El testimonio de dos médicos cubanos que fueron inhabilitados para el ejercicio de su profesión durante más de cinco años por canalizar ante su Ministerio inquietudes salariales de 300 profesionales de la Salud Pública. El Dr. Jeovany Jimenez Vega autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo aquí publicado.

Hay días en la vida que jamás se olvidan, unos luminosos como el que te regala un hijo, otros lúgubres como el que te arrebató algún ser querido: aciagas o sublimes joyas atesoradas durante ese escarpado camino llamado vida; dardos del destino, benditos o fatales, que nunca vivimos con indiferencia porque tras ellos jamás fuimos los mismos.

Para millones de cubanos uno de esos días fue el pasado 11 de julio, sagrada fecha que no puedo evocar sin que se me anuden en el pecho las palabras. Aquel domingo se hizo el milagro y la dictadura tembló aturdida ante el grito de mi pueblo hastiado, grito no sofocado todavía que sigue latente en millones de gargantas aunque su eco resuene hoy en el fondo de las selvas o en la raíz de los volcanes que en Centroamérica atestiguan el más dramático éxodo de la Historia cubana, como el definitivo plebiscito condenatorio que tantas veces nos negaron –140000 cubanos cruzando la frontera desde el 11J y más de 3000 interceptados en el mar deberían ser una fehaciente prueba.

Hoy la dictadura teme más que nunca al pueblo cubano. Lo prueba la terquedad con que aún apuesta por la represión como única alternativa, aunque en honor a la verdad se debe reconocer que tampoco puede ofrecer nada que no sean los cientos de brutales condenas que desde el 11J elevaron a más de un millar nuestros presos políticos y los adolescentes cumpliendo condenas que superan su edad -todo bajo el más cruel ensañamiento dirigido a castigar también a las familias y a neutralizarnos a todos por terror- así como el recrudecimiento de un Código Penal que ha colocado al castrismo en el Top de lo más represivo del mundo; una arrogancia que ha extrapolado los malos hábitos del régimen al terreno virtual donde los perros de la dictadura se creen con el egregio derecho a cuestionarte, ultrajar tu dignidad y difamarte exactamente igual que lo hacen de este lado de su Matrix; también sus cobardes palizas, sus soldados solapados de civil y sus sicarios mediáticos; en fin, que un año más tarde aún tenemos delante la misma hidra de mil cabezas sedienta de la misma sangre.

Un día como hoy no logro escribir sin sentirme como un auténtico cobarde ante los testimonios de valentía y entereza de esa madre que no se deja chantajear, de la que no se calla aun cuando sabe a su hijo en la arena con las fieras; de tantos que desde el fondo de una celda son hoy el más acrisolado orgullo de la patria. Ante estas historias no podemos hacer nada que no sea dejarnos la piel y asumir todos los riesgos para que su voz sea escuchada, para que los verdugos no les puedan sepultar en vida, para que al final merezca la pena tanto dolor y duelo.

No quiero estas líneas convertidas en un estéril lamento. No necesita nuestra sufrida Cuba de cobardes ni de plañideras en esta hora difícil, y de nada serviría implorar piedad ante el vil que nos deprecia. Lo que la patria nos exige, un año después de aquel día sagrado, es que mantengamos viva la llama y que nunca se apague en nuestra garganta común aquel ardiente grito de guerra.

Con inmensa alegría millones de admiradores de Johnny Depp vivimos como algo personal el fallo del tribunal que desde Virginia acaba de declarar culpable de difamación a Amber Heard. Miles de millones de terrícolas vimos absortos la pésima puesta en escena de la coprotagonista de Aquaman -que a pesar de ser muy mala fue sin duda la mejor actuación de su vida- pletórica de muecas sobreactuadas, llanto sin lágrimas y contradicciones que al final develaron a un ser manipulador que actuaba sin escrúpulos para armar su propio circo, desmontado al final pieza a pieza por la brillante defensa de Depp.

Bastaron pocas sesiones para que Amber Heard pasara de acusadora a acusada empantanada en sus propios embustes, tras lo cual recibió una merecidísima arremetida en redes sociales que muy temprano emitieron un irreversible veredicto. Comprobamos como la presunta «víctima» con calculada alevosía documentaba con videos y fotos cada «incidente» siguiendo un pérfido plan desde el primer minuto de su relación con Depp, y como a pesar de hostigarle durante más de un año, tras no lograr la esperada agresión física, no logró reunir más que montajes, imágenes adulteradas y moretones inconexos, “evidencias” tan falsas y burdas que desde el primer minuto debieron ser rechazadas por el Tribunal: que así no haya sucedido es claramente sintomático de los tenebrosos tiempos que corren.

Que se admitiera a juicio a «testigos» jamás presentes en el momento de «los hechos», cuyo único «testimonio» fue el relato que escucharan de A. Heard, así como fotos manipuladas que no soportarían el más básico examen pericial -por demás, inconexas con «el agresor»- entre otras irregularidades -incluso la inexplicable demora del tribunal para emitir su fallo ante un caso tan claro- fueron una palpable evidencia de la zozobra social de nuestros tiempos, prístinas perlitas que nos recuerdan el precio de vivir en una época cuyo zeigeist parece ser la más grotesca falta de sentido común, síntoma de una histeria social ante la cual llegan a plegarse los poderes tradicionales, incluido el judicial, subyugados bajo el abrumador peso del cuarto poder, la bestia inmisericorde que se carga la presunción de inocencia para imponer juicios paralelos al margen de toda ética -de lo cual encontramos un vil ejemplo en el vergonzoso fallo del tribunal británico adverso a Johnny Depp contra The Sun.

Tras el enorme impacto mediático del fallo en Virginia las consecuencias no se hicieron esperar: Amber Heard despedida de Aquaman -y demos por descontado que también desterrada de Hollywood- sacrificado como cabeza de turco el directivo de Warner Bros que despidiera a Johnny Depp y reiniciado el coqueteo de la compañía con los representantes de Sparrow presurosos de lavarse la cara después del terremoto.

Debemos sin embargo no quedarnos en la cáscara y llegar al meollo, a la esencia del asunto, al pollo del arroz con pollo, porque el problema de fondo es mucho más trascendente y profundo: en cuanto baste con hacerme la foto de un moretón, subirla a redes, asegurar que se debió a una golpiza y con esto pueda arruinarle la vida a un semejante; cuando sólo baste con mi cara linda para que se crea que fui golpead@ sin necesidad de acompañar la acusación de una puñetera evidencia; cuando cualquiera se abrogue el derecho de publicar falacias que conduzcan a un linchamiento mediático enarbolando un presunto derecho a la libertad de expresión y pretenda quedar impune; cuando cualquiera se crea con semejantes «derechos» propios tan vejatorios hacia el auténtico derecho ajeno, entonces todo estará perdido: en semejante mundo nadie estaría a salvo, absolutamente tod@s estaríamos expuest@s en una impredecible vorágine de locura donde no quedarían garantías de nada; en fin, sería el caos.

Fue precisamente eso lo que nos jugamos en Virginia, un asunto muy grave cuyas implicaciones trascienden los cotilleos de alcoba: olvidemos que se cagó en su cama, que lo traicionó en su propio penthouse decenas de veces, que inundó sus apartamentos con aquella fauna de vagos y rateros que luego mordieron la mano tendida; olvidemos incluso los rumores que aseguran que usó sin consentimiento expreso la simiente de Elon para sembrar una hija probeta; olvidemos todas estas «nimiedades» que nos la develaron como el ser despreciable que en realidad es: la monstruosidad evidenciada en el tribunal de Virginia va mucho más allá y tiene directamente que ver con el mundo que deseamos y esperamos dejar a nuestros hijos.

Y es en esta curvita donde se pierde el extremismo feminista que aún a esta hora defiende la «inocencia» de Amber Heard a capa y espada: cándidamente olvidan que también ellas tienen padres, hermanos, hijos, entrañables amigos o misericordiosos vecinos de toda la vida que hoy mismo podrían caer bajo las garras de alguna oportunista buscafortuna que sin escrúpulos busque cobrar un premio o tener sus 15 minutos de fama; será entonces, cuando este boomerang retorne y haga blanco sobre algún ser querido, cuando esa ferviente defensora del feminismo radical cobre consciencia de su estupidez y del Frankenstein que ella misma ayudó a crear.

Alguna conclusión podremos sacar de todo esto y si aún hoy, después de toda la mierda que sepultó a la Heard, queda alguna atrincherada militante de la ideología de género rasgándose los sujetadores para defender lo indefendible, esto sólo significa que hay gente que definitivamente no tiene remedio. Sólo añadir que si al Capitán Sparrow, millonario y con el apoyo todos los cañones y la tripulación en pleno del Perla Negra, que por estos días fuimos miles de millones, le costó seis largos años de gratuitas humillaciones y disgustos para que le llegara la justicia divina, ¿qué queda para ti y para mí, pobres diablos que apenas llegamos a fin de mes, si algún día de este mundo la mala fortuna nos hace chocar a la vuelta de cualquier esquina con el rostro sonriente de Mera?

Dr. Alexander Jesús Figueredo Izaguirre, inhabilitado para el ejercicio de la Medicina en Cuba.

Muy mal anda un país donde cualquier ciudadano puede ser impunemente castigado por ejercer su derecho a hablar con libertad, algo opuesto a las normas constitutivas que han sido pilares de la democracia durante los últimos 25 siglos. Cuando esta aberración se convierte en una práctica frecuente podemos asegurar con certeza que estamos ante una sociedad fallida y un pésimo gobierno; pero cuando el abuso de poder se convierte en un hábito crónico que constantemente amenaza a todos, entonces estamos en presencia de una aberrante dictadura. Este es, sin duda, el caso del castrismo.

Pero si muy mal anda semejante país ¿cuán más triste o perturbador será que a un médico se aplique la sanción más extrema, la inhabilitación para el ejercicio de su profesión, por razones ajenas a su desempeño profesional?; pero además con la inexcusable agravante de hacerlo en medio de la peor crisis sanitaria de su historia. Y no hablo ya en abstracto, me refiero ahora de un caso real, recién acaecido bajo los resabios tardocastristas de Miguel Díaz-Canel.

Hace unos días el Dr. Alexander Jesús Figueredo Izaguirre fue inhabilitado para el ejercicio de la Medicina por emitir en su red social juicios críticos contra el desgobierno que arruina a millones de conciudadanos. Algún neófito en el tema cubano podría presuponer aquí un malentendido pero se le disiparán las dudas en cuanto sepa que algo así ya ha sucedido antes: en 2006 dos médicos artemiseños también fuimos definitivamente inhabilitados por algo tan natural y simple como dirigir una demanda salarial firmada por un grupo de colegas al entonces Ministro de Salud Pública José Ramón Balaguer, o que antes había sido proscrito el Dr. Darsi Ferrer Ramírez, muerto en 2017 en La Florida bajo muy extrañas circunstancias, o cuando conozca que el Dr. Eduardo Cardet, coordinador nacional del Movimiento Cristiano Liberación, cumplió tres años de condena en las prisiones de Fidel Castro.

Constan además en esta penosa secuela de la dictadura otros casos renombrados, como el de la Dra. Hilda Molina, desterrada en Argentina, o el de otros análogos aunque menos conocidos, contados por decenas, así como de otros miles de colegas castigados sin clemencia por abandonar leoninos contratos de trabajo en alguna de las Misiones Médicas oficiales mantenidas por el régimen cubano en medio planeta y que le han reportado cientos de miles de millones de esos sucios, convertibles e imperialistas dólares tan enemigos como bien degustados por el paladar castrista.

Por todo esto en el Día de la Medicina Latinoamericana indignó tanto que las autoridades sanitarias cubanas intentaran otra vez disimular con oropelados homenajes la crudísima realidad vivida durante los 365 días del año por decenas de miles de trabajadores y profesionales de todas las ramas médicas en una Cuba que más que vivir agoniza bajo la bota avasalladora de la dictadura. De nada habrán servido vacuas palabrerías si los mismos trabajadores presentados ante el mundo como panacea salvadora cuando son exportados como parte de la Henry Reeve se vuelven de repente en unos vagos irresponsables por obra y gracia de un Primer Ministro en cuanto el régimen pretende lavarse las manos para evadir su obvia responsabilidad en la desastrosa gestión de la crisis COVID –escandalosa fue la reacción de las autoridades ante la valiente denuncia de decenas de médicos holguineros– y mientras tanto se continúa tratando al colaborador en el extranjero como un auténtico esclavo moderno.

Para sepultar esta ultrajante verdad el régimen de La Habana se ha empeñado durante el reinado de Raúl Castro antes, y durante la patética bufonada de Díaz-Canel después –ya que Fidel Castro ni siquiera lo intentó– exportando una imagen de cambio y renovación que jamás ha sido ni sincera, ni efectiva, ni real en ningún sentido, pues siempre ha buscado maquillar su crimen, ganar tiempo y dilatar tanto como sea posible la llegada de auténticas reformas que sí tambalearían los cimientos de un totalitarismo de probadísima eficacia.

Queda demostrado que bajo el castrismo cualquier anuncio de cambio deberá ser entendido como parte de un amplio espectro de simulación, una cínica maniobra dilatoria más; puro efecto vitrina. Han pasado 15 años desde aquella perturbadora experiencia que fracturó mi vida, pero ya desde antes y a lo largo de estos lustros se ha mantenido como inalterable línea continua la naturaleza intolerante y mezquina de un régimen miserable que en nada ha cambiado su tiránica esencia.

¿De qué cambios hablan cuando nuevos rostros visibles portan su mascarada y otros sicarios perpetran el mismo trabajo sucio, cuando nuevos perros amenazan a estas presas con la misma arrogancia y la misma brutalidad como telón de fondo? Sirvan estos recientes botones de muestra como definitiva prueba, estas vidas rotas como daños colaterales que apenas le quitarán el sueño a los tiranos. Después de todo ¿qué importará una raya más en la ensangrentada piel del tigre? Nada, según la soberbia lógica del César.

A Yunior García Aguilera le llovieron cáusticas críticas una vez confirmada su salida hacia España. Estas mordaces acusaciones encuentran su fundamento, creo yo, en ese condicionamiento mental impuesto por décadas de castrismo según el cual toda salida del país será, por fuerza, potencialmente definitiva. En un país donde cientos de miles han salido para jamás volver, semejante razonamiento implica para muchos la infundada conclusión de que su viaje a España significó un abandono irreversible del ruedo político cubano, aun cuando él mismo ha aclarado que viajó con visa de turismo, que no ha solicitado asilo y explícitamente insiste en su intención de regresar a casa.

¿Que el joven de Archipiélago no se quedó en Cuba para jugársela y es un cobarde por eso? Descontando que se vio absolutamente impedido de hacerlo por el cerco policial, una buena pregunta para ti que le juzgas sería: ¿has acompañado acaso a las Dama de Blanco o a la UNPACU en alguna de sus temeridades cuando en esas mismas calles han desafiado a la dictadura? Es cierto, Yunior no se inmoló frente a su casa contra aquella turba para cumplir su palabra, pero otra vez te preguntaría: ¿acaso has presenciado, o sido víctima tú cubano que juzgas, de algún acto de repudio? ¿Acaso sabes lo que se siente?, ¿saliste acaso alguna vez en defensa de tu buen vecino opositor, gente decente, contra la chusma para compartir su represalia como quien comparte una buena taza de café amargo? Si la respuesta a esas preguntas es un presumible no, entonces te sugiero que aprendas a ser más tardo a la hora de juzgar decisiones ajenas.

Al escuchar la admirable claridad del convincente discurso de Yunior, el acertado modo en que hurgó en las llagas que más duelen a la dictadura en su conferencia de prensa en Madrid, he terminado preguntándome si su activismo no será definitivamente más útil a Cuba haciendo estas demoledoras denuncias -amplificadas por este inusitado enfoque mediático recuperado tras el relativo olvido que siguió al 11 de julio– que silenciado tras las rejas del castrismo. Al respecto me asaltan pocas dudas, aunque sí merece comentario aparte su punto de vista con relación al embargo norteamericano a La Habana: su levantamiento no redundaría en mayor bienestar para el pueblo de Cuba porque no es el embargo la causa de su pobreza, sino el castrismo. Si se levantan las sanciones sólo sucedería que los ladrones robarían más y los policías irían mejor armados, nada más; en este punto me considero irreductible.

La batalla planteada por Archipiélago no forma parte de una guerra nueva. De ningún modo la oposición política contra el castrismo nació hace poco en San Isidro, ni el pasado 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura: esta ha sido una larga lucha que parte desde mediados de la década de 1980, transita por la posterior iniciativa de Concilio Cubano, y ha conocido una larga estela de atrocidades que las voces más notables de estas emergentes plataformas, Archipiélago incluida, parecen desconocer cuando en sus intervenciones olímpicamente omiten los más relevantes nombres de militantes u organizaciones opositoras que durante décadas se han dejado la piel en las calles y las prisiones de Cuba -algo que puede ser leído como un acto de pueril arrogancia, pero también como una malsana intencionalidad de desplazar la atención mediática hacia las frecuencias del dial menos hostiles al régimen- todo lo cual levanta justificadas suspicacias, sobre todo cuando luego algunos dialogueros light prudentemente distanciados de esa oposición frontal proponen con presunta candidez levantarle sanciones al castrismo.

A una semana del 15 de noviembre sólo queda extraer lecciones y hacer un balance desapasionado de costos y beneficios. Partamos del criterio de que cuando alguien hace una convocatoria que alcanza una resonancia como esta debe estar también dispuesto a asumir las consecuencias de su acto. Opino que una vez lanzado un grito de guerra se debe regresar de la batalla con el escudo o sobre el escudo; mis convicciones imponen que una vez quemadas las naves deben arder a bordo Sansón con todos los filisteos porque una guerra, cuando es auténtica, debe ser lanzada de modo irreversible y total o no ser lanzada. Antes de desafiar a un totalitarismo de corte estalinista como el castrismo debes calibrar bien al monstruo a que te enfrentas; debes saber que cuando te interpones en la línea de un tren será el demoledor impacto de un tren lo que te golpeará y nunca un ramo de flores blancas.

