“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para enero, 2017

El fin de una política no será el fin del éxodo cubano.

balseros

Por Jeovany Jimenez Vega.

El Presidente Obama acaba de derogar la política pies secos/pies mojados implementada por su predecesor Bill Clinton a raíz de la Crisis de los Balseros de 1994, así como el Programa Para Profesionales Médicos Cubanos instrumentado desde la era de Bush Jr. para acoger a quienes desertaban de misiones oficiales del gobierno de La Habana. Apenas una semana antes de su traspaso de poder, y en lo que millones de cubanos dentro y fuera de la isla han percibido como un doloroso golpe bajo, el mandatario norteamericano acaba de consumar una de las mayores concesiones hechas a Raúl Castro durante este retorcido proceso de regalías unilaterales iniciado en diciembre de 2014.

Y como si los desencantos fueran pocos, ahora esto. Cuando parecía que Obama había agotado su chistera decide hacer un último regalo a la dictadura cubana derogando una política que durante más de dos décadas amparó a cientos de miles de cubanos que arriesgaron su vida para huir del despotismo castrista.

Evidentemente al inquilino de la Casa Blanca no le dijeron nada los últimos dos años de mutismo del régimen de Raúl Castro ante las demandas internas y externas de respeto a nuestras libertades políticas y civiles, sus nulas licencias en relación a la economía interna y la reticente política externa frente a potenciales inversores, su hermético blindaje ante la penetración de Internet, ni la creciente saña con que el tirano reprime hoy más que nunca a la disidencia de la isla.

No, definitivamente Barack Obama no interpretó nada de esto como señales de retroceso, por lo que decidió cerrar con broche de oro su lista de concesiones, y para eso eligió una de las más suculentas cerezas del pastel. Sostiene su decisión el presidente en el falso supuesto de que esta política fue instrumentada en un momento donde todo era diferente, pero si con esto se refiere a que en Cuba las cosas han cambiado se equivoca diametralmente.

Igual cuando afirma con relación al fin del programa que acogió hasta hoy a más de 7000 profesionales desertores de misiones oficiales, que esta medida afecta los intereses de nuestro país, cuando en realidad fue una puerta humanitaria abierta a las víctimas que optaron por liberarse de uno de los más sucios y vergonzosos ejemplos de trata de esclavos de la era contemporánea, practicada por un gobierno inescrupuloso que le roba a estos trabajadores tres cuartas partes de su salario en el extranjero.

Cierto que estamos ante un presidente cuya única responsabilidad es velar por la seguridad y prosperidad del pueblo de Estados Unidos, no por las nuestras, y que ha reconocido públicamente que el futuro de Cuba tiene que ser labrado por los cubanos, lo cual es una verdad absoluta. Pero justificar esta decisión ejecutiva argumentando que las condiciones han cambiado dentro de Cuba, o en el modo en que la psiquis anquilosada del generalato de La Habana asume todavía su relación con el país norteño es ir demasiado lejos. Razonar así es desconocer, o simular desconocer, la quintaesencia de dictaduras como la cubana.

Esta decisión llega en medio de encendidos debates sobre la viabilidad de mantener programas de ayuda que emanan del contribuyente norteamericano, y de reiteradas denuncias de estafas a Medicare o de millonarios robos mediante tarjetas de crédito, pero tal vez lo que decidió todo fue el temor de los tanques pensantes estadounidenses a un vacío de poder, generador de caos, en el ya cercano período de transición cubano, por lo que detrás de esta medida estaría la lógica intensión de asegurar las fronteras de Estados Unidos ante potenciales éxodos futuros.

Además, hay una realidad estadística que no se puede desconocer: sólo durante los últimos tres años han entrado a ese país al amparo de la política hoy revocada, previendo precisamente este desenlace, más de 120000 cubanos, en su abrumadora mayoría después de anunciado el deshielo. A la vista de este hecho estaríamos ante una decisión soberana, justa y legítima de la administración Obama. Pero no es posible desligar este giro de 180 grados en una política que persistió durante más de 50 años de su contexto, que todavía nos rodea, ni de sus complejas consecuencias inmediatas.

Cuando dice Obama que desde ahora se tratará a los cubanos como se trata a los emigrantes ilegales del resto del mundo pareciera desconocer que en el caso único de mis coterráneos huyen de la peor dictadura que ha conocido el hemisferio desde el descubrimiento del Nuevo Mundo. No se ha tratado así a los cubanos hasta ahora porque seamos mejores ni peores que el resto, sino precisamente porque las circunstancias de las que provienen son indiscutiblemente diferentes del resto de América, algo a lo que pudiéramos llamar la singularidad de la dictadura castrista.

Los cubanos, como el resto, huyen de la pobreza, pero en nuestro caso además lo hacen del despotismo de una tiranía que ya amenaza con volverse dinástica y cuyo fin no se vislumbra en el horizonte. Cabría preguntarle al resto de los migrantes ilegales latinos si hubieran emprendido su peligrosísimo viaje de haber contado con un capital digamos de 50000 dólares en su país de origen para emprender un negocio propio. Por supuesto que no. Entonces ¿cómo explicar que nuestros migrantes para partir lo vendan todo y empleen decenas de miles de dólares en tan riesgosa empresa en lugar de invertir gustosamente ese capital en un negocio familiar en Cuba? ¿Qué exactamente es lo que tanto “disuade” a los cubanos?

La respuesta a esta pregunta la conocen consumadamente Obama y su equipo de asesores, y es la causa esencial de esta huida perpetua que desde ahora se topará con las fronteras cerradas. La respuesta a esa pregunta es lo que define la sustancial diferencia entre los cubanos y el resto de los migrantes latinos. Durante los últimos tres años han huido a Estados Unidos 120000 emprendedores frustrados, potenciales generadores de medio millón de puestos de trabajo adicionales y potencialmente generadores de miles de millones de dólares de haber contado con condiciones favorables en su país; 120000 potenciales microempresarios que han huido, 120000 cubanos vencidos por la terquedad de un gobierno retrógrado que confesamente se opone a su prosperidad y ha reconocido públicamente que hará cuanto le sea posible por evitar que mi pueblo acumule riquezas por medios lícitos.

Si esta enorme energía creadora y generadora de potencial riqueza se ha perdido para la patria ha sido exclusivamente por la obcecación de la dictadura de Raúl Castro, que continúa opuesta hasta la médula al bienestar de mi pueblo. Esta es una evidencia indiscutible que debió sopesar muy bien el señor Obama antes de afirmar implícitamente que los cubanos no guardan diferencia alguna con relación a otros migrantes.

¿Dejarán de producirse ahora las salidas “ilegales” desde la isla en dirección norte? ¿Quedará definitivamente resuelto el dolorosísimo drama de los balseros muertos en el estrecho? Así desearíamos que fuera, pero sinceramente mucho lo dudo: la desesperación continuará empujando a miles cada año a desafiar la corriente del golfo, o a aventurarse por la misma ruta del coyote que han recorrido hasta ahora otros latinos, y dispuestos a asumir todos los rigores del indocumentado. Hablamos de juventudes que prefieren tomar cualquier riesgo antes que resignarse a vivir bajo el absolutismo castrista. Los cubanos no dejarán de intentarlo, sólo cambiarán su modus operandi.

¿Resuelve esta medida el grave asunto de los grandes y periódicos éxodos de cubanos? Quizás. Muy probablemente no se producirían nuevos éxodos masivos bajo las nuevas circunstancias, pero de esas escandalosas estampidas pasaremos a presenciar una interminable estela de muerte a cuentagotas que no se detendrá mientras no se establezca en Cuba una sociedad civilizada con oportunidades justas para todos. No se detendrá el éxodo porque es un fenómeno que no tiene su origen en la legislación extranjera, sino en la opresión inmisericorde de la dictadura cubana. He aquí la causa primordial del éxodo perpetuo de los cubanos: la desesperanza generalizada producto del absolutismo de un régimen de oprobio que secuestró el futuro de todo un país y condena a su pueblo –y por supuesto a su juventud– a apenas sobrevivir en la más patética pobreza, en medio de una escandalosa inequidad y privados de los más elementales derechos.

El joven presidente que encantó con su carisma a La Habana y dejó inspiradoras palabras en su conmovedor discurso, el que prefirió cenar en un restaurant familiar, el mismo que tendiera la mano a Pánfilo –el viejo desheredado de todos los hogares pobres de Cuba– nos dejará un recuerdo agridulce tras este traumático regalo de despedida. Vaya manera tan sutil y efectiva encontrada por Raúl Castro para contrarrestar definitivamente el efecto Obama en mi pueblo: apuntó a centro de la esperanza de cientos de miles, disparó y acertó, y cuando Obama mordió este anzuelo fue bajado definitivamente del pedestal en que lo habían colocado millones de cubanos.

Pero, como decía la abuela Panchita, la leche derramada no merece lamentaciones. Ahora llega un Donald Trump que nunca ha disimulado su ojeriza ante la inmigración –por supuesto, peor aún si es ilegal– por lo que nadie espera una revocación de la orden ejecutiva de Obama. Hacer esto iría en contra de su discurso, algo que no tendría ningún sentido para el presidente recién estrenado. Por eso desde el pasado 12 de enero cada cubano que desee acogerse a la Ley de Ajuste de 1966 estará obligado a entrar legalmente a Estados Unidos previa otorgamiento del debido visado, algo cuya remota probabilidad ha disuadido a cientos de miles que hasta hoy, no precisamente por vocación suicida, optaron por exponerse a tiburones y coyotes.

La tolerancia, ese pilar indispensable de la patria.

cuba-censura-ciberespacio

Por Jeovany Jimenez Vega.

De vez en cuando en Internet asistimos a duelos de opiniones antagónicas entre personas públicas. Tanto desde dentro como desde fuera de Cuba pueden desatarse ardientes polvaredas, y casi siempre las partes defienden sus puntos de vista de un modo tan apasionado y frontal como divergente, aun cuando curiosamente, discrepando en determinados puntos, pueda ser que ambos mantengan inalterable como trasfondo común un confeso desprecio hacia la dictadura castrista.

Hoy pretendo asomarme a un caso concreto: me refiero a la incendiarias palabras de Zoé Valdés tras las recientes declaraciones de Manolín, el Médico de la Salsa, con motivo de la cancelación de contrato a varios músicos residentes actualmente en Cuba y que ofrecerían conciertos en “The Place”, popular centro nocturno de Miami, así como a la réplica de mi colega músico varios días después, que trascendiera a través de su sitio en Facebook. Pero más allá del asunto puntual llama la atención el problema de fondo, que es la intolerancia entre los cubanos, y es ahí donde debemos fijar nuestro tema de reflexión.

En este caso, como en otros muchos, advertiremos que nunca se podrá desestimar la brutal dosis de frustración acumulada por generaciones enteras de cubanos durante más de medio siglo bajo el signo de la tiranía. Es precisamente la ira que genera ese despotismo, ese absoluto irrespeto del gerontopolio de la Plaza de la Revolución hacia nuestros derechos, esa singular hipocresía de los que arriba y abajo dicen defender a la dictadura cuando todos sabemos que sólo median mezquinos intereses, lo que probablemente desata la agresividad asumida por Zoé frente a las palabras de Manolín.

Pero en este caso, como casi siempre, no habría palabra malentendida sino hubiera sido mal interpretada. Porque una lectura atenta al texto de Manolín en ningún momento denota otra cosa que denuncias contra la soberbia de Fidel Castro, y por lo tanto, en mi modesta opinión, no se justifica un ataque tan cáustico de la escritora. Creo que la dama le subió demasiado el tono a su discurso y cayó en ofensas impropias de plumas de su estirpe; en su lugar, y aunque fuera sólo por oficio, debió vestirse más de gala en esta salida si ya había decidido lanzar la guerra. No dudo de su vocación patriótica, ni de la autenticidad de su indignación contra todo ese dolor que menciona en forma de nombres y vidas perdidas por la libertad de Cuba, pero olvidó aquí que la verdad llega más lejos cuando se le dice bellamente.

Poco después el músico ripostaba con argumentos concatenados en una lógica muy simple, a lo que añadió su pisca de sarcasmo –una fórmula de probadísima eficacia– con todo lo cual dejó muy mal parada a la escritora. Todo porque Zoé no respetó una de las máximas más elementales y antiguas de la guerra: siempre lanzarás la batalla en el terreno donde te sea más propicia la victoria y con aquellas armas que utilices con mayor maestría; lo olvidó hasta el punto de que fue por lana y salió trasquilada.

Pero volviendo sobre las palabras de Manolín caemos en el meollo del asunto: no defiende él a aquellos que admiran a Fidel Castro, sino el derecho que les asiste en lo personal a hacerlo si así lo deciden. Es cierto, aquellos nunca han respetado nuestro disentir, pero no se les puede pedir otra cosa precisamente porque es ese el signo cardinal de una dictadura, y si entendí bien, cuando aquí aborrece Manolín lo hace en referencia a la intolerancia como mal esencial, ya venga del castrocomunismo o ya venga del exilio anticastrista.

Porque cuando las fuerzas democráticas opuestas a la dictadura hacen loas por la tolerancia como un bien universal, como piedra angular indispensable en los cimientos de la patria plural que soñamos ¿acaso no propone con ello un código moral llamado a traducirse constantemente en hechos concretos? Entonces ¿por qué no asumir ese razonamiento con relación a la tolerancia como principio rector que nos guíe a ser consecuentes en todos nuestros actos? ¿No estamos obligados desde ahora a la observancia estricta de esa regla de oro si queremos construir una nación que destierre todo acto de exclusión arbitraria, de soberbia gubernamental y de atropello al derecho público? ¿O acaso no sería igual una incongruencia acusar de intolerante al dictador a la vez que devolvemos nosotros la misma moneda en idénticos términos, sólo que en sentido contrario?

¿Será que tanta ignominia nos incapacitó para ejercer una virtud tan necesaria? ¿Por qué no cerrar de una vez las puertas al odio y al revanchismo? De no encontrar el valor y la sabiduría para hacerlo estaríamos automáticamente asumiendo los mismos códigos de facto que hoy abominamos en la dictadura cubana. Si no purgamos desde ahora este mal –que ha demostrado ser antológico y fatal en nuestras latitudes– ya nacería la futura república con el germen de la descomposición en sus entrañas. ¡Tanto remar y padecer –diría entonces Liborio– para carenar en la misma orilla!

Encontrar la fuerza para actuar en el momento glorioso de la libertad con magnanimidad demandará de toda la bondad, sabiduría, prudencia y capacidad de moderación del pueblo cubano. No debemos olvidar jamás que en ese momento sublime la Historia también nos estará juzgando.

No parece otro el mensaje que pone Manolín en otras palabras, y en este punto lleva mucha razón. Pudiera ser que todo no sea más que un procedimiento legal violentado por el gerente del lugar, es cierto, pero se no ser así y tratarse de una encerrona como represalia contra la actuación de músicos cubanos residentes en la isla, ¿cuál sería la diferencia entre quienes así se proyectan y los represores que ayer en La Habana de Fidel Castro censuraron “5 PM” o “Fuera de juego”, entre otras miles de creaciones artísticas, aquellos que decretaron el ostracismo de Arenas, de Virgilio o de Lezama, los que encarcelaron a artistas en las UMAP o clausuraron El Patio de María, los que prohibieron cientos de exposiciones de pintores incómodos, esos que ayer vetaron “Un día de noviembre” o “Alicia…” y que siguen siendo los mismos que recién intentaron sepultar en vida a Cremata? ¿Cuál sería la diferencia entre estos represores de Miami y los parametradores de la libertad de pensamiento en La Habana? En esencia, y en honor a la verdad, absolutamente ninguna.

En lo personal nunca he comprendido –y creo que ya nunca lo haré– a aquellos que defienden a cualquiera de los Castro a capa y espada desde la comodidad del exilio –o desde la emigración, como prefiera llamársele a ese sitio de ubicuidad cosmopolita, pero situado siempre bien lejos del “paraíso” que defienden y de la “justicia” celestial de sus dictadores de ensueño.

Puede tratarse de cierto actor, desde Miami, diciendo que quiso a Fidel Castro como a un padre, o de dos mujeres con CI fronterizo que con patética vulgaridad vociferan una sarta de estupideces contra los cubanos de Miami –no desde un CDR de la Habana Vieja sino desde la Riviera francesa– pero absolutamente en todos los casos resalta un elemento en común: la insalvable incongruencia entre su pretendida admiración por la figura de los dictadores y su miedo inconfeso a vivir en la Cuba de las estrecheces a que el despotismo de sus héroes ha condenado a millones de compatriotas nuestros.

Pero a pesar de todo siempre será sumamente saludable cimentar sobre la tolerancia nuestras libertades futuras, y entrenarnos desde ya en su ejercicio por más irracional o repugnante que parezca el criterio que se nos oponga.

Con el tirano mayor durmiendo el sueño eterno sólo el tiempo se ocupará de develar todas las verdades. Para entonces, cuando la libertad haga caer las máscaras, esos que hoy todavía lo defienden a la sombra del gran engaño, también abrirán sus ojos y comprenderán todo de golpe. Pero hasta entonces demostremos que no somos iguales al tirano y seamos consecuentes al respecto.

Y ante aquellos que todavía pululan a la sombra de mentiras y simulaciones, cincelemos hoy en nuestro cuerpo moral, como cincelaremos en letras de bronce las leyes del mañana, aquella máxima lapidaria y eterna: aunque aborrezco lo que dices, sin pensarlo moriría por defender tu pleno derecho a decirlo.

Nube de etiquetas