“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.


A la luz de acontecimientos recientes cobró nueva vigencia la polémica sobre si se justifica o no que las autoridades estadounidenses prohíban la presentación en sus escenarios de artistas cubanos que en algún momento hicieran guiños públicos al régimen de La Habana. ¿Es éticamente correcto, o al menos productivo para el pueblo cubano? ¿Afecta esto en algún modo a la dictadura?

Como antecedente, en octubre de 2017 el entonces Alcalde de Miami le había retirado al dúo Gente de Zona las llaves de la ciudad, una vez trascendiera que había compartido tribuna con Raúl Guillermo, nieto de Raúl Castro. El pasado noviembre supimos sobre la cancelación de las actuaciones de Haila, cantante que ha confesado ser una fervorosa admiradora de Fidel Castro, en Las Vegas y Miami, donde fue declarada persona non grata por el alcalde de esta urbe, santuario de nuestro exilio. Y como para cerrar 2019 sobre esa cuerda, por Otaola supimos de la cancelación de visado que le había aguado la navidad en Miami a Rafael Serrano, repugnante locutor del Noticiero Nacional de Cubavisión, percibido por millones de cubanos como odioso vocero del régimen cuando hace, gozoso, de heraldo de malas nuevas.

Las brazas de la polémica se atizaron aún más desde la exclusión del dúo de “La gozadera” del Concierto de fin de año en Bayfront Park. Unos días después el embajador cubano en Washington, vía Twitter, acusó a las autoridades de Miami de perpetrar con eso lo que llamó “terrorismo cultural”, lo cual -teniendo en cuenta que estos funcionarios tiene potestad ni gónadas para apartarse una coma del discurso oficial- se podría asumir como una acusación formal del Gobierno cubano.

Al parecer estamos ante un cambio más sistemático de postura de muchas autoridades norteamericanas con relación a ese timo presentado con eufemismo como “intercambio cultural”, una actitud ahora frontalmente opuesta a la política que bajo Obama autorizaba viajes de estadounidenses a la isla bajo categorías hoy vetadas de forma tajante por Trump.

Llegados a este punto ya podemos plantearnos la pregunta: ¿quién en realidad perpetra en Cuba el verdadero terrorismo cultural de Estado? Para dar con la clave en este asunto debemos retroceder hasta el principio, y entonces nos toparemos con respuestas obvias. Preguntémonos ¿quién desmanteló, desde el triunfo del 59, toda la prensa libre cubana, la coaguló en unos mamotretos propagandísticos y la censuró hasta hoy con puño de hierro? ¿Quién, en medio de aquellas “Palabras a los intelectuales” en la Biblioteca Nacional, zanjó la cuestión con la intimidatoria “…fuera de la Revolución nada…”, tras lo cual un iluminado, profético, sólo alcanzó a añadir un lapidario “…sólo sé que tengo miedo“?

¿Quién fomentó la aprensiva atmósfera que condujo al lamentabilísimo quinquenio gris -para muchos decenio- durante el cual se parametró y fustigó toda propuesta artística sospechosa de herejía, cacería de brujas en todo rigor que condujo al período cultural más mediocre de nuestra Historia? ¿Quién lapidó en público a Heberto Padilla y lanzó al basurero los talentos de Lezama, Virgilio y Reynaldo Arenas, entre muchos otros irreverentes? ¿Quién plagó en los 60 la campiña cubana profunda de granjas de trabajo forzado, émulas del más consumado estalinismo, donde se ultrajó la dignidad de mucha intelectualidad “sospechosa”?

¿Quién se ensañó desde la década de los 80 contra cientos de artistas plásticos, prohibió, censuró o clausuró cientos de exposiciones y vetó sus obras? ¿Por qué aún se le prohíbe a artistas de la talla de Arturo Sandoval o Willy Chirino, entre otras decenas de primeras figuras de nuestra música, así como a otros tantos actores y actrices, pintores, escultores y escritores actuar, presentarse, exponer o publicar dentro de su propio país? ¿Quién mantiene una larga lista negra de proscritos en cada emisora de radio y canal televisivo? ¿Quién continúa prohibiendo en Cuba la publicación de autores como Cabrera Infante, aquel mismo Arenas o Zoé Valdés, entre otros muchos excomulgados? ¿Quién acaba de castigar al popular actor Andy Vázquez por publicar una insulsa sátira (con cascabeles incluidos) contra el desastre generado por las brutales carestías durante la reinauguración del mercado habanero de Cuatro Caminos?

¿Quién recién impuso a puro timbal el Decreto-Ley 349, leonino engendro que constriñe seriamente la creación artística, así como el Decreto-Ley 373, o Ley de Cine, concebida para escamotear a ese gremio su derecho a producir, promover y comerciar el producto de su trabajo, fijar términos de contratos, fuentes de financiación y líneas temáticas, en fin, concebida como la mano negra que continuará condicionando, ya sabemos bajo qué parámetros, la producción de cine independiente en Cuba?

En fin, ¿quiénes han sido los responsables directos de perpetuar tan irreparable perjuicio a prácticamente todas las manifestaciones del arte cubano, subordinándolo todo a políticas sectarias, y han producido de este modo un daño tan profundo y sistémico a nuestra identidad cultural nacional? Sin ningún margen para la duda, el mismo dedo acusador que señaló ayer a Fidel Castro como responsable absoluto, hoy señalará a Raúl Castro, secundado a pies juntillas por el continuismo de Díaz-Canel, aunque hasta el momento sólo haya fungido como administrador de turno en la finca del tardocastrismo más ortodoxo.

Aunque para consumar su crimen la de los Castro, como toda regia dictadura, siempre ha necesitado aliados que apuntalen su discurso. Y no es que no pueda ejercer un poder de facto, como en efecto hace, sólo que siempre será más cómodo mientras algunas divas mediáticas se ofrezcan a una puesta en escena donde suspiren agradecidas a esta revolución más grande que nosotros mismos.

Muy larga es la lista de testaferros del castrismo, y no todos se especializan en trasladar millones hacia cuentas secretas y camuflar traquimañas, también tenemos a los testaferros culturales, no menos necesarios para el régimen. Estas figuras artísticas, de notoriedad variable, han aplaudido durante mucho tiempo, con inextinto entusiasmo, la praxis de los dictadores. Si bien la identidad de aquellos se mantiene en riguroso secreto por motivos obvios, sin embargo dado el carácter mediático de los segundos jamás dejan escapar ocasión para dejar pública constancia de su vocación de meretrices. Célebres los casos del patio como Wilfredo Lam, Nicolás Guillén, Fernádez Retamar, Alicia Alonso, Silvio Rodríguez, o extranjeros como Frey Betto, Oswaldo Guayasamín y García Márquez, pero aunque es mucho más larga esta lista de lo más notable, no quiere esto decir que la dictadura prescinda de la adulación de otros peones.

No, no todo se limita a las grandes ligas; también podríamos citar una larguísima lista de figurines de segunda. En esta fauna de montón situaríamos a especímenes como el pintor Cacho, cantantes como Amaury Pérez, Israel Rojas o Raúl Torres, el escritor y exministro Abel Prieto, divas de carroza al estilo de Iroel Sánchez, entre otra larga lista de despreciables que con mayor o menor indignidad fijaron su zona de confort en la alcantarilla del oportunismo.