¿Una ganancia absoluta del 15N?: haber confirmado que con el castrismo las posibilidades de un diálogo auténtico están sepultadas a cal y canto, y además que si el régimen consiguió frustrar la marcha fue únicamente recurriendo a la total militarización del país -cuando ni siquiera la diva de turno, Humberto López, logró evadir el asedio policial- todo lo cual refleja el estado de ingobernabilidad generado por la gerontocracia tardocastrista. Hoy la credibilidad política de la dictadura se revuelca con mínimos históricos en el lodazal del descrédito y si el 11J fue su definitivo plebiscito de desaprobación el puntillazo que le faltaba era este 15N.

Sin embargo, cuando veo a Yunior llamando a desmontar el mito romántico del barbudo justiciero que desde las tribunas de la izquierda desfasada tanto daña todavía a millones de cubanos, a la vez que enfatiza que no aspira a convertirse en una idealizada estatua de bronce, me remito otra vez al meollo del problema cubano: ese maldito mesianismo, nuestra constante necesidad de un salvador que llegue a lomos de un glorioso caballo blanco a servirnos en bandeja de plata la libertad de Cuba, como si los cubanos mereciéramos ese providencial giro del destino.

Debe ser que de tanta cartilla de racionamiento terminamos creyendo que la libertad nos llegará, también gratuita, por cósmica predestinación. Será que a golpe de esperarlo todo del paternalismo estatal terminamos esperando también la llegada de cualquier elegido para descargar sobre él esta responsabilidad que debe tocar a todos, lo cual estará siempre, por principio, destinado al fracaso. Nadie puede con semejante carga. Por eso no culpemos a Yunior García de que el castrismo subsista contra la voluntad del pueblo cubano, como tampoco debemos hacerlo con el próximo elegido sólo porque nuestra desidia o nuestra cobardía así lo determinen.

La verdadera solución del problema cubano pasa por asumir nuestra responsabilidad común, y llegará sólo cuando como pueblo cobremos madura conciencia de nuestro deber cívico para con la patria, asumiendo entre todos los pertinentes riesgos y pagando de antemano, en su precio justo, cada libertad conquistada.

Pocos días nos separan del día D, pero hace ya varias semanas que cada cubano sabe con bastante certeza cómo y dónde pasará este 15 de noviembre: si se dedicará a regar sus margaritas y a tragarse el bodrio de Humbertico en Cubavisión, o si por variar –sólo por humanamente variar– escuchará esa profunda voz que desde su conciencia le impone desafiar el miedo y lanzarse a la calle contra la hidra de mil cabezas.

A diferencia de otras, la convocatoria de Archipiélago no fue lanzada desde el extranjero por algún emigrado a salvo de las tonfas represivas, sino desde La Habana y otras provincias cubanas por jóvenes que asumen in situ ese tremendo riesgo. Esta vez el llamado no fue desoído, sino que halló resonancia dentro y fuera de Cuba hasta movilizar a miles de emigrados en más de medio centenar de ciudades que ese día respaldarán la iniciativa en varios continentes. Sintiéndose desafiado, el régimen desenvainó la espada y empleó a fondo su maquinaria de propaganda, de coacción y terror ante lo cual Archipiélago, con admirable hidalguía, no ha retrocedido y mantiene en firme su propuesta con lo cual la suerte queda echada.

Cuando el sol supere el horizonte el próximo lunes sobre esta isla vallada por el castrismo lo hará sobre uno de tres escenarios excluyentes, de los cuales considero el primero como el más probable: unas 24 o 48 horas previas a la protesta ETECSA habrá perpetrado su apagón digital de rigor –debida a cierta “inesperada” rotura provocada por alguna tormenta solar, sin duda– que sumado a selectivos cortes a líneas telefónicas clave incomunicará a los diferentes focos de insubordinación. Ya para ese momento habrían sido detenidos y/o confinados en su domicilio, los principales organizadores de la marcha y “espontáneamente” organizadas las turbas de matones y guaracheros sacadas de cuanto cuartel o academia militar pueda sumarse a la comparsa convocada por las autoridades “culturales” para llenar las calles justo ese lunes –¿qué mejor día para festejos que un lunes?– con toda esa sabrosura revolucionaria que tanto tipifica los momentos de mayor nerviosismo del régimen.

El segundo escenario sería algo menos probable: de algún modo los organizadores habrían previsto el primer escenario, logrado evadir a los represores y salido a la calle sin ser detenidos en la primera esquina por la policía política. Como sabrían de antemano que estarían incomunicados habrían acordado un accionar autónomo que no precisara retroalimentación entre las partes y cada cual procedería según un protocolo previamente acordado, del cual con mucha probabilidad estarían también enterados sus represores, lo que disminuiría sensiblemente las posibilidades de éxito. En ambos casos se producirían varios focos de protesta, pero la falta de coordinación pasaría rápida factura con un saldo neto de decenas de nuevos presos.

El más improbable de todos –me duele decirlo– sería el tercer escenario, algo más épico: el pueblo cubano, conocedor de sus derechos y dispuesto a defenderlos con uñas y dientes, definitivamente hastiado de la brutal e injustificada pobreza a que le somete el tardocastrismo, respalda masivamente la convocatoria; no cede a cuanta amenaza hayan lanzado los esbirros y superada la confusión del primer momento resiste con arrojo en las calles; contra todo pronóstico la riada escapa al control del régimen, supera esta vez al 11 de julio y tras la primera acometida de las hordas represivas los barrios se atrincheran, resisten durante días que se vuelven semanas y meses; la protesta evoluciona a resistencia organizada que llega a paralizar el país hasta hacerlo ingobernable; los oligarcas del castrismo pierden rápidamente el apoyo de gran parte de la oficialidad del ejército consciente de los atropellos cometidos contra su pueblo y que desaprueba, se insubordinan las primeras unidades, rápidamente otras secundan el levantamiento, se agudiza la situación y sólo entonces el mundo toma en serio el problema cubano; se pronuncian todos los grandes organismos internacionales y se hace universal la repulsa al castrismo, se produce un aislamiento diplomático total de La Habana y se suman cada vez más tropas regulares al levantamiento hasta que son tomadas las principales plazas; es cuando el clan castro y sus secuaces pretenden huir pero son detenidos y entregados a la justicia popular; una junta cívico militar conforma el gobierno de transición y eclosiona en Cuba la nación libre.

Si bien éste sería el final feliz soñado por todos será mejor que nos pellizquen y despertemos, pues con las autocracias tan consolidadas como el castrismo las cosas no funcionan de ese modo. Demasiado tiempo, recursos y malévolos manuales ha invertido la dictadura cubana para cristalizarse como para ser desmoronada con un par de sacudidas. Ingenuo sería esperar que el 15 de noviembre el número de cubanos que salgan a las calles supere al del 11 de julio, después de la impunidad con que fueran masacrados ante los ojos del mundo los derechos de millones, después de aquellos miles de detenidos y apaleados y del más de medio millar de presos cuyas condenas llegan a superar el cuarto de siglo.

Si esta dictadura conoce tan bien nuestros miedos, es porque ha sido su paciente jardinera: los ha sembrado uno a uno y con fría saña los ha fertilizado, se ha cebado en ellos y en ellos deposita toda su esperanza. Hoy el castrismo cosecha los frutos del terror que fermentó en nuestro cerebro y demasiado cruenta se nos antoja la siega como para extirpar de golpe el enraizado mal. Es en momentos como este que pagamos, como pueblo, el caro precio tributado a los tiranos cada vez que por inercia militamos en sus filas, cuando otorgamos por apatía un voto, cuando desfilamos algún 1 de mayo o agitamos inocentes banderillas algún “glorioso” 26 de julio; cada vez que salimos a una misión de trabajo al extranjero a sabiendas de que legitimaríamos su cínico discurso; cuando guardamos cómplice silencio frente a un colega avasallado, a un opositor injustamente condenado, al decente vecino que con dignidad resistió aquel mitin de repudio. Cuando esto sucedía, cubano que ahora sufres, no hacíamos otra cosa que expedir una patente de corso a los tiranos y cavar nuestra propia tumba.

La temeridad vale tanto como valen las razones que la lanzan, incluso la ira vale, pero lo que sí de nada sirve es la ingenuidad de suponer que el castrismo está agotado cuando cuenta aún con amplios recursos al alcance de su mano –paralizantes hilos desde los cuales reactivar temores condicionados– en momentos en que el mundo democrático parece haber dado la espalda a nuestro drama. De ahí que este engendro puesto a dedo burle aún con sorprendente éxito las normas de la decencia y en los podios mundiales permisivos con regímenes análogos se llegue al colmo de reservarse a La Habana un cómodo asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la indiferente ONU que no se entera de nada.

Amplia polémica ha generado la convocatoria de Archipiélago entre quienes la apoyan y quienes optan, de momento, por tácticas más conservadoras. Los primeros responden a una razón irrebatible: padecemos una situación económica y social insostenible en un país colapsado no sólo bajo una emergencia sanitaria sino, sobre todo, debido a décadas de ineptitud gubernamental que anquilosan todo nuestro tejido productivo; Cuba es un país paralizado por el mismo retrógrado discurso de plaza sitiada donde la pobreza y la desesperanza han alcanzado niveles insondables. Así pues, a estos valientes le basta con este pliego de justificadísimas razones para lanzarse a una protesta a la cual, dicho sea de paso, les asiste el derecho legítimamente refrendado en la Constitución vigente.

Quienes en cambio discrepan sobre le prudencia del lance lo hacen también desde una lógica irrebatible: sin garantías logísticas y sin una organización previa nucleada alrededor de líderes visibles que convoquen al pueblo desde presupuestos claros y creíbles, con metas alcanzables y al amparo de un apoyo exterior mínimamente efectivo de la diáspora cubana y de la comunidad internacional, será extremadamente difícil poner a la dictadura en una situación tan comprometida como para arrancarle concesiones perdurables o en última instancia sacarle del poder.

No son estos menos valientes ni peores patriotas que aquellos, no –en lo personal me consta– sino que hablan desde la certeza que otorga la experiencia de haber sufrido en carne propia la consecuencia de errores que hoy intuyen en esta nueva llamada; no hacen más que alertar para que no se repitan pifias de modo que todo termine redundando en beneficios para el régimen y en frustración popular que dinamite, más que fomente, la fe en convocatorias futuras. La reiteración de llamadas frustradas sería fatal en términos de condicionamiento negativo pues generaría un predecible desgaste que empantanaría la psiquis social. El régimen lo sabe y sobre esa cuerda pulsará sus mejores notas, a sabiendas de que no podría embridar a un pueblo desbocado y antes apostará por agotar nuestra capacidad de resistencia –algo también previsto por esta oposición “escéptica” que en estos días no ha temido hacer de aguafiestas.

La evidencia incontestable de los hechos apoya este enfoque de trasfondo estratégico sin duda correcto. De poco han servido, en términos prácticos, las temerarias salidas de la UNPACU durante varios lustros o el activismo de otros grupos como el Frente Antitotalitario Unido (FANTU), como de poco sirvieron las múltiples iniciativas de Estado de Sats o la ejemplar resistencia de las Damas de Blanco una vez consumada su indiscutible victoria en 2010, entre otros ejemplos loables, y hasta inspiradores, pero que guardan todos algo en común: ninguno ha logrado erosionar al régimen en sus más profundos cimientos. De todo esto se extrae una certeza: cualquier iniciativa o estrategia opositora en Cuba parece condenada al fracaso mientras no se logre suficiente poder de convocatoria como para que a su llamado se paralice el país en una huelga general indefinida o algo de análogo alcance.

No es censurable la valentía, o incluso la temeridad, cuando el guerrero parte a la batalla armado de razones, pero de poco sirven incluso las más justas cuando se lanza a una larga guerra desde falsos presupuestos, desconociendo la envergadura real del desafío, o desde la infundada inocencia de subestimar los medios y la crueldad del enemigo, si no se logra tener una visión realista de conjunto o cuando, con suprema ingenuidad, se espere dialogar con una contraparte que no ha enterrado jamás el hacha de la guerra. Ojalá que el martes 16 de noviembre por fin lo hayamos aprendido.

Los discursos prefabricados, como el de Cristina Escobar ante el puesto a dedo el pasado 19 de agosto –transmitido de forma diferida y prudentemente editado por la TV cubana– siempre destilan la misma falsedad: discurren los minutos y sólo escuchas babosadas que circundan los bordes de la herida sin dirigirse nunca al centro de la llaga, siempre evadiendo con mucha cautela ideas y palabras claves. Es precisamente ese el signo patognomónico que los distingue y denuncia como vulgares bufonadas, por eso escuchábamos a esta flamante “comunicadora social” decir “gobierno” en lugar de régimen, por ejemplo, o usar el eufemístico «construcción de omisiones» para referirse a la atroz censura impuesta desde siempre por el castrismo –¡con lo simple que habría sido llamar al pan, pan, y a la dictadura, dictadura!

Fue patético el alarde de temeridad de una señorita Escobar convocando a criticar «…a camisa quitada…» para acto seguido irse ella misma por las ramas y no llamar a las cosas por su verdadero nombre. Aunque hubo otros discursos, el de la Escobar concentra varias perlitas, por ejemplo cuando reconoció que en la Cuba del castrismo “…cualquiera manda sobre la prensa…” y que los dirigentes del Partido Comunista son quienes siempre han estado “…decidiendo cómo se cuentan las cosas…”. Dicho en menos palabras: reconoció que la prensa oficial cubana tiene como misión última lavar los trapos sucios de políticos demagogos, capaces de mentir –¡sacrílego decirlo en este país de dirigentes impolutos!– y en última instancia fomentar esa “…mentalidad de plaza sitiada…”, ese perpetuo sostén de la praxis represiva del régimen tristemente desplegada en toda su crueldad durante un histórico 11 de julio que, según reconoce la Escobar, su fatua prensa olímpicamente dejó pasar de largo.

Sabrá la señorita Escobar que si su periodismo de pandereta no salió a cubrir el 11 de julio fue porque prefirió plegarse a sus amos y dar la espalda al pueblo justo cuando más lo necesitaba. En el minuto exacto en que sus “periodistas” aceptaban con total naturalidad custodiar el edificio del ICRT de un hipotético asalto que nunca se produjo –pues la violencia nunca la inició el pueblo– otro edificio mucho más basto llamado Nación Cubana se estremecía bajo la sacudida telúrica de su pueblo a lo largo de todo este país en ruinas. Por eso cuando esos “profesionales de la comunicación”, haciendo gala de proverbial cobardía, escondieron la cabeza en el agujero para no reportar las inéditas protestas con que el pueblo demostraba su desprecio a los tiranos, traicionaban así la esencia misma de su profesión y renunciaban a la oportunidad de su vida para vindicarse después de tanta deslealtad.

Pero nadie puede negar nuestro legítimo derecho a la defensa, por eso allí donde no se atrevió a llegar la prensa oficial sí llegó el reportaje del pueblo que plasmó su inestimable testimonio en miles de fotos y videos que verifican tanto la energía de aquel mar de pueblo como la brutalidad que se le opuso para sofocar su grito. Por eso indignan tanto las edulcoraciones de esta cándida señora cuando llama «…imágenes nefastas…» –otro eufemismo para evitar decir bestial represión– a la perturbadora realidad: el desgarrador grito de impotencia y dolor de un pueblo que oponía sólo razones y puños desnudos a la brutalidad desatada por las hordas. Pero cuando más bajo cayó en su cinismo esta camaleónica diva fue cuando pretendió, en el colmo de su inescrúpulo, arropar como héroes a los cobardes que con tal saña apalearon impunemente, patearon, torturaron y encarcelaron a decenas de miles de semiadolescentes aquel memorable 11 de julio.

Escandaliza tanto servilismo. Cuando incluso aquellos que deben, en teoría, denunciar y fustigar a los culpables de la masacre optan por la complicidad al ofrecerse como bufones en la farsa, se confirman definitivamente un par de certezas: que el Día de la Dignidad Nacional fue para la Historia de Cuba el punto de no retorno que cerró a cal y canto cualquier posibilidad de auténtico diálogo con la dictadura, y que en su lucha por la libertad nuestro pueblo sólo podrá contar con el único periodismo auténtico de la Cuba de hoy, el Periodismo independiente, el que todos los días se juega la piel, la libertad y la vida en la calle bregando contra viento y marea, en desleal batalla, para que la verdad emerja contra las difamaciones de estos lamebotas de circo cuyos rostros el pueblo recordará mañana.

Esta grotesca puesta en escena evidenció el antagonismo irreconciliable entre los derechos de mi pueblo y los sucios intereses de la dictadura; deja al fin demostrado que el stablishment de La Habana sólo acepta “dialogar” cuando selecciona a conveniencia a sus interlocutores, decide a su antojo qué temas y hasta qué punto pueden ser tratados, siempre según sus propios términos y mientras no se cuestione su posición de poder. Valga esta lección como definitiva para todos los advenedizos “dialogueros” de última hora que dentro y fuera de Cuba todavía suspiran por cosecharle utópicas peras al olmo del castrismo.

Siempre me ha parecido mentira que haya cubanos apolíticos. Cuando escucho a un coterráneo decir dentro de la isla o en el exilio que la política no es lo suyo, y con enviar su remesita o garantizar el plato de comida a su familia en Cuba dan por establecido el orden universal, no puedo evitar una especie de náusea que me sacude el estómago. Siempre intento disimularlo, si le tengo delante, e incluso llego a evadir el tema en los foros de Internet, porque puesto frente al tema cuanta palabra me viene a colación llega frisando la ofensa.

