“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para junio, 2014

¿Por qué otra Cuba es necesaria?

cartel pulido por otra-720392Por Jeovany Jimenez Vega.

Existe una serie de instrumentos internacionales vinculados a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre los cuales se encuentran el Pacto de los Derechos Civiles y Políticos y el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Estos estipulan para su implementación dos pasos básicos: su firma, mediante la cual el estado en cuestión se compromete a analizar su letra y tácitamente a respetar lo estipulado en ellos, y un segundo paso, por supuesto más trascendental, que consiste en su ratificación, acto que ya sí obliga a ese estado a modificar su constitución y cuerpo de leyes en todo cuanto se oponga al espíritu de estos pactos. A partir del preciso instante de haberlos ratificado, la posición de este gobierno pasará de ser de acatamiento tácito a ser de acatamiento obligatorio, pues las referidas modificaciones pasan a tener el carácter vinculante que garantizaría, al menos teóricamente, el respeto a los derechos allí reflejados.
La campaña “Por otra Cuba”, lanzada por la sociedad civil de la isla, persigue vindicar los derechos contemplados en los pactos arriba mencionados, firmados por el Gobierno cubano desde febrero de 2008, pero que pasados más de seis años permanecen sin ser ratificados –de hecho el cubano se encuentra entre el “selecto” grupo de ocho gobiernos que no han dado aún este segundo y definitivo paso.
¿Qué detiene al Gobierno cubano para la ratificación de los pactos? ¿A qué le teme nuestra élite dirigente?, serían aquí las preguntas y las respuestas caerían por gravedad. No obstante valdría la pena analizar someramente las consecuencias que tendría este paso, al menos en teoría, en la dinámica sociopolítica cubana –y digo en teoría porque la Revolución cubana nació, se consolidó y marchitó a lo largo de medio siglo, siendo Cuba signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin que por esto se perturbara en nada la larga saga de atropellos que ha sufrido su pueblo durante todo este tiempo.
La ratificación de estos pactos “obligaría” al Gobierno cubano, al Partido Comunista y a los Órganos de la Seguridad del Estado –que en la práctica vienen a ser la misma cosa– a reconocer oficialmente la existencia de una oposición política cívicamente organizada en partidos, con derecho a postular a sus candidatos de cara a elecciones tan plurales como el pueblo que representan; les “obligaría” a suspender, y en lo adelante prohibir, toda acción represiva contra personas u organizaciones opositoras –entiéndase actos de repudio y golpizas impunes en plena calle– bajo riesgo de ser enfrentados a tribunales imparciales que emitirían, con las debidas garantías, dictámenes justos sin enfoques políticos, y además “obligaría” a nuestras autoridades a contemplar estos hechos en el Código Penal como lo que realmente son: delitos de vandalismo vulgar; les “obligaría” a reconocer nuestro derecho de reunión y de asociación, así como nuestro derecho a la manifestación pública pacífica y por ende a suspender toda hostilidad contra las marchas organizadas por esta oposición, así como las oleadas de detenciones arbitrarias que para impedirlas son hoy la práctica habitual; les “obligaría” a respetar nuestro derecho a la libre expresión del pensamiento, así como a divulgarlo por cuanto medio sea posible –esto se traduciría en un acceso incondicional a los medios de comunicación masiva, incluidos todos los tipos de prensa, así como en un acceso inmediato, pleno y sin censura a Internet; firmar les “obligaría” a respetar el elemental derecho de los padres a elegir el tipo de educación que recibirán nuestros hijos, en lugar de dejarnos sin elección ante una única alternativa viciada de adoctrinamientos políticos, así como nos “garantizaría” nuestro derecho a recibir un salario justo que nos permitiera vivir sin canjear nuestra dignidad por dádivas miserables. Estos y otros derechos universales, que hasta hoy yacen bajo la égida totalitaria, son el objeto de ambos pactos. El amplio alcance que representan en cuanto a la vindicación de la dignidad humana explica la urticante aversión que hacia ellos ha mostrado siempre cualquier dictadura.
No son estos pactos “abominables herramientas de propaganda” ni medios de “dominación burguesa” del “capitalismo mundial” –enfoque presentado aquí frecuentemente por la propaganda oficial– sino que se cuentan entre lo más avanzado que ha concebido la humanidad para no regresar a la era de barbarie de la cual emergió la ONU a mediados del pasado siglo, y por lo mismo, sólo los gobiernos retrógrados se oponen abiertamente a su espíritu. Y nadie habla aquí de “regresar al pasado de oprobios” –slogan de lo más rancio y decrépito– ni suspira de nostalgia por épocas pasadas. Esto simplemente no sería posible porque el mundo cambió ya demasiado, así como también cambiaron Cuba y su pueblo. Aquí sólo se habla de poner a la patria a la altura de su tiempo, de que deje de ser pasto de la desidia y la ambición de algunos para comenzar a ser fuente de igualdad y prosperidad para todos.
Por estas razones el pasado lunes firmé “físicamente” esta demanda ciudadana junto a mi esposa, la Dra. Aliette Padrón Antigua –pues hace varios meses ya había dado mi respaldo “virtual”– y entregamos nuestra petición en la sede del Consejo de Estado. Refrendamos esta campaña porque creemos firmemente que otra Cuba sin atropellos, donde quepan dignamente en paz todos los cubanos –la Cuba por la cual murieron nuestros próceres– es, todavía hoy, un sueño válido y posible.

A propósito del caso de fraude académico en La Habana

dibujoPor Jeovany Jimenez Vega.

Viene sucediendo hace varios años y ya es uno de esos secretos a voces que hasta los niños conocen: el soborno a maestros y profesores a todos los niveles de la enseñanza ha terminado siendo, a golpe de habituación, algo casi folklórico, y aunque sería injusto pasar tabla rasa y juzgar por igual a justos y pecadores, bien merece la pena haber lanzado la bengala de alerta sobre un asunto que ha llegado a tomar escandalosas connotaciones, más que por haber sido sacado públicamente a la luz, por las nefastas consecuencias morales que implica para todos.
En este medio no siempre el soborno llega en la forma abierta de dinero al cash. Existe toda una gama de recursos a disposición de adulones y ostentosos para llegar a su objetivo y una vez localizado el profesor diana sólo se impone estudiar necesidades y gustos puntuales para acertar el disparo, que puede consistir en apetitosas meriendas, en ropas elegidas a la medida, en perfumes caros o exclusivas invitaciones, por ejemplo.
Sin dudas, en todo esto influye el lamentable estado de estrechez económica en que está sumido el profesorado en nuestro país, con un “salario” similar al que devengaron hasta ahora los médicos, y que nos ha mantenido a ambos sectores al borde de la indigencia durante décadas. Pero no es gratuito si escribo aquí la palabra “influye” en lugar de “determina”. Por misterios de la naturaleza humana, en el mismo tiempo y lugar donde algunos propenden a la doblez otros se elevan al estoicismo. Conozco honorables ejemplos de maestros que nunca se doblegaron a la desvergüenza y que han vivido en medio de su pobreza con un tremendo decoro, por eso me resisto a aceptar que le necesidad baste por sí sola para someter a todos por igual, por más abrumadora que esta sea.
Claro está que también en este caso los detenidos y procesados –ocho personas según lo publicado en Granma– pertenecen una vez más a los estratos bajos. Aunque siempre es plausible la transparencia, porque es el sentido de ser de toda prensa genuina, y vale por esta vez el toque ejemplarizante, me pregunto si este folletín oficial sería capaz de denunciar igual a alguna vaca sagrada, a algún comandante o dirigente histórico de la Revolución, en caso de comprobarse su implicación en semejantes trances.

La visita de Sr. Thomas J. Donohu: ¿un hito contra el embargo?

PolíticoPor Jeovany Jimenez Vega.

La reciente visita a La Habana del Presidente Ejecutivo de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, Sr. Thomas J. Donohue, a la vez que lanza un guiño al éter, abre a la polémica por milésima vez el tema del embargo económico. Históricamente este asunto ha sido uno de los más encarnizados puntos de confrontación en cada predio donde se hayan tratado las relaciones Cuba-EE.UU, y a la vez que el más socorrido argumento de Fidel Castro para justificar cada descalabro económico cubano, devino con el tiempo en el más exquisito regalo que le hicieran los tanques pensantes estadounidenses al barbudo incorregible.
Aunque me atrevo a suponer que durante los primeros años que le siguieron al triunfo revolucionario la jerarquía política verdeolivo pudo tener genuinas intenciones de mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano, sin embargo, una vez consolidada en el poder y aniquiladas las garantías civiles, una vez eliminados los naturales contrapesos sociales e instituido todo un entramado a espejo y semejanza del modelo soviético, más temprano que tarde la cúpula cedió a su caracteropatía y desató sus fantasías de poder. En algún momento de aquel proceso el alto mando tomó conciencia de su incapacidad para desarrollar el país, pero rápidamente se percató también de que la insolvencia económica del individuo, una consecuencia inherente al esquema impuesto, era a la vez altamente conveniente a sus afanes de predominio, pues sería mucho más fácil mantener sometido a un hombre si almorzaba preguntándose qué cenaría y luego cenaba preguntándose qué almorzaría al día siguiente. Pero se necesitaba un argumento justificativo para la catástrofe, y es en este punto donde Fidel Castro debe estar eternamente agradecido a los teóricos del embargo, pues le sirvieron en bandeja de plata el argumento perfecto del culebrón: los dirigentes revolucionarios, siempre altruistas en sus santos deseos de hacernos prosperar, pero atados de pies y manos por el despiadado “bloqueo” yanqui –dado que a Cuba entran mercancías desde los cuatro puntos cardinales aquí le llamaré embargo.
Aunque pocos dudan que esta política haya lastrado en alguna medida el avance económico de la Cuba revolucionaria, seguramente menos aun dudamos que la tremenda insolvencia arrastrada por la economía cubana durante las últimas décadas obedezca en mayor medida a las innegables y nefastas consecuencias de un bloqueo mental endógeno, total y sistemático. Aunque es imposible evaluar con límites precisos hasta dónde influyó el embargo y hasta dónde la ineptitud del gobierno cubano, soy de los que opinan que éste último factor es el que siempre jugó una parte más crucial. Una larga serie de evidencias señalan en esta dirección; simplemente preguntaría: ¿Quién maniató históricamente al productor agropecuario con regulaciones absurdas en este país de tradición eminentemente agrícola? ¿Por culpa de quién se mantuvieron improductivas durante décadas más de la mitad de las fértiles tierras cubanas? ¿Quién mantiene aún la política punitiva que amordaza el desarrollo de nuestra ganadería, clausuró la mitad de los centrales azucareros de este país y arruinó así toda una cultura de siglos? ¿Quién le ha puesto cuanto obstáculo ha sido posible a la gestión del sector trabajador por cuenta propia y le niega su derecho a importar sus insumos y materias primas, así como a exportar directamente sus producciones? ¿Quién se erige como única entidad empleadora ante el inversor extranjero, para después explotarnos cuando nos paga entre el 5 y el 10% de lo pactado, e igual le paga una mísera parte al colaborador nuestro en el extranjero, dispone de su cuenta bancaria congelada en un banco de La Habana, y decide qué puede y qué no puede traer cuando regresa a Cuba? ¿Quién ampara a la cadena de entidades intermediarias que terminan en la TRD y nos masacra con mercancías podridas o descontinuadas, a precios estratosféricos del 1000% o más de su costo, a la vez que nos paga uno de los salarios más miserables del mundo? ¿Quién sostiene las tarifas telefónicas más escandalosas del planeta y nos veta a los cubanos el acceso libre a Internet, y con ello nos priva de todas las oportunidades que así se nos esfuman? ¿Quién mantuvo durante 50 años la prohibición de viajar al extranjero? ¿Quién mantuvo durante décadas la política del apartheid turístico que nos humilló en la puerta de los hoteles, y continúa vetándolos hoy con tarifas inaccesibles para cualquier trabajador honesto? ¿Quién nos estafa cuando solicitamos un simple pasaporte? ¿Por qué si a un español con salario de 800.00 euros, por ejemplo, este documento le cuesta 10.00 euros, a un cubano con un salario mensual de 20.00 USD, nos tiene que costar 110.00 USD? ¿Quién consiente que se nos extorsione del modo más impune en la Aduana General de los aeropuertos cubanos y nos prohíbe entrar a Cuba un auto regalado o comprado en el extranjero, mientras establece tarifas insensatas para su venta aquí que dejarían estupefacto a un millonario? Pero en fin, como esta lista se haría interminable, para abreviar concluyo: ¿Quién nos necesita pobres, se nutre y regodea en nuestras carencias y especula con nuestras necesidades? ¿Quién nos deshumaniza más la vida? ¿Quién propicia realmente la calamidad del pueblo cubano teniendo la potestad de remediarla?
No menciono arriba un solo punto directamente alusivo –como no sea a través de sus lógicas consecuencias– a las graves violaciones de nuestros derechos políticos y civiles. Lo que arriba enumero son sólo algunos síntomas visibles de la enfermedad sistémica que nos corroe gracias a la tozudez política de los gobernantes cubanos, convencidos de que cualquier cambio de esquema iría en detrimento del carácter absoluto de su poder. Rectificar estas barbaridades no pondría en peligro el carácter socialista de la sociedad cubana, ni implicaría hacer concesiones doctrinales. Arriba se habla de esas “pequeñas cosas” que nos son arbitrariamente negadas por el bloqueo mental endógeno y que una vez sumadas convierten en agonía la vida de la mayoría de nosotros. Ahora bien, si rectificarlas nos convertiría en un pueblo más solvente, en una economía más sólida, en una sociedad más funcional –o dicho en menos palabras, nos haría un pueblo más próspero– también es cierto que forjaría un pueblo menos manipulable y servil, y es en este punto donde se traba el dominó para nuestros gobernantes, quienes en esencia no esperan, ni necesitan, la prosperidad del cubano, sino su sometimiento. Por eso, rendido ante la evidencia, quedo convencido: aquí las respuestas señalan acusadoras hacia los verdaderos artífices del bloqueo más dañino y los auténticos perpetuadores de esta ruina.

El fantasma de Rosita y la irresponsabilidad institucionalizada.

1Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 3 de diciembre el pueblo de Artemisa amaneció conmocionado por un crimen pasional: una joven que en la madrugada se dirigía a su trabajo fue conminada por un ex novio, apartada a una calle semioscura y allí asesinada. Sucedió en una céntrica zona, muy cerca del punto de partida del ómnibus de los trabajadores del Hospital “Finlay”, donde cursaba el último año de mi residencia. A poco de llegar al punto un movimiento de personas en la esquina dio la alerta, y al comentario ominoso de que se había cometido un crimen nos acercamos por ver si aún se podía intentar algo, pero ya era demasiado tarde y la escena definitiva y dantesca. A las 6:00 am llegó la primera patrulla de la PNR, prácticamente junto a nuestro transporte. Partimos a nuestra rutina, pero ya no pude apartar mi pensamiento de aquella escena durante el resto del día.
Si el doloroso hecho se hubiera limitado a aquella vivencia, por más perturbadora que fuera en lo personal, muy poco tendría que ver con ello Ciudadano Cero, no dado a crónicas rojas ni a efectos amarillistas, pero una y otra vez, para mi pesar, aquella horrenda visión insiste en perpetuarse debido a una tendencia al morbo que ha cobrado últimamente inusitada fuerza, y es aquí donde aflora la faceta del asunto que hoy me ocupa. Apenas hubo semana durante los primeros meses en que no sucediera –y aun sucede: alguien se me acercaba para decirme, del modo más insulso, que tenía en su poder todas las fotos del caso –y lo dice, las más de las veces, como quien dice vendo maní tostao.
No hablo aquí de fotos tomadas por algún curioso de paso; se trata de las auténticas imágenes policiales, oficialmente tomadas durante el levantamiento de la escena del crimen, donde constan los detalles periciales propios de estos procedimientos, y que por ir más allá –como para completar el rigor de todo “buen reportaje”– incluye las fotos tomadas al cadáver de aquella joven en la morgue, y todo suficientemente explícito: fotos impúdicas del cadáver expuesto en toda su desnudez, como objeto de feria, sobre la mesa de Morgagni, que muestran en close up y a todo color cada herida, cada laceración y hasta, según me cuentan, el cuello de la joven degollado por el infame.
Estas fotos son, hace meses, de completo dominio público, y es aquí donde cae por su propio peso la pregunta más obvia: ¿De qué mágico modo logran salir estas fotos de las “herméticas” oficinas del Ministerio del Interior ocupadas de estas investigaciones? Ni usted ni yo tenemos acceso a estas imágenes. Cuando se busca al responsable todas las miradas se dirigen en una sola dirección: hacia las autoridades del MININT responsables de velar por la salvaguarda de esta información; aquí no hay posibilidad de otra vuelta de hoja. Estamos ante uno de los más escandalosos ejemplos de irresponsabilidad institucional de este país, cuyas consecuencias ofenden, desde su raíz más profunda, la sensibilidad humana más elemental –y si alguien lo duda, que intente ponerse, por un minuto, bajo la piel de los padres de la víctima. Bastaría imaginar someramente lo que se sentiría ante semejante pérdida y encima de esto, como si no bastara, tener que soportar además este ultraje público a la dignidad de su ser querido.
Alarma sobremanera que esto se haya establecido como norma en los casos más connotados de crímenes durante los últimos años. Ejemplos hay muchos, pero la masacre familiar de la Finca “La Rosita” –precisamente cerca de Artemisa– y la otra masacre familiar perpetrada pocos años después en Bauta, bastan como ilustrativos ejemplos; disímiles crímenes que tienen algo en común: la ineptitud de una entidad que ha sido incapaz de velar con rigor por imágenes que terminaron filtrándose y siendo pasto de lo más bochornoso del vox populi, que parece regodearse y disfrutar con el dolor ajeno.
Más de una vez se ha tocado el tema en sitios alternativos cubanos, pero pareciera aquí que el morbo siempre trazará las coordenadas y todavía hoy, mientras me avergüenzo de la culpabilidad ajena, el fantasma de Rosita –como nunca la conocí, llamémosla simplemente así– me hostiga a cada rato. Continúa torturándome la idea de que semejante barbarie se perpetró en la misma calle que dos horas más tarde tomarían mis hijos camino a su escuela; de que todo sucedió pocos minutos antes de llegar yo a aquel lugar y que siempre hubiera podido intentar algo para evitarlo; que todo sucedió ante la mirada impasible de “hombres” que se mantuvieron a prudencial distancia sin hacer nada ante los gritos desesperados de auxilio; que la misma policía que se la pasa comiendo mierda y hurgando mochilas en la calle, demorara más de media hora en acudir a la insistentes llamadas telefónicas de una vecina y que como siempre, a diferencia de las estelares entradas de “Día y noche”, esta vez llegó demasiado tarde.

2

Gratitud.

Monumento FinlayFoto tomada de Internet.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 23 de marzo, 10 años después de haberla comenzado, concluí por fin mi especialidad en Medicina Interna. Desde marzo de 2012 había sido rehabilitado para el ejercicio de la Medicina, junto al Dr. Rodolfo Martínez Vigoa, después de cinco años y medio de injusta inhabilitación. En aquel momento se nos pagó el salario íntegro dejado de percibir durante los 66 meses que permanecimos sancionados, y que fueron contemplados como tiempo trabajado en nuestros expedientes laborales; en aquel momento se me comunicó además que se me permitiría concluir mi especialidad.
Llegado septiembre de 2012 reanudaba yo el tercer año de mi residencia. A solicitud mía se me permitió cursar éste en la Facultad “Finlay-Albarrán”, de La Habana, donde el mayor rigor docente me garantizaría una formación más sólida después de más de cinco años apartado de mis estudios. Esta facultad, que tiene su sede en el Hospital Militar Central “Carlos J. Finlay”, asentado en el municipio Marianao, ha graduado durante las últimas décadas a miles de especialistas del oeste de la entonces Provincia La Habana, actual Artemisa. Ya entre 2005 y 2006 había hecho yo en este centro mis rotaciones de Medicina Intermedia e Intensiva, módulos exigidos en el programa que todos los residentes de aquel territorio hacíamos allí pues entonces no existía el actual servicio de Medicina Intensiva en el hospital artemiseño “Ciro Redondo”.
A mediados de septiembre de 2012, después de las presentaciones de rigor, fui ubicado en la sala B del servicio de Medicina Interna, bajo la tutela de la profesora Mercedes Bataille Ceriani, quien ya conocía los detalles de mi historia, pues durante las décadas de 1980-90, durante más de 20 años, trabajó en Artemisa y Guanajay, y fue precisamente en este último hospital donde la conocí en 1993, mientras cursaba mi año de internado.
No fue hasta pasado más de un mes de estar trabajando en el Hospital Finlay, que la Dirección de la CIM (Contrainteligencia Militar) me pidió que le hiciera llegar mi autobiografía, que entregué enseguida sin omitir ningún detalle, después de lo cual no fui solicitado por ellos nunca más. Desde el principio fui tratado como un residente más, y si se hizo alguna distinción fue sólo para ayudarme en alguna solicitud puntual. Allí recibí un apoyo pleno y un respeto absoluto por parte de la Dirección del hospital y del servicio, tanto de civiles como de militares. Entre los especialistas del Servicio de Medicina –la mayoría de ellos primeros oficiales– y muy lejos de la imagen estereotipada que se tiene de los militares, en lugar de órdenes rígidas e impositivas encontré, y como yo el resto de los residentes del servicio, no más que posturas comprensivas y un clima de franqueza y acuerdos consensuados. De hecho observé que las actitudes arbitrarias, y hasta despóticas, tan frecuentes en centros netamente civiles, en aquel servicio sin embargo, entre profesionales que se quieren y respetan, quedarían por completo fuera de lugar.
Como todo gran centro de este tipo, es el Hospital Finlay un lugar con sus historias pintorescas, con sus celebridades, con sus propias leyendas. Cada martes se realiza el staf meeting, una reunión donde se presentan casos de interés clínico-docente, donde llegué a escuchar verdaderas lecciones magistrales de Medicina. Esta actividad ha sido mantenida ininterrumpidamente durante más de 40 años por el ilustre profesor Miguel Angel Moreno, la referencia obligada de esa institución, ética y científicamente hablando.
Durante todo este año y medio nunca se me abordó para hablarme de algo ajeno a la Medicina; ni antes ni durante mi estancia allí se me condicionó de ninguna manera. Ciudadano Cero continuó su camino y mientras decenas de posts fueron colgados durante este tiempo, nadie allí pareció darse por enterado. Las personas encargadas de seguir mi caso tuvieron la discreción y la decencia de no exigirme nunca, ni por insinuación, alguna concesión de principios. Sólo espero que esta “experiencia piloto” demuestre que la convivencia en paz es posible siempre que el respeto mutuo sea la divisa de cambio.
Concluí por fin mi especialidad y junto al recuerdo del constante agotamiento de las guardias médicas y la extrema presión asistencial, llevaré conmigo el orgullo de haber conocido a seres humanos excepcionales, hermosos caracteres de recios principios, que arrastran con dignidad carencias del mismo color que las mías, también con sus hijos que esperan, también con sus sueños que tardan; profesionales que junto a sus elevados conocimientos llevan una inmutable y mesurada humildad que agradeceré para siempre. Ahora, cuando siento por fin llegado el momento de cerrar esta etapa, Ciudadano Cero se postra de gratitud ante cada profesor, ante cada compañero de guardia y ante la institución que me acogió con respeto. Muchísimas gracias a todos. Ahora el camino continúa; hay una patria que sanar todavía.

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