“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para enero, 2015

Epitafio personal a Fidel Castro.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

“Aquí yace un hombre que murió millones de veces”, debería grabarse a modo de epitafio sobre el mármol que lo cubra. Para entonces, algunos se sentirán abatidos, como si la tierra se les hundiera, mientras que otros, sin dudas, recibirán la noticia en medio de una telúrica alegría, pero absolutamente todos coincidirán en algo: ese día habrá dejado de existir el hombre más amado y más odiado durante los dos últimos siglos cubanos.

Pero Fidel Castro no habrá muerto ese día, porque ya antes, poco a poco, habría sufrido millones de muertes previas. Murió para algunos, por ejemplo, desde aquella primogénita mañana en que “no encontró” el camino del Moncada mientras otro grupo de hombres consecuentes se inmolaba en el asalto; y para otros murió cuando legalizó la pena de muerte a principios del 59, cada vez que los ecos de fusilería llegaban de La Cabaña, o tal vez unos meses después, cuando el mar se tragó en medio del misterio el sombrero de Camilo –dado oficialmente por muerto después de sólo tres días de dudosa “búsqueda”.

Pero más tarde miles de cubanos sepultaron a Fidel Castro cuando, después de haberlo negado muchas veces, anunció de repente, como de la nada, que era comunista –después incluso de haber acusado precisamente de eso, en juicio sumario, al “traidor” Hubert Matos– y declarara sin reparos el carácter socialista de una Revolución que no le pertenecía a él, sino a aquel pueblo que le escuchaba sorprendido.

Unos años más tarde moriría otra vez para otros miles cuando supieron de aquel día en que murió Guevara, abandonado por Manila, en la desolación del altiplano boliviano.

Seguramente para cientos de miles de cubanos Fidel Castro murió en definitiva aquel fatídico día de marzo del 68, cuando la “ofensiva revolucionaria” usurpara cada negocio familiar sin el más mínimo resarcimiento –acto de impune y vulgar despojo que cayó sobre aquellos traicionados a los que apenas tres lustros antes llamara “pueblo” en su autodefensa durante el juicio del Moncada.

También para millones de seres en el tercer mundo debió morir en el 79, cuando siendo Presidente del Movimiento de Países No Alineados, prefirió camaleónicamente callar mientras Afganistán, un estado miembro de aquella organización mundial, sufría la artera invasión de las tropas injerencistas del ejército soviético, el incondicional aliado del barbudo incorregible. O tal vez para esos millones ya habría muerto poco más de una década antes, cuando aplaudió la irrupción de esos mismos tanques soviéticos en Checoslovaquia para apagar los ardores de la Primavera de Praga.

Pero no todos sus decesos fueron tan grandilocuentes y trascendentales, porque Fidel Castro también sufrió muchísimas muertes cotidianas durante esas décadas oscuras: murió cada vez que un cubano fue humillado en la puerta de un hotel prohibido o de una de aquellas diplotiendas elitistas; cada vez que se separó una familia o que se perdió una vida en el mar por no existir modo legal para emigrar de su prisión; cada vez que se castigó la sinceridad y se preconizó, bajo su égida personal, la hipocresía y la doblez; cada vez que se apaleó a algún cubano indefenso que intentaba ejercer los derechos prohibidos, cada vez que se perpetraba un mitin de repudio; moría cada vez que se aprisionaba a un padre o se secuestraba el futuro a alguno de sus hijos; el gran dictador también murió ante cada sueño truncado y ante cada plato vacío.

No obstante, es seguro que cuando se anuncie finalmente la muerte de Fidel Castro –la de sus despojos físicos, quiero decir– la noticia ocupará titulares en los cuatro puntos cardinales. Entonces cada consejo editorial o columnista debería tomarse su tiempo de reflexión, porque más allá de todo el amor o el odio que generara el sempiterno barbudo, se impone que aprendamos de una vez por todas la lección para que ningún otro pueblo, jamás, bajo absolutamente ninguna circunstancia o latitud, vuelva a depositar un poder semejante en manos de un solo hombre, por más bella, justa o sublime que parezca ser la causa que propone.

Pero cuando sufrirá Fidel Castro su definitiva muerte será ese día inevitable en que Cuba amanezca bajo el sol de la verdad, y se destape con su luz la caja de Pandora: sólo para entonces podremos conocer la magnitud exacta de su megalomanía, repasar su verdadero rostro, la mascarada oculta bajo tantas décadas de retórica ficticia, de culto desmedido a una personalidad con hábitos enfermizos y generadora de una caracteropatía que se extrapoló al funcionamiento de toda una sociedad por más de medio siglo. Aquel que soñó con pasar por genio no dejó tras su paso infecundo más que un país en la más absurda ruina económica y –lo cual es muchísimo más grave aún– hundido en un abismo de ruinas morales, y si el evangelio asegura que “por sus frutos los conocerás”, entonces para ese día, en que ya sí morirá definitivamente, mi pueblo calibrará por fin en todo su alcance su traición y su proverbial demagogia.

Precisamente en estos días que se pacta a su alrededor un ridículo mutismo ante hechos de indiscutible trascendencia, cuando muchos bromean con la idea de su muerte o su tácitamente aceptada decrepitud, elevo yo al cielo mi plegaria: deseo que Dios le ofrezca muchos años más de vida, los suficientes para que cualquier día de nuestro futuro cercano también le conceda, de vez en cuando, en medio de su merecida niebla mental, alguna que otra laguna de absoluta lucidez; le suplicaría por esos días, o minutos, de lucidez total para el tirano, pero eso sí, que le basten al que tanto nos dañó para percibir diáfanamente cómo mi país y mi pueblo se levantaron de las ruinas apenas ellos se apartaron; cómo todo tiempo futuro fue ciertamente mejor una vez emancipada la patria de su despotismo. Esos pocos días de lucidez le pediría a Dios antes que devuelva al polvo lo que polvo fue, para que luego le hunda nuevamente en las tinieblas donde chochará sin gloria rumiando su definitiva derrota. Entonces sí partiría Fidel Castro a la eternidad de miserias que merece, como un tenue y penoso recuerdo… y no precisamente absuelto por la Historia.

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