Por: Jeovany Jimenez Vega.
La Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, recién celebrada entre el 28 y el 29 de enero, deja un gusto indefinido entre dulce y amargo, según el paladar que la deguste. Asegura el Primer Secretario Raúl Castro, que entre sus objetivos estuvo “… promover la mayor democracia en nuestra sociedad, empezando por dar el ejemplo dentro de las filas del Partido.” Visto así, cualquier persona ajena a la inclemente realidad que vivimos los cubanos – no la virtual que pregona el misticismo oficialista – pudiera suspirar esperanzado. Pero millones en la isla, endurecidos por la repetición de frases parecidas, nos acogemos al beneficio de la duda.
En mi condición de exmilitante de ese partido, del cual fui miembro por 10 años, hasta que fui expulsado en 2005 – sin haber incurrido jamás en ningún acto de corrupción, delito o traición a la patria, sino por esta historia que terminó colocando “Ciudadano Cero” en Voces cubanas – pido la palabra. Opino que si el Partido Comunista desea ser mínimamente tolerante con relación a la sociedad, deberá comenzar siéndolo con relación a sus propios militantes. Baste una anécdota para ilustrarlo: a mediados de 1999, tuve la peregrina idea de preguntar en mi núcleo por la manera en que sería instrumentada la entonces recién emitida Resolución 54 del Ministerio de Salud Pública, a la luz de los acuerdos migratorios Cuba-EE.UU. vigentes desde 1994 después de la crisis de los balseros, pues acaso, al retener durante años a un trabajador que recibiera un visado de EE.UU ¿no entraba en contradicción aquella Resolución con la letra de estos acuerdos? Pues bien, esa “travesura” le costó a este cubanito todo un año de tensas reuniones con funcionarios de los Comités Municipal y Provincial del Partido que intentaban sancionarme “… por cuestionar las decisiones tomadas a nivel central.” No di un paso atrás, pero tanta algarabía por una simple preguntita – hecha ni siquiera públicamente, sino en el seno del partido – terminó por abrirme los ojos a una realidad: quien tenga criterio propio que vaya con su música a otra parte, en el Partido Comunista de Cuba no se milita para pensar, sino para obedecer órdenes irrestrictas, dictados divinos incuestionables de la cúpula que sólo escucha cuando se le aplaude y jamás cuando se le cuestiona. Entonces se concluye: si persiste esta mecánica de funcionamiento del partido con relación a sus miembros ¿cómo esperar, ante semejante psicología, una actitud diferente hacia el resto del pueblo?
Al leer en Granma el discurso de clausura de Raúl, desde el leads que lo encabeza salta a la vista una contradicción antagónica: el partido dice admitir la necesidad de “… promover la mayor democracia…” pero a la vez se niega de modo rotundo a reconocer oficialmente posiciones políticas divergentes. “Renunciar al principio de un solo partido equivaldría… a legalizar al partido o los partidos del imperialismo en suelo patrio…”. Más claro, imposible: la cuestión sigue siendo ¡conmigo o contra mí! Semejante enfoque sigue sin admitir la posibilidad de que entre los cubanos con criterios políticos diferentes haya patriotas auténticos dispuestos a salvaguardar la independencia de su país. De ese modo se insiste en el silogismo fidelista clásico de líder-revolución-patria, según el cual existe un único modo de ser un patriota consecuente: siendo un ferviente admirador del líder de la revolución y acatando incluso sus más absurdas decisiones.
En un discurso donde insiste en analogías históricamente usadas por el gobierno cubano para satanizar esquemas políticos diferentes (pluralidad = demagogia = mercantilización de la política = entreguismo a EE.UU.), nuestro Presidente critica “… la vigencia y utilidad de la llamada democracia representativa…” porque “… ha devenido invariablemente en la concentración del poder político en la clase que detenta la hegemonía económica…” y lo dice como si en Cuba, aún con matices propios, no haya sucedido exactamente lo mismo. Con demasiada frecuencia nuestro pueblo es testigo de que los más connotados corruptos – Raúl lo reconoce – son militantes fervientes que durante décadas mantuvieron un status de vida estratosférico ante la mirada impasible de las autoridades partidistas y de gobierno. Si esto se conoce a pesar de una censura de prensa sólo comparable, quizás, con la que rige en la Corea del norte, es fácil imaginarse lo que sucedería si la nuestra, en un rapto ético difícil de concebir, destapara la caja de Pandora. Por todo eso nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella.
