“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para octubre, 2015

Unificación monetaria en Cuba, la asignatura pendiente.

CUC CUP CUBA

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sin dudas el reto más complejo que tiene el régimen de Raúl Castro a corto plazo es el de la unificación monetaria. El uso en el país de dos monedas nacionales durante las últimas dos décadas y media ha terminado generando una inestimable distorsión en su sistema de finanzas internas, que por sí solo bastaría para ilustrar el caos reinante en su economía, del cual es un nítido reflejo.

La reciente declaración del senador estadounidense Rodney Davis sobre la inminencia del cambio desperezó las expectativas sobre el tema, que ha sido el gran ausente en los discursos del General/Presidente y en los predios de la prensa oficial cubana, a pesar de que su persistencia le convirtiera hace tiempo en algo sui generis. Si bien varios países contemporáneos han permitido en algún momento la circulación indistinta de alguna moneda extranjera junto a la suya, sin embargo no recuerdo alguno que utilizara al unísono dos monedas nacionales como lo ha hecho Cuba desde la década de los 90: a saber, el peso cubano –así a secas, humilde, pobrecillo– o CUP, y el peso cubano “convertible”, el todopoderoso CUC.

Que durante más de dos décadas más del 90% de los cubanos hayamos percibido nuestro “salario” mensual en CUP para tener que comprar más tarde en las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD) pagando en CUC, previa transacción 25/1 respectivamente, se inscribe como la mayor estafa sufrida por nuestro pueblo desde el arribo de Colón. Aunque en el período previo a la llegada del CUC a inicio de los 90 ya se habían generado situaciones pintorescas, pues durante la mayor parte de esa etapa Fidel Castro constituyó la simple tenencia de divisas extranjeras –sobre todo del dólar estadounidense– en un auténtico cuerpo de delito reflejado con todas sus letras en el código penal, y debido al cual cientos de cubanos llegaron a sufrir prisión.

Pero como en este jardín merece poco deshojar viejas margaritas, de momento lo que se impone es un paso de hoja, pues hoy Cuba demanda imperiosamente escribir capítulos nuevos, y como los neófitos distamos de entender a cabalidad los entresijos íntimos de la Economía, habitualmente plagados de matices oscuros, podemos no atinar a la primera. Pero sí valdría la pena sin embargo lanzar propuestas concretas sobre el modo de llevar a cabo esta unificación de la moneda cubana, un paso imprescindible que exigirá a partir de ahora cada oportunidad divisada en nuestro horizonte.

Hoy cada propuesta seria que reciba el país exigirá como condición previa la coherencia de su sistema financiero, pues de otro modo nunca merecería la imprescindible credibilidad ante los ojos de los organismos internacionales e inversores. Entonces, una vez todos conscientes de esto ¿para qué demorar un día más el parto inevitable? Pero aquí es donde habría que detenerse para evitar que este necesario paso termine mal logrado y se generen consecuencias sociales nefastas a corto plazo.

Por todo esto se impone que el Gobierno cubano –único responsable en definitiva de haber generado y mantenido tan insólita política– asuma con responsabilidad el complejo proceso, de modo que se mitigue en todo lo posible su efecto potencialmente nocivo y se produzca con la menor brusquedad posible, sin generar o minimizando en todo lo posible las consecuencias traumáticas para la ya depauperada familia cubana.

Ya hablando concretamente, me pregunto si en lugar de hacer un cambio brusco de moneda en este momento ¿no sería acaso posible reevaluar gradualmente la moneda más débil, mediante un proceso programado y de público conocimiento –digamos bajando la tasa de cambio del CUC en CADECA a un ritmo de 1.00 a 2.00 CUP mensualmente– de manera que en el momento del cambio la relación cambiaria sea menos pronunciada que ahora, digamos 10/1 por ejemplo? Este proceso podría instrumentarse poco a poco a lo largo de un semestre, quizás de un año, y mitigaría muchísimo un efecto que puede ser devastador para varios estratos sociales de la isla en caso de producirse abruptamente.

Otro elemento a tener en cuenta sería el tiempo de que dispondría la población para realizar el cambio, en tanto se garantiza la posibilidad de cambiar todo el efectivo circulante sin que el gobierno interponga obstáculos sin sentido. Los de la vieja guardia recuerdan el modo intempestivo en que este proceso fue llevado a cabo a principio de los 60 y todas las limitaciones absurdas impuestas en aquel momento, lo cual provocó que una considerable parte del dinero circulante sencillamente caducara.

En este momento no existe justificación alguna a ser esgrimida por el Gobierno cubano para justificar semejante arbitrariedad. En su lugar debería disponerse de un período de unos meses para completar el recambio, durante los cuales seguirían circulando ambas monedas a la tasa fijada hasta que de la destinada a desaparecer quede sólo el recuerdo numismático. Después de todo, como dice el abuelo, quien espera lo mucho espera lo poco y algo que nos ha dañado durante tantos años no tiene por qué ser revertido en pocos días.

En este punto parto del presupuesto de que la moneda a desaparecer sea el CUC. La presencia inoportuna de este engendro, “convertible” paradójicamente sólo dentro de Cuba, junto al peso cubano, sería algo sin sentido y contraproducente en una Cuba abierta al mundo. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurra retirar de circulación al CUP en lugar del CUC. Hacer esto repentinamente después de fomentar rumores durante los últimos dos años sobre la presunta permanencia del CUP, que ha mantenido la tendencia cambiaria en la calle en favor de esta última moneda, sería un miserable golpe bajo.

Por supuesto, para que todo esto suceda así, o de otro modo análogo que no implique grandes traumas domésticos, sería necesaria la buena voluntad política de la élite gobernante cubana, algo de lo que hasta hoy no ha hecho precisamente gala. Para que esto sea económicamente coherente se deben liberar los resortes productivos y comerciales que propicien una entrada inmediata en circulación de bienes y servicios generadores de riqueza, todo lo cual es posible a corto plazo –esfuerzo que aunque al inicio no se logre a gran escala, o con toda la premura que demandan las circunstancias, sí estaría orientado sin dudas en la dirección correcta, y ya eso sería un reconfortante primer paso en apoyo de la estabilidad de la futura moneda única.

Ya a corto o mediano plazo se podrían palpar resultados positivos, pero sólo si el Gobierno accede a liberar inmediatamente la gestión del sector más emprendedor de la sociedad y deja de poner obstáculos irrazonables a toda iniciativa privada. Esta sería, a mi humilde y novicio modo de ver, una variante a tener en cuenta. Estudiar si sería algo práctico o atinado ya sería tarea de los entendidos; aquí sólo queda una propuesta más.

Desabastecimiento en Cuba ¿una estrategia deliberada?

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En Cuba el desabastecimiento de mercancías en todas las cadenas de comercio minorista, incluidos artículos de primera necesidad, durante décadas ha sido un fenómeno continuo, tan reiterativo que parece incorporado ya al genoma mismo del régimen, y ha devenido en uno de los síntomas cardinales que más ha denotado la indolencia, inoperancia y mediocridad de la dictadura económico/militar de los Castro.

Han alertado constantemente sobre esto muchos sitios alternativos dentro y fuera de la isla e incluso, dada su magnitud, a la prensa oficial no le ha quedado de otra que reconocer en más de una ocasión la gravedad del fenómeno. No es nueva para nadie la vocación de las voces oficialistas de culpar de este desastre al embargo norteamericano –al cual inexorablemente han llamado bloqueo aun teniendo ante sus narices vitrinas adornadas con mercancía llegada desde los cuatro puntos cardinales.

En miles de ocasiones fuimos víctimas de las onerosas consecuencias de vivir bajo una autocracia que ejerce su monopolio sobre toda la red nacional de comercio. Esta innatural y cómoda posición le ha permitido a déspotas ineptos e indolentes hacer gala de su irresponsabilidad para especular con las necesidades más apremiantes de mi pueblo y hemos sido testigos hasta la saciedad de cómo suben precios sin explicaciones o cómo han dejado muchas veces un determinado producto estancado durante años debido a su mala calidad como única alternativa a la venta para imponer su salida.

Pero lo que sucede hoy en Cuba parece ser diferente y sospecho que esta vez algo más se teje en lo oscuro. Durante el último año hemos presenciado una agudización hasta cierto punto inexplicable del fenómeno y hemos asistido a una carestía más intensa de lo habitual, quizás la más aguda y duradera desde 1994. Cada cubano ha sido testigo de esto en su propio lugar de residencia, y a su vez ha recibido referencias de que la situación es igual, sino peor, en otros territorios.

Sobre todo durante los últimos meses la escases ha sido tan constatable y generalizada, ha cobrado tal intensidad a todo lo ancho del país y se ha prolongado tanto que ya hace sospechar que no estamos ante una más de las cíclicas crisis de desabastecimiento en la oferta –reconocidas incluso por el sordomudo Granma– sino que esta vez podemos estar ante una burda maniobra táctica para la consecución de un fin concreto a corto plazo. Esto es algo que sucede a contracorriente, en momentos que deberían ser más bien de relativa mejoría dados los vientos que corren desde el último 17/12, pero el razonamiento y accionar de la cúpula verdeocre parecen no percibirlo así y todo indica que ha preferido reajustar el velamen según su enfermiza vocación de mantener el control a toda costa.

Un hecho muy simple evidencia la profunda contradicción: si a la luz de la licencia otorgada por el Congreso, en 2008 Cuba importaba 710 millones de dólares en alimentos directamente desde Estados Unidos, para 2013, en su lugar, importó sólo 348 millones y en la primera mitad del corriente 2015 ha disminuido más aun hasta comprar únicamente 119 millones. O sea que esta tendencia se consolidó a la par que avanzaban las negociaciones secretas sostenidas durante 2014 con el gobierno norteamericano y luego, paradójicamente, se intensificó una vez hecha pública la intención bilateral de deshielo.

Entonces las preguntas se imponen: ¿será acaso que nuestra autocracia militar no duda de la inminente caída de su aliado estratégico de Caracas en las próximas elecciones y nos prepara desde ya para minimizar el inevitable impacto que provocará la suspensión del subsidio venezolano? ¿O puede que al final sea cierta la aseveración del congresista norteamericano Rodney Davis sobre la inminente unificación monetaria en menos de un mes y el Gobierno cubano encuentra necesario, por alguna misteriosa razón, que para entonces haya un mínimo record de mercadería expuesta a la venta? ¿O será acaso que todo no es más que una táctica con vistas a maximizar la percepción psicológica de mejoría en cuanto la cúpula devele alguna próxima apertura mientras libera toda la mercancía hoy deliberadamente oculta a la venta, para así “demostrar” que esta carestía sistémica siempre fue, en efecto, culpa del “criminal bloqueo yanqui” y de nadie más?

Quizás no quieren permitirnos ni una bocanada de aire mientras no se produzca un relevo demócrata en las elecciones de 2016 que garantice la continuidad del proceso iniciado por Obama. O simplemente temen arriesgarse a que demandemos con demasiada premura para el gusto de Raúl Castro, adicto a los “cambios” sin prisa y con muchas pausas, cualquier cambio en las reglas del juego, o a que olfateemos demasiado bruscamente el aroma de las propuestas del norte y que en el fondo no están dispuestos a permitir.

Tal vez sea alguna de estas razones, o todas a la vez. Pero más allá de toda especulación algo está fuera de dudas: entre los planes a corto y mediano plazo de la dictadura cubana ninguno contempla siquiera lejanamente permitir una mejoría real de nuestro estándar de vida, y muchísimo menos alguna apertura efectiva al comercio que empodere en ningún modo al pueblo cubano, y para lograrlo nada como fomentar esta perpetua carestía, algo que después de todo ha demostrado su innegable eficacia a la hora de dispersar la atención de las masas y evitar que se enfoque sobre asuntos incómodos. Nadie lo dude: para urdir una estrategia tan mezquina sobran las malas intenciones en el Olimpo de La Habana.

 

La pobreza, ese recurso de la dictadura cubana.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

El médico A, con veinte años de trabajo ininterrumpido en su haber, no le debe nada de lo poco que tiene a su salario. Además de no bastarle para alimentar a su familia, tampoco le ha permitido procurarse un techo propio y por eso aún vive en un consultorio médico desvalijado. Tras muchos desengaños, A ya está cansado de esperar por una mejoría que nunca llega y optó por anotarse en la Bolsa de Colaboración de su policlínico: salir a trabajar al extranjero a través de alguna Misión Médica oficial se convirtió en la única alternativa visible ante sus ojos para mejorar su vida a corto plazo.

El ingeniero B trabaja en la Zona Franca de Mariel y casi nunca ve la luz del sol junto a sus hijos debido al rigor de su horario de trabajo. Sabe que en la Zona de Desarrollo los ingenieros y técnicos extranjeros reciben varios miles de dólares mensuales por hacer exactamente lo mismo que él, pero al final de cada mes él recibirá unos cien dólares, más o menos; la diferencia de esos miles constantes y sonantes que paga puntualmente la parte extranjera por su trabajo jamás pasa por sus manos, sino que va a parar íntegramente a la arcas del gobierno que le explota.

La maestra C vive sobrecargada de planes de trabajo y es raro el día que no termina en casa la planificación de la clase siguiente. Durante treinta años su consagración ha formado ya a dos generaciones; el padre que hoy le confía a su niño aprendió a su vez a leer con ella. Tampoco C le debe nada al salario que le paga su gobierno y pronto recibirá una jubilación que la condenará a la miseria. Pero C no sabe hacer nada más que eso, sembrar luz sobre las mentes nuevas, y a pesar de todo sale cada mañana a ejercer la profesión que ama.

El tabaquero D es un maestro habanero del torcido. Durante décadas ha amasado la mejor capa del mundo y hecho puros fumados por celebridades millonarias. Cada día D contempla una vitrina donde ese mismo tabaco se vende a $250.00 CUC –casi $280.00 USD– cada caja, y como buen veterano, cada Feria del Habano le despierta una imprecisa mezcla de orgullo y frustración que no logra definir. Pero D no recibe tampoco un salario justo por torcer una decena de cajas de tabaco cada día –lo cual holgadamente representa más de $2000.00 USD diarios– y en su lugar, como la mayoría de los cubanos, recibe un salario de miseria comparado con la riqueza que genera.

Millones de frustraciones acumuladas durante cinco décadas de desgobierno castrista en Cuba harían esta reseña interminable. Una revolución que triunfó presuntamente para aniquilar la explotación del hombre por el hombre hace mucho tiempo degeneró, en cambio, en el esquema de dominación que más pobreza terminó sembrando en nuestra patria.

Cuando se analizan las causas de la acumulación de tanta inequidad y miseria se llega, independientemente del camino tomado y en favor de la síntesis, a esa conclusión ineludible a la hora de señalar la fuente de todo el poder actual en esta Cuba tiranizada; la conclusión es una y es muy simple: la pobreza de mi pueblo siempre ha sido el recurso económico supremo y estratégico de la dictadura cubana.

En esencia no es el níquel, ni el tabaco, no es el turismo, ni las sistemáticas estafas del monopolio ETECSA, no es la “emergente” industria petroquímica –llamada a desinflarse en cuanto sucumba Caracas; ni siquiera son los miles de millones anuales generados por las más de sesenta misiones médicas oficiales cubanas alrededor del mundo lo que ha permitido al poder de los Castro perpetuarse durante más de medio siglo a pesar de gobernar de modo tan desastroso desde todo punto de vista. Si se quiere llegar a lo esencial del asunto, si se quiere dar con el trasfondo común a todos los males, siempre encontraremos como telón común de fondo la pobreza como condición sine qua non que perpetua el desastre.

Sólo un médico sumido en la pobreza arriesgando su estabilidad familiar, su salud y hasta su vida, optaría por salir a trabajar a la antípoda del mundo aún a sabiendas de que le robarán el 80% de lo que allá deberían pagarle. Sólo compulsados por la pobreza más agobiante ese ingeniero, ese tabaquero o maestro se ven obligados a salir cada día a rapiñar la vida. Sólo agobiado por las carencias más absurdas ha sido posible sumir a mi pueblo en este larguísimo sopor, con el pensamiento puesto en su plato de lentejas y ajeno a “utópicas” tentativas de civismo.

Quien intente comprender cómo un pueblo otrora altivo y próspero que supo sacudirse más de un tirano terminó en este bochornoso estado, debe despojarse de antemano de todo enfoque simplista, como aquel que sostiene que si permitimos tantos desmanes es simplemente porque somos un hato de pendejos. Pero quien haya tenido un encuentro cercano de cuarto tipo con un cubano enardecido se habrá percatado de que este razonamiento no es congruente con un temperamento más bien tendiente a lo explosivo. Esta respuesta, sin dudas, será mucho más compleja.

Las causas que mantienen esta partida de dominó cerrada hay que buscarlas en el solapado despotismo montado en el tren de una Revolución que triunfó con el apoyo incondicional del 90% de su pueblo. Quien desconozca este par de dicotómicas evidencias –el masivo apoyo inicial a aquella gesta, sumado al carácter demagógico y ladino de la plana mayor– partirá en la dirección errónea si intenta comprender la evolución de la sociedad cubana post 59, porque fue precisamente aquel deslumbramiento inicial lo que permitió a los déspotas ajustar el entramado social a sus apetencias ante los ojos de un pueblo que fue demasiado crédulo. El resto lo pusieron los alzados en el Escambray ahorcando maestros con alambre de espinos, entre otros hechos de sangre, que dieron la justificación exacta a la élite político militar para amoldarle el nido al perro hasta dejarlo dormido.

Lo demás es historia conocida y hoy, aun cuando comienzan a soplar vientos más amigables del norte y ya agotados los argumentos en la chistera del Comité Central, esa misma élite que un día dictara y sostuviera la política económica de tierra quemada con relación a todo atisbo de empresa familiar o privada, sigue apostando por mantenernos en la pobreza como la única vía de perpetuarse en el poder. Así fue durante más de 50 años y así ha sido después del último 17/12. Pasado casi un año del histórico anuncio y ya con ambas embajadas en pleno funcionamiento, el régimen cubano aún se sigue manteniendo tan estático como los muros de La Cabaña, coarta exactamente del mismo modo toda posibilidad de iniciativa al pueblo cubano y sigue mostrando el mismo terror de siempre ante cualquier alternativa que suponga prosperidad para mi pueblo, pues la sabe incompatible con su monopolio de poder.

Hoy con cada minuto se evidencia más que los verdaderos culpables de nuestra miseria e insolvencia siempre estuvieron en la Plaza de la Revolución; nunca hubo que buscarlos ni un metro más al norte. Siempre han sido los mismos, lo que hoy siguen convencidos de que sólo se puede sojuzgar a un pueblo mientras se le someta a la indigencia y las privaciones.

La pobreza vista como causa deliberada del mal y no su consecuencia, la pobreza de mi pueblo asumida como estrategia consciente de dominación a largo plazo: ese es el enfoque último y revelador que pone de una vez todo en su sitio.

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