“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para julio, 2019

Carta de un ciudadano cubano a Díaz-Canel.

No, Señor Administrador, Cuba no necesita hacer las paces con los Estados Unidos de Norteamérica para salir adelante, porque el futuro de este país no puede ser supeditado a la relación con ningún gobierno extranjero, sino que pasa por mantener una relación fluida e interactiva con la mayor cantidad posible de socios comerciales, mediante una economía dinámica genuinamente abierta al mundo, y en lo político tan independiente como naturalmente lo sugiere su condición de archipiélago, al margen de cualquier subordinación o chantaje.

Tal vez al pronunciar esta sentencia en su subconsciente reverberaban largas décadas bajo una dependencia absoluta de economías foráneas –llámese hoy chavomadurismo venezolano, como ayer estalinismo soviético– durante las cuales la naturaleza satelital inherente al régimen de La Habana hilvanó una ininterrumpida línea de parasitismo, sin la cual el engendro cubano habría colapsado en pocos años hundido por la indiscutible mediocridad de su arquitecto en jefe.

Sin embargo Cuba no necesita a pesar de todo, ni necesitará Señor, que la dictadura que Usted hoy regenta normalice sus relaciones con Estados Unidos. Cuba sólo precisa, y esto sí ingentemente, que quienes de un modo tan brutal la desgobiernan decidan normalizar las relaciones con su propio pueblo, y para ello no será necesario mirar al norte en busca de concertaciones con Washington, ni al sur para rapiñar el petróleo de Caracas; como tampoco al oeste remoto de Mao, ni al este postperestroiko de los nuevos zares. A Cuba le bastaría, para salir del abismo, con gozar de un pleno Estado de Derecho.

Bajo un auténtico Estado de Derecho los cubanos podrían agruparse bajo diferentes partidos, que desde su pluralidad propondrían disímiles salidas a los gravísimos problemas generados por la anquilosis de los octogenarios históricos, y podrían fundirse sobre bases sólidas los pilares de una democracia participativa. Esto generaría una pujante sociedad civil que conminaría a sus gobernantes a rendir cuentas por sus actos con seriedad y no como hasta ahora, erigidos en juez y parte. Pero como esto sería poco probable en términos prácticos, aquí le ofrezco, Señor Administrador, otra salida que como verá no implica la renuncia de su Gobierno, sino que sólo mejoraría el nivel de vida de mi pueblo.

Para esto bastaría con liberar el mercado interno, crear las condiciones legales que generen un clima contractual de confianza entre productores de todo tipo y de garantía para el fruto de sus esfuerzos; otorgar a todos estos productores y empresas privadas y familiares la necesaria personalidad jurídica que les permita gestionar con autonomía real su propio mercadeo dentro y fuera de Cuba, sin las interferencias que hasta hoy la atenazan, así como crear un sistema fiscal que garantice una tributación justa, universal y organizada de la cual nadie estaría exento.

Se debe autorizar y estimular sin cortapisas, e incluso priorizar sobre todas las demás, una inversión a gran escala de nuestros emigrados, algo completamente coherente con su derecho natural como cubanos, aunque también se debe abrir el país sin temor -previo rediseño del marco legal y siempre velando por los intereses de la nación- a la imprescindible inversión extranjera, pero sobre bases realistas y no bajo las leoninas reglas impuestas bajo la actual Ley 118.

Bajo normas sociales más civilizadas cualquier individuo, haciendo uso de una libertad de opinión real, podría denunciar cualquier abuso ante una prensa libre o iniciar un debido proceso judicial contra cualquier autoridad que transgreda sus derechos. Todo esto crearía condiciones idóneas para que en poco tiempo prospere nuestra mediana y gran empresa privada, tras lo cual en pocos años, nadie lo dude, se dispararían nuestros índices de desarrollo para bien de todos, y no para beneficio exclusivo de una rancia casta de neoburgueses. Pero esta nueva Cuba no florecerá mientras no cedan terreno los déspotas que hoy controlan los resortes del poder político, quienes perpetúan una autocracia cristalizada según el esquema mental del caracterópata que hace 60 años traicionó al pueblo, y esto, Señor, es un paso al cual no están dispuestos los dueños del garito.

Tal como se presenta la coyuntura, cualquier solución verdadera al problema cubano debe incluir que esa nomenclatura histórica que aún lastra nuestro avance abdique definitivamente de sus funciones y se dedique mejor a criar jutías, cediendo paso a un gobierno renovado sinceramente reformista, que piense en grande como país y no como secta política.

Por eso puede Usted, Señor Administrador, comenzar por pedirle a sus patrones que de una vez por todas se aparten del camino de este pueblo que los detesta, y verá como en el transcurso de una sola generación el nuestro se convertiría en un país irreconocible, de economía próspera y pujante, porque muy grandes son nuestras ansias de libertad, limitadas no tanto por el embargo que desde afuera se granjeara el discurso litigante de Fidel Castro, como por el bloqueo interno que Usted recién acaba de reconocer como quien descubre el agua fría.

Aunque, por abreviar, bastaría que su gobierno, Señor Administrador, ratificara los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y los de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que por camaleónica cobardía engavetara Raúl Castro una vez firmados hace más de una década, lo cual implicaría, por supuesto, su obligatorio carácter vinculante con la Ley vigente, de modo que tomen cause efectivo para millones de cubanos todos esos humanos derechos.

Señor Administrador, cuando dejemos de ver fantasmas detrás de cada cepa de plátanos otro gallo cantará. ¡Apartemos a los dictadores y veríamos con orgullo como el mundo hablaría en pocos años del milagro cubano! Pero que esto suceda nunca dependerá de normalizar relaciones con el Gobierno de Estados Unidos, sino de la exacta medida en que el Gobierno tardocastrista que hoy Usted tan dócilmente gestiona abandone su praxis de matón de barrio, deje de comportarse como un Estado policial totalitario y decida coexistir en paz con su propio pueblo.

En fin, y dicho en menos palabras, comience por replantear desde los cimientos toda la estrategia política y económica del país para romper con este inmovilismo atroz y propicie condiciones que permitan emprender entre todos los hijos de la patria, desde dentro y fuera de la isla y sin distinción de credos, el impostergable camino hacia el desarrollo de la nación cubana.

Censura de redes sociales en Cuba: otra vuelta de tuerca.

En días recientes se “oficializó” la postura del gobierno cubano con relación al uso de las redes sociales y sitios digitales en nuestro país. A partir de este momento las autoridades de La Habana decidieron regular aún más la actividad en estos espacios mediante una legislación que sanciona a todo aquel que, según criterios oficiales, desde redes sociales o sitios digitales pretenda “…difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas…“, y de igual modo prohíbe la administración de todo sitio cuyo servidor primario opere fuera de Cuba bajo pena de multa de hasta 1000 CUP.

Ya antes habían trascendido las polémicas medidas anunciadas por el Ministerio de Comunicaciones para “autorizar” –léase en realidad limitar y controlar– SNet, la extensa red offline que durante años ha operado clandestinamente en Cuba, limitando la potencia de sus equipos a un máximo autorizado de 100 milivatios, lo cual en la práctica implicaría su eventual colapso. Si a aquella le sumamos ahora esta nueva prohibición de emitir libremente contenidos “…contrarios al interés social…” –uno de esos sacos donde cualquiera y cualquier cosa caben– desde redes públicas, entonces ya vislumbramos mejor la mano peluda detrás de la cuna.

Estas medidas denuncian el evidente terror que despierta en el régimen cubano el poder de movilización y denuncia de estas redes, y evidencia a las claras por qué hasta hoy ha hecho, y continuará haciendo todo cuanto esté a su alcance para retrasar cuanto le sea posible la penetración de Internet en nuestro país, y esto únicamente a cuentagotas, dando por descontada la más estricta censura, manteniendo un sistemático espionaje doméstico y de cuanto dato entre o salga de Cuba; y todo a expensas de precios prohibitivos para el común de los cubanos.

Aunque los oligarcas de La Habana le temen a una potencial versión tropical de la primavera árabe, sin duda advierten que un modelo de control cibernético a la norcoreana sería algo demasiado burdo en nuestro contexto, pues resultaría perturbador en exceso para un turismo en evidente desaceleración y perpetuaría incómodas algaradas en muchos foros físicos y virtuales. Por eso los chicos de la Plaza han optado por una estrategia de contención alternativa, menos escandalosa, pero sobre el terreno casi tan eficaz como aquellas.

Con esta variante elegida la dictadura castrista se decanta por la mixtura que conjuga, en dosis variables según la necesidad táctica, un totalitarismo al estilo de Beijing y una praxis estalinista, para nada extinta, con el inequívoco sello de la KGB: entiéndase la censura sistemática de contestatarios y la movilización perpetua de legiones de trolls, hábilmente combinadas con la represión física contra activistas disidentes y la prensa independiente, así como la aplicación de leyes que castiguen con severidad “delitos” que lo son sólo por cuanto hacen valer derechos vetados por un Estado policial.

Y aunque hasta ahora las potencialidades de las redes sociales en Cuba no hicieron más que insinuarse, ya con esto bastó para que algún cagalitroso accionara el botón de pánico en el retrógrado Buró Político del Comité Central y las frías oficinas de su despreciable policía política, sin duda donde mejor calibran la situación, porque es donde mejor informados están sobre la frustración generalizada que en la calle se respira y la magnitud real del odio que en el pueblo cubano inspiran quienes lo avasallan y desgobiernan.

Sin embargo hasta el momento apenas asistimos a las habituales denuncias de allanamientos arbitrarios y constantes arrestos de corta duración, al aluvión inmisericorde de burlas contra el General Jutía Fría chochando con el avestruz, o a la indiscutible tendencia impuesta bajo la etiqueta #BajenLosPreciosDeInternet que ha denunciado reiteradamente las abusivas políticas del monopolio ETECSA, entre otras nimiedades.

Aunque las consecuencias no han sido siempre virtuales: también fuimos testigos de cómo el pasado 12 de mayo las redes sociales fueron determinantes en la irreverente movilización de la comunidad LGBTI habanera que desembocó en una escandalosa, y bien física, operación represiva organizada por la Seguridad del Estado en el Paseo del Prado, y esto… ya huele a quema´o. Al parecer se le colmó la copa a un poder para nada dispuesto a tolerar discrepancias, ni físicas ni virtuales.

Varias señales evidencian que la dictadura cubana sigue atrincherada en los 60: la reciente imposición del Decreto Ley 349 que, aún atemperado, coarta seriamente la libertad creativa, o la enmienda impuesta en la recién aprobada Ley de Cine de que será la mano peluda quien a fin de cuentas otorgará dichas licencias. Aunque toda esa intransigencia podría encontrarse mejor sintetizada en la penosa arenga del administrador Díaz-Canel en vísperas del Congreso de la UNEAC –copia casi al carbón de las célebres “Palabras a los intelectuales” de Fidel Castro– percibida por muchos como una velada amenaza.

Aunque en realidad lo que se avecina ya ha sido practicado antes por el régimen y ampliamente conocido y sufrido por la disidencia. Aquí lo único nuevo es el anuncio oficial, y como este sitio opera desde WordPress, plataforma cuyos servidores por supuesto no están en Cuba, no pude evitar darme también por aludido, después de lo cual queda poco por agregar.

Por eso serán breves mis palabras finales, que espero comprenda bien cada ciberclaria y cada represor: este humilde blog es territorio de pensamiento libre, donde ejerzo mi humano derecho de opinar según sinceras convicciones, y ningún tirano tiene sobre él potestad alguna. Este sitio permanecerá abierto y activo mientras en mi patria continúe rigiendo un poder de facto que violente los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de mi pueblo.

Hoy vivo temporalmente fuera de Cuba, pero si a mi definitivo regreso todavía rigiera esta leonina regulación no me supeditaría a ella, y cada palabra aquí dicha sería mantenida contra todas las banderas. Quien administra Ciudadano Cero está dispuesto a defender su derecho a la libre opinión, desde cualquier lugar y hasta las últimas consecuencias.

Ah!… dicho sea de paso: yo, como José Daniel Ferrer, tampoco pagaré multas.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: