“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

No, Señor Administrador, Cuba no necesita hacer las paces con los Estados Unidos de Norteamérica para salir adelante, porque el futuro de este país no puede ser supeditado a la relación con ningún gobierno extranjero, sino que pasa por mantener una relación fluida e interactiva con la mayor cantidad posible de socios comerciales, mediante una economía dinámica genuinamente abierta al mundo, y en lo político tan independiente como naturalmente lo sugiere su condición de archipiélago, al margen de cualquier subordinación o chantaje.

Tal vez al pronunciar esta sentencia en su subconsciente reverberaban largas décadas bajo una dependencia absoluta de economías foráneas –llámese hoy chavomadurismo venezolano, como ayer estalinismo soviético– durante las cuales la naturaleza satelital inherente al régimen de La Habana hilvanó una ininterrumpida línea de parasitismo, sin la cual el engendro cubano habría colapsado en pocos años hundido por la indiscutible mediocridad de su arquitecto en jefe.

Sin embargo Cuba no necesita a pesar de todo, ni necesitará Señor, que la dictadura que Usted hoy regenta normalice sus relaciones con Estados Unidos. Cuba sólo precisa, y esto sí ingentemente, que quienes de un modo tan brutal la desgobiernan decidan normalizar las relaciones con su propio pueblo, y para ello no será necesario mirar al norte en busca de concertaciones con Washington, ni al sur para rapiñar el petróleo de Caracas; como tampoco al oeste remoto de Mao, ni al este postperestroiko de los nuevos zares. A Cuba le bastaría, para salir del abismo, con gozar de un pleno Estado de Derecho.

Bajo un auténtico Estado de Derecho los cubanos podrían agruparse bajo diferentes partidos, que desde su pluralidad propondrían disímiles salidas a los gravísimos problemas generados por la anquilosis de los octogenarios históricos, y podrían fundirse sobre bases sólidas los pilares de una democracia participativa. Esto generaría una pujante sociedad civil que conminaría a sus gobernantes a rendir cuentas por sus actos con seriedad y no como hasta ahora, erigidos en juez y parte. Pero como esto sería poco probable en términos prácticos, aquí le ofrezco, Señor Administrador, otra salida que como verá no implica la renuncia de su Gobierno, sino que sólo mejoraría el nivel de vida de mi pueblo.

Para esto bastaría con liberar el mercado interno, crear las condiciones legales que generen un clima contractual de confianza entre productores de todo tipo y de garantía para el fruto de sus esfuerzos; otorgar a todos estos productores y empresas privadas y familiares la necesaria personalidad jurídica que les permita gestionar con autonomía real su propio mercadeo dentro y fuera de Cuba, sin las interferencias que hasta hoy la atenazan, así como crear un sistema fiscal que garantice una tributación justa, universal y organizada de la cual nadie estaría exento.

Se debe autorizar y estimular sin cortapisas, e incluso priorizar sobre todas las demás, una inversión a gran escala de nuestros emigrados, algo completamente coherente con su derecho natural como cubanos, aunque también se debe abrir el país sin temor -previo rediseño del marco legal y siempre velando por los intereses de la nación- a la imprescindible inversión extranjera, pero sobre bases realistas y no bajo las leoninas reglas impuestas bajo la actual Ley 118.

Bajo normas sociales más civilizadas cualquier individuo, haciendo uso de una libertad de opinión real, podría denunciar cualquier abuso ante una prensa libre o iniciar un debido proceso judicial contra cualquier autoridad que transgreda sus derechos. Todo esto crearía condiciones idóneas para que en poco tiempo prospere nuestra mediana y gran empresa privada, tras lo cual en pocos años, nadie lo dude, se dispararían nuestros índices de desarrollo para bien de todos, y no para beneficio exclusivo de una rancia casta de neoburgueses. Pero esta nueva Cuba no florecerá mientras no cedan terreno los déspotas que hoy controlan los resortes del poder político, quienes perpetúan una autocracia cristalizada según el esquema mental del caracterópata que hace 60 años traicionó al pueblo, y esto, Señor, es un paso al cual no están dispuestos los dueños del garito.

Tal como se presenta la coyuntura, cualquier solución verdadera al problema cubano debe incluir que esa nomenclatura histórica que aún lastra nuestro avance abdique definitivamente de sus funciones y se dedique mejor a criar jutías, cediendo paso a un gobierno renovado sinceramente reformista, que piense en grande como país y no como secta política.

Por eso puede Usted, Señor Administrador, comenzar por pedirle a sus patrones que de una vez por todas se aparten del camino de este pueblo que los detesta, y verá como en el transcurso de una sola generación el nuestro se convertiría en un país irreconocible, de economía próspera y pujante, porque muy grandes son nuestras ansias de libertad, limitadas no tanto por el embargo que desde afuera se granjeara el discurso litigante de Fidel Castro, como por el bloqueo interno que Usted recién acaba de reconocer como quien descubre el agua fría.

Aunque, por abreviar, bastaría que su gobierno, Señor Administrador, ratificara los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que por camaleónica cobardía engavetara Raúl Castro una vez firmados hace más de una década, lo cual implicaría, por supuesto, su obligatorio carácter vinculante con la Ley vigente, de modo que tomen cause efectivo para millones de cubanos todos esos humanos derechos.

Señor Administrador, cuando dejemos de ver fantasmas detrás de cada cepa de plátanos otro gallo cantará. ¡Apartemos a los dictadores y veríamos con orgullo como el mundo hablaría en pocos años del milagro cubano! Pero que esto suceda nunca dependerá de normalizar relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, sino de la exacta medida en que el Gobierno tardocastrista que hoy Usted tan dócilmente gestiona abandone su praxis de matón de barrio, deje de comportarse como un Estado policial totalitario y decida coexistir en paz con su propio pueblo.

En fin, y dicho en menos palabras, comience por replantear desde los cimientos toda la estrategia política y económica del país para romper con este inmovilismo atroz y propicie condiciones que permitan emprender entre todos los hijos de la patria, desde dentro y fuera de la isla y sin distinción de credos, el impostergable camino hacia el desarrollo de la nación cubana.

En días recientes se “oficializó” la postura del gobierno cubano con relación al uso de las redes sociales y sitios digitales en nuestro país. A partir de este momento las autoridades de La Habana decidieron regular aún más la actividad en estos espacios mediante una legislación que sanciona a todo aquel que, según criterios oficiales, desde redes sociales o sitios digitales pretenda “…difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas…“, y de igual modo prohíbe la administración de todo sitio cuyo servidor primario opere fuera de Cuba bajo pena de multa de hasta 1000 CUP.

Ya antes habían trascendido las polémicas medidas anunciadas por el Ministerio de Comunicaciones para “autorizar” –léase en realidad limitar y controlar– SNet, la extensa red offline que durante años ha operado clandestinamente en Cuba, limitando la potencia de sus equipos a un máximo autorizado de 100 milivatios, lo cual en la práctica implicaría su eventual colapso. Si a aquella le sumamos ahora esta nueva prohibición de emitir libremente contenidos “…contrarios al interés social…” –uno de esos sacos donde cualquiera y cualquier cosa caben– desde redes públicas, entonces ya vislumbramos mejor la mano peluda detrás de la cuna.

Estas medidas denuncian el evidente terror que despierta en el régimen cubano el poder de movilización y denuncia de estas redes, y evidencia a las claras por qué hasta hoy ha hecho, y continuará haciendo todo cuanto esté a su alcance para retrasar cuanto le sea posible la penetración de Internet en nuestro país, y esto únicamente a cuentagotas, dando por descontada la más estricta censura, manteniendo un sistemático espionaje doméstico y de cuanto dato entre o salga de Cuba; y todo a expensas de precios prohibitivos para el común de los cubanos.

Aunque los oligarcas de La Habana le temen a una potencial versión tropical de la primavera árabe, sin duda advierten que un modelo de control cibernético a la norcoreana sería algo demasiado burdo en nuestro contexto, pues resultaría perturbador en exceso para un turismo en evidente desaceleración y perpetuaría incómodas algaradas en muchos foros físicos y virtuales. Por eso los chicos de la Plaza han optado por una estrategia de contención alternativa, menos escandalosa, pero sobre el terreno casi tan eficaz como aquellas.

Con esta variante elegida la dictadura castrista se decanta por la mixtura que conjuga, en dosis variables según la necesidad táctica, un totalitarismo al estilo de Beijing y una praxis estalinista, para nada extinta, con el inequívoco sello de la KGB: entiéndase la censura sistemática de contestatarios y la movilización perpetua de legiones de trolls, hábilmente combinadas con la represión física contra activistas disidentes y la prensa independiente, así como la aplicación de leyes que castiguen con severidad “delitos” que lo son sólo por cuanto hacen valer derechos vetados por un Estado policial.

Y aunque hasta ahora las potencialidades de las redes sociales en Cuba no hicieron más que insinuarse, ya con esto bastó para que algún cagalitroso accionara el botón de pánico en el retrógrado Buró Político del Comité Central y las frías oficinas de su despreciable policía política, sin duda donde mejor calibran la situación, porque es donde mejor informados están sobre la frustración generalizada que en la calle se respira y la magnitud real del odio que en el pueblo cubano inspiran quienes lo avasallan y desgobiernan.

Sin embargo hasta el momento apenas asistimos a las habituales denuncias de allanamientos arbitrarios y constantes arrestos de corta duración, al aluvión inmisericorde de burlas contra el General Jutía Fría chochando con el avestruz, o a la indiscutible tendencia impuesta bajo la etiqueta #BajenLosPreciosDeInternet que ha denunciado reiteradamente las abusivas políticas del monopolio ETECSA, entre otras nimiedades.

Aunque las consecuencias no han sido siempre virtuales: también fuimos testigos de cómo el pasado 12 de mayo las redes sociales fueron determinantes en la irreverente movilización de la comunidad LGBTI habanera que desembocó en una escandalosa, y bien física, operación represiva organizada por la Seguridad del Estado en el Paseo del Prado, y esto… ya huele a quema´o. Al parecer se le colmó la copa a un poder para nada dispuesto a tolerar discrepancias, ni físicas ni virtuales.

Varias señales evidencian que la dictadura cubana sigue atrincherada en los 60: la reciente imposición del Decreto Ley 349 que, aún atemperado, coarta seriamente la libertad creativa, o la enmienda impuesta en la recién aprobada Ley de Cine de que será la mano peluda quien a fin de cuentas otorgará dichas licencias. Aunque toda esa intransigencia podría encontrarse mejor sintetizada en la penosa arenga del administrador Díaz-Canel en vísperas del Congreso de la UNEAC –copia casi al carbón de las célebres “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro– percibida por muchos como una velada amenaza.

Aunque en realidad lo que se avecina ya ha sido practicado antes por el régimen y ampliamente conocido y sufrido por la disidencia. Aquí lo único nuevo es el anuncio oficial, y como este sitio opera desde WordPress, plataforma cuyos servidores por supuesto no están en Cuba, no pude evitar darme también por aludido, después de lo cual queda poco por agregar.

Por eso serán breves mis palabras finales, que espero comprenda bien cada ciberclaria y cada represor: este humilde blog es territorio de pensamiento libre, donde ejerzo mi humano derecho de opinar según sinceras convicciones, y ningún tirano tiene sobre él potestad alguna. Este sitio permanecerá abierto y activo mientras en mi patria continúe rigiendo un poder de facto que violente los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de mi pueblo.

Hoy vivo temporalmente fuera de Cuba, pero si a mi definitivo regreso todavía rigiera esta leonina regulación no me supeditaría a ella, y cada palabra aquí dicha sería mantenida contra todas las banderas. Quien administra Ciudadano Cero está dispuesto a defender su derecho a la libre opinión, desde cualquier lugar y hasta las últimas consecuencias.

Ah!… dicho sea de paso: yo, como José Daniel Ferrer, tampoco pagaré multas.

Hace varias semanas recibimos conmocionados la noticia de la tragedia del río Armila. En la noche del pasado 23 de abril decenas de familias cubanas enlutaban cuando más de medio centenar de jóvenes, que subían rumbo al norte rompiendo selva panameña, murieron arrastrados por una repentina crecida.

A pesar de su evidente dramatismo la grave noticia encontró, sin embargo, relativamente poca resonancia en la prensa internacional y en sitios de Internet, lo cual evidencia a las claras por qué se puede considerar el problema cubano más profundo y de más difícil resolución que otros conflictos regionales ahora en boga, entiéndase las muy lamentables situaciones de Venezuela y Nicaragua bajo sus respectivas dictaduras.

Tal vez si estas muertes se hubieran suscitado entre jóvenes de estos dos países la tragedia habría cobrado mayor impacto, pero cuando la noticia versa sobre cubanos huyendo del castrismo se le resta relevancia porque más de medio siglo de dictadura siempre cobra su cuota de desgaste. Al parecer hoy la muerte de nuestros emigrantes conserva todos sus matices trágicos sólo si se sufre dentro de un hogar cubano desde la perspectiva del padre destruido o del niño huérfano.

Las autoridades cubanas, por supuesto, miraron a otro lado. En su cínica lógica este Panamá no parece el mismo al que cierta gritona de la UJC viajó con su humilde salario de psicóloga para boicotear la Cumbre de 2015: para la dictadura aquella es un modelo y estos no son más que gusanos muertos.

En contraste con esta nueva masacre del Castrismo hace pocos días trascendió una “nueva postura” del régimen: los oligarcas de la Plaza recién aclararon a sus emigrados que en su draconiana Ley 118 de Inversión Extranjera, vigente desde marzo de 2014, en realidad no se les excluye de poder invertir en su país, pero acto seguido, atajando a los entusiastas, recuerdan que el convite sólo vale para quienes residan y tengan asentado su capital en el extranjero.

De más está decir que con semejante acotación se continúa excluyendo al sector privado que dentro de la isla puja por sobrevivir no gracias, sino a pesar de las zancadillas interpuestas por un sistema tan retrógrado como el primer día, obcecado en demostrar que es en su empresa estatal socialista donde se incuba ese futuro luminoso que nunca llega.

Estas dos noticias, aparentemente inconexas, evidencian la complejidad de una sociedad anquilosada cuya dictadura no sólo coarta las libertades civiles y políticas de mi pueblo sino que, por natural extensión, también atenaza con mano de hierro sus derechos económicos.

Aun así durante los últimos años se ha incrementado la tendencia de algunos cubanos que después de vivir durante un número variable de años en el extranjero –como norma completamente desentendidos de la realidad interna de la isla y sin hacer ningún intento por retener su ciudadanía– optan ahora por regresar a residir definitivamente en Cuba, mediante un insultante proceso denominado “repatriación”, humillante eufemismo acuñado justo por quienes le han privado del derecho a viajar y regresar libremente, como si la patria le perteneciera sólo a ellos y no a todos.

En lo personal no logro comprender bajo cuál misterioso razonamiento quienes un día emigraron aguijoneados por sueños de prosperidad y desde la completa certidumbre de que jamás la lograrían bajo un régimen policial totalitario, concluyen que sólo porque regresan con unos dólares ahorrados –ya sean miles, o decenas o cientos de miles, en este caso la cantidad es intrascendente– hoy tendrán más garantías de éxito.

Deben recordar los ingenuos que todavía en cada cuadra hay una comitiva de chivatos, y ya sea por retorcida convicción o primitiva envidia, informará todos sus pasos en cuanto ponga un negocito. Hoy los malabares necesarios para conseguir insumos en el mercado cubano, ya sea formal o informal, reduciría a rango de aficionados a las estrellas del Cirque du Soleil, y en su barrio le espera ansioso un ejército de corruptos inspectores estatales y policías afilándose los dientes para extorsionarle; que no existe manera humana de llevar un negocio en Cuba dentro de la legalidad porque la ley que esto regula está exquisitamente diseñada para evitarlo, y todo tendrá que transcurrir de forma tan ilegal y oculta como cuando partió, un caso entre tantos, con el éxodo del 94.

Cierto que cada cual conoce su propio maleconazo y cada quien comprende sus razones, pero nadie debe pecar de ingenuo suponiendo una falsa distensión de las autoridades después del espejismo de la era Obama, porque más temprano que tarde chocará con una realidad tan asfixiante como la que antes le hizo huir. Esperar algo diferente sería construir castillos en el aire.

