“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para octubre, 2017

Elecciones en Cuba y Venezuela: paralelismos obligados

Hace varios años fueron lanzadas Candidatos por el Cambio y Otro18, plataformas opositoras cubanas cuya estrategia ha sido presentar candidaturas independientes en el actual proceso de “elecciones” pues, según su razonamiento, ciertos reductos de la Ley Electoral vigente serían amparo suficiente para posicionar decenas de voces disidentes en los diferentes niveles de los Órganos del Poder Popular.

Mientras este sector de nuestra oposición política avanzaba en su iniciativa, el mundo y los cubanos fuimos testigos de la heroica resistencia cívica mantenida durante más de tres meses en toda Venezuela. Millones de ciudadanos volcados a las calles en protestas masivas contra la dictadura Madurocastrista; más de 100 muertes violentas y miles de heridos; jóvenes apaleados con saña por los perros de Miraflores, miles de detenciones arbitrarias y cientos de procesos penales instituidos por tribunales militares contra prisioneros civiles.

También fue de admirar la valerosa postura de la Fiscal General Luisa Ortega, con un despliegue ético de altos quilates al desmarcarse del absolutismo cuando el Tribunal Supremo Electoral quiso usurpar las facultades del Legislativo, zarpazo frustrado entonces, en buena medida, gracias a la postura vertical del Ministerio Público; un elocuentísimo ejemplo de vergüenza, valentía y pudor profesional.

Todo este doloroso legado del muy valiente pueblo venezolano no bastó, sin embargo, para impedir la sucia jugada de la prostituyente, recurso golpista ilegítimo asumido por Maduro por consejo de La Habana que terminó por apagar temporalmente las protestas.

El mundo presenció en Venezuela un guion que a los cubanos se nos hizo rápidamente familiar, un libreto que para no descompadrar realidades, incluyó un auténtico mitin de repudio a la mismísima sede del Parlamento venezolano –con Brigadas de Respuesta Rápida al más puro estilo de la Sección 21 de la Seguridad Cubana– mientras las “fuerzas del orden” abrían de par en par la verja de seguridad.

Venezuela ha constituido para el castrismo, en el terreno de la represión política, un laboratorio análogo a lo que en su momento fue la guerra de Angola en el terreno militar. Allí se han enriquecido los manuales represivos de la dictadura castrista, que ha ganado inestimable experiencia sobre el terreno en el uso de métodos represivos a gran escala, y de tácticas de contención no utilizadas aún en Cuba precisamente porque a mi pueblo seis décadas de adoctrinamiento y terror le han enervado el civismo.

Por puro sentido común cada derrota del pueblo venezolano también es, por inevitable extensión, una derrota del pueblo cubano. Y si toda experiencia sufrida en la hermana nación es extrapolable a la realidad cubana entonces, a la luz de los hechos, cuando Cuba ya ha avanzado el proceso de postulación de candidatos a nivel de circunscripción –primer y decisivo paso a las Asambleas Municipales del P.P.– cabe preguntarse si realmente merece la pena jugar a las elecciones contra una dictadura como la castrista pero bajo sus propias reglas.

Preguntémonos ¿en qué han derivado hasta ahora las candidaturas opositoras en la práctica? ¿Cómo reaccionó el sistema represivo sobre el terreno? ¿Cuántos candidatos opositores han logrado sortear las innumerables trampas de la mafia político-militar cubana?

Pongamos el asunto en contexto, sin azúcar y en blanco y negro: aquí estamos ante una inmisericordia absoluta capaz de las posturas más viles, que se empleará a fondo para mantener incólume su poder; ante una crápula que ha bruñido su inmoralidad y su doblez bajo todas las situaciones posibles. Es el castrismo un engendro sin bandera incapaz de guardar lealtades, ni siquiera respetuoso de sus propias leyes y que trueca constantemente a su antojo, del modo más impúdico y arbitrario, las reglas del juego.

Estos infames son el hampa capaz de las más ruines vilezas y de ellos no se debe esperar el más elemental gesto de respeto o modulación moral, por eso mirar una realidad tan cruda a través del prisma alucinante de las esperanzas infundadas siempre será un acto de proverbial ingenuidad.

Toda elección democrática se sustenta en el derecho del ser humano a elegir según las normas de la civilidad a sus gobernantes, pero sobre todo –y en este punto estriba el obstáculo insalvable frente a una dictadura– debe estar respaldada en la confianza. Se trata, sobre todas las cosas, de un acto de fe, algo implanteable frente a sistemas policiales totalitarios.

Si en Venezuela hemos visto el daño de la metástasis, sólo deduzcamos la virulencia del tumor primario que nos pudre La Habana. Ante un engendro tan hipócrita, consolidado y hostil como el cubano jamás valdrán las medias tintas.

