“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para marzo, 2013

El sueño, el bosque y el lobo nuevo.

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Por: Jeovany Jimenez Vega.

Porque, aunque una nación se desmorone, las montañas permanecen. Y, con las montañas, queda la eterna responsabilidad del hombre de preservar lo que es esencialmente suyo, que es su alma. Y con la responsabilidad queda la posibilidad de anhelar y esforzarse y la satisfacción que resulta de hacerlo. Hanama Tasaki.

Hace 54 años, el triunfo de la Revolución cubana fue paradigma de una época a punto de eclosión. Los graves problemas sociales que se propuso cercenar y el antagonismo frontal con el Gobierno de EE.UU. le imprimieron a sus primeros años una tónica tensa y radical. La justeza de aquella lucha, el inmenso júbilo de aquel mar de pueblo ante la victoria y hechos posteriores como la campaña de alfabetización, la batalla de Girón y la crisis de octubre matizarían entre laureles a aquellos barbudos carismáticos; romántica imagen que halló resonancia en todos los movimientos de izquierda a nivel mundial. Entonces, como suele acontecer en épocas de semejante fervor, todo parecía posible.

Como cabría suponer, para dar vida a aquellos sueños se precisaba de un hombre diferente, portador de las mejores virtudes de su especie, capaz de hacer grandes sacrificios sin pedir nada, sincero, cabal y consecuente con su verdad hasta el punto de ser capaz de morir por ella. Urgía forjar un ser altruista ajeno a las miserias del pasado, sin el menor atisbo de egoísmo; se necesitaba un hombre consciente de su momento y de la impronta que debía ser legada; se aspiraba a un ser ideal –esbozado en los discursos del Che Guevara– y llamado a ser el modelo del poetizado futuro; se soñaba, en fin, con el hombre nuevo.

Pero aquella promesa no encontraría los caminos allanados hacia el edén prometido. Si bien durante los años iniciales del proceso fueron nacionalizados los latifundios, los intereses extranjeros y los de la gran burguesía, con la llegada de la “ofensiva revolucionaria” de 1968, estas medidas gubernamentales se redirigieron contra el mismo cubano que menos de una década antes había apoyado con fervor a la Revolución y que, de repente, se vio despojado de su pequeña empresa familiar –fuera esta una sencilla tiendecita de barrio, un humilde puesto de viandas o un minúsculo cajón de limpiabotas. A esta medida, desacertada y extrema, le siguieron décadas de estancamiento económico y florecimiento burocrático que no hicieron más que demostrar lo improcedente de un paso asumido al carbón del modelo soviético. A esto se le sumarían lamentables estrategias económicas, políticas y culturales, que sembraron el germen que luego fermentaría la simiente del modelo primogénitamente soñado.

Con el paso de los años, a lo anterior se añadía la carencia de garantías civiles, la no división de poderes y la orfandad ética instaurada en una prensa finalmente subyugada bajo la censura, todo lo cual fomentó una atmósfera de hipocresía social que no haría más que crecer exponencialmente. La promesa inicial de pluralidad que necesitaba el pueblo que hizo una guerra para liberarse del tirano Batista –así como de su horda de asesinos de la calaña de los Ventura Novo y los Cañizares, de la hiena Pilar García y de los Manferrer– terminó degenerando en esta pobreza cívica y espiritual que hoy nos avergüenza reconocer.

Ahora, 54 años más tarde, me pregunto cuánto queda de aquel sueño. ¿Qué legamos los jóvenes de hoy de la utopía del hombre nuevo? La quimera murió en su cuna y en su lugar surgió un ser capaz de toda la gama posible de dobleces morales y que huye de la verdad como las alimañas de la luz. A la sombra del miedo fue engendrado un ser indolente y egoísta, incapaz de proyectarse cívicamente con principios ni de ocuparse de nada que no tenga que ver consigo mismo. Insensible al dolor ajeno y sin querer, ¿sin poder? ir más allá, asegura los linderos de su parcelita y allí, en su kafkiana dimensión de insecto, vegeta en su propia cosecha de miserias sin desvelarse jamás por la gran parcela común.

