“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para diciembre, 2013

En tierra de nadie.

48Por: Jeovany Jimenez Vega.

A dos conclusiones básicas me ha conducido la vida. La primera sentencia: que la solución a los gravísimos problemas del mundo no será el capitalismo, pues aunque dispara la creatividad y el espíritu emprendedor, es también un sistema excluyente y exacerba los instintos más primitivos del hombre. Para que unas pocas decenas de países detenten un status económico holgado deben existir, según este esquema, más de 150 en un estado de pobreza más o menos dramática –dinámica vigente tras varios siglos y que persiste con relación a la estratificación social dentro de cada país– y dada su naturaleza especulativa, se ha demostrado incapaz de evadir las periódicas crisis que le caracterizan. Este esquema no ha logrado librar al mundo de las hambrunas y su variante neoliberal sólo terminó por acumular el poder político y económico en un bloque selecto de naciones que convirtieron a las instituciones mundiales en un casino que articula las estrategias de dominación contra los países más pobres. El capitalismo se me antoja en etapa intermedia o escalón de paso, necesario tal vez, pero nunca meta final de la especie humana.

Una segunda sentencia: la solución tampoco es el socialismo de cuartel, secuela del modelo soviético, cuya variante stalinista produjo nefastas consecuencias sobre la individualidad del hombre. Después de 50 años de aplicación este esquema destruyó la economía de mi país, sometió a mi pueblo a una constante e injustificada carestía a la vez que, frontalmente opuesto al espíritu emprendedor del hombre y a su libertad de expresión, generó un nauseabundo clima de inmoralidad. Si la Revolución cubana triunfó para acabar precisamente con los privilegios de clase, sin embargo, medio siglo después persisten aún castas que viven por encima de la Ley y que disfrutan de prerrogativas negadas al común del pueblo; aún hoy persisten en Cuba clases sociales bien estratificadas –exclusividad que algunos ideólogos adjudican al capitalismo pluripartidista– porque si alguien percibe 100 veces más ingresos que un médico y lo mira por encima del hombro es porque siente que pertenece a un estrato social diferente.

Así de momento sólo irían quedando a considerar hasta cierto punto las sociedades regidas por la socialdemocracia, pero a pesar de que llegan a ostentar envidiables niveles de vida y de seguridad social, tampoco éstas quedan exentas de la corrupción política, ni escapan a las consecuencias de crisis capitalistas como la actual, que dejó al mundo en bancarrota cuando reventó la burbuja.

Cuando me aventuro a estas neófitas meditaciones –muy personales, por cierto– piso terreno minado y corro el riesgo de quedar varado en tierra de nadie, pero aseverar otra cosa sería deshonesto de mi parte o sería especular sobre asuntos que nos quedan demasiado lejos en el tiempo. El nombre no definiría la esencia, pero llámese comunismo, Proyecto Venus o el Reino de Dios sobre la tierra, me refiero a esa sociedad futura en la que todos desearíamos vivir –lo cual nos convertiría a todos potencialmente en comunistas, venusianos o cristianos– donde un hombre emancipado del egoísmo por fin pensaría en el prójimo como en sí mismo; un mundo sin carestías ni guerras, generador de una avanzadísima tecnología que estaría exclusivamente en función del progreso humano; un futuro donde los estados quedarían suplantados por una supraestructura que armonizaría los pulsos de una sociedad global única en medio de una paz universal. Pero para eso antes el hombre debe renacer. Ese hipotético mundo –que sí sería la solución definitiva– aún no se vislumbra, está situado más allá del horizonte y de cualquier modo queda por ver si sería posible durante los próximos 500, 1000 o 2000 años, y esto sólo si escapamos de la aniquilación a que nos amenazan la codicia y la estupidez humanas.

Nunca el hombre conoció mejor su mundo, nunca lanzó una mirada más recóndita al universo o más profundo en la intimidad de una célula, y sin embargo nunca tuvo más pobreza espiritual ni se conoció menos a sí mismo; nunca estuvo más indefenso ante sus propios demonios. De ahí concluyo que el próximo salto debe ser cualitativo: será una profunda transformación ética la que estará llamada a salvar al hombre. De momento estas son sólo quimeras para un ser que aún arrastra demasiadas miserias. Pero algo ya sucederá que nos devuelva la humildad y nos recuerde que sólo somos efímero polvo de estrellas dejado por un azar de Dios navegando en el espacio. Aunque si después de todo el fin del mundo no llegó, tal vez esto quiera decir que las olvidadas estirpes, condenadas a 100 siglos de soledad sí tendremos, por esta vez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

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