“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Increíble, pero cierto. En apenas tres meses se han paseado por mi país dos relatoras especiales de la ONU, sin que ninguna de ellas ni siquiera simulara enterarse de las escandalosas violaciones a los derechos humanos practicadas por la dictadura más virulenta que ha conocido este hemisferio.

La última de estas infames en visitarnos, la filipina Virginia Dandan, acaba de abandonar La Habana encantadísima por los “triunfos” de la “revolución” cubana. Como su predecesora, la italiana Maria Grazia Giammarinaro, tampoco Dandan se apartó un milímetro de la idílica ruta preconcebida por las autoridades cubanas, y ni siquiera se tomó la molestia de preguntar por opositores vulnerados o por algún prisionero político, limitándose a repetir, como un clon de Bruno Parrilla, los presuntos méritos de la gerontocracia verdeolivo que somete a mi pueblo a un absolutismo tan descarado como sistemático y brutal.

No se percató de que si el castrismo habla de “educación” en realidad debe entenderse “adoctrinamiento político”, pues ningún padre en Cuba elige el tipo de enseñanza que recibe su hijo, ni puede evitar que éste proclame, bajo el sol de cada mañana –desde la inocencia de sus cinco años hasta que su niñez caduque– loas por el comunismo, después de lo cual este individuo está predestinado a ser, al menos en cuanto a intención de los Castro se refiere, propiedad vitalicia y exclusiva del Estado cubano.

Así mismo cuando la dictadura dijo “salud pública”, esta iluminada relatora en realidad debió escuchar “consultorios inmundos sin agua potable”, “amplios territorios sin cobertura de especialistas” –pues éstos fueron enviados por Raúl Castro a otros países para vampirizarlos a cambio de miles de millones– así como “policlínicos y hospitales derruidos” en medio de una caótica infraestructura logística plena de farmacias desabastecidas y necesidades insatisfechas.

El infaltable sufijo “gratuita” endilgado por el Gobierno cubano a la educación y la salud pública quedaría pulverizado ante las narices de la relatora con sólo asomarse a la puerta de cualquier TRD. Además, seguramente en sus edulcoraciones esos solícitos funcionarios también “olvidaron” decirle que en esas escuelas y consultorios médicos laboran profesionales obligados a sobrevivir con un promedio de 30 dólares mensuales, con toda una implícita carga de frustración y miseria, para después de más de cuatro décadas de trabajo quedar condenados a una miserable jubilación de 10 dólares mensuales –algo que debería ser entendido por cualquier relator como una auténtica humillación a su dignidad humana.

Pero qué se puede esperar de alguien presuntamente enviado a investigar el estado de los Derechos Humanos a un país de tan cuestionable reputación y una vez allí se limita a preguntar en las oficinas de los mismísimos autócratas y perpetradores si los garantizan. Porque en la práctica a eso se circunscribió toda la visita de la señora Dandan, alguien que en el colmo de su cinismo incluso aseguró desconocer la existencia de cualquier tipo de oposición política en Cuba, lo cual no puede evidenciar otra cosa que una inmoralidad a prueba de balas, o cuando menos un retraso mental severo.

Pero lo que realmente sorprende no es la capacidad de simulación de la dictadura de los Castro –algo en lo que han sido extremada y excepcionalmente buenos– o la desfachatez de esta señora. La primera es un hecho absoluto, demostradísimo con creces a lo largo de seis décadas, y lo segundo una evidencia incontestable. Después de todo si de algo nunca ha carecido este mundo es de tiranos, ni de corruptos dispuestos a lamer botas para luego recoger migajas, o jugosas tajadas según el rango del favor dispensado.

Lo que realmente sorprende aquí es que desde una institución mundial por antonomasia llamada a velar por los derechos inalienables y universales del hombre sea enviada una funcionaria con tan pocas luces, o de una moralidad tan cuestionable, como para no percibir en una Cuba gobernada durante más de medio siglo por un único puño –algo imposible bajo estándares democráticos– ninguna evidencia de abuso dictatorial.

Supongo que a su regreso, preguntada en su sede en New York, parecerá que la señora Van Van –disculpen, Dandan quise decir– volviera del paraíso. Después de todo, hasta su aséptica oficina en la ONU nunca llegará el crepitar de los huesos rotos ni el pútrido olor de los calabozos, allí no se percibirá la impotencia del prisionero político, la angustia de la madre, ni el grito del condenado. En tan distante latitud un opositor de la UNPACU apaleado, una Dama de Blanco sufriendo en prisión, un hogar allanado por turbas políticas, alguien detenido durante meses sin cargos o encerrado en prisión por años mediante un juicio amañado, no serán más que fantasiosas habladurías de periodistas sin academia o de algún que otro blogger irreverente, banalidades criollas a la vista de Dandan cuando las compara con las “grandiosas conquistas” de este inmaculado Gobierno cubano, nada que no pueda ser adjudicado, a fin de cuentas, al incruento “bloqueo yanqui”.

No es gratuito que esta visita se produjera precisamente en medio del retorno a las viejas posiciones en el diferendo Cuba-EE.UU. y justo cuando la Unión Europea, al menos teóricamente, acaba de dejar claro que desde ahora todo paso serio estará supeditado a gestos inequívocos de la isla en materia de derechos humanos –un tema que no estuvo ni siquiera contemplado en la agenda de la Relatora Especial de Derechos Humanos de la ONU (¿¡¡!!?) durante su tour por La Habana.

Esta evidencia no hace más que confirmar una crudísima realidad ratificada otra vez por la Historia: mi pueblo parece estar solo en medio de su desgracia; ya nada debe esperar de nadie en medio de un mundo tan indolente. Cada día se hace más evidente –lo digo con el corazón sangrando– que nuestra libertad dependerá exclusivamente de cuanto dolor estemos dispuestos a pagar por ella. Mejor que así sea.

Ver: La trata de profesionales en Cuba a la vista de una Relatora Especial


El Presidente Trump acaba de anunciar desde Miami las pautas que desde ahora seguirá su gobierno con relación a la dictadura de Raúl Castro. Durante una contenida espera que tuvo en vilo al stablishment cubano por más de medio año, fue estudiada la política a seguir, y después de muchas deliberaciones terminó imponiéndose en Washington la línea dura propugnada por los congresistas de la Florida.

Trump, un icónico hombre de negocios, espera así que la contraparte en la isla acepte “un mejor trato”, y mientras tanto La Habana ya se parapeta detrás de su viejo discurso ultranacionalista de siempre, plagado de argumentos antiestadounidenses y lleno de alusiones al mesianismo castrista predestinado, según ellos mismos, a salvar la patria de todos los peligros.

Claras evidencias surgen si analizamos el contexto cubano durante los dos años y medio transcurridos desde el deshielo diplomático iniciado por la administración Obama en diciembre de 2014. Así vemos que en la Cuba de 2017 todavía persiste el estatismo absoluto. La voluntad política de la gerontocracia castrista continúa aferrada inexorablemente al pasado, haciendo gala de una encomiable resistencia a los cambios ante su terror a potenciales pérdidas de control. Las “reformas” raulistas no han conducido a nada. La pretendida “apertura” anunciada por el dictador a bombo y platillo no ha pasado de ser pura publicidad, efecto vitrina barato, y no ha hecho más que evidenciar la completa incapacidad del régimen cubano para ofrecer creíbles alternativas de desarrollo.

En Cuba todavía es notable la ausencia de inversión extranjera, imprescindible eslabón en la cadena de eventos llamados a desarrollar el país a mediano y largo plazo –unos 2500 millones de dólares anuales necesitaría Cuba, según criterio especializado– que continúan sin concretarse debido a la desconfianza que provoca la reputación de consumada estafadora de la tecnocracia habanera y la incertidumbre generada por una Ley de Inversión Extranjera que no ofrece garantías mínimas; la Zona Franca de Mariel sólo almacena telarañas, y mientras esto sucede el régimen cubano mantiene cerrada a cal y canto las puertas a los propios emigrados cubanos.

El indiscutible impacto generado en la sociedad cubana por la histórica visita de Obama disparó en La Habana la alerta que condujo a este frenazo final. A pesar del entusiasmo inicial suscitado fuera de Cuba por el deshielo diplomático, la fauna en la Plaza de la Revolución terminó bailando el danzón de su línea más recalcitrante. Esta saga de estancamientos y retrocesos ha tenido lamentables resultados, y hoy se advierte una explicable caída del interés turístico en general a pesar del aumento bruto de visitantes, mientras los turoperadores y las grandes líneas aéreas se repliegan, reconocen su error de cálculo y ven desinfladas sus expectativas –tendencias que a partir del anuncio de Trump no harán más que agravarse– a la vez que un sostenido y confeso decrecimiento económico ensombrece el futuro inmediato de la nación cubana.

Donald Trump debió tener en cuenta esas “nimiedades” de la dictadura que desmienten a quienes aseguraban que una apertura incondicional debería haberse revertido en mayores dosis de libertad política e independencia económica para el pueblo cubano. Los hechos, más bien, han demostrado exactamente lo contrario: el sector cuentapropista se mantiene maniatado por una desatinada lista de actividades permitidas, todas de perfil medieval, sin garantías legales ni personalidad jurídica reconocidas, sin un mercado mayorista ni autorización para importar insumos, bajo el asedio constante del Estado y la amenaza siempre presente de incautaciones por la inevitable transgresión de una legalidad diseñada al detalle para evitar su éxito y florecimiento.

Pero además, mientras esto sucede se deteriora a saltos la situación de los derechos humanos. En Cuba no deja de recrudecerse la represión política. Durante el último año nuestra sociedad civil ha sido víctima de una sistemática oleada represiva de inusitada intensidad, que puede considerarse ya como la más inmisericorde desde la Primavera Negra de 2003, su única comparación posible.

Durante el deshielo diplomático con Estados Unidos se ha asistido a un aumento galopante en la virulencia y vulgaridad de los métodos represivos de la dictadura castrista: se perpetran todavía cientos de detenciones arbitrarias y encarcelamientos cada mes, sin cargos y por breves períodos, a disidentes y opositores pacíficos; allanamientos y robos en sus viviendas y en las sedes de organizaciones independientes por hordas delincuenciales organizadas por el régimen; confiscación de bienes personales sin acta oficial mediante, además de los ya rutinarios actos de repudio y golpizas impunes, organizado todo por la policía política y el Partido Comunista con la complicidad de un sistema judicial subordinado al régimen represor.

Sin duda el Presidente Trump está advertido de que la dictadura cubana ha seguido hasta ahora un patrón inalterable: el grado de sosiego económico de este régimen despótico siempre ha sido inversamente proporcional a las libertades y al bienestar del pueblo cubano. En este sentido los hechos han sido elocuentísimos, y bastaría para confirmarlo recordar un prístino ejemplo: si Fidel Castro abrió la vía del trabajo por cuenta propia a mediados de los 90 fue sólo porque el desastre soviético le trituró los testículos. Pero advirtamos cómo pocos años más tarde los petrodólares de Hugo Chávez lo hicieron retornar a su viejo hábito de cercenar derechos y trocar cuanto tocaba en mierda, momento en que fueron dictadas muchas contramedidas dirigidas a revertirlo todo y limitar en cuanto fuera posible el acceso al cuentapropismo, y así todos recordamos cómo durante la siguiente década prácticamente se dejaron de expedir nuevas licencias.

La evidencia es innegable: cada vez que la economía de la dictadura cubana se ha oxigenado, también ha recrudecido todos sus mecanismos de represión política, robustecido los métodos de coerción social y se ha enfatizado hasta el delirio su vocación de control y desmedida centralización sobre todos los actores económicos.

A la luz de estas verdades se hacía predecible el diametral giro dado ahora por la administración Trump. Desde hoy Estados Unidos mantendrá relaciones diplomáticas con La Habana, pero conservará intacto el embargo económico, así como se mantendrá la derogación de la política pies secos/mojados, se limitarán las categorías de visitas permitidas a estadounidense, a la vez que se preconizarán los mecanismos de intercambio y el comercio únicamente con el incipiente sector emprendedor de la empresa privada, la pequeña empresa familiar, mientras se deja bien establecida la prohibición de comercio con cualquier empresa relacionada al ejército cubano, algo a ser intentado en medio de una economía interna controlada en su casi totalidad por la élite militar de la isla.

GAESA representa hoy el más arquetípico ejemplo del monopolismo de estado ejercido a través del ejército en Cuba sobre su maltrecha infraestructura económica. Dirigido por el yerno de Raúl Castro, el General Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, este conglomerado maneja dos terceras partes de la economía cubana mediante el control directo de las corporaciones más rentables y lucrativas del país, mientras el Coronel Alejandro Castro Espín, hijo del tirano y principal candidato sucesorio al trono, se mantiene al mando de toda la contrainteligencia del país. Entonces quedaría por ver si en semejante contexto será posible evadir en la práctica este férreo control gubernamental para llegar al pueblo sin interferencia de esta hidra de mil cabezas.

Pero lo cierto es que ya se rompió el corojo. Si bien es una verdad incontestable que la libertad de Cuba será únicamente el resultado de la lucha de su pueblo y nunca una emanación secundaria de dictámenes extranjeros, también es cierto que la nueva política anunciada por Trump tendrá inevitables y profundas consecuencias. Desde ahora se afianzará aún más el escepticismo de los potenciales inversores, los antiguos acreedores retomarán su antigua reticencia, y como ya el mundo tomó nota de la cínica retórica de Raúl Castro se le cerrarán a la dictadura cubana muchísimas puertas.

Si a esto se le suma la incertidumbre generada por la debacle del régimen homólogo de Nicolás Maduro, ya se puede prever el tambaleante escenario en que se producirá la inminente sucesión política de 2018, todo lo cual hace prever que a partir de este momento se producirá un retroceso cada vez más dramático en la economía de la isla, cuya principal responsabilidad recaerá directamente sobre el execrable absolutismo castrista.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Los estratégicos vínculos entre La Habana y Caracas han propiciado que desde el momento de iniciada la Misión Médica oficial de Cuba en Venezuela, esta haya tenido particularidades propias en su metódica si se le compara con las misiones análogas en el resto del mundo.

El degradante trato dado por el Gobierno “revolucionario” y “socialista” de la isla a estos profesionales en cada latitud del globo contempla toda una gama de vejaciones, tan extensa como denigrante, que despertaría la envidia de los teóricos fundamentalistas más radicales del capitalismo neoliberal. Pero en el caso venezolano siempre ha destacado una constante –de la cual sin embargo no están exentos los colaboradores de otros países: la prohibición, tácita o explícita, de trabar cualquier relación con la población local, ya sea en forma de relación de pareja o de cualquier otro nexo demasiado “cercano”.

Bastaría recordar cómo hace poco asistimos a un sisma en la Misión Máis Medicos, de Brasil, debido a la negativa del Gobierno cubano –nunca de la parte brasilera– de permitir a la familia de los colaboradores permanecer en ese país ante el temor a deserciones masivas. No obstante, ha sido en tierra bolivariana donde con mayor rigor se ha aplicado esta metodología de sometimiento, porque sin duda fue allí donde logró consolidarse el más descarado y arquetípico de los variadísimos esquemas de explotación diseñados por el régimen de La Habana.

Motivos de seguridad frente al vandalismo vulgar fue el pretexto esgrimido por los explotadores castristas para justificar esa obtusa postura. Por eso ahora, a la luz de la gravísima convulsión política desencadenada en Venezuela ante el desastroso gobierno de Nicolás Maduro, este socorridísimo argumento entra en franca contradicción con el sentido común: si tanto preocupa a La Habana la seguridad de sus colaboradores ¿acaso no va siendo ya el momento de que Cuba los retire definitivamente de ese país? Si fueran auténticos los motivos enarbolados para justificar esas metódicas prohibiciones ¿por qué se les exige todavía que continúen trabajando, como si nada pasara, en medio de esta escalada galopante de violencia? ¿Acaso no se percatan en La Habana de que en medio del caos de esta Venezuela ingobernable la situación de miles de cooperantes se ha vuelto extremadamente vulnerable?

En etapas pasadas, durante las casi dos décadas que ha durado el experimento Castro-Chavo-Madurista, ya se produjeron múltiples muertes violentas entre los colaboradores cubanos, en todos los casos tratados inexorablemente bajo estrictos métodos de secretismo y censura: ataúdes que llegan sellados a Cuba, prohibición terminante a examinar los cuerpos incluso para familiares cercanos, desinformación sistemática de las autoridades respecto al espinoso asunto y mutis total de la prensa oficial sobre el tema.

Duele decirlo, pero es sólo cuestión de tiempo que estas desgracias se repitan, pues hoy son más altas que nunca las posibilidades de que pronto lamentemos algún caso grave de agresión o muerte a colaboradores cubanos. ¿Podría llegar como arremetida de violencia física focalizada en una región? ¿O como linchamientos a cuentagotas? ¿Acaso en forma de masacre en un CDI? No se sabe, pero algo es indudable: el venezolano promedio guarda un odio visceral contra la presencia cubana, porque sabe que sobre La Habana pesa una considerable cuota de responsabilidad sobre la insidiosa instalación, directa asesoría y sostén de esa dictadura que les arruina su país.

Ese ciudadano que en Venezuela se ve privado de derechos civiles, y sometido a inauditas privaciones materiales, no desea discernir entre un médico y un agente de la SE cubana, para él ambos representan indistintamente frentes de una ofensiva castrista común, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que jamás un colaborador cubano en activo se ha pronunciado públicamente contra las atrocidades de la dictadura de Maduro. Todo esto ha llegado a condicionar tan negativamente la opinión pública venezolana, que es imposible prever hasta dónde sería capaz de llegar una multitud ciega de ira.

Si bien es cierto que los líderes de la oposición venezolana, cohesionados alrededor de la MUD, preconizan la protesta pacífica, nunca se tendrá garantía absoluta de que esto se respete sobre el terreno, sobre todo tomando en cuenta las violentas réplicas de las fuerzas represivas del madurismo y la impunidad con que operan sus hordas paramilitares, adoctrinadas y tácticamente asesoradas por una Seguridad del Estado cubana en cuyos inescrupulosos manuales puede estar contemplado el sacrificio profeso de algún que otro cubano en aras de “evidenciar” las constantes acusaciones de terrorismo a la oposición –lo cual, de paso, añadiría oportunamente algún rostro a su cínica lista de mártires desechables, siempre usada con fines discursivos puramente pragmáticos.

Tengamos en cuenta que en medio de esta caótica batalla flota a la vista de todos, enarbolado por ambos dictadores como un elocuentísimo chantaje emocional, el estandarte de la Misión Médica cubana. Esta es una realidad innegable, y es la causa primordial de esta aversión generalizada contra todo colaborador de la isla, algo que puede salirse fácilmente de control al fragor de estas enconadas protestas, lo cual perfectamente pudiera cobrarse un costo impredecible en vidas cubanas.

Pero la dictadura castrista no está dispuesta –cuesten los riesgos o los muertos que cuesten– a ceder su suculenta cereza. Todavía los 55000 barriles diarios garantizados por Maduro, aun representando la mitad de las regalías pasadas, son prácticamente el único grifo “seguro” de petróleo para Raúl Castro, la crítica vía de oxígeno que lo mantiene a flote. Mientras para Maduro este turbio intercambio representa una vía expedita para continuar inflando sus presupuestos, en lo que representa seguramente una impúdica operación internacional de lavado de dinero.

Raúl Castro sabe que en Caracas se juega el todo por el todo. Por eso la orden desde La Habana sigue siendo inequívoca y firme: su sicario en Caracas debe resistir hasta el último Bolívar, hasta el último represor y hasta la última bala. El pueblo venezolano también sabe que hoy en sus calles no sólo se juega su libertad, sino el balance continental estratégico del poder político en América Latina. Las profundísimas implicaciones regionales de una victoria sobre la dictadura de Maduro, a producirse tarde a temprano, cobrarán una importancia que trascenderá con mucho las fronteras venezolanas. La intensidad de esta confrontación queda así explicada.

Con tan grandes intereses en juego es predecible que la actual ola de protestas continúe indefinidamente hasta que el poder ceda o se agote la oposición. Ni una alternativa ni la otra parecen estar a la vista a corto plazo, pero algo sí es seguro: los profesionales cubanos que todavía permanecen en Venezuela corren un peligro real y constante, y están asumiendo un riesgo irracional debido a la tozudez y la codicia de crápulas políticas instaladas a ambas orillas del Caribe.

El altruismo esgrimido por la hipócrita diplomacia de Raúl Castro cuando asegura que estos profesionales, a pesar de los evidentes riesgos, se mantienen en Venezuela por pura abnegación personal y la ferviente “vocación filantrópica” del gobierno cubano se vendrá abajo en cuanto se derrumbe la dictadura de Nicolás Maduro. Entonces Venezuela precisará de médicos más que nunca, pero ante la segura negativa del gobierno entrante de seguir sosteniendo a la dictadura de la isla –pues con seguridad decidirá pagar a los galenos que decidan quedarse sin intermediación del gobierno cubano– automáticamente, a la vista de Raúl Castro, todos los venezolanos dejarán de ser seres humanos necesitados de atención médica, y ese será el predecible momento en que el dictador cubano ordenará el inmediato regreso de sus legiones de esclavos, porque jamás ha pretendido, ni de lejos, mantener allí una misión “humanitaria” sin ánimo de lucro.

Por estas y otras razones cualquier daño, mutilación o muerte cobradas por la violencia política sobre algún colaborador cubano en Venezuela será, ante la Historia, responsabilidad directa de Raúl Castro y la codicia de la dictadura que sostiene.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sí General, en este punto estoy plenamente de acuerdo con usted: “el enemigo usa armas informativas cada vez más sofisticadas. Entendido por enemigo, claro está, todo el que se oponga pertinazmente al progreso de mi pueblo; aquel que con desvergüenza lo priva de sus derechos; todo aquel que le obliga a vivir en la miseria; quien le miente, sin ruborizarse, con consignas huecas; quien le defalca sus riqueza y la dilapida en caprichos sectarios; quien suprime a la fuerza las voces disidentes o aquel que llega a la vileza de arrastrar y golpear mujeres indefensas sin respeto ni siquiera por sus propias leyes.

Gracias al terror impuesto a golpe de atropellos, fusilamientos y cárceles, estos consumados infames lograron controlar todos los resortes del poder desde principios de los 60 para al final arruinarnos un país predestinado naturalmente a la prosperidad, y hoy podemos ver como estos miserables se reparten los despojos de mi patria.

Esos temibles enemigos de mi pueblo, General –acostumbrados a su monopolio de mentiras– son los que hoy se crispan de miedo cuando les ilumina la verdad. Pero como las cosas van cambiando –no gracias a ellos, sino a pesar de ellos– y existe algo llamado progreso y algo inherente a la naturaleza humana llamado libre albedrío, han surgido neologismos que no codifican con su jerga absolutista –palabras ininteligibles para ellos, impronunciables en boca de un pueblo esclavo. ¿Internet accesible, pleno y sin censura? ¡horror! ¿Libertad de prensa, libertad de reunión y de asociación? ¡jamás! –entre otros muchos libertinajes que se permite ese cruel capitalismo mundial que nos cerca por todas partes.

Debido al egoísmo, la paranoia, la cobardía y la anquilosis mental de esos enemigos públicos que usted menciona, mi país acaba de ver pasar de largo un rosario de excelentes oportunidades, ofrecidas por un presidente norteamericano que rompió el esquema de todos sus predecesores. Entonces pudimos ver cómo los mismos inmorales que ayer se atrincheraron aludiendo inexistentes sirenas de guerra, hoy se repliegan otra vez tras las mismas trincheras, descolocados también ante la pipa de la paz. Cuando en su soberbia se negaron a reciprocar aquella mano tendida quedaron una vez más en evidencia ante mi pueblo como los oportunistas incorregibles que siempre han sido.

Es precisamente por la testarudez y la consumada mediocridad de estos enemigos jurados del pueblo cubano, General, que todavía se pudren la mitad de las cosechas antes de llegar a nuestras mesas, que una significativa parte de los campos continúa cubierta de marabú africano y otro injustificable por ciento permanece todavía incultivado mientras mi país importa innecesariamente más de 1700 millones de dólares anuales en alimentos –incluida una parte de su azúcar ¡algo increíble!– cuando, notoriamente, a la llegada de estos miserables hace casi sesenta años Cuba era exportadora neta de alimentos y la primera potencia mundial en exportación de azúcar.

Pero no puede suceder de otro modo en un país con dos terceras partes de sus empresas y corporaciones dirigidas por militares que de economía nada saben, pero que en cambio sí se han doctorado, con honores, en estafas y malversaciones. Digo yo, General, que si un periodista independiente puede caer preso en Cuba porque según la policía política “no tiene un título de graduado en esa carrera, ni está autorizado por el gobierno, ni inscrito en ninguna Agencia reconocida por el régimen cubano”, entonces se debería aplicar la misma lógica a estos casos y retirar a todos los militares cubanos de todo cargo y responsabilidad civil, confinando sus funciones a las Fuerzas Armadas, la única área de influencia que deberían detentar dada su formación exclusivamente militar.

En fin, General, raras veces sucede, pero esta vez sí le asiste a usted toda la razón: hoy por hoy la mejor tecnología del país está en manos de los enemigos consumados del pueblo cubano. Estos señores para concretar sus inescrúpulos disponen de Internet de banda ancha, de todas las conexiones satelitales posibles, de móviles de última generación y de recursos ilimitados que abastecen a legiones de trolls/agentes subnormales que intentan crear corrientes de opinión favorables a la dictadura que sostienen.

Estos enemigos son los que controlan el monopolio de ETECSA, que sentado como un gigante implacable a la puerta de todos los pobres nos impone tarifas prohibitivas por mala telefonía y una Internet censurada, lenta y cara únicamente accesible bajo el sol tropical de las aceras cubiertas por Wi-Fi. Son los mismos que intervienen y escuchan todas las conversaciones y mensajes enviados desde y hacia Cuba, y lo mismo limpian la bandeja de tu correo como que hackean sitios incómodos y censuran páginas contestatarias.

Pero ¿le digo algo General? No es menos cierto que ya a estos enemigos de mi pueblo se les acabó su tiempo, y como lo saben se les nota el miedo. La ola de depredación desatada contra la oposición pacífica en mi país durante el último año denuncia su desesperación. Saben que mi pueblo hace mucho tiempo dejó de amarles –si se le puede llamar así a algo engendrado bajo la mentira– pero que hoy, definitivamente, sólo les odia y les teme. Por eso esta canalla lanza, una tras otra, inmisericordes oleadas de represión, porque saben que el miedo es el único y último recurso que les queda.

Por suerte el miedo es un sentimiento tan engañoso como fugaz, y suele agotarse con el tiempo. Hoy una parte cada vez mayor de mi pueblo no le teme más a sus verdugos y decidió definitivamente ya no humillarse ante los tiranos. Pero esa liberación personal irradia un aura peligrosamente contagiosa y el enemigo muy bien lo sabe, y aunque insista en presentarse con apariencia imperturbable, sin embargo, su nerviosismo lo delata.

Infiero que usted puede conocer personalmente a tales enemigos. Si llega a topárselos por favor confírmeles en nombre del pueblo cubano que ya es hora de que se aparten de nuestro camino. Es muy necesario y saludable, además, que usted también lo sepa General.

Por Jeovany Gimenez Vega.

Hace unos días el Cardenal Jaime Ortega Alamino en rueda de prensa, al referirse a una carta suya enviada al dictador Raúl Castro para “…lamentar el trato dado a las Damas de Blanco…” aseguró haber tenido con ello “…una intervención inicial en aquel proceso…” Con esta afirmación el Cardenal insinúa, o al menos deja implícito, que tuvo un papel crucial en la liberación de los prisioneros políticos cubanos de la Primavera Negra de 2003.

Sin duda asistimos aquí a un evidente error de perspectiva. Cuando el Cardenal se dirigió en estos términos al General en Jefe ya estas honorables mujeres llevaban alrededor de siete años sufriendo asedios y amenazadas a diario por parte de la repulsiva policía política, eran arrastradas con frecuencia por hordas paramilitares organizadas por el Partido Comunista y detenidas por la Seguridad del Estado en cada una de sus temerarias marchas por La Habana.

No se trata de una afirmación mía, estos son hechos documentados durante años por toda la prensa extranjera que decidió ajustar sus cámaras a 250/8 y estar allí. Recordemos como cientos de estas activistas y sus damas de compañía se habían cohesionado alrededor de Laura Pollán y otras líderes, y como a pesar de todos esos años de vejaciones –que forzaron al límite la potencia represiva de la Sección 21– no parecían mostrar ningún signo de fatiga, sino todo lo contrario, pues cada informe de inteligencia debió ratificar al mando superior la firmeza en sus propósitos. Para entonces ya la organización había recibido el Premio Sajarov, contaba cada vez con mayor apoyo internacional y absorbía una cobertura permanente de las Agencias extranjeras acreditadas en Cuba.

Es un hecho indiscutible que a la altura de 2009 ya el movimiento de las Damas de Blanco tenía contra las cuerdas a la dictadura cubana. También es un secreto a voces que fue entonces cuando la dictadura, acorralada en su error y demasiado arrogante como para reconocer su derrota –pero también demasiado cobarde para disculparse por los encarcelamientos perpetrados seis años antes– decidió parapetarse detrás de una presunta intermediación de la Iglesia Católica: ideó presentar la liberación de aquellos prisioneros políticos como un presunto rapto de compasión, como una epifanía del régimen castrista ante aquella piadosa solicitud.

Para dar credibilidad a la farsa fue elegido el manto púrpura de Jaime Ortega. El resto de la solución pasó, entre otros actores, por el Gobierno español de Zapatero, ejecutor del resto del trabajo sucio, cuando aceptó a los desterrados –que otra cosa no fueron– pero negándoles, sin embargo, el status de refugiados políticos que auténticamente detentaban. Así todo quedaría como una conmovedora intermediación de la jerarquía de la Iglesia Católica cubana entre la preocupada comunidad internacional y el clemente Gobierno cubano, mientras se excluiría meticulosamente de la ecuación la heroica resistencia de aquellas madres, hijas y esposas que habían humillado a una dictadura.

Hoy Jaime Ortega insiste en lo contrario, y a la vez que reconoce cómo aquel desenlace fue determinante en la posterior política de normalización de relaciones propuesta a Raúl Castro por la Administración Obama y el fin de la Posición Común europea, omite imperdonablemente que la dictadura cubana todavía se niega, furibunda, a normalizar relaciones con su propio pueblo.

En España vimos a un anodino Ortega evadir, con una desfachatez total, la pregunta sobre la cifra de prisioneros políticos que mantiene actualmente el régimen castrista. Negarse a denunciar la permanencia de alrededor de un centenar de presos políticos en cárceles cubanas –sometidos invariablemente al régimen penitenciario de los reos comunes– denuncia su naturaleza ladina y una pasmosa cobardía personal en el líder religioso.

En España vimos a un simulador muy bien informado. Este señor conoce de primera mano la arrogancia de la dictadura porque la ha vivido en carne propia. La institución que representa sufrió la expulsión de decenas de sacerdotes y religiosas, la confiscación de sus colegios y de muchos conventos y lleva más de medio siglo sin poder construir nuevos templos. Su Iglesia fue una víctima más de la ola represiva del ¿quinquenio? gris, cuando miles de sus miembros también sufrieron confinación forzada en las UMAP y perdieron trabajos o carreras universitarias por no renegar de su fe.

Retaría a este señor a que solicite al Gobierno cubano libertad para que los padres que así lo decidan, en pleno uso de su natural derecho, puedan elegir una educación religiosa para sus hijos, o que se reabran las escuelas de Jesuitas –como aquella en que estudió el adolescente Fidel Castro, por cierto– y se autorice al clero a tener sus propios canales de televisión y radio, algo completamente legal en el resto del mundo libre.

Pero Jaime Ortega sabe que su silencio es la condición para evitar la ira de un tirano al que mucho teme. Sabe que la recientemente inaugurada nueva sede del Seminario de San Carlos es prácticamente la única concesión hecha por la dictadura en más de medio siglo –presuntamente como premio a su papel en aquella puesta en escena de 2010– y con toda seguridad está enterado sobre la constante represión mantenida por el régimen hasta hoy contra las congregaciones protestantes en Cuba –que ya ha conllevado el cierre forzoso de decenas de lugares de culto– víctimas de la paranoia y la recia intolerancia del Gobierno de Raúl Castro.

Entonces ¿cómo es posible que este señor se niegue a hablar sobre presos políticos y elecciones en Cuba, solo porque “…no entra en el ámbito de esta conversación…”? Ortega sabe que el castrismo hasta el sol de hoy vulnera masiva y sistemáticamente los derechos humanos de mi pueblo, pero ahora emplazado ante la Historia decide guardar prudente distancia, callar vilmente, y tomar partido por las huestes de Roma; sabe que mientras clava su cabeza en la tierra y se lava las manos como Pilato la dictadura crucifica impunemente al pueblo cubano, sin embargo, haciendo gala de un espantoso cinismo dice ante el mundo que en Cuba las cosas van cambiando.

Definitivamente este hombre no vive en la misma Cuba que yo habito, en la que padece el pueblo cubano y mi familia, la del desabastecimiento atroz e injustificable. Cita otra Cuba que no conozco, una donde presuntamente ha habido “…cambios de una economía que se abre a distintos aspectos… en la consideración a la propiedad privada…” La Cuba que conozco es la de los disidentes amenazados y apaleados, la de los opositores vejados y encarcelados impunemente, la de los jóvenes expulsados por motivos políticos de una Universidad que sigue siendo exclusivamentepara los revolucionarios”.

Realmente no conozco esa Cuba alucinada que menciona Ortega. La Cuba que conozco es un país en caos, sin leyes ni autoridades que las respeten, con una falta absoluta de oportunidades para una juventud que recién protagonizara el éxodo más grande de su Historia, generando la crisis migratoria centroamericana, mientras huía de ese Gobierno que hoy Ortega, sin rubor, abiertamente defiende; una Cuba donde persisten cientos de prohibiciones absurdas que hacen inoperante la prosperidad dentro de la legalidad, pues un gobierno hostil a la empresa privada hace todo lo posible porque así sea.

Desconozco si este hombre de maneras afectadas y mirada evasiva –que mientras habla no se atreve a levantar los ojos pues sabe que miente– ha logrado dormir tranquilo desde ese día, cuando tajante evadió las dos preguntas más trascendentes de la jornada, actitud que remeda la de los dirigentes cubanos que en su terror a la verdad jamás –literalmente, jamás– se exponen a la prensa libre.

No habló el Cardenal desde la intimidad de un claustro, sino que lo hizo públicamente y debió elegir mejor sus palabras. Si el Señor Ortega no está dispuesto a decir la verdad sobre los crímenes perpetrados por la dictadura cubana contra mi pueblo, mejor debe abstenerse de hacer declaraciones públicas. Pocas veces se asiste a una actitud tan absolutamente pusilánime. Cierto que es una personalidad religiosa, no un político, pero cuando asegura que Raúl Castro se abre al mundo y habla de “…los nuevos aires que corren en Cuba…” –cuando en realidad estamos ante una dictadura cada día más enquistada y retrógrada– asume una postura política que avala el desempeño de los tiranos desde su posición de persona pública.

Cuando presencio estos vergonzosos despliegues de cobardía disfrazados de hipócrita mansedumbre no puedo menos que recordar a auténticos mártires de la Iglesia, pero sobre todo pienso en el inspirador ejemplo del beato Monseñor Romero tan cercano a todos sus pobres, el de las denuncias incendiarias contra los verdugos durante aquellas homilías que paralizaban a su Salvador amado, el cordero de Dios que defendió como león la libertad de un pueblo que hoy lo recuerda y venera como a un santo. Este hombre humilde se creció ante las circunstancias y cuanto más recrudecía la represión con mayor tenacidad defendía a sus pobres, e incluso superando su propia naturaleza, encontró gracias a su inspiración en Dios un valor personal del cual, según palabras propias, no nació dotado. Un tristísimo día de 1980 murió asesinado este santo por un certero disparo en el corazón, pero su vida todavía inspira a millones.

Ante semejante ejemplo de santidad moral este hombrecillo que hoy nos ocupa cobra dimensiones entomológicas. Pero aquí tenemos a Jaime Ortega Alamino, una vez más, en su rol de testaferro político de la dictadura cubana, convertido ya prácticamente en vocero oficial del Gobierno de Raúl Castro. Ojalá Dios, y por supuesto la Oficina de Atención a Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se apiaden de su alma.

Ver Estado de Sats: Ortega en campaña por el neocastrismo.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Acabo de subir un comentario a esta página que arriba se puede ver. Como su nombre claramente lo indica se trata de uno de esos engendros que defiende a brazo partido la santidad de Fidel Castro. Apenas unos minutos después de subido mi comentario fui bloqueado. Esto es una práctica común a casi todos los sitios oficialistas o simpatizantes con el castrismo: o bien cada comentario debe ser previamente modulado, o simplemente es bloqueado. Esta práctica sólo evidencia una medular cobardía, una falta total de argumentos y son consecuencia directa de los hábitos de la dictadura cubana, que ha extendido prácticas análogas de intolerancia a toda la sociedad cubana durante casi 60 años. Después de todo ya lo dice el refrán: a tal palo tal astilla.

Este es un post atípico y espontáneo, escrito directamente desde la pantalla de administrador de Ciudadano Cero. Por supuesto obedece a un impulso emocional ante la cobardía de un sitio que hace loas y suspira de admiración ante el recuerdo de un tirano. Ahora pueden llegar hasta aquí todas las divisiones de ciberclarias de la UCI a formar el coro. Pueden llegar todas juntas, aquí no se bloqueará la opinión de ninguna de estas divas de la policía política, porque aún despreciando profundamente sus mentiras, este fue, es y será un espacio democrático, abierto tanto a opiniones favorables como en contra. Después de todo, si la verdad está conmigo ¿quien contra mi?

Aquí queda el comentario bloqueado por “Fidelistas Por Siempre”, antes para su consumo, ahora como muestra pública de su cobardía:

“Realmente no sé a lo que te refieres cuando aseguras que en Cuba el socialismo se mantiene de forma “voluntaria”. En ese caso quedaría por ver por qué la dictadura necesita mantener constantemente tanta fuerza de choque en la calle para acallar a los que se atreven a levantar la voz en medio del terror fomentado precisamente por tu Santo Patrón San Fidel de todos los Castro. Tampoco comprendo cómo adivinas que estos criminales que incendiaron un perrito (en Manzanillo) son balseros que quieren llegar a EE.UU. o algo por el estilo. ¿O acaso tienes una bola de cristal? Sin advertirlo estás copiando a tus jefes, que han convertido la ofensa y la difamación a priori en una norma, en su práctica habitual. Si supieras, a mi se me parecen más a los esbirros de la Seguridad del Estado que le caen a palo a los opositores en la calle y organizan o se ofrecen a los denigrantes mítines de repudio que organizan tus santos jefazos para mantener “voluntariamente” ese socialismo que en Cuba nos mantiene sumidos en la más absurda e innecesaria pobreza. Sin embargo sí estoy de acuerdo contigo: mi pueblo es un pueblo excelente y trabajador, llamado naturalmente a la prosperidad gracias al trabajo de sus manos, pero un obstáculo hasta ahora insalvable se lo ha impedido durante más de medio siglo: la dictadura instalada y sostenida a puros c@jones por tu clan de santos. Han sido precisamente las lamentables carencias materiales y la amoralidad fomentada gracias a sus delirios que tanta juventud creció sin valores y es capaz de retratarse sentada sobre el busto de Martí, del mismo Martí que traicionan todos los días los mismos que aquí aplaudes y se cagan en la doctrina martiana cuando atropellan los derechos del pueblo cubano y le pagan una miseria al maestro, al médico, al jubilado, y al pueblo en general para después darse golpes de pecho en los foros mundiales por los pobres del mundo. Pura demagogia. Es cierto que en Venezuela hay mucho “lumpen proletario”: están infiltrados en la PNB, asesorados por la Seguridad del Estado cubana y reprimiendo al valiente pueblo venezolano que lucha por sus derechos, y también mucho agente cubano que está infiltrado entre las protestas para entorpecer todo, o asesorado por ellos, tácticas todas ordenadas desde La Habana. Cierto también que el Cuba tenemos muchos burgueses: están llenos de estrellas y condecoraciones entregadas por tus santos patrones, sentados en la Plaza, y tienen sus mansiones en Kholi, Nuevo Vedado y Siboney, con casas de descanso en Varadero y tienen autos a tanque lleno para ellos y sus amantes. Este sitio es penoso, una vergüenza para todos los millones que hemos sido víctimas y sufrimos la arrogancia y el despotismo que fomentan todavía tus jefazos de la Plaza. Sitios como este son una auténtica vergüenza porque se proponen legitimar lo ilegitimable: UN CRIMEN COMETIDO CONTRA TODO UN PUEBLO. Pero a pesar de todo tú decidiste ser Fidelista por siempre, lo cual es tu derecho; después de todo hay un refrán que reza que hay gustos que merecen palos; pero para gustos se hicieron los colores y para escoger las flores. Pero nunca olvides que tu Santo Fidel Castro nunca dudó en fusilar seres humanos cuando lo creyó necesario a sus intereses -y no uno sino a muchos- lo cual fue bastante más grave que incendiar un perrito. ¿O no lo crees así? Ahora que ya te dije todo esto, cuando quieras me puedes bloquear, así serías consecuente con el espíritu de los Castro, estarías en su línea, censurando todo lo que les ponga la verdad de frente, ese sería tu tributo a los déspotas y mi triunfo.”

Comentario en Unión de Cubanos en Ecuador

Por Jeovany Jimenez Vega.

Mañana será un día sin sorpresas en Cuba. Este 1 de mayo –el primero sin Fidel Castro en casi seis décadas– nuevamente se llenarán las plazas públicas del país, lo cual nadie sensato debería interpretar como una verdadera muestra de apoyo al Gobierno de Raúl Castro, sino más bien como una advertencia de que los resortes represivos de la dictadura profunda se mantienen intactos.

En una sociedad donde la a-moralidad cobra matices surrealistas, la abrumadora mayoría de los que desfilarán el Día Internacional del Trabajo en esta isla oprimida lo harán conscientes de que asisten a una gran farsa, de que todo no pasará de ser un ejercicio más de automutilación, pero en ausencia del espíritu crítico y el civismo necesarios para negarse –extirpados hace décadas por la dictadura– la mayoría terminará cediendo y preferirá pagar su tributo de miedo a los tiranos. Total, si nunca un palo ha hecho monte, ni habrá golondrina que haga el invierno, se dirán a modo de piadosa consolación.

Sin duda entre los más “combativos” bloques se contarán los de la Salud Pública. Será una excelente oportunidad para, en medio de pintorescos carteles y altisonantes consignas, tal vez ascender en el listado de la sacrosanta bolsa de colaboradores, lo cual podrá enviar al interesado a cualquier oscuro rincón del mundo como parte de las Misiones Médicas oficiales donde el Gobierno cubano puntual y “desinteresadamente” le sustraerá el 70% de su salario, a pesar de lo cual ganará allá 20 veces más que la miseria que en Cuba le pagan esos mismos autócratas vitoreados por ellos en la Plaza.

Ante este despliegue de hipocresías mutuas no puedo menos que recordar con tristeza cómo en 2006 fue precisamente el Jefe Nacional del Sindicato de la Salud Pública, entonces un tal Raimundo Navarro, quien dirigió personalmente los mítines de repudio en todos los centros de trabajo donde dos médicos habaneros, unos meses antes, habían hecho circular un documento finalmente respaldado por 300 profesionales, que con respeto hacía llegar el criterio mayoritario de los trabajadores del sector al Ministro de Salud, Dr. José Ramón Balaguer, con relación a un irrespetuoso aumento salarial hecho efectivo en 2005.

Todos sabemos sobradamente que fue el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado el responsable de todo aquel penoso proceso, pero que fuera precisamente el máximo responsable del Sindicato de la Salud Pública quien se ofreciera a hacer el trabajo sucio, y “organizara” aquella cacería de brujas para proponer que ¡dos de sus propios afiliados! fueran expulsados del Sistema Nacional de Salud, lo dice todo sobre la verdadera misión de los sindicatos bajo una dictadura como la castrista.

Y a pesar de todo mañana presenciaremos un acto más de la gran puesta en escena. Tal vez usted no comprenderá cómo puede repetirse año tras año esta paradoja, incluso en medio de semejante ineptitud gubernamental, de un caos económico tan profundo, en medio de una sistémica corrupción y un desabastecimiento escandaloso, generadores todos de una galopante represión política, pero sin duda la respuesta podrá encontrarla el 2 de mayo, porque los mismos que mañana agitarán las banderitas saldrán al día siguiente a su rutina de siempre: le robarán a Castro en su almacén o defalcarán su empresa estatal con relativa tranquilidad, cumpliéndose así el tácito acuerdo que lo sostiene todo: te dejaremos tranquilo siempre que te portes bien; si cooperas y simulas en la Plaza te permitiremos robar en paz.

Una vez más el régimen organizará estos alardes a lo largo y ancho de la isla para autolegitimarse, porque el absolutismo necesita imperiosamente de estos recurrentes despliegues de onanismo mental; después de todo, una dictadura sin simulaciones sería como un jardín sin flores.

Por esto nunca estará de más recordar que tanto en el bloque de Europa del Este como en el cuartel general del “comunismo” mundial, la mismísima URSS, cada régimen supo organizar estas payasadas hasta el último minuto y justo antes de sucumbir ante la Historia se llenaron igualmente las plazas de estériles consignas y banderitas tardías.

Esta lección nos confirma que en Cuba también estamos ante un gigante con pies de barro, no lo olvidemos: un gigante soberbio, pero cobarde, sostenido únicamente por sus mentiras y nuestro miedo, un engendro que sólo parecerá grande mientras lo contemplemos de rodillas… y él muy bien que lo sabe.

Por Jeovany Jimenez Vega

Hace algunos días, durante un conversatorio en Chile, cierto militante de izquierda interrumpió a Rosa María Payá con una gritería ofensiva haciendo loas por la pureza de la “revolución” cubana. Este incidente me ha hecho reflexionar sobre las causas del ancestral desenfoque mantenido aun al respecto por muchísima de la autoproclamada izquierda latinoamericana.

Hablo de una especie en extinción; suelen ser trasnochados en un cuento de hadas haciendo gala de un insulso y desfasado romanticismo fundamentado en la tesis de que aún se mantiene inmaculada la Revolución del 59. Debido a su antológico anacronismo, ningún argumento logra convencerles de que defienden una causa perdida, y cuando intentas ilustrarles con ejemplos concretos la incompasiva represión sufrida en la isla suelen llamarte embustero, estallar en gritos y apartarse con su típica arrogancia.

Para entender una postura tan obtusa debemos develar sus causas. Después de todo no es fortuito que la dictadura castrista se haya mantenido en firme casi 60 años a pesar de tanta repulsa y de la notoria hostilidad de una decena de gobiernos de Estados Unidos.

Esta capacidad de sobrevida evidencia la magnitud de su férreo control sobre la sociedad cubana, pero además su clara singularidad comparada con otros casos continentales. Aunque evidentemente hay algo que aquí parece escapar a la comprensión de esta pseudoizquierda latinoamericana: la diferencia cardinal que existe entre delinquir con los derechos de un pueblo, incluso al completo margen de la institucionalidad –como lo hicieron el resto de las dictaduras americanas del Siglo XX incluida la chilena– y aniquilar por completo un Estado de Derecho.

Del primer caso serían dos excelentes ejemplos en la Historia de Cuba el machadato y la dictadura instaurada más tarde por Fulgencio Batista, golpe de Estado mediante. Pero dictaduras de este tipo sólo ascienden al segundo escalón evolutivo cuando logran pulverizar todo atisbo de institucionalidad, suplantar el concepto de Estado por un absolutismo condensado en la suprema figura del autócrata y cagarse literalmente en la división efectiva de poderes, algo sólo consumado con total éxito por Fidel Castro durante la década de los 60, y luego largamente intentado bajo su asesoría directa –más no logrado gracias a la resistencia del pueblo de Bolívar– por el chavomadurismo venezolano.

Existen signos distintivos entre una dictadura simple y un Estado totalitario, pues por más que ambos se parezcan no son exactamente lo mismo. Si bien todo Estado totalitario comienza siendo una dictadura, no toda dictadura evoluciona, cuaja y madura plenamente en su estrategia de adoctrinamiento social y en el refinamiento y alcance de sus métodos de terror, sin embargo, como para llegar a constituirse en un Estado totalitario auténtico como ha sucedido en Cuba.

En el primer caso se conservan, aun rudimentariamente, instituciones que a pesar de sufrir bajo la presión del Estado represivo, logran cumplir a contrapelo con mayor o menor éxito su rol, mantener cierto grado de trascendencia social y conservar una relativa autonomía con relación al poder centralizado que se les opone. Pero esto es precisamente lo que ya ha logrado suprimir por completo un Estado totalitario, donde los autócratas lograron coaptar todas las instituciones del país, aniquilar completamente la división de poderes, y logrado secuestrar de modo más absoluto los derechos civiles y políticos.

Ejemplos de estos sistemas, igual de despóticos pero mucho más inamovibles y herméticos, son los que tristemente soportan hoy los pueblos de Cuba y Corea del Norte. En ellos resulta extremadamente complejo hallar fisuras de poder a través de los cuales el pueblo logre ejercer algún derecho auténtico.

Si bien el Chile de Pinochet fue una virulenta dictadura, la Cuba de los Castro evolucionó hace décadas, en cambio, a un brutal y bien afianzado Estado policial totalitario, mal muchísimo más difícil de desarraigar porque ha llevado a un nivel estratégico muy avanzado el adoctrinamiento generacional, la sistematicidad de su paranoica censura y desarrollado hasta la exquisitez, pero también con sutileza, sus tenebrosos métodos represivos.

Ya en este estado superior del absolutismo no suelen ser necesarios los tanques en las calles porque el terror, ahora incorporado al ADN social, garantiza el silencio de la gente, la autocensura de la prensa, la servidumbre de jueces, tribunales y “sindicatos”, la complicidad de la Iglesia, y hasta el mutis encubridor en más de un foro internacional.

El régimen de La Habana, pródigo en todos estos menesteres, se ha empleado a fondo para, además, crear, extender y mantener a punto uno de los más vastos y eficientes aparatos de inteligencia del mundo. No olvidemos la observación de James Clapper, Director Nacional de Inteligencia bajo la Administración Obama, quien asegura que Estados Unidos hoy considera a Cuba como una de sus mayores amenazas de inteligencia, sólo superable por Rusia y China, y en similar medida que Irán. Aquí tenemos a la superpotencia planetaria situando a esta islita prácticamente al mismo nivel de tres potencias nucleares en cuanto a poder de penetración. ¡Asombroso! Este es un detalle imposible de desestimar.

Pero si a esto le añadimos el gigantesco engranaje diplomático fomentado por la dictadura, dedicado incansablemente por más de medio siglo al lobby proselitista, a comprar conciencias, sobornar funcionarios de todo tipo y chantajear gobiernos con el dinero de Liborio, entonces ya estaremos más en condiciones de comprender cómo puede existir aun alguien tan idiotizado como para ladrar esa pendejada de que Cuba es un paraíso de libertades.

Ante semejante enajenación uno con estupor se pregunta si realmente hablará en serio. ¿O sea que sólo porque en Chile hubo una dictadura estamos obligados a soportar otra peor en Cuba indefinidamente? Sólo porque en Chile Pinochet desapareció y asesinó opositores ¿tendremos que tolerar eternamente en Cuba mítines de repudio, palizas impunes, allanamientos y detenciones arbitrarias? ¿Acaso no sabe que si nuestros niños no se desnutren es sólo gracias al inconmensurable desvelo de sus padres, y no por el litro de leche subsidiado por Raúl Castro hasta sus siete años? ¿En serio creerá posible este tarúpido que no haya hambre en Cuba cuando nuestros jubilados apenas sobreviven con ocho dólares mensuales?

Sin embargo esos obnubilados prefieren no asomarse a la prensa independiente “pagada por el imperio”, porque allí sólo se leen “mentiras” donde una policía política vestida cobardemente de civil golpea a diestra y siniestra a opositores pacíficos en nombre del pueblo, les roba con toda impunidad su dinero, pertenencias y medios de trabajo, amenaza y detiene arbitrariamente a disidentes indefensos, allana vilmente sus viviendas y les confisca ilegalmente sus bienes personales. Por supuesto también descartan a priori la posibilidad de que el santificado por ellos régimen de los Castro fuera capaz de asesinar al padre de esa misma Rosa María que ahora soportó en educado silencio su estúpida diatriba. Para estos espantajos morales esas no son más que mercenarias mentiras.

Pero lo cierto es que en Cuba pasó el tiempo y pasaron muchas águilas por el mar. Los antiguos linderos de las UMAP fueron removidos de raíz para eliminar evidencias, tal como los años han borrado de los muros las manchas de sangre de los fusilamientos, y ahora la puesta en escena se ha propuesto mantener el barrio marginal donde pulula nuestra pobreza meticulosamente apartado de la vista de esos izquierdosos de telenovela.

Pero al menos aprovechemos esta trascendente lección y jamás subestimemos la archidemostrada capacidad del castrismo para urdir artimañas y mentiras, pues si algo han demostrado consumadamente estos dictadores, si algún mérito indiscutible tuvieron siempre fue su refinada habilidad para engañar al mundo, empresa en la cual –injusto sería no reconocerlo– han sido extraordinariamente exitosos.

Ya han timado a tres Papas, a un Presidente estadounidense, y acaban de consumar grandes timos a la Unión Europea, al Club de París, a más de un gobierno latinoamericano y a muchísimos antiguos acreedores más –descontando los 35000 millones condonados sólo por Rusia, viejo aliado estratégico de La Habana. En fin, que fueron extremadamente buenos en el arte de la estafa, embaucaron a media humanidad, y al final el capitalismo mundial terminó perdonándoles esa friolera de decenas de miles de millones.

Entonces ¿por qué debe sorprendernos que mantengan engañados a este hato de ingenuos y tontos? Por eso repito aquí mi posición de siempre e invito gentilmente a nuestro entusiasta gritón rioplatense a radicarse definitivamente en Cuba, pero esta vez bien alejado de sus rutas de turismo, en la Cuba real revuelta en su miseria –muchísimo mejor si es al oriente del país– y bajo su suela el lodo de las barriadas pobres.

Una vez allí, libreta de racionamiento en mano, disfrutará de las “bondades” del castrocomunismo más pintoresco, y con un salario de 20 dólares mensuales intentará alimentar, vestir y calzar a su familia. Si al cabo de un año nuestro ya desconcertado joven chileno ha desatado naturales desavenencias con la dictadura –pues para entonces ya debe estar llamándole por su nombre– entonces tal vez cándidamente decida proponer a los jerarcas de la Plaza la realización de un plebiscito popular como el permitido por el mismo Pinochet que al final murió de viejo sin ser juzgado en la tranquilidad de su hogar, tal y como, sin remordimientos, acaba de hacerlo nuestro propio dictador –mire usted qué coincidencia– en su opulento Punto Cero.

La interesantísima respuesta que recibiría entonces acabaría por convencerle definitivamente de que nada entre cielo y tierra, bajo un Estado totalitario, termina siendo en realidad lo que parece.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Acaba de producirse la visita a Cuba de Maria Grazia Giammarinaro, Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la Trata de Personas. Contrario a lo que opina la mayoría de los cubanos, incluidos decenas de miles de protagonistas enrolados en las propias misiones oficiales, y de los círculos opositores que hicieron pública su posición en los días previos a su llegada, esta señora acaba de desestimar las acusaciones de que el Gobierno cubano ejerza la esclavitud laboral en los convenios oficiales que mantiene con otros países.

O sea que si a usted, siendo médico, lo envían hoy mismo a un país lejano donde trabajará en medio de la nada y alejado de su familia, recibiendo el 20% del salario de un médico local a cambio del mismo trabajo, donde el gobierno cubano intermedia sin que usted se lo haya pedido para robarle tres cuartas partes de su salario –algo difícil de plantearse aún por el capitalista más inescrupuloso– al parecer todo esto no resultaría ser explotación laboral, según la señora relatora.

Tampoco le importaría si además la mitad de ese 20%, que allá le pagan, queda retenida en La Habana en una cuenta bancaria controlada por el gobierno, dinero que no le será entregado sino hasta el fin de su misión. En caso de que usted decida abandonar la misma ese dinero no podrá ser retirado en Cuba por su familia, sino que será automáticamente incautado por el Gobierno cubano y en ese caso a usted le será rigurosamente negada la entrada a su propio país por los siguientes ¡ocho años! durante los cuales no volverá a ver a sus hijos, pues en Cuba quedó su familia como rehén. Pero esos también parecieron ser detalles superfluos a la vista de la distinguida relatora.

Tampoco le dijo nada a esta señora que a cada colaborador le sea retirado inmediatamente su pasaporte cubano en cuanto pone un pie en el país de destino, ni tampoco que una vez allá sea constantemente amenazado con regresarlo a Cuba a la menor señal de “insubordinación” –que pudiera tratarse de algo tan simple como salir a una tienda cercana sin avisar al informante del grupo– y como si de un crío de cuatro años se tratara, tendrá prohibido salir sin pedir permiso con antelación. Tampoco estará autorizado a trabar “demasiada amistad” con los locales, y ni siquiera hablar de relacionarse de ningún modo con algo que siquiera huela a opositor político a algún régimen afín a La Habana. ¡Sacrilegio! Esto colocaría al “transgresor” en inminente riesgo de ver interrumpida su misión y de ser regresado inmediatamente a Cuba. Nada de esto debe ser entendido como coacción o amenaza según los parámetros de la señora relatora, sólo porque algún funcionario cubano le ha “…garantizado que los galenos solo participan de manera voluntaria y pueden regresar cuando quieran.”

En ese país usted podrá estar expuesto tanto a la malaria como al ébola o al VIH, y el azar o la mala suerte podrán situarlo ante un asalto o en medio de una vendetta y recibir algún disparo –peligros a los que estará constantemente expuesto a cambio de unos pocos cientos de dólares mensuales– pero esto tampoco pareció un detalle trascendente para la relatora.

En fin, estamos ante un espantoso engendro sostenido efectivamente mediante todo tipo de ruindades, donde el chantaje, la coacción y la amenaza son practicados sistemática e indiscriminadamente por un sistema que priva a esos trabajadores de sus más elementales derechos cívicos y laborales, una aberración que se nutre de la misma pobreza que genera, pues estos profesionales ostentan el salario gremial más bajo del mundo. A pesar de que ha generado entre 8000 y 10000 millones de dólares netos anuales durante las últimas décadas para la dictadura cubana, nada de esta riqueza ha sido destinada esencialmente a mejorar salarios ni condiciones de vida de los médicos, para de este modo perpetuar deliberadamente este ciclo de lacerante necesidad.

Pero una vez más parece salir airoso el régimen castrista de una inspección programada. Se marcha la relatora asegurando que “…la fortaleza del sistema es que las personas cuentan con un elevado nivel de educación y conocen sus derechos”. Queda demostrada una vez más la indiscutible capacidad de la dictadura cubana, zorruna en su astucia, para manipular bajo condiciones de laboratorio rutas prediseñadas a visitantes de organismos internacionales, previo meticuloso estudio, por supuesto, de la personalidad en cuestión.

El drama que viven los colaboradores en las Misiones Médicas oficiales mantenidas por el régimen de La Habana en más de 60 países se inscribe entre los pasajes de inmoralidad más atroz de la Historia de Cuba. Es inconcebible que en pleno siglo XXI, ante los ojos del mundo, se perpetre todavía un trasiego de esclavos de semejante envergadura. Pero más sorprendente, y hasta ofensivo aun, es que la relatora, en medio de su recién concluida visita oficial a Cuba, y por más absurdo que esto nos parezca, no haya tratado este vergonzoso asunto –cuando técnicamente cumple con cada criterio para ello– como lo que realmente es: un indignante ejemplo de trata moderna, que en la práctica somete a decenas de miles de profesionales a auténticas condiciones de esclavitud. Ni más ni menos.

balseros

Por Jeovany Jimenez Vega.

El Presidente Obama acaba de derogar la política pies secos/pies mojados implementada por su predecesor Bill Clinton a raíz de la Crisis de los Balseros de 1994, así como el Programa Para Profesionales Médicos Cubanos instrumentado desde la era de Bush Jr. para acoger a quienes desertaban de misiones oficiales del gobierno de La Habana. Apenas una semana antes de su traspaso de poder, y en lo que millones de cubanos dentro y fuera de la isla han percibido como un doloroso golpe bajo, el mandatario norteamericano acaba de consumar una de las mayores concesiones hechas a Raúl Castro durante este retorcido proceso de regalías unilaterales iniciado en diciembre de 2014.

Y como si los desencantos fueran pocos, ahora esto. Cuando parecía que Obama había agotado su chistera decide hacer un último regalo a la dictadura cubana derogando una política que durante más de dos décadas amparó a cientos de miles de cubanos que arriesgaron su vida para huir del despotismo castrista.

Evidentemente al inquilino de la Casa Blanca no le dijeron nada los últimos dos años de mutismo del régimen de Raúl Castro ante las demandas internas y externas de respeto a nuestras libertades políticas y civiles, sus nulas licencias en relación a la economía interna y la reticente política externa frente a potenciales inversores, su hermético blindaje ante la penetración de Internet, ni la creciente saña con que el tirano reprime hoy más que nunca a la disidencia de la isla.

No, definitivamente Barack Obama no interpretó nada de esto como señales de retroceso, por lo que decidió cerrar con broche de oro su lista de concesiones, y para eso eligió una de las más suculentas cerezas del pastel. Sostiene su decisión el presidente en el falso supuesto de que esta política fue instrumentada en un momento donde todo era diferente, pero si con esto se refiere a que en Cuba las cosas han cambiado se equivoca diametralmente.

Igual cuando afirma con relación al fin del programa que acogió hasta hoy a más de 7000 profesionales desertores de misiones oficiales, que esta medida afecta los intereses de nuestro país, cuando en realidad fue una puerta humanitaria abierta a las víctimas que optaron por liberarse de uno de los más sucios y vergonzosos ejemplos de trata de esclavos de la era contemporánea, practicada por un gobierno inescrupuloso que le roba a estos trabajadores tres cuartas partes de su salario en el extranjero.

Cierto que estamos ante un presidente cuya única responsabilidad es velar por la seguridad y prosperidad del pueblo de Estados Unidos, no por las nuestras, y que ha reconocido públicamente que el futuro de Cuba tiene que ser labrado por los cubanos, lo cual es una verdad absoluta. Pero justificar esta decisión ejecutiva argumentando que las condiciones han cambiado dentro de Cuba, o en el modo en que la psiquis anquilosada del generalato de La Habana asume todavía su relación con el país norteño es ir demasiado lejos. Razonar así es desconocer, o simular desconocer, la quintaesencia de dictaduras como la cubana.

Esta decisión llega en medio de encendidos debates sobre la viabilidad de mantener programas de ayuda que emanan del contribuyente norteamericano, y de reiteradas denuncias de estafas a Medicare o de millonarios robos mediante tarjetas de crédito, pero tal vez lo que decidió todo fue el temor de los tanques pensantes estadounidenses a un vacío de poder, generador de caos, en el ya cercano período de transición cubano, por lo que detrás de esta medida estaría la lógica intensión de asegurar las fronteras de Estados Unidos ante potenciales éxodos futuros.

Además, hay una realidad estadística que no se puede desconocer: sólo durante los últimos tres años han entrado a ese país al amparo de la política hoy revocada, previendo precisamente este desenlace, más de 120000 cubanos, en su abrumadora mayoría después de anunciado el deshielo. A la vista de este hecho estaríamos ante una decisión soberana, justa y legítima de la administración Obama. Pero no es posible desligar este giro de 180 grados en una política que persistió durante más de 50 años de su contexto, que todavía nos rodea, ni de sus complejas consecuencias inmediatas.

Cuando dice Obama que desde ahora se tratará a los cubanos como se trata a los emigrantes ilegales del resto del mundo pareciera desconocer que en el caso único de mis coterráneos huyen de la peor dictadura que ha conocido el hemisferio desde el descubrimiento del Nuevo Mundo. No se ha tratado así a los cubanos hasta ahora porque seamos mejores ni peores que el resto, sino precisamente porque las circunstancias de las que provienen son indiscutiblemente diferentes del resto de América, algo a lo que pudiéramos llamar la singularidad de la dictadura castrista.

Los cubanos, como el resto, huyen de la pobreza, pero en nuestro caso además lo hacen del despotismo de una tiranía que ya amenaza con volverse dinástica y cuyo fin no se vislumbra en el horizonte. Cabría preguntarle al resto de los migrantes ilegales latinos si hubieran emprendido su peligrosísimo viaje de haber contado con un capital digamos de 50000 dólares en su país de origen para emprender un negocio propio. Por supuesto que no. Entonces ¿cómo explicar que nuestros migrantes para partir lo vendan todo y empleen decenas de miles de dólares en tan riesgosa empresa en lugar de invertir gustosamente ese capital en un negocio familiar en Cuba? ¿Qué exactamente es lo que tanto “disuade” a los cubanos?

La respuesta a esta pregunta la conocen consumadamente Obama y su equipo de asesores, y es la causa esencial de esta huida perpetua que desde ahora se topará con las fronteras cerradas. La respuesta a esa pregunta es lo que define la sustancial diferencia entre los cubanos y el resto de los migrantes latinos. Durante los últimos tres años han huido a Estados Unidos 120000 emprendedores frustrados, potenciales generadores de medio millón de puestos de trabajo adicionales y potencialmente generadores de miles de millones de dólares de haber contado con condiciones favorables en su país; 120000 potenciales microempresarios que han huido, 120000 cubanos vencidos por la terquedad de un gobierno retrógrado que confesamente se opone a su prosperidad y ha reconocido públicamente que hará cuanto le sea posible por evitar que mi pueblo acumule riquezas por medios lícitos.

Si esta enorme energía creadora y generadora de potencial riqueza se ha perdido para la patria ha sido exclusivamente por la obcecación de la dictadura de Raúl Castro, que continúa opuesta hasta la médula al bienestar de mi pueblo. Esta es una evidencia indiscutible que debió sopesar muy bien el señor Obama antes de afirmar implícitamente que los cubanos no guardan diferencia alguna con relación a otros migrantes.

¿Dejarán de producirse ahora las salidas “ilegales” desde la isla en dirección norte? ¿Quedará definitivamente resuelto el dolorosísimo drama de los balseros muertos en el estrecho? Así desearíamos que fuera, pero sinceramente mucho lo dudo: la desesperación continuará empujando a miles cada año a desafiar la corriente del golfo, o a aventurarse por la misma ruta del coyote que han recorrido hasta ahora otros latinos, y dispuestos a asumir todos los rigores del indocumentado. Hablamos de juventudes que prefieren tomar cualquier riesgo antes que resignarse a vivir bajo el absolutismo castrista. Los cubanos no dejarán de intentarlo, sólo cambiarán su modus operandi.

¿Resuelve esta medida el grave asunto de los grandes y periódicos éxodos de cubanos? Quizás. Muy probablemente no se producirían nuevos éxodos masivos bajo las nuevas circunstancias, pero de esas escandalosas estampidas pasaremos a presenciar una interminable estela de muerte a cuentagotas que no se detendrá mientras no se establezca en Cuba una sociedad civilizada con oportunidades justas para todos. No se detendrá el éxodo porque es un fenómeno que no tiene su origen en la legislación extranjera, sino en la opresión inmisericorde de la dictadura cubana. He aquí la causa primordial del éxodo perpetuo de los cubanos: la desesperanza generalizada producto del absolutismo de un régimen de oprobio que secuestró el futuro de todo un país y condena a su pueblo –y por supuesto a su juventud– a apenas sobrevivir en la más patética pobreza, en medio de una escandalosa inequidad y privados de los más elementales derechos.

El joven presidente que encantó con su carisma a La Habana y dejó inspiradoras palabras en su conmovedor discurso, el que prefirió cenar en un restaurant familiar, el mismo que tendiera la mano a Pánfilo –el viejo desheredado de todos los hogares pobres de Cuba– nos dejará un recuerdo agridulce tras este traumático regalo de despedida. Vaya manera tan sutil y efectiva encontrada por Raúl Castro para contrarrestar definitivamente el efecto Obama en mi pueblo: apuntó a centro de la esperanza de cientos de miles, disparó y acertó, y cuando Obama mordió este anzuelo fue bajado definitivamente del pedestal en que lo habían colocado millones de cubanos.

Pero, como decía la abuela Panchita, la leche derramada no merece lamentaciones. Ahora llega un Donald Trump que nunca ha disimulado su ojeriza ante la inmigración –por supuesto, peor aún si es ilegal– por lo que nadie espera una revocación de la orden ejecutiva de Obama. Hacer esto iría en contra de su discurso, algo que no tendría ningún sentido para el presidente recién estrenado. Por eso desde el pasado 12 de enero cada cubano que desee acogerse a la Ley de Ajuste de 1966 estará obligado a entrar legalmente a Estados Unidos previa otorgamiento del debido visado, algo cuya remota probabilidad ha disuadido a cientos de miles que hasta hoy, no precisamente por vocación suicida, optaron por exponerse a tiburones y coyotes.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

De vez en cuando en Internet asistimos a duelos de opiniones antagónicas entre personas públicas. Tanto desde dentro como desde fuera de Cuba pueden desatarse ardientes polvaredas, y casi siempre las partes defienden sus puntos de vista de un modo tan apasionado y frontal como divergente, aun cuando curiosamente, discrepando en determinados puntos, pueda ser que ambos mantengan inalterable como trasfondo común un confeso desprecio hacia la dictadura castrista.

Hoy pretendo asomarme a un caso concreto: me refiero a la incendiarias palabras de Zoé Valdés tras las recientes declaraciones de Manolín, el Médico de la Salsa, con motivo de la cancelación de contrato a varios músicos residentes actualmente en Cuba y que ofrecerían conciertos en “The Place”, popular centro nocturno de Miami, así como a la réplica de mi colega músico varios días después, que trascendiera a través de su sitio en Facebook. Pero más allá del asunto puntual llama la atención el problema de fondo, que es la intolerancia entre los cubanos, y es ahí donde debemos fijar nuestro tema de reflexión.

En este caso, como en otros muchos, advertiremos que nunca se podrá desestimar la brutal dosis de frustración acumulada por generaciones enteras de cubanos durante más de medio siglo bajo el signo de la tiranía. Es precisamente la ira que genera ese despotismo, ese absoluto irrespeto del gerontopolio de la Plaza de la Revolución hacia nuestros derechos, esa singular hipocresía de los que arriba y abajo dicen defender a la dictadura cuando todos sabemos que sólo median mezquinos intereses, lo que probablemente desata la agresividad asumida por Zoé frente a las palabras de Manolín.

Pero en este caso, como casi siempre, no habría palabra malentendida sino hubiera sido mal interpretada. Porque una lectura atenta al texto de Manolín en ningún momento denota otra cosa que denuncias contra la soberbia de Fidel Castro, y por lo tanto, en mi modesta opinión, no se justifica un ataque tan cáustico de la escritora. Creo que la dama le subió demasiado el tono a su discurso y cayó en ofensas impropias de plumas de su estirpe; en su lugar, y aunque fuera sólo por oficio, debió vestirse más de gala en esta salida si ya había decidido lanzar la guerra. No dudo de su vocación patriótica, ni de la autenticidad de su indignación contra todo ese dolor que menciona en forma de nombres y vidas perdidas por la libertad de Cuba, pero olvidó aquí que la verdad llega más lejos cuando se le dice bellamente.

Poco después el músico ripostaba con argumentos concatenados en una lógica muy simple, a lo que añadió su pisca de sarcasmo –una fórmula de probadísima eficacia– con todo lo cual dejó muy mal parada a la escritora. Todo porque Zoé no respetó una de las máximas más elementales y antiguas de la guerra: siempre lanzarás la batalla en el terreno donde te sea más propicia la victoria y con aquellas armas que utilices con mayor maestría; lo olvidó hasta el punto de que fue por lana y salió trasquilada.

Pero volviendo sobre las palabras de Manolín caemos en el meollo del asunto: no defiende él a aquellos que admiran a Fidel Castro, sino el derecho que les asiste en lo personal a hacerlo si así lo deciden. Es cierto, aquellos nunca han respetado nuestro disentir, pero no se les puede pedir otra cosa precisamente porque es ese el signo cardinal de una dictadura, y si entendí bien, cuando aquí aborrece Manolín lo hace en referencia a la intolerancia como mal esencial, ya venga del castrocomunismo o ya venga del exilio anticastrista.

Porque cuando las fuerzas democráticas opuestas a la dictadura hacen loas por la tolerancia como un bien universal, como piedra angular indispensable en los cimientos de la patria plural que soñamos ¿acaso no propone con ello un código moral llamado a traducirse constantemente en hechos concretos? Entonces ¿por qué no asumir ese razonamiento con relación a la tolerancia como principio rector que nos guíe a ser consecuentes en todos nuestros actos? ¿No estamos obligados desde ahora a la observancia estricta de esa regla de oro si queremos construir una nación que destierre todo acto de exclusión arbitraria, de soberbia gubernamental y de atropello al derecho público? ¿O acaso no sería igual una incongruencia acusar de intolerante al dictador a la vez que devolvemos nosotros la misma moneda en idénticos términos, sólo que en sentido contrario?

¿Será que tanta ignominia nos incapacitó para ejercer una virtud tan necesaria? ¿Por qué no cerrar de una vez las puertas al odio y al revanchismo? De no encontrar el valor y la sabiduría para hacerlo estaríamos automáticamente asumiendo los mismos códigos de facto que hoy abominamos en la dictadura cubana. Si no purgamos desde ahora este mal –que ha demostrado ser antológico y fatal en nuestras latitudes– ya nacería la futura república con el germen de la descomposición en sus entrañas. ¡Tanto remar y padecer –diría entonces Liborio– para carenar en la misma orilla!

Encontrar la fuerza para actuar en el momento glorioso de la libertad con magnanimidad demandará de toda la bondad, sabiduría, prudencia y capacidad de moderación del pueblo cubano. No debemos olvidar jamás que en ese momento sublime la Historia también nos estará juzgando.

No parece otro el mensaje que pone Manolín en otras palabras, y en este punto lleva mucha razón. Pudiera ser que todo no sea más que un procedimiento legal violentado por el gerente del lugar, es cierto, pero se no ser así y tratarse de una encerrona como represalia contra la actuación de músicos cubanos residentes en la isla, ¿cuál sería la diferencia entre quienes así se proyectan y los represores que ayer en La Habana de Fidel Castro censuraron “5 PM” o “Fuera de juego”, entre otras miles de creaciones artísticas, aquellos que decretaron el ostracismo de Arenas, de Virgilio o de Lezama, los que encarcelaron a artistas en las UMAP o clausuraron El Patio de María, los que prohibieron cientos de exposiciones de pintores incómodos, esos que ayer vetaron “Un día de noviembre” o “Alicia…” y que siguen siendo los mismos que recién intentaron sepultar en vida a Cremata? ¿Cuál sería la diferencia entre estos represores de Miami y los parametradores de la libertad de pensamiento en La Habana? En esencia, y en honor a la verdad, absolutamente ninguna.

En lo personal nunca he comprendido –y creo que ya nunca lo haré– a aquellos que defienden a cualquiera de los Castro a capa y espada desde la comodidad del exilio –o desde la emigración, como prefiera llamársele a ese sitio de ubicuidad cosmopolita, pero situado siempre bien lejos del “paraíso” que defienden y de la “justicia” celestial de sus dictadores de ensueño.

Puede tratarse de cierto actor, desde Miami, diciendo que quiso a Fidel Castro como a un padre, o de dos mujeres con CI fronterizo que con patética vulgaridad vociferan una sarta de estupideces contra los cubanos de Miami –no desde un CDR de la Habana Vieja sino desde la Riviera francesa– pero absolutamente en todos los casos resalta un elemento en común: la insalvable incongruencia entre su pretendida admiración por la figura de los dictadores y su miedo inconfeso a vivir en la Cuba de las estrecheces a que el despotismo de sus héroes ha condenado a millones de compatriotas nuestros.

Pero a pesar de todo siempre será sumamente saludable cimentar sobre la tolerancia nuestras libertades futuras, y entrenarnos desde ya en su ejercicio por más irracional o repugnante que parezca el criterio que se nos oponga.

Con el tirano mayor durmiendo el sueño eterno sólo el tiempo se ocupará de develar todas las verdades. Para entonces, cuando la libertad haga caer las máscaras, esos que hoy todavía lo defienden a la sombra del gran engaño, también abrirán sus ojos y comprenderán todo de golpe. Pero hasta entonces demostremos que no somos iguales al tirano y seamos consecuentes al respecto.

Y ante aquellos que todavía pululan a la sombra de mentiras y simulaciones, cincelemos hoy en nuestro cuerpo moral, como cincelaremos en letras de bronce las leyes del mañana, aquella máxima lapidaria y eterna: aunque aborrezco lo que dices, sin pensarlo moriría por defender tu pleno derecho a decirlo.

HAB109 LA HABANA (CUBA), 20/07/2015.- Varias personas caminan bajo las banderas de Cuba y EEUU desplegadas en un edificio hoy, lunes 20 de julio del 2015, en La Habana (Cuba). Estados Unidos y Cuba escenificaron hoy el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas tras casi 55 años de ruptura con la apertura en Washington de la embajada cubana. EFE/Rolando Pujol

Por Jeovany Jimenez Vega

Han transcurrido exactamente dos años desde el deshielo diplomático entre Cuba y Estados Unidos, anunciado el 17 de diciembre de 2014. Dos años pueden no ser mucho en términos lineales para la historia de un país, pero ya sí comienzan a ser un período de tiempo suficientemente ilustrativo si nos referimos a un proceso llamado a generar transformaciones de largo alcance en la dinámica entre dos países, pero también –y esto es algo más importante aún– a potenciar cambios en el modo en que el gobierno de la isla se proyecta hacia su propio pueblo.

Propongo pasar revista e intentar calibrar en su justa medida los avances o retrocesos producidos desde el histórico anuncio. Comenzaría por llamar la atención sobre la frecuencia con que analistas políticos o publicaciones de prensa, sitios digitales, programas televisivos y radiales, e incluso más de un documental sobre el tema, parten del presupuesto de que el General Raúl Castro ha impulsado toda una serie de presuntas reformas durante su gobierno. Sin embargo, para quienes vivimos aún hoy en todo su rigor la profundísima y perpetua crisis económica a que nos condena la dinastía Castro ninguna afirmación podría estar más alejada de la realidad.

