“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para diciembre, 2014

Yo también exijo.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

Porque el mero hecho de haber nacido hombre, ser pensante, implica ya el derecho inalienable a expresarme en libertad sin esperar por el permiso de otro hombre.

Porque mi derecho de reunión y asociación están contemplados por pactos internacionales reconocidos por todo el mundo civilizado, y estos pactos se encuentran por encima de la decisión de los sátrapas que pretenden continuar esclavizando la mente de mi pueblo con su demagogia desfasada.

Porque el derecho universal a la manifestación pacífica implica que las calles y plazas de mi país pertenecen a todos los cubanos y no a aquel grupo que pretendió erigirse como su único dueño, aquel que pretende monopolizar la calle sólo para los “revolucionarios”.

Porque si una Revolución auténtica es progresión, avance dialéctico, vuelco hacia delante, entonces la casta retrógrada que desde el poder entorpece hoy en progreso de mi pueblo no merita sino llamarse contrarrevolucionaria a sí misma.

Porque más de 50 años de monólogo desde un altar inmerecido ya fueron demasiados y hoy le toca su turno en la tribuna al pueblo de Cuba, al denigrado, al traicionado; hoy le ha llegado, por fin, el turno al ofendido.

Por todo eso yo también exijo:

Que el Gobierno cubano ratifique e implemente inmediata e incondicionalmente los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que dejó pendientes desde febrero de 2008.

Que las autoridades cubanas reconozcan oficialmente la existencia y legitimidad de la oposición cubana, y en consecuencia se convoque a elecciones democráticas donde esté representado todo el espectro del pensamiento plural de la sociedad cubana.

Que se establezca una división efectiva de poderes. En este sentido sería esencial que el Tribunal Supremo Popular, máxima instancia del poder judicial, deje de estar subordinado al Consejo de Estado, máxima instancia del poder ejecutivo, así como que se prohíba expresamente que los jueces de los Tribunales Populares estén afiliados al Partido Comunista de Cuba, algo que iría a favor de su credibilidad en cuanto al ejercicio imparcial de la justicia.

Que en consecuencia cese el acoso, la persecución o cualquier modo de represión sobre cualquier grupo o individuo que pretenda expresar pública y pacíficamente su postura política, así como que cesen las detenciones arbitrarias de los activistas cívicos que representen una propuesta disidente.

Que el Partido Comunista de Cuba y la Seguridad del Estado cubana dejen de organizar los tristemente célebres actos de repudio, por cuanto son profundamente lesivos a la dignidad de quienes los perpetran, así como inequívocamente nocivos a la moralidad pública; en consecuencia estos hechos pasarán a ser contemplados como un cuerpo de delito por el Código Penal vigente, momento a partir del cual serán sancionados según la Ley como lo que siempre han sido: auténticos actos de vandalismo, que incluyen invasión de domicilio y/o agresión y daño sobre las personas.

Que se establezca el marco legal apropiado que garantice una plena libertad de prensa y un acceso total y sin censura a Internet como medios para el ejercicio de nuestra libertad de expresión, desde la cual todos podamos, sin temor a ser castigados por ello, proponer el mejor modo de convertir estas ruinas que heredemos en esa nación que tenga, como primera ley de su república, el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Por todo esto #yoTambiénExijo

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Reanudarán sus relaciones Cuba y EE.UU… alea jacta est.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La decisión de los gobiernos de Cuba y EE.UU. de normalizar sus relaciones diplomáticas pudiera inscribirse como la noticia del año, y entre las más trascendentales noticias mundiales de lo que va de siglo: más de 50 años de litigante relación –una de las querellas más prolongadas de la Historia humana– justificarán cada titular, columna o ensayo que sobre el tema se escriban.

Pero vale la pena reflexionar con objetividad sobre las posibles consecuencias que tendrá para el pueblo cubano esta decisión, que se ha tomado sin tener en cuenta las voces que alertan desde la oposición interna, hace años, sobre los potenciales peligros que implicaría derogar instrumentos de presión política como el embargo norteamericano y la posición común europea, sin que antes el gobierno verdeolivo haya, al menos, ratificado e implementado los Pactos Internacionales de Derechos Humanos que dejó en el tintero desde febrero de 2008.

Un levantamiento de estos mecanismos de coacción sin tener como garantía mínima la implementación de estos pactos –así como otras demandas exigidas por la sociedad civil cubana– implicaría el definitivo y exacto espaldarazo de legitimación que tanto necesita este gobierno dinástico, justo en un momento en que se sabe aplastado por la evidencia histórica y que busca, desesperado y a cualquier precio, alguna vía de escape.

Durante mucho tiempo me he contado entre los que apuestan por el fin del embargo, pues siempre consideré que una vez venido abajo el gran pretexto, en muy breve tiempo la ineficacia económica del régimen totalitario de La Habana, un mal netamente endógeno, quedaría evidenciada definitivamente. Hasta hoy continúo convencido de este argumento, pero la coincidencia en el tiempo de una serie de circunstancias muy concretas, en medio de un contexto inédito, me ha hecho cuestionarme varios puntos al respecto.

Existe una diferencia esencial entre el momento actual y cualquier etapa anterior de este régimen stalinista, y es que ya hoy se hizo definitivamente evidente que a la vieja guardia de la Sierra Maestra se le agotó su tiempo vital; ahora el fracaso de su propuesta no es algo que esté por demostrarse, sino que ya pasó a ser una certeza histórica establecida. Estos octogenarios saben muy bien que aquella historia del petróleo gratis que durante 30 años les llegó desde Moscú no se repetirá jamás; que hoy China les celebra la gracia, pero que en cuestiones de negocios papelito jablan lengua, les exigirá su paga y ¿con qué se sienta esta cucaracha?; saben también que bajo las condiciones imperantes hasta este 17/diciembre, y a pesar de su cacareada Ley de Inversión Extranjera, ya no engañarían a ningún inversor importante medianamente sensato, dada su bien merecida y universal fama de estafadores de baja ralea; además saben que el turismo nunca va a despegar porque no es competitivo en medio de toda la excelencia que le rodea, y que con el resto de sus renglones económicos nunca bastaría para reparar este megadesastre, y para colmo saben que su principal fuente de ingresos, la explotación de los profesionales de la salud pública, está en peligro inminente de sufrir un duro golpe si su principal mercado, Venezuela –que parece estar lista para sentencia– sucumbe, y que además, el éxodo cada vez mayor de personal calificado del sector es premonitorio de que esta sucia operación mundial de lavado de dinero –pues de nada más se trata– pudiera venirse abajo.

Por todo esto los estrategas castrenses giraron hace tiempo la mirada al norte revuelto y brutal que los desprecia, y fijaron su esperanza en esta balsa que ahora les lanza Obama justo cuando exhalaban su última bocanada de oxígeno: ahora el generalato, otrora intransigente, abrirá nuevamente las piernas como se las abrió a aquella gusanera comunitaria apaleada en el 80 cuando le escaseó el dinero llegados los 90; ahora el enemigo, que presuntamente seguía siendo el mismo al que “…no se le puede dar ni un tantito así…” se transfigura de repente –para sorpresa unos y rabia de otros– en la inesperada tabla del náufrago, salvadora, para un lapidario Robinson que ya había hecho todo el daño posible a su perdida isla.

Sin embargo sigo siendo partidario del levantamiento del embargo, pero únicamente –y esto es algo innegociable– si ese hecho viene acompañado, o condujera, al acatamiento incondicional de los derechos humanos de mi pueblo por la crápula… me disculpo, quise decir cúpula del stablishment cubano. Pero una vez tomada la decisión, se perciben dos consecuencias ineludibles en el horizonte inmediato: por una parte el Gobierno cubano respira aliviado, pues recibirá a corto plazo un no desdeñable flujo de ingresos que de otro modo jamás hubiera logrado –o lo que es lo mismo: de momento se sentirá a salvo y más seguro que nunca para refinar sus nuevas estrategias represivas. Por otra parte –y esta es la arista favorable del asunto– ya a este gobierno totalitario se le agotó definitivamente su principal argumento justificativo sobre el enemigo perpetuo y la plaza perennemente sitiada –o lo que es lo mismo: a partir de este momento el mundo comprobará cómo nuestra ruina económica es realmente culpa de la obcecación de los líderes cubanos que anquilosaron al pasado este país.

En caso que las cosas quedaran tal como se nos presentan, el pueblo cubano continuaría sin tener permitidos derechos civiles y políticos tan básicos como el de opinión y la libertad de pensamiento, de reunión y de asociación; el régimen continuaría vetando nuestro derecho a acceder a Internet sin censura; en la Cuba de los Castro seguiría siendo legal un único partido comunista y despótico –y quizás más despótico y autocrático que nunca– así como una sola prensa oficial sometida a la misma censura de siempre; el mundo seguiría escuchando noticias cada vez más frecuentes y violentas de actos represivos gubernamentales contra una oposición que seguiría sin ser reconocida oficialmente y sobre elecciones que seguirían siendo una falsa total, con las únicas posibilidades de escamoteo señalando hacia la Plaza de la Revolución.

Esto es lo que muy seguramente sucedería a partir de ahora, sólo en caso de que en esta puesta en escena todas las piezas nos hayan sido mostradas. Digo esto pues no descarto que entre ambos gobiernos se haya establecido una hoja de ruta mucho más profunda y ambiciosa que la públicamente anunciada. A primera vista se recibe la impresión de que EE.UU. cedió demasiado frente a lo poco que ofreció Cuba, y si algo han demostrado ambas partes, es cuan obstinadas pueden llegar a ser cuando creen llevar la razón. No deja de sorprender la evidente asimetría de las propuestas, que tan sospechosa se me pinta: la de EE.UU. encarnada en un Obama bastante más espléndido en sus anuncios, y la de Cuba, con un Raúl Castro gris que prefirió centrarse en el regreso de los tres prisioneros, mientras mencionaba de soslayo el fin del embargo de más de medio siglo, como si hablara del fin de una selectiva de pelota. Por esto infiero que detrás de este palo pudiera moverse aún muchísimo comején –sobre todo si consideramos, en todo su calibre, la mediación directa del Papa Francisco en el asunto– y no descarto que el instinto megalómano de los Castro haya exigido como condición para la “rendición” definitiva, que se anuncie todo progresivamente, de forma desperdigada –sin prisa, pero sin pausa, traducido al lenguaje raulista– como para que no quede la fea impresión de que finalmente cedieron ante la evidencia reconocida públicamente por Fidel Castro, hace varios años, de que el modelo económico cubano no funciona. Aceptar esta propuesta no estaría reñida, en definitiva, con el espíritu pragmático norteamericano, según el cual lo único importante es conseguir el fin, más aún si sólo se interpone algo tan frágil y simple como el orgullo de macho herido de unos viejitos decrépitos.

Pero en fin, la suerte está echada: desde ahora ya Cuba y EE.UU. serán buenos y respetables vecinos. Obama y Castro lo anunciaron apenas una semana después que miles de opositores y activistas civiles cubanos fueran amenazados y/o apaleados y/o detenidos –pero, eso sí, reprimidos todos– el pasado 10/diciembre, Día Mundial de los Derechos Humanos, a escasas 90 millas de la costa norteña. Aunque se debe reconocer, en favor del señor Obama, que 90 millas de mar abierto son demasiadas para que el presidente escuche los gritos de impotencia y el ruido de las hordas, para que perciba lo intangible del miedo, el dolor de los golpes, el sabor de la sangre; y como este es el preludio del consecutivo levantamiento de la Posición Común Europea, nos acomete una certeza: desde hoy nos quedaremos a solas ante el monstruo; la pelea estará siendo observada por el mundo a una prudencial distancia. A partir de ahora la libertad de Cuba será, más que nunca, exclusivamente tarea nuestra.

¿Bandera blanca al régimen de La Habana?

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Quienes propugnan la eliminación de los mecanismos de presión política a que permanece supeditado el Gobierno cubano –entiéndase básicamente el embargo estadounidense y la posición común europea– con frecuencia esgrimen como argumento fundamental el presunto clima de reformas emprendidas por Raúl Castro durante los últimos años. Se puede suponer que esta sobredimensionada expectativa tenga su origen en el profundo y sistemático inmovilismo que caracterizó todo el largo gobierno de Fidel Castro, porque el barbudo incorregible llegó a anquilosar el entramado social cubano de modo tan inmutable y absurdo, que habría sido imposible para cualquiera después de él hacer cualquier modificación sin que fuera percibida como un alivio.

Pero si aceptamos la obvia premisa de que desde 1959 en Cuba ha existido un único gobierno –pues ya se ha evidenciado que en esencia el mandato de Raúl, con todas sus edulcoraciones, no ha sido más que una prolongación del mandato de Fidel– podemos asumir también, con un grado sólido de certidumbre, que la psicología del régimen sigue siendo exactamente la misma. Esto nos conduce a un lógico cuestionamiento: ¿cabría esperarse que, en caso de ser levantadas aquellas sanciones, esta oligarquía verdeolivo por fin le concedería al pueblo cubano los esperados derechos contemplados en los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, así como Económicos y Culturales, cuya ratificación e implementación La Habana mantiene como un tema pendiente desde febrero de 2008?

Los optimistas volverían sobre la idea de las reformas raulistas, pero quien haga un acercamiento más detenido a estas pretendidas “transformaciones” encontrará que realmente muy pocas han representado un giro práctico, beneficioso e inmediato en la vida de los cubanos de la isla. Pero obremos desde una muy buena fe –que la contraparte no se ha merecido– y aceptemos que entre estas medidas, algunas representaron un giro más drástico y positivo que otras: entre estas se encuentran la liberación del derecho de viajar al extranjero y la autorización a la compra y venta de viviendas entre personas naturales.

No podemos olvidar, sin embargo, que la reforma migratoria entrada en vigor desde enero de 2013, dispone que no se le permitirá viajar libremente a algunos profesionales “…en virtud de las normas dirigidas a preservar la fuerza de trabajo calificada…”; ni podemos desdeñar que también establece como “…inadmisible…” para entrar al país a todo aquel acusado por el Gobierno cubano de “…Organizar, estimular, realizar o participar en acciones hostiles contra los fundamentos políticos, económicos y sociales del Estado cubano…”, “…Cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen…” y a todo aquel que el Gobierno considere que deba “…Tener prohibida su entrada al país, por estar declarado indeseable o expulsado.” Se hace más que evidente el amplio margen de maniobrabilidad que deja a los represores esta deliciosa herramienta de coacción. En cuanto a la autorización a la compra y venta de viviendas, recordemos que a esta ley se le acaba de endilgar recientemente una serie de molestas regulaciones en los precios a pactar que vuelven a inmiscuir la mano del gobierno donde no se le llamó –como para recordarnos que aquí las buenas nunca duran demasiado tiempo.

Ahora bien, una mirada al resto del paquete sí ya nos mostrará indudables signos que denuncian sospechosas aristas en estas pretendidas “reformas”. Porque es sumamente difícil aceptar la sinceridad de medidas como la “autorización” a la compra de autos usados a precios astronómicos; o el viciado enfoque impuesto a la gestión de cooperativas como las de transporte, por ejemplo, que deja a sus miembros (jamás dueños de sus medios de trabajo) con un nulo margen de autonomía; o la imposición al resto de los cuentapropistas de leoninas tarifas de precios e impuestos desmesurados y a la inexistencia de un mercado minorista que les abastezca de las más básicas materias primas; o todas las limitantes que hacen cada vez más evidente el fracaso de la política emprendida en el sector agrario, así como la negativa de liberar la gestión del sector ganadero mientras sacrificar y/o vender una vaca continúa siendo un pecado capital que en Cuba aún se paga hasta con 20 años de prisión. Estas son, entre otras muchas, evidencias actuales y premoniciones que ensombrecen nuestro panorama a corto y mediano plazo y ponen seriamente en entredicho la voluntad del Gobierno cubano para emprender los auténticos cambios que este país necesita.

Pero más grave aún que la inmutabilidad de estas “nimiedades” de corte económico, lo es la persistencia de lacuba_ue_bandera política represiva que sigue fomentando el dueto letal Partido Comunista-Seguridad del Estado: desde las oficinas del que continúa siendo el único partido legalmente reconocido, se traza la estrategia que luego en la calle ejecutarán los esbirros de la policía política. Hoy en Cuba persisten las detenciones arbitrarias y la más abyecta precariedad de las garantías procesales –hijas bastardas de la no división efectiva de poderes; continúan perpetrándose impunemente golpizas y mítines de repudio sin que ninguna autoridad se proyecte para evitarlas; se ordena a los sicarios acuchillar a líderes opositores y se reprime en plena calle a mujeres que no llevan más armas que gladiolos blancos; persiste una censura férrea y absoluta al pensamiento disidente mediante un absoluto monopolio sobre los medios de difusión y todos los tipos de prensa, y además se continúa vetando al pueblo el acceso efectivo a Internet cuando ya corre la segunda década del siglo XXI. Por consiguiente, podemos concluir que en Cuba los “cambios” que se han producido son insustanciales y epidérmicos, pura cosmética, nada que anuncie una apertura real a nada que huela ni remotamente a democracia.

Si al final esta generación verdeocre ya no está en capacidad de ofrecer nada diferente, sería más que lógico dudar de sus futuras buenas intenciones o de su capacidad para concebir un esquema de prosperidad real, y muchísimo menos si la fórmula para que así sea incluye que se aparten del camino. Es completamente cuestionable que estas “reformas” reflejen una sincera intención de abrirle las puertas al pueblo cubano a las potencialidades que ofrece hoy una economía globalizada. Es más coherente pensar que estemos ante simples maniobras dilatorias que sólo persiguen perpetuar a los mismos de siempre en el poder.

En caso de que la comunidad internacional, el pueblo cubano y la oposición interna decidieran dar su voto de confianza y ceder: ¿hasta qué punto esto ofrecería garantías de que luego serían ratificados e implementados los mencionados Pactos de DD.HH y que se produciría una apertura inmediata hacia la democracia? Aquí todo razonamiento lógico conduce a la conclusión de que esto nunca sucedería.

De revocarse ahora estas sanciones, sólo se traduciría esto en una oxigenación inmediata de todos los resortes del régimen, sin excluir, por supuesto, sus mecanismos represivos. No pasaría a ser el Gobierno cubano más eficiente desde el punto de vista económico sino que simplemente contaría con más recursos a su alcance para dilapidar y robar, para engordar aún más las millonarias cuentas ocultas de sus oligarcas en el extranjero, y hasta para enaltecer sus delirios de grandeza. Ya la fiera probó la sangre y no se detendrá ante nada. Un gobierno autocrático como el de los Castro, una vez liberado de estos instrumentos de presión política y con el tácito visto bueno que esto internacionalmente implicaría, jamás ratificaría los Pactos de DD. HH. sino que, al contrario, sería muy probable que se volcaría, con mayor saña que nunca, a reprimir el pensamiento disidente a una escala sin precedentes, pues lo haría desde una posición mucho más cómoda que antes.

Esta generación octogenaria que somete a sus caprichos los destinos de mi país, se encuentra definitivamente desfasada de las necesidades de mi pueblo. Ninguna propuesta original saldrá ya de sus empolvadas charreteras. Estos neoburgueses jamás considerarán una salida digna a la pobreza e inequidad en que nos han sumido, porque saben que eso significaría el fin de sus privilegios. Si algo nos enseña la Historia es que las concesiones desacertadas o hechas a destiempo, a la larga producen más daño que beneficio a los pueblos que por error las asumen, y nos enseña también que definitivamente hay gente que nunca cambia, y de esto es un excelente ejemplo la pléyade que hoy dirige este país según su veleidad testicular. Las tres décadas de maridaje con la extinta Unión Soviética evidenciaron que nunca fue el pueblo cubano el destinatario final de aquella riqueza; y si la Historia demostró que no lo fue entonces ¿por qué suponer que lo sería ahora, cuando se han acumulado más que nunca la indolencia y la corrupción gubernamental?

Extender este cheque en blanco al gobierno totalitario de La Habana, en este preciso instante en que se tambalea su media naranja de Caracas, sin haberse percibido la más leve señal de distención hacia la oposición interna ni al reconocimiento de nuestros derechos cívicos –pues los hechos más recientes orientan hacia todo lo contrario– y sin haber logrado ni siquiera la ratificación e implementación previa de los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos, así como de los Sociales y Culturales, sería una catástrofe en términos estratégicos para el pueblo cubano pues muy posiblemente retrasaría, durante varias décadas, la llegada tan sufrida de la democracia para la nación cubana.

Barack Obama

 

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