“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Raúl-despide-a-cooperantes-en-la-lucha-contra-el-ébola-2-21-de-octubre-de-2014-Foto-Estudio-Revolución-580x435Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado jueves, durante una entrevista concedida para su programa radial vespertino, la locutora Ninoska Pérez me comentaba acerca del estado anímico que percibiera en los colaboradores de la brigada médica cubana despedida unos días antes por Raúl Castro. Le impresionó, comentaba, la cara de “pocos amigos” que mostraban algunos de estos profesionales al momento de partir hacia África occidental para enfrentar la epidemia de ébola. No pude opinar al respecto pues no había visto el programa televisivo en cuestión, pero su observación sí me dejó tentado a reflexionar acerca de los móviles seguidos por los profesionales de la salud cubanos que han partido a las misiones médicas oficiales durante los últimos lustros.
Aunque han sido presentadas sistemáticamente por el Gobierno cubano como la más encumbrada evidencia de su vocación filantrópica, en realidad estas misiones derivaron en muy pocos años en la principal fuente de ingresos para el país caribeño. Hemos sido testigos de cómo La Habana, en lugar de reconocer llanamente que se trataba de un servicio muy bien cobrado –y en el que generalmente ha mediado el lucro– continuaba exportando, junto al sacrificio personal de mis colegas, la imagen del desinteresado mesías, y mientras tanto satanizaba la idea de que nuestro trabajador, que recibía un salario miserable, saliera a su misión para mitigar en algo su desesperada situación económica, como si no se tratara de un contrato de trabajo más, por el cual simplemente se cobra –y en lo cual nada hay de inmoral– pues se suponía que a este “hombre nuevo” lo moviera únicamente el más puro sentido del altruismo.
No seré precisamente yo quien cuestione a aquellos que parten al peligro; no me asiste el derecho a hacerlo porque no soy Dios, pero sobre todo porque ante quienes lo hacen se me impone un mínimo de pudoroso recato cuando no soy yo quien se expone. Pero al margen de esta consideración sí saltan a la vista una serie de hechos consumados que son innegables. Consideremos en primer término que los profesionales cubanos enviados a estas misiones desde hace más de una década no lo hacen bajo las condiciones que pudieran hacerlo sus homólogos de otros países. Lo que en otras latitudes toma un curso natural –entiéndase un contrato gestionado por el propio trabajador, según sus intereses y posibilidades– bajo un gobierno totalitario como el cubano cobra matices bien diferentes, porque nuestros profesionales no eligen desde una posición de libertad personal.
No es un secreto que a nuestro trabajador prácticamente siempre se le ha impuesto el país destino de su misión de trabajo, y que una vez allá se le fiscaliza todo como si fuera un crío: desde sus relaciones personales –con quién habla y se vincula, a dónde va y en qué horarios– y hasta si recibe el más mínimo extra por algún servicio prestado, lo cual le está expresamente prohibido. Además, en aquel país recibe como “salario” no más del 15 o el 20% de lo pactado entre ambos gobiernos –que en no pocos casos representa un monto inferior al salario mínimo allá legalmente establecido– mientras el resto de este es retenido por las arcas del gobierno cubano. A su regreso a la isla, a nuestro colega no se le permite traer nada más allá que lo dispuesto por el jefe de la misión –que serán unas pocas cajas bien limitadas de mercancías, y sólo una vez oficialmente finalizada su misión, y ya en Cuba, es que se le permite retirar la mitad restante de aquel “salario” que “cobró” y que mientras tanto permaneció congelado en algún banco cubano. En caso de que este colaborador por decisión personal concluya antes del tiempo acordado su misión, será considerado un desertor y no sólo perderá todo este dinero –que no podrá ser extraído aquí del banco ni siquiera por su familia– sino que le estará tajantemente prohibido regresar a Cuba durante los próximos ¡ocho años!, tiempo durante el cual no volverá a ver a sus hijos ni le será permitida una breve visita en el caso extremo de enfermedad grave o muerte de alguno de sus padres.
Ante todo esto se comprende por qué Ninoska catalogara al contingente que ahora parte como un “… ejército de esclavos”. Más allá de lo fuerte del apelativo, queda evidenciado que la relación mantenida por el gobierno ante el individuo dista mucho de ser una relación de respeto, sino que por el contrario, continúa siendo de naturaleza impositiva y despótica. Pero una parte del mundo aun no comprende que el gobierno que tan arbitrariamente nos trata es el mismo que hoy envía a mis colegas a África; es el mismo que nos masacra con los precios astronómicos y con regulaciones leoninas en la aduana de los aeropuertos; el mismo que nos paga “salarios” de risa contrastados ante una carestía de la vida que alcanza rangos delirantes y que nada hace por mitigar el estado de cosas que él mismo genera y estimula, todo lo cual es incompatible con sus pregonados humillos de generosidad universal.
Será fácil comprender que bajo tales circunstancias, sabiéndose amenazado por un poder que es a la vez empleador y verdugo, es imposible valorar la sinceridad de algún colaborador médico nuestro cuando le vemos ante los micrófonos públicos aclamando loas a la revolución, al partido y al internacionalismo proletario. Es muy perturbador ver a algún rostro conocido en este rollo después de haberle escuchado aquí echar pestes acerca de nuestras condiciones de vida y de trabajo que algunas veces son malas, pero que otras son simplemente infames.
Este “benévolo” gobierno que hoy envía a sus galenos a la gloria o a la muerte, y no otro, aun nos irrespeta del modo más brutal, y si puede hacerlo con tal impunidad es porque ante el mundo continúa exhibiéndonos como banderines de triunfo, como garantes de este chantaje emocional que granjea votos y compromete gobiernos en los foros internacionales. Es por esto que en sus políticas domésticas puede darse el lujo de desatender tan burdamente el bienestar de su propio pueblo: ¿quién supondría que el gobierno que tan “loablemente” se desvela por África, y le envía ahora un contingente mayor que el reunido por todo el resto del mundo, sea capaz de mantener sojuzgado a su propio pueblo? ¿De qué manera un mundo deslumbrado ante lance tan admirable sospecharía que aquí no se respetan nuestros derechos civiles y continúan siendo bocadillos cotidianos las golpizas, las detenciones arbitrarias y los mítines de repudio a guión completo?
Cuando la Dra. Margaret Chan, Directora General de la OMS, o John Kerry, Secretario de Estado de EE.UU elogiaban al Gobierno cubano –y a pesar de que se sobrentiende que se refieren concretamente a su papel en la actual crisis sanitaria– de forma voluntaria o involuntaria ceden al pretexto y de este modo dan otro espaldarazo a las autoridades cubanas para que eternicen sus políticas de vasallaje doméstico.
Pero a los cubanos de adentro víctimas de esta lacerante realidad, no nos engañan aquellos que todo lo monopolizan aunque se disfracen de divas mundiales y lancen lentejuelas del estrado, porque no olvidamos que son los mismos que continúan especulando con nuestras necesidades más elementales. Sabemos que apostaron por perpetuar nuestra miseria porque saben que un pueblo insolvente, empobrecido material y espiritualmente, siempre será mucho más dúctil a sus caprichos que un pueblo sosegado y próspero.
Desde Ciudadano Cero les deseo éxito y mucha suerte a mis colegas cubanos y del mundo en esta decisiva misión, por lo imperativo que se ha tornado para la humanidad erradicar este peligrosísimo flagelo, pero así mismo aborrezco cualquier manipulación política del Gobierno cubano con relación al riesgo que en lo personal asumen; ya será el infalible juicio de la Historia, inexorable y certero, quien se encargue de apartar aquí el oro de la escoria y el diamante del carbón.

EPIDEMIA_EBOLA_t670x470Por Jeovany Jimenez Vega.

La irrupción del ébola en el panorama epidemiológico mundial obviamente implicará un gigantesco reto para todo país que sea alcanzado por la actual epidemia, ya registrada como la mayor de la historia y que por estos días acaba de redondear los 9000 casos confirmados –aunque expertos aseguran que esta cifra debe ser un subregistro. La OMS recién denunció que la epidemia no está siendo enfrentada con todo el rigor político que el momento exige por parte de la comunidad internacional y además alertó que de no ser controlada la situación a tiempo, para 2015 se prevé la incidencia de alrededor de un millón y medio de casos.
Es fácil concluir que llegados a ese estado de cosas el peligro no haría más que crecer exponencialmente. Estamos ante una enfermedad extremadamente contagiosa, de transmisión no vectorial, que puede ser propagada de persona a persona mediante el más sutil contacto con cualquier fluido corporal del individuo enfermo –y que para colmo puede tener transmisión sexual, pues el virus se aísla en el semen hasta transcurridos 90 días de convalecencia. Aunque se acaba de poner en práctica un primer ensayo clínico de vacunación, lo concreto es que por ahora los protocolos de tratamiento médico continúan en ciernes ante una enfermedad que en brotes anteriores ha llegado a alcanzar una letalidad de entre el 90 y el 100% de los casos, y ante la cual sólo puede apostarse por el tratamiento de sus severas complicaciones y por practicar las habituales medidas de sostén vital. Hoy ante el hombre se alza amenazante uno de los chicos malos de la virología, que exige la implementación de las medidas más extremas de contención biológica, así como del uso de personal más especializado y escrupulosamente entrenado para su manipulación.
Semejante panorama nos coloca ante la pregunta más elemental: ¿qué pasaría si el ébola irrumpe en Cuba? Esto es algo no desestimable, y dejó de ser una posibilidad remota después de la partida de un destacamento de cientos de profesionales cubanos destinado a los países africanos azotados por la epidemia. Recordemos la posibilidad de que fuera esa la vía utilizada por el cólera para reaparecer en nuestro país, importado desde Haití, después de una ausencia de 120 años, y ni qué decir del ya sempiterno dengue.
La irrupción de esta peligrosísima enfermedad en Cuba podría simplemente cobrar matices de tragedia. Más allá de lo disipadas que pueden llegar a ser las costumbres de los habitantes del caimán, me inclina a temer por esto las vivencias de quien ha visto con demasiada frecuencia el uso sistemático de material reciclable, práctica habitual en Cuba aun cuando hace mucho tiempo el mundo apostó definitivamente por el uso exclusivo de material desechable: aterra la idea de centros de atención a estos pacientes terminando por reciclar trajes, guantes u otros materiales porque algún sesudo del “nivel superior” se le ocurra asegurar que esto “garantizaría” la seguridad bajo tales circunstancias. En un país donde muchísimas veces un médico no tiene en su consulta algo tan básico como agua corriente y jabón para asearse las manos, ya se comprenderá lo que implicaría la demanda del costoso material mínimo exigido para manipular pacientes con ébola, y si además tomamos en cuenta que la casi generalidad de nuestra infraestructura hospitalaria no está diseñada ni preparada objetivamente para la contención de un flagelo de este tipo, ya podremos ir elevando una plegaria a la virgencita para que nos ampare del trance.
Por otra parte no olvidemos cuan reticentes se han mostrado las autoridades cubanas para informar públicamente sobre la incidencia de epidemias cuando considera que esto puede arriesgar la afluencia de turistas o la celebración exitosa de algún evento internacional relevante –la megaepidemia cubana de dengue de 2006 continúa siendo un excelente ejemplo al respecto.
Con todos estos antecedentes a mano se sienten escalofríos ante la posibilidad aquí considerada y quedan en suspenso las preguntas. ¿Estará el Sistema de Salud Pública cubano preparado para controlar un brote de ébola con la celeridad requerida? ¿Tendremos los profesionales cubanos el entrenamiento, la metodología, e incluso la disciplina necesaria para enfrentar adecuadamente una contingencia de este calibre –y que bien poco se parece a cuanto hayamos enfrentado antes? Llegado el momento ¿estaría dispuesto nuestro gobierno a informar sin tapujos al pueblo y al mundo sobre la verdad? ¿Tendría la humildad de reconocerse incapaz de controlarla y solicitaría ayuda este “infalible” gobierno que ha exportado decenas de misiones médicas alrededor del mundo?
Ya a nivel internacional puede ser discutible la estrategia seguida hasta ahora por la OMS –que ha aceptado estar ante el problema epidemiológico más grave desde la aparición del SIDA– en cuanto al traslado de los enfermos extranjeros para recibir tratamiento en sus respectivos países. Obviamente esto aumenta de modo considerable las posibilidades de propagación transcontinental del virus. En cambio sería mucho más recomendable y seguro crear las condiciones adecuadas en el país donde se confirme cada caso mediante una red centralizada y funcional de instalaciones de campaña correctamente equipadas y con todo el rigor de seguridad que se presupone, donde rápidamente se diagnostique, aísle y trate in situ a cada paciente. Por ejemplo valdría la pena considerar, para implementar esta variante de contingencia, el inmediato acondicionamiento de islotes africanos costeros deshabitados bajo la supervisión de los expertos de la OMS y de organizaciones afines como Médicos sin Fronteras.
Medidas análogas a estas, y al margen de cualquier valoración legal o política, serían más convenientes y efectivas para la contención de esta epidemia. Incluso la ONU –que llegó a ventilar el tema a nivel de Consejo de Seguridad– podría emitir resoluciones enérgicas que respalden y reglamenten estas variantes, y todo quedaría justificado por la gravedad de un momento que no se pinta para paños tibios. Se impone tomar las medidas más enérgicas en todo lugar donde se constate la enfermedad, si con estas medidas se deriva en el rápido control de la situación –incluido el recurso extremo de la cuarentena militar donde llegara a ser evidentemente aplicable y necesaria.
Cierto que esta propuesta puede ofrecerse a muy variadas lecturas, pero en términos operativos prácticos pudiera llegar a constituirse en la única variante que garantizara soluciones concretas que detengan el avance de este temible azote. Pudiera tratarse aquí del ahora o nunca: vivimos momentos críticos que exigen medidas críticas. Lo que no se acometa hoy por falta de voluntad política, indolencia gubernamental o timidez de las instituciones mundiales, sin lugar a dudas se cobrará mañana un coste económico y humano muchísimo más dramático y global.

Ver: Cuando la “verdad” llega solapada.

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pollo en cubaPor Jeovany Jimenez Vega.

La marca de esta empresa que vende pollo troceado a La Habana denuncia su procedencia: llega esta mercancía desde el otro lado del telón de acero, desde la orilla enemiga. Este “Product of USA” nos recuerda que hace más de una década el Congreso de los EE.UU. autorizó las licencias para la venta de alimentos al gobierno cubano, mediando en la transacción, eso sí, sólo dinero al cash, pero resulta que también hace años las cadenas de venta en CUC de la isla insisten en comercializar este mismo pollo troceado hasta a 4.50 CUC (unos 5.00 USD). Si tenemos en cuenta que históricamente esta se ha ubicado entre las carnes más baratas en el mercado mundial, fácilmente concluiremos que el alimento del pueblo no es precisamente una excepción para nuestro gobierno cuando de lucrar se trata.
Pero a esta modalidad de lucro por CUC habrá que añadirle su análoga en CUP. También hace años que las Empresas de Comercio y Gastronomía estatales se vienen sumando a la fiesta: a muchos administradores enseguida se les “alumbró el bombillo” y procedieron reiterativamente a vender la libra de pollo crudo “por fuera” a 25.00 pesos, o sea, al precio del producto elaborado, como pollo frito, y así se quedan con el excedente de aceite, que ya usted debe inferir a dónde irá a parar.
Al final, en este fuego cruzado queda atrapado Liborio, que no recibe, el pobre, la jabita mensual con pollo, aceite –y hasta con etcétera, al decir de Lindoro– que reciben los de las jefaturas; el pobre Liborio que en definitiva es el único perdedor, y el principal culpable de todo esto continúa siendo el Gobierno cubano, por sus obstinados y mediocres enfoques económicos, y además por su inescrupulosa política de precios –la misma que fijó en $38000.00 USD el precio de un Geely USADO que nuevo no le costó 5000, o que quiere vendernos en más de $12000.00 USD una moto Suzuki mierdera que pudo haberle costado poco más de 300.
Aquí todo viene a carenar a la misma playa; simple y llanamente el enfoque de nuestro gobierno siempre persigue un único fin: oponerse por todos los medios posibles al bienestar del pueblo. Entonces vale preguntar ¿quiénes realmente nos bloquean? A ver qué tienen que decir al respecto los teóricos del “bloqueo” yanqui.

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49914Por Jeovany Jimenez Vega.

Hace varias semanas un artículo de El Nuevo Herald informaba que el pasado 11 de septiembre médicos venezolanos habían lanzado “… un llamado de alarma tras la aparición de una enfermedad que mata en 72 horas y que los hospitales del país no saben cómo tratar.” Asegura además el artículo que “… la advertencia fue minimizada por portavoces del régimen de Nicolás Maduro que calificaron el esfuerzo por notificar al público como una campaña de desinformación y terrorismo, aun cuando la enfermedad en diez días ha dejado un saldo de ocho muertos en el estado central de Aragua.”
La noticia no pudo menos que traerme infaustas reminiscencias. Durante el verano de 2006 –ya separado de modo arbitrario de mi residencia en Medicina Interna, y mientras esperaba el desenlace del abigarrado proceso que derivaría finalmente en mi inhabilitación meses más tarde– fui testigo de primera mano de la que bien pudo haber sido la mayor epidemia de dengue en la historia de mi país. Ese año la enfermedad pasó de ser un par de tímidos brotes notificados entre enero y febrero, a convertirse rápidamente en una epidemia explosiva que debió llegar a afectar a cientos de miles –cuando no ¿millones?– de cubanos durante no menos de 10 meses hasta que la naturaleza con la seca invernal, y gracias a Dios y a la virgencita, la diera por concluida.
Recuerdo con nitidez los cuerpos de guardia de los policlínicos municipales topados, los hospitales con camas extras ubicadas incluso en los pasillos y en los portales, el sistema prácticamente colapsado en su capacidad de receptación de casos, e incluso los edificios de las entonces aún existentes becas en el campo convertidos en auténticos hospitales de campaña a plena capacidad, y sin embargo, quien aquí escribe le reta a usted a que localice en cualquier periódico o revista “oficial” cubana de 2006, o logre recordar cualquier programa radial o televisivo donde se hayan siquiera mencionado las palabras “epidemia” y “dengue”. Le sugiero que no lo intente pues perdería su tiempo: a pesar de que atravesábamos una situación epidemiológica caótica, fuera de control, de que aquella gran epidemia asoló a casi, sino a todas, las provincias del país, nuestras autoridades políticas y de gobierno –incluida la sumisa postura mantenida por el Ministerio de Salud Pública, encarnada en el entonces ministro, y siempre genuflexo, José Ramón Balaguer Cabrera– optaron todos por la más sistemática censura, y mantuvieron durante todo ese período un completo mutis con relación a algo que llegó a tener una connotación escandalosa; mientras en la calle no se hablaba de otra cosa, para su mayor descrédito, ellos decidieron sencillamente hacerse los suecos (con el perdón de los escandinavos).
Aquella política de censura no fue fortuita ni de ningún modo puede verse como un hecho aislado. Si bien en aquella ocasión concreta este silencio oficial giró en torno a la XIV Cumbre de los Jefes de Estado y de Gobierno de los Países No Alineados, celebrada en septiembre de aquel año, no es un secreto el efecto disuasorio que sobre la afluencia de turistas puede tener la nueva de que en este edén de playas pintorescas y despampanantes mulatas hayan irrumpido, para quedarse ya asumiendo un patrón endémico, visitantes tan inoportunos como el dengue, el cólera o el advenedizo chikungunya. De hecho las autoridades políticas y sanitarias cubanas practican aun de modo sistemático un modus operandi semejante: todavía se lee y escucha en la prensa oficial cubana sobre “… la lucha contra el enemigo…” en referencia a los mosquitos del género aedes, en lugar de informar sin tapujos que se habla sobre el ya perenne dengue; igual se exhorta a la población a extremar las medidas higiénicas “… para prevenir las enfermedades gastrointestinales…” cuando todos sabemos que continúan incidiendo casos de cólera. En lugar de informar con objetividad, nuestras autoridades apuestan aun por el solapamiento, prefieren irse por las ramas en lugar de informar públicamente sobre la cantidad de casos y la situación epidemiológica concreta en las diferentes provincias; siempre será más útil hablar claramente y no a través de enfoques sesgados que alimentarán más tarde reiterativos rumores y fomentarán una nociva desconfianza en las autoridades.
Detrás de esta postura puede ocultarse el temor a la incongruencia que implicaría para La Habana reconocer que el mismo gobierno que exporta las legendarias misiones médicas a decenas de países, sea incapaz de controlar estas “nimiedades” domésticas. Con la OMS en alerta máxima ante una inusitada epidemia de ébola en África occidental en la que ya se reportaron miles de casos, más de la mitad mortales, y que ya amenaza con extenderse a otras latitudes –algunos entendidos sostienen que en caso de no ser rápidamente controlada puede llegar a reportarse un millón y medio de casos para 2015– e incluso recién confirmado el primer caso dentro de los Estados Unidos, se comprenderá fácilmente la irresponsabilidad que implica para cualquier gobierno, en semejante contexto, mantener políticas que censuren la información al respecto, sea en Cuba, en Venezuela o en la Conchinchina.
Ahora, ante el envío de un contingente de más de 160 colaboradores cubanos a los países africanos afectados por el ébola y más 460 listos para partir este mes, preocupa como nunca que nuestro gobierno persista en asumir estas posturas. Sería aberrante ocultar la verdad sobre la incidencia de enfermedades transmisibles de este tipo; siempre irá en detrimento del bien público, distorsionará la percepción de riesgo de la población y será un obstáculo injustificado, y hasta puede que insalvable, una vez llegado el momento de implementar las estrategias adecuadas para su contención.

CUBA-VICE PRESIDENTE CUBANO COMPARTE CON PERIODISTAS DE HOLGUIN

Por Jeovany Jimenez Vega.

Sería para desternillarse de la risa, de no tratarse de un asunto tan serio. “Instó Díaz-Canel a aprovechar las redes sociales para defender el proceso revolucionario” El titular llegó a través de Cubadebate el pasado 28 de agosto. Estas palabras las pronunció nuestro flamante vicepresidente ante el plenario de Consejo Nacional de la FEU, celebrado recientemente en la Universidad de las Ciencias Informáticas de La Habana.

Buen tema para guión del festival humorístico Aquelarre, porque este señor sabe que la única vía legal que tenemos los cubanos de a pie para conectarnos a las redes sociales que menciona es a través de los sitios  Nauta, con horario limitado hasta las 7:00 pm, a precios leoninos –un 25% del salario mensual por cada hora de conexión a 2 MB de velocidad– y siendo espiados tecla por tecla. Fuera de esa variante sólo están las oportunidades ofrecidas por unas pocas embajadas en La Habana –con mucha suerte, dos o tres turnos de un par de horas al mes– o las cuentas alquiladas a extranjeros –a muy altos precios, y que seguramente usan también servidores cubanos.

Pero bien, una vez conectados señor vicepresidente, pregunto: cuando nos pide defender aquello que “…busca garantizar el bienestar del pueblo cubano…” ¿se refiere usted a la política represiva que sigue atizando el Partido Comunista, que ordena aun mítines de repudio a la usanza del 80 mientras su gobierno se vitorea paladín universal de los Derechos Humanos? ¿Se refiere acaso a los precio extorsivos del comercio interior, a los 10 kg. de gas licuado por medio salario, o a los juguetes por tres salarios mensuales? ¿O acaso al desabastecimiento constante de los mercados, o quizás al inalcanzable precio de una canasta básica que existe sólo en los telediarios? ¿Tal vez se refiera usted a la recién entrada en vigor de las regulaciones aduanales mediante las cuales el gobierno que usted desde su cargo también ejerce oprime a mi pueblo sin misericordia, y nos extorsiona, nos roba y nos humilla en la aduana de los aeropuertos? Y aquí me detengo porque esta barbarie que el gobierno que usted representa dicta, fomenta y permite realmente degrada mi karma.

Como vicepresidente debe saber que el cable submarino que nos tendió Caracas está plenamente activo hace años, y que la empresa cubano-venezolana encargada de operarlo puede brindar a Cuba hasta 32 lambda de ancho de banda –1 lambda equivale a 10 gigabyte– de los cuales el gobierno cubano sólo tiene contratados 4 miserables lambda, o lo que es lo mismo, sólo 40 de los 320 gigabyte potencialmente contratables para conectarse todo un país, y que esto obedece únicamente a la expresa voluntad política de nuestros gobernantes de mantener al pueblo cubano bajo el más oscuro hermetismo.

“Instar” a la juventud cubana que vive dentro de la isla a conectarse a las redes sociales en semejante contexto se cuenta entre lo más hipócrita y demagogo que un dirigente cubano puede hacer. Claro está, no olvidemos que este señor hablaba desde la UCI, el cuartel general de las ya célebres Brigadas de Respuesta Cibernéticas –denunciadas por Eliécer Ávila, testigo de primer orden, en entrevista a Yoani Sánchez– devenidas en las equivalentes virtuales de las físicamente represivas Brigadas de Respuesta Rápida (turbas callejeras organizadas por el dueto letal Partido-Seguridad del Estado para dirimir a patadas y porrazos las diferencias) a la vez que nuestros sempiternos líderes citan sin pudor las palabras de aquel cubano sagrado: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace, ganémosla a pensamiento”. Nunca conoció esta tierra tan desfachatado cinismo.

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Obra de Yordanis Garmendía, pintor artemiseño

A: Raúl Castro Ruz

     Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

     Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba.

    Señor Presidente:

Lamentablemente acaban de entrar en vigor las Resoluciones Aduanales 206 y 207 de 2014, mediante las cuales el Gobierno cubano limita aún más la importación de mercancías con carácter no comercial por parte de personas naturales. Con toda seguridad, estas medidas se cuentan ya entre las más improcedentes y desatinadas de las dictadas bajo su gestión de gobierno. Con el pretexto de enfrentar el mercado negro –cuyo origen algunos adjudican por error a esta importación, sin discernir entre justos y pecadores– las referidas regulaciones, en lugar de eso, sólo fomentarán las condiciones ideales para que prospere, como nunca antes, la ya escandalosa corrupción en las aduanas cubanas.

Cae en imperdonable error quien pretenda tratar el síntoma sin revertir la causa primaria, raíz y génesis de la enfermedad. Estas medidas nunca evitarán el florecimiento del mercado negro por una razón muy sencilla: porque no están dirigidas contra las causas que lo provocan. El verdadero origen del mercadeo ilegal habrá que buscarlo, entre otras causas, en el generalizado descontrol de la economía interna, fuente real del masivo desvío de productos y del constante desabastecimiento que esto genera y perpetúa; en la pobre variedad y pésima calidad de las mercancías ofertadas en el comercio minorista interior, en los precios desvergonzados a que se nos somete sin justificación, y en la falta de voluntad política que ha demostrado su gobierno para revertir esta situación; y habría que buscarlas también en la alta tasa de corrupción imperante en la policía y en el cuerpo de inspectores estatales, únicas entidades realmente facultadas, además de la ONAT, para fiscalizar la legalidad del comercio en la calle y la actividad de los trabajadores no estatales –algo que está obviamente fuera de la jurisdicción de la Aduana General de la República.

El gobierno cubano y el partido que lo dirige, sin dudas pagarán un elevadísimo costo político por la imposición de estas desafortunadas medidas, porque la prácticamente totalidad del pueblo las desaprueba como algo injusto y arbitrario: además de limitarnos en cuanto al peso a importar, obligarnos a pagar nuevamente en nuestros aeropuertos hasta el 200% de algo que ya pagamos en el extranjero y cobrarnos aquí 20.00 CUC por el kilogramo de bulto postal que nuestra familia nos envía con sacrificio, es de una inmoralidad indiscutible, no tiene parangón en el mundo y sólo puede ser percibido como un robo a mano armada y un auténtico acto de extorsión legalizada.

Como lógica consecuencia, la corrupción aduanal es hoy tan generalizada e impúdica, que hasta la inteligencia más insulsa infiere que semejante trasiego sería imposible sin la implicación y/o complicidad de múltiples cargos y mandos de la Aduana General y del Ministerio del Interior. No cabe suponerse de otro modo si allí basta con extender la mano para hallar a alguien presto a ser sobornado: he escuchado que desde la azafata en el avión hasta el último oficial aduanal “ayudarían” gustosos a evadir los controles por unas decenas o unos pocos cientos de dólares; que si no se logró antes, ya una vez en la mesa de inspección quienquiera que pague su cuota de extorsión ante cámaras de video que nunca detectan nada, tendrá garantizada una salida sin sobresaltos.

Sin embargo, es una apuesta segura que entre los trabajadores de las aduanas –incluida toda su flamante oficialidad– no menos de tres cuartas partes deben ser militantes del Partido y de la Juventud Comunista. Si a esto sumamos la enjundiosa red de informantes que con certeza tienen allí la Seguridad del Estado y el Departamento Técnico Investigativo del MININT entonces, teóricamente, no debería quedar un centímetro cuadrado fuera de sus perímetros, ni pavonearse por allí un solo corrupto impune; en cambio la realidad desmiente cualquier ínfula de honestidad: no transcurre allí un solo día sin nuevos sobornos y despojos arbitrarios. Hace demasiado tiempo, para que así no sea, que se escuchan pasmosas historias sobre desfalcos personales, sobre todo género de abusos y sobre funcionarios déspotas que avasallan a viajeros indefensos. Mientras esos siniestros intereses diseñen hasta la exquisitez e impongan a su gusto y medida sus propias herramientas de extorción –pues de nada más se tratan estas resoluciones según el más pueril sentido común– estos robos y ultrajes seguirán siendo allí la irremediable norma, y para cada viajero avasallado que traspase esa frontera ya todos los cubanos, por elemental extrapolación, no seremos más que miserables vándalos.

No se puede soslayar en este asunto la que, por predecible, no deja de ser su arista más trascendente y peligrosa: este corrupto sobornable por $200.00 USD, ¿qué no haría tentado por una oferta de $2000.00 USD o más? Nadie busque otra, he ahí la puerta de entrada potencialmente más segura para las drogas ilícitas y una expedita puerta de salida para lo más valioso del patrimonio de la nación cubana –desde objetos coloniales museables, hasta las inapreciables pinturas vanguardistas del pasado siglo, que ya se cuentan por cientos en colecciones privadas de Miami– y que inexorablemente encontrarán entre esos hampones alguna vía despejada. Demos por sentado que la podredumbre moral que ampara a estos canales que amenazan a toda la sociedad y saquean el tesoro patrio, tiene su fundamento inequívoco precisamente en engendros como los recién entrados en vigor con el beneplácito de los gobernantes cubanos.

Le propongo a mi gobierno que en lugar de instrumentar políticas de moralidad tan cuestionable, emprenda otras más justas que potencien la prosperidad de mi pueblo –en cuya desesperanza y pobreza sí nutre su raíz el mercado negro; que sean derogadas hoy mismo estas alevosas resoluciones aduanales, por ser profundamente lesivas a la dignidad humana y a los derechos de cada cubano, y que asuma estrategias realistas dirigidas a enfrentar efectivamente a los corruptos, en lugar de dotarlos con armas cada vez más pérfidas y solapadas.

Presidente: Cuando se recuente la saga de medidas perpetradas por este gobierno contra el bienestar de su pueblo, la política que ahora se revitaliza y arrecia –que espero esta vez nadie se atreva a adjudicar al bloqueo yanqui– quedará inscrita con letras de oro. Con la excusa de disipar una cerilla, el Gobierno cubano en realidad atiza una amenazante hoguera y azuza los demonios más viles del hombre, y al frente de ese gobierno está Usted, que con facultades ilimitadas sin embargo no hace nada por impedir el desastre, de lo cual se infiere claramente su plena complacencia con cada perjuicio que esta política hostil ya nos provoca. Esto le convierte también a Usted en responsable de primera línea ante la Historia por esta nueva masacre moral, pues se cometerá bajo su total consentimiento. Debido al daño producido a la nación cubana por medidas como estas, también Usted será severamente juzgado por las generaciones futuras.

Gracias por su atención.

Jeovany Jimenez Vega. Médico cubano.

Entregada en la sede del Consejo de Estado el 9 de septiembre de 2014.

Con copia a la sección “Cartas a la Dirección” del diario Granma.

Publicado además en 14ymedio

SECCION-DE-INTERESES

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado lunes 25 de agosto, junto a mi esposa la Dra. Aliette Padrón, asistí a la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana para la entrevista que debíamos cumplir como solicitantes de visas de no inmigrantes. En una visita temporal breve cumpliríamos con una invitación emitida por dos doctores cubanos que ejercen en Miami y Hialeah, con la intención de tener un intercambio de experiencias profesionales mediante breves rotaciones no asistenciales a través de centros de atención médica, pero nada fue posible: esa tarde ambas visas nos fueron denegadas, y así se nos esfumó esta valiosa oportunidad.

Asombra la casi surrealista dinámica que allí le imprimen algunos funcionarios a entrevistas por las cuales no pocos cubanos esperan durante años. En nuestro caso concreto lastimó por encima de todo, incluso más que la denegación en sí y que los $320.00 USD pagados por estimadísimas manos amigas –y que para dos médicos cubanos representan una pequeña fortuna– la molesta sensación de que todo estaba decidido de antemano. A aquel funcionario gris de la ventanilla 5 le bastaron cinco breves minutos para hacernos sus dos únicas preguntas: ¿cuál es el motivo de su viaje?, y luego: ¿ustedes hablan Inglés? –a esto último respondimos que muy mal– y a partir de este punto cada nuevo intento de explicación fue interrumpido por un tajante “…no necesitamos saber nada más”.

Efectivamente, de nada valió que la invitación fuera avalada a través de una institución comprometida con la formación cívica, el Directorio Democrático Cubano –mediante su Director Nacional Orlando Gutiérrez– ni que la Oficina del Congresista Mario Díaz-Balart hiciera referencia a nuestras solicitudes ante el Cónsul en La Habana, enfatizándose en ambos casos que no tenemos intenciones de emigrar.

Pero haciendo luego un recuento, estábamos ante un imposible. ¿Cómo convencer a alguien en 5 minutos, a través de aquel frío cristal, de que no deseas vivir fuera de Cuba? ¿Cómo hacerlo ante alguien que no te pregunta absolutamente nada acerca de aquellos vínculos “…profesionales, de trabajo, escuela, familia, o los vínculos sociales…” que en efecto ambos tenemos aquí en Cuba y en ningún otro lugar del universo. ¿De cuál de las mil razones que tenemos para vivir en Cuba hablarle a alguien que tan poco interés mostró, que no quería escuchar y que en 60 segundos ya había concluido que no tenemos lazos suficientemente fuertes con nuestra familia y nuestra patria como para regresar a ellas? Es virtualmente imposible.

Sólo dedicando unos minutos más y un poco de atención, habría escuchado que además de dos hijos en común tenemos aquí al resto de nuestra familia, en la que nadie pretende emigrar. Nunca sabrá aquel funcionario que en 1995, recién graduado y sin hijos, visité París por unos días y que sobre todo recuerdo aquella inexplicable nostalgia por regresar a Cuba; que en 1997, aún joven y sin hijos, una novia me suplicó que emigrara legalmente junto a ella al mismo Miami cuyas puertas se me cierran hoy, y no lo hice; que jamás consideramos lanzarnos de balseros o solicitar una ciudadanía extranjera para vivir fuera de Cuba; que hemos rechazado ofertas de trabajo en varios países; que sobre nuestra familia cayó un día el garrotazo incompasivo de este régimen, y que durante seis años se mantuvo la coerción de aquel puño despótico sordo a nuestra voz sin que solicitáramos, ni en el momento más difícil, visas como refugiados políticos ni nada parecido. Sin embargo ahora de repente nos tropezamos con este desdén, sumamente parecido a la indiferencia despectiva del Consejo de Estado y del Comité Central, tras el blindaje mental del funcionario de la ventanilla 5.

Es cierto que la situación económica cubana sigue siendo caótica y que mucha juventud sigue pensando en huir, que continúa vigente una aquí ineludible Ley de Ajuste Cubano que genera suspicacias, y que las propias características de la gestión consular no le permiten al entrevistador extenderse con todos, pero también es cierto que en nuestro caso un análisis menos estereotipado y superficial tal vez habría derivado en otra decisión.

Mi familia no vive en Cuba por forzosa resignación, tenemos muchísimas razones para permanecer aquí, y créanlo o no funcionarios como aquel, con sólo esbozarlas se duplicaría fácilmente la extensión de este post. Por suerte nos contamos entre los que, en ambas orillas, creen en el libre y próspero futuro que esta tierra se merece, entre los convencidos de que se puede producir el milagro y de que llegado ese momento la patria común exigirá tanto del apoyo y la fortuna de los patriotas de afuera, como del esfuerzo y la perseverancia de los patriotas de adentro. Esta madre demanda hoy como nunca que millones de sus hijos por ella se desvelen. Nos sabemos habitantes de un país maravilloso –aun cuando hoy esté pésimamente administrado– y deseamos que cuando la libertad toque a nuestras puertas no se encuentre con dos bandos que se miren como desconocidos. Es ahí donde jugará su rol histórico nuestra generación: nos corresponde a nosotros sanar las heridas que dejaron abiertas los que nos precedieron; cercenar para siempre la saga del odio que engendraron otros para que la ponzoña no corroa más la sangre de las generaciones futuras; de ahí la importancia de acercamientos como este que ahora nos negara aquel sombrío funcionario.

Durante esta visita habríamos conocido la labor de nuestros colegas, pero también habríamos sorprendido y alegrado a viejos amigos, habríamos intercambiado criterios con otros cubanos, sobre todo jóvenes, y se habrían enriquecido y modulado recíprocamente los puntos de vista, se habrían retroalimentado las perspectivas. Nadie sabe cuándo ni dónde nacerán las ideas llamadas a fundar caminos nuevos. Tan vitales son estos contactos para la unidad del pueblo cubano que los déspotas de La Habana apostaron siempre por evitarlos; durante medio siglo convirtieron este aislamiento en su exitosa estrategia, y quien de cualquier modo fomente esta desunión, sólo a estos déspotas favorece. Hoy se nos impone destrozar los muros del gueto, pero ya dispuestos a la formidable empresa no son precisamente una ayuda este tipo de negativas a primer golpe de vista.