Si miramos en profundidad solo encontraremos dos de estas referidas medidas que ciertamente han tenido un impacto real y práctico en la población comparadas con la situación anterior, y son: la nueva política migratoria y la autorización a la compra y venta de viviendas.

Aunque si bien el Estado cubano insiste en tasar cada vivienda según su apreciación y continúa limitando el número de estas que un individuo puede tener en propiedad o heredar, lo cierto es que hoy quien emigra ya no pierde su casa como antes sucedía, y que en términos generales la nueva disposición sí podría ser considerada como un auténtico avance, pues ha cumplido su cometido en términos de libertad de decisión personal.

Pero ya en el caso de la Ley Migratoria hallaremos onerosas sombras en medio de las nuevas luces, porque incide aquí un grave detalle: como para no perder la costumbre el Gobierno cubano, al implementar la nueva política, se reservó nuevamente para sí la última palabra cuando decidimos viajar. Bajo las nuevas reglas las autoridades cubanas todavía conservan potestad absoluta para prohibir la salida o el posterior retorno a su país de cualquier cubano –y ya ahí se percibe nuevamente la mano peluda bajo el guante de seda: nunca será igual que usted viaje y regrese porque ejerza con ello un derecho inalienable, que nadie pueda coartar, a que usted entre y salga de su propio país simplemente porque la “gentileza” de alguien así se lo permita. Es obvio que existe una diferencia esencial entre una cosa y la otra.

Observemos sin embargo que estas dos medidas fueron implementadas varios años antes del deshielo diplomático, y por lo tanto no pueden ser adjudicadas a las nuevas relaciones internacionales, ni al fruto de actuales negociaciones. Así las cosas, hemos sido víctimas y testigos durante este reciente período más que de muy escasos, tímidos y puntuales avances, de muchísimos, dramáticos y sistémicos retrocesos. Hoy podemos afirmar que en Cuba, a dos años de aquel memorable 17/12 y fuera de los dos puntos arriba referidos, todo bajo Raúl Castro ha continuado siendo más de lo mismo, y prácticamente ningún fruto ha sido recogido de la mitad del árbol asomada a nuestra parte del patio.

Dos años habrían sido suficientes para que el General, en caso de haber tenido la buena voluntad para hacerlo, haya emprendido transformaciones reales que implicaran ya a estas alturas un cambio sustancial en la mecánica interna de la isla, para haber lanzado en la práctica inequívocas señales de restructuración económica profunda, que hayan destrabado el aparato productivo del país, y para haber permitido nuevos espacios participativos a actores sociopolíticos que la dictadura cubana aún insiste en vetar.

En su lugar, ya en vísperas de 2017, el General Raúl Castro y su camarilla continúan aferrados, como siempre, al cuento de la buena pipa: todo a su momento, sin prisa y con muchas pausas, manteniendo posiciones inamovibles en cualquier negociación que siquiera insinúe respeto a nuestros derechos civiles y políticos, parapetados todavía en su viejo pretexto del enemigo invisible, y enarbolando como en sus buenos tiempos un desfasado discurso donde aseguran que son los elegidos, predestinados por la providencia a salvaguardar SUS “conquistas” –ellos y sólo ellos– para SU patria. Continúa concurriendo la simulación como estrategia y como carta de triunfo. En fin, como diría Liborio, hasta ahora todo ha sido pura muela.

Porque, en concreto, ¿qué ha conseguido el pueblo cubano del tortuoso proceso de negociaciones iniciado por la Administración Obama, con el “visto bueno” de La Habana? ¿En qué modo práctico nos hemos beneficiado después de dos años? Desde diciembre de 2014 persisten, diríase incluso que con mayor saña, las regulaciones absurdas que hacen irrentable la mayoría de las actividades de perfil medieval autorizadas al sector cuentapropista, así como limitaciones de todo tipo a cualquier modalidad productiva de carácter privado –incluso sobre aquellas oficialmente “aceptadas” por la ONAT. Persisten las mismas desatinadas políticas en el sector agropecuario que perjudican directamente al productor y atentan seriamente contras sus ganancias –lo cual es la causa real de la carestía, así como del contrasentido de que hoy Cuba importe miles de millones de dólares con este fin, algo fácilmente evitable. Todavía el Gobierno cubano, a través de sus entidades empleadoras, insiste en intermediar en el pago de cada trabajador contratado por empresas extranjeras para robarle a aquel nunca menos del 70% del salario pactado –estafa también obrada en todas las Misiones Médicas oficiales en más de 60 países.

Todavía la nueva Ley de Inversión Extranjera es un entramado de lagunas y solapadas trampas que entorpecen el acercamiento de inversores y disuaden a miles de empresarios interesados en negociar directamente con el pueblo cubano, que exigirían contratar a sus directivos y empleados en medio de racionales garantías para su inversión. Todavía persiste la fobia enfermiza del gobierno disque comunista a cualquier acercamiento del exilio económico cubano, por lo que se continúa vetando firmemente cualquier mecanismo que permita la inversión de ese enorme capital naturalmente llamado a tener un peso vital y predominante en nuestra regeneración económica, privándosenos de este modo a millones de cubanos de evidentes ventajas: a los exiliados de su derecho a regresar e invertir en su propio país, y a los residentes en Cuba a acceder a decenas de miles de nuevos puestos de trabajo en condiciones superiores de remuneración, a la vez que todo va quedando en casa, entre cubanos –algo muchísimo más deseable y seguro en términos de estratégica soberanía que apostar por cerrar trato únicamente con capitales extranjeros.

De la situación imperante aún en el plano político no vale la pena ni siquiera hablar en un post que analiza presuntas transformaciones en Cuba. Las amenazas, asedios sistemáticos a sus sedes, las detenciones arbitrarias, y las palizas impunes a los opositores, además del casi centenar de presos políticos en cárceles comunes hablan por sí solos. Ninguna otra faceta de la pintoresca realidad cubana evidencia con tanta brutalidad y crudeza que estamos aún ante el mismo perro con diferente collar. Nadie lo dude.

Si algo han demostrado estos dos últimos años es que una caldosa se cocina en la alta política –donde cada parte habla lo que decide, piensa lo que quiere, y termina haciendo aquello que le conviene– y otra bien diferente es la que en realidad se come el pueblo en la calle. Con toda seguridad cada parte tiene guardados bajo su manga los ases decisivos para lanzarlos cuando lo crean más oportuno; y parece lógico que así sea después de más de medio siglo de tensiones. Pero suplico no se insista en la mentira de que Raúl es diferente a Fidel Castro, nadie pretenda, por favor, tapar el sol con un dedo; no se ofenda de un modo tan pueril nuestra inteligencia. Llamemos al pan pan, al vino vino y a la dictadura dictadura sin fútiles edulcoraciones. Al menos este es un lujo que como pueblo nos merecemos y nos debemos permitir.

Por eso es extremadamente importante que hagamos todo lo que esté a nuestro alcance por derribar el mito que vende a un Raúl Castro con genuinas intenciones de desmontar las miles de absurdas prohibiciones mantenidas por el inmovilismo de su hermano mayor y predecesor en el trono; un Raúl presuntamente pletórico de buenas intenciones pero atado de pies y manos, el pobrecito, por un despiadado bloqueo yanqui, o hasta hace poco por un Fidel Castro objetando desde la sombra.

Desmintamos el embuste de un Raúl Castro imbuido en presuntos intentos de transformar en serio nuestro país, como no haya sido para socavar con métodos cada vez más sofisticados y brutales nuestras libertades políticas –de las cuales cuelgan naturalmente todas las demás– y para mantener cada vez mayor control sobre nuestras vidas, perpetuando así el más bochornoso estado policial y la dictadura más larga y despreciable que haya padecido pueblo alguno en la historia del hemisferio occidental. Es en este punto exacto que Cuba permanece varada a dos años del deshielo y a las puertas de la era Trump.

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Imagen tomada del diario El Universo.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado viernes murió a sus 90 años el dictador Fidel Castro. Era de esperarse la trascendencia de la noticia pues, ya se le aborde desde el más romántico e idealizado amor, o desde el odio más cáustico y mordaz algo sí es inocultable: dejó de existir el hombre cuya impronta selló la Historia de Cuba durante las últimas seis décadas y que fuera, sin duda, una de las figuras más polémicas del siglo XX mundial.

Poco queda por decir que no esté dicho ya sobre el tirano, por eso en esta hora no merita la pena plantearse abarcadores recuentos de su vida, sino que parece un ejercicio más prudente hacerse una pregunta elemental que pretenda resumir la impronta de este hombre sobre la sociedad cubana. Bastaría preguntarse ¿qué dejó detrás, cuando partiera, Fidel Castro? ¿Qué heredó mi pueblo de su más de medio siglo de legado? La respuesta no siempre será simple, porque casi nada lo es en el caso cubano, donde la misma realidad suele estar matizada casi siempre por variadas luces y sombras.

Desde el punto de vista social Fidel Castro deja un país con un prácticamente inexistente índice de analfabetismo, con un sistema de enseñanza pública accesible a todos, que llega a cada rincón del territorio nacional. Parece idílico, y ahí estarían los reiterados avales de la UNICEF para probarlo, pero no olvidemos algo esencial, pues aquí no todo es color rosa: también se trata de un sistema de enseñanza único y centralizado, impuesto obligatoriamente a todos, que no deja alternativa posible a los padres para elegir cuál tipo de enseñanza recibirán sus hijos pues no existe ninguna posibilidad de elección alternativa, donde cada día los hijos de todos juran como lema “¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!”, donde son instruidos por maestros con una enorme frustración personal, pues ganan un salario miserable a cambio del descomunal esfuerzo de ejercer el magisterio en medio de las más disímiles carencias o en escuelas semiderruidas, y donde además todos nuestros niños y adolescentes reciben un forzoso adoctrinamiento político, responsable en buena medida de esa lamentable pérdida de cultura cívica que inmoviliza hoy a la sociedad cubana.

¿Y qué decir de la Salud Pública? Este país que se ufana de sus logros biotecnológicos, de la vacunación infantil universal, de sus bien equipadas y mejor abastecidas clínicas para extranjeros –comparables sólo con las de uso exclusivo de la élite gobernante– es el mismo de los consultorios médicos vacíos en el barrio y el desabastecimiento perpetuo de medicamentos en las farmacias del pueblo, el de los excelentes médicos que también perciben salarios miserables y trabajan en medio de carencias inimaginables, y bajo pésimas condiciones en hospitales estructuralmente en ruinas, muchas veces meritorios de una demolición.

El gobierno de Fidel Castro, que siempre enarboló como carta de triunfo las flamantes Misiones Médicas oficiales en más de 60 países “en pos de los pobres del mundo”, es el mismo que todavía hoy, bajo la bota de Raúl Castro, le roba miserablemente a todos esos cooperantes el 70% de su salario en el extranjero y se embolsilla de este modo entre 8000 y 10000 millones de dólares cada año derivados del trabajo de sus esclavos, mientras haciendo gala de su característico cinismo, no se sonroja al hacer tribuna contra la explotación capitalista mundial.

La profundísima crisis actual del deporte cubano es tan evidente que no merece comentarios. La huida de más de 200 peloteros de primera categoría hacia el “norte brutal” durante los últimos años en busca de mejores oportunidades es un puñetazo en el rostro del occiso, que también usó el deporte como un arma propagandística más, pero hoy las humillantes actuaciones y mediocres resultados internacionales de muchas disciplinas parecen advertir que apenas podríamos caer más bajo.

Y en el terreno económico ¿qué deja detrás el “invicto” comandante? En un punto cuya realidad es tan elocuente y brutal cualquier comentario lloverá sobre mojado. La profunda ruina económica generada por la interminable estela de políticas erráticas de Fidel Castro sigue teniendo causas endógenas, y continúa siendo tan absurda y sistémica que ya se ha tornado insoluble, al menos bajo las actuales reglas de juego impuestas en virtud de subordinarlo todo a la enfermiza vocación de control de la autocracia militar.

Durante toda la caótica era de los Castro jamás Cuba ha conocido un período de real autonomía económica o de creíble crecimiento, a pesar de haber contado durante sus tres primeras décadas con el más generoso subsidio del mundo llegado desde la extinta Unión Soviética. Primero de esta, y más tarde de la teta de Hugo Chávez, siempre colgó la boca babeante del niño bobo que jamás aprendió a sostenerse solo. Es una innegable realidad: jamás el gobierno del comandante, como ahora el sucesorio de Raúl Castro, lograron superar sus ingentes hábitos parasitarios, y siempre han dependido para subsistir de una matriz externa que los sostenga. En resumen: parte el dictador dejando atrás un país desolado, en perpetuos números rojos y sin un plan de desarrollo creíble en el horizonte.

¿Y para qué hablar de la situación política que ha dejado a su paso el Castrocaudillismo? Preguntémonos ¿optó el comandante por la persuasión, por el argumento convincente, para gobernar? ¿Ejerció su poder en medio de la natural, sana y necesaria confrontación libre de criterios, contra un Parlamento discrepante donde la oposición fue algo cotidiano, como en todas las sociedades libres? Definitivamente no. En su lugar, desde los primeros momentos penalizó la discrepancia de ideas y sepultó toda la prensa bajo un manto de hermética censura, e igualmente monopolizó la política editorial nacional y todos los medios masivos de comunicación, manteniéndolos estrangulados con un puño de hierro cuya presión nunca cedió. Bajo su dictadura total jamás meritó llamarse Parlamento ese circo de marionetas reunido un par de veces al año para consentir, siempre por unanimidad absoluta, las órdenes previamente aprobadas por el Comité Central de su Partido Comunista.

La dramática situación de los derechos humanos ha sido una constante durante todas las etapas del régimen castrista, que hace gala de una larguísima saga de sistemáticos abusos, una consecuencia lógica de la no separación de poderes. Los encomiables índices de represión política han sido el inmutable telón de fondo de la sociedad cubana durante más de cinco décadas, pero han cobrado ribetes de escándalo después de anunciado el descongelamiento con Estados Unidos. Nos deja el que parte, como testigos de su despotismo, y descontando los miles que les precedieron, alrededor de un centenar de prisioneros políticos en cárceles comunes.

También lega el comandante a nuestra Historia cuatro grandes oleadas migratorias para refrendar su escandaloso fracaso como gobernante: juventudes que huyeron despavoridas de su avasallamiento, elocuentísima expresión del descontento de un pueblo entero. Fueron éxodos bien definidos en el tiempo, pero siempre salpicados entre ellos por una interminable estela de balseros muertos en las aguas del estrecho, profundísima saga de dolor provocada al pueblo cubano también por el absolutismo de Fidel Castro.

Pero al menos intentemos dilucidar un ápice de esa genialidad que le adjudicaron testaferros y adulones; indaguemos tanto en las “soluciones” tácticas impuestas por el tirano como en sus consecuencias prácticas y definitivas a largo plazo. Por ejemplo, una vez triunfante la Revolución se encontró con el problema de la vivienda. ¿Impulsó el comandante un coherente programa nacional de construcción de nuevas viviendas para suplir aquella necesidad? No. Resultó más fácil arrebatarle a los auténticos dueños sus antiguas propiedades mediante una Ley de Reforma Urbana. Consecuencias: todavía hoy, medio siglo después, continúa siendo el de la vivienda uno de los más graves problemas del país y quizás el de más difícil solución.

En 1959 el recién triunfante comandante se encontró también con el problema del latifundismo. Pero una vez promulgada la Ley de Reforma Agraria ¿fomentó luego las condiciones necesarias para el florecimiento del sector campesino? ¿Estimuló enérgicamente el trabajo del productor agrario y ganadero a lo largo de todo el país? No. En su lugar impuso una tras otra las más absurdas regulaciones que constantemente coartaron la actividad del productor para impedir por todos los medios su éxito económico, diseñó múltiples mecanismos para obstaculizar sus ganancias y soltó a los perros de su Fiscalía General cada vez que algún descarriado acumulaba un monto de riquezas X como fruto legítimo de su trabajo. Consecuencias: todavía hoy se pudren las magras cosechas en el campo gracias a la archidemostrada irresponsabilidad de su Empresa Nacional de Acopio –única entidad autorizada y que pretende monopolizar infructuosamente todas las cosechas. Hasta hoy se mantiene improductivo un injustificable por ciento de tierras cultivables plagadas de marabú, mientras Cuba importa miles de millones de dólares en alimentos –incluida ¡sacrilegio! el azúcar– dejados de producir gracias a los caprichos y la testarudez de los gobernantes de siempre, y mientras tanto la canasta básica rompe semana tras semana nuevos records de carestía.

Desde inicios de 1959, en cuanto una parte del pueblo se sintió defraudado por las primeras medidas populistas, se inició un ininterrumpido éxodo general, y de profesionales en particular. ¿Qué hizo el recién estrenado Primer Ministro Fidel Castro para detenerlo o desestimularlo? ¿Mejoró las condiciones de trabajo, ofreció salarios más tentativos a aquellos profesionales? No. Entonces eligió, como siempre, la solución más simple: coartar durante décadas el derecho a viajar libremente de todos los cubanos y prohibió nuestra salida al extranjero salvo en caso de autorización oficial. Consecuencias: esta isla quedó convertida literalmente en una vasta prisión, y se trucó en el gulag privado de Fidel Castro por más de 50 años, durante los cuales el déspota nos privó del derecho universal a salir libremente y regresar a nuestro propio país, descarada usurpación usada indiscriminadamente, todavía hoy, como prebenda hacia sus dóciles testaferros, como simple material de chantaje y como poderosa herramienta de coacción y amenaza contra incómodos detractores dentro y fuera de Cuba.

Recordemos también un pasaje trascendental: una vez frente al desafío de una reelección democrática en 1960 ¿cumplió con su promesa lanzada desde la Sierra Maestra de convocar a elecciones pasados sus primeros 18 meses de gestión? ¡Jamás! En su lugar acuñó aquel célebre slogan “Elecciones ¿para qué?” cuyas lamentables secuelas todavía hoy se traducen en nuestra falta de libertades políticas. Consecuencias: desde entonces persiste en Cuba un irrespeto absoluto de la élite político militar hacia nuestro natural derecho al libre pensamiento y hacia muchos de los más trascendentes derechos humanos, ofensivo desprecio fomentado, sobre todo, gracias a la retorcida personalidad de Fidel Castro.

Más tarde, ante la persistencia de decenas de miles de negocios privados y microempresas familiares a lo largo de todo el país, ¿desarrolló el comandante un sistema nacional paralelo de servicios que compitiera en igualdad de condiciones con aquel extenso sistema privado? ¿Se cumplió finalmente su promesa de garantizar mejores servicios al pueblo? Absolutamente no. En su lugar lanzó como zarpazo la tristemente célebre Ofensiva Revolucionaria en marzo de 1968, que arrasó en pocos meses con el legado de millones de emprendedores que antes aquilataron su fortuna gracias al trabajo honrado de generaciones. Esta ola de insolente usurpación, seguida de una indolencia institucional generalizada, provocó un vertiginoso e irreversible deterioro en la gastronomía y todo tipo de servicios desde Cabo San Antonio hasta Punta Maisí. Consecuencias: todavía hoy este sector se cuenta entre las pruebas más elocuentes que demuestran cuánta ineficiencia y corrupción llegan a generar sistemas tan centralizados como el cubano.

O sea, que si aquel barbudo incorregible siempre optó por la solución más mediocre, facilista y simplona, por lo general coincidente con la que tuvo a la larga peores consecuencias; si dejó a su partida un país en la más absurda ruina económica, pisoteados los derechos humanos de mi pueblo en manos de una oligarquía soberbia con hábitos neoburgueses, y una sociedad perturbada, disfuncional, y convertida en un lodazal de ruinas morales, entonces ¿dónde queda su pretendida genialidad? ¿Qué fantasioso argumento podría sostener que fue virtuosa una vida tan aberrante y definitivamente dañina para mi pueblo?