Y no se trata de que ahora Trump retornara a posiciones de fuerza, no; Cuba se mantiene estática porque la dictadura de Fidel y Raúl Castro -ahora con el nuevo administrador Díaz-Canel al umbral de la puerta, pero con los mismos dueños- sigue atrincherada en el mismo punto y apostando por la pobreza de mi pueblo como arma estratégica de control para mantenerse en el poder.

Probablemente a estas alturas muchos repatriados sopesan arrepentidos la posibilidad de dar marcha atrás a la película, y llegado a la conclusión de que bajo tales circunstancias no basta con poseer capital, sino que se debe vivir bajo instituciones que protejan y estimulen con sincero entusiasmo a productores y pequeñas y medianas empresas –razón extrapolable a los inversores pesados a gran escala necesarios en la Cuba de hoy.

Quien estudie esa Ley de Inversión Extranjera advertirá que no hace ningún guiño a la emigración, que ni siquiera insinúa alguna prioridad o trato diferenciado, como se esperaría. Más bien los dueños del tugurio colocan el parche antes que el descosido y aclaran que todo será en igualdad de condiciones: también en nuestro caso intermediará la Empresa Empleadora estatal para embolsarse el 90 % de los salarios; las autoridades cubanas designarán sin excepción a cada operario e ingeniero de esas empresas -entre los cuales infiltrará sus secuaces la Seguridad del Estado- y se reservará para sí el 60 % de los beneficios.

Tal desfachatez plantea reglas de juego tan desleales que hasta el momento nadie muerde el anzuelo, y ahí se mantiene ociosa y empolvada la Zona Especial de Desarrollo de Mariel como testigo –proyecto que hasta el momento ha atraído apenas el 15% de las inversiones y ganancias esperadas por los Castro.

Entonces la pregunta se desprende: ¿por qué si la Ley de Inversión Extranjera no ha logrado atraer al resto del mundo atraería a una emigración cubana que conoce al pájaro por la cagada? ¿Qué hace suponer al payaso Bruno Parrilla, al camaleónico Malmierca, al administrador del garrito Díaz-Canel, y a su jefe Raúl Castro, que los emigrados caerán en una trampa que conocen mejor que nadie?

¿Por qué se arriesgaría el empresariado cubano del exilio, bajo las circunstancias actuales, a sabiendas de que toda ganancia irá directamente a financiar los medios represivos del castrismo? ¿Por qué nuestro emigrante opta por pagar 10000 dólares a las mafias del estrecho de la Florida o Centroamérica y ni siquiera considera invertirlos en su país? ¿Por qué sus parientes de Miami siguen igual razonamiento cuando le apoyan?

¿Acaso los tercermundistas que suben por la misma ruta del coyote se arriesgarían al temerario lance si tuvieran 10000 dólares para financiar un negocio familiar? ¿Qué poderosa razón convence a los cubanos de que ningún capital vale en esta Cuba en ruinas que dejan compulsados por la desesperación? ¿Cómo entender que durante los últimos años los cubanos sacaran del país, para compras en el extranjero, más de 2300 millones de dólares anuales para abastecer su mercado negro –cifra “casualmente” similar a los 2500 millones anuales que los expertos fijan como ritmo de inversión externa que precisa Cuba para salir del aprieto? La similitud de estas cifras denuncia la envergadura del absurdo.

En todo esto debe pensar el emigrado cubano cuando se plantee regresar. Si en su empeño lo animan la añoranza por los pequeños detalles y simplemente prefiere quedarse con esas tantas cosas que muy bien pueden arropar su corazón romántico, pues vale, ¡muy bien! Nada más natural que el deseo de retornar a la semilla y al hogar, por más que realidades como la nuestra lo hayan desvirtuado, pero jamás debe emprender su viaje de regreso con la ingenuidad de suponer que en Cuba algo haya cambiado: debe hacerlo con la certeza de que en los prados de su niñez hoy encontrará tierra quemada, y un país que en muchos aspectos ya recuerda demasiado la fase más oscura del período especial de los 90.

Debe saber el futuro “repatriado” que regresa a un crudo campo de batalla. Lo prueba más de medio centenar de cadáveres cubanos tragados por la selva de Darién, como clarísima advertencia. Y todo mientras la dictadura asegura que no pasa nada, que la tensión será cuestión de pocos meses, que no debemos temer al hambre pues para eso rollizos generales garantizan a todos carne de jutía y leche de avestruz, que no hay que preocuparse ni andar resucitando fantasmas porque el período especial ya fue sepultado gracias a las brillantes directivas dejadas por el iluminado Fidel Castro.

Y para colmo ahora nos dicen que los emigrados pueden invertir en Cuba, lo cual sólo debe ser interpretado como una prueba de desesperación viniendo de un régimen que nunca dejará de despreciarnos. Lo que no dicen los déspotas es que una vez invertido su dinero, fracasado su negocio y decomisados sus bienes, ante nuestro repatriado quedarán servidas dos únicas opciones: o termina en prisión o vuelve a intentar desesperado la misma ruta del Darién. Por suerte nos queda la certeza, o la esperanza, de que Liborio podrá ser pobre, pero no comemierda.

Me permitiría llamarle hermano, aunque no me conozca. Le bastaría saber que soy un médico cubano graduado en La Habana en 1994, tres condiciones que hicieron que me conmovieran los sucesos protagonizados hace algunos días por él y el resto de los estudiantes congoleños en la Residencia Estudiantil de la Facultad Salvador Allende.

Durante mis años de becario en G y 25, mientras estudiaba en la Facultad Calixto García a inicios de los 90, conocí a no pocos estudiantes africanos, entre ellos algunos congoleños, y les recuerdo como buenos estudiantes, generalmente enfocados y tranquilos, educados y afables, buenos compañeros y amigos.

Por eso las protestas ahora protagonizadas por esta generación me convencieron, desde sus primeros momentos, de que muy buenos motivos debieron tener para que se exacerbaran así los ánimos. Luego trascendió que durante meses se habían reunido con cuanta autoridad les fue permitido para intentar solucionar algo a todas luces injusto, recibiendo sólo evasivas como respuesta, y entonces las razones comenzaron a aflorar.

Luego vimos como la prensa oficial cubana, con su habitual cinismo, hablaba en términos de “retraso”, cuando en realidad se trata del descarado impago de ¡27 meses del estipendio de cientos de estudiantes!, quienes saben que ese dinero debió llegar cada mes a sus manos en virtud de un convenio claramente pactado, y que además infieren –lo cual es más indignante aun– que ese dinero tal vez fue desviado, con un grado muy alto de certeza, hacia el bolsillo de algún que otro funcionario corrupto.

A nadie sorprende escuchar un eufemismo tan ofensivo de la prensa oficial cubana, porque ya forma parte del habitual impudor de este engendro controlado por los mismos déspotas de la Plaza que ya para ese momento habían enviado contra estudiantes indefensos a sus tropas represivas de élite, cagándose de paso en la ya extinta autonomía universitaria.

Nada pone más nerviosa a cualquier dictadura que una protesta pública, del tamaño que sea. Pero cuando esos escuadrones de tropas especiales se desplegaban amenazantes frente a su facultad, no era en realidad contra esos jóvenes congoleños que iba dirigido el mensaje; esos estudiantes, a pesar de sus muchas razones, protestaban de forma pacífica. Ese mensaje de intimidación iba directamente dirigido contra el subconsciente del pueblo cubano, y fue lanzado por una dictadura experta en ejercer todo género de violencia física y psicológica.

Fue un mensaje diáfano y claro: no se hagan los simpáticos, las protestas públicas están terminantemente prohibidas en la Cuba de los Castro, so pena de recibir la más impune y devastadora paliza. Se lanzaba de ese modo una clara advertencia a todo el pueblo cubano justo ahora que el régimen castrista atraviesa una de sus más profundas crisis económicas y políticas, mientras Caracas se tambalea y la credibilidad de La Habana toca fondo, por todo lo cual temen en punto cero que se generalicen protestas semejantes debido a la injustificable pobreza acumulada después de seis décadas de oportunismo y desidia.

La dictadura cubana es demasiado astuta como para no percatarse de que tiene el culo encima de un polvorín, sabe muy bien que mi pueblo le odia hasta los tuétanos, y como le teme a este pueblo exhibe, aun gratuitamente y cada vez que la oportunidad se presenta, toda su potencial brutalidad represiva.

No le importaba a los represores de La Habana, en ese tenso minuto, el fondo de las demandas. Ninguna de las razones esgrimidas les conmoverían en lo absoluto: sesenta años de hacer oídos sordos frente a las necesidades de millones de cubanos a los que, cargados de demagogia, pregonan deberse, les han entrenado para ignorar olímpicamente cualquier queja de ese talante. Una vez más se trataba de reprimir por reprimir, porque esa es una cuestión cardinal de principios para toda buena dictadura.

Y para cereza del pastel por último escuchamos que alguien, a nombre de varios estudiantes, mediante mensaje en redes sociales magnificado por la prensa gubernamental, se disculpaba con el pueblo cubano.

A pesar de que las demandas fueron muy claras y estuvieron dirigidas exclusiva e inequívocamente al gobierno del Congo, la réplica de la prensa títere de La Habana no se hizo esperar y se explayó en acusaciones sin fundamento, lanzando gratuitas acusaciones sobre una presunta “manipulación política de los hechos por los enemigos de la revolución”, algo que en ningún modo obedecía a la verdad.

Ya imagino las presiones a que estarían sometidos, y al respecto todo temor está justificado. No olvidemos que la universidad en Cuba no es del pueblo, sino de los “revolucionarios”, recordemos las recientes expulsiones de varios estudiantes universitarios por motivos políticos, y que no en vano fueron nuevamente activadas en cada una de estas universidades centrales las tristemente célebres Brigadas de Respuesta Rápida. Y todo esto no ocurre en 1965, sino en 2019, lo cual establece una línea ininterrumpida de terror que cubre todo el período castrista, y ahí quedan los hechos para demostrarlo ante la Historia.

Pero lo dicho, dicho está, y le respondería yo: hermano, este pueblo bueno que hoy te acoge no necesita de tus disculpas. Más bien te agradece que le recuerdes con tu gallardía los tiempos pasados, cuando la escalinata universitaria fue un recinto sagrado; que existió alguna vez una FEU fundada por aquel Mella valiente asesinado por sus ideas, y luego guiada por un Echavarría a protagonizar el gesto más temerario de aquella Revolución, tan auténtica y necesaria entonces como traicionada más tarde por el gran demagogo, Fidel Castro.

De aquella FEU ya no queda nada, y lo habrá advertido en el cómplice mutismo que guardó, escondida en su ratonera, mientras los antimotines reprimían a sus propios estudiantes –pues la mayoría de esos estudiantes debe tener activa en ella su membresía, valga recordarlo– y es que hace más de medio siglo aquella FEU, como el resto de las organizaciones se su tipo en Cuba, quedó castrada y reducida a escombros, a su triste papel de hoy como una polea más al servicio exclusivo del Partido Comunista.

La represión sufrida ahora por estos jóvenes africanos es la misma largamente sufrida, durante seis décadas, por el pueblo cubano, que ha terminado exhausto de esperar justicia y sólo ha recibido, como ellos, promesas incumplidas, palabrería vana lanzada al viento por una casta de neoburgueses cuya presencia al frente de mi país es su mayor vergüenza. Este clan de viejos decrépitos, dilapidadores del tesoro público de la nación cubana, que anuncian eternamente malos tiempos, hoy nos invitan a saciarnos con pellejo de jutía y mondongo de avestruz desde la opulencia de su mesa.

Pero sé que en el fondo ya no le engañan, pues con la paliza llegó el desencanto, confeso o inconfeso, ya poco importa. Sólo espero que cuando, una vez graduado y esté donde esté, mi amigo recuerde a Cuba, sepa discernir claramente entre la dictadura y mi pueblo ese que sé me permitiría llamarle hermano, aunque no me conozca, y que jamás olvide que por esta vez la vida nos puso en el mismo ruedo del lado de los ofendidos.

A las puertas ya del referendo oficial sobre la nueva Constitución, que se realizará en Cuba mañana domingo 24 de febrero, la pregunta se impone: ¿cuál sería el modo más efectivo, para un votante descontento, de manifestar y hacer valer su desaprobación?

Tengamos en cuenta que previamente, durante meses, el gobierno cubano se ha esmeró en una campaña de propaganda pública y subterráneo terror, ensañándose contra una oposición política que ha polemizado y denunciado con sincera preocupación todo lo que en la nueva propuesta, a su criterio, profana decenas de derechos humanos.

No ha hecho nuestra oposición otra cosa que ejercer de ese modo su natural derecho a expresar de forma abierta su desconfianza, y debido a ello ha sufrido –confirmando de paso con hechos concretos aquello que denuncia– una nueva ola de amenazas, detenciones y allanamientos contra sus activistas que proponen el NO como la elección más digna.

Pero ante la disyuntiva tengamos en cuenta el escenario: mañana decenas de miles de urnas se abrirán a lo largo de todo el país, en locales elegidos y preparados para tal fin por el gobierno cubano. Si usted, elector de a pie, decide votar mañana, lo hará con un lápiz y nunca con un bolígrafo –una pésima costumbre mantenida por el régimen cubano en cada proceso electoral desde que tengo uso de razón– y por lo mismo su voto carecerá del poder indeleble de la tinta, lo cual significa que, opte usted por el SÍ o por el NO, habrá emitido un voto susceptible de ser adulterado con facilidad hasta por un niño de cinco años.

Además recuerde que toda la cadena de custodia de estas urnas estará exclusivamente a cargo de las autoridades –entiéndase Partido Comunista y Seguridad del Estado– sin mediación de auténticos observadores internos ni externos, y por lo mismo sin la mínima garantía de honestidad, pues hasta ahora ninguna de estas dos alas represivas de la dictadura cubana ha tenido jamás la valentía de permitir nada que se parezca a una supervisión imparcial, ni mostrado transparencia, nunca ha rendido cuentas públicamente con sinceridad sobre sus gestiones, ni pretendido objetividad de resultados.

En una sociedad permeada por el terror a la disidencia de ideas, donde el Gran Hermano omnisciente y omnipresente mira, escucha, olfatea y toma nota de todos tus pasos, donde la paranoia alcanza niveles irrespirables y el reflejo condicionado social, por instinto de conservación, percibe un simple acto de civismo como algo criminalizable –y por lo mismo como delito punible– siempre será extremadamente difícil, si no imposible, evaluar la verdadera opinión del pueblo.

Ante esta situación el elector descontento sólo cuenta con dos alternativas excluyentes: asistir a las urnas y marcar NO –o en su lugar boicotear de algún modo su boleta lo cual, en la práctica, implicaría lo mismo– o simplemente abstenerse de asistir.

La primera elección le ofrecería la “ventaja” del camuflaje, del mimetismo, de quedar de algún modo en paz con su conciencia mientras pasa desapercibido, pero podría en manos del gobierno su valiosa estadística, pues una vez haya firmado auténticamente en su casilla del registro de electores nada impediría que luego sea adulterada su boleta, firmada siempre con lápiz, a favor de los intereses del fraude.

La segunda elección, la abstinencia, sin embargo le pone un poco más difícil el asunto a los mafiosos, porque ya es otra historia falsificar la firma de alguien que nunca fue visto ante una urna y sostener que votó a la vez que públicamente ese individuo de modo rotundo lo niega.

De todo esto se desprende una conclusión cuya lógica se decanta no por el SÍ o por el NO ante la urna, sino por la ABSTENCIÓN definitiva. Una abstención masiva sería un escenario color de hormiga para la dictadura cubana porque la mostraría en cueros en medio de su masturbación mental y la expondría públicamente con toda su ridícula connotación.

Mañana asistiremos a una farsa montada en condiciones de laboratorio, a uno más de los recurrentes despliegues fetichistas de una Plaza que ya de “revolución” sólo ostenta a duras penas el nombre. Ni siquiera será creíble, y de hecho poco se juega en este lance la dictadura, porque sea cual sea la elección oficialmente presentada como resultado –e incluso imponiéndose el NO– muy poco o nada cambiarían las cosas en Cuba, pues la nueva propuesta en muchos puntos más bien propone francos retrocesos en cuanto a derechos humanos.

Sí, será una farsa más, y es cierto que poco importa una raya más en la piel del tigre, pero mañana 24 de febrero de 2019, una vez más tendremos ante nosotros una oportunidad real de tomar venganza y asestar nuestro público golpe de castigo a quienes con tanta alevosía nos arruinan y desgobiernan. Elegir cómo hacerlo será algo que usted, descontento cubano de a pie, tendrá que sopesar hasta ese momento a solas con su conciencia.

¿Por qué sorprende a tan pocos la recién anunciada decisión del régimen castrista de retirar a sus colaboradores del programa brasileño Más Médicos?

Apenas se supo con la investidura el electo Presidente del gigante del sur, Jair Balsonaro, confirmó lo que había anunciado hace varios meses y ya parece un hecho consumado: sólo aceptará que los galenos de la isla permanezcan en Brasil si se someten a un examen de competencia y si se les paga íntegramente su salario al margen de la intermediación del gobierno de La Habana, y para eso le garantiza a esos profesionales residencia inmediata y visa a toda su familia, algo que la Plaza de la Revolución, como era de esperarse, rechazó de plano.

Las modificaciones anunciadas imponen condiciones inaceptables e incumplen las garantías acordadas desde el inicio del Programa…” argumentó el Ministerio de Salud Pública cubano, aunque en realidad la dictadura quiso decir: tales modificaciones no me permitirían chulearle a mis esclavos las tres cuartas partes de salario que hasta ahora le estuve robando sin escrúpulos.

Esto a las claras demuestra que en cuanto a la dictadura cubana se le cierra el grifo del lucro automáticamente se extingue también, en ese mismo instante, su “vocación filantrópica”. Porque según palabras de cuanto Castro ha gobernado Cuba ha sido la presunta razón de ser de las más de sesenta misiones médicas oficiales que sostiene en el extranjero el régimen de la isla: todo ha sido, primero que nada, por pura vocación humanitaria.

Que de paso estos magnates se hayan embolsado más de 10000 millones de dólares constantes y sonantes cada año durante las últimas dos décadas, bueno… ¡ya esos son detalles secundarios!, pero lo primero, según la cínica jerga de los dictadores, ha sido la “vocación internacionalista” de la robolución cubana y el altruismo de esos miles de profesionales que optaron fervientemente por esa alternativa, no como un acto de desesperación porque en Cuba viven al borde de la miseria con un salario absurdo, sino que todo fue hecho con absoluto desinterés por los pobres de la Tierra.

Pero ahora, de repente, pareciera que se acabó la pobreza en las favelas y la Amazonía de Brasil. Ahora, que ya el proxeneta no recibirá más dinero fácil resulta que recoge los chelines y le ordena a sus puras víctimas que se reporten en La Habana de inmediato. Ahora que dejó de correr la plata para la dictadura no cuentan ya los mismos pobres que hasta ayer adornaban la retórica de sus discursos.

¿Cuántos regresarán y cuántos tendrán el valor de atreverse a probar suerte y ejercer libremente en ese país, desde ahora bajo condiciones dignas? ¿Mitad y mitad? ¿Acaso desertará un tercio, o una cuarta parte? Esto queda por ver. Apostar por una cifra es arriesgado pues no se debe subestimar el poder de coacción, intimidación y control que es capaz de ejercer la dictadura más virulenta del hemisferio sobre sus ciudadanos, aun cuando los separen miles de kilómetros de mar.

No olvidemos que en Cuba quedaron como rehenes padres, esposos e hijos y que el régimen es experto en jugar esas cartas sin misericordia cuando así lo determina, y mucho más si le dieron justo donde más le duele. Nadie dude sobre las seguras represalias que tomará La Habana con los irreverentes. De hecho ya se vienen reportando muchos casos de visitas de la mano negra a los familiares en la isla para amenazarles con mayor o menor sutileza, pero siempre dejando claramente plantada la aberrante idea: en caso de deserción del destinado en Brasil no volverán a reunirse durante al menos ocho años.

Sin duda, arriesgarse a estar cerca de una década sin ver a sus hijos será algo que tendrá un fuerte poder disuasorio, y esto lo tienen muy claro los propios colaboradores cubanos, por eso la decisión dependerá del concepto que cada cual tenga de sí mismo, del grado de hidalguía que sea capaz de asumir frente a esa disyuntiva, ¿y por qué no? hasta de la filosofía de se tenga de la vida; en fin, algo reservado solo para los elegidos, para aquellos más libres, ¿o acaso los más temerarios?

Pero si algo queda fuera de discusión es que con esta jugada Balsonaro jodió, bien jodido, a Raúl Castro y compañía, porque esos más de 11400 médicos cubanos desplegados en Brasil, representaron hasta ahora nada más y nada menos que la quinta parte del total de colaboradores desplegados por todo el mundo, lo cual implica que a los chulos de la Plaza se le esfumarán de golpe no menos de 350 millones de dólares anuales que desde ahora dejarán de ingresar a sus cuentas secretas.

Y a este multimillonario impacto deberá sumársele el nada despreciable golpe político asestado en los mismísimos testículos de la dictadura cuando sea anunciada la cifra final de desertores, y los represores lo saben, y por eso se emplean a fondo sin pérdida de tiempo para evitarlo, haciendo uso de sus miserables tretas habituales.

Pero al final ¿se arriesgaría La Habana a retener a miles de familiares en Cuba que soliciten la reunificación con el visto bueno del país receptor? ¿Qué argumentaría en ese caso para disfrazar lo que a todas luces sería una abierta represalia, violentadora de los más básicos derechos de esas familias separadas a la fuerza? ¿Sería capaz de soportar la presión política que generarían miles de Elianes, pero a la inversa, solicitados por sus padres desde Brasil? Sólo de imaginarse el drama intimida.

Pero tampoco subestimemos un hecho bien demostrado: esa capacidad de las autoridades de la isla, cada vez que les ciega la soberbia, de barajar decisiones obtusas ante situaciones similares para al final decantarse por la más estúpida, por lo cual el arriba referido es un escenario que no se puede descartar del todo; no olvidemos que la codicia ofusca a estos sátrapas que siguen llamando “…golpe de estado legislativo-judicial…” al auténtico ejercicio democrático del parlamento que, haciendo un uso natural de sus potestades, apartó a la corrupta Dilma Rousseff mediante herramientas claramente establecidas en sus leyes y su Constitución.

Una segunda oleada de Damas de Blanco podría ser la respuesta a semejante decreto, algo a lo que yo, en el lugar de Raúl Castro, no me arriesgaría en momentos en que ya se acerca su aciago día: el que verá a Nicolás Maduro salir despetroncado por una popular y contundente patada en el culo en las ya inminentes elecciones de 2019, y un nuevo Baldonado le anuncie desde Miraflores, en nombre del digno pueblo venezolano, que tampoco allí están dispuestos a seguir manteniendo como puticas en cuaresma a los proxenetas de La Habana.

¡Definitivamente no soporto a los maricones! Esos impúdico no respetan nuestro derecho a vivir sin ofuscarnos con sus profanaciones a la decencia, tienen como sello distintivo un inescrúpulo a prueba de balas y siempre ocultan detrás de sus confusas maneras dobleces que sólo me animan al asco y al desprecio; son seres depravados que ni siquiera se sonrojan al ofender la más pueril inteligencia hablando de pureza cuando en realidad viven de simulaciones y mentiras.

Llena de oscuras intenciones, esta lacra de maricones a que me refiero sembró un día mi país de campos de trabajo forzado donde debían corregirse junto a opositores irreductibles, religiosos e intelectuales incómodos, además, homosexuales inocentes; les llamó UMAP, y en estas prisiones se ensañó con el dolor de aquellos “degenerados” y muchísimas vidas fueron segadas. Desde entonces, a lo largo de varias décadas ha arruinado la existencia de miles de homosexuales de todas las edades, sexos y colores por el simple hecho de serlo, y hasta el sol de hoy nadie ha escuchado de semejantes maricones una sola palabra de disculpa.

Estos tipos sucios ahora quieren deslizar el asunto del matrimonio gay en el simulacro de Constitución redactado por Raúl Castro y compañía, organizando meticulosa y simultáneamente un estudiado circo mediático y atizando, en un país homófobo y de tradición machista, dos corrientes de opinión excluyentes y opuestas, a favor y en contra de la unión igualitaria.

Para lograrlo han organizado por un lado marchas públicas por el Orgullo Gay a nombre del CENESEX y Mariela Castro, y por otro han permitido efusivas manifestaciones públicas de puritanismo desde el Consejo Nacional de Iglesias escandalizado por el tema, y que sin embargo parece no haberse enterado que en Cuba cada día se comenten atropellos muchísimo más graves y masivos, una insultante realidad comparada con la cual la unión gay parecería un juego de niñas en los jardines de un convento.

De tan obvio ofende: se trata de una estrategia que persigue en realidad focalizar la atención del pueblo y la opinión pública internacional en un asunto relativamente trivial, para desviarla del verdadero meollo del problema cubano y así dejar irresueltos los puntos más cardinales, entiéndase la total ausencia de un sistema electoral creíble; el reconocimiento legal de un único partido de prácticas totalitarias; la falta de libertades de opinión, de reunión y asociación; la ausencia de libertad de una prensa; la ausencia de garantías procesales y civiles; la falta absoluta de un cuerpo constitucional y legal que garantice la división real y efectiva de poderes y proteja al ciudadano de abusos de autoridad y transgresiones a su privacidad, junto a otra larga saga de gravísimos problemas. Por todo esto es que duele ver cómo teniendo mi país dramas mucho más urgentes se malgaste energía en algo llamado a ser finalmente asimilado por la sociedad mundial.

Pero como todavía los detractores aúllan su argumento sobre el hecho “contranatural”, yo preguntaría: ¿contranatural el matrimonio igualitario? Sí, sin duda, como también lo son las tostadas con tocino y la McDonald’s con papas, el enchilado de langosta, el pavo de navidad y el tamal de fin de año. También lo son la cirugía láser, el Internet y la televisión satelital, el Hubble, el Concorde y la cura de la polio, el IPhone y el acelerador de partículas, así como también las misas del Papa, la Ópera de Milán, la pizarra del Latino y los Carnavales de Río.

Pero bajando los humos, también sería contranatural cada variante de intimidad hetero que se aparte de la clásica salida Peón 4 Rey, porque si nos vamos a poner rigurosos y hacerlo en función únicamente de procrear, para ser consecuentes dejaríamos fuera de juego varios orificios y el 99% de las variantes usadas por la humanidad desde que el mundo es mundo.

En fin, contranatural sería toda la creación científica y artística de la humanidad, todo lo que el hombre añadió a la naturaleza entendida tal y como fue puesta ante sus ojos, porque lo estrictamente natural sería que en lugar de haber creado Colors of Benetton o Christian Dior aun anduviéramos cazando en pelotas, y que en lugar del pretexto de la flor usáramos todavía el garrotazo para llevarnos a una hembra hasta el fondo de la cueva.

Pero aun así todavía los perros ladran. ¿Que sin procreación no tiene sentido el matrimonio? Millones de matrimonios hetero vieron pasar décadas de unión estable sin haber dejado descendencia. ¿Que bajo la unión gay nunca podrá hablarse de familia? La familia es unas veces la que nos trae la cigüeña y otras la que nos crea la vida; millones de familias adoptivas así lo probarían.

El matrimonio es una institución necesaria sólo para gozar en igualdad de condiciones de derechos y beneficios preestablecidos por el contrato social, pero que en ningún modo garantiza por sí mismo la felicidad y perdurabilidad de una relación. En cambio, lo esencial son el amor y la familia, la unión auténtica sellada por una irreductible lealtad y donde está nuestro lugar en el mundo.

La familia es nuestro más básico derecho. A nadie le asiste la potestad de elegirla en nuestro lugar o de imponernos conductas contrarias a nuestra naturaleza en función de disquisiciones morales tan subjetivas como variables para cada lugar y tiempo. De aquí se deriva una consecuencia incontestable: si un ciudadano libre, en pleno uso de su derecho y facultades mentales, decidió cobijar legalmente a su familia elegida bajo el manto protector del matrimonio absolutamente a nadie le asiste el derecho a fustigarle. Así de simple.

No obstante revienta ver como hoy en Cuba aquellos mismos maricones de siempre aprovechan una tendencia mundial para pasar por tolerantes, mientras se mantienen irreductibles con relación a decenas de derechos más trascendentales, y es ahí donde se me hace evidente el cinismo.

Muy lejos de lo que se podría pensar, para contarse entre esa chusma cabaretera no es obligado llevar en el alma la bayamesa, sino que basta con ser tan pendejo como para golpear sin remordimientos a una dama de blanco o dárselas de bravucón atizando turbas contra disidentes pacíficos, lanzar olas represivas contra una oposición legalmente indefensa, encarcelar a cubanos inocentes mediante falsos cargos o ser capaz de organizar desde una vil impunidad sus denigrantes mítines de repudio, para luego tener la desvergüenza de apearse con lo del pueblo enardecido, cuando en realidad es esta maricona escoria, y nadie más, la que nos hace la superlativa mierda de arruinar este país.

Definitivamente, entre estos tipejos y yo hay algo personal.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Estamos otra vez ante la demagogia en su estado más puro. Hace varios días el “gobierno” de Díaz-Canel “convocó” a la diáspora cubana a “participar” en la nueva “reforma” constitucional. Demasiadas comillas, diría el academicista, pero en las primeras líneas de este post cada una está justificada, pues donde los ingenuos pueden guardar aún rastros de esperanza los conocedores del argot de la Plaza perciben entre líneas el calibre real del nuevo cinismo.

Es muy curioso que se convoque a la emigración a una consulta a la cual, sin embargo, nunca fueron genuinamente convocados ni siquiera los cubanos dentro de la isla. Este mamotreto, recortado a la medida de los Castro y concebido letra por letra, con miras obtusas y peores intenciones, en los laboratorios del Departamento Ideológico del Partido Comunista y en las galeras más empolvadas del Buró Político del Consejo de Estado es ya, hace mucho tiempo, letra fundida.

No hubo antes ni habrá modo después de esta payasada montada antes en los barrios de Cuba y propuesta hoy on line fuera de ella, en que esto redunde en provecho de Liborio. Demasiada intolerancia ha derrochado este lobo arrogante, como para merecerse este voto de confianza que nos pide hoy solo porque llega disfrazado de oveja.

Hoy la dictadura “convoca” al mismo pueblo que por seis décadas ha privado de viajar libremente al extranjero –pues la nueva política también coarta derechos y deja demasiadas potestades al capricho de las autoridades– y así mismo del derecho irrestricto de regresar a su patria cuando cada cubano así  de modo inconsulto lo decida –pues inconsultos son los auténticos derechos.

Nauseas da con solo pensarlo. Resuma cinismo y es una burla a la nación cubana. Iniciativas como esta se oponen a la esencia de las dictaduras, son ejercicios propios de las democracias pero incompatibles con autocracias absolutistas como esta de La Habana, que por más de medio siglo ha cerrado a cal y canto las puertas de su propio país a millones de exiliados y hoy descaradamente les “convoca” sin ni siquiera insinuar una disculpa por los huevazos y las golpizas.

Nadie pierda la perspectiva: todo cuanto haga el régimen cubano siempre será en beneficio propio y nunca en el de mi pueblo. Recordemos cómo Raúl Castro, ese especialista en limosnas a cuentagotas, aflojó el cerrojo migratorio sólo cuando olfateó, viendo cerrarse el grifo venezolano, los más de 3500 millones de dólares anuales que por concepto de mercancías o remesas entran a esta islita los emigrados desde la apertura parcial de 2014. Además, los dictadores saben que mientras más cubanos viajen más carne fresca llegará a la moledora en las aduanas.

No es que nos considere más justamente la dictadura, es sólo una cuestión pragmática, de valor agregado, puro enfoque utilitario según el más elemental principio del capitalismo de estado regente en la Cuba de los Castro.

¿Qué sucederá cuando esa emigración exija su auténtico derecho a regresar a su país sin intromisiones burocráticas y sin las estafas inherentes al pasaporte más inútil y caro del mundo? ¿Qué si exige su naturalísimo derecho a probar fortuna y apostar como inversora a mediana y gran escala en su propia tierra? ¿Serán abiertas definitivamente las puertas a la inversión de estos mismos emigrados a lo que hoy se les “convoca” a opinar? ¿Será reformada la irrespetuosa Ley de Inversión Extranjera –donde por cierto, si vamos a ser justos, nada pintarían los nacionales ni sus descendientes– para priorizar a estos cubanos emigrados?

¿Veremos por fin el trabuco de béisbol que Cuba se merece competir en el próximo Clásico Mundial, y a los desterrados de las misiones médicas volver de visita, pues ya no tendrán que esperar una larga década para volver al regazo familiar? ¿O seguirá la dictadura politizando todas y cada una de las facetas de algo tan natural y antiguo como la posibilidad de emigrar, probar fortuna y regresar o no a su lugar de origen según cada cual lo determine?

¿Serán los fundamentalistas que todavía reinan en la Plaza capaces de respetar algún derecho a la diáspora de este país de una belleza y una bondad indiscutibles, esa diáspora cubana únicamente justificada por el manto de terror con que le cubren su país? ¿Será posible que un “parlamento” donde ni siquiera hallan genuina representación los cubanos de la isla, encuentre resonancia en las necesidades o exigencias de quienes residen más allá del vasto océano? Quisiera pensar que sí, pero al respecto me confieso pletórico de escepticismo.

De modo que ahora, sin mediar disculpas, cuentan los desarrapados de los discursos del comandante, los gusanos denigrados, aquella inmunda escoria de la Historia. Horrendo ha sido el crimen, absolutos el irrespeto y el despotismo. Ahora la dictadura cubana –es vital llamar a cada cosa por su nombre– haciendo uso de su habitual despotismo exhibe una nueva manera de burlarse de mi pueblo.

Hoy este régimen extremista, con ese sacrosanto derecho que pretende poseer sobre todos los cubanos, a modo de limosna desea aparentar que los desterrados de Camarioca, de Mariel, del maleconazo y del más reciente superéxodo centroamericano, todavía son considerados como cubanos por los césares, y que pueden llegar a influir –¡oh! milagro divino– sobre una Ley de leyes sellada de antemano y destinada a ser letra muerta ante la Historia.

Por Jeovany Jimenez Vega.

En estos días el “parlamento” cubano –si se le puede llamar así a esta bufonada– “discute” una propuesta de nueva Constitución. Mientras tanto hemos visto como, a la vez que le da los últimos retoques a su mamotreto, el flamante Buró Político del Partido Comunista ha lanzado a su marioneta Díaz-Canel por todo el país en un reality show para meterle por los ojos a Liborio un “presidente” gris elegido a dedo, alguien de quien hasta hace unas semanas apenas conocíamos la voz.

En esencia nada nuevo emergerá de las actuales sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), porque es un engendro castrista que ni es asamblea sino manada de corderos en deliberaciones estériles, ni es nacional, sino extensión sumisa de la Plaza; poder acaso sí, pero el ejercido por una dictadura inmisericorde contra la prosperidad de mi pueblo.

Sucede que 600 personas deliberando desconectados de las urgencias de su pueblo nunca podrán ser la auténtica voz de los millones de cubanos que abajo sí carecen y padecen. ¿Porque cómo si no mediante la ANPP han sido impuestas cada una de las políticas que han contravenido por medio siglo nuestros derechos humanos? Leoninas ordenanzas, emitidas ayer bajo la bota sangrienta de Fidel y Raúl Castro y todavía defendidas a capa y espada con ferviente continuismo por este sucesor de carambola.

¿Acaso la ANPP, siempre desconectada de la realidad, no se ha mostrado consumadamente incapaz de reajustar los bornes a esta sociedad disfuncional, dando siempre la espalda a las genuinas necesidades de cada momento, sorda a la desesperanza de este pueblo sufrido que ha protagonizado reiterados éxodos masivos a modo de auténticos plebiscitos de desaprobación?

Nadie espere sorpresas porque es este pseudoparlamento un instrumento más del régimen cubano –como lo son todas las organizaciones oficiales llamadas cínicamente “sociedad civil” por la dictadura– y como todas ellas se ha mantenido ininterrumpidamente engranada a los caprichos del poder real –entiéndase Raúl Castro, el verdadero ejecutor– mediante poleas muy bien engranadas.

Nada nuevo emanará de semejante simulacro. Convénzanos sino de lo contrario. Esta es su oportunidad de abrir al mundo un país destinado a la prosperidad, y de aprovechar todos los vientos nuevos que puedan soplar en su provecho. Podría, por ejemplo, tener la hidalguía de despenalizar la disidencia de ideas y la oposición política, así como legalizar y dar cauces al emprendimiento de la empresa privada una vez demostrado el absoluto fracaso de la empresa estatal.

Podría dar luz verde al aire renovado y necesario de nuestro periodismo independiente –último reducto ético del oficio en la Cuba de hoy– de modo que se deje de hostigar, amenazar, encarcelar y despojar suciamente de sus medios de trabajo a aquellos cubanos que valientemente se atreven a ejercer contra viento y marea su humano derecho de proveer a su pueblo de información verídica, mientras la prensa oficialista ya no puede caer más bajo, acomodada por cobardía en su zona de confort al fondo de la cloaca.

Podría garantizar la ANPP, mediante un orgánico cuerpo de leyes sabiamente concebidas, las condiciones para consolidar de una vez por todas, sin el sucio hostigamiento sufrido hasta ahora, a la microempresa familiar cubana. Podría emitir una ley más respetuosa y atractiva para el inversor extranjero, de modo que a la vez que se garantizan los intereses de la nación, sea recibido un flujo de oxígeno impostergable para esta economía en quiebra.

Pero cuando de inversores se hable esa nueva ley, si quisiera nacer bien encausada, debería dar prioridad absoluta a la emigración cubana que desde el extranjero siempre ha exigido su indiscutible derecho a invertir en su propia tierra. Este paso bastaría para destrabar el juego, pero sólo una vez creadas las garantías suficientes, al amparo de un serio contexto legal capaz de limar los justificadísimos recelos después de tanta estafa previa.

Muchas y variopintas son las leyes que podrían mejorar a muy corto plazo la calidad de vida del cubano, y es justo donde vemos más desesperación y carencias donde puede poner más sabiamente el ungüento salvador una ley oportuna: eliminando las cientos de prohibiciones absurdas cuya obsolencia ha evidenciado la vida. En este sentido tendría un parlamento cubano armado de buena fe muchísima tela donde cortar.

Sin embargo deben saber esos pseudoparlamentarios que para regenerar un país de 14 millones de almas nunca bastará con tejer giros semánticos pueriles. De nada servirá dejar de llamar Presidente del Poder Popular, para comenzar a llamar Gobernador, a alguien que en realidad nada hará para mejorar la vida de sus gobernados.

Poco importará garantizar el derecho de cada cubano a no ser discriminado por su identidad de género, y permitir marchas por el orgullo gay, mientras la policía política conserve la potestad incuestionable de encarcelar del modo más impune, sin cargos ni garantías procesales, a todo aquel que decida ejercer derechos civiles o políticos. Es evidente el cinismo.

Menester sería que si el legislativo cubano deseara cobrar una credibilidad mínima emitiera una constitución sinceramente reformada, pero aspirar a algo así sería pedirle peras al olmo, porque es para evitar precisamente eso que entre su prosperidad y mi pueblo se interpone la dictadura más virulenta que ha exhibido la Historia de este hemisferio, sumamente consiente de que cada derecho concedido iría en detrimento de su poder omnímodo.

Desátese las manos a mi pueblo y en menos de una década se transformaría éste, para bien de todos, en un país irreconocible, mucho más próspero, justo y habitable que el tugurio de miserias morales que habitamos hoy, para ruina de la nación cubana, gracias a la codicia insaciable de los tiranos Castro.

El pueblo cubano ya está hastiado de espejitos a cambio de tesoros, sabe exactamente dónde lo espera oculto su futuro, conoce bien a los verdugos que ante él se interponen, y ya no aceptará nada que no sea su plena e incondicional libertad. Aspirar a menos sería ponernos a comer una vez más de la misma mierda. Este pueblo generoso se merece mucho más que un aquelarre.

De nada servirá una constitución destinada a ser letra muerta mientras no sea el cubano un auténtico Estado de Derecho, con división real y efectiva de poderes y apartado de la demagogia de la cual el sempiterno clan de los Castro ha hecho largamente gala hasta el sol de hoy. De nada servirá cambiar de collar si al final el viejo perro terminará mordiendo con la misma rabia.

La muy notable ausencia del Coronel Alejandro Castro Espín en la nómina de la Asamblea Nacional del Poder Popular no hace más que confirmar la sospecha de muchos analistas: el clan Castro apostó por continuar gobernando desde las sobras. Era un secreto a voces que el príncipe de la Plaza estuvo contemplado hasta hace relativamente poco por la élite de La Habana como una posibilidad real en caso de no contarse a la hora del cuajo con otro candidato lo suficientemente predecible y carente de carisma como para no representar en absoluto un riesgo a la vista del stablishment –alguien mínimamente presentable y capaz de asumir ante el mundo la mascarada de la “sucesión” castrista– pero una vez que el escáner garantizó la completa sumisión del delfín Díaz Canel a la línea dura de la Plaza ya estuvo listo el ajiaco para ser servido.

Muchos lo previeron. Yo en lo personal siempre dudé sobre las intenciones de Castro Espín como Presidente para 2018. Dar por sentado un paso así era subestimar la camaleónica capacidad de mimetismo de una dictadura como la cubana, que nunca ha necesitado exponerse de un modo tan burdo.

Desnudarse y mostrar a caja destemplada su real vocación dinástica es algo que no va con el estilo del clan de Birán. Esas serían patéticas vulgaridades que se esperarían de caricaturas como Kim Jong-un desde su cuartel de Pionyang, más no de los chicos finos de La Habana.

Aquí en el trópico los esbirros de mi pueblo han sido incomparablemente más creativos y sutiles. Para algo han dilapidado una considerable parte de nuestro patrimonio –el que no alcanzaron a esconder el Suiza– en armar uno de los más extensos y paralizantes aparatos de inteligencia del mundo –ahora en manos “casualmente” de Castro Espín– que les pronostica una tranquila temporada ciclónica para 2018.

Que Raúl Castro continuará gobernando la isla desde su puesto de Primer Secretario del Partido Comunista no lo duda ni el que asó la manteca; eso es algo ya escrito en la Biblia. Sin embargo pudiera parecer algo confuso para quienes evalúan desde fuera la realidad cubana y no comprenden que en este país nunca ha gobernado el Poder Popular, pues quien realmente corta aquí el bacalao es el Partido Supremo. Desde la sede del Comité Central el único partido legal en Cuba dicta por decreto todas las políticas del país, sin excepción, que luego son presentadas ante el “parlamento” más dócil e indecente del mundo y allí son ratificadas todas por cartomántica unanimidad.

Con esta farsa garantizada nadie debería dudar que a partir del próximo abril el gobierno real continuará siendo ejercido por Raúl Castro desde su puesto al frente del Partido Comunista. Después de todo para eso había amaestrado con tiempo a sus perros de presa: desde su estratégico puesto al frente de GAESA su ex yerno el General Luis Alberto Rodríguez López-Callejas hoy monopoliza dos terceras partes de la economía cubana mediante el control directo de las más grandes y lucrativas corporaciones del país –prácticamente todas gerenciadas por militares– y por otro lado su hijo, el susodicho Coronel Castro Espín, hace varios años es el principal depositario de cada secreto de las temibles inteligencia y contrainteligencia cubanas, con todo su enorme poder de penetración, amenaza y chantaje.

Visto el asunto en panorámica se llega a la obvia conclusión de que todo quedará en casa, y Raúl Castro se “retirará” del gobierno con las espaldas bien cubiertas. Por eso esta mafia no necesitará exponerse a la luz pública: para mantener un control absoluto bastará subir a escena a cualquier fantoche de trapo que instrumente la payasada ante el mundo.

Pudiera tratarse de Díaz Canel, de Esteban Lazo, o incluso de alguien tan gris como Bruno Parrilla, o igual habría sido posible de haberse convocado a los difuntos Enrique Arredondo, Teófilo Stevenson o Agustín Marquetti, daría igual, sería un detalle sin la menor relevancia porque ninguno, ni aquellos ni estos, decidiría absolutamente nada durante una bufonada que Cuba presenciará absorta durante los próximos cinco años.

Sólo pasado este tiempo, para las “elecciones” de 2023, quedarán debeladas las verdaderas intenciones del clan familiar, pues para entonces todo el aparato policial y propagandístico del poder sí será volcado a imponer progresivamente a Alejandro Castro Espín como sucesor al trono.

Quien quiera ver el cuadro más claro, échele agua. Tiempo tendrán para preparar su tinglado según las normativas de Castro Primero, habiendo pasado por Castro Segundo, con este bypass “democrático” de cinco años –llamado a convencer a los más ingenuos de que en Cuba nunca existió un socialismo dinástico al estilo de norcorea– hasta la consumación final y estratégica del plan: un tercer Castro presidente desde 2023, y con evidentes intenciones de perpetuarse ¿quién sabe si durante otros 50 años? en el poder.

Una vez comprendido esto, para calibrar la fórmula final basta añadir el clásico 0.5% de chivatos y represores estimado como suficiente en los manuales dictatoriales, y desperdigados por cada calle de esta islita; toda esa nata de inescrupulosos flotando en el estercolero del oportunismo y que jamás faltan en estas situaciones; así como las decenas de incondicionales generales jubilados y en activo cuidando sus parcelitas de poder, entre otras desgracias, todas emanadas del castrismo.

Recordemos a Martí: los malos sólo triunfan allí donde los buenos son indiferentes. Muchas otras variables influyen en esta dinámica, por supuesto, pero entre las más trascendentes, sin duda, se encuentran el inmovilismo y la indolencia de todas las generaciones actuales de cubanos, la desidia institucionalizada y la absoluta apatía cívica en que han hundido este país la ignominia y la codicia que todavía amenazan perpetuar algunos miserables sobre los restos extenuados de la nación cubana.

Hace varios años fueron lanzadas Candidatos por el Cambio y Otro18, plataformas opositoras cubanas cuya estrategia ha sido presentar candidaturas independientes en el actual proceso de “elecciones” pues, según su razonamiento, ciertos reductos de la Ley Electoral vigente serían amparo suficiente para posicionar decenas de voces disidentes en los diferentes niveles de los Órganos del Poder Popular.

Mientras este sector de nuestra oposición política avanzaba en su iniciativa, el mundo y los cubanos fuimos testigos de la heroica resistencia cívica mantenida durante más de tres meses en toda Venezuela. Millones de ciudadanos volcados a las calles en protestas masivas contra la dictadura Madurocastrista; más de 100 muertes violentas y miles de heridos; jóvenes apaleados con saña por los perros de Miraflores, miles de detenciones arbitrarias y cientos de procesos penales instituidos por tribunales militares contra prisioneros civiles.

También fue de admirar la valerosa postura de la Fiscal General Luisa Ortega, con un despliegue ético de altos quilates al desmarcarse del absolutismo cuando el Tribunal Supremo Electoral quiso usurpar las facultades del Legislativo, zarpazo frustrado entonces, en buena medida, gracias a la postura vertical del Ministerio Público; un elocuentísimo ejemplo de vergüenza, valentía y pudor profesional.

Todo este doloroso legado del muy valiente pueblo venezolano no bastó, sin embargo, para impedir la sucia jugada de la prostituyente, recurso golpista ilegítimo asumido por Maduro por consejo de La Habana que terminó por apagar temporalmente las protestas.

El mundo presenció en Venezuela un guion que a los cubanos se nos hizo rápidamente familiar, un libreto que para no descompadrar realidades, incluyó un auténtico mitin de repudio a la mismísima sede del Parlamento venezolano –con Brigadas de Respuesta Rápida al más puro estilo de la Sección 21 de la Seguridad Cubana– mientras las “fuerzas del orden” abrían de par en par la verja de seguridad.

Venezuela ha constituido para el castrismo, en el terreno de la represión política, un laboratorio análogo a lo que en su momento fue la guerra de Angola en el terreno militar. Allí se han enriquecido los manuales represivos de la dictadura castrista, que ha ganado inestimable experiencia sobre el terreno en el uso de métodos represivos a gran escala, y de tácticas de contención no utilizadas aún en Cuba precisamente porque a mi pueblo seis décadas de adoctrinamiento y terror le han enervado el civismo.

Por puro sentido común cada derrota del pueblo venezolano también es, por inevitable extensión, una derrota del pueblo cubano. Y si toda experiencia sufrida en la hermana nación es extrapolable a la realidad cubana entonces, a la luz de los hechos, cuando Cuba ya ha avanzado el proceso de postulación de candidatos a nivel de circunscripción –primer y decisivo paso a las Asambleas Municipales del P.P.– cabe preguntarse si realmente merece la pena jugar a las elecciones contra una dictadura como la castrista pero bajo sus propias reglas.

Preguntémonos ¿en qué han derivado hasta ahora las candidaturas opositoras en la práctica? ¿Cómo reaccionó el sistema represivo sobre el terreno? ¿Cuántos candidatos opositores han logrado sortear las innumerables trampas de la mafia político-militar cubana?

Pongamos el asunto en contexto, sin azúcar y en blanco y negro: aquí estamos ante una inmisericordia absoluta capaz de las posturas más viles, que se empleará a fondo para mantener incólume su poder; ante una crápula que ha bruñido su inmoralidad y su doblez bajo todas las situaciones posibles. Es el castrismo un engendro sin bandera incapaz de guardar lealtades, ni siquiera respetuoso de sus propias leyes y que trueca constantemente a su antojo, del modo más impúdico y arbitrario, las reglas del juego.

Estos infames son el hampa capaz de las más ruines vilezas y de ellos no se debe esperar el más elemental gesto de respeto o modulación moral, por eso mirar una realidad tan cruda a través del prisma alucinante de las esperanzas infundadas siempre será un acto de proverbial ingenuidad.

Toda elección democrática se sustenta en el derecho del ser humano a elegir según las normas de la civilidad a sus gobernantes, pero sobre todo –y en este punto estriba el obstáculo insalvable frente a una dictadura– debe estar respaldada en la confianza. Se trata, sobre todas las cosas, de un acto de fe, algo implanteable frente a sistemas policiales totalitarios.

Si en Venezuela hemos visto el daño de la metástasis, sólo deduzcamos la virulencia del tumor primario que nos pudre La Habana. Ante un engendro tan hipócrita, consolidado y hostil como el cubano jamás valdrán las medias tintas.

Es utópico aspirar a que la oposición burle cada obstáculo interpuesto ad libitum por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista, sin ningún tipo de respaldo legal, siempre expuesta al fraude impune y a toda la hiel que se le volcará encima sin posibilidad de réplica, a la deriva en medio de una indefensión absoluta contra un régimen que prepara el escenario a su antojo y lo mismo cita a los electores con solo una hora de anticipación, “casualmente” el día que el candidato opositor viaja fuera de provincia, que lo detienen bajo cualquier pretexto para liberarlo justo terminada la reunión de vecinos.

Pero supongamos que algún opositor lograra vencer a nivel de circunscripción: ¿tendría su gestión algún alcance más allá de su barrio? Nunca. Sería una voz perdida entre miles, ahogada en las angustiosas menudencias del burocratismo, y terminaría igual repartiendo ventanas de zinc o reparando tejados, pero siempre apartado de los verdaderos centros decisores, y por lo tanto con ningún recurso a su alcance capaz de tambalear los cimientos del poder.

Obsérvese, además, una agravante del asunto: ese opositor elegido, aun con nulo poder ejecutivo, incluso legitimaría del modo más insulso el cinismo gubernamental, cuyos papagayos pregonarían su caso como prueba de que en la isla, en efecto, pueden presentarse a elecciones “libres” todos los cubanos, y al final, haciendo cuentas del balance entre el descomunal esfuerzo –con su obligatorio desgaste en términos de tiempo, energía y riesgos asumidos– y los pírricos resultados prácticos logrados, estaría la oposición ante una empresa nada rentable en términos políticos.

No olvidemos, además, que en Cuba no gobierna el Poder Popular, sino el Partido Comunista. En caso de que algún suertudo opositor sea elegido en su circunscripción, para algo están ahí, siempre vigilantes, las ofensivas Comisiones de Candidatura del PCC a nivel municipal, provincial y nacional, velando para que ningún inoportuno pase al siguiente nivel de gobernatura, y siempre bastará con la llamada telefónica del Primer Secretario del Partido Comunista para sepultar el asunto.

Por todo esto debemos mirarnos en el espejo venezolano para confirmar que el castrofascismo desconoce límites, y que si hoy en ambos lados del Caribe nos mana la misma sangre es porque nos oprimen exactamente los mismos verdugos. Plantearse una batalla electoral ante un competidor tal sucio y desleal como este es simplemente invertir en quimeras, y consentir en ser la parte más triste de esta denigrante farsa. La praxis gansteril de la dictadura jamás consentirá semejante desafío. El problema cubano tiene solución, pero no pasará nunca por jugar este humillante juego de los verdugos de la patria.

Leer: El proceso electoral cubano.

La actual crisis diplomática entre Cuba y Estados Unidos pudiera verse como una más a lo largo de la saga, pero el actual duelo se distingue de otros, sin embargo, por producirse en el pantanoso escenario marcado por la llegada de una administración a la Casa Blanca con claras intenciones de cambiar radicalmente el legado de su predecesora con respecto a la dictadura.

Durante la sucesión de presidentes norteamericanos posteriores a 1959 nunca se produjo una divergencia de intenciones tan polarizada entre dos mandatarios sucesivos con relación al gobierno de la isla. Si descartamos los coqueteos apenas insinuados por Kennedy justo antes de ser asesinado, ni siquiera el contraste entre la distención esbozada por Jimmy Carter y la línea dura reinstalada por Ronald Reagan es comparable en su violencia con el giro post Obama.

Por eso la actual crisis provocada por presuntos ataques acústicos contra diplomáticos estadounidenses en su embajada en La Habana asume matices propios. De hecho es la primera de esta envergadura suscitada desde el arribo de Trump, y para desconcierto de muchos, amenaza con tener incluso mayor implicación a largo plazo que sus reajustes en política exterior anunciados el pasado junio.

Pero llama poderosamente la atención que EE.UU. suspenda de cuajo la emisión de visados y retire a tres de cada cinco diplomáticos de su sede en La Habana al amparo de una acusación tan inconsistente como insólita. Declaraciones sesgadas de la parte norteamericana y referencias mínimas por la cubana han marcado la historia durante meses, y hoy por hoy muchísimos carecemos de una idea cabal de lo sucedido.

Se trata de presuntos ataques sónicos (¿?) que terminaron provocando, según la parte norteamericana, daños psicológicos y de audición a 22 funcionarios de su embajada, de lo cual no acusa directamente al gobierno cubano, aunque sí le lanza fuertes insinuaciones públicas. La Habana por supuesto responde que nada sabe, y que está dispuesta a colaborar en todo cuanto sea posible para aclararlo todo.

Pero en fin, ¿quién estaría detrás de estos presuntos ataques? ¿Quién se beneficiaría de un giro hacia la desconexión? ¿Quién desearía una ruptura diplomática total? El asunto merece un análisis lógico desapasionado porque detrás de la respuesta a estas preguntas se oculta el rostro del conspirador.

La versión norteamericana tiene varias aristas curiosas. Según esta los ataques se suscitaron tanto en la sede diplomática como en diferentes hoteles habaneros. Pero afirmar que estos, con la precisión de un francotirador, alcanzaron exclusivamente los tímpanos o el cerebro de sus funcionarios, y durante un período de tiempo tan prolongado como para consumar el daño sin ser percibido por los medios de espionaje inherentes a esta embajada, es algo bastante inconsistente.

Aún no han trascendido reportes de daño colateral en ninguno de estos lugares entre el personal cubano o de terceros países –si es que existe– que trabaje en su embajada, ni de otros trabajadores, vecinos o turistas no estadounidenses potencialmente expuestos por carambola al ataque. Esto es algo, cuando menos, muy raro; suena demasiado novelesco.

Pero aun así, y aceptando que en efecto se produjeron los ataques, quedaría por definir desde qué lado fueron ordenados. Y lo digo porque la teoría de la autoagresión en el contexto de una operación de falsa bandera siempre será planteable cuando de provocar giros geopolíticos se habla –pero sobre todo cuando de Estados Unidos se trata.

Nadie olvida el hundimiento del acorazado Maine –pretexto norteño para irrumpir en la Guerra Hispanocubana– o el ataque permitido a Pearl Harbor –usado para entrar en la SGM– cuando todas las comunicaciones interferidas en tiempo real al almirantazgo nipón por la Armada Estadounidense le ponía en plenas condiciones de anticiparse al ataque. Para no hablar de los desastres del 11/9 con sus decenas de escandalosas evidencias que acusan a la administración Bush Jr. cuando menos de abierta complicidad –todo con el objetivo de afianzarse en el medio oriente. Decenas de ejemplos valdría citar.

Por eso cabe analizar la postura mantenida por ambas partes con relación a la reanudación y mantenimiento de las relaciones diplomáticas, así como la conveniencia o no, para uno u otro bando, del re-enfriamiento del deshielo.

Analizado el lado norteamericano, podría tratarse de una burda maniobra para reducir al mínimo posible la gestión de su recién estrenada embajada en La Habana sin llegar a una ruptura frontal: una especie de Ley del hielo, una Diplomacia Fría pudiera decirse.

Después de todo Trump nunca ha ocultado su ojeriza contra la inmigración, y con estas medidas se garantiza la interrupción por ahora del otorgamiento de miles de visados desde Cuba a la vez que, seguramente asesorado por el lobby duro de la Florida, se priva a la dictadura de su principal válvula de escape.

¿Qué ganaría Trump? Además de cortar el flujo de miles de potenciales inmigrantes amparados por la Ley de Ajuste, habrá calculado en muy poco el tiempo necesario para que la presión interna aumente hasta límites temibles para un Castro Segundo que necesita el potrero tranquilo para esquilmar sin sobresalto sus millones de cabezas de ganado.

Analizado el lado cubano, podría en efecto tratarse de una jugada estúpida de la línea dura de la Plaza, pero práctica si de retomar el tono glacial de la Guerra Fría se trata, en lugar de continuar avanzando hacia el deshielo. Después de todo el inescrúpulo es su divisa y nada los detendría en su afán de mantener inmovilizado el muñeco, pues saben que sólo con el dominó trabado pueden controlar las riendas de un pueblo cada día más impaciente.

¿Qué ganarían Raúl Castro y compañía? Mantener el control. Saben que Trump habla en serio cuando asegura que nada cederá gratuitamente, que están frente a un negociador inamovible y para nada les agrada la fórmula propuesta: negocios con los cubanos al margen del conglomerado militar castrista, o en menos palabras: nada para el tirano. Cuestión de lo tomas o lo dejas y punto; nada que ver con la blandura de Obama que nada logró para Liborio en término de libertades.

A esta crápula no le conviene arriesgarse en demasiadas aperturas, lo han demostrado con creces. Pero lo cierto es que tiene en las remesas de los emigrados –de las cuales los cubanoamericanos aportan sin duda un decisivo porciento– unas de las principales vías de ingreso de divisas –alrededor de 3500 millones en total, según estimados– por lo cual, si de móviles hablamos, cualquier lance que afecte el flujo de emigrantes iría en detrimento del arribo de remesas, o lo que sería lo mismo: menos dinero disponible para sus arcas personales. No parece el objetivo de Alí Babá y sus 40 generales.

En este thriller otoñal la brújula de los móviles señala su aguja acusadora hacia el norte magnético. Mientras esto sucede Donald Trump exigirá, mientras Raúl Castro, como siempre, apostará por sus rehenes.

El columnista peruano Alfredo Bullard quedó convencido, tras una experiencia de viaje a Cuba, de que la solución del problema cubano pasa irrestrictamente por la liberación del Gobierno de Donald Trump al comercio y los viajes de estadounidenses a la isla.

Creo que opinar sin conocimiento profundo de causa no es una licencia permitida al alto periodismo. No al menos para quien escribe desde la columna de un diario nacional para millones de lectores; ese es un lujo reservado para sitios modestos como Ciudadano Cero, pero incompatible con la exigencia de diarios que se respeten. En estos casos sólo la investigación y un concienzudo estudio previo anticipan el éxito, y más aún cuando se aborda una dictadura que ha hecho largamente gala de un archidemostrado talento para engañifas y simulaciones.

El error primigenio de Bullard fue suponer que la libertad, concepto huidizo y abstracto, puede bombardearse así de fácil –físicamente, pudiera entenderse– con lo cual todo sería tan simple como arrojar volantes sobre el malecón habanero. Pero no se razona así cuando se trata de sociedades herméticas como la cubana o la norcoreana. En estos casos todo análisis debe tener en cuenta, primero que todo, décadas de un adoctrinamiento indiscriminado causante de insondables daños morales, y de masas –que no de ciudadanos– indolentes y acríticas, castradas en su civismo, males todos que terminan siendo prácticamente irremediables en el transcurso de una generación, y cuya consecuencia última es esta pesadísima carga de abulia social provocada por demasiadas décadas de abusos impunes de poder.

Afirmar que es en los negocios privados –como hostales, restaurantes o cafeterías, por ejemplo– donde mayor confrontación de ideas disidentes se puede encontrar en la Cuba de hoy implica un desconocimiento total sobre nuestra realidad. Decir algo así denota un analfabetismo casi absoluto en el tema cubano, porque desconoce la temeraria militancia activa mantenida durante muchísimos años, lustros o décadas por la auténtica oposición política cubana, que ha bregado contra viento y marea de frente a uno de los aparatos de inteligencia y represión mejor estructurados del mundo moderno.

De hecho, es precisamente en esos negocios donde menos esperaría yo encontrar discusiones abiertas, en desenfadada voz alta, contra el gobierno castrocomunista. Es un axioma escrito en piedra a la entrada de cada uno de estos lugares: que su supervivencia misma está condicionada a una domesticidad absoluta de los dueños hacia la autoridad, algo que sabe muy bien hasta el último empleado y una exigencia sino quo non, so pena de clausura inmediata, lo cual ha constituido siempre un efectivísimo mecanismo de coacción social.

Reto a cualquiera que busque en Internet tan solo una página contestataria mantenida por alguno de estos emprendedores y pondría mi mano derecha bajo la guillotina con toda la tranquilidad del mundo. Hecho esto levantaré mi mano intacta como evidencia de que un florecimiento del sector privado, pero en ausencia de reformas políticas, no conduciría necesariamente a un mayor despliegue de actitudes disidentes. No al menos bajo las actuales reglas de juego.

Parece desconocer Bullard que absolutamente toda la riqueza derivada del comercio y los viajes que propone liberar desde EE.UU, vendría a parar directamente a manos de la cúpula castrista y jamás a las de mi pueblo.

Siempre será un diametral error buscar las causas de nuestra desgracia fuera de Cuba. No se trata de Donald Trump, ni de la persistencia del embargo estadounidense, ni de la escasez de turistas norteamericanos, no. Las causas esenciales de nuestros males hay que buscarlas en la obcecación de los cuatro viejos chochos que desde la Plaza de la Revolución mantienen anquilosado a todo un país con sus encartonados caprichos y miserables intereses personales.

Se equivoca nuestro columnista si cree que el contacto con turistas de paso basta para encender y mantener vivo ese “entusiasmo” por el emprendimiento privado. Desconoce diametralmente nuestra realidad quien así piense. De hecho ese espíritu jamás se apagó del todo entre nosotros. Ahí están esos miles de talleres y negocios clandestinos nutridos del mercado negro, de espaldas al absolutismo estatal, que lo mismo embazan una cerveza en un patio trasero que reparan un Sputnik y te lo ponen en órbita. ¿Un ejemplo antológico? ¡nuestros célebres almendrones! –sexagenarios testigos de un ingenio criollo que no se cruza de brazos ni siquiera ante las situaciones más bravas. Es este espíritu lo que intimida al poder y precisamente por eso nos ata las manos.

¿Pero cree el señor Bullard que basta con el entusiasmo para que un emprendedor mantenga abierto un negocio en Cuba sin la existencia del más básico mercado mayorista, en medio de la más profunda carestía de nuestra Historia, y contra un ejército de inspectores en asedio constante, armado con un cuerpo de absurdas leyes que sólo persiguen obstaculizar su éxito? Cada espacio de este tipo que se mantiene en Cuba lo hace a puro coraje, y no gracias al Gobierno de Castro sino a pesar del él, que nunca será lo mismo.

Según análisis como el de Alfredo, no aprovechar los “espacios de apertura” que el gobierno cubano “permite” para introducir libertad es una estrategia estúpida propia de políticos. Pero igual, no percatarse de que esos pretendidos “espacios” no son más que pura estafa, oropel para engañar al mundo –pues nada auténtico, cierto o sincero se encuentra en ellos– puede tomarse como una inconcebible manifestación de miopía, comprensible en ingenuos principiantes, pero nunca en profesionales consumados de la prensa plana.

¿O acaso ignora Alfredo que de cada 100 negocios privados que se licitan en Cuba no menos de 80 ya han cerrado en pocos meses? ¿Malos administradores los cubanos? No. Sólo que existe una estrategia confesa de la dictadura para evitar a toda costa “la acumulación de la riqueza” en nuestras manos –entiéndase la prosperidad de mi pueblo. Ahí queda la arremetida recién lanzada por Raúl Castro a principios del pasado agosto contra el sector privado –con la cancelación definitiva de licitaciones en decenas de actividades previamente permitidas– como clara advertencia.

¿Dónde se dictan, sino en La Habana, las leyes que coartan el desempeño de la empresa privada cubana, boicotean la gestión del productor agropecuario, y le prohíben la venta libre de sus productos, gracias a lo cual la mitad de nuestras cosechas todavía se nos pudren? ¿De qué le sirve al productor ganadero todo su “entusiasmo” si la ley vigente tajantemente coarta su desarrollo? ¿De qué espacios de apertura se habla cuando están vigentes decenas de herramientas penales expresamente diseñadas para evitar el éxito de las iniciativas no estatales, herramientas usadas una y otra vez para incautar las propiedades de los “descarriados”?

¿Quién dicta las leyes que maniatan nuestros más seculares derechos civiles y políticos? ¿Acaso Washington? No. Todas esas aberraciones han sido dispuestas en La Habana. ¿De qué ha servido hasta ahora el entusiasmo y el deseo del exilio cubano por invertir en su propio país, cuando la mala voluntad de la dictadura, irreductible, se lo ha prohibido por décadas? De nada ha servido.

No ha sido Trump, como ninguno de sus antecesores, quienes han privado a la nación cubana de esa fortuna acumulada, sino la mala fe de los hermanos Castro.

Opinar a la ligera sobre la Cuba de hoy siempre conllevará implícito un elevado riesgo de error porque con esta sociedad aplastada bajo una dictadura totalitaria las cosas nunca son lo que parecen. Olvida Alfredo desde su punto de vista un detalle esencial: se olvida de la dictadura misma.

Increíble, pero cierto. En apenas tres meses se han paseado por mi país dos relatoras especiales de la ONU, sin que ninguna de ellas ni siquiera simulara enterarse de las escandalosas violaciones a los derechos humanos practicadas por la dictadura más virulenta que ha conocido este hemisferio.

La última de estas infames en visitarnos, la filipina Virginia Dandan, acaba de abandonar La Habana encantadísima por los “triunfos” de la “revolución” cubana. Como su predecesora, la italiana Maria Grazia Giammarinaro, tampoco Dandan se apartó un milímetro de la idílica ruta preconcebida por las autoridades cubanas, y ni siquiera se tomó la molestia de preguntar por opositores vulnerados o por algún prisionero político, limitándose a repetir, como un clon de Bruno Parrilla, los presuntos méritos de la gerontocracia verdeolivo que somete a mi pueblo a un absolutismo tan descarado como sistemático y brutal.

No se percató de que si el castrismo habla de “educación” en realidad debe entenderse “adoctrinamiento político”, pues ningún padre en Cuba elige el tipo de enseñanza que recibe su hijo, ni puede evitar que éste proclame, bajo el sol de cada mañana –desde la inocencia de sus cinco años hasta que su niñez caduque– loas por el comunismo, después de lo cual este individuo está predestinado a ser, al menos en cuanto a intención de los Castro se refiere, propiedad vitalicia y exclusiva del Estado cubano.

Así mismo cuando la dictadura dijo “salud pública”, esta iluminada relatora en realidad debió escuchar “consultorios inmundos sin agua potable”, “amplios territorios sin cobertura de especialistas” –pues éstos fueron enviados por Raúl Castro a otros países para vampirizarlos a cambio de miles de millones– así como “policlínicos y hospitales derruidos” en medio de una caótica infraestructura logística plena de farmacias desabastecidas y necesidades insatisfechas.

El infaltable sufijo “gratuita” endilgado por el Gobierno cubano a la educación y la salud pública quedaría pulverizado ante las narices de la relatora con sólo asomarse a la puerta de cualquier TRD. Además, seguramente en sus edulcoraciones esos solícitos funcionarios también “olvidaron” decirle que en esas escuelas y consultorios médicos laboran profesionales obligados a sobrevivir con un promedio de 30 dólares mensuales, con toda una implícita carga de frustración y miseria, para después de más de cuatro décadas de trabajo quedar condenados a una miserable jubilación de 10 dólares mensuales –algo que debería ser entendido por cualquier relator como una auténtica humillación a su dignidad humana.

Pero qué se puede esperar de alguien presuntamente enviado a investigar el estado de los Derechos Humanos a un país de tan cuestionable reputación y una vez allí se limita a preguntar en las oficinas de los mismísimos autócratas y perpetradores si los garantizan. Porque en la práctica a eso se circunscribió toda la visita de la señora Dandan, alguien que en el colmo de su cinismo incluso aseguró desconocer la existencia de cualquier tipo de oposición política en Cuba, lo cual no puede evidenciar otra cosa que una inmoralidad a prueba de balas, o cuando menos un retraso mental severo.

Pero lo que realmente sorprende no es la capacidad de simulación de la dictadura de los Castro –algo en lo que han sido extremada y excepcionalmente buenos– o la desfachatez de esta señora. La primera es un hecho absoluto, demostradísimo con creces a lo largo de seis décadas, y lo segundo una evidencia incontestable. Después de todo si de algo nunca ha carecido este mundo es de tiranos, ni de corruptos dispuestos a lamer botas para luego recoger migajas, o jugosas tajadas según el rango del favor dispensado.

Lo sorprendente es que desde una institución mundial por antonomasia llamada a velar por los derechos inalienables y universales del hombre sea enviada una funcionaria con tan pocas luces, o de una moralidad tan cuestionable, como para no percibir en una Cuba gobernada durante más de medio siglo por un único puño –algo imposible bajo estándares democráticos– ninguna evidencia de abuso dictatorial.

Supongo que a su regreso, preguntada en su sede en New York, parecerá que la señora Van Van –disculpen, Dandan quise decir– volviera del paraíso. Después de todo, hasta su aséptica oficina en la ONU nunca llegará el crepitar de los huesos rotos ni el pútrido olor de los calabozos, allí no se percibirá la impotencia del prisionero político, la angustia de la madre, ni el grito del condenado. En tan distante latitud un opositor de la UNPACU apaleado, una Dama de Blanco sufriendo en prisión, un hogar allanado por turbas políticas, alguien detenido durante meses sin cargos o encerrado en prisión por años mediante un juicio amañado, no serán más que fantasiosas habladurías de periodistas sin academia o de algún que otro blogger irreverente, banalidades criollas a la vista de Dandan cuando las compara con las “grandiosas conquistas” de este inmaculado Gobierno cubano, nada que no pueda ser adjudicado, a fin de cuentas, al incruento “bloqueo yanqui”.

No es gratuito que esta visita se produjera precisamente en medio del retorno a las viejas posiciones en el diferendo Cuba-EE.UU. y justo cuando la Unión Europea, al menos teóricamente, acaba de dejar claro que desde ahora todo paso serio estará supeditado a gestos inequívocos de la isla en materia de derechos humanos –un tema que no estuvo ni siquiera contemplado en la agenda de la Relatora Especial de Derechos Humanos de la ONU (¿¡¡!!?) durante su tour por La Habana.

Esta evidencia no hace más que confirmar una crudísima realidad ratificada otra vez por la Historia: mi pueblo parece estar solo en medio de su desgracia; ya nada debe esperar de nadie en medio de un mundo tan indolente. Cada día se hace más evidente –lo digo con el corazón sangrando– que nuestra libertad dependerá exclusivamente de cuanto dolor estemos dispuestos a pagar por ella. Mejor que así sea.

Ver: La trata de profesionales en Cuba a la vista de una Relatora Especial


El Presidente Trump acaba de anunciar desde Miami las pautas que desde ahora seguirá su gobierno con relación a la dictadura de Raúl Castro. Durante una contenida espera que tuvo en vilo al stablishment cubano por más de medio año, fue estudiada la política a seguir, y después de muchas deliberaciones terminó imponiéndose en Washington la línea dura propugnada por los congresistas de la Florida.

Trump, un icónico hombre de negocios, espera así que la contraparte en la isla acepte “un mejor trato”, y mientras tanto La Habana ya se parapeta detrás de su viejo discurso ultranacionalista de siempre, plagado de argumentos antiestadounidenses y lleno de alusiones al mesianismo castrista predestinado, según ellos mismos, a salvar la patria de todos los peligros.

Claras evidencias surgen si analizamos el contexto cubano durante los dos años y medio transcurridos desde el deshielo diplomático iniciado por la administración Obama en diciembre de 2014. Así vemos que en la Cuba de 2017 todavía persiste el estatismo absoluto. La voluntad política de la gerontocracia castrista continúa aferrada inexorablemente al pasado, haciendo gala de una encomiable resistencia a los cambios ante su terror a potenciales pérdidas de control. Las “reformas” raulistas no han conducido a nada. La pretendida “apertura” anunciada por el dictador a bombo y platillo no ha pasado de ser pura publicidad, efecto vitrina barato, y no ha hecho más que evidenciar la completa incapacidad del régimen cubano para ofrecer creíbles alternativas de desarrollo.

En Cuba todavía es notable la ausencia de inversión extranjera, imprescindible eslabón en la cadena de eventos llamados a desarrollar el país a mediano y largo plazo –unos 2500 millones de dólares anuales necesitaría Cuba, según criterio especializado– que continúan sin concretarse debido a la desconfianza que provoca la reputación de consumada estafadora de la tecnocracia habanera y la incertidumbre generada por una Ley de Inversión Extranjera que no ofrece garantías mínimas; la Zona Franca de Mariel sólo almacena telarañas, y mientras esto sucede el régimen cubano mantiene cerrada a cal y canto las puertas a los propios emigrados cubanos.

El indiscutible impacto generado en la sociedad cubana por la histórica visita de Obama disparó en La Habana la alerta que condujo a este frenazo final. A pesar del entusiasmo inicial suscitado fuera de Cuba por el deshielo diplomático, la fauna en la Plaza de la Revolución terminó bailando el danzón de su línea más recalcitrante. Esta saga de estancamientos y retrocesos ha tenido lamentables resultados, y hoy se advierte una explicable caída del interés turístico en general a pesar del aumento bruto de visitantes, mientras los turoperadores y las grandes líneas aéreas se repliegan, reconocen su error de cálculo y ven desinfladas sus expectativas –tendencias que a partir del anuncio de Trump no harán más que agravarse– a la vez que un sostenido y confeso decrecimiento económico ensombrece el futuro inmediato de la nación cubana.

Donald Trump debió tener en cuenta esas “nimiedades” de la dictadura que desmienten a quienes aseguraban que una apertura incondicional debería haberse revertido en mayores dosis de libertad política e independencia económica para el pueblo cubano. Los hechos, más bien, han demostrado exactamente lo contrario: el sector cuentapropista se mantiene maniatado por una desatinada lista de actividades permitidas, todas de perfil medieval, sin garantías legales ni personalidad jurídica reconocidas, sin un mercado mayorista ni autorización para importar insumos, bajo el asedio constante del Estado y la amenaza siempre presente de incautaciones por la inevitable transgresión de una legalidad diseñada al detalle para evitar su éxito y florecimiento.

Pero además, mientras esto sucede se deteriora a saltos la situación de los derechos humanos. En Cuba no deja de recrudecerse la represión política. Durante el último año nuestra sociedad civil ha sido víctima de una sistemática oleada represiva de inusitada intensidad, que puede considerarse ya como la más inmisericorde desde la Primavera Negra de 2003, su única comparación posible.

Durante el deshielo diplomático con Estados Unidos se ha asistido a un aumento galopante en la virulencia y vulgaridad de los métodos represivos de la dictadura castrista: se perpetran todavía cientos de detenciones arbitrarias y encarcelamientos cada mes, sin cargos y por breves períodos, a disidentes y opositores pacíficos; allanamientos y robos en sus viviendas y en las sedes de organizaciones independientes por hordas delincuenciales organizadas por el régimen; confiscación de bienes personales sin acta oficial mediante, además de los ya rutinarios actos de repudio y golpizas impunes, organizado todo por la policía política y el Partido Comunista con la complicidad de un sistema judicial subordinado al régimen represor.

Sin duda el Presidente Trump está advertido de que la dictadura cubana ha seguido hasta ahora un patrón inalterable: el grado de sosiego económico de este régimen despótico siempre ha sido inversamente proporcional a las libertades y al bienestar del pueblo cubano. En este sentido los hechos han sido elocuentísimos, y bastaría para confirmarlo recordar un prístino ejemplo: si Fidel Castro abrió la vía del trabajo por cuenta propia a mediados de los 90 fue sólo porque el desastre soviético le trituró los testículos. Pero advirtamos cómo pocos años más tarde los petrodólares de Hugo Chávez lo hicieron retornar a su viejo hábito de cercenar derechos y trocar cuanto tocaba en mierda, momento en que fueron dictadas muchas contramedidas dirigidas a revertirlo todo y limitar en cuanto fuera posible el acceso al cuentapropismo, y así todos recordamos cómo durante la siguiente década prácticamente se dejaron de expedir nuevas licencias.

La evidencia es innegable: cada vez que la economía de la dictadura cubana se ha oxigenado, también ha recrudecido todos sus mecanismos de represión política, robustecido los métodos de coerción social y se ha enfatizado hasta el delirio su vocación de control y desmedida centralización sobre todos los actores económicos.

A la luz de estas verdades se hacía predecible el diametral giro dado ahora por la administración Trump. Desde hoy Estados Unidos mantendrá relaciones diplomáticas con La Habana, pero conservará intacto el embargo económico, así como se mantendrá la derogación de la política pies secos/mojados, se limitarán las categorías de visitas permitidas a estadounidense, a la vez que se preconizarán los mecanismos de intercambio y el comercio únicamente con el incipiente sector emprendedor de la empresa privada, la pequeña empresa familiar, mientras se deja bien establecida la prohibición de comercio con cualquier empresa relacionada al ejército cubano, algo a ser intentado en medio de una economía interna controlada en su casi totalidad por la élite militar de la isla.

GAESA representa hoy el más arquetípico ejemplo del monopolismo de estado ejercido a través del ejército en Cuba sobre su maltrecha infraestructura económica. Dirigido por el yerno de Raúl Castro, el General Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, este conglomerado maneja dos terceras partes de la economía cubana mediante el control directo de las corporaciones más rentables y lucrativas del país, mientras el Coronel Alejandro Castro Espín, hijo del tirano y principal candidato sucesorio al trono, se mantiene al mando de toda la contrainteligencia del país. Entonces quedaría por ver si en semejante contexto será posible evadir en la práctica este férreo control gubernamental para llegar al pueblo sin interferencia de esta hidra de mil cabezas.

Pero lo cierto es que ya se rompió el corojo. Si bien es una verdad incontestable que la libertad de Cuba será únicamente el resultado de la lucha de su pueblo y nunca una emanación secundaria de dictámenes extranjeros, también es cierto que la nueva política anunciada por Trump tendrá inevitables y profundas consecuencias. Desde ahora se afianzará aún más el escepticismo de los potenciales inversores, los antiguos acreedores retomarán su antigua reticencia, y como ya el mundo tomó nota de la cínica retórica de Raúl Castro se le cerrarán a la dictadura cubana muchísimas puertas.

Si a esto se le suma la incertidumbre generada por la debacle del régimen homólogo de Nicolás Maduro, ya se puede prever el tambaleante escenario en que se producirá la inminente sucesión política de 2018, todo lo cual hace prever que a partir de este momento se producirá un retroceso cada vez más dramático en la economía de la isla, cuya principal responsabilidad recaerá directamente sobre el execrable absolutismo castrista.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Los estratégicos vínculos entre La Habana y Caracas han propiciado que desde el momento de iniciada la Misión Médica oficial de Cuba en Venezuela, esta haya tenido particularidades propias en su metódica si se le compara con las misiones análogas en el resto del mundo.

El degradante trato dado por el Gobierno “revolucionario” y “socialista” de la isla a estos profesionales en cada latitud del globo contempla toda una gama de vejaciones, tan extensa como denigrante, que despertaría la envidia de los teóricos fundamentalistas más radicales del capitalismo neoliberal. Pero en el caso venezolano siempre ha destacado una constante –de la cual sin embargo no están exentos los colaboradores de otros países: la prohibición, tácita o explícita, de trabar cualquier relación con la población local, ya sea en forma de relación de pareja o de cualquier otro nexo demasiado “cercano”.

Bastaría recordar cómo hace poco asistimos a un sisma en la Misión Máis Medicos, de Brasil, debido a la negativa del Gobierno cubano –nunca de la parte brasilera– de permitir a la familia de los colaboradores permanecer en ese país ante el temor a deserciones masivas. No obstante, ha sido en tierra bolivariana donde con mayor rigor se ha aplicado esta metodología de sometimiento, porque sin duda fue allí donde logró consolidarse el más descarado y arquetípico de los variadísimos esquemas de explotación diseñados por el régimen de La Habana.

Motivos de seguridad frente al vandalismo vulgar fue el pretexto esgrimido por los explotadores castristas para justificar esa obtusa postura. Por eso ahora, a la luz de la gravísima convulsión política desencadenada en Venezuela ante el desastroso gobierno de Nicolás Maduro, este socorridísimo argumento entra en franca contradicción con el sentido común: si tanto preocupa a La Habana la seguridad de sus colaboradores ¿acaso no va siendo ya el momento de que Cuba los retire definitivamente de ese país? Si fueran auténticos los motivos enarbolados para justificar esas metódicas prohibiciones ¿por qué se les exige todavía que continúen trabajando, como si nada pasara, en medio de esta escalada galopante de violencia? ¿Acaso no se percatan en La Habana de que en medio del caos de esta Venezuela ingobernable la situación de miles de cooperantes se ha vuelto extremadamente vulnerable?

En etapas pasadas, durante las casi dos décadas que ha durado el experimento Castro-Chavo-Madurista, ya se produjeron múltiples muertes violentas entre los colaboradores cubanos, en todos los casos tratados inexorablemente bajo estrictos métodos de secretismo y censura: ataúdes que llegan sellados a Cuba, prohibición terminante a examinar los cuerpos incluso para familiares cercanos, desinformación sistemática de las autoridades respecto al espinoso asunto y mutis total de la prensa oficial sobre el tema.

Duele decirlo, pero es sólo cuestión de tiempo que estas desgracias se repitan, pues hoy son más altas que nunca las posibilidades de que pronto lamentemos algún caso grave de agresión o muerte a colaboradores cubanos. ¿Podría llegar como arremetida de violencia física focalizada en una región? ¿O como linchamientos a cuentagotas? ¿Acaso en forma de masacre en un CDI? No se sabe, pero algo es indudable: el venezolano promedio guarda un odio visceral contra la presencia cubana, porque sabe que sobre La Habana pesa una considerable cuota de responsabilidad sobre la insidiosa instalación, directa asesoría y sostén de esa dictadura que les arruina su país.

Ese ciudadano que en Venezuela se ve privado de derechos civiles, y sometido a inauditas privaciones materiales, no desea discernir entre un médico y un agente de la SE cubana, para él ambos representan indistintamente frentes de una ofensiva castrista común, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que jamás un colaborador cubano en activo se ha pronunciado públicamente contra las atrocidades de la dictadura de Maduro. Todo esto ha llegado a condicionar tan negativamente la opinión pública venezolana, que es imposible prever hasta dónde sería capaz de llegar una multitud ciega de ira.

Si bien es cierto que los líderes de la oposición venezolana, cohesionados alrededor de la MUD, preconizan la protesta pacífica, nunca se tendrá garantía absoluta de que esto se respete sobre el terreno, sobre todo tomando en cuenta las violentas réplicas de las fuerzas represivas del madurismo y la impunidad con que operan sus hordas paramilitares, adoctrinadas y tácticamente asesoradas por una Seguridad del Estado cubana en cuyos inescrupulosos manuales puede estar contemplado el sacrificio profeso de algún que otro cubano en aras de “evidenciar” las constantes acusaciones de terrorismo a la oposición –lo cual, de paso, añadiría oportunamente algún rostro a su cínica lista de mártires desechables, siempre usada con fines discursivos puramente pragmáticos.

Tengamos en cuenta que en medio de esta caótica batalla flota a la vista de todos, enarbolado por ambos dictadores como un elocuentísimo chantaje emocional, el estandarte de la Misión Médica cubana. Esta es una realidad innegable, y es la causa primordial de esta aversión generalizada contra todo colaborador de la isla, algo que puede salirse fácilmente de control al fragor de estas enconadas protestas, lo cual perfectamente pudiera cobrarse un costo impredecible en vidas cubanas.

Pero la dictadura castrista no está dispuesta –cuesten los riesgos o los muertos que cuesten– a ceder su suculenta cereza. Todavía los 55000 barriles diarios garantizados por Maduro, aun representando la mitad de las regalías pasadas, son prácticamente el único grifo “seguro” de petróleo para Raúl Castro, la crítica vía de oxígeno que lo mantiene a flote. Mientras para Maduro este turbio intercambio representa una vía expedita para continuar inflando sus presupuestos, en lo que representa seguramente una impúdica operación internacional de lavado de dinero.

Raúl Castro sabe que en Caracas se juega el todo por el todo. Por eso la orden desde La Habana sigue siendo inequívoca y firme: su sicario en Caracas debe resistir hasta el último Bolívar, hasta el último represor y hasta la última bala. El pueblo venezolano también sabe que hoy en sus calles no sólo se juega su libertad, sino el balance continental estratégico del poder político en América Latina. Las profundísimas implicaciones regionales de una victoria sobre la dictadura de Maduro, a producirse tarde a temprano, cobrarán una importancia que trascenderá con mucho las fronteras venezolanas. La intensidad de esta confrontación queda así explicada.

Con tan grandes intereses en juego es predecible que la actual ola de protestas continúe indefinidamente hasta que el poder ceda o se agote la oposición. Ni una alternativa ni la otra parecen estar a la vista a corto plazo, pero algo sí es seguro: los profesionales cubanos que todavía permanecen en Venezuela corren un peligro real y constante, y están asumiendo un riesgo irracional debido a la tozudez y la codicia de crápulas políticas instaladas a ambas orillas del Caribe.

El altruismo esgrimido por la hipócrita diplomacia de Raúl Castro cuando asegura que estos profesionales, a pesar de los evidentes riesgos, se mantienen en Venezuela por pura abnegación personal y la ferviente “vocación filantrópica” del gobierno cubano se vendrá abajo en cuanto se derrumbe la dictadura de Nicolás Maduro. Entonces Venezuela precisará de médicos más que nunca, pero ante la segura negativa del gobierno entrante de seguir sosteniendo a la dictadura de la isla –pues con seguridad decidirá pagar a los galenos que decidan quedarse sin intermediación del gobierno cubano– automáticamente, a la vista de Raúl Castro, todos los venezolanos dejarán de ser seres humanos necesitados de atención médica, y ese será el predecible momento en que el dictador cubano ordenará el inmediato regreso de sus legiones de esclavos, porque jamás ha pretendido, ni de lejos, mantener allí una misión “humanitaria” sin ánimo de lucro.

Por estas y otras razones cualquier daño, mutilación o muerte cobradas por la violencia política sobre algún colaborador cubano en Venezuela será, ante la Historia, responsabilidad directa de Raúl Castro y la codicia de la dictadura que sostiene.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sí General, en este punto estoy plenamente de acuerdo con usted: “el enemigo usa armas informativas cada vez más sofisticadas. Entendido por enemigo, claro está, todo el que se oponga pertinazmente al progreso de mi pueblo; aquel que con desvergüenza lo priva de sus derechos; todo aquel que le obliga a vivir en la miseria; quien le miente, sin ruborizarse, con consignas huecas; quien le defalca sus riqueza y la dilapida en caprichos sectarios; quien suprime a la fuerza las voces disidentes o aquel que llega a la vileza de arrastrar y golpear mujeres indefensas sin respeto ni siquiera por sus propias leyes.

Gracias al terror impuesto a golpe de atropellos, fusilamientos y cárceles, estos consumados infames lograron controlar todos los resortes del poder desde principios de los 60 para al final arruinarnos un país predestinado naturalmente a la prosperidad, y hoy podemos ver como estos miserables se reparten los despojos de mi patria.

Esos temibles enemigos de mi pueblo, General –acostumbrados a su monopolio de mentiras– son los que hoy se crispan de miedo cuando les ilumina la verdad. Pero como las cosas van cambiando –no gracias a ellos, sino a pesar de ellos– y existe algo llamado progreso y algo inherente a la naturaleza humana llamado libre albedrío, han surgido neologismos que no codifican con su jerga absolutista –palabras ininteligibles para ellos, impronunciables en boca de un pueblo esclavo. ¿Internet accesible, pleno y sin censura? ¡horror! ¿Libertad de prensa, libertad de reunión y de asociación? ¡jamás! –entre otros muchos libertinajes que se permite ese cruel capitalismo mundial que nos cerca por todas partes.

Debido al egoísmo, la paranoia, la cobardía y la anquilosis mental de esos enemigos públicos que usted menciona, mi país acaba de ver pasar de largo un rosario de excelentes oportunidades, ofrecidas por un presidente norteamericano que rompió el esquema de todos sus predecesores. Entonces pudimos ver cómo los mismos inmorales que ayer se atrincheraron aludiendo inexistentes sirenas de guerra, hoy se repliegan otra vez tras las mismas trincheras, descolocados también ante la pipa de la paz. Cuando en su soberbia se negaron a reciprocar aquella mano tendida quedaron una vez más en evidencia ante mi pueblo como los oportunistas incorregibles que siempre han sido.

Es precisamente por la testarudez y la consumada mediocridad de estos enemigos jurados del pueblo cubano, General, que todavía se pudren la mitad de las cosechas antes de llegar a nuestras mesas, que una significativa parte de los campos continúa cubierta de marabú africano y otro injustificable por ciento permanece todavía incultivado mientras mi país importa innecesariamente más de 1700 millones de dólares anuales en alimentos –incluida una parte de su azúcar ¡algo increíble!– cuando, notoriamente, a la llegada de estos miserables hace casi sesenta años Cuba era exportadora neta de alimentos y la primera potencia mundial en exportación de azúcar.

Pero no puede suceder de otro modo en un país con dos terceras partes de sus empresas y corporaciones dirigidas por militares que de economía nada saben, pero que en cambio sí se han doctorado, con honores, en estafas y malversaciones. Digo yo, General, que si un periodista independiente puede caer preso en Cuba porque según la policía política “no tiene un título de graduado en esa carrera, ni está autorizado por el gobierno, ni inscrito en ninguna Agencia reconocida por el régimen cubano”, entonces se debería aplicar la misma lógica a estos casos y retirar a todos los militares cubanos de todo cargo y responsabilidad civil, confinando sus funciones a las Fuerzas Armadas, la única área de influencia que deberían detentar dada su formación exclusivamente militar.

En fin, General, raras veces sucede, pero esta vez sí le asiste a usted toda la razón: hoy por hoy la mejor tecnología del país está en manos de los enemigos consumados del pueblo cubano. Estos señores para concretar sus inescrúpulos disponen de Internet de banda ancha, de todas las conexiones satelitales posibles, de móviles de última generación y de recursos ilimitados que abastecen a legiones de trolls/agentes subnormales que intentan crear corrientes de opinión favorables a la dictadura que sostienen.

Estos enemigos son los que controlan el monopolio de ETECSA, que sentado como un gigante implacable a la puerta de todos los pobres nos impone tarifas prohibitivas por mala telefonía y una Internet censurada, lenta y cara únicamente accesible bajo el sol tropical de las aceras cubiertas por Wi-Fi. Son los mismos que intervienen y escuchan todas las conversaciones y mensajes enviados desde y hacia Cuba, y lo mismo limpian la bandeja de tu correo como que hackean sitios incómodos y censuran páginas contestatarias.

Pero ¿le digo algo General? No es menos cierto que ya a estos enemigos de mi pueblo se les acabó su tiempo, y como lo saben se les nota el miedo. La ola de depredación desatada contra la oposición pacífica en mi país durante el último año denuncia su desesperación. Saben que mi pueblo hace mucho tiempo dejó de amarles –si se le puede llamar así a algo engendrado bajo la mentira– pero que hoy, definitivamente, sólo les odia y les teme. Por eso esta canalla lanza, una tras otra, inmisericordes oleadas de represión, porque saben que el miedo es el único y último recurso que les queda.

Por suerte el miedo es un sentimiento tan engañoso como fugaz, y suele agotarse con el tiempo. Hoy una parte cada vez mayor de mi pueblo no le teme más a sus verdugos y decidió definitivamente ya no humillarse ante los tiranos. Pero esa liberación personal irradia un aura peligrosamente contagiosa y el enemigo muy bien lo sabe, y aunque insista en presentarse con apariencia imperturbable, sin embargo, su nerviosismo lo delata.

Infiero que usted puede conocer personalmente a tales enemigos. Si llega a topárselos por favor confírmeles en nombre del pueblo cubano que ya es hora de que se aparten de nuestro camino. Es muy necesario y saludable, además, que usted también lo sepa General.

Por Jeovany Gimenez Vega.

Hace unos días el Cardenal Jaime Ortega Alamino en rueda de prensa, al referirse a una carta suya enviada al dictador Raúl Castro para “…lamentar el trato dado a las Damas de Blanco…” aseguró haber tenido con ello “…una intervención inicial en aquel proceso…” Con esta afirmación el Cardenal insinúa, o al menos deja implícito, que tuvo un papel crucial en la liberación de los prisioneros políticos cubanos de la Primavera Negra de 2003.

Sin duda asistimos aquí a un evidente error de perspectiva. Cuando el Cardenal se dirigió en estos términos al General en Jefe ya estas honorables mujeres llevaban alrededor de siete años sufriendo asedios y amenazadas a diario por parte de la repulsiva policía política, eran arrastradas con frecuencia por hordas paramilitares organizadas por el Partido Comunista y detenidas por la Seguridad del Estado en cada una de sus temerarias marchas por La Habana.

No se trata de una afirmación mía, estos son hechos documentados durante años por toda la prensa extranjera que decidió ajustar sus cámaras a 250/8 y estar allí. Recordemos como cientos de estas activistas y sus damas de compañía se habían cohesionado alrededor de Laura Pollán y otras líderes, y como a pesar de todos esos años de vejaciones –que forzaron al límite la potencia represiva de la Sección 21– no parecían mostrar ningún signo de fatiga, sino todo lo contrario, pues cada informe de inteligencia debió ratificar al mando superior la firmeza en sus propósitos. Para entonces ya la organización había recibido el Premio Sajarov, contaba cada vez con mayor apoyo internacional y absorbía una cobertura permanente de las Agencias extranjeras acreditadas en Cuba.

Es un hecho indiscutible que a la altura de 2009 ya el movimiento de las Damas de Blanco tenía contra las cuerdas a la dictadura cubana. También es un secreto a voces que fue entonces cuando la dictadura, acorralada en su error y demasiado arrogante como para reconocer su derrota –pero también demasiado cobarde para disculparse por los encarcelamientos perpetrados seis años antes– decidió parapetarse detrás de una presunta intermediación de la Iglesia Católica: ideó presentar la liberación de aquellos prisioneros políticos como un presunto rapto de compasión, como una epifanía del régimen castrista ante aquella piadosa solicitud.

Para dar credibilidad a la farsa fue elegido el manto púrpura de Jaime Ortega. El resto de la solución pasó, entre otros actores, por el Gobierno español de Zapatero, ejecutor del resto del trabajo sucio, cuando aceptó a los desterrados –que otra cosa no fueron– pero negándoles, sin embargo, el status de refugiados políticos que auténticamente detentaban. Así todo quedaría como una conmovedora intermediación de la jerarquía de la Iglesia Católica cubana entre la preocupada comunidad internacional y el clemente Gobierno cubano, mientras se excluiría meticulosamente de la ecuación la heroica resistencia de aquellas madres, hijas y esposas que habían humillado a una dictadura.