Es utópico aspirar a que la oposición burle cada obstáculo interpuesto ad libitum por la Seguridad del Estado y el Partido Comunista, sin ningún tipo de respaldo legal, siempre expuesta al fraude impune y a toda la hiel que se le volcará encima sin posibilidad de réplica, a la deriva en medio de una indefensión absoluta contra un régimen que prepara el escenario a su antojo y lo mismo cita a los electores con solo una hora de anticipación, “casualmente” el día que el candidato opositor viaja fuera de provincia, que lo detienen bajo cualquier pretexto para liberarlo justo terminada la reunión de vecinos.

Pero supongamos que algún opositor lograra vencer a nivel de circunscripción: ¿tendría su gestión algún alcance más allá de su barrio? Nunca. Sería una voz perdida entre miles, ahogada en las angustiosas menudencias del burocratismo, y terminaría igual repartiendo ventanas de zinc o reparando tejados, pero siempre apartado de los verdaderos centros decisores, y por lo tanto con ningún recurso a su alcance capaz de tambalear los cimientos del poder.

Obsérvese, además, una agravante del asunto: ese opositor elegido, aun con nulo poder ejecutivo, incluso legitimaría del modo más insulso el cinismo gubernamental, cuyos papagayos pregonarían su caso como prueba de que en la isla, en efecto, pueden presentarse a elecciones “libres” todos los cubanos, y al final, haciendo cuentas del balance entre el descomunal esfuerzo –con su obligatorio desgaste en términos de tiempo, energía y riesgos asumidos– y los pírricos resultados prácticos logrados, estaría la oposición ante una empresa nada rentable en términos políticos.

No olvidemos, además, que en Cuba no gobierna el Poder Popular, sino el Partido Comunista. En caso de que algún suertudo opositor sea elegido en su circunscripción, para algo están ahí, siempre vigilantes, las ofensivas Comisiones de Candidatura del PCC a nivel municipal, provincial y nacional, velando para que ningún inoportuno pase al siguiente nivel de gobernatura, y siempre bastará con la llamada telefónica del Primer Secretario del Partido Comunista para sepultar el asunto.

Por todo esto debemos mirarnos en el espejo venezolano para confirmar que el castrofascismo desconoce límites, y que si hoy en ambos lados del Caribe nos mana la misma sangre es porque nos oprimen exactamente los mismos verdugos. Plantearse una batalla electoral ante un competidor tal sucio y desleal como este es simplemente invertir en quimeras, y consentir en ser la parte más triste de esta denigrante farsa. La praxis gansteril de la dictadura jamás consentirá semejante desafío. El problema cubano tiene solución, pero no pasará nunca por jugar este humillante juego de los verdugos de la patria.

Leer: El proceso electoral cubano.

Anuncios

Ataque sónico en La Habana: ¿un guion digno de Hollywood?

La actual crisis diplomática entre Cuba y Estados Unidos pudiera verse como una más a lo largo de la saga, pero el actual duelo se distingue de otros, sin embargo, por producirse en el pantanoso escenario marcado por la llegada de una administración a la Casa Blanca con claras intenciones de cambiar radicalmente el legado de su predecesora con respecto a la dictadura.

Durante la sucesión de presidentes norteamericanos posteriores a 1959 nunca se produjo una divergencia de intenciones tan polarizada entre dos mandatarios sucesivos con relación al gobierno de la isla. Si descartamos los coqueteos apenas insinuados por Kennedy justo antes de ser asesinado, ni siquiera el contraste entre la distención esbozada por Jimmy Carter y la línea dura reinstalada por Ronald Reagan es comparable en su violencia con el giro post Obama.

Por eso la actual crisis provocada por presuntos ataques acústicos contra diplomáticos estadounidenses en su embajada en La Habana asume matices propios. De hecho es la primera de esta envergadura suscitada desde el arribo de Trump, y para desconcierto de muchos, amenaza con tener incluso mayor implicación a largo plazo que sus reajustes en política exterior anunciados el pasado junio.

Pero llama poderosamente la atención que EE.UU. suspenda de cuajo la emisión de visados y retire a tres de cada cinco diplomáticos de su sede en La Habana al amparo de una acusación tan inconsistente como insólita. Declaraciones sesgadas de la parte norteamericana y referencias mínimas por la cubana han marcado la historia durante meses, y hoy por hoy muchísimos carecemos de una idea cabal de lo sucedido.

Se trata de presuntos ataques sónicos (¿?) que terminaron provocando, según la parte norteamericana, daños psicológicos y de audición a 22 funcionarios de su embajada, de lo cual no acusa directamente al gobierno cubano, aunque sí le lanza fuertes insinuaciones públicas. La Habana por supuesto responde que nada sabe, y que está dispuesta a colaborar en todo cuanto sea posible para aclararlo todo.

Pero en fin, ¿quién estaría detrás de estos presuntos ataques? ¿Quién se beneficiaría de un giro hacia la desconexión? ¿Quién desearía una ruptura diplomática total? El asunto merece un análisis lógico desapasionado porque detrás de la respuesta a estas preguntas se oculta el rostro del conspirador.

La versión norteamericana tiene varias aristas curiosas. Según esta los ataques se suscitaron tanto en la sede diplomática como en diferentes hoteles habaneros. Pero afirmar que estos, con la precisión de un francotirador, alcanzaron exclusivamente los tímpanos o el cerebro de sus funcionarios, y durante un período de tiempo tan prolongado como para consumar el daño sin ser percibido por los medios de espionaje inherentes a esta embajada, es algo bastante inconsistente.

Aún no han trascendido reportes de daño colateral en ninguno de estos lugares entre el personal cubano o de terceros países –si es que existe– que trabaje en su embajada, ni de otros trabajadores, vecinos o turistas no estadounidenses potencialmente expuestos por carambola al ataque. Esto es algo, cuando menos, muy raro; suena demasiado novelesco.

Pero aun así, y aceptando que en efecto se produjeron los ataques, quedaría por definir desde qué lado fueron ordenados. Y lo digo porque la teoría de la autoagresión en el contexto de una operación de falsa bandera siempre será planteable cuando de provocar giros geopolíticos se habla –pero sobre todo cuando de Estados Unidos se trata.

Nadie olvida el hundimiento del acorazado Maine –pretexto norteño para irrumpir en la Guerra Hispanocubana– o el ataque permitido a Pearl Harbor –usado para entrar en la SGM– cuando todas las comunicaciones interferidas en tiempo real al almirantazgo nipón por la Armada Estadounidense le ponía en plenas condiciones de anticiparse al ataque. Para no hablar de los desastres del 11/9 con sus decenas de escandalosas evidencias que acusan a la administración Bush Jr. cuando menos de abierta complicidad –todo con el objetivo de afianzarse en el medio oriente. Decenas de ejemplos valdría citar.

Por eso cabe analizar la postura mantenida por ambas partes con relación a la reanudación y mantenimiento de las relaciones diplomáticas, así como la conveniencia o no, para uno u otro bando, del re-enfriamiento del deshielo.

Analizado el lado norteamericano, podría tratarse de una burda maniobra para reducir al mínimo posible la gestión de su recién estrenada embajada en La Habana sin llegar a una ruptura frontal: una especie de Ley del hielo, una Diplomacia Fría pudiera decirse.

Después de todo Trump nunca ha ocultado su ojeriza contra la inmigración, y con estas medidas se garantiza la interrupción por ahora del otorgamiento de miles de visados desde Cuba a la vez que, seguramente asesorado por el lobby duro de la Florida, se priva a la dictadura de su principal válvula de escape.

¿Qué ganaría Trump? Además de cortar el flujo de miles de potenciales inmigrantes amparados por la Ley de Ajuste, habrá calculado en muy poco el tiempo necesario para que la presión interna aumente hasta límites temibles para un Castro Segundo que necesita el potrero tranquilo para esquilmar sin sobresalto sus millones de cabezas de ganado.

Analizado el lado cubano, podría en efecto tratarse de una jugada estúpida de la línea dura de la Plaza, pero práctica si de retomar el tono glacial de la Guerra Fría se trata, en lugar de continuar avanzando hacia el deshielo. Después de todo el inescrúpulo es su divisa y nada los detendría en su afán de mantener inmovilizado el muñeco, pues saben que sólo con el dominó trabado pueden controlar las riendas de un pueblo cada día más impaciente.

¿Qué ganarían Raúl Castro y compañía? Mantener el control. Saben que Trump habla en serio cuando asegura que nada cederá gratuitamente, que están frente a un negociador inamovible y para nada les agrada la fórmula propuesta: negocios con los cubanos al margen del conglomerado militar castrista, o en menos palabras: nada para el tirano. Cuestión de lo tomas o lo dejas y punto; nada que ver con la blandura de Obama que nada logró para Liborio en término de libertades.

A esta crápula no le conviene arriesgarse en demasiadas aperturas, lo han demostrado con creces. Pero lo cierto es que tiene en las remesas de los emigrados –de las cuales los cubanoamericanos aportan sin duda un decisivo porciento– unas de las principales vías de ingreso de divisas –alrededor de 3500 millones en total, según estimados– por lo cual, si de móviles hablamos, cualquier lance que afecte el flujo de emigrantes iría en detrimento del arribo de remesas, o lo que sería lo mismo: menos dinero disponible para sus arcas personales. No parece el objetivo de Alí Babá y sus 40 generales.

En este thriller otoñal la brújula de los móviles señala su aguja acusadora hacia el norte magnético. Mientras esto sucede Donald Trump exigirá, mientras Raúl Castro, como siempre, apostará por sus rehenes.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: