“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

El columnista peruano Alfredo Bullard quedó convencido, tras una experiencia de viaje a Cuba, de que la solución del problema cubano pasa irrestrictamente por la liberación del Gobierno de Donald Trump al comercio y los viajes de estadounidenses a la isla.

Creo que opinar sin conocimiento profundo de causa no es una licencia permitida al alto periodismo. No al menos para quien escribe desde la columna de un diario nacional para millones de lectores; ese es un lujo reservado para sitios modestos como Ciudadano Cero, pero incompatible con la exigencia de diarios que se respeten. En estos casos sólo la investigación y un concienzudo estudio previo anticipan el éxito, y más aún cuando se aborda una dictadura que ha hecho largamente gala de un archidemostrado talento para engañifas y simulaciones.

El error primigenio de Bullard fue suponer que la libertad, concepto huidizo y abstracto, puede bombardearse así de fácil –físicamente, pudiera entenderse– con lo cual todo sería tan simple como arrojar volantes sobre el malecón habanero. Pero no se razona así cuando se trata de sociedades herméticas como la cubana o la norcoreana. En estos casos todo análisis debe tener en cuenta, primero que todo, décadas de un adoctrinamiento indiscriminado causante de insondables daños morales, y de masas –que no de ciudadanos– indolentes y acríticas, castradas en su civismo, males todos que terminan siendo prácticamente irremediables en el transcurso de una generación, y cuya consecuencia última es esta pesadísima carga de abulia social provocada por demasiadas décadas de abusos impunes de poder.

Afirmar que es en los negocios privados –como hostales, restaurantes o cafeterías, por ejemplo– donde mayor confrontación de ideas disidentes se puede encontrar en la Cuba de hoy implica un desconocimiento total sobre nuestra realidad. Decir algo así denota un analfabetismo casi absoluto en el tema cubano, porque desconoce la temeraria militancia activa mantenida durante muchísimos años, lustros o décadas por la auténtica oposición política cubana, que ha bregado contra viento y marea de frente a uno de los aparatos de inteligencia y represión mejor estructurados del mundo moderno.

De hecho, es precisamente en esos negocios donde menos esperaría yo encontrar discusiones abiertas, en desenfadada voz alta, contra el gobierno castrocomunista. Es un axioma escrito en piedra a la entrada de cada uno de estos lugares: que su supervivencia misma está condicionada a una domesticidad absoluta de los dueños hacia la autoridad, algo que sabe muy bien hasta el último empleado y una exigencia sino quo non, so pena de clausura inmediata, lo cual ha constituido siempre un efectivísimo mecanismo de coacción social.

Reto a cualquiera que busque en Internet tan solo una página contestataria mantenida por alguno de estos emprendedores y pondría mi mano derecha bajo la guillotina con toda la tranquilidad del mundo. Hecho esto levantaré mi mano intacta como evidencia de que un florecimiento del sector privado, pero en ausencia de reformas políticas, no conduciría necesariamente a un mayor despliegue de actitudes disidentes. No al menos bajo las actuales reglas de juego.

Parece desconocer Bullard que absolutamente toda la riqueza derivada del comercio y los viajes que propone liberar desde EE.UU, vendría a parar directamente a manos de la cúpula castrista y jamás a las de mi pueblo.

Siempre será un diametral error buscar las causas de nuestra desgracia fuera de Cuba. No se trata de Donald Trump, ni de la persistencia del embargo estadounidense, ni de la escasez de turistas norteamericanos, no. Las causas esenciales de nuestros males hay que buscarlas en la obcecación de los cuatro viejos chochos que desde la Plaza de la Revolución mantienen anquilosado a todo un país con sus encartonados caprichos y miserables intereses personales.

