“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para marzo, 2016

El Presidente Obama en Cuba: apuntes sobre una visita histórica.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Todavía no se disipa la estela del Air Force One en el cielo de La Habana y aún no salimos los cubanos del asombro. Un desenfadado “Qué bolá Cuba?…” lanzado personalmente a través de su cuenta Twitter @POTUS sorprendió a muchos, y ya dejaba entrever la tónica que deseaba imprimir a su visita el Presidente Barack Obama. Durante su primera noche en La Habana cenó junto a los suyos en una paladar, donde se tomó su sorbito de buen café cubano y dejó una sustanciosa propina –algo consecuente con su propósito de empoderar a la microempresa familiar– y más tarde consumó su visita a Pánfilo, previamente concertada durante una exclusiva conversación telefónica con el célebre jubilado desde la Casa Blanca; así cumplió su palabra y hasta participó en su partidita de dominó, guiños todos una de una clarísima y no disimulada lectura.

Nuestro visitante llegó bien advertido de que Pánfilo ya ha devenido en todo un símbolo de nuestra más raigal humildad pero también, si se quiere, de nuestra más descarnada pobreza; sabía que al sentarse a la mesa del entrañable personaje de Silva también lo hacía en el hogar de cada cubano pobre –que al final somos prácticamente todos– y fue precisamente hacia esa pobreza a la cual, en un gesto de sublime simbolismo, tendió su mano sincera el Presidente Obama.

Sería difícil concebir un discurso más diáfano que el ofrecido por Obama desde al Gran Teatro de La Habana. Nuestro invitado se vistió de gala y brindó una clase magistral de alta diplomacia ante las narices mismas del dictador y los miembros de su plana mayor. Con un discurso modelo, digno de la mejor academia, con su alegato de razonables argumentos, que por reflexivos, contenidos y prudentes no dejaron de ser definitorios y sinceros, supo apelar a la sensibilidad del pueblo, pero también puso sin piedad el dedo sobre en centro de la llaga: habló de nuestra falta de libertades civiles, de las detenciones arbitrarias, de la falta de oportunidades; y todo sin grandilocuencias gratuitas, en un derroche de elegancia política que dejó apocado en su silla al octogenario general de la platea. Fue uno de esos discursos que antes de pronunciada su última palabra ya se han convertido en Historia.

Pero en su segura alocución no olvidó el Presidente aquella máxima del gran Mandela: el mensaje no debe dirigirse a la mente del hombre sino a su corazón. Si bien pudo llenar aquellos minutos de cifras concretas que evidencian con creces por qué no ha funcionado el modelo económico cubano y por qué no funcionará en el futuro, prefirió sin embargo enfocar cada palabra hacia el fin último de su visita: la reconciliación entre dos pueblos enconados durante demasiado tiempo, el perdón –que no el olvido– de las afrentas mutuas, el mirar hacia delante y dejar de esclavizarnos al pasado.

Dos ideas esenciales pudieran resumir su elegante discurso; la primera: “Cualquier cambio que venga dependerá del pueblo cubanoEl futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano”; la segunda: “…incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba…” Demostró así estar bien consciente de la envergadura de esta empresa que ambos pueblos tenemos por delante en el afán de reencontrarnos, y de las profundas heridas del pasado con sus inocultables cicatrices. Pero también habló de nuestro inmenso orgullo por esta patria que seguimos deseando libre, de nuestros más nobles valores, y enalteció con bellas frases el invicto sentimiento de familia, que sobrevivió a más de medio siglo de ruptura entre dos orillas opuestas y sin embargo tan cercanas.

Reconoció, en fin, que nadie conquistará por nosotros la libertad de Cuba: será únicamente nuestro propio sacrificio, nuestra constancia y entereza al exigir nuestros derechos la clave de esa libertad a conquistar –ojalá no sea así– derramando nuestra propia sangre y la de nadie más, para alcanzar al fin una victoria que nadie pueda escamotearnos.

Pero también fue meridiano el Presidente cuando sentenció que el embargo pudiera terminar hoy mismo, pero absolutamente nada cambiaría en Cuba de no cambiar la denigrante praxis de la dictadura. Se trata de una incontestable verdad: la prosperidad nunca llegará al pueblo cubano mientras un manojo de tiranos secuestre nuestra libertad para emprender nuevas empresas, para comerciar con eficacia el fruto de nuestro esfuerzo y para percibir salarios justos al margen de mecanismos extorsivos. Pero menos aún cambiará Cuba mientras los tiranos insistan en quebrantar impunemente nuestra libertad de pensamiento, prohibir arbitrariamente nuestro acceso a Internet, coartar nuestra voluntad de decretar leyes más justas, y continuar reprimiendo nuestro legítimo derecho a la libre asociación, a la libre reunión, a disentir y a la protestar pública y pacíficamente.

Pero la lectura entre líneas también nos llena de optimismo: esta Cuba soñada por los represores es incompatible con esa otra Cuba del futuro que se les viene encima, pues se trata de realidades antagónicas, y por un principio también físico, pero sobre todo dialéctico, estos dos países excluyentes no caben en el mismo espacio. Pudieran incluso coexistir durante un breve tiempo, pero al final la Cuba abierta, plural, democrática, sepultará naturalmente a la Cuba hermética, retrógrada y feudal de los tiranos.

La última jornada de la visita quedó matizada por un hecho ineludible. La reunión a puertas cerradas del Presidente con algunos de los más notables exponentes de la oposición cubana en la Embajada de Estados Unidos en La Habana que dejó un clarísimo mensaje: el irrespeto de la dictadura por los Derechos Humanos continuará siendo un tema priorizado en la agenda actual de conversaciones, un punto permanente en el tintero de la Casa Blanca. Reconfortante espaldarazo a una oposición que hasta ahora se ha sentido relegada injustamente de unas negociaciones que le atañen directamente por motivos obvios.

Mención aparte merece el agravio de Raúl Castro al no recibir personalmente al inquilino de la Casa Blanca. Ya la inoportuna visita de Nicolás Maduro apenas dos días antes de la llegada de Obama era premonitoria de la charranada por venir. Esta imprudente visita de Maduro fue una bravuconería innecesaria, una exquisita pieza de colección meritoria de un lugar de honor en el Salón de la Fama de las payasadas bananeras.

Pero si algo nos enseña la vida es que un dictador siempre puede superarse en su soberbia. Haber faltado a la terminal del aeropuerto José Martí –la joya de esta corona– fue la mayor torpeza política cometida por Raúl Castro durante toda su vida. La ausencia del Jefe de Estado cubano en el recibimiento de Barack Obama es algo inexplicable a la luz de cualquier análisis y una ofensa según las más elementales normas del protocolo –y hasta de la educación formal, diría yo– algo inentendible aun cuando así estuviera concertado, excepto en caso de haberse tratado de una solicitud expresa de la parte visitante.

Haber enviado al aeropuerto en su lugar a Rodríguez Parrilla –un ministro gris, tan carente de carisma que no merece ni siquiera ser cargabates de Industriales– fue una grosería suprema desde todos los puntos de vista; fue un gesto tan carente de ética, de lícitos motivos y hasta de lógica, que desconcierta por su estupidez. Esa lluviosa tarde de domingo Raúl Castro, no sólo faltó a su deber como Jefe de Gobierno en funciones –y hasta como caballero– sino que faltó inexplicablemente al encuentro más importante de su vida: esa tarde Raúl Castro faltó a su cita con la Historia.

Esa notoria ausencia, junto a la vulgar descortesía del General interrumpiendo el espontáneo gesto de abrazo de Obama al final de la conferencia de prensa, serán momentos Kodak que se perpetuarán durante mucho tiempo en la memoria de millones de cubanos, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

Sólo le aconsejaría al General que reestructure a su cuerpo de asesores, y arreste específicamente a quien le aconsejó tal desacierto –con seguridad agente de la CIA– pues únicamente así pudo sugerirle tan lerdo desatino, de un costo político que tal vez él mismo no sea capaz de calibrar. Pero siempre me preguntaré ¿qué otra diligencia debió hacer el General esa tarde más importante que recibir al Presidente Obama, con todas las profundas implicaciones de su visita? ¿Acaso no tenía conciencia el General del trascendental simbolismo de ese momento, llamado a consagrar una nueva era de relaciones hemisféricas? ¿O estaría demasiado ocupado ordenando las cientos de detenciones arbitrarias perpetradas ese día contra manifestantes pacíficos? ¿Acaso no se ocupa ya de eso en General Fernández Godín? En cualquier caso yo, como millones de cubanos, sentí esa tarde una vergüenza ajena por alguien que no la merecía.

Pero si hubiera que extraer una sola conclusión de la que puede considerarse ya la visita del siglo, es que el régimen cubano no está dispuesto de momento a abandonar su farsa, su diatriba de mentiras. Por eso debe quedar bien clara también una verdad contrapuesta: Cuba tiene que cambiar, no porque lo pida Obama a cambio del cese del embargo, no porque lo pida la Unión Europea a cambio del levantamiento de su posición común; Cuba tiene que cambiar porque lo necesita y lo exige el pueblo cubano y punto. Este denigrante régimen ha demostrado con creces que no puede ofrecer ya nada nuevo al futuro de la patria.

Cuando en Air Force One sobrevoló en retirada el cielo de La Habana dejaba detrás a una dictadura todavía aturdida por las verdades tan brillantemente expuestas por Obama, a un clan de déspotas que ya ordenó a sus papagayos repetir su eterna perorata para intentar, en vano, minimizar el innegable impacto de su visita. Pero dejó también a un pueblo que lucha por desperezarse lentamente de su larga pesadilla y espera sacudirse algún día a los tiranos. Atrás queda la pobreza de Pánfilo, junto a muchos otros como él, que deambulan por las calles vendiendo su maní o revendiendo diarios, rumiando el dolor, la frustración y el desengaño propios de las causas perdidas.

Pero el pueblo cubano, más temprano que tarde, sabrá encontrar la clave para emanciparse de las bestias. Nadie lo dude: mañana, cuando se desaten estas ansias de libertad durante tanto tiempo contenidas quedará el mundo sorprendido y se hablará entonces del milagro cubano. “En los Estados Unidos, tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano es capaz de construir: se llama Miami…”, advirtió para la posteridad el Presidente Obama. Con ese mismo espíritu, con toda esa potencial pujanza de millones de sus hijos dentro y fuera de la isla cuenta la patria para reconquistar por asalto su futuro. Sobre esta próspera Cuba del mañana mi certeza es absoluta; Dios me la susurra todos los días al oído.

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Visita de Obama a Cuba: ver para creer.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En la tarde de hoy arriba a Cuba el Presidente de Estados Unidos de Norteamérica Barack Obama, junto a la distinguida Primera Dama Michelle y al resto de su comitiva acompañante. El acontecimiento será algo insólito para millones de terrícolas porque hasta hace apenas quince meses, la ahora cercana relación fue una probabilidad nula, algo sencillamente inaudito. Si bien desde el penúltimo 17/12 se ha entibiado algo esta vieja reliquia de la guerra fría que siempre fue el diferendo Cuba-Estados Unidos, antes del histórico anuncio esto era inconcebible, algo así como encontrarse con Dios y Satanás bebiendo un daiquirí en el Floridita.

Hay que ver para creer. Pero los tiempos cambian y esto no ha sido más que una cuestión de pura dialéctica. Por fin los tanques pensantes norteamericanos concluyeron que en esencia el cubano, ni más ni menos, es similar a otros regímenes totalitarios, cuyo secreto siempre radicó en su brutal capacidad de controlar cuantas facetas de la vida del individuo pudieran secuestrar, y que para ello siempre tuvieron, como arma suprema, el hermetismo que lo hizo posible.

