“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para mayo, 2015

CUC vs. dólar: ¿el gravamen perpetuo?

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Desde el pasado viernes 29 de mayo Cuba quedó excluida de la lista de países patrocinadores del terrorismo en la cual le incluía Washington desde 1982, pues consideraba como tal que el gobierno antillano hubiera cobijado durante décadas a militantes del grupo extremista vasco ETA, a guerrilleros de las FARC colombianas y a más de un prófugo de la justicia estadounidense. Su inclusión en esa lista implicó para la dictadura cubana una negativa sistemática de la banca internacional a operar en Cuba y a realizar sus transacciones financieras, y engrana con la más amplia política de embargo estadounidense que no permitió hasta ahora que Cuba utilizara dólares en sus transacciones comerciales bajo riesgo de confiscación de cobros y pagos.

En lo particular, la inclusión de Cuba en esta lista nunca me dio ni frío ni calor. Ello siempre me pareció intrascendente contrastado frente a una realidad que nos circunda de forma más inmediata a los vecinos de Liborio, con múltiples y elocuentes ejemplos de lo que sin temor a excesos podríamos definir como una política de Terrorismo Doméstico de Estado: esa hostilidad absoluta, abierta y nunca disimulada, perpetrada inmisericordemente por la gerontocracia de La Habana contra todo lo que implique bienestar personal y prosperidad para la familia cubana.

Pienso en una larga cadena de medidas antipopulares, tomadas por el gobierno de los Castro para mantener al pueblo en una insolvencia económica perpetua, limítrofe con la indigencia, de modo que la constante premura de procurarse un plato de comida no le deje ánimo ni tiempo para “peligrosos” gestos de civismo. Esta absurda política estatal, impuesta frente a nuestros insultantes salarios, nos somete al precio exorbitante del combustible en las gasolineras a pesar del desplome del petróleo en el mercado mundial, a la aplicación de una tarifa eléctrica que al menor descuido nos defalca y al soez aumento del precio del gas licuado. Continúan vigentes las tasas de cambio fijadas arbitrariamente por CADECA, la execrable extorsión a mano armada en las aduanas, las constantes zancadillas contra el sector trabajador por cuenta propia y el impúdico rol de proxeneta de quienes explotan al colaborador médico en el extranjero. Todas estas medidas fueron dictadas desde La Habana, y hacen palidecer ante nuestros ojos cualquier otra lista de villanías.

Precisamente sobre esta inmemorial política de avasallamiento se engranó desde 1994 el arbitrario gravamen que por sus reverberantes testículos Fidel Castro impuso al dólar estadounidense frente a su sacrosanto CUC criollo, medida que de la noche a la mañana disminuyó oficialmente en un 20% el poder adquisitivo de todo aquel que recibió durante las últimas dos décadas dinero enviado por su familia emigrada desde las más variadas latitudes –esto devenido hace años, por cierto, en un jugoso mecanismo de ingresos para la isla.

Desde el 8 de noviembre de 1994 la Resolución 80, emitida por el Banco Central de Cuba, estableció que el dólar estadounidense tendría un gravamen del 10 % en el cambio con respecto al peso convertible cubano (CUC). Más tarde, en abril de 2005 el Acuerdo No.15 del Comité de Política Monetaria reevalúo en otro 8% la tasa de cambio del CUC frente al dólar y demás monedas extranjeras, por lo cual, desde entonces, para cambiar un dólar en Cuba usted deberá tener en cuenta tres factores: el gravamen implementado por la Resolución 80, del 10%, la apreciación anunciada en el Acuerdo No.15 del Comité de Política Monetaria, del 8%, y el margen comercial que aplica CADECA a este tipo de transacciones, mantenido alrededor del 3,5%. Con estos elementos puede calcular que por cada $100.00 USD usted recibirá en CADECA aproximadamente $80.42 CUC.

Pero definitivamente estos dictados, a modo de bumerang, cobraron su factura: además de coadyuvar a la compleja distorsión de su sistema financiero interno, no pudo menos que tener un negativísimo impacto en la afluencia de turismo en medio de este exótico Caribe, espléndido en bellas playas y ofertas más competitivas, hacia las que derivaron durante este período millones de vacacionistas no dispuestos a pagar este tributo de estafa.

Muchas consecuencias inmediatas podrá tener ahora la retirada del Gobierno cubano de esa lista negra, pero especialmente una es la que me ocupa hoy porque es la que más inmediatamente dirigida está al bolsillo de nuestra familia en Cuba, y me pregunto: ante la inminencia de que Cuba podrá hacer libres transacciones internacionales con el dólar estadounidense –y dado que este fue el principal argumento utilizado– ¿derogará ahora el Gobierno cubano ese oneroso gravamen de la moneda del norte en favor del CUC? ¿Se atrevería la desvergonzada cúpula verdeocre a mantener ese impúdico modo de extorsión masiva, contra viento y marea, a pesar del nuevo cambio de clave?

Revocar este gravamen está indisolublemente ligado hoy a la más de una vez anunciada, y muchas veces postergada, unificación monetaria. Ahora los dictadores tendrán que poner en una balanza de un lado su indiscutida vocación retrógrada de explotar al pueblo cubano por todos los medios posibles y de propiciar todo lo que conduzca a su ruina e insolvencia, y por otro la necesidad ya advertida por los “estudiosos” del tema de sincronizar con un realismo al menos creíble a primera vista su sistema financiero de cara a los organismos internacionales, la banca y los futuros inversores, condición sin la cual aumentaría la ya muy recelosa percepción de riesgo de más de un empresario, cuyo intuitivo olfato no termina por confiarse del todo de las “buenas intenciones” de Raúl Castro. Demasiadas historias de escamoteos y estafas se escuchan para que así no sea.

Pero en fin, si el Gobierno cubano conservara todavía una partícula de vergüenza derogaría hoy mismo este impopular y abominable gravamen que de manera tan negativa ha incidido sobre el bienestar del denostado pueblo cubano, y dejaría de considerar nuestra pobreza como su principal recurso, como el indigno pedestal sobre el que se ha sostenido durante más de medio siglo la más larga y refinada dictadura que América haya conocido.

Vindicación mínima de José Martí.

Marti - Carlos Enríquez Muerte de Martí en Dos Ríos

Por Jeovany Jimenez Vega.

En el loable intento de desmitificar a José Martí se han empeñado plumas de los más disímiles calibres, y todos los esfuerzos parecen pocos dada la trascendencia de su legado. Pero no todos han partido en la dirección correcta en sus tentativas. Me sumo a la polémica propuesta por un reciente artículo que cuestiona la impronta de José Martí en el pueblo cubano durante la fase que precedió inmediatamente al alzamiento del 24 de febrero.

Calibrar la influencia de Martí hacia el interior de la sociedad cubana hasta 1895 a partir del improbable y rudimentario conocimiento que de su avanzado pensamiento doctrinal pudiera alcanzar una población cubana semianalfabeta relegada a la insularidad cubana de las postrimerías del siglo XIX, sería tan absurdo como presuponer que su impronta debió quedar limitada exclusivamente a aquel humilde sector poblacional, aislándolo sin razón del resto de una sociedad que ya resonaba impaciente ante la inminencia de la guerra.

Este siempre sería un enfoque sesgado porque olvidaría la diana principal a que apuntaba la verba encendida del Maestro desde las páginas de Patria y desde las tribunas de Tampa y Cayo Hueso: a la intelectualidad criolla –llamada a amplificar el mensaje propiciador de la inminente gesta hacia el interior de la isla– y a los líderes militares –llamados a arrastrar a la manigua, tras su natural liderazgo, a la gran masa de cubanos que serían el cuerpo de choque del futuro Ejército Libertador.

La influencia que sobre las clases mayoritarias más bajas –y por lo mismo más decisivas en la futura contienda– pudo tener Martí, no puede ser deducida de forma lineal sino que necesariamente pasa a través de aquella extensa red de intermediarios del mensaje. Si bien es cierto que el hombre de campo en Cuba tenía poca oportunidad de permearse de la doctrina martiana, también lo es que esa marea de rencor contenido contra España estaba impaciente, llegado 1895, sólo a la espera de un guiño de ojos, de la orden de los jefes de antaño para desatarse en nuevas cargas contra la inmisericorde metrópoli, y si esa tensión llegó al grado crítico de no retorno fue precisamente por la descomunal e infatigable labor organizativa y de proselitismo político desplegada por Martí; gigantesca odisea que nunca podrá desestimar, ni minimizar, quien analice con objetividad la dinámica regente del período final de la tregua fecunda.

Cierto que Cuba en aquel momento pasaba por una situación económica precaria y coyunturalmente compleja, pero se debe tener en cuenta amargos precedentes: la intentona fallida de la guerra chiquita y más tarde la gran frustración que generó el fracaso del Plan Gómez-Maceo, por lo que no sería nada desatinado afirmar que sin el milagro catalizador del Apóstol bien hubiera podido pasar de largo aquella hora sin penas ni glorias.

Martí no era un militar. Su genialidad estratégica se desarrolló netamente en el plano político y estuvo sustentada sobre sus excepcionales dotes diplomáticas, virtud indiscutida que cincelara el Maestro con el pulso y la tenacidad de un orfebre, a lo largo de su vida, mediante un exponencial proceso de autopurificación que convirtió finalmente a un hombre de temperamento irascible y reaccional en este ser amable, magnético, subyugante y regenerador que nos legó la Historia, tan avasallador que conquistó para la causa común a hombres hechos como de piedra desencontrados por años. Regresar al cauce de la Revolución a aquellos caracteres de bronce fue su mayor logro y también su modo de tocar a la puerta de cada bohío cubano con la empuñadura del machete redentor.

Demasiados obstáculos se interponían entonces entre el ideario martiano y la pobreza del guajiro en Cuba, pero de traducir al lenguaje montuno la línea estratégica del mártir de Dos Ríos se encargaron las principales figuras de la guerra grande: un Máximo Gómez que había lanzado una señal inequívoca a la emigración sobre su incondicionalidad hacia Martí cuando mandó a su hijo Panchito junto a éste en gira proselitista a través de los clubs revolucionarios de Estados Unidos; un José Maceo recién casado, que apenas tuvo que ser instado por el Maestro para unirse a la empresa pasando por encima de su orgullo herido por el racismo en la pasada contienda –“sólo Martí pudo sacarme de mi nido de amor”, decía– y un Antonio Maceo, el hombre definitivo, que a pesar de los malos entendidos, sumó también su machete incondicional a la gesta y apenas desembarcara en Oriente incorporara masivamente a la manigua a miles de mambises.

A aquellos hombres ásperos e incultos le bastaba con la presencia en los campos de Cuba de sus legendarios jefes para estar dispuestos a morir por la guerra previamente gestada por el genio de Martí. Muchos se sumaron, pero la presencia decisiva de cada uno de estos generales en la manigua cubana fue un triunfo personal del apóstol; si el soldado mambí tenía mayor o menor conciencia de ello bien poco le preocuparía a este hombre tan poco urgido de honores personales, pero la Historia es concluyente al respecto: si el milagro del levantamiento se produjo fue porque antes Martí, mediante su herramienta más formidable, el Partido Revolucionario Cubano, organizó paciente y sistemáticamente, con regia inteligencia, la colosal conspiración.

Frisa la insolencia rebajar a condición de mito los excelsos méritos del cubano que reunió en sí tan sublime confluencia de virtudes. Sí, necesitamos ingentemente desmitificar a Martí, despojarlo de las sotanas de santo que nunca vistió y bajarlo de altares que nunca solicitó para sí. Pero desmitificarlo no implica despojarle de méritos probados: cuidemos que nuestra repugnancia por el argumento meloso y la lisonja oportunista de los déspotas que intentan legitimarse no empañe ante nuestra mirada el brillo y la nobleza auténtica del héroe visionario.

Definitivamente no era un militar el que cayó a la luz del sol en la primera escaramuza, y si murió ascendido a Mayor General por el invicto Máximo Gómez –profundo conocedor de hombres y bien parco en tributar honores– fue porque también el alma grande del viejo de Bani, templada en todos los dolores de la guerra, terminó conquistada sin reservas por el influjo misterioso del Maestro. Y no lo olvidemos: si un gesto de Gómez bastaba para movilizar a todo el ejército mambí, junto a ese gesto iba también, como su victoria suprema, la orden de aquel que murió en Dos Ríos por los pobres de la Tierra.

Ver: Martí y la idea del partido único.

Mis minutos con el Papa.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

¿Qué le diría yo al Papa Francisco si pudiera hablarle minutos antes de su reunión con Raúl Castro? Si Jesús vino al mundo para salvar a los impuros, para sentarse también a la mesa de los fariseos –precisamente de aquellos con el alma más contaminada por la esquirla de la maldad– ¿qué podría yo decir a Su Santidad que le resumiera todo el duelo de mi pueblo y le advirtiera sobre la real dimensión del desastre que mi patria vive?

Estará mañana el Papa frente al representante de un engendro maquillado para engañar al mundo sobre su naturaleza mezquina, que oculta su verdadero rostro entre telones salpicados con sangre y sufrimiento de mi pueblo. Representa a la dictadura más larga, pérfida y sutil conocida en América, cuyo lado siniestro sólo conocen el hombre humilde de salario miserable que no se atreve a hablar por temor a seguras represalias, o el periodista censurado frente a los temas intocables, o el ético escritor marginado por una pseudointelectualidad apóstata que canjeó su dignidad por status como una prostituta; ese rostro a la sombra lo conocen de memoria el trabajador honesto expulsado por disentir, o el activista cívico atropellado por defender sus verdades.

Ese Raúl Castro –a la vez Presidente, Primer Ministro y Secretario General del único partido legal en mi país– es el mismo que ordena o permite cada amenaza, allanamiento, mitin de repudio o golpiza impune contra opositores pacíficos, cada detención arbitraria y condena a prisión sin levantamiento de cargos, así como el acoso constante a una oposición no reconocida oficialmente pero a la cual le teme hasta el tuétano de sus huesos, en fin, es el responsable máximo, junto a Fidel Castro, de cada uno de los miles de abusos que ratifican la naturaleza totalitaria-despótica del régimen que representa. Ese hombre no representa al pueblo de Cuba porque no fue elegido según normas democráticas, porque su miedo al pueblo cubano le impide convocar a plebiscito –por lo mismo su séquito de secuaces jamás se expone al debate público en igualdad de condiciones, y acaba de brindar al mundo en Panamá la más vergonzosa y cavernícola lección de incivilidad.

Este señor asegurará que su gobierno se desvela por los pobres del mundo cuando en realidad, en decenas de misiones médicas oficiales, mantiene sometido a un ejército de semiesclavos a la más infame privación de derechos. Decir que la principal fuente de ingresos de la dictadura proviene de una pretendida vocación filantrópica tipifica nítidamente su signo más raigal: su monumental demagogia. En los foros mundiales pide al mundo el respeto de las diferencias pero en Cuba apalea a los disidentes y opositores; mientras ovaciona afuera el derecho igualitario de los pueblos a las tecnologías, dentro nos niega el acceso libre a Internet; mientras critica las políticas de espionaje doméstico de otros gobiernos, mantiene a mi pueblo indefenso contra la férrea vigilancia perpetua de la policía política; mientras en los foros vocifera contra las injusticias del “capitalismo salvaje”, explota brutalmente a sus propios trabajadores, y critica las medidas de choque neoliberal a la vez que en casa especula con precios astronómicos y encarece insosteniblemente la vida del ciudadano común.

Su Santidad debe saber que ese hombre sin carisma sustenta su gobierno sobre el miedo del pueblo, sobre la mentira sistemática, sobre el fomento del odio más abyecto a la discrepancia, sobre la satisfacción insolente de la codicia y los más bajos instintos de sus cómplices en el poder, sobre el soborno y el chantaje que perpetran todas sus huestes y sobre la fuerza bruta lanzada inmisericorde contra todo el que se aparte de sus dictados.

Debe saber Su Santidad que ese señor representa la aristocracia neoburguesa afianzada al poder en la isla y no al pueblo de Cuba. Todas sus gestiones para reconciliar a esta dictadura con el mundo no favorecerán el bienestar del pueblo cubano mientras no sea libre la patria, y toda la riqueza generada por estos cambios irá a parar inexorablemente a manos de esa élite indolente que nos desprecia. Todo esto le dijera a Jorge Mario Bergoglio previo a su cita con este hombre pequeño, o tal vez, abrumado por un dolor que me confieso incapaz de transmitir en pocos minutos, sólo alcanzara a pedirle su más humilde plegaria por la vindicación en la tierra del alma sombría de todos los tiranos.

Ver: Carta al Papa Benedicto XVI

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