“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

En septiembre de 1995 tuve el privilegio de visitar París como parte de una de las muchas delegaciones que durante varios años envió la Unión de Jóvenes Comunistas a la capital francesa en el marco del Programa de Intercambio Juvenil “Pasaporte Mundo”, concebido por el Ayuntamiento del Departamento parisino Saint-Denis, que entonces contaba con mayoría comunista, para fomentar el intercambio entre jóvenes de París con otros de Estados Unidos, Canadá y Cuba. Para eso cada año se conformaban tres grupos de 200 jóvenes de cada uno de estos países que visitaban la capital francesa, y a su vez tres grupos de igual número de jóvenes parisinos que devolvían la visita.

En el caso de nuestra delegación la gira duró una semana, durante la cual asistimos a la célebre feria anual de la influyente publicación francesa L´Humanité, visitamos el Museo del Louvre, navegamos el Sena, disfrutamos de la impresionante vista panorámica desde la Torre Eiffel, visitamos el Museo de Cera y La Géode, una sala de proyección en 3D que me dejó estupefacto. Recorrimos París de punta a punta una y otra vez en cuestión de minutos en un metro extremadamente eficiente –para luego enterarnos que en esos días estaba el servicio “deficiente” ¡porque había una huelga de operarios! Ya divididos en varios subgrupos, según nuestros perfiles, visitamos hospitales y laboratorios clínicos, mientras otros visitaban la terminal del TGV, en ese momento el tren más rápido del mundo, pero que aún hace posible que alguien pueda vivir en París y trabajar todos los días a 500 kilómetros de distancia.

En 1995 estaba yo prácticamente en mitad de mi vida, y recién graduado era entonces un joven y ferviente militante comunista empeñado en construir quimeras. Luego el tiempo se ocupó de ponerlo todo en su sitio y vivencias dolorosas terminaron por convertirme en este que ahora soy, pero en aquel momento nada lastraba aún mi fe en la “revolución” de Fidel Castro. París quedó como un recuerdo que en lo personal siempre agradeceré, porque es hermosa la Ciudad Luz, es cierto, pero en buena medida también porque a los 24 todavía vemos el mundo pletórico de gratificantes colores.

Por todo esto no pude dejar de evocar estos recuerdos ante la noticia que circuló recientemente sobre el acoso de que fueron víctimas los jóvenes que viajaron a Estados Unidos bajo las becas de la Organización World Learning a su regreso a Cuba. Durante el tiempo que duró esa experiencia debieron conocer a jóvenes estadounidenses e hicieron sobre todo trabajo comunitario al estilo de esa juventud que les acogió. En muchos aspectos este intercambio debió resultar igual de gratificante para estos jóvenes de hoy como para mí aquella memorable visita hace dos décadas, y tal vez la experiencia como tal lo fue, pero su regreso a la patria no pudo ser más contrastante. Resulta que en cuanto pisaron La Habana estos jóvenes fueron tratados como auténticos criminales, interrogados e intimidados por la policía política como si portaran órdenes para perpetrar actos terroristas, e incluso amenazados al estilo de la vieja escuela en lo que debió ser para muchos algo bien traumático.

Ante una actitud tan aberrante no puedo menos que preguntarme ¿qué pasa con estos tipos? ¿Acaso estos animales no conocen límites? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar en su enajenación? ¿Por qué enturbiar con semejante mezquindad algo que seguramente había sido tan gratificante? No pretendo caer en ingenuidades, ni en la candidez extrema de desconocer que durante las últimas cinco décadas Estados Unidos ha intentado por casi todos los medios a su alcance echar abajo el proyecto postrevolucionario cubano, negar esa evidencia histórica sería poco menos que ridículo, pero eso no justifica, a la luz de ningún análisis, esta cacería de brujas, y muchísimo menos en medio de un momento de distensión diplomática con Washington.

Conjeturemos: en efecto la inteligencia estadounidense intentó, y hasta logró reclutar varios agentes entre estos jóvenes; asumamos esta hipotética posibilidad como una certeza. Aun así, en el peor escenario, ni siquiera eso justificaría el despótico trato dado a todos esos muchachos, porque el gobierno y el sistema de espionaje cubanos cuentan con suficientes mecanismos para controlar potenciales intentos de penetración en un grupo tan pequeño y predecible. Evidentemente este no fue el móvil de esas citaciones e interrogatorios policiales, de todas esas infundadas amenazas. El objetivo de esta desatinada conducta no fue tampoco socavar información pues ¿qué pudieron ver o escuchar ellos que no sepan ya holgadamente en La Habana? Nada, es la respuesta.

Es evidente que el propósito de este absurdo es lanzar un mensaje más sobre una realidad que pasados dos años del descongelamiento con EE.UU. se hace cada día más patente, y parece decir: aquí nada ha cambiado, en Cuba seguimos decidiéndolo nosotros absolutamente todo, y cuanto se autorice y haga, incluido cada viaje de este tipo, tiene que pasar primero entre los testículos de Raúl Castro y compañía para ser debidamente autorizado por los jerarcas de la Plaza.

Esta indignante represalia sólo persigue desestimular semejantes iniciativas, intimidar a futuros candidatos y mantener el monopolio del Estado cubano sobre este tipo de flujos, que debería ser, teóricamente hablando, tan recíproco como desprejuiciado y sincero. Pero en ningún manual del mundo se establece que estas iniciativas tengan que estar sometidas a la decisión de los gobiernos. Becas, cursos e intercambios de este tipo son una práctica consumada y usual en el mundo entero, promovidos casi siempre por instituciones no gubernamentales. Que la dictadura haya privado a más de una generación de cubanos de acceder a estas sanas iniciativas en las más disímiles latitudes, Norteamérica incluida, ya es harina de otro costal, y se cuenta como una de las más dolorosas consecuencias de haber vivido bajo un régimen policial, algo que sólo comprende a cabalidad quien lo haya sufrido. Ver fantasmas detrás de cada cepa de plátano siempre fue una enfermedad endógena del castrismo y uno de sus ardides favoritos para justificar su absolutismo enfermizo.

Sin duda el acusado contraste entre aquel recibimiento que se nos profesara en 1995 y este de que ahora somos testigos también se debe, en esencia, al simple hecho de que aquel fue autorizado por el Gran Hermano, y este fue gestionado a expensas de una organización extranjera sin pedir –¡sacrilegio!– la autorización según lo establecido en los manuales dictatoriales. Y me pregunto: si los jóvenes a su regreso no portaban armas, bombas, esporas de ántrax, ni tecnología de espionaje ¿cuál es la paranoia?; si el Gobierno cubano no tuvo que invertir un solo centavo en la iniciativa –como sí tuvo que hacerlo al trasladar a cientos de gritones a la Cumbre de Panamá, por ejemplo– ¿cuál es el dolor?; si este intercambio de produce en medio de una distensión histórica que hace impensable una invasión armada, ya pasaron de moda las incursiones de terroristas ametrallando caseríos costeros o embarcaciones, y nunca fue más proclive a la concordia un Gobierno norteamericano en más de medio siglo, entonces ¿cuál es el problema?

¡Ah!… pero sucede que situaciones como esta develan el verdadero rostro de la diplomacia cubana, denuncian que su falsa postura de víctima fue usada desde siempre sólo para perpetuar su discurso de plaza sitiada; esta evidencia a la luz es una consecuencia predecible del descongelamiento. Ahora, en ausencia de la amenaza del viejo Sam preparando cañones para un asalto inminente, con los cinco espías en casa a buen resguardo y, por suerte, sin ningún balserito secuestrado por la “mafia” de Miami, cualquier excusa será construida y usada como nuevo pretexto para mantener la polémica por la polémica, no importa si es la causa de Ana Belén Montes, una vieja espía olvidada por las campañas proselitistas de los Castro –hasta que convenga desempolvar su caso para alguna nueva negociación– o un grupo de muchachos que regresan de una gira comunitaria por el norte brutal y revuelto “que los desprecia”. Hoy por hoy en La Habana todo vale con tal de mantener encendidas las teas de la guerra.

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