Hoy Jaime Ortega insiste en lo contrario, y a la vez que reconoce cómo aquel desenlace fue determinante en la posterior política de normalización de relaciones propuesta a Raúl Castro por la Administración Obama y el fin de la Posición Común europea, omite imperdonablemente que la dictadura cubana todavía se niega, furibunda, a normalizar relaciones con su propio pueblo.

En España vimos a un anodino Ortega evadir, con una desfachatez total, la pregunta sobre la cifra de prisioneros políticos que mantiene actualmente el régimen castrista. Negarse a denunciar la permanencia de alrededor de un centenar de presos políticos en cárceles cubanas –sometidos invariablemente al régimen penitenciario de los reos comunes– denuncia su naturaleza ladina y una pasmosa cobardía personal en el líder religioso.

En España vimos a un simulador muy bien informado. Este señor conoce de primera mano la arrogancia de la dictadura porque la ha vivido en carne propia. La institución que representa sufrió la expulsión de decenas de sacerdotes y religiosas, la confiscación de sus colegios y de muchos conventos y lleva más de medio siglo sin poder construir nuevos templos. Su Iglesia fue una víctima más de la ola represiva del ¿quinquenio? gris, cuando miles de sus miembros también sufrieron confinación forzada en las UMAP y perdieron trabajos o carreras universitarias por no renegar de su fe.

Retaría a este señor a que solicite al Gobierno cubano libertad para que los padres que así lo decidan, en pleno uso de su natural derecho, puedan elegir una educación religiosa para sus hijos, o que se reabran las escuelas de Jesuitas –como aquella en que estudió el adolescente Fidel Castro, por cierto– y se autorice al clero a tener sus propios canales de televisión y radio, algo completamente legal en el resto del mundo libre.

Pero Jaime Ortega sabe que su silencio es la condición para evitar la ira de un tirano al que mucho teme. Sabe que la recientemente inaugurada nueva sede del Seminario de San Carlos es prácticamente la única concesión hecha por la dictadura en más de medio siglo –presuntamente como premio a su papel en aquella puesta en escena de 2010– y con toda seguridad está enterado sobre la constante represión mantenida por el régimen hasta hoy contra las congregaciones protestantes en Cuba –que ya ha conllevado el cierre forzoso de decenas de lugares de culto– víctimas de la paranoia y la recia intolerancia del Gobierno de Raúl Castro.

Entonces ¿cómo es posible que este señor se niegue a hablar sobre presos políticos y elecciones en Cuba, solo porque “…no entra en el ámbito de esta conversación…”? Ortega sabe que el castrismo hasta el sol de hoy vulnera masiva y sistemáticamente los derechos humanos de mi pueblo, pero ahora emplazado ante la Historia decide guardar prudente distancia, callar vilmente, y tomar partido por las huestes de Roma; sabe que mientras clava su cabeza en la tierra y se lava las manos como Pilato la dictadura crucifica impunemente al pueblo cubano, sin embargo, haciendo gala de un espantoso cinismo dice ante el mundo que en Cuba las cosas van cambiando.

Definitivamente este hombre no vive en la misma Cuba que yo habito, en la que padece el pueblo cubano y mi familia, la del desabastecimiento atroz e injustificable. Cita otra Cuba que no conozco, una donde presuntamente ha habido “…cambios de una economía que se abre a distintos aspectos… en la consideración a la propiedad privada…” La Cuba que conozco es la de los disidentes amenazados y apaleados, la de los opositores vejados y encarcelados impunemente, la de los jóvenes expulsados por motivos políticos de una Universidad que sigue siendo exclusivamentepara los revolucionarios”.

Realmente no conozco esa Cuba alucinada que menciona Ortega. La Cuba que conozco es un país en caos, sin leyes ni autoridades que las respeten, con una falta absoluta de oportunidades para una juventud que recién protagonizara el éxodo más grande de su Historia, generando la crisis migratoria centroamericana, mientras huía de ese Gobierno que hoy Ortega, sin rubor, abiertamente defiende; una Cuba donde persisten cientos de prohibiciones absurdas que hacen inoperante la prosperidad dentro de la legalidad, pues un gobierno hostil a la empresa privada hace todo lo posible porque así sea.

Desconozco si este hombre de maneras afectadas y mirada evasiva –que mientras habla no se atreve a levantar los ojos pues sabe que miente– ha logrado dormir tranquilo desde ese día, cuando tajante evadió las dos preguntas más trascendentes de la jornada, actitud que remeda la de los dirigentes cubanos que en su terror a la verdad jamás –literalmente, jamás– se exponen a la prensa libre.

No habló el Cardenal desde la intimidad de un claustro, sino que lo hizo públicamente y debió elegir mejor sus palabras. Si el Señor Ortega no está dispuesto a decir la verdad sobre los crímenes perpetrados por la dictadura cubana contra mi pueblo, mejor debe abstenerse de hacer declaraciones públicas. Pocas veces se asiste a una actitud tan absolutamente pusilánime. Cierto que es una personalidad religiosa, no un político, pero cuando asegura que Raúl Castro se abre al mundo y habla de “…los nuevos aires que corren en Cuba…” –cuando en realidad estamos ante una dictadura cada día más enquistada y retrógrada– asume una postura política que avala el desempeño de los tiranos desde su posición de persona pública.

Cuando presencio estos vergonzosos despliegues de cobardía disfrazados de hipócrita mansedumbre no puedo menos que recordar a auténticos mártires de la Iglesia, pero sobre todo pienso en el inspirador ejemplo del beato Monseñor Romero tan cercano a todos sus pobres, el de las denuncias incendiarias contra los verdugos durante aquellas homilías que paralizaban a su Salvador amado, el cordero de Dios que defendió como león la libertad de un pueblo que hoy lo recuerda y venera como a un santo. Este hombre humilde se creció ante las circunstancias y cuanto más recrudecía la represión con mayor tenacidad defendía a sus pobres, e incluso superando su propia naturaleza, encontró gracias a su inspiración en Dios un valor personal del cual, según palabras propias, no nació dotado. Un tristísimo día de 1980 murió asesinado este santo por un certero disparo en el corazón, pero su vida todavía inspira a millones.

Ante semejante ejemplo de santidad moral este hombrecillo que hoy nos ocupa cobra dimensiones entomológicas. Pero aquí tenemos a Jaime Ortega Alamino, una vez más, en su rol de testaferro político de la dictadura cubana, convertido ya prácticamente en vocero oficial del Gobierno de Raúl Castro. Ojalá Dios, y por supuesto la Oficina de Atención a Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se apiaden de su alma.

Ver Estado de Sats: Ortega en campaña por el neocastrismo.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Acabo de subir un comentario a esta página que arriba se puede ver. Como su nombre claramente lo indica se trata de uno de esos engendros que defiende a brazo partido la santidad de Fidel Castro. Apenas unos minutos después de subido mi comentario fui bloqueado. Esto es una práctica común a casi todos los sitios oficialistas o simpatizantes con el castrismo: o bien cada comentario debe ser previamente modulado, o simplemente es bloqueado. Esta práctica sólo evidencia una medular cobardía, una falta total de argumentos y son consecuencia directa de los hábitos de la dictadura cubana, que ha extendido prácticas análogas de intolerancia a toda la sociedad cubana durante casi 60 años. Después de todo ya lo dice el refrán: a tal palo tal astilla.

Este es un post atípico y espontáneo, escrito directamente desde la pantalla de administrador de Ciudadano Cero. Por supuesto obedece a un impulso emocional ante la cobardía de un sitio que hace loas y suspira de admiración ante el recuerdo de un tirano. Ahora pueden llegar hasta aquí todas las divisiones de ciberclarias de la UCI a formar el coro. Pueden llegar todas juntas, aquí no se bloqueará la opinión de ninguna de estas divas de la policía política, porque aún despreciando profundamente sus mentiras, este fue, es y será un espacio democrático, abierto tanto a opiniones favorables como en contra. Después de todo, si la verdad está conmigo ¿quien contra mi?

Aquí queda el comentario bloqueado por “Fidelistas Por Siempre”, antes para su consumo, ahora como muestra pública de su cobardía:

“Realmente no sé a lo que te refieres cuando aseguras que en Cuba el socialismo se mantiene de forma “voluntaria”. En ese caso quedaría por ver por qué la dictadura necesita mantener constantemente tanta fuerza de choque en la calle para acallar a los que se atreven a levantar la voz en medio del terror fomentado precisamente por tu Santo Patrón San Fidel de todos los Castro. Tampoco comprendo cómo adivinas que estos criminales que incendiaron un perrito (en Manzanillo) son balseros que quieren llegar a EE.UU. o algo por el estilo. ¿O acaso tienes una bola de cristal? Sin advertirlo estás copiando a tus jefes, que han convertido la ofensa y la difamación a priori en una norma, en su práctica habitual. Si supieras, a mi se me parecen más a los esbirros de la Seguridad del Estado que le caen a palo a los opositores en la calle y organizan o se ofrecen a los denigrantes mítines de repudio que organizan tus santos jefazos para mantener “voluntariamente” ese socialismo que en Cuba nos mantiene sumidos en la más absurda e innecesaria pobreza. Sin embargo sí estoy de acuerdo contigo: mi pueblo es un pueblo excelente y trabajador, llamado naturalmente a la prosperidad gracias al trabajo de sus manos, pero un obstáculo hasta ahora insalvable se lo ha impedido durante más de medio siglo: la dictadura instalada y sostenida a puros c@jones por tu clan de santos. Han sido precisamente las lamentables carencias materiales y la amoralidad fomentada gracias a sus delirios que tanta juventud creció sin valores y es capaz de retratarse sentada sobre el busto de Martí, del mismo Martí que traicionan todos los días los mismos que aquí aplaudes y se cagan en la doctrina martiana cuando atropellan los derechos del pueblo cubano y le pagan una miseria al maestro, al médico, al jubilado, y al pueblo en general para después darse golpes de pecho en los foros mundiales por los pobres del mundo. Pura demagogia. Es cierto que en Venezuela hay mucho “lumpen proletario”: están infiltrados en la PNB, asesorados por la Seguridad del Estado cubana y reprimiendo al valiente pueblo venezolano que lucha por sus derechos, y también mucho agente cubano que está infiltrado entre las protestas para entorpecer todo, o asesorado por ellos, tácticas todas ordenadas desde La Habana. Cierto también que el Cuba tenemos muchos burgueses: están llenos de estrellas y condecoraciones entregadas por tus santos patrones, sentados en la Plaza, y tienen sus mansiones en Kholi, Nuevo Vedado y Siboney, con casas de descanso en Varadero y tienen autos a tanque lleno para ellos y sus amantes. Este sitio es penoso, una vergüenza para todos los millones que hemos sido víctimas y sufrimos la arrogancia y el despotismo que fomentan todavía tus jefazos de la Plaza. Sitios como este son una auténtica vergüenza porque se proponen legitimar lo ilegitimable: UN CRIMEN COMETIDO CONTRA TODO UN PUEBLO. Pero a pesar de todo tú decidiste ser Fidelista por siempre, lo cual es tu derecho; después de todo hay un refrán que reza que hay gustos que merecen palos; pero para gustos se hicieron los colores y para escoger las flores. Pero nunca olvides que tu Santo Fidel Castro nunca dudó en fusilar seres humanos cuando lo creyó necesario a sus intereses -y no uno sino a muchos- lo cual fue bastante más grave que incendiar un perrito. ¿O no lo crees así? Ahora que ya te dije todo esto, cuando quieras me puedes bloquear, así serías consecuente con el espíritu de los Castro, estarías en su línea, censurando todo lo que les ponga la verdad de frente, ese sería tu tributo a los déspotas y mi triunfo.”

Comentario en Unión de Cubanos en Ecuador

Por Jeovany Jimenez Vega.

Mañana será un día sin sorpresas en Cuba. Este 1 de mayo –el primero sin Fidel Castro en casi seis décadas– nuevamente se llenarán las plazas públicas del país, lo cual nadie sensato debería interpretar como una verdadera muestra de apoyo al Gobierno de Raúl Castro, sino más bien como una advertencia de que los resortes represivos de la dictadura profunda se mantienen intactos.

En una sociedad donde la a-moralidad cobra matices surrealistas, la abrumadora mayoría de los que desfilarán el Día Internacional del Trabajo en esta isla oprimida lo harán conscientes de que asisten a una gran farsa, de que todo no pasará de ser un ejercicio más de automutilación, pero en ausencia del espíritu crítico y el civismo necesarios para negarse –extirpados hace décadas por la dictadura– la mayoría terminará cediendo y preferirá pagar su tributo de miedo a los tiranos. Total, si nunca un palo ha hecho monte, ni habrá golondrina que haga el invierno, se dirán a modo de piadosa consolación.

Sin duda entre los más “combativos” bloques se contarán los de la Salud Pública. Será una excelente oportunidad para, en medio de pintorescos carteles y altisonantes consignas, tal vez ascender en el listado de la sacrosanta bolsa de colaboradores, lo cual podrá enviar al interesado a cualquier oscuro rincón del mundo como parte de las Misiones Médicas oficiales donde el Gobierno cubano puntual y “desinteresadamente” le sustraerá el 70% de su salario, a pesar de lo cual ganará allá 20 veces más que la miseria que en Cuba le pagan esos mismos autócratas vitoreados por ellos en la Plaza.

Ante este despliegue de hipocresías mutuas no puedo menos que recordar con tristeza cómo en 2006 fue precisamente el Jefe Nacional del Sindicato de la Salud Pública, entonces un tal Raimundo Navarro, quien dirigió personalmente los mítines de repudio en todos los centros de trabajo donde dos médicos habaneros, unos meses antes, habían hecho circular un documento finalmente respaldado por 300 profesionales, que con respeto hacía llegar el criterio mayoritario de los trabajadores del sector al Ministro de Salud, Dr. José Ramón Balaguer, con relación a un irrespetuoso aumento salarial hecho efectivo en 2005.

Todos sabemos sobradamente que fue el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado el responsable de todo aquel penoso proceso, pero que fuera precisamente el máximo responsable del Sindicato de la Salud Pública quien se ofreciera a hacer el trabajo sucio, y “organizara” aquella cacería de brujas para proponer que ¡dos de sus propios afiliados! fueran expulsados del Sistema Nacional de Salud, lo dice todo sobre la verdadera misión de los sindicatos bajo una dictadura como la castrista.

Y a pesar de todo mañana presenciaremos un acto más de la gran puesta en escena. Tal vez usted no comprenderá cómo puede repetirse año tras año esta paradoja, incluso en medio de semejante ineptitud gubernamental, de un caos económico tan profundo, en medio de una sistémica corrupción y un desabastecimiento escandaloso, generadores todos de una galopante represión política, pero sin duda la respuesta podrá encontrarla el 2 de mayo, porque los mismos que mañana agitarán las banderitas saldrán al día siguiente a su rutina de siempre: le robarán a Castro en su almacén o defalcarán su empresa estatal con relativa tranquilidad, cumpliéndose así el tácito acuerdo que lo sostiene todo: te dejaremos tranquilo siempre que te portes bien; si cooperas y simulas en la Plaza te permitiremos robar en paz.

Una vez más el régimen organizará estos alardes a lo largo y ancho de la isla para autolegitimarse, porque el absolutismo necesita imperiosamente de estos recurrentes despliegues de onanismo mental; después de todo, una dictadura sin simulaciones sería como un jardín sin flores.

Por esto nunca estará de más recordar que tanto en el bloque de Europa del Este como en el cuartel general del “comunismo” mundial, la mismísima URSS, cada régimen supo organizar estas payasadas hasta el último minuto y justo antes de sucumbir ante la Historia se llenaron igualmente las plazas de estériles consignas y banderitas tardías.

Esta lección nos confirma que en Cuba también estamos ante un gigante con pies de barro, no lo olvidemos: un gigante soberbio, pero cobarde, sostenido únicamente por sus mentiras y nuestro miedo, un engendro que sólo parecerá grande mientras lo contemplemos de rodillas… y él muy bien que lo sabe.

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