“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Imagen tomada del diario El Universo.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado viernes murió a sus 90 años el dictador Fidel Castro. Era de esperarse la trascendencia de la noticia pues, ya se le aborde desde el más romántico e idealizado amor, o desde el odio más cáustico y mordaz algo sí es inocultable: dejó de existir el hombre cuya impronta selló la Historia de Cuba durante las últimas seis décadas y que fuera, sin duda, una de las figuras más polémicas del siglo XX mundial.

Poco queda por decir que no esté dicho ya sobre el tirano, por eso en esta hora no merita la pena plantearse abarcadores recuentos de su vida, sino que parece un ejercicio más prudente hacerse una pregunta elemental que pretenda resumir la impronta de este hombre sobre la sociedad cubana. Bastaría preguntarse ¿qué dejó detrás, cuando partiera, Fidel Castro? ¿Qué heredó mi pueblo de su más de medio siglo de legado? La respuesta no siempre será simple, porque casi nada lo es en el caso cubano, donde la misma realidad suele estar matizada casi siempre por variadas luces y sombras.

Desde el punto de vista social Fidel Castro deja un país con un prácticamente inexistente índice de analfabetismo, con un sistema de enseñanza pública accesible a todos, que llega a cada rincón del territorio nacional. Parece idílico, y ahí estarían los reiterados avales de la UNICEF para probarlo, pero no olvidemos algo esencial, pues aquí no todo es color rosa: también se trata de un sistema de enseñanza único y centralizado, impuesto obligatoriamente a todos, que no deja alternativa posible a los padres para elegir cuál tipo de enseñanza recibirán sus hijos pues no existe ninguna posibilidad de elección alternativa, donde cada día los hijos de todos juran como lema “¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!”, donde son instruidos por maestros con una enorme frustración personal, pues ganan un salario miserable a cambio del descomunal esfuerzo de ejercer el magisterio en medio de las más disímiles carencias o en escuelas semiderruidas, y donde además todos nuestros niños y adolescentes reciben un forzoso adoctrinamiento político, responsable en buena medida de esa lamentable pérdida de cultura cívica que inmoviliza hoy a la sociedad cubana.

¿Y qué decir de la Salud Pública? Este país que se ufana de sus logros biotecnológicos, de la vacunación infantil universal, de sus bien equipadas y mejor abastecidas clínicas para extranjeros –comparables sólo con las de uso exclusivo de la élite gobernante– es el mismo de los consultorios médicos vacíos en el barrio y el desabastecimiento perpetuo de medicamentos en las farmacias del pueblo, el de los excelentes médicos que también perciben salarios miserables y trabajan en medio de carencias inimaginables, y bajo pésimas condiciones en hospitales estructuralmente en ruinas, muchas veces meritorios de una demolición.

El gobierno de Fidel Castro, que siempre enarboló como carta de triunfo las flamantes Misiones Médicas oficiales en más de 60 países “en pos de los pobres del mundo”, es el mismo que todavía hoy, bajo la bota de Raúl Castro, le roba miserablemente a todos esos cooperantes el 70% de su salario en el extranjero y se embolsilla de este modo entre 8000 y 10000 millones de dólares cada año derivados del trabajo de sus esclavos, mientras haciendo gala de su característico cinismo, no se sonroja al hacer tribuna contra la explotación capitalista mundial.

La profundísima crisis actual del deporte cubano es tan evidente que no merece comentarios. La huida de más de 200 peloteros de primera categoría hacia el “norte brutal” durante los últimos años en busca de mejores oportunidades es un puñetazo en el rostro del occiso, que también usó el deporte como un arma propagandística más, pero hoy las humillantes actuaciones y mediocres resultados internacionales de muchas disciplinas parecen advertir que apenas podríamos caer más bajo.

Y en el terreno económico ¿qué deja detrás el “invicto” comandante? En un punto cuya realidad es tan elocuente y brutal cualquier comentario lloverá sobre mojado. La profunda ruina económica generada por la interminable estela de políticas erráticas de Fidel Castro sigue teniendo causas endógenas, y continúa siendo tan absurda y sistémica que ya se ha tornado insoluble, al menos bajo las actuales reglas de juego impuestas en virtud de subordinarlo todo a la enfermiza vocación de control de la autocracia militar.

Durante toda la caótica era de los Castro jamás Cuba ha conocido un período de real autonomía económica o de creíble crecimiento, a pesar de haber contado durante sus tres primeras décadas con el más generoso subsidio del mundo llegado desde la extinta Unión Soviética. Primero de esta, y más tarde de la teta de Hugo Chávez, siempre colgó la boca babeante del niño bobo que jamás aprendió a sostenerse solo. Es una innegable realidad: jamás el gobierno del comandante, como ahora el sucesorio de Raúl Castro, lograron superar sus ingentes hábitos parasitarios, y siempre han dependido para subsistir de una matriz externa que los sostenga. En resumen: parte el dictador dejando atrás un país desolado, en perpetuos números rojos y sin un plan de desarrollo creíble en el horizonte.

¿Y para qué hablar de la situación política que ha dejado a su paso el Castrocaudillismo? Preguntémonos ¿optó el comandante por la persuasión, por el argumento convincente, para gobernar? ¿Ejerció su poder en medio de la natural, sana y necesaria confrontación libre de criterios, contra un Parlamento discrepante donde la oposición fue algo cotidiano, como en todas las sociedades libres? Definitivamente no. En su lugar, desde los primeros momentos penalizó la discrepancia de ideas y sepultó toda la prensa bajo un manto de hermética censura, e igualmente monopolizó la política editorial nacional y todos los medios masivos de comunicación, manteniéndolos estrangulados con un puño de hierro cuya presión nunca cedió. Bajo su dictadura total jamás meritó llamarse Parlamento ese circo de marionetas reunido un par de veces al año para consentir, siempre por unanimidad absoluta, las órdenes previamente aprobadas por el Comité Central de su Partido Comunista.

La dramática situación de los derechos humanos ha sido una constante durante todas las etapas del régimen castrista, que hace gala de una larguísima saga de sistemáticos abusos, una consecuencia lógica de la no separación de poderes. Los encomiables índices de represión política han sido el inmutable telón de fondo de la sociedad cubana durante más de cinco décadas, pero han cobrado ribetes de escándalo después de anunciado el descongelamiento con Estados Unidos. Nos deja el que parte, como testigos de su despotismo, y descontando los miles que les precedieron, alrededor de un centenar de prisioneros políticos en cárceles comunes.

También lega el comandante a nuestra Historia cuatro grandes oleadas migratorias para refrendar su escandaloso fracaso como gobernante: juventudes que huyeron despavoridas de su avasallamiento, elocuentísima expresión del descontento de un pueblo entero. Fueron éxodos bien definidos en el tiempo, pero siempre salpicados entre ellos por una interminable estela de balseros muertos en las aguas del estrecho, profundísima saga de dolor provocada al pueblo cubano también por el absolutismo de Fidel Castro.

Pero al menos intentemos dilucidar un ápice de esa genialidad que le adjudicaron testaferros y adulones; indaguemos tanto en las “soluciones” tácticas impuestas por el tirano como en sus consecuencias prácticas y definitivas a largo plazo. Por ejemplo, una vez triunfante la Revolución se encontró con el problema de la vivienda. ¿Impulsó el comandante un coherente programa nacional de construcción de nuevas viviendas para suplir aquella necesidad? No. Resultó más fácil arrebatarle a los auténticos dueños sus antiguas propiedades mediante una Ley de Reforma Urbana. Consecuencias: todavía hoy, medio siglo después, continúa siendo el de la vivienda uno de los más graves problemas del país y quizás el de más difícil solución.

En 1959 el recién triunfante comandante se encontró también con el problema del latifundismo. Pero una vez promulgada la Ley de Reforma Agraria ¿fomentó luego las condiciones necesarias para el florecimiento del sector campesino? ¿Estimuló enérgicamente el trabajo del productor agrario y ganadero a lo largo de todo el país? No. En su lugar impuso una tras otra las más absurdas regulaciones que constantemente coartaron la actividad del productor para impedir por todos los medios su éxito económico, diseñó múltiples mecanismos para obstaculizar sus ganancias y soltó a los perros de su Fiscalía General cada vez que algún descarriado acumulaba un monto de riquezas X como fruto legítimo de su trabajo. Consecuencias: todavía hoy se pudren las magras cosechas en el campo gracias a la archidemostrada irresponsabilidad de su Empresa Nacional de Acopio –única entidad autorizada y que pretende monopolizar infructuosamente todas las cosechas. Hasta hoy se mantiene improductivo un injustificable por ciento de tierras cultivables plagadas de marabú, mientras Cuba importa miles de millones de dólares en alimentos –incluida ¡sacrilegio! el azúcar– dejados de producir gracias a los caprichos y la testarudez de los gobernantes de siempre, y mientras tanto la canasta básica rompe semana tras semana nuevos records de carestía.

Desde inicios de 1959, en cuanto una parte del pueblo se sintió defraudado por las primeras medidas populistas, se inició un ininterrumpido éxodo general, y de profesionales en particular. ¿Qué hizo el recién estrenado Primer Ministro Fidel Castro para detenerlo o desestimularlo? ¿Mejoró las condiciones de trabajo, ofreció salarios más tentativos a aquellos profesionales? No. Entonces eligió, como siempre, la solución más simple: coartar durante décadas el derecho a viajar libremente de todos los cubanos y prohibió nuestra salida al extranjero salvo en caso de autorización oficial. Consecuencias: esta isla quedó convertida literalmente en una vasta prisión, y se trucó en el gulag privado de Fidel Castro por más de 50 años, durante los cuales el déspota nos privó del derecho universal a salir libremente y regresar a nuestro propio país, descarada usurpación usada indiscriminadamente, todavía hoy, como prebenda hacia sus dóciles testaferros, como simple material de chantaje y como poderosa herramienta de coacción y amenaza contra incómodos detractores dentro y fuera de Cuba.

Recordemos también un pasaje trascendental: una vez frente al desafío de una reelección democrática en 1960 ¿cumplió con su promesa lanzada desde la Sierra Maestra de convocar a elecciones pasados sus primeros 18 meses de gestión? ¡Jamás! En su lugar acuñó aquel célebre slogan “Elecciones ¿para qué?” cuyas lamentables secuelas todavía hoy se traducen en nuestra falta de libertades políticas. Consecuencias: desde entonces persiste en Cuba un irrespeto absoluto de la élite político militar hacia nuestro natural derecho al libre pensamiento y hacia muchos de los más trascendentes derechos humanos, ofensivo desprecio fomentado, sobre todo, gracias a la retorcida personalidad de Fidel Castro.

Más tarde, ante la persistencia de decenas de miles de negocios privados y microempresas familiares a lo largo de todo el país, ¿desarrolló el comandante un sistema nacional paralelo de servicios que compitiera en igualdad de condiciones con aquel extenso sistema privado? ¿Se cumplió finalmente su promesa de garantizar mejores servicios al pueblo? Absolutamente no. En su lugar lanzó como zarpazo la tristemente célebre Ofensiva Revolucionaria en marzo de 1968, que arrasó en pocos meses con el legado de millones de emprendedores que antes aquilataron su fortuna gracias al trabajo honrado de generaciones. Esta ola de insolente usurpación, seguida de una indolencia institucional generalizada, provocó un vertiginoso e irreversible deterioro en la gastronomía y todo tipo de servicios desde Cabo San Antonio hasta Punta Maisí. Consecuencias: todavía hoy este sector se cuenta entre las pruebas más elocuentes que demuestran cuánta ineficiencia y corrupción llegan a generar sistemas tan centralizados como el cubano.

O sea, que si aquel barbudo incorregible siempre optó por la solución más mediocre, facilista y simplona, por lo general coincidente con la que tuvo a la larga peores consecuencias; si dejó a su partida un país en la más absurda ruina económica, pisoteados los derechos humanos de mi pueblo en manos de una oligarquía soberbia con hábitos neoburgueses, y una sociedad perturbada, disfuncional, y convertida en un lodazal de ruinas morales, entonces ¿dónde queda su pretendida genialidad? ¿Qué fantasioso argumento podría sostener que fue virtuosa una vida tan aberrante y definitivamente dañina para mi pueblo?

Fuera de ser negro para el comercio en varios países, y salvando la primicia, por nada más sería memorable el pasado viernes 25 de noviembre. Nada trascendente sucederá en Cuba a partir de ese día, porque este es un desenlace para el cual la dictadura tuvo tiempo suficiente de prepararse. La plana militar en el poder mantendrá de momento todo bajo el acostumbrado control y el negocio seguirá fluyendo con la misma celeridad de siempre. Murió el tirano, pero detrás deja una dictadura incólume, con un organizado ejército de esbirros y represores bien entrenados en todo tipo de métodos de coacción, intimidación y chantaje, un insolente sicariato ávido de acción que mantiene el dedo en el gatillo dispuesto a todo, y que en su profunda enajenación, a no dudarlo, tranquilamente tiraría de éste en cuanto le llegara la orden.

Todavía la dictadura mantiene intacta su toda capacidad de represión; todavía se mantiene mi pueblo en un estado de total indefensión frente a los designios divinos del dictador de turno y arrastramos aún las execrables consecuencias de un adoctrinamiento social masivo, que demandará el paso de más de una generación para resarcir su huella de inmoralidades una vez llegada la libertad. Todavía carece la sociedad de mecanismos autónomos indispensables para encausar seriamente las auténticas aspiraciones del pueblo cubano.

Pero a pesar de todo han trascendido múltiples mensajes de condolencia de figuras políticas y religiosas, desde Vladimir Putin, pasando por Mijail Gorbachov, hasta Xi Jinping, desde el Ayatolá Seyed Ali Khamenei hasta Frei Betto y el Papa Francisco, desde Maradona hasta cada presidente de izquierda del continente americano y el Rey de España, y sin duda se contarán cientos de pésames más llegados desde las más disímiles latitudes, personalidades de muy variado abolengo que guardan todas algo en común: ninguna ha sufrido en carne propia las consecuencias del delirio estalinista del occiso comandante. Ninguno de estos conmovidos dolientes fue padre de un joven fusilado; ninguno fue humillado por creyente u homosexual y aprisionado en las UMAP –de hecho más de uno ni siquiera sabrá siquiera que existieron las UMAP. Ninguno está obligado a sostener a su familia con 20 dólares mensuales y ni siquiera sabe qué demonios será una libreta de abastecimiento.

Ninguno de esos muy perturbados amigos del dictador tenía su familia a bordo del transbordador “13 de Marzo”; ninguno fue sancionado a más de 20 años de prisión durante la Primavera Negra; ninguno ha visto a su madre, a su esposa ni a su hija arrastrada por hordas fascistoides durante una marcha de las Damas de Blanco; ninguno es un disidente asediado o apaleado impunemente por la policía política cubana; ninguno ha sido encarcelado durante semanas o meses sin siquiera conocer qué cargos se le imputan, y luego liberado sin juicio ni mayores explicaciones; ninguno ha sido expulsado de su trabajo por discrepancias políticas ni tiene un hijo expulsado de su carrera universitaria por el mismo motivo. Ninguno sufrió un allanamiento a su vivienda sin haber incurrido en delitos punibles; ninguno ha presenciado los degradantes mítines de repudio organizados por la policía política y el Partido Comunista de su Comandante en Jefe contra opositores pacíficos. En fin, ninguno de ellos se apellida Zapata, Payá, Boitel, Soto García, ni Pollán.

Pero sucedió al fin lo inevitable y vuelve al polvo lo que polvo fue. Ejerció Fidel Castro su poder absolutista mediante métodos brutales durante medio siglo. Su mérito, si lo tuvo, fue apostar siempre por lo más mezquino, despreciable y bajo de la naturaleza humana. Camuflado por su extraordinaria capacidad de simulación y guiado por un finísimo olfato para percibir en cada cual sus instintos más ruines, supo manipularlos en su provecho personal para satisfacer los impulsos patológicos de su personalidad profundamente narcisista, su insaciable egolatría, y la incontenible necesidad de reconocimiento de su desbordante megalomanía.

Parte hacia su juicio con Dios el déspota, pero aquí deja su dolorosísimo legado. Murió el monstruo, pero el daño quedó hecho a una Cuba que a pesar de todo encontrará algún día su auténtico camino hacia la libertad. Entonces intentaremos no odiar jamás, pero también estaremos obligados a no olvidar. Deja el dictador este mundo y lo hace, como suelen hacerlo los engendros de su estirpe, sin juicio sumario, sin actos de justicia terrenal. Pero no escapará nunca al juicio moral de un pueblo aquel tirano que no llega a esta hora inexorable absuelto, sino definitivamente condenado por la Historia.

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Ver: “Fidel Castro: la hora del condenado.”

Ver: “Epitafio personal a Fidel Castro”

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Apenas se habían enfriado las turbinas del Air Force One después de la histórica visita del Presidente de Estados Unidos a La Habana, y ya el canciller cubano Bruno Rodríguez anunciaba la reacción oficial del Gobierno de Raúl Castro, que en menos palabras aquí parafraseo: “La visita del Presidente Obama fue un ataque a la nación cubana”. Luego, durante los meses siguientes Abel Prieto también se erigió en autorizado vocero con relación a la dinámica estrenada –sólo públicamente– por la Plaza de la Revolución frente a la Casa Blanca. De este modo, desde su posición de Ministro de Cultura este gendarme de nueva generación del inmovilismo castrista, a la vez que deja claro que La Habana sigue sin creer en lágrimas, ha evitado a su jefazo el General-Presidente hacer declaraciones demasiado frontales personalmente que tal vez le resulten algo incómodas en medio de la fase edénica del idilio.

Como es evidente, Raúl Castro y compañía han optado por la vieja táctica de mantener las cosas elocuentemente claras, mediante inequívocas declaraciones de funcionarios-voceros destinados con este fin, sobre cuál sigue siendo su postura –entiéndase la más vertical intransigencia– a la vez que se han evadido, siempre que ha sido posible, las declaraciones directas del General –bien aconsejado al respecto y consciente de su escaso carisma personal, su rescindida oratoria y su limitadísima capacidad de convencimiento.

Pero Abel Prieto –ahora versado en actos de repudio junto a la chusma “no gubernamental” desde la Cumbre de Panamá– como tantos otros papagayos oficiales –incluido Bruno Rodríguez, por si él mismo no lo sabía– no son más que peones fácilmente prescindibles, por eso nunca valdrá la pena detenerse en personajillos como estos; mejor dejemos a un lado el ardid del mensajero para dilucidar mejor la esencia del mensaje.

Cuando el establishment político de los Castro equipara el empoderamiento del pueblo cubano con un ataque a su gubernatura no hace más que develar el auténtico carácter de sus intenciones reales, que nunca han sido otras que mantenerse a ultranza en el poder, a cualquier precio, cueste lo que cueste, y para eso han empleado consumadamente todo medio posible, no importa cuán desatinado, improcedente, ilegal, inmoral o mezquino haya podido llegar a ser.

En ese desmedido afán del clan Castro por mantener el poder a toda costa no habría nada de malo de no ser por el simple y medular hecho de que todas y cada una de las fórmulas concebidas para así lograrlo pasan por mantener a este pueblo sumido en la más grotesca pobreza. Para constatarlo bastará con releer las conclusiones del recién realizado VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Por eso cada propuesta de Estados Unidos, o de cualquier otro gobierno o entidad, siempre encontrará la más hermética reticencia del Gobierno cubano si incluye cualquier posibilidad de traer prosperidad a mi pueblo, porque la dictadura cubana precisa de nuestras carencias materiales y de nuestras miserias espirituales para sobrevivir como precisa el gusano de su pútrida carroña.

El asunto es bastante simple: los represores saben muy bien que sería mucho más difícil someter a un pueblo económicamente solvente, henchido de pujantes y elevados planes y por lo mismo más consciente de sus potencialidades. Como es natural, a un pueblo así se le dibujaría nítidamente un futuro más promisorio, y anhelaría enseguida esa otra Cuba hoy apenas sospechada, plagada de oportunidades, ese mismo futuro que por más de medio siglo ha secuestrado este infame engendro de los Castro.

Para evitar la llegada de una Cuba semejante el régimen despliega en las calles de mi país, cada día con mayor encono, todo un ejército de esbirros y vulgares represores que amedrentan, amenazan o golpean impunemente a disidentes y acosan incluso a sus familiares y amigos, que apalean y detienen arbitrariamente a opositores pacíficos o los encarcelan sin cargos durante meses o años, que asedian la sede de organizaciones cívicas independientes, allanan viviendas y confiscan bienes personales por el hecho apenas natural de que alguien ha decidido ejercer su auténtico derecho de reunión y a la libre expresión de pensamiento.

En cierto sentido sería incontestable la lógica que sostiene la política de apertura de la administración Obama con relación a La Habana: a mayor empoderamiento del pueblo, mayores posibilidades tendrá de conquistar sus libertades políticas. Pero hay un detalle esencial, un escollo imposible de desestimar interpuesto en el camino: la absoluta impunidad que parece haberle otorgado el mundo a la dictadura cubana.

Como este hermoso archipiélago está de moda todos parecen tentados a coquetear babeados tras la falda de la prostituta, que promete negocio fácil y lucrativos contratos, y de este modo prefieren ignorar que detrás de todo hay un pueblo sometido aún a un régimen de oprobio. A nadie parece importarle que se mantenga incólume la represión política y se avasallen todos los días de este mundo los derechos humanos de mi pueblo.

Pero deberían saber los señores que apoyan con tamaño entusiasmo esta línea de apertura incondicional hacia la dictadura cubana que mientras estas concesiones económicas no vengan acompañadas de una obligatoria apertura política nada será seguro para nadie, ni aún para ellos mismos, porque esta impunidad en la felonía es un bumerang que tarde o temprano se regresará contra ellos mismos, los hasta hoy potenciales inversionistas, si se atreven a apostar en metálico por un país sin garantías legales y constitucionales creíbles, algo que de momento no aparece en el tintero de la crápula castrista. Quien así proceda con certeza se percatará, tarde o temprano, de que ara en el mar de las estafas.

Por el terror que le infunde a los dictadores el afán de libertad del pueblo cubano, es precisamente que el régimen represor castrista veta cada iniciativa que implique una mejoría en nuestros estándares de vida, por mínima que sea. Porque los déspotas de La Habana no hablan otro lenguaje que el de la fuerza, y sólo se contentan con el sometimiento más absolutamente posible de mi pueblo a sus insulsos caprichos, por eso reciben con evidente ojeriza todo cuanto pueda empoderar al pueblo frente a ese abrumador y pérfido poder a que le somete; por eso la más reciente ofensiva represiva del régimen contra la disidencia, por eso la ola de actos de violencia y detenciones, nuevos allanamientos y amenazas de todo tipo durante las última semanas contra opositores pacíficos.

El recién estrenado Ministro del Interior cubano, General Fernández Gondín, parece en completa consonancia con su misión, pues evidentemente se está esmerando en cumplirla a cabalidad. Y mientras esto ocurre el mundo observa en cómplice silencio: en el Congreso de Estados Unidos se allana el camino para el levantamiento definitivo del embargo durante el próximo mandato presidencial, la Unión Europea igual tiene casi a punto el levantamiento de su Posición Común, y cada día es más larga y lastimosa la lista de acreedores estafados que decide perdonar a la dictadura cubana, y que de hecho ya le han condonado decenas de miles de millones de dólares, usados en su momento y en buena medida, por cierto, para atacar frontalmente a ese mismo capitalismo que hoy, como cándida colegiala, engañado una vez más le abre las piernas.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En septiembre de 1995 tuve el privilegio de visitar París como parte de una de las muchas delegaciones que durante varios años envió la Unión de Jóvenes Comunistas a la capital francesa en el marco del Programa de Intercambio Juvenil “Pasaporte Mundo”, concebido por el Ayuntamiento del Departamento parisino Saint-Denis, que entonces contaba con mayoría comunista, para fomentar el intercambio entre jóvenes de París con otros de Estados Unidos, Canadá y Cuba. Para eso cada año se conformaban tres grupos de 200 jóvenes de cada uno de estos países que visitaban la capital francesa, y a su vez tres grupos de igual número de jóvenes parisinos que devolvían la visita.

En el caso de nuestra delegación la gira duró una semana, durante la cual asistimos a la célebre feria anual de la influyente publicación francesa L´Humanité, visitamos el Museo del Louvre, navegamos el Sena, disfrutamos de la impresionante vista panorámica desde la Torre Eiffel, visitamos el Museo de Cera y La Géode, una sala de proyección en 3D que me dejó estupefacto. Recorrimos París de punta a punta una y otra vez en cuestión de minutos en un metro extremadamente eficiente –para luego enterarnos que en esos días estaba el servicio “deficiente” ¡porque había una huelga de operarios! Ya divididos en varios subgrupos, según nuestros perfiles, visitamos hospitales y laboratorios clínicos, mientras otros visitaban la terminal del TGV, en ese momento el tren más rápido del mundo, pero que aún hace posible que alguien pueda vivir en París y trabajar todos los días a 500 kilómetros de distancia.

En 1995 estaba yo prácticamente en mitad de mi vida, y recién graduado era entonces un joven y ferviente militante comunista empeñado en construir quimeras. Luego el tiempo se ocupó de ponerlo todo en su sitio y vivencias dolorosas terminaron por convertirme en este que ahora soy, pero en aquel momento nada lastraba aún mi fe en la “revolución” de Fidel Castro. París quedó como un recuerdo que en lo personal siempre agradeceré, porque es hermosa la Ciudad Luz, es cierto, pero en buena medida también porque a los 24 todavía vemos el mundo pletórico de gratificantes colores.

Por todo esto no pude dejar de evocar estos recuerdos ante la noticia que circuló recientemente sobre el acoso de que fueron víctimas los jóvenes que viajaron a Estados Unidos bajo las becas de la Organización World Learning a su regreso a Cuba. Durante el tiempo que duró esa experiencia debieron conocer a jóvenes estadounidenses e hicieron sobre todo trabajo comunitario al estilo de esa juventud que les acogió. En muchos aspectos este intercambio debió resultar igual de gratificante para estos jóvenes de hoy como para mí aquella memorable visita hace dos décadas, y tal vez la experiencia como tal lo fue, pero su regreso a la patria no pudo ser más contrastante. Resulta que en cuanto pisaron La Habana estos jóvenes fueron tratados como auténticos criminales, interrogados e intimidados por la policía política como si portaran órdenes para perpetrar actos terroristas, e incluso amenazados al estilo de la vieja escuela en lo que debió ser para muchos algo bien traumático.

Ante una actitud tan aberrante no puedo menos que preguntarme ¿qué pasa con estos tipos? ¿Acaso estos animales no conocen límites? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar en su enajenación? ¿Por qué enturbiar con semejante mezquindad algo que seguramente había sido tan gratificante? No pretendo caer en ingenuidades, ni en la candidez extrema de desconocer que durante las últimas cinco décadas Estados Unidos ha intentado por casi todos los medios a su alcance echar abajo el proyecto postrevolucionario cubano, negar esa evidencia histórica sería poco menos que ridículo, pero eso no justifica, a la luz de ningún análisis, esta cacería de brujas, y muchísimo menos en medio de un momento de distensión diplomática con Washington.

Conjeturemos: en efecto la inteligencia estadounidense intentó, y hasta logró reclutar varios agentes entre estos jóvenes; asumamos esta hipotética posibilidad como una certeza. Aun así, en el peor escenario, ni siquiera eso justificaría el despótico trato dado a todos esos muchachos, porque el gobierno y el sistema de espionaje cubanos cuentan con suficientes mecanismos para controlar potenciales intentos de penetración en un grupo tan pequeño y predecible. Evidentemente este no fue el móvil de esas citaciones e interrogatorios policiales, de todas esas infundadas amenazas. El objetivo de esta desatinada conducta no fue tampoco socavar información pues ¿qué pudieron ver o escuchar ellos que no sepan ya holgadamente en La Habana? Nada, es la respuesta.

Es evidente que el propósito de este absurdo es lanzar un mensaje más sobre una realidad que pasados dos años del descongelamiento con EE.UU. se hace cada día más patente, y parece decir: aquí nada ha cambiado, en Cuba seguimos decidiéndolo nosotros absolutamente todo, y cuanto se autorice y haga, incluido cada viaje de este tipo, tiene que pasar primero entre los testículos de Raúl Castro y compañía para ser debidamente autorizado por los jerarcas de la Plaza.

Esta indignante represalia sólo persigue desestimular semejantes iniciativas, intimidar a futuros candidatos y mantener el monopolio del Estado cubano sobre este tipo de flujos, que debería ser, teóricamente hablando, tan recíproco como desprejuiciado y sincero. Pero en ningún manual del mundo se establece que estas iniciativas tengan que estar sometidas a la decisión de los gobiernos. Becas, cursos e intercambios de este tipo son una práctica consumada y usual en el mundo entero, promovidos casi siempre por instituciones no gubernamentales. Que la dictadura haya privado a más de una generación de cubanos de acceder a estas sanas iniciativas en las más disímiles latitudes, Norteamérica incluida, ya es harina de otro costal, y se cuenta como una de las más dolorosas consecuencias de haber vivido bajo un régimen policial, algo que sólo comprende a cabalidad quien lo haya sufrido. Ver fantasmas detrás de cada cepa de plátano siempre fue una enfermedad endógena del castrismo y uno de sus ardides favoritos para justificar su absolutismo enfermizo.

Sin duda el acusado contraste entre aquel recibimiento que se nos profesara en 1995 y este de que ahora somos testigos también se debe, en esencia, al simple hecho de que aquel fue autorizado por el Gran Hermano, y este fue gestionado a expensas de una organización extranjera sin pedir –¡sacrilegio!– la autorización según lo establecido en los manuales dictatoriales. Y me pregunto: si los jóvenes a su regreso no portaban armas, bombas, esporas de ántrax, ni tecnología de espionaje ¿cuál es la paranoia?; si el Gobierno cubano no tuvo que invertir un solo centavo en la iniciativa –como sí tuvo que hacerlo al trasladar a cientos de gritones a la Cumbre de Panamá, por ejemplo– ¿cuál es el dolor?; si este intercambio de produce en medio de una distensión histórica que hace impensable una invasión armada, ya pasaron de moda las incursiones de terroristas ametrallando caseríos costeros o embarcaciones, y nunca fue más proclive a la concordia un Gobierno norteamericano en más de medio siglo, entonces ¿cuál es el problema?

¡Ah!… pero sucede que situaciones como esta develan el verdadero rostro de la diplomacia cubana, denuncian que su falsa postura de víctima fue usada desde siempre sólo para perpetuar su discurso de plaza sitiada; esta evidencia a la luz es una consecuencia predecible del descongelamiento. Ahora, en ausencia de la amenaza del viejo Sam preparando cañones para un asalto inminente, con los cinco espías en casa a buen resguardo y, por suerte, sin ningún balserito secuestrado por la “mafia” de Miami, cualquier excusa será construida y usada como nuevo pretexto para mantener la polémica por la polémica, no importa si es la causa de Ana Belén Montes, una vieja espía olvidada por las campañas proselitistas de los Castro –hasta que convenga desempolvar su caso para alguna nueva negociación– o un grupo de muchachos que regresan de una gira comunitaria por el norte brutal y revuelto “que los desprecia”. Hoy por hoy en La Habana todo vale con tal de mantener encendidas las teas de la guerra.

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Por Jeovany Gimenez Vega.

Una economía en ruinas, el retorno de apagones de varias horas, agudizada una vez más la perpetua crisis del transporte, un desabastecimiento generalizado en la red minorista, sometida a la carestía más absurda la familia promedio y ánimos cada vez más enconados. Son signos de alarma que ya suenan a rebato desde los campanarios de la sociedad cubana, y son señales indiscutiblemente indicativas de potenciales sucesos convulsos o estallidos sociales; conozco los síntomas porque ya vivimos la enfermedad en 1994, y nada más parecida a aquella que esta, salvando las obvias gradaciones. Cierto que el contexto es otro desde el descongelamiento con Estados Unidos, pero este ha tenido, hasta hoy, un impacto prácticamente nulo hacia el interior de la sociedad de la isla debido a la intransigencia del gobierno de Raúl Castro.

Como me asiste el derecho a opinar al respecto, aquí le dejo a nuestro Presidente unos sinceros consejos para destrabar el dominó de la sociedad cubana y así evadir el ya inminente retroceso a los más lamentables rigores de un Período Especial todavía inconcluso. Para hacerlo no hecho mano al sarcasmo, que se pinta solo para la ocasión, sino que lo hago francamente preocupado por el futuro de mi país. Aquí les van:

1.- Priorizar irrestrictamente la inversión directa de los emigrados.

Durante más de medio siglo millones de emigrados cubanos –una cuarta parte de la población total– ha trabajado con encono en múltiples latitudes, y muchos de ellos han sido sumamente exitosos y han terminado granjeado una fortuna nada desdeñable, fortuna que en no pocos casos estarían dispuestos a invertir a gran escala en su país de origen –a lo cual dicho sea de paso, les asiste un auténtico y natural derecho– de existir allí la voluntad política y las garantías legales mínimas. Autorizar la inversión directa de la emigración cubana en su propio país sería apenas un imprescindible acto de justicia histórica. Renunciar a ese enorme caudal, que reactivaría a muy corto plazo la economía interna y generaría cientos de miles de nuevos empleos, continúa siendo una de las posturas más torpes, injustificables y absurdas del gobierno cubano postrevolucionario, que paradójicamente se muestra todavía dispuesto a negociar con el mundo entero pero nunca con sus propios conciudadanos.

2.- Modificar seriamente la política económica interna.

Dado que las medidas instrumentadas hasta ahora han resultado indiscutiblemente ineficaces y no han pasado de tener un puro efecto vitrina que sólo exporta al mundo una imagen irreal del país, se impone asumir con seriedad cambios que destraben la actividad del productor interno. Sería muy útil, por ejemplo, liberar completamente la gestión del sector agropecuario mediante la derogación de toda ley o resolución que frene  su productividad, así como desmantelar el monopolio de la Empresa Nacional de Acopio, que no hace más que sabotear el fruto de su trabajo. Igualmente se impone dotar a todo tipo de cooperativas de una autonomía absoluta; a partir de entonces los límites de su productividad dependerían únicamente de sus propias decisiones y nunca de las arbitrariedades de funcionarios indolentes. Esto es extensible a todo el sector trabajador por cuenta propia –que no es otra cosa que la cosmopolita empresa familiar privada– no limitando más su gestión con medidas irracionales que hagan imposible su rentabilidad. En este sentido se debe autorizar la importación, directamente por el productor, de sus propios insumos y materias primas, así como garantizar un fluido comercio mayorista interno. Instruméntese un razonable sistema de impuestos y todo concluido.

3.- Modificar la Ley de Inversión Extranjera.

La actual legislación limita demasiado y no ofrece suficientes garantías legales para el inversor extranjero. Si algo tan elemental como elegir a quienes dirigirán en Cuba su empresa, o cuánto salario recibirán directamente sus empleados no puede ser su propia decisión –pues el Gobierno cubano insiste en siempre intermediar al respecto– usted tranquilamente elegirá otro sitio donde invertir su capital. Mientras esto sea así los inversores nunca cederán en su natural recelo, y ya se sabe que sin inversión –es una máxima ampliamente establecida en Economía– no hay desarrollo: ahí permanece empolvada y vacía la Zona Franca de Mariel, a varios años de inaugurada, para demostrarlo.

4.- Permitir el acceso pleno y sin censura a Internet del pueblo cubano.

Puede que esta apertura traiga aparejada los peligros de “ciberataques terroristas”, pero también en muy cierto que Cuba está en condiciones de asumir su propia ciberseguridad tal y como la asume el resto del mundo. Después de todo el Gobierno cubano ha demostrado contar con mecanismos suficientemente seguros para mantener a buen resguardo su información más sensible, por lo que, a la luz de estos razonamientos, nada justifica el enfermizo aislamiento en que el régimen policial cubano pretende mantener a la sociedad ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Permitir el libre y masivo uso de la Internet es una de las condiciones indispensables para que florezca la emergente, y por décadas absurdamente maniatada, empresa familiar cubana, naturalmente llamada a alcanzar un estimable peso en nuestro PIB. Mientras el Gobierno de Raúl Castro continúe negándose a tal apertura, esto continuará representando una autodenuncia con respecto a su verdadera naturaleza dictatorial. Para satisfacer nuestra necesidad de conectividad nunca bastarán esos puntos públicos Wi-Fi donde, a cambio de un 20% de nuestro salario por cada hora de pésima conexión, nos derretimos bajo el sol en las aceras: los cubanos demandamos tener acceso pleno a Internet desde cada uno de nuestros hogares.

5.- Instrumentar mecanismos de diálogo con la oposición política pacífica.

