“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

medicos_cuba3Por Jeovany Jimenez Vega.

El rumor ya dio paso a la certeza: llega para nuestro sector un incremento salarial que para algunos duplica –y hasta cuadruplica en algunos casos– nuestro salario básico. Pero lo que debería ser sin reservas una excelente noticia, nos llega con una extraña mezcla de incertidumbres y pasmosas evidencias, con un desagradable lastre de dudas que deslustran un tanto lo que bajo otras circunstancias sería una alegría absoluta.
Como bien recordaremos, nuestro salario actual es resultado del anterior incremento hecho a nuestro sector en 2005 bajo la égida de Fidel Castro. Si bien aquel fue francamente irrespetuoso, esta vez no es tanto el incremento en sí lo que enturbia la noticia como aquellas obvias condiciones que le cuelgan, y es que en la Cuba de hoy, como en la de entonces, la solución del asunto continúa siendo no tanto cuestión de salarios como cuestión de precios: es evidente que mientras no se produzcan cambios a nivel macroeconómico que devuelvan al salario su básico sentido motivacional, ningún aumento salarial tendrá sentido.
Varias aristas del tema saltan al análisis más insulso e imponen una pléyade de obligadas preguntas: ¿de qué nos sirve este aumento salarial cuando se produce con una moneda francamente devaluada? ¿Vale la pena considerarlo como el estímulo que pretende ser mientras esté vigente la infame política de precios seguida por el Gobierno cubano, hace dos décadas, en toda la red de comercio minorista, y que nos grava la vida de forma bestial? ¿Cómo quedan otros sectores, tan imprescindibles como el nuestro, mientras el gobierno no tome medidas concretas al respecto? Se hace evidente que el único modo en que algo similar tendría consecuencias prácticas, que nos alcancen a todos, sería mediante la implementación impostergable de precios justos y adecuados al poder adquisitivo del salario promedio –algo que de momento no parece estar en el tintero de los decisores de este país.
Pero aquí todo análisis objetivo debe adecuarse a una regla de oro: situar cada cosa en su contexto. Si bien es cierto que esa mensualidad que se pagará al médico cubano a partir de mayo la gana su colega en Miami en menos de un par de horas –gana más de mil veces nuestro salario en Cuba– no creo nada más absurdo, sin embargo, que caer en semejantes comparaciones. Salta a la vista que Cuba difiere sustancialmente del primer mundo por miles de motivos obvios. De hecho era menos este cuestionamiento hacia afuera y más el que hacíamos hacia adentro, lo que motivaba aquella iniciativa nuestra en 2005: saber de otros sectores que, a pesar de no tener ni por asomo nuestro peso en la economía, eran holgadamente mejor atendidos.
En lo particular no me molesta que un productor agrario que trabaja de sol a sol gane millones, pero sí me revientan el dirigente corrupto que defalca el tesoro público de mi nación, el oficial de aduana que roba con la mayor impunidad del mundo, cada policía que extorsiona a alguien, y todos ellos tienen algo en común: ganarán un “salario” bastante mayor que el mío. Es en este contexto que llega el actual incremento salarial: nos llega a sabiendas de que vendiendo maní ganaríamos el doble de nuestro futuro salario, de que un maletero del aeropuerto o de un hotel ganará más en un solo día y que en todos esos lugares hay ladrones que igual ganan más de $1000.00 USD ¡en cada turno de trabajo! Todos tenemos pacientes que no se molestarían en salir de su casa por menos de $500.00 pesos diarios, mientras nosotros ganaremos entre $1000.00 y $2000.00 pesos mensuales.
Si bien hay que reconocer que el incremento actual difiere sustancialmente del pretendido en 2005, también resulta insoslayable que se produce en circunstancias bien diferentes a aquel: ahora están derogadas las leyes que prohibían masivamente a todos los cubanos viajar al extranjero; ya están derogadas también las resoluciones ministeriales del MINSAP que retenían a los profesionales de la salud durante al menos cinco años si querían viajar; ahora las misiones de trabajo en el extranjero están reportando ingresos records, pero a la vez se evidencian señales inequívocas de deserciones desde las mismas, de médicos y personal técnico que emigra temporal o definitivamente, así como de un número sin precedentes de trabajadores de estas categorías dentro de Cuba desvinculados debido a una profunda desmotivación. Es indudable que este incremento salarial forma parte de una estrategia de contención contra todas estas tendencias, aunque lo anunciado adolece de grandes vacíos: no toma en cuenta a los jubilados del sector, no se paga antigüedad, ni se mencionan para nada las guardias médicas que tan caras nos cuestan en cuestión de salud personal. No descarto que estas últimas cuestiones estén incluso decididas, pero que se lleven a efecto más adelante.
De momento Ciudadano Cero saluda cuanto de sensato haya sido determinante en la toma de esta decisión, que favorece a un sector social que muchísimo se lo merece. Inevitables recuerdos me asaltaron ante la noticia, que llega en vísperas de cumplirse justo dos años de nuestra rehabilitación para el ejercicio de la Medicina, el 31 de marzo de 2012, después de una larga batalla que contó con el apoyo de cientos de personas de buena voluntad dentro y fuera de Cuba. Valió la pena cada post, cada tweets, cada mensaje de aliento, cada palmada en el hombro. Atesoro en la memoria aquellas conmovedoras muestras de solidaridad: el apoyo incondicional de las hermanas Escolapias, que arriesgaron su permanencia misma en Cuba, y en valietísimo gesto permitieron colgar aquel desafiante cartel, aquel grito de guerra, en el portal de su sede en Guanajay; los largos minutos de ovación que derivaron en catarsis colectiva cuando el padre Francesc Carreró Vidal, después de misa, anunció la nueva en la Iglesia Católica de esta comunidad; la vecina que recibió el mismo día dos buenas noticias –que habíamos sido vindicados, y el resultado de una biopsia que demostraba que no tenía cáncer– y me aseguró con total certeza que se alegraba más de lo primero; cada hombre que me estrechó las manos sin disimular las lágrimas. Para todos ellos guardará siempre este cubano su deuda perpetua de gratitud.

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pincel2Por Jeovany Jimenez Vega.

El arte de la consagración.

Se cuenta que un día brumoso de invierno el viejo emperador chino, avivado por la añoranza de la primavera, deseó tener para deleite de sus ojos la pintura de un pájaro hermoso, y como el deseo de cualquier emperador es una orden para sus vasallos, de inmediato comenzó la búsqueda, primero entre los artistas de la corte, y luego más allá y más allá, hasta los límites de aquel vasto imperio que parecían ser los límites del mundo mismo. Así, después de largas indagaciones, hallaron en la comarca más lejana un pintor tan diestro como sabio: se decía que de tanto meditar sobre misterios universales había llegado a vislumbrar los secretos más ocultos de la vida; se decía de él que hablaba con los pájaros del bosque.

Aquel humilde maestro fue presentado al soberano que solícito le preguntó qué necesitaba para pintar un pájaro perfecto, de una belleza tal que pareciera vivo, un pájaro digno de adornar el palacio de un emperador. Respondió el sabio pintor que necesitaba un amplio taller, cinco sirvientes, un año y cien monedas de oro. ¡Que así sea! –ordenó el emperador.

Cuentan que pasado un año fue convocado el maestro y acudió, ocupado como estaba y para escándalo de la ociosa corte, con su manchada ropa de faena. El soberano preguntó: ¿ya está listo tu trabajo? No señor mío –respondió el maestro– ahora necesito un taller más amplio aun, diez sirvientes, cinco años y doscientas monedas de oro. ¡Que así sea! –asintió el emperador.

Cuentan que cinco inviernos después era nuevamente convocado el maestro ante el soberano. Veamos –le dijo– muéstrame por fin tu trabajo. Aún no está listo, mi señor –respondió el maestro– aun necesito diez sirvientes más, otros cinco años y quinientas monedas de oro. Sin dar crédito a lo que oía, el emperador consultó a ministros y consejeros que le alertaron contra semejante absurdo. Pero la añoranza por la primavera pudo más en él y decidió nuevamente que así fuera.

Transcurridos por fin otros cinco largos inviernos el emperador, compulsado por la espera y la curiosidad y resuelto a no esperar un día más, decidió visitar él mismo el taller de aquel pintor que le parecía ya demasiado demandante. Cuando entró con su séquito le halló envuelto en una luz misteriosa, en silencio, en medio del despejado salón. El maestro reverenció con respeto: todo está listo, mi señor –dijo, y acto seguido develó ante el incrédulo un lienzo en blanco. Al borde de la ofensa levantó éste la mirada sin comprender nada. Sólo entonces el maestro mezcló en unos minutos los colores exactos, y cuenta la leyenda que ante el asombro del emperador y el estupor de la corte pintó, en sublimes y serenos trazos, el ruiseñor más hermoso del mundo.

 

IMG_3813 (2)Por Jeovany Jimenez Vega.

 

Precisamente por los días en que el Gobierno cubano “liberó” la venta de autos domésticos, a tarifas de millonarios, para el pueblo trabajador, mi niño se extasiaba ante una vitrina con estos carritos de juguete que nuestros gobernantes venden en CUC al equivalente del salario promedio mensual íntegro de cualquier cubano de a pie. No pude evitar la obvia analogía. Unos días antes leía yo en el diario Granma la noticia y por un segundo me alegré, pero leí al instante algo así como que “…los precios se ajustarán a lo pactado entre particulares…” y ya eso me olió a mondongo podrido. Era demasiado bueno para ser verdad. De este modo el Estado cubano cuadriplicó, de un plumazo, el precio a toda la destartaleta de uso que nos vende. Ya no le bastaban los 5000 o 6000 CUC (entre 5500 y 6600 USD) que como promedio nos cobraba por autos desechados por el turismo, con un mundo de millas recorridas y con el término de garantía del fabricante invariablemente vencido.

 

Durante todos los años que estuvo en vigor la célebre “carta de autorización” del Ministerio de Transporte para la compra de esos vehículos, ésta le era asignada básicamente a artistas, deportistas y trabajadores del sector de la Salud Pública cooperantes en el extranjero y con todo, sólo a algunos casos particularmente seleccionados. Pues bien, el hecho es que aquel médico o deportista, abrumado por otras necesidades más urgentes –de vivienda, por ejemplo– la mayoría de las veces decidía vender su carta de autorización al mejor postor y así fue cómo con el tiempo pasó aquella de 5000 CUC, a costar entre 10000 y 12000 CUC, con lo cual el monto total a desembolsar por cualquier trastajo de segunda mano ascendió, por razones obvias, a 15000 o 17000, y hasta 25000 CUC, en dependencia de la marca y modelo –esto por autos de bajo costo, usados, los mismos que en otro país usted compraría nuevos y con su debida garantía, posibilidad de venta a crédito y otras facilidades de pago, incluido un adecuado servicio de postventa y nunca pasarían de 2000 a 3000, o a lo sumo $5000 USD.

 

Aquí tenemos al Estado cubano que jugando una vez más su rol de malandro de esquina y que apuesta sin tapujos por el asalto a mano armada, con esta nueva ofensa a un pueblo que ya no espera otra cosa de él más que golpes bajos. Ni siquiera fueron capaces de respetar las miles de cartas de autorización que ahora quedan incumplidas; ni siquiera pudieron aumentarle un prudente por ciento a carromatos que ya estaban más que pagados, pues habían sido alquilados durante años. Era demasiada la tentación, demasiada plata corriendo ante la pupila del rufián, todo demasiado “jamón” como para quedarse tranquilo; se lamió los labios y se afiló las uñas hasta que no soportó más y al fin se lanzó al atraco: después de todo –razonamiento básico del bandido que extorsiona– si se lo pagan entre ellos ¡mejor que me lo paguen a mí, que para algo aquí soy el que más mea!

 

Pero en esencia aquí no hay nada nuevo, nada a lo que ya no se nos tenga acostumbrados: ¿qué esperar de un estado que monopoliza todo y hace décadas –nada que ver con la crisis global iniciada en 2008– nos vende toda la mierda que compra al 500 o 1000% de su costo final? ¿O acaso no fue el Estado cubano quien emitió y mantiene vigente la Resolución que multiplica automáticamente por 2.50 el precio de toda mercancía a su salida de puerto, rumbo a los almacenes, para que una vez allí las cadenas de empresas y unidades de comercio minorista continúen la masacre multiplicándolo cuantas veces le salga de los testículos? ¿Quién fue, sino el Estado cubano, quien aumentó masivamente el 30% del precio a casi toda mercancía en las TRD –para colmo de pésima calidad– a finales de 2004? ¿O no es el Estado cubano el que ahora nos alquila un cilindro de 10 Kg. de gas licuado por $500.00 pesos, un precio superior al salario promedio mensual? ¿Quién nos vende un pliego de papel higiénico a casi $40.00 pesos? ¿Quién de nosotros nunca compró zapatos podridos a cambio del salario íntegro de varios meses? ¿Quién es, sino nuestro estado, quien fija el precio de cualquier juguete minúsculo –a nuestros niños que nacen para ser felices– entre $300 y $500 pesos, o de unos jeans ordinarios en casi $700 pesos? ¿Quién decidió que debemos trabajar todo un año para pasar tres días en un hotel de mediana categoría? Así que ahora ¿a quién sorprenderían vendiendo chivichanas viejas en semejantes precios?

 

Ahora quieren desplazar hacia nosotros la responsabilidad de pagar el precio de sus malas políticas, y aseguran con un cinismo tremendo que los dividendos de esta estafa se dedicarán a mejorar el transporte público. Pero al implementar estas medidas no hacen más que desacreditarse y mientras tanto nosotros, cubanos al fin, que hasta de nuestra desgracia nos reímos, optamos por tirarlo todo a jodedera –cierto es que no parece otra cosa que un chiste de mal gusto– y apostamos a la chanza criolla para disimular la rabia. Pero quien esto escribe prefirió tomarse la cosa en serio por más que le tienten la ironía y la burla –que bien cómoda se les da– y por más que no merezcan otra cosa los mequetrefes de cuello blanco que, a todos los niveles de este país, toman decisiones como esta con el consentimiento pleno de las máximas instancias políticas y de gobierno. Ellos, los mismos que decidieron que mis niños –no los de ellos– no tomen leche pues ya pasaron los siete años; los que nos “pagan”, en lugar de un salario, una porquería que se nos evapora en pocos días. Son los mismos que se ocupan a tiempo completo –y he aquí por qué no la chanza– de impedir por todos los medios la prosperidad de mi pueblo. Esta es la esencia y el meollo del asunto: le temen a un pueblo próspero porque sería menos manipulable y servil. Saben bien que la prosperidad enciende una luz demasiado peligrosa en la mirada del hombre, que lo torna irreverente y resuelto, y que este hombre, más temprano que tarde, terminaría por aclamar espacios y libertades inconcebibles para la psicología del césar.

 

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Primer acto: La barricada.

Huelo jodedera desde que doblo por la esquina y veo el depósito de basura que bloquea la calle. Hay un par de patrullas apostadas, amenazantes, media cuadra más allá. Sigo caminando como si conmigo no fuera pero el agente de la Seguridad del Estado se me interpone –vestido de civil y sin identificación, según la norma– y me hace percatarme de que es también conmigo la cosa. Buenas tardes ¿a dónde se dirige? –me interpela. A casa de un amigo –le respondo por permitirme un pequeño divertimento. Pero… ¿a casa de quién? –pregunta un segundo agente que se acerca con seño inquisitivo, también de civil por supuesto. Para abreviar le miro a los ojos: sí, es a casa de Rodiles. Deme su carnet de identidad –me exige ya en tono de ordenanza. La radio transmite mis datos y enseguida regresa el agente, esta vez con la inequívoca orden: ¡no puedes pasar! Sí, necesito pasar –le replico. No, no puedes –contraataca. Entonces mire a ver qué hace porque necesito pasar –digo sentencioso. Ante la “insolencia” se me hace la requisa de rigor buscado un celular, que no traigo ¡Cachéenlo y condúzcanlo! –ordena al fin. Son las 4:20 pm.

Segundo acto: El retenido.

Intento decir a los agentes de la PNR que sobran las esposas, pero me las ajustan hasta el hueso y en unos minutos estoy en la Unidad Territorial de Investigación Criminal y Operaciones (DIVICO 3) situada en Calle 62 e/ 7ma A y 9na, Playa. Soy recibido por el costado del parqueo, me retiran las esposas pero sus huellas –las de la piel, quiero decir– quedarán dibujadas durante horas. El oficial de la CI responsable de la receptación me pregunta mi nombre y a qué grupo pertenezco, me identifico y respondo que a ninguno. De nada vale que les diga que soy médico, que sólo pasaría por casa de Rodiles 20 minutos pues al día siguiente estoy de guardia 24 horas en el hospital y que hoy no debo llegar tarde a mi casa. Instantes después regresa otro agente de la CI y pregunta: ¿tú has tenido algún problema con tu trabajo… o algo así?
Sí, ese mismo soy –casi le interrumpo para ahorrarle cavilaciones. Él, ya ubicadas mis coordenadas, se retira y es cuando el presunto jefe distiende un poco el tono de la voz. Les digo que con todo esto cometen un grave error que no conduce a nada y que no tienen ningún derecho a hacerlo, que prueben otros métodos. A ver dime –replica el oficial– ¿cómo lo solucionarías tú? y le respondo que no soy yo quien tiene que solucionar este problema. Usan la siguiente hora para persuadirme de que regrese a mi casa, pero insisto en que antes debo pasar por casa de Rodiles. Puedes pasar otro día, pero hoy no podrá ser –me dicen en tono conclusivo– de todos modos si lo vuelves a intentar te detendrán otra vez. Estaremos en esto todo el día, así que evitémonos el trabajo –les digo antes de que se aparten a deliberar. En un impasse logro hablar unos minutos con Gorki Ávila, bastante adolorido después de su “tierno” arresto. Regresan los agentes convencidos de que el dominó se trancó, me retienen mi cámara fotográfica y me envían a un calabozo.

Tercer acto: Convicto.

Es la celda una habitación casi hermética de unos 50 metros cuadrados por unos 6 metros de alto, que además de la puerta tiene una única ventana también enrejada de uno por medio metro de alto, elevada a unos cinco metros del suelo. Tres bancos de granito, son el único elemento ajeno a unas paredes pintadas con varias capas de cal viva que intentan sepultar los grafitis malditos, las consignas y maldiciones nuevas que son memorias de historias viejas. Dentro esperan detenidos 13 hombres que hoy corrieron suertes similares a la mía; me cuentan que antes que ellos pasaron otros y que estiman hayan totalizado –sólo en esta unidad– medio centenar, incluidas varias mujeres.

Cuarto acto: La espera.

Llega la hora del tedio y el calor me obliga a quitarme el pullover. Pasan las horas entre diálogos ocasionales y fugaces exabruptos de algunos que gritan a todo pulmón contra la madre de los tomates. Al final de la tarde traen a Gorki, que sigue adolorido, no deja de quejarse del dolor de cabeza y después de un rato logramos que lo mediquen en un policlínico cercano, regresa aliviado. Sobre las 8:00 pm el hambre alborota el panal y los que así lo desean son sacados a comer pero digo que no; supongo que el cautiverio me quita el apetito. Es precisamente la hora que escoge el oficial que me recibió en la tarde –Mandy, dice llamarse– para distender el ambiente jugando al policía bueno. Entra en la celda y en tono que bajo otras circunstancias pudiera llamarse conciliatorio, jaranea y hasta filosofamos un poco; aprovecho para reiterarle, por tercera vez, que necesito llamar a mi casa y por tercera vez pierdo mi tiempo. Cobro conciencia de que en este preciso instante estoy no sólo arbitrariamente detenido, sino que soy lo que daría en llamarse técnicamente un desaparecido, pues mi familia hace varias horas espera por mí sin conocer mi paradero. Durante un largo rato ha quedado abierta la reja de la celda y diera la impresión de que pudiéramos salir de nuestro encierro a tomarnos un cafecito en la esquina –si fuéramos tan comemierdas como para creernos el cuento. En la medida que han pasado las horas han ido sacando poco a poco a casi todos y a las 10:00 pm ya quedamos cinco detenidos. Sobre las 10:30 pm llaman a Edilio, abogado de la Asociación Jurídica de Cuba, junto a otro detenido y sólo quedamos Gorki, Aldo (administra la página castorjabao) y yo. Sobre las 11:00 pm asoman las tres colchonetas y es entonces cuando me resigno a la idea de que voy a dormir en cana.

Quinto acto: “Liberado”

En la mañana por fin se abre la reja y gritan mi nombre. Me despido de Gorki y Aldo, que allí permanecerían 12 horas más. A la salida una oficial de la PNR me muestra un documento que en el lugar donde debería yo firmar ya alguien, que tal vez me conozca bien, había escrito antes “no firmó”, y me lo ahorró porque precisamente eso pensaba hacer. Este papel decía algo sobre contrarrevolución y les digo que la contrarrevolución deberían buscarla entre los ladrones que están defalcando este país. Me devuelven la cámara fotográfica no sin antes tener la precaución de descargar completamente la batería. Después la terminal del Lido me lleva hasta Artemisa, estoy hecho un asco, apenas me baño, almuerzo algo y regreso a La Habana a mi guardia médica porque después de todo ni mis compañeros de equipo ni mis pacientes tuvieron la culpa de la velada.

Último acto: La píldora del día siguiente.

La guardia estuvo letal, llego a mi casa en la tarde, abro el Granma y así me entero que en la ceremonia mundial de despedida a Nelson Mandela, mi Presidente Raúl Castro pronunció conmovedoras palabras que abogaban por que nuestros pueblos de América Latina seamos “… respetuosos de la diversidad, con la convicción de que el diálogo y la cooperación son el camino para la solución de las diferencias y la convivencia civilizada de quienes piensan distinto…”, palabras de las cuales no me di por enterado hasta el día siguiente por razones obvias. Mientras el Presidente de este país, que hoy preside el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pronunciaba su discurso, este cubano permaneció detenido durante 16 horas por intentar asistir a Estado de Sats, con lo cual se violó su derecho a la libertad de movimiento, a la libertad de reunión y a la libertad de pensamiento –pues es a eso, a pensar, a lo único que se va a ese sitio. Entonces la pregunta obligada sería ¿a qué le teme mi gobierno? ¿No será acaso porque no piensa terminar con estas agresiones a nuestras libertades que el Gobierno cubano se resiste a ratificar los pactos sobre las Derechos Civiles y Políticos y sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales que firmara a principios de 2008? –es presisamente por esto que logro subir esta denuncia sólo más de siete semanas después. Ante tales evidencia sobran los comentarios.

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En tierra de nadie.

48Por: Jeovany Jimenez Vega.

A dos conclusiones básicas me ha conducido la vida. La primera sentencia: que la solución a los gravísimos problemas del mundo no será el capitalismo, pues aunque dispara la creatividad y el espíritu emprendedor, es también un sistema excluyente y exacerba los instintos más primitivos del hombre. Para que unas pocas decenas de países detenten un status económico holgado deben existir, según este esquema, más de 150 en un estado de pobreza más o menos dramática –dinámica vigente tras varios siglos y que persiste con relación a la estratificación social dentro de cada país– y dada su naturaleza especulativa, se ha demostrado incapaz de evadir las periódicas crisis que le caracterizan. Este esquema no ha logrado librar al mundo de las hambrunas y su variante neoliberal sólo terminó por acumular el poder político y económico en un bloque selecto de naciones que convirtieron a las instituciones mundiales en un casino que articula las estrategias de dominación contra los países más pobres. El capitalismo se me antoja en etapa intermedia o escalón de paso, necesario tal vez, pero nunca meta final de la especie humana.

Una segunda sentencia: la solución tampoco es el socialismo de cuartel, secuela del modelo soviético, cuya variante stalinista produjo nefastas consecuencias sobre la individualidad del hombre. Después de 50 años de aplicación este esquema destruyó la economía de mi país, sometió a mi pueblo a una constante e injustificada carestía a la vez que, frontalmente opuesto al espíritu emprendedor del hombre y a su libertad de expresión, generó un nauseabundo clima de inmoralidad. Si la Revolución cubana triunfó para acabar precisamente con los privilegios de clase, sin embargo, medio siglo después persisten aún castas que viven por encima de la Ley y que disfrutan de prerrogativas negadas al común del pueblo; aún hoy persisten en Cuba clases sociales bien estratificadas –exclusividad que algunos ideólogos adjudican al capitalismo pluripartidista– porque si alguien percibe 100 veces más ingresos que un médico y lo mira por encima del hombro es porque siente que pertenece a un estrato social diferente.

Así de momento sólo irían quedando a considerar hasta cierto punto las sociedades regidas por la socialdemocracia, pero a pesar de que llegan a ostentar envidiables niveles de vida y de seguridad social, tampoco éstas quedan exentas de la corrupción política, ni escapan a las consecuencias de crisis capitalistas como la actual, que dejó al mundo en bancarrota cuando reventó la burbuja.

Cuando me aventuro a estas neófitas meditaciones –muy personales, por cierto– piso terreno minado y corro el riesgo de quedar varado en tierra de nadie, pero aseverar otra cosa sería deshonesto de mi parte o sería especular sobre asuntos que nos quedan demasiado lejos en el tiempo. El nombre no definiría la esencia, pero llámese comunismo, Proyecto Venus o el Reino de Dios sobre la tierra, me refiero a esa sociedad futura en la que todos desearíamos vivir –lo cual nos convertiría a todos potencialmente en comunistas, venusianos o cristianos– donde un hombre emancipado del egoísmo por fin pensaría en el prójimo como en sí mismo; un mundo sin carestías ni guerras, generador de una avanzadísima tecnología que estaría exclusivamente en función del progreso humano; un futuro donde los estados quedarían suplantados por una supraestructura que armonizaría los pulsos de una sociedad global única en medio de una paz universal. Pero para eso antes el hombre debe renacer. Ese hipotético mundo –que sí sería la solución definitiva– aún no se vislumbra, está situado más allá del horizonte y de cualquier modo queda por ver si sería posible durante los próximos 500, 1000 o 2000 años, y esto sólo si escapamos de la aniquilación a que nos amenazan la codicia y la estupidez humanas.

Nunca el hombre conoció mejor su mundo, nunca lanzó una mirada más recóndita al universo o más profundo en la intimidad de una célula, y sin embargo nunca tuvo más pobreza espiritual ni se conoció menos a sí mismo; nunca estuvo más indefenso ante sus propios demonios. De ahí concluyo que el próximo salto debe ser cualitativo: será una profunda transformación ética la que estará llamada a salvar al hombre. De momento estas son sólo quimeras para un ser que aún arrastra demasiadas miserias. Pero algo ya sucederá que nos devuelva la humildad y nos recuerde que sólo somos efímero polvo de estrellas dejado por un azar de Dios navegando en el espacio. Aunque si después de todo el fin del mundo no llegó, tal vez esto quiera decir que las olvidadas estirpes, condenadas a 100 siglos de soledad sí tendremos, por esta vez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

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agricultura-campesino-02-cuba-foto-abelrojasPor Jeovany Jiménez Vega.

La decisión de las autoridades cubanas de liberar la comercialización de la producción agrícola –de implementarse en la práctica tal como se plantea se trataría de eso y no de una “flexibilización” más– debió recibirse con alivio en ambas esquinas del ring por productores y consumidores, los primeros por motivos obvios, los segundos porque son los defalcados desde el primer round en su mercado agropecuario local.

Es plausible la decisión; así se debe recibir cada gesto dirigido en la dirección correcta. Demasiados hechos condenan al esquema actual, culpable directo de miles de cosechas perdidas; culpable del desaliento del guajiro que ya no soporta más que la inoperancia del sistema de acopio le pudra su cosecha; culpable en buena medida de la exorbitancia de los precios que al final de la cadena me dejan sin plumas y cacareando. A nada condujeron durante décadas el exceso de centralización y el asedio a los productores e intermediarios, a nada que no fueran la frustración de estos y a la escases y carestía de los alimentos.1281991353_0_orig

Aunque me reservo el entusiasmo para cuando todo se traduzca en hechos concretos –que me disculpen quienes olvidan cuánta amenaza legal aún pende sobre el cuello de los productores, como aquello del “enriquecimiento ilícito” o el “acaparamiento”– sí creo que esta propuesta, de momento en fase experimental limitada a Artemisa, Mayabeque y la capital, pudiera derivar, en caso de extenderse al resto del país cuanto de positivo genere, en un inmediato estímulo a la producción y comercio de productos agrícolas con beneficio para todos a muy corto plazo. En este punto discrepo con los artículos publicados que sitúan los resultados a mediano o ¿largo? plazo. A diferencia de otros graves problemas de este país, como la vivienda, por ejemplo, el de la agricultura sólo demanda que se imponga una voluntad política apropiada que destrabe el juego y en muy pocos años se vería el fruto –recuérdese como ejemplo la política seguida en China por Xiao Pin.

trabajo-agricola-america-latina-e1339012694897Claro está, que a la hora de regular y topar los precios, el Estado debería asumir una actitud más responsable con relación a la política de precios que le impone a mi pueblo. Si va a exigir al productor que module sus precios también debe modular los suyos que hasta ahora han sido brutales. Es el Estado el responsable de la extorsión perpetua que sufrimos los cubanos de a pie cada vez que entramos a una tienda. Sólo cuando rebaje los precios actuales a niveles más justificados y realistas, tendrá la cúpula de este país la fuerza moral necesaria para exigir lo mismo al que produce por cuenta propia. Ahora queda por ver cuál será la orden dada a la jauría de inspectores, que a nada bueno nos tiene acostumbrados, cuando llegue la hora cero.

Si bien humano es errar, sin embargo es privativo de estúpidos persistir en el error. Este pueblo no se puede permitir el lujo de continuar ignorando las lecciones que le dio la vida. Resulta inconcebible que donde la naturaleza puso condiciones ideales para el florecimiento de la agricultura por la fertilidad del suelo y la habitual benevolencia del clima, venga a ser la propia terquedad del hombre la que le mantenga atadas las manos. Para palpar buenos resultados debemos dejar atrás todos los lastres, todos los obstáculos burocráticos, por evitables y absurdos. Enhorabuena, entonces, por todo lo que estimule y fomente caminos nuevos. Esperemos.

CUBA-PRODUCCIÓN AGRICOLA EN MAYABEQUE

Palabras al viento.

anteproyectoPor Jeovany Jimenez Vega.

Que nuestro sector genera el 50% del PIB de este país, que eso representa el ingreso de entre 8000 y 10000 millones de dólares constantes, sonantes y convertibles cada año; que eso es muchísimo dinero, que debería ser suficiente para aumentar en serio el salario del sector que lo produce y que quienes permanecemos aquí lo merecemos tanto como los que salen a misiones de trabajo al extranjero; que nunca entenderé que un prestigioso profesor de Medicina, después de décadas de consagración, gane el tercio del salario de una oficinista de gerencia entrenada en quince días. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar en la discusión del Anteproyecto de Ley modificativa del Código del Trabajo.

Que no se trata sólo de que nuestro salario sea ridículo, sino que es absurdo en este país de precios inmisericordes; que tenemos pacientes que fácilmente nos triplican o centuplican el salario, ya no desde una actividad por cuenta propia, sino incluso desde las pocas labores estatales que vinculan el salario con el rendimiento, o simplemente “luchando” –o sea robando a manos llenas; que ya va siendo hora de que se termine con esta denigrante situación, pues si existe hoy en Cuba un sector que está en condiciones de aumentar sustancialmente el salario de sus trabajadores –aquí no hablo de los ridículos $2.00 pesos por hora nocturna– ese es el de la salud pública. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar.

¿Mi propuesta concreta? Salario básico mensual del recién graduado $800.00 pesos, que podría ir incrementándose escalonadamente a razón de $150.00 pesos cada dos años, por ejemplo, hasta llegar a $1500.00 pesos al cabo de ocho o diez años de graduado; $100.00 pesos por cada guardia médica en policlínicos y postas médicas de atención primaria, y entre $150.00 y $200.00 pesos en los hospitales terminales dependiendo de la carga de trabajo asumida por cada especialidad; nunca menos de $5.00 pesos la hora de nocturnidad; $200.00 pesos por riesgo biológico; $200.00 por los cargos administrativos y docentes –que pudiera ser mayor en caso de cargos provinciales o ministeriales; $250.00 pesos por las maestrías debidamente avaladas y $500.00 pesos por cada especialidad terminada; finalmente sería justo que se pagara la antigüedad pasados quince años de trabajo a razón de $100.00 pesos cada cinco años (100 los primeros 15 años, 200 a los 20 años, 300 a los 25 años y así sucesivamente) y por último una jubilación que no obligue a alguien que sirvió a su pueblo durante décadas a vivir poco menos que como un mendicante.

Por supuesto, este es mi modesto punto de vista, lanzado al éter desde la perspectiva del doliente, ni remotamente desde la del avezado economista. Pero algo me convence de que un sector generador de tanto dinero puede enfrentarlo así holgadamente. Ya lanzaron una tímida seña con el deporte, entonces ¿por qué no con el sector que genera semejante riqueza –que ofrece suficientes garantías de que lo seguirá haciendo– y que es enarbolado al mundo como carta de triunfo? Quienes tomen estas decisiones deben tener muy en cuenta que se trata de un profesional que sabe bien que, caso de aprobarse un salario mensual como este (hablo de unos $150.00 USD), no sería más de lo que ganaría en el extranjero por varias horas de trabajo bajo circunstancias cualitativamente bien diferentes y a pesar de lo cual –me aventuro a asegurarlo– en la mayoría de los casos no aspira a abandonar definitivamente su país. A ver si no vuelven a caer en saco roto las palabras pronunciadas en asambleas como aquella a lo largo de este país. A ver si sirve de algo esta botella lanzada al mar, estas locas palabras lanzadas al viento.

cuentapropia3Por Jeovany Jimenez Vega.

Siempre que se aborda el tema recuerdo la anécdota que me contó un amigo: era una mañana de marzo de 1968 y un tío suyo, dueño de un pequeño establecimiento de venta de frutas, lo abrió temprano. Aquel hombre laborioso tenía su historia; había comenzado recorriendo las largas calles de Artemisa para vender primero desde una carretilla, poco a poco fue mejorando aquel vehículo hasta que alquiló con el tiempo un portal y luego trasladó su venta a aquel pequeño local, que sólo después de muchos años y sacrificio familiar, fue suyo. Pero aquella fatídica mañana del 68, mientras se disponía a atender a sus clientes, se presentó en el umbral un oficial de verdeolivo armado de su respectivo portafolio. ¿Usted es el dueño?, preguntó. Sí, respondió él. ¿Puede salir, por favor?, dijo el oficial desde el portal. Cuando el dueño salió, el oficial atravesó el umbral y una vez dentro le dijo: este local acaba de ser intervenido por la Revolución… y eso fue todo. Mi amigo me cuenta que el ya exdueño no pudo ni siquiera recuperar una cadena, que junto a su anillo de matrimonio había dejado sobre la caja registradora para cargar algo minutos antes. Quedaba así despojado, a rajatabla como miles de cubanos más, de aquella pequeña empresa familiar que tantos años de desvelos le había costado. Me cuentan los viejos que pocos meses después de la entonces llamada “ofensiva revolucionaria” ya no era posible encontrar en la calle una croqueta frita.

En un reciente Estado de Sats el panel giró precisamente alrededor de la situación actual del trabajo por cuenta propia en Cuba, sector que ha tenido dinámicas diferentes según la etapa postrevolucionaria de que hablemos. Se recordó allí las fases del camino incierto atravesado por este sector hasta hoy. Muchos recordamos bajo qué circunstancias se estrenó “oficialmente” esta alterativa: en el apogeo del período especial fue la salida dada por el gobierno cubano, la válvula de escape usada para distender la extrema tensión alcanzada por la olla. En lo personal recuerdo el gran titular publicado entonces por Granma: “El trabajo por cuenta propia no es una solución coyuntural.” O sea, que aquello prometía ir en serio, pero el decursar de los primeros años pronto desmintió aquel enunciado y le dio inequívocos tintes de farsa: todos fuimos testigos de cómo el gobierno, en cuanto se sintió más confiado, comenzó a poner cuantas zancadillas pudo al desarrollo de este sector con limitaciones de todo tipo, diseñadas exclusivamente para que los cuentapropistas cejaran en su empresa, y en efecto, lograron que miles entregaran sus patentes ante la imposibilidad de continuar pagando las excesivas contribuciones exigidas, que no se proponían otra cosa que llevar a la bancarrota a cada uno de aquellos negocios familiares. Esto tenía, por supuesto un evidente trasfondo político: después de todo esa era la prueba definitiva y necesaria para demostrar que no había empresa privada que pudiera emular frente a la eficiencia inmaculada de la empresa socialista. Mientras esto sucedía, por otra parte el gobierno mantenía una rígida política de negar cada nueva solicitud de patente para la mayoría de las actividades durante la década siguiente. El resultado de esta política lo palpamos todos: sólo sobrevivieron aquellos cuya actividad era suficientemente lucrativa como para sufragar los estratosféricos precios en el mercado negro de sus materias primas y para garantizar el soborno de inspectores y policías, con toda la degradación moral que esto implicó para la sociedad en general y que arrastramos todavía.

Pues bien, ahora el gobierno asegura tener la voluntad política para que esta vez todo fluya diferente. Pero se advierten estigmas, unos sutiles, groseros otros, que alertan sobre las reales intenciones ocultas por el tono del discurso. Todavía se mantiene, por ejemplo, todo un cuerpo de legislaciones que da potestad a órganos como la Fiscalía General de la República a incoar un expediente contra alguien –que bien pudiera ser un productor agrícola o uno de estos nuevos cuentapropistas– quien sólo se entera de ello cuando queda despojado hasta de la ropa que lleva puesta; todavía persiste el obstáculo insalvable de los precios astronómicos de los artículos y materias primas imprescindibles para la mayoría de las actividades autorizadas –que generalmente son exigidas contra comprobante de compra– y que convierten cualquier intento de rentabilidad en un absurdo; todavía el Estado se erige como el único proveedor posible, algo que entra en franca contradicción con las modificaciones hechas a la política migratoria a principios del presente año, pues no se le permite al productor importar directamente sus insumos cuando le sea posible –como sucede en los casos “análogos” de China y Viet Nam, por ejemplo, por ponérsela fácil; todavía se pudren cosechas enteras en el campo debido a la inexcusable irresponsabilidad de la Empresa Nacional de Acopio, única entidad autorizada para ello por el gobierno debido al terror a los intermediarios y que jamás indemniza a nadie; todavía no se otorga verdadera autonomía a estas nuevas empresas, que continúan subordinadas de un modo absurdo a la inoperante empresa estatal –como es el caso de las cooperativas de transporte– y cuyos miembros tienen prohibido, por ley, llegar a ser dueños de los medios de producción, entre otros miles de detalles que escapan al que esto escribe.

En resumen, que tengo la impresión de que el momento actual no difiere en esencia de momentos pasados. Cuando quiebra un negocio, esto puede ser adjudicable a la mala gestión de su dueño, pero cuando se establece una tendencia masiva entonces, con toda seguridad, se trata de la inoperancia del esquema aplicado a nivel de país; no puede ser que los cubanos seamos tan pésimos administradores, sobre todo cuando arriesgamos en la empresa nuestro magro capital familiar. Quienes diseñan semejantes políticas entienden de matemáticas y a pesar de eso han instituido un esquema disfuncional, e insisten denodadamente sobre esa línea porque su objetivo final no es propiciar el éxito de estas “nanoempresas”, sino que es más bien impedir que la prosperidad llegue a nuestro hogar mediante un esquema de gestión que desmiente décadas de ineficacia e indolencia administrativa iniciadas en aquella mañana fatídica de marzo del 68. Ojalá me equivoque, pero mientras no cambien las coordenadas presiento que la actividad cuentapropista, la pequeña empresa familiar cubana, estará ante las claves exactas para un seguro fracaso.

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6-09-2013-6Por Jeovany Jimenez Vega.

Ana Luisa Rubio, actriz censurada y disidente habanera, recibió al final de la tarde del pasado viernes 6 de septiembre una golpiza frente a su casa que le provocó múltiples heridas contusas en el rostro, la cabeza y el resto del cuerpo. Pocos minutos después recibía yo, en Artemisa, su llamada telefónica: me llegó su voz aterrorizada que intentaba contarnos, pero que apenas atinaba a dar algún detalle. Ana Luisa recibió enseguida la solidaria visita de varios amigos y esa noche fue acompañada por Antonio Rodiles y su esposa Ailer al cuerpo de guardia del hospital Manuel Fajardo, donde recibió asistencia médica y le fue redactado el correspondiente certificado de lesiones. Ese mismo día quedaba hecha la pertinente denuncia ante la policía, por enésima vez, para levantar cargos contra los agresores.

Imposibilitado de viajar en aquel momento –el transporte a esa hora hacia La Habana es virtualmente inexistente– y como estuve de guardia durante 24 horas el sábado, sólo pude visitarla en la mañana del domingo. No fue hasta que constaté la amplia equimosis traumática alrededor de su ojo izquierdo, en la comisura labial de ese lado, aun edematosa, así como en otros lugares de su cuerpo, que me percaté de la envergadura de la agresión. Entonces Ana me contó que esa tarde algunos niños, señuelos inocentes, insistían en tocar sospechosa e insistentemente el timbre de su casa –lo cual, asegura, entraba en congruencia con toda una historia de provocaciones que viene sufriendo desde hace años, y que ha denunciado una docena de veces sin que las autoridades policiales hayan hecho nada– y que, al requerirlos, una vecina desproporcionadamente descompuesta se le abalanzó en zafarrancho de combate, acto seguido le secundó una desconocida y en segundos tuvo encima varios hombres, también desconocidos, que se sumaron a la golpiza. El modus operandi lo dice todo. Las imágenes hablan por sí solas. La impunidad que de seguro vendrá se encargará de confirmar todas las sospechas.

Ahora, la obligada reflexión de este cubano que no fue testigo presencial de estos hechos y que intenta analizar el asunto lo más objetivamente posible. Para no ponernos suspicaces: supongamos que se tratara del inaudito caso en que una vecina, auténticamente indignada, fuera secundada inexplicablemente con tanta saña por varios desconocidos, hombres y mujeres incluidos, ¿no estaríamos ante un caso de agresión contra la persona, reconocido como un delito en el Código Penal vigente y por tanto punible? Entonces ¿no deberían actuar enérgicamente las autoridades para hacer valer la ley, detener a la principal agresora –que vive a pocas puertas de Ana Luisa– y dilucidar culpables? Sinceramente, presiento que esa es una remotísima posibilidad si tomamos en cuenta que la agresión se consumó sobre una mujer que a pesar de su naturaleza vulnerable se ha atrevido a desafiar a un poder absoluto. Tengo la completa certeza de que si, en caso contrario, la agredida hubiera sido aquella “intransigente revolucionaria” sin importar razones ya estuviera Ana Luisa lista para sentencia. Pero en este caso sucede algo que no puede soslayarse: casualmente varios días antes –insisto, casualmente, para no ponerme demasiado suspicaz– en la tarde del pasado 24 de agosto, Ana había hecho un acto unipersonal y público de protesta en la Plaza de la Revolución y ya eso sí que explicaría muchas cosas.

Así lo veo: mientras sea este un país donde no exista división de poderes y la Fiscalía permita abusos semejantes; un país donde la autoridad policial, lejos de velar por la seguridad de la persona, se congenie en complicidad con los represores; mientras sea este un país sin una prensa comprometida, capaz de sumergirse en catarsis estériles, pero que jamás arriesga el dedo sobre la llaga ardiente; mientras la Seguridad del Estado y el Partido Comunista se arroguen la potestad de organizar los tristemente célebres mítines de repudio y las infames golpizas –denigrantes, no para las presuntas víctimas, sino para quienes las perpetran; mientras la libertad de opinión y de asociación nos sean constantemente vulnerados y el miedo corroa la dignidad del hombre; mientras haya cobardes capaces de ensañarse sobre el desamparo de mujeres como Ana Luisa nada, absolutamente nada en este sufrido país habrá cambiado.

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Por Jeovany Jiménez Vega.

La historia circuló hace poco en Intranet: nada menos que a ocho años de prisión fue sancionada una doctora cubana recién graduada en Anestesiología, por la lamentable muerte de una paciente obstétrica. No conozco a la anestesióloga en cuestión ni estoy completamente permeado de los detalles del caso, pero de algunas verdades sí quedo convencido a priori por lo que del caso me llegó: no se ausentó de su puesto de trabajo, no dejó de intentar aquel procedimiento hasta el último minuto, no fue la que eludió asumir aquella responsabilidad, no falló en el proceder por indolencia o irresponsabilidad. Tampoco se trataba de una marginal lucrando en una esquina con mercancías de trasmano, ni una funcionaria acogida a los pingues beneficios de los circuitos gerenciales, aduanales ni hoteleros, ni de aquellos que dimanan de sujetar la sartén por el mango en este país. Nada se ganaba en aquella guardia esta joven, nada resolvía para aliviar la pesada carga de su hogar, nada que le reportara un beneficio a su familia, ningún alimento que llevar a la boca de sus hijos, si los tiene.