Fuera de ser negro para el comercio en varios países, y salvando la primicia, por nada más sería memorable el pasado viernes 25 de noviembre. Nada trascendente sucederá en Cuba a partir de ese día, porque este es un desenlace para el cual la dictadura tuvo tiempo suficiente de prepararse. La plana militar en el poder mantendrá de momento todo bajo el acostumbrado control y el negocio seguirá fluyendo con la misma celeridad de siempre. Murió el tirano, pero detrás deja una dictadura incólume, con un organizado ejército de esbirros y represores bien entrenados en todo tipo de métodos de coacción, intimidación y chantaje, un insolente sicariato ávido de acción que mantiene el dedo en el gatillo dispuesto a todo, y que en su profunda enajenación, a no dudarlo, tranquilamente tiraría de éste en cuanto le llegara la orden.

Todavía la dictadura mantiene intacta su toda capacidad de represión; todavía se mantiene mi pueblo en un estado de total indefensión frente a los designios divinos del dictador de turno y arrastramos aún las execrables consecuencias de un adoctrinamiento social masivo, que demandará el paso de más de una generación para resarcir su huella de inmoralidades una vez llegada la libertad. Todavía carece la sociedad de mecanismos autónomos indispensables para encausar seriamente las auténticas aspiraciones del pueblo cubano.

Pero a pesar de todo han trascendido múltiples mensajes de condolencia de figuras políticas y religiosas, desde Vladimir Putin, pasando por Mijail Gorbachov, hasta Xi Jinping, desde el Ayatolá Seyed Ali Khamenei hasta Frei Betto y el Papa Francisco, desde Maradona hasta cada presidente de izquierda del continente americano y el Rey de España, y sin duda se contarán cientos de pésames más llegados desde las más disímiles latitudes, personalidades de muy variado abolengo que guardan todas algo en común: ninguna ha sufrido en carne propia las consecuencias del delirio estalinista del occiso comandante. Ninguno de estos conmovidos dolientes fue padre de un joven fusilado; ninguno fue humillado por creyente u homosexual y aprisionado en las UMAP –de hecho más de uno ni siquiera sabrá siquiera que existieron las UMAP. Ninguno está obligado a sostener a su familia con 20 dólares mensuales y ni siquiera sabe qué demonios será una libreta de abastecimiento.

Ninguno de esos muy perturbados amigos del dictador tenía su familia a bordo del remorcador “13 de Marzo”; ninguno fue sancionado a más de 20 años de prisión durante la Primavera Negra; ninguno ha visto a su madre, a su esposa ni a su hija arrastrada por hordas fascistoides durante una marcha de las Damas de Blanco; ninguno es un disidente asediado o apaleado impunemente por la policía política cubana; ninguno ha sido encarcelado durante semanas o meses sin siquiera conocer qué cargos se le imputan, y luego liberado sin juicio ni mayores explicaciones; ninguno ha sido expulsado de su trabajo por discrepancias políticas ni tiene un hijo expulsado de su carrera universitaria por el mismo motivo. Ninguno sufrió un allanamiento a su vivienda sin haber incurrido en delitos punibles; ninguno ha presenciado los degradantes mítines de repudio organizados por la policía política y el Partido Comunista de su Comandante en Jefe contra opositores pacíficos. En fin, ninguno de ellos se apellida Zapata, Payá, Boitel, Soto García, ni Pollán.

Pero sucedió al fin lo inevitable y vuelve al polvo lo que polvo fue. Ejerció Fidel Castro su poder absolutista mediante métodos brutales durante medio siglo. Su mérito, si lo tuvo, fue apostar siempre por lo más mezquino, despreciable y bajo de la naturaleza humana. Camuflado por su extraordinaria capacidad de simulación y guiado por un finísimo olfato para percibir en cada cual sus instintos más ruines, supo manipularlos en su provecho personal para satisfacer los impulsos patológicos de su personalidad profundamente narcisista, su insaciable egolatría, y la incontenible necesidad de reconocimiento de su desbordante megalomanía.

Parte hacia su juicio con Dios el déspota, pero aquí deja su dolorosísimo legado. Murió el monstruo, pero el daño quedó hecho a una Cuba que a pesar de todo encontrará algún día su auténtico camino hacia la libertad. Entonces intentaremos no odiar jamás, pero también estaremos obligados a no olvidar. Deja el dictador este mundo y lo hace, como suelen hacerlo los engendros de su estirpe, sin juicio sumario, sin actos de justicia terrenal. Pero no escapará nunca al juicio moral de un pueblo aquel tirano que no llega a esta hora inexorable absuelto, sino definitivamente condenado por la Historia.

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Ver: “Fidel Castro: la hora del condenado.”

Ver: “Epitafio personal a Fidel Castro”

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Apenas se habían enfriado las turbinas del Air Force One después de la histórica visita del Presidente de Estados Unidos a La Habana, y ya el canciller cubano Bruno Rodríguez anunciaba la reacción oficial del Gobierno de Raúl Castro, que en menos palabras aquí parafraseo: “La visita del Presidente Obama fue un ataque a la nación cubana”. Luego, durante los meses siguientes Abel Prieto también se erigió en autorizado vocero con relación a la dinámica estrenada –sólo públicamente– por la Plaza de la Revolución frente a la Casa Blanca. De este modo, desde su posición de Ministro de Cultura este gendarme de nueva generación del inmovilismo castrista, a la vez que deja claro que La Habana sigue sin creer en lágrimas, ha evitado a su jefazo el General-Presidente hacer declaraciones demasiado frontales personalmente que tal vez le resulten algo incómodas en medio de la fase edénica del idilio.

Como es evidente, Raúl Castro y compañía han optado por la vieja táctica de mantener las cosas elocuentemente claras, mediante inequívocas declaraciones de funcionarios-voceros destinados con este fin, sobre cuál sigue siendo su postura –entiéndase la más vertical intransigencia– a la vez que se han evadido, siempre que ha sido posible, las declaraciones directas del General –bien aconsejado al respecto y consciente de su escaso carisma personal, su rescindida oratoria y su limitadísima capacidad de convencimiento.

Pero Abel Prieto –ahora versado en actos de repudio junto a la chusma “no gubernamental” desde la Cumbre de Panamá– como tantos otros papagayos oficiales –incluido Bruno Rodríguez, por si él mismo no lo sabía– no son más que peones fácilmente prescindibles, por eso nunca valdrá la pena detenerse en personajillos como estos; mejor dejemos a un lado el ardid del mensajero para dilucidar mejor la esencia del mensaje.

Cuando el establishment político de los Castro equipara el empoderamiento del pueblo cubano con un ataque a su gubernatura no hace más que develar el auténtico carácter de sus intenciones reales, que nunca han sido otras que mantenerse a ultranza en el poder, a cualquier precio, cueste lo que cueste, y para eso han empleado consumadamente todo medio posible, no importa cuán desatinado, improcedente, ilegal, inmoral o mezquino haya podido llegar a ser.

En ese desmedido afán del clan Castro por mantener el poder a toda costa no habría nada de malo de no ser por el simple y medular hecho de que todas y cada una de las fórmulas concebidas para así lograrlo pasan por mantener a este pueblo sumido en la más grotesca pobreza. Para constatarlo bastará con releer las conclusiones del recién realizado VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Por eso cada propuesta de Estados Unidos, o de cualquier otro gobierno o entidad, siempre encontrará la más hermética reticencia del Gobierno cubano si incluye cualquier posibilidad de traer prosperidad a mi pueblo, porque la dictadura cubana precisa de nuestras carencias materiales y de nuestras miserias espirituales para sobrevivir como precisa el gusano de su pútrida carroña.

El asunto es bastante simple: los represores saben muy bien que sería mucho más difícil someter a un pueblo económicamente solvente, henchido de pujantes y elevados planes y por lo mismo más consciente de sus potencialidades. Como es natural, a un pueblo así se le dibujaría nítidamente un futuro más promisorio, y anhelaría enseguida esa otra Cuba hoy apenas sospechada, plagada de oportunidades, ese mismo futuro que por más de medio siglo ha secuestrado este infame engendro de los Castro.

Para evitar la llegada de una Cuba semejante el régimen despliega en las calles de mi país, cada día con mayor encono, todo un ejército de esbirros y vulgares represores que amedrentan, amenazan o golpean impunemente a disidentes y acosan incluso a sus familiares y amigos, que apalean y detienen arbitrariamente a opositores pacíficos o los encarcelan sin cargos durante meses o años, que asedian la sede de organizaciones cívicas independientes, allanan viviendas y confiscan bienes personales por el hecho apenas natural de que alguien ha decidido ejercer su auténtico derecho de reunión y a la libre expresión de pensamiento.

En cierto sentido sería incontestable la lógica que sostiene la política de apertura de la administración Obama con relación a La Habana: a mayor empoderamiento del pueblo, mayores posibilidades tendrá de conquistar sus libertades políticas. Pero hay un detalle esencial, un escollo imposible de desestimar interpuesto en el camino: la absoluta impunidad que parece haberle otorgado el mundo a la dictadura cubana.

Como este hermoso archipiélago está de moda todos parecen tentados a coquetear babeados tras la falda de la prostituta, que promete negocio fácil y lucrativos contratos, y de este modo prefieren ignorar que detrás de todo hay un pueblo sometido aún a un régimen de oprobio. A nadie parece importarle que se mantenga incólume la represión política y se avasallen todos los días de este mundo los derechos humanos de mi pueblo.

Pero deberían saber los señores que apoyan con tamaño entusiasmo esta línea de apertura incondicional hacia la dictadura cubana que mientras estas concesiones económicas no vengan acompañadas de una obligatoria apertura política nada será seguro para nadie, ni aún para ellos mismos, porque esta impunidad en la felonía es un bumerang que tarde o temprano se regresará contra ellos mismos, los hasta hoy potenciales inversionistas, si se atreven a apostar en metálico por un país sin garantías legales y constitucionales creíbles, algo que de momento no aparece en el tintero de la crápula castrista. Quien así proceda con certeza se percatará, tarde o temprano, de que ara en el mar de las estafas.

Por el terror que le infunde a los dictadores el afán de libertad del pueblo cubano, es precisamente que el régimen represor castrista veta cada iniciativa que implique una mejoría en nuestros estándares de vida, por mínima que sea. Porque los déspotas de La Habana no hablan otro lenguaje que el de la fuerza, y sólo se contentan con el sometimiento más absolutamente posible de mi pueblo a sus insulsos caprichos, por eso reciben con evidente ojeriza todo cuanto pueda empoderar al pueblo frente a ese abrumador y pérfido poder a que le somete; por eso la más reciente ofensiva represiva del régimen contra la disidencia, por eso la ola de actos de violencia y detenciones, nuevos allanamientos y amenazas de todo tipo durante las última semanas contra opositores pacíficos.

El recién estrenado Ministro del Interior cubano, General Fernández Gondín, parece en completa consonancia con su misión, pues evidentemente se está esmerando en cumplirla a cabalidad. Y mientras esto ocurre el mundo observa en cómplice silencio: en el Congreso de Estados Unidos se allana el camino para el levantamiento definitivo del embargo durante el próximo mandato presidencial, la Unión Europea igual tiene casi a punto el levantamiento de su Posición Común, y cada día es más larga y lastimosa la lista de acreedores estafados que decide perdonar a la dictadura cubana, y que de hecho ya le han condonado decenas de miles de millones de dólares, usados en su momento y en buena medida, por cierto, para atacar frontalmente a ese mismo capitalismo que hoy, como cándida colegiala, engañado una vez más le abre las piernas.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En septiembre de 1995 tuve el privilegio de visitar París como parte de una de las muchas delegaciones que durante varios años envió la Unión de Jóvenes Comunistas a la capital francesa en el marco del Programa de Intercambio Juvenil “Pasaporte Mundo”, concebido por el Ayuntamiento del Departamento parisino Saint-Denis, que entonces contaba con mayoría comunista, para fomentar el intercambio entre jóvenes de París con otros de Estados Unidos, Canadá y Cuba. Para eso cada año se conformaban tres grupos de 200 jóvenes de cada uno de estos países que visitaban la capital francesa, y a su vez tres grupos de igual número de jóvenes parisinos que devolvían la visita.

En el caso de nuestra delegación la gira duró una semana, durante la cual asistimos a la célebre feria anual de la influyente publicación francesa L´Humanité, visitamos el Museo del Louvre, navegamos el Sena, disfrutamos de la impresionante vista panorámica desde la Torre Eiffel, visitamos el Museo de Cera y La Géode, una sala de proyección en 3D que me dejó estupefacto. Recorrimos París de punta a punta una y otra vez en cuestión de minutos en un metro extremadamente eficiente –para luego enterarnos que en esos días estaba el servicio “deficiente” ¡porque había una huelga de operarios! Ya divididos en varios subgrupos, según nuestros perfiles, visitamos hospitales y laboratorios clínicos, mientras otros visitaban la terminal del TGV, en ese momento el tren más rápido del mundo, pero que aún hace posible que alguien pueda vivir en París y trabajar todos los días a 500 kilómetros de distancia.

En 1995 estaba yo prácticamente en mitad de mi vida, y recién graduado era entonces un joven y ferviente militante comunista empeñado en construir quimeras. Luego el tiempo se ocupó de ponerlo todo en su sitio y vivencias dolorosas terminaron por convertirme en este que ahora soy, pero en aquel momento nada lastraba aún mi fe en la “revolución” de Fidel Castro. París quedó como un recuerdo que en lo personal siempre agradeceré, porque es hermosa la Ciudad Luz, es cierto, pero en buena medida también porque a los 24 todavía vemos el mundo pletórico de gratificantes colores.

Por todo esto no pude dejar de evocar estos recuerdos ante la noticia que circuló recientemente sobre el acoso de que fueron víctimas los jóvenes que viajaron a Estados Unidos bajo las becas de la Organización World Learning a su regreso a Cuba. Durante el tiempo que duró esa experiencia debieron conocer a jóvenes estadounidenses e hicieron sobre todo trabajo comunitario al estilo de esa juventud que les acogió. En muchos aspectos este intercambio debió resultar igual de gratificante para estos jóvenes de hoy como para mí aquella memorable visita hace dos décadas, y tal vez la experiencia como tal lo fue, pero su regreso a la patria no pudo ser más contrastante. Resulta que en cuanto pisaron La Habana estos jóvenes fueron tratados como auténticos criminales, interrogados e intimidados por la policía política como si portaran órdenes para perpetrar actos terroristas, e incluso amenazados al estilo de la vieja escuela en lo que debió ser para muchos algo bien traumático.

Ante una actitud tan aberrante no puedo menos que preguntarme ¿qué pasa con estos tipos? ¿Acaso estos animales no conocen límites? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar en su enajenación? ¿Por qué enturbiar con semejante mezquindad algo que seguramente había sido tan gratificante? No pretendo caer en ingenuidades, ni en la candidez extrema de desconocer que durante las últimas cinco décadas Estados Unidos ha intentado por casi todos los medios a su alcance echar abajo el proyecto postrevolucionario cubano, negar esa evidencia histórica sería poco menos que ridículo, pero eso no justifica, a la luz de ningún análisis, esta cacería de brujas, y muchísimo menos en medio de un momento de distensión diplomática con Washington.

Conjeturemos: en efecto la inteligencia estadounidense intentó, y hasta logró reclutar varios agentes entre estos jóvenes; asumamos esta hipotética posibilidad como una certeza. Aun así, en el peor escenario, ni siquiera eso justificaría el despótico trato dado a todos esos muchachos, porque el gobierno y el sistema de espionaje cubanos cuentan con suficientes mecanismos para controlar potenciales intentos de penetración en un grupo tan pequeño y predecible. Evidentemente este no fue el móvil de esas citaciones e interrogatorios policiales, de todas esas infundadas amenazas. El objetivo de esta desatinada conducta no fue tampoco socavar información pues ¿qué pudieron ver o escuchar ellos que no sepan ya holgadamente en La Habana? Nada, es la respuesta.

Es evidente que el propósito de este absurdo es lanzar un mensaje más sobre una realidad que pasados dos años del descongelamiento con EE.UU. se hace cada día más patente, y parece decir: aquí nada ha cambiado, en Cuba seguimos decidiéndolo nosotros absolutamente todo, y cuanto se autorice y haga, incluido cada viaje de este tipo, tiene que pasar primero entre los testículos de Raúl Castro y compañía para ser debidamente autorizado por los jerarcas de la Plaza.

Esta indignante represalia sólo persigue desestimular semejantes iniciativas, intimidar a futuros candidatos y mantener el monopolio del Estado cubano sobre este tipo de flujos, que debería ser, teóricamente hablando, tan recíproco como desprejuiciado y sincero. Pero en ningún manual del mundo se establece que estas iniciativas tengan que estar sometidas a la decisión de los gobiernos. Becas, cursos e intercambios de este tipo son una práctica consumada y usual en el mundo entero, promovidos casi siempre por instituciones no gubernamentales. Que la dictadura haya privado a más de una generación de cubanos de acceder a estas sanas iniciativas en las más disímiles latitudes, Norteamérica incluida, ya es harina de otro costal, y se cuenta como una de las más dolorosas consecuencias de haber vivido bajo un régimen policial, algo que sólo comprende a cabalidad quien lo haya sufrido. Ver fantasmas detrás de cada cepa de plátano siempre fue una enfermedad endógena del castrismo y uno de sus ardides favoritos para justificar su absolutismo enfermizo.

Sin duda el acusado contraste entre aquel recibimiento que se nos profesara en 1995 y este de que ahora somos testigos también se debe, en esencia, al simple hecho de que aquel fue autorizado por el Gran Hermano, y este fue gestionado a expensas de una organización extranjera sin pedir –¡sacrilegio!– la autorización según lo establecido en los manuales dictatoriales. Y me pregunto: si los jóvenes a su regreso no portaban armas, bombas, esporas de ántrax, ni tecnología de espionaje ¿cuál es la paranoia?; si el Gobierno cubano no tuvo que invertir un solo centavo en la iniciativa –como sí tuvo que hacerlo al trasladar a cientos de gritones a la Cumbre de Panamá, por ejemplo– ¿cuál es el dolor?; si este intercambio de produce en medio de una distensión histórica que hace impensable una invasión armada, ya pasaron de moda las incursiones de terroristas ametrallando caseríos costeros o embarcaciones, y nunca fue más proclive a la concordia un Gobierno norteamericano en más de medio siglo, entonces ¿cuál es el problema?

¡Ah!… pero sucede que situaciones como esta develan el verdadero rostro de la diplomacia cubana, denuncian que su falsa postura de víctima fue usada desde siempre sólo para perpetuar su discurso de plaza sitiada; esta evidencia a la luz es una consecuencia predecible del descongelamiento. Ahora, en ausencia de la amenaza del viejo Sam preparando cañones para un asalto inminente, con los cinco espías en casa a buen resguardo y, por suerte, sin ningún balserito secuestrado por la “mafia” de Miami, cualquier excusa será construida y usada como nuevo pretexto para mantener la polémica por la polémica, no importa si es la causa de Ana Belén Montes, una vieja espía olvidada por las campañas proselitistas de los Castro –hasta que convenga desempolvar su caso para alguna nueva negociación– o un grupo de muchachos que regresan de una gira comunitaria por el norte brutal y revuelto “que los desprecia”. Hoy por hoy en La Habana todo vale con tal de mantener encendidas las teas de la guerra.

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Por Jeovany Gimenez Vega.

Una economía en ruinas, el retorno de apagones de varias horas, agudizada una vez más la perpetua crisis del transporte, un desabastecimiento generalizado en la red minorista, sometida a la carestía más absurda la familia promedio y ánimos cada vez más enconados. Son signos de alarma que ya suenan a rebato desde los campanarios de la sociedad cubana, y son señales indiscutiblemente indicativas de potenciales sucesos convulsos o estallidos sociales; conozco los síntomas porque ya vivimos la enfermedad en 1994, y nada más parecida a aquella que esta, salvando las obvias gradaciones. Cierto que el contexto es otro desde el descongelamiento con Estados Unidos, pero este ha tenido, hasta hoy, un impacto prácticamente nulo hacia el interior de la sociedad de la isla debido a la intransigencia del gobierno de Raúl Castro.

Como me asiste el derecho a opinar al respecto, aquí le dejo a nuestro Presidente unos sinceros consejos para destrabar el dominó de la sociedad cubana y así evadir el ya inminente retroceso a los más lamentables rigores de un Período Especial todavía inconcluso. Para hacerlo no hecho mano al sarcasmo, que se pinta solo para la ocasión, sino que lo hago francamente preocupado por el futuro de mi país. Aquí les van:

1.- Priorizar irrestrictamente la inversión directa de los emigrados.

Durante más de medio siglo millones de emigrados cubanos –una cuarta parte de la población total– ha trabajado con encono en múltiples latitudes, y muchos de ellos han sido sumamente exitosos y han terminado granjeado una fortuna nada desdeñable, fortuna que en no pocos casos estarían dispuestos a invertir a gran escala en su país de origen –a lo cual dicho sea de paso, les asiste un auténtico y natural derecho– de existir allí la voluntad política y las garantías legales mínimas. Autorizar la inversión directa de la emigración cubana en su propio país sería apenas un imprescindible acto de justicia histórica. Renunciar a ese enorme caudal, que reactivaría a muy corto plazo la economía interna y generaría cientos de miles de nuevos empleos, continúa siendo una de las posturas más torpes, injustificables y absurdas del gobierno cubano postrevolucionario, que paradójicamente se muestra todavía dispuesto a negociar con el mundo entero pero nunca con sus propios conciudadanos.

2.- Modificar seriamente la política económica interna.

Dado que las medidas instrumentadas hasta ahora han resultado indiscutiblemente ineficaces y no han pasado de tener un puro efecto vitrina que sólo exporta al mundo una imagen irreal del país, se impone asumir con seriedad cambios que destraben la actividad del productor interno. Sería muy útil, por ejemplo, liberar completamente la gestión del sector agropecuario mediante la derogación de toda ley o resolución que frene  su productividad, así como desmantelar el monopolio de la Empresa Nacional de Acopio, que no hace más que sabotear el fruto de su trabajo. Igualmente se impone dotar a todo tipo de cooperativas de una autonomía absoluta; a partir de entonces los límites de su productividad dependerían únicamente de sus propias decisiones y nunca de las arbitrariedades de funcionarios indolentes. Esto es extensible a todo el sector trabajador por cuenta propia –que no es otra cosa que la cosmopolita empresa familiar privada– no limitando más su gestión con medidas irracionales que hagan imposible su rentabilidad. En este sentido se debe autorizar la importación, directamente por el productor, de sus propios insumos y materias primas, así como garantizar un fluido comercio mayorista interno. Instruméntese un razonable sistema de impuestos y todo concluido.

3.- Modificar la Ley de Inversión Extranjera.

La actual legislación limita demasiado y no ofrece suficientes garantías legales para el inversor extranjero. Si algo tan elemental como elegir a quienes dirigirán en Cuba su empresa, o cuánto salario recibirán directamente sus empleados no puede ser su propia decisión –pues el Gobierno cubano insiste en siempre intermediar al respecto– usted tranquilamente elegirá otro sitio donde invertir su capital. Mientras esto sea así los inversores nunca cederán en su natural recelo, y ya se sabe que sin inversión –es una máxima ampliamente establecida en Economía– no hay desarrollo: ahí permanece empolvada y vacía la Zona Franca de Mariel, a varios años de inaugurada, para demostrarlo.

4.- Permitir el acceso pleno y sin censura a Internet del pueblo cubano.

Puede que esta apertura traiga aparejada los peligros de “ciberataques terroristas”, pero también en muy cierto que Cuba está en condiciones de asumir su propia ciberseguridad tal y como la asume el resto del mundo. Después de todo el Gobierno cubano ha demostrado contar con mecanismos suficientemente seguros para mantener a buen resguardo su información más sensible, por lo que, a la luz de estos razonamientos, nada justifica el enfermizo aislamiento en que el régimen policial cubano pretende mantener a la sociedad ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Permitir el libre y masivo uso de la Internet es una de las condiciones indispensables para que florezca la emergente, y por décadas absurdamente maniatada, empresa familiar cubana, naturalmente llamada a alcanzar un estimable peso en nuestro PIB. Mientras el Gobierno de Raúl Castro continúe negándose a tal apertura, esto continuará representando una autodenuncia con respecto a su verdadera naturaleza dictatorial. Para satisfacer nuestra necesidad de conectividad nunca bastarán esos puntos públicos Wi-Fi donde, a cambio de un 20% de nuestro salario por cada hora de pésima conexión, nos derretimos bajo el sol en las aceras: los cubanos demandamos tener acceso pleno a Internet desde cada uno de nuestros hogares.

5.- Instrumentar mecanismos de diálogo con la oposición política pacífica.

Hay una certeza que el Gobierno cubano debe terminar por admitir: su discurso de que cada opositor cubano es un asalariado del imperio yanqui está definitivamente desgastado. Son cada vez más evidentes las muestras públicas de rechazo al régimen totalitario y cada vez más patentes las intenciones de unidad dentro de la oposición cubana. Pero incluso dentro de esa oposición las autoridades oficiales encontrarán siempre posiciones más moderadas –no por esto menos firmes en sus exigencias– que merece la pena escuchar. Un diálogo público y en igualdad de condiciones echaría mucha luz sobre de los conflictos más agudos. La reciente ola de disidentes cubanos en huelga de hambre exigiendo el cese de la represión –donde descolló la resuelta postura mantenida por Guillermo Fariñas durante más de 50 días– en contraste con la marcada política represiva del régimen, que mantiene inalterable su modus operandi mediante sistemáticas golpizas a activistas pacíficos, allanamientos y detenciones arbitrarias a opositores, son claramente indicativas del calamitoso estado de los Derechos Humanos en Cuba. Una condición indispensable para establecer cualquier vía de diálogo sería por supuesto el cese de toda forma de coacción o violencia contra opositores y disidentes al sistema, sin lo cual todo sería en un contrasentido.

Como notarán nuestro Presidente, y nuestro estimado lector, aquí no pido que Raúl Castro abandone el poder, no hablo de elecciones democráticas. En sufragios libres, en igualdad de condiciones con su oposición política, la dictadura cubana no tendría la más mínima posibilidad de triunfar después de la desolación económica, pero sobre todo moral y ética, que ha impuesto por la fuerza al pueblo cubano. El cumplimiento de esta sola condición convertiría en superfluos los consejos aquí enunciados. Tampoco hablo hoy de división de poderes, ni de libertad de prensa, por sólo citar dos puntos que bastarían para derribar a este gigante de pies de barro que es la dictadura cubana. Sólo dejo aquí propuestas prácticas, que oxigenarían nuestra economía y aliviarían inmediatamente el clima tenso de nuestra sociedad.

Si bien Raúl Castro estuvo en condiciones de quedar ante la Historia como un reformador, hasta ahora no ha mostrado menos obcecación por el poder que su hermano mayor, ni menos vocación por el uso sistemático de la represión política, y tomando en cuenta el corto período que nos separa del anunciado fin de su mandato, nada hasta ahora señala a que esto vaya a cambiar. No obstante aquí le dejo estos consejos, que ya él decidirá si tomar o no, con sus inevitables consecuencias en un sentido u otro. Pero decida el General lo que decida, algo sí debe quedarle claro: Cuba se merece otro camino, y lo tomará quiera él o no lo quiera. Esto es algo inevitable.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Evitemos acusaciones infundadas. Aceptemos que aquella madrugada de la Santa Ana insistió obstinadamente en llegar al Moncada, lo cual inexplicablemente no logró en medio de un Santiago en pleno carnaval. En el mismo instante en que otros sin embargo sí lograron llegar, entrar y morir como habían prometido, él nunca llegó, ni siquiera guiado por el repiqueteo incesante de la fusilería. Aceptemos que el afanoso líder de aquella acción, planificada con muchísimo celo durante largos meses, esa mañana se extravió del modo más cándido y que su ausencia en aquella acción no fue por pura y simple cobardía.

Aceptemos que años más tarde el barbudo líder de la Sierra nada tuvo que ver con la cuando menos imprudente llamada telefónica de Déborah –nombre clandestino de Vilma Espín– al escondite de Frank País, llamada que prácticamente lo entregó a sus asesinos y le costó la vida al valiosísimo líder de la clandestinidad en el llano.

Aceptemos también que nunca supo qué le sucedió a Camilo –el segundo hombre al mando de la Revolución y su comandante más carismático– aquel fatídico día de octubre en que se evaporó para siempre sin dejar un rastro mínimo en su avioneta Cesna. Quedarán para siempre, por supuesto, algunas incómodas preguntas: ¿cómo puede desaparecer, así sin más, el jefe del ejército de una Revolución recién triunfante y que se abandone su búsqueda en unos pocos días? ¿Por qué nunca se acusó al imperialismo del norte, ya desde entonces asumido por el Comandante en Jefe como indiscutible enemigo, de un presunto magnicidio? ¿Qué sucedió inmediatamente después con la nómina de hombres de confianza del desaparecido comandante? ¿Quién terminó por ocupar su puesto vacante y lo mantendría ininterrumpidamente durante 50 años?

Aceptemos que no fue por mala fe que sugirió destinar la guerrilla del Che Guevara a los parajes más inhóspitos de Bolivia, donde tendría con toda certeza menos apoyo y menos posibilidad de incorporación de fuerzas locales. Asumamos que nunca medió componenda alguna con el Partido Comunista local, que lejos de brindar el prometido apoyo en hombres y armas, fue incluso más allá y boicoteó activamente, en su momento más crítico, el desarrollo de la naciente guerrilla. Sin embargo siempre cabrá preguntarse ¿por qué él, desde La Habana, insistió en ocultar la identidad del jefe de aquella columna, a sabiendas de que el público conocimiento de la presencia del Che en el altiplano podría catalizar una masiva incorporación de fuerzas de izquierda a la guerrilla? ¿De qué misterioso modo se interrumpió definitivamente la comunicación con el núcleo guerrillero durante sus últimos cuatro meses de operaciones –un punto siempre eludido por él pero denunciado una y otra vez por el diario del Che– cuando presuntamente debió ser esta comunicación su prioridad absoluta en aquel momento? ¿Cómo pudieron fallar todos los planes de contingencia y no quedaron establecidas las vías de evasión previstas, algo que le costó la vida al demasiado carismático, para su gusto, comandante argentino?

Supongamos que nada tuvo que ver, o nada supo jamás, de las operaciones de narcotráfico del clan Ochoa mientras no estalló el escándalo de la Causa Número 1: nada sabía, precisamente él, que escuchaba crecer la hierba, según palabras de un insigne colombiano amigo suyo y fundador de Macondo. De repente quien todo lo sabía no se enteraba de que la plana mayor de su ejército –sus mejores generales, hombres todos de su entera confianza, Ministro del Interior incluido– estaba implicada hasta el cuello en operaciones de narcotráfico a gran escala. Incluso aceptando como circunstanciales las en extremo comprometedoras acusaciones de los lugartenientes de Pablo Escobar al respecto y que le bañan de mierda ¿cómo explicar tan imperdonable “punto ciego” en el rigurosísimo control del omnisciente Comandante en Jefe?

Suponiendo a priori que nada tuvo que ver en estos gravísimos trances le otorgo un beneficio de la duda que no merece quien nos convirtió a todos en culpables de alguna “vileza” mientras no hayamos probado lo contrario. Una sola de estas atrocidades bastaría para echar definitivamente por tierra su autoconstruida aureola de santidad, porque cada una implicaría una felonía tan escandalosa y elocuente que en el acto lo convertiría en el traidor por antonomasia de la Historia de Cuba.

Pero como se cuidó muy bien de no dejar huellas tras sus pasos turbios de nada puedo acusarle. Por lo mismo no son estas palabras para hablar de lo improbable, porque para juzgarle con creces bastará con el daño más visible infligido por él a la nación cubana. Bastaría hablar aquí de su ininterrumpida saga de caprichos que hundieron la economía de un país que para nada recibió en la ruina en el 59, sino que por el contrario, ostentaba más de un índice macroeconómico envidiable, algo que nunca más recuperó bajo su desastroso desgobierno. Aquella Cuba del tirano Batista –de graves problemas sociales, eso sí, con su estela de esbirros, asesinos y políticos corruptos– necesitaba ingentemente ser reformada, pero no de un modo tan absurdo como pretendió hacerlo este clan de sátrapas cuando la arrastró del modo más antinatural hacia la égida del “comunismo” soviético.

Cualquier análisis evidenciará la atroz involución económica provocada por sus libretazos, cuyas naturales consecuencias justificó siempre con el leque leque del “bloqueo” yanqui. Pero los hechos le denuncian ¿cómo este país nunca salió adelante cuando recibió desde la extinta Unión Soviética ¡durante 30 años, hasta llegados los 90! mucho más petróleo, materias primas y tecnología de las necesarias, además mediando generosísimos subsidios, y contando además con un mercado seguro que compraba TODO nuestro azúcar AL TRIPLE de su precio de mercado? Bajo tales circunstancias ¿de qué embargo norteamericano podemos hablar para explicar semejante desastre? ¿Cómo se atreve, aún hoy, a esgrimir un argumento tan incoherente?

Solo existe una razón para que un país como el nuestro, con un pueblo emprendedor y pujante, haya desaprovechado semejante oportunidad y haya dilapidado tanta riqueza. ¿Cómo pudo suceder? Aquí la respuesta es muy simple: todo sucedió gracias a la antológica mediocridad del Comandante en Jefe. Sucede que jamás país alguno podrá evolucionar mientras absolutamente todo tenga que ser decidido por un solo individuo omnipotente, y el problema con él fue que al bajar de la sierra no sólo olvidó afeitar su mítica barba y cambiarse el uniforme, también pareció olvidar que un país –según memorable sentencia de José Julián Martí– no puede ser mandado como se manda un campamento. Gracias a su caracteropatía delirante aún hoy padecemos décadas de retraso con relación al mundo, y a ella le debemos además una pérdida inestimable de recursos materiales y humanos, e incluso más de una guerra sucia en horizontes ajenos.

Nadie ha olvidado aquellos fusilamientos televisados y la violencia revanchista de los primeros años –realmente innecesaria tomado en cuenta el apoyo inicial a la causa– pero que definieron para siempre, a modo de clara premonición, el matiz de su postura hacia cualquier tipo de oposición futura. El posterior quinquenio gris –UMAP incluidas– con toda su larga saga de lamentables consecuencias, aún reverbera en la psiquis social cubana con una carísima injuria moral de dobleces que se ha perpetuado gracias al clima de represión al libre pensamiento siempre fomentado bajo su dictadura. Quizás debería aquí eludir este punto para evitar consabidas reiteraciones, pero si una vez más lo cito es porque hasta hoy el tirano jamás tuvo, ni siquiera por insulso protocolo, una palabra de arrepentimiento ni una mínima disculpa pública al respecto, lo cual implica una plena satisfacción con todo el daño infligido, algo completamente congruente con su inmisericordia y raigal despotismo.

Para ser condenado por la Historia también bastaría con la mentira, su aliada de siempre. Recordemos como negó durante mucho tiempo su vocación “comunista”, y con cuanta pasión acusó precisamente de eso al “traidor” Hubert Matos en juicio sumario. Nadie ha olvidado como aquel joven líder, que bajó triunfante de las montañas gracias al apoyo de un pueblo puro, después incumplió olímpicamente su promesa de convocar a elecciones democráticas en menos de 18 meses para después autoperpetuarse en el poder durante más de medio siglo, y el modo arbitrario en que gobernó por decreto durante 17 largos años, violentando la entonces vigente Constitución del 40 –una de las más avanzadas de la época– hasta que fuera sustituida en 1976 por la actual, ya ampliamente violatoria de múltiples derechos humanos.

También bastaría para condenarle la sustancial demagogia que imprimió a sus actos más trascendentes. Ahora muchos lo sabemos: quien definió esta Revolución como de los humildes y para los humildes, y durante décadas enarboló un discurso de austeridad e igualdad social, jamás lo practicó. El histrión de aquellos vibrantes discursos era el mismo que luego degustaba costosos quesos y jamones, y exclusivísimos vinos a la carta a cada puesta de sol, el que poseía varios cotos privados de caza y de pesca al estilo de la más rancia burguesía y siempre dispuso de cuentas bancarias privadas que usaba sin rendir explicaciones a nadie, así como permitió a sus más encumbrados secuaces un nivel de vida desmedidamente opulento, algo insultante frente a la sempiterna pobreza del pueblo cubano bajo su enfermiza ojeriza hacia la prosperidad ajena.

Aquel campeón de los dobleces durante mucho tiempo juzgó a más de un militante de su partido hasta por triviales deslices amorosos, y sin embargo resultaba ser el mismo que a su vez ostentaba múltiples amantes, incluida la esposa de cierto comandante, íntimo “amigo” suyo –investigador dado a largos períodos de ausencia fuera del país para los que “casualmente” nunca faltaba presupuesto. Todo esto nos dibuja, en fin, una personalidad raigalmente desleal, por completo opuesta al barbudo de ensueño que abraza niños en las pancartas difundidas por el departamento ideológico de su Partido Comunista.

Pero por sus frutos lo conocerás. Ahora el señor de las tinieblas, candil de la calle, en su antológico cinismo habla de dignidad humana y de libertad para los pobres del mundo, y mientras tanto su heredero todavía mantiene a mi pueblo sometido a su inmisericorde despotismo; se atreven a hablar de aperturas que continúan negando a su propio pueblo, y pretenden negociar con todos excepto con aquellos cubanos emigrados que amasaron lícitas fortunas.

Y a pesar de todo aun quiere pasar por genio quien arruinó a la patria, y ni siquiera advierte que ya la Historia firmó su veredicto. Esto en un hecho consumado que no será evitado tampoco por la última contraofensiva alrededor de sus 90 años, un nauseabundo esfuerzo que persigue algo imposible porque nadie salvará ya al monstruo definitivamente condenado.

Pero el daño mayor que Fidel Castro nos hizo no lo encontraremos en las ruinas materiales, en las fábricas abandonadas, ni en nuestras más inmundas carencias cotidianas por más numerosas y absurdas que parezcan; no lo encontraremos en los estantes perpetuamente desabastecidos de las tiendas ni en nuestra mesa vacía, no. El verdadero daño provocado por él habrá que buscarlo en el corazón del hombre y en las ruinas morales que lo pudren: en el cubano enceguecido por el odio que todavía hoy apalea a un semejante por discrepancias políticas; en cada hombre que simula con ruines dobleces por no sufrir las consecuencias de su metódico terror; en la desvergüenza de ostentar un parlamento sordo ante las imperiosas urgencias de mi pueblo; en la mezquindad de sus hordas que agreden a activistas pacíficos y Damas de Blanco sólo armadas de “terribles” gladiolos; en cada dirigente “comunista” que se burla de mi pueblo y en cada burócrata insensible que avasalla a un ciudadano sin derechos; en cada sufrimiento innecesario y en las miles de carencias derivadas de sus absurdos desvaríos; en el rencor inescrutable acumulado gracias a su odio ladino hacia mi pueblo; en cada emigrado que no tiene permitido retornar a su patria y en cada joven que hoy huye rompiendo selva mientras reniega de su origen; en fin, en toda esta inconmensurable desgracia arrastrada por la nación cubana gracias a su desbordante megalomanía.

Sin temor condenadle, no importa, la Historia lo confirmará.

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PD: Este post debió ser publicado el pasado 13 de agosto, pero mi estancia en Cuba no me lo permitió en ese momento por razones obvias.

