“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Por Jeovany Jimenez Vega

Hace algunos días, durante un conversatorio en Chile, cierto militante de izquierda interrumpió a Rosa María Payá con una gritería ofensiva haciendo loas por la pureza de la “revolución” cubana. Este incidente me ha hecho reflexionar sobre las causas del ancestral desenfoque mantenido aun al respecto por muchísima de la autoproclamada izquierda latinoamericana.

Hablo de una especie en extinción; suelen ser trasnochados en un cuento de hadas haciendo gala de un insulso y desfasado romanticismo fundamentado en la tesis de que aún se mantiene inmaculada la Revolución del 59. Debido a su antológico anacronismo, ningún argumento logra convencerles de que defienden una causa perdida, y cuando intentas ilustrarles con ejemplos concretos la incompasiva represión sufrida en la isla suelen llamarte embustero, estallar en gritos y apartarse con su típica arrogancia.

Para entender una postura tan obtusa debemos develar sus causas. Después de todo no es fortuito que la dictadura castrista se haya mantenido en firme casi 60 años a pesar de tanta repulsa y de la notoria hostilidad de una decena de gobiernos de Estados Unidos.

Esta capacidad de sobrevida evidencia la magnitud de su férreo control sobre la sociedad cubana, pero además su clara singularidad comparada con otros casos continentales. Aunque evidentemente hay algo que aquí parece escapar a la comprensión de esta pseudoizquierda latinoamericana: la diferencia cardinal que existe entre delinquir con los derechos de un pueblo, incluso al completo margen de la institucionalidad –como lo hicieron el resto de las dictaduras americanas del Siglo XX incluida la chilena– y aniquilar por completo un Estado de Derecho.

Del primer caso serían dos excelentes ejemplos en la Historia de Cuba el machadato y la dictadura instaurada más tarde por Fulgencio Batista, golpe de Estado mediante. Pero dictaduras de este tipo sólo ascienden al segundo escalón evolutivo cuando logran pulverizar todo atisbo de institucionalidad, suplantar el concepto de Estado por un absolutismo condensado en la suprema figura del autócrata y cagarse literalmente en la división efectiva de poderes, algo sólo consumado con total éxito por Fidel Castro durante la década de los 60, y luego largamente intentado bajo su asesoría directa –más no logrado gracias a la resistencia del pueblo de Bolívar– por el chavomadurismo venezolano.

Existen signos distintivos entre una dictadura simple y un Estado totalitario, pues por más que ambos se parezcan no son exactamente lo mismo. Si bien todo Estado totalitario comienza siendo una dictadura, no toda dictadura evoluciona, cuaja y madura plenamente en su estrategia de adoctrinamiento social y en el refinamiento y alcance de sus métodos de terror, sin embargo, como para llegar a constituirse en un Estado totalitario auténtico como ha sucedido en Cuba.

En el primer caso se conservan, aun rudimentariamente, instituciones que a pesar de sufrir bajo la presión del Estado represivo, logran cumplir a contrapelo con mayor o menor éxito su rol, mantener cierto grado de trascendencia social y conservar una relativa autonomía con relación al poder centralizado que se les opone. Pero esto es precisamente lo que ya ha logrado suprimir por completo un Estado totalitario, donde los autócratas lograron coaptar todas las instituciones del país, aniquilar completamente la división de poderes, y logrado secuestrar de modo más absoluto los derechos civiles y políticos.

Ejemplos de estos sistemas, igual de despóticos pero mucho más inamovibles y herméticos, son los que tristemente soportan hoy los pueblos de Cuba y Corea del Norte. En ellos resulta extremadamente complejo hallar fisuras de poder a través de los cuales el pueblo logre ejercer algún derecho auténtico.

Si bien el Chile de Pinochet fue una virulenta dictadura, la Cuba de los Castro evolucionó hace décadas, en cambio, a un brutal y bien afianzado Estado policial totalitario, mal muchísimo más difícil de desarraigar porque ha llevado a un nivel estratégico muy avanzado el adoctrinamiento generacional, la sistematicidad de su paranoica censura y desarrollado hasta la exquisitez, pero también con sutileza, sus tenebrosos métodos represivos.

Ya en este estado superior del absolutismo no suelen ser necesarios los tanques en las calles porque el terror, ahora incorporado al ADN social, garantiza el silencio de la gente, la autocensura de la prensa, la servidumbre de jueces, tribunales y “sindicatos”, la complicidad de la Iglesia, y hasta el mutis encubridor en más de un foro internacional.

El régimen de La Habana, pródigo en todos estos menesteres, se ha empleado a fondo para, además, crear, extender y mantener a punto uno de los más vastos y eficientes aparatos de inteligencia del mundo. No olvidemos la observación de James Clapper, Director Nacional de Inteligencia bajo la Administración Obama, quien asegura que Estados Unidos hoy considera a Cuba como una de sus mayores amenazas de inteligencia, sólo superable por Rusia y China, y en similar medida que Irán. Aquí tenemos a la superpotencia planetaria situando a esta islita prácticamente al mismo nivel de tres potencias nucleares en cuanto a poder de penetración. ¡Asombroso! Este es un detalle imposible de desestimar.

Pero si a esto le añadimos el gigantesco engranaje diplomático fomentado por la dictadura, dedicado incansablemente por más de medio siglo al lobby proselitista, a comprar conciencias, sobornar funcionarios de todo tipo y chantajear gobiernos con el dinero de Liborio, entonces ya estaremos más en condiciones de comprender cómo puede existir aun alguien tan idiotizado como para ladrar esa pendejada de que Cuba es un paraíso de libertades.

Ante semejante enajenación uno con estupor se pregunta si realmente hablará en serio. ¿O sea que sólo porque en Chile hubo una dictadura estamos obligados a soportar otra peor en Cuba indefinidamente? Sólo porque en Chile Pinochet desapareció y asesinó opositores ¿tendremos que tolerar eternamente en Cuba mítines de repudio, palizas impunes, allanamientos y detenciones arbitrarias? ¿Acaso no sabe que si nuestros niños no se desnutren es sólo gracias al inconmensurable desvelo de sus padres, y no por el litro de leche subsidiado por Raúl Castro hasta sus siete años? ¿En serio creerá posible este tarúpido que no haya hambre en Cuba cuando nuestros jubilados apenas sobreviven con ocho dólares mensuales?

Sin embargo esos obnubilados prefieren no asomarse a la prensa independiente “pagada por el imperio”, porque allí sólo se leen “mentiras” donde una policía política vestida cobardemente de civil golpea a diestra y siniestra a opositores pacíficos en nombre del pueblo, les roba con toda impunidad su dinero, pertenencias y medios de trabajo, amenaza y detiene arbitrariamente a disidentes indefensos, allana vilmente sus viviendas y les confisca ilegalmente sus bienes personales. Por supuesto también descartan a priori la posibilidad de que el santificado por ellos régimen de los Castro fuera capaz de asesinar al padre de esa misma Rosa María que ahora soportó en educado silencio su estúpida diatriba. Para estos espantajos morales esas no son más que mercenarias mentiras.

Pero lo cierto es que en Cuba pasó el tiempo y pasaron muchas águilas por el mar. Los antiguos linderos de las UMAP fueron removidos de raíz para eliminar evidencias, tal como los años han borrado de los muros las manchas de sangre de los fusilamientos, y ahora la puesta en escena se ha propuesto mantener el barrio marginal donde pulula nuestra pobreza meticulosamente apartado de la vista de esos izquierdosos de telenovela.

Pero al menos aprovechemos esta trascendente lección y jamás subestimemos la archidemostrada capacidad del castrismo para urdir artimañas y mentiras, pues si algo han demostrado consumadamente estos dictadores, si algún mérito indiscutible tuvieron siempre fue su refinada habilidad para engañar al mundo, empresa en la cual –injusto sería no reconocerlo– han sido extraordinariamente exitosos.

Ya han timado a tres Papas, a un Presidente estadounidense, y acaban de consumar grandes timos a la Unión Europea, al Club de París, a más de un gobierno latinoamericano y a muchísimos antiguos acreedores más –descontando los 35000 millones condonados sólo por Rusia, viejo aliado estratégico de La Habana. En fin, que fueron extremadamente buenos en el arte de la estafa, embaucaron a media humanidad, y al final el capitalismo mundial terminó perdonándoles esa friolera de decenas de miles de millones.

Entonces ¿por qué debe sorprendernos que mantengan engañados a este hato de ingenuos y tontos? Por eso repito aquí mi posición de siempre e invito gentilmente a nuestro entusiasta gritón rioplatense a radicarse definitivamente en Cuba, pero esta vez bien alejado de sus rutas de turismo, en la Cuba real revuelta en su miseria –muchísimo mejor si es al oriente del país– y bajo su suela el lodo de las barriadas pobres.

Una vez allí, libreta de racionamiento en mano, disfrutará de las “bondades” del castrocomunismo más pintoresco, y con un salario de 20 dólares mensuales intentará alimentar, vestir y calzar a su familia. Si al cabo de un año nuestro ya desconcertado joven chileno ha desatado naturales desavenencias con la dictadura –pues para entonces ya debe estar llamándole por su nombre– entonces tal vez cándidamente decida proponer a los jerarcas de la Plaza la realización de un plebiscito popular como el permitido por el mismo Pinochet que al final murió de viejo sin ser juzgado en la tranquilidad de su hogar, tal y como, sin remordimientos, acaba de hacerlo nuestro propio dictador –mire usted qué coincidencia– en su opulento Punto Cero.

La interesantísima respuesta que recibiría entonces acabaría por convencerle definitivamente de que nada entre cielo y tierra, bajo un Estado totalitario, termina siendo en realidad lo que parece.

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