“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para enero, 2013

Esperando la carroza…

IMG_0530Por: Jeovany Jimenez Vega.

La última vez que estuve en el mercado agropecuario, hace un par de días, encontré una variedad de ofertas que no recordaba desde mi niñez. Fue a mediados de la década de los 80´ que este mercado –al menos en Artemisa, donde vivo– tuvo su época de “esplendor”. Pero a los estrategas económicos les perturbó la prosperidad de los productores más emprendedores y consecuentes y aquello se acabó sin más ni más, de modo que lo que apenas unos años antes garantizaba en buena medida la demanda poblacional ya era, comenzada la siguiente década, historia pasada. Durante los años que le siguieron a aquel breve período, el sector campesino se ha visto, durante la mayor parte del tiempo, impedido de expandir su producción debido a leyes, ya bien limitantes a su productividad, ya bien amenazantes al fruto de su esfuerzo –hasta hoy siguen vigentes leyes que dan a la Fiscalía la potestad de confiscar, sin mucho miramiento, todo cuanto estime de un productor que florezca demasiado– y es obvio el efecto que esto ha tenido sobre el ánimo de aquellos que amanecen al pie del surco.

Diversos intentos de solución fueron emprendidos por el Estado –Plan Alimentario de los 90´ incluido– entre los que se destacaron las endebles Cooperativas de Créditos y Servicios –incluyendo su variante “fortalecida”– que nunca lograron garantizar un suministro constante y estable a la población, pues como norma fueron irrentables e inoperantes, dando lugar la mayoría de las veces a pérdidas económicas netas. Junto a la mala gestión de estas entidades a lo largo de todo el país, coexistió otro enorme obstáculo a la llegada de la producción hasta la mesa del cubano: la probada ineficacia y la irresponsabilidad de la empresa estatal de acopio. El Estado cubano monopolizó la actividad de acopio en una empresa única, y en su lucha contra los intermediarios eliminó toda la cadena de transporte de lo cosechado dejando esta actividad casi exclusivamente en manos de una entidad que, argumentando falta de combustible, de neumáticos, de cajas o de cualquier insumo, ha dejado pudrirse en el campo, año tras año, miles y miles de toneladas de alimento. Inexorablemente esto tuvo profundas consecuencias: los mercados continuaron desabastecidos y los precios por el techo, la producción fue desestimulada y el plato esperó ansioso por la comida que nunca llegó.

No se trata ahora de emprenderla nuevamente contra el intermediario que transporta la mercancía desde el campo –pues esa es sólo una actividad más, que no pueden asumir todos los productores precisamente por lo absorbente de su actividad. Para combatir la especulación se deben crear mecanismos que regulen, dinámicamente y con realismo, las políticas de precios. Pero antes que eso el Estado cubano tiene una grave cuenta pendiente con su pueblo: primero que todo debe predicar con el ejemplo y ajustar su política de precios irracional y hostil, perpetuada en el comercio minorista y que nos vacía el bolsillo a los dos días del cobro. ¡He aquí un excelente primer paso a dar para intentar normalizarlo todo! Solo en la medida que dejen de ser escandalosos los precios impuestos por el Estado irá teniendo el guajiro un incentivo para bajar los precios, tan escandalosos como aquellos, en la tarima de la feria.

Pero al parecer la política de Raúl Castro, un tanto más pragmática, ha brindado ya algunos frutos en cuanto a la oferta de alimentos, aunque no haya sucedido esto con toda la premura necesaria. Como no soy una voz autorizada, cabría escuchar el criterio de los productores al respecto pero, juzgando a primera vista, las circunstancias hoy parecen diferentes, aunque la situación no es homogénea a lo largo de todo el país y no todos los municipios tienen el “privilegio” de Artemisa –me lo confirma la gran afluencia de asiduos desde municipios colindantes a la feria de mi pueblo. Incluso, en la medida que nos alejamos de la capital, cuanto más se avanza hacia el oriente, más ostensible se hace el deterioro de nivel de vida y más merma la oferta agropecuaria.

Creo que aquí todo es, sobre todo, una cuestión de enfoque; el camino para satisfacer nuestras demandas pudiera ser mucho más corto de lo que se supone y el ejemplo de China lo demuestra: desde que Deng Xiao Ping determinó que más importante que el color del gato era que cazara ratones, pasaron muy pocos años para que se palparan resultados en la producción de alimentos. Así mismo Viet Nam –para confrontar esquemas de producción “análogos” al nuestro– aumentó sustancialmente su producción cuando abrió las puertas a la pequeña empresa familiar. ¡Ah! pero sucede en esos casos algo medularmente diferente al nuestro: un productor vietnamita puede salir al extranjero cuando necesita comprar sus propios insumos y un empresario chino puede, sin que nadie se escandalice por eso, amasar una fortuna personal si lo hace según medios legales y es que de eso se trata: sería mucho mejor que el Estado cubano, en lugar de intentar abastecer a todos nuestros productores –algo que hasta ahora no logra– les autorice a importar directamente cuanto necesiten cuando tengan los medios para hacerlo; sería mucho mejor aceptar que “…allegarse una fortuna es un deber, siempre que sea por medios lícitos…” –palabras de José Julián Martí, no mías– y siendo consecuentes con este pensamiento se reconforme nuestro cuerpo de leyes para que nadie más vea evaporarse, de la noche a la mañana, todo el fruto que cultivó durante años con el brío de sus manos.

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!Abre la muralla!

Granma-informaba-migratoria-Habana-octubre_PREIMA20130114_0138_40Por: Jeovany Jimenez Vega.

La entrada en vigor, desde el pasado 14 de enero, de las reformas a la política migratoria cubana, ha generado una expectativa sin precedentes en más de 50 años para un pueblo que sufrió ya por demasiado tiempo la separación familiar y el luto por las terribles muertes en el mar. Se supone que a partir de este momento dejó de existir aquel engendro de la tarjeta blanca –equivalente al sacrosanto permiso de salida– y con él también la execrable figura de la salida definitiva, con lo cual se desterraba contra su voluntad a todo cubano que decidía salir de su país por determinado tiempo y que implicaba el encautamiento automático de todo cuanto dejaba, cosas realmente graves si se les mira desde una perspectiva correcta.

Si tengo hasta ahora una postura más bien escéptica con relación a todo esto nadie me debería culpar; téngase en cuenta mi condición de médico cubano que vive dentro de Cuba subordinado a un Ministerio que desde 1999 decidió que ninguno de los profesionales a él subordinados saldría de su país, ni siquiera temporalmente durante sus vacaciones, hasta pasados no menos de cinco años después de haber solicitado la “liberación” a su ministro.

Ahora se comenta que ha sido derogada la resolución ministerial fantasma que disponía esta extrema medida, de lo cual se han hecho eco muchos sitios digitales y medios de prensa extranjeros, así como medios alternativos cubanos, pero lo cierto es que mi ministerio y mi gobierno no han hecho declaración pública alguna que lo confirme oficialmente, de ahí que se desate alrededor del tema la ya acostumbrada ola de especulación y rumores.

En lo personal pienso que las autoridades cubanas pudieron haber razonado del siguiente modo: si ya la nueva Ley Migratoria, en los Artículos 23 y 25, mediante su inciso f, determina sin ambages que no se le permitirá viajar libremente a los profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”, entonces ¿para qué mantener vigente aquella resolución diseñada exclusivamente para el personal subordinado al Ministerio de Salud Pública? ¿Para qué mantener dos herramientas cuando con una es suficiente? Después de todo, en términos prácticos, algo que antes afectaba sólo a los profesionales de mi sector ahora se hace extensivo al resto de los profesionales y técnicos del país.

Pero por no pecar de intransigente esperaré que sea el tiempo quien diga la última palabra. Ojalá a partir de hoy ningún cubano sea privado de su derecho a viajar; ojalá ningún cubano sea retenido contra su voluntad, bajo ningún pretexto, por ningún burócrata; ojalá no se condicione a nadie para ser autorizado a salir o entrar a su país. Por ahora, discúlpenme señores, me reservo el beneficio de la duda. Jamás como ahora había deseado tan intensamente estar equivocado.

Ver: Entre la verguenza y el orgullo.

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Sueños de paz.

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Hoy pasada la lluvia ofrecí mis manos abiertas a un amigo que de niño tuve. Recuerdo que nos descubrimos un domingo bajo la sanguina opalescente, apenas despertamos como duendes mañaneros, y bastó con un mutuo pedazo de pan, una rayuela y un juego de canicas para jurarnos lealtades eternas.

Desde entonces cada domingo colgamos una estela de rojas estampas en los muros de la plaza. Solíamos cobrarle voces al silencio justo cuando la feria se desperezaba de sus sueños más convulsos, y como era el tiempo de los penúltimos olvidos vivíamos apenas del etéreo perfume de las flores; nos bastaba, para plagiar todos los sueños, con unos pocos y adorables besos clandestinos.

Precisamente en esos días me invitó a labrar las nubes sólo para hacerlas flotar sobre la brisa aovillada en el naciente de la plaza, y después que la tormenta derramaba el caos tornasol, encima de la hojarasca fermentada quedaba flotando la magia de sus trémulos olores. Nítidamente recuerdo que entonces mi intrépido amigo se elevaba a una desafiante altura y al final grababa en el cielo sus remotos signos.

Para nada importaban la tormentas si al final la plaza se inundaba cada vez de su olor a sueños nuevos. Por eso hoy, una vez más, confié a sus manos cálidas cuanta ternura de la borrasca han logrado salvar las manos mías; mis manos adoloridas y cansadas debido a las historias que mi amigo me contaba.

No me advirtió en aquellos días -olvidando que un niño cree todo cuanto escucha- que la luz, como la verdad, tiene peligros si se la toma por asalto, y este niño fue en pos de la luz y ahora, por querer tocar el sol lleva quemadas las manos.

Cierto que las llagas pusieron fin a su inocencia, pero no le culpa. De hecho, aquel niño todavía se pregunta si aún espantaría con él algunas mariposas, si haría naufragar trémulos barcos de papel, si condenaría bajo los sublimes aguaceros de hoy, y aún bajo los más temibles crepúsculos, aquellos papalotes altos como lianas.

Pero a la caída de la tarde salgo al limpio de la plaza y dibujo un arcoiris que la parte en dos mitades justas. La sorpresa agita a las palomas y es cuando hago notar a mi entrañable amigo que la plaza, además, abriga y aguarda con toda su ternura a golondrinas, gorriones, tórtolas, canarios, sinsontes, zunzunes y jilgueros, delicadas creaciones que habiendo nacido en la misma villa tienen el mismo derecho al vuelo, al espacio y al sol; criaturas, todas de Dios, que sólo piden una ramita de paz, un íntimo rincón para tibiar las alas.

Sólo espero que mi amigo comprenda que esa es la arista más bella de los pájaros que anidan sobre esta isla infinita: que con la libertad tienen bastante.

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