No me instiga un ánimo inquisitivo ni mi juicio se pretende infalible, ni deseo pasar tabla rasa sobre el asunto, pero mucho me angustia que conductas que deberían ser ya oscuras excepciones sean aún la vergonzosa norma: veo con tristeza reducida al mínimo la espiritualidad de esta juventud, afanada en modas y reggaetones pero demasiado inculta y superficial como para reparar en asuntos mayores. Elevados conceptos como patria, compromiso, deber o sacrificio le son tan ajenos a la media de la juventud de hoy como las fórmulas de la física cuántica. Y no es que esté mal vivir intensamente, vestir a la moda y bailar hasta el delirio –pues la juventud es una sola y es, a la vez que bella, fugaz– pero también se debería ser, a la vez que alegre, profundo… ¿no es así Guevara?

Tuvo muchísimo que ver en tal devastación moral el megaexperimento de los preuniversitarios en el campo, que durante décadas mantuvo a varias generaciones de cubanos lejos de su familia, en la fase más crítica de su adolescencia, mientras cristalizaba su personalidad. Si bien en las aulas de estas becas existía un clima docente bastante adecuado –y de alta calidad en no pocos casos– en los dormitorios se vivía muchas veces el código de las prisiones: el bueno tenía que acoplarse a la seña del malo, y nunca viceversa, si quería sobrevivir; allí aquel joven en ciernes podía descender hasta el más procaz inescrúpulo. A esto habría que añadir la insondable crisis de valores que llegó con la década de los 90’. El deterioro profundísimo de los estándares de vida del pueblo motivó un éxodo masivo de profesores del Sistema de Nacional de enseñanza con sus lógicas consecuencias, y mientras tanto en la calle se entronizó definitivamente la ley de la selva. Luego el libretazo de la década del 2000 –con sus nunca logrados Profesores Generales Integrales, sus videoconferencias y graduaciones masivas de maestros emergentes y volátiles– vino a dar el puntillazo final. El triste resultado lo palpamos hoy; es mi generación y la generación hija de la mía el producto de aquellos años: la insensibilidad, la pésima educación y la vulgaridad más árida son la norma y alcanzan, hace mucho tiempo, proporciones epidémicas. En fin, que hemos creado un Frankenstein y hoy no sabemos qué hacer con él.

Pero conservo la obstinada esperanza de que no todo esté perdido. A semejante desolación opongo aquella inconmovible fe martiana en el mejoramiento humano. Tengo la viva certeza de que mi pueblo extraerá de los ilustrísimos ejemplos de su Historia la fuerza necesaria para levantarse de sus ruinas; para que el hombre nuevo que soñamos un día, y que me resisto a colocar entre las quimeras imposibles, nazca al fin –hijo de valores universales y no de adoctrinamientos políticos– para el bien definitivo de la patria. No precisamos para ello de prefabricadas arengas: lo esencial sería rescatar al hombre del abismo moral cavado por la simulación y la mentira. Necesitamos, con urgencia, una Revolución del alma. ¡¿Con qué contamos…?! increparán los miopes escépticos, y quedará como respuesta el digno grito de Agramonte que estremeció aquella manigua insurrecta: ¡con la vergüenza, con eso contamos, con la vergüenza de todos los cubanos dignos!

Lectura del punto 1.

1Por: Jeovany Jimenez Vega.

Tal vez la preocupación que me dejó la reciente visita del Presidente ruso Dimitri A. Medvedev a Cuba se deba a mi natural impericia en cuestiones económicas, pero a decir verdad la lectura del primer punto de su agenda deja poco espacio para las dudas. El Primer Ministro ruso establece claramente, como el primordial objetivo de su visita, establecer un “Convenio sobre la regularización de la deuda de la República de Cuba ante la Federación de Rusia por los créditos otorgados en el período de la extinta URSS.” Creo que para verlo más claro habría que echarle agua. Cualquier malpensado pudiera llevarse la impresión de que el camarada Medvedev vino a pasarnos el cepillo, en todo lo que a Rusia se refiera, por las tres décadas de “cooperación” durante la era soviética. Por más que se adorne o se disimule el asunto con otros nueve puntos que tendrán una dudosa repercusión, queda claro que aquel tiempo de los sueños quedó definitivamente atrás para esta generación de políticos rusos que nos lanzó un mensaje muy claro y conciso: parecen dispuestos a cobrar hasta el último centavo que se les deba.

Hace poco reflexionaba yo acerca de la postguerra y sobre cuánto puede progresar una sociedad que orienta oportunamente sus esfuerzos. Poco más de una década después de la segunda guerra mundial Europa era definitivamente otra. Sobre aquellas ciudades allanadas por los bombardeos nazis se erigió el despreocupado desenfado de los 60 y así también lo hizo Japón una vez despojado del lastre del militarismo. El mundo vio cómo, a pesar de la secuela nuclear, la tierra del sol naciente se erigía a velocidad de vértigo en una potencia económica mundial y una comparable evolución siguió Alemania, con todo y sus ciudades bombardeadas por la RAF, incluida aquella Berlín hundida apenas 10 años antes bajo la artillería del Ejército Rojo. Sin embargo, tres décadas de amplio proteccionismo económico soviético –equivalente a un Plan Marshall diseñado exclusivamente para nosotros– no nos bastaron nunca para despegar el vuelo. Eso sí, dejábamos para la historia un elocuente ejemplo de cómo llegar a desperdiciar una oportunidad semejante.

Pero como fue antaño sigue siendo y Moscú aún no cree en lágrimas. Ahora llega el tabarich Medvedev a esta hora y con semejante recado y no pudo hacerlo en un momento más inoportuno –por más que se amortice una parte del monto por diferencias de valor del antiguo rublo y haya sido acordado que se page en una década. Ya lo presentía desde que vi en la prensa el gesto algo ¿altanero? del ruso y el rostro un tanto ¿preocupado? de nuestro Presidente Raúl. A decir verdad no sé de dónde iremos a sacar a estas alturas todo lo que necesitaremos para pagar 30 años de recursos dilapidados a manos llenas –me pregunto si esto sería posible– por aquella época en que nadie podía suponer –ni la KGB, ni la CIA, ni Dios– que habría glasnost, ni perestroika y que alguien llegaría a apostar algún día, para bien o para mal, por el fin aparente de la Historia.

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Réquiem.

Hugo-ChávezPor Jeovany Jimenez Vega.

Con el intento de golpe de estado de abril de 2002, la oligarquía venezolana intentó sustituir del poder, y/o asesinar, al Comandante Hugo Chávez, líder de la entonces naciente Revolución Bolivariana. Fueron momentos de un intenso dramatismo: a la incertidumbre de las primeras horas le sustituyó el tsunami de pueblo, las ardientes oleadas que bajaron de los cerros para restituir en Miraflores, a golpe de puro coraje, a su presidente electo. Aquella fue una reacción impresionante y espontánea; a partir de entonces el mundo tuvo la certeza de que en Venezuela se gestaba algo más trascendente que el simple ascenso de un caudillo: se estaba ante un pueblo con auténticas aspiraciones, que obraba un valientísimo acto de desagravio a su auténtico líder.

Hechos paralelos como la masacre del puente Llaguno, ampliamente manipulada por los medios golpistas –francotiradores que le destrozaron el cráneo a venezolanos de ambos bandos para no levantar suspicacias a la hora de acusar a los chavistas– y otros, como el asedio a la embajada cubana, el cierre violento del canal oficial de televisión y el reconocimiento precipitado de varios países a un “gobierno de transición” que duró lo que un cubo de hielo al sol, definieron en buena medida el decursar de América Latina durante la siguiente década y ya son Historia constituida quiéranlo o no los detractores de Hugo Chávez.

Nunca he visitado Venezuela, por lo que no puedo opinar con certeza completa sobre una realidad que nunca viví de cerca. Muchas de mis referencias me han llegado a través de médicos, enfermeras o técnicos cubanos que prestaron servicios allá durante diferentes etapas y que me cuentan sobre una desmedida violencia social –dolorosa herencia de décadas pasadas– con su delincuencia juvenil organizada, con seminiños de gatillo fácil perpetrando crímenes a sangre fría; me cuentan sobre constantes tensiones políticas, sobre la carestía ascendente de la vida y sobre una corrupción que muestra su rostro oportunista en ambos bandos de la contienda.

Si de algo estoy consciente es de que para el Gobierno de Hugo Chávez nada fue precisamente fácil. Pero estoy convencido –igual puedo estar equivocado al respecto– que en el caso venezolano la referida carestía tiene un elevadísimo componente especulativo, propiciado por los sectores pudientes opositores, pues no se me ocurre cómo sería de otro modo tratándose de un país tan rico, poseedor de la mayor reserva mundial reconocida de petróleo. Pero no se puede soslayar el hecho de que si aquella oligarquía aún conserva poder económico suficiente para boicotear si lo decide, es precisamente porque el Gobierno de Hugo Chávez –amén de su proyección socialista, pero a diferencia de la experiencia cubana– respetó en Venezuela la propiedad privada, agenciando al Estado el control de los renglones más estratégicos.

En estos días los cubanos vimos cómo Maduro pronunciaba su primer discurso como Presidente encargado –en el que inmediatamente convocó a elecciones– bajo el mismo techo, ante connotados opositores procapitalistas que escuchaban con respeto y con respeto eran tratados, y vimos cómo a través de Telesur, el canal que podríamos llamar “oficialista” del chavismo, el líder opositor Capriles emitía su torpe discurso con toda naturalidad, ante este y otros medios de prensa –lección de tolerancia de la que aquí deberíamos aprender.

En cuanto a las elecciones del próximo 14 de abril, me quedaron pocas dudas. Con su discurso ante el país, Capriles no hizo otra cosa que cavar su propia tumba. El líder opositor dio una lección magistral de torpeza política y de cómo atraerse animadversiones atacando incisivamente, más que a las instituciones, a la sensibilidad humana de gente que aún estaba en pleno duelo, enarbolando una diatriba que dejó un mal sabor de cara a elecciones demasiado cercanas como para tener tiempo de enmendar su error. Estoy convencido de que este desliz le costará a Capriles decenas o cientos de miles, quizás millones de votos. Auguro que estas elecciones, con el componente emocional a su favor, serán ganadas por Maduro con un margen mayor que las últimas ganadas por Chávez. A su favor dejó el comandante un legado de millones de alfabetizados, aliviados y propietarios de nuevas viviendas, mediante misiones como Robinson, Barrio Adentro, Hábitat y Gran Misión Vivienda, entre otras que completaron un total de 21 y que buscaron, ante todo, humanizar la vida del venezolano común.

El comandante Chávez murió después de una larga batalla durante la cual nunca le mintió a su pueblo con respecto a su salud. Doctor Honoris Causa en 10 Universidades, Premio Internacional “José Martí” de la UNESCO y merecedor de decenas de Reconocimientos, Ordenes y Condecoraciones internacionales, murió convencido de la justeza de su lucha, de la culpabilidad del capitalismo neoliberal en los graves problemas de América Latina y de la gran estafa tendida al tercer mundo por instituciones mundiales como el FMI y el Banco Mundial; murió convencido de que Bolívar nos lanzó una propuesta salvadora hace dos siglos, y en consecuencia abrazó aquel sueño hasta su postrer aliento. Media humanidad le honró, incluida la Asamblea General de la ONU, la OEA y prácticamente todos los organismos regionales. Medio centenar de Jefes de Estado y de Gobierno, así como cientos de personalidades mundiales asistieron a su sepelio y dejó una innegable impronta en la nueva dinámica de relaciones norte-sur. Todo esto me convence de que con Hugo Rafael Chávez Frías no seremos nosotros sino la Historia, y quizás no hoy sino mañana, quien emita el veredicto final.

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