“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para noviembre, 2015

Éxodo, cubanos y Ley de Ajuste ¿el principio del fin?

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La actual crisis migratoria desencadenada por la negativa del Gobierno nicaragüense a permitir el tránsito por su territorio de los cubanos en camino a Estados Unidos, ha relanzado a primeros planos un drama que se ha suscitado durante décadas. Demasiadas historias de sufrimiento y muerte han salpicado la peligrosa ruta seguida por decenas de miles de emigrantes de la isla rumbo al norte a través de Centroamérica, pero la que pudo ser una solución rápida del problema en la reunión de cancilleres del SICA realizada esta semana en San Salvador se vio frustrada por la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega, opuesto obstinadamente a permitir el paso a la caravana pese a la buena voluntad mostrada hasta ese momento por la mayoría de los gobiernos del área de abordar el asunto como un problema humanitario y no como una cuestión de seguridad nacional.

Parece no ser casual que la crisis actual se haya generado a pocos días de la reciente visita de Raúl Castro a México. En suelo azteca el dictador se aseguró de bloquear el último eslabón obligatorio de las escalas de estos balseros terrestres, logrando del gobierno de Peña Nieto –el mismo que critica a Estados Unidos cuando deporta a los mexicanos– su compromiso irrestricto de deportar a cuanto cubano a partir de ahora se encuentre de paso. Apenas días más tarde, sospechosamente, los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua anunciaban también medidas análogas a aquella. Pero el gobierno tico rectificó rápidamente, otorgó visas de tránsito a la caravana, y más tarde asumió una postura constructiva cuando la parte nicaragüense reprimió con tropas regulares del ejército el intento de estos emigrantes de traspasar su frontera. En este punto aún permanecen las cosas dos semanas después.

Esta dramática situación de los miles de cubanos varados en Costa Rica, como por carambola, centró aún más la atención de los círculos estadounidenses sobre la justificación o no de mantener en vigor la Ley de Ajuste Cubano (LAC) e intensificó una ya muy álgida polémica que, como nunca antes en medio siglo, terminó por colocar a esta normativa sobre la mesa de disección de la política norteamericana.

Aquí hay preguntas obligadas que se enfilan como dagas hacia el centro del problema: ¿detendría la derogación de esta ley el éxodo de los cubanos? ¿Es realmente esta polémica ley la causa esencial de la perpetua fuga mantenida durante décadas por una considerable parte de mi pueblo? ¿Qué sucedería si fuera derogada hoy mismo la Ley de Ajuste Cubano?

El asunto me parece tan obvio como retórica la pregunta sobre el color del caballo blanco. Estoy entre los absolutamente convencidos de que si la derogación de la ley se concretara esto sólo redireccionaría el éxodo actual desde la isla: en caso de que la especulación pase a ser un hecho sólo se produciría una disminución momentánea de los intentos de salida, pero una vez superado el estupor inicial, y espoleados por la verdadera causa de su huida –entiéndase los absurdos rigores impuestos por una dictadura comunista– seguirían arribando los cubanos a su propio ritmo a Estados Unidos aún bajo un status ilegal –el caso mexicano lo ejemplifica con creces– pues nada significaría un río más o un río menos, para quienes también estén dispuestos a remar 90 millas plagadas de tiburones.

Intentar reducir el móvil de la estampida a la protección diferenciada ofrecida por la LAC simplificaría demasiado el asunto y desconocería el hecho categórico de que una cuarta parte de la población cubana permanece desperdigada fuera de su país; y si bien es cierto que la presencia mayor se registra en Estados Unidos, igual lo es que la diáspora cubana apenas ha dejado espacio virgen entre polo y polo en su sostenida y frenética evasión.

Incluso si la derogación de la vigente LAC diera paso a otra rigurosamente dirigida en sentido contrario, continuaría el éxodo mientras continúe vigente su causa, que siempre ha sido la absoluta falta de expectativas del cubano –y sobre todo de su juventud, por supuesto– bajo un régimen totalitario, bajo una dictadura que ha secuestrado el futuro de su nación y truncado alevosamente cualquier posibilidad de bienestar para su pueblo, que ha obstaculizado sistemáticamente su prosperidad y le ha sometido al despotismo más opresivo y enfermizo que haya conocido hasta hoy el hemisferio americano.

Las últimas noticias parecen vaticinar una larga espera para los varados en Peñas Blancas: la no concertación de la buena voluntad de la mayoría de los cancilleres reunidos en San Salvador ante la mala fe de Managua, además de la mencionada política de extradición asumida por México, sumada a la nueva política migratoria anunciada por Ecuador de solicitar nuevamente visado a los cubanos a partir del próximo diciembre, y la reciente detención de cientos de migrantes cubanos en Panamá por petición expresa de Costa Rica, así parecen advertirlo. El reciente anuncio de la ONU de apoyar al Gobierno de San José en la atención humanitaria de los cubanos en Peñas Blancas y en su intención de solucionar la crisis, son todas evidencias muy ilustrativas de la gravedad y repercusión regionales alcanzadas por la crisis migratoria actual.

Pero en toda esta camancola se destaca sobre el resto de los elementos la intransigencia del Gobierno de Daniel Ortega: es sumamente llamativa la postura hermética asumida por Managua, que ha llegado a tildar a los cubanos en la frontera costarricense de ser una turba de delincuentes, y llegado a la ridiculez –en su afán de congraciarse con su compinche de La Habana– de exigir a Costa Rica alejar a los cubanos de la línea fronteriza por considerarles un peligro para su seguridad nacional ¿?, aún a sabiendas de que en caso de abrirles paso no se detendrían ni a tomar agua y no quedaría uno solo de ellos en Nicaragua pasadas 24 horas. El acatamiento incondicional manifestado por Daniel Ortega –disfrazado de ultranacionalismo en presunta protección de su integridad territorial– es tan vergonzoso y lame botas como estrictamente alineado con su servilismo a las ordenanzas de La Habana.

Este capítulo del drama ha demostrado a América y al mundo que Cuba continúa estancada en el tiempo como lo continúan estando hasta hoy los miles de varados en Costa Rica, testimonios vivos de la desesperanza de un pueblo que ya nada espera de los dictadores que desgobiernan su patria. Todas las pretendidas reformas proclamadas por el régimen de Raúl Castro quedan develadas así como infecundos oropeles, y una prueba contundente de ello es la huida perpetua que nunca se detiene.

El muy tardío y sesgado pronunciamiento oficial del Gobierno cubano sobre el tema –culpando por supuesto a la LAC del desastre– y la escandalosa indiferencia mostrada por la embajada cubana en San José con relación a la situación irregular de esos miles de ciudadanos suyos en suelo tico, son evidencias altamente ilustrativas de que la dictadura cubana continúa ostentando exactamente la misma soberbia y el mismo de desprecio de siempre ante los derechos de mi pueblo. Baste el despótico mensaje lanzado por los tiranos de La Habana, bien alto y claro, como advertencia a aquellos ilusos que todavía esperaban cosecharle algunas peras al olmo.

Propuesta ante la jubilación de un tirano.

Raul Castro en México 2015

Por Jeovany Jimenez Vega.

Recientemente el octogenario Raúl Castro volvió a hablar sobre su próximo retiro en febrero de 2018. Para quien no ha dejado de escuchar el mismo apellido al frente del país durante toda su vida esta no deja de ser una inusitada noticia, por eso este cubano le quiere hacer llegar una humilde propuesta a su Presidente, para que desde ya la cavile con tiempo: le propongo al General que una vez jubilado sea consecuente con su trayectoria, y tenga el coraje de incorporarse plenamente a la sociedad que junto a su hermano mayor terminó creando –algo que, por cierto, nadie ha visto hacer aún al inquilino de punto cero.

Para esto el General tendría que renunciar a todos los privilegios detentados durante las últimas cinco décadas y media de su vida –antes como Ministro de las Fuerzas Armadas y luego como Presidente, pero siempre como miembro vitalicio del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista– e incorporarse a esa sabrosísima realidad como un jubilado más: ningún apoyo económico recibiría de su poderoso yerno, el General Luis Alberto, ni de su hijita Mariela, la Lady Di del SENESEX. Así, en medio del desamparo, debería quedar si se atreviera a ser consecuente con una austeridad siempre reclamada por los hermanos Castro para millones de cubanos pero jamás para sí mismos.

Como pedirle regresar a cierto pueblo perdido del oriente del país parecería una crueldad excesiva, comenzaríamos mudando su residencia, desde donde quiera que esté, hacia cualquier humilde barriada habanera –por ejemplo tomemos el Cerro, Marianao o Centro Habana– para enseguida gestionar su correspondiente libreta de abastecimiento, a la cual por supuesto tendría todo el derecho del mundo.

Luego le destinaríamos una suculenta chequera de jubilación, digamos $1000.00 CUP mensuales –o sea unos $40.00 USD– con lo cual estaríamos quintuplicando lo recibido por el promedio de los jubilados cubanos –unos $8.00 USD mensuales– y así nadie debería acusarnos de mal intencionados. En este punto acabaría nuestra inmerecida fraternidad y a partir de ese momento quedaría el hoy Presidente de la República a merced de este pintoresco entorno social que rodea hace décadas a más del 90% de los jubilados cubanos.

Tras varios meses de adquirir su respectiva cuota racionada –seis libras de arroz, cuarta libra de frijoles, algunos huevos, pollo por pescado y media libra de aceite mensuales– el paladar del expresidente olvidaría poco a poco el sabor del filete de res, la langosta, el buen caviar y de los vinos caros que le enseñara a degustar su hermano mayor. Dada la alta devaluación de la moneda en que cobrará su chequera –debido precisamente a las erráticas políticas mantenidas por ambos dictadores– pasados los primeros diez días ya nuestro jubilado no tendría un centavo y comenzaría a sentir en todo su rigor las carencias que el resto de los jubilados sufren a solo dos o tres días del cobro.

Ya el expresidente no tendría llena la alacena de selectos suministros y rápidamente se acostumbraría a ver como único paisaje la monótona escarcha en el congelador vacío, entonces se estrellaría sin remedio contra los precios inmisericordes de los mercados agropecuarios y las flamantes TRD que gracias a las iniciativas del anterior gobierno –entiéndase el suyo– todavía exfolian el bolsillo de pueblo cubano.

Ya no viviría en medio del confortable aire acondicionado porque le consumiría más de la mitad de su ingreso, sino que en su lugar conservaría algún ventilador reparado, y le rezaría todos los días a la Virgen para que no se averíe, y como comprar un auto de segunda en una agencia estatal a los precios fijados por el anterior gobierno –entiéndase el suyo– le tomaría setenta años íntegros de su jubilación sin comer, vestirse, calzarse, ni pagar corriente eléctrica, y ya no tendría autos a tanque lleno esperando en cada puerta, automáticamente se vería obligado a moverse usando el pésimo sistema de transporte urbano –una de las papas calientes a heredar por el gobierno que le siga.

Por supuesto, luego de varios meses de mala y escasa alimentación los problemas de salud no tardarían en aparecer, pero entonces el expresidente no podría ya acceder al exclusivo CIMEQ, o a “La Pradera”, ni a la Clínica Internacional “Cira García” –disponibles casi exclusivamente para mayimbes y extranjeros– sino que, con muchísima suerte, sería ingresado en alguna hedionda sala de Medicina de un hospital semiderruido, donde no habrá una ducha ni un retrete que funcionen, donde tal vez tendría que llevar su propia sábana y escasearán las medicinas y materiales de curación; allí sería asistido por médicos frustrados tras décadas de sueldos miserables y falta de expectativas personales, pero a pesar de todo, estos profesionales intentarían atenderle tan bien como ese medio hostil se los permita.

Para entonces el General retirado ya habría visto esfumado para siempre su ansiado viaje de turismo a México; no podría viajar a la tierra azteca ni a ninguna otra, y ni siquiera podría reservar en ningún hotel cubano de la más baja categoría bajo riesgo de morir luego de hambre, porque el gobierno anterior –entiéndase el suyo– estableció que para eso habría de pagar una jubilación mensual íntegra para hospedarse solo una noche.

De más está decir que a estas alturas ya nuestro ilustre jubilado se habría convencido de que no existe tamarindo dulce ni dictadura con vergüenza, pero se lo callaría, tal vez no tanto por decencia como para no exponerse a alguno de esos vergonzosos actos de repudio que hoy todavía ordena, riesgo nada descartable pues a la sazón ya su amigo el Furry no sería el Ministro del Interior.

Sin embargo en ese momento sí le daría a Raúl Castro, por piedad, un único consejo: que jamás se siente a tomar el tibio sol del final de las tardes en ningún tranquilo parque habanero junto a otros jubilados porque allí sí recibiría el dictador –muy a su pesar este título suele ser vitalicio– su propio mitin de repudio: sabría de primera mano, y no a través de fríos informes de la policía política o de insensibles funcionarios, cuanto resentimiento y dolor albergan esos viejos corazones; escucharía del irremediable desarraigo de sus nietos, de esta juventud que ahora huye de la tiranía en oleadas migratorias a través del estrecho o de la selva centroamericana y escucharía, con toda seguridad, más de una historia de balseros muertos. Sólo para entonces, bajo el silencio de esos árboles, percibiría el tirano en toda su dimensión cuánto le odia ciertamente esa generación traicionada que perdió sus sueños y su vida a la sombra de tanta infamia.

Censura, la arteria vital del régimen cubano.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

La reciente inhabilitación de Juan Carlos Cremata como director teatral, previa suspensión de “El Rey se muere”, su última obra sobre las tablas del Centro de Teatro, y la publicación en red hace algunos días de una inflamada carta del prestigioso crítico Enrique Colina motivada por el hecho, avivaron en La Habana las brasas de la polémica sobre la censura. Cariñosamente recordado por su excelente programa “24 por segundo” –reformador de nuestra cultura cinematográfica y al que más de un cubano debe su afición hacia lo mejor de ese arte– Colina sale esta vez en valiente defensa de Cremata, y por extensión de todos los creadores censurados en la Cuba postrevolucionaria.

Quien desee seguir un hilo conductor común a lo largo de esta larga vida/agonía de la “revolución” de los Castro, no tendría más que serpentear su dedo sobre la ininterrumpida línea de la censura, esa herramienta indispensable del régimen cubano, junto a la represión física, siempre usada para mantenerse en el poder contra la voluntad de mi pueblo. Semejante ejercicio confirmaría una máxima histórica: por una cuestión de esencia ninguna dictadura abandonaría jamás esta aberración sencillamente porque está codificada en su ADN, porque forma parte indisoluble de su naturaleza misma.

Los jerarcas en la Plaza de la Revolución están cabalmente conscientes de esto. Saben muy bien que si la dictadura dejara de reprimir y censurar estaría firmando en el acto su sentencia de muerte, porque la libertad de pensamiento y el libre albedrío personal, incompatibles con la voluntad retrógrada y enfermiza de los dictadores, son frutos exclusivamente cultivables en las tierras abonadas por la democracia y esta palabra está excluida del catálogo técnico de los dementores de La Habana.

La represión y la censura son a la dictadura cubana tan inherentes como lo es la fusión nuclear a la luz del sol, o como lo es la humedad al agua. De hecho, esta letal combinación constituye el único modo en que alguien logra perpetuarse en el poder durante 56 años a pesar de gobernar tan escandalosamente mal, en contra de los intereses vitales del pueblo cubano, y de haber hundido a su nación en la más grave ruina económica y moral de su historia.

Ayer fueron otros los motivos elegidos por los inquisidores, y no siempre tuvieron una utilidad o “justificación” política clara o inmediata, sino que en no pocas ocasiones sufrimos prohibiciones llanamente banales como ver vetadas aquellas geniales canciones de cuatro chiquillos de Liverpool, o de trasfondo francamente estúpido como haber vedado el culto religioso cuando esto no atentaba en modo alguno contra la estabilidad política del régimen.

Pero que a estas alturas sucedan todavía incidentes como el de Cremata desmiente definitivamente a quienes han querido limitar esta sistemática reprensión gubernamental al quinquenio gris de los 60 –que hay quien prefiere extender a decenios negros. Hoy se divisa nuevamente detrás del telón la misma mano peluda que hace medio siglo ordenara la creación de las UMAP o el ostracismo de Virgilio y de Lezama, o de tantos otros.

No existe expresión artística que haya escapado a este mal en la Cuba de los Castro. Hoy la larga zaga continúa y la misma presencia oscura denuncia a gritos que, en rigor, nada ha cambiado durante esta larga puesta en escena, solo que corren nuevos tiempos y la misma gerontocracia ahora reprueba el acceso pleno a Internet y a la TV satelital, la posibilidad de una prensa independiente debidamente legalizada y además somete a la más hermética censura a toda su prensa oficial. Todavía cada director de emisora radial o televisiva tiene sobre su escritorio, bien visible, una larga lista de música y artistas prohibidos, y las editoriales proscriben a los autores incómodos priorizando casi siempre a lo más mediocre de la cloaca del oportunismo.

Son los mismos los verdugos, solo que ya Cuba no lo es; ya Cuba se cansó definitivamente porque se conoce de memoria, de tan reiteradas, las viejas mascaradas que sólo buscan algún nuevo “… retoque de los afeites”. Por eso siempre reconfortan gestos viriles y solidarios como el de Colina y compromisos incondicionales como el de Cremata. Gestos así son necesarios para demostrar a las claras que detrás de aquella “…apelación hecha por la más alta instancia de Gobierno de asumir la realidad con sentido crítico, honestidad y compromiso ético” –único punto donde discreparía con Colina– no existen más que hipocresía y la más pura y abyecta demagogia.

Pero otra vez levita el fantasma de la censura sobre el latifundio de Birán, como un mal llamado a perdurar mientras perduren los verdugos, un mal no dispuesto a ceder, que siempre puja por extenderse fatalmente amenazador sobre las conciencias. Una vez más las sombras entronizan su dominio en medio de la aldea medieval donde lóbregos reyezuelos, ya sepultados por la Historia, tozudamente se niegan a morir.

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