Es una norma universal la que dispone que el salario percibido por un individuo debe ser proporcional al esfuerzo que demandó su formación y, sobre todo, a la dosis de responsabilidad legal que asume cuando ejerce una determinada función. Pero en esta islita ese principio es definitivamente quebrantado: los profesionales en general, y particularmente los médicos, vivimos en medio de una dinámica caótica y absurda, trabajando por $25.oo USD al mes ante autoridades que no se sonrojan cuando nos venden un juguete de niño en cerca de $80.oo CUC, mientras una simple empleada de esa misma tienda, por sólo citar un pálido ejemplo, percibe cinco o diez veces nuestro salario mensual cuando saca su tajadita en propinas, adultera los precios, accede a todas las rebajas y gangas, mientras esta doctora y yo sólo llevamos a nuestro hogar, después de una jornada de trabajo o de una guardia descojonante, la buena gripe, la deshidratante diarrea –cólera incluido, por supuesto– o el riesgo de una tierna meningoencefalitis meningocóccica, y ese sería todo nuestro pago por asumir una altísima responsabilidad que el día menos pensado –no necesariamente por desidia o impericia, sino por lógico agotamiento físico y mental, o ¿por qué no? por entendible error humano– te puede poner entre rejas y por la que no percibimos ni remotamente lo que bien merecemos. Todo esto suena a burla y diera risa si no fuera algo tan serio. De nada le valieron a esta doctora sus pasados méritos, ni su afán de superación demostrado al terminar esta dificilísima especialidad, ni tampoco los cinco años como colaboradora de salud en Venezuela a la hora de hacer leña del árbol caído.

Aunque se respeta el dolor de la familia y no cuestiono su derecho a canalizar semejante pérdida hasta el último recurso, pues han sufrido un dolor de magnitudes insondables, también sería muy saludable, ante situaciones así, redirigir la mirada hacia aquellos que disponen las reglas del juego de forma tal que no nos garantizan, ni a esta doctora ni al resto de nuestros colegas, la manera de vivir en nuestro país con un mínimo de sosiego.

Fe de errata: Tercer párrafo, línea 12, donde dice “descojonante” debe decir descojonante.

ministerio-relaciones-exteriores-cubaPor: Jeovany Jimenez Vega.

Desde la entrada en vigor de las modificaciones hechas por el Gobierno cubano a la política migratoria que mantuvo inalterada por más de 50 años, se perfila cada vez más una tendencia que se veía venir: ahora casi todas las embajadas sospechan en cada cubano un seguro inmigrante y en consecuencia han convertido la obtención del visado en una empresa quimérica, traducida en requisitos que ponen demasiado alta la varilla para la mayoría de los solicitantes.

Puede que estas embajadas sólo ejerzan el derecho soberano de cada estado a decidir quién entra en su territorio y bajo qué condiciones se le permite, pero hay historias que son tan ilustrativas que hacen sospechar que dentro de este palo también pudiera haber comején y para ilustrar lo que digo narro aquí, a grandes rasgos, el testimonio que refiere Israel Reinoso Valdés, ciudadano cubano residente en Guanajay, Provincia Artemisa. Resulta que Israel, junto a Lázaro Gonzáles Alonso y Gerardo García Álvarez –ambos también cubanos y residentes en los municipios Guanajay y Mariel respectivamente– decidieron solicitar visa ante la embajada de Guatemala en el mes de enero de 2013. Los tres jóvenes cumplieron con todos y cada uno de los requisitos exigidos en dicha embajada y en consecuencia a todos les fue expedida la visa de turismo según el procedimiento corriente –Israel con visa No. 1704909. Los tres reservaron pasajes para el pasado 6 de febrero por el precio de $599.00 CUC, y volaron a Guatemala con TACA en el vuelo TA451, que partió de La Habana a las 16:55 horas y que arribó a su destino el mismo día a las 20:20, hora local. Refiere Israel que una vez en aquel aeropuerto fueron interferidos por el Jefe del Grupo de Inmigración José Canisa Valenciaga, que en un intento de extorsión exigió a cada uno la suma de $1200.00 USD, que se le debían hacer llegar mediante un intermediario, si querían pasar de la Aduana o, en caso contrario, serían deportados a Cuba. Habiéndose negado, los tres cubanos fueron detenidos durante más de 10 horas, fueron incomunicados cual criminales y no se les permitió usar siquiera el servicio sanitario ni realizar una llamada telefónica a su consulado. Los tres jóvenes fueron efectivamente deportados a Cuba el 7 de febrero, 7:00 AM, hora local. Al día siguiente entregaron un primer documento de queja ante el MINREX, donde exponían los detalles esenciales de las vejaciones cometidas contra ellos por parte de la autoridad guatemalteca. Pasado más de un mes sin recibir respuesta, Israel entrega una segunda queja ante el MINREX y después haría varias visitas más y múltiples llamadas telefónicas, todo infructuosamente.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba (MINREX) está en la obligación legal, moral y ética de representar a sus ciudadanos en todo país que cuente con un consulado cubano y de velar por sus derechos, según queda certificado en cada pasaporte cubano que se expide. Absolutamente nada justifica que el MINREX se desentienda de las humillaciones, abusos y arbitrariedades a que haya sido o pueda ser sometido un ciudadano cubano por parte cualquier autoridad en el extranjero.

Cierto es que la entrada definitiva a un país puede estar sometida a la consideración discrecional de la autoridad aduanera o de inmigración, pero aquí estamos ante el caso de ciudadanos que cumplieron rigurosamente con todos los requisitos exigidos por el Consulado de Guatemala en La Habana, que en virtud de esto les fue emitida una visa que les daba derecho legal a entrar a ese país y que en correspondencia presentaron todos los documentos en forma cuando se les fue solicitado por la autoridad pertinente, pero esto no bastó para evitar que fueran víctimas de semejante arbitrariedad. Existen normas, mecanismos internacionales y herramientas que pueden esgrimirse para solucionar casos como este, en el que es evidente que tres cubanos fueron víctimas de un atropello, pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría pagar cientos de dólares por un pasaje y volar a miles de kilómetros nada más que para tomarse un vaso de agua y retornar al día siguiente sin atravesar siquiera las puertas de la aduana.

Es indiscutible que aquí se sometió a tres ciudadanos cubanos a una tremenda humillación, que fueron víctimas de un intento de extorción y de un innegable abuso de poder por parte de funcionarios corruptos. Cuba mantiene relaciones consulares y diplomáticas con la República de Guatemala y el MINREX tiene una embajada en ese país, por lo tanto cuenta con los recursos necesarios para interponer ante las autoridades competentes –de Guatemala o de cualquier otro país– las reclamaciones necesarias ante casos semejantes en que se consideren vulnerados nuestros derechos. Si así no fuera, entonces ¿de qué nos sirven los 100 CUC –el salario promedio de seis meses de trabajo– que se nos cobra por la obtención de nuestro pasaporte, que presuntamente acredita que, estemos donde estemos, nos mantenemos al amparo del Gobierno cubano? ¿O acaso sólo contamos a la hora de llenar las plazas durante los grandiosos desfiles y no a la hora en que precisamos de ayuda fuera de nuestra tierra ante un funcionario déspota? ¿Será que se nos dejará siempre en tal estado de indefensión cuando decidamos salir de este país en el que, sin embargo, se trata al extranjero con guantes de seda? Dudo muchísimo que la contraparte se quede de brazos cruzados en caso de darse una situación similar en la que fuera víctima en La Habana un ciudadano alemán, francés, norteamericano, o de cualquier país cuyo Ministerio de Relaciones Exteriores se respete. El MINREX, portavoz del Gobierno cubano ante el mundo, debe estar a la altura de lo que este momento demanda y por tanto es inaceptable que se nos abandone de este modo tan burdo –jamás en este caso debió ser tan moroso al emitir su respuesta final casi 5 meses después de formulada la queja, y esto aceptando tácitamente que los jóvenes “…no llenaban los requisitos establecidos por la Ley de Migración…” cuando en realidad cumplían con cada requisito exigido por el Consulado guatemalteco. De más queda decir que los tres jóvenes perdieron impunemente el dinero de aquel pasaje.

¿Qué tal si de repente este caso no fuera una excepción? ¿Qué tal si descubrimos una inequívoca tendencia a tratársenos como los nuevos apestados, los venidos a menos a donde quiera que vayamos? Hoy fueron Israel, Lázaro y Gerardo, mañana podría ser cualquier otro cubano, incluido yo por supuesto, pues como consecuencia de la brutal realidad que vivimos y de la indolencia de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores podríamos estar condenados a ser vistos como parias, como aquellos que podemos ser “bienvenidos” en el marco de misiones de trabajo, pero que luego somos sospechosamente relegados si decidimos viajar a esos mismos países por voluntad propia, precisamente nosotros, los hijos de la misma tierra de aquel que afirmó, algo que de seguro desconocen aquellos corruptos de la Aduana guatemalteca, que patria es humanidad.

 

NOTA: Toda referencia a lo sucedido en la Aduana de Guatemala fue hecha a Ciudadano Cero por Israel Reinoso Valdés. El autor de este artículo no fue testigo de estos hechos.

IMG_1352Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado miércoles 5 de junio, al final del programa de Telesur “Temas del día”, nuestro flamante periodista Iroel Sánchez comentaba sobre la “primicia” de la habilitación salas de “libre” navegación por Internet a lo largo de la geografía cubana. Que más de dos décadas después de que Internet pasara a ser un portal mundial cotidiano se esté aun anunciando en Cuba, con fuegos artificiales, que desde 118 tímidos puntos de este país de casi 12 millones de habitantes se podrá navegar “libremente”, lo dice todo.

Pero hay varias aristas del asunto que Iroel no comentó ante Telesur: no mencionó el detallito de que él mismo sí tiene hace años acceso pleno y gratuito a Internet, pues está entre los privilegiados periodistas “oficialistas” que acceden a la red desde su oficina o cómodamente desde su hogar –y que, claro está, será así mientras no transgredan la línea del Rubicón, pues el César, atento y ceñudo, les computa cada byte; no dijo Iroel que en nuestro caso el horario de conexión está supeditado exclusivamente al horario de las oficinas comerciales de ETECSA (de 8:30 AM a 7:00 PM) en salas que dispondrán sólo de entre 2 y 6 máquinas –por ejemplo en Artemisa, toda una capital provincial de más de 80000 habitantes, se cuenta sólo con dos– y que ni a pedazos bastarían en caso de haberse concebido una tarifa razonable y no esta absurda y extorsiva locura; no dijo que los $4.50 CUC –o lo que es lo mismo, la estafa de $112.00 pesos ¡por sólo una hora conectado a 2 MB de velocidad!– que decidió cobrarle el gobierno cubano a su pueblo trabajador equivale a un tercio del salario promedio mensual que le paga –lo cual equivaldría a cobrarle al español promedio unos 250.00 euros por hora de navegación, pero con la agravante en el caso cubano de vivir en el país más caro del mundo. De todos estos detalles se olvidaba Iroel Sánchez cuando era entrevistado por Telesur.

Mientras tanto, razono: si el Gobierno cubano dice tener la verdad en sus manos, entonces ¿cuál es el terror a la libre confrontación de ideas? Porque sólo información, ideas puras traducidas al más elemental código binario, pueden entrar al país a través de un cable óptico, y nunca bombas ni fusiles. Tengo la convicción de que toda verdad, por su límpida naturaleza, es firme como una roca y se defiende con su sola presencia bajo el sol, por eso jamás entenderé que se prive a mi pueblo de algo tan elemental como el libre acceso a todo el conocimiento contenido en el ciberespacio.

En momentos en que mi país se debate ante las expectativas de transformación que urgen y que el gobierno tantea tímidamente, mientras la sociedad aboga por mayor celeridad en los cambios que a veces llegan más cosméticos que reales, en momentos así nos llega esto. Siempre he dicho que prefiero a un déspota que a un cínico porque el primero se burla ante tu vista, no oculta su tiránica naturaleza y enarbola su divisa que es: sí, te mancillo ¿y qué?, pero el segundo, en el fondo tan siniestro como aquel, pretende además ofender tu inteligencia. Porque afirmar que estas tarifas estratosféricas están al alcance del pueblo, equivale a decir que también lo están los hoteles a $300.00 USD por persona –todo un año de trabajo– por un miserable fin de semana.

Ahora se pretende exportar la ilusión de que ya los cubanos vivimos felizmente conectados con el mundo, pero éste debe saber que estamos ante una farsa, y así lo demuestran las sillas vacías en estos sitios de la vergüenza. El pueblo cubano espera y exige un acceso, real, libre, efectivo y pleno a Internet, mediante términos contractuales razonablemente ajustados a sus posibilidades y que le permitan explorar el mundo virtual a voluntad y a tiempo completo. Quiero Internet en mi hogar para explorar todas las verdades y confrontarlas con la mía… como Iroel Sánchez, pero a diferencia de él lo deseo como un derecho ejercido y nunca como indigna prebenda. En lo personal este sería el sensor que me indique que estamos finalmente sobre la senda de los cambios reales; mientras no contemos con acceso absolutamente libre a Internet todo será falso oropel y pura fantasía… puro cuento de camino.

 

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Por: Jeovany Jiménez Vega.

Lo que aquí se ve fue alguna vez el sello de la centrífuga de nuestra lavadora. Un ruidito aterrador cada vez que se activaba nos venía anunciando que ya estaba al cantar el manisero, hasta que hace algo más de un mes nos dijo, señores me jubilo, y expiró junto al motor que debajo se humedeció. Entre ingenuo y esperanzado fui en vano al taller estatal de reparaciones y allí choqué con la predecible evidencia: en los vericuetos del mercado negro –prácticamente el único disponible para estos menesteres– este trozo de goma nos costaría entre $20.00 y $25.00 CUC, o sea al menos $500.00 pesos MN, más la consabida mano de obra, si no queríamos exprimir la ropa a mano limpia.

Esto sucede precisamente ahora que nuestro ministerio decidió comenzar a “pagarnos” la nocturnidad durante las guardias médicas a razón de $2.00 pesos MN la hora, desde las 7.00 PM y las 7.00 AM, lo cual viene siendo $24.00 pesos MN por guardia –y así las cinco guardias que promediamos al mes implican $120.00 pesos, o lo que es lo mismo, unos $5.00 USD se añaden desde ahora a nuestro salario mensual por este concepto.

La incontrastable evidencia nos golpea nuevamente el rostro: mientras los profesionales de la salud pública nos consagramos a nuestro trabajo, continuamos siendo el último eslabón de la cadena alimenticia; la miseria que hoy se suma a nuestro salario así lo ratifica. Otros sectores nos triplican o cuadriplican el salario, sin embargo al mío, que hace una década es el que más divisas constantes y sonantes ingresa a este país, se le mantiene práctica y deliberadamente en la indigencia.

Por suerte manos amigas desinteresadas asumieron nuestra reparación, y aunque siempre tuvimos que comprar la pieza, de haber tenido que pagar íntegramente el desastre se habría triplicado. No obstante, esto implicó todo un mes de trabajo en términos salariales nuestros. Mientras esto sucede, nuestro ministro determina que no nos merecemos más de $2.00 pesos MN por cada hora nocturna de guardias que llegan a ser destructivas en términos de salud. Definitivamente, no nos respeta.

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Por: Jeovany Jienez Vega.

Confieso que, como a muchos, me sorprendió lo reñido de la contienda. Menos de 300000 votos de diferencia –y ambos candidatos con más de 7000000– es prácticamente un empate técnico que llama a una ingente reflexión: ¿cómo es posible que después de todos esas Misiones instrumentadas por el Gobierno de Hugo Chávez aún la mitad de los venezolanos voten por la alternativa de Capriles? ¿Serán así de ingratos los venezolanos o detrás de este giro se oculta la parte de la historia que escapa siempre que se mira a través de un monoprisma?
Como decía en mi antepenúltimo post, casi toda referencia sobre el asunto me ha llegado mediante colegas que regresan de Venezuela, trabajadores que partieron bajo condiciones que me abstengo de juzgar por no atizar a los demonios. Pero lo cierto es que ahora la evidencia nos llega incontestable: la mitad de los electores votaron por el proyecto que aboga a dar la marcha atrás a más de una década de Revolución Bolivariana y optan por el regreso al anterior esquema.
Sé bien, por experiencia propia, que las olas del mar suelen distorsionar la realidad que emiten las antenas; así se cuentan por cientos de millones los terrícolas que aún tienen una imagen distorsionada de la realidad cubana, por ejemplo, y por analogía pudiera suceder lo mismo en este caso. Especulo sobre la posibilidad de que detrás del discurso, incluso sincero, de Hugo Chávez, se cobijara ese elemento oportunista que nunca falta en estas coyunturas: toda una casta de funcionarios que en nombre del movimiento se llena los bolsillos y se posiciona mirando sólo cuánto lucrar en beneficio propio, algo que sí estaría viendo cada días toda esa masa de pueblo que votó por ambos bandos y que no transmitiría, presuntamente, Telesur.
Pero en lo personal, mi sexto sentido me hace dudar de la alternativa Capriles; sencillamente no le veo a éste el carisma necesario para conducir una nación. Con todo el sustento económico de la oligarquía como seguro apoyo logístico, sospecho que el dinero ha sido su única divisa. Puesto yo en la disyuntiva de elegir nunca hubiera optado por alguien tan carente de magnetismo.
Aunque opinar a más de mil kilómetros de tempestuoso Caribe siempre implica su lógico margen de error –sobre todo cuando se trata de realidades tan complejas– esto es algo que asumo en tanto no sea la mía más que una opinión entre millones. Deseo que cualquier camino que transite esa tierra hermana, sea cual sea, incluya la más absoluta independencia política y económica y la máxima justicia e inclusión social posible, y que todo llegue a través de sendas de paz porque es ese y no otro el sueño que deseo para mi propio pueblo. Pero tal como se ven las cosas, el Gobierno de Nicolás Maduro tendrá que hilar muy fino si quiere continuar con su ambicioso proyecto social, pues con total seguridad se seguirán tejiendo en su contra, desde dentro y desde fuera del país, poderosas y oscuras componendas.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Porque, aunque una nación se desmorone, las montañas permanecen. Y, con las montañas, queda la eterna responsabilidad del hombre de preservar lo que es esencialmente suyo, que es su alma. Y con la responsabilidad queda la posibilidad de anhelar y esforzarse y la satisfacción que resulta de hacerlo. Hanama Tasaki.

Hace 54 años, el triunfo de la Revolución cubana fue paradigma de una época a punto de eclosión. Los graves problemas sociales que se propuso cercenar y el antagonismo frontal con el Gobierno de EE.UU. le imprimieron a sus primeros años una tónica tensa y radical. La justeza de aquella lucha, el inmenso júbilo de aquel mar de pueblo ante la victoria y hechos posteriores como la campaña de alfabetización, la batalla de Girón y la crisis de octubre matizarían entre laureles a aquellos barbudos carismáticos; romántica imagen que halló resonancia en todos los movimientos de izquierda a nivel mundial. Entonces, como suele acontecer en épocas de semejante fervor, todo parecía posible.

Como cabría suponer, para dar vida a aquellos sueños se precisaba de un hombre diferente, portador de las mejores virtudes de su especie, capaz de hacer grandes sacrificios sin pedir nada, sincero, cabal y consecuente con su verdad hasta el punto de ser capaz de morir por ella. Urgía forjar un ser altruista ajeno a las miserias del pasado, sin el menor atisbo de egoísmo; se necesitaba un hombre consciente de su momento y de la impronta que debía ser legada; se aspiraba a un ser ideal –esbozado en los discursos del Che Guevara– y llamado a ser el modelo del poetizado futuro; se soñaba, en fin, con el hombre nuevo.

Pero aquella promesa no encontraría los caminos allanados hacia el edén prometido. Si bien durante los años iniciales del proceso fueron nacionalizados los latifundios, los intereses extranjeros y los de la gran burguesía, con la llegada de la “ofensiva revolucionaria” de 1968, estas medidas gubernamentales se redirigieron contra el mismo cubano que menos de una década antes había apoyado con fervor a la Revolución y que, de repente, se vio despojado de su pequeña empresa familiar –fuera esta una sencilla tiendecita de barrio, un humilde puesto de viandas o un minúsculo cajón de limpiabotas. A esta medida, desacertada y extrema, le siguieron décadas de estancamiento económico y florecimiento burocrático que no hicieron más que demostrar lo improcedente de un paso asumido al carbón del modelo soviético. A esto se le sumarían lamentables estrategias económicas, políticas y culturales, que sembraron el germen que luego fermentaría la simiente del modelo primogénitamente soñado.

Con el paso de los años, a lo anterior se añadía la carencia de garantías civiles, la no división de poderes y la orfandad ética instaurada en una prensa finalmente subyugada bajo la censura, todo lo cual fomentó una atmósfera de hipocresía social que no haría más que crecer exponencialmente. La promesa inicial de pluralidad que necesitaba el pueblo que hizo una guerra para liberarse del tirano Batista –así como de su horda de asesinos de la calaña de los Ventura Novo y los Cañizares, de la hiena Pilar García y de los Manferrer– terminó degenerando en esta pobreza cívica y espiritual que hoy nos avergüenza reconocer.

Ahora, 54 años más tarde, me pregunto cuánto queda de aquel sueño. ¿Qué legamos los jóvenes de hoy de la utopía del hombre nuevo? La quimera murió en su cuna y en su lugar surgió un ser capaz de toda la gama posible de dobleces morales y que huye de la verdad como las alimañas de la luz. A la sombra del miedo fue engendrado un ser indolente y egoísta, incapaz de proyectarse cívicamente con principios ni de ocuparse de nada que no tenga que ver consigo mismo. Insensible al dolor ajeno y sin querer, ¿sin poder? ir más allá, asegura los linderos de su parcelita y allí, en su kafkiana dimensión de insecto, vegeta en su propia cosecha de miserias sin desvelarse jamás por la gran parcela común.

No me instiga un ánimo inquisitivo ni mi juicio se pretende infalible, ni deseo pasar tabla rasa sobre el asunto, pero mucho me angustia que conductas que deberían ser ya oscuras excepciones sean aún la vergonzosa norma: veo con tristeza reducida al mínimo la espiritualidad de esta juventud, afanada en modas y reggaetones pero demasiado inculta y superficial como para reparar en asuntos mayores. Elevados conceptos como patria, compromiso, deber o sacrificio le son tan ajenos a la media de la juventud de hoy como las fórmulas de la física cuántica. Y no es que esté mal vivir intensamente, vestir a la moda y bailar hasta el delirio –pues la juventud es una sola y es, a la vez que bella, fugaz– pero también se debería ser, a la vez que alegre, profundo… ¿no es así Guevara?

Tuvo muchísimo que ver en tal devastación moral el megaexperimento de los preuniversitarios en el campo, que durante décadas mantuvo a varias generaciones de cubanos lejos de su familia, en la fase más crítica de su adolescencia, mientras cristalizaba su personalidad. Si bien en las aulas de estas becas existía un clima docente bastante adecuado –y de alta calidad en no pocos casos– en los dormitorios se vivía muchas veces el código de las prisiones: el bueno tenía que acoplarse a la seña del malo, y nunca viceversa, si quería sobrevivir; allí aquel joven en ciernes podía descender hasta el más procaz inescrúpulo. A esto habría que añadir la insondable crisis de valores que llegó con la década de los 90’. El deterioro profundísimo de los estándares de vida del pueblo motivó un éxodo masivo de profesores del Sistema de Nacional de enseñanza con sus lógicas consecuencias, y mientras tanto en la calle se entronizó definitivamente la ley de la selva. Luego el libretazo de la década del 2000 –con sus nunca logrados Profesores Generales Integrales, sus videoconferencias y graduaciones masivas de maestros emergentes y volátiles– vino a dar el puntillazo final. El triste resultado lo palpamos hoy; es mi generación y la generación hija de la mía el producto de aquellos años: la insensibilidad, la pésima educación y la vulgaridad más árida son la norma y alcanzan, hace mucho tiempo, proporciones epidémicas. En fin, que hemos creado un Frankenstein y hoy no sabemos qué hacer con él.

Pero conservo la obstinada esperanza de que no todo esté perdido. A semejante desolación opongo aquella inconmovible fe martiana en el mejoramiento humano. Tengo la viva certeza de que mi pueblo extraerá de los ilustrísimos ejemplos de su Historia la fuerza necesaria para levantarse de sus ruinas; para que el hombre nuevo que soñamos un día, y que me resisto a colocar entre las quimeras imposibles, nazca al fin –hijo de valores universales y no de adoctrinamientos políticos– para el bien definitivo de la patria. No precisamos para ello de prefabricadas arengas: lo esencial sería rescatar al hombre del abismo moral cavado por la simulación y la mentira. Necesitamos, con urgencia, una Revolución del alma. ¡¿Con qué contamos…?! increparán los miopes escépticos, y quedará como respuesta el digno grito de Agramonte que estremeció aquella manigua insurrecta: ¡con la vergüenza, con eso contamos, con la vergüenza de todos los cubanos dignos!

Lectura del punto 1.

1Por: Jeovany Jimenez Vega.

Tal vez la preocupación que me dejó la reciente visita del Presidente ruso Dimitri A. Medvedev a Cuba se deba a mi natural impericia en cuestiones económicas, pero a decir verdad la lectura del primer punto de su agenda deja poco espacio para las dudas. El Primer Ministro ruso establece claramente, como el primordial objetivo de su visita, establecer un “Convenio sobre la regularización de la deuda de la República de Cuba ante la Federación de Rusia por los créditos otorgados en el período de la extinta URSS.” Creo que para verlo más claro habría que echarle agua. Cualquier malpensado pudiera llevarse la impresión de que el camarada Medvedev vino a pasarnos el cepillo, en todo lo que a Rusia se refiera, por las tres décadas de “cooperación” durante la era soviética. Por más que se adorne o se disimule el asunto con otros nueve puntos que tendrán una dudosa repercusión, queda claro que aquel tiempo de los sueños quedó definitivamente atrás para esta generación de políticos rusos que nos lanzó un mensaje muy claro y conciso: parecen dispuestos a cobrar hasta el último centavo que se les deba.

Hace poco reflexionaba yo acerca de la postguerra y sobre cuánto puede progresar una sociedad que orienta oportunamente sus esfuerzos. Poco más de una década después de la segunda guerra mundial Europa era definitivamente otra. Sobre aquellas ciudades allanadas por los bombardeos nazis se erigió el despreocupado desenfado de los 60 y así también lo hizo Japón una vez despojado del lastre del militarismo. El mundo vio cómo, a pesar de la secuela nuclear, la tierra del sol naciente se erigía a velocidad de vértigo en una potencia económica mundial y una comparable evolución siguió Alemania, con todo y sus ciudades bombardeadas por la RAF, incluida aquella Berlín hundida apenas 10 años antes bajo la artillería del Ejército Rojo. Sin embargo, tres décadas de amplio proteccionismo económico soviético –equivalente a un Plan Marshall diseñado exclusivamente para nosotros– no nos bastaron nunca para despegar el vuelo. Eso sí, dejábamos para la historia un elocuente ejemplo de cómo llegar a desperdiciar una oportunidad semejante.

Pero como fue antaño sigue siendo y Moscú aún no cree en lágrimas. Ahora llega el tabarich Medvedev a esta hora y con semejante recado y no pudo hacerlo en un momento más inoportuno –por más que se amortice una parte del monto por diferencias de valor del antiguo rublo y haya sido acordado que se page en una década. Ya lo presentía desde que vi en la prensa el gesto algo ¿altanero? del ruso y el rostro un tanto ¿preocupado? de nuestro Presidente Raúl. A decir verdad no sé de dónde iremos a sacar a estas alturas todo lo que necesitaremos para pagar 30 años de recursos dilapidados a manos llenas –me pregunto si esto sería posible– por aquella época en que nadie podía suponer –ni la KGB, ni la CIA, ni Dios– que habría glasnost, ni perestroika y que alguien llegaría a apostar algún día, para bien o para mal, por el fin aparente de la Historia.

2

Réquiem.

Hugo-ChávezPor Jeovany Jimenez Vega.

Con el intento de golpe de estado de abril de 2002, la oligarquía venezolana intentó sustituir del poder, y/o asesinar, al Comandante Hugo Chávez, líder de la entonces naciente Revolución Bolivariana. Fueron momentos de un intenso dramatismo: a la incertidumbre de las primeras horas le sustituyó el tsunami de pueblo, las ardientes oleadas que bajaron de los cerros para restituir en Miraflores, a golpe de puro coraje, a su presidente electo. Aquella fue una reacción impresionante y espontánea; a partir de entonces el mundo tuvo la certeza de que en Venezuela se gestaba algo más trascendente que el simple ascenso de un caudillo: se estaba ante un pueblo con auténticas aspiraciones, que obraba un valientísimo acto de desagravio a su auténtico líder.

Hechos paralelos como la masacre del puente Llaguno, ampliamente manipulada por los medios golpistas –francotiradores que le destrozaron el cráneo a venezolanos de ambos bandos para no levantar suspicacias a la hora de acusar a los chavistas– y otros, como el asedio a la embajada cubana, el cierre violento del canal oficial de televisión y el reconocimiento precipitado de varios países a un “gobierno de transición” que duró lo que un cubo de hielo al sol, definieron en buena medida el decursar de América Latina durante la siguiente década y ya son Historia constituida quiéranlo o no los detractores de Hugo Chávez.

Nunca he visitado Venezuela, por lo que no puedo opinar con certeza completa sobre una realidad que nunca viví de cerca. Muchas de mis referencias me han llegado a través de médicos, enfermeras o técnicos cubanos que prestaron servicios allá durante diferentes etapas y que me cuentan sobre una desmedida violencia social –dolorosa herencia de décadas pasadas– con su delincuencia juvenil organizada, con seminiños de gatillo fácil perpetrando crímenes a sangre fría; me cuentan sobre constantes tensiones políticas, sobre la carestía ascendente de la vida y sobre una corrupción que muestra su rostro oportunista en ambos bandos de la contienda.

Si de algo estoy consciente es de que para el Gobierno de Hugo Chávez nada fue precisamente fácil. Pero estoy convencido –igual puedo estar equivocado al respecto– que en el caso venezolano la referida carestía tiene un elevadísimo componente especulativo, propiciado por los sectores pudientes opositores, pues no se me ocurre cómo sería de otro modo tratándose de un país tan rico, poseedor de la mayor reserva mundial reconocida de petróleo. Pero no se puede soslayar el hecho de que si aquella oligarquía aún conserva poder económico suficiente para boicotear si lo decide, es precisamente porque el Gobierno de Hugo Chávez –amén de su proyección socialista, pero a diferencia de la experiencia cubana– respetó en Venezuela la propiedad privada, agenciando al Estado el control de los renglones más estratégicos.

En estos días los cubanos vimos cómo Maduro pronunciaba su primer discurso como Presidente encargado –en el que inmediatamente convocó a elecciones– bajo el mismo techo, ante connotados opositores procapitalistas que escuchaban con respeto y con respeto eran tratados, y vimos cómo a través de Telesur, el canal que podríamos llamar “oficialista” del chavismo, el líder opositor Capriles emitía su torpe discurso con toda naturalidad, ante este y otros medios de prensa –lección de tolerancia de la que aquí deberíamos aprender.

En cuanto a las elecciones del próximo 14 de abril, me quedaron pocas dudas. Con su discurso ante el país, Capriles no hizo otra cosa que cavar su propia tumba. El líder opositor dio una lección magistral de torpeza política y de cómo atraerse animadversiones atacando incisivamente, más que a las instituciones, a la sensibilidad humana de gente que aún estaba en pleno duelo, enarbolando una diatriba que dejó un mal sabor de cara a elecciones demasiado cercanas como para tener tiempo de enmendar su error. Estoy convencido de que este desliz le costará a Capriles decenas o cientos de miles, quizás millones de votos. Auguro que estas elecciones, con el componente emocional a su favor, serán ganadas por Maduro con un margen mayor que las últimas ganadas por Chávez. A su favor dejó el comandante un legado de millones de alfabetizados, aliviados y propietarios de nuevas viviendas, mediante misiones como Robinson, Barrio Adentro, Hábitat y Gran Misión Vivienda, entre otras que completaron un total de 21 y que buscaron, ante todo, humanizar la vida del venezolano común.

El comandante Chávez murió después de una larga batalla durante la cual nunca le mintió a su pueblo con respecto a su salud. Doctor Honoris Causa en 10 Universidades, Premio Internacional “José Martí” de la UNESCO y merecedor de decenas de Reconocimientos, Ordenes y Condecoraciones internacionales, murió convencido de la justeza de su lucha, de la culpabilidad del capitalismo neoliberal en los graves problemas de América Latina y de la gran estafa tendida al tercer mundo por instituciones mundiales como el FMI y el Banco Mundial; murió convencido de que Bolívar nos lanzó una propuesta salvadora hace dos siglos, y en consecuencia abrazó aquel sueño hasta su postrer aliento. Media humanidad le honró, incluida la Asamblea General de la ONU, la OEA y prácticamente todos los organismos regionales. Medio centenar de Jefes de Estado y de Gobierno, así como cientos de personalidades mundiales asistieron a su sepelio y dejó una innegable impronta en la nueva dinámica de relaciones norte-sur. Todo esto me convence de que con Hugo Rafael Chávez Frías no seremos nosotros sino la Historia, y quizás no hoy sino mañana, quien emita el veredicto final.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

El cólera, también llamado morbo asiático porque desde La India y China ha asolado reiteradamente al mundo con mortíferas pandemias, es el resultado de la colonización del aparato digestivo por un bacilo llamado Vibrio cholerae –una bacteria de la familia Spirillaceae muy sensible al calor y a los ácidos, que la destruyen rápidamente– descubierto en 1893 por R. Koch, quien también descubriera en 1882 el bacilo de la tuberculosis. Se trata de una enfermedad infecciosa, muy contagiosa, transmitida por vía oral mediante el agua y los alimentos contaminados con las deyecciones o el vómito del hombre enfermo o portador –la orina rara vez contiene vibriones– así como por el contacto con objetos como vasos, platos o cubiertos de mesa contagiados por un colérico.

