“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Por Jeovany Jimenez Vega.

El médico A, con veinte años de trabajo ininterrumpido en su haber, no le debe nada de lo poco que tiene a su salario. Además de no bastarle para alimentar a su familia, tampoco le ha permitido procurarse un techo propio y por eso aún vive en un consultorio médico desvalijado. Tras muchos desengaños, A ya está cansado de esperar por una mejoría que nunca llega y optó por anotarse en la Bolsa de Colaboración de su policlínico: salir a trabajar al extranjero a través de alguna Misión Médica oficial se convirtió en la única alternativa visible ante sus ojos para mejorar su vida a corto plazo.

El ingeniero B trabaja en la Zona Franca de Mariel y casi nunca ve la luz del sol junto a sus hijos debido al rigor de su horario de trabajo. Sabe que en la Zona de Desarrollo los ingenieros y técnicos extranjeros reciben varios miles de dólares mensuales por hacer exactamente lo mismo que él, pero al final de cada mes él recibirá unos cien dólares, más o menos; la diferencia de esos miles constantes y sonantes que paga puntualmente la parte extranjera por su trabajo jamás pasa por sus manos, sino que va a parar íntegramente a la arcas del gobierno que le explota.

La maestra C vive sobrecargada de planes de trabajo y es raro el día que no termina en casa la planificación de la clase siguiente. Durante treinta años su consagración ha formado ya a dos generaciones; el padre que hoy le confía a su niño aprendió a su vez a leer con ella. Tampoco C le debe nada al salario que le paga su gobierno y pronto recibirá una jubilación que la condenará a la miseria. Pero C no sabe hacer nada más que eso, sembrar luz sobre las mentes nuevas, y a pesar de todo sale cada mañana a ejercer la profesión que ama.

El tabaquero D es un maestro habanero del torcido. Durante décadas ha amasado la mejor capa del mundo y hecho puros fumados por celebridades millonarias. Cada día D contempla una vitrina donde ese mismo tabaco se vende a $250.00 CUC –casi $280.00 USD– cada caja, y como buen veterano, cada Feria del Habano le despierta una imprecisa mezcla de orgullo y frustración que no logra definir. Pero D no recibe tampoco un salario justo por torcer una decena de cajas de tabaco cada día –lo cual holgadamente representa más de $2000.00 USD diarios– y en su lugar, como la mayoría de los cubanos, recibe un salario de miseria comparado con la riqueza que genera.

Millones de frustraciones acumuladas durante cinco décadas de desgobierno castrista en Cuba harían esta reseña interminable. Una revolución que triunfó presuntamente para aniquilar la explotación del hombre por el hombre hace mucho tiempo degeneró, en cambio, en el esquema de dominación que más pobreza terminó sembrando en nuestra patria.

Cuando se analizan las causas de la acumulación de tanta inequidad y miseria se llega, independientemente del camino tomado y en favor de la síntesis, a esa conclusión ineludible a la hora de señalar la fuente de todo el poder actual en esta Cuba tiranizada; la conclusión es una y es muy simple: la pobreza de mi pueblo siempre ha sido el recurso económico supremo y estratégico de la dictadura cubana.

En esencia no es el níquel, ni el tabaco, no es el turismo, ni las sistemáticas estafas del monopolio ETECSA, no es la “emergente” industria petroquímica –llamada a desinflarse en cuanto sucumba Caracas; ni siquiera son los miles de millones anuales generados por las más de sesenta misiones médicas oficiales cubanas alrededor del mundo lo que ha permitido al poder de los Castro perpetuarse durante más de medio siglo a pesar de gobernar de modo tan desastroso desde todo punto de vista. Si se quiere llegar a lo esencial del asunto, si se quiere dar con el trasfondo común a todos los males, siempre encontraremos como telón común de fondo la pobreza como condición sine qua non que perpetua el desastre.

Sólo un médico sumido en la pobreza arriesgando su estabilidad familiar, su salud y hasta su vida, optaría por salir a trabajar a la antípoda del mundo aún a sabiendas de que le robarán el 80% de lo que allá deberían pagarle. Sólo compulsados por la pobreza más agobiante ese ingeniero, ese tabaquero o maestro se ven obligados a salir cada día a rapiñar la vida. Sólo agobiado por las carencias más absurdas ha sido posible sumir a mi pueblo en este larguísimo sopor, con el pensamiento puesto en su plato de lentejas y ajeno a “utópicas” tentativas de civismo.

Quien intente comprender cómo un pueblo otrora altivo y próspero que supo sacudirse más de un tirano terminó en este bochornoso estado, debe despojarse de antemano de todo enfoque simplista, como aquel que sostiene que si permitimos tantos desmanes es simplemente porque somos un hato de pendejos. Pero quien haya tenido un encuentro cercano de cuarto tipo con un cubano enardecido se habrá percatado de que este razonamiento no es congruente con un temperamento más bien tendiente a lo explosivo. Esta respuesta, sin dudas, será mucho más compleja.

Las causas que mantienen esta partida de dominó cerrada hay que buscarlas en el solapado despotismo montado en el tren de una Revolución que triunfó con el apoyo incondicional del 90% de su pueblo. Quien desconozca este par de dicotómicas evidencias –el masivo apoyo inicial a aquella gesta, sumado al carácter demagógico y ladino de la plana mayor– partirá en la dirección errónea si intenta comprender la evolución de la sociedad cubana post 59, porque fue precisamente aquel deslumbramiento inicial lo que permitió a los déspotas ajustar el entramado social a sus apetencias ante los ojos de un pueblo que fue demasiado crédulo. El resto lo pusieron los alzados en el Escambray ahorcando maestros con alambre de espinos, entre otros hechos de sangre, que dieron la justificación exacta a la élite político militar para amoldarle el nido al perro hasta dejarlo dormido.

Lo demás es historia conocida y hoy, aun cuando comienzan a soplar vientos más amigables del norte y ya agotados los argumentos en la chistera del Comité Central, esa misma élite que un día dictara y sostuviera la política económica de tierra quemada con relación a todo atisbo de empresa familiar o privada, sigue apostando por mantenernos en la pobreza como la única vía de perpetuarse en el poder. Así fue durante más de 50 años y así ha sido después del último 17/12. Pasado casi un año del histórico anuncio y ya con ambas embajadas en pleno funcionamiento, el régimen cubano aún se sigue manteniendo tan estático como los muros de La Cabaña, coarta exactamente del mismo modo toda posibilidad de iniciativa al pueblo cubano y sigue mostrando el mismo terror de siempre ante cualquier alternativa que suponga prosperidad para mi pueblo, pues la sabe incompatible con su monopolio de poder.

Hoy con cada minuto se evidencia más que los verdaderos culpables de nuestra miseria e insolvencia siempre estuvieron en la Plaza de la Revolución; nunca hubo que buscarlos ni un metro más al norte. Siempre han sido los mismos, lo que hoy siguen convencidos de que sólo se puede sojuzgar a un pueblo mientras se le someta a la indigencia y las privaciones.

La pobreza vista como causa deliberada del mal y no su consecuencia, la pobreza de mi pueblo asumida como estrategia consciente de dominación a largo plazo: ese es el enfoque último y revelador que pone de una vez todo en su sitio.

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