“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para marzo, 2014

El arte de la consagración.

 

pincel2Por Jeovany Jimenez Vega.

(A propósito del aumento salarial prometido al sector de la Salud Pública)

Se cuenta que un día brumoso de invierno un viejo emperador chino, avivado por la añoranza de la primavera deseó tener, para deleite de sus ojos, la pintura de un pájaro hermoso. Y como el deseo de cualquier emperador es una orden para sus vasallos de inmediato comenzó la búsqueda, primero entre los artistas de la corte, y luego más allá y más allá, hasta los límites de aquel vasto imperio que parecían ser los límites del mundo mismo.

Así, después de largas indagaciones, hallaron en la comarca más lejana un pintor tan diestro como sabio: se decía que de tanto meditar sobre los misterios universales había vislumbrado los secretos más ocultos de la vida; se decía de él que hablaba con los pájaros del bosque.

Aquel humilde maestro fue presentado al soberano que solícito le preguntó qué necesitaba para pintar un pájaro perfecto, de una belleza irrepetible, que pareciera vivo, un pájaro digno de adornar el palacio de un emperador. Respondió el sabio pintor que necesitaba un amplio taller, cinco sirvientes, un año y cien monedas de oro. ¡Que así sea! –dispuso el emperador.

Cuentan que pasado un año fue convocado el maestro y acudió, ocupado como estaba y para escándalo de la ociosa corte, con su manchada ropa de faena. El soberano preguntó: ¿ya está listo tu trabajo? No señor mío –respondió el maestro– ahora necesito un taller más amplio aun, diez sirvientes, cinco años y doscientas monedas de oro. ¡Que así sea! –asintió el emperador.

Pasó el tiempo y cinco inviernos después nuevamente fue convocado el maestro ante el soberano. Veamos –le dijo– muéstrame por fin tu trabajo. Todavía no está listo mi señor –respondió el maestro– aun necesito diez sirvientes más, otros cinco años, y quinientas monedas de oro.

Sin dar crédito a lo que oía el emperador consultó a ministros y consejeros, que sin excepción le alertaron contra semejante absurdo. Pero la añoranza por la primavera pudo más en él y ordenó nuevamente que así fuera.

Una vez transcurridos otros cinco largos inviernos el ya impaciente emperador, compulsado por la espera y la curiosidad y resuelto a no esperar un día más, decidió visitar el taller de aquel pintor, que ya parecía a todos demasiado demandante, para comprobar él mismo el motivo de tan inaudito retraso.

Cuando entró al taller acompañado de su séquito halló al sabio como envuelto en una luz misteriosa, en silencio, en medio del despejado salón. El maestro, sosegado, reverenció con respeto: ahora todo está listo, mi señor –dijo– y acto seguido develó ante el incrédulo un lienzo en blanco.

Sin comprender nada, y al borde de la ofensa, el soberano levantó amenazante la mirada. Sólo entonces el maestro mezcló los colores exactos, y cuenta la leyenda que tranquilamente, ante los ojos llenos de asombro del emperador y el estupor de la corte pintó en pocos minutos, con sublimes y serenos trazos, el ruiseñor más hermoso del mundo.

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