De momento se pospone nuestro viaje al país que acogió a José Martí y a su muchedumbre de dignos emigrados, a la nación ante cuya pujanza económica y social nunca reparó en halagos el Maestro de aquellas crónicas. Es sobre todo ese y no el de las lentejuelas el país que nos gustaría conocer, pero nuestro lugar definitivo siempre estará en Cuba. Cuando viajemos –porque esperamos que así sea– aquí quedarán todos nuestros seres queridos y nos esperarán también los santos huesos de nuestros muertos. A ellos regresaremos una y otra vez, y cuando Dios algún día lo disponga descansaremos en esta isla infinita, no por fatalismo, sino por elección personal, por este sincero y diáfano orgullo de haber nacido cubanos.

Cuba-Russia-Castro-Putin

Por Jeovany Jimenez Vega.

Cuando se escucha el monto de la deuda que, pasadas ya dos décadas y media de la debacle socialista en Europa, aún mantiene el Gobierno cubano con la Federación Rusa, no puede uno menos que reclinarse, cerrar los ojos y entregarse a la meditación para intentar, imaginación mediante, calcular la magnitud de semejante dilapidación. Sólo intentarlo, digo, porque la cifra real y exacta se perdió para siempre en la oscuridad del tiempo, sobre todo si tenemos en cuenta que ambas partes siempre fueron proclives a falsear cifras en virtud de prioridades de índole política. Pero sea cual sea el monto real, algo sí será innegable: que estamos ante uno de los más escandalosos y evidentes ejemplos de ineficiencia y despilfarro de la historia universal.

Nacía este  célebre compadrazgo con la década del 60, al compás de la guerra fría, y aunque Nikita finalmente se entendió con JFK y acordaron retirar los misiles rusos de Cuba a cambio de retirar los norteamericanos de Turquía, sin embargo sí dejaba aquel en La Habana la promesa de un apoyo político y económico incondicional, y de este modo tomaba forma definitiva aquel esquema de padrinaje que para la estrategia global soviética garantizaba la presencia de bases militares en un puesto de avanzada, pero más que eso –pues esto pudo considerarse desdeñable en términos de estrategia puramente militar– perseguía a la par un obvio efecto político al mantener miles de tropas “bajo las narices mismas del imperialismo yanqui”. A cambio, el Gobierno de Fidel Castro recibiría tecnología, maquinaria, productos industriales y materias primas, pero sobre todo petróleo, mucho petróleo a libre demanda y a precio altamente subsidiado a través de una tubería virtual que calculada modestamente, a juzgar por la intensidad del chorro, debió tener cerca de un kilómetro de diámetro. Todo cubano de más de 40 años debe recordar algún detalle anecdótico que así lo confirme –en lo personal he escuchado testimonios de viejos empleados de la terminal de ómnibus de Artemisa, por sólo citar un pálido ejemplo, que recuerdan que allí se fregaban aquellos carros con petróleo, manguera en mano, sin reparo ni miseria.

La dimensión exacta de tan colosal desperdicio de recursos se hace incalculable. Basta imaginar semejante mentalidad obrando desde el hocico hasta la cola de este largo caimán durante 30 años. Y si hasta aquí únicamente hablé de la arista interna “doméstica”, por así decirlo, del asunto, no se debe soslayar sin embargo su arista externa, pues fue aquella la época dorada del internacionalismo proletario, época en que nos dio por regalar centrales azucareros y sostener guerras transcontinentales, de autofomentar los comités de solidaridad con Cuba en decenas y decenas de países –con todo lo que esto implicó en términos económicos– sin soslayar lo que podríamos llamar su arista “oculta”: toda la riqueza que esta privilegiada posición de niño bitongo consentido puso a disposición de la élite gobernante cubana durante aquellas tres décadas, y que fue simple y llanamente malversada, robada y convertida en lujos, en mansiones, yates, autos caros a tanque lleno, en villas con gastos pagos, en cartas abiertas para la cúpula a cobrar en el Consejo de Estado o en furtivas vacaciones en el extranjero, en fin, en aquella amplia gama de exclusividades siempre mantenidas bien a resguardo del alcance del pueblo.

Si a pesar de esto, y abstrayéndonos de todo juicio moral o ético, se hubiera desarrollado la economía cubana, si se hubiera transformado contundentemente para bien la infraestructura de este país, esto se habría constituido en una atenuante a favor del gobierno de Fidel Castro, pero basta una simple ojeada al calamitoso estado de ruina en que a pesar de todo quedamos hundidos para convencernos de lo contrario. Aunque un último razonamiento lógico también induciría al convencimiento de lo que aquí se esboza: si la suma que quedó en débito –o sea, la pactada sólo una vez concluida la saga, a la hora de la liquidación final de la cuenta– ascendió a ¡35000 millones de dólares! –asumamos, desde la buena fe, que no se trate de un subregistro más– entonces ¿de cuánto trasiego estaríamos hablando en total durante aquellos ¡30 años! si ahora se nos muestra apenas la puntita del iceberg?

La envergadura de este descomunal subsidio, añadido al nada despreciable aportado por el resto de los gobiernos socialistas del bloque del CAME –todo un auténtico Plan Marshall para nosotros solitos– echa por tierra cualquier intento de adjudicar al embargo de EE.UU. lo que fue a todas luces consecuencia de las políticas erráticas de La Habana. Como punto de comparación tenemos a la Europa de la postguerra levantada desde la más atroz devastación en tan sólo una década, al Japón de los dos golpes atómicos convertido en un tiempo alucinantemente breve en protagónica potencia económica, y ¿por qué no?, por no ir demasiado lejos, a la Cuba de principios del pasado siglo recuperada en pocas décadas de las secuelas de la guerra independentista.

Quedaría por ver qué pudo pactarse tras bambalinas entre Raúl Castro y Vladimir Putin a cambio de la condonación –¿renegociación?– del 90% de esta deuda, sumada a la seductora oferta de invertir en Cuba el 10% restante. Quizás la nostalgia del invitado del Kremlin por sus buenos tiempos en la KGB pudo haberlo puesto de repente sentimental. No desestimemos que, después de todo, aquí fuimos excelentes alumnos y a él le consta que en este rinconcito del Caribe, entre la plana mayor octogenaria, todavía persiste un culto leal y confeso por la vieja escuela.

EnviosCubaPackPor Jeovany Jimenez Vega.

Aparto con desprecio mi vista de esta gacetilla de malos augurios en que ha devenido Granma, donde ahora se publican las nuevas restricciones aduanales impuestas por el Gobierno cubano contra su propio pueblo. Estas consisten básicamente en una reducción significativa del peso de las mercancías autorizadas a ser importadas por personas naturales sin carácter comercial –que disminuyen a mucho menos 100 kg, en que se mantiene el valor de importe de estas mercancías autorizadas de hasta un máximo de 1000 pesos –por encima de lo cual todo será confiscado–, y en la entrada en vigor de la ominosa resolución del Ministerio de Finanzas y Precios que aumenta la tarifa a pagar por estas mercancías de 10.00 a 20.00 CUC –entiéndase 500.00 pesos, o sea todo un salario mensual– por cada kg. recibido mediante envío postal una vez superados los primeros 1500 gramos.
Como un augur frente a su bola de cristal ya veo claramente las inevitables consecuencias de estas medidas. Sin hacer demasiado esfuerzo diviso a los corruptos de la aduana en cada aeropuerto cubano frotándose las manos y haciéndose cada vez más ricos, cobrando cuotas de extorción cada vez más jugosas al viajero desvalido, haciéndose impunemente de millones robados ante la vista impasible de todas las autoridades políticas y de gobierno que se salpican del festín, bajo las narices mismas de toda esa oficialidad del MININT responsable de “atajarles” –el mismo MININT tan informado y presto a reprimir ipso facto cada actividad de la oposición por mínima que sea, pero que de repente queda “ciego y desorientado” frente este escandaloso trasiego ilegal de dinero. No veo en la bola mágica, sin embargo, que en un futuro se detenga el flujo de “mulas” que surte al mercado negro –pues esos tienen bien “engrasados” a aquellos mismos corruptos a golpe de sobornos, como tampoco veo al pueblo cubano comprar, debido a estas restricciones, más mercadería podrida o de tercera a precio de estafa en las TRD, donde ya hace mucho tiempo nuestra gente advirtió el pillaje. En el fondo de mi bola imaginaria veo muy claro, eso sí, como crece continuamente el desprecio de mi pueblo a un gobierno que cada día se distancia más de él en su alucinada irrealidad y que con este tipo de medidas sólo persigue hacerle cada día más miserable la vida.
Queda demostrado que el Gobierno cubano no conoce límites cuando de mancillarnos se trata. Provoca nauseas escuchar los argumentos esgrimidos para justificar estas medidas infames. Toma el rábano por las hojas quien pretenda adjudicar el móvil de esta felonía al florecimiento del mercadeo ilegal, e igual quien lo adjudique al carácter continuado de la importación de determinados productos por determinados pasajeros: si aquel importó decenas de televisores y de computadoras, y aquel otro decenas de impresoras o torres de PC, lo hizo a través de alguna aduana y con la venia de sus funcionarios –que buenas “ra$one$” tendrían para permitirlo– lo cual no justifica que por unos pocos se generalice una política de modo que nos afecte a todos, y por ir más allá, aun cuando hubo de ser aquello cierto, quedaría por demostrar el afán de lucro de quien importaba estas mercancías, y eso no es algo que se pueda demostrar en el aeropuerto ni que le competa a la Aduana General, sino que existe para este fin todo un cuerpo de regulaciones e inspectores cuyo trabajo consiste presisamente en velar para que se cumpla esa legislación en el terreno, pero de esto a acusarnos a todos de lo mismo y hacernos pagar por igual va un inmenso trecho.
Sin pecar de ingenuos, lo cierto es que no es natural ni ético que alguien que no conoce mis necesidades ni la extensión de mi familia, disponga a priori que todo cuanto yo traiga por encima de lo que él dispuso será “con carácter comercial”, aunque al respecto nunca debemos olvidar la antológica máxima de las autoridades de este país que se cagan en el principio de la presunción de inocencia: aquí serás culpable mientras no se demuestre lo contrario. Mientras tanto, seguimos siendo el único país donde el gobierno insiste en multar a sus propios ciudadanos –pues de otra cosa, por más que pretenda edulcorarse, no se trata– a las puertas de su aduana por el único “delito” de pretender mejorar su vida.

cartel pulido por otra-720392Por Jeovany Jimenez Vega.

Existe una serie de instrumentos internacionales vinculados a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre los cuales se encuentran el Pacto de los Derechos Civiles y Políticos y el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Estos estipulan para su implementación dos pasos básicos: su firma, mediante la cual el estado en cuestión se compromete a analizar su letra y tácitamente a respetar lo estipulado en ellos, y un segundo paso, por supuesto más trascendental, que consiste en su ratificación, acto que ya sí obliga a ese estado a modificar su constitución y cuerpo de leyes en todo cuanto se oponga al espíritu de estos pactos. A partir del preciso instante de haberlos ratificado, la posición de este gobierno pasará de ser de acatamiento tácito a ser de acatamiento obligatorio, pues las referidas modificaciones pasan a tener el carácter vinculante que garantizaría, al menos teóricamente, el respeto a los derechos allí reflejados.
La campaña “Por otra Cuba”, lanzada por la sociedad civil de la isla, persigue vindicar los derechos contemplados en los pactos arriba mencionados, firmados por el Gobierno cubano desde febrero de 2008, pero que pasados más de seis años permanecen sin ser ratificados –de hecho el cubano se encuentra entre el “selecto” grupo de ocho gobiernos que no han dado aún este segundo y definitivo paso.
¿Qué detiene al Gobierno cubano para la ratificación de los pactos? ¿A qué le teme nuestra élite dirigente?, serían aquí las preguntas y las respuestas caerían por gravedad. No obstante valdría la pena analizar someramente las consecuencias que tendría este paso, al menos en teoría, en la dinámica sociopolítica cubana –y digo en teoría porque la Revolución cubana nació, se consolidó y marchitó a lo largo de medio siglo, siendo Cuba signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin que por esto se perturbara en nada la larga saga de atropellos que ha sufrido su pueblo durante todo este tiempo.
La ratificación de estos pactos “obligaría” al Gobierno cubano, al Partido Comunista y a los Órganos de la Seguridad del Estado –que en la práctica vienen a ser la misma cosa– a reconocer oficialmente la existencia de una oposición política cívicamente organizada en partidos, con derecho a postular a sus candidatos de cara a elecciones tan plurales como el pueblo que representan; les “obligaría” a suspender, y en lo adelante prohibir, toda acción represiva contra personas u organizaciones opositoras –entiéndase actos de repudio y golpizas impunes en plena calle– bajo riesgo de ser enfrentados a tribunales imparciales que emitirían, con las debidas garantías, dictámenes justos sin enfoques políticos, y además “obligaría” a nuestras autoridades a contemplar estos hechos en el Código Penal como lo que realmente son: delitos de vandalismo vulgar; les “obligaría” a reconocer nuestro derecho de reunión y de asociación, así como nuestro derecho a la manifestación pública pacífica y por ende a suspender toda hostilidad contra las marchas organizadas por esta oposición, así como las oleadas de detenciones arbitrarias que para impedirlas son hoy la práctica habitual; les “obligaría” a respetar nuestro derecho a la libre expresión del pensamiento, así como a divulgarlo por cuanto medio sea posible –esto se traduciría en un acceso incondicional a los medios de comunicación masiva, incluidos todos los tipos de prensa, así como en un acceso inmediato, pleno y sin censura a Internet; firmar les “obligaría” a respetar el elemental derecho de los padres a elegir el tipo de educación que recibirán nuestros hijos, en lugar de dejarnos sin elección ante una única alternativa viciada de adoctrinamientos políticos, así como nos “garantizaría” nuestro derecho a recibir un salario justo que nos permitiera vivir sin canjear nuestra dignidad por dádivas miserables. Estos y otros derechos universales, que hasta hoy yacen bajo la égida totalitaria, son el objeto de ambos pactos. El amplio alcance que representan en cuanto a la vindicación de la dignidad humana explica la urticante aversión que hacia ellos ha mostrado siempre cualquier dictadura.
No son estos pactos “abominables herramientas de propaganda” ni medios de “dominación burguesa” del “capitalismo mundial” –enfoque presentado aquí frecuentemente por la propaganda oficial– sino que se cuentan entre lo más avanzado que ha concebido la humanidad para no regresar a la era de barbarie de la cual emergió la ONU a mediados del pasado siglo, y por lo mismo, sólo los gobiernos retrógrados se oponen abiertamente a su espíritu. Y nadie habla aquí de “regresar al pasado de oprobios” –slogan de lo más rancio y decrépito– ni suspira de nostalgia por épocas pasadas. Esto simplemente no sería posible porque el mundo cambió ya demasiado, así como también cambiaron Cuba y su pueblo. Aquí sólo se habla de poner a la patria a la altura de su tiempo, de que deje de ser pasto de la desidia y la ambición de algunos para comenzar a ser fuente de igualdad y prosperidad para todos.
Por estas razones el pasado lunes firmé “físicamente” esta demanda ciudadana junto a mi esposa, la Dra. Aliette Padrón Antigua –pues hace varios meses ya había dado mi respaldo “virtual”– y entregamos nuestra petición en la sede del Consejo de Estado. Refrendamos esta campaña porque creemos firmemente que otra Cuba sin atropellos, donde quepan dignamente en paz todos los cubanos –la Cuba por la cual murieron nuestros próceres– es, todavía hoy, un sueño válido y posible.