La vida me ha enseñado a no juzgar con ligereza; de cierta edad a esta fecha mis vivencias me persuadieron de mil maneras –a veces bien cruentas– de que a fin de cuentas cada cual tendrá sus razones para conducirse de un modo u otro, pero sobre todo he llegado a la sabia conclusión de que no soy Dios para juzgar a nadie; pero aun así no logro controlar la náusea. Sinceramente no creo que bajo una realidad tan polarizada como la cubana, en la que se vive bajo el más despótico absolutismo, se pueda vegetar de modo que no te importe si cuatro viejos chochos y su grupo de sátrapas decida todo sobre tu vida.

Podría creer que un sueco, un neerlandés o algún que otro suizo pueda no interesarse en la política, pero cuando eres cubano y unos tipejos impresentables elegidos a dedo para gobernar deciden por ti qué puedes o no comer –y por consiguiente qué cagarás– y si hoy tendrás o no jabón para asearte aquello o papel higiénico para limpiarte lo otro, si puedes o no vender los aguacates de tu patio o traer a casa cuatro pescados, cuál música pasan o no en tu emisora, qué libro lees, qué puedes o no opinar en tu muro de Facebook o si podrás o no entrar y salir de tu propio país; en fin, cuando vives en un país donde absolutamente todo lo que suceda en tu vida suele ser decidido por cuatro ladrones a los que poco o nada le importas, entonces me sobrevienen serias dudas de que algo así pueda no importarte.

Sería más elegante, cubano que callas, sencillamente reconocer que tienes miedo. No hay nada malo en sentir miedo: es la emoción más básica y necesaria, no en balde la primera codificada en la vida, y aunque siempre excusaré al miedo jamás entenderé la cobardía, porque el primero es un comprensible reflejo vital, pero en cambio la segunda debe ser asumida y entendida como una filosofía de vida que puede llegar a aniquilar la dignidad humana.

¡Pero es tan vergonzoso reconocerse cobarde! De ahí que ese cubano que se dice apolítico en realidad paga a la dictadura su tributo de miedo mientras se cobija en su parcelita de egoísmo, agazapado en las miserias humanas de su zona de confort; convertido en no-persona renuncia a su amor propio y ya sin dignidad que defender reduce el mundo a un plato de lentejas, como si bastara con comer y cagar para que la vida mereciera la pena. No existe, en esencia, diferencia alguna entre este existir vegetativo y la rutina apenas orgánica de un cerdo o de un insecto.

Ignoro cómo lo logran, pero no son pocos los que ni siquiera se preocupan por cientos de jóvenes que desde el 11 de julio cumplen viles condenas en cárceles cubanas –después de todo, a fin y al cabo ¡no son familia suya!… o que poco les importa la entrada en vigor de un decretazo como el 35, entre otras joyitas del tardocastrismo. No, simplemente no creo posible insensibilidad semejante, todo en mí se resiste a aceptar que baste con beber la Coca Cola del olvido para bregar así por la vida; sería como escuchar de una mujer afgana que no se entera del regreso de los talibanes y que la reinstalación del fundamentalismo le resbala. ¡No, algo así no es ética ni prácticamente posible!

Por eso me muerdo la lengua ante esos insensibles lances de mediocridad humana, pero en cambio se me cura el alma cuando escucho a jóvenes como Yordenis Ugás –cubano plenamente realizado, consagrado en el deporte y que ya entró a la Historia del boxeo profesional mundial independientemente del resultado de su próximo combate con el astro Pacquiao– que no olvida a su gente brava y en la cima de su carrera dedica el combate de su vida al humilde pueblo cubano que lucha por su libertad. Poco importa lo que para el deporte suceda este sábado en Las Vegas: ¡ya Cuba eligió a su campeón y premió a su hijo, llena de orgullo, con el cinturón de la dignidad!

Ejemplos así me conmueven, me devuelven la fe en el género humano y no pueden menos que llenarme de orgullo. No puede dejar de contrastarse con el payaso de César La Cruz, erigido en testaferro del castrismo durante su final en Tokyo: un miserable de pandereta que traicionó a su pueblo cuando pretendió legitimar a unos asesinos que apenas días antes habían masacrado a su propio pueblo, a los mismos oportunistas que un día no lejano lo desecharán como trapo de cocina cuando deje de serles útil, como sucedió antes con cientos de campeones nuestros que hoy mueren de hambre en Cuba, pasada la gloria, abandonados.

Definitivamente no existen cubanos apolíticos: sólo existen cubanos dignos, dispuestos a poner su granito de arena y a pagar por ello su precio justo, como existen cobardes que prefieren callarse por miedo lo que piensan y simulan que no se enteran del insondable abismo en que se hunde la tierra que les vio nacer, eso es todo; no hay aquí más vuelta de hoja. Cubano que esto lees, debes elegir en cuál de estos dos únicos bandos vivirás tu vida, no hay alternativa posible; no bajo una barbarie como el castrismo. Si te ofende lo que digo ya no me importa –serán los resabios de la edad, o acaso la resaca del 11 de julio, no sé; ¿pero sabes?… ¡tampoco es que me preocupe demasiado!

Pues bien, lo que siempre fue una altísima posibilidad ya es una cruda certeza: ¡acaba de entrar en vigor la Ley Mordaza para el Internet en Cuba! El recién publicado en Gaceta Oficial Decreto-Ley 35, tiene como confeso objetivo silenciar al pueblo cubano en las redes sociales y convertir en cuerpo de delito toda crítica al castrismo en Internet, consciente como está el régimen cubano de que fue ahí donde saltó la chispa que el 11 de julio incendió las calles de Cuba.

La libertad de pensamiento y opinión es un lujo vetado a mi pueblo bajo un stalinismo tropical de vieja escuela. Sobre ese principio absoluto ha construido esta ominosa dictadura un abrumador monopolio informativo que acapara absolutamente todos los espacios de alcance nacional a través de los cuales difunde sistemáticamente mentiras a diestra y siniestra, difama contra los opositores y hace cuantos linchamientos mediáticos se le antojan sin otorgar jamás el derecho de réplica, pero hoy, no bastándole con ello, quiere además irrumpir en casa sin haber sido invitado.

Resulta que estos señores, tan habituados como están a su infame monólogo, nos vienen ahora con esta vulgaridad –por demás improcedente a la luz de la Constitución vigente, promulgada por ellos mismos en un rapto de demagogia– y con su ya habitual cinismo fijan entre los objetivos de su bodrio «…proteger los intereses de los ciudadanos… asegurar el acceso a los servicios de telecomunicaciones… y los derechos a la igualdad, privacidad y secreto en las comunicaciones…» como si millones de cubanos, víctimas masivas del apagón digital perpetrado el 11 de julio, no estuviéramos largamente habituados a la sistemática censura de los servidores de ETECSA, ni hubiéramos sido además testigos de las innumerables presiones durante las semanas que han seguido al 11J –amenazas de despidos de centros laborales o de estudios por replicar información sobre las protestas o mostrar apoyo de cualquier modo a las víctimas de la represión– a lo largo de todo el país.

Pero aun cuando no esté dispuesto a acatarlo, para comenzar propongo que este decretazo sea estrenado con el mismísimo Presidente de la República Miguel Díaz-Canel Bermúdez –y esta vez omito su segundo apellido de pila por evitar confusiones– pues todos podemos recordar como este señor hizo un irresponsable llamado a la violencia a través de su perfiles sociales el pasado 11 de julio; un llamado que nunca olvidará el pueblo cubano, incitando a sus hordas comunistas a reprimir a mi pueblo –algo que no lo hizo desde el banco de un parque, sino ¡en cadena nacional de televisión y redes sociales, desde su condición de Presidente de la nación!

Todos nítidamente escuchamos a este canalla gritar «¡…la orden de combate está dada…!» después de lo cual, junto a las habituales hordas represivas del MININT se desató la jauría de élite del ejército –cuya única misión, presuntamente, sería defender al pueblo de agresiones externas y jamás volverse contra él– para aplastar el grito del único modo que conoce: a golpe de palizas, encarcelamientos y procesos sumarios sin ningún derecho a la defensa.

Nadie discutiría la responsabilidad directa que en esa masacre tuvo Díaz-Canel, así como los payasos mediáticos que desde esas mismas redes sociales que hoy quieren parametrar durante años han incitado al odio, difamado a manos llenas y amenazado de mil maneras a la oposición indefensa –léase los Humberticos y los Serranos, los Randy y los Froilanes, seguidos de un vergonzoso etc.

Por eso propongo estrenar el Decreto-Ley 35 también con ellos, porque todos ellos con mayor o menor grado de responsabilidad han incurrido miles de veces, con millones de cubanos como testigos, en hechos claramente catalogados en las tres subcategorías de este Real decretazo como delitos de alto nivel de peligrosidad: hacerse eco mediático de noticias falsas –cada vez que mintieron deliberadamente a nuestro pueblo–; bloqueando millones de cuentas en redes sociales –cuando este pelele de turno perpetró el cobarde apagón digital del 11 de julio–; y difundiendo con toda su mala fe información dañina –mentiras que buscan deslegitimar a los opositores presentándoles como mercenarios al servicio de una potencia extranjera.

Por supuesto que después del 11 de julio no podía faltar en este decretazo la perla que tipifica el llamado a la insubordinación –apartado (categoría 3, subcategoría 3)– como una «…alteración del orden público…» y una «…promoción de la indisciplina social…» catalogadas con un nivel muy alto de peligrosidad, y para las que por supuesto tendrá reservadas el régimen sus más refinadas resoluciones de condena.

Pero como la defensa propia es el más elemental de los derechos ya se abrirán millones de perfiles falsos desde donde mi pueblo pasará a esa especie de clandestinidad digital por la que muchos optarán. Por eso desde el minuto exacto en que sea publicado este post deseo dejar pública constancia de que Jeovany Jimenez Vega –el Chino, para los amigos– jamás se ocultará detrás de un falso perfil: nunca lo hice y menos lo haré después de un 11 de julio que me reventó el pecho de orgullo. Quien no quiera enterarse de lo que pienso está en todo su derecho de no visitar mi muro y pasar de mis twits, pero el amor a mi patria lo mostraré y defenderé, ¡siempre!, según principios escritos en piedra que no aprendí en ningún manual de partido, sino impregnándome del sagrado pensamiento de José Julián Martí –algo que jamás admitirá cuestionamientos.

¡Mi libertad de pensamiento y opinión es un derecho inalienable que nunca confiaré en manos de déspota alguno! Si desde hoy no serán mis palabras más incisivas o agresivas contra quienes subyugan a mi pueblo será sólo por falta de talento, o porque no halle las palabras exactas que retraten en toda su crudeza el profundísimo desprecio que entre mi pueblo suscitan. Quedan advertidos los cobardes que todavía oprimen a mi amada Cuba: ¡de mí no esperen indulgencia, tampoco la espero de ustedes! Si no quieren ser llamados dictadores y asesinos tendrán que dejar de proyectarse como tal; esta es una guerra a muerte entre mi pueblo que clama libertad y los tiranos que lo vandalizan, y en ella estoy dispuesto a dejarme el alma, la piel y la vida fuera o dentro de Cuba. Lo digo para dejar las cosas claras.

En la diatriba contra el embargo hay un par de puntos insostenibles desde cualquier enfoque lógico -ya no ético, quedémonos en el plano lógico- porque han sido definitivamente desmentidos por los hechos. No es tan inviolable el embargo cuando el gobierno cubano jamás ha dejado de comerciar y de recibir turismo de más de media humanidad, incluida toda Europa, Rusia, China, la mayor parte de América, y un larguísimo etc. Si luego esos turistas no vuelven será porque se han sentido estafados, y si Cuba no compra más, será sencillamente porque no tiene liquidez pues su economía es un fracaso total que el partido único se empeña en no reconocer, eso es todo! No se puede esperar que el mundo continúe confiando en La Habana después de los multimillonarios impagos arrastrados durante décadas, y de las también multimillonarias e inmerecidas condonaciones que siguieron al intento de apertura Obama en 2014, total para nada, porque hoy Cuba es más pobre que nunca -bueno es lo bueno, pero no lo demasiado!

¡Sencillamente el mundo ya se pilló la talla de estos estafadores y como tal los trata! Pero donde con más frecuencia se reincide -y donde está el error más inexcusable y medular- es cuando se afirma que «ir en contra del pueblo de Cuba es un hecho lamentable» mientras se hace referencia a los patriotas opuestos al levantamiento de las sanciones al castrismo. Quien así razone debería interiorizar algo: ¡el castrismo y el pueblo cubano jamás serán lo mismo! No se debe mezclar jamás conceptos opuestos por esencia, ni insistirse en la idea de que quienes nos oponemos a las indulgencias con la dictadura lo hacemos porque no amamos a nuestro pueblo y le deseamos males, cuando es más bien todo lo contrario.

Ese es un argumento típico del castrismo que siempre me levanta suspicacias, pues esos patriotas, entre los que con orgullo me incluyo, apoyan el embargo y cuantas sanciones de todo tipo reciba la dictadura que nos aplasta, desde el pleno convencimiento de que cualquier recurso que entre a Cuba debido a concesiones internacionales jamás será destinado, ¡JAMÁS!, al bienestar de mi pueblo. En su lugar esos recursos serían ineludiblemente controlados por la oligarquía tardocastrista, serán dilapidados, robados y desviados para engrosar sus cuentas secretas en paraísos fiscales, y en última instancia, usado sólo para fortalecer aún más su ya letal aparato represivo. Eso está escrito en la Biblia, y cerrar los ojos a algo tan lógico y predecible hace dudar de la inteligencia o de la buena fe de cualquiera, y de hecho le convierte en altamente sospechoso de complicidad con el régimen, sobre todo después de esa gran evidencia histórica que nos legó el último 11 de Julio.

¿Qué más necesita esta gente que un 11 de Julio, para entender que el odio y el rencor no son alimentados por mi pueblo sino por los que lo apalearon durante esas históricas jornadas?!! ¿Cuántos miles de detenidos o muertos más necesitarían para comprender que entre el castrismo y mi pueblo existe un conflicto irreconciliable, y no precisamente por culpa del cubano llano, esté dentro o fuera de Cuba? Cuándo entenderán que el castrismo siempre se pasó y se pasará por el arco del triunfo cuantos puentes de amor le sean tendidos porque no está interesado en ningún diálogo auténtico, al que siempre se opondrá por naturaleza y esencia??! ¿Quién golpeó miserablemente y sometió a juicios sumarios a cientos de semiadolescentes sólo por protestar, cagándose en su propia Constitución vigente, ratificándola como letra muerta?!

Nada de esto guarda absolutamente ninguna relación con el embargo, y seguiría sucediendo, y peor aún, si hoy mismo se levantaran todas las sanciones y el régimen se sintiera con ello más seguro y legitimado. ¡Dudar esto ofende la inteligencia y la sensibilidad de millones de cubanos! Nada augura que de cambiar esta estrategia, mantenida «sin obtener resultados en décadas»-según aquel espurio razonamiento- se evite que la dictadura pueda fácilmente adaptarse a las nuevas circunstancias y ante cada nueva propuesta oponga una nueva excusa y jamás conceda los derechos reclamados, sobre todo cuando la experiencia vaticina más bien todo lo contrario: al acceder a nuevas fuentes de financiaciones de acreedores incautos el castrismo se reposicionaría y sólo quedaría para Cuba más represión cada día, más pobreza y menos libertades.

No son «los americanos», ni ningún exiliado, quienes atizan resentimientos y mantienen a mayoría de la diáspora en perpetua crispación contra el gobierno cubano, ¡no! De eso se ocupa precisamente ese mismo castrismo para el cual esta fauna de insulsos proponen indulgencias cada vez que nos maltrata, desatiende y nos estafa en cada consulado; cuando descaradamente nos esquilma en cada remesa; cuando nos priva de entrar y salir con libertad de nuestro propio país por sesgos políticos, en fin, por las miles de razones acumuladas por este pueblo durante más de seis décadas de absolutismo! ¡Es el castrismo, y nadie más, quien nos arruina la vida y mantiene a nuestros familiares en Cuba como rehenes!! ¿Cómo puede alguien extrapolar esa gravísima responsabilidad a otras manos que no sean las que nos detienen en las aduanas cubanas??? ¡Sólo insinuar semejante idea es una aberración y una franca inmoralidad cuando millones de cubanos sabemos que los únicos culpables de esa abominación están en La Habana y no en Washington!!

Será imposible lograr esa «visión brillante del futuro» que fabulan esos mareados en su onanismo mental, mientras cada propuesta pacífica de la oposición cívica cubana sea recibida por el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado como una provocación y resuelta a cabillazos. Por favor, que nadie martille más sobre la idea de que apoyar las merecidísimas sanciones contra quienes nos tiranizan, se burlan y se cagan en todo ese «buen tono y optimismo» que esos trasnochados alucinan dentro de su enajenación es un acto de traición, cuando los auténticos traidores están en la Plaza de la Robolución a la espera de que estos tipos le hagan el trabajo sucio. ¡Por favor respétense!; siempre será bueno conservar un poco de dignidad si no quieren quedar como unos traidores a ustedes mismos ¡por más listos que se pinten!!

“A un plan obedece nuestro enemigo: de enconarnos, dispensarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin a nuestra patria libre. Plan contra plan.

¿Qué significó el 11 de julio para el castrismo?