Hay una certeza que el Gobierno cubano debe terminar por admitir: su discurso de que cada opositor cubano es un asalariado del imperio yanqui está definitivamente desgastado. Son cada vez más evidentes las muestras públicas de rechazo al régimen totalitario y cada vez más patentes las intenciones de unidad dentro de la oposición cubana. Pero incluso dentro de esa oposición las autoridades oficiales encontrarán siempre posiciones más moderadas –no por esto menos firmes en sus exigencias– que merece la pena escuchar. Un diálogo público y en igualdad de condiciones echaría mucha luz sobre de los conflictos más agudos. La reciente ola de disidentes cubanos en huelga de hambre exigiendo el cese de la represión –donde descolló la resuelta postura mantenida por Guillermo Fariñas durante más de 50 días– en contraste con la marcada política represiva del régimen, que mantiene inalterable su modus operandi mediante sistemáticas golpizas a activistas pacíficos, allanamientos y detenciones arbitrarias a opositores, son claramente indicativas del calamitoso estado de los Derechos Humanos en Cuba. Una condición indispensable para establecer cualquier vía de diálogo sería por supuesto el cese de toda forma de coacción o violencia contra opositores y disidentes al sistema, sin lo cual todo sería en un contrasentido.

Como notarán nuestro Presidente, y nuestro estimado lector, aquí no pido que Raúl Castro abandone el poder, no hablo de elecciones democráticas. En sufragios libres, en igualdad de condiciones con su oposición política, la dictadura cubana no tendría la más mínima posibilidad de triunfar después de la desolación económica, pero sobre todo moral y ética, que ha impuesto por la fuerza al pueblo cubano. El cumplimiento de esta sola condición convertiría en superfluos los consejos aquí enunciados. Tampoco hablo hoy de división de poderes, ni de libertad de prensa, por sólo citar dos puntos que bastarían para derribar a este gigante de pies de barro que es la dictadura cubana. Sólo dejo aquí propuestas prácticas, que oxigenarían nuestra economía y aliviarían inmediatamente el clima tenso de nuestra sociedad.

Si bien Raúl Castro estuvo en condiciones de quedar ante la Historia como un reformador, hasta ahora no ha mostrado menos obcecación por el poder que su hermano mayor, ni menos vocación por el uso sistemático de la represión política, y tomando en cuenta el corto período que nos separa del anunciado fin de su mandato, nada hasta ahora señala a que esto vaya a cambiar. No obstante aquí le dejo estos consejos, que ya él decidirá si tomar o no, con sus inevitables consecuencias en un sentido u otro. Pero decida el General lo que decida, algo sí debe quedarle claro: Cuba se merece otro camino, y lo tomará quiera él o no lo quiera. Esto es algo inevitable.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Evitemos acusaciones infundadas. Aceptemos que aquella madrugada de la Santa Ana insistió obstinadamente en llegar al Moncada, lo cual inexplicablemente no logró en medio de un Santiago en pleno carnaval. En el mismo instante en que otros sin embargo sí lograron llegar, entrar y morir como habían prometido, él nunca llegó, ni siquiera guiado por el repiqueteo incesante de la fusilería. Aceptemos que el afanoso líder de aquella acción, planificada con muchísimo celo durante largos meses, esa mañana se extravió del modo más cándido y que su ausencia en aquella acción no fue por pura y simple cobardía.

Aceptemos que años más tarde el barbudo líder de la Sierra nada tuvo que ver con la cuando menos imprudente llamada telefónica de Déborah –nombre clandestino de Vilma Espín– al escondite de Frank País, llamada que prácticamente lo entregó a sus asesinos y le costó la vida al valiosísimo líder de la clandestinidad en el llano.

Aceptemos también que nunca supo qué le sucedió a Camilo –el segundo hombre al mando de la Revolución y su comandante más carismático– aquel fatídico día de octubre en que se evaporó para siempre sin dejar un rastro mínimo en su avioneta Cesna. Quedarán para siempre, por supuesto, algunas incómodas preguntas: ¿cómo puede desaparecer, así sin más, el jefe del ejército de una Revolución recién triunfante y que se abandone su búsqueda en unos pocos días? ¿Por qué nunca se acusó al imperialismo del norte, ya desde entonces asumido por el Comandante en Jefe como indiscutible enemigo, de un presunto magnicidio? ¿Qué sucedió inmediatamente después con la nómina de hombres de confianza del desaparecido comandante? ¿Quién terminó por ocupar su puesto vacante y lo mantendría ininterrumpidamente durante 50 años?

Aceptemos que no fue por mala fe que sugirió destinar la guerrilla del Che Guevara a los parajes más inhóspitos de Bolivia, donde tendría con toda certeza menos apoyo y menos posibilidad de incorporación de fuerzas locales. Asumamos que nunca medió componenda alguna con el Partido Comunista local, que lejos de brindar el prometido apoyo en hombres y armas, fue incluso más allá y boicoteó activamente, en su momento más crítico, el desarrollo de la naciente guerrilla. Sin embargo siempre cabrá preguntarse ¿por qué él, desde La Habana, insistió en ocultar la identidad del jefe de aquella columna, a sabiendas de que el público conocimiento de la presencia del Che en el altiplano podría catalizar una masiva incorporación de fuerzas de izquierda a la guerrilla? ¿De qué misterioso modo se interrumpió definitivamente la comunicación con el núcleo guerrillero durante sus últimos cuatro meses de operaciones –un punto siempre eludido por él pero denunciado una y otra vez por el diario del Che– cuando presuntamente debió ser esta comunicación su prioridad absoluta en aquel momento? ¿Cómo pudieron fallar todos los planes de contingencia y no quedaron establecidas las vías de evasión previstas, algo que le costó la vida al demasiado carismático, para su gusto, comandante argentino?

Supongamos que nada tuvo que ver, o nada supo jamás, de las operaciones de narcotráfico del clan Ochoa mientras no estalló el escándalo de la Causa Número 1: nada sabía, precisamente él, que escuchaba crecer la hierba, según palabras de un insigne colombiano amigo suyo y fundador de Macondo. De repente quien todo lo sabía no se enteraba de que la plana mayor de su ejército –sus mejores generales, hombres todos de su entera confianza, Ministro del Interior incluido– estaba implicada hasta el cuello en operaciones de narcotráfico a gran escala. Incluso aceptando como circunstanciales las en extremo comprometedoras acusaciones de los lugartenientes de Pablo Escobar al respecto y que le bañan de mierda ¿cómo explicar tan imperdonable “punto ciego” en el rigurosísimo control del omnisciente Comandante en Jefe?

Suponiendo a priori que nada tuvo que ver en estos gravísimos trances le otorgo un beneficio de la duda que no merece quien nos convirtió a todos en culpables de alguna “vileza” mientras no hayamos probado lo contrario. Una sola de estas atrocidades bastaría para echar definitivamente por tierra su autoconstruida aureola de santidad, porque cada una implicaría una felonía tan escandalosa y elocuente que en el acto lo convertiría en el traidor por antonomasia de la Historia de Cuba.

Pero como se cuidó muy bien de no dejar huellas tras sus pasos turbios de nada puedo acusarle. Por lo mismo no son estas palabras para hablar de lo improbable, porque para juzgarle con creces bastará con el daño más visible infligido por él a la nación cubana. Bastaría hablar aquí de su ininterrumpida saga de caprichos que hundieron la economía de un país que para nada recibió en la ruina en el 59, sino que por el contrario, ostentaba más de un índice macroeconómico envidiable, algo que nunca más recuperó bajo su desastroso desgobierno. Aquella Cuba del tirano Batista –de graves problemas sociales, eso sí, con su estela de esbirros, asesinos y políticos corruptos– necesitaba ingentemente ser reformada, pero no de un modo tan absurdo como pretendió hacerlo este clan de sátrapas cuando la arrastró del modo más antinatural hacia la égida del “comunismo” soviético.

Cualquier análisis evidenciará la atroz involución económica provocada por sus libretazos, cuyas naturales consecuencias justificó siempre con el leque leque del “bloqueo” yanqui. Pero los hechos le denuncian ¿cómo este país nunca salió adelante cuando recibió desde la extinta Unión Soviética ¡durante 30 años, hasta llegados los 90! mucho más petróleo, materias primas y tecnología de las necesarias, además mediando generosísimos subsidios, y contando además con un mercado seguro que compraba TODO nuestro azúcar AL TRIPLE de su precio de mercado? Bajo tales circunstancias ¿de qué embargo norteamericano podemos hablar para explicar semejante desastre? ¿Cómo se atreve, aún hoy, a esgrimir un argumento tan incoherente?

Solo existe una razón para que un país como el nuestro, con un pueblo emprendedor y pujante, haya desaprovechado semejante oportunidad y haya dilapidado tanta riqueza. ¿Cómo pudo suceder? Aquí la respuesta es muy simple: todo sucedió gracias a la antológica mediocridad del Comandante en Jefe. Sucede que jamás país alguno podrá evolucionar mientras absolutamente todo tenga que ser decidido por un solo individuo omnipotente, y el problema con él fue que al bajar de la sierra no sólo olvidó afeitar su mítica barba y cambiarse el uniforme, también pareció olvidar que un país –según memorable sentencia de José Julián Martí– no puede ser mandado como se manda un campamento. Gracias a su caracteropatía delirante aún hoy padecemos décadas de retraso con relación al mundo, y a ella le debemos además una pérdida inestimable de recursos materiales y humanos, e incluso más de una guerra sucia en horizontes ajenos.

Nadie ha olvidado aquellos fusilamientos televisados y la violencia revanchista de los primeros años –realmente innecesaria tomado en cuenta el apoyo inicial a la causa– pero que definieron para siempre, a modo de clara premonición, el matiz de su postura hacia cualquier tipo de oposición futura. El posterior quinquenio gris –UMAP incluidas– con toda su larga saga de lamentables consecuencias, aún reverbera en la psiquis social cubana con una carísima injuria moral de dobleces que se ha perpetuado gracias al clima de represión al libre pensamiento siempre fomentado bajo su dictadura. Quizás debería aquí eludir este punto para evitar consabidas reiteraciones, pero si una vez más lo cito es porque hasta hoy el tirano jamás tuvo, ni siquiera por insulso protocolo, una palabra de arrepentimiento ni una mínima disculpa pública al respecto, lo cual implica una plena satisfacción con todo el daño infligido, algo completamente congruente con su inmisericordia y raigal despotismo.

Para ser condenado por la Historia también bastaría con la mentira, su aliada de siempre. Recordemos como negó durante mucho tiempo su vocación “comunista”, y con cuanta pasión acusó precisamente de eso al “traidor” Hubert Matos en juicio sumario. Nadie ha olvidado como aquel joven líder, que bajó triunfante de las montañas gracias al apoyo de un pueblo puro, después incumplió olímpicamente su promesa de convocar a elecciones democráticas en menos de 18 meses para después autoperpetuarse en el poder durante más de medio siglo, y el modo arbitrario en que gobernó por decreto durante 17 largos años, violentando la entonces vigente Constitución del 40 –una de las más avanzadas de la época– hasta que fuera sustituida en 1976 por la actual, ya ampliamente violatoria de múltiples derechos humanos.

También bastaría para condenarle la sustancial demagogia que imprimió a sus actos más trascendentes. Ahora muchos lo sabemos: quien definió esta Revolución como de los humildes y para los humildes, y durante décadas enarboló un discurso de austeridad e igualdad social, jamás lo practicó. El histrión de aquellos vibrantes discursos era el mismo que luego degustaba costosos quesos y jamones, y exclusivísimos vinos a la carta a cada puesta de sol, el que poseía varios cotos privados de caza y de pesca al estilo de la más rancia burguesía y siempre dispuso de cuentas bancarias privadas que usaba sin rendir explicaciones a nadie, así como permitió a sus más encumbrados secuaces un nivel de vida desmedidamente opulento, algo insultante frente a la sempiterna pobreza del pueblo cubano bajo su enfermiza ojeriza hacia la prosperidad ajena.

Aquel campeón de los dobleces durante mucho tiempo juzgó a más de un militante de su partido hasta por triviales deslices amorosos, y sin embargo resultaba ser el mismo que a su vez ostentaba múltiples amantes, incluida la esposa de cierto comandante, íntimo “amigo” suyo –investigador dado a largos períodos de ausencia fuera del país para los que “casualmente” nunca faltaba presupuesto. Todo esto nos dibuja, en fin, una personalidad raigalmente desleal, por completo opuesta al barbudo de ensueño que abraza niños en las pancartas difundidas por el departamento ideológico de su Partido Comunista.

Pero por sus frutos lo conocerás. Ahora el señor de las tinieblas, candil de la calle, en su antológico cinismo habla de dignidad humana y de libertad para los pobres del mundo, y mientras tanto su heredero todavía mantiene a mi pueblo sometido a su inmisericorde despotismo; se atreven a hablar de aperturas que continúan negando a su propio pueblo, y pretenden negociar con todos excepto con aquellos cubanos emigrados que amasaron lícitas fortunas.

Y a pesar de todo aun quiere pasar por genio quien arruinó a la patria, y ni siquiera advierte que ya la Historia firmó su veredicto. Esto en un hecho consumado que no será evitado tampoco por la última contraofensiva alrededor de sus 90 años, un nauseabundo esfuerzo que persigue algo imposible porque nadie salvará ya al monstruo definitivamente condenado.

Pero el daño mayor que Fidel Castro nos hizo no lo encontraremos en las ruinas materiales, en las fábricas abandonadas, ni en nuestras más inmundas carencias cotidianas por más numerosas y absurdas que parezcan; no lo encontraremos en los estantes perpetuamente desabastecidos de las tiendas ni en nuestra mesa vacía, no. El verdadero daño provocado por él habrá que buscarlo en el corazón del hombre y en las ruinas morales que lo pudren: en el cubano enceguecido por el odio que todavía hoy apalea a un semejante por discrepancias políticas; en cada hombre que simula con ruines dobleces por no sufrir las consecuencias de su metódico terror; en la desvergüenza de ostentar un parlamento sordo ante las imperiosas urgencias de mi pueblo; en la mezquindad de sus hordas que agreden a activistas pacíficos y Damas de Blanco sólo armadas de “terribles” gladiolos; en cada dirigente “comunista” que se burla de mi pueblo y en cada burócrata insensible que avasalla a un ciudadano sin derechos; en cada sufrimiento innecesario y en las miles de carencias derivadas de sus absurdos desvaríos; en el rencor inescrutable acumulado gracias a su odio ladino hacia mi pueblo; en cada emigrado que no tiene permitido retornar a su patria y en cada joven que hoy huye rompiendo selva mientras reniega de su origen; en fin, en toda esta inconmensurable desgracia arrastrada por la nación cubana gracias a su desbordante megalomanía.

Sin temor condenadle, no importa, la Historia lo confirmará.

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PD: Este post debió ser publicado el pasado 13 de agosto, pero mi estancia en Cuba no me lo permitió en ese momento por razones obvias.

Corrupcion

Por Jeovany Jimenez Vega.

Durante las últimas semanas el mundo ha estado atento a las escandalosas revelaciones de los Panama Papers. Millones de documentos han develado el lado oscuro de celebridades, políticos y gobernantes de todas las latitudes y tendencias políticas, y por supuesto, un gobierno tan camaleónico como el cubano no iba a ser precisamente la llamativa excepción, el condimento ausente en esta sopa.

La gravísima revelación de que el gobierno de los Castro y su par venezolano contrataron, Mossack Fonseca mediante, los servicios de una empresa alemana –que se este modo buscaba no verse implicada con tan feos compinches– para la elaboración del modelo de pasaporte oficial venezolano en uso, y del consiguiente control que sobre la expedición de este documento ha tenido desde entonces La Habana, ha sido hasta ahora lo más embarazoso que ha emanado de estos documentos para el régimen de la isla.

Aunque muchos esperan ávidos nuevas revelaciones incriminatorias para altos funcionarios cubanos, quien escribe no se extrañaría, sin embargo, de que así no fuera en absoluto. Esta certeza obedece a un total convencimiento sobre una verdad establecida hace mucho tiempo, la más obvia y elemental de todas: ninguno de los Castro ha necesitado nunca depositar su fortuna ni cubrir sus manejos tras paraísos fiscales, simplemente porque nunca han necesitado evadir ninguna fiscalización: ellos y sólo ellos son sus propios fiscales, jueces y parte en sus oscuros negocios, en los que nadie se inmiscuye y punto. O dicho en menos palabras, Cuba siempre ha sido considerada por ambos dictadores como su exclusivo paraíso fiscal privado.

Para sostener esta imputación revisemos el concepto más universalmente admitido de lo que se considera un paraíso fiscal. Suele considerarse como tal cualquier territorio o país que cumpla básicamente con los siguientes requisitos:

  1. Si bajo su jurisdicción no se impone impuestos, si se permite a los no residentes beneficiarse de rebajas impositivas, aun cuando no desarrollen efectivamente una actividad en el país.
  2. Si existe falta de transparencia, si existen estrictas normas de secreto bancario y los datos personales de propietarios y accionistas de empresas no figuran en los registros públicos, o bien se permite el empleo de representantes formales, llamados nominees.
  3. Si las leyes o las prácticas administrativas no permiten el intercambio de información para propósitos fiscales con otros países o entidades internacionales en relación a contribuyentes que se benefician de sus impuestos excepcionalmente bajos.

Para comprender el presente análisis debemos partir de la innegable premisa de que en el mismo espacio físico, geográficamente hablando, cohabitan dos Cuba antagónicas: una es la Cuba de los dictadores y de las figuras históricas –las llamadas “vacas sagradas” del régimen– y de todo un largo séquito de oportunistas, dirigentes de alto nivel, gerentes de firmas y empresas importantes –absolutamente todos afines al régimen– y la más alta oficialidad del Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, así como los embajadores apostados en los consulados cubanos en el exterior. A esta Cuba elitista pertenecen también íntegramente las respectivas familias y amantes, y hasta algún amigote íntimo de la crema y nata de esa neoburguesía cubana, algún que otro suertudo de la clase media alta emergente y además ¿por qué no? todo aquel empresario y personal diplomático extranjero residente en la isla.

Una realidad contrapuesta, completamente diferente, es la que se vive en la Cuba de Liborio. En esta Cuba de abajo vivimos el 90% de los cubanos, es en la que habitamos yo, mi familia, y todos mis amigos, así como la abrumadora parte de los profesionales cubanos y todo aquel que trabaje para el estado; es la Cuba de los salarios miserables y de la odisea detrás de los frijoles diarios. Es de esta Cuba pobre y sin expectativas de la que huye, oleada tras oleada, la juventud cubana.

Así tenemos a la Cuba de arriba convencida de que no está obligada a rendir cuentas a la Cuba de abajo. Si consideramos estas realidades, sólo aparentemente superpuestas, como los dos países diferentes que en la práctica son, entonces ya estaremos en condiciones de comprender por qué no es hiperbólico ni gratuito decir que los Castro han disfrutado durante más de medio siglo de todas las bondades de contar con su propio paraíso fiscal.

Pero en fin ¿por qué se puede considerar Cuba un paraíso fiscal? Muy simple: hablamos de un país sin los mecanismos legales ni cívicos mínimamente necesarios para encausar a los más grandes corruptos, porque son precisamente ellos los que mantienen agarrada la sartén por el mango; de un país sin división de poderes, lo cual le garantiza una impunidad total a estos personajes. En la Cuba postrevolucionaria jamás ha existido una prensa oficial que denuncie, ni una autoridad policial que investigue, ni una fiscalía que acuse a los más altos corruptos del régimen, porque ¡ojo sobre el asunto! no se pueden tomar como tal las periódicas purgas de funcionarios caídos en desgracia, pues en estos casos la orden siempre ha emanado desde el poder ejecutivo del dictador de turno, y nunca del poder judicial llamado naturalmente a hacerlo. Existen sobradísimos ejemplos de investigaciones disipadas en las brumas del ocultismo cuando hubo llegado la contraorden desde arriba que nadie nunca se ha atrevido a cuestionar.

Como comprobará, están aquí todos los elementos de la definición arriba enunciada: tenemos una casta que no paga impuestos sobre sus negocios informales o ilegales, o si los paga son puramente simbólicos con relación a su nivel real de ingresos; tenemos un gobierno que desde siempre ha practicado el más absoluto y sistemático secretismo con relación a la vida privada y fuentes de ingreso reales de sus más encumbrados jerarcas, y además una férrea censura sobre lo todo cuanto pueda evidenciar sus ardides en la sombra, manejados por inescrupulosos testaferros, arriba llamados nominees; y tenemos finalmente un cuerpo de leyes, violatorio de su mayor parte de los más trascendentes derechos humanos, pero hecho a la medida de las pretensiones de la élite de mantener en calma su feudo.

Es todavía la Cuba de hoy un paraíso para los intocables, donde todas las instituciones permanecen plegadas a esta casta de privilegiados que viven como reyes en las cumbres del Olimpo, desconectada de la realidad del pueblo que abajo sufre y carece. De hecho, si usted preguntara a un connotado ladrón o a un avaro corporativo, deseosos de engordar sus cuentas al margen de cualquier responsabilidad fiscal, cómo sería el país de sus sueños, seguro escucharía: ese país tendría un gobierno que no perdería su tiempo en escuchar las inútiles plañideras de sus gobernados, con un partido de línea dura y conservadora en el poder –sería ideal si, de paso, fuera el único legalmente aceptado en la Constitución– que garantice una tranquilidad absoluta para mis negocios metiendo en cintura a sindicaleros y revoltosos, en fin, un gobierno bien proclive a la explotación más lucrativa de cuantas se puedan concebir.

En ese país de ensueño, diría nuestro hipotético corrupto, dispondría yo del monopolio de todos los mercados, lo cual me convertiría prácticamente en un Dios que dictamina a voluntad la suerte de millones de consumidores sin alternativas ajenas a la que yo ofrezca, algo que me permitiría especular vendiendo caro cualquier baratija importada a costo de ganga. Me encantaría llevar a cabo mis andadas, continuaría nuestro interpelado, entre gente seria, entre comerciantes cabales que comprendan que el mejor negocio es el que genera más dinero en el menor tiempo posible, cuéstele a quien le cueste. Desearía un país sin división de poderes, donde cada juez, hasta el Tribunal Supremo, esté subordinado a un hombre fuerte, maestro de la simulación, con el cual todo vaya como la seda y mantenga nuestros lucrativos negocios a resguardo de miradas indiscretas.

Piense, estimado lector, si aquel país elitista, la Cuba de arriba, la de los privilegiados vitalicios, donde reinan la codicia y el oportunismo, la Cuba de generales déspotas y corruptos impunes, no podría ser considerado como un auténtico y exclusivísimo paraíso fiscal. Si un país semejante no puede catalogarse como tal entonces tampoco podría ser llamado guanábana algo verde y con puntas. De más decir que cualquier parecido con la realidad no será aquí pura coincidencia. Saque usted sus propias conclusiones.

01-copiaComentario de Carmen Zampallo en el foro del artículo “Martí y su mito”, de José Gabriel Barrenechea, publicado en 14yMedio el 17 de mayo de 2015. Gracias Carmen, donde quiera que estés.

¿Dónde estás Martí? ¿En qué te han convertido? En tu nombre se creó la tiranía, campos de tortura y trabajo forzadamente impago. Sí Martí, vivimos una dictadura, celdas y golpizas que nunca imaginaste. Martí, el tirano de ropas verdes te erigió ídolo y hoy nos asesina Martí, y nadie escucha. ¿La crueldad por la crueldad de un discípulo? Nadie como él para odiar al pueblo cubano y, Martí, se dice que el tiranosaurio reposará a tu lado. No lo creo Martí pues nunca te ha dejado descansar en paz. Más, por fortuna estaría eternamente al alcance de tu puño y de tu pie. Aunque la temperatura de su tumba sea infernal treinta oficinas de derechos humanos se erigirán después de su quinta cremación consecutiva. Martí, dile allí al tiranosaurio que yo soy Hubert Matos, Eloy Gutiérrez, Reinaldo Arenas, Ricardo Bofill, Pedro Luis Boitel, Payá, y tantos prisioneros políticos, y fusilados y asesinados. Soy un médico esclavo, una familia dividida; somos comandantes, guerrilleros comunistas y otros no comunistas por él traicionados. Soy su hermana rebelde, soy un negocio y un derecho arrebatado. Soy bailarín, soy deportista y pintor censurado. Soy un gay, un religioso concentrado en la UMAP, soy un balsero bajo el mar. Soy exiliado atrapado en Ecuador o en México y soy un piloto derribado al norte de La Habana. Soy una madre que ha visto partir a todos los muertos. Ajustaremos cuentas y cuidaremos en el más allá de que nadie así regrese jamás a esta tierra bella. Se acabó su tiempo, se acabó y los vivos desharemos esa máxima creación, ese hemático subastado satélite improductivo caribeño. Martí, ojalá reescribas y publiques los textos ocultos con tu opinión sobre el socialismo naciente. Fueron borradas de tu obra. Ojalá lo consigas… ojalá no te golpeen.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Con un mamotreto muy difícil de digerir inició Raúl Castro el recién concluido VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. Su discurso, de miles de palabras, es una perorata que repite al carbón la misma retórica de siempre y vuelve, como si medio siglo no bastase, a machacar sobre los mismos clavos. Muy pocos ilusos esperaban sinceramente algo diferente, pero los nuevos aires que se anunciaban desde la reanudación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos hacían lógicamente presagiar, si no espectaculares timonazos, sí al menos un nuevo planteamiento táctico que aflojara los pernos de la economía doméstica.

Aunque si algo han demostrado consumadamente los Castro es que no gustan de los cambios. Para decepción de unos y confirmación de otros la cabra tiró para el monte y no hubo sorpresas: la vieja crápula optó nuevamente por el más absurdo inmovilismo y la sempiterna fórmula del fracaso, pero lo cierto es que para la mayoría de los cubanos la paradigmática frase del General, “sin prisa, pero sin pausa”, ya perdió definitivamente la gracia después de un quinquenio de interminables postergaciones.

Ni siquiera se sonrojó el Primer Secretario al reconocer que después de cinco años de gestión su partido dejó sin instrumentar en la práctica más de tres cuartas partes de los lineamientos anteriores –sin contar que los restantes en su mayoría han sido instrumentados sólo parcialmente– lo cual quiere decir que aquellos solemnes acuerdos fueron prácticamente suscritos en papel higiénico y usados con el mismo fin que es usado el periódico Granma por casi todos los cubanos.

Un momento de oro se produce cuando el dictador insinúa que “…Es preciso asegurar más explicación al pueblo…”, y cabe preguntarse: ¿desde cuándo el partido comunista tiene en cuenta el criterio del pueblo? ¿Acaso aplaudió el pueblo aquel aumento masivo de precios del 30% a la mercancía de las Tiendas Recaudadoras de Divisas en 2004? ¿Fue consultado acaso para mantener los precios más altos del mundo si se les contrasta con sus salarios miserables? ¿Cuándo se le preguntó al pueblo para establecer el gravamen del dólar frente al CUC, en detrimento de las remesas familiares? ¿Fue consultado el pueblo para que en las aduanas cubanas se le imponga entre el 100 y el 300% de arancel a toda mercancía importada aún sin carácter comercial? ¿Fueron consultados nuestros obreros, técnicos y profesionales sobre esa leonina ley que les prohíbe firmar su contrato de trabajo y recibir su salario directamente del empleador extranjero, en lugar de hacerlo con la obligatoria intermediación de una agencia empleadora del Gobierno cubano que le roba entre el 70 y el 90% de su salario?

¿Acaso el General nos tomará por comemierdas? ¿De veras el Partido Comunista pretende hacernos creer que los colaboradores de mi sector aplauden que la Contratadora de Servicios Médicos les robe impúdicamente el 70% del salario pactado entre países? ¿Son consultados nuestros productores agropecuarios sobre la persistencia absurda de regulaciones burocráticas que se interponen en su gestión? ¿No será esta la causa real de que Cuba, un país históricamente exportador de productos agrícolas, tenga que importar hoy 2000 millones de dólares anuales en alimentos, incluida el azúcar? ¿Acaso fueron consultados los trabajadores que fundaron alguna cooperativa no agropecuaria a la hora de subordinar su proyecto a una empresa estatal ineficiente, o al venderles a precios estratosféricos insumos y repuestos? ¿Fueron consultados nuestros cuentapropistas para fijar las extorsivas tarifas de impuestos y absurdos condicionamientos que hacen matemáticamente imposible la rentabilidad de sus negocios?

Sería interminable la lista de leyes antipopulares dictadas durante los gobiernos de ambos Castro, por eso le ronca la moringa soportar que este señor nos diga en nuestra cara que en Cuba “…jamás puede permitirse la aplicación de las llamadas terapias de choque.” No deja de asombrarnos el general. ¿Qué son estas inmisericordes atrocidades sino abiertas terapias de choque contra el bolsillo del cubano humilde? Parece desconocer el Secretario del Partido Comunista que todo lo que agreda tan despiadadamente la economía familiar puede ser catalogado como tal. Nadie lo dude: este pueblo ha sido sometido durante más de cinco décadas, oleada tras oleada, a una perpetua estela de terapias de choque dirigidas contra su prosperidad.

Y ahora resulta que todos tenemos la culpa del desastre, todos menos los Castro y su partido. Tienen la culpa, primero que todo, el bloqueo yanqui, y de ahí hacia abajo hasta el último cubano –intermediarios inescrupulosos incluidos– que no estuvimos suficientemente atentos a la afanosa “…preparación y divulgación de la política aprobada y las normativas…” del ilustre Partido Comunista.

Pero si algo quedó diáfanamente claro en todo esto es que la cúpula todavía mantiene su ancestral ojeriza y no aprueba “la concentración de la propiedad… tampoco de la riqueza”. Por supuesto que cuando Raúl Castro sentencia esto se refiere únicamente a la nuestra, nunca a la de ellos: la riqueza de la oligarquía cubana está muy bien merecida, porque ¿no fue acaso para eso que hicieron, ellos solitos, esta revolución más grande que nosotros mismos? Es un hecho consumado: desde bien temprano el gobierno postrevolucionario orientó cada vez más sus pasos hacia el diseño de este surrealista paraíso fiscal para los corruptos históricos en que ha terminado convertida Cuba, donde todavía un séquito de oportunistas se enriquecen a nuestras espaldas sin tener que rendir cuentas a nadie; pero esa ya es tela para ser cortada en otro post de Ciudadano Cero.

Eso sí, nuestro General dejó claro que su Partido queda abierto a las “discrepancias honestas” –entiéndanse aquellas que siguen dócilmente las líneas directrices del dictador– lo cual implica que todos aquellos portadores de discrepancias “deshonestas” que pretendan “hacerle el juego al enemigo” denunciando las políticas económicas erráticas, las violaciones sistemáticas de derechos humanos, los hechos consumados de corrupción política y administrativa y todos los abusos de poder que se repiten por miles de una punta a la otra de esta islita, seguirán siendo debidamente tratados por el “pueblo enardecido” –entiéndase impunemente amenazados, asediados, detenidos, pateados y encarcelados– y mientras tanto nuestro General sin ningún remordimiento dormirá con la tranquilidad de un niño.

Otra vez un Castro y su partido se invisten como providenciales elegidos, se atribuyen el derecho de elección sobre nuestros designios como si fueran la encarnación divina de la patria, su alternativa única y los exclusivísimo garantes de su independencia. Vuelve Castro sobre la idea de que alguien quiere destruir a SU “revolución”; ahora ese enemigo oscuro quiere empoderar al pueblo cubano, quiere hacerle más solvente, fomentar una economía familiar más floreciente, o dicho en otras palabras, lograr un pueblo más pujante, más pudiente, y como no hay nada que aterre más a un tirano que un pueblo próspero hoy vemos al General repetir las mismas pataletas de siempre para alertar sabiamente a esos “…sectores vulnerables…” de nuestra sociedad.

En el discurso del General durante la clausura tampoco faltó el tradicional despliegue de neologismos castristas. El general insiste en que un engendro como la dictadura de Maduro, o un gobierno tan controvertible como el de Dilma Rousseff no están siendo presionados, debido a abusos de poder o escándalos de corrupción durante sus mandatos, por mecanismos democráticos legalmente instituidos en sus respectivas constituciones para fiscalizar la gestión de sus gobernantes, sino que ambos sufren intentos de “golpes de estado parlamentarios”. Muy interesante. Por eso, para evitarse molestos dolores testiculares, nuestro General, al frente de su glorioso partido y siguiendo su más rancia línea dictatorial, continúa apostando por la más “patriótica” centralización de poderes.

En fin, entre el 16 y el 19 del pasado abril presenciamos una falsa celebrada a puertas cerradas, con la cual se pretendió hacernos creer que una fracción apenas, representando a 670000 individuos, puede decidir los destinos de 14 millones de cubanos. Fueron estertores de muerte aquellas bufonadas, que sólo consiguieron mostrarnos un desacreditado partido carente de un plan de gobierno realista y viable, que no cuenta con una línea clara para el desarrollo del país. Pero aun así Raúl Castro se atrevió a citar, en medio de este caos crepuscular, la máxima martiana que sentencia “Gobernar es prever”.

Sin embargo en algo sí coincido plenamente con Raúl Castro, y es cuando dictamina: “…Si lograran algún día fragmentarnos, sería el comienzo del fin”. Esta fue la única verdad lapidaria de su discurso: podemos asegurar que si se atrevieran a legalizar cualquier partido opositor y se convocaran elecciones libres, esto significaría, con toda certeza, el fin, pero no para “…nuestra patria…” ni para “…la independencia nacional…” como asegura este señor, sino para su caricatura de “socialismo” –que no es ni próspero, ni sostenible, ni mucho menos irrevocable o eterno, porque ninguna obra humana lo es– y para ese teatro que todavía se atreve a llamar “revolución”, así como para el lastre que ha significado siempre para el futuro de la auténtica patria su desprestigiado clan, causa primera, todavía hoy, de la infelicidad de millones de cubanos.

Podemos concluir que todos los desvaríos expuestos en los discursos del General son sintomáticos del terror que le infunde a su cúpula dictatorial esa Cuba democrática que ya asoma en el horizonte, pero que desde hoy amenaza su monopolio de poder, presagiada desde cualquier esquina donde un cubano libre ejerza su natural derecho de opinar sin miedo, desde cualquier calle donde un grupo de cubanos ejerza su genuino derecho a la manifestación pacífica y a la libertad de reunión, o donde quiera que haya un cubano cansado de humillaciones y no dispuesto a pagar ya, nunca más, su tributo de miedo a los tiranos.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Todavía no se disipa la estela del Air Force One en el cielo de La Habana y aún no salimos los cubanos del asombro. Un desenfadado “Qué bolá Cuba?…” lanzado personalmente a través de su cuenta Twitter @POTUS sorprendió a muchos, y ya dejaba entrever la tónica que deseaba imprimir a su visita el Presidente Barack Obama. Durante su primera noche en La Habana cenó junto a los suyos en una paladar, donde se tomó su sorbito de buen café cubano y dejó una sustanciosa propina –algo consecuente con su propósito de empoderar a la microempresa familiar– y más tarde consumó su visita a Pánfilo, previamente concertada durante una exclusiva conversación telefónica con el célebre jubilado desde la Casa Blanca; así cumplió su palabra y hasta participó en su partidita de dominó, guiños todos una de una clarísima y no disimulada lectura.

Nuestro visitante llegó bien advertido de que Pánfilo ya ha devenido en todo un símbolo de nuestra más raigal humildad pero también, si se quiere, de nuestra más descarnada pobreza; sabía que al sentarse a la mesa del entrañable personaje de Silva también lo hacía en el hogar de cada cubano pobre –que al final somos prácticamente todos– y fue precisamente hacia esa pobreza a la cual, en un gesto de sublime simbolismo, tendió su mano sincera el Presidente Obama.

Sería difícil concebir un discurso más diáfano que el ofrecido por Obama desde al Gran Teatro de La Habana. Nuestro invitado se vistió de gala y brindó una clase magistral de alta diplomacia ante las narices mismas del dictador y los miembros de su plana mayor. Con un discurso modelo, digno de la mejor academia, con su alegato de razonables argumentos, que por reflexivos, contenidos y prudentes no dejaron de ser definitorios y sinceros, supo apelar a la sensibilidad del pueblo, pero también puso sin piedad el dedo sobre en centro de la llaga: habló de nuestra falta de libertades civiles, de las detenciones arbitrarias, de la falta de oportunidades; y todo sin grandilocuencias gratuitas, en un derroche de elegancia política que dejó apocado en su silla al octogenario general de la platea. Fue uno de esos discursos que antes de pronunciada su última palabra ya se han convertido en Historia.

Pero en su segura alocución no olvidó el Presidente aquella máxima del gran Mandela: el mensaje no debe dirigirse a la mente del hombre sino a su corazón. Si bien pudo llenar aquellos minutos de cifras concretas que evidencian con creces por qué no ha funcionado el modelo económico cubano y por qué no funcionará en el futuro, prefirió sin embargo enfocar cada palabra hacia el fin último de su visita: la reconciliación entre dos pueblos enconados durante demasiado tiempo, el perdón –que no el olvido– de las afrentas mutuas, el mirar hacia delante y dejar de esclavizarnos al pasado.

Dos ideas esenciales pudieran resumir su elegante discurso; la primera: “Cualquier cambio que venga dependerá del pueblo cubanoEl futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano”; la segunda: “…incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba…” Demostró así estar bien consciente de la envergadura de esta empresa que ambos pueblos tenemos por delante en el afán de reencontrarnos, y de las profundas heridas del pasado con sus inocultables cicatrices. Pero también habló de nuestro inmenso orgullo por esta patria que seguimos deseando libre, de nuestros más nobles valores, y enalteció con bellas frases el invicto sentimiento de familia, que sobrevivió a más de medio siglo de ruptura entre dos orillas opuestas y sin embargo tan cercanas.