Se equivoca nuestro columnista si cree que el contacto con turistas de paso basta para encender y mantener vivo ese “entusiasmo” por el emprendimiento privado. Desconoce diametralmente nuestra realidad quien así piense. De hecho ese espíritu jamás se apagó del todo entre nosotros. Ahí están esos miles de talleres y negocios clandestinos nutridos del mercado negro, de espaldas al absolutismo estatal, que lo mismo embazan una cerveza en un patio trasero que reparan un Sputnik y te lo ponen en órbita. ¿Un ejemplo antológico? ¡nuestros célebres almendrones! –sexagenarios testigos de un ingenio criollo que no se cruza de brazos ni siquiera ante las situaciones más bravas. Es este espíritu lo que intimida al poder y precisamente por eso nos ata las manos.

¿Pero cree el señor Bullard que basta con el entusiasmo para que un emprendedor mantenga abierto un negocio en Cuba sin la existencia del más básico mercado mayorista, en medio de la más profunda carestía de nuestra Historia, y contra un ejército de inspectores en asedio constante, armado con un cuerpo de absurdas leyes que sólo persiguen obstaculizar su éxito? Cada espacio de este tipo que se mantiene en Cuba lo hace a puro coraje, y no gracias al Gobierno de Castro sino a pesar del él, que nunca será lo mismo.

Según análisis como el de Alfredo, no aprovechar los “espacios de apertura” que el gobierno cubano “permite” para introducir libertad es una estrategia estúpida propia de políticos. Pero igual, no percatarse de que esos pretendidos “espacios” no son más que pura estafa, oropel para engañar al mundo –pues nada auténtico, cierto o sincero se encuentra en ellos– puede tomarse como una inconcebible manifestación de miopía, comprensible en ingenuos principiantes, pero nunca en profesionales consumados de la prensa plana.

¿O acaso ignora Alfredo que de cada 100 negocios privados que se licitan en Cuba no menos de 80 ya han cerrado en pocos meses? ¿Malos administradores los cubanos? No. Sólo que existe una estrategia confesa de la dictadura para evitar a toda costa “la acumulación de la riqueza” en nuestras manos –entiéndase la prosperidad de mi pueblo. Ahí queda la arremetida recién lanzada por Raúl Castro a principios del pasado agosto contra el sector privado –con la cancelación definitiva de licitaciones en decenas de actividades previamente permitidas– como clara advertencia.

¿Dónde se dictan, sino en La Habana, las leyes que coartan el desempeño de la empresa privada cubana, boicotean la gestión del productor agropecuario, y le prohíben la venta libre de sus productos, gracias a lo cual la mitad de nuestras cosechas todavía se nos pudren? ¿De qué le sirve al productor ganadero todo su “entusiasmo” si la ley vigente tajantemente coarta su desarrollo? ¿De qué espacios de apertura se habla cuando están vigentes decenas de herramientas penales expresamente diseñadas para evitar el éxito de las iniciativas no estatales, herramientas usadas una y otra vez para incautar las propiedades de los “descarriados”?

¿Quién dicta las leyes que maniatan nuestros más seculares derechos civiles y políticos? ¿Acaso Washington? No. Todas esas aberraciones han sido dispuestas en La Habana. ¿De qué ha servido hasta ahora el entusiasmo y el deseo del exilio cubano por invertir en su propio país, cuando la mala voluntad de la dictadura, irreductible, se lo ha prohibido por décadas? De nada ha servido.

No ha sido Trump, como ninguno de sus antecesores, quienes han privado a la nación cubana de esa fortuna acumulada, sino la mala fe de los hermanos Castro.

Opinar a la ligera sobre la Cuba de hoy siempre conllevará implícito un elevado riesgo de error porque con esta sociedad aplastada bajo una dictadura totalitaria las cosas nunca son lo que parecen. Olvida Alfredo desde su punto de vista un detalle esencial: se olvida de la dictadura misma.

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Comentarios en: "La libertad de Cuba… a vuelo de pájaro" (1)

  1. No hay mucho que agregar a su lúcido y apasionado articulo , nosotros ¡si! sabemos cómo esta dictadura ha corcomido todo el tejido social de la Nacion y al cubano mismo.
    A estas alturas ya el producto está terminado y no van a aceptar ninguna “medicina” que pueda variar el fruto de su macabro experimento.

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