“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

El recurso del método

Obra: “Extraño equilibrio de América”, de Yordanis Garmendía.

                              Por: Jeovany Jimenez Vega.

Tiene fuertemente atadas las piernas, maniatadas las manos en la espalda, tapiados los ojos y la boca, reventados los tímpanos por el martirio. Crispa los puños y un silencio de plomo, interrumpido sólo por remotos lamentos ajenos a los suyos, transcurre bajo una lámpara cenital que lanza contra el suelo salpicado de sudor, destellos, sombras, reflejos que no puede ver. Alguien sin rostro emerge de las sombras, le arrecia las amarras, asegura la mordaza y tensa la soga que le deja sin aliento. En el rugir de los hierros y en el aliento ocre del aire intuye la crueldad del verdugo que levanta la copa de cicuta. Apenas emite un gemido recibe el puñetazo de rigor que abre un hilo de sangre, siente pasos que se alejan, la reja que se abre de golpe y se eleva en la noche la voz infame que grita asegurando que es valiente lo que hace. Afuera, en el ágora, es estridente el ladrido de los perros.

La jornada más pérfida fue, sin embargo, la rutina más simple del verdugo. Una vez rociada su piel con el ungüento e incendiadas las paredes, se redujo su vida a aquel edificio en llamas. Las manos quemadas logran desatarse a duras penas y tantea desesperado los muros. Se lanza a la carrera contra un humo denso que le quema los pulmones, siente abrasado su rostro mientras exhala una rabia contenida por demasiado tiempo. A punto de la asfixia y casi ciego percibe la única salida que dejaron entreabierta. Tensando su cuerpo traspasa de un salto el umbral y da de bruces en un charco de colores dispersos. Es cuando levanta lo que fueron sus párpados y escucha, junto al rugido sordo de los perros, aquella voz sin rostro que grita ¡traidor!… Entonces, fue la jauría…

Allá lejos, bajo el cielo rojizo, danzan brumosas sombras que no entienden nada.

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