Reconoció, en fin, que nadie conquistará por nosotros la libertad de Cuba: será únicamente nuestro propio sacrificio, nuestra constancia y entereza al exigir nuestros derechos la clave de esa libertad a conquistar –ojalá no sea así– derramando nuestra propia sangre y la de nadie más, para alcanzar al fin una victoria que nadie pueda escamotearnos.

Pero también fue meridiano el Presidente cuando sentenció que el embargo pudiera terminar hoy mismo, pero absolutamente nada cambiaría en Cuba de no cambiar la denigrante praxis de la dictadura. Se trata de una incontestable verdad: la prosperidad nunca llegará al pueblo cubano mientras un manojo de tiranos secuestre nuestra libertad para emprender nuevas empresas, para comerciar con eficacia el fruto de nuestro esfuerzo y para percibir salarios justos al margen de mecanismos extorsivos. Pero menos aún cambiará Cuba mientras los tiranos insistan en quebrantar impunemente nuestra libertad de pensamiento, prohibir arbitrariamente nuestro acceso a Internet, coartar nuestra voluntad de decretar leyes más justas, y continuar reprimiendo nuestro legítimo derecho a la libre asociación, a la libre reunión, a disentir y a la protestar pública y pacíficamente.

Pero la lectura entre líneas también nos llena de optimismo: esta Cuba soñada por los represores es incompatible con esa otra Cuba del futuro que se les viene encima, pues se trata de realidades antagónicas, y por un principio también físico, pero sobre todo dialéctico, estos dos países excluyentes no caben en el mismo espacio. Pudieran incluso coexistir durante un breve tiempo, pero al final la Cuba abierta, plural, democrática, sepultará naturalmente a la Cuba hermética, retrógrada y feudal de los tiranos.

La última jornada de la visita quedó matizada por un hecho ineludible. La reunión a puertas cerradas del Presidente con algunos de los más notables exponentes de la oposición cubana en la Embajada de Estados Unidos en La Habana que dejó un clarísimo mensaje: el irrespeto de la dictadura por los Derechos Humanos continuará siendo un tema priorizado en la agenda actual de conversaciones, un punto permanente en el tintero de la Casa Blanca. Reconfortante espaldarazo a una oposición que hasta ahora se ha sentido relegada injustamente de unas negociaciones que le atañen directamente por motivos obvios.

Mención aparte merece el agravio de Raúl Castro al no recibir personalmente al inquilino de la Casa Blanca. Ya la inoportuna visita de Nicolás Maduro apenas dos días antes de la llegada de Obama era premonitoria de la charranada por venir. Esta imprudente visita de Maduro fue una bravuconería innecesaria, una exquisita pieza de colección meritoria de un lugar de honor en el Salón de la Fama de las payasadas bananeras.

Pero si algo nos enseña la vida es que un dictador siempre puede superarse en su soberbia. Haber faltado a la terminal del aeropuerto José Martí –la joya de esta corona– fue la mayor torpeza política cometida por Raúl Castro durante toda su vida. La ausencia del Jefe de Estado cubano en el recibimiento de Barack Obama es algo inexplicable a la luz de cualquier análisis y una ofensa según las más elementales normas del protocolo –y hasta de la educación formal, diría yo– algo inentendible aun cuando así estuviera concertado, excepto en caso de haberse tratado de una solicitud expresa de la parte visitante.

Haber enviado al aeropuerto en su lugar a Rodríguez Parrilla –un ministro gris, tan carente de carisma que no merece ni siquiera ser cargabates de Industriales– fue una grosería suprema desde todos los puntos de vista; fue un gesto tan carente de ética, de lícitos motivos y hasta de lógica, que desconcierta por su estupidez. Esa lluviosa tarde de domingo Raúl Castro, no sólo faltó a su deber como Jefe de Gobierno en funciones –y hasta como caballero– sino que faltó inexplicablemente al encuentro más importante de su vida: esa tarde Raúl Castro faltó a su cita con la Historia.

Esa notoria ausencia, junto a la vulgar descortesía del General interrumpiendo el espontáneo gesto de abrazo de Obama al final de la conferencia de prensa, serán momentos Kodak que se perpetuarán durante mucho tiempo en la memoria de millones de cubanos, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

Sólo le aconsejaría al General que reestructure a su cuerpo de asesores, y arreste específicamente a quien le aconsejó tal desacierto –con seguridad agente de la CIA– pues únicamente así pudo sugerirle tan lerdo desatino, de un costo político que tal vez él mismo no sea capaz de calibrar. Pero siempre me preguntaré ¿qué otra diligencia debió hacer el General esa tarde más importante que recibir al Presidente Obama, con todas las profundas implicaciones de su visita? ¿Acaso no tenía conciencia el General del trascendental simbolismo de ese momento, llamado a consagrar una nueva era de relaciones hemisféricas? ¿O estaría demasiado ocupado ordenando las cientos de detenciones arbitrarias perpetradas ese día contra manifestantes pacíficos? ¿Acaso no se ocupa ya de eso en General Fernández Godín? En cualquier caso yo, como millones de cubanos, sentí esa tarde una vergüenza ajena por alguien que no la merecía.

Pero si hubiera que extraer una sola conclusión de la que puede considerarse ya la visita del siglo, es que el régimen cubano no está dispuesto de momento a abandonar su farsa, su diatriba de mentiras. Por eso debe quedar bien clara también una verdad contrapuesta: Cuba tiene que cambiar, no porque lo pida Obama a cambio del cese del embargo, no porque lo pida la Unión Europea a cambio del levantamiento de su posición común; Cuba tiene que cambiar porque lo necesita y lo exige el pueblo cubano y punto. Este denigrante régimen ha demostrado con creces que no puede ofrecer ya nada nuevo al futuro de la patria.

Cuando en Air Force One sobrevoló en retirada el cielo de La Habana dejaba detrás a una dictadura todavía aturdida por las verdades tan brillantemente expuestas por Obama, a un clan de déspotas que ya ordenó a sus papagayos repetir su eterna perorata para intentar, en vano, minimizar el innegable impacto de su visita. Pero dejó también a un pueblo que lucha por desperezarse lentamente de su larga pesadilla y espera sacudirse algún día a los tiranos. Atrás queda la pobreza de Pánfilo, junto a muchos otros como él, que deambulan por las calles vendiendo su maní o revendiendo diarios, rumiando el dolor, la frustración y el desengaño propios de las causas perdidas.

Pero el pueblo cubano, más temprano que tarde, sabrá encontrar la clave para emanciparse de las bestias. Nadie lo dude: mañana, cuando se desaten estas ansias de libertad durante tanto tiempo contenidas quedará el mundo sorprendido y se hablará entonces del milagro cubano. “En los Estados Unidos, tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano es capaz de construir: se llama Miami…”, advirtió para la posteridad el Presidente Obama. Con ese mismo espíritu, con toda esa potencial pujanza de millones de sus hijos dentro y fuera de la isla cuenta la patria para reconquistar por asalto su futuro. Sobre esta próspera Cuba del mañana mi certeza es absoluta; Dios me la susurra todos los días al oído.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En la tarde de hoy arriba a Cuba el Presidente de Estados Unidos de Norteamérica Barack Obama, junto a la distinguida Primera Dama Michelle y al resto de su comitiva acompañante. El acontecimiento será algo insólito para millones de terrícolas porque hasta hace apenas quince meses, la ahora cercana relación fue una probabilidad nula, algo sencillamente inaudito. Si bien desde el penúltimo 17/12 se ha entibiado algo esta vieja reliquia de la guerra fría que siempre fue el diferendo Cuba-Estados Unidos, antes del histórico anuncio esto era inconcebible, algo así como encontrarse con Dios y Satanás bebiendo un daiquirí en el Floridita.

Hay que ver para creer. Pero los tiempos cambian y esto no ha sido más que una cuestión de pura dialéctica. Por fin los tanques pensantes norteamericanos concluyeron que en esencia el cubano, ni más ni menos, es similar a otros regímenes totalitarios, cuyo secreto siempre radicó en su brutal capacidad de controlar cuantas facetas de la vida del individuo pudieran secuestrar, y que para ello siempre tuvieron, como arma suprema, el hermetismo que lo hizo posible.

Planteado así el problema en elementales términos racionales, se decanta por gravedad una ecuación tan simple en su postulado como irrefutable en su lógica: todo aquello que debilite el control del Estado sobre el individuo y abra fisuras en su coraza de censuras, inexorablemente irá en detrimento del monopolio de poder de la autocracia política y en favor de los derechos del pueblo desposeído. Esta es una definitiva verdad, de ahí que el absolutismo cubano se muestre tan reacio a dar pasos que permitan el empoderamiento real de mi pueblo, pues sabe muy bien que en el punto justo donde comience la libertad del individuo y su independencia económica, terminará la inmisericorde capacidad de control de la dictadura.

El Presidente norteamericano, según lo anunciado previamente, se reunirá en La Habana con los líderes más connotados de la oposición cubana. Esto es un inequívoco mensaje, que llega a los oídos de Raúl Castro y del mundo bien alto y claro: es una actitud frontal desde su planteamiento mismo –innegociable, según el visitante– y a su vez una nítida advertencia de que el irrespeto sistemático por los Derechos Humanos mostrado hasta hoy por La Habana continúa siendo el primer punto de la actual agenda de negociaciones.

Especialmente atractivo será el amistoso de béisbol entre la selección cubana y el equipo de Grandes Ligas Tampa Bay Rays. Es cierto que Obama presenciará el juego en un estadio Latinoamericano donde deberá cuidarse de las paredes recién pintadas y estará acompañado por una “afición” de laboratorio, cuidadosamente elegida para la exclusiva ocasión entre lo más selecto del MININT y las escuelas militares, así como entre los más intransigentes militantes del Partido, la Juventud Comunista, y de cuanto chivato cederista quepa entre las gradas del Coloso del Cerro –muchos de los cuales forman parte ¿por qué no? de las hordas que perpetran las golpizas a opositores ordenadas por ese mismo Raúl Castro tan light que hoy sonreirá a su lado. Pero sin dudas el evento llega cargado de un simbolismo tan relevante que dejará la mesa servida para agilizar las hasta ahora impávidas gestiones entre la Federación Cubana de Béisbol y las Grandes Ligas del norte.

data4464803De hecho ya las últimas medidas puestas en vigor por el ejecutivo norteamericano se perfilan más hacia ese empoderamiento del ciudadano común de que tanto se ha hablado hasta ahora. A la autorización del uso del dólar estadounidense para algunas transacciones comerciales del Gobierno cubano, se le acaba de sumar la autorización a ciudadanos cubanos de abrir cuentas en bancos de EE.UU., así como la autorización a empresas de este país para contratar a ciudadanos de la isla y a que éstos puedan cobrar limpiamente salarios y otras retribuciones directamente en el país norteño.

Evidentemente estas ya son medidas de un cariz diferente, que sí tendrán una particular connotación práctica para el sector más emprendedor de nuestra incipiente empresa familiar privada porque le abre puertas que hasta hoy permanecieron herméticas y potencialmente le coloca, por primera vez en medio siglo, en condiciones de negociar términos más ventajosos para sus negocios, al margen de los precios leoninos del comercio minorista cubano y de la extorsión masiva de las agencias empleadoras gubernamentales, pero sobre todo –y aquí estriba su verdadero impacto y su trascendencia más notoria– porque le ofrece mayor capacidad de autonomía, lo cual le permitirá evadir la importunación institucional y poner a buen resguardo sus ganancias.

Sin dudas miles de cubanos preferirán mantener sus cuentas en bancos norteamericanos a usar cualquier sucursal bancaria cubana, pues de este modo su dinero estará a salvo de los desvaríos legales de un régimen que detenta una larga tradición de inconsistencia en sus políticas, y bien alejado de las amenazantes leyes que todavía proveen a la Fiscalía cubana de potestades ilimitadas para ordenar intempestivas incautaciones.

Que desde hoy estas posibilidades estén al alcance ciudadanos cubanos no residentes en Estados Unidos, es algo novedoso y esperanzador. ¿Veremos a partir de ahora florecer los contratos de trabajo entre empresas asentadas en ese país y nuestra muy bien calificada masa de técnicos y profesionales? Artistas plásticos, actores, músicos, ¿médico y maestros?, tienen ahora abierta esta posibilidad. Estos mismos peloteros que hoy ofrecerán el show en el Latino podrán optar desde ahora por firmar sus propios contratos y cobrar su salario sin la molesta intromisión del Gobierno cubano, y eso ya sí comienza a ser una manera concreta de empoderar al pueblo cubano.

Sólo en la medida que avancen los meses, o los años, se podrá valorar en toda su magnitud la audacia política de Obama. Enfrentado a miles de lógicas reservas acumuladas a lo largo de medio siglo de aplicación de una estrategia equivocada ha sabido, sin embargo, mantenerse firme en su posición, y consciente de que en este momento cada paso hace Historia, ha asumido con valentía su responsabilidad. No obstante es lamentable que el Air Force One arribe en horas de la tarde; de haber llegado el Presidente temprano en la mañana quizás podría haber acompañado a un puñado de valientes cubanos en su marcha dominical desde el Parque Gandhi a través de la 5ta Avenida de Miramar, y con un poco de suerte habría visto con sus propios ojos, y no de oídas, hasta qué punto continúa aún imperturbable la capacidad represiva del régimen castrista contra el pensamiento disidente.

El desenlace de este temerario lance de la administración norteamericana es todavía impredecible; demasiadas variables están implicadas en la fórmula algebraica de la realidad cubana actual, pero a la luz de los acontecimientos que se insinúan cada vez más su estrategia parece ser la correcta. Ahora le corresponde al pueblo cubano, y a nadie más, consumar con sus propias manos cada conquista que merite, al final del camino, la libertad de la patria. Pero siempre se agradece el apoyo del mundo, esa solidaridad imprescindible que tarde o temprano termina por acorralar a las dictaduras. Mientras ese momento llega, luchemos. Hoy sólo resta dar las gracias a nuestro honorable visitante y gritarle a voz en cuello desde los balcones: Welcome Havana Obama!

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Mentir ha sido una vocación largamente ejercitada por la dictadura cubana, pero entre las muy eficaces herramientas usadas para dar rienda suelta a esta propensión natural siempre se ha destacado el control sobre todos los tipos de prensa. En esta denigrante tradición ha sido sin dudas Granma, el Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, la joya de la corona: este libelo continúa siendo un antológico ejemplo de inescrúpulo, y ha sido extraordinariamente falaz en tergiversar la verdad durante las últimas cinco décadas.

Un análisis a la reciente bosta publicada por este diario basta para corroborarlo así: el editorial publicado en Granma el pasado 8 de marzo, ya en vísperas de la inminente visita de Obama a Cuba a producirse durante este mes, destila como de costumbre la hipocresía más mordaz y el más visceral cinismo, a todo lo cual ya deberíamos estar acostumbrados, pero la singularidad del momento y esta humana sangre que nos corre por las venas exigen al menos una impugnación mínima.

Como cubrir cada calumnia que adereza esta inmundicia tomaría un tiempo que Granma no se merece, hoy sólo llamaré la atención sobre un punto aquí implícito que ha sido altamente reiterativo en el discurso oficial de La Habana y hoy cobra, más que nunca, una trascendental connotación: según la dictadura absolutamente toda actitud militante, todo proyecto opositor cubano ha sido y continúa siendo todavía ordenado, fomentado y financiado por el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

Se presume de esta lectura que para el Partido Comunista no puede ser de otro modo cuando nuestro pueblo es tan “infinitamente feliz”. Si es tan próspera la microempresa familiar “estimulada” por las “sinceras reformas” de Raúl Castro; si cada pequeño negocio emprendido “florece” al “amparo” de las más “justas” regulaciones legales; si nuestros “salarios” hoy son tan retributivos que nos permiten ya incluso alquilar una habitación de hotel por la baratija de casi $300.00 USD un par de noches, y ya podemos darnos hasta el lujo de comprar un auto usado en $35000.00 USD gracias a nuestro enjundioso salario de $20.00 USD mensuales. Si son tan extremadamente baratos los precios que pagamos en las TRD por mercadería de “primerísima calidad” –jamás podrida ni caducada– y la política agraria del General ha tenido un “éxito” tan rotundo que la canasta básica de alimentos ya tiene un precio de risa, entonces ¿qué justifica tanto alboroto opositor?

Si nuestros niños son educados por maestros felices, que reciben una retribución más que “justa” por su inestimable trabajo –de ahí la calidad actual de nuestra educación pública– y si todos nuestros médicos, enfermeras o estomatólogos viven holgadamente del digno salario que le garantiza su “revolución”. Si además cada paciente extranjero ha sido testigo de la calidad de “nuestras” instalaciones hospitalarias y la excelencia de “nuestras” clínicas al estilo de La Pradera, la Cira García o el CIMEQ, entonces, ¿qué otra explicación tendría tanto descontento sino la “obvia financiación” de la disidencia por oscuros enemigos?

Pero si nada de esto justifica la hostilidad de la oposición ante las políticas económicas oficiales –pues, según Granma, somos plenamente felices– menos aún lo justificaría todo lo concerniente a nuestros derechos civiles y políticos, tan “diáfanamente garantizados” por el régimen. Después de todo en la Cuba de los Castro jamás se ha apaleado a un marielito, y jamás se ultrajó la dignidad de nadie por sus criterios políticos o preferencias sexuales –esas son pamplinas, UMAP incluida, divulgadas por el mismo enemigo que “financia” a la oposición interna.

Quien lee el editorial de Granma pudiera concluir que aquí jamás se ha expulsado a un disidente de su trabajo o a un joven de la universidad debido a criterios políticos, y que el Partido Comunista autor de este editorial jamás sería capaz de lanzar a sus hordas delincuenciales contra el hogar o la persona de un opositor. Esas son barbaries, violaciones de los Derechos Humanos más bien propias del capitalismo, el capitalismo salvaje capaz de robarle a un trabajador el 70% de un salario que se gana alejado de su familia por las selvas del mundo y que por suerte, dice Granma, en Cuba fue sepultado para siempre en 1959.

Cualquier atropello pareciera en este artículo un bocadillo del pasado, de su lectura se infiere que ya hoy no se golpea a un solo disidente, que los gorilas del MININT –y mucho menos apoyados por yudocas de ambos sexos, como gusta de difamar a la prensa opositora– ya no propinan puntuales golpizas a los activistas de la UNPACU ni a las Damas de Blanco cada domingo de Dios –señoras que, dicho sea de paso, tampoco tenían que formar tanto alboroto por aquellas nimias condenas de 2003 que promediaban apenas 20 añitos de prisión a sus esposos, padres e hijos por disentir de la “sagrada causa” de la dictadura.

