“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Corrupcion

Por Jeovany Jimenez Vega.

Durante las últimas semanas el mundo ha estado atento a las escandalosas revelaciones de los Panama Papers. Millones de documentos han develado el lado oscuro de celebridades, políticos y gobernantes de todas las latitudes y tendencias políticas, y por supuesto, un gobierno tan camaleónico como el cubano no iba a ser precisamente la llamativa excepción, el condimento ausente en esta sopa.

La gravísima revelación de que el gobierno de los Castro y su par venezolano contrataron, Mossack Fonseca mediante, los servicios de una empresa alemana –que se este modo buscaba no verse implicada con tan feos compinches– para la elaboración del modelo de pasaporte oficial venezolano en uso, y del consiguiente control que sobre la expedición de este documento ha tenido desde entonces La Habana, ha sido hasta ahora lo más embarazoso que ha emanado de estos documentos para el régimen de la isla.

Aunque muchos esperan ávidos nuevas revelaciones incriminatorias para altos funcionarios cubanos, quien escribe no se extrañaría, sin embargo, de que así no fuera en absoluto. Esta certeza obedece a un total convencimiento sobre una verdad establecida hace mucho tiempo, la más obvia y elemental de todas: ninguno de los Castro ha necesitado nunca depositar su fortuna ni cubrir sus manejos tras paraísos fiscales, simplemente porque nunca han necesitado evadir ninguna fiscalización: ellos y sólo ellos son sus propios fiscales, jueces y parte en sus oscuros negocios, en los que nadie se inmiscuye y punto. O dicho en menos palabras, Cuba siempre ha sido considerada por ambos dictadores como su exclusivo paraíso fiscal privado.

Para sostener esta imputación revisemos el concepto más universalmente admitido de lo que se considera un paraíso fiscal. Suele considerarse como tal cualquier territorio o país que cumpla básicamente con los siguientes requisitos:

  1. Si bajo su jurisdicción no se impone impuestos, si se permite a los no residentes beneficiarse de rebajas impositivas, aun cuando no desarrollen efectivamente una actividad en el país.
  2. Si existe falta de transparencia, si existen estrictas normas de secreto bancario y los datos personales de propietarios y accionistas de empresas no figuran en los registros públicos, o bien se permite el empleo de representantes formales, llamados nominees.
  3. Si las leyes o las prácticas administrativas no permiten el intercambio de información para propósitos fiscales con otros países o entidades internacionales en relación a contribuyentes que se benefician de sus impuestos excepcionalmente bajos.

Para comprender el presente análisis debemos partir de la innegable premisa de que en el mismo espacio físico, geográficamente hablando, cohabitan dos Cuba antagónicas: una es la Cuba de los dictadores y de las figuras históricas –las llamadas “vacas sagradas” del régimen– y de todo un largo séquito de oportunistas, dirigentes de alto nivel, gerentes de firmas y empresas importantes –absolutamente todos afines al régimen– y la más alta oficialidad del Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, así como los embajadores apostados en los consulados cubanos en el exterior. A esta Cuba elitista pertenecen también íntegramente las respectivas familias y amantes, y hasta algún amigote íntimo de la crema y nata de esa neoburguesía cubana, algún que otro suertudo de la clase media alta emergente y además ¿por qué no? todo aquel empresario y personal diplomático extranjero residente en la isla.

Una realidad contrapuesta, completamente diferente, es la que se vive en la Cuba de Liborio. En esta Cuba de abajo vivimos el 90% de los cubanos, es en la que habitamos yo, mi familia, y todos mis amigos, así como la abrumadora parte de los profesionales cubanos y todo aquel que trabaje para el estado; es la Cuba de los salarios miserables y de la odisea detrás de los frijoles diarios. Es de esta Cuba pobre y sin expectativas de la que huye, oleada tras oleada, la juventud cubana.

Así tenemos a la Cuba de arriba convencida de que no está obligada a rendir cuentas a la Cuba de abajo. Si consideramos estas realidades, sólo aparentemente superpuestas, como los dos países diferentes que en la práctica son, entonces ya estaremos en condiciones de comprender por qué no es hiperbólico ni gratuito decir que los Castro han disfrutado durante más de medio siglo de todas las bondades de contar con su propio paraíso fiscal.

