El testimonio de dos médicos cubanos que fueron inhabilitados para el ejercicio de su profesión en Cuba durante más de cinco años por canalizar ante su Ministerio inquietudes salariales de 300 profesionales de la Salud Pública. El Dr. Jeovany Jimenez Vega autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo aquí publicado.

“A un plan obedece nuestro enemigo: de enconarnos, dispensarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin a nuestra patria libre. Plan contra plan.

¿Qué significó el 11 de julio para el castrismo?

El levantamiento popular del 11 de julio en Cuba dejó las cosas claras. A la dictadura le será imposible ocultar su más contundente derrota política en más de 60 años, por más que lo desee: el pueblo cubano se lanzó masivamente en las calles ese histórico día al grito de libertad, circulan cientos de videos en la red y esta vez fuimos millones los testigos. Imposible sepultar semejante evidencia, tanto como lo fue la brutal respuesta represiva del régimen para aplastar a cualquier precio este vibrante clamor nacional.

¿Cuál será la estrategia que seguirá la dictadura?

Ante la aplastante evidencia, a sabiendas de que atraviesa su mínimo histórico de credibilidad y conociendo su psicología, estimo que el castrismo canalizará su brutalidad mediante las siguientes líneas de estrategia:

  1. APELAR AL REFLEJO CONDICIONADO SOCIAL HABITUADO, HASTA AHORA, AL SOMETIMIENTO POR EL MIEDO: Recrudeciendo todas las modalidades de su praxis represiva; manteniendo militarizadas las grandes ciudades mediante la constante movilización de medios operativos para perpetuar el terror; deteniendo y/o citando a la mayor cantidad posible de manifestantes para amedrentar a todos; imponiendo excesivas sanciones y largas condenas de prisión; amenazando con la expulsión del trabajo o los estudios a cualquiera que haya participado directa o indirectamente en las protestas o las apoyara de cualquier modo –incluida cualquier publicación en redes sociales.
  2. LANZAR UNA OFENSIVA DIPLOMÁTICA PARA MINIMIZAR LA REPULSA INTERNACIONAL: Poniendo en máxima tensión su extensa red de activismo procastrista, organizada y financiada desde las embajadas y sedes consulares cubanas; orientando su ingente labor de espionaje para frustrar nuevas tentativas de organización de la emigración cubana; promoviendo declaraciones de personalidades importantes (testaferros ideológicos) para legitimar cuanto sea posible su praxis represiva; sobornando, cobrando viejos favores y/o chantajeando a cargos claves de instituciones mundiales.
  3. ARRECIAR LA OFENSIVA PROPAGANDÍSTICA DENTRO DE CUBA: Aumentando los ataques de sus sicarios en medios oficiales a la oposición y orquestando linchamientos mediáticos; desvirtuando el espíritu de las protestas mediante la desinformación y la constante difusión sus montajes: falsos crímenes, falsos arrestos y cualquier tipo de “atropello” ficticio –luego desmentidos como fake news presuntamente promovidas por la “oposición mercenaria”– o actos de vandalismo ordenados desde la propia Seguridad del Estado –luego atribuidos a auténticos manifestantes– para restar credibilidad a las miles de denuncias reales generadas por su brutalidad.
  4. BUSCAR Y SACRIFICAR A UN CULPABLE: Insistiendo en que el descontento popular se debe exclusivamente a la grave situación sanitaria y no al rechazo masivo del pueblo a un régimen político impuesto; intensificando su discurso de fondo que presenta al “bloqueo” estadounidense como la única causa de nuestra ruina; en última instancia, sacrificando a su pieza prescindible, Díaz-Canel, para promover otro puesto a dedo proclive al servilismo que exige la oligarquía castrista.
  5. INICIAR UNA SERIE DE REFORMAS COSMÉTICAS: Implementando insustanciales cambios potencialmente reversibles en algunas áreas, sobre todo dirigidos al sector autónomo (trabajadores por cuenta propia); disminuyendo el rigor, o eliminando, las medidas que se saben más impopulares –como la limitación de importaciones no comerciales por la aduana; convocando a encuentros con los “dialogueros” más light, etc. En fin pequeñas concesiones que sólo tendrían intenciones dilatorias sin cuestionar la permanencia del tardocastrismo en el poder.

¿Qué estrategia debe seguir el pueblo cubano, dentro y fuera de Cuba?

  1. RESISTENCIA PASIVA; NO COOPERES DE NINGÚN MODO CON LA DICTADURA: Si ya no crees en esa falsa no milites por simple inercia en organizaciones oficiales; solicita la baja del Partido Comunista, de sus sindicatos, de la Federación de Mujeres y de sus ominosos CDR; no participes nunca más en las inútiles reuniones de rendición de cuentas del Poder Popular donde nada se decide, y abstente en absoluto de participar en sus simulacros de elecciones; no asistas nunca más a manifestación oficial alguna, durante las fechas claves del castrismo (1 de enero, 1 de mayo y 26 de julio) mantente dentro de casa: ¡las calles vacías evidenciarán que ya tu pueblo se pronunció definitivamente el 11 de julio!
  2. ARTICULACIÓN DE UN MOVIMIENTO NACIONAL E INTERNACIONAL EN APOYO A LA LIBERACIÓN DE LOS PRESOS DEL 11 DE JULIO: Un punto esencial. El régimen sabe que el castigo a los valientes detenidos ese día será determinante para perpetuar su estado de terror; conoce el tremendo efecto disuasorio de esas injustas condenas y por eso impone largas penas de prisión, de ahí que debamos organizarnos en torno a las familias de los presos, salir en su constante apoyo y periódicamente protestar en plantones masivos de vecinos ante las estaciones policiales, las sedes de gobierno y del Partido Comunista, en cada municipio donde los haya, para presionar constantemente, para exigir su liberación incondicional –recordemos a las Damas de Blanco que en 2010 doblegaron a la dictadura en un momento de mayor solidez, aún bajo el liderazgo directo de Fidel Castro. No permitas, cubano decente, más mítines de repudio contra ese vecino que lucha por tu libertad: que las barricadas de vecinos defiendan, junto a su dignidad, también la tuya.
  3. AJUSTAR NUESTRAS RESPUESTAS A CADA SITUACIÓN CONCRETA: Una lucha que puede prolongarse no debe ser concebida como algo que se resolverá en pocas salidas, por eso siempre se debe tener en cuenta la superioridad de recursos del oponente. Para un pueblo desarmado frente un ejército regular no siempre será procedente presentar batallas frontales: toda manifestación cívica debe buscar tácticamente objetivos concretos, pero siempre ajustándose con resiliencia a la estrategia de fondo, y ser lanzada cuando sea más oportuna y favorable. Cuando lo más prudente sea replegarse, habrá que replegarse –lo cual no implica una derrota, sino todo lo contrario: esto obligará al régimen a estar constantemente movilizado y el pueblo se expondría menos innecesariamente y se haría más impredecible.
  4. CONTRARRESTAR LAS FALACIAS DEL RÉGIMEN MEDIANTE EL ACTIVISMO EN REDES SOCIALES: Fue ampliamente demostrada su importancia, así como la del trabajo de los youtubers e influencers, como eficaz contrapeso al monopolio informativo del castrismo; será muy importante nunca dejar de difundir los videos y fotos del 11 de julio, así como estimular cada intento de unión y difundir cada nueva iniciativa cívica o acción de la oposición política en cada foro.    
  5. CONTRARRESTAR EL PROSELITISMO DEL RÉGIMEN CASTRISTA: Allí donde estés en el extranjero, cubano digno, no permitas que ningún exiliado tranquilamente haga tribuna a favor del castrismo mientras disfruta de las bondades de una democracia que nos es negada en Cuba: enfrenta con determinación esa falacia; organiza o súmate a comités de apoyo a la libertad de Cuba; genera iniciativas que denuncien los atropellos de la dictadura y presiona al gobierno de tu país receptor para que condene o retire cualquier apoyo al régimen que vandaliza a tu pueblo. Apoya cualquier iniciativa que potencie nuestro acceso pleno a una Internet libre –interrumpido indefinidamente por el régimen– para evadir la censura de La Habana.
  6. NO ACEPTAR REFORMAS QUE NO INCLUYAN LA SALIDA DEL PODER DE LOS OLIGARCAS DEL CASTRISMO: Jamás permitir que el régimen presente como único culpable a Díaz-Canel y sacrifiquen su cabeza de turco sólo para sustituirle por alguien similar. Debemos exigir, como única solución real para esta irreversible crisis, que el castrismo se aparte del poder.

La suma y coordinación de estas líneas de acción logrará que el pueblo de Cuba gane cada día mayor confianza en sí mismo y cobre mayor conciencia de su descomunal poder. Nunca dejes de concienciar a tus amigos, a tus vecinos, a tu familia, de que los cubanos que deseamos la caída del castrismo somos mayoría absoluta. El 11 de julio demostró que somos millones los dispuestos a tomar las calles, y que bien poco podría hacer la dictadura ante otro levantamiento popular masivo como el de aquel Día de la Dignidad Nacional, pero mejor coordinado y con objetivos inmediatos bien definidos. Acostumbrada a tratarnos como esclavos, nada podrá una dictadura descolocada contra millones de cubanos dignos, porque ¡cuando la tiranía se hace ley la rebelión es un derecho!

Durante toda la última semana un avispero me zumbó en las sienes y no tuve un minuto de sosiego de tanto rumiar noticias y pensar en mi sufrida Cuba. Me conmovió hasta la médula aquella riada de pueblo que barrió en unas horas con más de seis décadas de adoctrinamiento y terror hasta hacer retroceder durante tres días, en más de medio centenar de ciudades, a la dictadura más pérfida y mejor estructurada de este hemisferio, lo cual ya fue una victoria indiscutible para mi pueblo, y para la dictadura, lo reconozca o no, su más demoledora derrota política en más de seis décadas.

Lo protagonizado por mi pueblo ese día lo vindicó ante la Historia. Así como generaciones pasadas tuvieron su Yara y su Baire, su Baraguá y su Palo Seco, destronaron a un tirano en los años 30 y más tarde se levantaron en la sierra o resistieron con estoico heroísmo en las ciudades durante la Revolución del 59 luego traicionada por los Castro, este 11 de julio la nuestra recuperó para su Patria la dignidad perdida. Cada uno de estos hitos de la Historia fue el orgullo de su respectiva generación, como a partir de ahora será orgullo nuestro ese memorable día de julio.

¡No hay aquí motivo para la desilusión, digno patriota, porque ese jubiloso día el gran vencedor fue, sin duda, el pueblo cubano! Poco importa lo que asegure haber visto el castrismo, pero lo que protagonizamos millones de cubanos y vio el mundo ese glorioso DÍA DE LA DIGNIDAD NACIONAL –llamémosle ya por su nombre– fue una dictadura a la defensiva frente a un pueblo insumiso que respondía sin miedo a los esbirros, haciendo retroceder a una maquinaria represiva bien afinada y puesta a punto durante más de medio siglo con el mismo tesoro público que le había sido robado. Durante esos días vimos por vez primera el miedo plasmado en el rostro del régimen aturdido que no pudo contenernos, que reaccionó con irracional violencia ya sólo para confirmar cuanto nos teme.

El escenario de hoy, a una semana del levantamiento, era totalmente predecible. No es de esperarse que un régimen cimentado sobre seis décadas de adoctrinamiento social y sistemático terror sea abatido al primer golpe. ¿Que esto habría sido lo soñado por millones de cubanos? ¡Cierto!, pero en la vida real con los totalitarismos tan consolidados, entre los que tipifica el castrismo, nunca sucede así. Ejemplos sobran que lo demuestran y el nuestro no tenía por qué ser precisamente la excepción.

Pero no fue una derrota el grito del 11 de julio, sino más bien todo lo contrario, pues  cuando en realidad sí fuiste derrotado, cubano, fue cada vez que guardaste silencio cómplice ante alguna clara injusticia; cada vez que levantaste la mano como por inercia en una asamblea absurda para aprobar decisiones de otros que te perjudicaron como trabajador o como ciudadano común; cada vez que agitaste banderitas en un desfile ordenado por quienes tanto te irrespetan y cavaste tu propia tumba al fortalecer así a este inmisericorde despotismo que hoy se abalanza vengativo, como fiera hambrienta, sobre tus hermanos.

En realidad cuando sí te derrotaron cubano, fue cuando saliste al extranjero a una humillante misión de trabajo, bajo contratos leoninos, a sabiendas de que te esclavizarían miserablemente y te robarían hasta saciarse, sucumbiendo al pretexto de la pobreza que hoy al fin nos lanzó a las calles; derrotado fuiste cuando no defendiste a tu honrado vecino de los actos de repudio de las hordas comunistas, o cuando militaste sin convicción en esa payasada que el oficialismo llama “sociedad civil” sólo para ostentarla ante el mundo como cínico estandarte; en fin, que has sufrido miles de derrotas cotidianas durante largas décadas cada vez que pagaste algún tributo a ese miedo paralizante que te convirtió en la vergüenza de ti mismo, en una sombra sin dignidad a merced de poderosos y ladrones.

Pero eso cambió para siempre el pasado 11 de julio, valiente cubano, porque la verdadera arma del castrismo nunca fueron sus fusiles, ni sus tanques, ni sus tropas antimotines, ni sus avispas del color que te las pinten: su principal arma siempre fue ese miedo enraizado en tu cerebro como un cáncer. ¡Esa y no otra ha sido siempre el arma definitiva del castrismo!, la misma que este pueblo hecho millones le arrebató de golpe cuando llegó la hora de la Patria, y de la cual ya estará privado para siempre. Desde ahora, sin tu miedo, la dictadura está condenada a extinguirse. Más, puede que la bestia esté aturdida, pero no definitivamente muerta, por eso se imponen hoy las dos palabras de orden: RESISTENCIA PASIVA –no cooperar de ningún con tus opresores– y SOLIDARIDAD ACTIVA –organizarse y apoyar sin descanso la liberación de todos los hermanos presos durante el levantamiento de ese DÍA DE LA DIGNIDAD NACIONAL.

No permitamos que esta enorme marea de pueblo se disipe en un clamor emocional insulso, pues bien poco se consigue con inútiles catarsis. Esta guerra puede ser cruel, está llamada a ser difícil y a tener muchas batallas, puede ser larga, debe ser librada en todos los frentes y jamás podrá ser concebida como un sprint a corto plazo, sino como una encomiable carrera de fondo, una demandante maratón donde mi pueblo deberá emplear todas sus fuerzas y la Resistencia Cívica estará llamada a ser la más determinante clave.

Pero independientemente de lo que desde ahora suceda ya nos queda una certeza: a partir de este 11 de julio ya nada será lo mismo pues desde ahora seremos más libres, porque la libertad –como su antítesis, la esclavitud– es un intangible estado del espíritu más que una visible condición externa. La libertad que recién saboreaste es un estado de gracia que habita en ti, cubano que me escuchas, y depende más de la nobleza de tu corazón que del grosor de tus cadenas.

El 11 julio de 2021 entró a la Historia de Cuba por la puerta grande cuando la digna chispa encendida en San Antonio de los Baños se propagó por el resto de la isla: en pocas horas más de medio centenar de ciudades cubanas, de oriente a occidente, se levantaron espontáneamente en un masivo clamor y millones de cubanos elevaron un ardiente grito de guerra contra una dictadura acorralada que poco ha podido hacer. Durante los primeros momentos cierta prensa internacional tácitamente lo reducía todo a un simple descontento ante la crisis sanitaria, sin embargo, durante los tres días que le han seguido toda la crueldad del régimen no ha bastado para sofocar el grito, lo cual evidencia que el asunto es bastante más complejo.

Ejemplar ha sido la hombradía con que mi bravo pueblo reconquista las calles, pelea por su libertad, apedrea a sus represores, defiende sus barrios, responde con hidalguía a las palizas e inutiliza patrullas policiales. Estamos ante una rebelión general en toda regla; lo protagonizado hoy por el pueblo cubano es una auténtica revolución popular, un fenómeno mucho más profundo y que supera con mucho la magnitud y trascendencia al maleconazo del 94. Aquella revuelta, histórica por cuanto fue la primera en más de 30 años de castrismo, estuvo limitada a las áreas colindantes con el litoral habanero y fue protagonizada por gente desesperada que no exigía nada, sólo esperaba huir.

Sin embargo la perpetua crisis cubana, jamás resuelta, se ha profundizado hasta niveles insostenibles y sobre ella cabalga un evidente vacío de liderazgo político no propio del contexto del 94. Sin duda la grave situación sanitaria generada por el COVID pudo ser esta vez el detonante, pero las causa esencial habría que buscarla en el hastío generalizado de un pueblo cansado de pobreza y mentiras; pueblo que desde la reforma migratoria de 2014 ha recorrido mundo, contrastado realidades y está mejor informado, pero además –un punto determinante– ha hallado una poderosa arma en la inmediatez de las redes sociales, todo lo cual plantea un escenario bien diferente al de 1994.

Este pueblo que desborda las calles cubanas ya no busca huir, ahora se ha radicalizado, clama por libertad con todas sus letras y en múltiples oleadas exige el fin de la dictadura. Pero incluso tanta bravura puede degenerar en tropelías banales si careciera de dirección, si el pueblo que resiste en la calle no consigue enfocarse en objetivos precisos; entonces todo podría naufragar en el mar fatal de la desilusión. Esa será, nadie lo dude, la apuesta del régimen: dilatarlo todo, sumar a sus tácticas represivas múltiples maniobras disuasorias hasta que terminemos agotados.

Cuando veo a mi pueblo recuperar de golpe su dignidad por tanto tiempo olvidada el corazón se me inflama de orgullo, por eso mucho dolería que todo se mal logre por carecer de metas claras. Esta lucha debe concentrarse en demandas concretas, que deben ser:

  1. DIMISIÓN INMEDIATA DE DÍAZ-CANEL Y ESTABLECIMIENTO DE UN GOBIERNO DE TRANSICIÓN (NO ACEPTAR JAMÁS UN NUEVO TESTAFERRO ELEGIDO A DEDO).
  2. DISOLUCIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA.
  3. DISOLUCIÓN DE  LOS ÓRGANOS REPRESIVOS DEL MINISTERIO DEL INTERIOR.
  4. DISOLUCIÓN DEL PARLAMENTO Y FORMACIÓN URGENTE DE UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE.
  5. CONVOCAR A ELECCIONES LIBRES BAJO SUPERVISIÓN INTERNACIONAL.

Para que la libertad llegue y se consolide en esta sufrida tierra deben cumplirse todas estas condiciones, de lo contrario todo se frustraría: un contexto tan polarizado como el cubano no admitiría medias tintas; cualquier fórmula que pretenda incluir algún elemento del actual stablishment sería incompatible con una democracia.

Las protestas iniciadas en Cuba el segundo domingo de julio son un sublime acto de vindicación de la dignidad nacional vejada por más de seis décadas de dictadura, y debe ser entendida por mi pueblo como una guerra en todo rigor, no porque lo desee, sino porque así lo asume su contraparte. ¡Ha llegado la hora del pueblo cubano! ¡Este es el momento y no otro, nunca nuestra libertad estuvo tan cerca! Aferrémonos a esta oportunidad histórica, luchemos con uñas y dientes hasta doblegar a los tiranos. Nada pueden contra millones de cubanos; lo prueban cientos de videos que ya pululan mostrando la intifada en los barrios, los esbirros en huida, los vecinos que protestan a voz en cuello, sin ningún miedo, en abierta rebeldía. Ya lo dijo una valiente cubana: de tanta hambre terminamos por comernos también el miedo y cuando un pueblo pierde el miedo se transforma en una bestia extremadamente peligrosa.

Cubano digno que me escuchas: estamos frente a una dictadura desbordada por un mar de pueblo, ante una tiranía moribunda que está a la defensiva y nos teme. Cubano que amas a tu patria y la sufres cada día: si no colaboras de ningún modo con los tiranos que te avasallan, si levantas la voz sin miedo, si resistes en la calle tan sólo un día por cada año sufrido en dictadura ¡al amanecer del día 63 seremos libres!! Estemos a la altura del momento: la Historia espera de nosotros el más abnegado heroísmo para que nuestros muertos no hayan caído en vano.

¡De nada valdrán sus apagones digitales, sus detenciones masivas, sus palizas y todas las atrocidades cometidas o por cometer! Nada lograrán con sus antimotines, con sus sicarios cobardes disfrazados de paisano, con sus brigadas de respuesta a la velocidad que operen frente a un pueblo decidido a todo, si por cada cubano encarcelado salen diez a retomar las calles con la razón y la verdad luchando a nuestro lado. ¡Deben saber los represores que nada quedará impune!!

¡Ni un paso atrás, pueblo cubano, el castrismo está herido de muerte!! ¡Ha llegado la sagrada hora de reconquistar la patria que legaremos a nuestros hijos!! La suerte está echada: si retrocedemos ahora la dictadura contratacará con saña y todo estará perdido. ¡A la calle cubanos!! ¡Se trata de elegir entre ser libres o vivir en esclavitud el resto de nuestras vidas! ¡Ellos protegen sus privilegios, nosotros luchamos en nombre de la dignidad humana! ¡Conquistemos los derechos usurpados como lo esperan los próceres que desde la manigua insurgente ordenan la carga y gritan ¡Patria y Vida! ¡Viva Cuba libre de dictadura!!

En una memorable escena de “El Padrino”, de Francis Ford Coppola, el viejo Corleone entrega el mando familiar a Michael, a la vez que le previene sobre el inminente peligro de una traición. El Don es un profundo conocedor de la naturaleza humana, por eso su intuición cobra grado de certeza; sabe que en toda guerra el enemigo obedece a la lógica inexorable y simple de destruirte, incoercible instinto que persistirá aun cuando simule desear conciliaciones. De ahí la sentencia lapidaria de Corleone cuando advierte a su hijo: “…quien te hable de la reunión de Barzini es el traidor.”

Rememoro esta escena a raíz del debate en boga que centra hoy la atención de la oposición cubana sobre la extendida sospecha de que el tardocastrismo fragua una puesta en escena para simular una presunta vía de diálogo con la disidencia, lo cual no sería más que un farol dirigido a la administración Biden y a la ceñuda Europa que no tranza con el tema Derechos Humanos. Considerando los modus operandi del régimen podemos asumir que esta sería una de sus tácticas previstas, pues nada nuevo representaría en su estrategia de generar una disidencia controlada –recurso bien recurrido por los regímenes análogos desde el pasado siglo.

Por eso cuando Tania Bruguera, que nadie ha nombrado –aunque, para ser justos, tampoco se autodeclara– interlocutora “oficial”, se dirige a Díaz-Canel llamándole Presidente en un tono demasiado meloso para el paladar criollo, y casi le suplica esa concordia que el tajante castrismo siempre nos ha negado saltan las alarmas dentro de la oposición cubana no por casualidad más radicalizada. Como casi siempre, suele tratarse de ese sector opuesto con mayor vehemencia a los dialogueros advenedizos no por orgullo herido ni por gratuito rencor, sino porque una mayor madurez le ha dotado del sano hábito de evaluar situaciones sin edulcorarlas, desde la objetividad y al amparo de la lógica confrontacional a que le han conminado las reiteradas oleadas represivas.

Esta oposición con los pies colocados en el suelo no descarta que el régimen haya previsto montarse un escenario controlado donde representar su propio teatro y evadir así cuestionamientos reales. De ahí que cuando llega esta nueva Tania de la mano de Eliecer Ávila en este tono sí bemol no puede menos que sonarle a muchos como flautista de Hamelin. Recordemos que Eliecer, el “muchacho de la UCI”, saltó al estrellato con un célebre video viralizado en una Cuba sin Internet que le dio inusitada visibilidad, donde cuestionaba varias políticas gubernamentales ante Ricardo Alarcón. Aquel video, que no fue grabado de forma subrepticia sino con varias cámaras profesionales sobre firmes trípodes –algo perceptible en el correcto encuadre, la estable apostura y varios ángulos de toma– de algún misterioso modo burló la infalible censura de la policía política y el resto es historia conocida.

Con esto nada digo, nada pruebo, pero quizás aquella inexplicable circunstancia reverbere aún en el imaginario subconsciente y emerja ahora, justo cuando a través de Eliecer nos llega esta “reformada” Bruguera, tan cándida, que insinúa acercamientos con una contraparte jamás proclive a deponer su intransigencia, y que al contrario, continúa batiendo records de reclusiones domiciliarias, detenciones, actos de repudio y vandálicos allanamientos. Esto sucede en momentos que se impone tener una percepción de conjunto para evitar costosas distracciones. No esperemos evidencias obvias, nunca las hubo y no las habrá bajo el castrismo, por eso aquí toda lectura debe hacerse entre líneas, desde una visión panorámica que nos oriente en medio de un complejo contexto supeditado siempre, nadie lo olvide, al ingente trabajo de penetración mantenido durante más de medio siglo por la Seguridad del Estado entre la oposición cubana.

No es gratuita la introducción que inicia este post. Conservemos la certeza de que el Estado cubano ha mantenido siempre una praxis mafiosa en su relación con el pueblo. Esa crápula se asocia para delinquir, salta sus propias leyes, roba a manos llenas y lucra con nuestra miseria, nos extorsiona dentro y fuera de Cuba cuando pagamos prórrogas injustificadas y caras, cuando monopoliza en su red de comercio los precios exorbitantes; hace uso de la fuerza si le reclamas, prevarica cuando generaliza su pésima gestión, trafica influencias en sus funciones públicas y coarta la división de poderes cuando se erige en juez y parte; chantajea a millones de cubanos cuando les niega entrar o salir a su propio país por sesgos políticos, en fin pura Mafia en el sentido más estricto del término, y es con esta gente que los dialogueros esperan llegar a acuerdos.

Si el presagio se cumple y el régimen acepta “dialogar”, a su montaje nunca serán invitados los opositores más consecuentes. No estarían Antonio Rodiles en nombre de Estado de Sats, no estarían José Daniel Ferrer en nombre de UNPACU, no estaría Coco Fariñas hablando por FANTU, ni Berta Soler por las Damas de Blanco, ni el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, entre otras notables ausencias. Tampoco serían invitadas las más visibles voces de la Prensa Independiente cubana, comenzando por Yoani Sánchez hasta las decenas de activistas que dentro y fuera de Cuba bien lo merecerían por haber ejercido contra viento y marea su legítimo derecho a difundir información veraz y han sido la puntilla en el zapato del régimen.

No, no sería esa la oposición invitada a “dialogar”. El castrismo tiene un plan diferente que no lo expondría a peligros reales: se lo montaría según su estudiado guion prestablecido, pues para eso planta y dota a sus agentes de perfiles creíbles, para introducir su cuña y que todo fluya sin sobresaltos llegada la hora. En esa mesa, donde se jugaría con baraja amañada, el castrismo apostaría a sus cartas e invitaría sólo a interlocutores light y a alguna que otra voz de poca monta para imponer su monólogo de siempre, poco importaría que en ese minuto exacto su aparato represivo continúe en la calle haciendo de las suyas. Otra jugada sucia, equiparable a las payasadas con que Fidel Castro convocaba “cordiales” encuentros en La Habana para “normalizar” su relación con los emigrados.

Lo que vendría luego se desprende por su peso: le seguiría la ofensiva diplomática y publicitaria de rigor donde emplearía a sus testaferros mediáticos, cobraría favores pendientes, pondría en tensión su extensa red de cómplices en foros internacionales, le apretaría los huevos a sus chantajeados y activaría a sus agentes dentro de EE.UU. y Europa para allanar el camino de la reapertura a este Biden que hasta ayer hizo pucheros por reactivar las gratuidades de Obama. Ese sería el fin último de la trampa. Con todo esto el castrismo buscaría distender los ánimos mientras silencia las voces más incisivas y desmoraliza a la oposición más radical, pero sobre todo ganaría un tiempo precioso en medio de este caos generado por su falta absoluta de liquidez y su patético aislamiento político, cada día más hundido en una irreversible crisis que le aboca a un potencial estallido social.

Un escenario radicalmente distinto, por más que se le parezca, resultaría de una auténtica negociación escalonada, al estilo propuesto en ADN. En ese caso, como queda sobrentendido, cada paso adelante estaría condicionado a medidas concretas previas que conduzcan a aperturas reales y progresivas –me das, te doy; no me das, no te doy– o sea, que se exigirían a priori cambios verificables que es, en esencia, lo exigido por la oposición. Esto sí podría conducir a la implementación irreversible de mecanismos democráticos que conducirían a una salida negociada del abismo. ¿Una utopía? Definitivamente sí, a la luz de los acontecimientos actuales, pero también una puerta que debemos dejar entreabierta por si algún día con ello se evitan derramamientos de sangre. Sería una suprema necedad negarse a una salida negociada que nos conduzca a la libertad real y a la plena democracia.

El peligro que aquí se expone no proviene del género de negociación que arriba esbozo, no. Procesos de este tipo redundaron antes en la liberación de pueblos en Sudáfrica y la India e incluso fueron determinantes en la transición española, entre otros felices ejemplos, pero las condiciones imperantes de momento en Cuba distan mucho de los mencionados contextos; en nuestro caso la oposición no ha logrado cohesionarse y mostrar músculo suficiente como para presionar a su contraparte. Mientras esa condición esencial no se cumpla, semejante negociación será inviable en el contexto cubano y la dictadura lo sabe, por eso prepara ahora una nueva celada donde ofrecernos, otra vez, su copa de cicuta.

¡Alerta cubanos! Si el castrismo logra consumar semejante triquiñuela se reacomodaría en su trono y entonces sí podríamos vivir bajo el terror otros 62000 años. De estos hechos se desprende una evidencia incontestable: quien acepte un “diálogo” bajo tales reglas del gobierno despótico de Díaz-Canel en realidad negociaría con el poder tras él oculto, sería cómplice y partícipe del juego de la dictadura e incurriría en un imperdonable acto de traición a la patria. En ese momento valdría aquella premonición de Corleone: si ese día llega veremos quien se prestará a la falsa y conoceremos al traidor.

Ha transcurrido casi un mes desde que Luis Manuel Otero Alcántara fuera detenido en su domicilio y trasladado por la fuerza al Calixto García, hospital habanero que desde entonces se mantiene sitiado por la Seguridad del Estado. Los menticieros oficiales han publicado varios videos manipulados donde se ha mostrado a un Luis Manuel desorientado y confuso que parece no discernir por qué continúa en aquel lugar, y hasta llegó a circular la denuncia anónima de un presunto trabajador de ese centro, donde se asegura que Luis Manuel está siendo sometido –léase torturado– a procedimientos electro-convulsivantes, lo cual presuntamente explicaría su evidente deterioro.

Hasta hoy aún la familia más cercana de Luis Manuel continúa excluida de visitas, así como cualquier miembro del Movimiento San Isidro, víctimas también de esta arremetida donde han mediado las más variadas amenazas y represalias, desde la típica advertencia policial hasta reclusiones domiciliarias que se han prolongado durante semanas. Mientras tanto, según la versión oficial ya el activista ha depuesto su huelga de hambre y mantiene parámetros vitales normales. Sin embargo, hasta el momento de esta publicación el líder de San Isidro continúa prisionero, una evidente contradicción que nos conduce a la obligada pregunta: si Luis Manuel está presuntamente sano, salvo y ya depuso su protesta ¿por qué se le mantiene aún detenido y aislado de sus familiares y amigos? ¿Por qué, teniendo en cuenta la gravedad de este ultraje, paralelo al encarcelamiento de los activistas detenidos en la calle Obispo, no se ha producido una reacción más enérgica de los movimientos San Isidro y 27N, e impresiona reinar un relativo silencio en el resto de la oposición alrededor de casos tan escandalosos?

Un enfoque superficial del asunto centraría la atención en las demandas inmediatas de Luis Manuel –a saber, el cese de la hostilidad contra los activistas y la devolución de sus obras– pero este sería un enfoque demasiado sesgado pues dejaría fuera de ecuación variables determinantes. Para el régimen podría ser hasta conveniente en términos tácticos ceder a las demandas de Luis Manuel; poco significaría devolver sus obras al activista de frente a la connotación que un gesto así de “compasivo” representaría de cara a un Biden que luego de lanzar guiños de distención ahora pisa el freno y observa en standbye –algo que tiene al castrismo en ascuas, aun cuando asegure lo contrario– por cuanto sería prudente resolver el caso aunque sólo fuera por no atizar el fuego.

Tomemos en cuenta que antes La Habana lidió con crisis más graves y en contextos más complejos, como aquella huelga de hambre de Coco Fariñas que siguió a la muerte de Zapata en 2010; entonces la prensa internacional enfocaba la atención en unas Damas de Blanco que resueltas exigían la liberación de los encausados de la Primavera Negra. Aquella crisis hubo de ser manejada durante el primer mandato de Obama, pero bajo la presión de una Posición Común que aún cerraba a La Habana las puertas de Europa. En cambio hoy el gobierno de Díaz-Canel no está en el foco mediático mundial, y aunque se hunde sin remedio en una crisis económica irreversible no está precisamente bajo bombardeo desde el punto de vista político –de hecho, desde hace medio año el régimen cubano es ¡miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU!¿¿??!

Hoy el mundo no muestra mayor interés por Cuba; otros temas como el conflicto en Palestina, la situación bielorrusa, la creciente tensión entre EE.UU. y Rusia o su guerra comercial con China, e incluso la crisis colombiana, centran su atención, y es justo en esa inatención hacia el tema cubano donde encontramos una de las claves de la actual ola represiva de la dictadura cubana, dato que respalda a quienes se han opuesto a acercamientos y diálogos light desde una lógica incontestable: queda demostrado que esa cíclica agresividad de la dictadura siempre ha sido directamente proporcional al grado de distención política y suele girar en sentido inverso a la repulsa internacional.

A esta evidencia debe agregarse otro factor de primer orden: el todavía intacto potencial represivo de la dictadura. Si razonamos desde la objetividad, libres de las catarsis y los engañosos triunfalismos que tanto gustan de presagiar desplomes inminentes, observaremos que hasta el momento la dictadura ni siquiera ha necesitado instrumentar medidas extremas –entiéndase grandes despliegues de tropas especiales y el uso de brigadas antimotines o unidades regulares del ejército– para controlar los efímeros focos de insubordinación. No olvidemos que este ingente aparato represivo que espera ávido de acción –carne de cañón inculta, adoctrinada y ciega– es el mismo que asesoró, comandó y participó en la ejecución directa de la violentísima escalada represiva durante la grave crisis que en 2017 ensangrentó las calles de Venezuela: fue aquel un gran laboratorio de ensayo donde el castrismo puso a prueba las tácticas represivas y de contención más extremas, y nadie lo dude, tomó nota de todo.

Al poner en perspectiva estos escenarios se advertirá que a pesar de su insostenible situación económica la Cuba de hoy está aún lejos del clima premonitorio de una explosión social semejante, algo inexplicable para quien se asome a nuestra realidad a vuelo de pájaro y no haya vivido bajo un totalitarismo estalinista. El castrismo ha tenido holgado tiempo para cristalizarse, y ha sido tan agresivo y sistemático en sus adoctrinamientos que ya parece incorporado a los genes mismos de generaciones enteras de cubanos, de ahí que hasta ahora a los esbirros les haya bastado con activar esos reflejos condicionados apelando con relativo éxito a su recurso supremo: la indefensión aprendida, esa piedra filosofal de todo régimen absolutista, devenida en la mejor arma del castrismo.

Por eso no es contra Luis Manuel, ni contra los activistas de la calle Obispo, que hoy se libra esta batalla, sino contra 14 millones de cubanos. La dictadura sabe que esta guerra la gana o la pierde en la psiquis colectiva, por eso es hacia ese miedo insondable y total que dirige este prístino mensaje: ni siquiera lo intentes, nunca valdrá la pena oponerse, contra el Gran Hermano nada puedes. Dilúyete en tu condición de banderilla agitada en la masa informe, confórmate con ese, tu lugar y tu destino, donde serás el estandarte elevado en mis desfiles, mi medio básico, esa estadística maleable siempre inútil cuando piensas, el andrajo impersonal que deshecho y reutilizo, insecto apenas, protoplasto, gargajo que esputo cuando quiero. Nada reclames, nada exijas, contigo siempre haré lo que de mis cojones me salga y cualquier lance en contra será una estupidez que te haré pagar bien caro.

Este aberrante y despótico manejo del caso Alcántara a la vista de todos debe entenderse como una declaración de principios en toda regla, con la cual la dictadura nos alecciona y persigue humillarnos deleitada en su soberbia. Al castrismo se le antoja orgásmico percibir cómo nos paraliza su veneno y le place vernos ensortijados en nuestra zona de confort mientras despedaza a otro cubano como se traza una raya más en la piel del tigre. Este impúdico secuestro es un abierto desafío a la sociedad civil y un pulso a la oposición para tantear hasta dónde se atreven en este preciso momento en que las redes sociales recién imponen su dinámica a pesar de la escasa penetración de Internet y la sistemática censura, otorgando mayor inmediatez y visibilidad a denuncias e iniciativas ciudadanas cada vez más numerosas y osadas, algo advertido por el régimen con mucho nerviosismo.

Pero nunca ha sido lo mismo llamar al demonio que verlo llegar. Si bien es cierto que el régimen mantiene cercos policiales, que ha mantenido a más de un activista en reclusión domiciliaria y llevado a cabo numerosas detenciones, de ningún modo creo que se haya ocupado de todos puntualmente hasta hacer inoperante esa red que desde grados de confrontación variables se había pronunciado públicamente antes y después del 27 de noviembre, y sin embargo ahora, a casi un mes de detenido el líder de San Isidro y en medio de un insultante silencio oficial, no ha logrado la proyección suficientemente enérgica que favorezca la liberación de Luis Manuel y del resto de los activistas prisioneros.

Imaginemos con que orgiástico gozo los verdugos mirarán en este preciso instante a los ojos de lo que de Luis Manuel haya quedado después de esta tortura, y le preguntan dónde se han metido todos aquellos hermanos de causa que protestaron contra el 349, o el grupo de amotinados frente al Ministerio de Cultura aquel día de noviembre. ¿Acaso tampoco les dirán nada los activistas que esperan juicio junto a presos comunes desde la protesta de Obispo? ¿Cómo no está el pueblo de San Isidro, de La Habana y de Cuba entera preguntando sin reposo a las autoridades en sus respectivos lugares, en la dirección médica del “Calixto García” o directamente al ministro de Salud Pública por qué a ese joven que lucha por los derechos usurpados a todos los cubanos se le mantiene preso en un hospital habanero?

De todo esto se concluye que la dura guerra por la libertad de Cuba no puede ser acometida con la intensidad pasional de un sprint destinado a sofocarse en los primeros metros, sino como una carrera de fondo concebida en términos estratégicos, donde sólo triunfarán la firmeza y la perseverancia; es una guerra que sólo podrán librar los elegidos, aquellos realmente dispuestos a jugarse la piel y llegar a los finales.

Una vez pasada esta ola represiva quedaremos aleccionados sobre lo inútil que siempre será intentar puentes de idilio entre un pueblo sometido y sus tiranos, habremos comprobado cuán poco valen las catarsis y que las dictaduras no se tumban con canciones, pero también seremos más maduros y será mayor nuestra certeza de que la libertad llegará sólo cuando este pueblo vibre en resonancia con su dignidad, asuma riesgos para conquistar sus derechos y se atreva a saltar al vacío. Cuando por fin hayamos asumido ese como el único modo en que un pueblo se sacude los tiranos, sólo ese día –ni una hora más, ni una menos– podremos hundir la daga en una definitiva estocada hasta el corazón de la bestia. Será justo ese día en que pierdas tu miedo, cubano que me escuchas, cuando se derrumbe la dictadura.

Derecho a réplica; 30 de abril de 2021. https://youtu.be/gveCDwq9Ajw

El de Israel Rojas, líder de Buena Fe, es un caso curioso y digno de estudio. Abogado de profesión, debe conocer todas las leyes que en la Cuba del castrismo se oponen por esencia a la diversidad de opinión, al ejercicio del libre criterio, de la libertad de reunión y de asociación, así como todas las triquiñuelas diseñadas por el Partido Comunista para eternizarse como el único legal vetando al resto de las organizaciones opositoras, aunque en entrevista con Ian Padrón se confiese un defensor de la libertad de pensamiento sólo para acto seguido aplaudir a los inquisidores. También conoce, por supuesto, otros ardides del castrismo, como la “peligrosidad predelictiva”, aberración creada por el régimen para amedrentar o detener sin cargos a ciudadanos incómodos mientras se pasa por el forro la presunción de inocencia.

Nuestro chico listo sabe también que el vigente Código Civil consagra sobre papel mojado nuestro derecho a la integridad física y a nuestra seguridad personal y familiar, así como nuestro derecho a la intimidad y a la inviolabilidad de la correspondencia personal y de nuestra vivienda, en tanto el Código Penal establece como delitos la agresión contra las personas y el allanamiento de domicilio, sin embargo a Israel igual le consta que la policía política se caga en todo y perpetra allanamientos, espía sistemáticamente las conversaciones telefónicas e intercepta los correos convencionales, y que el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado perpetra los célebres mítines de repudio donde se apalea opositores con impunidad sin que nada tome curso legal gracias a un sistema judicial políticamente parcializado.

