“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para febrero, 2013

La rabia en los tiempos del cólera.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

El cólera, también llamado morbo asiático porque desde La India y China ha asolado reiteradamente al mundo con mortíferas pandemias, es el resultado de la colonización del aparato digestivo por un bacilo llamado Vibrio cholerae –una bacteria de la familia Spirillaceae muy sensible al calor y a los ácidos, que la destruyen rápidamente– descubierto en 1893 por R. Koch, quien también descubriera en 1882 el bacilo de la tuberculosis. Se trata de una enfermedad infecciosa, muy contagiosa, transmitida por vía oral mediante el agua y los alimentos contaminados con las deyecciones o el vómito del hombre enfermo o portador –la orina rara vez contiene vibriones– así como por el contacto con objetos como vasos, platos o cubiertos de mesa contagiados por un colérico.

Esta enfermedad tiene un período de incubación muy breve –que puede ser de dos o tres horas, pero que generalmente oscila de diez horas a tres días– durante el cual el individuo, ya contagiado, aún no muestra síntomas. Siempre se debe tener en cuenta que el cólera puede ser asintomático (es el caso de los llamados portadores asintomáticos del germen) así como el hecho comprobado de que ésta, en una parte considerable de los casos, la mayoría para algunos autores, no transcurre con el cuadro típico y grave, sino con un cuadro coleriforme o como una diarrea vulgar que escapa fácilmente al diagnóstico. Pasado este el período de incubación sobreviene el período de estado, en el que el paciente realmente enferma. Se hace una distinción de cinco formas clínicas hacia las que puede evolucionar un enfermo.

Que el cólera irrumpiera en Cuba era sólo cuestión de tiempo. La afluencia de viajeros, estudiantes extranjeros y el personal de las Misiones Médicas cubanas y de otras áreas de colaboración procedentes de países en epidemia, ha sido durante años una potencial puerta para la entrada de enfermedades infectocontagiosas a nuestro país. Esta vez, comenzando por Santiago de Cuba, se extendió durante los últimos meses hasta el occidente del país, incluida la capital, en forma de brotes tratados con premura y éxito variables, pero sin alcanzar, hasta el momento, rango de gran epidemia.

En la capital cubana la situación epidemiológica no es homogénea, sino que hay municipios más afectados que otros, pero sería una irresponsabilidad especular aquí sobre datos que no domino plenamente. Así mismo no sería prudente, ni ético, intentar minimizar la situación por la que atraviesa el país, aun cuando no estemos ante una situación epidemiológica explosiva, aunque me consta que las autoridades sanitarias hacen un gran esfuerzo para tratar de resolver la situación y no dudo que para las autoridades de gobierno también el asunto tenga una alta prioridad. Conspiran contra ello las irregularidades en el abasto de agua potable, la lamentable situación de la red de distribución y el deterioro de los sistemas de drenaje de albañales en muchos lugares del país –cuya solución depende de inversiones millonarias a mediano y largo plazo– así como la baja percepción de riesgo que pueden llegar a tener algunos sectores poblacionales ante una enfermedad para ellos desconocida, que no existía en Cuba desde finales del siglo XIX.

Este es un problema que hay que asumir en su justa medida, que no debe ser subestimado –porque estamos ante una enfermedad potencialmente letal y que ha dejado fehacientes ejemplos a través de la historia de cuántas vidas puede costar– pero que tampoco hay que sobredimensionar, pues tengo absoluta confianza en la competencia de mis colegas para tratar adecuadamente cada caso. Eso sí, la sociedad cubana debe poner en tensión toda su capacidad organizativa para erradicar este flagelo y así evitar que se constituya en un patrón endémico. El sistema de la Salud Pública cubana está preparado para así lograrlo. Sin triunfalismos gratuitos, estoy convencido de que en pocos meses la situación quedará bajo control.

Los médicos cubanos estamos suficientemente sensibilizados y capacitados para aniquilar este peligro. Que nuestro gobierno tenga una deuda para con nosotros; que se nos pague un “salario” de risa que nos obliga a vivir en la insolvencia más absurda; que aún se le dispense una mala atención a mi sector, en fin, que persista la vieja rabia por la vindicación pendiente, ya será harina de otro costal aunque no sea este el post que se proponga amasarla; aunque a pesar de todo siga siendo la rabia mi más conspicua vocación.

Peggy Pickit: las rutas del dolor.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

A las puertas del cielo se supone quien parte y en la agonía quien decide quedarse, pero cada cual desanda al final su propio camino al dolor común, cada cual hilvana su purgatorio. Estremecedora entrega de La Compañía del Cuartel la pasada semana en el Centro Cultural “Brecht”, del Vedado. “Peggy Pickit ve el rostro de Dios”, de Roland Schimmelpfenning, nos aboca a un sensible y polémico tema: cuánto de frustración o de realización personal puede implicar para un médico cubano partir a una colaboración de trabajo al extranjero o diluirse en la cotidianidad permaneciendo en Cuba.

Un argumento contenido y la actuación convincente de su joven elenco, logran abordar una realidad compleja y dolorosa, que tocó de cerca a este espectador por su propia condición de médico cubano, amigo de algunos que regresaron contando sus propias aventuras de Peggy Pickit y de otros tantos que no regresaron nunca.

Todo quiso decirse allí, todo quedó esbozado: asomarse a lo desconocido, a realidades también ardientes, a otra dimensión de la tragedia humana; saberse vehículo de un mensaje ajeno, ficha que se mueve al antojo o moneda de cambio; la mendicidad que compulsa a partir porque no sólo de pan se vive, porque los sueños también cuentan o porque el amor no basta; ese cruento desgarro de la pareja o la familia destruida en ciernes; hallarse mancillado por quien, te dijeron, sería tu hermano, encontrar que “…no siempre éramos bienvenidos, no”, en fin, que Peggy Pickit… nos asoma al lado penumbroso y humano de las misiones médicas cubanas, a su arista inconfesa, a esa que regresa con un velo de silencio dibujado en la mirada.

Se propone un acercamiento a uno de los puntos más polémicos y neurálgicos de la realidad que a mi sector atañe: la manera en que salir a una de esas misiones de trabajo puede afectar la vida de un profesional cubano que, al menos hasta el momento en que la obra fue escrita, no tenía permitido salir de su país sino bajo las condiciones exigidas por sus autoridades, y jamás por decisión propia; que una vez allá tenía –y tiene aún– que someterse a condiciones de vida en ocasiones extremas, expuesto a riesgos en su país impensables, que provienen de la naturaleza o de la hostilidad e ingratitud de los hombres, todo a sabiendas de que recibirá por ello un mínimo porciento de lo que entre países se pacta y entretanto permaneciendo alejado de su familia y de todo cuanto dejó.

Pero hoy, mientras aplaudo a La Compañía del Cuartel, me abstengo de emitir un juicio moral; nada más ajeno a mi ánimo que lanzar ataques capaces de herir susceptibilidades. Me sería muy difícil decir sinceramente lo que al respecto pienso sin que algún colega que estime se sienta aludido. A mi edad aprendí a ser tardo para opinar sobre realidades que no he vivido; a estas alturas intento, sobre todo, no juzgar. Por lo mismo decidí dejarlo a usted sacar sus propias conclusiones. Ya sabrán Carol y Martin sus razones para partir; ya sabrán Liz y Frank por qué eligieron quedarse. Quede cada cual –mejor así– a solas con su conciencia.

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