Granma no se explica tanta algarabía opositora, porque si algo se garantiza en este país, asegura el Partido Comunista, es el sagrado derecho a la libertad de expresión, eso sí, sólo cuando es debidamente canalizado a través de los mecanismos instituidos por el propio régimen: unas Asambleas de Rendición de Cuentas del Poder Popular que en cada barrio da “rápida solución” a cada problema de los electores; un parlamento tan democrático y plural que aprueba sumiso, con el 100% de consenso en el 100% de las votaciones, cada “propuesta de arriba”, todos y cada uno de esos fallos inapelables emitidos por infalibles dirigentes históricos mucho mejor informados que el común del pueblo –y bastante mejor alimentados– tal vez porque ellos, mucho más sabios que nosotros, sí disponen de Internet plena, y no tienen que invertir el 90% de su tiempo en pulirla detrás de los frijoles diarios.

Y para garantizar que los más “genuinos” exponentes del pueblo sean democráticamente elegidos, continúan fungiendo las pluripotenciales Comisiones de Candidatura del Partido Comunista, que confeccionan a punta de dedo las listas de candidatos a elegir, y luego, casi a punta de pistola, señalan a su preferido; sin dudas toda una panacea de la democracia socialista.

O sea, que si a pesar de esta felicidad total, de la existencia de tan “eficaces” y “legítimos” mecanismos para hacer escuchar la voz del pueblo, usted decide realizar cualquier denuncia a través de los mecanismos autónomos de la oposición, eso será según Granma, además de una tremenda ingratitud, una prueba inexcusable de que usted está siendo atizado y financiado por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Veremos lo que opina al respecto nuestro ilustre invitado de la Casa Blanca durante su estancia en La Habana. Ya lo dirá el paso de los días.

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Imagen tomada de Internet.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace días trascendió que el Gobierno cubano ya insinúa medidas para comenzar a retirar paulatinamente a sus colaboradores de Venezuela durante los próximos meses. Es obvio que semejante repliegue sólo puede obedecer al convencimiento absoluto de la satrapía de La Habana sobre la inminencia del fin del gobierno de Nicolás Maduro. De momento se irán retirando los colaboradores de las ramas menos lucrativas, en los terrenos de la educación, la industria y los deportes, y seguramente hasta los últimos momentos de la agonía no retirarán a los profesionales de la salud, su carta de triunfo.

Durante los últimos tres lustros ambos pueblos hemos sido testigos y víctimas de la mayor y más escandalosa megaoperación internacional de lavado de dinero en la historia latinoamericana. Hugo Chávez sabía muy bien que no podía pararse simplemente frente al pueblo venezolano –incluida por supuesto su oposición– para decir algo al estilo de “…entendamos que a la dictadura cubana le es tan inherente su carácter represivo como su inoperancia económica y por eso jamás levantará cabeza, ayudémosle a la pobrecita…”, o algo como “…el régimen de Fidel Castro tiene la clave infalible para la prosperidad de su pueblo pero hay que tener paciencia, financiémosle con unos cuantos de miles de millones anuales”. Ambas medias naranjas sabían sobradamente que algo así era entonces, como lo continúa siendo hoy, ética y financieramente insostenible.

Sin atreverse a semejante lance, ni siquiera durante su momento de mayor apoyo, se vio Chávez obligado a diseñar junto a la parte cubana una manera de subvencionar el ingente parasitismo de La Habana. Se decanta por gravedad que ya aquel Fidel Castro desesperado por financiamiento externo desde el desplome de Europa del este había encontrado a su cómplice ideal. Las condiciones estaban creadas, pasó lo que tenía que pasar y se disparó la moledora de millones: Hugo aportó los petrodólares, tan fáciles durante aquella época de bonanza de precios, y Fidel las decenas de miles de médicos que mantenía semiesclavos bajo la opresión de un salario indigente. La Habana ofreció además asesoría a la carta en métodos de adoctrinamiento masivo y espionaje, así como en los más avanzados, sutiles y pérfidos métodos de represión y contrainsurgencia de ideas, exquisiteces de una eficacia hartamente probada en Cuba durante cuatro décadas con un éxito casi absoluto.

Se puso a cocinar la sopa y ya el resto es historia conocida. Tal vez nunca sepamos con certeza cuánta riqueza malversaron ambas dictaduras a lo largo de todos estos años de “cooperación internacionalista”. Ese enorme caudal se desvió de su cauce natural para sostener al engendro cubano de los Castro, se expropió en detrimento de su único destinatario justo, el tesoro público venezolano, para fomentar a la más larga dictadura del hemisferio. De toda esa millonada se ha cebado la gerontocracia de la isla para mantenerse en el poder en contra de la voluntad de mi pueblo, y también se han llenado las arcas secretas de los corruptos “bolivarianos”.

Pero ahora que amenaza en serio con acabarse la mezcla se nos ha puesto inquieto el albañil. De repente se les acaba el juego y la camaleónica dictadura cubana se verá obligada a recoger a sus legiones de cooperantes y uno se pregunta si de repente la “ética internacionalista” dejará de tener sentido sólo porque dejen de fluir desde Caracas unos cuantos miles de millones. ¿Dónde quedaría el elevado mensaje de altruismo y “ayuda desinteresada” entre pueblos hermanos? ¿Acaso bajo la nueva circunstancia política ya los venezolanos trocarían su condición de seres humanos urgidos de atención médica para convertirse en el enemigo ideológico que no meritaría ya de nuestra “desinteresada ayuda”? ¿Acaso para el Gobierno de Raúl Castro ya la población venezolana no sería meritoria de nuestra “solidaridad internacionalista” sólo porque un giro político así lo determina?

Algunos analistas han apuntado incluso que la llegada al poder de algunos candidatos de la actual oposición venezolana pudiera no conllevar necesariamente una exigencia automática de salida de los colaboradores médicos cubanos –al menos así lo aseguró públicamente Henrique Capriles– pues, al menos de momento, el nuevo gobierno no estaría en condiciones de afrontar el agudo déficit de atención médica que eso generaría. Renunciar de la noche a la mañana a la atención asumida por decenas de miles de profesionales cubanos, incluso con sus pros y sus contras, crearía un problema agudo de difícil resolución para un gobierno que además tendría ante sí el descomunal reto de emprender una profundísima reestructuración socioeconómica, encomiable empresa que podría demorar virtualmente una década considerando la magnitud del desastre chavista.

Por lo tanto sería incluso prudente ofrecer a los profesionales cubanos alguna alternativa para que quien así lo desee continúe por algún tiempo ofreciendo sus servicios en tierra venezolana, pero ahora por supuesto bajo otras reglas de juego. A partir de ese momento se pagaría su salario directamente al trabajador, sin intermediación del gobierno cubano, algo que sería una exigencia absoluta del nuevo gobierno venezolano –con seguridad en este punto sería irreductible– lo cual jamás sería aceptado por la parte cubana, acostumbrada a robarle al trabajador cuatro quintas partes de su salario.

Sería entonces cuando mostraría sus garras el tigre. Todo aquel profesional que opte por quedarse sería víctima de las más inmisericordes represalias de la dictadura cubana: perdería automáticamente todo el dinero depositado hasta ese momento en una cuenta congelada en bancos de La Habana, pasaría a formar parte de la lista negra de traidores y desertores de aquella “gloriosa” robolución, y no volvería a ver a sus hijos durante la siguiente década –o tal vez mientras no sucumba la dictadura en la isla.

En fin, podemos pronosticar con un alto margen de seguridad que la presencia de mis colegas en tierras de Bolívar será aceptada por el régimen de La Habana sólo mientras sea fuente de millones de dólares, pero jamás cedería la bestia su jugoso bocado sólo movida por la romántica idea de ayudar desinteresadamente a nadie. Sólo espero que para justificar la retirada masiva de este personal no se esgrima motivos de seguridad, no al menos el mismo gobierno que les exigió continuar trabajando en medio de las guarimbas y disturbios de principios de 2014.

No dudo, sin embargo, que en su cinismo el Gobierno cubano intente negociar nuevos términos con el futuro gobierno venezolano; de hecho tal vez explora ya entre la candidatura opositora estados de opinión más o menos proclives que potencialmente le permitan continuar su juego, esta vez en plan de aliados con los otrora “enemigos fascistas” del pueblo venezolano. Esto sería un gesto de desesperación que no descarto, porque después de todo si algo le sobra es desfachatez y falta de escrúpulos. Pero algo sí dudo muchísimo: que bajo las nuevas circunstancias la dirección de aquel país ceda en cualquier punto que implique el ingreso de un solo centavo a la dictadura cubana. Esto es algo que sí puede darse por sentado. Millones de razones tendría para ello.

Ver: Misión médica en Venezuela: la evidencia sin hipérboles

Los móviles de los colaboradores cubanos ¿idealismo o necesidad?

Raul Castro-Obama-Maduro

Por Jeovany Gimenez Vega.

Se inició 2016 en Cuba ante un horizonte incierto: una economía parásita en números rojos, en quiebra hace décadas, tan dependiente de Venezuela hoy como lo estuvo antes del gulag soviético; una oligarquía neoburguesa aferrada al mismo absurdo que nos ha hundido en el estiércol; gobernantes indolentes desentendidos de las necesidades del pueblo, expoliando millones a sus cuentas secretas y dispuestos a todo por mantener sus privilegios; los principales engranes económicos –al estilo de GAESA, engendro que controla las principales corporaciones y es la entidad que en la práctica autoriza o no cada inversión extranjera en la isla– en manos de insolentes militares que no saben una hostia de economía pero sí conocen muy bien el lenguaje del despotismo.

En mi país la no división de poderes garantiza todavía una absoluta impunidad a los esbirros del Partido Comunista y la Policía Política para ejercer la más desvergonzada represión contra la disidencia de ideas. Es la Cuba que estrenó 2016 un país sin leyes, en manos de una élite de tiranos para los cuales cobra la misma importancia la pobreza de Liborio que la existencia de agua en la superficie de Marte.

Ante un panorama tan desolador vemos perpetuado el éxodo de lo más fértil de la juventud cubana, en una huida incontenible que ha terminado siendo el signo distintivo de mi generación y de la que ya me sigue. La actual crisis migratoria centroamericana –desencadenada por La Habana con la dócil complicidad de Daniel Ortega– es la más reciente evidencia de la falta de credibilidad que le merece a esta juventud las achacosas promesas del octogenario Raúl Castro y de lo insustancial de sus pretendidas “reformas” económicas, y puede leerse como el más diáfano plebiscito revocatorio recibido por el anciano dictador –algo que jamás convocaría en la práctica– ante los ojos del mundo.

En medio de esta dramática coyuntura interna inciden desde el exterior dos elementos trascendentales: la política de concordia/legitimación hacia la dictadura estrenada hace un año por Barack Obama y el inminente derrumbe del engendro venezolano, que traerá como inevitable consecuencia el cese de las regalías a La Habana. La conjugación de ambas evidencias en este momento en que sobreviene la inevitable culminación ¡por fin! del ciclo biológico vital de la gerontocracia histórica de la revolución, coloca a la sociedad cubana en medio de una compleja encrucijada, inédita hasta la fecha.

Siempre fui un defensor a ultranza del levantamiento del embargo norteamericano a La Habana. Como para millones de cubanos, para mí siempre ha estado muy claro que el 80% los desmanes e interminables carestías sufridos por nosotros durante el último medio siglo se han debido a la mala fe y la antológica mediocridad del gobierno de ambos Castro, por esto siempre he considerado que el cese de esta política denunciaría definitivamente ante la Historia a los verdaderos culpables de nuestra ruina.

Pero confieso algo: cuando la revocación de las sanciones a la dictadura amenazan con hacerse realidad, justo ahora que Caracas deshoja sus últimas margaritas y los asesores represivos castristas ya van empacando sus maletas, la reanudación de las relaciones Cuba/EE.UU. me deja como con una sensación de frustrada delectación, algo difícil de explicar, pero muy parecido al desencanto de un apagón de cine en el instante exacto en que el héroe intentaba liquidar al villano de la película.

Sin dejar de tener como absoluta la certeza esbozada arriba, sin embargo no dejo de saborear en mi imaginación la cagatiña que habría salpicado los pasillos del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista de Cuba –e incluso el de las oficinas de la policía política cubana– en caso de que el derrumbe venezolano se hubiera producido sin esta puerta de escape abierta a última hora por la providencia del todopoderoso Obama.

La pregunta es obligada: ¿hacia qué nuevo asidero habría intentado volcarse el parasítico régimen de La Habana, consumadamente incapaz de generar recursos por sí mismo? Con la Rusia de Putin no podrían contar, pues a pesar de la astronómica condonación de la antigua deuda y de que los planes geoestratégicos del zar ubican a La Habana en su punta de lanza orientada a Sudamérica, ha quedado claro para todos que ya la fase edénica quedó definitivamente en el pasado y los tabarich del Kremlin no están dispuestos a mantener nunca más al hijo bobo de antaño.

Con la China neocapitalista podrían contar mucho menos, pues más allá de la coincidencia en su postulado ideológico/estratégico de partido/estado totalitario único, los negocios con la gran patencia económica asiática exigen pago constante y sonante de divisas, algo que la dictadura cubana no estaría en capacidad de asumir por motivos obvios.

En fin, aquí caben pocas dudas: si este derrumbe de Caracas se hubiera producido en ausencia de esta oportunista vía de evasión usada por la dictadura con el agua al cuello en pos del norte brutal –el mismo al que no se le podía dar un tantito así– con toda seguridad más de un dirigentón y más de un general en La Habana se habrían cagado literalmente en los pantalones. Este pueblo no soportaría nuevamente los rigores de aquellos años terribles que inauguraron el “período especial” en los 90. Los ánimos están bien caldeados, ya no son los de entonces, y toda la plana mayor sabe que de plantearse una nueva opción cero hoy otro gallo bien distinto cantaría en Cuba.

 

 

Balseros cubanos

Por Jeovany Jimenez Vega.

No hay que ser demasiado inquisitivo para advertir la devastación en que ha quedado sumida Cuba después de medio siglo de dictadura. Cualquier observador atento que dirija la mirada a los indicadores sociales o económicos advertirá rápidamente el desastre. Incluso detrás de los presuntos logros en Salud Pública y Educación de que hace ostentación el régimen se advierte, cuando se mira con detenimiento a la parte más íntima del drama, los dolorosos niveles de decepción y la altísima frustración personal que detentan maestros y pedagogos, médicos, estomatólogos o enfermeras cuando se sinceran sobre sus salarios miserables, y las interminables privaciones a que se han visto sometidos durante todo este tiempo junto a sus familias, algo que deslustra definitivamente aquellos méritos a medias.

Pero entre todos hay un indicador ilustrativo como pocos de la gravedad y el alcance real del megadesastre: el éxodo interminable de la juventud cubana, que lejos de mitigarse con las “reformas” instrumentadas por Raúl Castro, se ha incrementado durante los últimos años, pero sobre todo después del penúltimo 17/12 con el inicio del deshielo Cuba-Estados Unidos, un fenómeno que ha sobrepasado durante el último año todos los records históricos –incluidas las crisis migratorias de Mariel/1980 y la Crisis de los Balseros/1994– y ha alcanzado su clímax con la actual crisis migratoria centroamericana, aún en fase de resolución.

Cierto que la emigración es un fenómeno global, debido a causas tan múltiples y complejas como las sociedades que las generan, pero a diferencia de decenas de países con situaciones más o menos comparables al nuestro en términos estadísticos, Cuba sí cuenta con las condiciones y el potencial humano capaz de devolverle la vitalidad económica a corto o mediano plazo, sólo que entre su pueblo y su postergada prosperidad se interpone, a diferencia de otros países, únicamente la nefasta voluntad política de un grupo de octogenarios retrógrados opuestos a cualquier cambio en las reglas del juego.

En el caso cubano esta huida masiva es apenas sintomática de la profundísima y sistémica crisis atravesada por su sociedad –sin duda la más dramática de su Historia– y se constituye en sí misma como un escandaloso plebiscito revocatorio, como la evidencia definitiva y prueba sumaria de que esa parte imprescindible del pueblo cubano, su juventud, hace mucho tiempo dejó de creer en el cuento de hadas del hombre nuevo, y si aquí juventud es prácticamente sinónimo de futuro, entonces cabe concluirse que bajo esta dictadura el pueblo de Cuba hoy vislumbra su porvenir bien negro, ni más ni menos… y con pespuntes grises.

En medio de esta dinámica ha sido el deporte uno de los sectores en que más infaustos matices ha alcanzado el fenómeno. La reciente deserción de los hermanos Gourriel durante el último torneo de la Serie del Caribe ha sido el último y un muy sonado ejemplo, pero no es sino uno más de la larga estela de atletas que prefirieron no esperar por el resultado de los interminables caprichos erráticos gestados en los testículos del General-Presidente y han apostado por labrar su propio camino fuera de Cuba.

Pero si a la larguísima lista de deportistas y figuras de todas las manifestaciones del arte se suma la de los profesionales de todas las ramas técnicas, entendidas aquí cada ingeniería, los abogados, licenciados y técnicos medios de todo tipo, especialistas en ciencias pedagógicas, investigadores, y por supuesto los miles de profesionales de la Salud Pública que han emigrado de las más disímiles maneras a los largo de las últimas décadas, se podrá tener una idea aproximada de la magnitud de esta incalculable sangría de talento sufrida por la nación cubana debido a la obcecación de un grupo de tiranos que se arrogan el poder en detrimento del bienestar de su pueblo.

Si digo una idea aproximada es porque a estos que lograron huir habría que añadir otros tantos miles –muchísimos más posiblemente– que consideran esta evasión como su única salida, su destino en la vida, pero que por una u otra razón sencillamente no han podido lograrlo. De cierto modo este sector de la juventud cubana también partió, pues arrastra una carga tan pesada de indolencia social y escepticismo que habitualmente no se enrola ya, dada su absoluta carencia de expectativas, en ningún proyecto generador de prosperidad ni cambios para su comunidad: estamos ante una juventud sin alas, apagada por las circunstancias, que se considera atrapada en una prisión bajo las botas sucias del despotismo, incapaz de jugar el rol emprendedor a que debiera estar destinada, al menos de momento.

Si bien el fenómeno migratorio cubano se ha extendido a todos los grupos etarios y estratos sociales, es sin embargo el éxodo de esta juventud lo que más debe preocupar a todos, pues siempre será ella la base que lógicamente sustente el futuro de un país. En su conjunto, estos cientos de miles de emigrados constituyen una enorme potencialidad ahora prácticamente perdida para la patria, y así continuará sucediendo mientras los déspotas que enrarecen nuestro horizonte no se aparten del camino.

Wi-fi GuayaquilImagen: Cortesía del fotógrafo Julio R. B.                                                                                                                                                   Por Jeovany Gimenez Vega.

