“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Cuando se lee el discurso de Raúl Castro en la clausura de la Primera Conferencia Nacional del Partido algo llama poderosamente la atención, y es la reiteración de una idea que inquieta a todo aquel que conozca someramente la doctrina martiana, idea expuesta ya en otras ocasiones, sin fundamento posible: intenta atribuirse a José Martí, demócrata por naturaleza, la concepción de una República regida por un solo partido.
Sin pretenderme experto en la obra del apóstol –que sin embargo conozco suficientemente bien– sí me confieso heredero de algo más importante y esencial: la ética que rigió su vida. Es cierto que aquel hombre sencillo y altivo, de elevado espíritu, que murió de cara al sol “… blandiendo un arma que no llegó a disparar, contra un enemigo que no odiaba…” –parafraseo a Lezama– concibió la unión de todos los revolucionarios cubanos de su momento en la más trascendental creación de su vida, la que demandó más que ninguna otra de todo su titánico esfuerzo: la fundación del Partido Revolucionario Cubano, concebido para organizar la guerra necesaria. Pero dejarlo así sería tomar el rábano por las hojas.
Tratándose de la primera ocasión en la Historia universal en que se creara un partido específicamente para dirigir una gesta revolucionaria –antes que el Partido Bolchevique ruso, por ejemplo– y constituido para “… lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”, el partido fundado en 1892 por Martí entre la comunidad de exiliados cubanos de Estados Unidos, llevaba dentro de sí, desde su nacimiento, los inequívocos gérmenes de la democracia. La primera señal: el Delegado, el cargo de mayor jerarquía –que ocupara él mismo durante el resto de sus años de vida por su gran autoridad moral– debía ser sometido a elección todos los años, mediante voto secreto, y podría ser depuesto en cualquier momento si así lo consideraran procedente los Cuerpos de Consejo.
Más allá de la intención de los Estatutos Secretos del Partido, que regían el funcionamiento y las potestades internas de sus Asociaciones de base, de los Cuerpos de Consejo y del propio Delegado, la naturaleza raigalmente democrática de esta organización en su planteamiento estratégico –reflejo de esa ética que arriba menciono– se evidencia en su proyección hacia la sociedad, en su compromiso cívico para con la futura República, claramente expuesto desde la formulación misma de las Bases del Partido, que en sus Artículos del 2 al 5, ya establecen como su fin “… ordenar, de acuerdo a cuantos elementos vivos y honrados se le unan, una guerra generosa y breve…” y luego reiteran su objetivo “… de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y métodos republicanos, una Nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos…”, a la vez que definen nítidamente que el Partido “… no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia…”, así como que éste “… no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere a la Isla como su presa y dominio, sino preparar… la guerra que se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos…”
La idea era muy clara: en la preparación de la Revolución emancipadora y luego en la convulsión de la lucha armada en la manigua, un solo partido, un solo puño contra la España colonialista; pero una vez ganada la guerra, lograda la independencia, ya en la República triunfante concebida “…con todos y para el bien de todos…”, la pluralidad del espíritu humano. “A quien merme un derecho, córtesele la mano…” rezaba aquel hombre que murió sin odio; así de vertical era el Maestro en la defensa del derecho ajeno.
Pero no hablemos ya del Martí de 1992, sino del hombre ocho años más joven, casi desconocido aún para los generales del 68 y que encaró, con una dignidad que distanciaría por años a estos grandes caracteres, al Máximo Gómez imbuido en aquel plan ambicioso y fallido de 1884. Aquellas palabras lapidarias –“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento…”– que parecían escritas entre lágrimas a pesar de la firmeza que transpiran, dejaban muy claro que él ni aún en pensamientos podría, según sus propias palabras, “… contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.”
Por supuesto que no todo, pero algo sí me precio de haber leído a Martí, y al menos hasta dónde humildemente conozco, en ninguna obra se su ideario político –paradójicamente escasa en libros publicados, sino más bien recogida mediante su prolija labor como colaborador de publicaciones latinoamericanas, sus discursos y su epistolario– expone el Maestro que en una República, mucho menos en aquella por la que murió en Dos Ríos, debía regir un único partido.
Suponer que Martí siquiera pensó en instituir al Partido Revolucionario Cubano como la única alternativa legal en la República por la que se derramó sangre diversa, blanca y negra, pobre y pudiente, cubana y española, sería desconocer la esencia misma del pensamiento martiano. Apostaría mis dos manos y desafiaría a cualquiera que las corte de raíz si encontrara las palabras –no la cita descontextualizada o la frase de ocasión, sino el pensamiento inexcusable– de ese hombre en su contexto, en su grandeza, que inequívocamente diga que estaba dispuesto, ¡mucho menos en el nombre sagrado de la Patria!, a pasar por encima del derecho que tiene el hombre a disentir. De haberlo pensado Martí, maestro de la lengua que hacía encajar la frase en la idea como la espada en su vaina, lo habría dicho con una claridad meridiana, sin lugar para ambigüedades, sobre todo sabiéndose todos los días en peligro de dar su vida por su país y por su deber.
Adjudíquese a quien quiera adjudicársele la idea del partido único en la República ¡pero nunca a José Martí! No a aquel patriota de gigantesco espíritu, capaz de reducir toda la gloria del mundo a un pequeño, pero fecundo grano de maíz; no a aquel hombre iluminado, sincero y universal, que jamás pretendería aplastar el derecho ajeno para defender sus verdades. Esa es una triste faena, de pseudohombres y pigmeos, que tiene bien reservada la Historia para miserables y mezquinos de corazón pequeño, entre los que nunca se contó, para orgullo de los cubanos justos, este paradigma de la dignidad humana.

Comentarios en: "Martí y la idea del partido único." (9)

  1. Como usted, Sr. Jiménez, tampoco soy un experto de la obra de Martí, pero también he leido lo suficiente para constatar que lo que usted afirma se basa en la “palabra llana”, no en ambiguedades politiqueras llamadas a legitimar lo ilegirimable.
    Le felicito por defender la honra y la memoria de uno de los pocos demócratas que entre varios de gran figura, dieron todo por la guerra contra la colonia española. Enhorabuena !.

  2. Maria A. Hernandez dijo:

    Y que se puede esperar de un energumeno borrachin como Raul Castro!! El dice todas esas barbaridades porque Marti no puede defenderse. Pero todos los que conocemos las ideas Martianas no nos dejamos embaucar. Dios mio, cuando te vas a llevar a los hermanos Castro de este mundo para que Cuba pueda descansar!!!

  3. Excelente su comentario, honrando lo verdaderamente grande y como Usted mismo resume en el pensamiento martiano, “la Patria es ara y no pedestal.”

  4. Regina Coyula dijo:

    Saludos Chino, te pongo el enlace de este trabajo, muy en consonancia el tuyo de hoy
    lamalaletra.wordpress.com/2011/04/13/el-legado-plural-de-marti/

  5. Exelente trabajo, si me lo permitiras me gustaria traduzirlo al portuguez para discutirlo en la oficina de nuestra america d la universidad de São Paulo donde trabajo.

    • Por supuesto que si, Gregorio, puede Usted. Todo lo que podamos hacer para honrar al cubano mas grande y desmentir lo que se diga en su nombre, que vaya en detrimento de su legado, sera poco. Salude a sus colegas y suerte a Usted.

  6. […] Ver: Martí y la idea del partido único. […]

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