“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Balseros cubanos

Por Jeovany Jimenez Vega.

No hay que ser demasiado inquisitivo para advertir la devastación en que ha quedado sumida Cuba después de medio siglo de dictadura. Cualquier observador atento que dirija la mirada a los indicadores sociales o económicos advertirá rápidamente el desastre. Incluso detrás de los presuntos logros en Salud Pública y Educación de que hace ostentación el régimen se advierte, cuando se mira con detenimiento a la parte más íntima del drama, los dolorosos niveles de decepción y la altísima frustración personal que detentan maestros y pedagogos, médicos, estomatólogos o enfermeras cuando se sinceran sobre sus salarios miserables, y las interminables privaciones a que se han visto sometidos durante todo este tiempo junto a sus familias, algo que deslustra definitivamente aquellos méritos a medias.

Pero entre todos hay un indicador ilustrativo como pocos de la gravedad y el alcance real del megadesastre: el éxodo interminable de la juventud cubana, que lejos de mitigarse con las “reformas” instrumentadas por Raúl Castro, se ha incrementado durante los últimos años, pero sobre todo después del penúltimo 17/12 con el inicio del deshielo Cuba-Estados Unidos, un fenómeno que ha sobrepasado durante el último año todos los records históricos –incluidas las crisis migratorias de Mariel/1980 y la Crisis de los Balseros/1994– y ha alcanzado su clímax con la actual crisis migratoria centroamericana, aún en fase de resolución.

Cierto que la emigración es un fenómeno global, debido a causas tan múltiples y complejas como las sociedades que las generan, pero a diferencia de decenas de países con situaciones más o menos comparables al nuestro en términos estadísticos, Cuba sí cuenta con las condiciones y el potencial humano capaz de devolverle la vitalidad económica a corto o mediano plazo, sólo que entre su pueblo y su postergada prosperidad se interpone, a diferencia de otros países, únicamente la nefasta voluntad política de un grupo de octogenarios retrógrados opuestos a cualquier cambio en las reglas del juego.

En el caso cubano esta huida masiva es apenas sintomática de la profundísima y sistémica crisis atravesada por su sociedad –sin duda la más dramática de su Historia– y se constituye en sí misma como un escandaloso plebiscito revocatorio, como la evidencia definitiva y prueba sumaria de que esa parte imprescindible del pueblo cubano, su juventud, hace mucho tiempo dejó de creer en el cuento de hadas del hombre nuevo, y si aquí juventud es prácticamente sinónimo de futuro, entonces cabe concluirse que bajo esta dictadura el pueblo de Cuba hoy vislumbra su porvenir bien negro, ni más ni menos… y con pespuntes grises.

En medio de esta dinámica ha sido el deporte uno de los sectores en que más infaustos matices ha alcanzado el fenómeno. La reciente deserción de los hermanos Gourriel durante el último torneo de la Serie del Caribe ha sido el último y un muy sonado ejemplo, pero no es sino uno más de la larga estela de atletas que prefirieron no esperar por el resultado de los interminables caprichos erráticos gestados en los testículos del General-Presidente y han apostado por labrar su propio camino fuera de Cuba.

Pero si a la larguísima lista de deportistas y figuras de todas las manifestaciones del arte se suma la de los profesionales de todas las ramas técnicas, entendidas aquí cada ingeniería, los abogados, licenciados y técnicos medios de todo tipo, especialistas en ciencias pedagógicas, investigadores, y por supuesto los miles de profesionales de la Salud Pública que han emigrado de las más disímiles maneras a los largo de las últimas décadas, se podrá tener una idea aproximada de la magnitud de esta incalculable sangría de talento sufrida por la nación cubana debido a la obcecación de un grupo de tiranos que se arrogan el poder en detrimento del bienestar de su pueblo.

Si digo una idea aproximada es porque a estos que lograron huir habría que añadir otros tantos miles –muchísimos más posiblemente– que consideran esta evasión como su única salida, su destino en la vida, pero que por una u otra razón sencillamente no han podido lograrlo. De cierto modo este sector de la juventud cubana también partió, pues arrastra una carga tan pesada de indolencia social y escepticismo que habitualmente no se enrola ya, dada su absoluta carencia de expectativas, en ningún proyecto generador de prosperidad ni cambios para su comunidad: estamos ante una juventud sin alas, apagada por las circunstancias, que se considera atrapada en una prisión bajo las botas sucias del despotismo, incapaz de jugar el rol emprendedor a que debiera estar destinada, al menos de momento.

Si bien el fenómeno migratorio cubano se ha extendido a todos los grupos etarios y estratos sociales, es sin embargo el éxodo de esta juventud lo que más debe preocupar a todos, pues siempre será ella la base que lógicamente sustente el futuro de un país. En su conjunto, estos cientos de miles de emigrados constituyen una enorme potencialidad ahora prácticamente perdida para la patria, y así continuará sucediendo mientras los déspotas que enrarecen nuestro horizonte no se aparten del camino.

Wi-fi GuayaquilImagen: Cortesía del fotógrafo Julio R. B.                                                                                                                                                   Por Jeovany Gimenez Vega.

Un fantasma recorre Cuba: el fantasma de la Internet. Todas las fuerzas de la vieja guardia se han unido en santa cruzada contra ese fantasma: los Castro y el censor Ramiro Valdés, antes el Furry Colomé Ibarra y ahora Fernández Gondín, los radicales comunistas y todos los polizontes del oportunismo… Así podría comenzar el Manifiesto de la Internet para el pueblo cubano, colocado frente a un horizonte tan lejano como huidizo en todo lo concerniente a su conexión con el mundo exterior.

Andando por cualquier parque de Guayaquil, en todas las paradas de la Metro, en muchas cafeterías y tiendas y en todos los mall, cuando encuentro a cada paso anuncios de señal Wi-fi gratis en cada esquina, vuela mi pensamiento hasta mi islita cercada. La censura de la Internet en Cuba es un tema tan llevado y traído que ya apesta. La archidemostrada reticencia del Gobierno cubano a ceder una pizca de terreno en su monopolio de la información ha terminado colocando a nuestro país al final de la lista de índice de conectividad en todo el continente americano y en el selecto grupo de rezagada a nivel mundial.

Traigo nuevamente la trillada cuestión a esta página ante la noticia de que representantes de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos se han sentado a conversar sobre el tema en días recientes, como parte de la distención propiciada desde el penúltimo 17/12 por la administración Obama y aceptadas por Raúl Castro sólo porque el barco de Maduro hace rato sumergió su línea de flotación. Pero nada nuevo escuchó, con toda certeza, la parte norteamericana en la cita: que si el “bloqueo” impide la financiación de cualquier proyecto de ampliación de la infraestructura, que si sería preciso democratizar la administración de la red global, que si la ciberseguridad, que si las tormentas solares o los anillos de Saturno; cualquier excusa cuenta para los censores a la hora de postergar nuestro derecho a acceder incondicionalmente a la autopista mundial.

Seguramente nada mencionó la parte cubana en esa reunión acerca de las ¾ partes de la potencialidad del cable submarino venezolano dejadas sin explotar deliberadamente durante casi una década, y disimuló o evadió cuanto pudo cualquier alusión a las propuestas concretas hechas en más de una ocasión por empresas norteamericanas para hacer inversiones en la isla, que a corto plazo harían asequible el servicio de Internet para el cubano de a pie y mejorarían ostensiblemente el servicio de telefonía en la isla.

Ante cada salida propuesta por Estados Unidos o cualquier otro país en el asunto la parte cubana ha seguido hasta ahora su estrategia de siempre: encontrar un problema para cada solución. En este escabroso punto la dictadura tiene la mirada fija en su único propósito: mantener a toda costa, hasta su último aliento, el control más férreo y absolutamente posible de la información, por eso cualquier propuesta norteamericana chocará frontalmente contra este interés primordial, pues la dictadura sabe que la censura es para ella un asunto vital.

Cuando ando por las avenidas de Guayaquil y veo a cada paso los anuncios de señal Wi-fi gratis ofrecidas por la alcaldía de la ciudad, así como los carteles que desde cualquier cyber invitan al servicio de Internet, a una cómoda velocidad y sin restricciones, a ¡$1.00 USD por 3 horas de conexión! y veo en cada tejado una antena parabólica o la entrada de un coaxial, no puedo menos que contrastar esta realidad con la cínica política del Gobierno cubano y su monopolio ETECSA de “liberar” el servicio Wi-fi en puntos seleccionados a cuentagotas, y que tienen todos algo en común: allí usted pagará $2.00 CUC (más de $2.00 USD) por cada hora de lentísima conexión –en un país con salario promedio entre 15 y 20 USD mensuales. Usted escogerá si se conecta desde una sala de navegación, bajo la intemperie en un parque o “acomodado” bajo el sol en una acera, pero nunca lo hará desde su hogar –pues tal servicio sólo está disponible para los acólitos del régimen– y siempre será previa identificación e ingreso de sus datos personales. Además usted debe saber que cada click o tecla que pulse o cada sitio que visite serán espiados, y encontrará que todos los sitios incómodos al gobierno han sido celosamente censurados.

Por mi parte, más allá de que Ciudadano Cero esté o no reprobado en Cuba –no he tenido ocasión de probar el “flamante” servicio Wi-fi o las salas de navegación de ETECSA– sí nunca le perdonaré a los sátrapas de La Habana que por sus cojones me hayan vetado algo tan simple como una videoconferencia con mis hijos; esto es algo que duele y ofende, y convierte mi conflicto con la dictadura en algo personal. Para la alta política, sin embargo, queda una insoslayable evidencia a tener en cuenta, que es la causa esencial y última del problema: ese terror incontenible y absoluto de la dictadura cubana a las verdades insumisas vertidas en la red y que les oculta al pueblo cubano porque de ello depende la perpetuación en el poder de los déspotas que le desgobiernan. Así de simple es el dilema de la dictadura cubana ante esta “amenaza” que le quita el sueño.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Como regalo de fin de año del Gobierno cubano, a partir del pasado 7 de diciembre los médicos especialistas activos en el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) que deseen viajar definitiva o temporalmente al extranjero están obligados a solicitar nuevamente la “liberación” de su Ministro, quien tendrá la potestad de retenerlo hasta por cinco años antes de otorgar la autorización para su salida del país por motivos personales.

Como se recordará, con la entrada en vigor de la nueva Ley Migratoria, en enero de 2013, se autorizó también los viajes al extranjero por asuntos personales de los médicos y personal técnico subordinado al MINSAP, tras lo cual se produjo transcurridos pocos meses una salida prácticamente masiva de personal especializado mediante contrataciones individuales en otros países. La suma de esta reciente avalancha, unida a los más de 40000 médicos desperdigados en Misiones Médicas oficiales en más de 60 países –por cuyo trabajo el Gobierno cubano sí cobra entre 8000 y 10000 millones de dólares anuales– terminó por comprometer seriamente la atención a la población, y fue en este contexto que el Gobierno cubano anunció hace dos semanas que el MINSAP ha decidido retornar a su anterior política de retener a sus especialistas –excepto los de Medicina General Integral– y residentes de último año.

Por supuesto, el Gobierno cubano adjudica la causa del éxodo actual al Cuban Medical Professional Parole Program (CMPP), instrumentado por el gobierno de W. Bush en 2006 para amparar a los médicos desertores de Misiones Oficiales, y a la Ley de Ajuste Cubano, pero nada menciona sobre la verdadera causa que promueve la salida de esos miles de profesionales de su país, a saber, las pésimas condiciones de vida y trabajo a que permanecemos sometidos en Cuba, la persistente desatención de nuestras demandas y necesidades, la consecuente falta de expectativas profesionales, la profunda frustración que en lo personal todo esto genera y la certeza de que no existe la voluntad política del gobierno para resolver, o siquiera mitigar remotamente este lúgubre panorama que corroyó definitivamente la fe de nuestro profesional en sus autoridades.

Según el enfoque oficial este desastre se debe a los miles de médicos que se han amparado hasta 2015 en el CMPP y a aquellos que decidimos trabajar en el extranjero bajo contratación individual, y nunca a los más de 40000 que, de forma “programada”, son salvajemente explotados por su gobierno en las Misiones Médicas oficiales. O sea que al MINSAP lo que le molesta –como si existiera alguna diferencia en el vacío dejado por unos o por otros– es que salgamos por nuestra cuenta y no a través de su moledora, que algunos hayamos decidido rotundamente no dejarnos explotar por la dictadura que atropella nuestros derechos.

¿Qué le propondría al Gobierno cubano y al MINSAP como solución a corto plazo? Pues muy simple: que haga retornar a Cuba a esa mayoría absoluta de médicos generales y especialistas que mantiene bajo su régimen de explotación capitalista alrededor del mundo –el retorno de sólo un tercio del total implicaría en términos prácticos unos 15000 médicos– y así se resolvería inmediatamente la situación asistencial actual; que deje de enfocar el asunto como culpa de otros cuando es tan evidente que la causa esencial del éxodo es la profunda insatisfacción de nuestras necesidades más básicas; que deje de culpar implícitamente a quienes salimos del país por contrataciones individuales de una tendencia que hace años se veía venir, pues somos definitivamente la minoría en términos estadísticos y no se nos debe señalar como causantes de un desastre que nos antecedió; que se produzca una mejoría sustancial y consistente en la atención a nuestro sector en general, y en particular a los especialistas que hoy retiene por la fuerza –un buen comienzo sería el aumento salarial de $5000.00 CUP lanzado como rumor, y nunca concretado en la práctica– junto a la derogación inmediata de esta nueva política ministerial, así como derogando también la ominosa práctica de prohibir el retorno a su propio país durante ¡ocho años! de miles de profesionales –no sólo médicos, por cierto– que han desertado de misiones de trabajo en el extranjero, degradante prohibición que se mantiene vigente hasta hoy.

En tal sentido el régimen de La Habana tiene una enorme cantera de potenciales reemplazos en los más de 30000 profesionales que han mantenido hasta ahora la Misión Médica cubana en el latifundio de Caracas sosteniendo su escandalosa megaoperación internacional de lavado de dinero. En caso de que se pudra Maduro –y esto ya parece un hecho consumado con el pueblo y el parlamento en contra– el retorno a casa de decenas de miles de médicos ya se puede ir dando por sentado, y esto convertiría el giro de política actual en algo prácticamente innecesario en términos asistenciales.

Pero por ahora asistiremos a un aumento de las deserciones desde todas las Misiones Médicas oficiales, pues se ha dejado esa única puerta abierta a aquellos profesionales en activo que desean salir del país a título personal. Sin embargo de compulsar estas deserciones no se encargará ningún programa extranjero, sino las propias autoridades del MINSAP que coordinan estas misiones, manteniendo su proyección habitualmente despótica hacia esos trabajadores. No puede suceder de otro modo cuando estos profesionales permanecen fuera de Cuba en condiciones tan precarias, en medio de una permanente inseguridad, pugnando contra la hostilidad de la población y los galenos nativos –entre los que despiertan generalmente aversión y rechazo– y sometidos a todo tipo de humillantes vejaciones, chantajes y amenazas de deportación a Cuba ante cualquier desviación de las reglas férreamente dictadas por una odiada Seguridad del Estado que les custodia como la sombra al cuerpo.

Menudo regalo nos ha deparado el MINSAP para esta navidad, pero ya nada nos sorprende en un país sin leyes que se respeten, gobernado mediante decreto por una élite incapaz de sostener su palabra y que todo lo resuelve según la lógica simplista del porrazo. Era algo que se venía venir, una sospecha sustentada en la antológica tradición del régimen castrista de resolverlo todo a los trancazos, pues sencillamente no saben, no quieren y no pueden hacerlo de otro modo. Pero toma el rábano por las hojas quien intenta resolver un mal sin atacar su causa, y este dictado refrito también fracasará en su patético intento de solucionar el problema asistencial en el área de salud.

¿Qué lecciones debemos extraer ya en los umbrales de 2016 de este retorno a tan ultrajante política? Pues muy simple: este botón de muestra es un preludio de la potenciales contraórdenes que lanzaría el régimen cubano una vez que se haya hecho con el premio gordo, porque un gobierno que se retracta con tal ligereza ¿no borraría de un plumazo todos los presuntos “avances” en su tímida concesión de “libertades” una vez levantados el embargo estadounidense y la Posición Común Europea? ¿No sería entonces capaz la zorruna dictadura cubana de plantearse un retorno inescrupuloso y oportunista al hermetismo prosoviético de los 80?  Voluntad política para esto ha demostrado con creces, como lo evidencia este retroceso, tan grotesco y brutal como develador de la naturaleza real de quienes hoy presumen de cambios para engañar al mundo.

Cumple 5 años Ciudadano Cero.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Ciudadano Cero cumple 5 años. Nacida el 13 de diciembre de 2010, esta bitácora se planteó entonces dar a conocer ante la opinión pública una lucha que había comenzado 4 años antes debido a una injusta sanción impuesta contra quien escribe y un amigo, que nos inhabilitaba desde 2006 para el ejercicio de la Medicina en Cuba.

Un día como hoy me invita a reflexionar sobre la trascendental importancia cobrada durante los últimos años por la blogosfera alternativa cubana en la difusión de la verdad sobre nuestro país. Pero esta trascendencia se debe en gran medida al silenciamiento a que es sistemáticamente sometida la prensa oficial cubana en todas sus variantes –podríamos asegurar que sin excepción– por un régimen totalitario que continúa teniendo la libertad de pensamiento como sinónimo de apocalipsis.

Hoy por hoy quien pretenda un acercamiento a la realidad cubana muy poco tendría que buscar en publicaciones oficiales si desea que este acercamiento sea serio y objetivo. Podríamos asegurar que la mayor parte del mejor periodismo en Cuba o sobre Cuba se ha publicado durante los últimos años en sitios alternativos al poder. Ahí están, para demostrarlo, Café Fuerte, Diario de Cuba, Convivencia, Cubanet, Primavera Digital, Penúltimos Días y Cubaencuentro, entre otras muchas páginas antológicas de obligada visita para aquel que se proponga un contacto con la convulsa realidad cubana.

Aunque esto no implica que todo sitio goce de la misma seriedad, ni que el mero hecho de ser opositor, o más o menos contestatario, le garantice necesariamente una preconcebida calidad. Es la blogosfera alternativa cubana un conglomerado heterogéneo de sitios, blogs y portales, tan disímiles y variopintos como la compleja sociedad que reflejan, y ha tenido que forjarse, eso sí, bajo un intenso fuego, bregando contra una dictadura para la cual el término “Internet” continúa siendo una mala palabra.

En este punto no puedo menos que pensar en la prosa contundente de Mirian Celaya; en el rigor histórico de las publicaciones de Dimas Castellano o José Gabriel Barrenechea, entre otros; en el profesionalismo y olfato periodístico de Reynaldo Escobar; en el estilo siempre ligero y coloquial, a pesar de su “mala letra”, de Regina Coyula; en los elevados preceptos éticos de Dagoberto Valdés y en el profundo desvelo por la legalidad de Wilfredo Vallín o Laritza Diversent; en la poética conceptual y purificada estética visual ofrecida por Orlando Luis Pardo; en la posición vertical de Pedro Campos; en la firmeza de Antonio Rodiles desde su “Estado de Sats”, o en propuestas más recientes como Somos +, de Eliecer Ávila, y en el muy personal estilo en ascenso de Yoanis Sánchez, devenida en una especie de hermana mayor de muchos bloggers de la isla por su condición de pionera, y sin dudas nuestra referencia más visible, que evolucionó exitosamente desde su “Generación Y” –la cual llegó a ser la página en Español más visitada del mundo– hacia su actual diario digital 14yMedio, que ha alcanzado en un tiempo sorprendentemente corto un sólido poder mediático y una indiscutible madurez.

Muchos nombres más expandirían esta lista, pero hasta aquí se ilustra la fibra de un fenómeno sumamente interesante, que deberá tenerse en cuenta cuando se vaya a escribir sobre este período de Historia, y sin cuyo devenir hubieran pasado desapercibidos para el mundo miles de atropellos perpetrados por la dictadura cubana. Es la denuncia de estos constantes abusos lo que nutre a la blogosfera alternativa dentro y fuera de la isla y esa al parecer será, mientras la dictadura no modifique su psicología, una cantera inagotable de motivos que le auguran a los bloggers opositores y disidentes cubanos un vasto material de trabajo futuro.

En este pool de páginas se inscribió hace 5 años Ciudadano Cero; ha sido un buen compañero de viaje, con sus altas y sus bajas, y hasta con momentos de involuntarias pausas. Desde este humilde rincón he intentado llamar la atención sobre temas diversos y puesto el dedo sobre más de una llaga, aunque siempre con la intención de optar por una Cuba mejor y más habitable, soñando siempre con la patria del futuro donde cabremos todos con tolerancia y respeto. Por sus páginas han discurrido variados temas, se han publicado posts de esos que eclosionan de pronto y se escriben de una sola sentada, otros que se escriben en una semana y aún aquellos que se cavilan durante meses y toman forma poco a poco, como postura que germina, dada la complejidad de su tema.

Si en este blog he tratado de cuidar la redacción hasta donde pude, si tuve o no acierto en el estilo, si he logrado un ritmo cómodo o giros afortunados, y si han sido más o menos elocuentes mis palabras, eso poco me preocupa. Este sitio no opta por premios en concursos literarios, y aunque me subyuga la máxima martiana de que la verdad llega más lejos si se le escribe bellamente, lo primordial aquí es la sustancia del mensaje: lo esencial en este, como en el resto de los blogs cubanos alternativos, es que la sangre de la verdad mane desde los manantiales abiertos de la patria sufrida; lo demás no importa.

Durante este tiempo de andar junto a otras bitácoras desde Cuba, tuve el privilegio de conocer personas que junto a sus carencias, y hasta sus humanos temores, ostentan una firmeza a prueba de balas, grandes caracteres capaces de enfrentar con tremendo estoicismo los embates de un poder inmisericorde, dispuestos a pagar las consecuencias de haber elegido vivir en libertad aún bajo un régimen de oprobio y que han erigido así, cada cual a su modo, su templo personal a la verdad. Ha sido bello abrazar a hombres y mujeres de esa estirpe. Del lado de estos cubanos proscritos estará Ciudadano Cero hasta el día esperado en que llegue un nuevo amanecer para la patria.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Pasados más de siete años de la firma de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de los Económicos, Sociales y Culturales, y a una semana de que se cumpla un año justo desde el anuncio de restablecimiento de relaciones Cuba-EE.UU. valdría la pena llamarnos a recuento sobre el punto en que nos encontramos ya en los umbrales de 2016.

Quienes han propugnado durante el último año la eliminación de los mecanismos de presión política a que permanece supeditado el Gobierno cubano –entiéndase básicamente el embargo estadounidense y la posición común europea– con frecuencia argumentan sobre las presuntas reformas emprendidas por Raúl Castro durante los últimos años.

Pero si aceptamos como premisa que desde 1959 en Cuba ha existido un único gobierno –pues se ha evidenciado que en esencia el mandato de Raúl ha sido una prolongación del mandato de Fidel– podemos asumir también con un grado sólido de certidumbre que la psicología del régimen sigue siendo exactamente la misma, y esto nos conduce a un cuestionamiento lógico: ¿cabría esperarse que, en caso de ser levantadas aquellas sanciones, la oligarquía verdeolivo por fin le concediera al pueblo cubano los derechos contemplados en los Pactos de DD. HH. cuya ratificación e implementación La Habana mantiene como tema pendiente desde febrero de 2008?

Los optimistas volverían sobre la idea de las reformas raulistas, pero quien haga un acercamiento más detenido a estas pretendidas “transformaciones” encontrará que realmente muy pocas han representado un giro práctico, beneficioso e inmediato en la vida de los cubanos de dentro y fuera de la isla.

Pero obremos desde una muy buena fe que la contraparte no se ha merecido y aceptemos que entre estas medidas algunas representaron un giro más drástico y positivo que otras: entre estas se encuentran la liberación del derecho de viajar al extranjero y la autorización a la compra y venta de viviendas entre personas naturales.

No podemos olvidar, sin embargo, que la reforma migratoria entrada en vigor en 2013 dispone que no se le permitirá viajar libremente a algunos profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”; ni podemos desdeñar que también establece como “…inadmisible…” para entrar al país a todo aquel acusado por el Gobierno cubano de “…Organizar, estimular, realizar o participar en acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano…”, “…Cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen…” y a todo aquel que el Gobierno considere que deba “…Tener prohibida su entrada al país, por estar declarado indeseable o expulsado.” Es evidente el amplio margen de maniobrabilidad que deja a los represores esta deliciosa herramienta de coacción.

En cuanto a la autorización a la compra y venta de viviendas, recordemos que a esta ley se le endilgó este año una serie de molestas regulaciones en los precios a pactar que vuelven a inmiscuir la mano del gobierno donde no se le llamó, como para recordarnos que aquí las buenas nunca duran demasiado tiempo.

Ahora bien, una mirada al resto del paquete sí ya nos denunciará sospechosas aristas en estas pretendidas “reformas”. Es sumamente difícil aceptar la sinceridad de la “autorización” a la compra de autos usados a precios estratosféricos; o el viciado enfoque impuesto a la gestión de las nuevas cooperativas subordinadas a empresas estatales ineficientes; o la imposición a todos los cuentapropistas de impuestos desmesurados mientras se les mantiene privados de un mercado minorista de materias primas; o todas las limitantes que provocan el evidente fracaso de la política agraria, por citar sólo algunos ejemplos.

Pero más grave aún que estas “nimiedades” de corte económico, lo es la persistencia de la política represiva que sigue fomentando el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado: desde las oficinas del que continúa siendo el único partido legalmente reconocido, se siguen trazando las tácticas y estrategias que luego en la calle ejecutan los esbirros de la policía política.

En la Cuba de 2015 aún persisten las detenciones arbitrarias y la más abyecta precariedad de las garantías procesales, hijas bastardas de la no división de poderes; continúan perpetrándose impunemente golpizas y mítines de repudio sin que ninguna autoridad se moleste en evitarlas; se ordena a los sicarios acuchillar a líderes opositores y se reprime en plena calle a mujeres que no llevan más armas que gladiolos blancos; persiste una censura férrea y absoluta al pensamiento disidente, se sigue ejerciendo un hermético monopolio sobre los medios de difusión y todos los tipos de prensa, y se continúa vetando nuestro acceso efectivo a Internet ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Por consiguiente, podemos concluir que en Cuba los “cambios” que se han producido hasta ahora son insustanciales y epidérmicos, pura cosmética.

Esta fauna verdeocre no está en capacidad de ofrecer ya nada diferente, por lo que se hace muy natural y lógico dudar de sus futuras “buenas” intenciones o de su capacidad para concebir un esquema de prosperidad real, y muchísimo menos si la fórmula para que así sea incluye que se aparten del camino. Es completamente cuestionable que estas “reformas” reflejen una sincera intención de abrirle las puertas al pueblo cubano hacia una economía globalizada. Es más coherente suponer que siempre se ha tratado de una interminable saga de maniobras dilatorias para perpetuar a la misma oligarquía de antaño en el poder.

Porque en caso de que la comunidad internacional, el pueblo cubano y su oposición interna decidieran dar su voto de confianza ¿hasta qué punto esto garantizaría que luego sean ratificados e implementados los mencionados Pactos de DD.HH. y que se produzca una apertura hacia la democracia? El innegable razonamiento lógico, a la luz de la psicología mostrada hasta hoy por el régimen, conduce a la conclusión inequívoca de que esto nunca sucedería, de que esto sólo redundaría en una oxigenación inmediata de todos los resortes represivos del régimen y en una inmerecida legitimación internacional de la dictadura.

