“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

De vez en cuando en Internet asistimos a duelos de opiniones antagónicas entre personas públicas. Tanto desde dentro como desde fuera de Cuba pueden desatarse ardientes polvaredas, y casi siempre las partes defienden sus puntos de vista de un modo tan apasionado y frontal como divergente, aun cuando curiosamente, discrepando en determinados puntos, pueda ser que ambos mantengan inalterable como trasfondo común un confeso desprecio hacia la dictadura castrista.

Hoy pretendo asomarme a un caso concreto: me refiero a la incendiarias palabras de Zoé Valdés tras las recientes declaraciones de Manolín, el Médico de la Salsa, con motivo de la cancelación de contrato a varios músicos residentes actualmente en Cuba y que ofrecerían conciertos en “The Place”, popular centro nocturno de Miami, así como a la réplica de mi colega músico varios días después, que trascendiera a través de su sitio en Facebook. Pero más allá del asunto puntual llama la atención el problema de fondo, que es la intolerancia entre los cubanos, y es ahí donde debemos fijar nuestro tema de reflexión.

En este caso, como en otros muchos, advertiremos que nunca se podrá desestimar la brutal dosis de frustración acumulada por generaciones enteras de cubanos durante más de medio siglo bajo el signo de la tiranía. Es precisamente la ira que genera ese despotismo, ese absoluto irrespeto del gerontopolio de la Plaza de la Revolución hacia nuestros derechos, esa singular hipocresía de los que arriba y abajo dicen defender a la dictadura cuando todos sabemos que sólo median mezquinos intereses, lo que probablemente desata la agresividad asumida por Zoé frente a las palabras de Manolín.

Pero en este caso, como casi siempre, no habría palabra malentendida sino hubiera sido mal interpretada. Porque una lectura atenta al texto de Manolín en ningún momento denota otra cosa que denuncias contra la soberbia de Fidel Castro, y por lo tanto, en mi modesta opinión, no se justifica un ataque tan cáustico de la escritora. Creo que la dama le subió demasiado el tono a su discurso y cayó en ofensas impropias de plumas de su estirpe; en su lugar, y aunque fuera sólo por oficio, debió vestirse más de gala en esta salida si ya había decidido lanzar la guerra. No dudo de su vocación patriótica, ni de la autenticidad de su indignación contra todo ese dolor que menciona en forma de nombres y vidas perdidas por la libertad de Cuba, pero olvidó aquí que la verdad llega más lejos cuando se le dice bellamente.

Poco después el músico ripostaba con argumentos concatenados en una lógica muy simple, a lo que añadió su pisca de sarcasmo –una fórmula de probadísima eficacia– con todo lo cual dejó muy mal parada a la escritora. Todo porque Zoé no respetó una de las máximas más elementales y antiguas de la guerra: siempre lanzarás la batalla en el terreno donde te sea más propicia la victoria y con aquellas armas que utilices con mayor maestría; lo olvidó hasta el punto de que fue por lana y salió trasquilada.

Pero volviendo sobre las palabras de Manolín caemos en el meollo del asunto: no defiende él a aquellos que admiran a Fidel Castro, sino el derecho que les asiste en lo personal a hacerlo si así lo deciden. Es cierto, aquellos nunca han respetado nuestro disentir, pero no se les puede pedir otra cosa precisamente porque es ese el signo cardinal de una dictadura, y si entendí bien, cuando aquí aborrece Manolín lo hace en referencia a la intolerancia como mal esencial, ya venga del castrocomunismo o ya venga del exilio anticastrista.

Porque cuando las fuerzas democráticas opuestas a la dictadura hacen loas por la tolerancia como un bien universal, como piedra angular indispensable en los cimientos de la patria plural que soñamos ¿acaso no propone con ello un código moral llamado a traducirse constantemente en hechos concretos? Entonces ¿por qué no asumir ese razonamiento con relación a la tolerancia como principio rector que nos guíe a ser consecuentes en todos nuestros actos? ¿No estamos obligados desde ahora a la observancia estricta de esa regla de oro si queremos construir una nación que destierre todo acto de exclusión arbitraria, de soberbia gubernamental y de atropello al derecho público? ¿O acaso no sería igual una incongruencia acusar de intolerante al dictador a la vez que devolvemos nosotros la misma moneda en idénticos términos, sólo que en sentido contrario?

¿Será que tanta ignominia nos incapacitó para ejercer una virtud tan necesaria? ¿Por qué no cerrar de una vez las puertas al odio y al revanchismo? De no encontrar el valor y la sabiduría para hacerlo estaríamos automáticamente asumiendo los mismos códigos de facto que hoy abominamos en la dictadura cubana. Si no purgamos desde ahora este mal –que ha demostrado ser antológico y fatal en nuestras latitudes– ya nacería la futura república con el germen de la descomposición en sus entrañas. ¡Tanto remar y padecer –diría entonces Liborio– para carenar en la misma orilla!

Encontrar la fuerza para actuar en el momento glorioso de la libertad con magnanimidad demandará de toda la bondad, sabiduría, prudencia y capacidad de moderación del pueblo cubano. No debemos olvidar jamás que en ese momento sublime la Historia también nos estará juzgando.

No parece otro el mensaje que pone Manolín en otras palabras, y en este punto lleva mucha razón. Pudiera ser que todo no sea más que un procedimiento legal violentado por el gerente del lugar, es cierto, pero se no ser así y tratarse de una encerrona como represalia contra la actuación de músicos cubanos residentes en la isla, ¿cuál sería la diferencia entre quienes así se proyectan y los represores que ayer en La Habana de Fidel Castro censuraron “5 PM” o “Fuera de juego”, entre otras miles de creaciones artísticas, aquellos que decretaron el ostracismo de Arenas, de Virgilio o de Lezama, los que encarcelaron a artistas en las UMAP o clausuraron El Patio de María, los que prohibieron cientos de exposiciones de pintores incómodos, esos que ayer vetaron “Un día de noviembre” o “Alicia…” y que siguen siendo los mismos que recién intentaron sepultar en vida a Cremata? ¿Cuál sería la diferencia entre estos represores de Miami y los parametradores de la libertad de pensamiento en La Habana? En esencia, y en honor a la verdad, absolutamente ninguna.

En lo personal nunca he comprendido –y creo que ya nunca lo haré– a aquellos que defienden a cualquiera de los Castro a capa y espada desde la comodidad del exilio –o desde la emigración, como prefiera llamársele a ese sitio de ubicuidad cosmopolita, pero situado siempre bien lejos del “paraíso” que defienden y de la “justicia” celestial de sus dictadores de ensueño.

Puede tratarse de cierto actor, desde Miami, diciendo que quiso a Fidel Castro como a un padre, o de dos mujeres con CI fronterizo que con patética vulgaridad vociferan una sarta de estupideces contra los cubanos de Miami –no desde un CDR de la Habana Vieja sino desde la Riviera francesa– pero absolutamente en todos los casos resalta un elemento en común: la insalvable incongruencia entre su pretendida admiración por la figura de los dictadores y su miedo inconfeso a vivir en la Cuba de las estrecheces a que el despotismo de sus héroes ha condenado a millones de compatriotas nuestros.

Pero a pesar de todo siempre será sumamente saludable cimentar sobre la tolerancia nuestras libertades futuras, y entrenarnos desde ya en su ejercicio por más irracional o repugnante que parezca el criterio que se nos oponga.

Con el tirano mayor durmiendo el sueño eterno sólo el tiempo se ocupará de develar todas las verdades. Para entonces, cuando la libertad haga caer las máscaras, esos que hoy todavía lo defienden a la sombra del gran engaño, también abrirán sus ojos y comprenderán todo de golpe. Pero hasta entonces demostremos que no somos iguales al tirano y seamos consecuentes al respecto.

Y ante aquellos que todavía pululan a la sombra de mentiras y simulaciones, cincelemos hoy en nuestro cuerpo moral, como cincelaremos en letras de bronce las leyes del mañana, aquella máxima lapidaria y eterna: aunque aborrezco lo que dices, sin pensarlo moriría por defender tu pleno derecho a decirlo.

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