El levantamiento popular del 11 de julio en Cuba dejó las cosas claras. A la dictadura le será imposible ocultar su más contundente derrota política en más de 60 años, por más que lo desee: el pueblo cubano se lanzó masivamente en las calles ese histórico día al grito de libertad, circulan cientos de videos en la red y esta vez fuimos millones los testigos. Imposible sepultar semejante evidencia, tanto como lo fue la brutal respuesta represiva del régimen para aplastar a cualquier precio este vibrante clamor nacional.

¿Cuál será la estrategia que seguirá la dictadura?

Ante la aplastante evidencia, a sabiendas de que atraviesa su mínimo histórico de credibilidad y conociendo su psicología, estimo que el castrismo canalizará su brutalidad mediante las siguientes líneas de estrategia:

  1. APELAR AL REFLEJO CONDICIONADO SOCIAL HABITUADO, HASTA AHORA, AL SOMETIMIENTO POR EL MIEDO: Recrudeciendo todas las modalidades de su praxis represiva; manteniendo militarizadas las grandes ciudades mediante la constante movilización de medios operativos para perpetuar el terror; deteniendo y/o citando a la mayor cantidad posible de manifestantes para amedrentar a todos; imponiendo excesivas sanciones y largas condenas de prisión; amenazando con la expulsión del trabajo o los estudios a cualquiera que haya participado directa o indirectamente en las protestas o las apoyara de cualquier modo –incluida cualquier publicación en redes sociales.
  2. LANZAR UNA OFENSIVA DIPLOMÁTICA PARA MINIMIZAR LA REPULSA INTERNACIONAL: Poniendo en máxima tensión su extensa red de activismo procastrista, organizada y financiada desde las embajadas y sedes consulares cubanas; orientando su ingente labor de espionaje para frustrar nuevas tentativas de organización de la emigración cubana; promoviendo declaraciones de personalidades importantes (testaferros ideológicos) para legitimar cuanto sea posible su praxis represiva; sobornando, cobrando viejos favores y/o chantajeando a cargos claves de instituciones mundiales.
  3. ARRECIAR LA OFENSIVA PROPAGANDÍSTICA DENTRO DE CUBA: Aumentando los ataques de sus sicarios en medios oficiales a la oposición y orquestando linchamientos mediáticos; desvirtuando el espíritu de las protestas mediante la desinformación y la constante difusión sus montajes: falsos crímenes, falsos arrestos y cualquier tipo de “atropello” ficticio –luego desmentidos como fake news presuntamente promovidas por la “oposición mercenaria”– o actos de vandalismo ordenados desde la propia Seguridad del Estado –luego atribuidos a auténticos manifestantes– para restar credibilidad a las miles de denuncias reales generadas por su brutalidad.
  4. BUSCAR Y SACRIFICAR A UN CULPABLE: Insistiendo en que el descontento popular se debe exclusivamente a la grave situación sanitaria y no al rechazo masivo del pueblo a un régimen político impuesto; intensificando su discurso de fondo que presenta al “bloqueo” estadounidense como la única causa de nuestra ruina; en última instancia, sacrificando a su pieza prescindible, Díaz-Canel, para promover otro puesto a dedo proclive al servilismo que exige la oligarquía castrista.
  5. INICIAR UNA SERIE DE REFORMAS COSMÉTICAS: Implementando insustanciales cambios potencialmente reversibles en algunas áreas, sobre todo dirigidos al sector autónomo (trabajadores por cuenta propia); disminuyendo el rigor, o eliminando, las medidas que se saben más impopulares –como la limitación de importaciones no comerciales por la aduana; convocando a encuentros con los “dialogueros” más light, etc. En fin pequeñas concesiones que sólo tendrían intenciones dilatorias sin cuestionar la permanencia del tardocastrismo en el poder.

¿Qué estrategia debe seguir el pueblo cubano, dentro y fuera de Cuba?

  1. RESISTENCIA PASIVA; NO COOPERES DE NINGÚN MODO CON LA DICTADURA: Si ya no crees en esa falsa no milites por simple inercia en organizaciones oficiales; solicita la baja del Partido Comunista, de sus sindicatos, de la Federación de Mujeres y de sus ominosos CDR; no participes nunca más en las inútiles reuniones de rendición de cuentas del Poder Popular donde nada se decide, y abstente en absoluto de participar en sus simulacros de elecciones; no asistas nunca más a manifestación oficial alguna, durante las fechas claves del castrismo (1 de enero, 1 de mayo y 26 de julio) mantente dentro de casa: ¡las calles vacías evidenciarán que ya tu pueblo se pronunció definitivamente el 11 de julio!
  2. ARTICULACIÓN DE UN MOVIMIENTO NACIONAL E INTERNACIONAL EN APOYO A LA LIBERACIÓN DE LOS PRESOS DEL 11 DE JULIO: Un punto esencial. El régimen sabe que el castigo a los valientes detenidos ese día será determinante para perpetuar su estado de terror; conoce el tremendo efecto disuasorio de esas injustas condenas y por eso impone largas penas de prisión, de ahí que debamos organizarnos en torno a las familias de los presos, salir en su constante apoyo y periódicamente protestar en plantones masivos de vecinos ante las estaciones policiales, las sedes de gobierno y del Partido Comunista, en cada municipio donde los haya, para presionar constantemente, para exigir su liberación incondicional –recordemos a las Damas de Blanco que en 2010 doblegaron a la dictadura en un momento de mayor solidez, aún bajo el liderazgo directo de Fidel Castro. No permitas, cubano decente, más mítines de repudio contra ese vecino que lucha por tu libertad: que las barricadas de vecinos defiendan, junto a su dignidad, también la tuya.
  3. AJUSTAR NUESTRAS RESPUESTAS A CADA SITUACIÓN CONCRETA: Una lucha que puede prolongarse no debe ser concebida como algo que se resolverá en pocas salidas, por eso siempre se debe tener en cuenta la superioridad de recursos del oponente. Para un pueblo desarmado frente un ejército regular no siempre será procedente presentar batallas frontales: toda manifestación cívica debe buscar tácticamente objetivos concretos, pero siempre ajustándose con resiliencia a la estrategia de fondo, y ser lanzada cuando sea más oportuna y favorable. Cuando lo más prudente sea replegarse, habrá que replegarse –lo cual no implica una derrota, sino todo lo contrario: esto obligará al régimen a estar constantemente movilizado y el pueblo se expondría menos innecesariamente y se haría más impredecible.
  4. CONTRARRESTAR LAS FALACIAS DEL RÉGIMEN MEDIANTE EL ACTIVISMO EN REDES SOCIALES: Fue ampliamente demostrada su importancia, así como la del trabajo de los youtubers e influencers, como eficaz contrapeso al monopolio informativo del castrismo; será muy importante nunca dejar de difundir los videos y fotos del 11 de julio, así como estimular cada intento de unión y difundir cada nueva iniciativa cívica o acción de la oposición política en cada foro.    
  5. CONTRARRESTAR EL PROSELITISMO DEL RÉGIMEN CASTRISTA: Allí donde estés en el extranjero, cubano digno, no permitas que ningún exiliado tranquilamente haga tribuna a favor del castrismo mientras disfruta de las bondades de una democracia que nos es negada en Cuba: enfrenta con determinación esa falacia; organiza o súmate a comités de apoyo a la libertad de Cuba; genera iniciativas que denuncien los atropellos de la dictadura y presiona al gobierno de tu país receptor para que condene o retire cualquier apoyo al régimen que vandaliza a tu pueblo. Apoya cualquier iniciativa que potencie nuestro acceso pleno a una Internet libre –interrumpido indefinidamente por el régimen– para evadir la censura de La Habana.
  6. NO ACEPTAR REFORMAS QUE NO INCLUYAN LA SALIDA DEL PODER DE LOS OLIGARCAS DEL CASTRISMO: Jamás permitir que el régimen presente como único culpable a Díaz-Canel y sacrifiquen su cabeza de turco sólo para sustituirle por alguien similar. Debemos exigir, como única solución real para esta irreversible crisis, que el castrismo se aparte del poder.

La suma y coordinación de estas líneas de acción logrará que el pueblo de Cuba gane cada día mayor confianza en sí mismo y cobre mayor conciencia de su descomunal poder. Nunca dejes de concienciar a tus amigos, a tus vecinos, a tu familia, de que los cubanos que deseamos la caída del castrismo somos mayoría absoluta. El 11 de julio demostró que somos millones los dispuestos a tomar las calles, y que bien poco podría hacer la dictadura ante otro levantamiento popular masivo como el de aquel Día de la Dignidad Nacional, pero mejor coordinado y con objetivos inmediatos bien definidos. Acostumbrada a tratarnos como esclavos, nada podrá una dictadura descolocada contra millones de cubanos dignos, porque ¡cuando la tiranía se hace ley la rebelión es un derecho!

Durante toda la última semana un avispero me zumbó en las sienes y no tuve un minuto de sosiego de tanto rumiar noticias y pensar en mi sufrida Cuba. Me conmovió hasta la médula aquella riada de pueblo que barrió en unas horas con más de seis décadas de adoctrinamiento y terror hasta hacer retroceder durante tres días, en más de medio centenar de ciudades, a la dictadura más pérfida y mejor estructurada de este hemisferio, lo cual ya fue una victoria indiscutible para mi pueblo, y para la dictadura, lo reconozca o no, su más demoledora derrota política en más de seis décadas.

Lo protagonizado por mi pueblo ese día lo vindicó ante la Historia. Así como generaciones pasadas tuvieron su Yara y su Baire, su Baraguá y su Palo Seco, destronaron a un tirano en los años 30 y más tarde se levantaron en la sierra o resistieron con estoico heroísmo en las ciudades durante la Revolución del 59 luego traicionada por los Castro, este 11 de julio la nuestra recuperó para su Patria la dignidad perdida. Cada uno de estos hitos de la Historia fue el orgullo de su respectiva generación, como a partir de ahora será orgullo nuestro ese memorable día de julio.

¡No hay aquí motivo para la desilusión, digno patriota, porque ese jubiloso día el gran vencedor fue, sin duda, el pueblo cubano! Poco importa lo que asegure haber visto el castrismo, pero lo que protagonizamos millones de cubanos y vio el mundo ese glorioso DÍA DE LA DIGNIDAD NACIONAL –llamémosle ya por su nombre– fue una dictadura a la defensiva frente a un pueblo insumiso que respondía sin miedo a los esbirros, haciendo retroceder a una maquinaria represiva bien afinada y puesta a punto durante más de medio siglo con el mismo tesoro público que le había sido robado. Durante esos días vimos por vez primera el miedo plasmado en el rostro del régimen aturdido que no pudo contenernos, que reaccionó con irracional violencia ya sólo para confirmar cuanto nos teme.

El escenario de hoy, a una semana del levantamiento, era totalmente predecible. No es de esperarse que un régimen cimentado sobre seis décadas de adoctrinamiento social y sistemático terror sea abatido al primer golpe. ¿Que esto habría sido lo soñado por millones de cubanos? ¡Cierto!, pero en la vida real con los totalitarismos tan consolidados, entre los que tipifica el castrismo, nunca sucede así. Ejemplos sobran que lo demuestran y el nuestro no tenía por qué ser precisamente la excepción.

Pero no fue una derrota el grito del 11 de julio, sino más bien todo lo contrario, pues  cuando en realidad sí fuiste derrotado, cubano, fue cada vez que guardaste silencio cómplice ante alguna clara injusticia; cada vez que levantaste la mano como por inercia en una asamblea absurda para aprobar decisiones de otros que te perjudicaron como trabajador o como ciudadano común; cada vez que agitaste banderitas en un desfile ordenado por quienes tanto te irrespetan y cavaste tu propia tumba al fortalecer así a este inmisericorde despotismo que hoy se abalanza vengativo, como fiera hambrienta, sobre tus hermanos.

En realidad cuando sí te derrotaron cubano, fue cuando saliste al extranjero a una humillante misión de trabajo, bajo contratos leoninos, a sabiendas de que te esclavizarían miserablemente y te robarían hasta saciarse, sucumbiendo al pretexto de la pobreza que hoy al fin nos lanzó a las calles; derrotado fuiste cuando no defendiste a tu honrado vecino de los actos de repudio de las hordas comunistas, o cuando militaste sin convicción en esa payasada que el oficialismo llama “sociedad civil” sólo para ostentarla ante el mundo como cínico estandarte; en fin, que has sufrido miles de derrotas cotidianas durante largas décadas cada vez que pagaste algún tributo a ese miedo paralizante que te convirtió en la vergüenza de ti mismo, en una sombra sin dignidad a merced de poderosos y ladrones.

Pero eso cambió para siempre el pasado 11 de julio, valiente cubano, porque la verdadera arma del castrismo nunca fueron sus fusiles, ni sus tanques, ni sus tropas antimotines, ni sus avispas del color que te las pinten: su principal arma siempre fue ese miedo enraizado en tu cerebro como un cáncer. ¡Esa y no otra ha sido siempre el arma definitiva del castrismo!, la misma que este pueblo hecho millones le arrebató de golpe cuando llegó la hora de la Patria, y de la cual ya estará privado para siempre. Desde ahora, sin tu miedo, la dictadura está condenada a extinguirse. Más, puede que la bestia esté aturdida, pero no definitivamente muerta, por eso se imponen hoy las dos palabras de orden: RESISTENCIA PASIVA –no cooperar de ningún con tus opresores– y SOLIDARIDAD ACTIVA –organizarse y apoyar sin descanso la liberación de todos los hermanos presos durante el levantamiento de ese DÍA DE LA DIGNIDAD NACIONAL.

No permitamos que esta enorme marea de pueblo se disipe en un clamor emocional insulso, pues bien poco se consigue con inútiles catarsis. Esta guerra puede ser cruel, está llamada a ser difícil y a tener muchas batallas, puede ser larga, debe ser librada en todos los frentes y jamás podrá ser concebida como un sprint a corto plazo, sino como una encomiable carrera de fondo, una demandante maratón donde mi pueblo deberá emplear todas sus fuerzas y la Resistencia Cívica estará llamada a ser la más determinante clave.

Pero independientemente de lo que desde ahora suceda ya nos queda una certeza: a partir de este 11 de julio ya nada será lo mismo pues desde ahora seremos más libres, porque la libertad –como su antítesis, la esclavitud– es un intangible estado del espíritu más que una visible condición externa. La libertad que recién saboreaste es un estado de gracia que habita en ti, cubano que me escuchas, y depende más de la nobleza de tu corazón que del grosor de tus cadenas.

El 11 julio de 2021 entró a la Historia de Cuba por la puerta grande cuando la digna chispa encendida en San Antonio de los Baños se propagó por el resto de la isla: en pocas horas más de medio centenar de ciudades cubanas, de oriente a occidente, se levantaron espontáneamente en un masivo clamor y millones de cubanos elevaron un ardiente grito de guerra contra una dictadura acorralada que poco ha podido hacer. Durante los primeros momentos cierta prensa internacional tácitamente lo reducía todo a un simple descontento ante la crisis sanitaria, sin embargo, durante los tres días que le han seguido toda la crueldad del régimen no ha bastado para sofocar el grito, lo cual evidencia que el asunto es bastante más complejo.

Ejemplar ha sido la hombradía con que mi bravo pueblo reconquista las calles, pelea por su libertad, apedrea a sus represores, defiende sus barrios, responde con hidalguía a las palizas e inutiliza patrullas policiales. Estamos ante una rebelión general en toda regla; lo protagonizado hoy por el pueblo cubano es una auténtica revolución popular, un fenómeno mucho más profundo y que supera con mucho la magnitud y trascendencia al maleconazo del 94. Aquella revuelta, histórica por cuanto fue la primera en más de 30 años de castrismo, estuvo limitada a las áreas colindantes con el litoral habanero y fue protagonizada por gente desesperada que no exigía nada, sólo esperaba huir.

Sin embargo la perpetua crisis cubana, jamás resuelta, se ha profundizado hasta niveles insostenibles y sobre ella cabalga un evidente vacío de liderazgo político no propio del contexto del 94. Sin duda la grave situación sanitaria generada por el COVID pudo ser esta vez el detonante, pero las causa esencial habría que buscarla en el hastío generalizado de un pueblo cansado de pobreza y mentiras; pueblo que desde la reforma migratoria de 2014 ha recorrido mundo, contrastado realidades y está mejor informado, pero además –un punto determinante– ha hallado una poderosa arma en la inmediatez de las redes sociales, todo lo cual plantea un escenario bien diferente al de 1994.

Este pueblo que desborda las calles cubanas ya no busca huir, ahora se ha radicalizado, clama por libertad con todas sus letras y en múltiples oleadas exige el fin de la dictadura. Pero incluso tanta bravura puede degenerar en tropelías banales si careciera de dirección, si el pueblo que resiste en la calle no consigue enfocarse en objetivos precisos; entonces todo podría naufragar en el mar fatal de la desilusión. Esa será, nadie lo dude, la apuesta del régimen: dilatarlo todo, sumar a sus tácticas represivas múltiples maniobras disuasorias hasta que terminemos agotados.

Cuando veo a mi pueblo recuperar de golpe su dignidad por tanto tiempo olvidada el corazón se me inflama de orgullo, por eso mucho dolería que todo se mal logre por carecer de metas claras. Esta lucha debe concentrarse en demandas concretas, que deben ser:

  1. DIMISIÓN INMEDIATA DE DÍAZ-CANEL Y ESTABLECIMIENTO DE UN GOBIERNO DE TRANSICIÓN (NO ACEPTAR JAMÁS UN NUEVO TESTAFERRO ELEGIDO A DEDO).
  2. DISOLUCIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA.
  3. DISOLUCIÓN DE  LOS ÓRGANOS REPRESIVOS DEL MINISTERIO DEL INTERIOR.
  4. DISOLUCIÓN DEL PARLAMENTO Y FORMACIÓN URGENTE DE UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE.
  5. CONVOCAR A ELECCIONES LIBRES BAJO SUPERVISIÓN INTERNACIONAL.

