“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para septiembre, 2016

Algunos consejos prácticos a Raúl Castro

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Por Jeovany Gimenez Vega.

Una economía en ruinas, el retorno de apagones de varias horas, agudizada una vez más la perpetua crisis del transporte, un desabastecimiento generalizado en la red minorista, sometida a la carestía más absurda la familia promedio y ánimos cada vez más enconados. Son signos de alarma que ya suenan a rebato desde los campanarios de la sociedad cubana, y son señales indiscutiblemente indicativas de potenciales sucesos convulsos o estallidos sociales; conozco los síntomas porque ya vivimos la enfermedad en 1994, y nada más parecida a aquella que esta, salvando las obvias gradaciones. Cierto que el contexto es otro desde el descongelamiento con Estados Unidos, pero este ha tenido, hasta hoy, un impacto prácticamente nulo hacia el interior de la sociedad de la isla debido a la intransigencia del gobierno de Raúl Castro.

Como me asiste el derecho a opinar al respecto, aquí le dejo a nuestro Presidente unos sinceros consejos para destrabar el dominó de la sociedad cubana y así evadir el ya inminente retroceso a los más lamentables rigores de un Período Especial todavía inconcluso. Para hacerlo no hecho mano al sarcasmo, que se pinta solo para la ocasión, sino que lo hago francamente preocupado por el futuro de mi país. Aquí les van:

1.- Priorizar irrestrictamente la inversión directa de los emigrados.

Durante más de medio siglo millones de emigrados cubanos –una cuarta parte de la población total– ha trabajado con encono en múltiples latitudes, y muchos de ellos han sido sumamente exitosos y han terminado granjeado una fortuna nada desdeñable, fortuna que en no pocos casos estarían dispuestos a invertir a gran escala en su país de origen –a lo cual dicho sea de paso, les asiste un auténtico y natural derecho– de existir allí la voluntad política y las garantías legales mínimas. Autorizar la inversión directa de la emigración cubana en su propio país sería apenas un imprescindible acto de justicia histórica. Renunciar a ese enorme caudal, que reactivaría a muy corto plazo la economía interna y generaría cientos de miles de nuevos empleos, continúa siendo una de las posturas más torpes, injustificables y absurdas del gobierno cubano postrevolucionario, que paradójicamente se muestra todavía dispuesto a negociar con el mundo entero pero nunca con sus propios conciudadanos.

2.- Modificar seriamente la política económica interna.

Dado que las medidas instrumentadas hasta ahora han resultado indiscutiblemente ineficaces y no han pasado de tener un puro efecto vitrina que sólo exporta al mundo una imagen irreal del país, se impone asumir con seriedad cambios que destraben la actividad del productor interno. Sería muy útil, por ejemplo, liberar completamente la gestión del sector agropecuario mediante la derogación de toda ley o resolución que frene  su productividad, así como desmantelar el monopolio de la Empresa Nacional de Acopio, que no hace más que sabotear el fruto de su trabajo. Igualmente se impone dotar a todo tipo de cooperativas de una autonomía absoluta; a partir de entonces los límites de su productividad dependerían únicamente de sus propias decisiones y nunca de las arbitrariedades de funcionarios indolentes. Esto es extensible a todo el sector trabajador por cuenta propia –que no es otra cosa que la cosmopolita empresa familiar privada– no limitando más su gestión con medidas irracionales que hagan imposible su rentabilidad. En este sentido se debe autorizar la importación, directamente por el productor, de sus propios insumos y materias primas, así como garantizar un fluido comercio mayorista interno. Instruméntese un razonable sistema de impuestos y todo concluido.

3.- Modificar la Ley de Inversión Extranjera.

La actual legislación limita demasiado y no ofrece suficientes garantías legales para el inversor extranjero. Si algo tan elemental como elegir a quienes dirigirán en Cuba su empresa, o cuánto salario recibirán directamente sus empleados no puede ser su propia decisión –pues el Gobierno cubano insiste en siempre intermediar al respecto– usted tranquilamente elegirá otro sitio donde invertir su capital. Mientras esto sea así los inversores nunca cederán en su natural recelo, y ya se sabe que sin inversión –es una máxima ampliamente establecida en Economía– no hay desarrollo: ahí permanece empolvada y vacía la Zona Franca de Mariel, a varios años de inaugurada, para demostrarlo.

4.- Permitir el acceso pleno y sin censura a Internet del pueblo cubano.

Puede que esta apertura traiga aparejada los peligros de “ciberataques terroristas”, pero también en muy cierto que Cuba está en condiciones de asumir su propia ciberseguridad tal y como la asume el resto del mundo. Después de todo el Gobierno cubano ha demostrado contar con mecanismos suficientemente seguros para mantener a buen resguardo su información más sensible, por lo que, a la luz de estos razonamientos, nada justifica el enfermizo aislamiento en que el régimen policial cubano pretende mantener a la sociedad ya avanzada la segunda década del siglo XXI. Permitir el libre y masivo uso de la Internet es una de las condiciones indispensables para que florezca la emergente, y por décadas absurdamente maniatada, empresa familiar cubana, naturalmente llamada a alcanzar un estimable peso en nuestro PIB. Mientras el Gobierno de Raúl Castro continúe negándose a tal apertura, esto continuará representando una autodenuncia con respecto a su verdadera naturaleza dictatorial. Para satisfacer nuestra necesidad de conectividad nunca bastarán esos puntos públicos Wi-Fi donde, a cambio de un 20% de nuestro salario por cada hora de pésima conexión, nos derretimos bajo el sol en las aceras: los cubanos demandamos tener acceso pleno a Internet desde cada uno de nuestros hogares.

5.- Instrumentar mecanismos de diálogo con la oposición política pacífica.

Hay una certeza que el Gobierno cubano debe terminar por admitir: su discurso de que cada opositor cubano es un asalariado del imperio yanqui está definitivamente desgastado. Son cada vez más evidentes las muestras públicas de rechazo al régimen totalitario y cada vez más patentes las intenciones de unidad dentro de la oposición cubana. Pero incluso dentro de esa oposición las autoridades oficiales encontrarán siempre posiciones más moderadas –no por esto menos firmes en sus exigencias– que merece la pena escuchar. Un diálogo público y en igualdad de condiciones echaría mucha luz sobre de los conflictos más agudos. La reciente ola de disidentes cubanos en huelga de hambre exigiendo el cese de la represión –donde descolló la resuelta postura mantenida por Guillermo Fariñas durante más de 50 días– en contraste con la marcada política represiva del régimen, que mantiene inalterable su modus operandi mediante sistemáticas golpizas a activistas pacíficos, allanamientos y detenciones arbitrarias a opositores, son claramente indicativas del calamitoso estado de los Derechos Humanos en Cuba. Una condición indispensable para establecer cualquier vía de diálogo sería por supuesto el cese de toda forma de coacción o violencia contra opositores y disidentes al sistema, sin lo cual todo sería en un contrasentido.

Como notarán nuestro Presidente, y nuestro estimado lector, aquí no pido que Raúl Castro abandone el poder, no hablo de elecciones democráticas. En sufragios libres, en igualdad de condiciones con su oposición política, la dictadura cubana no tendría la más mínima posibilidad de triunfar después de la desolación económica, pero sobre todo moral y ética, que ha impuesto por la fuerza al pueblo cubano. El cumplimiento de esta sola condición convertiría en superfluos los consejos aquí enunciados. Tampoco hablo hoy de división de poderes, ni de libertad de prensa, por sólo citar dos puntos que bastarían para derribar a este gigante de pies de barro que es la dictadura cubana. Sólo dejo aquí propuestas prácticas, que oxigenarían nuestra economía y aliviarían inmediatamente el clima tenso de nuestra sociedad.

Si bien Raúl Castro estuvo en condiciones de quedar ante la Historia como un reformador, hasta ahora no ha mostrado menos obcecación por el poder que su hermano mayor, ni menos vocación por el uso sistemático de la represión política, y tomando en cuenta el corto período que nos separa del anunciado fin de su mandato, nada hasta ahora señala a que esto vaya a cambiar. No obstante aquí le dejo estos consejos, que ya él decidirá si tomar o no, con sus inevitables consecuencias en un sentido u otro. Pero decida el General lo que decida, algo sí debe quedarle claro: Cuba se merece otro camino, y lo tomará quiera él o no lo quiera. Esto es algo inevitable.

Fidel Castro: la hora del condenado.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Evitemos acusaciones infundadas. Aceptemos que aquella madrugada de la Santa Ana insistió obstinadamente en llegar al Moncada, lo cual inexplicablemente no logró en medio de un Santiago en pleno carnaval. En el mismo instante en que otros sin embargo sí lograron llegar, entrar y morir como habían prometido, él nunca llegó, ni siquiera guiado por el repiqueteo incesante de la fusilería. Aceptemos que el afanoso líder de aquella acción, planificada con muchísimo celo durante largos meses, esa mañana se extravió del modo más cándido y que su ausencia en aquella acción no fue por pura y simple cobardía.

Aceptemos que años más tarde el barbudo líder de la Sierra nada tuvo que ver con la cuando menos imprudente llamada telefónica de Déborah –nombre clandestino de Vilma Espín– al escondite de Frank País, llamada que prácticamente lo entregó a sus asesinos y le costó la vida al valiosísimo líder de la clandestinidad en el llano.

Aceptemos también que nunca supo qué le sucedió a Camilo –el segundo hombre al mando de la Revolución y su comandante más carismático– aquel fatídico día de octubre en que se evaporó para siempre sin dejar un rastro mínimo en su avioneta Cesna. Quedarán para siempre, por supuesto, algunas incómodas preguntas: ¿cómo puede desaparecer, así sin más, el jefe del ejército de una Revolución recién triunfante y que se abandone su búsqueda en unos pocos días? ¿Por qué nunca se acusó al imperialismo del norte, ya desde entonces asumido por el Comandante en Jefe como indiscutible enemigo, de un presunto magnicidio? ¿Qué sucedió inmediatamente después con la nómina de hombres de confianza del desaparecido comandante? ¿Quién terminó por ocupar su puesto vacante y lo mantendría ininterrumpidamente durante 50 años?

Aceptemos que no fue por mala fe que sugirió destinar la guerrilla del Che Guevara a los parajes más inhóspitos de Bolivia, donde tendría con toda certeza menos apoyo y menos posibilidad de incorporación de fuerzas locales. Asumamos que nunca medió componenda alguna con el Partido Comunista local, que lejos de brindar el prometido apoyo en hombres y armas, fue incluso más allá y boicoteó activamente, en su momento más crítico, el desarrollo de la naciente guerrilla. Sin embargo siempre cabrá preguntarse ¿por qué él, desde La Habana, insistió en ocultar la identidad del jefe de aquella columna, a sabiendas de que el público conocimiento de la presencia del Che en el altiplano podría catalizar una masiva incorporación de fuerzas de izquierda a la guerrilla? ¿De qué misterioso modo se interrumpió definitivamente la comunicación con el núcleo guerrillero durante sus últimos cuatro meses de operaciones –un punto siempre eludido por él pero denunciado una y otra vez por el diario del Che– cuando presuntamente debió ser esta comunicación su prioridad absoluta en aquel momento? ¿Cómo pudieron fallar todos los planes de contingencia y no quedaron establecidas las vías de evasión previstas, algo que le costó la vida al demasiado carismático, para su gusto, comandante argentino?

Supongamos que nada tuvo que ver, o nada supo jamás, de las operaciones de narcotráfico del clan Ochoa mientras no estalló el escándalo de la Causa Número 1: nada sabía, precisamente él, que escuchaba crecer la hierba, según palabras de un insigne colombiano amigo suyo y fundador de Macondo. De repente quien todo lo sabía no se enteraba de que la plana mayor de su ejército –sus mejores generales, hombres todos de su entera confianza, Ministro del Interior incluido– estaba implicada hasta el cuello en operaciones de narcotráfico a gran escala. Incluso aceptando como circunstanciales las en extremo comprometedoras acusaciones de los lugartenientes de Pablo Escobar al respecto y que le bañan de mierda ¿cómo explicar tan imperdonable “punto ciego” en el rigurosísimo control del omnisciente Comandante en Jefe?

Suponiendo a priori que nada tuvo que ver en estos gravísimos trances le otorgo un beneficio de la duda que no merece quien nos convirtió a todos en culpables de alguna “vileza” mientras no hayamos probado lo contrario. Una sola de estas atrocidades bastaría para echar definitivamente por tierra su autoconstruida aureola de santidad, porque cada una implicaría una felonía tan escandalosa y elocuente que en el acto lo convertiría en el traidor por antonomasia de la Historia de Cuba.

Pero como se cuidó muy bien de no dejar huellas tras sus pasos turbios de nada puedo acusarle. Por lo mismo no son estas palabras para hablar de lo improbable, porque para juzgarle con creces bastará con el daño más visible infligido por él a la nación cubana. Bastaría hablar aquí de su ininterrumpida saga de caprichos que hundieron la economía de un país que para nada recibió en la ruina en el 59, sino que por el contrario, ostentaba más de un índice macroeconómico envidiable, algo que nunca más recuperó bajo su desastroso desgobierno. Aquella Cuba del tirano Batista –de graves problemas sociales, eso sí, con su estela de esbirros, asesinos y políticos corruptos– necesitaba ingentemente ser reformada, pero no de un modo tan absurdo como pretendió hacerlo este clan de sátrapas cuando la arrastró del modo más antinatural hacia la égida del “comunismo” soviético.

Cualquier análisis evidenciará la atroz involución económica provocada por sus libretazos, cuyas naturales consecuencias justificó siempre con el leque leque del “bloqueo” yanqui. Pero los hechos le denuncian ¿cómo este país nunca salió adelante cuando recibió desde la extinta Unión Soviética ¡durante 30 años, hasta llegados los 90! mucho más petróleo, materias primas y tecnología de las necesarias, además mediando generosísimos subsidios, y contando además con un mercado seguro que compraba TODO nuestro azúcar AL TRIPLE de su precio de mercado? Bajo tales circunstancias ¿de qué embargo norteamericano podemos hablar para explicar semejante desastre? ¿Cómo se atreve, aún hoy, a esgrimir un argumento tan incoherente?

Solo existe una razón para que un país como el nuestro, con un pueblo emprendedor y pujante, haya desaprovechado semejante oportunidad y haya dilapidado tanta riqueza. ¿Cómo pudo suceder? Aquí la respuesta es muy simple: todo sucedió gracias a la antológica mediocridad del Comandante en Jefe. Sucede que jamás país alguno podrá evolucionar mientras absolutamente todo tenga que ser decidido por un solo individuo omnipotente, y el problema con él fue que al bajar de la sierra no sólo olvidó afeitar su mítica barba y cambiarse el uniforme, también pareció olvidar que un país –según memorable sentencia de José Julián Martí– no puede ser mandado como se manda un campamento. Gracias a su caracteropatía delirante aún hoy padecemos décadas de retraso con relación al mundo, y a ella le debemos además una pérdida inestimable de recursos materiales y humanos, e incluso más de una guerra sucia en horizontes ajenos.

Nadie ha olvidado aquellos fusilamientos televisados y la violencia revanchista de los primeros años –realmente innecesaria tomado en cuenta el apoyo inicial a la causa– pero que definieron para siempre, a modo de clara premonición, el matiz de su postura hacia cualquier tipo de oposición futura. El posterior quinquenio gris –UMAP incluidas– con toda su larga saga de lamentables consecuencias, aún reverbera en la psiquis social cubana con una carísima injuria moral de dobleces que se ha perpetuado gracias al clima de represión al libre pensamiento siempre fomentado bajo su dictadura. Quizás debería aquí eludir este punto para evitar consabidas reiteraciones, pero si una vez más lo cito es porque hasta hoy el tirano jamás tuvo, ni siquiera por insulso protocolo, una palabra de arrepentimiento ni una mínima disculpa pública al respecto, lo cual implica una plena satisfacción con todo el daño infligido, algo completamente congruente con su inmisericordia y raigal despotismo.

Para ser condenado por la Historia también bastaría con la mentira, su aliada de siempre. Recordemos como negó durante mucho tiempo su vocación “comunista”, y con cuanta pasión acusó precisamente de eso al “traidor” Hubert Matos en juicio sumario. Nadie ha olvidado como aquel joven líder, que bajó triunfante de las montañas gracias al apoyo de un pueblo puro, después incumplió olímpicamente su promesa de convocar a elecciones democráticas en menos de 18 meses para después autoperpetuarse en el poder durante más de medio siglo, y el modo arbitrario en que gobernó por decreto durante 17 largos años, violentando la entonces vigente Constitución del 40 –una de las más avanzadas de la época– hasta que fuera sustituida en 1976 por la actual, ya ampliamente violatoria de múltiples derechos humanos.

También bastaría para condenarle la sustancial demagogia que imprimió a sus actos más trascendentes. Ahora muchos lo sabemos: quien definió esta Revolución como de los humildes y para los humildes, y durante décadas enarboló un discurso de austeridad e igualdad social, jamás lo practicó. El histrión de aquellos vibrantes discursos era el mismo que luego degustaba costosos quesos y jamones, y exclusivísimos vinos a la carta a cada puesta de sol, el que poseía varios cotos privados de caza y de pesca al estilo de la más rancia burguesía y siempre dispuso de cuentas bancarias privadas que usaba sin rendir explicaciones a nadie, así como permitió a sus más encumbrados secuaces un nivel de vida desmedidamente opulento, algo insultante frente a la sempiterna pobreza del pueblo cubano bajo su enfermiza ojeriza hacia la prosperidad ajena.

Aquel campeón de los dobleces durante mucho tiempo juzgó a más de un militante de su partido hasta por triviales deslices amorosos, y sin embargo resultaba ser el mismo que a su vez ostentaba múltiples amantes, incluida la esposa de cierto comandante, íntimo “amigo” suyo –investigador dado a largos períodos de ausencia fuera del país para los que “casualmente” nunca faltaba presupuesto. Todo esto nos dibuja, en fin, una personalidad raigalmente desleal, por completo opuesta al barbudo de ensueño que abraza niños en las pancartas difundidas por el departamento ideológico de su Partido Comunista.

Pero por sus frutos lo conocerás. Ahora el señor de las tinieblas, candil de la calle, en su antológico cinismo habla de dignidad humana y de libertad para los pobres del mundo, y mientras tanto su heredero todavía mantiene a mi pueblo sometido a su inmisericorde despotismo; se atreven a hablar de aperturas que continúan negando a su propio pueblo, y pretenden negociar con todos excepto con aquellos cubanos emigrados que amasaron lícitas fortunas.

Y a pesar de todo aun quiere pasar por genio quien arruinó a la patria, y ni siquiera advierte que ya la Historia firmó su veredicto. Esto en un hecho consumado que no será evitado tampoco por la última contraofensiva alrededor de sus 90 años, un nauseabundo esfuerzo que persigue algo imposible porque nadie salvará ya al monstruo definitivamente condenado.

Pero el daño mayor que Fidel Castro nos hizo no lo encontraremos en las ruinas materiales, en las fábricas abandonadas, ni en nuestras más inmundas carencias cotidianas por más numerosas y absurdas que parezcan; no lo encontraremos en los estantes perpetuamente desabastecidos de las tiendas ni en nuestra mesa vacía, no. El verdadero daño provocado por él habrá que buscarlo en el corazón del hombre y en las ruinas morales que lo pudren: en el cubano enceguecido por el odio que todavía hoy apalea a un semejante por discrepancias políticas; en cada hombre que simula con ruines dobleces por no sufrir las consecuencias de su metódico terror; en la desvergüenza de ostentar un parlamento sordo ante las imperiosas urgencias de mi pueblo; en la mezquindad de sus hordas que agreden a activistas pacíficos y Damas de Blanco sólo armadas de “terribles” gladiolos; en cada dirigente “comunista” que se burla de mi pueblo y en cada burócrata insensible que avasalla a un ciudadano sin derechos; en cada sufrimiento innecesario y en las miles de carencias derivadas de sus absurdos desvaríos; en el rencor inescrutable acumulado gracias a su odio ladino hacia mi pueblo; en cada emigrado que no tiene permitido retornar a su patria y en cada joven que hoy huye rompiendo selva mientras reniega de su origen; en fin, en toda esta inconmensurable desgracia arrastrada por la nación cubana gracias a su desbordante megalomanía.

Sin temor condenadle, no importa, la Historia lo confirmará.

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PD: Este post debió ser publicado el pasado 13 de agosto, pero mi estancia en Cuba no me lo permitió en ese momento por razones obvias.

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