“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Imagen tomada del diario El Universo.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado viernes murió a sus 90 años el dictador Fidel Castro. Era de esperarse la trascendencia de la noticia pues, ya se le aborde desde el más romántico e idealizado amor, o desde el odio más cáustico y mordaz algo sí es inocultable: dejó de existir el hombre cuya impronta selló la Historia de Cuba durante las últimas seis décadas y que fuera, sin duda, una de las figuras más polémicas del siglo XX mundial.

Poco queda por decir que no esté dicho ya sobre el tirano, por eso en esta hora no merita la pena plantearse abarcadores recuentos de su vida, sino que parece un ejercicio más prudente hacerse una pregunta elemental que pretenda resumir la impronta de este hombre sobre la sociedad cubana. Bastaría preguntarse ¿qué dejó detrás, cuando partiera, Fidel Castro? ¿Qué heredó mi pueblo de su más de medio siglo de legado? La respuesta no siempre será simple, porque casi nada lo es en el caso cubano, donde la misma realidad suele estar matizada casi siempre por variadas luces y sombras.

Desde el punto de vista social Fidel Castro deja un país con un prácticamente inexistente índice de analfabetismo, con un sistema de enseñanza pública accesible a todos, que llega a cada rincón del territorio nacional. Parece idílico, y ahí estarían los reiterados avales de la UNICEF para probarlo, pero no olvidemos algo esencial, pues aquí no todo es color rosa: también se trata de un sistema de enseñanza único y centralizado, impuesto obligatoriamente a todos, que no deja alternativa posible a los padres para elegir cuál tipo de enseñanza recibirán sus hijos pues no existe ninguna posibilidad de elección alternativa, donde cada día los hijos de todos juran como lema “¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!”, donde son instruidos por maestros con una enorme frustración personal, pues ganan un salario miserable a cambio del descomunal esfuerzo de ejercer el magisterio en medio de las más disímiles carencias o en escuelas semiderruidas, y donde además todos nuestros niños y adolescentes reciben un forzoso adoctrinamiento político, responsable en buena medida de esa lamentable pérdida de cultura cívica que inmoviliza hoy a la sociedad cubana.

¿Y qué decir de la Salud Pública? Este país que se ufana de sus logros biotecnológicos, de la vacunación infantil universal, de sus bien equipadas y mejor abastecidas clínicas para extranjeros –comparables sólo con las de uso exclusivo de la élite gobernante– es el mismo de los consultorios médicos vacíos en el barrio y el desabastecimiento perpetuo de medicamentos en las farmacias del pueblo, el de los excelentes médicos que también perciben salarios miserables y trabajan en medio de carencias inimaginables, y bajo pésimas condiciones en hospitales estructuralmente en ruinas, muchas veces meritorios de una demolición.

El gobierno de Fidel Castro, que siempre enarboló como carta de triunfo las flamantes Misiones Médicas oficiales en más de 60 países “en pos de los pobres del mundo”, es el mismo que todavía hoy, bajo la bota de Raúl Castro, le roba miserablemente a todos esos cooperantes el 70% de su salario en el extranjero y se embolsilla de este modo entre 8000 y 10000 millones de dólares cada año derivados del trabajo de sus esclavos, mientras haciendo gala de su característico cinismo, no se sonroja al hacer tribuna contra la explotación capitalista mundial.

La profundísima crisis actual del deporte cubano es tan evidente que no merece comentarios. La huida de más de 200 peloteros de primera categoría hacia el “norte brutal” durante los últimos años en busca de mejores oportunidades es un puñetazo en el rostro del occiso, que también usó el deporte como un arma propagandística más, pero hoy las humillantes actuaciones y mediocres resultados internacionales de muchas disciplinas parecen advertir que apenas podríamos caer más bajo.

Y en el terreno económico ¿qué deja detrás el “invicto” comandante? En un punto cuya realidad es tan elocuente y brutal cualquier comentario lloverá sobre mojado. La profunda ruina económica generada por la interminable estela de políticas erráticas de Fidel Castro sigue teniendo causas endógenas, y continúa siendo tan absurda y sistémica que ya se ha tornado insoluble, al menos bajo las actuales reglas de juego impuestas en virtud de subordinarlo todo a la enfermiza vocación de control de la autocracia militar.

Durante toda la caótica era de los Castro jamás Cuba ha conocido un período de real autonomía económica o de creíble crecimiento, a pesar de haber contado durante sus tres primeras décadas con el más generoso subsidio del mundo llegado desde la extinta Unión Soviética. Primero de esta, y más tarde de la teta de Hugo Chávez, siempre colgó la boca babeante del niño bobo que jamás aprendió a sostenerse solo. Es una innegable realidad: jamás el gobierno del comandante, como ahora el sucesorio de Raúl Castro, lograron superar sus ingentes hábitos parasitarios, y siempre han dependido para subsistir de una matriz externa que los sostenga. En resumen: parte el dictador dejando atrás un país desolado, en perpetuos números rojos y sin un plan de desarrollo creíble en el horizonte.

¿Y para qué hablar de la situación política que ha dejado a su paso el Castrocaudillismo? Preguntémonos ¿optó el comandante por la persuasión, por el argumento convincente, para gobernar? ¿Ejerció su poder en medio de la natural, sana y necesaria confrontación libre de criterios, contra un Parlamento discrepante donde la oposición fue algo cotidiano, como en todas las sociedades libres? Definitivamente no. En su lugar, desde los primeros momentos penalizó la discrepancia de ideas y sepultó toda la prensa bajo un manto de hermética censura, e igualmente monopolizó la política editorial nacional y todos los medios masivos de comunicación, manteniéndolos estrangulados con un puño de hierro cuya presión nunca cedió. Bajo su dictadura total jamás meritó llamarse Parlamento ese circo de marionetas reunido un par de veces al año para consentir, siempre por unanimidad absoluta, las órdenes previamente aprobadas por el Comité Central de su Partido Comunista.

La dramática situación de los derechos humanos ha sido una constante durante todas las etapas del régimen castrista, que hace gala de una larguísima saga de sistemáticos abusos, una consecuencia lógica de la no separación de poderes. Los encomiables índices de represión política han sido el inmutable telón de fondo de la sociedad cubana durante más de cinco décadas, pero han cobrado ribetes de escándalo después de anunciado el descongelamiento con Estados Unidos. Nos deja el que parte, como testigos de su despotismo, y descontando los miles que les precedieron, alrededor de un centenar de prisioneros políticos en cárceles comunes.

También lega el comandante a nuestra Historia cuatro grandes oleadas migratorias para refrendar su escandaloso fracaso como gobernante: juventudes que huyeron despavoridas de su avasallamiento, elocuentísima expresión del descontento de un pueblo entero. Fueron éxodos bien definidos en el tiempo, pero siempre salpicados entre ellos por una interminable estela de balseros muertos en las aguas del estrecho, profundísima saga de dolor provocada al pueblo cubano también por el absolutismo de Fidel Castro.

Pero al menos intentemos dilucidar un ápice de esa genialidad que le adjudicaron testaferros y adulones; indaguemos tanto en las “soluciones” tácticas impuestas por el tirano como en sus consecuencias prácticas y definitivas a largo plazo. Por ejemplo, una vez triunfante la Revolución se encontró con el problema de la vivienda. ¿Impulsó el comandante un coherente programa nacional de construcción de nuevas viviendas para suplir aquella necesidad? No. Resultó más fácil arrebatarle a los auténticos dueños sus antiguas propiedades mediante una Ley de Reforma Urbana. Consecuencias: todavía hoy, medio siglo después, continúa siendo el de la vivienda uno de los más graves problemas del país y quizás el de más difícil solución.

En 1959 el recién triunfante comandante se encontró también con el problema del latifundismo. Pero una vez promulgada la Ley de Reforma Agraria ¿fomentó luego las condiciones necesarias para el florecimiento del sector campesino? ¿Estimuló enérgicamente el trabajo del productor agrario y ganadero a lo largo de todo el país? No. En su lugar impuso una tras otra las más absurdas regulaciones que constantemente coartaron la actividad del productor para impedir por todos los medios su éxito económico, diseñó múltiples mecanismos para obstaculizar sus ganancias y soltó a los perros de su Fiscalía General cada vez que algún descarriado acumulaba un monto de riquezas X como fruto legítimo de su trabajo. Consecuencias: todavía hoy se pudren las magras cosechas en el campo gracias a la archidemostrada irresponsabilidad de su Empresa Nacional de Acopio –única entidad autorizada y que pretende monopolizar infructuosamente todas las cosechas. Hasta hoy se mantiene improductivo un injustificable por ciento de tierras cultivables plagadas de marabú, mientras Cuba importa miles de millones de dólares en alimentos –incluida ¡sacrilegio! el azúcar– dejados de producir gracias a los caprichos y la testarudez de los gobernantes de siempre, y mientras tanto la canasta básica rompe semana tras semana nuevos records de carestía.

