“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para febrero, 2014

El terror a la prosperidad del pueblo.

 

IMG_3813 (2)Por Jeovany Jimenez Vega.

 

Precisamente por los días en que el Gobierno cubano “liberó” la venta de autos domésticos, a tarifas de millonarios, para el pueblo trabajador, mi niño se extasiaba ante una vitrina con estos carritos de juguete que nuestros gobernantes venden en CUC al equivalente del salario promedio mensual íntegro de cualquier cubano de a pie. No pude evitar la obvia analogía. Unos días antes leía yo en el diario Granma la noticia y por un segundo me alegré, pero leí al instante algo así como que “…los precios se ajustarán a lo pactado entre particulares…” y ya eso me olió a mondongo podrido. Era demasiado bueno para ser verdad. De este modo el Estado cubano cuadriplicó, de un plumazo, el precio a toda la destartaleta de uso que nos vende. Ya no le bastaban los 5000 o 6000 CUC (entre 5500 y 6600 USD) que como promedio nos cobraba por autos desechados por el turismo, con un mundo de millas recorridas y con el término de garantía del fabricante invariablemente vencido.

 

Durante todos los años que estuvo en vigor la célebre “carta de autorización” del Ministerio de Transporte para la compra de esos vehículos, ésta le era asignada básicamente a artistas, deportistas y trabajadores del sector de la Salud Pública cooperantes en el extranjero y con todo, sólo a algunos casos particularmente seleccionados. Pues bien, el hecho es que aquel médico o deportista, abrumado por otras necesidades más urgentes –de vivienda, por ejemplo– la mayoría de las veces decidía vender su carta de autorización al mejor postor y así fue cómo con el tiempo pasó aquella de 5000 CUC, a costar entre 10000 y 12000 CUC, con lo cual el monto total a desembolsar por cualquier trastajo de segunda mano ascendió, por razones obvias, a 15000 o 17000, y hasta 25000 CUC, en dependencia de la marca y modelo –esto por autos de bajo costo, usados, los mismos que en otro país usted compraría nuevos y con su debida garantía, posibilidad de venta a crédito y otras facilidades de pago, incluido un adecuado servicio de postventa y nunca pasarían de 2000 a 3000, o a lo sumo $5000 USD.

 

Aquí tenemos al Estado cubano que jugando una vez más su rol de malandro de esquina y que apuesta sin tapujos por el asalto a mano armada, con esta nueva ofensa a un pueblo que ya no espera otra cosa de él más que golpes bajos. Ni siquiera fueron capaces de respetar las miles de cartas de autorización que ahora quedan incumplidas; ni siquiera pudieron aumentarle un prudente por ciento a carromatos que ya estaban más que pagados, pues habían sido alquilados durante años. Era demasiada la tentación, demasiada plata corriendo ante la pupila del rufián, todo demasiado “jamón” como para quedarse tranquilo; se lamió los labios y se afiló las uñas hasta que no soportó más y al fin se lanzó al atraco: después de todo –razonamiento básico del bandido que extorsiona– si se lo pagan entre ellos ¡mejor que me lo paguen a mí, que para algo aquí soy el que más mea!

 

Pero en esencia aquí no hay nada nuevo, nada a lo que ya no se nos tenga acostumbrados: ¿qué esperar de un estado que monopoliza todo y hace décadas –nada que ver con la crisis global iniciada en 2008– nos vende toda la mierda que compra al 500 o 1000% de su costo final? ¿O acaso no fue el Estado cubano quien emitió y mantiene vigente la Resolución que multiplica automáticamente por 2.50 el precio de toda mercancía a su salida de puerto, rumbo a los almacenes, para que una vez allí las cadenas de empresas y unidades de comercio minorista continúen la masacre multiplicándolo cuantas veces le salga de los testículos? ¿Quién fue, sino el Estado cubano, quien aumentó masivamente el 30% del precio a casi toda mercancía en las TRD –para colmo de pésima calidad– a finales de 2004? ¿O no es el Estado cubano el que ahora nos alquila un cilindro de 10 Kg. de gas licuado por $500.00 pesos, un precio superior al salario promedio mensual? ¿Quién nos vende un pliego de papel higiénico a casi $40.00 pesos? ¿Quién de nosotros nunca compró zapatos podridos a cambio del salario íntegro de varios meses? ¿Quién es, sino nuestro estado, quien fija el precio de cualquier juguete minúsculo –a nuestros niños que nacen para ser felices– entre $300 y $500 pesos, o de unos jeans ordinarios en casi $700 pesos? ¿Quién decidió que debemos trabajar todo un año para pasar tres días en un hotel de mediana categoría? Así que ahora ¿a quién sorprenderían vendiendo chivichanas viejas en semejantes precios?

 

Ahora quieren desplazar hacia nosotros la responsabilidad de pagar el precio de sus malas políticas, y aseguran con un cinismo tremendo que los dividendos de esta estafa se dedicarán a mejorar el transporte público. Pero al implementar estas medidas no hacen más que desacreditarse y mientras tanto nosotros, cubanos al fin, que hasta de nuestra desgracia nos reímos, optamos por tirarlo todo a jodedera –cierto es que no parece otra cosa que un chiste de mal gusto– y apostamos a la chanza criolla para disimular la rabia. Pero quien esto escribe prefirió tomarse la cosa en serio por más que le tienten la ironía y la burla –que bien cómoda se les da– y por más que no merezcan otra cosa los mequetrefes de cuello blanco que, a todos los niveles de este país, toman decisiones como esta con el consentimiento pleno de las máximas instancias políticas y de gobierno. Ellos, los mismos que decidieron que mis niños –no los de ellos– no tomen leche pues ya pasaron los siete años; los que nos “pagan”, en lugar de un salario, una porquería que se nos evapora en pocos días. Son los mismos que se ocupan a tiempo completo –y he aquí por qué no la chanza– de impedir por todos los medios la prosperidad de mi pueblo. Esta es la esencia y el meollo del asunto: le temen a un pueblo próspero porque sería menos manipulable y servil. Saben bien que la prosperidad enciende una luz demasiado peligrosa en la mirada del hombre, que lo torna irreverente y resuelto, y que este hombre, más temprano que tarde, terminaría por aclamar espacios y libertades inconcebibles para la psicología del césar.

 

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