No pasaría a ser el Gobierno cubano económicamente más eficiente, sólo contaría con más recursos para dilapidar, cebar aún más sus millonarias cuentas en el extranjero y enaltecer sus delirios de grandeza. Ya la fiera probó la sangre y no se detendrá ante nada: un gobierno autocrático como el de los Castro, una vez liberado de estos instrumentos de presión política y con el tácito visto bueno que esto internacionalmente implicaría, jamás ratificaría los Pactos de DD. HH. sino que se volcaría con mayor saña que nunca, como ya se ha hecho patente, a reprimir el pensamiento disidente desde una posición más cómoda y distendida.

La Historia nos enseña que definitivamente hay gente que nunca cambia. Las tres décadas de maridaje con la desmerengada Unión Soviética evidenciaron que nunca fue el pueblo cubano el destinatario de aquella riqueza, y si no lo fue entonces ¿por qué suponer que lo sería ahora, cuando se han acumulado más aún la indolencia y la corruptela gubernamental?

Es muy cierto que la libertad de Cuba no depende de las acciones de ningún gobierno extranjero sino del valor y la sagacidad que sepa demostrar su pueblo, pero hacer todas las concesiones internacionales incondicionalmente sin que ese pueblo que dentro de la isla sufre, lucha o espera nada reciba no parece ser precisamente una ayuda.

Se cierra 2015 sin haberse percibido la más leve señal de distención hacia nuestros derechos cívicos, ni haberse logrado algo tan básico como la ratificación de los mencionados Pactos Internacionales de Derechos Humanos. En este contexto hacer regalías gratuitas al régimen totalitario de La Habana, justo ahora que se tambalea Caracas, sería una catástrofe estratégica para mi pueblo, y retrasaría varias décadas la llegada tan largamente sufrida de la democracia para la nación cubana. El tiempo dirá la última palabra.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La actual crisis migratoria desencadenada por la negativa del Gobierno nicaragüense a permitir el tránsito por su territorio de los cubanos en camino a Estados Unidos, ha relanzado a primeros planos un drama que se ha suscitado durante décadas. Demasiadas historias de sufrimiento y muerte han salpicado la peligrosa ruta seguida por decenas de miles de emigrantes de la isla rumbo al norte a través de Centroamérica, pero la que pudo ser una solución rápida del problema en la reunión de cancilleres del SICA realizada esta semana en San Salvador se vio frustrada por la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega, opuesto obstinadamente a permitir el paso a la caravana pese a la buena voluntad mostrada hasta ese momento por la mayoría de los gobiernos del área de abordar el asunto como un problema humanitario y no como una cuestión de seguridad nacional.

Parece no ser casual que la crisis actual se haya generado a pocos días de la reciente visita de Raúl Castro a México. En suelo azteca el dictador se aseguró de bloquear el último eslabón obligatorio de las escalas de estos balseros terrestres, logrando del gobierno de Peña Nieto –el mismo que critica a Estados Unidos cuando deporta a los mexicanos– su compromiso irrestricto de deportar a cuanto cubano a partir de ahora se encuentre de paso. Apenas días más tarde, sospechosamente, los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua anunciaban también medidas análogas a aquella. Pero el gobierno tico rectificó rápidamente, otorgó visas de tránsito a la caravana, y más tarde asumió una postura constructiva cuando la parte nicaragüense reprimió con tropas regulares del ejército el intento de estos emigrantes de traspasar su frontera. En este punto aún permanecen las cosas dos semanas después.

Esta dramática situación de los miles de cubanos varados en Costa Rica, como por carambola, centró aún más la atención de los círculos estadounidenses sobre la justificación o no de mantener en vigor la Ley de Ajuste Cubano (LAC) e intensificó una ya muy álgida polémica que, como nunca antes en medio siglo, terminó por colocar a esta normativa sobre la mesa de disección de la política norteamericana.

Aquí hay preguntas obligadas que se enfilan como dagas hacia el centro del problema: ¿detendría la derogación de esta ley el éxodo de los cubanos? ¿Es realmente esta polémica ley la causa esencial de la perpetua fuga mantenida durante décadas por una considerable parte de mi pueblo? ¿Qué sucedería si fuera derogada hoy mismo la Ley de Ajuste Cubano?

El asunto me parece tan obvio como retórica la pregunta sobre el color del caballo blanco. Estoy entre los absolutamente convencidos de que si la derogación de la ley se concretara esto sólo redireccionaría el éxodo actual desde la isla: en caso de que la especulación pase a ser un hecho sólo se produciría una disminución momentánea de los intentos de salida, pero una vez superado el estupor inicial, y espoleados por la verdadera causa de su huida –entiéndase los absurdos rigores impuestos por una dictadura comunista– seguirían arribando los cubanos a su propio ritmo a Estados Unidos aún bajo un status ilegal –el caso mexicano lo ejemplifica con creces– pues nada significaría un río más o un río menos, para quienes también estén dispuestos a remar 90 millas plagadas de tiburones.

Intentar reducir el móvil de la estampida a la protección diferenciada ofrecida por la LAC simplificaría demasiado el asunto y desconocería el hecho categórico de que una cuarta parte de la población cubana permanece desperdigada fuera de su país; y si bien es cierto que la presencia mayor se registra en Estados Unidos, igual lo es que la diáspora cubana apenas ha dejado espacio virgen entre polo y polo en su sostenida y frenética evasión.

Incluso si la derogación de la vigente LAC diera paso a otra rigurosamente dirigida en sentido contrario, continuaría el éxodo mientras continúe vigente su causa, que siempre ha sido la absoluta falta de expectativas del cubano –y sobre todo de su juventud, por supuesto– bajo un régimen totalitario, bajo una dictadura que ha secuestrado el futuro de su nación y truncado alevosamente cualquier posibilidad de bienestar para su pueblo, que ha obstaculizado sistemáticamente su prosperidad y le ha sometido al despotismo más opresivo y enfermizo que haya conocido hasta hoy el hemisferio americano.

Las últimas noticias parecen vaticinar una larga espera para los varados en Peñas Blancas: la no concertación de la buena voluntad de la mayoría de los cancilleres reunidos en San Salvador ante la mala fe de Managua, además de la mencionada política de extradición asumida por México, sumada a la nueva política migratoria anunciada por Ecuador de solicitar nuevamente visado a los cubanos a partir del próximo diciembre, y la reciente detención de cientos de migrantes cubanos en Panamá por petición expresa de Costa Rica, así parecen advertirlo. El reciente anuncio de la ONU de apoyar al Gobierno de San José en la atención humanitaria de los cubanos en Peñas Blancas y en su intención de solucionar la crisis, son todas evidencias muy ilustrativas de la gravedad y repercusión regionales alcanzadas por la crisis migratoria actual.

Pero en toda esta camancola se destaca sobre el resto de los elementos la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega: es sumamente llamativa la postura hermética asumida por Managua, que ha llegado a tildar a los cubanos en la frontera costarricense de ser una turba de delincuentes, y llegado a la ridiculez –en su afán de congraciarse con su compinche de La Habana– de exigir a Costa Rica alejar a los cubanos de la línea fronteriza por considerarles un peligro para su seguridad nacional ¿?, aún a sabiendas de que en caso de abrirles paso no se detendrían ni a tomar agua y no quedaría uno solo de ellos en Nicaragua pasadas 24 horas. El acatamiento incondicional manifestado por Daniel Ortega –disfrazado de ultranacionalismo en presunta protección de su integridad territorial– es tan vergonzoso y lame botas como estrictamente alineado con su servilismo a las ordenanzas de La Habana.

Este capítulo del drama ha demostrado a América y al mundo que Cuba continúa estancada en el tiempo como lo continúan estando hasta hoy los miles de varados en Costa Rica, testimonios vivos de la desesperanza de un pueblo que ya nada espera de los dictadores que desgobiernan su patria. Todas las pretendidas reformas proclamadas por el régimen de Raúl Castro quedan develadas así como infecundos oropeles, y una prueba contundente de ello es la huida perpetua que nunca se detiene.

El muy tardío y sesgado pronunciamiento oficial del Gobierno cubano sobre el tema –culpando por supuesto a la LAC del desastre– y la escandalosa indiferencia mostrada por la embajada cubana en San José con relación a la situación irregular de esos miles de ciudadanos suyos en suelo tico, son evidencias altamente ilustrativas de que la dictadura cubana continúa ostentando exactamente la misma soberbia y el mismo de desprecio de siempre ante los derechos de mi pueblo. Baste el despótico mensaje lanzado por los tiranos de La Habana, bien alto y claro, como advertencia a aquellos ilusos que todavía esperaban cosecharle algunas peras al olmo.

Raul Castro en México 2015

Por Jeovany Jimenez Vega.

Recientemente el octogenario Raúl Castro volvió a hablar sobre su próximo retiro en febrero de 2018. Para quien no ha dejado de escuchar el mismo apellido al frente del país durante toda su vida esta no deja de ser una inusitada noticia, por eso este cubano le quiere hacer llegar una humilde propuesta a su Presidente, para que desde ya la cavile con tiempo: le propongo al General que una vez jubilado sea consecuente con su trayectoria, y tenga el coraje de incorporarse plenamente a la sociedad que junto a su hermano mayor terminó creando –algo que, por cierto, nadie ha visto hacer aún al inquilino de punto cero.

Para esto el General tendría que renunciar a todos los privilegios detentados durante las últimas cinco décadas y media de su vida –antes como Ministro de las Fuerzas Armadas y luego como Presidente, pero siempre como miembro vitalicio del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista– e incorporarse a esa sabrosísima realidad como un jubilado más: ningún apoyo económico recibiría de su poderoso yerno, el General Luis Alberto, ni de su hijita Mariela, la Lady Di del SENESEX. Así, en medio del desamparo, debería quedar si se atreviera a ser consecuente con una austeridad siempre reclamada por los hermanos Castro para millones de cubanos pero jamás para sí mismos.

Como pedirle regresar a cierto pueblo perdido del oriente del país parecería una crueldad excesiva, comenzaríamos mudando su residencia, desde donde quiera que esté, hacia cualquier humilde barriada habanera –por ejemplo tomemos el Cerro, Marianao o Centro Habana– para enseguida gestionar su correspondiente libreta de abastecimiento, a la cual por supuesto tendría todo el derecho del mundo.

Luego le destinaríamos una suculenta chequera de jubilación, digamos $1000.00 CUP mensuales –o sea unos $40.00 USD– con lo cual estaríamos quintuplicando lo recibido por el promedio de los jubilados cubanos –unos $8.00 USD mensuales– y así nadie debería acusarnos de mal intencionados. En este punto acabaría nuestra inmerecida fraternidad y a partir de ese momento quedaría el hoy Presidente de la República a merced de este pintoresco entorno social que rodea hace décadas a más del 90% de los jubilados cubanos.

Tras varios meses de adquirir su respectiva cuota racionada –seis libras de arroz, cuarta libra de frijoles, algunos huevos, pollo por pescado y media libra de aceite mensuales– el paladar del expresidente olvidaría poco a poco el sabor del filete de res, la langosta, el buen caviar y de los vinos caros que le enseñara a degustar su hermano mayor. Dada la alta devaluación de la moneda en que cobrará su chequera –debido precisamente a las erráticas políticas mantenidas por ambos dictadores– pasados los primeros diez días ya nuestro jubilado no tendría un centavo y comenzaría a sentir en todo su rigor las carencias que el resto de los jubilados sufren a solo dos o tres días del cobro.

Ya el expresidente no tendría llena la alacena de selectos suministros y rápidamente se acostumbraría a ver como único paisaje la monótona escarcha en el congelador vacío, entonces se estrellaría sin remedio contra los precios inmisericordes de los mercados agropecuarios y las flamantes TRD que gracias a las iniciativas del anterior gobierno –entiéndase el suyo– todavía exfolian el bolsillo de pueblo cubano.

Ya no viviría en medio del confortable aire acondicionado porque le consumiría más de la mitad de su ingreso, sino que en su lugar conservaría algún ventilador reparado, y le rezaría todos los días a la Virgen para que no se averíe, y como comprar un auto de segunda en una agencia estatal a los precios fijados por el anterior gobierno –entiéndase el suyo– le tomaría setenta años íntegros de su jubilación sin comer, vestirse, calzarse, ni pagar corriente eléctrica, y ya no tendría autos a tanque lleno esperando en cada puerta, automáticamente se vería obligado a moverse usando el pésimo sistema de transporte urbano –una de las papas calientes a heredar por el gobierno que le siga.

Por supuesto, luego de varios meses de mala y escasa alimentación los problemas de salud no tardarían en aparecer, pero entonces el expresidente no podría ya acceder al exclusivo CIMEQ, o a “La Pradera”, ni a la Clínica Internacional “Cira García” –disponibles casi exclusivamente para mayimbes y extranjeros– sino que, con muchísima suerte, sería ingresado en alguna hedionda sala de Medicina de un hospital semiderruido, donde no habrá una ducha ni un retrete que funcionen, donde tal vez tendría que llevar su propia sábana y escasearán las medicinas y materiales de curación; allí sería asistido por médicos frustrados tras décadas de sueldos miserables y falta de expectativas personales, pero a pesar de todo, estos profesionales intentarían atenderle tan bien como ese medio hostil se los permita.

Para entonces el General retirado ya habría visto esfumado para siempre su ansiado viaje de turismo a México; no podría viajar a la tierra azteca ni a ninguna otra, y ni siquiera podría reservar en ningún hotel cubano de la más baja categoría bajo riesgo de morir luego de hambre, porque el gobierno anterior –entiéndase el suyo– estableció que para eso habría de pagar una jubilación mensual íntegra para hospedarse solo una noche.

De más está decir que a estas alturas ya nuestro ilustre jubilado se habría convencido de que no existe tamarindo dulce ni dictadura con vergüenza, pero se lo callaría, tal vez no tanto por decencia como para no exponerse a alguno de esos vergonzosos actos de repudio que hoy todavía ordena, riesgo nada descartable pues a la sazón ya su amigo el Furry no sería el Ministro del Interior.

Sin embargo en ese momento sí le daría a Raúl Castro, por piedad, un único consejo: que jamás se siente a tomar el tibio sol del final de las tardes en ningún tranquilo parque habanero junto a otros jubilados porque allí sí recibiría el dictador –muy a su pesar este título suele ser vitalicio– su propio mitin de repudio: sabría de primera mano, y no a través de fríos informes de la policía política o de insensibles funcionarios, cuanto resentimiento y dolor albergan esos viejos corazones; escucharía del irremediable desarraigo de sus nietos, de esta juventud que ahora huye de la tiranía en oleadas migratorias a través del estrecho o de la selva centroamericana y escucharía, con toda seguridad, más de una historia de balseros muertos. Sólo para entonces, bajo el silencio de esos árboles, percibiría el tirano en toda su dimensión cuánto le odia ciertamente esa generación traicionada que perdió sus sueños y su vida a la sombra de tanta infamia.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La reciente inhabilitación de Juan Carlos Cremata como director teatral, previa suspensión de “El Rey se muere”, su última obra sobre las tablas del Centro de Teatro, y la publicación en red hace algunos días de una inflamada carta del prestigioso crítico Enrique Colina motivada por el hecho, avivaron en La Habana las brasas de la polémica sobre la censura. Cariñosamente recordado por su excelente programa “24 por segundo” –reformador de nuestra cultura cinematográfica y al que más de un cubano debe su afición hacia lo mejor de ese arte– Colina sale esta vez en valiente defensa de Cremata, y por extensión de todos los creadores censurados en la Cuba postrevolucionaria.

Quien desee seguir un hilo conductor común a lo largo de esta larga vida/agonía de la “revolución” de los Castro, no tendría más que serpentear su dedo sobre la ininterrumpida línea de la censura, esa herramienta indispensable del régimen cubano, junto a la represión física, siempre usada para mantenerse en el poder contra la voluntad de mi pueblo. Semejante ejercicio confirmaría una máxima histórica: por una cuestión de esencia ninguna dictadura abandonaría jamás esta aberración sencillamente porque está codificada en su ADN, porque forma parte indisoluble de su naturaleza misma.

Los jerarcas en la Plaza de la Revolución están cabalmente conscientes de esto. Saben muy bien que si la dictadura dejara de reprimir y censurar estaría firmando en el acto su sentencia de muerte, porque la libertad de pensamiento y el libre albedrío personal, incompatibles con la voluntad retrógrada y enfermiza de los dictadores, son frutos exclusivamente cultivables en las tierras abonadas por la democracia y esta palabra está excluida del catálogo técnico de los dementores de La Habana.

La represión y la censura son a la dictadura cubana tan inherentes como lo es la fusión nuclear a la luz del sol, o como lo es la humedad al agua. De hecho, esta letal combinación constituye el único modo en que alguien logra perpetuarse en el poder durante 56 años a pesar de gobernar tan escandalosamente mal, en contra de los intereses vitales del pueblo cubano, y de haber hundido a su nación en la más grave ruina económica y moral de su historia.

Ayer fueron otros los motivos elegidos por los inquisidores, y no siempre tuvieron una utilidad o “justificación” política clara o inmediata, sino que en no pocas ocasiones sufrimos prohibiciones llanamente banales como ver vetadas aquellas geniales canciones de cuatro chiquillos de Liverpool, o de trasfondo francamente estúpido como haber vedado el culto religioso cuando esto no atentaba en modo alguno contra la estabilidad política del régimen.

Pero que a estas alturas sucedan todavía incidentes como el de Cremata desmiente definitivamente a quienes han querido limitar esta sistemática reprensión gubernamental al quinquenio gris de los 60 –que hay quien prefiere extender a decenios negros. Hoy se divisa nuevamente detrás del telón la misma mano peluda que hace medio siglo ordenara la creación de las UMAP o el ostracismo de Virgilio y de Lezama, o de tantos otros.

No existe expresión artística que haya escapado a este mal en la Cuba de los Castro. Hoy la larga zaga continúa y la misma presencia oscura denuncia a gritos que, en rigor, nada ha cambiado durante esta larga puesta en escena, solo que corren nuevos tiempos y la misma gerontocracia ahora reprueba el acceso pleno a Internet y a la TV satelital, la posibilidad de una prensa independiente debidamente legalizada y además somete a la más hermética censura a toda su prensa oficial. Todavía cada director de emisora radial o televisiva tiene sobre su escritorio, bien visible, una larga lista de música y artistas prohibidos, y las editoriales proscriben a los autores incómodos priorizando casi siempre a lo más mediocre de la cloaca del oportunismo.

Son los mismos los verdugos, solo que ya Cuba no lo es; ya Cuba se cansó definitivamente porque se conoce de memoria, de tan reiteradas, las viejas mascaradas que sólo buscan algún nuevo “… retoque de los afeites”. Por eso siempre reconfortan gestos viriles y solidarios como el de Colina y compromisos incondicionales como el de Cremata. Gestos así son necesarios para demostrar a las claras que detrás de aquella “…apelación hecha por la más alta instancia de Gobierno de asumir la realidad con sentido crítico, honestidad y compromiso ético” –único punto donde discreparía con Colina– no existen más que hipocresía y la más pura y abyecta demagogia.

Pero otra vez levita el fantasma de la censura sobre el latifundio de Birán, como un mal llamado a perdurar mientras perduren los verdugos, un mal no dispuesto a ceder, que siempre puja por extenderse fatalmente amenazador sobre las conciencias. Una vez más las sombras entronizan su dominio en medio de la aldea medieval donde lóbregos reyezuelos, ya sepultados por la Historia, tozudamente se niegan a morir.

CUC CUP CUBA

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sin dudas el reto más complejo que tiene el régimen de Raúl Castro a corto plazo es el de la unificación monetaria. El uso en el país de dos monedas nacionales durante las últimas dos décadas y media ha terminado generando una inestimable distorsión en su sistema de finanzas internas, que por sí solo bastaría para ilustrar el caos reinante en su economía, del cual es un nítido reflejo.

La reciente declaración del senador estadounidense Rodney Davis sobre la inminencia del cambio desperezó las expectativas sobre el tema, que ha sido el gran ausente en los discursos del General/Presidente y en los predios de la prensa oficial cubana, a pesar de que su persistencia le convirtiera hace tiempo en algo sui generis. Si bien varios países contemporáneos han permitido en algún momento la circulación indistinta de alguna moneda extranjera junto a la suya, sin embargo no recuerdo alguno que utilizara al unísono dos monedas nacionales como lo ha hecho Cuba desde la década de los 90: a saber, el peso cubano –así a secas, humilde, pobrecillo– o CUP, y el peso cubano “convertible”, el todopoderoso CUC.

Que durante más de dos décadas más del 90% de los cubanos hayamos percibido nuestro “salario” mensual en CUP para tener que comprar más tarde en las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD) pagando en CUC, previa transacción 25/1 respectivamente, se inscribe como la mayor estafa sufrida por nuestro pueblo desde el arribo de Colón. Aunque en el período previo a la llegada del CUC a inicio de los 90 ya se habían generado situaciones pintorescas, pues durante la mayor parte de esa etapa Fidel Castro constituyó la simple tenencia de divisas extranjeras –sobre todo del dólar estadounidense– en un auténtico cuerpo de delito reflejado con todas sus letras en el código penal, y debido al cual cientos de cubanos llegaron a sufrir prisión.

Pero como en este jardín merece poco deshojar viejas margaritas, de momento lo que se impone es un paso de hoja, pues hoy Cuba demanda imperiosamente escribir capítulos nuevos, y como los neófitos distamos de entender a cabalidad los entresijos íntimos de la Economía, habitualmente plagados de matices oscuros, podemos no atinar a la primera. Pero sí valdría la pena sin embargo lanzar propuestas concretas sobre el modo de llevar a cabo esta unificación de la moneda cubana, un paso imprescindible que exigirá a partir de ahora cada oportunidad divisada en nuestro horizonte.

Hoy cada propuesta seria que reciba el país exigirá como condición previa la coherencia de su sistema financiero, pues de otro modo nunca merecería la imprescindible credibilidad ante los ojos de los organismos internacionales e inversores. Entonces, una vez todos conscientes de esto ¿para qué demorar un día más el parto inevitable? Pero aquí es donde habría que detenerse para evitar que este necesario paso termine mal logrado y se generen consecuencias sociales nefastas a corto plazo.

Por todo esto se impone que el Gobierno cubano –único responsable en definitiva de haber generado y mantenido tan insólita política– asuma con responsabilidad el complejo proceso, de modo que se mitigue en todo lo posible su efecto potencialmente nocivo y se produzca con la menor brusquedad posible, sin generar o minimizando en todo lo posible las consecuencias traumáticas para la ya depauperada familia cubana.

Ya hablando concretamente, me pregunto si en lugar de hacer un cambio brusco de moneda en este momento ¿no sería acaso posible reevaluar gradualmente la moneda más débil, mediante un proceso programado y de público conocimiento –digamos bajando la tasa de cambio del CUC en CADECA a un ritmo de 1.00 a 2.00 CUP mensualmente– de manera que en el momento del cambio la relación cambiaria sea menos pronunciada que ahora, digamos 10/1 por ejemplo? Este proceso podría instrumentarse poco a poco a lo largo de un semestre, quizás de un año, y mitigaría muchísimo un efecto que puede ser devastador para varios estratos sociales de la isla en caso de producirse abruptamente.

Otro elemento a tener en cuenta sería el tiempo de que dispondría la población para realizar el cambio, en tanto se garantiza la posibilidad de cambiar todo el efectivo circulante sin que el gobierno interponga obstáculos sin sentido. Los de la vieja guardia recuerdan el modo intempestivo en que este proceso fue llevado a cabo a principio de los 60 y todas las limitaciones absurdas impuestas en aquel momento, lo cual provocó que una considerable parte del dinero circulante sencillamente caducara.

En este momento no existe justificación alguna a ser esgrimida por el Gobierno cubano para justificar semejante arbitrariedad. En su lugar debería disponerse de un período de unos meses para completar el recambio, durante los cuales seguirían circulando ambas monedas a la tasa fijada hasta que de la destinada a desaparecer quede sólo el recuerdo numismático. Después de todo, como dice el abuelo, quien espera lo mucho espera lo poco y algo que nos ha dañado durante tantos años no tiene por qué ser revertido en pocos días.

En este punto parto del presupuesto de que la moneda a desaparecer sea el CUC. La presencia inoportuna de este engendro, “convertible” paradójicamente sólo dentro de Cuba, junto al peso cubano, sería algo sin sentido y contraproducente en una Cuba abierta al mundo. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurra retirar de circulación al CUP en lugar del CUC. Hacer esto repentinamente después de fomentar rumores durante los últimos dos años sobre la presunta permanencia del CUP, que ha mantenido la tendencia cambiaria en la calle en favor de esta última moneda, sería un miserable golpe bajo.

Por supuesto, para que todo esto suceda así, o de otro modo análogo que no implique grandes traumas domésticos, sería necesaria la buena voluntad política de la élite gobernante cubana, algo de lo que hasta hoy no ha hecho precisamente gala. Para que esto sea económicamente coherente se deben liberar los resortes productivos y comerciales que propicien una entrada inmediata en circulación de bienes y servicios generadores de riqueza, todo lo cual es posible a corto plazo –esfuerzo que aunque al inicio no se logre a gran escala, o con toda la premura que demandan las circunstancias, sí estaría orientado sin dudas en la dirección correcta, y ya eso sería un reconfortante primer paso en apoyo de la estabilidad de la futura moneda única.

Ya a corto o mediano plazo se podrían palpar resultados positivos, pero sólo si el Gobierno accede a liberar inmediatamente la gestión del sector más emprendedor de la sociedad y deja de poner obstáculos irrazonables a toda iniciativa privada. Esta sería, a mi humilde y novicio modo de ver, una variante a tener en cuenta. Estudiar si sería algo práctico o atinado ya sería tarea de los entendidos; aquí sólo queda una propuesta más.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En Cuba el desabastecimiento de mercancías en todas las cadenas de comercio minorista, incluidos artículos de primera necesidad, durante décadas ha sido un fenómeno continuo, tan reiterativo que parece incorporado ya al genoma mismo del régimen, y ha devenido en uno de los síntomas cardinales que más ha denotado la indolencia, inoperancia y mediocridad de la dictadura económico/militar de los Castro.

Han alertado constantemente sobre esto muchos sitios alternativos dentro y fuera de la isla e incluso, dada su magnitud, a la prensa oficial no le ha quedado de otra que reconocer en más de una ocasión la gravedad del fenómeno. No es nueva para nadie la vocación de las voces oficialistas de culpar de este desastre al embargo norteamericano –al cual inexorablemente han llamado bloqueo aun teniendo ante sus narices vitrinas adornadas con mercancía llegada desde los cuatro puntos cardinales.

En miles de ocasiones fuimos víctimas de las onerosas consecuencias de vivir bajo una autocracia que ejerce su monopolio sobre toda la red nacional de comercio. Esta innatural y cómoda posición le ha permitido a déspotas ineptos e indolentes hacer gala de su irresponsabilidad para especular con las necesidades más apremiantes de mi pueblo y hemos sido testigos hasta la saciedad de cómo suben precios sin explicaciones o cómo han dejado muchas veces un determinado producto estancado durante años debido a su mala calidad como única alternativa a la venta para imponer su salida.

Pero lo que sucede hoy en Cuba parece ser diferente y sospecho que esta vez algo más se teje en lo oscuro. Durante el último año hemos presenciado una agudización hasta cierto punto inexplicable del fenómeno y hemos asistido a una carestía más intensa de lo habitual, quizás la más aguda y duradera desde 1994. Cada cubano ha sido testigo de esto en su propio lugar de residencia, y a su vez ha recibido referencias de que la situación es igual, sino peor, en otros territorios.

Sobre todo durante los últimos meses la escases ha sido tan constatable y generalizada, ha cobrado tal intensidad a todo lo ancho del país y se ha prolongado tanto que ya hace sospechar que no estamos ante una más de las cíclicas crisis de desabastecimiento en la oferta –reconocidas incluso por el sordomudo Granma– sino que esta vez podemos estar ante una burda maniobra táctica para la consecución de un fin concreto a corto plazo. Esto es algo que sucede a contracorriente, en momentos que deberían ser más bien de relativa mejoría dados los vientos que corren desde el último 17/12, pero el razonamiento y accionar de la cúpula verdeocre parecen no percibirlo así y todo indica que ha preferido reajustar el velamen según su enfermiza vocación de mantener el control a toda costa.

Un hecho muy simple evidencia la profunda contradicción: si a la luz de la licencia otorgada por el Congreso, en 2008 Cuba importaba 710 millones de dólares en alimentos directamente desde Estados Unidos, para 2013, en su lugar, importó sólo 348 millones y en la primera mitad del corriente 2015 ha disminuido más aun hasta comprar únicamente 119 millones. O sea que esta tendencia se consolidó a la par que avanzaban las negociaciones secretas sostenidas durante 2014 con el gobierno norteamericano y luego, paradójicamente, se intensificó una vez hecha pública la intención bilateral de deshielo.

Entonces las preguntas se imponen: ¿será acaso que nuestra autocracia militar no duda de la inminente caída de su aliado estratégico de Caracas en las próximas elecciones y nos prepara desde ya para minimizar el inevitable impacto que provocará la suspensión del subsidio venezolano? ¿O puede que al final sea cierta la aseveración del congresista norteamericano Rodney Davis sobre la inminente unificación monetaria en menos de un mes y el Gobierno cubano encuentra necesario, por alguna misteriosa razón, que para entonces haya un mínimo record de mercadería expuesta a la venta? ¿O será acaso que todo no es más que una táctica con vistas a maximizar la percepción psicológica de mejoría en cuanto la cúpula devele alguna próxima apertura mientras libera toda la mercancía hoy deliberadamente oculta a la venta, para así “demostrar” que esta carestía sistémica siempre fue, en efecto, culpa del “criminal bloqueo yanqui” y de nadie más?

Quizás no quieren permitirnos ni una bocanada de aire mientras no se produzca un relevo demócrata en las elecciones de 2016 que garantice la continuidad del proceso iniciado por Obama. O simplemente temen arriesgarse a que demandemos con demasiada premura para el gusto de Raúl Castro, adicto a los “cambios” sin prisa y con muchas pausas, cualquier cambio en las reglas del juego, o a que olfateemos demasiado bruscamente el aroma de las propuestas del norte y que en el fondo no están dispuestos a permitir.

Tal vez sea alguna de estas razones, o todas a la vez. Pero más allá de toda especulación algo está fuera de dudas: entre los planes a corto y mediano plazo de la dictadura cubana ninguno contempla siquiera lejanamente permitir una mejoría real de nuestro estándar de vida, y muchísimo menos alguna apertura efectiva al comercio que empodere en ningún modo al pueblo cubano, y para lograrlo nada como fomentar esta perpetua carestía, algo que después de todo ha demostrado su innegable eficacia a la hora de dispersar la atención de las masas y evitar que se enfoque sobre asuntos incómodos. Nadie lo dude: para urdir una estrategia tan mezquina sobran las malas intenciones en el Olimpo de La Habana.

 

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Por Jeovany Jimenez Vega.

El médico A, con veinte años de trabajo ininterrumpido en su haber, no le debe nada de lo poco que tiene a su salario. Además de no bastarle para alimentar a su familia, tampoco le ha permitido procurarse un techo propio y por eso aún vive en un consultorio médico desvalijado. Tras muchos desengaños, A ya está cansado de esperar por una mejoría que nunca llega y optó por anotarse en la Bolsa de Colaboración de su policlínico: salir a trabajar al extranjero a través de alguna Misión Médica oficial se convirtió en la única alternativa visible ante sus ojos para mejorar su vida a corto plazo.

El ingeniero B trabaja en la Zona Franca de Mariel y casi nunca ve la luz del sol junto a sus hijos debido al rigor de su horario de trabajo. Sabe que en la Zona de Desarrollo los ingenieros y técnicos extranjeros reciben varios miles de dólares mensuales por hacer exactamente lo mismo que él, pero al final de cada mes él recibirá unos cien dólares, más o menos; la diferencia de esos miles constantes y sonantes que paga puntualmente la parte extranjera por su trabajo jamás pasa por sus manos, sino que va a parar íntegramente a la arcas del gobierno que le explota.

La maestra C vive sobrecargada de planes de trabajo y es raro el día que no termina en casa la planificación de la clase siguiente. Durante treinta años su consagración ha formado ya a dos generaciones; el padre que hoy le confía a su niño aprendió a su vez a leer con ella. Tampoco C le debe nada al salario que le paga su gobierno y pronto recibirá una jubilación que la condenará a la miseria. Pero C no sabe hacer nada más que eso, sembrar luz sobre las mentes nuevas, y a pesar de todo sale cada mañana a ejercer la profesión que ama.

El tabaquero D es un maestro habanero del torcido. Durante décadas ha amasado la mejor capa del mundo y hecho puros fumados por celebridades millonarias. Cada día D contempla una vitrina donde ese mismo tabaco se vende a $250.00 CUC –casi $280.00 USD– cada caja, y como buen veterano, cada Feria del Habano le despierta una imprecisa mezcla de orgullo y frustración que no logra definir. Pero D no recibe tampoco un salario justo por torcer una decena de cajas de tabaco cada día –lo cual holgadamente representa más de $2000.00 USD diarios– y en su lugar, como la mayoría de los cubanos, recibe un salario de miseria comparado con la riqueza que genera.

Millones de frustraciones acumuladas durante cinco décadas de desgobierno castrista en Cuba harían esta reseña interminable. Una revolución que triunfó presuntamente para aniquilar la explotación del hombre por el hombre hace mucho tiempo degeneró, en cambio, en el esquema de dominación que más pobreza terminó sembrando en nuestra patria.

Cuando se analizan las causas de la acumulación de tanta inequidad y miseria se llega, independientemente del camino tomado y en favor de la síntesis, a esa conclusión ineludible a la hora de señalar la fuente de todo el poder actual en esta Cuba tiranizada; la conclusión es una y es muy simple: la pobreza de mi pueblo siempre ha sido el recurso económico supremo y estratégico de la dictadura cubana.

En esencia no es el níquel, ni el tabaco, no es el turismo, ni las sistemáticas estafas del monopolio ETECSA, no es la “emergente” industria petroquímica –llamada a desinflarse en cuanto sucumba Caracas; ni siquiera son los miles de millones anuales generados por las más de sesenta misiones médicas oficiales cubanas alrededor del mundo lo que ha permitido al poder de los Castro perpetuarse durante más de medio siglo a pesar de gobernar de modo tan desastroso desde todo punto de vista. Si se quiere llegar a lo esencial del asunto, si se quiere dar con el trasfondo común a todos los males, siempre encontraremos como telón común de fondo la pobreza como condición sine qua non que perpetua el desastre.

Sólo un médico sumido en la pobreza arriesgando su estabilidad familiar, su salud y hasta su vida, optaría por salir a trabajar a la antípoda del mundo aún a sabiendas de que le robarán el 80% de lo que allá deberían pagarle. Sólo compulsados por la pobreza más agobiante ese ingeniero, ese tabaquero o maestro se ven obligados a salir cada día a rapiñar la vida. Sólo agobiado por las carencias más absurdas ha sido posible sumir a mi pueblo en este larguísimo sopor, con el pensamiento puesto en su plato de lentejas y ajeno a “utópicas” tentativas de civismo.

Quien intente comprender cómo un pueblo otrora altivo y próspero que supo sacudirse más de un tirano terminó en este bochornoso estado, debe despojarse de antemano de todo enfoque simplista, como aquel que sostiene que si permitimos tantos desmanes es simplemente porque somos un hato de pendejos. Pero quien haya tenido un encuentro cercano de cuarto tipo con un cubano enardecido se habrá percatado de que este razonamiento no es congruente con un temperamento más bien tendiente a lo explosivo. Esta respuesta, sin dudas, será mucho más compleja.

Las causas que mantienen esta partida de dominó cerrada hay que buscarlas en el solapado despotismo montado en el tren de una Revolución que triunfó con el apoyo incondicional del 90% de su pueblo. Quien desconozca este par de dicotómicas evidencias –el masivo apoyo inicial a aquella gesta, sumado al carácter demagógico y ladino de la plana mayor– partirá en la dirección errónea si intenta comprender la evolución de la sociedad cubana post 59, porque fue precisamente aquel deslumbramiento inicial lo que permitió a los déspotas ajustar el entramado social a sus apetencias ante los ojos de un pueblo que fue demasiado crédulo. El resto lo pusieron los alzados en el Escambray ahorcando maestros con alambre de espinos, entre otros hechos de sangre, que dieron la justificación exacta a la élite político militar para amoldarle el nido al perro hasta dejarlo dormido.

Lo demás es historia conocida y hoy, aun cuando comienzan a soplar vientos más amigables del norte y ya agotados los argumentos en la chistera del Comité Central, esa misma élite que un día dictara y sostuviera la política económica de tierra quemada con relación a todo atisbo de empresa familiar o privada, sigue apostando por mantenernos en la pobreza como la única vía de perpetuarse en el poder. Así fue durante más de 50 años y así ha sido después del último 17/12. Pasado casi un año del histórico anuncio y ya con ambas embajadas en pleno funcionamiento, el régimen cubano aún se sigue manteniendo tan estático como los muros de La Cabaña, coarta exactamente del mismo modo toda posibilidad de iniciativa al pueblo cubano y sigue mostrando el mismo terror de siempre ante cualquier alternativa que suponga prosperidad para mi pueblo, pues la sabe incompatible con su monopolio de poder.

Hoy con cada minuto se evidencia más que los verdaderos culpables de nuestra miseria e insolvencia siempre estuvieron en la Plaza de la Revolución; nunca hubo que buscarlos ni un metro más al norte. Siempre han sido los mismos, lo que hoy siguen convencidos de que sólo se puede sojuzgar a un pueblo mientras se le someta a la indigencia y las privaciones.

La pobreza vista como causa deliberada del mal y no su consecuencia, la pobreza de mi pueblo asumida como estrategia consciente de dominación a largo plazo: ese es el enfoque último y revelador que pone de una vez todo en su sitio.

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Francisco despedida de Cuba

Por Jeovany Jimenez Vega.

La recién concluida visita del Papa Francisco I a Cuba dejó gravitando una ola de polémicas. Ante el asombro de unos y el desencanto de otros, un Sumo Pontífice caracterizado por ser directo, casi incisivo, con sus declaraciones Molotov hacia los centros de poder mundial, y que ha demostrado valentía al destapar más de una caja de Pandora dentro de su propia institución, para el gusto de muchos acaba de mostrarse, sin embargo, demasiado cauto ante los dictadores cubanos.

De alguien que ha dado pasos considerados verdaderas temeridades contrastados ante el milenario conservadurismo de su Iglesia, que llegó a La Habana precedido por su fama de reformador radical y cuyas declaraciones a favor de los desposeídos han llegado a merecerle incluso la absurda acusación de comunista, esperaban muchos un discurso más atrevido y frontal frente a los responsables del conocido irrespeto de los derechos humanos en la isla. Pero tal decepción puede tener su origen en una incorrecta apreciación de las coordenadas exactas de su paso por La Habana, del contexto inédito en que se produce su visita: sucede que el país visitado hoy por el Papa argentino ya no es el mismo que visitara en 1998 Wojtyla; ya ni siquiera el mismo visitado por Ratzinger en 2012.

Que la dictadura sea exactamente la misma no quiere decir para nada que Cuba lo sea. La audacia de Obama al revertir diametralmente una política perpetuada por sus diez predecesores en la Casa Blanca no es el centro de este análisis, pero sí queda fuera de dudas que las consecuencias de ese giro serán de largo alcance. Esta evidencia ha marcado una innegable impronta en el escenario político dentro y fuera de Cuba porque ha condicionado a corto plazo una actitud diferente hacia la isla y ha levantado expectativas dentro del sector más emprendedor de la economía informal cubana. Porque un país es también la suma de las necesidades y aspiraciones del pueblo que lo habita, y eso lo sabe muy bien Bergoglio, un hombre conocedor de la naturaleza humana, quien debe haber optado por la prudencia desde el convencimiento de que era lo apropiado en este momento.

Pongamos todo en su contexto. Bergoglio es un Papa que ha aceptado públicamente mediar en uno de los conflictos más largos y enconados de la Historia moderna, y en consecuencia cumple con la regla de oro de todo mediador: no incomodar a ninguna de las partes asumiendo una posición neutral. Sabe que el mundo está pendiente de cada gesto suyo, además conoce la antológica vocación de la parte cubana por esgrimir pretextos absurdos y sabe que cualquier declaración frontal pudiera enfriar el clima de las negociaciones actuales. En este momento el Papa es un actor político y se conduce como tal.

En Cuba vimos a un Bergoglio enfocado en su propósito de acercar a dos partes que intentan resolver una larga disputa. Estamos ante un hombre en la plenitud de su madurez personal y en la cúspide de su misión vital, puesto a conciencia al servicio de una delicada negociación. Como todo buen político, que nunca sacrificaría su objetivo final por escaramuzas intermedias, sencillamente antepone su misión a cualquier opinión personal sobre el asunto y mantiene su mirada fija en la consecución del fin.

No obstante, resultó desconcertante su visita de índole personal a Fidel Castro –pues no estaba obligado por el protocolo a visitar a alguien que en este momento no ocupa cargos oficiales. En su lugar, no haber visitado el punto cero habría lanzado un nítido mensaje político sobre su deseo de ruptura con un pasado que Cuba necesita imperiosamente dejar atrás, pero ya sea por razones prácticas o netamente personales, optó por regalar un selfie mediático a la dictadura. Verle junto al hombre que más daño ha hecho a la nación cubana ha sido profundamente perturbador, pero el tiempo develará la verdadera intimidad de su mediación y sólo entonces sabremos hasta qué punto estuvo éticamente justificada su decisión.