Un fantasma recorre Cuba: el fantasma de la Internet. Todas las fuerzas de la vieja guardia se han unido en santa cruzada contra ese fantasma: los Castro y el censor Ramiro Valdés, antes el Furry Colomé Ibarra y ahora Fernández Gondín, los radicales comunistas y todos los polizontes del oportunismo… Así podría comenzar el Manifiesto de la Internet para el pueblo cubano, colocado frente a un horizonte tan lejano como huidizo en todo lo concerniente a su conexión con el mundo exterior.

Andando por cualquier parque de Guayaquil, en todas las paradas de la Metro, en muchas cafeterías y tiendas y en todos los mall, cuando encuentro a cada paso anuncios de señal Wi-fi gratis en cada esquina, vuela mi pensamiento hasta mi islita cercada. La censura de la Internet en Cuba es un tema tan llevado y traído que ya apesta. La archidemostrada reticencia del Gobierno cubano a ceder una pizca de terreno en su monopolio de la información ha terminado colocando a nuestro país al final de la lista de índice de conectividad en todo el continente americano y en el selecto grupo de rezagada a nivel mundial.

Traigo nuevamente la trillada cuestión a esta página ante la noticia de que representantes de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos se han sentado a conversar sobre el tema en días recientes, como parte de la distención propiciada desde el penúltimo 17/12 por la administración Obama y aceptadas por Raúl Castro sólo porque el barco de Maduro hace rato sumergió su línea de flotación. Pero nada nuevo escuchó, con toda certeza, la parte norteamericana en la cita: que si el “bloqueo” impide la financiación de cualquier proyecto de ampliación de la infraestructura, que si sería preciso democratizar la administración de la red global, que si la ciberseguridad, que si las tormentas solares o los anillos de Saturno; cualquier excusa cuenta para los censores a la hora de postergar nuestro derecho a acceder incondicionalmente a la autopista mundial.

Seguramente nada mencionó la parte cubana en esa reunión acerca de las ¾ partes de la potencialidad del cable submarino venezolano dejadas sin explotar deliberadamente durante casi una década, y disimuló o evadió cuanto pudo cualquier alusión a las propuestas concretas hechas en más de una ocasión por empresas norteamericanas para hacer inversiones en la isla, que a corto plazo harían asequible el servicio de Internet para el cubano de a pie y mejorarían ostensiblemente el servicio de telefonía en la isla.

Ante cada salida propuesta por Estados Unidos o cualquier otro país en el asunto la parte cubana ha seguido hasta ahora su estrategia de siempre: encontrar un problema para cada solución. En este escabroso punto la dictadura tiene la mirada fija en su único propósito: mantener a toda costa, hasta su último aliento, el control más férreo y absolutamente posible de la información, por eso cualquier propuesta norteamericana chocará frontalmente contra este interés primordial, pues la dictadura sabe que la censura es para ella un asunto vital.

Cuando ando por las avenidas de Guayaquil y veo a cada paso los anuncios de señal Wi-fi gratis ofrecidas por la alcaldía de la ciudad, así como los carteles que desde cualquier cyber invitan al servicio de Internet, a una cómoda velocidad y sin restricciones, a ¡$1.00 USD por 3 horas de conexión! y veo en cada tejado una antena parabólica o la entrada de un coaxial, no puedo menos que contrastar esta realidad con la cínica política del Gobierno cubano y su monopolio ETECSA de “liberar” el servicio Wi-fi en puntos seleccionados a cuentagotas, y que tienen todos algo en común: allí usted pagará $2.00 CUC (más de $2.00 USD) por cada hora de lentísima conexión –en un país con salario promedio entre 15 y 20 USD mensuales. Usted escogerá si se conecta desde una sala de navegación, bajo la intemperie en un parque o “acomodado” bajo el sol en una acera, pero nunca lo hará desde su hogar –pues tal servicio sólo está disponible para los acólitos del régimen– y siempre será previa identificación e ingreso de sus datos personales. Además usted debe saber que cada click o tecla que pulse o cada sitio que visite serán espiados, y encontrará que todos los sitios incómodos al gobierno han sido celosamente censurados.

Por mi parte, más allá de que Ciudadano Cero esté o no reprobado en Cuba –no he tenido ocasión de probar el “flamante” servicio Wi-fi o las salas de navegación de ETECSA– sí nunca le perdonaré a los sátrapas de La Habana que por sus cojones me hayan vetado algo tan simple como una videoconferencia con mis hijos; esto es algo que duele y ofende, y convierte mi conflicto con la dictadura en algo personal. Para la alta política, sin embargo, queda una insoslayable evidencia a tener en cuenta, que es la causa esencial y última del problema: ese terror incontenible y absoluto de la dictadura cubana a las verdades insumisas vertidas en la red y que les oculta al pueblo cubano porque de ello depende la perpetuación en el poder de los déspotas que le desgobiernan. Así de simple es el dilema de la dictadura cubana ante esta “amenaza” que le quita el sueño.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Como regalo de fin de año del Gobierno cubano, a partir del pasado 7 de diciembre los médicos especialistas activos en el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) que deseen viajar definitiva o temporalmente al extranjero están obligados a solicitar nuevamente la “liberación” de su Ministro, quien tendrá la potestad de retenerlo hasta por cinco años antes de otorgar la autorización para su salida del país por motivos personales.

Como se recordará, con la entrada en vigor de la nueva Ley Migratoria, en enero de 2013, se autorizó también los viajes al extranjero por asuntos personales de los médicos y personal técnico subordinado al MINSAP, tras lo cual se produjo transcurridos pocos meses una salida prácticamente masiva de personal especializado mediante contrataciones individuales en otros países. La suma de esta reciente avalancha, unida a los más de 40000 médicos desperdigados en Misiones Médicas oficiales en más de 60 países –por cuyo trabajo el Gobierno cubano sí cobra entre 8000 y 10000 millones de dólares anuales– terminó por comprometer seriamente la atención a la población, y fue en este contexto que el Gobierno cubano anunció hace dos semanas que el MINSAP ha decidido retornar a su anterior política de retener a sus especialistas –excepto los de Medicina General Integral– y residentes de último año.

Por supuesto, el Gobierno cubano adjudica la causa del éxodo actual al Cuban Medical Professional Parole Program (CMPP), instrumentado por el gobierno de W. Bush en 2006 para amparar a los médicos desertores de Misiones Oficiales, y a la Ley de Ajuste Cubano, pero nada menciona sobre la verdadera causa que promueve la salida de esos miles de profesionales de su país, a saber, las pésimas condiciones de vida y trabajo a que permanecemos sometidos en Cuba, la persistente desatención de nuestras demandas y necesidades, la consecuente falta de expectativas profesionales, la profunda frustración que en lo personal todo esto genera y la certeza de que no existe la voluntad política del gobierno para resolver, o siquiera mitigar remotamente este lúgubre panorama que corroyó definitivamente la fe de nuestro profesional en sus autoridades.

Según el enfoque oficial este desastre se debe a los miles de médicos que se han amparado hasta 2015 en el CMPP y a aquellos que decidimos trabajar en el extranjero bajo contratación individual, y nunca a los más de 40000 que, de forma “programada”, son salvajemente explotados por su gobierno en las Misiones Médicas oficiales. O sea que al MINSAP lo que le molesta –como si existiera alguna diferencia en el vacío dejado por unos o por otros– es que salgamos por nuestra cuenta y no a través de su moledora, que algunos hayamos decidido rotundamente no dejarnos explotar por la dictadura que atropella nuestros derechos.

¿Qué le propondría al Gobierno cubano y al MINSAP como solución a corto plazo? Pues muy simple: que haga retornar a Cuba a esa mayoría absoluta de médicos generales y especialistas que mantiene bajo su régimen de explotación capitalista alrededor del mundo –el retorno de sólo un tercio del total implicaría en términos prácticos unos 15000 médicos– y así se resolvería inmediatamente la situación asistencial actual; que deje de enfocar el asunto como culpa de otros cuando es tan evidente que la causa esencial del éxodo es la profunda insatisfacción de nuestras necesidades más básicas; que deje de culpar implícitamente a quienes salimos del país por contrataciones individuales de una tendencia que hace años se veía venir, pues somos definitivamente la minoría en términos estadísticos y no se nos debe señalar como causantes de un desastre que nos antecedió; que se produzca una mejoría sustancial y consistente en la atención a nuestro sector en general, y en particular a los especialistas que hoy retiene por la fuerza –un buen comienzo sería el aumento salarial de $5000.00 CUP lanzado como rumor, y nunca concretado en la práctica– junto a la derogación inmediata de esta nueva política ministerial, así como derogando también la ominosa práctica de prohibir el retorno a su propio país durante ¡ocho años! de miles de profesionales –no sólo médicos, por cierto– que han desertado de misiones de trabajo en el extranjero, degradante prohibición que se mantiene vigente hasta hoy.

En tal sentido el régimen de La Habana tiene una enorme cantera de potenciales reemplazos en los más de 30000 profesionales que han mantenido hasta ahora la Misión Médica cubana en el latifundio de Caracas sosteniendo su escandalosa megaoperación internacional de lavado de dinero. En caso de que se pudra Maduro –y esto ya parece un hecho consumado con el pueblo y el parlamento en contra– el retorno a casa de decenas de miles de médicos ya se puede ir dando por sentado, y esto convertiría el giro de política actual en algo prácticamente innecesario en términos asistenciales.

Pero por ahora asistiremos a un aumento de las deserciones desde todas las Misiones Médicas oficiales, pues se ha dejado esa única puerta abierta a aquellos profesionales en activo que desean salir del país a título personal. Sin embargo de compulsar estas deserciones no se encargará ningún programa extranjero, sino las propias autoridades del MINSAP que coordinan estas misiones, manteniendo su proyección habitualmente despótica hacia esos trabajadores. No puede suceder de otro modo cuando estos profesionales permanecen fuera de Cuba en condiciones tan precarias, en medio de una permanente inseguridad, pugnando contra la hostilidad de la población y los galenos nativos –entre los que despiertan generalmente aversión y rechazo– y sometidos a todo tipo de humillantes vejaciones, chantajes y amenazas de deportación a Cuba ante cualquier desviación de las reglas férreamente dictadas por una odiada Seguridad del Estado que les custodia como la sombra al cuerpo.

Menudo regalo nos ha deparado el MINSAP para esta navidad, pero ya nada nos sorprende en un país sin leyes que se respeten, gobernado mediante decreto por una élite incapaz de sostener su palabra y que todo lo resuelve según la lógica simplista del porrazo. Era algo que se venía venir, una sospecha sustentada en la antológica tradición del régimen castrista de resolverlo todo a los trancazos, pues sencillamente no saben, no quieren y no pueden hacerlo de otro modo. Pero toma el rábano por las hojas quien intenta resolver un mal sin atacar su causa, y este dictado refrito también fracasará en su patético intento de solucionar el problema asistencial en el área de salud.

¿Qué lecciones debemos extraer ya en los umbrales de 2016 de este retorno a tan ultrajante política? Pues muy simple: este botón de muestra es un preludio de la potenciales contraórdenes que lanzaría el régimen cubano una vez que se haya hecho con el premio gordo, porque un gobierno que se retracta con tal ligereza ¿no borraría de un plumazo todos los presuntos “avances” en su tímida concesión de “libertades” una vez levantados el embargo estadounidense y la Posición Común Europea? ¿No sería entonces capaz la zorruna dictadura cubana de plantearse un retorno inescrupuloso y oportunista al hermetismo prosoviético de los 80?  Voluntad política para esto ha demostrado con creces, como lo evidencia este retroceso, tan grotesco y brutal como develador de la naturaleza real de quienes hoy presumen de cambios para engañar al mundo.

Cumple 5 años Ciudadano Cero.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Ciudadano Cero cumple 5 años. Nacida el 13 de diciembre de 2010, esta bitácora se planteó entonces dar a conocer ante la opinión pública una lucha que había comenzado 4 años antes debido a una injusta sanción impuesta contra quien escribe y un amigo, que nos inhabilitaba desde 2006 para el ejercicio de la Medicina en Cuba.

Un día como hoy me invita a reflexionar sobre la trascendental importancia cobrada durante los últimos años por la blogosfera alternativa cubana en la difusión de la verdad sobre nuestro país. Pero esta trascendencia se debe en gran medida al silenciamiento a que es sistemáticamente sometida la prensa oficial cubana en todas sus variantes –podríamos asegurar que sin excepción– por un régimen totalitario que continúa teniendo la libertad de pensamiento como sinónimo de apocalipsis.

Hoy por hoy quien pretenda un acercamiento a la realidad cubana muy poco tendría que buscar en publicaciones oficiales si desea que este acercamiento sea serio y objetivo. Podríamos asegurar que la mayor parte del mejor periodismo en Cuba o sobre Cuba se ha publicado durante los últimos años en sitios alternativos al poder. Ahí están, para demostrarlo, Café Fuerte, Diario de Cuba, Convivencia, Cubanet, Primavera Digital, Penúltimos Días y Cubaencuentro, entre otras muchas páginas antológicas de obligada visita para aquel que se proponga un contacto con la convulsa realidad cubana.

Aunque esto no implica que todo sitio goce de la misma seriedad, ni que el mero hecho de ser opositor, o más o menos contestatario, le garantice necesariamente una preconcebida calidad. Es la blogosfera alternativa cubana un conglomerado heterogéneo de sitios, blogs y portales, tan disímiles y variopintos como la compleja sociedad que reflejan, y ha tenido que forjarse, eso sí, bajo un intenso fuego, bregando contra una dictadura para la cual el término “Internet” continúa siendo una mala palabra.

En este punto no puedo menos que pensar en la prosa contundente de Mirian Celaya; en el rigor histórico de las publicaciones de Dimas Castellano o José Gabriel Barrenechea, entre otros; en el profesionalismo y olfato periodístico de Reynaldo Escobar; en el estilo siempre ligero y coloquial, a pesar de su “mala letra”, de Regina Coyula; en los elevados preceptos éticos de Dagoberto Valdés y en el profundo desvelo por la legalidad de Wilfredo Vallín o Laritza Diversent; en la poética conceptual y purificada estética visual ofrecida por Orlando Luis Pardo; en la posición vertical de Pedro Campos; en la firmeza de Antonio Rodiles desde su “Estado de Sats”, o en propuestas más recientes como Somos +, de Eliecer Ávila, y en el muy personal estilo en ascenso de Yoanis Sánchez, devenida en una especie de hermana mayor de muchos bloggers de la isla por su condición de pionera, y sin dudas nuestra referencia más visible, que evolucionó exitosamente desde su “Generación Y” –la cual llegó a ser la página en Español más visitada del mundo– hacia su actual diario digital 14yMedio, que ha alcanzado en un tiempo sorprendentemente corto un sólido poder mediático y una indiscutible madurez.

Muchos nombres más expandirían esta lista, pero hasta aquí se ilustra la fibra de un fenómeno sumamente interesante, que deberá tenerse en cuenta cuando se vaya a escribir sobre este período de Historia, y sin cuyo devenir hubieran pasado desapercibidos para el mundo miles de atropellos perpetrados por la dictadura cubana. Es la denuncia de estos constantes abusos lo que nutre a la blogosfera alternativa dentro y fuera de la isla y esa al parecer será, mientras la dictadura no modifique su psicología, una cantera inagotable de motivos que le auguran a los bloggers opositores y disidentes cubanos un vasto material de trabajo futuro.

En este pool de páginas se inscribió hace 5 años Ciudadano Cero; ha sido un buen compañero de viaje, con sus altas y sus bajas, y hasta con momentos de involuntarias pausas. Desde este humilde rincón he intentado llamar la atención sobre temas diversos y puesto el dedo sobre más de una llaga, aunque siempre con la intención de optar por una Cuba mejor y más habitable, soñando siempre con la patria del futuro donde cabremos todos con tolerancia y respeto. Por sus páginas han discurrido variados temas, se han publicado posts de esos que eclosionan de pronto y se escriben de una sola sentada, otros que se escriben en una semana y aún aquellos que se cavilan durante meses y toman forma poco a poco, como postura que germina, dada la complejidad de su tema.

Si en este blog he tratado de cuidar la redacción hasta donde pude, si tuve o no acierto en el estilo, si he logrado un ritmo cómodo o giros afortunados, y si han sido más o menos elocuentes mis palabras, eso poco me preocupa. Este sitio no opta por premios en concursos literarios, y aunque me subyuga la máxima martiana de que la verdad llega más lejos si se le escribe bellamente, lo primordial aquí es la sustancia del mensaje: lo esencial en este, como en el resto de los blogs cubanos alternativos, es que la sangre de la verdad mane desde los manantiales abiertos de la patria sufrida; lo demás no importa.

Durante este tiempo de andar junto a otras bitácoras desde Cuba, tuve el privilegio de conocer personas que junto a sus carencias, y hasta sus humanos temores, ostentan una firmeza a prueba de balas, grandes caracteres capaces de enfrentar con tremendo estoicismo los embates de un poder inmisericorde, dispuestos a pagar las consecuencias de haber elegido vivir en libertad aún bajo un régimen de oprobio y que han erigido así, cada cual a su modo, su templo personal a la verdad. Ha sido bello abrazar a hombres y mujeres de esa estirpe. Del lado de estos cubanos proscritos estará Ciudadano Cero hasta el día esperado en que llegue un nuevo amanecer para la patria.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Pasados más de siete años de la firma de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de los Económicos, Sociales y Culturales, y a una semana de que se cumpla un año justo desde el anuncio de restablecimiento de relaciones Cuba-EE.UU. valdría la pena llamarnos a recuento sobre el punto en que nos encontramos ya en los umbrales de 2016.

Quienes han propugnado durante el último año la eliminación de los mecanismos de presión política a que permanece supeditado el Gobierno cubano –entiéndase básicamente el embargo estadounidense y la posición común europea– con frecuencia argumentan sobre las presuntas reformas emprendidas por Raúl Castro durante los últimos años.

Pero si aceptamos como premisa que desde 1959 en Cuba ha existido un único gobierno –pues se ha evidenciado que en esencia el mandato de Raúl ha sido una prolongación del mandato de Fidel– podemos asumir también con un grado sólido de certidumbre que la psicología del régimen sigue siendo exactamente la misma, y esto nos conduce a un cuestionamiento lógico: ¿cabría esperarse que, en caso de ser levantadas aquellas sanciones, la oligarquía verdeolivo por fin le concediera al pueblo cubano los derechos contemplados en los Pactos de DD. HH. cuya ratificación e implementación La Habana mantiene como tema pendiente desde febrero de 2008?

Los optimistas volverían sobre la idea de las reformas raulistas, pero quien haga un acercamiento más detenido a estas pretendidas “transformaciones” encontrará que realmente muy pocas han representado un giro práctico, beneficioso e inmediato en la vida de los cubanos de dentro y fuera de la isla.