En fin, que Israel, joven leguleyo formado en las flamantes filas del MININT, sabe todo esto e incluso más de lo que reconoce saber; comprende a las claras que estas son prácticas dictatoriales y sin embargo, paradójicamente, repite como papagayo las mismas consignas de Fidel Castro y como él achaca todos los males cubanos al embargo norteamericano.

Pues ayer, para no faltar a su costumbre, habló mierda hasta por los codos, pero entre tantísimas escojo una: en su perorata aseguraba que si EE.UU. retira el embargo al gobierno cubano le bastarían “sólo ¡10 años!” para desarrollar Cuba. Sin embargo, aquí le aclararía yo a Israel que 10 años son un incomprensible derroche, que esa es una inaceptable eternidad cuando se habla de un país en ruinas, por lo que le apostaría yo a sólo 10 días para intentar lo mismo.

Ni siquiera 10 meses, Israel, ¡sólo 10 días! Aquí propongo un plan de intervención, por el que votaría yo si se le permitiera a un opositor cubano ejercer un hipotético gobierno durante 10 días:

  1. Disolución inmediata del actual Partido Comunista de Cuba: Paso esencial porque siempre ha sido la columna vertebral del régimen y el diseñador principal de todas nuestras vejaciones. Desde ese momento los comunistas cubanos, haciendo uso de la libertad de asociación que hoy mismo nos niega, podrían fundar una nueva organización con plenos derechos de medirse en igualdad de condiciones en elecciones libres y democráticas con el resto de los partidos políticos.
  2. Disolución de los actuales Órganos de la Seguridad del Estado: También un paso esencial para desarticular el aparato represivo que durante más de seis décadas fue la principal herramienta que articuló y perpetró el terrorismo de Estado.
  3. Remoción y licenciamiento de todos los altos mandos del ejército cubano: Necesario por la lealtad mantenida durante décadas por los más altos oficiales de la cadena de mando a los culpables históricos de la dictadura.
  4. Destitución de los todos los altos cargos dirigentes de los actuales poderes legislativo, ejecutivo y judicial: Medida necesaria por la doblez demostrada en su gestión durante varias décadas de lealtad al régimen castrista y por su condicionamiento al actual esquema de poder regido por la no división de poderes.
  5. Revocación por decreto presidencial –hasta la aprobación definitiva de leyes sustitutivas en Asamblea Constituyente– de todas las leyes y decretos actuales opuestos a los derechos a la libre opinión, reunión y asociación: Implicaría la inmediata ratificación –con poder vinculante a las leyes cubanas mantenidas o aprobadas bajo el nuevo gobierno– de los Pactos de Derechos Civiles y Políticos, así como los Económicos, Sociales y Culturales nunca ratificados por la dictadura.
  6. Derogación de todas las leyes que actualmente anquilosan las fuerzas productivas, emitiendo nuevas regulaciones que protejan los sectores productivos y de servicios (incluida la eliminación del actual sistema estatal de acopio): Se priorizarían las medidas que estimulen y agilicen la producción del sector agrario y ganadero, estableciendo mecanismos que garanticen una mayor eficiencia y los mayores rendimientos productivos a corto plazo.
  7. Establecimiento de leyes que garanticen en lo adelante una libre gestión de las pymes y del resto de pequeñas y medianas empresa privadas: Se liberaría el otorgamiento de licencias acompañadas de leyes que favorezcan su gestión, así como se fomentaría la creación de mercados mayoristas sujetos a todos los modelos de contratación. Se propondría mantener los sectores más estratégicos –por ejemplo las industrias energética, metalúrgica, minera, azucarera, turística y de telecomunicaciones– en poder, o al menos con participación mayoritaria del Estado, sin que ello implique necesariamente una prohibición de su gestión privada.
  8. Restablecer de inmediato el derecho de la emigración cubana y sus descendientes directos a invertir en Cuba: Ofreciendo condiciones arancelarias ventajosas sobre el resto de los inversores extranjeros, y se dispondrían nuevas regulaciones dirigidas a restablecer la confianza de la comunidad internacional en el futuro mercado cubano hasta convertirlo en un destino atractivo para el capital foráneo, todo lo cual quedará legislado de modo que se favorezca la autonomía y diversificación económica evitando comprometer la soberanía nacional.
  9. Derogar la actual Ley No. 1312 (Ley de Migración) que viola el derecho a la libre entrada y salida de los ciudadanos cubanos a su propio país: Desde entonces quedaría claramente dispuesto el carácter inalienable de este derecho y se establecería como punible cualquier hecho que le sea lesivo.
  10. Establecer un nuevo esquema de impuestos progresivos sobre las ganancias: Dispuesto por ley con carácter obligatorio, universal y equitativo sobre los beneficios, de modo que poco a poco se contribuya al restablecimiento viable de presupuestos sociales sostenibles.
  11. Mantener la Salud pública y el Sistema Nacional de Educación bajo gestión del Estado Cubano, que asumiría ambos como su máxima responsabilidad ante la sociedad que regenta: Ambos sistemas serán financiados mediante un Sistema Nacional de Seguridad Social solventado con la tributación de todos los ciudadanos a ello obligados según la ley; ambos serán universales y libres de cualquier condicionamiento de carácter político, religioso o de otra índole que en cualquier modo se aparte de su función social. Esto no implicaría ninguna prohibición al ejercicio de la Medicina o la Educación privadas –sujetas a modelos de gestión según acuerdos gremiales– ni se emitiría ninguna ley que en modo alguno coarte el natural derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos.
  12. Conformar una Asamblea Legislativa y convocar a elecciones generales con todas las garantías de transparencia: Asamblea que mantendría las leyes que considere útiles y derogaría definitivamente las que considere nocivas al futuro de la nación cubana, de modo que se garantice una efectiva división entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Elecciones directas, libres y plurales, regidas según el principio de un(a) ciudadano(a)/un voto, tras las cuales quedaría conformado un nuevo gobierno auténticamente elegido por el pueblo que iniciaría el impostergable camino de la reconstrucción nacional.

Israel: Si tenemos que soportar 10 años más esta calamidad mejor apagamos la luz y nos vamos porque para entonces no quedaría en Cuba ni una cepa de plátano. Pero como podrás comprobar, bastaría implementar los primeros cinco puntos para que el resto de las propuestas llegara por añadidura –en apenas unos días, y aún sobraría tiempo. Una semana y media que sería prácticamente simbólica, pero que bastaría para dejar trazado el camino hasta cobrar carácter irreversible, porque en cuanto mi pueblo saboree las mieles de la libertad jamás volverá sobre sus pasos.

Guajiro, debes comprender de una vez que la esencia de todos los males cubanos no tiene su génesis y perpetuación en ningún embargo extranjero sino en la histórica traición de Fidel Castro, cuando hace más de 60 años se cagó en todo lo que este pueblo soñó, y por lo que luchó y murió mucho hombre consecuente, sólo para que después una casta de vejetes atornillados al poder nos jodiera la vida a generaciones enteras de cubanos y encima testaferros como tú vengan a hacerse los tontos.

Y es que simplemente no comprendo; algo en mí se resiste a creer que el mismo cerebro pueda engendrar semejante belleza y tanta mierda a la vez. Imposible que un talento tan soberbio como el que destilas en tus canciones no te dote además del mínimo sentido común necesario para advertir el desastre en que nos hundió la más pérfida dictadura de este hemisferio. Tenía contigo, Israel –como con el genio insondable de Silvio Rodríguez– un serio conflicto de conciencia, pero ya he dejado de torturarme; elegí no ceder al chantaje emocional y aprendí, de un tiempo a esta fecha, a separar al hombre de la obra como quien separa el grano de la paja –después de todo soy hetero y no ando buscando novios.

He comprendido al fin que el talento y la rectitud moral no necesariamente van de la mano. Ya no me flagelaré porque los dos autores que más admiro en el mundo sean tan mediocres y obtusos –o simplemente oportunistas, o cobardes, no sé– como seres humanos. Se me antoja inconcebible que salgas a la calle y no adviertas el dolor en que está sumido mi pueblo, ni me creo que el elevadísimo sentido de observación y capacidad de síntesis necesarios para creaciones de ese vuelo –a las que una y otra vez vuelvo subyugado– no te alcancen para pillarte el grado de crueldad de semejante engendro.

¿Seguiré escuchando a Buena Fe? Sí, absolutamente, como a Silvio –no puedo sustraerme a esa abrumadora belleza– pero ¿volvería a asistir a sus conciertos? Ya eso lo dudo mucho, con toda sinceridad, creo que no, aunque sí le agradezco a Ian Padrón por develar al verdadero hipócrita, o al pendejo, o al simulador –porque algo de eso serás– pero con tus conciertos ya no perderé mi tiempo chama; tendrían que quitar a este Israel de la escena, porque si está, no sé, yo no puedo entrar… al menos mientras no voltee en serio el catalejo.

Servida está la polémica: circulan en redes sociales algunos videos recientes donde sube el octanaje y escuchamos a ciertos activistas, o bien algún que otro coro de habaneros, que en plena calle y a todo pulmón despotrican improperios contra la policía o el mismísimo Díaz-Canel, y cada vez podemos encontrar más youtubers salpicando con nuestro extenso catálogo de palabrotas sus comentarios en esta carrera que parece ir in crescendo. Debido a la efervescencia generada en las redes, desde Estado de Sats se propone el debate “Civismo contra vulgaridad” y sube la temperatura de la polémica sobre la validez de esa modalidad de protesta cada vez más frecuente entre contestatarios.

Al intentar posicionarme en este asunto mi memoria evoca a la diva del neocastrismo, Humberto López, cuando en el Noticiero Nacional de Cubavisión se cebaba en un Otero Alcántara que indignado posó desnudo ante las cámaras recién instaladas por la policía política a unos metros de su balcón. Fue muy indignante ver al payaso del oficialismo más rancio preguntar a millones de cubanos si “¿ese es el diálogo que proponen los opositores?”, cuando todos saben que durante décadas el régimen ha evadido por cobardía toda confrontación directa con la oposición y jamás se ha expuesto al debate público.

Fue surrealista ver como los desalmados que más irrespetan a mi pueblo, en un olímpico derroche de cinismo, pretenden erigirse en paladines de la decencia, aunque en defensa de Humbertico debemos admitir que en no pocos casos se la estuvimos poniendo fácil. Pero si de algo nos sirvió el show fue para confirmar una vez más la vieja táctica del sicariato castrista: deslegitimar y desvirtuar cualquier mensaje de vindicación aludiendo a la “vulgaridad” del mensajero. De todo esto debemos extraer una sabia lección: este oprobioso régimen, como viejo lobo de mar conocedor del extenso mar de la manipulación, siempre nos hará pagar bien caro cualquier error y con impune saña atacará a la yugular cada vez que se la pongamos a tiro.

Nuestro escenario político ganó en complejidad al profundizarse la irreversible crisis social y económica atravesada por el régimen cubano. En este momento interactúan factores visibles e invisibles relacionados con la irrupción de las redes sociales que han impuesto su nueva dinámica. Es en este contexto donde se ha hecho llamativo que algunos legitimen como válida aquella modalidad de protesta donde parece que fuera más patriota quien más palabrotas profiera por segundo. Pareciera tratarse de un modo turbo donde puede faltar incluso cualquier propuesta cívica de fondo, y donde casi nunca se proponen salidas concretas a la crisis que vivimos; de hecho, alguno que otro elude expresarse en términos políticos, y alternando en proporción variable ingenuidad y “prudencia” llega a aclarar que no se considera un opositor, que sólo estalla desde su postura de indignado común, como si tal cosa fuera permisible bajo un totalitarismo a la cubana.

Quienes preconizan tales manifestaciones espontáneas y viscerales –que no dudo sinceras– donde no se escuchan más que la ofensa insulsa y por lo mismo inútil, en lugar del argumento demoledor y coherente –léase políticamente útil– sostenida por los opositores cubanos “tradicionales”, a la cual se contraponen, optan por un camino estéril que no conduce a ninguna parte. En ese momento de pública concesión hacia una marginalidad que casi se pretende como fin en sí misma, no hacen más que presentar al mundo nuestro rostro más naif, superficial y grotesco –recuerden amigos que, para bien y para mal, corren tiempo de inmediatez– con todo lo cual no hacen más que entregarnos en bandeja de plata, porque tal será la imagen que de toda la oposición cubana en bloque intentarán sembrar los ideólogos oportunistas del régimen en el imaginario público.

Estos ideólogos, nadie lo olvide, tendrán su próximo congreso en unos días y han anunciado que revisan con mala saña y peores intenciones la política gubernamental con respecto al uso de Internet. Nadie dude que han tomado nota e incluirán estos elocuentes ejemplos para intentar dar rasgos de legitimidad al recrudecimiento de la censura y arreciar la legislación contra los “delitos” asociados al uso “impropio” de redes sociales.

La Historia ha demostrado que las guerras –y esta no será la excepción– no tiene por qué ser ganada por el más justo, sino por el más listo. Definitivamente el arrojo no basta; la lucha por la libertad de un pueblo no puede ser simplificada a una cuestión de bravuconerías, por más frustración o rabia que carguemos a la espalda. Es una evidencia que jamás la marginalidad le abrió el destino a pueblo alguno, pero si, para colmo del cinismo, el enemigo común de nuestra libertad utiliza este punto débil para hundir su daga y debemos soportar que se perfume de garante de un civismo que él mismo nos ultraja, entonces la ecuación no cuadra y es cuando nos percatamos de la triste realidad: habremos puesto en sus manos un arma formidable que inmisericorde volverá contra nosotros, y esto es una agravante inexcusable, un acto de automutilación que carece de cualquier lógica en el contexto de esta guerra, ideológica en todo rigor, que se nos hace.

No es que lo diga yo, sino que así lo ha demostrado la Historia. Recordemos las ejemplarizantes luchas de Ghandi y de Mandela, de Luther King o de Walessa, sin dejar de hurgar en nuestro rico ideario patriótico que hunde sus raíces en los preceptos del Padre Valera, se eleva a la cúspide de José Martí y luego se desperdiga en muchísimos pensadores, creadores y activistas a lo largo del Siglo XX; no olvidar que siempre junto al machete durmió la pluma, porque fue la idea el germen fundacional y a ella nos debemos. No hacer concesiones en esta batalla épica es imprescindible para que todo no termine en naufragio sólo porque no hayamos evitado trivializar nuestra lucha con gritos sin fines ni dirección definida.

Aunque siempre será mejor el grito que el silencio y en esta lucha de todos contra el poder omnímodo del castrismo cada grano de arena cuenta, nunca lograré imaginar a un José Julián Martí desnudo frente a las Cortes españolas durante su destierro en protesta contra el colonialismo; sinceramente no lo veo, ni recuerdo ningún caso entre los grandes próceres mundiales del pasado siglo que haya conquistado derechos civiles, emancipado pueblos o doblegado imperios lanzando piñas y cajones. Lo que liberó pueblos hasta el sol de hoy –y esto sí, sin excepciones– siempre fue el enérgico decursar de ideas fermentadas en los talleres del pensamiento que luego trazaron con claridad los derroteros hasta abalanzar la riada de los pueblo por acertados cauces.

Nunca se fraguaron conquistas en el taller de la vulgaridad, por más que lleguemos a empatizar con el dolor de los desposeídos. No tenemos por qué asumir como natural lo soez, ni presuponer que por vivir en una era donde la victimización sea la moda será más chévere anotarse al bando de los “humildes” por seguir la corriente, sólo “porque así hablamos los cubanos”, ya sea por ligereza o falta de carácter asumirnos en antónimos de la firmeza de principios o la elevación espiritual hasta el punto de acusar de frivolidad a aquella “otra oposición”, cuyo pecado capital no es otro que defender con acerada tenacidad propuestas coherentes contra un enemigo despiadado y común –oposición que por demás, nadie lo olvide, se ha dejado la piel en la trinchera.

Nunca será más o menos auténtico el grito de guerra de Osorbo, sólo por intenso y pasional, o haber sido lanzado desde un humilde solar de San Isidro, que el de Antonio Rodiles, sólo porque lo haga en clave más reflexiva en Estado de Sats desde una barriada “chic” de Miramar. Sería contraproducente el intento de parametrarles, sobre todo cuando ambos mensajes persiguen el mismo fin –en distintas frecuencias pero en el mismo dial donde padecemos todos– y cuando ambos son, cada cual a su modo, auténticos gritos de guerra.

Cualquier confrontación dentro de la oposición cubana que no termine en un abrazo contra el enemigo común carece de sentido y es música para los oídos de la dictadura. Pero ¡ojo!, no por ser ambos gritos auténticos están llamados a tener igual alcance. El punto cardinal aquí no sería cuestionarnos si ambos son reclamos sinceros –lo cual no pongo en duda– sino cuál de estos dos modos de entender el civismo –opuestos sólo en forma, no en contenido– es el más útil en términos estratégicos cuando se lucha contra una dictadura anclada en 60 años de terror. ¿Cuál de ellos está realmente destinado a alcanzar nuestra anhelada conquista de un Estado de Derecho? Esa, y no otra, sería en esencia la cuestión.

Para cerrar estas reflexiones, sobre todo para quienes no terminaron convencidos, dejo sólo una pregunta: ¿por qué un aparato de propaganda tan eficaz como el del Partido Comunista de Cuba, que jamás se ha atrevido a publicar en prensa plana fragmento o artículo alguno –como no sea para difamar– o a transmitir ni siquiera 30 segundos de video de alguna denuncia o propuesta cívica en boca de Eduardo Payá o de su hija Rosa María Payá, de Antonio Rodiles, de Coco Fariñas, de Dagoberto Valdéz, de José Daniel Ferrer, de Reinaldo Escobar o de Yoani Sánchez –a los que jamás le he escuchado, por cierto, una mala palabra– enseguida que alguien de esta nueva ola lanza alguna palabrota al asumir alguna de las arriba mencionadas alternativas de protesta, se apresura a pasarlos en cadena nacional con amplios reportajes que acaparan buena parte de sus noticiarios en boca de algún cipayo de turno?

La respuesta es bien simple: el castrismo sabe que su enemigo mortal, el que tiene potencial para llegar a aniquilarlo, está en la propuesta de largo alcance que rehúye de los guetos y las tribalidades, la que impone argumentos como puños en la denuncia oportuna y firme que disecciona al régimen en toda su crueldad y codicia. La lucha contra la dictadura más pérfida que hemos vivido no es tarea para sprinters, sino una carrera de fondo donde de poco valdrá derrochar energía en lances sin sentido porque serán la constancia, la firmeza y la claridad de fines, y nada más, las que finalmente definan las pautas de la victoria. Aquí el grito irreflexivo y gutural, por más que esté emocionalmente justificado, nacerá condenado a sofocarse, pero nunca sin haber dejado, eso sí, su tributo de despedida al déspota que nos oprime.

Más de 60 años de atropellos han provocado heridas aún sangrantes y dejado profundas huellas en la psiquis de mi pueblo, por lo cual en esta polémica cualquier reacción urticante es explicable. Ante este despotismo se han acumulado dosis de impotencia y frustración que haría perder los estribos hasta a Teresa de Calcuta, pero espero se comprenda que si insisto sólo lo hago compulsado por el sentido de la urgencia, pues en esto nos jugamos grandes cosas como nación. Si hiero sensibilidades por no adecuar mi tono me disculpo de antemano, sobre todo si mi disculpa llega al corazón de un hermano desvelado por la libertad de Cuba.

El Maestro sentenciaba que los pueblos verdaderos están hechos de los hombres como son y no como deberían ser. Tendremos que arar el porvenir con estos bueyes; estos son nuestros ladrillos y con ellos habrá que levantar la casa, y un grito de guerra que salte de la garganta de un patriota siempre será un buen grito si le quita el sueño a los tiranos, ya se lance en Miramar o en San Isidro, pero tengamos bien presente, por el bien de la causa mayor, que para labrar la libertad a veces con la rabia no basta.

Por estos días asistimos al más reciente truco de prestidigitación castrista: acaba de anunciar el gobierno cubano que elimina aquella lista que definía las actividades autorizadas para ser ejercidas por el sector privado –llamado Trabajo por Cuenta Propia por fobia a esta palabra “maldita”– y en su lugar ha establecido otra donde más de 120 actividades permanecerán prohibidas para esa modalidad de gestión.

Enseguida salta el gatillo de la desconfianza cuando se vive en un país donde todo lo privado fue satanizado y todo fruto del trabajo individual estigmatizado, convertido casi en sinónimo de egoísmo e indolencia ante las necesidades comunes. Es cuando vemos que el mago con su artilugio hace desaparecer aquel listado absurdo de actividades permitidas y aparecer, como un prodigio, otro ¡de actividades prohibidas!, y ahí es donde despertamos, nos ponemos suspicaces, y nos preguntamos si no será acaso la misma mierda.

¿Cómo cambiará la actual dinámica del mercado laboral el haber eliminado una lista que pudo fácilmente ser publicada en la Europa de Carlomagno –porque todos los oficios autorizados tenían un franco perfil medieval– e implementar otra donde se siga vetando las profesiones propias del Siglo XXI que demandan formación universitaria –justo aquellas destinadas a tener un mayor impacto económico y social?

Si me preguntan diré que tal como están las cosas esa dinámica ha de cambiar muy poco, y que el impacto será muy escaso, o nulo, mientras el régimen de La Habana persista en sus confesas intenciones de coartar la gestión de la empresa familiar privada y castigar el éxito de su iniciativa.

Por supuesto no es gratuito el momento en que el gobierno cubano anuncia este alarde de apertura. El castrismo es un viejo zorro que sabe bien cómo y cuándo jugar sus cartas para lograr el mejor golpe de efecto; ya ha escuchado que a Jon Biden le ilusiona la idea de empoderar a Liborio y por eso en La Habana se liman los dientes. Alguien debe alertar al señor Biden de que eliminar aquella lista no fue más que una celada, una invitación a la ingenuidad de Washington para que se abra de piernas otra vez, una trampa que sólo servirá para que 10 millones de cubanos confirmemos, cuando pasen unos meses, que esta dictadura cuyos genes dictan una perpetua cruzada contra cualquier atisbo de individualidad nunca cederá al respecto.

Espero encontrar entre las más de 120 actividades sobre las que persistirá la prohibición a las principales profesiones, entiéndase la abogacía, las principales ingenierías, las de ciencias pedagógicas de más alta gama, de informática, y por supuesto todas las vinculadas a la Medicina y la Estomatología, así como todo lo que implique acceso a la gestión de finanzas. Pero más allá de eso, todos sabemos que en Cuba del dicho al hecho siempre suelen ir grandes tramos, y de nada valdrá esta “apertura” si el régimen insiste con la misma tozudez en boicotear al sector privado. Tómese como tímido botón de muestra la limitación del ejercicio de la Veterinaria a la atención de animales afectivos ¿? como si esta ciencia no fuera extensiva al resto del reino animal.

Si algo ha signado siempre al castrismo ha sido la demagógica inconsistencia entre lo dicho y lo hecho. Recordemos como el mago ayer me dijo que yo, campesino, sería dueño de la tierra que confiscó en nombre del pueblo, pero más tarde me obligó a asociarme en cooperativas y me privó de todos los derechos; me dijo que yo, pequeño emprendedor, podría administrar mi propio restaurant privado, pero enseguida me soltó los perros e interpuso tantas trabas que me hicieron desistir; me dijo que podría estudiar gratuitamente Medicina y en apariencia así fue, pero después trabajé durante décadas por 20 dólares mensuales, hice mil guardias gratis y en la misión oficial de colaboración en el extranjero me robó ¡con creses! toda aquella “gratuidad”; luego me aseguró que yo, trabajador en fin, ya podría comprar un auto, y para demostrarlo me ofertó carcasas chinas usadas en 35000 dólares.

Este mago, típico jodedor criollo, me dijo un día que yo, obrero humilde de este siglo, ya podía acceder a Internet, pero hasta hace prácticamente meses me obligó a conectarme bajo el sol en un parque, y hoy, ya más cómodo en mi casa, me cobra ¡el triple de mi salario! por 30 horas mensuales de pésimo servicio censurado. Este augur asegura que reformó la ley migratoria, cuando se reserva el derecho de permitirme salir de mi país o regresar a su antojo y me “regula” cada vez que quiere; en fin, un prestidigitador magistral este pillo que nunca te da la última en su juego surrealista donde nada es lo que parece; juego en el que no ganarás jamás porque nunca sabrás cuál as se guarda bajo la manga para, al final, siempre joderte de algún modo.

Joe Biden no parece impresionado con la evidencia aplastante de que la apertura Obama en nada empoderó al pueblo de Cuba, pero como el castrismo siempre ha apostado por crear una semántica propia para maquillar sus dislates ya nos tiene largamente acostumbrados al desenfrenado uso de eufemismos. El más acusado de todos sería el que, por su carácter fundacional, abonó el camino para la posterior entrada triunfal de todos los demás, y fue llamarle Revolución al desastre que le siguió a la guerra de liberación contra la dictadura batistiana.

Como revolución en términos históricos implica evolución, salto hacia adelante, progreso y conquistas sociales en beneficio del pueblo, redunda exponer aquí por qué la cubana dejó de ser una Revolución auténtica en cuanto Fidel Castro se pasó por el arco del triunfo las aspiraciones de mi pueblo y lo traicionó hasta atornillarse al poder, por lo que sigue siendo impropio llamarle revolución a este brutal retroceso hacia el Siglo XIX, provocado por una gerontocracia cuyo auténtico logro fue crear, en su fútil busca del “hombre nuevo”, a un ser anodino cargado de dobleces, capaz de traicionarse a sí mismo a cambio de un televisorcito chino.

Las revoluciones auténticas no duran 60 años, sino que una vez consumadas sólo pueden seguir uno de dos caminos divergentes: evolucionan de modo natural hacia un genuino Estado de Derecho, o en su lugar bogan inexorables hacia el pantano de la dictadura. Fidel Castro eligió el segundo trillo, y cuando el producto de su egolatría le estalló en el rostro, para disimularlo rebautizó a la criatura y decidió, con graciosísimo eufemismo, llamarle “Período Especial en tiempos de paz” a la peor pesadilla conocida bajo su régimen hasta los 90, por eso, y como hijo de gato siempre caza ratón, es tan natural que hoy Raúl Castro, por boca de su pelele, nombre “Período coyuntural” al irreversible agravamiento del moribundo; coyuntural cuando sabe que no tiene solución ni salida posible!!!???… ¡Cosas de prestidigitadores y locos!

Si en los 80 Fidel Castro llamó a su sarta de locuras e improvisaciones “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” –desesperada respuesta al inminente “desmerengamiento” socialista en Europa– entonces ¿por qué no llamarle hoy “Reordenamiento” a esta locura de subir salarios y precios indiscriminadamente, ignorando todas las máximas económicas modernas, sin ningún respaldo en la producción y la oferta –lo cual no hará más que agravar una inflación ya galopante.

Toda una locura, pero quien por su gusto muere, la muerte le sepa a gloria. Ahora bien, que nadie se llame a engaños, porque el mago, en su afán de deslumbrar a Biden, puede sacarse todavía más sorpresas de la chistera, aunque ya en esta Cuba tan anegada en desesperanza y hastío nadie le crea su cuento chino ni sus trucos de feria. Ya le pillamos la falsa al prestidigitador, conocemos sus traquimañas de esquina y estamos cansados de sus promesas de oro a cambio de espejos, de sus bagatelas para ingenuos turistas que no comprenden que algunos vicios nunca tendrán remedio.

Tan acostumbrados nos tiene el castrismo a sus autocráticos leñazos que siempre reaccionanos igual cuando las autoridades cubanas anuncian con sospechosa solemnidad algún “conjunto de nuevas medidas”, entonces, sin poder evitarlo el cubano de a pie se lleva las manos a la cabeza y entra en ese estado de zozobra que precede la llegada de un soberbio huracán. Es un elemental reflejo condicionado, una sensación inevitable, y como para no faltar a su vieja costumbre Raúl Castro acaba de dejarnos su regalito de despedida: un combo diseñado en las galeras del Consejo de Estado con el contubernio del politburó que ennegrece el horizonte y nuestro dantesco futuro.

Durante el año que concluye fuimos testigos de cómo la tecnocracia castrista tapió las puertas al sector privado que abastecía al mercado informal mediante mulas que importaban ropas, calzado y otros insumos, y vimos como llena de mala saña impuso las onerosas tiendas MLC –operadas mediante tarjetas magnéticas sólo recargables desde el extranjero– para acaparar toda la divisa en sus arcas y limitar en todo lo posible su circulación en la isla. El resultado fue una devaluación cambiaria del CUC y del CUP que batía récords históricos al cierre del año. Esta medida resucitó las diplotiendas de los 80´ y no haría más que allanar el camino al segundo paso de un plan eufemísticamente llamado de “unificación monetaria”, postergado desde 2011 y destinado a subsanar un mal que mantuvo inoperante la gestión empresarial con su grave distorsión durante casi tres décadas.

Eufemística “unificación” porque cuando el devaluado CUC nos diga adiós en enero/2021 el país quedará, en términos prácticos, nuevamente con dos monedas dado que la dualidad CUP/DIVISA sustituirá a la dualidad CUP/CUC hasta ahora vigente –descontada la certeza de que las tiendas MLC, aun precariamente, serán las únicas abastecidas. O sea, que la pretendida “unificación” será más ficticia que real y nada resolverá, como tampoco valdrá de nada abandonar la nefasta práctica de igualar sólo en las transacciones empresariales la relación 1 CUC/1 CUP porque la nueva tasa a ser utilizada de 24 CUP/1 USD tampoco será realista, sino una arbitrariedad más que continuará distorsionando los índices productivos.

Pero como si fuera poco Raúl Castro cierra este año gris con broche de mierda y lanza un último libretazo llamado a jodernos la vida al 95% de los cubanos. Porque nada más puede pensar un jubilado, por más que le quintupliquen su chequera mensual, si igual ve quintuplicada su tarifa eléctrica y aumentado en igual grado el costo del alimento en su canasta. De nada servirá lanzar a circular millones de pesos condenados a devaluarse en el acto sin el respaldo de una adecuada cobertura de la demanda pues tendremos en las manos moneda falsa, papel volátil, y todo quedaría en el intento inútil de paliar el temporal sin atender su esencia.

Condenada sin remedio a fracasar llega a destiempo esta política que ni siquiera menciona medidas dirigidas a emancipar la actividad de las pymes, a estimular y proteger al pequeño empresario o al productor agropecuario, ni al producto de su trabajo, o a dotarlos de una personalidad jurídica que permita legalizar un comercio ordenado y contemple un sistema universal, igualitario, justo y sensato de tributación; entonces, y sólo entonces, otro gallo cantaría.

Mención aparte merece en este bodrio, por ser una arbitraria inmoralidad, lo que devino en la guinda del pastel para la emigración cubana: la obligación de tributar a La Habana el 4% del ingreso mensual bruto devengado por su trabajo en el extranjero mientras se detente la condición migratoria de residente permanente en Cuba, aun cuando no se radique de forma permanente en el país. La medida, contemplada en la Ley 113 desde 2013 (fea cábula) entraría en vigor a partir de enero de 2021, decisión que ha sido recibida con franca hostilidad por nuestros emigrados en todo el sistema solar y sus familias en Cuba.

Esta leonina imposición es un atraco a mano armada y será muy difícilmente asimilable para quienes no radican físicamente en la isla, sino que visitan a su familia durante unos días cada año y son residentes permanentes sólo en términos migratorios –lo cual es, por supuesto, pura semántica– y que por tanto hace años, o décadas, no hacen uso efectivo de servicios públicos en la isla sino eventualmente, cubanos que además se dejan la piel trabajando en el extranjero bajo disímiles circunstancias para sostener a sus familias fuera y dentro de Cuba, pero que sobre todo –y en esto radica la gran cuestión– se saben tributando ya en esos respectivos países, donde por supuesto pagan un seguro social y sí hacen uso efectivo de los servicios públicos. Esta doble tributación que ahora exige el régimen de La Habana es inaceptable, y jamás encajará en la lógica de un emigrado que además deba tributar por partida doble para el mismo oprobioso régimen que le empujó a abandonar su tierra.

Otras medidas menos radicales, por supuesto habrá, que podrían estudiarse para cubrir gastos del cubano que no desea cambiar su condición migratoria porque visita eventualmente la isla mientras reside en el extranjero –existen seguros de viajes, posibles tarifas diferenciadas durante sus visitas para determinados servicios, por sólo citar ejemplos– pero algo muy diferente presupone meter la mano en el bolsillo de los emigrados cada mes, porque en este caso estamos ante un excesivo abuso, es un auténtico atraco a mano armada, y evidencia la mala fe de quienes otra vez chantajean con prohibir al emigrado la entrada a su propio país –pues tal será el castigo del insubordinado– y toman como rehenes a millones de familias en Cuba cual moneda de cambio en esta jugada sucia del estalinismo tardocastrista.

Aunque llamarle libretazo a este desatino sólo cobraría sentido a la luz de la chanza criolla, porque evidentemente estamos ante un combo de medidas tan draconianas como bien premeditadas. Algo tan abarcador y de implementación tan compleja sólo puede obedecer a una resuelta intencionalidad y ser producto de la perversión de algún bien oportunista hijo de puta. Algo así implica la resuelta decisión de jodernos la vida, y viene a ser la tácita respuesta para quienes aún no comprenden por qué Raúl Castro dejó sin ratificar aquellos Pactos de Derechos Civiles y Políticos, y Económicos, Sociales y Culturales que en un rapto de alarde pueril y derroche de consumada demagogia firmara Fidel Castro en febrero de 2012.

¿Resolverán estas medidas el problema cubano? Que no será así lo dejó bien establecido el mismísimo secretario de Raúl Castro, su pelele Díaz-Canel, y todos lo tenemos claro. ¿Aliviarán algo las carencias de nuestra mesa, o llenará alguna canasta básica? Esa respuesta en Cuba la saben hasta los parvulitos. ¿O acaso no harán más que agravar la deuda pública y comprometer aún más el ya astronómico déficit presupuestario? Eso lo entiende hasta el que asó la manteca. ¿Acaso aumentar salarios sin un respaldo productivo y sin un aumento proporcional de la oferta no es igual a llenar un valde sin fondo y sólo devaluará aún más brutalmente la moneda en curso? Es algo que aprende hasta el alumno menos dotado desde su primera clase en cualquier facultad de Economía, incluso en la Universidad de La Habana.

Es obvio que el más recalcitrante castrismo optó por seguir arando en el mar. La camarilla de secuaces oportunistas en el poder guarda la certeza de que esta no es más que otra paja mental, y lo saben porque también sobradamente saben qué cabría hacerse para sacar al país del atolladero. Claro que lo saben bien, pero la alternativa que contempla deponer sus privilegios de clase y devolver al pueblo sus auténticos derechos, iría en detrimento de su egoísta y aburguesado modo de ver el mundo.

Aunque nada más cabría esperarse del castrismo, sino que persistiera hasta el final en su antológico parasitismo. Pero estos delirios pueden ser su último estertor, la confesión definitiva de un régimen agónico que se sabe fracasado, que se reconoce incapaz de generar riqueza y por eso sale a robarla al mundo. Para la ocasión sola se pinta la máxima de Luis XV, que con él pareciera repetir el octogenario castrense menor cuando tira todo a la mierda mientras piensa –si acaso piensa todavía– ¡después de mí el diluvio!… y los cubanos ¡que se jodan!


Aunque muy larga es la saga de engaños del castrismo, un par de noticias recientes son ilustrativas y ejemplifican muy bien su naturaleza inmoral: Argentina, en medio de inútiles esfuerzos, ha reclamado a La Habana 1300 millones de dólares adeudados por el gobierno de Fidel Castro desde 1973, mientras España acaba de frenar, por impagos, la condonación de otra deuda de 160 millones de euros reestructurada en 2015 bajo el gobierno de Mariano Rajoy. Entre los momentos en que ambas deudas fueron contraídas hubieron de transcurrir varias décadas, sin embargo se comprueba como en ese prolongado lapso de tiempo se mantuvo intacta la que ha sido una constante durante toda la evolución del castrismo: su archidemostrada capacidad para faltar a la palabra empeñada.

Que el régimen de los Castro siempre fue, es y será un sistema parasitario es una evidencia lapidaria. Ahí quedaron 30 años de financiamiento soviético y más de dos décadas de subsidios chavomaduristas malversados, para demostrarlo. Medio siglo de privilegios, de turbias gratuidades, de acuerdos favorecedores y pactos tras bambalinas que no se han traducido de algún modo en términos de prosperidad para mi pueblo, ni haya sido invertido semejante capital en la infraestructura de este país de edificios en ruinas, de almendrones y racionamiento eterno, avalan esa mala fama. Millones de cubanos son diarios testigos de que sólo ruina se ha acumulado a pesar de tan “generosas” regalías.

Sin embargo, si algo no le ha faltado al castrismo en esta historia de insano parasitismo obligado ha sido la suerte, porque hasta ahora cada vez que los Castro se vieron con el agua al cuello el destino, con algún golpe de timón, vino a salvarle los huevos. Extinta la era soviética, tras el sofocón de los 90 llegó Hugo Chávez para canjear petróleo por esclavos -en lo que ha sido quizás una de las mayores y la más duradera operación de lavado de dinero de la era contemporánea. Luego, muerto el líder y Venezuela en picada bajo la garra de Maduro, llega Obama y se abre de piernas, con lo cual Cuba se puso de moda por unos meses, tiempo suficiente para que los listillos de La Habana pactaran una jugosísima cadena de condonaciones.

Porque en cuanto Obama sonó la campana del bingo todos pensaron que Cuba se abriría por fin a los inversores, olieron la oportunidad fantasma y se abalanzaron salivando tras el espejismo hasta morder el anzuelo. De repente aquella maratón de imprudentes olvidadizos decidió perdonar antiguos desagravios: el Club de París condonaba una deuda de 8484 millones de dólares en intereses -comprometiéndose La Habana a pagar los 2364 millones restantes durante los siguientes 18 años- en tanto  Uruguay le perdonaba la menudencia de 50 millones, la España de los Meliá condonaba casi 1500 millones de euros, mientras un astuto Japón, más cauto, aceptaba perdonar dos tercios de su deuda y dejaba una propinita de 1.17 millones.

Varios precedentes, nada desdeñables, aún retumbaban en los estrados: sólo en 2011 China le había perdonado a Cuba ¡6000 millones de dólares! adeudados en préstamos, en 2013 México le perdonó 487 millones de dólares de deuda petrolera asumida 15 años antes, y en 2014 Rusia había renegociado su histórica deuda, contraída por La Habana bajo la égida soviética, que oficialmente ascendía a 35000 millones de dólares, y tras condonar ¡el 90% del total! convenió que el restante 10% -unos 3500 millones- ¡sería invertido en Cuba! ¡Vaya suerte la de esta gente de Birán! ¡Ah!… lo que Raúl Castro concedió a cambio de tan generoso trato ¿…? ya eso es harina de otro costal. Luego pasó el tiempo y pasó un águila por el mar, pero lo que nunca pasó fue la ineficiencia de ese régimen impuesto al pueblo cubano, las ominosas consecuencias de la desastrosa gestión de su gobierno indolente y corrupto y la ruina que ello genera.

Todos estos hechos y antecedentes han contribuido a que la profundísima crisis “coyuntural” atravesada hoy por Cuba sea acaso más penosa, más profunda aún y con peores pronósticos, que aquel eufemístico Período Especial del Fidel Castro de la primera mitad de los 90. Aunque son muchos los elementos que nos apoyarían al considerar ambos períodos como diferentes etapas de una crisis ininterrumpida que ya abarca tres décadas, y descontando, con muy buena fe, algún lustro de los 80 -salvedad sin la cual dicha crisis se habría perpetuado durante los últimos 60 años- cabría destacar varios elementos que otorgan algunos rasgos distintivos a la crisis actual.

En este momento, a un evidente vacío de liderazgo debido a la falta de capacidad y nulo carisma de Díaz-Canel -sometido al control que desde la sombra aún ejercen, apoyados por la línea más dura, los herederos del clan Castro- habría que añadir el agravante de que ya el mundo se la pilló con los truhanes de La Habana. Una vez caídos en la trampa ya quedaron todos definitivamente aleccionados sobre la verdadera catadura de estos jodedores criollos, por eso hoy por hoy -exceptuados el subsidio venezolano y las limosnas rusas o chinas obviamente condicionadas– será en extremo difícil que alguien se atreva a otorgar nuevos préstamos a una economía medieval en quiebra, de fuerzas productivas paralizadas, en continua e inequívoca involución, regida por cleptómanos, corruptos y gobernantes que huelen a estafa por todos sus costados, sin mercados demasiado atractivos y con una legislación que parece diseñada a la medida para espantar inversionistas.

Si a estas graves limitaciones, inherentes al régimen, se suman los nubarrones que oscurecen su horizonte norte y le recuerdan que la administración Trump sigue decidida a apretar los bornes, comprendemos por qué el tardocastrismo, puesto además ante un pueblo cada vez más agitado y molesto, se está viendo el trillo cada vez más color de hormiga. Esa encomiable saga de robos, estafas y escamoteos acumulada por estos pillos a lo largo de seis décadas deberían bastar para que nadie ponga en duda su mala fe, pero también además de un costo moral tiene un irreparable costo en credibilidad perdida, y la dictadura de un modo u otro pagará por ello -dictadura que haciendo gala indiscriminada de su vocación, a la hora de estafar no distingue entre países ricos del capitalismo desarrollado y hermanos pobres del tercer mundo.