Polémicas han sido además sus posteriores declaraciones negando conocimiento sobre las detenciones de cientos de opositores cubanos durante su estancia en la isla, pero no haber recibido a ningún opositor engranaba pragmáticamente con su objetivo visto desde el ángulo del mediador: esto habría enrarecido demasiado, a la vista del Gobierno cubano, el clima de su visita –y es algo, dicho sea de paso, a lo que tampoco estaba obligado dado el carácter esencialmente pastoral de su gira. Asumido todo desde esta óptica, apenas habría sido una manifestación de diplomacia abstenerse de lanzar señales incendiarias.

Pero todo esto hizo más evidente aún el dilema de la Iglesia Católica cubana; atrapada entre la soberbia de una dictadura que recela y el dolor del pueblo al que se debe el suyo ha pasado a ser un profundo dilema ético. Estamos ante un nuevo escenario en el que se repiten, sin embargo, antiquísimas preguntas: ¿cuál es el rol de la Iglesia Católica colocada entre un pueblo sufrido y el despotismo de sus tiranos? ¿Dónde está su lugar exacto en este puzzle de contradicciones? ¿Hasta qué punto se debe implicar políticamente el sucesor de Pedro? O tal vez la pregunta sería mucho más simple aún ¿de cuál lado estaría Jesús en esta encrucijada de nuestra Historia?

De momento Francisco, que ofreció un discurso ya sí a tono con su estilo ante la Asamblea General de la ONU, optó por no arriesgarse con relación a Cuba, decidió bailar al ritmo de su propio tango y desde la escalerilla pareció cantarnos ¡adiós muchachos! como quien sabe de antemano todas las respuestas.

Ver: Mis minutos con el Papa.

Carta al Papa Benedicto XVI.

¿Salario condicionado?

salario condicionado

Por Jeovany Jimenez Vega.

Hablando de rumores: se comenta hace meses, pero nada oficial se dice al respecto todavía, que el Ministerio de Salud Pública aumentará el salario mensual de los médicos en Cuba a $5000.00 pesos (equivalentes a poco más de $200.00 USD). Esto sería muy buena noticia, pero como en la isla casi nunca las cosas son lo que parecen, según lo que se rumora también le colgarán la podrida: para recibir ese salario el trabajador tendría que firmar un contrato –al parecer no sería algo electivo– mediante el cual se comprometería a no viajar fuera de Cuba durante los siguientes cinco años –quizás diez años, según otras versiones– y se dice incluso que ya en las provincias orientales del país se le ha presentado este documento a los trabajadores.

De ser esto cierto, sería un sinsentido subordinar este salario a algo que no guarda ninguna relación con nuestro desempeño asistencial. Como en todo contrato, el que presuntamente se propone debería establecer con claridad el horario y los días de trabajo, fijaría las normas de disciplina a regir en la relación empleado/empleador y también reconocería el derecho a nuestras vacaciones quincenales pagadas dos veces al año, pero en este punto se detendrían las potestades de la administración: lo que decida hacer nuestro trabajador durante su tiempo libre está fuera de la jurisdicción administrativa de su centro y de su ministerio, es algo completamente personal y no le compete a nadie más que a él mismo tomar tales elecciones. Entonces, si es evidente que estamos ante asuntos inconexos sería absurdo exigir algo semejante.

De las medidas anunciadas recientemente por Granma, teóricamente se infiere que el MINSAP ha tomado conciencia, aunque tardía, de la gravedad de la situación asistencial en el país, pero condicionar un salario tan merecido como postergado a algo tan personal y ajeno a nuestro trabajo como nuestro tiempo libre sería una imprudencia fuera de lugar.

Tal actitud de nuestro ministerio denotaría que en el fondo nada habría cambiado. Esta postura deslustraría muchísimo el pretendido espíritu reconciliador de la nueva política propuesta, y desmentiría las presuntas “buenas intenciones” de las autoridades cubanas hacia aquellos profesionales de la salud que permanezcan en Cuba o deseemos regresar después de trabajar por un corto tiempo en el extranjero. Detrás de semejante condicionamiento se puede ver el brillo en el ojo del tigre, el gesto autoritario de siempre, el mismo despotismo, con otro disfraz y otros oropeles, pero el mismo despotismo al fin.

¿Será que tanto tiempo de imposiciones los cegó para siempre, que la soberbia terminó por anularles el juicio? ¿Ya nunca podrán hacer algo sinceramente limpio? ¿Serán ya definitivamente incapaces de proposiciones sinceras y todo quedará, una vez más, en la oportunista simulación, en el solapamiento perpetuo?

Por supuesto, firmar o no semejante contrato sería un asunto que cada cual está en pleno derecho de aceptar o no y siempre será una decisión personal, pero ese profesional debe saber que una vez firmado, ese documento lo colocaría en una injusta posición de subordinación y sería un yugo legal en manos de la administración, que lo utilizaría sin dudarlo llegado el momento de justificar futuras arbitrariedades. En lo personal yo nunca lo haría. No se trata aquí de que desee o no viajar mañana fuera de Cuba, se trata aquí de un principio mucho más elemental: es que el derecho a elegirlo o no siempre me competerá únicamente a mí. Así de simple es el asunto.

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Entrevista concedida por Jeovany Jimenez, desde Ciudadano Cero, a Reinaldo Escobar, periodista y editor del diario digital 14yMedio, sobre la nueva política anunciada por el Ministerio de Salud Pública de Cuba con relación a los profesionales del sector.

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14yMedio: ¿A qué le atribuye la adopción de estas flexibilizaciones para los médicos cubanos radicados en el exterior?

J.J: Es obvio que se trata de una reacción para contrarrestar el éxodo masivo de profesionales del sector. Las autoridades cubanas tuvieron sobrado tiempo, de hecho décadas, para hacer todo lo que hoy prometen. Sin embargo es sólo ahora, cuando se está produciendo la estampida, que deciden implementar una política mucho más justa. Quienes le generamos al país entre 8.000 y 10.000 millones de dólares anuales con nuestro trabajo en el exterior, bien que nos lo merecemos.

Hasta ahora el trabajador sanitario solo había recibido palos, un trato despótico y la explotación capitalista de su trabajo –en el sentido más estricto de la frase– cuando percibe en una misión oficial de trabajo en el extranjero sólo el 20% del salario que se pacta entre países. Sobre esta situación no se ha dicho ni una palabra y está en el centro mismo de las deserciones.

14yMedio: ¿Cree que muchos de estos galenos radicados en el extranjero están pensando en el retorno a la Isla?

J.J: No existe tal demanda de regreso de los médicos que desertaron de misiones o salieron a trabajar por contratación individual. Ellos tomaron su decisión en firme después de pensárselo bien. Lo que es una realidad más que evidente para millones de cubanos es el deterioro profundo, lamentable y sistémico de la atención médica a todos los niveles a lo largo del país. Hemos sido testigos durante décadas del deterioro estructural progresivo de los consultorios médicos, policlínicos, clínicas estomatológicas y hospitales, mientras el Gobierno cubano continúa desviando recursos para pulir su aparato represivo y nuestros neoburgueses se lo gastan en grande en hoteles de lujo y paseos por Turquía.

14yMedio: ¿Entonces no lo ve como una apertura?

J.J: Dudo mucho que estemos frente a un auténtico cambio aperturista del régimen. Estamos ante un Gobierno que en el resto de su accionar no ha cambiado nada, que se sigue conduciendo en su dinámica interna como una auténtica dictadura. Aún reprime del modo más impune y sistemático la disidencia de ideas y otros derechos humanos básicos. No ha lanzado la más mínima señal, en el resto de sus facetas, que induzca a pensar que estas medidas puedan engranarse en un cambio de mentalidad conducente a aperturas reales.

Estamos simplemente ante un giro pragmático para adecuarse a la nueva circunstancia.

14yMedio: ¿Cuál ha sido la reacción entre los médicos que conoce?

J.J: Oscila entre la alegría, el desdén y el escepticismo.

14yMedio: ¿Es posible revertir el éxodo de profesionales de la salud con estas flexibilizaciones?

J.J: El daño ya está hecho. Todo lo que sucede hoy pudo, en buena medida, haberse evitado si el Ministerio de Salud Pública y el Gobierno cubano hubieran escuchado en serio las demandas de nuestros trabajadores. Debieron haber estado atentos a sus necesidades y seguir una política más justa y recíproca hacia un sector que durante los últimos tres lustros ha generado más del 50 % del PIB cubano, sin que eso haya redundado en mejoras del status de vida de su personal.

Cada médico cubano que tomó la decisión de salir de la Isla para trabajar en el extranjero, lo hizo a partir de experiencias personales negativas y en busca de horizontes diferentes y más prometedores. En la mayoría de los casos dejó en la Isla condiciones de trabajo extremadamente precarias: un salario absurdo que se agotaba en una semana, el irrespeto, la frecuente prepotencia y hasta el despotismo de las autoridades de su ministerio y de su Gobierno. Ese profesional experimentó un altísimo grado de frustración por haber consagrado la mejor parte de su vida a una labor sin ser justamente recompensado.

Ese galeno se sintió defraudado, cuando no traicionado. De manera que evocará esas frustraciones y maltratos a la hora de sopesar una decisión como la de regresar a Cuba.

14yMedio: ¿Habrá una oleada de médicos regresando a los hospitales cubanos?

J.J: Es muy dudoso que suceda un regreso masivo, pero no es del todo descartable que algunos decidan regresar después de trabajar por un tiempo en el extranjero, sobre todo si las autoridades cumplen por esta vez con su palabra e instrumentan en la práctica lo prometido. Ya sabemos que con el Gobierno cubano del dicho al hecho siempre habrá un buen trecho.

Dudo muchísimo que ese retorno suceda en forma de una oleada, tampoco inmediatamente. Hay demasiada desconfianza generada por décadas de promesas incumplidas para que ahora, por obra y gracia de un artículo en Granma, aquel que tomó la decisión más trascendental de su vida, regrese sin más ni más.

14yMedio: ¿Considera que esta medida podría abrir una brecha para que más médicos salgan de Cuba una vez que se han eliminado los castigos?

J.J: La época del miedo a los castigos va quedando atrás. Quizás algunos perciban justo ahora el esperado disparo de salida, aunque hay aún muchos profesionales que nunca salieron del país porque no encontraron el modo de financiarse la empresa. Aquellos que hemos optado por trabajar fuera de Cuba, o bien lo hicimos a partir del préstamo de amigos y familiares o con el dinero acumulado en alguna misión médica oficial en el extranjero.

14yMedio: ¿Además de los recursos para el viaje, qué otros obstáculos se anteponen en el camino?

J.J: Durante los últimos meses se implementó la práctica, sin duda deliberada, de demorar todos los trámites de validación legal de documentos en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en el resto de los ministerios con el evidente fin de obstaculizar cuanto sea posible la salida del país de los galenos y profesionales de otros sectores. Esta rémora sólo puede explicarse como una política disuasiva para desestimular futuras fugas.

14yMedio: En el anuncio aparecido en Granma solo se incluyen entre quienes pueden retornar a los que salieron bajo la nueva Ley Migratoria, que entró en vigor en enero de 2013, pero nada se dice de los que salieron antes. ¿Qué opina de eso?

J.J: De ser así, estaríamos ante la perpetuación de una grave injusticia. Impedir que cualquier ciudadano cubano ingrese de forma libre a su propio país es una gravísima violación de los derechos humanos, practicada por el Gobierno cubano durante medio siglo. Todo aquel que aún dude que estamos ante una rancia dictadura, que tome este botón de muestra: un médico imposibilitado por un grupo de funcionarios de reunirse con sus hijos durante ¡ocho años! por algo tan simple como haber dado por concluido un contrato laboral, pues nada más que eso es lo que hace quien “deserta” de una misión.

Una decisión así incluso se opondría al objetivo central de la nueva política, que no busca otra cosa que desestimular salidas y fomentar el regreso del mayor número de profesionales entre aquellos que un día partieron.

Tratamientos paliativos.

Médico cubano

Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace varias semanas se rumora que el Ministerio de Salud Pública de Cuba (MINSAP) ha dispuesto una serie de medidas en beneficio de sus profesionales. Vistas en su conjunto estas propuestas podrían considerarse como una contraorden a aquella otra política de represalias difundida unos meses antes dentro de la isla y a través de la red, que representaba un ataque frontal, irrealista y estúpido contra quienes decidimos salir del país por contratación individual y no mediante alguna misión médica oficial.

De ser cierta, la anterior “circular” del ministro apostaba sin reparos por la línea dura para desestimular por todos los medios posibles la contratación médica individual en el extranjero: se comenzaba ordenando la inhabilitación de todo aquel trabajador del sector que saliera sin la autorización del MINSAP a trabajar por su cuenta al extranjero; disponía impúdicamente presionar a otros gobiernos, incluso mediante canales diplomáticos, para evitar la contratación individual; ordenaba castigar incluso a aquellos que decidiéramos regresar a trabajar en Cuba después de hacerlo de ese modo en el extranjero y llegaba incluso a disponer el retiro inmediato de su pasaporte en la aduana a cuanto colaborador oficial regresara a Cuba, entre otra felonías ya analizadas previamente en Ciudadano Cero.

Pero esta vez otros rumores –nuevamente nada publicado oficialmente– traen aires más conciliadores desde la isla. Al parecer alguien más lúcido y realista, o simplemente más pragmático, debió advertir que estas medidas tendrían escaso valor práctico, elevado costo político y al final sólo lograrían desestimular el potencial regreso de más de un profesional entre aquellos que nunca hemos optado por vivir definitivamente fuera de Cuba.

En cuanto a la inhabilitación para ejercer en la isla: ¿cuánto podría importarle a quien regrese a Cuba con varias decenas de miles de dólares que se le prive de un salario de $ 60.00 USD mensuales? Prohibirle a este profesional ejercer en Cuba sería un desatino total, sobre todo en momentos en que el Gobierno cubano presume de aperturas porque, después de todo en términos prácticos: ¿dónde gastaría su dinero quien regrese sino en Cuba? ¿Quién saldría más perjudicado en esta lidia: el Ministerio reticente, bastante urgido de profesionales, o el trabajador que pudiera esperar durante años con toda la paciencia del mundo, sin ninguna premura, por la rehabilitación del Ministro?