Desde inicios de 1959, en cuanto una parte del pueblo se sintió defraudado por las primeras medidas populistas, se inició un ininterrumpido éxodo general, y de profesionales en particular. ¿Qué hizo el recién estrenado Primer Ministro Fidel Castro para detenerlo o desestimularlo? ¿Mejoró las condiciones de trabajo, ofreció salarios más tentativos a aquellos profesionales? No. Entonces eligió, como siempre, la solución más simple: coartar durante décadas el derecho a viajar libremente de todos los cubanos y prohibió nuestra salida al extranjero salvo en caso de autorización oficial. Consecuencias: esta isla quedó convertida literalmente en una vasta prisión, y se trucó en el gulag privado de Fidel Castro por más de 50 años, durante los cuales el déspota nos privó del derecho universal a salir libremente y regresar a nuestro propio país, descarada usurpación usada indiscriminadamente, todavía hoy, como prebenda hacia sus dóciles testaferros, como simple material de chantaje y como poderosa herramienta de coacción y amenaza contra incómodos detractores dentro y fuera de Cuba.

Recordemos también un pasaje trascendental: una vez frente al desafío de una reelección democrática en 1960 ¿cumplió con su promesa lanzada desde la Sierra Maestra de convocar a elecciones pasados sus primeros 18 meses de gestión? ¡Jamás! En su lugar acuñó aquel célebre slogan “Elecciones ¿para qué?” cuyas lamentables secuelas todavía hoy se traducen en nuestra falta de libertades políticas. Consecuencias: desde entonces persiste en Cuba un irrespeto absoluto de la élite político militar hacia nuestro natural derecho al libre pensamiento y hacia muchos de los más trascendentes derechos humanos, ofensivo desprecio fomentado, sobre todo, gracias a la retorcida personalidad de Fidel Castro.

Más tarde, ante la persistencia de decenas de miles de negocios privados y microempresas familiares a lo largo de todo el país, ¿desarrolló el comandante un sistema nacional paralelo de servicios que compitiera en igualdad de condiciones con aquel extenso sistema privado? ¿Se cumplió finalmente su promesa de garantizar mejores servicios al pueblo? Absolutamente no. En su lugar lanzó como zarpazo la tristemente célebre Ofensiva Revolucionaria en marzo de 1968, que arrasó en pocos meses con el legado de millones de emprendedores que antes aquilataron su fortuna gracias al trabajo honrado de generaciones. Esta ola de insolente usurpación, seguida de una indolencia institucional generalizada, provocó un vertiginoso e irreversible deterioro en la gastronomía y todo tipo de servicios desde Cabo San Antonio hasta Punta Maisí. Consecuencias: todavía hoy este sector se cuenta entre las pruebas más elocuentes que demuestran cuánta ineficiencia y corrupción llegan a generar sistemas tan centralizados como el cubano.

O sea, que si aquel barbudo incorregible siempre optó por la solución más mediocre, facilista y simplona, por lo general coincidente con la que tuvo a la larga peores consecuencias; si dejó a su partida un país en la más absurda ruina económica, pisoteados los derechos humanos de mi pueblo en manos de una oligarquía soberbia con hábitos neoburgueses, y una sociedad perturbada, disfuncional, y convertida en un lodazal de ruinas morales, entonces ¿dónde queda su pretendida genialidad? ¿Qué fantasioso argumento podría sostener que fue virtuosa una vida tan aberrante y definitivamente dañina para mi pueblo?

Fuera de ser negro para el comercio en varios países, y salvando la primicia, por nada más sería memorable el pasado viernes 25 de noviembre. Nada trascendente sucederá en Cuba a partir de ese día, porque este es un desenlace para el cual la dictadura tuvo tiempo suficiente de prepararse. La plana militar en el poder mantendrá de momento todo bajo el acostumbrado control y el negocio seguirá fluyendo con la misma celeridad de siempre. Murió el tirano, pero detrás deja una dictadura incólume, con un organizado ejército de esbirros y represores bien entrenados en todo tipo de métodos de coacción, intimidación y chantaje, un insolente sicariato ávido de acción que mantiene el dedo en el gatillo dispuesto a todo, y que en su profunda enajenación, a no dudarlo, tranquilamente tiraría de éste en cuanto le llegara la orden.

Todavía la dictadura mantiene intacta su toda capacidad de represión; todavía se mantiene mi pueblo en un estado de total indefensión frente a los designios divinos del dictador de turno y arrastramos aún las execrables consecuencias de un adoctrinamiento social masivo, que demandará el paso de más de una generación para resarcir su huella de inmoralidades una vez llegada la libertad. Todavía carece la sociedad de mecanismos autónomos indispensables para encausar seriamente las auténticas aspiraciones del pueblo cubano.

Pero a pesar de todo han trascendido múltiples mensajes de condolencia de figuras políticas y religiosas, desde Vladimir Putin, pasando por Mijail Gorbachov, hasta Xi Jinping, desde el Ayatolá Seyed Ali Khamenei hasta Frei Betto y el Papa Francisco, desde Maradona hasta cada presidente de izquierda del continente americano y el Rey de España, y sin duda se contarán cientos de pésames más llegados desde las más disímiles latitudes, personalidades de muy variado abolengo que guardan todas algo en común: ninguna ha sufrido en carne propia las consecuencias del delirio estalinista del occiso comandante. Ninguno de estos conmovidos dolientes fue padre de un joven fusilado; ninguno fue humillado por creyente u homosexual y aprisionado en las UMAP –de hecho más de uno ni siquiera sabrá siquiera que existieron las UMAP. Ninguno está obligado a sostener a su familia con 20 dólares mensuales y ni siquiera sabe qué demonios será una libreta de abastecimiento.

Ninguno de esos muy perturbados amigos del dictador tenía su familia a bordo del remorcador “13 de Marzo”; ninguno fue sancionado a más de 20 años de prisión durante la Primavera Negra; ninguno ha visto a su madre, a su esposa ni a su hija arrastrada por hordas fascistoides durante una marcha de las Damas de Blanco; ninguno es un disidente asediado o apaleado impunemente por la policía política cubana; ninguno ha sido encarcelado durante semanas o meses sin siquiera conocer qué cargos se le imputan, y luego liberado sin juicio ni mayores explicaciones; ninguno ha sido expulsado de su trabajo por discrepancias políticas ni tiene un hijo expulsado de su carrera universitaria por el mismo motivo. Ninguno sufrió un allanamiento a su vivienda sin haber incurrido en delitos punibles; ninguno ha presenciado los degradantes mítines de repudio organizados por la policía política y el Partido Comunista de su Comandante en Jefe contra opositores pacíficos. En fin, ninguno de ellos se apellida Zapata, Payá, Boitel, Soto García, ni Pollán.

Pero sucedió al fin lo inevitable y vuelve al polvo lo que polvo fue. Ejerció Fidel Castro su poder absolutista mediante métodos brutales durante medio siglo. Su mérito, si lo tuvo, fue apostar siempre por lo más mezquino, despreciable y bajo de la naturaleza humana. Camuflado por su extraordinaria capacidad de simulación y guiado por un finísimo olfato para percibir en cada cual sus instintos más ruines, supo manipularlos en su provecho personal para satisfacer los impulsos patológicos de su personalidad profundamente narcisista, su insaciable egolatría, y la incontenible necesidad de reconocimiento de su desbordante megalomanía.

Parte hacia su juicio con Dios el déspota, pero aquí deja su dolorosísimo legado. Murió el monstruo, pero el daño quedó hecho a una Cuba que a pesar de todo encontrará algún día su auténtico camino hacia la libertad. Entonces intentaremos no odiar jamás, pero también estaremos obligados a no olvidar. Deja el dictador este mundo y lo hace, como suelen hacerlo los engendros de su estirpe, sin juicio sumario, sin actos de justicia terrenal. Pero no escapará nunca al juicio moral de un pueblo aquel tirano que no llega a esta hora inexorable absuelto, sino definitivamente condenado por la Historia.

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Ver: “Fidel Castro: la hora del condenado.”

Ver: “Epitafio personal a Fidel Castro”

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