“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

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Nuevas restricciones aduanales en La Habana: otra vuelta de tuerca.

EnviosCubaPackPor Jeovany Jimenez Vega.

Aparto con desprecio mi vista de esta gacetilla de malos augurios en que ha devenido Granma, donde ahora se publican las nuevas restricciones aduanales impuestas por el Gobierno cubano contra su propio pueblo. Estas consisten básicamente en una reducción significativa del peso de las mercancías autorizadas a ser importadas por personas naturales sin carácter comercial –que disminuyen a mucho menos 120 kg; la reducción también significativa del valor de importe de estas mercancías autorizadas de hasta 1500 a 1000 pesos –por encima de lo cual todo será confiscado–, y la ominosa resolución del Ministerio de Finanzas y Precios que aumenta la tarifa a pagar por estas mercancías de 10.00 a 20.00 CUC –entiéndase 500.00 pesos, o sea todo un salario mensual– por cada kg. recibido mediante envío postal una vez superados los primeros 1500 gramos.
Como un augur frente a su bola de cristal ya veo claramente las inevitables consecuencias de estas medidas. Sin hacer demasiado esfuerzo diviso a los corruptos de la aduana en cada aeropuerto cubano frotándose las manos y haciéndose cada vez más ricos, cobrando cuotas de extorción cada vez más jugosas al viajero desvalido, haciéndose impunemente de millones robados ante la vista impasible de todas las autoridades políticas y de gobierno que se salpican del festín, bajo las narices mismas de toda esa oficialidad del MININT responsable de “atajarles” –el mismo MININT tan informado y presto a reprimir ipso facto cada actividad de la oposición por mínima que sea, pero que de repente queda “ciego y desorientado” frente este escandaloso trasiego ilegal de dinero. No veo en la bola mágica, sin embargo, que en un futuro se detenga el flujo de “mulas” que surte al mercado negro –pues esos tienen bien “engrasados” a aquellos mismos corruptos a golpe de sobornos, como tampoco veo al pueblo cubano comprar, debido a estas restricciones, más mercadería podrida o de tercera a precio de estafa en las TRD, donde ya hace mucho tiempo nuestra gente advirtió el pillaje. En el fondo de mi bola imaginaria veo muy claro, eso sí, como crece continuamente el desprecio de mi pueblo a un gobierno que cada día se distancia más de él en su alucinada irrealidad y que con este tipo de medidas sólo persigue hacerle cada día más miserable la vida.
Queda demostrado que el Gobierno cubano no conoce límites cuando de mancillarnos se trata. Provoca nauseas escuchar los argumentos esgrimidos para justificar estas medidas infames. Toma el rábano por las hojas quien pretenda adjudicar el móvil de esta felonía al florecimiento del mercadeo ilegal, e igual quien lo adjudique al carácter continuado de la importación de determinados productos por determinados pasajeros: si aquel importó decenas de televisores y de computadoras, y aquel otro decenas de impresoras o torres de PC, lo hizo a través de alguna aduana y con la venia de sus funcionarios –que buenas “ra$one$” tendrían para permitirlo– lo cual no justifica que por unos pocos se generalice una política de modo que nos afecte a todos, y por ir más allá, aun cuando hubo de ser aquello cierto, quedaría por demostrar el afán de lucro de quien importaba estas mercancías, y eso no es algo que se pueda demostrar en el aeropuerto ni que le competa a la Aduana General, sino que existe para este fin todo un cuerpo de regulaciones e inspectores cuyo trabajo consiste presisamente en velar para que se cumpla esa legislación en el terreno, pero de esto a acusarnos a todos de lo mismo y hacernos pagar por igual va un inmenso trecho.
Sin pecar de ingenuos, lo cierto es que no es natural ni ético que alguien que no conoce mis necesidades ni la extensión de mi familia, disponga a priori que todo cuanto yo traiga por encima de lo que él dispuso será “con carácter comercial”, aunque al respecto nunca debemos olvidar la antológica máxima de las autoridades de este país que se cagan en el principio de la presunción de inocencia: aquí serás culpable mientras no se demuestre lo contrario. Mientras tanto, seguimos siendo el único país donde el gobierno insiste en multar a sus propios ciudadanos –pues de otra cosa, por más que pretenda edulcorarse, no se trata– a las puertas de su aduana por el único “delito” de pretender mejorar su vida.

¿Por qué otra Cuba es necesaria?

cartel pulido por otra-720392Por Jeovany Jimenez Vega.

Existe una serie de instrumentos internacionales vinculados a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, entre los cuales se encuentran el Pacto de los Derechos Civiles y Políticos y el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Estos estipulan para su implementación dos pasos básicos: su firma, mediante la cual el estado en cuestión se compromete a analizar su letra y tácitamente a respetar lo estipulado en ellos, y un segundo paso, por supuesto más trascendental, que consiste en su ratificación, acto que ya sí obliga a ese estado a modificar su constitución y cuerpo de leyes en todo cuanto se oponga al espíritu de estos pactos. A partir del preciso instante de haberlos ratificado, la posición de este gobierno pasará de ser de acatamiento tácito a ser de acatamiento obligatorio, pues las referidas modificaciones pasan a tener el carácter vinculante que garantizaría, al menos teóricamente, el respeto a los derechos allí reflejados.
La campaña “Por otra Cuba”, lanzada por la sociedad civil de la isla, persigue vindicar los derechos contemplados en los pactos arriba mencionados, firmados por el Gobierno cubano desde febrero de 2008, pero que pasados más de seis años permanecen sin ser ratificados –de hecho el cubano se encuentra entre el “selecto” grupo de ocho gobiernos que no han dado aún este segundo y definitivo paso.
¿Qué detiene al Gobierno cubano para la ratificación de los pactos? ¿A qué le teme nuestra élite dirigente?, serían aquí las preguntas y las respuestas caerían por gravedad. No obstante valdría la pena analizar someramente las consecuencias que tendría este paso, al menos en teoría, en la dinámica sociopolítica cubana –y digo en teoría porque la Revolución cubana nació, se consolidó y marchitó a lo largo de medio siglo, siendo Cuba signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin que por esto se perturbara en nada la larga saga de atropellos que ha sufrido su pueblo durante todo este tiempo.
La ratificación de estos pactos “obligaría” al Gobierno cubano, al Partido Comunista y a los Órganos de la Seguridad del Estado –que en la práctica vienen a ser la misma cosa– a reconocer oficialmente la existencia de una oposición política cívicamente organizada en partidos, con derecho a postular a sus candidatos de cara a elecciones tan plurales como el pueblo que representan; les “obligaría” a suspender, y en lo adelante prohibir, toda acción represiva contra personas u organizaciones opositoras –entiéndase actos de repudio y golpizas impunes en plena calle– bajo riesgo de ser enfrentados a tribunales imparciales que emitirían, con las debidas garantías, dictámenes justos sin enfoques políticos, y además “obligaría” a nuestras autoridades a contemplar estos hechos en el Código Penal como lo que realmente son: delitos de vandalismo vulgar; les “obligaría” a reconocer nuestro derecho de reunión y de asociación, así como nuestro derecho a la manifestación pública pacífica y por ende a suspender toda hostilidad contra las marchas organizadas por esta oposición, así como las oleadas de detenciones arbitrarias que para impedirlas son hoy la práctica habitual; les “obligaría” a respetar nuestro derecho a la libre expresión del pensamiento, así como a divulgarlo por cuanto medio sea posible –esto se traduciría en un acceso incondicional a los medios de comunicación masiva, incluidos todos los tipos de prensa, así como en un acceso inmediato, pleno y sin censura a Internet; firmar les “obligaría” a respetar el elemental derecho de los padres a elegir el tipo de educación que recibirán nuestros hijos, en lugar de dejarnos sin elección ante una única alternativa viciada de adoctrinamientos políticos, así como nos “garantizaría” nuestro derecho a recibir un salario justo que nos permitiera vivir sin canjear nuestra dignidad por dádivas miserables. Estos y otros derechos universales, que hasta hoy yacen bajo la égida totalitaria, son el objeto de ambos pactos. El amplio alcance que representan en cuanto a la vindicación de la dignidad humana explica la urticante aversión que hacia ellos ha mostrado siempre cualquier dictadura.
No son estos pactos “abominables herramientas de propaganda” ni medios de “dominación burguesa” del “capitalismo mundial” –enfoque presentado aquí frecuentemente por la propaganda oficial– sino que se cuentan entre lo más avanzado que ha concebido la humanidad para no regresar a la era de barbarie de la cual emergió la ONU a mediados del pasado siglo, y por lo mismo, sólo los gobiernos retrógrados se oponen abiertamente a su espíritu. Y nadie habla aquí de “regresar al pasado de oprobios” –slogan de lo más rancio y decrépito– ni suspira de nostalgia por épocas pasadas. Esto simplemente no sería posible porque el mundo cambió ya demasiado, así como también cambiaron Cuba y su pueblo. Aquí sólo se habla de poner a la patria a la altura de su tiempo, de que deje de ser pasto de la desidia y la ambición de algunos para comenzar a ser fuente de igualdad y prosperidad para todos.
Por estas razones el pasado lunes firmé “físicamente” esta demanda ciudadana junto a mi esposa, la Dra. Aliette Padrón Antigua –pues hace varios meses ya había dado mi respaldo “virtual”– y entregamos nuestra petición en la sede del Consejo de Estado. Refrendamos esta campaña porque creemos firmemente que otra Cuba sin atropellos, donde quepan dignamente en paz todos los cubanos –la Cuba por la cual murieron nuestros próceres– es, todavía hoy, un sueño válido y posible.

A propósito del caso de fraude académico en La Habana

dibujoPor Jeovany Jimenez Vega.

Viene sucediendo hace varios años y ya es uno de esos secretos a voces que hasta los niños conocen: el soborno a maestros y profesores a todos los niveles de la enseñanza ha terminado siendo, a golpe de habituación, algo casi folklórico, y aunque sería injusto pasar tabla rasa y juzgar por igual a justos y pecadores, bien merece la pena haber lanzado la bengala de alerta sobre un asunto que ha llegado a tomar escandalosas connotaciones, más que por haber sido sacado públicamente a la luz, por las nefastas consecuencias morales que implica para todos.
En este medio no siempre el soborno llega en la forma abierta de dinero al cash. Existe toda una gama de recursos a disposición de adulones y ostentosos para llegar a su objetivo y una vez localizado el profesor diana sólo se impone estudiar necesidades y gustos puntuales para acertar el disparo, que puede consistir en apetitosas meriendas, en ropas elegidas a la medida, en perfumes caros o exclusivas invitaciones, por ejemplo.
Sin dudas, en todo esto influye el lamentable estado de estrechez económica en que está sumido el profesorado en nuestro país, con un “salario” similar al que devengaron hasta ahora los médicos, y que nos ha mantenido a ambos sectores al borde de la indigencia durante décadas. Pero no es gratuito si escribo aquí la palabra “influye” en lugar de “determina”. Por misterios de la naturaleza humana, en el mismo tiempo y lugar donde algunos propenden a la doblez otros se elevan al estoicismo. Conozco honorables ejemplos de maestros que nunca se doblegaron a la desvergüenza y que han vivido en medio de su pobreza con un tremendo decoro, por eso me resisto a aceptar que le necesidad baste por sí sola para someter a todos por igual, por más abrumadora que esta sea.
Claro está que también en este caso los detenidos y procesados –ocho personas según lo publicado en Granma– pertenecen una vez más a los estratos bajos. Aunque siempre es plausible la transparencia, porque es el sentido de ser de toda prensa genuina, y vale por esta vez el toque ejemplarizante, me pregunto si este folletín oficial sería capaz de denunciar igual a alguna vaca sagrada, a algún comandante o dirigente histórico de la Revolución, en caso de comprobarse su implicación en semejantes trances.

La visita de Sr. Thomas J. Donohu: ¿un hito contra el embargo?

PolíticoPor Jeovany Jimenez Vega.

La reciente visita a La Habana del Presidente Ejecutivo de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, Sr. Thomas J. Donohue, a la vez que lanza un guiño al éter, abre a la polémica por milésima vez el tema del embargo económico. Históricamente este asunto ha sido uno de los más encarnizados puntos de confrontación en cada predio donde se hayan tratado las relaciones Cuba-EE.UU, y a la vez que el más socorrido argumento de Fidel Castro para justificar cada descalabro económico cubano, devino con el tiempo en el más exquisito regalo que le hicieran los tanques pensantes estadounidenses al barbudo incorregible.
Aunque me atrevo a suponer que durante los primeros años que le siguieron al triunfo revolucionario la jerarquía política verdeolivo pudo tener genuinas intenciones de mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano, sin embargo, una vez consolidada en el poder y aniquiladas las garantías civiles, una vez eliminados los naturales contrapesos sociales e instituido todo un entramado a espejo y semejanza del modelo soviético, más temprano que tarde la cúpula cedió a su caracteropatía y desató sus fantasías de poder. En algún momento de aquel proceso el alto mando tomó conciencia de su incapacidad para desarrollar el país, pero rápidamente se percató también de que la insolvencia económica del individuo, una consecuencia inherente al esquema impuesto, era a la vez altamente conveniente a sus afanes de predominio, pues sería mucho más fácil mantener sometido a un hombre si almorzaba preguntándose qué cenaría y luego cenaba preguntándose qué almorzaría al día siguiente. Pero se necesitaba un argumento justificativo para la catástrofe, y es en este punto donde Fidel Castro debe estar eternamente agradecido a los teóricos del embargo, pues le sirvieron en bandeja de plata el argumento perfecto del culebrón: los dirigentes revolucionarios, siempre altruistas en sus santos deseos de hacernos prosperar, pero atados de pies y manos por el despiadado “bloqueo” yanqui –dado que a Cuba entran mercancías desde los cuatro puntos cardinales aquí le llamaré embargo.
Aunque pocos dudan que esta política haya lastrado en alguna medida el avance económico de la Cuba revolucionaria, seguramente menos aun dudamos que la tremenda insolvencia arrastrada por la economía cubana durante las últimas décadas obedezca en mayor medida a las innegables y nefastas consecuencias de un bloqueo mental endógeno, total y sistemático. Aunque es imposible evaluar con límites precisos hasta dónde influyó el embargo y hasta dónde la ineptitud del gobierno cubano, soy de los que opinan que éste último factor es el que siempre jugó una parte más crucial. Una larga serie de evidencias señalan en esta dirección; simplemente preguntaría: ¿Quién maniató históricamente al productor agropecuario con regulaciones absurdas en este país de tradición eminentemente agrícola? ¿Por culpa de quién se mantuvieron improductivas durante décadas más de la mitad de las fértiles tierras cubanas? ¿Quién mantiene aún la política punitiva que amordaza el desarrollo de nuestra ganadería, clausuró la mitad de los centrales azucareros de este país y arruinó así toda una cultura de siglos? ¿Quién le ha puesto cuanto obstáculo ha sido posible a la gestión del sector trabajador por cuenta propia y le niega su derecho a importar sus insumos y materias primas, así como a exportar directamente sus producciones? ¿Quién se erige como única entidad empleadora ante el inversor extranjero, para después explotarnos cuando nos paga entre el 5 y el 10% de lo pactado, e igual le paga una mísera parte al colaborador nuestro en el extranjero, dispone de su cuenta bancaria congelada en un banco de La Habana, y decide qué puede y qué no puede traer cuando regresa a Cuba? ¿Quién ampara a la cadena de entidades intermediarias que terminan en la TRD y nos masacra con mercancías podridas o descontinuadas, a precios estratosféricos del 1000% o más de su costo, a la vez que nos paga uno de los salarios más miserables del mundo? ¿Quién sostiene las tarifas telefónicas más escandalosas del planeta y nos veta a los cubanos el acceso libre a Internet, y con ello nos priva de todas las oportunidades que así se nos esfuman? ¿Quién mantuvo durante 50 años la prohibición de viajar al extranjero? ¿Quién mantuvo durante décadas la política del apartheid turístico que nos humilló en la puerta de los hoteles, y continúa vetándolos hoy con tarifas inaccesibles para cualquier trabajador honesto? ¿Quién nos estafa cuando solicitamos un simple pasaporte? ¿Por qué si a un español con salario de 800.00 euros, por ejemplo, este documento le cuesta 10.00 euros, a un cubano con un salario mensual de 20.00 USD, nos tiene que costar 110.00 USD? ¿Quién consiente que se nos extorsione del modo más impune en la Aduana General de los aeropuertos cubanos y nos prohíbe entrar a Cuba un auto regalado o comprado en el extranjero, mientras establece tarifas insensatas para su venta aquí que dejarían estupefacto a un millonario? Pero en fin, como esta lista se haría interminable, para abreviar concluyo: ¿Quién nos necesita pobres, se nutre y regodea en nuestras carencias y especula con nuestras necesidades? ¿Quién nos deshumaniza más la vida? ¿Quién propicia realmente la calamidad del pueblo cubano teniendo la potestad de remediarla?
No menciono arriba un solo punto directamente alusivo –como no sea a través de sus lógicas consecuencias– a las graves violaciones de nuestros derechos políticos y civiles. Lo que arriba enumero son sólo algunos síntomas visibles de la enfermedad sistémica que nos corroe gracias a la tozudez política de los gobernantes cubanos, convencidos de que cualquier cambio de esquema iría en detrimento del carácter absoluto de su poder. Rectificar estas barbaridades no pondría en peligro el carácter socialista de la sociedad cubana, ni implicaría hacer concesiones doctrinales. Arriba se habla de esas “pequeñas cosas” que nos son arbitrariamente negadas por el bloqueo mental endógeno y que una vez sumadas convierten en agonía la vida de la mayoría de nosotros. Ahora bien, si rectificarlas nos convertiría en un pueblo más solvente, en una economía más sólida, en una sociedad más funcional –o dicho en menos palabras, nos haría un pueblo más próspero– también es cierto que forjaría un pueblo menos manipulable y servil, y es en este punto donde se traba el dominó para nuestros gobernantes, quienes en esencia no esperan, ni necesitan, la prosperidad del cubano, sino su sometimiento. Por eso, rendido ante la evidencia, quedo convencido: aquí las respuestas señalan acusadoras hacia los verdaderos artífices del bloqueo más dañino y los auténticos perpetuadores de esta ruina.

El fantasma de Rosita y la irresponsabilidad institucionalizada.

1Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 3 de diciembre el pueblo de Artemisa amaneció conmocionado por un crimen pasional: una joven que en la madrugada se dirigía a su trabajo fue conminada por un ex novio, apartada a una calle semioscura y allí asesinada. Sucedió en una céntrica zona, muy cerca del punto de partida del ómnibus de los trabajadores del Hospital “Finlay”, donde cursaba el último año de mi residencia. A poco de llegar al punto un movimiento de personas en la esquina dio la alerta, y al comentario ominoso de que se había cometido un crimen nos acercamos por ver si aún se podía intentar algo, pero ya era demasiado tarde y la escena definitiva y dantesca. A las 6:00 am llegó la primera patrulla de la PNR, prácticamente junto a nuestro transporte. Partimos a nuestra rutina, pero ya no pude apartar mi pensamiento de aquella escena durante el resto del día.
Si el doloroso hecho se hubiera limitado a aquella vivencia, por más perturbadora que fuera en lo personal, muy poco tendría que ver con ello Ciudadano Cero, no dado a crónicas rojas ni a efectos amarillistas, pero una y otra vez, para mi pesar, aquella horrenda visión insiste en perpetuarse debido a una tendencia al morbo que ha cobrado últimamente inusitada fuerza, y es aquí donde aflora la faceta del asunto que hoy me ocupa. Apenas hubo semana durante los primeros meses en que no sucediera –y aun sucede: alguien se me acercaba para decirme, del modo más insulso, que tenía en su poder todas las fotos del caso –y lo dice, las más de las veces, como quien dice vendo maní tostao.
No hablo aquí de fotos tomadas por algún curioso de paso; se trata de las auténticas imágenes policiales, oficialmente tomadas durante el levantamiento de la escena del crimen, donde constan los detalles periciales propios de estos procedimientos, y que por ir más allá –como para completar el rigor de todo “buen reportaje”– incluye las fotos tomadas al cadáver de aquella joven en la morgue, y todo suficientemente explícito: fotos impúdicas del cadáver expuesto en toda su desnudez, como objeto de feria, sobre la mesa de Morgagni, que muestran en close up y a todo color cada herida, cada laceración y hasta, según me cuentan, el cuello de la joven degollado por el infame.
Estas fotos son, hace meses, de completo dominio público, y es aquí donde cae por su propio peso la pregunta más obvia: ¿De qué mágico modo logran salir estas fotos de las “herméticas” oficinas del Ministerio del Interior ocupadas de estas investigaciones? Ni usted ni yo tenemos acceso a estas imágenes. Cuando se busca al responsable todas las miradas se dirigen en una sola dirección: hacia las autoridades del MININT responsables de velar por la salvaguarda de esta información; aquí no hay posibilidad de otra vuelta de hoja. Estamos ante uno de los más escandalosos ejemplos de irresponsabilidad institucional de este país, cuyas consecuencias ofenden, desde su raíz más profunda, la sensibilidad humana más elemental –y si alguien lo duda, que intente ponerse, por un minuto, bajo la piel de los padres de la víctima. Bastaría imaginar someramente lo que se sentiría ante semejante pérdida y encima de esto, como si no bastara, tener que soportar además este ultraje público a la dignidad de su ser querido.
Alarma sobremanera que esto se haya establecido como norma en los casos más connotados de crímenes durante los últimos años. Ejemplos hay muchos, pero la masacre familiar de la Finca “La Rosita” –precisamente cerca de Artemisa– y la otra masacre familiar perpetrada pocos años después en Bauta, bastan como ilustrativos ejemplos; disímiles crímenes que tienen algo en común: la ineptitud de una entidad que ha sido incapaz de velar con rigor por imágenes que terminaron filtrándose y siendo pasto de lo más bochornoso del vox populi, que parece regodearse y disfrutar con el dolor ajeno.
Más de una vez se ha tocado el tema en sitios alternativos cubanos, pero pareciera aquí que el morbo siempre trazará las coordenadas y todavía hoy, mientras me avergüenzo de la culpabilidad ajena, el fantasma de Rosita –como nunca la conocí, llamémosla simplemente así– me hostiga a cada rato. Continúa torturándome la idea de que semejante barbarie se perpetró en la misma calle que dos horas más tarde tomarían mis hijos camino a su escuela; de que todo sucedió pocos minutos antes de llegar yo a aquel lugar y que siempre hubiera podido intentar algo para evitarlo; que todo sucedió ante la mirada impasible de “hombres” que se mantuvieron a prudencial distancia sin hacer nada ante los gritos desesperados de auxilio; que la misma policía que se la pasa comiendo mierda y hurgando mochilas en la calle, demorara más de media hora en acudir a la insistentes llamadas telefónicas de una vecina y que como siempre, a diferencia de las estelares entradas de “Día y noche”, esta vez llegó demasiado tarde.

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Gratitud.

Monumento FinlayFoto tomada de Internet.

Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado 23 de marzo, 10 años después de haberla comenzado, concluí por fin mi especialidad en Medicina Interna. Desde marzo de 2012 había sido rehabilitado para el ejercicio de la Medicina, junto al Dr. Rodolfo Martínez Vigoa, después de cinco años y medio de injusta inhabilitación. En aquel momento se nos pagó el salario íntegro dejado de percibir durante los 66 meses que permanecimos sancionados, y que fueron contemplados como tiempo trabajado en nuestros expedientes laborales; en aquel momento se me comunicó además que se me permitiría concluir mi especialidad.
Llegado septiembre de 2012 reanudaba yo el tercer año de mi residencia. A solicitud mía se me permitió cursar éste en la Facultad “Finlay-Albarrán”, de La Habana, donde el mayor rigor docente me garantizaría una formación más sólida después de más de cinco años apartado de mis estudios. Esta facultad, que tiene su sede en el Hospital Militar Central “Carlos J. Finlay”, asentado en el municipio Marianao, ha graduado durante las últimas décadas a miles de especialistas del oeste de la entonces Provincia La Habana, actual Artemisa. Ya entre 2005 y 2006 había hecho yo en este centro mis rotaciones de Medicina Intermedia e Intensiva, módulos exigidos en el programa que todos los residentes de aquel territorio hacíamos allí pues entonces no existía el actual servicio de Medicina Intensiva en el hospital artemiseño “Ciro Redondo”.
A mediados de septiembre de 2012, después de las presentaciones de rigor, fui ubicado en la sala B del servicio de Medicina Interna, bajo la tutela de la profesora Mercedes Bataille Ceriani, quien ya conocía los detalles de mi historia, pues durante las décadas de 1980-90, durante más de 20 años, trabajó en Artemisa y Guanajay, y fue precisamente en este último hospital donde la conocí en 1993, mientras cursaba mi año de internado.
No fue hasta pasado más de un mes de estar trabajando en el Hospital Finlay, que la Dirección de la CIM (Contrainteligencia Militar) me pidió que le hiciera llegar mi autobiografía, que entregué enseguida sin omitir ningún detalle, después de lo cual no fui solicitado por ellos nunca más. Desde el principio fui tratado como un residente más, y si se hizo alguna distinción fue sólo para ayudarme en alguna solicitud puntual. Allí recibí un apoyo pleno y un respeto absoluto por parte de la Dirección del hospital y del servicio, tanto de civiles como de militares. Entre los especialistas del Servicio de Medicina –la mayoría de ellos primeros oficiales– y muy lejos de la imagen estereotipada que se tiene de los militares, en lugar de órdenes rígidas e impositivas encontré, y como yo el resto de los residentes del servicio, no más que posturas comprensivas y un clima de franqueza y acuerdos consensuados. De hecho observé que las actitudes arbitrarias, y hasta despóticas, tan frecuentes en centros netamente civiles, en aquel servicio sin embargo, entre profesionales que se quieren y respetan, quedarían por completo fuera de lugar.
Como todo gran centro de este tipo, es el Hospital Finlay un lugar con sus historias pintorescas, con sus celebridades, con sus propias leyendas. Cada martes se realiza el staf meeting, una reunión donde se presentan casos de interés clínico-docente, donde llegué a escuchar verdaderas lecciones magistrales de Medicina. Esta actividad ha sido mantenida ininterrumpidamente durante más de 40 años por el ilustre profesor Miguel Angel Moreno, la referencia obligada de esa institución, ética y científicamente hablando.
Durante todo este año y medio nunca se me abordó para hablarme de algo ajeno a la Medicina; ni antes ni durante mi estancia allí se me condicionó de ninguna manera. Ciudadano Cero continuó su camino y mientras decenas de posts fueron colgados durante este tiempo, nadie allí pareció darse por enterado. Las personas encargadas de seguir mi caso tuvieron la discreción y la decencia de no exigirme nunca, ni por insinuación, alguna concesión de principios. Sólo espero que esta “experiencia piloto” demuestre que la convivencia en paz es posible siempre que el respeto mutuo sea la divisa de cambio.
Concluí por fin mi especialidad y junto al recuerdo del constante agotamiento de las guardias médicas y la extrema presión asistencial, llevaré conmigo el orgullo de haber conocido a seres humanos excepcionales, hermosos caracteres de recios principios, que arrastran con dignidad carencias del mismo color que las mías, también con sus hijos que esperan, también con sus sueños que tardan; profesionales que junto a sus elevados conocimientos llevan una inmutable y mesurada humildad que agradeceré para siempre. Ahora, cuando siento por fin llegado el momento de cerrar esta etapa, Ciudadano Cero se postra de gratitud ante cada profesor, ante cada compañero de guardia y ante la institución que me acogió con respeto. Muchísimas gracias a todos. Ahora el camino continúa; hay una patria que sanar todavía.

Es “gratuito”… pero nos cuesta la salud.

Es gratis pero cuesta. Cartel Salud Pública cubanoPor Jeovany Jimenez Vega.

Se les puede ver hace alrededor de dos años casi en cada unidad asistencial del Sistema de Salud Pública cubano, desde cualquier consultorio o policlínico del área de atención primaria, pasando por cada hospital del nivel secundario, hasta los centros de atención terciaria, en cada Instituto. Nos dan la bienvenida desde la puerta de la consulta o desde el mural del sindicato y nos aseguran que nuestro omnímodo gobierno se ha desvelado desde siempre por garantizar la gratuidad absoluta de la atención médica de nuestro pueblo.
Visto así, sin más, parecería simple el asunto. En este mundo donde, para vergüenza de la especie, aún mueren cada día decenas de miles de niños debido a enfermedades curables por no tener acceso a unas pocas tabletas y una miserable infusión endovenosa, sería lo más natural que los cubanos nos postráramos de gratitud ante semejante derroche de filantropía. Pero si hay algo que hemos aprendido hace mucho tiempo es que aquí, cuando vas al fondo del asunto, todo se nos ha cobrado.
Cierto es que no se nos cobra directamente en el hospital o en la escuela de nuestros hijos, pero sin dudas sí se nos cobra, y bien recontracaro, en la caja de la tienda recaudadora de divisas, en una moneda sobrevaluada arbitrariamente 25 veces con relación a aquella con que se nos paga un salario irreal que de bien poco nos sirve.
Estas palabras no pretenden ser una embestida inquisitorial contra el sistema asistencial a que pertenezco, cuya función esencial se ve entorpecida por limitaciones a las que no escapa ningún sector en Cuba. Cualquier acometida gratuita dejaría en esta página el olor de la puñalada por la espalda, un aroma que este cubano detesta, pero 40 años de martilleo no terminaron por convencerme de que garantizar un derecho, o pretender hacerlo, le otorgue de ningún modo potestad a mi gobierno para privarnos de otros tan esenciales como aquel, y es aquí –más que en la puerta de las TRD y de los hoteles, o en las tarifas inmorales de la Aduana General, o en los precios extorsivos de cada gestión consular en el extranjero, entre otros cientos de oprobiosos ejemplos– donde se nos ha cobrado la verdadera moneda de cambio a millones de cubanos: ha sido mediante la humillación de aquellas célebres diplotiendas, o en la puerta de los hoteles prohibidos, o mediante el despotismo de la autoridades migratorias o del maltrato de cualquier otro tipo de funcionario, o mediante la sistemática deprivación de nuestros derechos civiles y políticos; todo tomando como invariable trasfondo justificativo el socorridísimo argumento de las gratuidades que nos machacan a cada paso carteles como este. Por otro lado estos esquemas de gestión pública no son privativos de Cuba ni del socialismo, como históricamente se nos ha insinuado. Existen decenas de ejemplos de países –y no necesariamente del primer mundo– que sostienen sistemas de salud y educación tan públicos y gratuitos como los nuestros, y todo sin exigir a cambio dosis tan altas de libertad individual.
Muy cierto es que sostener el presupuesto de la salud pública cuesta muy caro a cualquier estado a nivel mundial y Cuba no iba a ser precisamente la excepción, pero también recuerdo aquí que a cada trabajador cubano se le rebaja de su salario mensual alrededor del 30% precisamente para cubrir estos gastos públicos. Igual recuerdo que cuando nuestro estado se empeña en garantizar los servicios de salud pública y de educación –los dos ejemplos más paradigmáticos– no cumple sólo con un deber, sino con su más conspicua obligación, quizás su única auténtica obligación. En lo particular me pregunto de qué mágico modo el gobierno cubano invirtió $ 4386.00 pesos, en mí solamente, por las alrededor de 120 consultas que hiciera en mi última guardia médica de 24 horas, en las que utilicé sólo –si exceptuamos los $24.00 pesos que se me pagaron por nocturnidad– mi estetoscopio, mi esfigmomanómetro y algunos depresores desechables. Pero como no soy economista, mejor dejo a otros con las cuentas y me dedico, como buen zapatero, a mis zapatos. Después de todo, es verdad que nos cuesta… y bien caro, por cierto.

Ver: Cuesta. Por Regina Coyula.

Incremento salarial a la Salud Pública cubana: sabores y sinsabores.

medicos_cuba3Por Jeovany Jimenez Vega.

El rumor ya dio paso a la certeza: llega para nuestro sector un incremento salarial que para algunos duplica –y hasta cuadruplica en algunos casos– nuestro salario básico. Pero lo que debería ser sin reservas una excelente noticia, nos llega con una extraña mezcla de incertidumbres y pasmosas evidencias, con un desagradable lastre de dudas que deslustran un tanto lo que bajo otras circunstancias sería una alegría absoluta.
Como bien recordaremos, nuestro salario actual es resultado del anterior incremento hecho a nuestro sector en 2005 bajo la égida de Fidel Castro. Si bien aquel fue francamente irrespetuoso, esta vez no es tanto el incremento en sí lo que enturbia la noticia como aquellas obvias condiciones que le cuelgan, y es que en la Cuba de hoy, como en la de entonces, la solución del asunto continúa siendo no tanto cuestión de salarios como cuestión de precios: es evidente que mientras no se produzcan cambios a nivel macroeconómico que devuelvan al salario su básico sentido motivacional, ningún aumento salarial tendrá sentido.
Varias aristas del tema saltan al análisis más insulso e imponen una pléyade de obligadas preguntas: ¿de qué nos sirve este aumento salarial cuando se produce con una moneda francamente devaluada? ¿Vale la pena considerarlo como el estímulo que pretende ser mientras esté vigente la infame política de precios seguida por el Gobierno cubano, hace dos décadas, en toda la red de comercio minorista, y que nos grava la vida de forma bestial? ¿Cómo quedan otros sectores, tan imprescindibles como el nuestro, mientras el gobierno no tome medidas concretas al respecto? Se hace evidente que el único modo en que algo similar tendría consecuencias prácticas, que nos alcancen a todos, sería mediante la implementación impostergable de precios justos y adecuados al poder adquisitivo del salario promedio –algo que de momento no parece estar en el tintero de los decisores de este país.
Pero aquí todo análisis objetivo debe adecuarse a una regla de oro: situar cada cosa en su contexto. Si bien es cierto que esa mensualidad que se pagará al médico cubano a partir de mayo la gana su colega en Miami en menos de un par de horas –gana más de mil veces nuestro salario en Cuba– no creo nada más absurdo, sin embargo, que caer en semejantes comparaciones. Salta a la vista que Cuba difiere sustancialmente del primer mundo por miles de motivos obvios. De hecho era menos este cuestionamiento hacia afuera y más el que hacíamos hacia adentro, lo que motivaba aquella iniciativa nuestra en 2005: saber de otros sectores que, a pesar de no tener ni por asomo nuestro peso en la economía, eran holgadamente mejor atendidos.
En lo particular no me molesta que un productor agrario que trabaja de sol a sol gane millones, pero sí me revientan el dirigente corrupto que defalca el tesoro público de mi nación, el oficial de aduana que roba con la mayor impunidad del mundo, cada policía que extorsiona a alguien, y todos ellos tienen algo en común: ganarán un “salario” bastante mayor que el mío. Es en este contexto que llega el actual incremento salarial: nos llega a sabiendas de que vendiendo maní ganaríamos el doble de nuestro futuro salario, de que un maletero del aeropuerto o de un hotel ganará más en un solo día y que en todos esos lugares hay ladrones que igual ganan más de $1000.00 USD ¡en cada turno de trabajo! Todos tenemos pacientes que no se molestarían en salir de su casa por menos de $500.00 pesos diarios, mientras nosotros ganaremos entre $1000.00 y $2000.00 pesos mensuales.
Si bien hay que reconocer que el incremento actual difiere sustancialmente del pretendido en 2005, también resulta insoslayable que se produce en circunstancias bien diferentes a aquel: ahora están derogadas las leyes que prohibían masivamente a todos los cubanos viajar al extranjero; ya están derogadas también las resoluciones ministeriales del MINSAP que retenían a los profesionales de la salud durante al menos cinco años si querían viajar; ahora las misiones de trabajo en el extranjero están reportando ingresos records, pero a la vez se evidencian señales inequívocas de deserciones desde las mismas, de médicos y personal técnico que emigra temporal o definitivamente, así como de un número sin precedentes de trabajadores de estas categorías dentro de Cuba desvinculados debido a una profunda desmotivación. Es indudable que este incremento salarial forma parte de una estrategia de contención contra todas estas tendencias, aunque lo anunciado adolece de grandes vacíos: no toma en cuenta a los jubilados del sector, no se paga antigüedad, ni se mencionan para nada las guardias médicas que tan caras nos cuestan en cuestión de salud personal. No descarto que estas últimas cuestiones estén incluso decididas, y que se lleven a efecto más adelante.
De momento Ciudadano Cero saluda cuanto de sensato haya sido determinante en la toma de esta decisión, que favorece a un sector social que muchísimo se lo merece. Inevitables recuerdos me asaltaron ante la noticia, que llega en vísperas de cumplirse justo dos años de nuestra rehabilitación para el ejercicio de la Medicina, el 31 de marzo de 2012, después de una larga batalla que contó con el apoyo de cientos de personas de buena voluntad dentro y fuera de Cuba. Valió la pena cada post, cada tweets, cada mensaje de aliento, cada palmada en el hombro. Atesoro en la memoria aquellas conmovedoras muestras de solidaridad: el apoyo incondicional de las hermanas Escolapias, que arriesgaron su permanencia misma en Cuba, y en valietísimo gesto permitieron colgar aquel desafiante cartel, aquel grito de guerra, en el portal de su sede en Guanajay; los largos minutos de ovación que derivaron en catarsis colectiva cuando el padre Francesc Carreró Vidal, después de misa, anunció la nueva en la Iglesia Católica de esta comunidad; la vecina que recibió el mismo día dos buenas noticias –que habíamos sido vindicados, y el resultado de una biopsia que demostraba que no tenía cáncer– y me aseguró con total certeza que se alegraba más de lo primero; cada hombre que me estrechó las manos sin disimular las lágrimas. Para todos ellos guardará siempre este cubano su deuda perpetua de gratitud.

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A propósito del aumento salarial prometido…

 

pincel2Por Jeovany Jimenez Vega.

El arte de la consagración.

Se cuenta que un día brumoso de invierno el viejo emperador chino, avivado por la añoranza de la primavera, deseó tener para deleite de sus ojos la pintura de un pájaro hermoso, y como el deseo de cualquier emperador es una orden para sus vasallos, de inmediato comenzó la búsqueda, primero entre los artistas de la corte, y luego más allá y más allá, hasta los límites de aquel vasto imperio que parecían ser los límites del mundo mismo. Así, después de largas indagaciones, hallaron en la comarca más lejana un pintor tan diestro como sabio: se decía que de tanto meditar sobre misterios universales había llegado a vislumbrar los secretos más ocultos de la vida; se decía de él que hablaba con los pájaros del bosque.

