“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para octubre, 2014

Los móviles de los colaboradores cubanos: ¿idealismo o necesidad?

Raúl-despide-a-cooperantes-en-la-lucha-contra-el-ébola-2-21-de-octubre-de-2014-Foto-Estudio-Revolución-580x435Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado jueves, durante una entrevista concedida para su programa radial vespertino, la locutora Ninoska Pérez me comentaba acerca del estado anímico que percibiera en los colaboradores de la brigada médica cubana despedida unos días antes por Raúl Castro. Le impresionó, comentaba, la cara de “pocos amigos” que mostraban algunos de estos profesionales al momento de partir hacia África occidental para enfrentar la epidemia de ébola. No pude opinar al respecto pues no había visto el programa televisivo en cuestión, pero su observación sí me dejó tentado a reflexionar acerca de los móviles seguidos por los profesionales de la salud cubanos que han partido a las misiones médicas oficiales durante los últimos lustros.
Aunque han sido presentadas sistemáticamente por el Gobierno cubano como la más encumbrada evidencia de su vocación filantrópica, en realidad estas misiones derivaron en muy pocos años en la principal fuente de ingresos para el país caribeño. Hemos sido testigos de cómo La Habana, en lugar de reconocer llanamente que se trataba de un servicio muy bien cobrado –y en el que generalmente ha mediado el lucro– continuaba exportando, junto al sacrificio personal de mis colegas, la imagen del desinteresado mesías, y mientras tanto satanizaba la idea de que nuestro trabajador, que recibía un salario miserable, saliera a su misión para mitigar en algo su desesperada situación económica, como si no se tratara de un contrato de trabajo más, por el cual simplemente se cobra –y en lo cual nada hay de inmoral– pues se suponía que a este “hombre nuevo” lo moviera únicamente el más puro sentido del altruismo.
No seré precisamente yo quien cuestione a aquellos que parten al peligro; no me asiste el derecho a hacerlo porque no soy Dios, pero sobre todo porque ante quienes lo hacen se me impone un mínimo de pudoroso recato cuando no soy yo quien se expone. Pero al margen de esta consideración sí saltan a la vista una serie de hechos consumados que son innegables. Consideremos en primer término que los profesionales cubanos enviados a estas misiones desde hace más de una década no lo hacen bajo las condiciones que pudieran hacerlo sus homólogos de otros países. Lo que en otras latitudes toma un curso natural –entiéndase un contrato gestionado por el propio trabajador, según sus intereses y posibilidades– bajo un gobierno totalitario como el cubano cobra matices bien diferentes, porque nuestros profesionales no eligen desde una posición de libertad personal.
No es un secreto que a nuestro trabajador prácticamente siempre se le ha impuesto el país destino de su misión de trabajo, y que una vez allá se le fiscaliza todo como si fuera un crío: desde sus relaciones personales –con quién habla y se vincula, a dónde va y en qué horarios– y hasta si recibe el más mínimo extra por algún servicio prestado, lo cual le está expresamente prohibido. Además, en aquel país recibe como “salario” no más del 15 o el 20% de lo pactado entre ambos gobiernos –que en no pocos casos representa un monto inferior al salario mínimo allá legalmente establecido– mientras el resto de este es retenido por las arcas del gobierno cubano. A su regreso a la isla, a nuestro colega no se le permite traer nada más allá que lo dispuesto por el jefe de la misión –que serán unas pocas cajas bien limitadas de mercancías, y sólo una vez oficialmente finalizada su misión, y ya en Cuba, es que se le permite retirar la mitad restante de aquel “salario” que “cobró” y que mientras tanto permaneció congelado en algún banco cubano. En caso de que este colaborador por decisión personal concluya antes del tiempo acordado su misión, será considerado un desertor y no sólo perderá todo este dinero –que no podrá ser extraído aquí del banco ni siquiera por su familia– sino que le estará tajantemente prohibido regresar a Cuba durante los próximos ¡ocho años!, tiempo durante el cual no volverá a ver a sus hijos ni le será permitida una breve visita en el caso extremo de enfermedad grave o muerte de alguno de sus padres.
Ante todo esto se comprende por qué Ninoska catalogara al contingente que ahora parte como un “… ejército de esclavos”. Más allá de lo fuerte del apelativo, queda evidenciado que la relación mantenida por el gobierno ante el individuo dista mucho de ser una relación de respeto, sino que por el contrario, continúa siendo de naturaleza impositiva y despótica. Pero una parte del mundo aun no comprende que el gobierno que tan arbitrariamente nos trata es el mismo que hoy envía a mis colegas a África; es el mismo que nos masacra con los precios astronómicos y con regulaciones leoninas en la aduana de los aeropuertos; el mismo que nos paga “salarios” de risa contrastados ante una carestía de la vida que alcanza rangos delirantes y que nada hace por mitigar el estado de cosas que él mismo genera y estimula, todo lo cual es incompatible con sus pregonados humillos de generosidad universal.
Será fácil comprender que bajo tales circunstancias, sabiéndose amenazado por un poder que es a la vez empleador y verdugo, es imposible valorar la sinceridad de algún colaborador médico nuestro cuando le vemos ante los micrófonos públicos aclamando loas a la revolución, al partido y al internacionalismo proletario. Es muy perturbador ver a algún rostro conocido en este rollo después de haberle escuchado aquí echar pestes acerca de nuestras condiciones de vida y de trabajo que algunas veces son malas, pero que otras son simplemente infames.
Este “benévolo” gobierno que hoy envía a sus galenos a la gloria o a la muerte, y no otro, aun nos irrespeta del modo más brutal, y si puede hacerlo con tal impunidad es porque ante el mundo continúa exhibiéndonos como banderines de triunfo, como garantes de este chantaje emocional que granjea votos y compromete gobiernos en los foros internacionales. Es por esto que en sus políticas domésticas puede darse el lujo de desatender tan burdamente el bienestar de su propio pueblo: ¿quién supondría que el gobierno que tan “loablemente” se desvela por África, y le envía ahora un contingente mayor que el reunido por todo el resto del mundo, sea capaz de mantener sojuzgado a su propio pueblo? ¿De qué manera un mundo deslumbrado ante lance tan admirable sospecharía que aquí no se respetan nuestros derechos civiles y continúan siendo bocadillos cotidianos las golpizas, las detenciones arbitrarias y los mítines de repudio a guión completo?
Cuando la Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS, o John Kerry, Secretario de Estado de EE.UU elogiaban al Gobierno cubano –y a pesar de que se sobrentiende que se refieren concretamente a su papel en la actual crisis sanitaria– de forma voluntaria o involuntaria ceden al pretexto y de este modo dan otro espaldarazo a las autoridades cubanas para que eternicen sus políticas de vasallaje doméstico.
Pero a los cubanos de adentro víctimas de esta lacerante realidad, no nos engañan aquellos que todo lo monopolizan aunque se disfracen de divas mundiales y lancen lentejuelas del estrado, porque no olvidamos que son los mismos que continúan especulando con nuestras necesidades más elementales. Sabemos que apostaron por perpetuar nuestra miseria porque saben que un pueblo insolvente, empobrecido material y espiritualmente, siempre será mucho más dúctil a sus caprichos que un pueblo sosegado y próspero.
Desde Ciudadano Cero les deseo éxito y mucha suerte a mis colegas cubanos y del mundo en esta decisiva misión, por lo imperativo que se ha tornado para la humanidad erradicar este peligrosísimo flagelo, pero así mismo aborrezco cualquier manipulación política del Gobierno cubano con relación al riesgo que en lo personal asumen; ya será el infalible juicio de la Historia, inexorable y certero, quien se encargue de apartar aquí el oro de la escoria y el diamante del carbón.

¿Qué pasaría si el ébola llega a Cuba?

EPIDEMIA_EBOLA_t670x470Por Jeovany Jimenez Vega.

La irrupción del ébola en el panorama epidemiológico mundial obviamente implicará un gigantesco reto para todo país que sea alcanzado por la actual epidemia, ya registrada como la mayor de la historia y que por estos días acaba de redondear los 9000 casos confirmados –aunque expertos aseguran que esta cifra debe ser un subregistro. La OMS recién denunció que la epidemia no está siendo enfrentada con todo el rigor político que el momento exige por parte de la comunidad internacional y además alertó que de no ser controlada la situación a tiempo, para 2015 se prevé la incidencia de alrededor de un millón y medio de casos.
Es fácil concluir que llegados a ese estado de cosas el peligro no haría más que crecer exponencialmente. Estamos ante una enfermedad extremadamente contagiosa, de transmisión no vectorial, que puede ser propagada de persona a persona mediante el más sutil contacto con cualquier fluido corporal del individuo enfermo –y que para colmo puede tener transmisión sexual, pues el virus se aísla en el semen hasta transcurridos 90 días de convalecencia. Aunque se acaba de poner en práctica un primer ensayo clínico de vacunación, lo concreto es que por ahora los protocolos de tratamiento médico continúan en ciernes ante una enfermedad que en brotes anteriores ha llegado a alcanzar una letalidad de entre el 90 y el 100% de los casos, y ante la cual sólo puede apostarse por el tratamiento de sus severas complicaciones y por practicar las habituales medidas de sostén vital. Hoy ante el hombre se alza amenazante uno de los chicos malos de la virología, que exige la implementación de las medidas más extremas de contención biológica, así como del uso de personal más especializado y escrupulosamente entrenado para su manipulación.
Semejante panorama nos coloca ante la pregunta más elemental: ¿qué pasaría si el ébola irrumpe en Cuba? Esto es algo no desestimable, y dejó de ser una posibilidad remota después de la partida de un destacamento de cientos de profesionales cubanos destinado a los países africanos azotados por la epidemia. Recordemos la posibilidad de que fuera esa la vía utilizada por el cólera para reaparecer en nuestro país, importado desde Haití, después de una ausencia de 120 años, y ni qué decir del ya sempiterno dengue.
La irrupción de esta peligrosísima enfermedad en Cuba podría simplemente cobrar matices de tragedia. Más allá de lo disipadas que pueden llegar a ser las costumbres de los habitantes del caimán, me inclina a temer por esto las vivencias de quien ha visto con demasiada frecuencia el uso sistemático de material reciclable, práctica habitual en Cuba aun cuando hace mucho tiempo el mundo apostó definitivamente por el uso exclusivo de material desechable: aterra la idea de centros de atención a estos pacientes terminando por reciclar trajes, guantes u otros materiales porque algún sesudo del “nivel superior” se le ocurra asegurar que esto “garantizaría” la seguridad bajo tales circunstancias. En un país donde muchísimas veces un médico no tiene en su consulta algo tan básico como agua corriente y jabón para asearse las manos, ya se comprenderá lo que implicaría la demanda del costoso material mínimo exigido para manipular pacientes con ébola, y si además tomamos en cuenta que la casi generalidad de nuestra infraestructura hospitalaria no está diseñada ni preparada objetivamente para la contención de un flagelo de este tipo, ya podremos ir elevando una plegaria a la virgencita para que nos ampare del trance.
Por otra parte no olvidemos cuan reticentes se han mostrado las autoridades cubanas para informar públicamente sobre la incidencia de epidemias cuando considera que esto puede arriesgar la afluencia de turistas o la celebración exitosa de algún evento internacional relevante –la megaepidemia cubana de dengue de 2006 continúa siendo un excelente ejemplo al respecto.
Con todos estos antecedentes a mano se sienten escalofríos ante la posibilidad aquí considerada y quedan en suspenso las preguntas. ¿Estará el Sistema de Salud Pública cubano preparado para controlar un brote de ébola con la celeridad requerida? ¿Tendremos los profesionales cubanos el entrenamiento, la metodología, e incluso la disciplina necesaria para enfrentar adecuadamente una contingencia de este calibre –y que bien poco se parece a cuanto hayamos enfrentado antes? Llegado el momento ¿estaría dispuesto nuestro gobierno a informar sin tapujos al pueblo y al mundo sobre la verdad? ¿Tendría la humildad de reconocerse incapaz de controlarla y solicitaría ayuda este “infalible” gobierno que ha exportado decenas de misiones médicas alrededor del mundo?
Ya a nivel internacional puede ser discutible la estrategia seguida hasta ahora por la OMS –que ha aceptado estar ante el problema epidemiológico más grave desde la aparición del SIDA– en cuanto al traslado de los enfermos extranjeros para recibir tratamiento en sus respectivos países. Obviamente esto aumenta de modo considerable las posibilidades de propagación transcontinental del virus. En cambio sería mucho más recomendable y seguro crear las condiciones adecuadas en el país donde se confirme cada caso mediante una red centralizada y funcional de instalaciones de campaña correctamente equipadas y con todo el rigor de seguridad que se presupone, donde rápidamente se diagnostique, aísle y trate in situ a cada paciente. Por ejemplo valdría la pena considerar, para implementar esta variante de contingencia, el inmediato acondicionamiento de islotes africanos costeros deshabitados bajo la supervisión de los expertos de la OMS y de organizaciones afines como Médicos sin Fronteras.
Medidas análogas a estas, y al margen de cualquier valoración legal o política, serían más convenientes y efectivas para la contención de esta epidemia. Incluso la ONU –que llegó a ventilar el tema a nivel de Consejo de Seguridad– podría emitir resoluciones enérgicas que respalden y reglamenten estas variantes, y todo quedaría justificado por la gravedad de un momento que no se pinta para paños tibios. Se impone tomar las medidas más enérgicas en todo lugar donde se constate la enfermedad, si con estas medidas se deriva en el rápido control de la situación –incluido el recurso extremo de la cuarentena militar donde llegara a ser evidentemente aplicable y necesaria.
Cierto que esta propuesta puede ofrecerse a muy variadas lecturas, pero en términos operativos prácticos pudiera llegar a constituirse en la única variante que garantizara soluciones concretas que detengan el avance de este temible azote. Pudiera tratarse aquí del ahora o nunca: vivimos momentos críticos que exigen medidas críticas. Lo que no se acometa hoy por falta de voluntad política, indolencia gubernamental o timidez de las instituciones mundiales, sin lugar a dudas se cobrará mañana un coste económico y humano muchísimo más dramático y global.

Ver: Cuando la “verdad” llega solapada.

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¿Quiénes realmente nos bloquean?

pollo en cubaPor Jeovany Jimenez Vega.

La marca de esta empresa que vende pollo troceado a La Habana denuncia su procedencia: llega esta mercancía desde el otro lado del telón de acero, desde la orilla enemiga. Este “Product of USA” nos recuerda que hace más de una década el Congreso de los EE.UU. autorizó las licencias para la venta de alimentos al gobierno cubano, mediando en la transacción, eso sí, sólo dinero al cash, pero resulta que también hace años las cadenas de venta en CUC de la isla insisten en comercializar este mismo pollo troceado hasta a 4.50 CUC (unos 5.00 USD). Si tenemos en cuenta que históricamente esta se ha ubicado entre las carnes más baratas en el mercado mundial, fácilmente concluiremos que el alimento del pueblo no es precisamente una excepción para nuestro gobierno cuando de lucrar se trata.
Pero a esta modalidad de lucro por CUC habrá que añadirle su análoga en CUP. También hace años que las Empresas de Comercio y Gastronomía estatales se vienen sumando a la fiesta: a muchos administradores enseguida se les “alumbró el bombillo” y procedieron reiterativamente a vender la libra de pollo crudo “por fuera” a 25.00 pesos, o sea, al precio del producto elaborado, como pollo frito, y así se quedan con el excedente de aceite, que ya usted debe inferir a dónde irá a parar.
Al final, en este fuego cruzado queda atrapado Liborio, que no recibe, el pobre, la jabita mensual con pollo, aceite –y hasta con etcétera, al decir de Lindoro– que reciben los de las jefaturas; el pobre Liborio que en definitiva es el único perdedor, y el principal culpable de todo esto continúa siendo el Gobierno cubano, por sus obstinados y mediocres enfoques económicos, y además por su inescrupulosa política de precios –la misma que fijó en $38000.00 USD el precio de un Geely USADO que nuevo no le costó 5000, o que quiere vendernos en más de $12000.00 USD una moto Suzuki mierdera que pudo haberle costado poco más de 300.
Aquí todo viene a carenar a la misma playa; simple y llanamente el enfoque de nuestro gobierno siempre persigue un único fin: oponerse por todos los medios posibles al bienestar del pueblo. Entonces vale preguntar ¿quiénes realmente nos bloquean? A ver qué tienen que decir al respecto los teóricos del “bloqueo” yanqui.

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Cuando la “verdad” llega solapada.

49914Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace varias semanas un artículo de El Nuevo Herald informaba que el pasado 11 de septiembre médicos venezolanos habían lanzado “… un llamado de alarma tras la aparición de una enfermedad que mata en 72 horas y que los hospitales del país no saben cómo tratar.” Asegura además el artículo que “… la advertencia fue minimizada por portavoces del régimen de Nicolás Maduro que calificaron el esfuerzo por notificar al público como una campaña de desinformación y terrorismo, aun cuando la enfermedad en diez días ha dejado un saldo de ocho muertos en el estado central de Aragua.”
La noticia no pudo menos que traerme infaustas reminiscencias. Durante el verano de 2006 –ya separado de modo arbitrario de mi residencia en Medicina Interna, y mientras esperaba el desenlace del abigarrado proceso que derivaría finalmente en mi inhabilitación meses más tarde– fui testigo de primera mano de la que bien pudo haber sido la mayor epidemia de dengue en la historia de mi país. Ese año la enfermedad pasó de ser un par de tímidos brotes notificados entre enero y febrero, a convertirse rápidamente en una epidemia explosiva que debió llegar a afectar a cientos de miles –cuando no ¿millones?– de cubanos durante no menos de 10 meses hasta que la naturaleza con la seca invernal, y gracias a Dios y a la virgencita, la diera por concluida.
Recuerdo con nitidez los cuerpos de guardia de los policlínicos municipales topados, los hospitales con camas extras ubicadas incluso en los pasillos y en los portales, el sistema prácticamente colapsado en su capacidad de receptación de casos, e incluso los edificios de las entonces aún existentes becas en el campo convertidos en auténticos hospitales de campaña a plena capacidad, y sin embargo, quien aquí escribe le reta a usted a que localice en cualquier periódico o revista “oficial” cubana de 2006, o logre recordar cualquier programa radial o televisivo donde se hayan siquiera mencionado las palabras “epidemia” y “dengue”. Le sugiero que no lo intente pues perdería su tiempo: a pesar de que atravesábamos una situación epidemiológica caótica, fuera de control, de que aquella gran epidemia asoló a casi, sino a todas, las provincias del país, nuestras autoridades políticas y de gobierno –incluida la sumisa postura mantenida por el Ministerio de Salud Pública, encarnada en el entonces ministro, y siempre genuflexo, José Ramón Balaguer Cabrera– optaron todos por la más sistemática censura, y mantuvieron durante todo ese período un completo mutis con relación a algo que llegó a tener una connotación escandalosa; mientras en la calle no se hablaba de otra cosa, para su mayor descrédito, ellos decidieron sencillamente hacerse los suecos (con el perdón de los escandinavos).
Aquella política de censura no fue fortuita ni de ningún modo puede verse como un hecho aislado. Si bien en aquella ocasión concreta este silencio oficial giró en torno a la XIV Cumbre de los Jefes de Estado y de Gobierno de los Países No Alineados, celebrada en septiembre de aquel año, no es un secreto el efecto disuasorio que sobre la afluencia de turistas puede tener la nueva de que en este edén de playas pintorescas y despampanantes mulatas hayan irrumpido, para quedarse ya asumiendo un patrón endémico, visitantes tan inoportunos como el dengue, el cólera o el advenedizo chikungunya. De hecho las autoridades políticas y sanitarias cubanas practican aun de modo sistemático un modus operandi semejante: todavía se lee y escucha en la prensa oficial cubana sobre “… la lucha contra el enemigo…” en referencia a los mosquitos del género aedes, en lugar de informar sin tapujos que se habla sobre el ya perenne dengue; igual se exhorta a la población a extremar las medidas higiénicas “… para prevenir las enfermedades gastrointestinales…” cuando todos sabemos que continúan incidiendo casos de cólera. En lugar de informar con objetividad, nuestras autoridades apuestan aun por el solapamiento, prefieren irse por las ramas en lugar de informar públicamente sobre la cantidad de casos y la situación epidemiológica concreta en las diferentes provincias; siempre será más útil hablar claramente y no a través de enfoques sesgados que alimentarán más tarde reiterativos rumores y fomentarán una nociva desconfianza en las autoridades.
Detrás de esta postura puede ocultarse el temor a la incongruencia que implicaría para La Habana reconocer que el mismo gobierno que exporta las legendarias misiones médicas a decenas de países, sea incapaz de controlar estas “nimiedades” domésticas. Con la OMS en alerta máxima ante una inusitada epidemia de ébola en África occidental en la que ya se reportaron miles de casos, más de la mitad mortales, y que ya amenaza con extenderse a otras latitudes –algunos entendidos sostienen que en caso de no ser rápidamente controlada puede llegar a reportarse un millón y medio de casos para 2015– e incluso recién confirmado el primer caso dentro de los Estados Unidos, se comprenderá fácilmente la irresponsabilidad que implica para cualquier gobierno, en semejante contexto, mantener políticas que censuren la información al respecto, sea en Cuba, en Venezuela o en la Conchinchina.
Ahora, ante el envío de un contingente de más de 160 colaboradores cubanos a los países africanos afectados por el ébola y más 460 listos para partir este mes, preocupa como nunca que nuestro gobierno persista en asumir estas posturas. Sería aberrante ocultar la verdad sobre la incidencia de enfermedades transmisibles de este tipo; siempre irá en detrimento del bien público, distorsionará la percepción de riesgo de la población y será un obstáculo injustificado, y hasta puede que insalvable, una vez llegado el momento de implementar las estrategias adecuadas para su contención.

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