Pero en fin ¿por qué se puede considerar Cuba un paraíso fiscal? Muy simple: hablamos de un país sin los mecanismos legales ni cívicos mínimamente necesarios para encausar a los más grandes corruptos, porque son precisamente ellos los que mantienen agarrada la sartén por el mango; de un país sin división de poderes, lo cual le garantiza una impunidad total a estos personajes. En la Cuba postrevolucionaria jamás ha existido una prensa oficial que denuncie, ni una autoridad policial que investigue, ni una fiscalía que acuse a los más altos corruptos del régimen, porque ¡ojo sobre el asunto! no se pueden tomar como tal las periódicas purgas de funcionarios caídos en desgracia, pues en estos casos la orden siempre ha emanado desde el poder ejecutivo del dictador de turno, y nunca del poder judicial llamado naturalmente a hacerlo. Existen sobradísimos ejemplos de investigaciones disipadas en las brumas del ocultismo cuando hubo llegado la contraorden desde arriba que nadie nunca se ha atrevido a cuestionar.

Como comprobará, están aquí todos los elementos de la definición arriba enunciada: tenemos una casta que no paga impuestos sobre sus negocios informales o ilegales, o si los paga son puramente simbólicos con relación a su nivel real de ingresos; tenemos un gobierno que desde siempre ha practicado el más absoluto y sistemático secretismo con relación a la vida privada y fuentes de ingreso reales de sus más encumbrados jerarcas, y además una férrea censura sobre lo todo cuanto pueda evidenciar sus ardides en la sombra, manejados por inescrupulosos testaferros, arriba llamados nominees; y tenemos finalmente un cuerpo de leyes, violatorio de su mayor parte de los más trascendentes derechos humanos, pero hecho a la medida de las pretensiones de la élite de mantener en calma su feudo.

Es todavía la Cuba de hoy un paraíso para los intocables, donde todas las instituciones permanecen plegadas a esta casta de privilegiados que viven como reyes en las cumbres del Olimpo, desconectada de la realidad del pueblo que abajo sufre y carece. De hecho, si usted preguntara a un connotado ladrón o a un avaro corporativo, deseosos de engordar sus cuentas al margen de cualquier responsabilidad fiscal, cómo sería el país de sus sueños, seguro escucharía: ese país tendría un gobierno que no perdería su tiempo en escuchar las inútiles plañideras de sus gobernados, con un partido de línea dura y conservadora en el poder –sería ideal si, de paso, fuera el único legalmente aceptado en la Constitución– que garantice una tranquilidad absoluta para mis negocios metiendo en cintura a sindicaleros y revoltosos, en fin, un gobierno bien proclive a la explotación más lucrativa de cuantas se puedan concebir.

En ese país de ensueño, diría nuestro hipotético corrupto, dispondría yo del monopolio de todos los mercados, lo cual me convertiría prácticamente en un Dios que dictamina a voluntad la suerte de millones de consumidores sin alternativas ajenas a la que yo ofrezca, algo que me permitiría especular vendiendo caro cualquier baratija importada a costo de ganga. Me encantaría llevar a cabo mis andadas, continuaría nuestro interpelado, entre gente seria, entre comerciantes cabales que comprendan que el mejor negocio es el que genera más dinero en el menor tiempo posible, cuéstele a quien le cueste. Desearía un país sin división de poderes, donde cada juez, hasta el Tribunal Supremo, esté subordinado a un hombre fuerte, maestro de la simulación, con el cual todo vaya como la seda y mantenga nuestros lucrativos negocios a resguardo de miradas indiscretas.

Piense, estimado lector, si aquel país elitista, la Cuba de arriba, la de los privilegiados vitalicios, donde reinan la codicia y el oportunismo, la Cuba de generales déspotas y corruptos impunes, no podría ser considerado como un auténtico y exclusivísimo paraíso fiscal. Si un país semejante no puede catalogarse como tal entonces tampoco podría ser llamado guanábana algo verde y con puntas. De más decir que cualquier parecido con la realidad no será aquí pura coincidencia. Saque usted sus propias conclusiones.

Comentarios en: "Cuba: paraíso fiscal de los intocables" (2)

  1. glrd310150 dijo:

    Sin palabras todo dicho. Quiero destacar que existe un ardid para no involucrar a jefes en casos de corrupción que solo atañan a los simples trabajadores.
    Consiste en que los instructores y los mismos oficiales de la Inteligencia Militar se encargan de asesorar a los “invesrigados” sugiriendoles que no involucren a los jefes pues entonces serian juzgados por cohecho y la condena sería mayor que la de malversación por eso en las declaraciones no aparecen nuna involucrados los jefes. Hay todo una manipulación donde los investigadores y autoridades “convencen” que no involucrar a otros le trae ventajas para que la condena sea menor. Los abogados poco o cadi nada pueden hacer ya que las penas están pre establecidas y los jueces son marionetas de los fiscales que son el brazo ejecutor y legitimador de una política abusiva dictatorial y coyuntural a los intereses de la nomenklatura

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