Casi siempre que los dictadores verde ocres se han decidido por alguna de las muchas medidas dirigidas contra el bienestar y la prosperidad de mi pueblo han obrado mediante un reconocible modus operandi: le ordenan a su ejército de chivatos de barrio lanzar la bola de turno para regresar luego a donde sus amos con las opiniones escuchadas acerca de cómo sería percibida la futura felonía por la opinión pública, para de este modo prever la reacción que suscitaría una vez implementado en la práctica el dictado en cuestión.

Por eso ahora, a pesar de lo indudablemente positivo de las presuntas medidas “anunciadas” –al margen de que estas obedezcan a una estrategia de contención ante el éxodo masivo de los profesionales del sector debido a su falta de expectativas– pareciera que éstas medidas ya fueron tomadas a destiempo; o mejor dicho en buen cubano… ya se les fue el tren.

Ahora será mucho más difícil disuadir a un profesional que en su primer mes de trabajo haya percibido una retribución bastante mayor a la recibida por diez años íntegros de trabajo en Cuba. Ojalá sea cierta la buena nueva, pero debido a la vocación largamente demostrada por el Gobierno cubano de esparcir rumores –devenido ya en uno de sus hobbies favoritos– francamente me reservo una vez más el recurso de la duda.

te-quiero-pobre

Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace varias semanas nos deleitábamos con los reportes del tour vacacional del príncipe Tony Castro. Al parecer, hastiado de jugar golf en un país donde el 99.99 % de sus nativos nunca ha pisado uno de esos terrenos, el único cubano participante en el último Torneo de Pesca Ernst Hemingway –y “casualmente” su ganador– decidió darse esta vez un brinquito por los opulentos hoteles de Turquía. Nada tuviera de particular si Tony fuera un heredero del Sultán de Brunei, pero es nada más y nada menos que hijo del personaje más verticalmente anticapitalista de la segunda mitad del siglo xx: el señor feudal Fidel Castro.

Pero ya nada debería sorprendernos, porque la demagogia fue, desde sus primeros momentos, el signo más cardinal del fidelismo. El mismo dictador se encargó de practicarla siempre que pudo hasta elevarla a rango olímpico. Es historia constituida su ambivalente postura de los primeros momentos asegurando que no era comunista, para después mudar de piel en cuanto las circunstancias le fueron propicias. Pero además de esta faceta inherente a su alta política, en lo personal también mantuvo siempre oculta una segunda vida, hasta que el tiempo y las confesiones públicas de varios oficiales de alto rango, desencantados por la impudicia del barbudo, develaron la verdad.

Así nos enteramos de que este señor siempre tuvo múltiples amantes. Entonces recordaba yo cómo un tío mío, militante comunista consecuente y honesto –que recuerdo en los 80, pidiendo más de una vez algún menudo a mi madre para comprar cigarros en el Coppelia de Artemisa que él mismo administraba– fuera expulsado del partido por el imperdonable pecado de tener una amante. Un poco más acá, a raíz de la muerte de Antonio Gades, nos enterábamos que el artista ibérico fue el padrino de bautismo de los hijos del mismísimo Raúl Castro, y recordábamos entonces cómo durante décadas se mantuvo vedada la militancia en el partido para miles de simpatizantes del régimen precisamente por sus creencias religiosas –precisamente por eso millones de mi generación no fuimos bautizados– y lo que fue mucho peor aún, cómo se hostigó así a miles de trabajadores y se truncó el futuro de decenas de miles de jóvenes, expulsados de sus carreras universitarias por no haber renegado de su fe.

Ahora sabemos que el señor feudal era todo un experto en vinos y quesos caros, y nos enteramos también de todos esos palacetes, yates, vacaciones en el extranjero, hijos becados en Europa y cotos privados de caza propiedad exclusiva de los oligarcas verdeolivos, o sea, de toda una extensa saga de privilegios burgueses que durante décadas los señorones gozaron a espaldas de mi pueblo.

Para nada debería extrañarnos ahora que el dandi Toni Castro se de una escapadita alquilando un “humilde” yate émulo del de Bill Gates, y se pague a miles de dólares todas esas noches en hoteles de lujo junto a su comitiva: es que el nene apenas hace lo que siempre vio hacer a sus mayores.

Alguien pudiera suponer legítimo que cualquier presidente o hijo de presidente pueda tomarse estas “pequeñas” libertades, pero no es así, no al menos en el caso cubano. Demasiados discursos durante 50 años se gastó Fidel Castro pidiéndole austeridad al pueblo cubano, dándose golpes de pecho y gritando a los cuatro vientos, ya no sólo que eran honrados y buenos, sino que eran absolutamente lo mejor y lo más honrado del universo, y siempre demarcaron una nítida línea divisoria entre este paradigmático paraíso de inmaculada honradez, rayana con la santidad, y esa “pérfida podredumbre” capitalista que ahora no parece espantarle demasiado al dandi antillano.

Por supuesto, también están las escapaditas a Cancún de los dirigentones durante esas décadas en que viajar al extranjero estuvo prohibido, las cuentas secretas en Suiza, las cisternas de otros generales, también repletas de millones, que nunca fueron develadas, el nauseabundo tráfico de corrupciones que genera los millones de los impíos de la aduana,  la kilométrica lista de sobornos a altos funcionarios del Comercio Exterior a cambio de contratos y compras miserables, entre otros momentos kodak para las memorias de la dictadura, como la Causa Número 1 del General Ochoa, que todavía apesta a cocaína en la memoria del cubano.

Quedarían por mencionar los negocios y las propiedades de los demás herederos del trono castrocomunista en otros países donde se huelen el culo con la crema y nata del empresariado capitalista mundial, entre otras “nimiedades” familiares que siempre corren, eso sí, por la cuenta de Liborio, elementos todos que nos permitirán calcular, sólo intuitivamente, las siete octavas partes sumergidas del inmenso iceberg de la robolución cubana.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Desde el pasado viernes 29 de mayo Cuba quedó excluida de la lista de países patrocinadores del terrorismo en la cual le incluía Washington desde 1982, pues consideraba como tal que el gobierno antillano hubiera cobijado durante décadas a militantes del grupo extremista vasco ETA, a guerrilleros de las FARC colombianas y a más de un prófugo de la justicia estadounidense. Su inclusión en esa lista implicó para la dictadura cubana una negativa sistemática de la banca internacional a operar en Cuba y a realizar sus transacciones financieras, y engrana con la más amplia política de embargo estadounidense que no permitió hasta ahora que Cuba utilizara dólares en sus transacciones comerciales bajo riesgo de confiscación de cobros y pagos.

En lo particular, la inclusión de Cuba en esta lista nunca me dio ni frío ni calor. Ello siempre me pareció intrascendente contrastado frente a una realidad que nos circunda de forma más inmediata a los vecinos de Liborio, con múltiples y elocuentes ejemplos de lo que sin temor a excesos podríamos definir como una política de Terrorismo Doméstico de Estado: esa hostilidad absoluta, abierta y nunca disimulada, perpetrada inmisericordemente por la gerontocracia de La Habana contra todo lo que implique bienestar personal y prosperidad para la familia cubana.

Pienso en una larga cadena de medidas antipopulares, tomadas por el gobierno de los Castro para mantener al pueblo en una insolvencia económica perpetua, limítrofe con la indigencia, de modo que la constante premura de procurarse un plato de comida no le deje ánimo ni tiempo para “peligrosos” gestos de civismo. Esta absurda política estatal, impuesta frente a nuestros insultantes salarios, nos somete al precio exorbitante del combustible en las gasolineras a pesar del desplome del petróleo en el mercado mundial, a la aplicación de una tarifa eléctrica que al menor descuido nos defalca y al soez aumento del precio del gas licuado. Continúan vigentes las tasas de cambio fijadas arbitrariamente por CADECA, la execrable extorsión a mano armada en las aduanas, las constantes zancadillas contra el sector trabajador por cuenta propia y el impúdico rol de proxeneta de quienes explotan al colaborador médico en el extranjero. Todas estas medidas fueron dictadas desde La Habana, y hacen palidecer ante nuestros ojos cualquier otra lista de villanías.

Precisamente sobre esta inmemorial política de avasallamiento se engranó desde 1994 el arbitrario gravamen que por sus reverberantes testículos Fidel Castro impuso al dólar estadounidense frente a su sacrosanto CUC criollo, medida que de la noche a la mañana disminuyó oficialmente en un 20% el poder adquisitivo de todo aquel que recibió durante las últimas dos décadas dinero enviado por su familia emigrada desde las más variadas latitudes –esto devenido hace años, por cierto, en un jugoso mecanismo de ingresos para la isla.

Desde el 8 de noviembre de 1994 la Resolución 80, emitida por el Banco Central de Cuba, estableció que el dólar estadounidense tendría un gravamen del 10 % en el cambio con respecto al peso convertible cubano (CUC). Más tarde, en abril de 2005 el Acuerdo No.15 del Comité de Política Monetaria reevalúo en otro 8% la tasa de cambio del CUC frente al dólar y demás monedas extranjeras, por lo cual, desde entonces, para cambiar un dólar en Cuba usted deberá tener en cuenta tres factores: el gravamen implementado por la Resolución 80, del 10%, la apreciación anunciada en el Acuerdo No.15 del Comité de Política Monetaria, del 8%, y el margen comercial que aplica CADECA a este tipo de transacciones, mantenido alrededor del 3,5%. Con estos elementos puede calcular que por cada $100.00 USD usted recibirá en CADECA aproximadamente $80.42 CUC.

Pero definitivamente estos dictados, a modo de bumerang, cobraron su factura: además de coadyuvar a la compleja distorsión de su sistema financiero interno, no pudo menos que tener un negativísimo impacto en la afluencia de turismo en medio de este exótico Caribe, espléndido en bellas playas y ofertas más competitivas, hacia las que derivaron durante este período millones de vacacionistas no dispuestos a pagar este tributo de estafa.

Muchas consecuencias inmediatas podrá tener ahora la retirada del Gobierno cubano de esa lista negra, pero especialmente una es la que me ocupa hoy porque es la que más inmediatamente dirigida está al bolsillo de nuestra familia en Cuba, y me pregunto: ante la inminencia de que Cuba podrá hacer libres transacciones internacionales con el dólar estadounidense –y dado que este fue el principal argumento utilizado– ¿derogará ahora el Gobierno cubano ese oneroso gravamen de la moneda del norte en favor del CUC? ¿Se atrevería la desvergonzada cúpula verdeocre a mantener ese impúdico modo de extorsión masiva, contra viento y marea, a pesar del nuevo cambio de clave?

Revocar este gravamen está indisolublemente ligado hoy a la más de una vez anunciada, y muchas veces postergada, unificación monetaria. Ahora los dictadores tendrán que poner en una balanza de un lado su indiscutida vocación retrógrada de explotar al pueblo cubano por todos los medios posibles y de propiciar todo lo que conduzca a su ruina e insolvencia, y por otro la necesidad ya advertida por los “estudiosos” del tema de sincronizar con un realismo al menos creíble a primera vista su sistema financiero de cara a los organismos internacionales, la banca y los futuros inversores, condición sin la cual aumentaría la ya muy recelosa percepción de riesgo de más de un empresario, cuyo intuitivo olfato no termina por confiarse del todo de las “buenas intenciones” de Raúl Castro. Demasiadas historias de escamoteos y estafas se escuchan para que así no sea.

Pero en fin, si el Gobierno cubano conservara todavía una partícula de vergüenza derogaría hoy mismo este impopular y abominable gravamen que de manera tan negativa ha incidido sobre el bienestar del denostado pueblo cubano, y dejaría de considerar nuestra pobreza como su principal recurso, como el indigno pedestal sobre el que se ha sostenido durante más de medio siglo la más larga y refinada dictadura que América haya conocido.

Marti - Carlos Enríquez Muerte de Martí en Dos Ríos

Por Jeovany Jimenez Vega.

En el loable intento de desmitificar a José Martí se han empeñado plumas de los más disímiles calibres, y todos los esfuerzos parecen pocos dada la trascendencia de su legado. Pero no todos han partido en la dirección correcta en sus tentativas. Me sumo a la polémica propuesta por un reciente artículo que cuestiona la impronta de José Martí en el pueblo cubano durante la fase que precedió inmediatamente al alzamiento del 24 de febrero.

Calibrar la influencia de Martí hacia el interior de la sociedad cubana hasta 1895 a partir del improbable y rudimentario conocimiento que de su avanzado pensamiento doctrinal pudiera alcanzar una población cubana semianalfabeta relegada a la insularidad cubana de las postrimerías del siglo XIX, sería tan absurdo como presuponer que su impronta debió quedar limitada exclusivamente a aquel humilde sector poblacional, aislándolo sin razón del resto de una sociedad que ya resonaba impaciente ante la inminencia de la guerra.

Este siempre sería un enfoque sesgado porque olvidaría la diana principal a que apuntaba la verba encendida del Maestro desde las páginas de Patria y desde las tribunas de Tampa y Cayo Hueso: a la intelectualidad criolla –llamada a amplificar el mensaje propiciador de la inminente gesta hacia el interior de la isla– y a los líderes militares –llamados a arrastrar a la manigua, tras su natural liderazgo, a la gran masa de cubanos que serían el cuerpo de choque del futuro Ejército Libertador.

La influencia que sobre las clases mayoritarias más bajas –y por lo mismo más decisivas en la futura contienda– pudo tener Martí, no puede ser deducida de forma lineal sino que necesariamente pasa a través de aquella extensa red de intermediarios del mensaje. Si bien es cierto que el hombre de campo en Cuba tenía poca oportunidad de permearse de la doctrina martiana, también lo es que esa marea de rencor contenido contra España estaba impaciente, llegado 1895, sólo a la espera de un guiño de ojos, de la orden de los jefes de antaño para desatarse en nuevas cargas contra la inmisericorde metrópoli, y si esa tensión llegó al grado crítico de no retorno fue precisamente por la descomunal e infatigable labor organizativa y de proselitismo político desplegada por Martí; gigantesca odisea que nunca podrá desestimar, ni minimizar, quien analice con objetividad la dinámica regente del período final de la tregua fecunda.