Sólo cuando reflexionamos sobre estas millonarias e inmerecidas condonaciones, a pesar de lo cual el castrismo no deja más que la destrucción del país como legado, con una infraestructura anclada al siglo XIX y un pueblo más pobre y desgraciado que nunca, nos percatamos de cuán insondable ha sido el mal que nos ha provocado esta abominación.

Pero ya a nadie más podrán engañar los malhechores con sus lágrimas de cocodrilo. Como definitivo antídoto bastaría recordarles -como una estimación apenas de la envergadura del desastre- que sólo durante un reciente trienio entre México, Japón, China y Rusia eximieron a La Habana del pago de 40.000 millones de dólares -una suma que representa ¡el 50%! de su PIB actual- sólo para comprobar que tampoco esto sirvió de nada. Frente a esta evidencia nos invade la absoluta certeza de que la Historia de ningún modo podrá eximir a semejantes bandidos, sino que al final los condenará como lo que realmente fueron: unos auténticos ladrones que defalcaron hasta la saciedad el tesoro público de la nación de todos los cubanos.


Cuando el des-gobierno de Díaz-Canel anunció la apertura de algo más de 70 establecimientos a lo largo de todo el país para la venta directa en divisas mediante pago con tarjetas magnéticas, justificó su iniciativa en la perentoria necesidad de una rápida captación de divisas, a la vez que presentó su propuesta como una oferta “adicional”, una alternativa que no afectaría, sin embargo, la oferta de mercancías en las tiendas operadas en monedas nacionales.

Las autoridades cubanas siempre insistieron en que esta sería una alternativa más, pero nunca dijeron que sería la única. En cambio, lo que han visto millones de cubanos, tan acostumbrados a escuchar promesas incumplidas, ha sido precisamente lo contrario: en pocos días se ha producido un cierre poco menos que virtual de las tiendas operadas en CUP y CUC. De hecho hoy por hoy las únicas tiendas medianamente abastecidas del país son estas operadas mediante pago por tarjetas magnéticas asociadas a cuentas bancarias en el extranjero -un requisito obligatorio, exigido por La Habana.

Estamos ante un evidente retroceso hacia la fatal dinámica de la triple moneda cuando en su lugar deberíamos avanzar hacia la imprescindible unificación monetaria -tan pregonada e incumplida antes por Fidel y Raúl Castro como ahora por su pelele- lo cual no hace más que afianzar la sensación de que estamos ante un país sin futuro, y que así será mientras la dictadura que lo atenaza gire erráticamente en círculos, sin brújula ni rumbo, patinando una y otra vez sobre su misma mierda.

Hoy vuelve el zorro sobre los viejos pasos, y asegura que sirve vino nuevo cuando en realidad fermenta el mismo orujo en odres viejos. Entonces vuelven a la memoria las puertas prohibidas de aquellas diplotiendas que hasta los 90 representaron para nosotros el Rubicón, el límite físico y metafísico de una ilógica frontera fijada por Fidel Castro, el horizonte de sucesos permitido al cubano común tras el cual intuíamos apenas el agujero negro de la abundancia capitalista, sólo accesible para los privilegiados, para aquellos suertudos que vivían en una realidad alternativa que jamás era la nuestra.

Cada día se hará más evidente que en estas nuevas tiendas -que el gobierno, sin duda, no hará más que multiplicar- sólo comprarán los suertudos de hoy, aquellos que detentan alguna “FE” (familia en el extranjero) o que gracias a alguna coyuntura vital hayan tenido la oportunidad, o el privilegio, de disponer de una cuenta bancaria fuera del país, y aunque ya nada debe sorprender de esta “revolución” de los humildes, por los humildes y para los humildes, esto es algo que no deja de ofender, porque una cosa sería implementar una red de tiendas destinadas a este tipo de pago y otra, bien distinta, pretender que ésta se convierta prácticamente en la única alternativa posible donde adquirir alimentos y aseo (hasta el momento) en medio de una carestía tan brutal y generalizada.

Estamos ante un juego sucio del régimen que detenta un monopolio absoluto del comercio minorista en todo el país, y cuyas diáfanas intenciones saltan a la vista: esta desleal estratagema persigue garantizar el ingreso por adelantado de divisas a las arcas de la dictadura sin ninguna garantía de que la mercancía luego adquirida en Cuba tenga una justa relación calidad/precio, ni si en realidad el Estado cubano será capaz de garantizar la oferta prometida de mercancías, aún cuando el depósito ya haya sido realizado en su cuenta de FINCIMEX. Y para colmo, el régimen pretende lavarse las manos, presiona a los emigrados y traslada hacia ellos su responsabilidad de garantizar la oferta de insumos de primera necesidad.

Este mecanismo, además, pretende evadir, o al menos minimizar, la tenencia de divisas hacia el interior del país, lo cual busca evitar su desvío hacia el extranjero mediante el extenso comercio informal de las mulas que hasta ahora ha importado y abastecido así al mercado negro. De este modo se evade en buena medida la intermediación de toda esa pujante economía subterránea, lo cual sin duda dejará algún que otro sector fuera de juego, pero también aumentará la demanda de divisas dentro de Cuba, lo cual terminará acelerando la devaluación de las monedas nacionales.

Este régimen de oprobio, movido por el profundo desprecio que nos profesa, siempre se las ingenia para interponer algún problema ante cada solución. Cierto que hace unos días el régimen retiró su gravamen del 10% sobre el USD, pero como bajo una dictadura nunca se gana, al final comprobaremos que, sumadas todas las comisiones, a quienes opten por este mecanismo se les terminará sangrando un suculento 15% de su dinero. Esta artera involución es sintomática de la desesperación de una dictadura agónica que divaga sin ruta clara a la vista, sin salida previsible para los acuciantes problemas del país, sin un proyecto viable de nación, y es una prueba más de que este tardocastrismo gerontocrático no dispone de la imprescindible voluntad política, ni de la capacidad mínimamente necesaria para solventar los graves problemas que seis décadas de desastrosa gestión han acumulado sobre las espaldas del pueblo cubano.


Hace unos días el gobierno de Díaz-Canel nos pasó por debajo de la mesa una solaz sorpresa de verano: por fin, después de múltiples postergaciones nos llegaba el tan ansiado fin de la dualidad monetaria, y como para que no nos quejemos, en efecto, en nuestro país no circularán ya más DOS monedas (nacionales) si no que desde ahora ¡nuevamente usaremos TRES!… Por supuesto que la primera reacción de todo cubano que haya vivido en la isla durante los últimos 25 años debió oscilar entre el estupor y la incredulidad, sólo hasta comprobar que no se trataba de una jodedera del delfín tardocastrista, ni de ningún chiste de mal gusto, no, después de buscar en vano la cámara oculta habrá comprobado que nuestro flamante “presidente” hablaba absolutamente en serio.

La estupefacción se comprende cuando se recuerda que hace décadas Fidel Castro, el rufián que implementó la estafa del CUC, hablaba ya de eliminar la dualidad monetaria estando en funciones, que el peliagudo tema también figuró en el slogan programático de Raúl Castro sólo para ser postergado durante toda su gestión, y que el régimen de La Habana ha mantenido esta aberración como su gran asignatura pendiente hasta el sol de hoy porque su último administrador hasta ahora no ha hecho más que imitar a los mentores que le dejaron la papa caliente.

En lugar de fomentar de forma ordenada y progresiva las condiciones y mecanismos necesarios para enmendar esta nociva situación, el gobierno de Díaz-Canel sorprende a todos con un nuevo libretazo, rechina gomas en sentido opuesto, y en un evidente retroceso hace diametralmente lo contrario a lo esperado, a todo cuanto había anunciado y reconocido como primer paso imprescindible para sanear las finanzas y reorganizar el caos económico imperante para al menos recuperar alguna milésima de su nula credibilidad.

Otra vez lo real-maravilloso del régimen castrista hace gala de una de sus más sorprendentes facetas: su alucinante capacidad de decir algo y hacer justo lo contrario ante nuestras narices sin el menor sonrojo y, como siempre, asegurar que su decisión redundará al final en bien de todos. ¡Diera risa si no fuera un asunto tan serio! Porque si en algo han destacado los chicos de la Plaza es en su proverbial talento para el cinismo. Exactamente eso mismo le escuchábamos decir a Fidel Castro cuando se daba golpes de pecho por la libertad de los pobres del mundo en cuanto podio hablaba mientras aquí dentro nos machucaba los cojones, nos prohibía viajar, nos humillaba en la puerta de las diplotiendas y de todos los hoteles cubanos, y a la vez aseguraba que los beneficios de aquel “sacrificio necesario” redundarían en un bienestar común que nunca llegaba.

Lo que sí llegó junto con los apagones del Período especial fue la dualidad monetaria, pero esta sí para quedarse. En lo particular no conozco ningún otro caso de algún país que haya utilizado a la vez dos monedas nacionales, aunque sí muchos casos donde han circulado junto a una moneda nacional otra extranjera -por no ir más lejos baste recordar el ejemplo de la Cuba prerevolucionaria, donde circularon indistintamente el peso y el dólar estadounidense- pero en ningún otro caso se ha tratado de dos monedas nacionales, como hasta hoy ha sido el caso en Cuba del actual peso y el CUC.

Esta, sin duda, fue una de las estafas más desvergonzadas de Fidel Castro, que muchísimas perpetró contra el pueblo cubano. Durante más de 25 años en Cuba se nos ha estado pagando un miserable salario en una moneda nacional (el CUP) y se nos ha cobrado en la tienda con otra también nacional (el CUC) que han mantenido una relación cambiaria por lo general arbitraria (actualmente 25/1 según conversión en CADECA), artilugio que ha garantizado al régimen de La Habana que remesas del rango de los cientos de miles de millones, en USD, euros u otras divisas, hayan ingresado directamente a sus arcas mientras se les ha entregado el CUC (papel sin ningún respaldo e inutilizable fuera de la isla) a los familiares en Cuba.

Pues bien, a partir de ahora ambas monedas nacionales (tanto el avergonzado CUP como el devaluado CUC) tendrán que volver a cohabitar con los sucios dólares del imperio, los mismos contra los que despotricó en sus discursos incendiarios Fidel Castro durante sus históricos delirios. Pero no será así por mucho tiempo pues ya el inservible CUC tiene sus días contados. En medio de una calamitosa crisis económica -peor para muchos, si se quiere, que la de los 90- el CUC hace meses se bate en retirada estableciendo constantes récords de devaluación y hoy se cotiza en la calle alrededor de 1.20 CUC por dólar. Mientras tanto, hasta hace apenas unos días -antes de ser retirado el gravamen al dólar estadounidense- CADECA insistía en el canje a 0.87 CUC por dólar evidenciando su divorcio con la realidad.

Es muy llamativo, sin embargo, que sólo ahora La Habana decida retirar este ominoso gravámen del 10% al USD -otro libretazo arbitrario de Fidel Castro- después de haber bravuconeado desde la apertura Obama asegurando que lo haría sólo cuando cesaran las sanciones económicas de EE.UU., algo que no ha sucedido en absoluto, y lo retira justo ahora, cuando el CUC vale cada vez menos -un gravámen que, por cierto, jamás hizo estrago alguno en los bolsillos de Obama, ni de Trump, sino directamente sobre los hogares cubanos.

Aunque si ha habido en esta historia una gran perdedora, esa ha sido la nación cubana -entiéndase el pueblo cubano- cuyo tejido económico ha pagado un incalculable precio debido a la brutal distorsión financiera generada a todos los niveles por esta dualidad monetaria, un fenómeno más acusado, por supuesto, en las empresas que operan en CUC -precisamente las mayores y más estratégicas del país. En las compra-ventas gestionadas en esta moneda a ese nivel deja de fungir la relación CUP/CUC de 25/1 válida para el resto del sistema, e ignorando los principios de la economía pasa a ser de 1/1 por obra y gracia del todopoderoso castrismo. Esta seria distorsión ha devenido en un obstáculo insalvable pues semejante artificio impide cualquier evaluación objetiva, dificulta en extremo el control, obstaculiza y vuelve inoperantes los mecanismos de evaluación contable, lastra la capacidad de pago y desestimula seriamente la productividad de estas empresas.

Debido al caos resultante los índices macroeconómicos aportados por Cuba son ignorados o asumidos con natural escepticismo por los analistas, y aunque esto ha desacreditado cada vez más profundamente a la ya ineficiente Empresa Estatal Socialista, debemos anotar que para reparar este lamentable estado de cosas el régimen castrista la podría tener fácil: todo se podría enmendar si -siempre previa eliminación de esta desastrosa ambivalencia financiera- junto a una efectiva descentralización de la gestión estatal se legalizara y oportunamente se estimulara la gestión de la empresa familiar/privada -otra asignatura pendiente del administrador Díaz-Canel.

¡Ah!, pero en ese caso el castrismo chocaría frontalmente con un problema que hasta hoy le ha resultado infranqueable: el esquema económico que resultaría de implementar transformaciones sensatas, serias, acertadas, justas y definitivas, redundaría inobjetablemente en una mayor prosperidad y autonomía del pueblo cubano, un “riesgo” que la dictadura no puede, bajo ningún concepto, permitirse. No aceptaría jamás el engendro castrista fórmula o cambio alguno si esto puede conducir a un mayor bienestar de mi pueblo, porque esto implicaría mayores dosis de libertad, lo cual más temprano que tarde conduciría a reclamos políticos que luego -por aquella dialéctica marxista que opone a muerte las contradicciones antagónicas- no harían más que radicalizarse y en poco tiempo mi pueblo se sacudiría el yugo que lo tiraniza.

No hay más vuelta de hoja: es así de simple, y así también de simple sería la solución de nuestros males. Sólo se interpone entre esa prosperidad y nosotros una dictadura que, cínica y brutal, continúa pasándose los derechos del pueblo cubano por el arco del triunfo.

Quien desconozca la inagotable capacidad de simulación y cinismo de la dictadura castrista podría encontrar detrás de las recientes palabras del administrador de turno de la finca Birán una sincera llamada a las reformas. Cuando Díaz-Canel, en un admirable rapto de sinceridad, acepta públicamente que “… no podemos seguir haciendo lo mismo en el ámbito de la economía, porque de esa manera no se obtienen los resultados que necesitamos…”, no hace más que confirmar tácitamente algo que han planteado hasta la saciedad, durante décadas, amplios sectores de la sociedad cubana.

Coinciden en esta urgencia tanto el militante comunista que disiente, aún sin desmarcarse de su trinchera, como el opositor más furibundo y frontal; desde el analfabeto funcional que vegeta su día a día en la cola del pan hasta el más afinado economista; desde el más conspicuo jubilado hasta el encumbrado director que choca con los cortafuegos creativos y la comprobadísima ineficacia inherentes a la empresa estatal socialista; todos coinciden, puede asegurarse, excepto la crápula de retrógrados nonagenarios que aún clavan la retranca en el freno del tren.

Aunque discrepen al señalar las causas del desastre -embargo norteamericano vs. bloqueo interno- cada vez aparece más nítida y generalizada la percepción común de que Cuba está obligada a dar un giro radical y profundo en su accionar económico, porque la situación actual es insostenible y en caso de no acometerse cambios serios, sustanciales y definitivos, nos hundiremos, con cada minuto que pase, en una cada vez más abyecta ruina total.

Por supuesto que si en Cuba seguimos haciendo lo que estamos haciendo seguiremos logrando lo que estamos logrando. Es un principio tan antiguo como el hombre, y nada se le añadió en las empolvadas lumbreras del Comité Central. Que el modelo económico soviético jamás se ajustó a nuestra idiosincrasia, y que nunca funcionó, ni funcionará, era algo que sabía con certeza Fidel Castro, como lo sabe muy bien el hoy este apocado Raúl Castro y también, ¿cómo no?, el administrador Díaz-Canel. No funciona si entendemos como tal haber logrado el bienestar del pueblo cubano, pero quien -tal como lo hace el castrismo- lo entienda en el sentido de mantener el control lo más herméticamente posible sin importar consecuencias sociales, económicas, ni morales, entonces hallará que el esquema ha funcionado casi a la perfección. Es una elemental cuestión de puntos de vista.

No funciona ni funcionará por una cuestión de esencia, y esto lo sabe también la cúpula de poder de La Habana en pleno, todos los altos dirigentes del stablishment cubano, todos los históricos que chochando todavía nos joden la vida y todos los generales retirados y en activo. Seis décadas de fracasos y ruina debieron ser suficientes para convencer hasta al más acérrimo defensor del régimen si no fuera por esa calamidad humana llamada fanatismo.

La situación de hoy es, en varios aspectos, más compleja y desesperada que durante el momento más crítico de los 90. En medio de un vacío de autoridad -pues Díaz-Canel carece de carisma y hasta el momento no ha dado ninguna muestra de carácter frente a los “históricos”- y con Venezuela tocando fondo, China y Rusia como aliados estratégicos pero cansados de los timos criollos, y perfumados los de la Plaza de la Robolución con una merecidísima fama de mala paga por estafar a media humanidad.

Hace poco el gobierno cubano volvió a entrar en moratoria de pagos, a pesar de que hace apenas un lustro le fueron condonados decenas de miles de millones de dólares por el Club de París, Rusia, y otros países acreedores tentados por la apertura Obama que puso a la antilla de moda por unos meses. Sólo la deuda arrastrada de la era soviética ascendía a ¡35000 millones de dólares!, de los cuales, recordemos, se condonó el 90% mientras el 10% restante se invirtió en Cuba. Pero ni siquiera este golpe de buena fortuna logró rescatar al castrismo de la ruina y hoy, dejada pasar la oportunidad, ya es tarde: el mundo definitivamente se la pilló, y ahora los estafadores de La Habana no encontrarían financiamiento serio, ni inversores fuertes de capital o crédito de ningún tipo ni siquiera moviendo todos los caracoles de Guanabacoa.

Aunque para los entusiastas en exceso tendría el neocastrismo el mismo antídoto de siempre, mil veces avalado, con una eficacia a toda prueba: la demagogia. Esa arma infalible, la constante de Fidel Castro, le ha demostrado su valía tantas veces que esta vez también podría hacerlo. Porque de nada valdrían los discursos de austeridad si esta no es practicada por todos, y por los castristas primero que nadie. De nada valdrían los anuncios de cambio si nada es respaldado por un cuerpo de leyes vinculantes que garanticen los debidos derechos de esos cientos de miles de emprendedores que desde dentro y fuera de Cuba sólo esperan la oportunidad que siempre les ha sido negada, y si no son derogadas aquellas otras que por décadas han obstaculizado la autonomía operativa y lacerado la confianza en la autoridad y su credibilidad política.

De nada valdrán los anuncios altisonantes mientras no sean respaldados por pruebas inequívocas que devuelvan a todos la imprescindible confianza en que esta vez ningún advenedizo dirigente oportunista, policía político, o juez parcializado tendrán potestad para arruinar a un productor o empresario debido a trasfondos políticos o arbitrariedades de ningún tipo, a sabiendas de que les ampara un justo cuerpo de leyes y mediante juicios imparciales podrían terminar defenestrados o guardados tras las rejas.

De nada valdrán los llamados a elevar la productividad mientras continúen vigentes leyes que faculten a la Fiscalía General, con el contubernio del ominoso DTI, para tocar a la puerta del productor agropecuario que gestiona de sol a sol las tierras ofrecidas en usufructo por el Estado para mostrarle un expediente de 10 cm de alto -donde consta cada ilegalidad en que se vio obligado a incurrir porque así lo dispone un absurdo orden de cosas- y luego decomisarle hasta la ropa que lleva puesta; todo mientras la estatal Empresa Nacional de Acopio continúa abandonando a su suerte cosechas podridas en el campo, y persisten condenas a décadas de prisión por sacrificar una vaca -absurdo sólo explicable cuando se entiende su obvio potencial de chantaje para reclutar delatores al servicio de la Seguridad del Estado.

De nada servirán los reiteradas convocatorias a la inversión extranjera si continúan siendo excluidos del llamado a los cubanos que desde el exilio exigen su genuino derecho a invertir en el país que les vio nacer o vio nacer a sus padres. Es inconcebible que continúen cerradas estas puertas que tanto capital oxigenado pueden inyectar a la nación cubana sólo por marginaciones políticas.

Tampoco sirve de nada aumentar salarios sin respaldo productivo, como no sea para devaluar la moneda y disparar la inflación -ley económica número uno- ni ensayar esta variante de dolarización propuesta ahora en medio de este pasmoso desabastecimiento. Cuba necesita un inaplazable reemerger que no se producirá en ningún caso sin una apertura enérgica y sincera que devuelva a su tejido económico esa esperanza mil veces traicionada.

¿Pero arriba dije cambio…? ¡Horror! Porque siempre habrá quien insista en hallar similitudes entre el cambio ineludible y necesario y el caos total o la apocalipsis zombie, sin duda, porque si alguna palabra siempre ha levantado suspicacias y urticantes recelos en la anquilosada psiquis de la dictadura ha sido precisamente esa. ¡Cambio!, antítesis de estatismo, ese mal endémico tras el cual se parapetaron, en perfecta geometría histórica, Fidel y Raúl Castro, como hasta ahora este Díaz-Canel que cándido redescubre hoy el agua fría.

Esta fatal manía cubana de tender a los extremos y evadir la prudencia de los centros, tal vez nos impida comprender que cuando algo deja de ser socialismo de cuartel no tiene por qué derivar necesariamente en capitalismo salvaje neoliberal, y que existen fórmulas intermedias implementales que también podrían garantizar condiciones más idóneas para un crecimiento productivo sostenido y autónomo, jamás parasitario, manteniendo además las debidas garantías sociales y sin comprometer de ningún modo la soberanía nacional.

Aunque hemos sido engañados tantas veces que ya no soportamos escuchar otra mentira. Jamás hubo en la Historia cubana, antes del castrismo, un des-gobierno que cometiera contra mi pueblo tantos atropellos durante tanto tiempo, que perpetrara una traición tan atroz, ni despreciara a mi pueblo de un modo más visceral. Ahora está en manos de Díaz-Canel demostrar si puede, o quiere, emanciparse del férreo dogmatismo de los ultraconservadores, que ya nada pueden ofrecer, y opta por liberar las fuerzas productivas llamadas a salvar este país y dar sentido a una esperada apertura que, como se puede ver, nunca sería completa si no llega junto a profundas reformas políticas. Queda en sus manos enmendar el inconmensurable daño que se nos ha hecho; cualquier otro camino sería patinar sobre la misma mierda, palabrería barata. Sólo el tiempo dirá si tuvo el coraje de hacerlo o si pasará a la Historia como un cobarde más.


Hace unos días pude ver el polémico film “La red Avispa“, dirigida en 2020 por Olivier Assayas, que versa sobre el conocido caso de los cinco espías cubanos condenados en EE.UU. y liberados en el contexto de la distensión unilateral propuesta por Obama y jamás secundada por La Habana. Le precedían críticas insípidas, pero por un sano hábito de valorar por mí mismo para hacerme una opinión definitiva, le dediqué sus dos horas para redondear mi criterio.

Me pareció un tratamiento bastante frío para una historia con mucho más potencial en términos dramáticos, que no extrae todo el zumo contenido de unas pasiones atizadas durante más de medio siglo por antagonismos enconados. Se percibe la narración bastante llana, que no atrapa en toda su riqueza la madeja de heroísmos y vilezas inherentes a conspiraciones de esa envergadura, protagonizada esta vez por personajes cuyo perfil se me antoja demasiado plano, sobre todo porque de una realidad tan polarizada se espera cualquier cosa -y quien conozca a los cubanos sabe por qué- menos excesos de prudencia o parquedad en las pasiones -como lo demuestra la encendida polémica generada en la comunidad cubana de Miami tras el reciente estreno del filme en Netflix.

Sin embargo no creo que al espectador le llegue el presupuesto golpe de odio en toda su potencial virulencia, al menos no tal como sabemos que cohabita, maldito odio recíproco, y que ha envenenado las dos orillas del estrecho, por tanto tiempo ya que nos parecen siglos. No pasa inadvertido lo poco enfático de los planos, ni la falta de secuencias más incisivas -recursos que habrían cargado de mayor tensión y aportado más dramatismo a la trama- todo lo cual redunda en un desapasionado enfoque, y en un ritmo parsimonioso más bien parco en sus necesarios climax.

Asistimos a una historia que recurre a estereotipos predecibles que no muestran en toda su plenitud conflictos más bien llevados con tibieza, con diálogos encartonados por momentos y distantes personajes cuyo antagonismo debería respirarse con más intensidad siempre y cuando de cubanos se trate. Ni siquiera los más convincentes protagónicos de Edgar Ramírez, Wagner Moura, García Bernal, Ana de Armas o la Penélope logran salvar la honrilla de este filme que, supongo, esté ya destinado al polvo del olvido.

Por alguna razón dispuso la ley de la serie que también por estos días viera yo otro filme, casi análogo en su propuesta, pero cuya calidad contrasta con “La red…”. Se trata de “La noche de 12 años“, una cinta de 2018 dirigida por Álvaro Brechner, que narra la agonía en prisión de varios ex-guerrilleros tupamaros esgrimidos como rehenes por la dictadura militar, mantenidos en régimen de aislamiento y tortura durante 12 largos años. Aunque hubo otros casos, esta narración se concentra en la historia de tres convictos, uno de ellos el futuro presidente uruguayo José Mujica.

Las diferencias cualitativas entre ambos metrajes pronto se hacen palpables: aquí el hilo narrativo se mantiene certeramente tenso durante toda una trama que describe con cruda intensidad -no exenta de guiños de agrio humor- el escabroso drama vivido en aquellas cloacas donde tres hombres intentaron mantener, todo cuanto humanamente les fue posible, su dignidad contra todos los horrores -si a algo podía llamársele dignidad en aquel justo momento.

Aunque una sabia economía de recursos evade sin concesiones la violencia explícita, se percibe a las claras la sorda brutalidad del aberrante régimen, esa bestialidad subterránea tan propia de las dictaduras cultivadas en su época a todo lo largo y ancho de esta América servil -ambidiestras dictaduras, dictablandas, variopintas dictaduras nuestras- cuyas dentelladas y poder aprensivo sólo pudo y puede percibir en su real dimensión quien haya vivido bajo alguna de ellas. Es tan claro y definitivo el despotismo aquí expuesto como el oculto -esa anciana que pregunta por su hijo y espera todo un día sólo para recibir la humillante burla, ya de noche, bajo el inmisericorde aguacero- que no precisa el discurso de mayores bofetadas ni porrazos. Y sin embargo, ni siquiera la incertidumbre perpetua o la degradación más ultrajante escamotean la vindicación que también alcanza a humanizar al carcelero -signo final de redención logrado en las palabras justas- en fin, todo un tributo a esa contención inherente al buen cine elevado a rango de conmovedora obra de arte.

Pero no es la mera apreciación de estos filmes lo que me incitó a escribir este post. Apenas desplegados los créditos de “La red...” ya me aguijoneaban las preguntas. La curiosidad me espoleó a cuestiones inevitables: ¿acaso estos cinco hombres se habrán planteado en algún momento, ya en libertad, si lo que hicieron mereció la pena? ¿Se habrán cuestionado, durante estos últimos años, esa “verdad” que representan? Más allá de los discursos y las entrevistas ¿no alcanzan a comprender que este país continúa siendo arruinado precisamente por los mismos que los embarcaron en su misión?

Advierto que no cuestiono la pureza de principios. Comprendo perfectamente que alguien pueda arriesgarlo todo, y hasta morir, cuando media la convicción inconmovible de que se obra por algo justo. Ni siquiera propongo un juicio moral, no juzgo a estos cinco hombres por lo que hicieron en sí, pues creo comprender sus razones. Creo y respeto la firmeza de convicciones, pero igual creo que aún desde su más pura candidez, esta firmeza no excusa ciertas consecuencias -y en este punto sería mejor preguntar a las madres, viudas y huérfanos de los fallecidos en las avionetas derribadas de Hermanos al rescate.

También los gendarmes de las SS hitlerianas ejecutaban a sus víctimas con un supremacista disparo en la nuca convencidos de la pureza de sus principios. No, definitivamente no basta con la sinceridad de los principios. El hombre debe ser, además, justo, ético y racional cuando se aferra a ellos, pues de lo contrario puede terminar obrando en contra de toda lógica o sentido común.

Existe algo llamado realidad objetiva que suele golpear en el rostro con la fuerza de un martillo cada vez que sales a la calle, y que debe ser al final todo lo que importa, y aunque creo, repito, en la sinceridad de los hombres -porque se necesita mucho coraje para dejar atrás familia e hijos y arriesgarlo todo por seguir tus convicciones- también me cuesta muchísimo creer que personas evidentemente inteligentes no alcancen a percibir el caos en que se ha hundido su país bajo la bota del castrismo, y entonces una cosa lleva naturalmente a la otra, y tampoco logro dilucidar cómo personas que ayer tuvieron integridad suficiente para arriesgarlo todo desde el altruísmo -no lo pongo en duda- hoy no tengan la hidalgía de cuestionarse siquiera las causas del desastre.

Cuando veo a Gerardo Hernández hablar a estas alturas de agricultura urbana y de rescatar tácticas de supervivencia usadas durante la desesperación de los 90 mientras siguen llegando noticias, ¡después de 60 años!, de cosechas completas perdidas por la archidemostrada inoperancia de la única empresa estatal socialista autorizada por el gobierno para el acopio, enmudezco de estupor. Todos recordamos cómo Fidel Castro llamaba a sembrar cada pedacito de patio y a criar -no importaba si vivías en Guines o en el corazón del Vedado- nuestros propios animales aunque fuera en la bañera, y mientras nos pedía altruismo -Fidel Castro, quiero decir- se dedicaba él mismo a degustar con capitalista exquisitez quesos y primorosos vinos de cientos de dólares.

Ya hace de esto ¡30 años! En 1990 rondaba yo mis 20 años, y como casi todo joven, a esa edad también fui soñador y crédulo, y me entregué sin reservas a mi sueño mientras lo creí legítimo. Sentía que era tiempo de sacrificios necesarios, pues como todo era una crisis presuntamente coyuntural, sólo sería cuestión de apretar las nalgas y darle a los pedales porque cierto futuro luminoso seguía esperando con paciencia, siempre a la vuelta de la esquina. Al menos así lo creímos millones de cubanos, ¿y qué otra cosa puedes hacer cuando tienes 20 años sino soñar, soñar, soñar…?

Pero luego llegó el maleconazo, el final de los 90 trajo un poco de oxígeno, y más tarde los petrodólares de Chávez le tiraron el cabo definitivo a Fidel Castro. Lo demás es historia conocida, pero 30 años más tarde Cuba sigue clavada en el mismo sitio como una puntilla debido a los caprichos de cuatro vejetes cagalitrosos, ya casi nonagenarios, que siguen atornillados al poder chochando con el futuro de 14 millones de cubanos.

Por eso no alcanzo a comprender que hombres ya maduros, de consumadas vivencias, como esos de “La red…” -y mucho mejor informados que la media- se vayan a dormir cada noche sin confrontar su conciencia con la almohada, sin cuestionarse si aún siguen considerando igual de justo aquel lance, si todo mereció la pena cuando es un hecho tangible que este país hace mucho tiempo se fue al carajo, cuando los mismos dirigentones y generalotes de siempre siguen viviendo entre lujos en tanto el pueblo sigue igual de aterrillado y este camino, se sabe ya, no conduce a ninguna parte.

Porque más allá de todo está el golpe de martillo de esa realidad ineludible que arde en la calle, que asalta en cada esquina, en cada larga cola innecesaria, en esas miles de carencias absurdas sufridas por ese pueblo al que juraron un día deberse. Entonces, para continuar defendiendo semejante absurdo sólo quedan dos opciones posibles: o son simplemente cinco vulgares hipócritas -como los hay por cientos de miles- hablando mierda mientras ocultan lo que realmente piensan, o bien optaron por medrar -como tantos cientos de miles- pegados a alguna teta de la vaca y eligieron vivir de espaldas a su pueblo.

No existe otra postura posible, nadie puede, desde posiciones creíbles, defender algo indefendible. Porque el cuento chino del bloqueo se les desplomaría al recordar los 30 años de subsidio soviético y la más reciente propuesta Obama denegada por sus mismos jefes; el tango de la salud pública y la educación gratuitas se evapora frente a miles de instituciones sanitarias y docentes insalubres, al perpetuo desabastecimiento de las farmacias y los salarios miserables de médicos, enfermeros, maestros y auxiliares, y sobre todo al ser contrastado con el inescrutable tributo -demasiado caro- pagado por mi pueblo en forma de adoctrinamiento masivo y aniquilamiento de un civismo llamado a vindicarnos y aún en espera de tiempos mejores.

Entonces por analogía se llega al triste convencimiento de que estos cinco hombres son hoy -y más allá de que lo sepan o lo acepten ellos mismos- también rehenes del régimen castrista que un día ayudaron a sostener, tanto como aquellos tupamaros lo fueron en las oscuras mazmorras de la dictadura uruguaya. Diferentes signos y similares condenas, diferentes destinos y similares tragedias humanas.

Aunque también cabría advertir que detrás de todo, como telón de fondo común, se devela la mano oculta del expansionismo norteamericano sobre América Latina. Nadie olvide que los Estados Unidos, con una gran dosis de culpa, apoyó la dictadura de Fulgencio Batista, cuyos excesos en última instancia gestaron a ese otro monstruo llamado Fidel Castro, los mismos que luego, intervención directa de la CIA mediante, fijaron el cuartel general de la Operación Cóndor en el ensangrentado Chile de Pinochet, para desde ahí fomentar y apuntalar cuanta dictadura militar masacró pueblos por toda sur y centroamérica durante las décadas que siguieron a la Revolución cubana -entre ellas por supuesto la que torturó a José Mujica.

Contrastante evolución la de los cinco espías con la de aquel otro que desde el fondo de una celda terminó convertido en el cuadragésimo presidente de Uruguay, el memorable viejito que viviendo en las afueras de Montevideo -y dejando mal parada a la malversadora corruptela de la izquierda latinoamericana del segundo milenio- salió a trabajar a la Torre Ejecutiva cada día en su viejo Volkswagen como lo haría un maestro o un panadero más, y regresaba siempre a trabajar su finquita como cualquier vecino de barrio; así durante sus cinco años de mandato, para luego retirarse sin más a su misma casita y volver a su finquita de siempre como si tal cosa, con su leal esposa -hoy senadora, y que llegó a ser vicepresidenta del país para luego también regresar a su casita de siempre.

Parecería imposible que en esta América históricamente plagada de antológicos ladrones, pueda uno pasar cerca de semejante templo a la dignidad, señalar con el dedo y decir simplemente: ahí viven Pepe y Lucía, ex-presidente y ex-vicepresidenta nuestros. !Ah… cosas de esta pintoresca, real-maravillosa latinoamérica nuestra!

Donald Trump unchained.

El coronavirus ha sacado de control a Donald Trump. Es evidente que el presidente no calibró el tsunami que se le venía encima, y por eso a principios de la pandemia se le oía brabuconear, casi jaranear, con aquello de que para pascuas esperaba “…las iglesias llenas a rebosar“. Pero lo más desconcertante de su desenfoque es que a estas alturas, a pesar de la evidencia, aún no parece pillársela. Poco le dicen los más de 2400000 infectados y 169000 fallecidos a nivel mundial, ni los más de 700000 infectados y 42000 muertes que ya ha cobrado dentro de EE.UU. la epidemia. Nada ha bastado para disuadir al cowboy, que insiste en regresar a la “normalidad” a un país donde, según aseguró el pasado martes 14 de abril, ya “…ha pasado el pico de nuevos casos“, a pesar de que sólo un par de días después el mal cobrara, en una sola jornada, un récord de 4491 vidas estadounidenses.

Es evidente que el presidente no está siendo bien asesorado. Quien desde ese país asegure hoy, aún implícitamente, que la tormenta va quedando atrás cuando todavía aumentan los contagios y las muertes, no está calculando con objetividad la gravedad del drama. Sólo entre el anuncio de la reapertura por Trump el pasado 16 de abril y la confección de este post el Covid-19 mató en EE.UU. a alrededor de 10000 personas, a pesar de lo cual este newyorquino duro y de pura cepa no dejó de atacar a quienes desde posiciones más sensatas apuestan por mantener las medidas de confinamiento en los estados que lo ameriten.

El pistolero desenfundó en Twitter contra todo lo que se opuso a la reapertura. “Libérate Michigan!…”, y así igual con Minnesota y Virginia, y como si fuera poco les atizaba a hacer uso de la Segunda Enmienda que otorga derecho a portar y usar armas de fuego, apenas horas después de varias protestas contra el confinamiento en Michigan, Ohio y Carolina del Norte, cuando esta es la única estrategia válida mientras no se disponga de una vacuna efectiva y precisamente en un país con tan larga tradición en tiroteos y masacres de civiles.

Pero el pueblo de EE.UU. hoy tiene ante sí un peligro quizás mayor que el coronavirus. Aunque no todos se aperciban podemos estar ante un parteaguas histórico cuando vemos a Trump, unchained, perder los estribos ante la nación y asegurar amenazante ante sus gobernadores en pleno que “…Cuando alguien es Presidente de los Estados Unidos la autoridad es total… y así es como debe ser“. Aunque al día siguiente intentó matizar su discurso fueron aquellas palabras desde el corazón, y no estas moduladas por quienes después le advirtieron del exceso, las que dibujan de cuerpo entero la faceta despótica del actual presidente.

El despropósito encontró un inmediato rechazo. La congresista republicana Wyoming Liz Cheney, hija del exvicepresidente, enseguida replicó vía Twitter: “…no tiene poder absoluto…”, para luego recordar que la 10ma Enmienda establece que “…los poderes no delegados a los EE.UU. por la Constitución, ni prohibidos a los estados, están reservados a los estados o al pueblo“. Aunque ninguna reprimenda mejor que la de Andrew Cuomo, Gobernador de New York, cuando de forma lapidaria sentenció ante CNN que “…El presidente no tiene autoridad total. Tenemos una Constitución. Nosotros no tenemos rey.”

Sin embargo no debemos olvidar que el presidente acaba de salir airoso de un proceso de impeachment y por lo mismo se siente seguro y empoderado. Ya hemos asistido a lo más cercano que podríamos estar en norteamérica a una purga estalinista, si tomamos en cuenta los funcionarios recién defenestrados por él, muchos de los cuales testificaron en su contra. Una larga lista que incluye entre lo más reciente a nombres como Michael K. Atkinson, ex-Inspector General de los Servicios de Inteligencia; John Rood, Subsecretario de Defensa de Política del Pentágono (invitado gentilmente a dimitir); Teniente Coronel Alexander Vindman, Experto en Ucrania del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, entre otros muchos.

Es ante crisis como esta cuando los pueblos deben atizar mejor sus sentidos porque la bestia, aunque parezca dormida, acecha y lanzará el zarpazo al menor descuido. De ejemplos está llena la Historia. Llámense Mussolini, Hitler, Stalin, Ceausescu, Somoza, Stroessner, Pinochet, Mao, Castro o la dinastía Kim, compartían todos en común la máxima absolutista de Luis XIV, “El Estado soy yo”, y en su enajenación segaron decenas de millones de vidas humanas durante el Siglo XX; la misma filosofía que sostiene hoy regímenes en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

¿Que estamos en pleno Siglo XXI y USA es un país tan grande, con una democracia tan sólida y unas libertades tan bien garantizadas por una división de poderes a toda prueba? Pues para degenerar en tiranía, por más inaudito que pueda parecer, a este, como a otros pueblos y en otros momentos, le bastaría con esa confusa mezcla de idolatría, miedo y desesperanza que le bastó a la Italia de los años 20, a la Alemania de los 30 o a la Cuba de los 60 para deponer, poco a poco, los derechos de todos en manos de una casta agazapada que luego se cristalizó en análogas dictaduras. Remember people la Patriotic Act, dictada por Bush junior, por no ir más lejos.

Todo dictador, desde la antigüedad, se parapetó en una “necesidad” general inaplazable, en una determinada urgencia y obró inexorablemente en nombre del pueblo. Jamás dictador alguno ha reconocido su codicia y sus ansias de poder, sino que su praxis siempre ha supuesto un presunto bien para pueblos incautos y demasiado crédulos que terminaron por cavar la tumba de su democracia, fraguaron su propia esclavitud y cuando intentaron reaccionar fue demasiado tarde porque la dictadura, como ladrón en la noche, había acaparado ya todo el poder, aniquilado todas las instituciones y secuestrado sus derechos. Lo sé de primera mano porque siendo cubano he comprobado, con dolor propio, la vieja sentencia de que quien desestime las lecciones de la Historia terminará condenado a repetirla.

Empujar a la calle a millones de personas en el país más golpeado por el Covid-19 a nivel mundial cuando la pandemia todavía puede repuntar, es una inexcusable irresponsabilidad de la administración Trump. Más que cuestionable, podría ser tomado como un acto de prevaricación cuando se falta de ese modo a la obligación que como gobernante tiene de proteger a su pueblo. Es deber de un líder asumir sin titubear las decisiones más difíciles y acertar en ellas, decir a su pueblo la verdad por dolorosa que sea, no agazajarle con mentiras piadosas, hacer concesiones al vulgo, ni edulcorar discursos con verdades a medias. Alguien con el botón nuclear al alcance de la mano debería mostrar más autocontrol y humildad para vadear la crisis y no, por facilismo político, ceder a la avaricia empresarial o al prurito popular. Pero al sheriff parece no importarle, y las playas de Florida reabrieron justo al día siguiente de batir un nuevo récord de contagios, y continuaron las protestas contra el confinamiento estimuladas, sin duda, por la arenga de su comandante en jefe.

Las consecuencias de esta precipitada decisión no tardarán en llegar: en pocas semanas se puede producir allí un alza exponencial de contagios y un aumento vertiginoso de las muertes, a lo que seguiría en pocos días el colapso de todos sus sistemas de salud con pérdidas económicas finales consiguientemente mayores que las que se habrían sufrido de haberse asumido a tiempo, y mantenido con prudencia, las actuales medidas de contención, algo que parece no estar siendo advertido por el equipo del presidente.

Ningún país está preparado para una crisis sanitaria y social de semejante envergadura, sin excepciones. Ojalá en EE.UU., como en otros países que se han tomado la crisis con demasiada ligereza, se impongan pronto la cordura y el sentido común. De no ser así, y ante la predecible demora en alistarse una vacuna -única solución a la vista- la epidemia puede terminar por cobrarle al pueblo estadounidense muchas más vidas, y en menos tiempo, que todas las guerras del siglo pasado juntas. Debería reflexionar sobre ello este sheriff fuera de serie. Un país como EE.UU. no se gobierna como se administra una corporación. Eso es algo que el Señor Trump debió saber al hospedarse en la Casa Blanca.

En el caso cubano ¿qué factores influirán a favor o en contra de la propagación de la actual pandemia de coronavirus? Respuesta sujeta a múltiples variables en cualquier país, y no debe ser el nuestro la excepción. Las normas de desplazamiento que la globalización impone hace que ningún país del Siglo XXI permanezca inmune a la penetración de la plaga, pero en nuestro caso confluyen circunstancias que cualquier análisis estará obligado a tener en cuenta.

Entre las condiciones llamadas a ralentizar y/o detener el avance de esta pandemia dentro de Cuba debemos citar su Sistema Nacional de Salud unificado en todo el país, lo cual favorece una toma rápida y centralizada de decisiones a ser ejecutadas con la necesaria celeridad, así como una retroalimentación operativa de las estadísticas epidemiológicas en tiempo real. La existencia de un único Sistema de Educación pública ya posibilitó a las autoridades posponer temporalmente el curso escolar; medida bien orientada pero contra la que conspira el escaso acceso telemático del alumnado debido a nuestra limitadísima penetración de Internet.

En este sentido será igualmente esencial mantener el cierre de todas las fronteras, el estricto cumplimiento de la cuarentena en los cubanos que regresan del extranjero y la limitación al mínimo posible de los movimientos interprovinciales, todo esto potenciado por la concurrencia de un sistema político de matiz autoritario y de una población condicionada a obedecer después de seis décadas de absolutismo, lo cual debería facilitar, al menos en teoría, cualquier medida de confinamiento masivo, así como el cierre de todas las empresas que el Estado, como dueño absoluto, estime necesario.

En cuanto a los factores favorecedores de la propagación del Covid-19, el primero a citar, paradójicamente, se deriva de la que debería ser nuestra principal fortaleza, el Sistema Nacional de Salud, pero en este caso en lo tocante al deterioro atroz de su infraestructura hospitalaria, algo constatable en prácticamente todos los centros asistenciales de un país que durante seis décadas he enarbolado como bandera propagandística una “excelencia” que no es tal, debido a la desidia administrativa acumulada en todos sus niveles.

No hablo aquí de carencia de equipamiento avanzado; hablo de policlínicas y hospitales semiderruidos, hablo de consultorios improvisados en antiguos puestos del agro, cuyas condiciones, bajo otras latitudes, bastarían para clausurarlos por insalubridad, desprovistos de agua corriente, acondicionados apenas con una pintada de cal viva, mal iluminados y peor ventilados. Hablo de la escasez o falta absoluta de insumos, desde reactivos de laboratorio hasta una larguísima lista de medicamentos cuya ausencia en nuestras farmacias ya se ha vuelto endémica.

A todo esto debemos sumar la insatisfacción de un personal sanitario con múltiples frustraciones profesionales, diezmado por el constante éxodo de colegas, ya sea hacia las Misiones Médicas oficiales o bien emigrados, que somete a quienes permanecen trabajando en Cuba a una penosa sobrecarga de trabajo no retribuido, profesionales cuyo altruismo y elevadísima calidad humana -de lo cual tengo una absoluta constancia- han sido muy mal correspondidos por un sistema que los irrespeta con un salario miserable, por no hablar ya de la previsible escasez de los más básicos medios de protección, imprescindibles ante la crisis que se avecina, y que someterá al personal sanitario a una situación de riesgo desmesuradamente alta.

Es lógicamente predecible que este vulnerable sistema colapse en caso de que la situación epidemiológica se desborde, como ha sucedido en decenas de países donde ya el Covid-19 provocó, de modo global, cientos de miles de infectados y amenaza con cobrar decenas, si no cientos de miles de muertes -cientos de ellas registradas ya entre el personal médico- incluso en el primer mundo y ante sistemas sanitarios más organizados y suficientes que el nuestro.

A estas ineludibles condiciones objetivas y subjetivas de nuestra infraestructura sanitaria deben añadirse las actuales condiciones económicas y sociales del país. Atraviesa Cuba un momento muy crítico de desabastecimiento de alimentos y demás productos básicos -bautizado con eufemismo por Díaz-Canel como “período coyuntural”- sólo comparable con la etapa más triste del “período especial” bajo Fidel Castro durante los 90. Esta perenne y brutal carestía obligará al 90 % de los cubanos a someterse al muy real y altamente probable riesgo de contagio en las constantes, caóticas y tumultuosas colas para comprar desde un trozo de pollo congelado, hasta un rollo de papel higiénico o cualquier otro producto de nuestro vía crucis diario.

En un país donde hace más de 30 años no se concibe la idea de salir de compras de una vez, se presenta así este desabastecimiento generalizado como la oportunidad de oro del Covid-19 para hacer de las suyas a todo lo ancho de la isla, marcando de primero en cada cola y llevándose por delante a muchos abuelitos, sus típicos protagonistas. En un país donde predomina la economía informal y el mercado negro impone el ritmo, ese 90 % de las familias seguirá saliendo cada día para resolver su diario plato de comida, no porque esto se haya agudizado con el coronavirus, sino porque ha sido así durante los últimos 60 años.

Bajo tales circunstancias será difícil persuadir a la población sobre una certeza impuesta por la experiencia mundial: la inevitabilidad del confinamiento masivo como única medida efectiva hasta el momento para controlar la epidemia. Y todo esto en medio de la perenne y muy lamentable situación de la vivienda -hoy por hoy uno de los problemas más graves del país- que impone el hacinamiento forzoso de 3 o 4 generaciones bajo el mismo techo, algo llamado, sin duda, a incidir como factor clave de diseminación del virus.

Ya Cuba ha reportado oficialmente más de medio centenar de casos, y los modelos estadísticos pronostican para el Covid-19 un patrón de diseminación exponencial, por lo que se debe prever un rápido incremento en su incidencia durante las próximas 2 a 3 semanas, con un pico epidemiológico que nadie puede determinar aún según lo observado en países como Italia, España o Estados Unidos.

Una baja percepción de riesgo entre la población, favorecida en buena medida por el discurso trivializado de las autoridades de La Habana, conspira contra la seguridad de todos, sobre todo ahora, cuando más efectivo sería adoptar las más estrictas medidas de contención, cuando aún no se ha generalizado el incendio y puede evitarse aun que se extienda al resto del bosque. Porque si bien no se debe ser gratuitamente alarmista, mucho peor y más absurdo sería la inoportuna confianza ante un peligro inminente. Prever es la palabra de orden. Este es el momento de aplicar las medidas de confinamiento masivo, al menos en la capital del país y en cada municipio donde se confirmen casos de Covid-19. Más valdría temprano que tarde: la experiencia respalda esta estrategia como el único modo de detener el mal.


A la luz de acontecimientos recientes cobró nueva vigencia la polémica sobre si se justifica o no que las autoridades estadounidenses prohíban la presentación en sus escenarios de artistas cubanos que en algún momento hicieran guiños públicos al régimen de La Habana. ¿Es éticamente correcto, o al menos productivo para el pueblo cubano? ¿Afecta esto en algún modo a la dictadura?

Como antecedente, en octubre de 2017 el entonces Alcalde de Miami le había retirado al dúo Gente de Zona las llaves de la ciudad, una vez trascendiera que había compartido tribuna con Raúl Guillermo, nieto de Raúl Castro. El pasado noviembre supimos sobre la cancelación de las actuaciones de Haila, cantante que ha confesado ser una fervorosa admiradora de Fidel Castro, en Las Vegas y Miami, donde fue declarada persona non grata por el alcalde de esta urbe, santuario de nuestro exilio. Y como para cerrar 2019 sobre esa cuerda, por Otaola supimos de la cancelación de visado que le había aguado la navidad en Miami a Rafael Serrano, repugnante locutor del Noticiero Nacional de Cubavisión, percibido por millones de cubanos como odioso vocero del régimen cuando hace, gozoso, de heraldo de malas nuevas.

Las brazas de la polémica se atizaron aún más desde la exclusión del dúo de “La gozadera” del Concierto de fin de año en Bayfront Park. Unos días después el embajador cubano en Washington, vía Twitter, acusó a las autoridades de Miami de perpetrar con eso lo que llamó “terrorismo cultural”, lo cual -teniendo en cuenta que estos funcionarios tiene potestad ni gónadas para apartarse una coma del discurso oficial- se podría asumir como una acusación formal del Gobierno cubano.

Al parecer estamos ante un cambio más sistemático de postura de muchas autoridades norteamericanas con relación a ese timo presentado con eufemismo como “intercambio cultural”, una actitud ahora frontalmente opuesta a la política que bajo Obama autorizaba viajes de estadounidenses a la isla bajo categorías hoy vetadas de forma tajante por Trump.

Llegados a este punto ya podemos plantearnos la pregunta: ¿quién en realidad perpetra en Cuba el verdadero terrorismo cultural de Estado? Para dar con la clave en este asunto debemos retroceder hasta el principio, y entonces nos toparemos con respuestas obvias. Preguntémonos ¿quién desmanteló, desde el triunfo del 59, toda la prensa libre cubana, la coaguló en unos mamotretos propagandísticos y la censuró hasta hoy con puño de hierro? ¿Quién, en medio de aquellas “Palabras a los intelectuales” en la Biblioteca Nacional, zanjó la cuestión con la intimidatoria “…fuera de la Revolución nada…”, tras lo cual un iluminado, profético, sólo alcanzó a añadir un lapidario “…sólo sé que tengo miedo“?

¿Quién fomentó la aprensiva atmósfera que condujo al lamentabilísimo quinquenio gris -para muchos decenio- durante el cual se parametró y fustigó toda propuesta artística sospechosa de herejía, cacería de brujas en todo rigor que condujo al período cultural más mediocre de nuestra Historia? ¿Quién lapidó en público a Heberto Padilla y lanzó al basurero los talentos de Lezama, Virgilio y Reynaldo Arenas, entre muchos otros irreverentes? ¿Quién plagó en los 60 la campiña cubana profunda de granjas de trabajo forzado, émulas del más consumado estalinismo, donde se ultrajó la dignidad de mucha intelectualidad “sospechosa”?

¿Quién se ensañó desde la década de los 80 contra cientos de artistas plásticos, prohibió, censuró o clausuró cientos de exposiciones y vetó sus obras? ¿Por qué aún se le prohíbe a artistas de la talla de Arturo Sandoval o Willy Chirino, entre otras decenas de primeras figuras de nuestra música, así como a otros tantos actores y actrices, pintores, escultores y escritores actuar, presentarse, exponer o publicar dentro de su propio país? ¿Quién mantiene una larga lista negra de proscritos en cada emisora de radio y canal televisivo? ¿Quién continúa prohibiendo en Cuba la publicación de autores como Cabrera Infante, aquel mismo Arenas o Zoé Valdés, entre otros muchos excomulgados? ¿Quién acaba de castigar al popular actor Andy Vázquez por publicar una insulsa sátira (con cascabeles incluidos) contra el desastre generado por las brutales carestías durante la reinauguración del mercado habanero de Cuatro Caminos?

¿Quién recién impuso a puro timbal el Decreto-Ley 349, leonino engendro que constriñe seriamente la creación artística, así como el Decreto-Ley 373, o Ley de Cine, concebida para escamotear a ese gremio su derecho a producir, promover y comerciar el producto de su trabajo, fijar términos de contratos, fuentes de financiación y líneas temáticas, en fin, concebida como la mano negra que continuará condicionando, ya sabemos bajo qué parámetros, la producción de cine independiente en Cuba?

En fin, ¿quiénes han sido los responsables directos de perpetuar tan irreparable perjuicio a prácticamente todas las manifestaciones del arte cubano, subordinándolo todo a políticas sectarias, y han producido de este modo un daño tan profundo y sistémico a nuestra identidad cultural nacional? Sin ningún margen para la duda, el mismo dedo acusador que señaló ayer a Fidel Castro como responsable absoluto, hoy señalará a Raúl Castro, secundado a pies juntillas por el continuismo de Díaz-Canel, aunque hasta el momento sólo haya fungido como administrador de turno en la finca del tardocastrismo más ortodoxo.

Aunque para consumar su crimen la de los Castro, como toda regia dictadura, siempre ha necesitado aliados que apuntalen su discurso. Y no es que no pueda ejercer un poder de facto, como en efecto hace, sólo que siempre será más cómodo mientras algunas divas mediáticas se ofrezcan a una puesta en escena donde suspiren agradecidas a esta revolución más grande que nosotros mismos.

Muy larga es la lista de testaferros del castrismo, y no todos se especializan en trasladar millones hacia cuentas secretas y camuflar traquimañas, también tenemos a los testaferros culturales, no menos necesarios para el régimen. Estas figuras artísticas, de notoriedad variable, han aplaudido durante mucho tiempo, con inextinto entusiasmo, la praxis de los dictadores. Si bien la identidad de aquellos se mantiene en riguroso secreto por motivos obvios, sin embargo dado el carácter mediático de los segundos jamás dejan escapar ocasión para dejar pública constancia de su vocación de meretrices. Célebres los casos del patio como Wilfredo Lam, Nicolás Guillén, Fernádez Retamar, Alicia Alonso, Silvio Rodríguez, o extranjeros como Frey Betto, Oswaldo Guayasamín y García Márquez, pero aunque es mucho más larga esta lista de lo más notable, no quiere esto decir que la dictadura prescinda de la adulación de otros peones.

No, no todo se limita a las grandes ligas; también podríamos citar una larguísima lista de figurines de segunda. En esta fauna de montón situaríamos a especímenes como el pintor Cacho, cantantes como Amaury Pérez, Israel Rojas o Raúl Torres, el escritor y exministro Abel Prieto, divas de carroza al estilo de Iroel Sánchez, entre otra larga lista de despreciables que con mayor o menor indignidad fijaron su zona de confort en la alcantarilla del oportunismo.

También encontramos especímenes de cloaca tan nauseabundos como el locutor Edmundo García, una rata que ¡desde el confort de Miami! se desgasnata en loas al castrismo y cita el “bloqueo yanqui” como la causa esencial de nuestra desgracia. O casos pintorescos como Amaury Pérez, que con ¿ingenuidad o cinismo? asegura no ver contradicciones entre viajar a Miami y apoyar a la “revolución”. Amaury, el de la parabólica, que ahora defiende su derecho a visitar a su familia en Miami y se lamenta de que “algunos” se opongan todavía al “diálogo” entre ambas orillas. ¡Ah!, pero Amaury no dice que precisamente ese es un derecho que el mismo castrismo que él tan vehementemente defiende ha cohartado a millones de cubanos, de Cuba y de Miami, durante tantísimo tiempo. Por desgracia Fidel Castro nunca tuvo el don de la tolerancia, ni ese idílico concepto del cantante sobre la disidencia de ideas entre los buenos amigos.

Por todo esto el castrismo, zorruno, no ha escatimado oportunidad ni esfuerzo en cultivar su extensa red privada de serviles que pretenden avalar desde una falsa retórica a los verdugos, presentándoles como sublimes patriotas, y para colmo del cinismo, por demás, comprometidos con nuestro legado cultural. Y como al ladrón nada le cuesta, pueden los déspotas invitar a la opulencia de su mesa a lacayos que venden el alma por un plato de lentejas; a cambio les exige alguna payasada por la cual -¿acaso no lo saben?- mañana serán juzgados.

En todo esto debió pensar Israel Rojas cuando atacaba con desprecio, en pleno concierto y micrófono en mano, a “…esas condenadas Damas de Blanco“. También Silvio Rodríguez, cada vez que ha reiterado su fascinación por Fidel Castro, el culpable de todo, así como los autores de toda la panfletaria al estilo de “100 horas con Fidel”, “Absuelto por la Historia”, o “Todo el tiempo de los cedros”, que de un modo u otro apologiza a la bestia anti-Midas que todo cuanto tocó dejó transformado en mierda.

Cuesta muchísimo creer que personas con una inteligencia sobre la media, dotados de incuestionables talentos, no alcancen una lucidez mínima que les capacite para calibrar con objetividad la penuria del pueblo cubano. En su panegírico hablan como si de otro país se tratara, como si alucinaran sobre alguna realidad paralela, onírica, pero nunca sobre la Cuba real que en la calle padece. Por eso el derecho a la opinión propia es tan cuestionable en su caso, porque tales desvaríos evidencian tal desconexión con la realidad que sólo podría ser comprendida en alguien con un déficit intelectual severo, o presuponiendo una cobardía personal olímpica y un abyecto oportunismo.

Pero ser una celebridad tiene su precio. Aún siendo usted una figura pública, si lo prefiere está en todo su derecho de no meterse en política, pero en ese caso igual debería abstenerse de ostentar amistades tan despreciables como Mariela Castro, y cuidarse de no tomarse fotos en una suculenta cena junto a ella, sobre todo en este momento de masiva calamidad, o de no cantar en clubes y fiestas privadas del clan Castro y tener el sentido común de no saludar con tanto fervor desde el escenario a la cara visible de esta dictadura que tanto nos avasalla. Por eso también Haila debió meditar mejor antes de confesar abiertamente su ferviente admiración por el dictador mayor, y también Alexander, de Gente de Zona, cuando en un lapsus, supongo -¿o acaso un ictus?- negó saber quién es Willy Chirino y aseguró no conocer sobre la existencia de ningún artista cubano en el exilio.

En la circunstancia cubana actual semejantes actos dejan de ser privados y cobran la connotación pública de una confesa postura política, porque el daño que continúan provocando los patriarcas del castrismo a nuestra nación es tan incuestionable y brutal que semejantes gestos son percibidos por el cubano de a pie como la genuflexión del lamebotas, y como tal juzgados.

Y cuando hablo de consecuencias, en este caso implicó perder el mercado más jugoso para un músico cubano, con más de dos millones de emigrados y descendientes consumidores de cubatón y suscedáneos, entiéndase Miami y todo el circuito que le cuelga en infraestructura y emisoras, que pueden cerrarse a giras y contratos. Sin duda un duro golpe para cualquier músico cubano, por más que Haila aparente en la red que le resbala y niegue su interés fingiendo un desenfado, que nadie se traga, cuando asegura que para ella “…Miami es sólo una parte del mundo“. Precisamente por eso desde ahora la diva podrá presentarse, con fervor revolucionario, en cada acto convocado por el Partido Comunista de Cuba, donde le pagarán en constantes, sonantes y devaluados CUP, y así ya, plena de fidelista orgullo, no dependerá de los sucios dólares imperiales para su próximo retoque estético. El patetismo de Haila sólo da risa, y contrasta con la actitud más humilde mostrada por Gente de Zona en sus últimas declaraciones.

No es discutible el derecho de las autoridades de EE.UU. a decidir cómo emplea los recursos en sus convites públicos y a quién contrata. Al menos cuentan con el atenuante de que su dilema se plantea entre invitar o no a artistas extranjeros puntualmente a sus escenarios. Sin embargo, la dictadura cubana tiene el inexcusable agravante -y esto no en términos puntuales, sino históricos- de que por 60 años ha impuesto una sistemática censura a miles de artistas cubanos, prohibiéndoles ofrecer su arte en su propio país y ante su propio pueblo, al que ha privado de su genuino derecho a disfrutar de una estética que le pertenece auténticamente, por derecho natural, y esto sí es una verdadera cruzada contra nuestro legado espiritual y un escandaloso delito de lessa cultura.

Es la envergadura de este crimen lo que justifica plenamente a las autoridades de Miami o de cualquier otra ciudad de EE.UU. cuando proscriben a alguna figura pública que de cualquier modo secunde al castrismo en su intento de legitimarse, y así será mientras en lugar de un intercambio cultural real, cuyo sentido etimológico y ético sólo cobra sentido cuando se produce con igualdad en ambas direcciones, pretenda la desfachatada dictadura imponer un flujo unidireccional de artistas y proselitismo light hacia el norte, pero recibiendo hacia el sur sólo frescos dólares de vuelta.

Aunque toda figura artística debería, por deber ético, no mantenerse al margen del dolor de su pueblo, la práctica demuestra que talento y ética no siempre marchan de la mano. Pésele a quien le pese, todo artista que en la Cuba de hoy, mediante su potencial mediático haga gestos de aprobación y simpatía al castrismo estará obrando, lo quiera o no, como un testaferro cultural de la dictadura.

No es cierto que la cultura pueda ser separada de la política. Si así fuera ¿por qué el régimen cubano se ha mantenido tan hermético y refractario a un verdadero intercambio cultural, incluso cuando sólo se trasiegue con “cultura pura”, sin una pizca de política? Muy simple: porque tal cosa no existe. Porque el arte, cuando es genuino, tarde o temprano terminará por imponer su tremendo potencial proselitista para cambiar conciencias y elegirá, inexorablemente, de qué lado se atrinchera para defender sus verdades. Si la cultura pudiera ser separada de la política de un modo tan ingenuo Celia Cruz, Gloria Estefan, Albita, Arturo, Pitbull y Willy Chirino ya habrían puesto a temblar la Piragua. Habría que preguntarle a los patriarcas de la Plaza por qué esto nunca sucedió.

De indudable utilidad será sin duda esta valiosa lección para el pueblo cubano, que al final comprenderá que todo cuanto privó en algún momento al castrismo de fuentes directas o indirectas de financiación y propaganda, por más oculta o subliminar que esta fuera, acercó un día o un minuto más la hora de su libertad.

Deben comprender los bufones del poder que no estarán para siempre en la cresta de la ola, que la fama pasa, pero la vergüenza es para siempre, que una vez llegado su momento a la verdad, cuando la Historia emita su propio veredicto, el mundo advertirá que en aquellos retratos de Guayasamín siempre faltaba el carmín encendido que debió cubrir las garras ensangrentadas del tirano.

La detención desde el pasado 1 de octubre del opositor José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), bajo la falsa acusación de haber “secuestrado” y “apaleado” a cierto individuo, han sumido en un nuevo torbellino de críticas al régimen castrista, que como siempre insiste en que el detenido será procesado como un reo común, lo cual se ajusta a la perfección a la praxis continuista del administrador de turno en la Plaza de la Revolución.

La repercusión internacional del caso quedó evidenciada en la condena del Parlamento Europeo, que mediante Resolución votada el último 28 de noviembre solicitó al Gobierno de La Habana la liberación inmediata del líder opositor. Ya se había pronunciado en similares términos Amnistía Internacional -que solicitó al gobierno de Díaz-Canel que le permita participar en el juicio del opositor– además de relevantes personalidades, dentro y fuera del exilio cubano.

El régimen de La Habana ve con suma preocupación y mayor torpeza como estas castañas se le carbonizan al fuego, según lo prueba el asqueante reportaje lanzado la pasada semana -en vísperas de la citada Resolución del Parlamento Europeo- por el Noticiero Nacional de la Televisión Cubana donde, mediante una burda manipulación se distorsionaron hasta la náusea hechos, videos y fotos tomados a Ferrer, y se mostró como concluyente un collage de adulteraciones y mentiras montadas para presentar al detenido como un vulgar delincuente, por demás gratuitamente iracundo y violento.

Uno de los momentos de este bodrio muestra en una resolución de video bien baja -algo muy curioso e inexplicable en un país que ya cuenta con canales en alta definición- a alguien de fisonomía parecida a la de Ferrer, que en determinado momento se golpea varias veces la frente contra una mesa ante un impasible oficial, tan inofensivo y manso como una monjita en noche de pascuas. Esto presuntamente probaría, según el hilo conductor del reportaje, que toda lesión hallada sobre la anatomía de Ferrer sería autoinfligida.

En lo personal creo que, según se ha comentado en muchos sitios, quien se golpea en el manipulado reportaje no es Ferrer sino un doble cuidadosamente elegido. Lo delatan algunas gesticulaciones y sutiles matices de la voz, ambas, por demás, fácilmente adulterables mediante la tecnología digital actual. Pero aún en el presunto caso de que Ferrer se autolesionara en aquel video, habría que tener en cuenta los dos meses que lleva secuestrado por sus captores, sufriendo todo tipo de amenazas, bestiales vejaciones, torturas físicas y psicológicas extremas, y aislado en medio de una indefensión absoluta, todo lo cual, humanamente hablando, excusaría este momento de autoagresión. Obsérvese, sin embargo, que tal violencia nunca se dirige al oficial que sin duda le hostiga. Por todo esto, aun en el hipotético caso de que este video muestre a un auténtico Ferrer que exasperado se autogolpea, en nada le demeritaría.

Que estamos ante uno más de los múltiples casos construidos por la dictadura, típico de su modus operandi y donde miente escandalosamente, fue demostrado por quienes investigaron con paciencia este vulgar montaje de los sicarios de la 21. Es tal el descrédito que ya merecen los gobernantes cubanos, tal el grado de impudor mostrado durante más de medio siglo, tan vulgares, reincidentes e inescrupulosos han sido en sus mentiras que hace mucho tiempo no les creo una palabra. Ni certezas tan definitivas como la redondez de la Tierra me suenan a verdad si las escucho en ese noticiero que ahora intenta linchar a Ferrer.

El simple hecho de que un reportaje de alcance nacional destacara la identidad de Ferrer con pelos y señales -algo meticulosamente evitado por las autoridades durante seis décadas para privar de visibilidad a sus opositores- no hace más que denunciar un alto grado de desesperación. Aunque este disparo podría terminar saliendo por la culata de la dictadura. Tal como están las cosas podría obrar con doble filo y lograr exactamente lo contrario a lo que se propone: en lugar de aniquilar a Ferrer podría terminar dándole una inusitada relevancia hacia el interior del país.

Pero nunca deja de indignar la impudicia del lance. En lo personal siempre preferiré enfrentarme a un déspota antes que a un cínico. Al menos aquel, a pesar de su arrogante prepotencia -o justamente por eso- tiene el valor de presentar con claridad las reglas del juego: ¡esto será así por mis cojones, y ya está! Sin embargo el cinismo tiene como agravante la cobardía: es el tipo que no se atreve a mostrarse en todo lo arrogante y avasallador que es -en lo cual no secunda en absoluto al déspota- sino que además ofende tu inteligencia cuando pretende que le creas esa estupidez que te escupe al rostro.

Este es el caso de los esbirros de la policía política cubana cuando visten de civil en sus impunes operativos para no dar la cara ¡por pendejos!, es el caso del clásico dueto Partido Comunista-Seguridad del Estado, cuando organiza los mítines de repudio y las palizas públicas contra opositores pacíficos -donde nunca falta el reglamentario cordón de seguridad de la PNR aderezado con algún que otro represor en uniforme oficial, montado para “humanamente” proteger a la escoria apaleada de la furia del pueblo enardecido que “espontáneamente” defiende su revolución- así como también es el tipo de cinismo que en este caso Ferrer nos ocupa.

Se aferra otra vez la dictadura, en su naufragio, a la misma tabla de siempre: todo aquel que disienta del rebaño no es más que un mierda, un lumpen desechable, un mercenario pagado por la CIA y el Gobierno de USA. Pero este sobresocorrido truco, por reiterativo, ya les hace agua y sufre de un irreparable desgaste, por eso hoy se lo tragan únicamente los trasnochados más irreductibles.

Pero una mentira repetida mil veces nunca será más que eso, una mentira mil veces repetida, y ya hay una evidencia aquí que no se puede sepultar: José Daniel Ferrer, más allá de las simpatías que genere o no dentro o fuera de Cuba, tiene el innegable mérito de haber cohesionado la organización opositora más extensa, activa, y que ha mantenido una resistencia cívica más visible, sistemática y constante frente a la dictadura castrista durante las últimas dos décadas, y lo ha hecho contra viento y marea, desde el civismo, sin métodos violentos y mostrando un valor a toda prueba. Esta es, a pesar de la pataleta de los gorilas y sus asqueantes embustes, una verdad que ya no pueden revertir los represores de La Habana.

Ver Yusnaby Pérez: Desenmascarado el video de la Televisión Cubana sobre José Daniel Ferrer en 8 minutos.

Ver Univista TV: Hermano de José Daniel Ferrer desmiente videomontaje de la TV cubana.

No, Señor Administrador, Cuba no necesita hacer las paces con los Estados Unidos de Norteamérica para salir adelante, porque el futuro de este país no puede ser supeditado a la relación con ningún gobierno extranjero, sino que pasa por mantener una relación fluida e interactiva con la mayor cantidad posible de socios comerciales, mediante una economía dinámica genuinamente abierta al mundo, y en lo político tan independiente como naturalmente lo sugiere su condición de archipiélago, al margen de cualquier subordinación o chantaje.

Tal vez al pronunciar esta sentencia en su subconsciente reverberaban largas décadas bajo una dependencia absoluta de economías foráneas –llámese hoy chavomadurismo venezolano, como ayer estalinismo soviético– durante las cuales la naturaleza satelital inherente al régimen de La Habana hilvanó una ininterrumpida línea de parasitismo, sin la cual el engendro cubano habría colapsado en pocos años hundido por la indiscutible mediocridad de su arquitecto en jefe.

Sin embargo Cuba no necesita a pesar de todo, ni necesitará Señor, que la dictadura que Usted hoy regenta normalice sus relaciones con Estados Unidos. Cuba sólo precisa, y esto sí ingentemente, que quienes de un modo tan brutal la desgobiernan decidan normalizar las relaciones con su propio pueblo, y para ello no será necesario mirar al norte en busca de concertaciones con Washington, ni al sur para rapiñar el petróleo de Caracas; como tampoco al oeste remoto de Mao, ni al este postperestroiko de los nuevos zares. A Cuba le bastaría, para salir del abismo, con gozar de un pleno Estado de Derecho.

Bajo un auténtico Estado de Derecho los cubanos podrían agruparse bajo diferentes partidos, que desde su pluralidad propondrían disímiles salidas a los gravísimos problemas generados por la anquilosis de los octogenarios históricos, y podrían fundirse sobre bases sólidas los pilares de una democracia participativa. Esto generaría una pujante sociedad civil que conminaría a sus gobernantes a rendir cuentas por sus actos con seriedad y no como hasta ahora, erigidos en juez y parte. Pero como esto sería poco probable en términos prácticos, aquí le ofrezco, Señor Administrador, otra salida que como verá no implica la renuncia de su Gobierno, sino que sólo mejoraría el nivel de vida de mi pueblo.

Para esto bastaría con liberar el mercado interno, crear las condiciones legales que generen un clima contractual de confianza entre productores de todo tipo y de garantía para el fruto de sus esfuerzos; otorgar a todos estos productores y empresas privadas y familiares la necesaria personalidad jurídica que les permita gestionar con autonomía real su propio mercadeo dentro y fuera de Cuba, sin las interferencias que hasta hoy la atenazan, así como crear un sistema fiscal que garantice una tributación justa, universal y organizada de la cual nadie estaría exento.

Se debe autorizar y estimular sin cortapisas, e incluso priorizar sobre todas las demás, una inversión a gran escala de nuestros emigrados, algo completamente coherente con su derecho natural como cubanos, aunque también se debe abrir el país sin temor -previo rediseño del marco legal y siempre velando por los intereses de la nación- a la imprescindible inversión extranjera, pero sobre bases realistas y no bajo las leoninas reglas impuestas bajo la actual Ley 118.

Bajo normas sociales más civilizadas cualquier individuo, haciendo uso de una libertad de opinión real, podría denunciar cualquier abuso ante una prensa libre o iniciar un debido proceso judicial contra cualquier autoridad que transgreda sus derechos. Todo esto crearía condiciones idóneas para que en poco tiempo prospere nuestra mediana y gran empresa privada, tras lo cual en pocos años, nadie lo dude, se dispararían nuestros índices de desarrollo para bien de todos, y no para beneficio exclusivo de una rancia casta de neoburgueses. Pero esta nueva Cuba no florecerá mientras no cedan terreno los déspotas que hoy controlan los resortes del poder político, quienes perpetúan una autocracia cristalizada según el esquema mental del caracterópata que hace 60 años traicionó al pueblo, y esto, Señor, es un paso al cual no están dispuestos los dueños del garito.

Tal como se presenta la coyuntura, cualquier solución verdadera al problema cubano debe incluir que esa nomenclatura histórica que aún lastra nuestro avance abdique definitivamente de sus funciones y se dedique mejor a criar jutías, cediendo paso a un gobierno renovado sinceramente reformista, que piense en grande como país y no como secta política.

Por eso puede Usted, Señor Administrador, comenzar por pedirle a sus patrones que de una vez por todas se aparten del camino de este pueblo que los detesta, y verá como en el transcurso de una sola generación el nuestro se convertiría en un país irreconocible, de economía próspera y pujante, porque muy grandes son nuestras ansias de libertad, limitadas no tanto por el embargo que desde afuera se granjeara el discurso litigante de Fidel Castro, como por el bloqueo interno que Usted recién acaba de reconocer como quien descubre el agua fría.

Aunque, por abreviar, bastaría que su gobierno, Señor Administrador, ratificara los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que por camaleónica cobardía engavetara Raúl Castro una vez firmados hace más de una década, lo cual implicaría, por supuesto, su obligatorio carácter vinculante con la Ley vigente, de modo que tomen cause efectivo para millones de cubanos todos esos humanos derechos.

Señor Administrador, cuando dejemos de ver fantasmas detrás de cada cepa de plátanos otro gallo cantará. ¡Apartemos a los dictadores y veríamos con orgullo como el mundo hablaría en pocos años del milagro cubano! Pero que esto suceda nunca dependerá de normalizar relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, sino de la exacta medida en que el Gobierno tardocastrista que hoy Usted tan dócilmente gestiona abandone su praxis de matón de barrio, deje de comportarse como un Estado policial totalitario y decida coexistir en paz con su propio pueblo.

En fin, y dicho en menos palabras, comience por replantear desde los cimientos toda la estrategia política y económica del país para romper con este inmovilismo atroz y propicie condiciones que permitan emprender entre todos los hijos de la patria, desde dentro y fuera de la isla y sin distinción de credos, el impostergable camino hacia el desarrollo de la nación cubana.

En días recientes se “oficializó” la postura del gobierno cubano con relación al uso de las redes sociales y sitios digitales en nuestro país. A partir de este momento las autoridades de La Habana decidieron regular aún más la actividad en estos espacios mediante una legislación que sanciona a todo aquel que, según criterios oficiales, desde redes sociales o sitios digitales pretenda “…difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas…“, y de igual modo prohíbe la administración de todo sitio cuyo servidor primario opere fuera de Cuba bajo pena de multa de hasta 1000 CUP.

Ya antes habían trascendido las polémicas medidas anunciadas por el Ministerio de Comunicaciones para “autorizar” –léase en realidad limitar y controlar– SNet, la extensa red offline que durante años ha operado clandestinamente en Cuba, limitando la potencia de sus equipos a un máximo autorizado de 100 milivatios, lo cual en la práctica implicaría su eventual colapso. Si a aquella le sumamos ahora esta nueva prohibición de emitir libremente contenidos “…contrarios al interés social…” –uno de esos sacos donde cualquiera y cualquier cosa caben– desde redes públicas, entonces ya vislumbramos mejor la mano peluda detrás de la cuna.

Estas medidas denuncian el evidente terror que despierta en el régimen cubano el poder de movilización y denuncia de estas redes, y evidencia a las claras por qué hasta hoy ha hecho, y continuará haciendo todo cuanto esté a su alcance para retrasar cuanto le sea posible la penetración de Internet en nuestro país, y esto únicamente a cuentagotas, dando por descontada la más estricta censura, manteniendo un sistemático espionaje doméstico y de cuanto dato entre o salga de Cuba; y todo a expensas de precios prohibitivos para el común de los cubanos.

Aunque los oligarcas de La Habana le temen a una potencial versión tropical de la primavera árabe, sin duda advierten que un modelo de control cibernético a la norcoreana sería algo demasiado burdo en nuestro contexto, pues resultaría perturbador en exceso para un turismo en evidente desaceleración y perpetuaría incómodas algaradas en muchos foros físicos y virtuales. Por eso los chicos de la Plaza han optado por una estrategia de contención alternativa, menos escandalosa, pero sobre el terreno casi tan eficaz como aquellas.

Con esta variante elegida la dictadura castrista se decanta por la mixtura que conjuga, en dosis variables según la necesidad táctica, un totalitarismo al estilo de Beijing y una praxis estalinista, para nada extinta, con el inequívoco sello de la KGB: entiéndase la censura sistemática de contestatarios y la movilización perpetua de legiones de trolls, hábilmente combinadas con la represión física contra activistas disidentes y la prensa independiente, así como la aplicación de leyes que castiguen con severidad “delitos” que lo son sólo por cuanto hacen valer derechos vetados por un Estado policial.

Y aunque hasta ahora las potencialidades de las redes sociales en Cuba no hicieron más que insinuarse, ya con esto bastó para que algún cagalitroso accionara el botón de pánico en el retrógrado Buró Político del Comité Central y las frías oficinas de su despreciable policía política, sin duda donde mejor calibran la situación, porque es donde mejor informados están sobre la frustración generalizada que en la calle se respira y la magnitud real del odio que en el pueblo cubano inspiran quienes lo avasallan y desgobiernan.

Sin embargo hasta el momento apenas asistimos a las habituales denuncias de allanamientos arbitrarios y constantes arrestos de corta duración, al aluvión inmisericorde de burlas contra el General Jutía Fría chochando con el avestruz, o a la indiscutible tendencia impuesta bajo la etiqueta #BajenLosPreciosDeInternet que ha denunciado reiteradamente las abusivas políticas del monopolio ETECSA, entre otras nimiedades.

Aunque las consecuencias no han sido siempre virtuales: también fuimos testigos de cómo el pasado 12 de mayo las redes sociales fueron determinantes en la irreverente movilización de la comunidad LGBTI habanera que desembocó en una escandalosa, y bien física, operación represiva organizada por la Seguridad del Estado en el Paseo del Prado, y esto… ya huele a quema´o. Al parecer se le colmó la copa a un poder para nada dispuesto a tolerar discrepancias, ni físicas ni virtuales.

Varias señales evidencian que la dictadura cubana sigue atrincherada en los 60: la reciente imposición del Decreto Ley 349 que, aún atemperado, coarta seriamente la libertad creativa, o la enmienda impuesta en la recién aprobada Ley de Cine de que será la mano peluda quien a fin de cuentas otorgará dichas licencias. Aunque toda esa intransigencia podría encontrarse mejor sintetizada en la penosa arenga del administrador Díaz-Canel en vísperas del Congreso de la UNEAC –copia casi al carbón de las célebres “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro– percibida por muchos como una velada amenaza.

Aunque en realidad lo que se avecina ya ha sido practicado antes por el régimen y ampliamente conocido y sufrido por la disidencia. Aquí lo único nuevo es el anuncio oficial, y como este sitio opera desde WordPress, plataforma cuyos servidores por supuesto no están en Cuba, no pude evitar darme también por aludido, después de lo cual queda poco por agregar.

Por eso serán breves mis palabras finales, que espero comprenda bien cada ciberclaria y cada represor: este humilde blog es territorio de pensamiento libre, donde ejerzo mi humano derecho de opinar según sinceras convicciones, y ningún tirano tiene sobre él potestad alguna. Este sitio permanecerá abierto y activo mientras en mi patria continúe rigiendo un poder de facto que violente los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de mi pueblo.

Hoy vivo temporalmente fuera de Cuba, pero si a mi definitivo regreso todavía rigiera esta leonina regulación no me supeditaría a ella, y cada palabra aquí dicha sería mantenida contra todas las banderas. Quien administra Ciudadano Cero está dispuesto a defender su derecho a la libre opinión, desde cualquier lugar y hasta las últimas consecuencias.

Ah!… dicho sea de paso: yo, como José Daniel Ferrer, tampoco pagaré multas.

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