Planteado así el problema en elementales términos racionales, se decanta por gravedad una ecuación tan simple en su postulado como irrefutable en su lógica: todo aquello que debilite el control del Estado sobre el individuo y abra fisuras en su coraza de censuras, inexorablemente irá en detrimento del monopolio de poder de la autocracia política y en favor de los derechos del pueblo desposeído. Esta es una definitiva verdad, de ahí que el absolutismo cubano se muestre tan reacio a dar pasos que permitan el empoderamiento real de mi pueblo, pues sabe muy bien que en el punto justo donde comience la libertad del individuo y su independencia económica, terminará la inmisericorde capacidad de control de la dictadura.

El Presidente norteamericano, según lo anunciado previamente, se reunirá en La Habana con los líderes más connotados de la oposición cubana. Esto es un inequívoco mensaje, que llega a los oídos de Raúl Castro y del mundo bien alto y claro: es una actitud frontal desde su planteamiento mismo –innegociable, según el visitante– y a su vez una nítida advertencia de que el irrespeto sistemático por los Derechos Humanos mostrado hasta hoy por La Habana continúa siendo el primer punto de la actual agenda de negociaciones.

Especialmente atractivo será el amistoso de béisbol entre la selección cubana y el equipo de Grandes Ligas Tampa Bay Rays. Es cierto que Obama presenciará el juego en un estadio Latinoamericano donde deberá cuidarse de las paredes recién pintadas y estará acompañado por una “afición” de laboratorio, cuidadosamente elegida para la exclusiva ocasión entre lo más selecto del MININT y las escuelas militares, así como entre los más intransigentes militantes del Partido, la Juventud Comunista, y de cuanto chivato cederista quepa entre las gradas del Coloso del Cerro –muchos de los cuales forman parte ¿por qué no? de las hordas que perpetran las golpizas a opositores ordenadas por ese mismo Raúl Castro tan light que hoy sonreirá a su lado. Pero sin dudas el evento llega cargado de un simbolismo tan relevante que dejará la mesa servida para agilizar las hasta ahora impávidas gestiones entre la Federación Cubana de Béisbol y las Grandes Ligas del norte.

data4464803De hecho ya las últimas medidas puestas en vigor por el ejecutivo norteamericano se perfilan más hacia ese empoderamiento del ciudadano común de que tanto se ha hablado hasta ahora. A la autorización del uso del dólar estadounidense para algunas transacciones comerciales del Gobierno cubano, se le acaba de sumar la autorización a ciudadanos cubanos de abrir cuentas en bancos de EE.UU., así como la autorización a empresas de este país para contratar a ciudadanos de la isla y a que éstos puedan cobrar limpiamente salarios y otras retribuciones directamente en el país norteño.

Evidentemente estas ya son medidas de un cariz diferente, que sí tendrán una particular connotación práctica para el sector más emprendedor de nuestra incipiente empresa familiar privada porque le abre puertas que hasta hoy permanecieron herméticas y potencialmente le coloca, por primera vez en medio siglo, en condiciones de negociar términos más ventajosos para sus negocios, al margen de los precios leoninos del comercio minorista cubano y de la extorsión masiva de las agencias empleadoras gubernamentales, pero sobre todo –y aquí estriba su verdadero impacto y su trascendencia más notoria– porque le ofrece mayor capacidad de autonomía, lo cual le permitirá evadir la importunación institucional y poner a buen resguardo sus ganancias.

Sin dudas miles de cubanos preferirán mantener sus cuentas en bancos norteamericanos a usar cualquier sucursal bancaria cubana, pues de este modo su dinero estará a salvo de los desvaríos legales de un régimen que detenta una larga tradición de inconsistencia en sus políticas, y bien alejado de las amenazantes leyes que todavía proveen a la Fiscalía cubana de potestades ilimitadas para ordenar intempestivas incautaciones.