Quedo estupefacto ante Raúl Castro cuando solicita del partido “… fomentar un clima de máxima confianza y las condiciones… para el más amplio y sincero intercambio de opiniones, tanto en el seno de la organización, como en sus vínculos con los trabajadores y la población, favoreciendo que las discrepancias sean asumidas con naturalidad y respeto, incluyendo a los medios de comunicación masiva… que deberán involucrarse con responsabilidad y la más estricta veracidad en este empeño… con comprobada objetividad y sin el secretismo inútil.” Pues resulta que durante el último año y medio yo mismo le hice llegar a Raúl Castro cuatro cartas donde expongo con claridad nuestro caso, y el mismo Raúl que aquí habla las ignoró por completo; y así mismo se lo hice llegar a las principales publicaciones periódicas cubanas sin que tuvieran el valor de publicarlo.
Aunque mi asombro aumenta cuando escucho al Presidente asegurar: “Es preciso acostumbrarnos todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos, discrepar y discutir… cuando consideramos que nos asiste la razón…”, sin embargo, despierto por fin cuando se muestra en realidad al puntualizar que todo será “… como es lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta...” Este blog lo administra alguien que se atrevió discrepar y por ello fue expulsado del partido, perdió su especialidad en Medicina Interna y fue inhabilitado luego para el ejercicio de su profesión. ¡Curiosa manera de entender el derecho a disentir y de “asumir las discrepancias con naturalidad y respeto”! De hecho, le aconsejaría al Primer Secretario un poco de “prudencia” al hablar, por ejemplo, sobre el peligro que presuponen los corruptos, no sea que termine él mismo expulsado del partido por emplazarlos, como le sucediera hace poco al catedrático Esteban Morales.
Pero donde este discurso sí es meritorio de un premio “Aquelarre” por ese buen humor criollo que destila, es en el punto en que el Primer Secretario asegura “… que en el Partido debe acabarse definitivamente el “mandonismo” su fuerza es moral, no jurídica… ¡es la fuerza moral!” Escuchar esto en un país donde el Partido Comunista todo lo dispone y fiscaliza – incluso a la Fiscalía, valga la redundancia – es hilarante. No es un secreto para nadie que mientras el partido asegura en público que no gobierna, no administra, que su función es “orientar”, que “… exigirá a todos responsabilidades por el cumplimiento de sus obligaciones, sin intervenir en la administración…” – no veo el modo en que sea posible hacer una cosa sin hacer la otra – sin embargo, la realidad es que no se aprueba absolutamente ningún cargo político o administrativo importante sin la anuencia del Partido Comunista; que sus dirigentes cuentan con potestades ilimitadas; que el partido pone y quita, según su interés, a funcionarios de todos los niveles administrativos, políticos y de gobierno, nombra y sustituye a su antojo administradores, directores de empresas, directores provinciales, ministros, generales, dirigentes sindicales y de las organizaciones de masas, dispone cuáles “ONG” serán aprobadas y cuál será su perfil, pone y quita entre bastidores a diputados de todos los niveles, presidentes de asambleas municipales y provinciales del Poder Popular, en fin, que es el gerente que dispone de la totalidad de la vida de este país sin ningún tipo de límites, con el ojo atento sobre estos funcionarios para defenestrarlos al menor desliz. Así, el Gobierno cubano – cuya totalidad de altos cargos lo ocupan, casualmente, militantes comunistas – llega a la osadía de pregonar a los cuatro vientos, cuando quiere apologizar al sistema electoral cubano, que no es el Partido Comunista quien postula, lo cual sucede “en teoría” por una razón muy simple: no lo necesita, porque se sabe dueño y señor de este país: si el partido frunce el ceño palidecen los ministros, viceministros, coroneles y generales, pero si el partido alza la voz y da un manotazo sobre la mesa se defecan los pantalones. Entonces ¿para qué reconocer que el partido en realidad les postula a todos?
Al final, este discurso deja en suspenso algunas preguntas básicas: ¿Se atrevería el Gobierno cubano a reconocer oficialmente a la oposición política ahora que el partido dice estar dispuesto a “promover la democracia”? Para decidirse a limitar la permanencia en los puestos de gobierno a dos períodos de cinco años – después de permanecer ellos mismos durante más de 50 – ¿se habrán convencido al fin de que el poder embriaga cuando se ejerce por demasiado tiempo?
También en este discurso – como también acostumbra a hacer Fidel Castro – a partir de las barbaries perpetradas por los bloques imperialistas, se pretende legitimar las cometidas por nuestro gobierno contra su propio pueblo, como si una cosa justificara la otra. Sí, está jodido el mundo, pero en este peñoncito que sufre bajo el cielo del Caribe son definitivamente masacrados, con la venia del Partido Comunista, los derechos civiles de 11 millones de cubanos.