“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.


El Presidente Trump acaba de anunciar desde Miami las pautas que desde ahora seguirá su gobierno con relación a la dictadura de Raúl Castro. Durante una contenida espera que tuvo en vilo al stablishment cubano por más de medio año, fue estudiada la política a seguir, y después de muchas deliberaciones terminó imponiéndose en Washington la línea dura propugnada por los congresistas de la Florida.

Trump, un icónico hombre de negocios, espera así que la contraparte en la isla acepte “un mejor trato”, y mientras tanto La Habana ya se parapeta detrás de su viejo discurso ultranacionalista de siempre, plagado de argumentos antiestadounidenses y lleno de alusiones al mesianismo castrista predestinado, según ellos mismos, a salvar la patria de todos los peligros.

Claras evidencias surgen si analizamos el contexto cubano durante los dos años y medio transcurridos desde el deshielo diplomático iniciado por la administración Obama en diciembre de 2014. Así vemos que en la Cuba de 2017 todavía persiste el estatismo absoluto. La voluntad política de la gerontocracia castrista continúa aferrada inexorablemente al pasado, haciendo gala de una encomiable resistencia a los cambios ante su terror a potenciales pérdidas de control. Las “reformas” raulistas no han conducido a nada. La pretendida “apertura” anunciada por el dictador a bombo y platillo no ha pasado de ser pura publicidad, efecto vitrina barato, y no ha hecho más que evidenciar la completa incapacidad del régimen cubano para ofrecer creíbles alternativas de desarrollo.

En Cuba todavía es notable la ausencia de inversión extranjera, imprescindible eslabón en la cadena de eventos llamados a desarrollar el país a mediano y largo plazo –unos 2500 millones de dólares anuales necesitaría Cuba, según criterio especializado– que continúan sin concretarse debido a la desconfianza que provoca la reputación de consumada estafadora de la tecnocracia habanera y la incertidumbre generada por una Ley de Inversión Extranjera que no ofrece garantías mínimas; la Zona Franca de Mariel sólo almacena telarañas, y mientras esto sucede el régimen cubano mantiene cerrada a cal y canto las puertas a los propios emigrados cubanos.

El indiscutible impacto generado en la sociedad cubana por la histórica visita de Obama disparó en La Habana la alerta que condujo a este frenazo final. A pesar del entusiasmo inicial suscitado fuera de Cuba por el deshielo diplomático, la fauna en la Plaza de la Revolución terminó bailando el danzón de su línea más recalcitrante. Esta saga de estancamientos y retrocesos ha tenido lamentables resultados, y hoy se advierte una explicable caída del interés turístico en general a pesar del aumento bruto de visitantes, mientras los turoperadores y las grandes líneas aéreas se repliegan, reconocen su error de cálculo y ven desinfladas sus expectativas –tendencias que a partir del anuncio de Trump no harán más que agravarse– a la vez que un sostenido y confeso decrecimiento económico ensombrece el futuro inmediato de la nación cubana.

Donald Trump debió tener en cuenta esas “nimiedades” de la dictadura que desmienten a quienes aseguraban que una apertura incondicional debería haberse revertido en mayores dosis de libertad política e independencia económica para el pueblo cubano. Los hechos, más bien, han demostrado exactamente lo contrario: el sector cuentapropista se mantiene maniatado por una desatinada lista de actividades permitidas, todas de perfil medieval, sin garantías legales ni personalidad jurídica reconocidas, sin un mercado mayorista ni autorización para importar insumos, bajo el asedio constante del Estado y la amenaza siempre presente de incautaciones por la inevitable transgresión de una legalidad diseñada al detalle para evitar su éxito y florecimiento.

Pero además, mientras esto sucede se deteriora a saltos la situación de los derechos humanos. En Cuba no deja de recrudecerse la represión política. Durante el último año nuestra sociedad civil ha sido víctima de una sistemática oleada represiva de inusitada intensidad, que puede considerarse ya como la más inmisericorde desde la Primavera Negra de 2003, su única comparación posible.

Durante el deshielo diplomático con Estados Unidos se ha asistido a un aumento galopante en la virulencia y vulgaridad de los métodos represivos de la dictadura castrista: se perpetran todavía cientos de detenciones arbitrarias y encarcelamientos cada mes, sin cargos y por breves períodos, a disidentes y opositores pacíficos; allanamientos y robos en sus viviendas y en las sedes de organizaciones independientes por hordas delincuenciales organizadas por el régimen; confiscación de bienes personales sin acta oficial mediante, además de los ya rutinarios actos de repudio y golpizas impunes, organizado todo por la policía política y el Partido Comunista con la complicidad de un sistema judicial subordinado al régimen represor.

Sin duda el Presidente Trump está advertido de que la dictadura cubana ha seguido hasta ahora un patrón inalterable: el grado de sosiego económico de este régimen despótico siempre ha sido inversamente proporcional a las libertades y al bienestar del pueblo cubano. En este sentido los hechos han sido elocuentísimos, y bastaría para confirmarlo recordar un prístino ejemplo: si Fidel Castro abrió la vía del trabajo por cuenta propia a mediados de los 90 fue sólo porque el desastre soviético le trituró los testículos. Pero advirtamos cómo pocos años más tarde los petrodólares de Hugo Chávez lo hicieron retornar a su viejo hábito de cercenar derechos y trocar cuanto tocaba en mierda, momento en que fueron dictadas muchas contramedidas dirigidas a revertirlo todo y limitar en cuanto fuera posible el acceso al cuentapropismo, y así todos recordamos cómo durante la siguiente década prácticamente se dejaron de expedir nuevas licencias.

La evidencia es innegable: cada vez que la economía de la dictadura cubana se ha oxigenado, también ha recrudecido todos sus mecanismos de represión política, robustecido los métodos de coerción social y se ha enfatizado hasta el delirio su vocación de control y desmedida centralización sobre todos los actores económicos.

A la luz de estas verdades se hacía predecible el diametral giro dado ahora por la administración Trump. Desde hoy Estados Unidos mantendrá relaciones diplomáticas con La Habana, pero conservará intacto el embargo económico, así como se mantendrá la derogación de la política pies secos/mojados, se limitarán las categorías de visitas permitidas a estadounidense, a la vez que se preconizarán los mecanismos de intercambio y el comercio únicamente con el incipiente sector emprendedor de la empresa privada, la pequeña empresa familiar, mientras se deja bien establecida la prohibición de comercio con cualquier empresa relacionada al ejército cubano, algo a ser intentado en medio de una economía interna controlada en su casi totalidad por la élite militar de la isla.

GAESA representa hoy el más arquetípico ejemplo del monopolismo de estado ejercido a través del ejército en Cuba sobre su maltrecha infraestructura económica. Dirigido por el yerno de Raúl Castro, el General Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, este conglomerado maneja dos terceras partes de la economía cubana mediante el control directo de las corporaciones más rentables y lucrativas del país, mientras el Coronel Alejandro Castro Espín, hijo del tirano y principal candidato sucesorio al trono, se mantiene al mando de toda la contrainteligencia del país. Entonces quedaría por ver si en semejante contexto será posible evadir en la práctica este férreo control gubernamental para llegar al pueblo sin interferencia de esta hidra de mil cabezas.

Pero lo cierto es que ya se rompió el corojo. Si bien es una verdad incontestable que la libertad de Cuba será únicamente el resultado de la lucha de su pueblo y nunca una emanación secundaria de dictámenes extranjeros, también es cierto que la nueva política anunciada por Trump tendrá inevitables y profundas consecuencias. Desde ahora se afianzará aún más el escepticismo de los potenciales inversores, los antiguos acreedores retomarán su antigua reticencia, y como ya el mundo tomó nota de la cínica retórica de Raúl Castro se le cerrarán a la dictadura cubana muchísimas puertas.

Si a esto se le suma la incertidumbre generada por la debacle del régimen homólogo de Nicolás Maduro, ya se puede prever el tambaleante escenario en que se producirá la inminente sucesión política de 2018, todo lo cual hace prever que a partir de este momento se producirá un retroceso cada vez más dramático en la economía de la isla, cuya principal responsabilidad recaerá directamente sobre el execrable absolutismo castrista.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: