“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Raul Castro en México 2015

Por Jeovany Jimenez Vega.

Recientemente el octogenario Raúl Castro volvió a hablar sobre su próximo retiro en febrero de 2018. Para quien no ha dejado de escuchar el mismo apellido al frente del país durante toda su vida esta no deja de ser una inusitada noticia, por eso este cubano le quiere hacer llegar una humilde propuesta a su Presidente, para que desde ya la cavile con tiempo: le propongo al General que una vez jubilado sea consecuente con su trayectoria, y tenga el coraje de incorporarse plenamente a la sociedad que junto a su hermano mayor terminó creando –algo que, por cierto, nadie ha visto hacer aún al inquilino de punto cero.

Para esto el General tendría que renunciar a todos los privilegios detentados durante las últimas cinco décadas y media de su vida –antes como Ministro de las Fuerzas Armadas y luego como Presidente, pero siempre como miembro vitalicio del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido Comunista– e incorporarse a esa sabrosísima realidad como un jubilado más: ningún apoyo económico recibiría de su poderoso yerno, el General Luis Alberto, ni de su hijita Mariela, la Lady Di del SENESEX. Así, en medio del desamparo, debería quedar si se atreviera a ser consecuente con una austeridad siempre reclamada por los hermanos Castro para millones de cubanos pero jamás para sí mismos.

Como pedirle regresar a cierto pueblo perdido del oriente del país parecería una crueldad excesiva, comenzaríamos mudando su residencia, desde donde quiera que esté, hacia cualquier humilde barriada habanera –por ejemplo tomemos el Cerro, Marianao o Centro Habana– para enseguida gestionar su correspondiente libreta de abastecimiento, a la cual por supuesto tendría todo el derecho del mundo.

Luego le destinaríamos una suculenta chequera de jubilación, digamos $1000.00 CUP mensuales –o sea unos $40.00 USD– con lo cual estaríamos quintuplicando lo recibido por el promedio de los jubilados cubanos –unos $8.00 USD mensuales– y así nadie debería acusarnos de mal intencionados. En este punto acabaría nuestra inmerecida fraternidad y a partir de ese momento quedaría el hoy Presidente de la República a merced de este pintoresco entorno social que rodea hace décadas a más del 90% de los jubilados cubanos.

Tras varios meses de adquirir su respectiva cuota racionada –seis libras de arroz, cuarta libra de frijoles, algunos huevos, pollo por pescado y media libra de aceite mensuales– el paladar del expresidente olvidaría poco a poco el sabor del filete de res, la langosta, el buen caviar y de los vinos caros que le enseñara a degustar su hermano mayor. Dada la alta devaluación de la moneda en que cobrará su chequera –debido precisamente a las erráticas políticas mantenidas por ambos dictadores– pasados los primeros diez días ya nuestro jubilado no tendría un centavo y comenzaría a sentir en todo su rigor las carencias que el resto de los jubilados sufren a solo dos o tres días del cobro.

Ya el expresidente no tendría llena la alacena de selectos suministros y rápidamente se acostumbraría a ver como único paisaje la monótona escarcha en el congelador vacío, entonces se estrellaría sin remedio contra los precios inmisericordes de los mercados agropecuarios y las flamantes TRD que gracias a las iniciativas del anterior gobierno –entiéndase el suyo– todavía exfolian el bolsillo de pueblo cubano.

Ya no viviría en medio del confortable aire acondicionado porque le consumiría más de la mitad de su ingreso, sino que en su lugar conservaría algún ventilador reparado, y le rezaría todos los días a la Virgen para que no se averíe, y como comprar un auto de segunda en una agencia estatal a los precios fijados por el anterior gobierno –entiéndase el suyo– le tomaría setenta años íntegros de su jubilación sin comer, vestirse, calzarse, ni pagar corriente eléctrica, y ya no tendría autos a tanque lleno esperando en cada puerta, automáticamente se vería obligado a moverse usando el pésimo sistema de transporte urbano –una de las papas calientes a heredar por el gobierno que le siga.

Por supuesto, luego de varios meses de mala y escasa alimentación los problemas de salud no tardarían en aparecer, pero entonces el expresidente no podría ya acceder al exclusivo CIMEQ, o a “La Pradera”, ni a la Clínica Internacional “Cira García” –disponibles casi exclusivamente para mayimbes y extranjeros– sino que, con muchísima suerte, sería ingresado en alguna hedionda sala de Medicina de un hospital semiderruido, donde no habrá una ducha ni un retrete que funcionen, donde tal vez tendría que llevar su propia sábana y escasearán las medicinas y materiales de curación; allí sería asistido por médicos frustrados tras décadas de sueldos miserables y falta de expectativas personales, pero a pesar de todo, estos profesionales intentarían atenderle tan bien como ese medio hostil se los permita.

Para entonces el General retirado ya habría visto esfumado para siempre su ansiado viaje de turismo a México; no podría viajar a la tierra azteca ni a ninguna otra, y ni siquiera podría reservar en ningún hotel cubano de la más baja categoría bajo riesgo de morir luego de hambre, porque el gobierno anterior –entiéndase el suyo– estableció que para eso habría de pagar una jubilación mensual íntegra para hospedarse solo una noche.

De más está decir que a estas alturas ya nuestro ilustre jubilado se habría convencido de que no existe tamarindo dulce ni dictadura con vergüenza, pero se lo callaría, tal vez no tanto por decencia como para no exponerse a alguno de esos vergonzosos actos de repudio que hoy todavía ordena, riesgo nada descartable pues a la sazón ya su amigo el Furry no sería el Ministro del Interior.

Sin embargo en ese momento sí le daría a Raúl Castro, por piedad, un único consejo: que jamás se siente a tomar el tibio sol del final de las tardes en ningún tranquilo parque habanero junto a otros jubilados porque allí sí recibiría el dictador –muy a su pesar este título suele ser vitalicio– su propio mitin de repudio: sabría de primera mano, y no a través de fríos informes de la policía política o de insensibles funcionarios, cuanto resentimiento y dolor albergan esos viejos corazones; escucharía del irremediable desarraigo de sus nietos, de esta juventud que ahora huye de la tiranía en oleadas migratorias a través del estrecho o de la selva centroamericana y escucharía, con toda seguridad, más de una historia de balseros muertos. Sólo para entonces, bajo el silencio de esos árboles, percibiría el tirano en toda su dimensión cuánto le odia ciertamente esa generación traicionada que perdió sus sueños y su vida a la sombra de tanta infamia.

Comentarios en: "Propuesta ante la jubilación de un tirano." (2)

  1. Estrella Pulido dijo:

    Sent from Yahoo Mail on Android

  2. Bravoooooo

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