También encontramos especímenes de cloaca tan nauseabundos como el locutor Edmundo García, una rata que ¡desde el confort de Miami! se desgasnata en loas al castrismo y cita el “bloqueo yanqui” como la causa esencial de nuestra desgracia. O casos pintorescos como Amaury Pérez, que con ¿ingenuidad o cinismo? asegura no ver contradicciones entre viajar a Miami y apoyar a la “revolución”. Amaury, el de la parabólica, que ahora defiende su derecho a visitar a su familia en Miami y se lamenta de que “algunos” se opongan todavía al “diálogo” entre ambas orillas. ¡Ah!, pero Amaury no dice que precisamente ese es un derecho que el mismo castrismo que él tan vehementemente defiende ha cohartado a millones de cubanos, de Cuba y de Miami, durante tantísimo tiempo. Por desgracia Fidel Castro nunca tuvo el don de la tolerancia, ni ese idílico concepto del cantante sobre la disidencia de ideas entre los buenos amigos.

Por todo esto el castrismo, zorruno, no ha escatimado oportunidad ni esfuerzo en cultivar su extensa red privada de serviles que pretenden avalar desde una falsa retórica a los verdugos, presentándoles como sublimes patriotas, y para colmo del cinismo, por demás, comprometidos con nuestro legado cultural. Y como al ladrón nada le cuesta, pueden los déspotas invitar a la opulencia de su mesa a lacayos que venden el alma por un plato de lentejas; a cambio les exige alguna payasada por la cual -¿acaso no lo saben?- mañana serán juzgados.

En todo esto debió pensar Israel Rojas cuando atacaba con desprecio, en pleno concierto y micrófono en mano, a “…esas condenadas Damas de Blanco“. También Silvio Rodríguez, cada vez que ha reiterado su fascinación por Fidel Castro, el culpable de todo, así como los autores de toda la panfletaria al estilo de “100 horas con Fidel”, “Absuelto por la Historia”, o “Todo el tiempo de los cedros”, que de un modo u otro apologiza a la bestia anti-Midas que todo cuanto tocó dejó transformado en mierda.

Cuesta muchísimo creer que personas con una inteligencia sobre la media, dotados de incuestionables talentos, no alcancen una lucidez mínima que les capacite para calibrar con objetividad la penuria del pueblo cubano. En su panegírico hablan como si de otro país se tratara, como si alucinaran sobre alguna realidad paralela, onírica, pero nunca sobre la Cuba real que en la calle padece. Por eso el derecho a la opinión propia es tan cuestionable en su caso, porque tales desvaríos evidencian tal desconexión con la realidad que sólo podría ser comprendida en alguien con un déficit intelectual severo, o presuponiendo una cobardía personal olímpica y un abyecto oportunismo.

Pero ser una celebridad tiene su precio. Aún siendo usted una figura pública, si lo prefiere está en todo su derecho de no meterse en política, pero en ese caso igual debería abstenerse de ostentar amistades tan despreciables como Mariela Castro, y cuidarse de no tomarse fotos en una suculenta cena junto a ella, sobre todo en este momento de masiva calamidad, o de no cantar en clubes y fiestas privadas del clan Castro y tener el sentido común de no saludar con tanto fervor desde el escenario a la cara visible de esta dictadura que tanto nos avasalla. Por eso también Haila debió meditar mejor antes de confesar abiertamente su ferviente admiración por el dictador mayor, y también Alexander, de Gente de Zona, cuando en un lapsus, supongo -¿o acaso un ictus?- negó saber quién es Willy Chirino y aseguró no conocer sobre la existencia de ningún artista cubano en el exilio.

En la circunstancia cubana actual semejantes actos dejan de ser privados y cobran la connotación pública de una confesa postura política, porque el daño que continúan provocando los patriarcas del castrismo a nuestra nación es tan incuestionable y brutal que semejantes gestos son percibidos por el cubano de a pie como la genuflexión del lamebotas, y como tal juzgados.