dibujoPor Jeovany Jimenez Vega.

Viene sucediendo hace varios años y ya es uno de esos secretos a voces que hasta los niños conocen: el soborno a maestros y profesores a todos los niveles de la enseñanza ha terminado siendo, a golpe de habituación, algo casi folklórico, y aunque sería injusto pasar tabla rasa y juzgar por igual a justos y pecadores, bien merece la pena haber lanzado la bengala de alerta sobre un asunto que ha llegado a tomar escandalosas connotaciones, más que por haber sido sacado públicamente a la luz, por las nefastas consecuencias morales que implica para todos.
En este medio no siempre el soborno llega en la forma abierta de dinero al cash. Existe toda una gama de recursos a disposición de adulones y ostentosos para llegar a su objetivo y una vez localizado el profesor diana sólo se impone estudiar necesidades y gustos puntuales para acertar el disparo, que puede consistir en apetitosas meriendas, en ropas elegidas a la medida, en perfumes caros o exclusivas invitaciones, por ejemplo.
Sin dudas, en todo esto influye el lamentable estado de estrechez económica en que está sumido el profesorado en nuestro país, con un “salario” similar al que devengaron hasta ahora los médicos, y que nos ha mantenido a ambos sectores al borde de la indigencia durante décadas. Pero no es gratuito si escribo aquí la palabra “influye” en lugar de “determina”. Por misterios de la naturaleza humana, en el mismo tiempo y lugar donde algunos propenden a la doblez otros se elevan al estoicismo. Conozco honorables ejemplos de maestros que nunca se doblegaron a la desvergüenza y que han vivido en medio de su pobreza con un tremendo decoro, por eso me resisto a aceptar que le necesidad baste por sí sola para someter a todos por igual, por más abrumadora que esta sea.
Claro está que también en este caso los detenidos y procesados –ocho personas según lo publicado en Granma– pertenecen una vez más a los estratos bajos. Aunque siempre es plausible la transparencia, porque es el sentido de ser de toda prensa genuina, y vale por esta vez el toque ejemplarizante, me pregunto si este folletín oficial sería capaz de denunciar igual a alguna vaca sagrada, a algún comandante o dirigente histórico de la Revolución, en caso de comprobarse su implicación en semejantes trances.

PolíticoPor Jeovany Jimenez Vega.

La reciente visita a La Habana del Presidente Ejecutivo de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, Sr. Thomas J. Donohue, a la vez que lanza un guiño al éter, abre a la polémica por milésima vez el tema del embargo económico. Históricamente este asunto ha sido uno de los más encarnizados puntos de confrontación en cada predio donde se hayan tratado las relaciones Cuba-EE.UU, y a la vez que el más socorrido argumento de Fidel Castro para justificar cada descalabro económico cubano, devino con el tiempo en el más exquisito regalo que le hicieran los tanques pensantes estadounidenses al barbudo incorregible.
Aunque me atrevo a suponer que durante los primeros años que le siguieron al triunfo revolucionario la jerarquía política verdeolivo pudo tener genuinas intenciones de mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano, sin embargo, una vez consolidada en el poder y aniquiladas las garantías civiles, una vez eliminados los naturales contrapesos sociales e instituido todo un entramado a espejo y semejanza del modelo soviético, más temprano que tarde la cúpula cedió a su caracteropatía y desató sus fantasías de poder. En algún momento de aquel proceso el alto mando tomó conciencia de su incapacidad para desarrollar el país, pero rápidamente se percató también de que la insolvencia económica del individuo, una consecuencia inherente al esquema impuesto, era a la vez altamente conveniente a sus afanes de predominio, pues sería mucho más fácil mantener sometido a un hombre si almorzaba preguntándose qué cenaría y luego cenaba preguntándose qué almorzaría al día siguiente. Pero se necesitaba un argumento justificativo para la catástrofe, y es en este punto donde Fidel Castro debe estar eternamente agradecido a los teóricos del embargo, pues le sirvieron en bandeja de plata el argumento perfecto del culebrón: los dirigentes revolucionarios, siempre altruistas en sus santos deseos de hacernos prosperar, pero atados de pies y manos por el despiadado “bloqueo” yanqui –dado que a Cuba entran mercancías desde los cuatro puntos cardinales aquí le llamaré embargo.
Aunque pocos dudan que esta política haya lastrado en alguna medida el avance económico de la Cuba revolucionaria, seguramente menos aun dudamos que la tremenda insolvencia arrastrada por la economía cubana durante las últimas décadas obedezca en mayor medida a las innegables y nefastas consecuencias de un bloqueo mental endógeno, total y sistemático. Aunque es imposible evaluar con límites precisos hasta dónde influyó el embargo y hasta dónde la ineptitud del gobierno cubano, soy de los que opinan que éste último factor es el que siempre jugó una parte más crucial. Una larga serie de evidencias señalan en esta dirección; simplemente preguntaría: ¿Quién maniató históricamente al productor agropecuario con regulaciones absurdas en este país de tradición eminentemente agrícola? ¿Por culpa de quién se mantuvieron improductivas durante décadas más de la mitad de las fértiles tierras cubanas? ¿Quién mantiene aún la política punitiva que amordaza el desarrollo de nuestra ganadería, clausuró la mitad de los centrales azucareros de este país y arruinó así toda una cultura de siglos? ¿Quién le ha puesto cuanto obstáculo ha sido posible a la gestión del sector trabajador por cuenta propia y le niega su derecho a importar sus insumos y materias primas, así como a exportar directamente sus producciones? ¿Quién se erige como única entidad empleadora ante el inversor extranjero, para después explotarnos cuando nos paga entre el 5 y el 10% de lo pactado, e igual le paga una mísera parte al colaborador nuestro en el extranjero, dispone de su cuenta bancaria congelada en un banco de La Habana, y decide qué puede y qué no puede traer cuando regresa a Cuba? ¿Quién ampara a la cadena de entidades intermediarias que terminan en la TRD y nos masacra con mercancías podridas o descontinuadas, a precios estratosféricos del 1000% o más de su costo, a la vez que nos paga uno de los salarios más miserables del mundo? ¿Quién sostiene las tarifas telefónicas más escandalosas del planeta y nos veta a los cubanos el acceso libre a Internet, y con ello nos priva de todas las oportunidades que así se nos esfuman? ¿Quién mantuvo durante 50 años la prohibición de viajar al extranjero? ¿Quién mantuvo durante décadas la política del apartheid turístico que nos humilló en la puerta de los hoteles, y continúa vetándolos hoy con tarifas inaccesibles para cualquier trabajador honesto? ¿Quién nos estafa cuando solicitamos un simple pasaporte? ¿Por qué si a un español con salario de 800.00 euros, por ejemplo, este documento le cuesta 10.00 euros, a un cubano con un salario mensual de 20.00 USD, nos tiene que costar 110.00 USD? ¿Quién consiente que se nos extorsione del modo más impune en la Aduana General de los aeropuertos cubanos y nos prohíbe entrar a Cuba un auto regalado o comprado en el extranjero, mientras establece tarifas insensatas para su venta aquí que dejarían estupefacto a un millonario? Pero en fin, como esta lista se haría interminable, para abreviar concluyo: ¿Quién nos necesita pobres, se nutre y regodea en nuestras carencias y especula con nuestras necesidades? ¿Quién nos deshumaniza más la vida? ¿Quién propicia realmente la calamidad del pueblo cubano teniendo la potestad de remediarla?
No menciono arriba un solo punto directamente alusivo –como no sea a través de sus lógicas consecuencias– a las graves violaciones de nuestros derechos políticos y civiles. Lo que arriba enumero son sólo algunos síntomas visibles de la enfermedad sistémica que nos corroe gracias a la tozudez política de los gobernantes cubanos, convencidos de que cualquier cambio de esquema iría en detrimento del carácter absoluto de su poder. Rectificar estas barbaridades no pondría en peligro el carácter socialista de la sociedad cubana, ni implicaría hacer concesiones doctrinales. Arriba se habla de esas “pequeñas cosas” que nos son arbitrariamente negadas por el bloqueo mental endógeno y que una vez sumadas convierten en agonía la vida de la mayoría de nosotros. Ahora bien, si rectificarlas nos convertiría en un pueblo más solvente, en una economía más sólida, en una sociedad más funcional –o dicho en menos palabras, nos haría un pueblo más próspero– también es cierto que forjaría un pueblo menos manipulable y servil, y es en este punto donde se traba el dominó para nuestros gobernantes, quienes en esencia no esperan, ni necesitan, la prosperidad del cubano, sino su sometimiento. Por eso, rendido ante la evidencia, quedo convencido: aquí las respuestas señalan acusadoras hacia los verdaderos artífices del bloqueo más dañino y los auténticos perpetuadores de esta ruina.

1Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 3 de diciembre el pueblo de Artemisa amaneció conmocionado por un crimen pasional: una joven que en la madrugada se dirigía a su trabajo fue conminada por un ex novio, apartada a una calle semioscura y allí asesinada. Sucedió en una céntrica zona, muy cerca del punto de partida del ómnibus de los trabajadores del Hospital “Finlay”, donde cursaba el último año de mi residencia. A poco de llegar al punto un movimiento de personas en la esquina dio la alerta, y al comentario ominoso de que se había cometido un crimen nos acercamos por ver si aún se podía intentar algo, pero ya era demasiado tarde y la escena definitiva y dantesca. A las 6:00 am llegó la primera patrulla de la PNR, prácticamente junto a nuestro transporte. Partimos a nuestra rutina, pero ya no pude apartar mi pensamiento de aquella escena durante el resto del día.
Si el doloroso hecho se hubiera limitado a aquella vivencia, por más perturbadora que fuera en lo personal, muy poco tendría que ver con ello Ciudadano Cero, no dado a crónicas rojas ni a efectos amarillistas, pero una y otra vez, para mi pesar, aquella horrenda visión insiste en perpetuarse debido a una tendencia al morbo que ha cobrado últimamente inusitada fuerza, y es aquí donde aflora la faceta del asunto que hoy me ocupa. Apenas hubo semana durante los primeros meses en que no sucediera –y aun sucede: alguien se me acercaba para decirme, del modo más insulso, que tenía en su poder todas las fotos del caso –y lo dice, las más de las veces, como quien dice vendo maní tostao.
No hablo aquí de fotos tomadas por algún curioso de paso; se trata de las auténticas imágenes policiales, oficialmente tomadas durante el levantamiento de la escena del crimen, donde constan los detalles periciales propios de estos procedimientos, y que por ir más allá –como para completar el rigor de todo “buen reportaje”– incluye las fotos tomadas al cadáver de aquella joven en la morgue, y todo suficientemente explícito: fotos impúdicas del cadáver expuesto en toda su desnudez, como objeto de feria, sobre la mesa de Morgagni, que muestran en close up y a todo color cada herida, cada laceración y hasta, según me cuentan, el cuello de la joven degollado por el infame.
Estas fotos son, hace meses, de completo dominio público, y es aquí donde cae por su propio peso la pregunta más obvia: ¿De qué mágico modo logran salir estas fotos de las “herméticas” oficinas del Ministerio del Interior ocupadas de estas investigaciones? Ni usted ni yo tenemos acceso a estas imágenes. Cuando se busca al responsable todas las miradas se dirigen en una sola dirección: hacia las autoridades del MININT responsables de velar por la salvaguarda de esta información; aquí no hay posibilidad de otra vuelta de hoja. Estamos ante uno de los más escandalosos ejemplos de irresponsabilidad institucional de este país, cuyas consecuencias ofenden, desde su raíz más profunda, la sensibilidad humana más elemental –y si alguien lo duda, que intente ponerse, por un minuto, bajo la piel de los padres de la víctima. Bastaría imaginar someramente lo que se sentiría ante semejante pérdida y encima de esto, como si no bastara, tener que soportar además este ultraje público a la dignidad de su ser querido.
Alarma sobremanera que esto se haya establecido como norma en los casos más connotados de crímenes durante los últimos años. Ejemplos hay muchos, pero la masacre familiar de la Finca “La Rosita” –precisamente cerca de Artemisa– y la otra masacre familiar perpetrada pocos años después en Bauta, bastan como ilustrativos ejemplos; disímiles crímenes que tienen algo en común: la ineptitud de una entidad que ha sido incapaz de velar con rigor por imágenes que terminaron filtrándose y siendo pasto de lo más bochornoso del vox populi, que parece regodearse y disfrutar con el dolor ajeno.
Más de una vez se ha tocado el tema en sitios alternativos cubanos, pero pareciera aquí que el morbo siempre trazará las coordenadas y todavía hoy, mientras me avergüenzo de la culpabilidad ajena, el fantasma de Rosita –como nunca la conocí, llamémosla simplemente así– me hostiga a cada rato. Continúa torturándome la idea de que semejante barbarie se perpetró en la misma calle que dos horas más tarde tomarían mis hijos camino a su escuela; de que todo sucedió pocos minutos antes de llegar yo a aquel lugar y que siempre hubiera podido intentar algo para evitarlo; que todo sucedió ante la mirada impasible de “hombres” que se mantuvieron a prudencial distancia sin hacer nada ante los gritos desesperados de auxilio; que la misma policía que se la pasa comiendo mierda y hurgando mochilas en la calle, demorara más de media hora en acudir a la insistentes llamadas telefónicas de una vecina y que como siempre, a diferencia de las estelares entradas de “Día y noche”, esta vez llegó demasiado tarde.

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Gratitud.

Monumento FinlayFoto tomada de Internet.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 23 de marzo, 10 años después de haberla comenzado, concluí por fin mi especialidad en Medicina Interna. Desde marzo de 2012 había sido rehabilitado para el ejercicio de la Medicina, junto al Dr. Rodolfo Martínez Vigoa, después de cinco años y medio de injusta inhabilitación. En aquel momento se nos pagó el salario íntegro dejado de percibir durante los 66 meses que permanecimos sancionados, y que fueron contemplados como tiempo trabajado en nuestros expedientes laborales; en aquel momento se me comunicó además que se me permitiría concluir mi especialidad.
Llegado septiembre de 2012 reanudaba yo el tercer año de mi residencia. A solicitud mía se me permitió cursar éste en la Facultad “Finlay-Albarrán”, de La Habana, donde el mayor rigor docente me garantizaría una formación más sólida después de más de cinco años apartado de mis estudios. Esta facultad, que tiene su sede en el Hospital Militar Central “Carlos J. Finlay”, asentado en el municipio Marianao, ha graduado durante las últimas décadas a miles de especialistas del oeste de la entonces Provincia La Habana, actual Artemisa. Ya entre 2005 y 2006 había hecho yo en este centro mis rotaciones de Medicina Intermedia e Intensiva, módulos exigidos en el programa que todos los residentes de aquel territorio hacíamos allí pues entonces no existía el actual servicio de Medicina Intensiva en el hospital artemiseño “Ciro Redondo”.
A mediados de septiembre de 2012, después de las presentaciones de rigor, fui ubicado en la sala B del servicio de Medicina Interna, bajo la tutela de la profesora Mercedes Bataille Ceriani, quien ya conocía los detalles de mi historia, pues durante las décadas de 1980-90, durante más de 20 años, trabajó en Artemisa y Guanajay, y fue precisamente en este último hospital donde la conocí en 1993, mientras cursaba mi año de internado.
No fue hasta pasado más de un mes de estar trabajando en el Hospital Finlay, que la Dirección de la CIM (Contrainteligencia Militar) me pidió que le hiciera llegar mi autobiografía, que entregué enseguida sin omitir ningún detalle, después de lo cual no fui solicitado por ellos nunca más. Desde el principio fui tratado como un residente más, y si se hizo alguna distinción fue sólo para ayudarme en alguna solicitud puntual. Allí recibí un apoyo pleno y un respeto absoluto por parte de la Dirección del hospital y del servicio, tanto de civiles como de militares. Entre los especialistas del Servicio de Medicina –la mayoría de ellos primeros oficiales– y muy lejos de la imagen estereotipada que se tiene de los militares, en lugar de órdenes rígidas e impositivas encontré, y como yo el resto de los residentes del servicio, no más que posturas comprensivas y un clima de franqueza y acuerdos consensuados. De hecho observé que las actitudes arbitrarias, y hasta despóticas, tan frecuentes en centros netamente civiles, en aquel servicio sin embargo, entre profesionales que se quieren y respetan, quedarían por completo fuera de lugar.
Como todo gran centro de este tipo, es el Hospital Finlay un lugar con sus historias pintorescas, con sus celebridades, con sus propias leyendas. Cada martes se realiza el staf meeting, una reunión donde se presentan casos de interés clínico-docente, donde llegué a escuchar verdaderas lecciones magistrales de Medicina. Esta actividad ha sido mantenida ininterrumpidamente durante más de 40 años por el ilustre profesor Miguel Angel Moreno, la referencia obligada de esa institución, ética y científicamente hablando.
Durante todo este año y medio nunca se me abordó para hablarme de algo ajeno a la Medicina; ni antes ni durante mi estancia allí se me condicionó de ninguna manera. Ciudadano Cero continuó su camino y mientras decenas de posts fueron colgados durante este tiempo, nadie allí pareció darse por enterado. Las personas encargadas de seguir mi caso tuvieron la discreción y la decencia de no exigirme nunca, ni por insinuación, alguna concesión de principios. Sólo espero que esta “experiencia piloto” demuestre que la convivencia en paz es posible siempre que el respeto mutuo sea la divisa de cambio.
Concluí por fin mi especialidad y junto al recuerdo del constante agotamiento de las guardias médicas y la extrema presión asistencial, llevaré conmigo el orgullo de haber conocido a seres humanos excepcionales, hermosos caracteres de recios principios, que arrastran con dignidad carencias del mismo color que las mías, también con sus hijos que esperan, también con sus sueños que tardan; profesionales que junto a sus elevados conocimientos llevan una inmutable y mesurada humildad que agradeceré para siempre. Ahora, cuando siento por fin llegado el momento de cerrar esta etapa, Ciudadano Cero se postra de gratitud ante cada profesor, ante cada compañero de guardia y ante la institución que me acogió con respeto. Muchísimas gracias a todos. Ahora el camino continúa; hay una patria que sanar todavía.

Es gratis pero cuesta. Cartel Salud Pública cubanoPor Jeovany Jimenez Vega.

Se les puede ver hace alrededor de dos años casi en cada unidad asistencial del Sistema de Salud Pública cubano, desde cualquier consultorio o policlínico del área de atención primaria, pasando por cada hospital del nivel secundario, hasta los centros de atención terciaria, en cada Instituto. Nos dan la bienvenida desde la puerta de la consulta o desde el mural del sindicato y nos aseguran que nuestro omnímodo gobierno se ha desvelado desde siempre por garantizar la gratuidad absoluta de la atención médica de nuestro pueblo.
Visto así, sin más, parecería simple el asunto. En este mundo donde, para vergüenza de la especie, aún mueren cada día decenas de miles de niños debido a enfermedades curables por no tener acceso a unas pocas tabletas y una miserable infusión endovenosa, sería lo más natural que los cubanos nos postráramos de gratitud ante semejante derroche de filantropía. Pero si hay algo que hemos aprendido hace mucho tiempo es que aquí, cuando vas al fondo del asunto, todo se nos ha cobrado.
Cierto es que no se nos cobra directamente en el hospital o en la escuela de nuestros hijos, pero sin dudas sí se nos cobra, y bien recontracaro, en la caja de la tienda recaudadora de divisas, en una moneda sobrevaluada arbitrariamente 25 veces con relación a aquella con que se nos paga un salario irreal que de bien poco nos sirve.
Estas palabras no pretenden ser una embestida inquisitorial contra el sistema asistencial a que pertenezco, cuya función esencial se ve entorpecida por limitaciones a las que no escapa ningún sector en Cuba. Cualquier acometida gratuita dejaría en esta página el olor de la puñalada por la espalda, un aroma que este cubano detesta, pero 40 años de martilleo no terminaron por convencerme de que garantizar un derecho, o pretender hacerlo, le otorgue de ningún modo potestad a mi gobierno para privarnos de otros tan esenciales como aquel, y es aquí –más que en la puerta de las TRD y de los hoteles, o en las tarifas inmorales de la Aduana General, o en los precios extorsivos de cada gestión consular en el extranjero, entre otros cientos de oprobiosos ejemplos– donde se nos ha cobrado la verdadera moneda de cambio a millones de cubanos: ha sido mediante la humillación de aquellas célebres diplotiendas, o en la puerta de los hoteles prohibidos, o mediante el despotismo de la autoridades migratorias o del maltrato de cualquier otro tipo de funcionario, o mediante la sistemática deprivación de nuestros derechos civiles y políticos; todo tomando como invariable trasfondo justificativo el socorridísimo argumento de las gratuidades que nos machacan a cada paso carteles como este. Por otro lado estos esquemas de gestión pública no son privativos de Cuba ni del socialismo, como históricamente se nos ha insinuado. Existen decenas de ejemplos de países –y no necesariamente del primer mundo– que sostienen sistemas de salud y educación tan públicos y gratuitos como los nuestros, y todo sin exigir a cambio dosis tan altas de libertad individual.
Muy cierto es que sostener el presupuesto de la salud pública cuesta muy caro a cualquier estado a nivel mundial y Cuba no iba a ser precisamente la excepción, pero también recuerdo aquí que a cada trabajador cubano se le rebaja de su salario mensual alrededor del 30% precisamente para cubrir estos gastos públicos. Igual recuerdo que cuando nuestro estado se empeña en garantizar los servicios de salud pública y de educación –los dos ejemplos más paradigmáticos– no cumple sólo con un deber, sino con su más conspicua obligación, quizás su única auténtica obligación. En lo particular me pregunto de qué mágico modo el gobierno cubano invirtió $ 4386.00 pesos, en mí solamente, por las alrededor de 120 consultas que hiciera en mi última guardia médica de 24 horas, en las que utilicé sólo –si exceptuamos los $24.00 pesos que se me pagaron por nocturnidad– mi estetoscopio, mi esfigmomanómetro y algunos depresores desechables. Pero como no soy economista, mejor dejo a otros con las cuentas y me dedico, como buen zapatero, a mis zapatos. Después de todo, es verdad que nos cuesta… y bien caro, por cierto.

Ver: Cuesta. Por Regina Coyula.

medicos_cuba3Por Jeovany Jimenez Vega.

El rumor ya dio paso a la certeza: llega para nuestro sector un incremento salarial que para algunos duplica –y hasta cuadruplica en algunos casos– nuestro salario básico. Pero lo que debería ser sin reservas una excelente noticia, nos llega con una extraña mezcla de incertidumbres y pasmosas evidencias, con un desagradable lastre de dudas que deslustran un tanto lo que bajo otras circunstancias sería una alegría absoluta.
Como bien recordaremos, nuestro salario actual es resultado del anterior incremento hecho a nuestro sector en 2005 bajo la égida de Fidel Castro. Si bien aquel fue francamente irrespetuoso, esta vez no es tanto el incremento en sí lo que enturbia la noticia como aquellas obvias condiciones que le cuelgan, y es que en la Cuba de hoy, como en la de entonces, la solución del asunto continúa siendo no tanto cuestión de salarios como cuestión de precios: es evidente que mientras no se produzcan cambios a nivel macroeconómico que devuelvan al salario su básico sentido motivacional, ningún aumento salarial tendrá sentido.
Varias aristas del tema saltan al análisis más insulso e imponen una pléyade de obligadas preguntas: ¿de qué nos sirve este aumento salarial cuando se produce con una moneda francamente devaluada? ¿Vale la pena considerarlo como el estímulo que pretende ser mientras esté vigente la infame política de precios seguida por el Gobierno cubano, hace dos décadas, en toda la red de comercio minorista, y que nos grava la vida de forma bestial? ¿Cómo quedan otros sectores, tan imprescindibles como el nuestro, mientras el gobierno no tome medidas concretas al respecto? Se hace evidente que el único modo en que algo similar tendría consecuencias prácticas, que nos alcancen a todos, sería mediante la implementación impostergable de precios justos y adecuados al poder adquisitivo del salario promedio –algo que de momento no parece estar en el tintero de los decisores de este país.
Pero aquí todo análisis objetivo debe adecuarse a una regla de oro: situar cada cosa en su contexto. Si bien es cierto que esa mensualidad que se pagará al médico cubano a partir de mayo la gana su colega en Miami en menos de un par de horas –gana más de mil veces nuestro salario en Cuba– no creo nada más absurdo, sin embargo, que caer en semejantes comparaciones. Salta a la vista que Cuba difiere sustancialmente del primer mundo por miles de motivos obvios. De hecho era menos este cuestionamiento hacia afuera y más el que hacíamos hacia adentro, lo que motivaba aquella iniciativa nuestra en 2005: saber de otros sectores que, a pesar de no tener ni por asomo nuestro peso en la economía, eran holgadamente mejor atendidos.
En lo particular no me molesta que un productor agrario que trabaja de sol a sol gane millones, pero sí me revientan el dirigente corrupto que defalca el tesoro público de mi nación, el oficial de aduana que roba con la mayor impunidad del mundo, cada policía que extorsiona a alguien, y todos ellos tienen algo en común: ganarán un “salario” bastante mayor que el mío. Es en este contexto que llega el actual incremento salarial: nos llega a sabiendas de que vendiendo maní ganaríamos el doble de nuestro futuro salario, de que un maletero del aeropuerto o de un hotel ganará más en un solo día y que en todos esos lugares hay ladrones que igual ganan más de $1000.00 USD ¡en cada turno de trabajo! Todos tenemos pacientes que no se molestarían en salir de su casa por menos de $500.00 pesos diarios, mientras nosotros ganaremos entre $1000.00 y $2000.00 pesos mensuales.
Si bien hay que reconocer que el incremento actual difiere sustancialmente del pretendido en 2005, también resulta insoslayable que se produce en circunstancias bien diferentes a aquel: ahora están derogadas las leyes que prohibían masivamente a todos los cubanos viajar al extranjero; ya están derogadas también las resoluciones ministeriales del MINSAP que retenían a los profesionales de la salud durante al menos cinco años si querían viajar; ahora las misiones de trabajo en el extranjero están reportando ingresos records, pero a la vez se evidencian señales inequívocas de deserciones desde las mismas, de médicos y personal técnico que emigra temporal o definitivamente, así como de un número sin precedentes de trabajadores de estas categorías dentro de Cuba desvinculados debido a una profunda desmotivación. Es indudable que este incremento salarial forma parte de una estrategia de contención contra todas estas tendencias, aunque lo anunciado adolece de grandes vacíos: no toma en cuenta a los jubilados del sector, no se paga antigüedad, ni se mencionan para nada las guardias médicas que tan caras nos cuestan en cuestión de salud personal. No descarto que estas últimas cuestiones estén incluso decididas, y que se lleven a efecto más adelante.
De momento Ciudadano Cero saluda cuanto de sensato haya sido determinante en la toma de esta decisión, que favorece a un sector social que muchísimo se lo merece. Inevitables recuerdos me asaltaron ante la noticia, que llega en vísperas de cumplirse justo dos años de nuestra rehabilitación para el ejercicio de la Medicina, el 31 de marzo de 2012, después de una larga batalla que contó con el apoyo de cientos de personas de buena voluntad dentro y fuera de Cuba. Valió la pena cada post, cada tweets, cada mensaje de aliento, cada palmada en el hombro. Atesoro en la memoria aquellas conmovedoras muestras de solidaridad: el apoyo incondicional de las hermanas Escolapias, que arriesgaron su permanencia misma en Cuba, y en valietísimo gesto permitieron colgar aquel desafiante cartel, aquel grito de guerra, en el portal de su sede en Guanajay; los largos minutos de ovación que derivaron en catarsis colectiva cuando el padre Francesc Carreró Vidal, después de misa, anunció la nueva en la Iglesia Católica de esta comunidad; la vecina que recibió el mismo día dos buenas noticias –que habíamos sido vindicados, y el resultado de una biopsia que demostraba que no tenía cáncer– y me aseguró con total certeza que se alegraba más de lo primero; cada hombre que me estrechó las manos sin disimular las lágrimas. Para todos ellos guardará siempre este cubano su deuda perpetua de gratitud.

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pincel2Por Jeovany Jimenez Vega.

El arte de la consagración.

Se cuenta que un día brumoso de invierno el viejo emperador chino, avivado por la añoranza de la primavera, deseó tener para deleite de sus ojos la pintura de un pájaro hermoso, y como el deseo de cualquier emperador es una orden para sus vasallos, de inmediato comenzó la búsqueda, primero entre los artistas de la corte, y luego más allá y más allá, hasta los límites de aquel vasto imperio que parecían ser los límites del mundo mismo. Así, después de largas indagaciones, hallaron en la comarca más lejana un pintor tan diestro como sabio: se decía que de tanto meditar sobre misterios universales había llegado a vislumbrar los secretos más ocultos de la vida; se decía de él que hablaba con los pájaros del bosque.

Aquel humilde maestro fue presentado al soberano que solícito le preguntó qué necesitaba para pintar un pájaro perfecto, de una belleza tal que pareciera vivo, un pájaro digno de adornar el palacio de un emperador. Respondió el sabio pintor que necesitaba un amplio taller, cinco sirvientes, un año y cien monedas de oro. ¡Que así sea! –ordenó el emperador.

Cuentan que pasado un año fue convocado el maestro y acudió, ocupado como estaba y para escándalo de la ociosa corte, con su manchada ropa de faena. El soberano preguntó: ¿ya está listo tu trabajo? No señor mío –respondió el maestro– ahora necesito un taller más amplio aun, diez sirvientes, cinco años y doscientas monedas de oro. ¡Que así sea! –asintió el emperador.

Cuentan que cinco inviernos después era nuevamente convocado el maestro ante el soberano. Veamos –le dijo– muéstrame por fin tu trabajo. Aún no está listo, mi señor –respondió el maestro– aun necesito diez sirvientes más, otros cinco años y quinientas monedas de oro. Sin dar crédito a lo que oía, el emperador consultó a ministros y consejeros que le alertaron contra semejante absurdo. Pero la añoranza por la primavera pudo más en él y decidió nuevamente que así fuera.

Transcurridos por fin otros cinco largos inviernos el emperador, compulsado por la espera y la curiosidad y resuelto a no esperar un día más, decidió visitar él mismo el taller de aquel pintor que le parecía ya demasiado demandante. Cuando entró con su séquito le halló envuelto en una luz misteriosa, en silencio, en medio del despejado salón. El maestro reverenció con respeto: todo está listo, mi señor –dijo, y acto seguido develó ante el incrédulo un lienzo en blanco. Al borde de la ofensa levantó éste la mirada sin comprender nada. Sólo entonces el maestro mezcló en unos minutos los colores exactos, y cuenta la leyenda que ante el asombro del emperador y el estupor de la corte pintó, en sublimes y serenos trazos, el ruiseñor más hermoso del mundo.

 

IMG_3813 (2)Por Jeovany Jimenez Vega.

 

Precisamente por los días en que el Gobierno cubano “liberó” la venta de autos domésticos, a tarifas de millonarios, para el pueblo trabajador, mi niño se extasiaba ante una vitrina con estos carritos de juguete que nuestros gobernantes venden en CUC al equivalente del salario promedio mensual íntegro de cualquier cubano de a pie. No pude evitar la obvia analogía. Unos días antes leía yo en el diario Granma la noticia y por un segundo me alegré, pero leí al instante algo así como que “…los precios se ajustarán a lo pactado entre particulares…” y ya eso me olió a mondongo podrido. Era demasiado bueno para ser verdad. De este modo el Estado cubano cuadriplicó, de un plumazo, el precio a toda la destartaleta de uso que nos vende. Ya no le bastaban los 5000 o 6000 CUC (entre 5500 y 6600 USD) que como promedio nos cobraba por autos desechados por el turismo, con un mundo de millas recorridas y con el término de garantía del fabricante invariablemente vencido.

 

Durante todos los años que estuvo en vigor la célebre “carta de autorización” del Ministerio de Transporte para la compra de esos vehículos, ésta le era asignada básicamente a artistas, deportistas y trabajadores del sector de la Salud Pública cooperantes en el extranjero y con todo, sólo a algunos casos particularmente seleccionados. Pues bien, el hecho es que aquel médico o deportista, abrumado por otras necesidades más urgentes –de vivienda, por ejemplo– la mayoría de las veces decidía vender su carta de autorización al mejor postor y así fue cómo con el tiempo pasó aquella de 5000 CUC, a costar entre 10000 y 12000 CUC, con lo cual el monto total a desembolsar por cualquier trastajo de segunda mano ascendió, por razones obvias, a 15000 o 17000, y hasta 25000 CUC, en dependencia de la marca y modelo –esto por autos de bajo costo, usados, los mismos que en otro país usted compraría nuevos y con su debida garantía, posibilidad de venta a crédito y otras facilidades de pago, incluido un adecuado servicio de postventa y nunca pasarían de 2000 a 3000, o a lo sumo $5000 USD.

 

Aquí tenemos al Estado cubano que jugando una vez más su rol de malandro de esquina y que apuesta sin tapujos por el asalto a mano armada, con esta nueva ofensa a un pueblo que ya no espera otra cosa de él más que golpes bajos. Ni siquiera fueron capaces de respetar las miles de cartas de autorización que ahora quedan incumplidas; ni siquiera pudieron aumentarle un prudente por ciento a carromatos que ya estaban más que pagados, pues habían sido alquilados durante años. Era demasiada la tentación, demasiada plata corriendo ante la pupila del rufián, todo demasiado “jamón” como para quedarse tranquilo; se lamió los labios y se afiló las uñas hasta que no soportó más y al fin se lanzó al atraco: después de todo –razonamiento básico del bandido que extorsiona– si se lo pagan entre ellos ¡mejor que me lo paguen a mí, que para algo aquí soy el que más mea!

 

Pero en esencia aquí no hay nada nuevo, nada a lo que ya no se nos tenga acostumbrados: ¿qué esperar de un estado que monopoliza todo y hace décadas –nada que ver con la crisis global iniciada en 2008– nos vende toda la mierda que compra al 500 o 1000% de su costo final? ¿O acaso no fue el Estado cubano quien emitió y mantiene vigente la Resolución que multiplica automáticamente por 2.50 el precio de toda mercancía a su salida de puerto, rumbo a los almacenes, para que una vez allí las cadenas de empresas y unidades de comercio minorista continúen la masacre multiplicándolo cuantas veces le salga de los testículos? ¿Quién fue, sino el Estado cubano, quien aumentó masivamente el 30% del precio a casi toda mercancía en las TRD –para colmo de pésima calidad– a finales de 2004? ¿O no es el Estado cubano el que ahora nos alquila un cilindro de 10 Kg. de gas licuado por $500.00 pesos, un precio superior al salario promedio mensual? ¿Quién nos vende un pliego de papel higiénico a casi $40.00 pesos? ¿Quién de nosotros nunca compró zapatos podridos a cambio del salario íntegro de varios meses? ¿Quién es, sino nuestro estado, quien fija el precio de cualquier juguete minúsculo –a nuestros niños que nacen para ser felices– entre $300 y $500 pesos, o de unos jeans ordinarios en casi $700 pesos? ¿Quién decidió que debemos trabajar todo un año para pasar tres días en un hotel de mediana categoría? Así que ahora ¿a quién sorprenderían vendiendo chivichanas viejas en semejantes precios?

 

Ahora quieren desplazar hacia nosotros la responsabilidad de pagar el precio de sus malas políticas, y aseguran con un cinismo tremendo que los dividendos de esta estafa se dedicarán a mejorar el transporte público. Pero al implementar estas medidas no hacen más que desacreditarse y mientras tanto nosotros, cubanos al fin, que hasta de nuestra desgracia nos reímos, optamos por tirarlo todo a jodedera –cierto es que no parece otra cosa que un chiste de mal gusto– y apostamos a la chanza criolla para disimular la rabia. Pero quien esto escribe prefirió tomarse la cosa en serio por más que le tienten la ironía y la burla –que bien cómoda se les da– y por más que no merezcan otra cosa los mequetrefes de cuello blanco que, a todos los niveles de este país, toman decisiones como esta con el consentimiento pleno de las máximas instancias políticas y de gobierno. Ellos, los mismos que decidieron que mis niños –no los de ellos– no tomen leche pues ya pasaron los siete años; los que nos “pagan”, en lugar de un salario, una porquería que se nos evapora en pocos días. Son los mismos que se ocupan a tiempo completo –y he aquí por qué no la chanza– de impedir por todos los medios la prosperidad de mi pueblo. Esta es la esencia y el meollo del asunto: le temen a un pueblo próspero porque sería menos manipulable y servil. Saben bien que la prosperidad enciende una luz demasiado peligrosa en la mirada del hombre, que lo torna irreverente y resuelto, y que este hombre, más temprano que tarde, terminaría por aclamar espacios y libertades inconcebibles para la psicología del césar.

 

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Primer acto: La barricada.

Huelo jodedera desde que doblo por la esquina y veo el depósito de basura que bloquea la calle. Hay un par de patrullas apostadas, amenazantes, media cuadra más allá. Sigo caminando como si conmigo no fuera pero el agente de la Seguridad del Estado se me interpone –vestido de civil y sin identificación, según la norma– y me hace percatarme de que es también conmigo la cosa. Buenas tardes ¿a dónde se dirige? –me interpela. A casa de un amigo –le respondo por permitirme un pequeño divertimento. Pero… ¿a casa de quién? –pregunta un segundo agente que se acerca con seño inquisitivo, también de civil por supuesto. Para abreviar le miro a los ojos: sí, es a casa de Rodiles. Deme su carnet de identidad –me exige ya en tono de ordenanza. La radio transmite mis datos y enseguida regresa el agente, esta vez con la inequívoca orden: ¡no puedes pasar! Sí, necesito pasar –le replico. No, no puedes –contraataca. Entonces mire a ver qué hace porque necesito pasar –digo sentencioso. Ante la “insolencia” se me hace la requisa de rigor buscado un celular, que no traigo ¡Cachéenlo y condúzcanlo! –ordena al fin. Son las 4:20 pm.

Segundo acto: El retenido.

Intento decir a los agentes de la PNR que sobran las esposas, pero me las ajustan hasta el hueso y en unos minutos estoy en la Unidad Territorial de Investigación Criminal y Operaciones (DIVICO 3) situada en Calle 62 e/ 7ma A y 9na, Playa. Soy recibido por el costado del parqueo, me retiran las esposas pero sus huellas –las de la piel, quiero decir– quedarán dibujadas durante horas. El oficial de la CI responsable de la receptación me pregunta mi nombre y a qué grupo pertenezco, me identifico y respondo que a ninguno. De nada vale que les diga que soy médico, que sólo pasaría por casa de Rodiles 20 minutos pues al día siguiente estoy de guardia 24 horas en el hospital y que hoy no debo llegar tarde a mi casa. Instantes después regresa otro agente de la CI y pregunta: ¿tú has tenido algún problema con tu trabajo… o algo así?
Sí, ese mismo soy –casi le interrumpo para ahorrarle cavilaciones. Él, ya ubicadas mis coordenadas, se retira y es cuando el presunto jefe distiende un poco el tono de la voz. Les digo que con todo esto cometen un grave error que no conduce a nada y que no tienen ningún derecho a hacerlo, que prueben otros métodos. A ver dime –replica el oficial– ¿cómo lo solucionarías tú? y le respondo que no soy yo quien tiene que solucionar este problema. Usan la siguiente hora para persuadirme de que regrese a mi casa, pero insisto en que antes debo pasar por casa de Rodiles. Puedes pasar otro día, pero hoy no podrá ser –me dicen en tono conclusivo– de todos modos si lo vuelves a intentar te detendrán otra vez. Estaremos en esto todo el día, así que evitémonos el trabajo –les digo antes de que se aparten a deliberar. En un impasse logro hablar unos minutos con Gorki Águila, bastante adolorido después de su “tierno” arresto. Regresan los agentes convencidos de que el dominó se trancó, me retienen mi cámara fotográfica y me envían a un calabozo.

Tercer acto: Convicto.

Es la celda una habitación casi hermética de unos 50 metros cuadrados por unos 6 metros de alto, que además de la puerta tiene una única ventana también enrejada de uno por medio metro de alto, elevada a unos cinco metros del suelo. Tres bancos de granito, son el único elemento ajeno a unas paredes pintadas con varias capas de cal viva que intentan sepultar los grafitis malditos, las consignas y maldiciones nuevas que son memorias de historias viejas. Dentro esperan detenidos 13 hombres que hoy corrieron suertes similares a la mía; me cuentan que antes que ellos pasaron otros y que estiman hayan totalizado –sólo en esta unidad– medio centenar, incluidas varias mujeres.

Cuarto acto: La espera.

Llega la hora del tedio y el calor me obliga a quitarme el pullover. Pasan las horas entre diálogos ocasionales y fugaces exabruptos de algunos que gritan a todo pulmón contra la madre de los tomates. Al final de la tarde traen a Gorki, que sigue adolorido, no deja de quejarse del dolor de cabeza y después de un rato logramos que lo mediquen en un policlínico cercano, regresa aliviado. Sobre las 8:00 pm el hambre alborota el panal y los que así lo desean son sacados a comer pero digo que no; supongo que el cautiverio me quita el apetito. Es precisamente la hora que escoge el oficial que me recibió en la tarde –Mandy, dice llamarse– para distender el ambiente jugando al policía bueno. Entra en la celda y en tono que bajo otras circunstancias pudiera llamarse conciliatorio, jaranea y hasta filosofamos un poco; aprovecho para reiterarle, por tercera vez, que necesito llamar a mi casa y por tercera vez pierdo mi tiempo. Cobro conciencia de que en este preciso instante estoy no sólo arbitrariamente detenido, sino que soy lo que daría en llamarse técnicamente un desaparecido, pues mi familia hace varias horas espera por mí sin conocer mi paradero. Durante un largo rato ha quedado abierta la reja de la celda y diera la impresión de que pudiéramos salir de nuestro encierro a tomarnos un cafecito en la esquina –si fuéramos tan comemierdas como para creernos el cuento. En la medida que han pasado las horas han ido sacando poco a poco a casi todos y a las 10:00 pm ya quedamos cinco detenidos. Sobre las 10:30 pm llaman a Edilio, abogado de la Asociación Jurídica de Cuba, junto a otro detenido y sólo quedamos Gorki, Aldo (administra la página castorjabao) y yo. Sobre las 11:00 pm asoman las tres colchonetas y es entonces cuando me resigno a la idea de que voy a dormir en cana.

Quinto acto: “Liberado”

En la mañana por fin se abre la reja y gritan mi nombre. Me despido de Gorki y Aldo, que allí permanecerían 12 horas más. A la salida una oficial de la PNR me muestra un documento que en el lugar donde debería yo firmar ya alguien, que tal vez me conozca bien, había escrito antes “no firmó”, y me lo ahorró porque precisamente eso pensaba hacer. Este papel decía algo sobre contrarrevolución y les digo que la contrarrevolución deberían buscarla entre los ladrones que están defalcando este país. Me devuelven la cámara fotográfica no sin antes tener la precaución de descargar completamente la batería. Después la terminal del Lido me lleva hasta Artemisa, estoy hecho un asco, apenas me baño, almuerzo algo y regreso a La Habana a mi guardia médica porque después de todo ni mis compañeros de equipo ni mis pacientes tuvieron la culpa de la velada.

Último acto: La píldora del día siguiente.

La guardia estuvo letal, llego a mi casa en la tarde, abro el Granma y así me entero que en la ceremonia mundial de despedida a Nelson Mandela, mi Presidente Raúl Castro pronunció conmovedoras palabras que abogaban por que nuestros pueblos de América Latina seamos “… respetuosos de la diversidad, con la convicción de que el diálogo y la cooperación son el camino para la solución de las diferencias y la convivencia civilizada de quienes piensan distinto…”, palabras de las cuales no me di por enterado hasta el día siguiente por razones obvias. Mientras el Presidente de este país, que hoy preside el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pronunciaba su discurso, este cubano permaneció detenido durante 16 horas por intentar asistir a Estado de Sats, con lo cual se violó su derecho a la libertad de movimiento, a la libertad de reunión y a la libertad de pensamiento –pues es a eso, a pensar, a lo único que se va a ese sitio. Entonces la pregunta obligada sería ¿a qué le teme mi gobierno? ¿No será acaso porque no piensa terminar con estas agresiones a nuestras libertades que el Gobierno cubano se resiste a ratificar los pactos sobre las Derechos Civiles y Políticos y sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales que firmara a principios de 2008? –es presisamente por esto que logro subir esta denuncia sólo más de siete semanas después. Ante tales evidencia sobran los comentarios.

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En tierra de nadie.

48Por: Jeovany Jimenez Vega.

A dos conclusiones básicas me ha conducido la vida. La primera sentencia: que la solución a los gravísimos problemas del mundo no será el capitalismo, pues aunque dispara la creatividad y el espíritu emprendedor, es también un sistema excluyente y exacerba los instintos más primitivos del hombre. Para que unas pocas decenas de países detenten un status económico holgado deben existir, según este esquema, más de 150 en un estado de pobreza más o menos dramática –dinámica vigente tras varios siglos y que persiste con relación a la estratificación social dentro de cada país– y dada su naturaleza especulativa, se ha demostrado incapaz de evadir las periódicas crisis que le caracterizan. Este esquema no ha logrado librar al mundo de las hambrunas y su variante neoliberal sólo terminó por acumular el poder político y económico en un bloque selecto de naciones que convirtieron a las instituciones mundiales en un casino que articula las estrategias de dominación contra los países más pobres. El capitalismo se me antoja en etapa intermedia o escalón de paso, necesario tal vez, pero nunca meta final de la especie humana.

Una segunda sentencia: la solución tampoco es el socialismo de cuartel, secuela del modelo soviético, cuya variante stalinista produjo nefastas consecuencias sobre la individualidad del hombre. Después de 50 años de aplicación este esquema destruyó la economía de mi país, sometió a mi pueblo a una constante e injustificada carestía a la vez que, frontalmente opuesto al espíritu emprendedor del hombre y a su libertad de expresión, generó un nauseabundo clima de inmoralidad. Si la Revolución cubana triunfó para acabar precisamente con los privilegios de clase, sin embargo, medio siglo después persisten aún castas que viven por encima de la Ley y que disfrutan de prerrogativas negadas al común del pueblo; aún hoy persisten en Cuba clases sociales bien estratificadas –exclusividad que algunos ideólogos adjudican al capitalismo pluripartidista– porque si alguien percibe 100 veces más ingresos que un médico y lo mira por encima del hombro es porque siente que pertenece a un estrato social diferente.

Así de momento sólo irían quedando a considerar hasta cierto punto las sociedades regidas por la socialdemocracia, pero a pesar de que llegan a ostentar envidiables niveles de vida y de seguridad social, tampoco éstas quedan exentas de la corrupción política, ni escapan a las consecuencias de crisis capitalistas como la actual, que dejó al mundo en bancarrota cuando reventó la burbuja.

Cuando me aventuro a estas neófitas meditaciones –muy personales, por cierto– piso terreno minado y corro el riesgo de quedar varado en tierra de nadie, pero aseverar otra cosa sería deshonesto de mi parte o sería especular sobre asuntos que nos quedan demasiado lejos en el tiempo. El nombre no definiría la esencia, pero llámese comunismo, Proyecto Venus o el Reino de Dios sobre la tierra, me refiero a esa sociedad futura en la que todos desearíamos vivir –lo cual nos convertiría a todos potencialmente en comunistas, venusianos o cristianos– donde un hombre emancipado del egoísmo por fin pensaría en el prójimo como en sí mismo; un mundo sin carestías ni guerras, generador de una avanzadísima tecnología que estaría exclusivamente en función del progreso humano; un futuro donde los estados quedarían suplantados por una supraestructura que armonizaría los pulsos de una sociedad global única en medio de una paz universal. Pero para eso antes el hombre debe renacer. Ese hipotético mundo –que sí sería la solución definitiva– aún no se vislumbra, está situado más allá del horizonte y de cualquier modo queda por ver si sería posible durante los próximos 500, 1000 o 2000 años, y esto sólo si escapamos de la aniquilación a que nos amenazan la codicia y la estupidez humanas.

Nunca el hombre conoció mejor su mundo, nunca lanzó una mirada más recóndita al universo o más profundo en la intimidad de una célula, y sin embargo nunca tuvo más pobreza espiritual ni se conoció menos a sí mismo; nunca estuvo más indefenso ante sus propios demonios. De ahí concluyo que el próximo salto debe ser cualitativo: será una profunda transformación ética la que estará llamada a salvar al hombre. De momento estas son sólo quimeras para un ser que aún arrastra demasiadas miserias. Pero algo ya sucederá que nos devuelva la humildad y nos recuerde que sólo somos efímero polvo de estrellas dejado por un azar de Dios navegando en el espacio. Aunque si después de todo el fin del mundo no llegó, tal vez esto quiera decir que las olvidadas estirpes, condenadas a 100 siglos de soledad sí tendremos, por esta vez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

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