según el más elemental principio del capitalismo de estado regente en la Cuba de los Castro.

¿Qué sucederá cuando esa emigración exija su auténtico derecho a regresar a su país sin intromisiones burocráticas y sin las estafas inherentes al pasaporte más inútil y caro del mundo? ¿Qué si exige su naturalísimo derecho a probar fortuna y apostar como inversora a mediana y gran escala en su propia tierra? ¿Serán abiertas definitivamente las puertas a la inversión de estos mismos emigrados a lo que hoy se les “convoca” a opinar? ¿Será reformada la irrespetuosa Ley de Inversión Extranjera –donde por cierto, si vamos a ser justos, nada pintarían los nacionales ni sus descendientes– para priorizar a estos cubanos emigrados?

¿Veremos por fin el trabuco de béisbol que Cuba se merece competir en el próximo Clásico Mundial, y a los desterrados de las misiones médicas volver de visita, pues ya no tendrán que esperar una larga década para volver al regazo familiar? ¿O seguirá la dictadura politizando todas y cada una de las facetas de algo tan natural y antiguo como la posibilidad de emigrar, probar fortuna y regresar o no a su lugar de origen según cada cual lo determine?

¿Serán los fundamentalistas que todavía reinan en la Plaza capaces de respetar algún derecho a la diáspora de este país de una belleza y una bondad indiscutibles, esa diáspora cubana únicamente justificada por el manto de terror con que le cubren su país? ¿Será posible que un “parlamento” donde ni siquiera hallan genuina representación los cubanos de la isla, encuentre resonancia en las necesidades o exigencias de quienes residen más allá del vasto océano? Quisiera pensar que sí, pero al respecto me confieso pletórico de escepticismo.

De modo que ahora, sin mediar disculpas, cuentan los desarrapados de los discursos del comandante, los gusanos denigrados, aquella inmunda escoria de la Historia. Horrendo ha sido el crimen, absolutos el irrespeto y el despotismo. Ahora la dictadura cubana –es vital llamar a cada cosa por su nombre– haciendo uso de su habitual despotismo exhibe una nueva manera de burlarse de mi pueblo.

Hoy este régimen extremista, con ese sacrosanto derecho que pretende poseer sobre todos los cubanos, a modo de limosna desea aparentar que los desterrados de Camarioca, de Mariel, del maleconazo y del más reciente superéxodo centroamericano, todavía son considerados como cubanos por los césares, y que pueden llegar a influir –¡oh! milagro divino– sobre una Ley de leyes sellada de antemano y destinada a ser letra muerta ante la Historia.

Por Jeovany Jimenez Vega.

En estos días el “parlamento” cubano –si se le puede llamar así a esta bufonada– “discute” una propuesta de nueva Constitución. Mientras tanto hemos visto como, a la vez que le da los últimos retoques a su mamotreto, el flamante Buró Político del Partido Comunista ha lanzado a su marioneta Díaz-Canel por todo el país en un reality show para meterle por los ojos a Liborio un “presidente” gris elegido a dedo, alguien de quien hasta hace unas semanas apenas conocíamos la voz.

En esencia nada nuevo emergerá de las actuales sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), porque es un engendro castrista que ni es asamblea sino manada de corderos en deliberaciones estériles, ni es nacional, sino extensión sumisa de la Plaza; poder acaso sí, pero el ejercido por una dictadura inmisericorde contra la prosperidad de mi pueblo.

Sucede que 600 personas deliberando desconectados de las urgencias de su pueblo nunca podrán ser la auténtica voz de los millones de cubanos que abajo sí carecen y padecen. ¿Porque cómo si no mediante la ANPP han sido impuestas cada una de las políticas que han contravenido por medio siglo nuestros derechos humanos? Leoninas ordenanzas, emitidas ayer bajo la bota sangrienta de Fidel y Raúl Castro y todavía defendidas a capa y espada con ferviente continuismo por este sucesor de carambola.

¿Acaso la ANPP, siempre desconectada de la realidad, no se ha mostrado consumadamente incapaz de reajustar los bornes a esta sociedad disfuncional, dando siempre la espalda a las genuinas necesidades de cada momento, sorda a la desesperanza de este pueblo sufrido que ha protagonizado reiterados éxodos masivos a modo de auténticos plebiscitos de desaprobación?

Nadie espere sorpresas porque es este pseudoparlamento un instrumento más del régimen cubano –como lo son todas las organizaciones oficiales llamadas cínicamente “sociedad civil” por la dictadura– y como todas ellas se ha mantenido ininterrumpidamente engranada a los caprichos del poder real –entiéndase Raúl Castro, el verdadero ejecutor– mediante poleas muy bien engranadas.

Nada nuevo emanará de semejante simulacro. Convénzanos sino de lo contrario. Esta es su oportunidad de abrir al mundo un país destinado a la prosperidad, y de aprovechar todos los vientos nuevos que puedan soplar en su provecho. Podría, por ejemplo, tener la hidalguía de despenalizar la disidencia de ideas y la oposición política, así como legalizar y dar cauces al emprendimiento de la empresa privada una vez demostrado el absoluto fracaso de la empresa estatal.

Podría dar luz verde al aire renovado y necesario de nuestro periodismo independiente –último reducto ético del oficio en la Cuba de hoy– de modo que se deje de hostigar, amenazar, encarcelar y despojar suciamente de sus medios de trabajo a aquellos cubanos que valientemente se atreven a ejercer contra viento y marea su humano derecho de proveer a su pueblo de información verídica, mientras la prensa oficialista ya no puede caer más bajo, acomodada por cobardía en su zona de confort al fondo de la cloaca.

Podría garantizar la ANPP, mediante un orgánico cuerpo de leyes sabiamente concebidas, las condiciones para consolidar de una vez por todas, sin el sucio hostigamiento sufrido hasta ahora, a la microempresa familiar cubana. Podría emitir una ley más respetuosa y atractiva para el inversor extranjero, de modo que a la vez que se garantizan los intereses de la nación, sea recibido un flujo de oxígeno impostergable para esta economía en quiebra.

Pero cuando de inversores se hable esa nueva ley, si quisiera nacer bien encausada, debería dar prioridad absoluta a la emigración cubana que desde el extranjero siempre ha exigido su indiscutible derecho a invertir en su propia tierra. Este paso bastaría para destrabar el juego, pero sólo una vez creadas las garantías suficientes, al amparo de un serio contexto legal capaz de limar los justificadísimos recelos después de tanta estafa previa.

Muchas y variopintas son las leyes que podrían mejorar a muy corto plazo la calidad de vida del cubano, y es justo donde vemos más desesperación y carencias donde puede poner más sabiamente el ungüento salvador una ley oportuna: eliminando las cientos de prohibiciones absurdas cuya obsolencia ha evidenciado la vida. En este sentido tendría un parlamento cubano armado de buena fe muchísima tela donde cortar.

Sin embargo deben saber esos pseudoparlamentarios que para regenerar un país de 14 millones de almas nunca bastará con tejer giros semánticos pueriles. De nada servirá dejar de llamar Presidente del Poder Popular, para comenzar a llamar Gobernador, a alguien que en realidad nada hará para mejorar la vida de sus gobernados.

Poco importará garantizar el derecho de cada cubano a no ser discriminado por su identidad de género, y permitir marchas por el orgullo gay, mientras la policía política conserve la potestad incuestionable de encarcelar del modo más impune, sin cargos ni garantías procesales, a todo aquel que decida ejercer derechos civiles o políticos. Es evidente el cinismo.

Menester sería que si el legislativo cubano deseara cobrar una credibilidad mínima emitiera una constitución sinceramente reformada, pero aspirar a algo así sería pedirle peras al olmo, porque es para evitar precisamente eso que entre su prosperidad y mi pueblo se interpone la dictadura más virulenta que ha exhibido la Historia de este hemisferio, sumamente consiente de que cada derecho concedido iría en detrimento de su poder omnímodo.

Desátese las manos a mi pueblo y en menos de una década se transformaría éste, para bien de todos, en un país irreconocible, mucho más próspero, justo y habitable que el tugurio de miserias morales que habitamos hoy, para ruina de la nación cubana, gracias a la codicia insaciable de los tiranos Castro.

El pueblo cubano ya está hastiado de espejitos a cambio de tesoros, sabe exactamente dónde lo espera oculto su futuro, conoce bien a los verdugos que ante él se interponen, y ya no aceptará nada que no sea su plena e incondicional libertad. Aspirar a menos sería ponernos a comer una vez más de la misma mierda. Este pueblo generoso se merece mucho más que un aquelarre.

De nada servirá una constitución destinada a ser letra muerta mientras no sea el cubano un auténtico Estado de Derecho, con división real y efectiva de poderes y apartado de la demagogia de la cual el sempiterno clan de los Castro ha hecho largamente gala hasta el sol de hoy. De nada servirá cambiar de collar si al final el viejo perro terminará mordiendo con la misma rabia.

La muy notable ausencia del Coronel Alejandro Castro Espín en la nómina de la Asamblea Nacional del Poder Popular no hace más que confirmar la sospecha de muchos analistas: el clan Castro apostó por continuar gobernando desde las sobras. Era un secreto a voces que el príncipe de la Plaza estuvo contemplado hasta hace relativamente poco por la élite de La Habana como una posibilidad real en caso de no contarse a la hora del cuajo con otro candidato lo suficientemente predecible y carente de carisma como para no representar en absoluto un riesgo a la vista del stablishment –alguien mínimamente presentable y capaz de asumir ante el mundo la mascarada de la “sucesión” castrista– pero una vez que el escáner garantizó la completa sumisión del delfín Díaz Canel a la línea dura de la Plaza ya estuvo listo el ajiaco para ser servido.

Muchos lo previeron. Yo en lo personal siempre dudé sobre las intenciones de Castro Espín como Presidente para 2018. Dar por sentado un paso así era subestimar la camaleónica capacidad de mimetismo de una dictadura como la cubana, que nunca ha necesitado exponerse de un modo tan burdo.

Desnudarse y mostrar a caja destemplada su real vocación dinástica es algo que no va con el estilo del clan de Birán. Esas serían patéticas vulgaridades que se esperarían de caricaturas como Kim Jong-un desde su cuartel de Pionyang, más no de los chicos finos de La Habana.

Aquí en el trópico los esbirros de mi pueblo han sido incomparablemente más creativos y sutiles. Para algo han dilapidado una considerable parte de nuestro patrimonio –el que no alcanzaron a esconder el Suiza– en armar uno de los más extensos y paralizantes aparatos de inteligencia del mundo –ahora en manos “casualmente” de Castro Espín– que les pronostica una tranquila temporada ciclónica para 2018.

Que Raúl Castro continuará gobernando la isla desde su puesto de Primer Secretario del Partido Comunista no lo duda ni el que asó la manteca; eso es algo ya escrito en la Biblia. Sin embargo pudiera parecer algo confuso para quienes evalúan desde fuera la realidad cubana y no comprenden que en este país nunca ha gobernado el Poder Popular, pues quien realmente corta aquí el bacalao es el Partido Supremo. Desde la sede del Comité Central el único partido legal en Cuba dicta por decreto todas las políticas del país, sin excepción, que luego son presentadas ante el “parlamento” más dócil e indecente del mundo y allí son ratificadas todas por cartomántica unanimidad.

Con esta farsa garantizada nadie debería dudar que a partir del próximo abril el gobierno real continuará siendo ejercido por Raúl Castro desde su puesto al frente del Partido Comunista. Después de todo para eso había amaestrado con tiempo a sus perros de presa: desde su estratégico puesto al frente de GAESA su ex yerno el General Luis Alberto Rodríguez López-Callejas hoy monopoliza dos terceras partes de la economía cubana mediante el control directo de las más grandes y lucrativas corporaciones del país –prácticamente todas gerenciadas por militares– y por otro lado su hijo, el susodicho Coronel Castro Espín, hace varios años es el principal depositario de cada secreto de las temibles inteligencia y contrainteligencia cubanas, con todo su enorme poder de penetración, amenaza y chantaje.

Visto el asunto en panorámica se llega a la obvia conclusión de que todo quedará en casa, y Raúl Castro se “retirará” del gobierno con las espaldas bien cubiertas. Por eso esta mafia no necesitará exponerse a la luz pública: para mantener un control absoluto bastará subir a escena a cualquier fantoche de trapo que instrumente la payasada ante el mundo.

Pudiera tratarse de Díaz Canel, de Esteban Lazo, o incluso de alguien tan gris como Bruno Parrilla, o igual habría sido posible de haberse convocado a los difuntos Enrique Arredondo, Teófilo Stevenson o Agustín Marquetti, daría igual, sería un detalle sin la menor relevancia porque ninguno, ni aquellos ni estos, decidiría absolutamente nada durante una bufonada que Cuba presenciará absorta durante los próximos cinco años.

Sólo pasado este tiempo, para las “elecciones” de 2023, quedarán debeladas las verdaderas intenciones del clan familiar, pues para entonces todo el aparato policial y propagandístico del poder sí será volcado a imponer progresivamente a Alejandro Castro Espín como sucesor al trono.

Quien quiera ver el cuadro más claro, échele agua. Tiempo tendrán para preparar su tinglado según las normativas de Castro Primero, habiendo pasado por Castro Segundo, con este bypass “democrático” de cinco años –llamado a convencer a los más ingenuos de que en Cuba nunca existió un socialismo dinástico al estilo de norcorea– hasta la consumación final y estratégica del plan: un tercer Castro presidente desde 2023, y con evidentes intenciones de perpetuarse ¿quién sabe si durante otros 50 años? en el poder.

Una vez comprendido esto, para calibrar la fórmula final basta añadir el clásico 0.5% de chivatos y represores estimado como suficiente en los manuales dictatoriales, y desperdigados por cada calle de esta islita; toda esa nata de inescrupulosos flotando en el estercolero del oportunismo y que jamás faltan en estas situaciones; así como las decenas de incondicionales generales jubilados y en activo cuidando sus parcelitas de poder, entre otras desgracias, todas emanadas del castrismo.

Recordemos a Martí: los malos sólo triunfan allí donde los buenos son indiferentes. Muchas otras variables influyen en esta dinámica, por supuesto, pero entre las más trascendentes, sin duda, se encuentran el inmovilismo y la indolencia de todas las generaciones actuales de cubanos, la desidia institucionalizada y la absoluta apatía cívica en que han hundido este país la ignominia y la codicia que todavía amenazan perpetuar algunos miserables sobre los restos extenuados de la nación cubana.

Hace varios años fueron lanzadas Candidatos por el Cambio y Otro18, plataformas opositoras cubanas cuya estrategia ha sido presentar candidaturas independientes en el actual proceso de “elecciones” pues, según su razonamiento, ciertos reductos de la Ley Electoral vigente serían amparo suficiente para posicionar decenas de voces disidentes en los diferentes niveles de los Órganos del Poder Popular.

Mientras este sector de nuestra oposición política avanzaba en su iniciativa, el mundo y los cubanos fuimos testigos de la heroica resistencia cívica mantenida durante más de tres meses en toda Venezuela. Millones de ciudadanos volcados a las calles en protestas masivas contra la dictadura Madurocastrista; más de 100 muertes violentas y miles de heridos; jóvenes apaleados con saña por los perros de Miraflores, miles de detenciones arbitrarias y cientos de procesos penales instituidos por tribunales militares contra prisioneros civiles.

También fue de admirar la valerosa postura de la Fiscal General Luisa Ortega, con un despliegue ético de altos quilates al desmarcarse del absolutismo cuando el Tribunal Supremo Electoral quiso usurpar las facultades del Legislativo, zarpazo frustrado entonces, en buena medida, gracias a la postura vertical del Ministerio Público; un elocuentísimo ejemplo de vergüenza, valentía y pudor profesional.

Todo este doloroso legado del muy valiente pueblo venezolano no bastó, sin embargo, para impedir la sucia jugada de la prostituyente, recurso golpista ilegítimo asumido por Maduro por consejo de La Habana que terminó por apagar temporalmente las protestas.

El mundo presenció en Venezuela un guion que a los cubanos se nos hizo rápidamente familiar, un libreto que para no descompadrar realidades, incluyó un auténtico mitin de repudio a la mismísima sede del Parlamento venezolano –con Brigadas de Respuesta Rápida al más puro estilo de la Sección 21 de la Seguridad Cubana– mientras las “fuerzas del orden” abrían de par en par la verja de seguridad.

Venezuela ha constituido para el castrismo, en el terreno de la represión política, un laboratorio análogo a lo que en su momento fue la guerra de Angola en el terreno militar. Allí se han enriquecido los manuales represivos de la dictadura castrista, que ha ganado inestimable experiencia sobre el terreno en el uso de métodos represivos a gran escala, y de tácticas de contención no utilizadas aún en Cuba precisamente porque a mi pueblo seis décadas de adoctrinamiento y terror le han enervado el civismo.

Por puro sentido común cada derrota del pueblo venezolano también es, por inevitable extensión, una derrota del pueblo cubano. Y si toda experiencia sufrida en la hermana nación es extrapolable a la realidad cubana entonces, a la luz de los hechos, cuando Cuba ya ha avanzado el proceso de postulación de candidatos a nivel de circunscripción –primer y decisivo paso a las Asambleas Municipales del P.P.– cabe preguntarse si realmente merece la pena jugar a las elecciones contra una dictadura como la castrista pero bajo sus propias reglas.

