“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Marti - Carlos Enríquez Muerte de Martí en Dos Ríos

Por Jeovany Jimenez Vega.

En el loable intento de desmitificar a José Martí se han empeñado plumas de los más disímiles calibres, y todos los esfuerzos parecen pocos dada la trascendencia de su legado. Pero no todos han partido en la dirección correcta en sus tentativas. Me sumo a la polémica propuesta por un reciente artículo que cuestiona la impronta de José Martí en el pueblo cubano durante la fase que precedió inmediatamente al alzamiento del 24 de febrero.

Calibrar la influencia de Martí hacia el interior de la sociedad cubana hasta 1895 a partir del improbable y rudimentario conocimiento que de su avanzado pensamiento doctrinal pudiera alcanzar una población cubana semianalfabeta relegada a la insularidad cubana de las postrimerías del siglo XIX, sería tan absurdo como presuponer que su impronta debió quedar limitada exclusivamente a aquel humilde sector poblacional, aislándolo sin razón del resto de una sociedad que ya resonaba impaciente ante la inminencia de la guerra.

Este siempre sería un enfoque sesgado porque olvidaría la diana principal a que apuntaba la verba encendida del Maestro desde las páginas de Patria y desde las tribunas de Tampa y Cayo Hueso: a la intelectualidad criolla –llamada a amplificar el mensaje propiciador de la inminente gesta hacia el interior de la isla– y a los líderes militares –llamados a arrastrar a la manigua, tras su natural liderazgo, a la gran masa de cubanos que serían el cuerpo de choque del futuro Ejército Libertador.

La influencia que sobre las clases mayoritarias más bajas –y por lo mismo más decisivas en la futura contienda– pudo tener Martí, no puede ser deducida de forma lineal sino que necesariamente pasa a través de aquella extensa red de intermediarios del mensaje. Si bien es cierto que el hombre de campo en Cuba tenía poca oportunidad de permearse de la doctrina martiana, también lo es que esa marea de rencor contenido contra España estaba impaciente, llegado 1895, sólo a la espera de un guiño de ojos, de la orden de los jefes de antaño para desatarse en nuevas cargas contra la inmisericorde metrópoli, y si esa tensión llegó al grado crítico de no retorno fue precisamente por la descomunal e infatigable labor organizativa y de proselitismo político desplegada por Martí; gigantesca odisea que nunca podrá desestimar, ni minimizar, quien analice con objetividad la dinámica regente del período final de la tregua fecunda.

Cierto que Cuba en aquel momento pasaba por una situación económica precaria y coyunturalmente compleja, pero se debe tener en cuenta amargos precedentes: la intentona fallida de la guerra chiquita y más tarde la gran frustración que generó el fracaso del Plan Gómez-Maceo, por lo que no sería nada desatinado afirmar que sin el milagro catalizador del Apóstol bien hubiera podido pasar de largo aquella hora sin penas ni glorias.

Martí no era un militar. Su genialidad estratégica se desarrolló netamente en el plano político y estuvo sustentada sobre sus excepcionales dotes diplomáticas, virtud indiscutida que cincelara el Maestro con el pulso y la tenacidad de un orfebre, a lo largo de su vida, mediante un exponencial proceso de autopurificación que convirtió finalmente a un hombre de temperamento irascible y reaccional en este ser amable, magnético, subyugante y regenerador que nos legó la Historia, tan avasallador que conquistó para la causa común a hombres hechos como de piedra desencontrados por años. Regresar al cauce de la Revolución a aquellos caracteres de bronce fue su mayor logro y también su modo de tocar a la puerta de cada bohío cubano con la empuñadura del machete redentor.

Demasiados obstáculos se interponían entonces entre el ideario martiano y la pobreza del guajiro en Cuba, pero de traducir al lenguaje montuno la línea estratégica del mártir de Dos Ríos se encargaron las principales figuras de la guerra grande: un Máximo Gómez que había lanzado una señal inequívoca a la emigración sobre su incondicionalidad hacia Martí cuando mandó a su hijo Panchito junto a éste en gira proselitista a través de los clubs revolucionarios de Estados Unidos; un José Maceo recién casado, que apenas tuvo que ser instado por el Maestro para unirse a la empresa pasando por encima de su orgullo herido por el racismo en la pasada contienda –“sólo Martí pudo sacarme de mi nido de amor”, decía– y un Antonio Maceo, el hombre definitivo, que a pesar de los malos entendidos, sumó también su machete incondicional a la gesta y apenas desembarcara en Oriente incorporara masivamente a la manigua a miles de mambises.

A aquellos hombres ásperos e incultos le bastaba con la presencia en los campos de Cuba de sus legendarios jefes para estar dispuestos a morir por la guerra previamente gestada por el genio de Martí. Muchos se sumaron, pero la presencia decisiva de cada uno de estos generales en la manigua cubana fue un triunfo personal del apóstol; si el soldado mambí tenía mayor o menor conciencia de ello bien poco le preocuparía a este hombre tan poco urgido de honores personales, pero la Historia es concluyente al respecto: si el milagro del levantamiento se produjo fue porque antes Martí, mediante su herramienta más formidable, el Partido Revolucionario Cubano, organizó paciente y sistemáticamente, con regia inteligencia, la colosal conspiración.

Frisa la insolencia rebajar a condición de mito los excelsos méritos del cubano que reunió en sí tan sublime confluencia de virtudes. Sí, necesitamos ingentemente desmitificar a Martí, despojarlo de las sotanas de santo que nunca vistió y bajarlo de altares que nunca solicitó para sí. Pero desmitificarlo no implica despojarle de méritos probados: cuidemos que nuestra repugnancia por el argumento meloso y la lisonja oportunista de los déspotas que intentan legitimarse no empañe ante nuestra mirada el brillo y la nobleza auténtica del héroe visionario.

Definitivamente no era un militar el que cayó a la luz del sol en la primera escaramuza, y si murió ascendido a Mayor General por el invicto Máximo Gómez –profundo conocedor de hombres y bien parco en tributar honores– fue porque también el alma grande del viejo de Bani, templada en todos los dolores de la guerra, terminó conquistada sin reservas por el influjo misterioso del Maestro. Y no lo olvidemos: si un gesto de Gómez bastaba para movilizar a todo el ejército mambí, junto a ese gesto iba también, como su victoria suprema, la orden de aquel que murió en Dos Ríos por los pobres de la Tierra.

Ver: Martí y la idea del partido único.

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