“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Raul Castro-Obama-Maduro

Por Jeovany Gimenez Vega.

Se inició 2016 en Cuba ante un horizonte incierto: una economía parásita en números rojos, en quiebra hace décadas, tan dependiente de Venezuela hoy como lo estuvo antes del gulag soviético; una oligarquía neoburguesa aferrada al mismo absurdo que nos ha hundido en el estiércol; gobernantes indolentes desentendidos de las necesidades del pueblo, expoliando millones a sus cuentas secretas y dispuestos a todo por mantener sus privilegios; los principales engranes económicos –al estilo de GAESA, engendro que controla las principales corporaciones y es la entidad que en la práctica autoriza o no cada inversión extranjera en la isla– en manos de insolentes militares que no saben una hostia de economía pero sí conocen muy bien el lenguaje del despotismo.

En mi país la no división de poderes garantiza todavía una absoluta impunidad a los esbirros del Partido Comunista y la Policía Política para ejercer la más desvergonzada represión contra la disidencia de ideas. Es la Cuba que estrenó 2016 un país sin leyes, en manos de una élite de tiranos para los cuales cobra la misma importancia la pobreza de Liborio que la existencia de agua en la superficie de Marte.

Ante un panorama tan desolador vemos perpetuado el éxodo de lo más fértil de la juventud cubana, en una huida incontenible que ha terminado siendo el signo distintivo de mi generación y de la que ya me sigue. La actual crisis migratoria centroamericana –desencadenada por La Habana con la dócil complicidad de Daniel Ortega– es la más reciente evidencia de la falta de credibilidad que le merece a esta juventud las achacosas promesas del octogenario Raúl Castro y de lo insustancial de sus pretendidas “reformas” económicas, y puede leerse como el más diáfano plebiscito revocatorio recibido por el anciano dictador –algo que jamás convocaría en la práctica– ante los ojos del mundo.

En medio de esta dramática coyuntura interna inciden desde el exterior dos elementos trascendentales: la política de concordia/legitimación hacia la dictadura estrenada hace un año por Barack Obama y el inminente derrumbe del engendro venezolano, que traerá como inevitable consecuencia el cese de las regalías a La Habana. La conjugación de ambas evidencias en este momento en que sobreviene la inevitable culminación ¡por fin! del ciclo biológico vital de la gerontocracia histórica de la revolución, coloca a la sociedad cubana en medio de una compleja encrucijada, inédita hasta la fecha.

Siempre fui un defensor a ultranza del levantamiento del embargo norteamericano a La Habana. Como para millones de cubanos, para mí siempre ha estado muy claro que el 80% los desmanes e interminables carestías sufridos por nosotros durante el último medio siglo se han debido a la mala fe y la antológica mediocridad del gobierno de ambos Castro, por esto siempre he considerado que el cese de esta política denunciaría definitivamente ante la Historia a los verdaderos culpables de nuestra ruina.

Pero confieso algo: cuando la revocación de las sanciones a la dictadura amenazan con hacerse realidad, justo ahora que Caracas deshoja sus últimas margaritas y los asesores represivos castristas ya van empacando sus maletas, la reanudación de las relaciones Cuba/EE.UU. me deja como con una sensación de frustrada delectación, algo difícil de explicar, pero muy parecido al desencanto de un apagón de cine en el instante exacto en que el héroe intentaba liquidar al villano de la película.

Sin dejar de tener como absoluta la certeza esbozada arriba, sin embargo no dejo de saborear en mi imaginación la cagatiña que habría salpicado los pasillos del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista de Cuba –e incluso el de las oficinas de la policía política cubana– en caso de que el derrumbe venezolano se hubiera producido sin esta puerta de escape abierta a última hora por la providencia del todopoderoso Obama.

La pregunta es obligada: ¿hacia qué nuevo asidero habría intentado volcarse el parasítico régimen de La Habana, consumadamente incapaz de generar recursos por sí mismo? Con la Rusia de Putin no podrían contar, pues a pesar de la astronómica condonación de la antigua deuda y de que los planes geoestratégicos del zar ubican a La Habana en su punta de lanza orientada a Sudamérica, ha quedado claro para todos que ya la fase edénica quedó definitivamente en el pasado y los tabarich del Kremlin no están dispuestos a mantener nunca más al hijo bobo de antaño.

Con la China neocapitalista podrían contar mucho menos, pues más allá de la coincidencia en su postulado ideológico/estratégico de partido/estado totalitario único, los negocios con la gran patencia económica asiática exigen pago constante y sonante de divisas, algo que la dictadura cubana no estaría en capacidad de asumir por motivos obvios.

En fin, aquí caben pocas dudas: si este derrumbe de Caracas se hubiera producido en ausencia de esta oportunista vía de evasión usada por la dictadura con el agua al cuello en pos del norte brutal –el mismo al que no se le podía dar un tantito así– con toda seguridad más de un dirigentón y más de un general en La Habana se habrían cagado literalmente en los pantalones. Este pueblo no soportaría nuevamente los rigores de aquellos años terribles que inauguraron el “período especial” en los 90. Los ánimos están bien caldeados, ya no son los de entonces, y toda la plana mayor sabe que de plantearse una nueva opción cero hoy otro gallo bien distinto cantaría en Cuba.

 

 

Comentarios en: "La dictadura entre el guiño de Obama y el derrumbe de Maduro" (2)

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