Preguntémonos ¿en qué han derivado hasta ahora las candidaturas opositoras en la práctica? ¿Cómo reaccionó el sistema represivo sobre el terreno? ¿Cuántos candidatos opositores han logrado sortear las innumerables trampas de la mafia político-militar cubana?

Pongamos el asunto en contexto, sin azúcar y en blanco y negro: aquí estamos ante una inmisericordia absoluta capaz de las posturas más viles, que se empleará a fondo para mantener incólume su poder; ante una crápula que ha bruñido su inmoralidad y su doblez bajo todas las situaciones posibles. Es el castrismo un engendro sin bandera incapaz de guardar lealtades, ni siquiera respetuoso de sus propias leyes y que trueca constantemente a su antojo, del modo más impúdico y arbitrario, las reglas del juego.

Estos infames son el hampa capaz de las más ruines vilezas y de ellos no se debe esperar el más elemental gesto de respeto o modulación moral, por eso mirar una realidad tan cruda a través del prisma alucinante de las esperanzas infundadas siempre será un acto de proverbial ingenuidad.

Toda elección democrática se sustenta en el derecho del ser humano a elegir según las normas de la civilidad a sus gobernantes, pero sobre todo –y en este punto estriba el obstáculo insalvable frente a una dictadura– debe estar respaldada en la confianza. Se trata, sobre todas las cosas, de un acto de fe, algo implanteable frente a sistemas policiales totalitarios.

Si en Venezuela hemos visto el daño de la metástasis, sólo deduzcamos la virulencia del tumor primario que nos pudre La Habana. Ante un engendro tan hipócrita, consolidado y hostil como el cubano jamás valdrán las medias tintas.

Es utópico aspirar a que la oposición burle cada obstáculo interpuesto ad libitum por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista, sin ningún tipo de respaldo legal, siempre expuesta al fraude impune y a toda la hiel que se le volcará encima sin posibilidad de réplica, a la deriva en medio de una indefensión absoluta contra un régimen que prepara el escenario a su antojo y lo mismo cita a los electores con solo una hora de anticipación, “casualmente” el día que el candidato opositor viaja fuera de provincia, que lo detienen bajo cualquier pretexto para liberarlo justo terminada la reunión de vecinos.

Pero supongamos que algún opositor lograra vencer a nivel de circunscripción: ¿tendría su gestión algún alcance más allá de su barrio? Nunca. Sería una voz perdida entre miles, ahogada en las angustiosas menudencias del burocratismo, y terminaría igual repartiendo ventanas de zinc o reparando tejados, pero siempre apartado de los verdaderos centros decisores, y por lo tanto con ningún recurso a su alcance capaz de tambalear los cimientos del poder.

Obsérvese, además, una agravante del asunto: ese opositor elegido, aun con nulo poder ejecutivo, incluso legitimaría del modo más insulso el cinismo gubernamental, cuyos papagayos pregonarían su caso como prueba de que en la isla, en efecto, pueden presentarse a elecciones “libres” todos los cubanos, y al final, haciendo cuentas del balance entre el descomunal esfuerzo –con su obligatorio desgaste en términos de tiempo, energía y riesgos asumidos– y los pírricos resultados prácticos logrados, estaría la oposición ante una empresa nada rentable en términos políticos.

No olvidemos, además, que en Cuba no gobierna el Poder Popular, sino el Partido Comunista. En caso de que algún suertudo opositor sea elegido en su circunscripción, para algo están ahí, siempre vigilantes, las ofensivas Comisiones de Candidatura del PCC a nivel municipal, provincial y nacional, velando para que ningún inoportuno pase al siguiente nivel de gobernatura, y siempre bastará con la llamada telefónica del Primer Secretario del Partido Comunista para sepultar el asunto.

Por todo esto debemos mirarnos en el espejo venezolano para confirmar que el castrofascismo desconoce límites, y que si hoy en ambos lados del Caribe nos mana la misma sangre es porque nos oprimen exactamente los mismos verdugos. Plantearse una batalla electoral ante un competidor tal sucio y desleal como este es simplemente invertir en quimeras, y consentir en ser la parte más triste de esta denigrante farsa. La praxis gansteril de la dictadura jamás consentirá semejante desafío. El problema cubano tiene solución, pero no pasará nunca por jugar este humillante juego de los verdugos de la patria.

Leer: El proceso electoral cubano.

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