Que desde hoy estas posibilidades estén al alcance ciudadanos cubanos no residentes en Estados Unidos, es algo novedoso y esperanzador. ¿Veremos a partir de ahora florecer los contratos de trabajo entre empresas asentadas en ese país y nuestra muy bien calificada masa de técnicos y profesionales? Artistas plásticos, actores, músicos, ¿médico y maestros?, tienen ahora abierta esta posibilidad. Estos mismos peloteros que hoy ofrecerán el show en el Latino podrán optar desde ahora por firmar sus propios contratos y cobrar su salario sin la molesta intromisión del Gobierno cubano, y eso ya sí comienza a ser una manera concreta de empoderar al pueblo cubano.

Sólo en la medida que avancen los meses, o los años, se podrá valorar en toda su magnitud la audacia política de Obama. Enfrentado a miles de lógicas reservas acumuladas a lo largo de medio siglo de aplicación de una estrategia equivocada ha sabido, sin embargo, mantenerse firme en su posición, y consciente de que en este momento cada paso hace Historia, ha asumido con valentía su responsabilidad. No obstante es lamentable que el Air Force One arribe en horas de la tarde; de haber llegado el Presidente temprano en la mañana quizás podría haber acompañado a un puñado de valientes cubanos en su marcha dominical desde el Parque Gandhi a través de la 5ta Avenida de Miramar, y con un poco de suerte habría visto con sus propios ojos, y no de oídas, hasta qué punto continúa aún imperturbable la capacidad represiva del régimen castrista contra el pensamiento disidente.

El desenlace de este temerario lance de la administración norteamericana es todavía impredecible; demasiadas variables están implicadas en la fórmula algebraica de la realidad cubana actual, pero a la luz de los acontecimientos que se insinúan cada vez más su estrategia parece ser la correcta. Ahora le corresponde al pueblo cubano, y a nadie más, consumar con sus propias manos cada conquista que merite, al final del camino, la libertad de la patria. Pero siempre se agradece el apoyo del mundo, esa solidaridad imprescindible que tarde o temprano termina por acorralar a las dictaduras. Mientras ese momento llega, luchemos. Hoy sólo resta dar las gracias a nuestro honorable visitante y gritarle a voz en cuello desde los balcones: Welcome Havana Obama!

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A propósito del editorial de Granma: no hay peor ciego…

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Mentir ha sido una vocación largamente ejercitada por la dictadura cubana, pero entre las muy eficaces herramientas usadas para dar rienda suelta a esta propensión natural siempre se ha destacado el control sobre todos los tipos de prensa. En esta denigrante tradición ha sido sin dudas Granma, el Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, la joya de la corona: este libelo continúa siendo un antológico ejemplo de inescrúpulo, y ha sido extraordinariamente falaz en tergiversar la verdad durante las últimas cinco décadas.

Un análisis a la reciente bosta publicada por este diario basta para corroborarlo así: el editorial publicado en Granma el pasado 8 de marzo, ya en vísperas de la inminente visita de Obama a Cuba a producirse durante este mes, destila como de costumbre la hipocresía más mordaz y el más visceral cinismo, a todo lo cual ya deberíamos estar acostumbrados, pero la singularidad del momento y esta humana sangre que nos corre por las venas exigen al menos una impugnación mínima.

Como cubrir cada calumnia que adereza esta inmundicia tomaría un tiempo que Granma no se merece, hoy sólo llamaré la atención sobre un punto aquí implícito que ha sido altamente reiterativo en el discurso oficial de La Habana y hoy cobra, más que nunca, una trascendental connotación: según la dictadura absolutamente toda actitud militante, todo proyecto opositor cubano ha sido y continúa siendo todavía ordenado, fomentado y financiado por el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

Se presume de esta lectura que para el Partido Comunista no puede ser de otro modo cuando nuestro pueblo es tan “infinitamente feliz”. Si es tan próspera la microempresa familiar “estimulada” por las “sinceras reformas” de Raúl Castro; si cada pequeño negocio emprendido “florece” al “amparo” de las más “justas” regulaciones legales; si nuestros “salarios” hoy son tan retributivos que nos permiten ya incluso alquilar una habitación de hotel por la baratija de casi $300.00 USD un par de noches, y ya podemos darnos hasta el lujo de comprar un auto usado en $35000.00 USD gracias a nuestro enjundioso salario de $20.00 USD mensuales. Si son tan extremadamente baratos los precios que pagamos en las TRD por mercadería de “primerísima calidad” –jamás podrida ni caducada– y la política agraria del General ha tenido un “éxito” tan rotundo que la canasta básica de alimentos ya tiene un precio de risa, entonces ¿qué justifica tanto alboroto opositor?

Si nuestros niños son educados por maestros felices, que reciben una retribución más que “justa” por su inestimable trabajo –de ahí la calidad actual de nuestra educación pública– y si todos nuestros médicos, enfermeras o estomatólogos viven holgadamente del digno salario que le garantiza su “revolución”. Si además cada paciente extranjero ha sido testigo de la calidad de “nuestras” instalaciones hospitalarias y la excelencia de “nuestras” clínicas al estilo de La Pradera, la Cira García o el CIMEQ, entonces, ¿qué otra explicación tendría tanto descontento sino la “obvia financiación” de la disidencia por oscuros enemigos?

Pero si nada de esto justifica la hostilidad de la oposición ante las políticas económicas oficiales –pues, según Granma, somos plenamente felices– menos aún lo justificaría todo lo concerniente a nuestros derechos civiles y políticos, tan “diáfanamente garantizados” por el régimen. Después de todo en la Cuba de los Castro jamás se ha apaleado a un marielito, y jamás se ultrajó la dignidad de nadie por sus criterios políticos o preferencias sexuales –esas son pamplinas, UMAP incluida, divulgadas por el mismo enemigo que “financia” a la oposición interna.

Quien lee el editorial de Granma pudiera concluir que aquí jamás se ha expulsado a un disidente de su trabajo o a un joven de la universidad debido a criterios políticos, y que el Partido Comunista autor de este editorial jamás sería capaz de lanzar a sus hordas delincuenciales contra el hogar o la persona de un opositor. Esas son barbaries, violaciones de los Derechos Humanos más bien propias del capitalismo, el capitalismo salvaje capaz de robarle a un trabajador el 70% de un salario que se gana alejado de su familia por las selvas del mundo y que por suerte, dice Granma, en Cuba fue sepultado para siempre en 1959.

Cualquier atropello pareciera en este artículo un bocadillo del pasado, de su lectura se infiere que ya hoy no se golpea a un solo disidente, que los gorilas del MININT –y mucho menos apoyados por yudocas de ambos sexos, como gusta de difamar a la prensa opositora– ya no propinan puntuales golpizas a los activistas de la UNPACU ni a las Damas de Blanco cada domingo de Dios –señoras que, dicho sea de paso, tampoco tenían que formar tanto alboroto por aquellas nimias condenas de 2003 que promediaban apenas 20 añitos de prisión a sus esposos, padres e hijos por disentir de la “sagrada causa” de la dictadura.

Granma no se explica tanta algarabía opositora, porque si algo se garantiza en este país, asegura el Partido Comunista, es el sagrado derecho a la libertad de expresión, eso sí, sólo cuando es debidamente canalizado a través de los mecanismos instituidos por el propio régimen: unas Asambleas de Rendición de Cuentas del Poder Popular que en cada barrio da “rápida solución” a cada problema de los electores; un parlamento tan democrático y plural que aprueba sumiso, con el 100% de consenso en el 100% de las votaciones, cada “propuesta de arriba”, todos y cada uno de esos fallos inapelables emitidos por infalibles dirigentes históricos mucho mejor informados que el común del pueblo –y bastante mejor alimentados– tal vez porque ellos, mucho más sabios que nosotros, sí disponen de Internet plena, y no tienen que invertir el 90% de su tiempo en pulirla detrás de los frijoles diarios.

Y para garantizar que los más “genuinos” exponentes del pueblo sean democráticamente elegidos, continúan fungiendo las pluripotenciales Comisiones de Candidatura del Partido Comunista, que confeccionan a punta de dedo las listas de candidatos a elegir, y luego, casi a punta de pistola, señalan a su preferido; sin dudas toda una panacea de la democracia socialista.

O sea, que si a pesar de esta felicidad total, de la existencia de tan “eficaces” y “legítimos” mecanismos para hacer escuchar la voz del pueblo, usted decide realizar cualquier denuncia a través de los mecanismos autónomos de la oposición, eso será según Granma, además de una tremenda ingratitud, una prueba inexcusable de que usted está siendo atizado y financiado por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Veremos lo que opina al respecto nuestro ilustre invitado de la Casa Blanca durante su estancia en La Habana. Ya lo dirá el paso de los días.

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Cooperantes cubanos en Venezuela: recoge albañil que se acabó la mezcla…

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Imagen tomada de Internet.

Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace días trascendió que el Gobierno cubano ya insinúa medidas para comenzar a retirar paulatinamente a sus colaboradores de Venezuela durante los próximos meses. Es obvio que semejante repliegue sólo puede obedecer al convencimiento absoluto de la satrapía de La Habana sobre la inminencia del fin del gobierno de Nicolás Maduro. De momento se irán retirando los colaboradores de las ramas menos lucrativas, en los terrenos de la educación, la industria y los deportes, y seguramente hasta los últimos momentos de la agonía no retirarán a los profesionales de la salud, su carta de triunfo.

Durante los últimos tres lustros ambos pueblos hemos sido testigos y víctimas de la mayor y más escandalosa megaoperación internacional de lavado de dinero en la historia latinoamericana. Hugo Chávez sabía muy bien que no podía pararse simplemente frente al pueblo venezolano –incluida por supuesto su oposición– para decir algo al estilo de “…entendamos que a la dictadura cubana le es tan inherente su carácter represivo como su inoperancia económica y por eso jamás levantará cabeza, ayudémosle a la pobrecita…”, o algo como “…el régimen de Fidel Castro tiene la clave infalible para la prosperidad de su pueblo pero hay que tener paciencia, financiémosle con unos cuantos de miles de millones anuales”. Ambas medias naranjas sabían sobradamente que algo así era entonces, como lo continúa siendo hoy, ética y financieramente insostenible.

Sin atreverse a semejante lance, ni siquiera durante su momento de mayor apoyo, se vio Chávez obligado a diseñar junto a la parte cubana una manera de subvencionar el ingente parasitismo de La Habana. Se decanta por gravedad que ya aquel Fidel Castro desesperado por financiamiento externo desde el desplome de Europa del este había encontrado a su cómplice ideal. Las condiciones estaban creadas, pasó lo que tenía que pasar y se disparó la moledora de millones: Hugo aportó los petrodólares, tan fáciles durante aquella época de bonanza de precios, y Fidel las decenas de miles de médicos que mantenía semiesclavos bajo la opresión de un salario indigente. La Habana ofreció además asesoría a la carta en métodos de adoctrinamiento masivo y espionaje, así como en los más avanzados, sutiles y pérfidos métodos de represión y contrainsurgencia de ideas, exquisiteces de una eficacia hartamente probada en Cuba durante cuatro décadas con un éxito casi absoluto.

Se puso a cocinar la sopa y ya el resto es historia conocida. Tal vez nunca sepamos con certeza cuánta riqueza malversaron ambas dictaduras a lo largo de todos estos años de “cooperación internacionalista”. Ese enorme caudal se desvió de su cauce natural para sostener al engendro cubano de los Castro, se expropió en detrimento de su único destinatario justo, el tesoro público venezolano, para fomentar a la más larga dictadura del hemisferio. De toda esa millonada se ha cebado la gerontocracia de la isla para mantenerse en el poder en contra de la voluntad de mi pueblo, y también se han llenado las arcas secretas de los corruptos “bolivarianos”.

Pero ahora que amenaza en serio con acabarse la mezcla se nos ha puesto inquieto el albañil. De repente se les acaba el juego y la camaleónica dictadura cubana se verá obligada a recoger a sus legiones de cooperantes y uno se pregunta si de repente la “ética internacionalista” dejará de tener sentido sólo porque dejen de fluir desde Caracas unos cuantos miles de millones. ¿Dónde quedaría el elevado mensaje de altruismo y “ayuda desinteresada” entre pueblos hermanos? ¿Acaso bajo la nueva circunstancia política ya los venezolanos trocarían su condición de seres humanos urgidos de atención médica para convertirse en el enemigo ideológico que no meritaría ya de nuestra “desinteresada ayuda”? ¿Acaso para el Gobierno de Raúl Castro ya la población venezolana no sería meritoria de nuestra “solidaridad internacionalista” sólo porque un giro político así lo determina?

Algunos analistas han apuntado incluso que la llegada al poder de algunos candidatos de la actual oposición venezolana pudiera no conllevar necesariamente una exigencia automática de salida de los colaboradores médicos cubanos –al menos así lo aseguró públicamente Henrique Capriles– pues, al menos de momento, el nuevo gobierno no estaría en condiciones de afrontar el agudo déficit de atención médica que eso generaría. Renunciar de la noche a la mañana a la atención asumida por decenas de miles de profesionales cubanos, incluso con sus pros y sus contras, crearía un problema agudo de difícil resolución para un gobierno que además tendría ante sí el descomunal reto de emprender una profundísima reestructuración socioeconómica, encomiable empresa que podría demorar virtualmente una década considerando la magnitud del desastre chavista.

Por lo tanto sería incluso prudente ofrecer a los profesionales cubanos alguna alternativa para que quien así lo desee continúe por algún tiempo ofreciendo sus servicios en tierra venezolana, pero ahora por supuesto bajo otras reglas de juego. A partir de ese momento se pagaría su salario directamente al trabajador, sin intermediación del gobierno cubano, algo que sería una exigencia absoluta del nuevo gobierno venezolano –con seguridad en este punto sería irreductible– lo cual jamás sería aceptado por la parte cubana, acostumbrada a robarle al trabajador cuatro quintas partes de su salario.

Sería entonces cuando mostraría sus garras el tigre. Todo aquel profesional que opte por quedarse sería víctima de las más inmisericordes represalias de la dictadura cubana: perdería automáticamente todo el dinero depositado hasta ese momento en una cuenta congelada en bancos de La Habana, pasaría a formar parte de la lista negra de traidores y desertores de aquella “gloriosa” robolución, y no volvería a ver a sus hijos durante la siguiente década –o tal vez mientras no sucumba la dictadura en la isla.

En fin, podemos pronosticar con un alto margen de seguridad que la presencia de mis colegas en tierras de Bolívar será aceptada por el régimen de La Habana sólo mientras sea fuente de millones de dólares, pero jamás cedería la bestia su jugoso bocado sólo movida por la romántica idea de ayudar desinteresadamente a nadie. Sólo espero que para justificar la retirada masiva de este personal no se esgrima motivos de seguridad, no al menos el mismo gobierno que les exigió continuar trabajando en medio de las guarimbas y disturbios de principios de 2014.

No dudo, sin embargo, que en su cinismo el Gobierno cubano intente negociar nuevos términos con el futuro gobierno venezolano; de hecho tal vez explora ya entre la candidatura opositora estados de opinión más o menos proclives que potencialmente le permitan continuar su juego, esta vez en plan de aliados con los otrora “enemigos fascistas” del pueblo venezolano. Esto sería un gesto de desesperación que no descarto, porque después de todo si algo le sobra es desfachatez y falta de escrúpulos. Pero algo sí dudo muchísimo: que bajo las nuevas circunstancias la dirección de aquel país ceda en cualquier punto que implique el ingreso de un solo centavo a la dictadura cubana. Esto es algo que sí puede darse por sentado. Millones de razones tendría para ello.

Ver: Misión médica en Venezuela: la evidencia sin hipérboles

Los móviles de los colaboradores cubanos ¿idealismo o necesidad?

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