Y cuando hablo de consecuencias, en este caso implicó perder el mercado más jugoso para un músico cubano, con más de dos millones de emigrados y descendientes consumidores de cubatón y suscedáneos, entiéndase Miami y todo el circuito que le cuelga en infraestructura y emisoras, que pueden cerrarse a giras y contratos. Sin duda un duro golpe para cualquier músico cubano, por más que Haila aparente en la red que le resbala y niegue su interés fingiendo un desenfado, que nadie se traga, cuando asegura que para ella “…Miami es sólo una parte del mundo“. Precisamente por eso desde ahora la diva podrá presentarse, con fervor revolucionario, en cada acto convocado por el Partido Comunista de Cuba, donde le pagarán en constantes, sonantes y devaluados CUP, y así ya, plena de fidelista orgullo, no dependerá de los sucios dólares imperiales para su próximo retoque estético. El patetismo de Haila sólo da risa, y contrasta con la actitud más humilde mostrada por Gente de Zona en sus últimas declaraciones.

No es discutible el derecho de las autoridades de EE.UU. a decidir cómo emplea los recursos en sus convites públicos y a quién contrata. Al menos cuentan con el atenuante de que su dilema se plantea entre invitar o no a artistas extranjeros puntualmente a sus escenarios. Sin embargo, la dictadura cubana tiene el inexcusable agravante -y esto no en términos puntuales, sino históricos- de que por 60 años ha impuesto una sistemática censura a miles de artistas cubanos, prohibiéndoles ofrecer su arte en su propio país y ante su propio pueblo, al que ha privado de su genuino derecho a disfrutar de una estética que le pertenece auténticamente, por derecho natural, y esto sí es una verdadera cruzada contra nuestro legado espiritual y un escandaloso delito de lessa cultura.

Es la envergadura de este crimen lo que justifica plenamente a las autoridades de Miami o de cualquier otra ciudad de EE.UU. cuando proscriben a alguna figura pública que de cualquier modo secunde al castrismo en su intento de legitimarse, y así será mientras en lugar de un intercambio cultural real, cuyo sentido etimológico y ético sólo cobra sentido cuando se produce con igualdad en ambas direcciones, pretenda la desfachatada dictadura imponer un flujo unidireccional de artistas y proselitismo light hacia el norte, pero recibiendo hacia el sur sólo frescos dólares de vuelta.

Aunque toda figura artística debería, por deber ético, no mantenerse al margen del dolor de su pueblo, la práctica demuestra que talento y ética no siempre marchan de la mano. Pésele a quien le pese, todo artista que en la Cuba de hoy, mediante su potencial mediático haga gestos de aprobación y simpatía al castrismo estará obrando, lo quiera o no, como un testaferro cultural de la dictadura.

No es cierto que la cultura pueda ser separada de la política. Si así fuera ¿por qué el régimen cubano se ha mantenido tan hermético y refractario a un verdadero intercambio cultural, incluso cuando sólo se trasiegue con “cultura pura”, sin una pizca de política? Muy simple: porque tal cosa no existe. Porque el arte, cuando es genuino, tarde o temprano terminará por imponer su tremendo potencial proselitista para cambiar conciencias y elegirá, inexorablemente, de qué lado se atrinchera para defender sus verdades. Si la cultura pudiera ser separada de la política de un modo tan ingenuo Celia Cruz, Gloria Estefan, Albita, Arturo, Pitbull y Willy Chirino ya habrían puesto a temblar la Piragua. Habría que preguntarle a los patriarcas de la Plaza por qué esto nunca sucedió.

De indudable utilidad será sin duda esta valiosa lección para el pueblo cubano, que al final comprenderá que todo cuanto privó en algún momento al castrismo de fuentes directas o indirectas de financiación y propaganda, por más oculta o subliminar que esta fuera, acercó un día o un minuto más la hora de su libertad.

Deben comprender los bufones del poder que no estarán para siempre en la cresta de la ola, que la fama pasa, pero la vergüenza es para siempre, que una vez llegado su momento a la verdad, cuando la Historia emita su propio veredicto, el mundo advertirá que en aquellos retratos de Guayasamín siempre faltaba el carmín encendido que debió cubrir las garras ensangrentadas del tirano.

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