“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

1Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 3 de diciembre el pueblo de Artemisa amaneció conmocionado por un crimen pasional: una joven que en la madrugada se dirigía a su trabajo fue conminada por un ex novio, apartada a una calle semioscura y allí asesinada. Sucedió en una céntrica zona, muy cerca del punto de partida del ómnibus de los trabajadores del Hospital “Finlay”, donde cursaba el último año de mi residencia. A poco de llegar al punto un movimiento de personas en la esquina dio la alerta, y al comentario ominoso de que se había cometido un crimen nos acercamos por ver si aún se podía intentar algo, pero ya era demasiado tarde y la escena definitiva y dantesca. A las 6:00 am llegó la primera patrulla de la PNR, prácticamente junto a nuestro transporte. Partimos a nuestra rutina, pero ya no pude apartar mi pensamiento de aquella escena durante el resto del día.
Si el doloroso hecho se hubiera limitado a aquella vivencia, por más perturbadora que fuera en lo personal, muy poco tendría que ver con ello Ciudadano Cero, no dado a crónicas rojas ni a efectos amarillistas, pero una y otra vez, para mi pesar, aquella horrenda visión insiste en perpetuarse debido a una tendencia al morbo que ha cobrado últimamente inusitada fuerza, y es aquí donde aflora la faceta del asunto que hoy me ocupa. Apenas hubo semana durante los primeros meses en que no sucediera –y aun sucede: alguien se me acercaba para decirme, del modo más insulso, que tenía en su poder todas las fotos del caso –y lo dice, las más de las veces, como quien dice vendo maní tostao.
No hablo aquí de fotos tomadas por algún curioso de paso; se trata de las auténticas imágenes policiales, oficialmente tomadas durante el levantamiento de la escena del crimen, donde constan los detalles periciales propios de estos procedimientos, y que por ir más allá –como para completar el rigor de todo “buen reportaje”– incluye las fotos tomadas al cadáver de aquella joven en la morgue, y todo suficientemente explícito: fotos impúdicas del cadáver expuesto en toda su desnudez, como objeto de feria, sobre la mesa de Morgagni, que muestran en close up y a todo color cada herida, cada laceración y hasta, según me cuentan, el cuello de la joven degollado por el infame.
Estas fotos son, hace meses, de completo dominio público, y es aquí donde cae por su propio peso la pregunta más obvia: ¿De qué mágico modo logran salir estas fotos de las “herméticas” oficinas del Ministerio del Interior ocupadas de estas investigaciones? Ni usted ni yo tenemos acceso a estas imágenes. Cuando se busca al responsable todas las miradas se dirigen en una sola dirección: hacia las autoridades del MININT responsables de velar por la salvaguarda de esta información; aquí no hay posibilidad de otra vuelta de hoja. Estamos ante uno de los más escandalosos ejemplos de irresponsabilidad institucional de este país, cuyas consecuencias ofenden, desde su raíz más profunda, la sensibilidad humana más elemental –y si alguien lo duda, que intente ponerse, por un minuto, bajo la piel de los padres de la víctima. Bastaría imaginar someramente lo que se sentiría ante semejante pérdida y encima de esto, como si no bastara, tener que soportar además este ultraje público a la dignidad de su ser querido.
Alarma sobremanera que esto se haya establecido como norma en los casos más connotados de crímenes durante los últimos años. Ejemplos hay muchos, pero la masacre familiar de la Finca “La Rosita” –precisamente cerca de Artemisa– y la otra masacre familiar perpetrada pocos años después en Bauta, bastan como ilustrativos ejemplos; disímiles crímenes que tienen algo en común: la ineptitud de una entidad que ha sido incapaz de velar con rigor por imágenes que terminaron filtrándose y siendo pasto de lo más bochornoso del vox populi, que parece regodearse y disfrutar con el dolor ajeno.
Más de una vez se ha tocado el tema en sitios alternativos cubanos, pero pareciera aquí que el morbo siempre trazará las coordenadas y todavía hoy, mientras me avergüenzo de la culpabilidad ajena, el fantasma de Rosita –como nunca la conocí, llamémosla simplemente así– me hostiga a cada rato. Continúa torturándome la idea de que semejante barbarie se perpetró en la misma calle que dos horas más tarde tomarían mis hijos camino a su escuela; de que todo sucedió pocos minutos antes de llegar yo a aquel lugar y que siempre hubiera podido intentar algo para evitarlo; que todo sucedió ante la mirada impasible de “hombres” que se mantuvieron a prudencial distancia sin hacer nada ante los gritos desesperados de auxilio; que la misma policía que se la pasa comiendo mierda y hurgando mochilas en la calle, demorara más de media hora en acudir a la insistentes llamadas telefónicas de una vecina y que como siempre, a diferencia de las estelares entradas de “Día y noche”, esta vez llegó demasiado tarde.

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Comentarios en: "El fantasma de Rosita y la irresponsabilidad institucionalizada." (1)

  1. roxanaaguilera dijo:

    Mis pesames a los familiares de esa joven. Q pena q hubo personas q se quedaron sin ayudar a esa joven q pidio auxilio y se quedo sin el . Si bien es una situacion delicada,yo no podria ver un maltrato y quedar de brazos cruzados.NO ES MI ENTE.. un abrazo JEOVANY .

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