Pero obremos desde una muy buena fe que la contraparte no se ha merecido y aceptemos que entre estas medidas algunas representaron un giro más drástico y positivo que otras: entre estas se encuentran la liberación del derecho de viajar al extranjero y la autorización a la compra y venta de viviendas entre personas naturales.

No podemos olvidar, sin embargo, que la reforma migratoria entrada en vigor en 2013 dispone que no se le permitirá viajar libremente a algunos profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”; ni podemos desdeñar que también establece como “…inadmisible…” para entrar al país a todo aquel acusado por el Gobierno cubano de “…Organizar, estimular, realizar o participar en acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano…”, “…Cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen…” y a todo aquel que el Gobierno considere que deba “…Tener prohibida su entrada al país, por estar declarado indeseable o expulsado.” Es evidente el amplio margen de maniobrabilidad que deja a los represores esta deliciosa herramienta de coacción.

En cuanto a la autorización a la compra y venta de viviendas, recordemos que a esta ley se le endilgó este año una serie de molestas regulaciones en los precios a pactar que vuelven a inmiscuir la mano del gobierno donde no se le llamó, como para recordarnos que aquí las buenas nunca duran demasiado tiempo.

Ahora bien, una mirada al resto del paquete sí ya nos denunciará sospechosas aristas en estas pretendidas “reformas”. Es sumamente difícil aceptar la sinceridad de la “autorización” a la compra de autos usados a precios estratosféricos; o el viciado enfoque impuesto a la gestión de las nuevas cooperativas subordinadas a empresas estatales ineficientes; o la imposición a todos los cuentapropistas de impuestos desmesurados mientras se les mantiene privados de un mercado minorista de materias primas; o todas las limitantes que provocan el evidente fracaso de la política agraria, por citar sólo algunos ejemplos.

Pero más grave aún que estas “nimiedades” de corte económico, lo es la persistencia de la política represiva que sigue fomentando el dueto Partido Comunista/Seguridad del Estado: desde las oficinas del que continúa siendo el único partido legalmente reconocido, se siguen trazando las tácticas y estrategias que luego en la calle ejecutan los esbirros de la policía política.

En la Cuba de 2015 aún persisten las detenciones arbitrarias y la más abyecta precariedad de las garantías procesales, hijas bastardas de la no división de poderes; continúan perpetrándose impunemente golpizas y mítines de repudio sin que ninguna autoridad se moleste en evitarlas; se ordena a los sicarios acuchillar a líderes opositores y se reprime en plena calle a mujeres que no llevan más armas que gladiolos blancos; persiste una censura férrea y absoluta al pensamiento disidente, se sigue ejerciendo un hermético monopolio sobre los medios de difusión y todos los tipos de prensa, y se continúa vetando nuestro acceso efectivo a Internet ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Por consiguiente, podemos concluir que en Cuba los “cambios” que se han producido hasta ahora son insustanciales y epidérmicos, pura cosmética.

Esta fauna verdeocre no está en capacidad de ofrecer ya nada diferente, por lo que se hace muy natural y lógico dudar de sus futuras “buenas” intenciones o de su capacidad para concebir un esquema de prosperidad real, y muchísimo menos si la fórmula para que así sea incluye que se aparten del camino. Es completamente cuestionable que estas “reformas” reflejen una sincera intención de abrirle las puertas al pueblo cubano hacia una economía globalizada. Es más coherente suponer que siempre se ha tratado de una interminable saga de maniobras dilatorias para perpetuar a la misma oligarquía de antaño en el poder.

Porque en caso de que la comunidad internacional, el pueblo cubano y su oposición interna decidieran dar su voto de confianza ¿hasta qué punto esto garantizaría que luego sean ratificados e implementados los mencionados Pactos de DD.HH. y que se produzca una apertura hacia la democracia? El innegable razonamiento lógico, a la luz de la psicología mostrada hasta hoy por el régimen, conduce a la conclusión inequívoca de que esto nunca sucedería, de que esto sólo redundaría en una oxigenación inmediata de todos los resortes represivos del régimen y en una inmerecida legitimación internacional de la dictadura.

No pasaría a ser el Gobierno cubano económicamente más eficiente, sólo contaría con más recursos para dilapidar, cebar aún más sus millonarias cuentas en el extranjero y enaltecer sus delirios de grandeza. Ya la fiera probó la sangre y no se detendrá ante nada: un gobierno autocrático como el de los Castro, una vez liberado de estos instrumentos de presión política y con el tácito visto bueno que esto internacionalmente implicaría, jamás ratificaría los Pactos de DD. HH. sino que se volcaría con mayor saña que nunca, como ya se ha hecho patente, a reprimir el pensamiento disidente desde una posición más cómoda y distendida.

La Historia nos enseña que definitivamente hay gente que nunca cambia. Las tres décadas de maridaje con la desmerengada Unión Soviética evidenciaron que nunca fue el pueblo cubano el destinatario de aquella riqueza, y si no lo fue entonces ¿por qué suponer que lo sería ahora, cuando se han acumulado más aún la indolencia y la corruptela gubernamental?

Es muy cierto que la libertad de Cuba no depende de las acciones de ningún gobierno extranjero sino del valor y la sagacidad que sepa demostrar su pueblo, pero hacer todas las concesiones internacionales incondicionalmente sin que ese pueblo que dentro de la isla sufre, lucha o espera nada reciba no parece ser precisamente una ayuda.

Se cierra 2015 sin haberse percibido la más leve señal de distención hacia nuestros derechos cívicos, ni haberse logrado algo tan básico como la ratificación de los mencionados Pactos Internacionales de Derechos Humanos. En este contexto hacer regalías gratuitas al régimen totalitario de La Habana, justo ahora que se tambalea Caracas, sería una catástrofe estratégica para mi pueblo, y retrasaría varias décadas la llegada tan largamente sufrida de la democracia para la nación cubana. El tiempo dirá la última palabra.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La actual crisis migratoria desencadenada por la negativa del Gobierno nicaragüense a permitir el tránsito por su territorio de los cubanos en camino a Estados Unidos, ha relanzado a primeros planos un drama que se ha suscitado durante décadas. Demasiadas historias de sufrimiento y muerte han salpicado la peligrosa ruta seguida por decenas de miles de emigrantes de la isla rumbo al norte a través de Centroamérica, pero la que pudo ser una solución rápida del problema en la reunión de cancilleres del SICA realizada esta semana en San Salvador se vio frustrada por la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega, opuesto obstinadamente a permitir el paso a la caravana pese a la buena voluntad mostrada hasta ese momento por la mayoría de los gobiernos del área de abordar el asunto como un problema humanitario y no como una cuestión de seguridad nacional.

Parece no ser casual que la crisis actual se haya generado a pocos días de la reciente visita de Raúl Castro a México. En suelo azteca el dictador se aseguró de bloquear el último eslabón obligatorio de las escalas de estos balseros terrestres, logrando del gobierno de Peña Nieto –el mismo que critica a Estados Unidos cuando deporta a los mexicanos– su compromiso irrestricto de deportar a cuanto cubano a partir de ahora se encuentre de paso. Apenas días más tarde, sospechosamente, los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua anunciaban también medidas análogas a aquella. Pero el gobierno tico rectificó rápidamente, otorgó visas de tránsito a la caravana, y más tarde asumió una postura constructiva cuando la parte nicaragüense reprimió con tropas regulares del ejército el intento de estos emigrantes de traspasar su frontera. En este punto aún permanecen las cosas dos semanas después.

Esta dramática situación de los miles de cubanos varados en Costa Rica, como por carambola, centró aún más la atención de los círculos estadounidenses sobre la justificación o no de mantener en vigor la Ley de Ajuste Cubano (LAC) e intensificó una ya muy álgida polémica que, como nunca antes en medio siglo, terminó por colocar a esta normativa sobre la mesa de disección de la política norteamericana.

Aquí hay preguntas obligadas que se enfilan como dagas hacia el centro del problema: ¿detendría la derogación de esta ley el éxodo de los cubanos? ¿Es realmente esta polémica ley la causa esencial de la perpetua fuga mantenida durante décadas por una considerable parte de mi pueblo? ¿Qué sucedería si fuera derogada hoy mismo la Ley de Ajuste Cubano?

El asunto me parece tan obvio como retórica la pregunta sobre el color del caballo blanco. Estoy entre los absolutamente convencidos de que si la derogación de la ley se concretara esto sólo redireccionaría el éxodo actual desde la isla: en caso de que la especulación pase a ser un hecho sólo se produciría una disminución momentánea de los intentos de salida, pero una vez superado el estupor inicial, y espoleados por la verdadera causa de su huida –entiéndase los absurdos rigores impuestos por una dictadura comunista– seguirían arribando los cubanos a su propio ritmo a Estados Unidos aún bajo un status ilegal –el caso mexicano lo ejemplifica con creces– pues nada significaría un río más o un río menos, para quienes también estén dispuestos a remar 90 millas plagadas de tiburones.

Intentar reducir el móvil de la estampida a la protección diferenciada ofrecida por la LAC simplificaría demasiado el asunto y desconocería el hecho categórico de que una cuarta parte de la población cubana permanece desperdigada fuera de su país; y si bien es cierto que la presencia mayor se registra en Estados Unidos, igual lo es que la diáspora cubana apenas ha dejado espacio virgen entre polo y polo en su sostenida y frenética evasión.

Incluso si la derogación de la vigente LAC diera paso a otra rigurosamente dirigida en sentido contrario, continuaría el éxodo mientras continúe vigente su causa, que siempre ha sido la absoluta falta de expectativas del cubano –y sobre todo de su juventud, por supuesto– bajo un régimen totalitario, bajo una dictadura que ha secuestrado el futuro de su nación y truncado alevosamente cualquier posibilidad de bienestar para su pueblo, que ha obstaculizado sistemáticamente su prosperidad y le ha sometido al despotismo más opresivo y enfermizo que haya conocido hasta hoy el hemisferio americano.

Las últimas noticias parecen vaticinar una larga espera para los varados en Peñas Blancas: la no concertación de la buena voluntad de la mayoría de los cancilleres reunidos en San Salvador ante la mala fe de Managua, además de la mencionada política de extradición asumida por México, sumada a la nueva política migratoria anunciada por Ecuador de solicitar nuevamente visado a los cubanos a partir del próximo diciembre, y la reciente detención de cientos de migrantes cubanos en Panamá por petición expresa de Costa Rica, así parecen advertirlo. El reciente anuncio de la ONU de apoyar al Gobierno de San José en la atención humanitaria de los cubanos en Peñas Blancas y en su intención de solucionar la crisis, son todas evidencias muy ilustrativas de la gravedad y repercusión regionales alcanzadas por la crisis migratoria actual.

Pero en toda esta camancola se destaca sobre el resto de los elementos la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega: es sumamente llamativa la postura hermética asumida por Managua, que ha llegado a tildar a los cubanos en la frontera costarricense de ser una turba de delincuentes, y llegado a la ridiculez –en su afán de congraciarse con su compinche de La Habana– de exigir a Costa Rica alejar a los cubanos de la línea fronteriza por considerarles un peligro para su seguridad nacional ¿?, aún a sabiendas de que en caso de abrirles paso no se detendrían ni a tomar agua y no quedaría uno solo de ellos en Nicaragua pasadas 24 horas. El acatamiento incondicional manifestado por Daniel Ortega –disfrazado de ultranacionalismo en presunta protección de su integridad territorial– es tan vergonzoso y lame botas como estrictamente alineado con su servilismo a las ordenanzas de La Habana.

Este capítulo del drama ha demostrado a América y al mundo que Cuba continúa estancada en el tiempo como lo continúan estando hasta hoy los miles de varados en Costa Rica, testimonios vivos de la desesperanza de un pueblo que ya nada espera de los dictadores que desgobiernan su patria. Todas las pretendidas reformas proclamadas por el régimen de Raúl Castro quedan develadas así como infecundos oropeles, y una prueba contundente de ello es la huida perpetua que nunca se detiene.

El muy tardío y sesgado pronunciamiento oficial del Gobierno cubano sobre el tema –culpando por supuesto a la LAC del desastre– y la escandalosa indiferencia mostrada por la embajada cubana en San José con relación a la situación irregular de esos miles de ciudadanos suyos en suelo tico, son evidencias altamente ilustrativas de que la dictadura cubana continúa ostentando exactamente la misma soberbia y el mismo de desprecio de siempre ante los derechos de mi pueblo. Baste el despótico mensaje lanzado por los tiranos de La Habana, bien alto y claro, como advertencia a aquellos ilusos que todavía esperaban cosecharle algunas peras al olmo.

Raul Castro en México 2015

Por Jeovany Jimenez Vega.

Recientemente el octogenario Raúl Castro volvió a hablar sobre su próximo retiro en febrero de 2018. Para quien no ha dejado de escuchar el mismo apellido al frente del país durante toda su vida esta no deja de ser una inusitada noticia, por eso este cubano le quiere hacer llegar una humilde propuesta a su Presidente, para que desde ya la cavile con tiempo: le propongo al General que una vez jubilado sea consecuente con su trayectoria, y tenga el coraje de incorporarse plenamente a la sociedad que junto a su hermano mayor terminó creando –algo que, por cierto, nadie ha visto hacer aún al inquilino de punto cero.

Para esto el General tendría que renunciar a todos los privilegios detentados durante las últimas cinco décadas y media de su vida –antes como Ministro de las Fuerzas Armadas y luego como Presidente, pero siempre como miembro vitalicio del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista– e incorporarse a esa sabrosísima realidad como un jubilado más: ningún apoyo económico recibiría de su poderoso yerno, el General Luis Alberto, ni de su hijita Mariela, la Lady Di del SENESEX. Así, en medio del desamparo, debería quedar si se atreviera a ser consecuente con una austeridad siempre reclamada por los hermanos Castro para millones de cubanos pero jamás para sí mismos.

Como pedirle regresar a cierto pueblo perdido del oriente del país parecería una crueldad excesiva, comenzaríamos mudando su residencia, desde donde quiera que esté, hacia cualquier humilde barriada habanera –por ejemplo tomemos el Cerro, Marianao o Centro Habana– para enseguida gestionar su correspondiente libreta de abastecimiento, a la cual por supuesto tendría todo el derecho del mundo.

Luego le destinaríamos una suculenta chequera de jubilación, digamos $1000.00 CUP mensuales –o sea unos $40.00 USD– con lo cual estaríamos quintuplicando lo recibido por el promedio de los jubilados cubanos –unos $8.00 USD mensuales– y así nadie debería acusarnos de mal intencionados. En este punto acabaría nuestra inmerecida fraternidad y a partir de ese momento quedaría el hoy Presidente de la República a merced de este pintoresco entorno social que rodea hace décadas a más del 90% de los jubilados cubanos.

Tras varios meses de adquirir su respectiva cuota racionada –seis libras de arroz, cuarta libra de frijoles, algunos huevos, pollo por pescado y media libra de aceite mensuales– el paladar del expresidente olvidaría poco a poco el sabor del filete de res, la langosta, el buen caviar y de los vinos caros que le enseñara a degustar su hermano mayor. Dada la alta devaluación de la moneda en que cobrará su chequera –debido precisamente a las erráticas políticas mantenidas por ambos dictadores– pasados los primeros diez días ya nuestro jubilado no tendría un centavo y comenzaría a sentir en todo su rigor las carencias que el resto de los jubilados sufren a solo dos o tres días del cobro.

Ya el expresidente no tendría llena la alacena de selectos suministros y rápidamente se acostumbraría a ver como único paisaje la monótona escarcha en el congelador vacío, entonces se estrellaría sin remedio contra los precios inmisericordes de los mercados agropecuarios y las flamantes TRD que gracias a las iniciativas del anterior gobierno –entiéndase el suyo– todavía exfolian el bolsillo de pueblo cubano.

Ya no viviría en medio del confortable aire acondicionado porque le consumiría más de la mitad de su ingreso, sino que en su lugar conservaría algún ventilador reparado, y le rezaría todos los días a la Virgen para que no se averíe, y como comprar un auto de segunda en una agencia estatal a los precios fijados por el anterior gobierno –entiéndase el suyo– le tomaría setenta años íntegros de su jubilación sin comer, vestirse, calzarse, ni pagar corriente eléctrica, y ya no tendría autos a tanque lleno esperando en cada puerta, automáticamente se vería obligado a moverse usando el pésimo sistema de transporte urbano –una de las papas calientes a heredar por el gobierno que le siga.

Por supuesto, luego de varios meses de mala y escasa alimentación los problemas de salud no tardarían en aparecer, pero entonces el expresidente no podría ya acceder al exclusivo CIMEQ, o a “La Pradera”, ni a la Clínica Internacional “Cira García” –disponibles casi exclusivamente para mayimbes y extranjeros– sino que, con muchísima suerte, sería ingresado en alguna hedionda sala de Medicina de un hospital semiderruido, donde no habrá una ducha ni un retrete que funcionen, donde tal vez tendría que llevar su propia sábana y escasearán las medicinas y materiales de curación; allí sería asistido por médicos frustrados tras décadas de sueldos miserables y falta de expectativas personales, pero a pesar de todo, estos profesionales intentarían atenderle tan bien como ese medio hostil se los permita.

Para entonces el General retirado ya habría visto esfumado para siempre su ansiado viaje de turismo a México; no podría viajar a la tierra azteca ni a ninguna otra, y ni siquiera podría reservar en ningún hotel cubano de la más baja categoría bajo riesgo de morir luego de hambre, porque el gobierno anterior –entiéndase el suyo– estableció que para eso habría de pagar una jubilación mensual íntegra para hospedarse solo una noche.

De más está decir que a estas alturas ya nuestro ilustre jubilado se habría convencido de que no existe tamarindo dulce ni dictadura con vergüenza, pero se lo callaría, tal vez no tanto por decencia como para no exponerse a alguno de esos vergonzosos actos de repudio que hoy todavía ordena, riesgo nada descartable pues a la sazón ya su amigo el Furry no sería el Ministro del Interior.

Sin embargo en ese momento sí le daría a Raúl Castro, por piedad, un único consejo: que jamás se siente a tomar el tibio sol del final de las tardes en ningún tranquilo parque habanero junto a otros jubilados porque allí sí recibiría el dictador –muy a su pesar este título suele ser vitalicio– su propio mitin de repudio: sabría de primera mano, y no a través de fríos informes de la policía política o de insensibles funcionarios, cuanto resentimiento y dolor albergan esos viejos corazones; escucharía del irremediable desarraigo de sus nietos, de esta juventud que ahora huye de la tiranía en oleadas migratorias a través del estrecho o de la selva centroamericana y escucharía, con toda seguridad, más de una historia de balseros muertos. Sólo para entonces, bajo el silencio de esos árboles, percibiría el tirano en toda su dimensión cuánto le odia ciertamente esa generación traicionada que perdió sus sueños y su vida a la sombra de tanta infamia.

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