Para que la libertad llegue y se consolide en esta sufrida tierra deben cumplirse todas estas condiciones, de lo contrario todo se frustraría: un contexto tan polarizado como el cubano no admitiría medias tintas; cualquier fórmula que pretenda incluir algún elemento del actual stablishment sería incompatible con una democracia.

Las protestas iniciadas en Cuba el segundo domingo de julio son un sublime acto de vindicación de la dignidad nacional vejada por más de seis décadas de dictadura, y debe ser entendida por mi pueblo como una guerra en todo rigor, no porque lo desee, sino porque así lo asume su contraparte. ¡Ha llegado la hora del pueblo cubano! ¡Este es el momento y no otro, nunca nuestra libertad estuvo tan cerca! Aferrémonos a esta oportunidad histórica, luchemos con uñas y dientes hasta doblegar a los tiranos. Nada pueden contra millones de cubanos; lo prueban cientos de videos que ya pululan mostrando la intifada en los barrios, los esbirros en huida, los vecinos que protestan a voz en cuello, sin ningún miedo, en abierta rebeldía. Ya lo dijo una valiente cubana: de tanta hambre terminamos por comernos también el miedo y cuando un pueblo pierde el miedo se transforma en una bestia extremadamente peligrosa.

Cubano digno que me escuchas: estamos frente a una dictadura desbordada por un mar de pueblo, ante una tiranía moribunda que está a la defensiva y nos teme. Cubano que amas a tu patria y la sufres cada día: si no colaboras de ningún modo con los tiranos que te avasallan, si levantas la voz sin miedo, si resistes en la calle tan sólo un día por cada año sufrido en dictadura ¡al amanecer del día 63 seremos libres!! Estemos a la altura del momento: la Historia espera de nosotros el más abnegado heroísmo para que nuestros muertos no hayan caído en vano.

¡De nada valdrán sus apagones digitales, sus detenciones masivas, sus palizas y todas las atrocidades cometidas o por cometer! Nada lograrán con sus antimotines, con sus sicarios cobardes disfrazados de paisano, con sus brigadas de respuesta a la velocidad que operen frente a un pueblo decidido a todo, si por cada cubano encarcelado salen diez a retomar las calles con la razón y la verdad luchando a nuestro lado. ¡Deben saber los represores que nada quedará impune!!

¡Ni un paso atrás, pueblo cubano, el castrismo está herido de muerte!! ¡Ha llegado la sagrada hora de reconquistar la patria que legaremos a nuestros hijos!! La suerte está echada: si retrocedemos ahora la dictadura contratacará con saña y todo estará perdido. ¡A la calle cubanos!! ¡Se trata de elegir entre ser libres o vivir en esclavitud el resto de nuestras vidas! ¡Ellos protegen sus privilegios, nosotros luchamos en nombre de la dignidad humana! ¡Conquistemos los derechos usurpados como lo esperan los próceres que desde la manigua insurgente ordenan la carga y gritan ¡Patria y Vida! ¡Viva Cuba libre de dictadura!!

En una memorable escena de “El Padrino”, de Francis Ford Coppola, el viejo Corleone entrega el mando familiar a Michael, a la vez que le previene sobre el inminente peligro de una traición. El Don es un profundo conocedor de la naturaleza humana, por eso su intuición cobra grado de certeza; sabe que en toda guerra el enemigo obedece a la lógica inexorable y simple de destruirte, incoercible instinto que persistirá aun cuando simule desear conciliaciones. De ahí la sentencia lapidaria de Corleone cuando advierte a su hijo: “…quien te hable de la reunión de Barzini es el traidor.”

Rememoro esta escena a raíz del debate en boga que centra hoy la atención de la oposición cubana sobre la extendida sospecha de que el tardocastrismo fragua una puesta en escena para simular una presunta vía de diálogo con la disidencia, lo cual no sería más que un farol dirigido a la administración Biden y a la ceñuda Europa que no tranza con el tema Derechos Humanos. Considerando los modus operandi del régimen podemos asumir que esta sería una de sus tácticas previstas, pues nada nuevo representaría en su estrategia de generar una disidencia controlada –recurso bien recurrido por los regímenes análogos desde el pasado siglo.

Por eso cuando Tania Bruguera, que nadie ha nombrado –aunque, para ser justos, tampoco se autodeclara– interlocutora “oficial”, se dirige a Díaz-Canel llamándole Presidente en un tono demasiado meloso para el paladar criollo, y casi le suplica esa concordia que el tajante castrismo siempre nos ha negado saltan las alarmas dentro de la oposición cubana no por casualidad más radicalizada. Como casi siempre, suele tratarse de ese sector opuesto con mayor vehemencia a los dialogueros advenedizos no por orgullo herido ni por gratuito rencor, sino porque una mayor madurez le ha dotado del sano hábito de evaluar situaciones sin edulcorarlas, desde la objetividad y al amparo de la lógica confrontacional a que le han conminado las reiteradas oleadas represivas.

Esta oposición con los pies colocados en el suelo no descarta que el régimen haya previsto montarse un escenario controlado donde representar su propio teatro y evadir así cuestionamientos reales. De ahí que cuando llega esta nueva Tania de la mano de Eliecer Ávila en este tono sí bemol no puede menos que sonarle a muchos como flautista de Hamelin. Recordemos que Eliecer, el “muchacho de la UCI”, saltó al estrellato con un célebre video viralizado en una Cuba sin Internet que le dio inusitada visibilidad, donde cuestionaba varias políticas gubernamentales ante Ricardo Alarcón. Aquel video, que no fue grabado de forma subrepticia sino con varias cámaras profesionales sobre firmes trípodes –algo perceptible en el correcto encuadre, la estable apostura y varios ángulos de toma– de algún misterioso modo burló la infalible censura de la policía política y el resto es historia conocida.

Con esto nada digo, nada pruebo, pero quizás aquella inexplicable circunstancia reverbere aún en el imaginario subconsciente y emerja ahora, justo cuando a través de Eliecer nos llega esta “reformada” Bruguera, tan cándida, que insinúa acercamientos con una contraparte jamás proclive a deponer su intransigencia, y que al contrario, continúa batiendo records de reclusiones domiciliarias, detenciones, actos de repudio y vandálicos allanamientos. Esto sucede en momentos que se impone tener una percepción de conjunto para evitar costosas distracciones. No esperemos evidencias obvias, nunca las hubo y no las habrá bajo el castrismo, por eso aquí toda lectura debe hacerse entre líneas, desde una visión panorámica que nos oriente en medio de un complejo contexto supeditado siempre, nadie lo olvide, al ingente trabajo de penetración mantenido durante más de medio siglo por la Seguridad del Estado entre la oposición cubana.

No es gratuita la introducción que inicia este post. Conservemos la certeza de que el Estado cubano ha mantenido siempre una praxis mafiosa en su relación con el pueblo. Esa crápula se asocia para delinquir, salta sus propias leyes, roba a manos llenas y lucra con nuestra miseria, nos extorsiona dentro y fuera de Cuba cuando pagamos prórrogas injustificadas y caras, cuando monopoliza en su red de comercio los precios exorbitantes; hace uso de la fuerza si le reclamas, prevarica cuando generaliza su pésima gestión, trafica influencias en sus funciones públicas y coarta la división de poderes cuando se erige en juez y parte; chantajea a millones de cubanos cuando les niega entrar o salir a su propio país por sesgos políticos, en fin pura Mafia en el sentido más estricto del término, y es con esta gente que los dialogueros esperan llegar a acuerdos.

Si el presagio se cumple y el régimen acepta “dialogar”, a su montaje nunca serán invitados los opositores más consecuentes. No estarían Antonio Rodiles en nombre de Estado de Sats, no estarían José Daniel Ferrer en nombre de UNPACU, no estaría Coco Fariñas hablando por FANTU, ni Berta Soler por las Damas de Blanco, ni el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, entre otras notables ausencias. Tampoco serían invitadas las más visibles voces de la Prensa Independiente cubana, comenzando por Yoani Sánchez hasta las decenas de activistas que dentro y fuera de Cuba bien lo merecerían por haber ejercido contra viento y marea su legítimo derecho a difundir información veraz y han sido la puntilla en el zapato del régimen.

No, no sería esa la oposición invitada a “dialogar”. El castrismo tiene un plan diferente que no lo expondría a peligros reales: se lo montaría según su estudiado guion prestablecido, pues para eso planta y dota a sus agentes de perfiles creíbles, para introducir su cuña y que todo fluya sin sobresaltos llegada la hora. En esa mesa, donde se jugaría con baraja amañada, el castrismo apostaría a sus cartas e invitaría sólo a interlocutores light y a alguna que otra voz de poca monta para imponer su monólogo de siempre, poco importaría que en ese minuto exacto su aparato represivo continúe en la calle haciendo de las suyas. Otra jugada sucia, equiparable a las payasadas con que Fidel Castro convocaba “cordiales” encuentros en La Habana para “normalizar” su relación con los emigrados.

Lo que vendría luego se desprende por su peso: le seguiría la ofensiva diplomática y publicitaria de rigor donde emplearía a sus testaferros mediáticos, cobraría favores pendientes, pondría en tensión su extensa red de cómplices en foros internacionales, le apretaría los huevos a sus chantajeados y activaría a sus agentes dentro de EE.UU. y Europa para allanar el camino de la reapertura a este Biden que hasta ayer hizo pucheros por reactivar las gratuidades de Obama. Ese sería el fin último de la trampa. Con todo esto el castrismo buscaría distender los ánimos mientras silencia las voces más incisivas y desmoraliza a la oposición más radical, pero sobre todo ganaría un tiempo precioso en medio de este caos generado por su falta absoluta de liquidez y su patético aislamiento político, cada día más hundido en una irreversible crisis que le aboca a un potencial estallido social.

Un escenario radicalmente distinto, por más que se le parezca, resultaría de una auténtica negociación escalonada, al estilo propuesto en ADN. En ese caso, como queda sobrentendido, cada paso adelante estaría condicionado a medidas concretas previas que conduzcan a aperturas reales y progresivas –me das, te doy; no me das, no te doy– o sea, que se exigirían a priori cambios verificables que es, en esencia, lo exigido por la oposición. Esto sí podría conducir a la implementación irreversible de mecanismos democráticos que conducirían a una salida negociada del abismo. ¿Una utopía? Definitivamente sí, a la luz de los acontecimientos actuales, pero también una puerta que debemos dejar entreabierta por si algún día con ello se evitan derramamientos de sangre. Sería una suprema necedad negarse a una salida negociada que nos conduzca a la libertad real y a la plena democracia.

El peligro que aquí se expone no proviene del género de negociación que arriba esbozo, no. Procesos de este tipo redundaron antes en la liberación de pueblos en Sudáfrica y la India e incluso fueron determinantes en la transición española, entre otros felices ejemplos, pero las condiciones imperantes de momento en Cuba distan mucho de los mencionados contextos; en nuestro caso la oposición no ha logrado cohesionarse y mostrar músculo suficiente como para presionar a su contraparte. Mientras esa condición esencial no se cumpla, semejante negociación será inviable en el contexto cubano y la dictadura lo sabe, por eso prepara ahora una nueva celada donde ofrecernos, otra vez, su copa de cicuta.

¡Alerta cubanos! Si el castrismo logra consumar semejante triquiñuela se reacomodaría en su trono y entonces sí podríamos vivir bajo el terror otros 62000 años. De estos hechos se desprende una evidencia incontestable: quien acepte un “diálogo” bajo tales reglas del gobierno despótico de Díaz-Canel en realidad negociaría con el poder tras él oculto, sería cómplice y partícipe del juego de la dictadura e incurriría en un imperdonable acto de traición a la patria. En ese momento valdría aquella premonición de Corleone: si ese día llega veremos quien se prestará a la falsa y conoceremos al traidor.

Ha transcurrido casi un mes desde que Luis Manuel Otero Alcántara fuera detenido en su domicilio y trasladado por la fuerza al Calixto García, hospital habanero que desde entonces se mantiene sitiado por la Seguridad del Estado. Los menticieros oficiales han publicado varios videos manipulados donde se ha mostrado a un Luis Manuel desorientado y confuso que parece no discernir por qué continúa en aquel lugar, y hasta llegó a circular la denuncia anónima de un presunto trabajador de ese centro, donde se asegura que Luis Manuel está siendo sometido –léase torturado– a procedimientos electro-convulsivantes, lo cual presuntamente explicaría su evidente deterioro.

Hasta hoy aún la familia más cercana de Luis Manuel continúa excluida de visitas, así como cualquier miembro del Movimiento San Isidro, víctimas también de esta arremetida donde han mediado las más variadas amenazas y represalias, desde la típica advertencia policial hasta reclusiones domiciliarias que se han prolongado durante semanas. Mientras tanto, según la versión oficial ya el activista ha depuesto su huelga de hambre y mantiene parámetros vitales normales. Sin embargo, hasta el momento de esta publicación el líder de San Isidro continúa prisionero, una evidente contradicción que nos conduce a la obligada pregunta: si Luis Manuel está presuntamente sano, salvo y ya depuso su protesta ¿por qué se le mantiene aún detenido y aislado de sus familiares y amigos? ¿Por qué, teniendo en cuenta la gravedad de este ultraje, paralelo al encarcelamiento de los activistas detenidos en la calle Obispo, no se ha producido una reacción más enérgica de los movimientos San Isidro y 27N, e impresiona reinar un relativo silencio en el resto de la oposición alrededor de casos tan escandalosos?

Un enfoque superficial del asunto centraría la atención en las demandas inmediatas de Luis Manuel –a saber, el cese de la hostilidad contra los activistas y la devolución de sus obras– pero este sería un enfoque demasiado sesgado pues dejaría fuera de ecuación variables determinantes. Para el régimen podría ser hasta conveniente en términos tácticos ceder a las demandas de Luis Manuel; poco significaría devolver sus obras al activista de frente a la connotación que un gesto así de “compasivo” representaría de cara a un Biden que luego de lanzar guiños de distención ahora pisa el freno y observa en standbye –algo que tiene al castrismo en ascuas, aun cuando asegure lo contrario– por cuanto sería prudente resolver el caso aunque sólo fuera por no atizar el fuego.

Tomemos en cuenta que antes La Habana lidió con crisis más graves y en contextos más complejos, como aquella huelga de hambre de Coco Fariñas que siguió a la muerte de Zapata en 2010; entonces la prensa internacional enfocaba la atención en unas Damas de Blanco que resueltas exigían la liberación de los encausados de la Primavera Negra. Aquella crisis hubo de ser manejada durante el primer mandato de Obama, pero bajo la presión de una Posición Común que aún cerraba a La Habana las puertas de Europa. En cambio hoy el gobierno de Díaz-Canel no está en el foco mediático mundial, y aunque se hunde sin remedio en una crisis económica irreversible no está precisamente bajo bombardeo desde el punto de vista político –de hecho, desde hace medio año el régimen cubano es ¡miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU!¿¿??!

Hoy el mundo no muestra mayor interés por Cuba; otros temas como el conflicto en Palestina, la situación bielorrusa, la creciente tensión entre EE.UU. y Rusia o su guerra comercial con China, e incluso la crisis colombiana, centran su atención, y es justo en esa inatención hacia el tema cubano donde encontramos una de las claves de la actual ola represiva de la dictadura cubana, dato que respalda a quienes se han opuesto a acercamientos y diálogos light desde una lógica incontestable: queda demostrado que esa cíclica agresividad de la dictadura siempre ha sido directamente proporcional al grado de distención política y suele girar en sentido inverso a la repulsa internacional.

A esta evidencia debe agregarse otro factor de primer orden: el todavía intacto potencial represivo de la dictadura. Si razonamos desde la objetividad, libres de las catarsis y los engañosos triunfalismos que tanto gustan de presagiar desplomes inminentes, observaremos que hasta el momento la dictadura ni siquiera ha necesitado instrumentar medidas extremas –entiéndase grandes despliegues de tropas especiales y el uso de brigadas antimotines o unidades regulares del ejército– para controlar los efímeros focos de insubordinación. No olvidemos que este ingente aparato represivo que espera ávido de acción –carne de cañón inculta, adoctrinada y ciega– es el mismo que asesoró, comandó y participó en la ejecución directa de la violentísima escalada represiva durante la grave crisis que en 2017 ensangrentó las calles de Venezuela: fue aquel un gran laboratorio de ensayo donde el castrismo puso a prueba las tácticas represivas y de contención más extremas, y nadie lo dude, tomó nota de todo.

Al poner en perspectiva estos escenarios se advertirá que a pesar de su insostenible situación económica la Cuba de hoy está aún lejos del clima premonitorio de una explosión social semejante, algo inexplicable para quien se asome a nuestra realidad a vuelo de pájaro y no haya vivido bajo un totalitarismo estalinista. El castrismo ha tenido holgado tiempo para cristalizarse, y ha sido tan agresivo y sistemático en sus adoctrinamientos que ya parece incorporado a los genes mismos de generaciones enteras de cubanos, de ahí que hasta ahora a los esbirros les haya bastado con activar esos reflejos condicionados apelando con relativo éxito a su recurso supremo: la indefensión aprendida, esa piedra filosofal de todo régimen absolutista, devenida en la mejor arma del castrismo.

Por eso no es contra Luis Manuel, ni contra los activistas de la calle Obispo, que hoy se libra esta batalla, sino contra 14 millones de cubanos. La dictadura sabe que esta guerra la gana o la pierde en la psiquis colectiva, por eso es hacia ese miedo insondable y total que dirige este prístino mensaje: ni siquiera lo intentes, nunca valdrá la pena oponerse, contra el Gran Hermano nada puedes. Dilúyete en tu condición de banderilla agitada en la masa informe, confórmate con ese, tu lugar y tu destino, donde serás el estandarte elevado en mis desfiles, mi medio básico, esa estadística maleable siempre inútil cuando piensas, el andrajo impersonal que deshecho y reutilizo, insecto apenas, protoplasto, gargajo que esputo cuando quiero. Nada reclames, nada exijas, contigo siempre haré lo que de mis cojones me salga y cualquier lance en contra será una estupidez que te haré pagar bien caro.