Esta enfermedad tiene un período de incubación muy breve –que puede ser de dos o tres horas, pero que generalmente oscila de diez horas a tres días– durante el cual el individuo, ya contagiado, aún no muestra síntomas. Siempre se debe tener en cuenta que el cólera puede ser asintomático (es el caso de los llamados portadores asintomáticos del germen) así como el hecho comprobado de que ésta, en una parte considerable de los casos, la mayoría para algunos autores, no transcurre con el cuadro típico y grave, sino con un cuadro coleriforme o como una diarrea vulgar que escapa fácilmente al diagnóstico. Pasado este el período de incubación sobreviene el período de estado, en el que el paciente realmente enferma. Se hace una distinción de cinco formas clínicas hacia las que puede evolucionar un enfermo.

Que el cólera irrumpiera en Cuba era sólo cuestión de tiempo. La afluencia de viajeros, estudiantes extranjeros y el personal de las Misiones Médicas cubanas y de otras áreas de colaboración procedentes de países en epidemia, ha sido durante años una potencial puerta para la entrada de enfermedades infectocontagiosas a nuestro país. Esta vez, comenzando por Santiago de Cuba, se extendió durante los últimos meses hasta el occidente del país, incluida la capital, en forma de brotes tratados con premura y éxito variables, pero sin alcanzar, hasta el momento, rango de gran epidemia.

En la capital cubana la situación epidemiológica no es homogénea, sino que hay municipios más afectados que otros, pero sería una irresponsabilidad especular aquí sobre datos que no domino plenamente. Así mismo no sería prudente, ni ético, intentar minimizar la situación por la que atraviesa el país, aun cuando no estemos ante una situación epidemiológica explosiva, aunque me consta que las autoridades sanitarias hacen un gran esfuerzo para tratar de resolver la situación y no dudo que para las autoridades de gobierno también el asunto tenga una alta prioridad. Conspiran contra ello las irregularidades en el abasto de agua potable, la lamentable situación de la red de distribución y el deterioro de los sistemas de drenaje de albañales en muchos lugares del país –cuya solución depende de inversiones millonarias a mediano y largo plazo– así como la baja percepción de riesgo que pueden llegar a tener algunos sectores poblacionales ante una enfermedad para ellos desconocida, que no existía en Cuba desde finales del siglo XIX.

Este es un problema que hay que asumir en su justa medida, que no debe ser subestimado –porque estamos ante una enfermedad potencialmente letal y que ha dejado fehacientes ejemplos a través de la historia de cuántas vidas puede costar– pero que tampoco hay que sobredimensionar, pues tengo absoluta confianza en la competencia de mis colegas para tratar adecuadamente cada caso. Eso sí, la sociedad cubana debe poner en tensión toda su capacidad organizativa para erradicar este flagelo y así evitar que se constituya en un patrón endémico. El sistema de la Salud Pública cubana está preparado para así lograrlo. Sin triunfalismos gratuitos, estoy convencido de que en pocos meses la situación quedará bajo control.

Los médicos cubanos estamos suficientemente sensibilizados y capacitados para aniquilar este peligro. Que nuestro gobierno tenga una deuda para con nosotros; que se nos pague un “salario” de risa que nos obliga a vivir en la insolvencia más absurda; que aún se le dispense una mala atención a mi sector, en fin, que persista la vieja rabia por la vindicación pendiente, ya será harina de otro costal aunque no sea este el post que se proponga amasarla; aunque a pesar de todo siga siendo la rabia mi más conspicua vocación.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

A las puertas del cielo se supone quien parte y en la agonía quien decide quedarse, pero cada cual desanda al final su propio camino al dolor común, cada cual hilvana su purgatorio. Estremecedora entrega de La Compañía del Cuartel la pasada semana en el Centro Cultural “Brecht”, del Vedado. “Peggy Pickit ve el rostro de Dios”, de Roland Schimmelpfenning, nos aboca a un sensible y polémico tema: cuánto de frustración o de realización personal puede implicar para un médico cubano partir a una colaboración de trabajo al extranjero o diluirse en la cotidianidad permaneciendo en Cuba.

Un argumento contenido y la actuación convincente de su joven elenco, logran abordar una realidad compleja y dolorosa, que tocó de cerca a este espectador por su propia condición de médico cubano, amigo de algunos que regresaron contando sus propias aventuras de Peggy Pickit y de otros tantos que no regresaron nunca.

Todo quiso decirse allí, todo quedó esbozado: asomarse a lo desconocido, a realidades también ardientes, a otra dimensión de la tragedia humana; saberse vehículo de un mensaje ajeno, ficha que se mueve al antojo o moneda de cambio; la mendicidad que compulsa a partir porque no sólo de pan se vive, porque los sueños también cuentan o porque el amor no basta; ese cruento desgarro de la pareja o la familia destruida en ciernes; hallarse mancillado por quien, te dijeron, sería tu hermano, encontrar que “…no siempre éramos bienvenidos, no”, en fin, que Peggy Pickit… nos asoma al lado penumbroso y humano de las misiones médicas cubanas, a su arista inconfesa, a esa que regresa con un velo de silencio dibujado en la mirada.

Se propone un acercamiento a uno de los puntos más polémicos y neurálgicos de la realidad que a mi sector atañe: la manera en que salir a una de esas misiones de trabajo puede afectar la vida de un profesional cubano que, al menos hasta el momento en que la obra fue escrita, no tenía permitido salir de su país sino bajo las condiciones exigidas por sus autoridades, y jamás por decisión propia; que una vez allá tenía –y tiene aún– que someterse a condiciones de vida en ocasiones extremas, expuesto a riesgos en su país impensables, que provienen de la naturaleza o de la hostilidad e ingratitud de los hombres, todo a sabiendas de que recibirá por ello un mínimo porciento de lo que entre países se pacta y entretanto permaneciendo alejado de su familia y de todo cuanto dejó.

Pero hoy, mientras aplaudo a La Compañía del Cuartel, me abstengo de emitir un juicio moral; nada más ajeno a mi ánimo que lanzar ataques capaces de herir susceptibilidades. Me sería muy difícil decir sinceramente lo que al respecto pienso sin que algún colega que estime se sienta aludido. A mi edad aprendí a ser tardo para opinar sobre realidades que no he vivido; a estas alturas intento, sobre todo, no juzgar. Por lo mismo decidí dejarlo a usted sacar sus propias conclusiones. Ya sabrán Carol y Martin sus razones para partir; ya sabrán Liz y Frank por qué eligieron quedarse. Quede cada cual –mejor así– a solas con su conciencia.

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Esperando la carroza…

IMG_0530Por: Jeovany Jimenez Vega.

La última vez que estuve en el mercado agropecuario, hace un par de días, encontré una variedad de ofertas que no recordaba desde mi niñez. Fue a mediados de la década de los 80´ que este mercado –al menos en Artemisa, donde vivo– tuvo su época de “esplendor”. Pero a los estrategas económicos les perturbó la prosperidad de los productores más emprendedores y consecuentes y aquello se acabó sin más ni más, de modo que lo que apenas unos años antes garantizaba en buena medida la demanda poblacional ya era, comenzada la siguiente década, historia pasada. Durante los años que le siguieron a aquel breve período, el sector campesino se ha visto, durante la mayor parte del tiempo, impedido de expandir su producción debido a leyes, ya bien limitantes a su productividad, ya bien amenazantes al fruto de su esfuerzo –hasta hoy siguen vigentes leyes que dan a la Fiscalía la potestad de confiscar, sin mucho miramiento, todo cuanto estime de un productor que florezca demasiado– y es obvio el efecto que esto ha tenido sobre el ánimo de aquellos que amanecen al pie del surco.

Diversos intentos de solución fueron emprendidos por el Estado –Plan Alimentario de los 90´ incluido– entre los que se destacaron las endebles Cooperativas de Créditos y Servicios –incluyendo su variante “fortalecida”– que nunca lograron garantizar un suministro constante y estable a la población, pues como norma fueron irrentables e inoperantes, dando lugar la mayoría de las veces a pérdidas económicas netas. Junto a la mala gestión de estas entidades a lo largo de todo el país, coexistió otro enorme obstáculo a la llegada de la producción hasta la mesa del cubano: la probada ineficacia y la irresponsabilidad de la empresa estatal de acopio. El Estado cubano monopolizó la actividad de acopio en una empresa única, y en su lucha contra los intermediarios eliminó toda la cadena de transporte de lo cosechado dejando esta actividad casi exclusivamente en manos de una entidad que, argumentando falta de combustible, de neumáticos, de cajas o de cualquier insumo, ha dejado pudrirse en el campo, año tras año, miles y miles de toneladas de alimento. Inexorablemente esto tuvo profundas consecuencias: los mercados continuaron desabastecidos y los precios por el techo, la producción fue desestimulada y el plato esperó ansioso por la comida que nunca llegó.

No se trata ahora de emprenderla nuevamente contra el intermediario que transporta la mercancía desde el campo –pues esa es sólo una actividad más, que no pueden asumir todos los productores precisamente por lo absorbente de su actividad. Para combatir la especulación se deben crear mecanismos que regulen, dinámicamente y con realismo, las políticas de precios. Pero antes que eso el Estado cubano tiene una grave cuenta pendiente con su pueblo: primero que todo debe predicar con el ejemplo y ajustar su política de precios irracional y hostil, perpetuada en el comercio minorista y que nos vacía el bolsillo a los dos días del cobro. ¡He aquí un excelente primer paso a dar para intentar normalizarlo todo! Solo en la medida que dejen de ser escandalosos los precios impuestos por el Estado irá teniendo el guajiro un incentivo para bajar los precios, tan escandalosos como aquellos, en la tarima de la feria.

Pero al parecer la política de Raúl Castro, un tanto más pragmática, ha brindado ya algunos frutos en cuanto a la oferta de alimentos, aunque no haya sucedido esto con toda la premura necesaria. Como no soy una voz autorizada, cabría escuchar el criterio de los productores al respecto pero, juzgando a primera vista, las circunstancias hoy parecen diferentes, aunque la situación no es homogénea a lo largo de todo el país y no todos los municipios tienen el “privilegio” de Artemisa –me lo confirma la gran afluencia de asiduos desde municipios colindantes a la feria de mi pueblo. Incluso, en la medida que nos alejamos de la capital, cuanto más se avanza hacia el oriente, más ostensible se hace el deterioro de nivel de vida y más merma la oferta agropecuaria.

Creo que aquí todo es, sobre todo, una cuestión de enfoque; el camino para satisfacer nuestras demandas pudiera ser mucho más corto de lo que se supone y el ejemplo de China lo demuestra: desde que Deng Xiao Ping determinó que más importante que el color del gato era que cazara ratones, pasaron muy pocos años para que se palparan resultados en la producción de alimentos. Así mismo Viet Nam –para confrontar esquemas de producción “análogos” al nuestro– aumentó sustancialmente su producción cuando abrió las puertas a la pequeña empresa familiar. ¡Ah! pero sucede en esos casos algo medularmente diferente al nuestro: un productor vietnamita puede salir al extranjero cuando necesita comprar sus propios insumos y un empresario chino puede, sin que nadie se escandalice por eso, amasar una fortuna personal si lo hace según medios legales y es que de eso se trata: sería mucho mejor que el Estado cubano, en lugar de intentar abastecer a todos nuestros productores –algo que hasta ahora no logra– les autorice a importar directamente cuanto necesiten cuando tengan los medios para hacerlo; sería mucho mejor aceptar que “…allegarse una fortuna es un deber, siempre que sea por medios lícitos…” –palabras de José Julián Martí, no mías– y siendo consecuentes con este pensamiento se reconforme nuestro cuerpo de leyes para que nadie más vea evaporarse, de la noche a la mañana, todo el fruto que cultivó durante años con el brío de sus manos.

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