“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, administrador de este blog, autoriza y agradece la divulgación de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

El fusil de mi padre

Uno de los irreverentes fusiles que apuntaron al cielo desde la céntrica esquina habanera, estaba empuñado por las manos de mi padre. Recuerdo el orgullo brillando en sus ojos cada vez que contaba que de allí partió para defender la Revolución en la arena semivirgen de Girón. Fue partícipe del primer período de la etapa revolucionaria, la de los vertiginosos eventos que orientaron cada vez más hacia la confrontación las relaciones con el gobierno de Estados Unidos. A cada medida de los yanquis una repuesta del Gobierno cubano hasta que, llegado abril de 1961, la suerte estaba echada y aquella juventud, incluido mi padre, no reparó en entregas y siguió a Fidel hasta mojar sus botas en el salitre mismo de la playa.

Nací yo nueve años después, entre los estertores de la zafra de los 10 millones que no llegaron a ser. En los brazos de mi padre aprendí a hablar silabeando “fi…del” y señalando aquel rostro barbudo en la pared. Había liderado una Revolución que triunfó en medio del júbilo de un pueblo que la apoyó sin miramientos, para desterrar una tiranía y una fauna de asesinos que encarnaban un pasado que debía sepultarse para siempre. Por eso, por haber sido aquella una Revolución necesaria y auténtica, todo lo que en su nombre se hizo fue devotamente aceptado por aquella generación como lo más natural del mundo. ¿En qué momento aquella Revolución, llamada a ser la más hermosa de todas, fue desvirtuada por los hombres? ¿Cuánto persiste de su original espíritu y cuánto ha quedado en el camino? ¿Es utópica quimera o hermoso sueño viable todavía? ¿Dónde termina hoy el ideal sagrado de la patria y dónde comienza el reino de las miserias humanas?

Quiso la vida que también un día de abril, 35 años después de aquella tarde de fusiles, muriera mi padre con más de una herida en el corazón. Me detengo a pensar si, de vivir aún, alguien pudiera convencerlo de que es justo que el hijo que él educara en el respeto supremo a la verdad – o lo que es lo mismo, en la lealtad a la patria – fuera expulsado del Partido en el que él mismo militó y haya permanecido inhabilitado durante más de 4 años para ejercer la Medicina – mi profesión, otro de sus grandes orgullos – sólo por haber escrito a su Ministro unas cuantas verdades. Sin lugar a dudas, se sentiría profundamente traicionado. Porque todo acto déspota, todo sueño truncado pérfidamente, toda injusticia impune, son una traición a la pureza de aquella Revolución de los humildes, una traición a aquel piélago de puños crispados bajo el cielo luminoso de abril; porque no fue para entronizar a ningún déspota que se ofrendara tanta sangre. De haber muerto después de consumada mi sanción (presumiblemente de vergüenza) habría partido con un pensamiento: ¿…qué pensará Fidel de todo esto? Gracias a Dios por evitarle esta herida, más dolorosa aún, en lo profundo del alma.

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