Cierto que Cuba en aquel momento pasaba por una situación económica precaria y coyunturalmente compleja, pero se debe tener en cuenta amargos precedentes: la intentona fallida de la guerra chiquita y más tarde la gran frustración que generó el fracaso del Plan Gómez-Maceo, por lo que no sería nada desatinado afirmar que sin el milagro catalizador del Apóstol bien hubiera podido pasar de largo aquella hora sin penas ni glorias.

Martí no era un militar. Su genialidad estratégica se desarrolló netamente en el plano político y estuvo sustentada sobre sus excepcionales dotes diplomáticas, virtud indiscutida que cincelara el Maestro con el pulso y la tenacidad de un orfebre, a lo largo de su vida, mediante un exponencial proceso de autopurificación que convirtió finalmente a un hombre de temperamento irascible y reaccional en este ser amable, magnético, subyugante y regenerador que nos legó la Historia, tan avasallador que conquistó para la causa común a hombres hechos como de piedra desencontrados por años. Regresar al cauce de la Revolución a aquellos caracteres de bronce fue su mayor logro y también su modo de tocar a la puerta de cada bohío cubano con la empuñadura del machete redentor.

Demasiados obstáculos se interponían entonces entre el ideario martiano y la pobreza del guajiro en Cuba, pero de traducir al lenguaje montuno la línea estratégica del mártir de Dos Ríos se encargaron las principales figuras de la guerra grande: un Máximo Gómez que había lanzado una señal inequívoca a la emigración sobre su incondicionalidad hacia Martí cuando mandó a su hijo Panchito junto a éste en gira proselitista a través de los clubs revolucionarios de Estados Unidos; un José Maceo recién casado, que apenas tuvo que ser instado por el Maestro para unirse a la empresa pasando por encima de su orgullo herido por el racismo en la pasada contienda –“sólo Martí pudo sacarme de mi nido de amor”, decía– y un Antonio Maceo, el hombre definitivo, que a pesar de los malos entendidos, sumó también su machete incondicional a la gesta y apenas desembarcara en Oriente incorporara masivamente a la manigua a miles de mambises.

A aquellos hombres ásperos e incultos le bastaba con la presencia en los campos de Cuba de sus legendarios jefes para estar dispuestos a morir por la guerra previamente gestada por el genio de Martí. Muchos se sumaron, pero la presencia decisiva de cada uno de estos generales en la manigua cubana fue un triunfo personal del apóstol; si el soldado mambí tenía mayor o menor conciencia de ello bien poco le preocuparía a este hombre tan poco urgido de honores personales, pero la Historia es concluyente al respecto: si el milagro del levantamiento se produjo fue porque antes Martí, mediante su herramienta más formidable, el Partido Revolucionario Cubano, organizó paciente y sistemáticamente, con regia inteligencia, la colosal conspiración.

Frisa la insolencia rebajar a condición de mito los excelsos méritos del cubano que reunió en sí tan sublime confluencia de virtudes. Sí, necesitamos ingentemente desmitificar a Martí, despojarlo de las sotanas de santo que nunca vistió y bajarlo de altares que nunca solicitó para sí. Pero desmitificarlo no implica despojarle de méritos probados: cuidemos que nuestra repugnancia por el argumento meloso y la lisonja oportunista de los déspotas que intentan legitimarse no empañe ante nuestra mirada el brillo y la nobleza auténtica del héroe visionario.

Definitivamente no era un militar el que cayó a la luz del sol en la primera escaramuza, y si murió ascendido a Mayor General por el invicto Máximo Gómez –profundo conocedor de hombres y bien parco en tributar honores– fue porque también el alma grande del viejo de Bani, templada en todos los dolores de la guerra, terminó conquistada sin reservas por el influjo misterioso del Maestro. Y no lo olvidemos: si un gesto de Gómez bastaba para movilizar a todo el ejército mambí, junto a ese gesto iba también, como su victoria suprema, la orden de aquel que murió en Dos Ríos por los pobres de la Tierra.

Ver: Martí y la idea del partido único.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

¿Qué le diría yo al Papa Francisco si pudiera hablarle minutos antes de su reunión con Raúl Castro? Si Jesús vino al mundo para salvar a los impuros, para sentarse también a la mesa de los fariseos –precisamente de aquellos con el alma más contaminada por la esquirla de la maldad– ¿qué podría yo decir a Su Santidad que le resumiera todo el duelo de mi pueblo y le advirtiera sobre la real dimensión del desastre que mi patria vive?

Estará mañana el Papa frente al representante de un engendro maquillado para engañar al mundo sobre su naturaleza mezquina, que oculta su verdadero rostro entre telones salpicados con sangre y sufrimiento de mi pueblo. Representa a la dictadura más larga, pérfida y sutil conocida en América, cuyo lado siniestro sólo conocen el hombre humilde de salario miserable que no se atreve a hablar por temor a seguras represalias, o el periodista censurado frente a los temas intocables, o el ético escritor marginado por una pseudointelectualidad apóstata que canjeó su dignidad por status como una prostituta; ese rostro a la sombra lo conocen de memoria el trabajador honesto expulsado por disentir, o el activista cívico atropellado por defender sus verdades.

Ese Raúl Castro –a la vez Presidente, Primer Ministro y Secretario General del único partido legal en mi país– es el mismo que ordena o permite cada amenaza, allanamiento, mitin de repudio o golpiza impune contra opositores pacíficos, cada detención arbitraria y condena a prisión sin levantamiento de cargos, así como el acoso constante a una oposición no reconocida oficialmente pero a la cual le teme hasta el tuétano de sus huesos, en fin, es el responsable máximo, junto a Fidel Castro, de cada uno de los miles de abusos que ratifican la naturaleza totalitaria-despótica del régimen que representa. Ese hombre no representa al pueblo de Cuba porque no fue elegido según normas democráticas, porque su miedo al pueblo cubano le impide convocar a plebiscito –por lo mismo su séquito de secuaces jamás se expone al debate público en igualdad de condiciones, y acaba de brindar al mundo en Panamá la más vergonzosa y cavernícola lección de incivilidad.

Este señor asegurará que su gobierno se desvela por los pobres del mundo cuando en realidad, en decenas de misiones médicas oficiales, mantiene sometido a un ejército de semiesclavos a la más infame privación de derechos. Decir que la principal fuente de ingresos de la dictadura proviene de una pretendida vocación filantrópica tipifica nítidamente su signo más raigal: su monumental demagogia. En los foros mundiales pide al mundo el respeto de las diferencias pero en Cuba apalea a los disidentes y opositores; mientras ovaciona afuera el derecho igualitario de los pueblos a las tecnologías, dentro nos niega el acceso libre a Internet; mientras critica las políticas de espionaje doméstico de otros gobiernos, mantiene a mi pueblo indefenso contra la férrea vigilancia perpetua de la policía política; mientras en los foros vocifera contra las injusticias del “capitalismo salvaje”, explota brutalmente a sus propios trabajadores, y critica las medidas de choque neoliberal a la vez que en casa especula con precios astronómicos y encarece insosteniblemente la vida del ciudadano común.

Su Santidad debe saber que ese hombre sin carisma sustenta su gobierno sobre el miedo del pueblo, sobre la mentira sistemática, sobre el fomento del odio más abyecto a la discrepancia, sobre la satisfacción insolente de la codicia y los más bajos instintos de sus cómplices en el poder, sobre el soborno y el chantaje que perpetran todas sus huestes y sobre la fuerza bruta lanzada inmisericorde contra todo el que se aparte de sus dictados.

Debe saber Su Santidad que ese señor representa la aristocracia neoburguesa afianzada al poder en la isla y no al pueblo de Cuba. Todas sus gestiones para reconciliar a esta dictadura con el mundo no favorecerán el bienestar del pueblo cubano mientras no sea libre la patria, y toda la riqueza generada por estos cambios irá a parar inexorablemente a manos de esa élite indolente que nos desprecia. Todo esto le dijera a Jorge Mario Bergoglio previo a su cita con este hombre pequeño, o tal vez, abrumado por un dolor que me confieso incapaz de transmitir en pocos minutos, sólo alcanzara a pedirle su más humilde plegaria por la vindicación en la tierra del alma sombría de todos los tiranos.

Ver: Carta al Papa Benedicto XVI

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen/ Lucas 23:34

Escribo sin saber si llegará a leer estas palabras, o si las entendería, porque en la vida hay asuntos que nos toman un minuto o quizás una hora comprender, pero otros nos tomarán un año, y habrá sin duda algunos tan profundos que nos tomarán toda la vida. Cada vez que reviso el video en el cual le grita a aquel periodista en Panamá, en medio de la chusma, que pagó un pasaje aéreo con su salario de miseria, no deja de asombrarme. ¿Cómo pudo mentir así cuando hasta un niño sabe que eso es imposible, que todo ese gasto corrió por parte del Gobierno cubano? ¿Podría explicar cómo dejar de vestirse y calzarse, cómo dejar de comer durante varios años sin morir, y ahorrar íntegramente el salario que le paga su “revolución” para viajar por ese par de días a la cumbre, sólo para dar cuatro gritos junto a otros cien activistas de la “sociedad civil” oficial que se supone hicieron similar “sacrificio”?

Su mirada perdida en Panamá produce más que pena, tristeza; no hay convicción detrás de aquellos gritos, sólo enajenación y fanatismo. Sin embargo, sí fue honesta cuando aseguró que el pueblo cubano pagó sus gastos en la cumbre. Quizás debió ser más cauta, pues hablaba sobre algo muy lacerante: esa Brigada de Respuesta Rápida que envió Raúl Castro a gritar a Panamá –pues nada más hicieron– financió su viaje con el dinero dejado de pagar a mis colegas médicos y enfermeras, a los maestros de mis hijos y a los cientos de miles de jubilados cubanos que sobreviven con ocho dólares mensuales. Ese dinero pudo utilizarse para restaurar una Habana a punto de derrumbe, para reparar miles de baches, mejorar el lamentable estado de la red de abasto de agua o nuestro pésimo transporte público, males que persisten después de décadas de un des-gobierno que derrocha el tesoro de la nación en asqueantes lobbys politiqueros como el que boicoteó con su fanfarronada egocéntrica el foro en Panamá.

Pero en el fondo la comprendo. Como ella hoy, yo también aposté un día por la Revolución –desde una fe pura aposté por la mía, la interior, la que nunca entrecomillo– cuando todas las trompetas parecían anunciar nuestro apocalipsis bajo los nubarrones del 94; entonces se llenó de incertidumbres el futuro, igual que se llenaron las extensas aguas del estrecho de balseros vivos y recuerdos muertos. A mis 23 años, vividos bajo la égida del absolutismo y el culto megalomaniaco al “gran hermano” iconoclasta, yo también fui un ferviente militante de su UJC, y no quise, no supe o no pude –tal vez nunca lo sabré con certeza– asumir otra postura, y mientras esto sucedía Sucelys aun peinaba sus últimas muñecas, pero no había nacido aun en el 80, cuando unos cubanos tan enajenados como ella dejaron de ver a otros cubanos como hermanos y lanzaron exactamente las mismas ofensas que ella recicló hoy en Panamá, iniciando esta era de vergüenza que todavía nos persigue.

Pero un buen día mi razón regraduó sus anteojos, comprendí de a poco mi terrible error de desenfoque y aquel tirano, antes irreprochable, se me hizo cada día más pequeño y regresó ante mi vista a su natural condición de cucaracha. Amanecí un buen día cuestionándomelo todo y cuando encontré las respuestas ya no hubo marcha atrás: me desconecté definitivamente de esa matrix y cuestioné todos mis conceptos, pulverizando unos y reafirmando otros, pero renaciendo del proceso, desde una posición de libertad personal, definitivamente más tolerante y más en paz conmigo mismo.

Como la Historia suele repetirse en forma de farsa, doy gracias a Dios por no haberme colocado entonces en el papel más triste de la escena, por haberme resguardado sabiamente de ejecutar este triste bocadillo de sicario. No sé si ella algún día será también capaz de renacer, pero no dejan de darme tristeza sus ojos de muchacha transidos por el odio, sus manos hechas para ser madre o amiga dibujando en el aire los signos de la guerra y gritando las mentiras que otros más oscuros y siniestros pusieron en su boca de hija, de hermana o de amante.

Decía un buen cubano que en una dictadura todos somos víctimas –incluido el tirano, principal torturado por su propio miedo– y casi siempre son los más sometidos quienes menos se percatan de su vasallaje. Sucelys, toda una flamante psicóloga, debe saber que tras esta verdad se oculta la clave de la enajenación del hombre, de su disolución en la masa hasta quedar reducido a esa materia amorfa y maleable afín a los caprichos del tirano. El Foro Social convocado a la VII Cumbre de la OEA debió servir al menos para que las sociedades civiles de América extrajeran una clara lección: esto es lo que sucede cuando una dictadura asume los designios de toda una nación y enajena a generaciones enteras.

En Panamá todos fueron testigos de la transformación del hombre en bestia, en ser irracional, repetitivo autómata de gritos y consignas vacías pero incapaz de intercambiar en voz baja argumentos coherentes. Valga esta prueba más de que el sueño de la razón engendra monstruos. Por eso hoy busco dejar el ungüento del perdón y la concordia sobre la llaga que dejara en Panamá esta vergüenza ajena, porque la patria siempre necesita más de puentes que de muros, y el día llegará en que sane del rencor la mirada de Sucelys. Sueño con que ese día sea tan bello y purificador que los sicarios de hoy también formen, gracias al milagro de la redención, parte de la auténtica sociedad cívica de mañana; este mensaje esperará, como botella lanzada al mar, para ser leído cuando el renacimiento suceda.

PANAMA-AMERICAS-SUMMIT-PROTEST

Ver: Cubanos y punto.

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