Este aberrante y despótico manejo del caso Alcántara a la vista de todos debe entenderse como una declaración de principios en toda regla, con la cual la dictadura nos alecciona y persigue humillarnos deleitada en su soberbia. Al castrismo se le antoja orgásmico percibir cómo nos paraliza su veneno y le place vernos ensortijados en nuestra zona de confort mientras despedaza a otro cubano como se traza una raya más en la piel del tigre. Este impúdico secuestro es un abierto desafío a la sociedad civil y un pulso a la oposición para tantear hasta dónde se atreven en este preciso momento en que las redes sociales recién imponen su dinámica a pesar de la escasa penetración de Internet y la sistemática censura, otorgando mayor inmediatez y visibilidad a denuncias e iniciativas ciudadanas cada vez más numerosas y osadas, algo advertido por el régimen con mucho nerviosismo.

Pero nunca ha sido lo mismo llamar al demonio que verlo llegar. Si bien es cierto que el régimen mantiene cercos policiales, que ha mantenido a más de un activista en reclusión domiciliaria y llevado a cabo numerosas detenciones, de ningún modo creo que se haya ocupado de todos puntualmente hasta hacer inoperante esa red que desde grados de confrontación variables se había pronunciado públicamente antes y después del 27 de noviembre, y sin embargo ahora, a casi un mes de detenido el líder de San Isidro y en medio de un insultante silencio oficial, no ha logrado la proyección suficientemente enérgica que favorezca la liberación de Luis Manuel y del resto de los activistas prisioneros.

Imaginemos con que orgiástico gozo los verdugos mirarán en este preciso instante a los ojos de lo que de Luis Manuel haya quedado después de esta tortura, y le preguntan dónde se han metido todos aquellos hermanos de causa que protestaron contra el 349, o el grupo de amotinados frente al Ministerio de Cultura aquel día de noviembre. ¿Acaso tampoco les dirán nada los activistas que esperan juicio junto a presos comunes desde la protesta de Obispo? ¿Cómo no está el pueblo de San Isidro, de La Habana y de Cuba entera preguntando sin reposo a las autoridades en sus respectivos lugares, en la dirección médica del “Calixto García” o directamente al ministro de Salud Pública por qué a ese joven que lucha por los derechos usurpados a todos los cubanos se le mantiene preso en un hospital habanero?

De todo esto se concluye que la dura guerra por la libertad de Cuba no puede ser acometida con la intensidad pasional de un sprint destinado a sofocarse en los primeros metros, sino como una carrera de fondo concebida en términos estratégicos, donde sólo triunfarán la firmeza y la perseverancia; es una guerra que sólo podrán librar los elegidos, aquellos realmente dispuestos a jugarse la piel y llegar a los finales.

Una vez pasada esta ola represiva quedaremos aleccionados sobre lo inútil que siempre será intentar puentes de idilio entre un pueblo sometido y sus tiranos, habremos comprobado cuán poco valen las catarsis y que las dictaduras no se tumban con canciones, pero también seremos más maduros y será mayor nuestra certeza de que la libertad llegará sólo cuando este pueblo vibre en resonancia con su dignidad, asuma riesgos para conquistar sus derechos y se atreva a saltar al vacío. Cuando por fin hayamos asumido ese como el único modo en que un pueblo se sacude los tiranos, sólo ese día –ni una hora más, ni una menos– podremos hundir la daga en una definitiva estocada hasta el corazón de la bestia. Será justo ese día en que pierdas tu miedo, cubano que me escuchas, cuando se derrumbe la dictadura.

Derecho a réplica; 30 de abril de 2021. https://youtu.be/gveCDwq9Ajw

El de Israel Rojas, líder de Buena Fe, es un caso curioso y digno de estudio. Abogado de profesión, debe conocer todas las leyes que en la Cuba del castrismo se oponen por esencia a la diversidad de opinión, al ejercicio del libre criterio, de la libertad de reunión y de asociación, así como todas las triquiñuelas diseñadas por el Partido Comunista para eternizarse como el único legal vetando al resto de las organizaciones opositoras, aunque en entrevista con Ian Padrón se confiese un defensor de la libertad de pensamiento sólo para acto seguido aplaudir a los inquisidores. También conoce, por supuesto, otros ardides del castrismo, como la “peligrosidad predelictiva”, aberración creada por el régimen para amedrentar o detener sin cargos a ciudadanos incómodos mientras se pasa por el forro la presunción de inocencia.

Nuestro chico listo sabe también que el vigente Código Civil consagra sobre papel mojado nuestro derecho a la integridad física y a nuestra seguridad personal y familiar, así como nuestro derecho a la intimidad y a la inviolabilidad de la correspondencia personal y de nuestra vivienda, en tanto el Código Penal establece como delitos la agresión contra las personas y el allanamiento de domicilio, sin embargo a Israel igual le consta que la policía política se caga en todo y perpetra allanamientos, espía sistemáticamente las conversaciones telefónicas e intercepta los correos convencionales, y que el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado perpetra los célebres mítines de repudio donde se apalea opositores con impunidad sin que nada tome curso legal gracias a un sistema judicial políticamente parcializado.

En fin, que Israel, joven leguleyo formado en las flamantes filas del MININT, sabe todo esto e incluso más de lo que reconoce saber; comprende a las claras que estas son prácticas dictatoriales y sin embargo, paradójicamente, repite como papagayo las mismas consignas de Fidel Castro y como él achaca todos los males cubanos al embargo norteamericano.

Pues ayer, para no faltar a su costumbre, habló mierda hasta por los codos, pero entre tantísimas escojo una: en su perorata aseguraba que si EE.UU. retira el embargo al gobierno cubano le bastarían “sólo ¡10 años!” para desarrollar Cuba. Sin embargo, aquí le aclararía yo a Israel que 10 años son un incomprensible derroche, que esa es una inaceptable eternidad cuando se habla de un país en ruinas, por lo que le apostaría yo a sólo 10 días para intentar lo mismo.

Ni siquiera 10 meses, Israel, ¡sólo 10 días! Aquí propongo un plan de intervención, por el que votaría yo si se le permitiera a un opositor cubano ejercer un hipotético gobierno durante 10 días:

  1. Disolución inmediata del actual Partido Comunista de Cuba: Paso esencial porque siempre ha sido la columna vertebral del régimen y el diseñador principal de todas nuestras vejaciones. Desde ese momento los comunistas cubanos, haciendo uso de la libertad de asociación que hoy mismo nos niega, podrían fundar una nueva organización con plenos derechos de medirse en igualdad de condiciones en elecciones libres y democráticas con el resto de los partidos políticos.
  2. Disolución de los actuales Órganos de la Seguridad del Estado: También un paso esencial para desarticular el aparato represivo que durante más de seis décadas fue la principal herramienta que articuló y perpetró el terrorismo de Estado.
  3. Remoción y licenciamiento de todos los altos mandos del ejército cubano: Necesario por la lealtad mantenida durante décadas por los más altos oficiales de la cadena de mando a los culpables históricos de la dictadura.
  4. Destitución de los todos los altos cargos dirigentes de los actuales poderes legislativo, ejecutivo y judicial: Medida necesaria por la doblez demostrada en su gestión durante varias décadas de lealtad al régimen castrista y por su condicionamiento al actual esquema de poder regido por la no división de poderes.
  5. Revocación por decreto presidencial –hasta la aprobación definitiva de leyes sustitutivas en Asamblea Constituyente– de todas las leyes y decretos actuales opuestos a los derechos a la libre opinión, reunión y asociación: Implicaría la inmediata ratificación –con poder vinculante a las leyes cubanas mantenidas o aprobadas bajo el nuevo gobierno– de los Pactos de Derechos Civiles y Políticos, así como los Económicos, Sociales y Culturales nunca ratificados por la dictadura.
  6. Derogación de todas las leyes que actualmente anquilosan las fuerzas productivas, emitiendo nuevas regulaciones que protejan los sectores productivos y de servicios (incluida la eliminación del actual sistema estatal de acopio): Se priorizarían las medidas que estimulen y agilicen la producción del sector agrario y ganadero, estableciendo mecanismos que garanticen una mayor eficiencia y los mayores rendimientos productivos a corto plazo.
  7. Establecimiento de leyes que garanticen en lo adelante una libre gestión de las pymes y del resto de pequeñas y medianas empresa privadas: Se liberaría el otorgamiento de licencias acompañadas de leyes que favorezcan su gestión, así como se fomentaría la creación de mercados mayoristas sujetos a todos los modelos de contratación. Se propondría mantener los sectores más estratégicos –por ejemplo las industrias energética, metalúrgica, minera, azucarera, turística y de telecomunicaciones– en poder, o al menos con participación mayoritaria del Estado, sin que ello implique necesariamente una prohibición de su gestión privada.
  8. Restablecer de inmediato el derecho de la emigración cubana y sus descendientes directos a invertir en Cuba: Ofreciendo condiciones arancelarias ventajosas sobre el resto de los inversores extranjeros, y se dispondrían nuevas regulaciones dirigidas a restablecer la confianza de la comunidad internacional en el futuro mercado cubano hasta convertirlo en un destino atractivo para el capital foráneo, todo lo cual quedará legislado de modo que se favorezca la autonomía y diversificación económica evitando comprometer la soberanía nacional.
  9. Derogar la actual Ley No. 1312 (Ley de Migración) que viola el derecho a la libre entrada y salida de los ciudadanos cubanos a su propio país: Desde entonces quedaría claramente dispuesto el carácter inalienable de este derecho y se establecería como punible cualquier hecho que le sea lesivo.
  10. Establecer un nuevo esquema de impuestos progresivos sobre las ganancias: Dispuesto por ley con carácter obligatorio, universal y equitativo sobre los beneficios, de modo que poco a poco se contribuya al restablecimiento viable de presupuestos sociales sostenibles.
  11. Mantener la Salud pública y el Sistema Nacional de Educación bajo gestión del Estado Cubano, que asumiría ambos como su máxima responsabilidad ante la sociedad que regenta: Ambos sistemas serán financiados mediante un Sistema Nacional de Seguridad Social solventado con la tributación de todos los ciudadanos a ello obligados según la ley; ambos serán universales y libres de cualquier condicionamiento de carácter político, religioso o de otra índole que en cualquier modo se aparte de su función social. Esto no implicaría ninguna prohibición al ejercicio de la Medicina o la Educación privadas –sujetas a modelos de gestión según acuerdos gremiales– ni se emitiría ninguna ley que en modo alguno coarte el natural derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos.
  12. Conformar una Asamblea Legislativa y convocar a elecciones generales con todas las garantías de transparencia: Asamblea que mantendría las leyes que considere útiles y derogaría definitivamente las que considere nocivas al futuro de la nación cubana, de modo que se garantice una efectiva división entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Elecciones directas, libres y plurales, regidas según el principio de un(a) ciudadano(a)/un voto, tras las cuales quedaría conformado un nuevo gobierno auténticamente elegido por el pueblo que iniciaría el impostergable camino de la reconstrucción nacional.

Israel: Si tenemos que soportar 10 años más esta calamidad mejor apagamos la luz y nos vamos porque para entonces no quedaría en Cuba ni una cepa de plátano. Pero como podrás comprobar, bastaría implementar los primeros cinco puntos para que el resto de las propuestas llegara por añadidura –en apenas unos días, y aún sobraría tiempo. Una semana y media que sería prácticamente simbólica, pero que bastaría para dejar trazado el camino hasta cobrar carácter irreversible, porque en cuanto mi pueblo saboree las mieles de la libertad jamás volverá sobre sus pasos.

Guajiro, debes comprender de una vez que la esencia de todos los males cubanos no tiene su génesis y perpetuación en ningún embargo extranjero sino en la histórica traición de Fidel Castro, cuando hace más de 60 años se cagó en todo lo que este pueblo soñó, y por lo que luchó y murió mucho hombre consecuente, sólo para que después una casta de vejetes atornillados al poder nos jodiera la vida a generaciones enteras de cubanos y encima testaferros como tú vengan a hacerse los tontos.

Y es que simplemente no comprendo; algo en mí se resiste a creer que el mismo cerebro pueda engendrar semejante belleza y tanta mierda a la vez. Imposible que un talento tan soberbio como el que destilas en tus canciones no te dote además del mínimo sentido común necesario para advertir el desastre en que nos hundió la más pérfida dictadura de este hemisferio. Tenía contigo, Israel –como con el genio insondable de Silvio Rodríguez– un serio conflicto de conciencia, pero ya he dejado de torturarme; elegí no ceder al chantaje emocional y aprendí, de un tiempo a esta fecha, a separar al hombre de la obra como quien separa el grano de la paja –después de todo soy hetero y no ando buscando novios.

He comprendido al fin que el talento y la rectitud moral no necesariamente van de la mano. Ya no me flagelaré porque los dos autores que más admiro en el mundo sean tan mediocres y obtusos –o simplemente oportunistas, o cobardes, no sé– como seres humanos. Se me antoja inconcebible que salgas a la calle y no adviertas el dolor en que está sumido mi pueblo, ni me creo que el elevadísimo sentido de observación y capacidad de síntesis necesarios para creaciones de ese vuelo –a las que una y otra vez vuelvo subyugado– no te alcancen para pillarte el grado de crueldad de semejante engendro.

¿Seguiré escuchando a Buena Fe? Sí, absolutamente, como a Silvio –no puedo sustraerme a esa abrumadora belleza– pero ¿volvería a asistir a sus conciertos? Ya eso lo dudo mucho, con toda sinceridad, creo que no, aunque sí le agradezco a Ian Padrón por develar al verdadero hipócrita, o al pendejo, o al simulador –porque algo de eso serás– pero con tus conciertos ya no perderé mi tiempo chama; tendrían que quitar a este Israel de la escena, porque si está, no sé, yo no puedo entrar… al menos mientras no voltee en serio el catalejo.

Servida está la polémica: circulan en redes sociales algunos videos recientes donde sube el octanaje y escuchamos a ciertos activistas, o bien algún que otro coro de habaneros, que en plena calle y a todo pulmón despotrican improperios contra la policía o el mismísimo Díaz-Canel, y cada vez podemos encontrar más youtubers salpicando con nuestro extenso catálogo de palabrotas sus comentarios en esta carrera que parece ir in crescendo. Debido a la efervescencia generada en las redes, desde Estado de Sats se propone el debate “Civismo contra vulgaridad” y sube la temperatura de la polémica sobre la validez de esa modalidad de protesta cada vez más frecuente entre contestatarios.

Al intentar posicionarme en este asunto mi memoria evoca a la diva del neocastrismo, Humberto López, cuando en el Noticiero Nacional de Cubavisión se cebaba en un Otero Alcántara que indignado posó desnudo ante las cámaras recién instaladas por la policía política a unos metros de su balcón. Fue muy indignante ver al payaso del oficialismo más rancio preguntar a millones de cubanos si “¿ese es el diálogo que proponen los opositores?”, cuando todos saben que durante décadas el régimen ha evadido por cobardía toda confrontación directa con la oposición y jamás se ha expuesto al debate público.

Fue surrealista ver como los desalmados que más irrespetan a mi pueblo, en un olímpico derroche de cinismo, pretenden erigirse en paladines de la decencia, aunque en defensa de Humbertico debemos admitir que en no pocos casos se la estuvimos poniendo fácil. Pero si de algo nos sirvió el show fue para confirmar una vez más la vieja táctica del sicariato castrista: deslegitimar y desvirtuar cualquier mensaje de vindicación aludiendo a la “vulgaridad” del mensajero. De todo esto debemos extraer una sabia lección: este oprobioso régimen, como viejo lobo de mar conocedor del extenso mar de la manipulación, siempre nos hará pagar bien caro cualquier error y con impune saña atacará a la yugular cada vez que se la pongamos a tiro.

Nuestro escenario político ganó en complejidad al profundizarse la irreversible crisis social y económica atravesada por el régimen cubano. En este momento interactúan factores visibles e invisibles relacionados con la irrupción de las redes sociales que han impuesto su nueva dinámica. Es en este contexto donde se ha hecho llamativo que algunos legitimen como válida aquella modalidad de protesta donde parece que fuera más patriota quien más palabrotas profiera por segundo. Pareciera tratarse de un modo turbo donde puede faltar incluso cualquier propuesta cívica de fondo, y donde casi nunca se proponen salidas concretas a la crisis que vivimos; de hecho, alguno que otro elude expresarse en términos políticos, y alternando en proporción variable ingenuidad y “prudencia” llega a aclarar que no se considera un opositor, que sólo estalla desde su postura de indignado común, como si tal cosa fuera permisible bajo un totalitarismo a la cubana.

Quienes preconizan tales manifestaciones espontáneas y viscerales –que no dudo sinceras– donde no se escuchan más que la ofensa insulsa y por lo mismo inútil, en lugar del argumento demoledor y coherente –léase políticamente útil– sostenida por los opositores cubanos “tradicionales”, a la cual se contraponen, optan por un camino estéril que no conduce a ninguna parte. En ese momento de pública concesión hacia una marginalidad que casi se pretende como fin en sí misma, no hacen más que presentar al mundo nuestro rostro más naif, superficial y grotesco –recuerden amigos que, para bien y para mal, corren tiempo de inmediatez– con todo lo cual no hacen más que entregarnos en bandeja de plata, porque tal será la imagen que de toda la oposición cubana en bloque intentarán sembrar los ideólogos oportunistas del régimen en el imaginario público.

Estos ideólogos, nadie lo olvide, tendrán su próximo congreso en unos días y han anunciado que revisan con mala saña y peores intenciones la política gubernamental con respecto al uso de Internet. Nadie dude que han tomado nota e incluirán estos elocuentes ejemplos para intentar dar rasgos de legitimidad al recrudecimiento de la censura y arreciar la legislación contra los “delitos” asociados al uso “impropio” de redes sociales.

La Historia ha demostrado que las guerras –y esta no será la excepción– no tiene por qué ser ganada por el más justo, sino por el más listo. Definitivamente el arrojo no basta; la lucha por la libertad de un pueblo no puede ser simplificada a una cuestión de bravuconerías, por más frustración o rabia que carguemos a la espalda. Es una evidencia que jamás la marginalidad le abrió el destino a pueblo alguno, pero si, para colmo del cinismo, el enemigo común de nuestra libertad utiliza este punto débil para hundir su daga y debemos soportar que se perfume de garante de un civismo que él mismo nos ultraja, entonces la ecuación no cuadra y es cuando nos percatamos de la triste realidad: habremos puesto en sus manos un arma formidable que inmisericorde volverá contra nosotros, y esto es una agravante inexcusable, un acto de automutilación que carece de cualquier lógica en el contexto de esta guerra, ideológica en todo rigor, que se nos hace.

No es que lo diga yo, sino que así lo ha demostrado la Historia. Recordemos las ejemplarizantes luchas de Ghandi y de Mandela, de Luther King o de Walessa, sin dejar de hurgar en nuestro rico ideario patriótico que hunde sus raíces en los preceptos del Padre Valera, se eleva a la cúspide de José Martí y luego se desperdiga en muchísimos pensadores, creadores y activistas a lo largo del Siglo XX; no olvidar que siempre junto al machete durmió la pluma, porque fue la idea el germen fundacional y a ella nos debemos. No hacer concesiones en esta batalla épica es imprescindible para que todo no termine en naufragio sólo porque no hayamos evitado trivializar nuestra lucha con gritos sin fines ni dirección definida.

Aunque siempre será mejor el grito que el silencio y en esta lucha de todos contra el poder omnímodo del castrismo cada grano de arena cuenta, nunca lograré imaginar a un José Julián Martí desnudo frente a las Cortes españolas durante su destierro en protesta contra el colonialismo; sinceramente no lo veo, ni recuerdo ningún caso entre los grandes próceres mundiales del pasado siglo que haya conquistado derechos civiles, emancipado pueblos o doblegado imperios lanzando piñas y cajones. Lo que liberó pueblos hasta el sol de hoy –y esto sí, sin excepciones– siempre fue el enérgico decursar de ideas fermentadas en los talleres del pensamiento que luego trazaron con claridad los derroteros hasta abalanzar la riada de los pueblo por acertados cauces.

Nunca se fraguaron conquistas en el taller de la vulgaridad, por más que lleguemos a empatizar con el dolor de los desposeídos. No tenemos por qué asumir como natural lo soez, ni presuponer que por vivir en una era donde la victimización sea la moda será más chévere anotarse al bando de los “humildes” por seguir la corriente, sólo “porque así hablamos los cubanos”, ya sea por ligereza o falta de carácter asumirnos en antónimos de la firmeza de principios o la elevación espiritual hasta el punto de acusar de frivolidad a aquella “otra oposición”, cuyo pecado capital no es otro que defender con acerada tenacidad propuestas coherentes contra un enemigo despiadado y común –oposición que por demás, nadie lo olvide, se ha dejado la piel en la trinchera.

Nunca será más o menos auténtico el grito de guerra de Osorbo, sólo por intenso y pasional, o haber sido lanzado desde un humilde solar de San Isidro, que el de Antonio Rodiles, sólo porque lo haga en clave más reflexiva en Estado de Sats desde una barriada “chic” de Miramar. Sería contraproducente el intento de parametrarles, sobre todo cuando ambos mensajes persiguen el mismo fin –en distintas frecuencias pero en el mismo dial donde padecemos todos– y cuando ambos son, cada cual a su modo, auténticos gritos de guerra.

Cualquier confrontación dentro de la oposición cubana que no termine en un abrazo contra el enemigo común carece de sentido y es música para los oídos de la dictadura. Pero ¡ojo!, no por ser ambos gritos auténticos están llamados a tener igual alcance. El punto cardinal aquí no sería cuestionarnos si ambos son reclamos sinceros –lo cual no pongo en duda– sino cuál de estos dos modos de entender el civismo –opuestos sólo en forma, no en contenido– es el más útil en términos estratégicos cuando se lucha contra una dictadura anclada en 60 años de terror. ¿Cuál de ellos está realmente destinado a alcanzar nuestra anhelada conquista de un Estado de Derecho? Esa, y no otra, sería en esencia la cuestión.

Para cerrar estas reflexiones, sobre todo para quienes no terminaron convencidos, dejo sólo una pregunta: ¿por qué un aparato de propaganda tan eficaz como el del Partido Comunista de Cuba, que jamás se ha atrevido a publicar en prensa plana fragmento o artículo alguno –como no sea para difamar– o a transmitir ni siquiera 30 segundos de video de alguna denuncia o propuesta cívica en boca de Eduardo Payá o de su hija Rosa María Payá, de Antonio Rodiles, de Coco Fariñas, de Dagoberto Valdéz, de José Daniel Ferrer, de Reinaldo Escobar o de Yoani Sánchez –a los que jamás le he escuchado, por cierto, una mala palabra– enseguida que alguien de esta nueva ola lanza alguna palabrota al asumir alguna de las arriba mencionadas alternativas de protesta, se apresura a pasarlos en cadena nacional con amplios reportajes que acaparan buena parte de sus noticiarios en boca de algún cipayo de turno?

La respuesta es bien simple: el castrismo sabe que su enemigo mortal, el que tiene potencial para llegar a aniquilarlo, está en la propuesta de largo alcance que rehúye de los guetos y las tribalidades, la que impone argumentos como puños en la denuncia oportuna y firme que disecciona al régimen en toda su crueldad y codicia. La lucha contra la dictadura más pérfida que hemos vivido no es tarea para sprinters, sino una carrera de fondo donde de poco valdrá derrochar energía en lances sin sentido porque serán la constancia, la firmeza y la claridad de fines, y nada más, las que finalmente definan las pautas de la victoria. Aquí el grito irreflexivo y gutural, por más que esté emocionalmente justificado, nacerá condenado a sofocarse, pero nunca sin haber dejado, eso sí, su tributo de despedida al déspota que nos oprime.

Más de 60 años de atropellos han provocado heridas aún sangrantes y dejado profundas huellas en la psiquis de mi pueblo, por lo cual en esta polémica cualquier reacción urticante es explicable. Ante este despotismo se han acumulado dosis de impotencia y frustración que haría perder los estribos hasta a Teresa de Calcuta, pero espero se comprenda que si insisto sólo lo hago compulsado por el sentido de la urgencia, pues en esto nos jugamos grandes cosas como nación. Si hiero sensibilidades por no adecuar mi tono me disculpo de antemano, sobre todo si mi disculpa llega al corazón de un hermano desvelado por la libertad de Cuba.

El Maestro sentenciaba que los pueblos verdaderos están hechos de los hombres como son y no como deberían ser. Tendremos que arar el porvenir con estos bueyes; estos son nuestros ladrillos y con ellos habrá que levantar la casa, y un grito de guerra que salte de la garganta de un patriota siempre será un buen grito si le quita el sueño a los tiranos, ya se lance en Miramar o en San Isidro, pero tengamos bien presente, por el bien de la causa mayor, que para labrar la libertad a veces con la rabia no basta.

Por estos días asistimos al más reciente truco de prestidigitación castrista: acaba de anunciar el gobierno cubano que elimina aquella lista que definía las actividades autorizadas para ser ejercidas por el sector privado –llamado Trabajo por Cuenta Propia por fobia a esta palabra “maldita”– y en su lugar ha establecido otra donde más de 120 actividades permanecerán prohibidas para esa modalidad de gestión.

Enseguida salta el gatillo de la desconfianza cuando se vive en un país donde todo lo privado fue satanizado y todo fruto del trabajo individual estigmatizado, convertido casi en sinónimo de egoísmo e indolencia ante las necesidades comunes. Es cuando vemos que el mago con su artilugio hace desaparecer aquel listado absurdo de actividades permitidas y aparecer, como un prodigio, otro ¡de actividades prohibidas!, y ahí es donde despertamos, nos ponemos suspicaces, y nos preguntamos si no será acaso la misma mierda.

¿Cómo cambiará la actual dinámica del mercado laboral el haber eliminado una lista que pudo fácilmente ser publicada en la Europa de Carlomagno –porque todos los oficios autorizados tenían un franco perfil medieval– e implementar otra donde se siga vetando las profesiones propias del Siglo XXI que demandan formación universitaria –justo aquellas destinadas a tener un mayor impacto económico y social?

Si me preguntan diré que tal como están las cosas esa dinámica ha de cambiar muy poco, y que el impacto será muy escaso, o nulo, mientras el régimen de La Habana persista en sus confesas intenciones de coartar la gestión de la empresa familiar privada y castigar el éxito de su iniciativa.

Por supuesto no es gratuito el momento en que el gobierno cubano anuncia este alarde de apertura. El castrismo es un viejo zorro que sabe bien cómo y cuándo jugar sus cartas para lograr el mejor golpe de efecto; ya ha escuchado que a Jon Biden le ilusiona la idea de empoderar a Liborio y por eso en La Habana se liman los dientes. Alguien debe alertar al señor Biden de que eliminar aquella lista no fue más que una celada, una invitación a la ingenuidad de Washington para que se abra de piernas otra vez, una trampa que sólo servirá para que 10 millones de cubanos confirmemos, cuando pasen unos meses, que esta dictadura cuyos genes dictan una perpetua cruzada contra cualquier atisbo de individualidad nunca cederá al respecto.

Espero encontrar entre las más de 120 actividades sobre las que persistirá la prohibición a las principales profesiones, entiéndase la abogacía, las principales ingenierías, las de ciencias pedagógicas de más alta gama, de informática, y por supuesto todas las vinculadas a la Medicina y la Estomatología, así como todo lo que implique acceso a la gestión de finanzas. Pero más allá de eso, todos sabemos que en Cuba del dicho al hecho siempre suelen ir grandes tramos, y de nada valdrá esta “apertura” si el régimen insiste con la misma tozudez en boicotear al sector privado. Tómese como tímido botón de muestra la limitación del ejercicio de la Veterinaria a la atención de animales afectivos ¿? como si esta ciencia no fuera extensiva al resto del reino animal.

Si algo ha signado siempre al castrismo ha sido la demagógica inconsistencia entre lo dicho y lo hecho. Recordemos como el mago ayer me dijo que yo, campesino, sería dueño de la tierra que confiscó en nombre del pueblo, pero más tarde me obligó a asociarme en cooperativas y me privó de todos los derechos; me dijo que yo, pequeño emprendedor, podría administrar mi propio restaurant privado, pero enseguida me soltó los perros e interpuso tantas trabas que me hicieron desistir; me dijo que podría estudiar gratuitamente Medicina y en apariencia así fue, pero después trabajé durante décadas por 20 dólares mensuales, hice mil guardias gratis y en la misión oficial de colaboración en el extranjero me robó ¡con creses! toda aquella “gratuidad»; luego me aseguró que yo, trabajador en fin, ya podría comprar un auto, y para demostrarlo me ofertó carcasas chinas usadas en 35000 dólares.

Este mago, típico jodedor criollo, me dijo un día que yo, obrero humilde de este siglo, ya podía acceder a Internet, pero hasta hace prácticamente meses me obligó a conectarme bajo el sol en un parque, y hoy, ya más cómodo en mi casa, me cobra ¡el triple de mi salario! por 30 horas mensuales de pésimo servicio censurado. Este augur asegura que reformó la ley migratoria, cuando se reserva el derecho de permitirme salir de mi país o regresar a su antojo y me “regula” cada vez que quiere; en fin, un prestidigitador magistral este pillo que nunca te da la última en su juego surrealista donde nada es lo que parece; juego en el que no ganarás jamás porque nunca sabrás cuál as se guarda bajo la manga para, al final, siempre joderte de algún modo.

Joe Biden no parece impresionado con la evidencia aplastante de que la apertura Obama en nada empoderó al pueblo de Cuba, pero como el castrismo siempre ha apostado por crear una semántica propia para maquillar sus dislates ya nos tiene largamente acostumbrados al desenfrenado uso de eufemismos. El más acusado de todos sería el que, por su carácter fundacional, abonó el camino para la posterior entrada triunfal de todos los demás, y fue llamarle Revolución al desastre que le siguió a la guerra de liberación contra la dictadura batistiana.

Como revolución en términos históricos implica evolución, salto hacia adelante, progreso y conquistas sociales en beneficio del pueblo, redunda exponer aquí por qué la cubana dejó de ser una Revolución auténtica en cuanto Fidel Castro se pasó por el arco del triunfo las aspiraciones de mi pueblo y lo traicionó hasta atornillarse al poder, por lo que sigue siendo impropio llamarle revolución a este brutal retroceso hacia el Siglo XIX, provocado por una gerontocracia cuyo auténtico logro fue crear, en su fútil busca del “hombre nuevo”, a un ser anodino cargado de dobleces, capaz de traicionarse a sí mismo a cambio de un televisorcito chino.

Las revoluciones auténticas no duran 60 años, sino que una vez consumadas sólo pueden seguir uno de dos caminos divergentes: evolucionan de modo natural hacia un genuino Estado de Derecho, o en su lugar bogan inexorables hacia el pantano de la dictadura. Fidel Castro eligió el segundo trillo, y cuando el producto de su egolatría le estalló en el rostro, para disimularlo rebautizó a la criatura y decidió, con graciosísimo eufemismo, llamarle “Período Especial en tiempos de paz” a la peor pesadilla conocida bajo su régimen hasta los 90, por eso, y como hijo de gato siempre caza ratón, es tan natural que hoy Raúl Castro, por boca de su pelele, nombre “Período coyuntural” al irreversible agravamiento del moribundo; coyuntural cuando sabe que no tiene solución ni salida posible!!!???… ¡Cosas de prestidigitadores y locos!

Si en los 80 Fidel Castro llamó a su sarta de locuras e improvisaciones “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” –desesperada respuesta al inminente “desmerengamiento” socialista en Europa– entonces ¿por qué no llamarle hoy “Reordenamiento” a esta locura de subir salarios y precios indiscriminadamente, ignorando todas las máximas económicas modernas, sin ningún respaldo en la producción y la oferta –lo cual no hará más que agravar una inflación ya galopante.

Toda una locura, pero quien por su gusto muere, la muerte le sepa a gloria. Ahora bien, que nadie se llame a engaños, porque el mago, en su afán de deslumbrar a Biden, puede sacarse todavía más sorpresas de la chistera, aunque ya en esta Cuba tan anegada en desesperanza y hastío nadie le crea su cuento chino ni sus trucos de feria. Ya le pillamos la falsa al prestidigitador, conocemos sus traquimañas de esquina y estamos cansados de sus promesas de oro a cambio de espejos, de sus bagatelas para ingenuos turistas que no comprenden que algunos vicios nunca tendrán remedio.

Tan acostumbrados nos tiene el castrismo a sus autocráticos leñazos que siempre reaccionanos igual cuando las autoridades cubanas anuncian con sospechosa solemnidad algún “conjunto de nuevas medidas”, entonces, sin poder evitarlo el cubano de a pie se lleva las manos a la cabeza y entra en ese estado de zozobra que precede la llegada de un soberbio huracán. Es un elemental reflejo condicionado, una sensación inevitable, y como para no faltar a su vieja costumbre Raúl Castro acaba de dejarnos su regalito de despedida: un combo diseñado en las galeras del Consejo de Estado con el contubernio del politburó que ennegrece el horizonte y nuestro dantesco futuro.

Durante el año que concluye fuimos testigos de cómo la tecnocracia castrista tapió las puertas al sector privado que abastecía al mercado informal mediante mulas que importaban ropas, calzado y otros insumos, y vimos como llena de mala saña impuso las onerosas tiendas MLC –operadas mediante tarjetas magnéticas sólo recargables desde el extranjero– para acaparar toda la divisa en sus arcas y limitar en todo lo posible su circulación en la isla. El resultado fue una devaluación cambiaria del CUC y del CUP que batía récords históricos al cierre del año. Esta medida resucitó las diplotiendas de los 80´ y no haría más que allanar el camino al segundo paso de un plan eufemísticamente llamado de “unificación monetaria”, postergado desde 2011 y destinado a subsanar un mal que mantuvo inoperante la gestión empresarial con su grave distorsión durante casi tres décadas.

Eufemística “unificación” porque cuando el devaluado CUC nos diga adiós en enero/2021 el país quedará, en términos prácticos, nuevamente con dos monedas dado que la dualidad CUP/DIVISA sustituirá a la dualidad CUP/CUC hasta ahora vigente –descontada la certeza de que las tiendas MLC, aun precariamente, serán las únicas abastecidas. O sea, que la pretendida “unificación” será más ficticia que real y nada resolverá, como tampoco valdrá de nada abandonar la nefasta práctica de igualar sólo en las transacciones empresariales la relación 1 CUC/1 CUP porque la nueva tasa a ser utilizada de 24 CUP/1 USD tampoco será realista, sino una arbitrariedad más que continuará distorsionando los índices productivos.