Corrupcion

Por Jeovany Jimenez Vega.

Durante las últimas semanas el mundo ha estado atento a las escandalosas revelaciones de los Panama Papers. Millones de documentos han develado el lado oscuro de celebridades, políticos y gobernantes de todas las latitudes y tendencias políticas, y por supuesto, un gobierno tan camaleónico como el cubano no iba a ser precisamente la llamativa excepción, el condimento ausente en esta sopa.

La gravísima revelación de que el gobierno de los Castro y su par venezolano contrataron, Mossack Fonseca mediante, los servicios de una empresa alemana –que se este modo buscaba no verse implicada con tan feos compinches– para la elaboración del modelo de pasaporte oficial venezolano en uso, y del consiguiente control que sobre la expedición de este documento ha tenido desde entonces La Habana, ha sido hasta ahora lo más embarazoso que ha emanado de estos documentos para el régimen de la isla.

Aunque muchos esperan ávidos nuevas revelaciones incriminatorias para altos funcionarios cubanos, quien escribe no se extrañaría, sin embargo, de que así no fuera en absoluto. Esta certeza obedece a un total convencimiento sobre una verdad establecida hace mucho tiempo, la más obvia y elemental de todas: ninguno de los Castro ha necesitado nunca depositar su fortuna ni cubrir sus manejos tras paraísos fiscales, simplemente porque nunca han necesitado evadir ninguna fiscalización: ellos y sólo ellos son sus propios fiscales, jueces y parte en sus oscuros negocios, en los que nadie se inmiscuye y punto. O dicho en menos palabras, Cuba siempre ha sido considerada por ambos dictadores como su exclusivo paraíso fiscal privado.

Para sostener esta imputación revisemos el concepto más universalmente admitido de lo que se considera un paraíso fiscal. Suele considerarse como tal cualquier territorio o país que cumpla básicamente con los siguientes requisitos:

  1. Si bajo su jurisdicción no se impone impuestos, si se permite a los no residentes beneficiarse de rebajas impositivas, aun cuando no desarrollen efectivamente una actividad en el país.
  2. Si existe falta de transparencia, si existen estrictas normas de secreto bancario y los datos personales de propietarios y accionistas de empresas no figuran en los registros públicos, o bien se permite el empleo de representantes formales, llamados nominees.
  3. Si las leyes o las prácticas administrativas no permiten el intercambio de información para propósitos fiscales con otros países o entidades internacionales en relación a contribuyentes que se benefician de sus impuestos excepcionalmente bajos.

Para comprender el presente análisis debemos partir de la innegable premisa de que en el mismo espacio físico, geográficamente hablando, cohabitan dos Cuba antagónicas: una es la Cuba de los dictadores y de las figuras históricas –las llamadas “vacas sagradas” del régimen– y de todo un largo séquito de oportunistas, dirigentes de alto nivel, gerentes de firmas y empresas importantes –absolutamente todos afines al régimen– y la más alta oficialidad del Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, así como los embajadores apostados en los consulados cubanos en el exterior. A esta Cuba elitista pertenecen también íntegramente las respectivas familias y amantes, y hasta algún amigote íntimo de la crema y nata de esa neoburguesía cubana, algún que otro suertudo de la clase media alta emergente y además ¿por qué no? todo aquel empresario y personal diplomático extranjero residente en la isla.

Una realidad contrapuesta, completamente diferente, es la que se vive en la Cuba de Liborio. En esta Cuba de abajo vivimos el 90% de los cubanos, es en la que habitamos yo, mi familia, y todos mis amigos, así como la abrumadora parte de los profesionales cubanos y todo aquel que trabaje para el estado; es la Cuba de los salarios miserables y de la odisea detrás de los frijoles diarios. Es de esta Cuba pobre y sin expectativas de la que huye, oleada tras oleada, la juventud cubana.

Así tenemos a la Cuba de arriba convencida de que no está obligada a rendir cuentas a la Cuba de abajo. Si consideramos estas realidades, sólo aparentemente superpuestas, como los dos países diferentes que en la práctica son, entonces ya estaremos en condiciones de comprender por qué no es hiperbólico ni gratuito decir que los Castro han disfrutado durante más de medio siglo de todas las bondades de contar con su propio paraíso fiscal.

Pero en fin ¿por qué se puede considerar Cuba un paraíso fiscal? Muy simple: hablamos de un país sin los mecanismos legales ni cívicos mínimamente necesarios para encausar a los más grandes corruptos, porque son precisamente ellos los que mantienen agarrada la sartén por el mango; de un país sin división de poderes, lo cual le garantiza una impunidad total a estos personajes. En la Cuba postrevolucionaria jamás ha existido una prensa oficial que denuncie, ni una autoridad policial que investigue, ni una fiscalía que acuse a los más altos corruptos del régimen, porque ¡ojo sobre el asunto! no se pueden tomar como tal las periódicas purgas de funcionarios caídos en desgracia, pues en estos casos la orden siempre ha emanado desde el poder ejecutivo del dictador de turno, y nunca del poder judicial llamado naturalmente a hacerlo. Existen sobradísimos ejemplos de investigaciones disipadas en las brumas del ocultismo cuando hubo llegado la contraorden desde arriba que nadie nunca se ha atrevido a cuestionar.

Como comprobará, están aquí todos los elementos de la definición arriba enunciada: tenemos una casta que no paga impuestos sobre sus negocios informales o ilegales, o si los paga son puramente simbólicos con relación a su nivel real de ingresos; tenemos un gobierno que desde siempre ha practicado el más absoluto y sistemático secretismo con relación a la vida privada y fuentes de ingreso reales de sus más encumbrados jerarcas, y además una férrea censura sobre lo todo cuanto pueda evidenciar sus ardides en la sombra, manejados por inescrupulosos testaferros, arriba llamados nominees; y tenemos finalmente un cuerpo de leyes, violatorio de su mayor parte de los más trascendentes derechos humanos, pero hecho a la medida de las pretensiones de la élite de mantener en calma su feudo.

Es todavía la Cuba de hoy un paraíso para los intocables, donde todas las instituciones permanecen plegadas a esta casta de privilegiados que viven como reyes en las cumbres del Olimpo, desconectada de la realidad del pueblo que abajo sufre y carece. De hecho, si usted preguntara a un connotado ladrón o a un avaro corporativo, deseosos de engordar sus cuentas al margen de cualquier responsabilidad fiscal, cómo sería el país de sus sueños, seguro escucharía: ese país tendría un gobierno que no perdería su tiempo en escuchar las inútiles plañideras de sus gobernados, con un partido de línea dura y conservadora en el poder –sería ideal si, de paso, fuera el único legalmente aceptado en la Constitución– que garantice una tranquilidad absoluta para mis negocios metiendo en cintura a sindicaleros y revoltosos, en fin, un gobierno bien proclive a la explotación más lucrativa de cuantas se puedan concebir.

En ese país de ensueño, diría nuestro hipotético corrupto, dispondría yo del monopolio de todos los mercados, lo cual me convertiría prácticamente en un Dios que dictamina a voluntad la suerte de millones de consumidores sin alternativas ajenas a la que yo ofrezca, algo que me permitiría especular vendiendo caro cualquier baratija importada a costo de ganga. Me encantaría llevar a cabo mis andadas, continuaría nuestro interpelado, entre gente seria, entre comerciantes cabales que comprendan que el mejor negocio es el que genera más dinero en el menor tiempo posible, cuéstele a quien le cueste. Desearía un país sin división de poderes, donde cada juez, hasta el Tribunal Supremo, esté subordinado a un hombre fuerte, maestro de la simulación, con el cual todo vaya como la seda y mantenga nuestros lucrativos negocios a resguardo de miradas indiscretas.

Piense, estimado lector, si aquel país elitista, la Cuba de arriba, la de los privilegiados vitalicios, donde reinan la codicia y el oportunismo, la Cuba de generales déspotas y corruptos impunes, no podría ser considerado como un auténtico y exclusivísimo paraíso fiscal. Si un país semejante no puede catalogarse como tal entonces tampoco podría ser llamado guanábana algo verde y con puntas. De más decir que cualquier parecido con la realidad no será aquí pura coincidencia. Saque usted sus propias conclusiones.

01-copiaComentario de Carmen Zampallo en el foro del artículo “Martí y su mito”, de José Gabriel Barrenechea, publicado en 14yMedio el 17 de mayo de 2015. Gracias Carmen, donde quiera que estés.

¿Dónde estás Martí? ¿En qué te han convertido? En tu nombre se creó la tiranía, campos de tortura y trabajo forzadamente impago. Sí Martí, vivimos una dictadura, celdas y golpizas que nunca imaginaste. Martí, el tirano de ropas verdes te erigió ídolo y hoy nos asesina Martí, y nadie escucha. ¿La crueldad por la crueldad de un discípulo? Nadie como él para odiar al pueblo cubano y, Martí, se dice que el tiranosaurio reposará a tu lado. No lo creo Martí pues nunca te ha dejado descansar en paz. Más, por fortuna estaría eternamente al alcance de tu puño y de tu pie. Aunque la temperatura de su tumba sea infernal treinta oficinas de derechos humanos se erigirán después de su quinta cremación consecutiva. Martí, dile allí al tiranosaurio que yo soy Hubert Matos, Eloy Gutiérrez, Reinaldo Arenas, Ricardo Bofill, Pedro Luis Boitel, Payá, y tantos prisioneros políticos, y fusilados y asesinados. Soy un médico esclavo, una familia dividida; somos comandantes, guerrilleros comunistas y otros no comunistas por él traicionados. Soy su hermana rebelde, soy un negocio y un derecho arrebatado. Soy bailarín, soy deportista y pintor censurado. Soy un gay, un religioso concentrado en la UMAP, soy un balsero bajo el mar. Soy exiliado atrapado en Ecuador o en México y soy un piloto derribado al norte de La Habana. Soy una madre que ha visto partir a todos los muertos. Ajustaremos cuentas y cuidaremos en el más allá de que nadie así regrese jamás a esta tierra bella. Se acabó su tiempo, se acabó y los vivos desharemos esa máxima creación, ese hemático subastado satélite improductivo caribeño. Martí, ojalá reescribas y publiques los textos ocultos con tu opinión sobre el socialismo naciente. Fueron borradas de tu obra. Ojalá lo consigas… ojalá no te golpeen.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Con un mamotreto muy difícil de digerir inició Raúl Castro el recién concluido VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. Su discurso, de miles de palabras, es una perorata que repite al carbón la misma retórica de siempre y vuelve, como si medio siglo no bastase, a machacar sobre los mismos clavos. Muy pocos ilusos esperaban sinceramente algo diferente, pero los nuevos aires que se anunciaban desde la reanudación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos hacían lógicamente presagiar, si no espectaculares timonazos, sí al menos un nuevo planteamiento táctico que aflojara los pernos de la economía doméstica.

Aunque si algo han demostrado consumadamente los Castro es que no gustan de los cambios. Para decepción de unos y confirmación de otros la cabra tiró para el monte y no hubo sorpresas: la vieja crápula optó nuevamente por el más absurdo inmovilismo y la sempiterna fórmula del fracaso, pero lo cierto es que para la mayoría de los cubanos la paradigmática frase del General, “sin prisa, pero sin pausa”, ya perdió definitivamente la gracia después de un quinquenio de interminables postergaciones.

Ni siquiera se sonrojó el Primer Secretario al reconocer que después de cinco años de gestión su partido dejó sin instrumentar en la práctica más de tres cuartas partes de los lineamientos anteriores –sin contar que los restantes en su mayoría han sido instrumentados sólo parcialmente– lo cual quiere decir que aquellos solemnes acuerdos fueron prácticamente suscritos en papel higiénico y usados con el mismo fin que es usado el periódico Granma por casi todos los cubanos.

Un momento de oro se produce cuando el dictador insinúa que “…Es preciso asegurar más explicación al pueblo…”, y cabe preguntarse: ¿desde cuándo el partido comunista tiene en cuenta el criterio del pueblo? ¿Acaso aplaudió el pueblo aquel aumento masivo de precios del 30% a la mercancía de las Tiendas Recaudadoras de Divisas en 2004? ¿Fue consultado acaso para mantener los precios más altos del mundo si se les contrasta con sus salarios miserables? ¿Cuándo se le preguntó al pueblo para establecer el gravamen del dólar frente al CUC, en detrimento de las remesas familiares? ¿Fue consultado el pueblo para que en las aduanas cubanas se le imponga entre el 100 y el 300% de arancel a toda mercancía importada aún sin carácter comercial? ¿Fueron consultados nuestros obreros, técnicos y profesionales sobre esa leonina ley que les prohíbe firmar su contrato de trabajo y recibir su salario directamente del empleador extranjero, en lugar de hacerlo con la obligatoria intermediación de una agencia empleadora del Gobierno cubano que le roba entre el 70 y el 90% de su salario?

¿Acaso el General nos tomará por comemierdas? ¿De veras el Partido Comunista pretende hacernos creer que los colaboradores de mi sector aplauden que la Contratadora de Servicios Médicos les robe impúdicamente el 70% del salario pactado entre países? ¿Son consultados nuestros productores agropecuarios sobre la persistencia absurda de regulaciones burocráticas que se interponen en su gestión? ¿No será esta la causa real de que Cuba, un país históricamente exportador de productos agrícolas, tenga que importar hoy 2000 millones de dólares anuales en alimentos, incluida el azúcar? ¿Acaso fueron consultados los trabajadores que fundaron alguna cooperativa no agropecuaria a la hora de subordinar su proyecto a una empresa estatal ineficiente, o al venderles a precios estratosféricos insumos y repuestos? ¿Fueron consultados nuestros cuentapropistas para fijar las extorsivas tarifas de impuestos y absurdos condicionamientos que hacen matemáticamente imposible la rentabilidad de sus negocios?

Sería interminable la lista de leyes antipopulares dictadas durante los gobiernos de ambos Castro, por eso le ronca la moringa soportar que este señor nos diga en nuestra cara que en Cuba “…jamás puede permitirse la aplicación de las llamadas terapias de choque.” No deja de asombrarnos el general. ¿Qué son estas inmisericordes atrocidades sino abiertas terapias de choque contra el bolsillo del cubano humilde? Parece desconocer el Secretario del Partido Comunista que todo lo que agreda tan despiadadamente la economía familiar puede ser catalogado como tal. Nadie lo dude: este pueblo ha sido sometido durante más de cinco décadas, oleada tras oleada, a una perpetua estela de terapias de choque dirigidas contra su prosperidad.

Y ahora resulta que todos tenemos la culpa del desastre, todos menos los Castro y su partido. Tienen la culpa, primero que todo, el bloqueo yanqui, y de ahí hacia abajo hasta el último cubano –intermediarios inescrupulosos incluidos– que no estuvimos suficientemente atentos a la afanosa “…preparación y divulgación de la política aprobada y las normativas…” del ilustre Partido Comunista.

Pero si algo quedó diáfanamente claro en todo esto es que la cúpula todavía mantiene su ancestral ojeriza y no aprueba “la concentración de la propiedad… tampoco de la riqueza”. Por supuesto que cuando Raúl Castro sentencia esto se refiere únicamente a la nuestra, nunca a la de ellos: la riqueza de la oligarquía cubana está muy bien merecida, porque ¿no fue acaso para eso que hicieron, ellos solitos, esta revolución más grande que nosotros mismos? Es un hecho consumado: desde bien temprano el gobierno postrevolucionario orientó cada vez más sus pasos hacia el diseño de este surrealista paraíso fiscal para los corruptos históricos en que ha terminado convertida Cuba, donde todavía un séquito de oportunistas se enriquecen a nuestras espaldas sin tener que rendir cuentas a nadie; pero esa ya es tela para ser cortada en otro post de Ciudadano Cero.

Eso sí, nuestro General dejó claro que su Partido queda abierto a las “discrepancias honestas” –entiéndanse aquellas que siguen dócilmente las líneas directrices del dictador– lo cual implica que todos aquellos portadores de discrepancias “deshonestas” que pretendan “hacerle el juego al enemigo” denunciando las políticas económicas erráticas, las violaciones sistemáticas de derechos humanos, los hechos consumados de corrupción política y administrativa y todos los abusos de poder que se repiten por miles de una punta a la otra de esta islita, seguirán siendo debidamente tratados por el “pueblo enardecido” –entiéndase impunemente amenazados, asediados, detenidos, pateados y encarcelados– y mientras tanto nuestro General sin ningún remordimiento dormirá con la tranquilidad de un niño.

Otra vez un Castro y su partido se invisten como providenciales elegidos, se atribuyen el derecho de elección sobre nuestros designios como si fueran la encarnación divina de la patria, su alternativa única y los exclusivísimo garantes de su independencia. Vuelve Castro sobre la idea de que alguien quiere destruir a SU “revolución”; ahora ese enemigo oscuro quiere empoderar al pueblo cubano, quiere hacerle más solvente, fomentar una economía familiar más floreciente, o dicho en otras palabras, lograr un pueblo más pujante, más pudiente, y como no hay nada que aterre más a un tirano que un pueblo próspero hoy vemos al General repetir las mismas pataletas de siempre para alertar sabiamente a esos “…sectores vulnerables…” de nuestra sociedad.

En el discurso del General durante la clausura tampoco faltó el tradicional despliegue de neologismos castristas. El general insiste en que un engendro como la dictadura de Maduro, o un gobierno tan controvertible como el de Dilma Rousseff no están siendo presionados, debido a abusos de poder o escándalos de corrupción durante sus mandatos, por mecanismos democráticos legalmente instituidos en sus respectivas constituciones para fiscalizar la gestión de sus gobernantes, sino que ambos sufren intentos de “golpes de estado parlamentarios”. Muy interesante. Por eso, para evitarse molestos dolores testiculares, nuestro General, al frente de su glorioso partido y siguiendo su más rancia línea dictatorial, continúa apostando por la más “patriótica” centralización de poderes.

En fin, entre el 16 y el 19 del pasado abril presenciamos una falsa celebrada a puertas cerradas, con la cual se pretendió hacernos creer que una fracción apenas, representando a 670000 individuos, puede decidir los destinos de 14 millones de cubanos. Fueron estertores de muerte aquellas bufonadas, que sólo consiguieron mostrarnos un desacreditado partido carente de un plan de gobierno realista y viable, que no cuenta con una línea clara para el desarrollo del país. Pero aun así Raúl Castro se atrevió a citar, en medio de este caos crepuscular, la máxima martiana que sentencia “Gobernar es prever”.

Sin embargo en algo sí coincido plenamente con Raúl Castro, y es cuando dictamina: “…Si lograran algún día fragmentarnos, sería el comienzo del fin”. Esta fue la única verdad lapidaria de su discurso: podemos asegurar que si se atrevieran a legalizar cualquier partido opositor y se convocaran elecciones libres, esto significaría, con toda certeza, el fin, pero no para “…nuestra patria…” ni para “…la independencia nacional…” como asegura este señor, sino para su caricatura de “socialismo” –que no es ni próspero, ni sostenible, ni mucho menos irrevocable o eterno, porque ninguna obra humana lo es– y para ese teatro que todavía se atreve a llamar “revolución”, así como para el lastre que ha significado siempre para el futuro de la auténtica patria su desprestigiado clan, causa primera, todavía hoy, de la infelicidad de millones de cubanos.

Podemos concluir que todos los desvaríos expuestos en los discursos del General son sintomáticos del terror que le infunde a su cúpula dictatorial esa Cuba democrática que ya asoma en el horizonte, pero que desde hoy amenaza su monopolio de poder, presagiada desde cualquier esquina donde un cubano libre ejerza su natural derecho de opinar sin miedo, desde cualquier calle donde un grupo de cubanos ejerza su genuino derecho a la manifestación pacífica y a la libertad de reunión, o donde quiera que haya un cubano cansado de humillaciones y no dispuesto a pagar ya, nunca más, su tributo de miedo a los tiranos.

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