Pero como si fuera poco Raúl Castro cierra este año gris con broche de mierda y lanza un último libretazo llamado a jodernos la vida al 95% de los cubanos. Porque nada más puede pensar un jubilado, por más que le quintupliquen su chequera mensual, si igual ve quintuplicada su tarifa eléctrica y aumentado en igual grado el costo del alimento en su canasta. De nada servirá lanzar a circular millones de pesos condenados a devaluarse en el acto sin el respaldo de una adecuada cobertura de la demanda pues tendremos en las manos moneda falsa, papel volátil, y todo quedaría en el intento inútil de paliar el temporal sin atender su esencia.

Condenada sin remedio a fracasar llega a destiempo esta política que ni siquiera menciona medidas dirigidas a emancipar la actividad de las pymes, a estimular y proteger al pequeño empresario o al productor agropecuario, ni al producto de su trabajo, o a dotarlos de una personalidad jurídica que permita legalizar un comercio ordenado y contemple un sistema universal, igualitario, justo y sensato de tributación; entonces, y sólo entonces, otro gallo cantaría.

Mención aparte merece en este bodrio, por ser una arbitraria inmoralidad, lo que devino en la guinda del pastel para la emigración cubana: la obligación de tributar a La Habana el 4% del ingreso mensual bruto devengado por su trabajo en el extranjero mientras se detente la condición migratoria de residente permanente en Cuba, aun cuando no se radique de forma permanente en el país. La medida, contemplada en la Ley 113 desde 2013 (fea cábula) entraría en vigor a partir de enero de 2021, decisión que ha sido recibida con franca hostilidad por nuestros emigrados en todo el sistema solar y sus familias en Cuba.

Esta leonina imposición es un atraco a mano armada y será muy difícilmente asimilable para quienes no radican físicamente en la isla, sino que visitan a su familia durante unos días cada año y son residentes permanentes sólo en términos migratorios –lo cual es, por supuesto, pura semántica– y que por tanto hace años, o décadas, no hacen uso efectivo de servicios públicos en la isla sino eventualmente, cubanos que además se dejan la piel trabajando en el extranjero bajo disímiles circunstancias para sostener a sus familias fuera y dentro de Cuba, pero que sobre todo –y en esto radica la gran cuestión– se saben tributando ya en esos respectivos países, donde por supuesto pagan un seguro social y sí hacen uso efectivo de los servicios públicos. Esta doble tributación que ahora exige el régimen de La Habana es inaceptable, y jamás encajará en la lógica de un emigrado que además deba tributar por partida doble para el mismo oprobioso régimen que le empujó a abandonar su tierra.

Otras medidas menos radicales, por supuesto habrá, que podrían estudiarse para cubrir gastos del cubano que no desea cambiar su condición migratoria porque visita eventualmente la isla mientras reside en el extranjero –existen seguros de viajes, posibles tarifas diferenciadas durante sus visitas para determinados servicios, por sólo citar ejemplos– pero algo muy diferente presupone meter la mano en el bolsillo de los emigrados cada mes, porque en este caso estamos ante un excesivo abuso, es un auténtico atraco a mano armada, y evidencia la mala fe de quienes otra vez chantajean con prohibir al emigrado la entrada a su propio país –pues tal será el castigo del insubordinado– y toman como rehenes a millones de familias en Cuba cual moneda de cambio en esta jugada sucia del estalinismo tardocastrista.

Aunque llamarle libretazo a este desatino sólo cobraría sentido a la luz de la chanza criolla, porque evidentemente estamos ante un combo de medidas tan draconianas como bien premeditadas. Algo tan abarcador y de implementación tan compleja sólo puede obedecer a una resuelta intencionalidad y ser producto de la perversión de algún bien oportunista hijo de puta. Algo así implica la resuelta decisión de jodernos la vida, y viene a ser la tácita respuesta para quienes aún no comprenden por qué Raúl Castro dejó sin ratificar aquellos Pactos de Derechos Civiles y Políticos, y Económicos, Sociales y Culturales que en un rapto de alarde pueril y derroche de consumada demagogia firmara Fidel Castro en febrero de 2012.

¿Resolverán estas medidas el problema cubano? Que no será así lo dejó bien establecido el mismísimo secretario de Raúl Castro, su pelele Díaz-Canel, y todos lo tenemos claro. ¿Aliviarán algo las carencias de nuestra mesa, o llenará alguna canasta básica? Esa respuesta en Cuba la saben hasta los parvulitos. ¿O acaso no harán más que agravar la deuda pública y comprometer aún más el ya astronómico déficit presupuestario? Eso lo entiende hasta el que asó la manteca. ¿Acaso aumentar salarios sin un respaldo productivo y sin un aumento proporcional de la oferta no es igual a llenar un valde sin fondo y sólo devaluará aún más brutalmente la moneda en curso? Es algo que aprende hasta el alumno menos dotado desde su primera clase en cualquier facultad de Economía, incluso en la Universidad de La Habana.

Es obvio que el más recalcitrante castrismo optó por seguir arando en el mar. La camarilla de secuaces oportunistas en el poder guarda la certeza de que esta no es más que otra paja mental, y lo saben porque también sobradamente saben qué cabría hacerse para sacar al país del atolladero. Claro que lo saben bien, pero la alternativa que contempla deponer sus privilegios de clase y devolver al pueblo sus auténticos derechos, iría en detrimento de su egoísta y aburguesado modo de ver el mundo.

Aunque nada más cabría esperarse del castrismo, sino que persistiera hasta el final en su antológico parasitismo. Pero estos delirios pueden ser su último estertor, la confesión definitiva de un régimen agónico que se sabe fracasado, que se reconoce incapaz de generar riqueza y por eso sale a robarla al mundo. Para la ocasión sola se pinta la máxima de Luis XV, que con él pareciera repetir el octogenario castrense menor cuando tira todo a la mierda mientras piensa –si acaso piensa todavía– ¡después de mí el diluvio!… y los cubanos ¡que se jodan!


Aunque muy larga es la saga de engaños del castrismo, un par de noticias recientes son ilustrativas y ejemplifican muy bien su naturaleza inmoral: Argentina, en medio de inútiles esfuerzos, ha reclamado a La Habana 1300 millones de dólares adeudados por el gobierno de Fidel Castro desde 1973, mientras España acaba de frenar, por impagos, la condonación de otra deuda de 160 millones de euros reestructurada en 2015 bajo el gobierno de Mariano Rajoy. Entre los momentos en que ambas deudas fueron contraídas hubieron de transcurrir varias décadas, sin embargo se comprueba como en ese prolongado lapso de tiempo se mantuvo intacta la que ha sido una constante durante toda la evolución del castrismo: su archidemostrada capacidad para faltar a la palabra empeñada.

Que el régimen de los Castro siempre fue, es y será un sistema parasitario es una evidencia lapidaria. Ahí quedaron 30 años de financiamiento soviético y más de dos décadas de subsidios chavomaduristas malversados, para demostrarlo. Medio siglo de privilegios, de turbias gratuidades, de acuerdos favorecedores y pactos tras bambalinas que no se han traducido de algún modo en términos de prosperidad para mi pueblo, ni haya sido invertido semejante capital en la infraestructura de este país de edificios en ruinas, de almendrones y racionamiento eterno, avalan esa mala fama. Millones de cubanos son diarios testigos de que sólo ruina se ha acumulado a pesar de tan «generosas» regalías.

Sin embargo, si algo no le ha faltado al castrismo en esta historia de insano parasitismo obligado ha sido la suerte, porque hasta ahora cada vez que los Castro se vieron con el agua al cuello el destino, con algún golpe de timón, vino a salvarle los huevos. Extinta la era soviética, tras el sofocón de los 90 llegó Hugo Chávez para canjear petróleo por esclavos -en lo que ha sido quizás una de las mayores y la más duradera operación de lavado de dinero de la era contemporánea. Luego, muerto el líder y Venezuela en picada bajo la garra de Maduro, llega Obama y se abre de piernas, con lo cual Cuba se puso de moda por unos meses, tiempo suficiente para que los listillos de La Habana pactaran una jugosísima cadena de condonaciones.

Porque en cuanto Obama sonó la campana del bingo todos pensaron que Cuba se abriría por fin a los inversores, olieron la oportunidad fantasma y se abalanzaron salivando tras el espejismo hasta morder el anzuelo. De repente aquella maratón de imprudentes olvidadizos decidió perdonar antiguos desagravios: el Club de París condonaba una deuda de 8484 millones de dólares en intereses -comprometiéndose La Habana a pagar los 2364 millones restantes durante los siguientes 18 años- en tanto  Uruguay le perdonaba la menudencia de 50 millones, la España de los Meliá condonaba casi 1500 millones de euros, mientras un astuto Japón, más cauto, aceptaba perdonar dos tercios de su deuda y dejaba una propinita de 1.17 millones.

Varios precedentes, nada desdeñables, aún retumbaban en los estrados: sólo en 2011 China le había perdonado a Cuba ¡6000 millones de dólares! adeudados en préstamos, en 2013 México le perdonó 487 millones de dólares de deuda petrolera asumida 15 años antes, y en 2014 Rusia había renegociado su histórica deuda, contraída por La Habana bajo la égida soviética, que oficialmente ascendía a 35000 millones de dólares, y tras condonar ¡el 90% del total! convenió que el restante 10% -unos 3500 millones- ¡sería invertido en Cuba! ¡Vaya suerte la de esta gente de Birán! ¡Ah!… lo que Raúl Castro concedió a cambio de tan generoso trato ¿…? ya eso es harina de otro costal. Luego pasó el tiempo y pasó un águila por el mar, pero lo que nunca pasó fue la ineficiencia de ese régimen impuesto al pueblo cubano, las ominosas consecuencias de la desastrosa gestión de su gobierno indolente y corrupto y la ruina que ello genera.

Todos estos hechos y antecedentes han contribuido a que la profundísima crisis «coyuntural» atravesada hoy por Cuba sea acaso más penosa, más profunda aún y con peores pronósticos, que aquel eufemístico Período Especial del Fidel Castro de la primera mitad de los 90. Aunque son muchos los elementos que nos apoyarían al considerar ambos períodos como diferentes etapas de una crisis ininterrumpida que ya abarca tres décadas, y descontando, con muy buena fe, algún lustro de los 80 -salvedad sin la cual dicha crisis se habría perpetuado durante los últimos 60 años- cabría destacar varios elementos que otorgan algunos rasgos distintivos a la crisis actual.

En este momento, a un evidente vacío de liderazgo debido a la falta de capacidad y nulo carisma de Díaz-Canel -sometido al control que desde la sombra aún ejercen, apoyados por la línea más dura, los herederos del clan Castro- habría que añadir el agravante de que ya el mundo se la pilló con los truhanes de La Habana. Una vez caídos en la trampa ya quedaron todos definitivamente aleccionados sobre la verdadera catadura de estos jodedores criollos, por eso hoy por hoy -exceptuados el subsidio venezolano y las limosnas rusas o chinas obviamente condicionadas– será en extremo difícil que alguien se atreva a otorgar nuevos préstamos a una economía medieval en quiebra, de fuerzas productivas paralizadas, en continua e inequívoca involución, regida por cleptómanos, corruptos y gobernantes que huelen a estafa por todos sus costados, sin mercados demasiado atractivos y con una legislación que parece diseñada a la medida para espantar inversionistas.

Si a estas graves limitaciones, inherentes al régimen, se suman los nubarrones que oscurecen su horizonte norte y le recuerdan que la administración Trump sigue decidida a apretar los bornes, comprendemos por qué el tardocastrismo, puesto además ante un pueblo cada vez más agitado y molesto, se está viendo el trillo cada vez más color de hormiga. Esa encomiable saga de robos, estafas y escamoteos acumulada por estos pillos a lo largo de seis décadas deberían bastar para que nadie ponga en duda su mala fe, pero también además de un costo moral tiene un irreparable costo en credibilidad perdida, y la dictadura de un modo u otro pagará por ello -dictadura que haciendo gala indiscriminada de su vocación, a la hora de estafar no distingue entre países ricos del capitalismo desarrollado y hermanos pobres del tercer mundo.

Sólo cuando reflexionamos sobre estas millonarias e inmerecidas condonaciones, a pesar de lo cual el castrismo no deja más que la destrucción del país como legado, con una infraestructura anclada al siglo XIX y un pueblo más pobre y desgraciado que nunca, nos percatamos de cuán insondable ha sido el mal que nos ha provocado esta abominación.

Pero ya a nadie más podrán engañar los malhechores con sus lágrimas de cocodrilo. Como definitivo antídoto bastaría recordarles -como una estimación apenas de la envergadura del desastre- que sólo durante un reciente trienio entre México, Japón, China y Rusia eximieron a La Habana del pago de 40.000 millones de dólares -una suma que representa ¡el 50%! de su PIB actual- sólo para comprobar que tampoco esto sirvió de nada. Frente a esta evidencia nos invade la absoluta certeza de que la Historia de ningún modo podrá eximir a semejantes bandidos, sino que al final los condenará como lo que realmente fueron: unos auténticos ladrones que defalcaron hasta la saciedad el tesoro público de la nación de todos los cubanos.


Cuando el des-gobierno de Díaz-Canel anunció la apertura de algo más de 70 establecimientos a lo largo de todo el país para la venta directa en divisas mediante pago con tarjetas magnéticas, justificó su iniciativa en la perentoria necesidad de una rápida captación de divisas, a la vez que presentó su propuesta como una oferta «adicional», una alternativa que no afectaría, sin embargo, la oferta de mercancías en las tiendas operadas en monedas nacionales.

Las autoridades cubanas siempre insistieron en que esta sería una alternativa más, pero nunca dijeron que sería la única. En cambio, lo que han visto millones de cubanos, tan acostumbrados a escuchar promesas incumplidas, ha sido precisamente lo contrario: en pocos días se ha producido un cierre poco menos que virtual de las tiendas operadas en CUP y CUC. De hecho hoy por hoy las únicas tiendas medianamente abastecidas del país son estas operadas mediante pago por tarjetas magnéticas asociadas a cuentas bancarias en el extranjero -un requisito obligatorio, exigido por La Habana.

Estamos ante un evidente retroceso hacia la fatal dinámica de la triple moneda cuando en su lugar deberíamos avanzar hacia la imprescindible unificación monetaria -tan pregonada e incumplida antes por Fidel y Raúl Castro como ahora por su pelele- lo cual no hace más que afianzar la sensación de que estamos ante un país sin futuro, y que así será mientras la dictadura que lo atenaza gire erráticamente en círculos, sin brújula ni rumbo, patinando una y otra vez sobre su misma mierda.

Hoy vuelve el zorro sobre los viejos pasos, y asegura que sirve vino nuevo cuando en realidad fermenta el mismo orujo en odres viejos. Entonces vuelven a la memoria las puertas prohibidas de aquellas diplotiendas que hasta los 90 representaron para nosotros el Rubicón, el límite físico y metafísico de una ilógica frontera fijada por Fidel Castro, el horizonte de sucesos permitido al cubano común tras el cual intuíamos apenas el agujero negro de la abundancia capitalista, sólo accesible para los privilegiados, para aquellos suertudos que vivían en una realidad alternativa que jamás era la nuestra.

Cada día se hará más evidente que en estas nuevas tiendas -que el gobierno, sin duda, no hará más que multiplicar- sólo comprarán los suertudos de hoy, aquellos que detentan alguna «FE» (familia en el extranjero) o que gracias a alguna coyuntura vital hayan tenido la oportunidad, o el privilegio, de disponer de una cuenta bancaria fuera del país, y aunque ya nada debe sorprender de esta «revolución» de los humildes, por los humildes y para los humildes, esto es algo que no deja de ofender, porque una cosa sería implementar una red de tiendas destinadas a este tipo de pago y otra, bien distinta, pretender que ésta se convierta prácticamente en la única alternativa posible donde adquirir alimentos y aseo (hasta el momento) en medio de una carestía tan brutal y generalizada.

Estamos ante un juego sucio del régimen que detenta un monopolio absoluto del comercio minorista en todo el país, y cuyas diáfanas intenciones saltan a la vista: esta desleal estratagema persigue garantizar el ingreso por adelantado de divisas a las arcas de la dictadura sin ninguna garantía de que la mercancía luego adquirida en Cuba tenga una justa relación calidad/precio, ni si en realidad el Estado cubano será capaz de garantizar la oferta prometida de mercancías, aún cuando el depósito ya haya sido realizado en su cuenta de FINCIMEX. Y para colmo, el régimen pretende lavarse las manos, presiona a los emigrados y traslada hacia ellos su responsabilidad de garantizar la oferta de insumos de primera necesidad.

Este mecanismo, además, pretende evadir, o al menos minimizar, la tenencia de divisas hacia el interior del país, lo cual busca evitar su desvío hacia el extranjero mediante el extenso comercio informal de las mulas que hasta ahora ha importado y abastecido así al mercado negro. De este modo se evade en buena medida la intermediación de toda esa pujante economía subterránea, lo cual sin duda dejará algún que otro sector fuera de juego, pero también aumentará la demanda de divisas dentro de Cuba, lo cual terminará acelerando la devaluación de las monedas nacionales.

Este régimen de oprobio, movido por el profundo desprecio que nos profesa, siempre se las ingenia para interponer algún problema ante cada solución. Cierto que hace unos días el régimen retiró su gravamen del 10% sobre el USD, pero como bajo una dictadura nunca se gana, al final comprobaremos que, sumadas todas las comisiones, a quienes opten por este mecanismo se les terminará sangrando un suculento 15% de su dinero. Esta artera involución es sintomática de la desesperación de una dictadura agónica que divaga sin ruta clara a la vista, sin salida previsible para los acuciantes problemas del país, sin un proyecto viable de nación, y es una prueba más de que este tardocastrismo gerontocrático no dispone de la imprescindible voluntad política, ni de la capacidad mínimamente necesaria para solventar los graves problemas que seis décadas de desastrosa gestión han acumulado sobre las espaldas del pueblo cubano.

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