Aquel humilde maestro fue presentado al soberano que solícito le preguntó qué necesitaba para pintar un pájaro perfecto, de una belleza tal que pareciera vivo, un pájaro digno de adornar el palacio de un emperador. Respondió el sabio pintor que necesitaba un amplio taller, cinco sirvientes, un año y cien monedas de oro. ¡Que así sea! –ordenó el emperador.

Cuentan que pasado un año fue convocado el maestro y acudió, ocupado como estaba y para escándalo de la ociosa corte, con su manchada ropa de faena. El soberano preguntó: ¿ya está listo tu trabajo? No señor mío –respondió el maestro– ahora necesito un taller más amplio aun, diez sirvientes, cinco años y doscientas monedas de oro. ¡Que así sea! –asintió el emperador.

Cuentan que cinco inviernos después era nuevamente convocado el maestro ante el soberano. Veamos –le dijo– muéstrame por fin tu trabajo. Aún no está listo, mi señor –respondió el maestro– aun necesito diez sirvientes más, otros cinco años y quinientas monedas de oro. Sin dar crédito a lo que oía, el emperador consultó a ministros y consejeros que le alertaron contra semejante absurdo. Pero la añoranza por la primavera pudo más en él y decidió nuevamente que así fuera.

Transcurridos por fin otros cinco largos inviernos el emperador, compulsado por la espera y la curiosidad y resuelto a no esperar un día más, decidió visitar él mismo el taller de aquel pintor que le parecía ya demasiado demandante. Cuando entró con su séquito le halló envuelto en una luz misteriosa, en silencio, en medio del despejado salón. El maestro reverenció con respeto: todo está listo, mi señor –dijo, y acto seguido develó ante el incrédulo un lienzo en blanco. Al borde de la ofensa levantó éste la mirada sin comprender nada. Sólo entonces el maestro mezcló en unos minutos los colores exactos, y cuenta la leyenda que ante el asombro del emperador y el estupor de la corte pintó, en sublimes y serenos trazos, el ruiseñor más hermoso del mundo.

El terror a la prosperidad del pueblo.

 

IMG_3813 (2)Por Jeovany Jimenez Vega.

 

Precisamente por los días en que el Gobierno cubano “liberó” la venta de autos domésticos, a tarifas de millonarios, para el pueblo trabajador, mi niño se extasiaba ante una vitrina con estos carritos de juguete que nuestros gobernantes venden en CUC al equivalente del salario promedio mensual íntegro de cualquier cubano de a pie. No pude evitar la obvia analogía. Unos días antes leía yo en el diario Granma la noticia y por un segundo me alegré, pero leí al instante algo así como que “…los precios se ajustarán a lo pactado entre particulares…” y ya eso me olió a mondongo podrido. Era demasiado bueno para ser verdad. De este modo el Estado cubano cuadriplicó, de un plumazo, el precio a toda la destartaleta de uso que nos vende. Ya no le bastaban los 5000 o 6000 CUC (entre 5500 y 6600 USD) que como promedio nos cobraba por autos desechados por el turismo, con un mundo de millas recorridas y con el término de garantía del fabricante invariablemente vencido.

 

Durante todos los años que estuvo en vigor la célebre “carta de autorización” del Ministerio de Transporte para la compra de esos vehículos, ésta le era asignada básicamente a artistas, deportistas y trabajadores del sector de la Salud Pública cooperantes en el extranjero y con todo, sólo a algunos casos particularmente seleccionados. Pues bien, el hecho es que aquel médico o deportista, abrumado por otras necesidades más urgentes –de vivienda, por ejemplo– la mayoría de las veces decidía vender su carta de autorización al mejor postor y así fue cómo con el tiempo pasó aquella de 5000 CUC, a costar entre 10000 y 12000 CUC, con lo cual el monto total a desembolsar por cualquier trastajo de segunda mano ascendió, por razones obvias, a 15000 o 17000, y hasta 25000 CUC, en dependencia de la marca y modelo –esto por autos de bajo costo, usados, los mismos que en otro país usted compraría nuevos y con su debida garantía, posibilidad de venta a crédito y otras facilidades de pago, incluido un adecuado servicio de postventa y nunca pasarían de 2000 a 3000, o a lo sumo $5000 USD.

 

Aquí tenemos al Estado cubano que jugando una vez más su rol de malandro de esquina y que apuesta sin tapujos por el asalto a mano armada, con esta nueva ofensa a un pueblo que ya no espera otra cosa de él más que golpes bajos. Ni siquiera fueron capaces de respetar las miles de cartas de autorización que ahora quedan incumplidas; ni siquiera pudieron aumentarle un prudente por ciento a carromatos que ya estaban más que pagados, pues habían sido alquilados durante años. Era demasiada la tentación, demasiada plata corriendo ante la pupila del rufián, todo demasiado “jamón” como para quedarse tranquilo; se lamió los labios y se afiló las uñas hasta que no soportó más y al fin se lanzó al atraco: después de todo –razonamiento básico del bandido que extorsiona– si se lo pagan entre ellos ¡mejor que me lo paguen a mí, que para algo aquí soy el que más mea!

 

Pero en esencia aquí no hay nada nuevo, nada a lo que ya no se nos tenga acostumbrados: ¿qué esperar de un estado que monopoliza todo y hace décadas –nada que ver con la crisis global iniciada en 2008– nos vende toda la mierda que compra al 500 o 1000% de su costo final? ¿O acaso no fue el Estado cubano quien emitió y mantiene vigente la Resolución que multiplica automáticamente por 2.50 el precio de toda mercancía a su salida de puerto, rumbo a los almacenes, para que una vez allí las cadenas de empresas y unidades de comercio minorista continúen la masacre multiplicándolo cuantas veces le salga de los testículos? ¿Quién fue, sino el Estado cubano, quien aumentó masivamente el 30% del precio a casi toda mercancía en las TRD –para colmo de pésima calidad– a finales de 2004? ¿O no es el Estado cubano el que ahora nos alquila un cilindro de 10 Kg. de gas licuado por $500.00 pesos, un precio superior al salario promedio mensual? ¿Quién nos vende un pliego de papel higiénico a casi $40.00 pesos? ¿Quién de nosotros nunca compró zapatos podridos a cambio del salario íntegro de varios meses? ¿Quién es, sino nuestro estado, quien fija el precio de cualquier juguete minúsculo –a nuestros niños que nacen para ser felices– entre $300 y $500 pesos, o de unos jeans ordinarios en casi $700 pesos? ¿Quién decidió que debemos trabajar todo un año para pasar tres días en un hotel de mediana categoría? Así que ahora ¿a quién sorprenderían vendiendo chivichanas viejas en semejantes precios?

 

Ahora quieren desplazar hacia nosotros la responsabilidad de pagar el precio de sus malas políticas, y aseguran con un cinismo tremendo que los dividendos de esta estafa se dedicarán a mejorar el transporte público. Pero al implementar estas medidas no hacen más que desacreditarse y mientras tanto nosotros, cubanos al fin, que hasta de nuestra desgracia nos reímos, optamos por tirarlo todo a jodedera –cierto es que no parece otra cosa que un chiste de mal gusto– y apostamos a la chanza criolla para disimular la rabia. Pero quien esto escribe prefirió tomarse la cosa en serio por más que le tienten la ironía y la burla –que bien cómoda se les da– y por más que no merezcan otra cosa los mequetrefes de cuello blanco que, a todos los niveles de este país, toman decisiones como esta con el consentimiento pleno de las máximas instancias políticas y de gobierno. Ellos, los mismos que decidieron que mis niños –no los de ellos– no tomen leche pues ya pasaron los siete años; los que nos “pagan”, en lugar de un salario, una porquería que se nos evapora en pocos días. Son los mismos que se ocupan a tiempo completo –y he aquí por qué no la chanza– de impedir por todos los medios la prosperidad de mi pueblo. Esta es la esencia y el meollo del asunto: le temen a un pueblo próspero porque sería menos manipulable y servil. Saben bien que la prosperidad enciende una luz demasiado peligrosa en la mirada del hombre, que lo torna irreverente y resuelto, y que este hombre, más temprano que tarde, terminaría por aclamar espacios y libertades inconcebibles para la psicología del césar.

 

Recuerdos de un 10 de diciembre.

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Primer acto: La barricada.

Huelo jodedera desde que doblo por la esquina y veo el depósito de basura que bloquea la calle. Hay un par de patrullas apostadas, amenazantes, media cuadra más allá. Sigo caminando como si conmigo no fuera pero el agente de la Seguridad del Estado se me interpone –vestido de civil y sin identificación, según la norma– y me hace percatarme de que es también conmigo la cosa. Buenas tardes ¿a dónde se dirige? –me interpela. A casa de un amigo –le respondo por permitirme un pequeño divertimento. Pero… ¿a casa de quién? –pregunta un segundo agente que se acerca con seño inquisitivo, también de civil por supuesto. Para abreviar le miro a los ojos: sí, es a casa de Rodiles. Deme su carnet de identidad –me exige ya en tono de ordenanza. La radio transmite mis datos y enseguida regresa el agente, esta vez con la inequívoca orden: ¡no puedes pasar! Sí, necesito pasar –le replico. No, no puedes –contraataca. Entonces mire a ver qué hace porque necesito pasar –digo sentencioso. Ante la “insolencia” se me hace la requisa de rigor buscado un celular, que no traigo ¡Cachéenlo y condúzcanlo! –ordena al fin. Son las 4:20 pm.

Segundo acto: El retenido.

Intento decir a los agentes de la PNR que sobran las esposas, pero me las ajustan hasta el hueso y en unos minutos estoy en la Unidad Territorial de Investigación Criminal y Operaciones (DIVICO 3) situada en Calle 62 e/ 7ma A y 9na, Playa. Soy recibido por el costado del parqueo, me retiran las esposas pero sus huellas –las de la piel, quiero decir– quedarán dibujadas durante horas. El oficial de la CI responsable de la receptación me pregunta mi nombre y a qué grupo pertenezco, me identifico y respondo que a ninguno. De nada vale que les diga que soy médico, que sólo pasaría por casa de Rodiles 20 minutos pues al día siguiente estoy de guardia 24 horas en el hospital y que hoy no debo llegar tarde a mi casa. Instantes después regresa otro agente de la CI y pregunta: ¿tú has tenido algún problema con tu trabajo… o algo así?
Sí, ese mismo soy –casi le interrumpo para ahorrarle cavilaciones. Él, ya ubicadas mis coordenadas, se retira y es cuando el presunto jefe distiende un poco el tono de la voz. Les digo que con todo esto cometen un grave error que no conduce a nada y que no tienen ningún derecho a hacerlo, que prueben otros métodos. A ver dime –replica el oficial– ¿cómo lo solucionarías tú? y le respondo que no soy yo quien tiene que solucionar este problema. Usan la siguiente hora para persuadirme de que regrese a mi casa, pero insisto en que antes debo pasar por casa de Rodiles. Puedes pasar otro día, pero hoy no podrá ser –me dicen en tono conclusivo– de todos modos si lo vuelves a intentar te detendrán otra vez. Estaremos en esto todo el día, así que evitémonos el trabajo –les digo antes de que se aparten a deliberar. En un impasse logro hablar unos minutos con Gorki Águila, bastante adolorido después de su “tierno” arresto. Regresan los agentes convencidos de que el dominó se trancó, me retienen mi cámara fotográfica y me envían a un calabozo.

Tercer acto: Convicto.

Es la celda una habitación casi hermética de unos 50 metros cuadrados por unos 6 metros de alto, que además de la puerta tiene una única ventana también enrejada de uno por medio metro de alto, elevada a unos cinco metros del suelo. Tres bancos de granito, son el único elemento ajeno a unas paredes pintadas con varias capas de cal viva que intentan sepultar los grafitis malditos, las consignas y maldiciones nuevas que son memorias de historias viejas. Dentro esperan detenidos 13 hombres que hoy corrieron suertes similares a la mía; me cuentan que antes que ellos pasaron otros y que estiman hayan totalizado –sólo en esta unidad– medio centenar, incluidas varias mujeres.

Cuarto acto: La espera.

Llega la hora del tedio y el calor me obliga a quitarme el pullover. Pasan las horas entre diálogos ocasionales y fugaces exabruptos de algunos que gritan a todo pulmón contra la madre de los tomates. Al final de la tarde traen a Gorki, que sigue adolorido, no deja de quejarse del dolor de cabeza y después de un rato logramos que lo mediquen en un policlínico cercano, regresa aliviado. Sobre las 8:00 pm el hambre alborota el panal y los que así lo desean son sacados a comer pero digo que no; supongo que el cautiverio me quita el apetito. Es precisamente la hora que escoge el oficial que me recibió en la tarde –Mandy, dice llamarse– para distender el ambiente jugando al policía bueno. Entra en la celda y en tono que bajo otras circunstancias pudiera llamarse conciliatorio, jaranea y hasta filosofamos un poco; aprovecho para reiterarle, por tercera vez, que necesito llamar a mi casa y por tercera vez pierdo mi tiempo. Cobro conciencia de que en este preciso instante estoy no sólo arbitrariamente detenido, sino que soy lo que daría en llamarse técnicamente un desaparecido, pues mi familia hace varias horas espera por mí sin conocer mi paradero. Durante un largo rato ha quedado abierta la reja de la celda y diera la impresión de que pudiéramos salir de nuestro encierro a tomarnos un cafecito en la esquina –si fuéramos tan comemierdas como para creernos el cuento. En la medida que han pasado las horas han ido sacando poco a poco a casi todos y a las 10:00 pm ya quedamos cinco detenidos. Sobre las 10:30 pm llaman a Edilio, abogado de la Asociación Jurídica de Cuba, junto a otro detenido y sólo quedamos Gorki, Aldo (administra la página castorjabao) y yo. Sobre las 11:00 pm asoman las tres colchonetas y es entonces cuando me resigno a la idea de que voy a dormir en cana.

Quinto acto: “Liberado”

En la mañana por fin se abre la reja y gritan mi nombre. Me despido de Gorki y Aldo, que allí permanecerían 12 horas más. A la salida una oficial de la PNR me muestra un documento que en el lugar donde debería yo firmar ya alguien, que tal vez me conozca bien, había escrito antes “no firmó”, y me lo ahorró porque precisamente eso pensaba hacer. Este papel decía algo sobre contrarrevolución y les digo que la contrarrevolución deberían buscarla entre los ladrones que están defalcando este país. Me devuelven la cámara fotográfica no sin antes tener la precaución de descargar completamente la batería. Después la terminal del Lido me lleva hasta Artemisa, estoy hecho un asco, apenas me baño, almuerzo algo y regreso a La Habana a mi guardia médica porque después de todo ni mis compañeros de equipo ni mis pacientes tuvieron la culpa de la velada.

Último acto: La píldora del día siguiente.

La guardia estuvo letal, llego a mi casa en la tarde, abro el Granma y así me entero que en la ceremonia mundial de despedida a Nelson Mandela, mi Presidente Raúl Castro pronunció conmovedoras palabras que abogaban por que nuestros pueblos de América Latina seamos “… respetuosos de la diversidad, con la convicción de que el diálogo y la cooperación son el camino para la solución de las diferencias y la convivencia civilizada de quienes piensan distinto…”, palabras de las cuales no me di por enterado hasta el día siguiente por razones obvias. Mientras el Presidente de este país, que hoy preside el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pronunciaba su discurso, este cubano permaneció detenido durante 16 horas por intentar asistir a Estado de Sats, con lo cual se violó su derecho a la libertad de movimiento, a la libertad de reunión y a la libertad de pensamiento –pues es a eso, a pensar, a lo único que se va a ese sitio. Entonces la pregunta obligada sería ¿a qué le teme mi gobierno? ¿No será acaso porque no piensa terminar con estas agresiones a nuestras libertades que el Gobierno cubano se resiste a ratificar los pactos sobre las Derechos Civiles y Políticos y sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales que firmara a principios de 2008? –es presisamente por esto que logro subir esta denuncia sólo más de siete semanas después. Ante tales evidencia sobran los comentarios.

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En tierra de nadie.

48Por: Jeovany Jimenez Vega.

A dos conclusiones básicas me ha conducido la vida. La primera sentencia: que la solución a los gravísimos problemas del mundo no será el capitalismo, pues aunque dispara la creatividad y el espíritu emprendedor, es también un sistema excluyente y exacerba los instintos más primitivos del hombre. Para que unas pocas decenas de países detenten un status económico holgado deben existir, según este esquema, más de 150 en un estado de pobreza más o menos dramática –dinámica vigente tras varios siglos y que persiste con relación a la estratificación social dentro de cada país– y dada su naturaleza especulativa, se ha demostrado incapaz de evadir las periódicas crisis que le caracterizan. Este esquema no ha logrado librar al mundo de las hambrunas y su variante neoliberal sólo terminó por acumular el poder político y económico en un bloque selecto de naciones que convirtieron a las instituciones mundiales en un casino que articula las estrategias de dominación contra los países más pobres. El capitalismo se me antoja en etapa intermedia o escalón de paso, necesario tal vez, pero nunca meta final de la especie humana.

Una segunda sentencia: la solución tampoco es el socialismo de cuartel, secuela del modelo soviético, cuya variante stalinista produjo nefastas consecuencias sobre la individualidad del hombre. Después de 50 años de aplicación este esquema destruyó la economía de mi país, sometió a mi pueblo a una constante e injustificada carestía a la vez que, frontalmente opuesto al espíritu emprendedor del hombre y a su libertad de expresión, generó un nauseabundo clima de inmoralidad. Si la Revolución cubana triunfó para acabar precisamente con los privilegios de clase, sin embargo, medio siglo después persisten aún castas que viven por encima de la Ley y que disfrutan de prerrogativas negadas al común del pueblo; aún hoy persisten en Cuba clases sociales bien estratificadas –exclusividad que algunos ideólogos adjudican al capitalismo pluripartidista– porque si alguien percibe 100 veces más ingresos que un médico y lo mira por encima del hombro es porque siente que pertenece a un estrato social diferente.

Así de momento sólo irían quedando a considerar hasta cierto punto las sociedades regidas por la socialdemocracia, pero a pesar de que llegan a ostentar envidiables niveles de vida y de seguridad social, tampoco éstas quedan exentas de la corrupción política, ni escapan a las consecuencias de crisis capitalistas como la actual, que dejó al mundo en bancarrota cuando reventó la burbuja.

Cuando me aventuro a estas neófitas meditaciones –muy personales, por cierto– piso terreno minado y corro el riesgo de quedar varado en tierra de nadie, pero aseverar otra cosa sería deshonesto de mi parte o sería especular sobre asuntos que nos quedan demasiado lejos en el tiempo. El nombre no definiría la esencia, pero llámese comunismo, Proyecto Venus o el Reino de Dios sobre la tierra, me refiero a esa sociedad futura en la que todos desearíamos vivir –lo cual nos convertiría a todos potencialmente en comunistas, venusianos o cristianos– donde un hombre emancipado del egoísmo por fin pensaría en el prójimo como en sí mismo; un mundo sin carestías ni guerras, generador de una avanzadísima tecnología que estaría exclusivamente en función del progreso humano; un futuro donde los estados quedarían suplantados por una supraestructura que armonizaría los pulsos de una sociedad global única en medio de una paz universal. Pero para eso antes el hombre debe renacer. Ese hipotético mundo –que sí sería la solución definitiva– aún no se vislumbra, está situado más allá del horizonte y de cualquier modo queda por ver si sería posible durante los próximos 500, 1000 o 2000 años, y esto sólo si escapamos de la aniquilación a que nos amenazan la codicia y la estupidez humanas.

Nunca el hombre conoció mejor su mundo, nunca lanzó una mirada más recóndita al universo o más profundo en la intimidad de una célula, y sin embargo nunca tuvo más pobreza espiritual ni se conoció menos a sí mismo; nunca estuvo más indefenso ante sus propios demonios. De ahí concluyo que el próximo salto debe ser cualitativo: será una profunda transformación ética la que estará llamada a salvar al hombre. De momento estas son sólo quimeras para un ser que aún arrastra demasiadas miserias. Pero algo ya sucederá que nos devuelva la humildad y nos recuerde que sólo somos efímero polvo de estrellas dejado por un azar de Dios navegando en el espacio. Aunque si después de todo el fin del mundo no llegó, tal vez esto quiera decir que las olvidadas estirpes, condenadas a 100 siglos de soledad sí tendremos, por esta vez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

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Enhorabuena: liberar comercio de productos agrícolas.

agricultura-campesino-02-cuba-foto-abelrojasPor Jeovany Jiménez Vega.

La decisión de las autoridades cubanas de liberar la comercialización de la producción agrícola –de implementarse en la práctica tal como se plantea se trataría de eso y no de una “flexibilización” más– debió recibirse con alivio en ambas esquinas del ring por productores y consumidores, los primeros por motivos obvios, los segundos porque son los defalcados desde el primer round en su mercado agropecuario local.

Es plausible la decisión; así se debe recibir cada gesto dirigido en la dirección correcta. Demasiados hechos condenan al esquema actual, culpable directo de miles de cosechas perdidas; culpable del desaliento del guajiro que ya no soporta más que la inoperancia del sistema de acopio le pudra su cosecha; culpable en buena medida de la exorbitancia de los precios que al final de la cadena me dejan sin plumas y cacareando. A nada condujeron durante décadas el exceso de centralización y el asedio a los productores e intermediarios, a nada que no fueran la frustración de estos y a la escases y carestía de los alimentos.1281991353_0_orig

Aunque me reservo el entusiasmo para cuando todo se traduzca en hechos concretos –que me disculpen quienes olvidan cuánta amenaza legal aún pende sobre el cuello de los productores, como aquello del “enriquecimiento ilícito” o el “acaparamiento”– sí creo que esta propuesta, de momento en fase experimental limitada a Artemisa, Mayabeque y la capital, pudiera derivar, en caso de extenderse al resto del país cuanto de positivo genere, en un inmediato estímulo a la producción y comercio de productos agrícolas con beneficio para todos a muy corto plazo. En este punto discrepo con los artículos publicados que sitúan los resultados a mediano o ¿largo? plazo. A diferencia de otros graves problemas de este país, como la vivienda, por ejemplo, el de la agricultura sólo demanda que se imponga una voluntad política apropiada que destrabe el juego y en muy pocos años se vería el fruto –recuérdese como ejemplo la política seguida en China por Xiao Pin.

trabajo-agricola-america-latina-e1339012694897Claro está, que a la hora de regular y topar los precios, el Estado debería asumir una actitud más responsable con relación a la política de precios que le impone a mi pueblo. Si va a exigir al productor que module sus precios también debe modular los suyos que hasta ahora han sido brutales. Es el Estado el responsable de la extorsión perpetua que sufrimos los cubanos de a pie cada vez que entramos a una tienda. Sólo cuando rebaje los precios actuales a niveles más justificados y realistas, tendrá la cúpula de este país la fuerza moral necesaria para exigir lo mismo al que produce por cuenta propia. Ahora queda por ver cuál será la orden dada a la jauría de inspectores, que a nada bueno nos tiene acostumbrados, cuando llegue la hora cero.

Si bien humano es errar, sin embargo es privativo de estúpidos persistir en el error. Este pueblo no se puede permitir el lujo de continuar ignorando las lecciones que le dio la vida. Resulta inconcebible que donde la naturaleza puso condiciones ideales para el florecimiento de la agricultura por la fertilidad del suelo y la habitual benevolencia del clima, venga a ser la propia terquedad del hombre la que le mantenga atadas las manos. Para palpar buenos resultados debemos dejar atrás todos los lastres, todos los obstáculos burocráticos, por evitables y absurdos. Enhorabuena, entonces, por todo lo que estimule y fomente caminos nuevos. Esperemos.

CUBA-PRODUCCIÓN AGRICOLA EN MAYABEQUE

Palabras al viento.

anteproyectoPor Jeovany Jimenez Vega.

Que nuestro sector genera el 50% del PIB de este país, que eso representa el ingreso de entre 8000 y 10000 millones de dólares constantes, sonantes y convertibles cada año; que eso es muchísimo dinero, que debería ser suficiente para aumentar en serio el salario del sector que lo produce y que quienes permanecemos aquí lo merecemos tanto como los que salen a misiones de trabajo al extranjero; que nunca entenderé que un prestigioso profesor de Medicina, después de décadas de consagración, gane el tercio del salario de una oficinista de gerencia entrenada en quince días. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar en la discusión del Anteproyecto de Ley modificativa del Código del Trabajo.

Que no se trata sólo de que nuestro salario sea ridículo, sino que es absurdo en este país de precios inmisericordes; que tenemos pacientes que fácilmente nos triplican o centuplican el salario, ya no desde una actividad por cuenta propia, sino incluso desde las pocas labores estatales que vinculan el salario con el rendimiento, o simplemente “luchando” –o sea robando a manos llenas; que ya va siendo hora de que se termine con esta denigrante situación, pues si existe hoy en Cuba un sector que está en condiciones de aumentar sustancialmente el salario de sus trabajadores –aquí no hablo de los ridículos $2.00 pesos por hora nocturna– ese es el de la salud pública. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar.

¿Mi propuesta concreta? Salario básico mensual del recién graduado $800.00 pesos, que podría ir incrementándose escalonadamente a razón de $150.00 pesos cada dos años, por ejemplo, hasta llegar a $1500.00 pesos al cabo de ocho o diez años de graduado; $100.00 pesos por cada guardia médica en policlínicos y postas médicas de atención primaria, y entre $150.00 y $200.00 pesos en los hospitales terminales dependiendo de la carga de trabajo asumida por cada especialidad; nunca menos de $5.00 pesos la hora de nocturnidad; $200.00 pesos por riesgo biológico; $200.00 por los cargos administrativos y docentes –que pudiera ser mayor en caso de cargos provinciales o ministeriales; $250.00 pesos por las maestrías debidamente avaladas y $500.00 pesos por cada especialidad terminada; finalmente sería justo que se pagara la antigüedad pasados quince años de trabajo a razón de $100.00 pesos cada cinco años (100 los primeros 15 años, 200 a los 20 años, 300 a los 25 años y así sucesivamente) y por último una jubilación que no obligue a alguien que sirvió a su pueblo durante décadas a vivir poco menos que como un mendicante.

Por supuesto, este es mi modesto punto de vista, lanzado al éter desde la perspectiva del doliente, ni remotamente desde la del avezado economista. Pero algo me convence de que un sector generador de tanto dinero puede enfrentarlo así holgadamente. Ya lanzaron una tímida seña con el deporte, entonces ¿por qué no con el sector que genera semejante riqueza –que ofrece suficientes garantías de que lo seguirá haciendo– y que es enarbolado al mundo como carta de triunfo? Quienes tomen estas decisiones deben tener muy en cuenta que se trata de un profesional que sabe bien que, caso de aprobarse un salario mensual como este (hablo de unos $150.00 USD), no sería más de lo que ganaría en el extranjero por varias horas de trabajo bajo circunstancias cualitativamente bien diferentes y a pesar de lo cual –me aventuro a asegurarlo– en la mayoría de los casos no aspira a abandonar definitivamente su país. A ver si no vuelven a caer en saco roto las palabras pronunciadas en asambleas como aquella a lo largo de este país. A ver si sirve de algo esta botella lanzada al mar, estas locas palabras lanzadas al viento.

Trabajo por cuenta propia: una clave para el fracaso.

cuentapropia3Por Jeovany Jimenez Vega.

Siempre que se aborda el tema recuerdo la anécdota que me contó un amigo: era una mañana de marzo de 1968 y un tío suyo, dueño de un pequeño establecimiento de venta de frutas, lo abrió temprano. Aquel hombre laborioso tenía su historia; había comenzado recorriendo las largas calles de Artemisa para vender primero desde una carretilla, poco a poco fue mejorando aquel vehículo hasta que alquiló con el tiempo un portal y luego trasladó su venta a aquel pequeño local, que sólo después de muchos años y sacrificio familiar, fue suyo. Pero aquella fatídica mañana del 68, mientras se disponía a atender a sus clientes, se presentó en el umbral un oficial de verdeolivo armado de su respectivo portafolio. ¿Usted es el dueño?, preguntó. Sí, respondió él. ¿Puede salir, por favor?, dijo el oficial desde el portal. Cuando el dueño salió, el oficial atravesó el umbral y una vez dentro le dijo: este local acaba de ser intervenido por la Revolución… y eso fue todo. Mi amigo me cuenta que el ya exdueño no pudo ni siquiera recuperar una cadena, que junto a su anillo de matrimonio había dejado sobre la caja registradora para cargar algo minutos antes. Quedaba así despojado, a rajatabla como miles de cubanos más, de aquella pequeña empresa familiar que tantos años de desvelos le había costado. Me cuentan los viejos que pocos meses después de la entonces llamada “ofensiva revolucionaria” ya no era posible encontrar en la calle una croqueta frita.

En un reciente Estado de Sats el panel giró precisamente alrededor de la situación actual del trabajo por cuenta propia en Cuba, sector que ha tenido dinámicas diferentes según la etapa postrevolucionaria de que hablemos. Se recordó allí las fases del camino incierto atravesado por este sector hasta hoy. Muchos recordamos bajo qué circunstancias se estrenó “oficialmente” esta alterativa: en el apogeo del período especial fue la salida dada por el gobierno cubano, la válvula de escape usada para distender la extrema tensión alcanzada por la olla. En lo personal recuerdo el gran titular publicado entonces por Granma: “El trabajo por cuenta propia no es una solución coyuntural.” O sea, que aquello prometía ir en serio, pero el decursar de los primeros años pronto desmintió aquel enunciado y le dio inequívocos tintes de farsa: todos fuimos testigos de cómo el gobierno, en cuanto se sintió más confiado, comenzó a poner cuantas zancadillas pudo al desarrollo de este sector con limitaciones de todo tipo, diseñadas exclusivamente para que los cuentapropistas cejaran en su empresa, y en efecto, lograron que miles entregaran sus patentes ante la imposibilidad de continuar pagando las excesivas contribuciones exigidas, que no se proponían otra cosa que llevar a la bancarrota a cada uno de aquellos negocios familiares. Esto tenía, por supuesto un evidente trasfondo político: después de todo esa era la prueba definitiva y necesaria para demostrar que no había empresa privada que pudiera emular frente a la eficiencia inmaculada de la empresa socialista. Mientras esto sucedía, por otra parte el gobierno mantenía una rígida política de negar cada nueva solicitud de patente para la mayoría de las actividades durante la década siguiente. El resultado de esta política lo palpamos todos: sólo sobrevivieron aquellos cuya actividad era suficientemente lucrativa como para sufragar los estratosféricos precios en el mercado negro de sus materias primas y para garantizar el soborno de inspectores y policías, con toda la degradación moral que esto implicó para la sociedad en general y que arrastramos todavía.

Pues bien, ahora el gobierno asegura tener la voluntad política para que esta vez todo fluya diferente. Pero se advierten estigmas, unos sutiles, groseros otros, que alertan sobre las reales intenciones ocultas por el tono del discurso. Todavía se mantiene, por ejemplo, todo un cuerpo de legislaciones que da potestad a órganos como la Fiscalía General de la República a incoar un expediente contra alguien –que bien pudiera ser un productor agrícola o uno de estos nuevos cuentapropistas– quien sólo se entera de ello cuando queda despojado hasta de la ropa que lleva puesta; todavía persiste el obstáculo insalvable de los precios astronómicos de los artículos y materias primas imprescindibles para la mayoría de las actividades autorizadas –que generalmente son exigidas contra comprobante de compra– y que convierten cualquier intento de rentabilidad en un absurdo; todavía el Estado se erige como el único proveedor posible, algo que entra en franca contradicción con las modificaciones hechas a la política migratoria a principios del presente año, pues no se le permite al productor importar directamente sus insumos cuando le sea posible –como sucede en los casos “análogos” de China y Viet Nam, por ejemplo, por ponérsela fácil; todavía se pudren cosechas enteras en el campo debido a la inexcusable irresponsabilidad de la Empresa Nacional de Acopio, única entidad autorizada para ello por el gobierno debido al terror a los intermediarios y que jamás indemniza a nadie; todavía no se otorga verdadera autonomía a estas nuevas empresas, que continúan subordinadas de un modo absurdo a la inoperante empresa estatal –como es el caso de las cooperativas de transporte– y cuyos miembros tienen prohibido, por ley, llegar a ser dueños de los medios de producción, entre otros miles de detalles que escapan al que esto escribe.

En resumen, que tengo la impresión de que el momento actual no difiere en esencia de momentos pasados. Cuando quiebra un negocio, esto puede ser adjudicable a la mala gestión de su dueño, pero cuando se establece una tendencia masiva entonces, con toda seguridad, se trata de la inoperancia del esquema aplicado a nivel de país; no puede ser que los cubanos seamos tan pésimos administradores, sobre todo cuando arriesgamos en la empresa nuestro magro capital familiar. Quienes diseñan semejantes políticas entienden de matemáticas y a pesar de eso han instituido un esquema disfuncional, e insisten denodadamente sobre esa línea porque su objetivo final no es propiciar el éxito de estas “nanoempresas”, sino que es más bien impedir que la prosperidad llegue a nuestro hogar mediante un esquema de gestión que desmiente décadas de ineficacia e indolencia administrativa iniciadas en aquella mañana fatídica de marzo del 68. Ojalá me equivoque, pero mientras no cambien las coordenadas presiento que la actividad cuentapropista, la pequeña empresa familiar cubana, estará ante las claves exactas para un seguro fracaso.

cuentapropistas en Cuba 2

Acerca de la golpiza a Ana Luisa Rubio: una reflexión obligada.

6-09-2013-6Por Jeovany Jimenez Vega.

Ana Luisa Rubio, actriz censurada y disidente habanera, recibió al final de la tarde del pasado viernes 6 de septiembre una golpiza frente a su casa que le provocó múltiples heridas contusas en el rostro, la cabeza y el resto del cuerpo. Pocos minutos después recibía yo, en Artemisa, su llamada telefónica: me llegó su voz aterrorizada que intentaba contarnos, pero que apenas atinaba a dar algún detalle. Ana Luisa recibió enseguida la solidaria visita de varios amigos y esa noche fue acompañada por Antonio Rodiles y su esposa Ailer al cuerpo de guardia del hospital Manuel Fajardo, donde recibió asistencia médica y le fue redactado el correspondiente certificado de lesiones. Ese mismo día quedaba hecha la pertinente denuncia ante la policía, por enésima vez, para levantar cargos contra los agresores.

Imposibilitado de viajar en aquel momento –el transporte a esa hora hacia La Habana es virtualmente inexistente– y como estuve de guardia durante 24 horas el sábado, sólo pude visitarla en la mañana del domingo. No fue hasta que constaté la amplia equimosis traumática alrededor de su ojo izquierdo, en la comisura labial de ese lado, aun edematosa, así como en otros lugares de su cuerpo, que me percaté de la envergadura de la agresión. Entonces Ana me contó que esa tarde algunos niños, señuelos inocentes, insistían en tocar sospechosa e insistentemente el timbre de su casa –lo cual, asegura, entraba en congruencia con toda una historia de provocaciones que viene sufriendo desde hace años, y que ha denunciado una docena de veces sin que las autoridades policiales hayan hecho nada– y que, al requerirlos, una vecina desproporcionadamente descompuesta se le abalanzó en zafarrancho de combate, acto seguido le secundó una desconocida y en segundos tuvo encima varios hombres, también desconocidos, que se sumaron a la golpiza. El modus operandi lo dice todo. Las imágenes hablan por sí solas. La impunidad que de seguro vendrá se encargará de confirmar todas las sospechas.

Ahora, la obligada reflexión de este cubano que no fue testigo presencial de estos hechos y que intenta analizar el asunto lo más objetivamente posible. Para no ponernos suspicaces: supongamos que se tratara del inaudito caso en que una vecina, auténticamente indignada, fuera secundada inexplicablemente con tanta saña por varios desconocidos, hombres y mujeres incluidos, ¿no estaríamos ante un caso de agresión contra la persona, reconocido como un delito en el Código Penal vigente y por tanto punible? Entonces ¿no deberían actuar enérgicamente las autoridades para hacer valer la ley, detener a la principal agresora –que vive a pocas puertas de Ana Luisa– y dilucidar culpables? Sinceramente, presiento que esa es una remotísima posibilidad si tomamos en cuenta que la agresión se consumó sobre una mujer que a pesar de su naturaleza vulnerable se ha atrevido a desafiar a un poder absoluto. Tengo la completa certeza de que si, en caso contrario, la agredida hubiera sido aquella “intransigente revolucionaria” sin importar razones ya estuviera Ana Luisa lista para sentencia. Pero en este caso sucede algo que no puede soslayarse: casualmente varios días antes –insisto, casualmente, para no ponerme demasiado suspicaz– en la tarde del pasado 24 de agosto, Ana había hecho un acto unipersonal y público de protesta en la Plaza de la Revolución y ya eso sí que explicaría muchas cosas.

Así lo veo: mientras sea este un país donde no exista división de poderes y la Fiscalía permita abusos semejantes; un país donde la autoridad policial, lejos de velar por la seguridad de la persona, se congenie en complicidad con los represores; mientras sea este un país sin una prensa comprometida, capaz de sumergirse en catarsis estériles, pero que jamás arriesga el dedo sobre la llaga ardiente; mientras la Seguridad del Estado y el Partido Comunista se arroguen la potestad de organizar los tristemente célebres mítines de repudio y las infames golpizas –denigrantes, no para las presuntas víctimas, sino para quienes las perpetran; mientras la libertad de opinión y de asociación nos sean constantemente vulnerados y el miedo corroa la dignidad del hombre; mientras haya cobardes capaces de ensañarse sobre el desamparo de mujeres como Ana Luisa nada, absolutamente nada en este sufrido país habrá cambiado.

La responsabilidad no retribuída.

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Por Jeovany Jiménez Vega.

La historia circuló hace poco en Intranet: nada menos que a ocho años de prisión fue sancionada una doctora cubana recién graduada en Anestesiología, por la lamentable muerte de una paciente obstétrica. No conozco a la anestesióloga en cuestión ni estoy completamente permeado de los detalles del caso, pero de algunas verdades sí quedo convencido a priori por lo que del caso me llegó: no se ausentó de su puesto de trabajo, no dejó de intentar aquel procedimiento hasta el último minuto, no fue la que eludió asumir aquella responsabilidad, no falló en el proceder por indolencia o irresponsabilidad. Tampoco se trataba de una marginal lucrando en una esquina con mercancías de trasmano, ni una funcionaria acogida a los pingues beneficios de los circuitos gerenciales, aduanales ni hoteleros, ni de aquellos que dimanan de sujetar la sartén por el mango en este país. Nada se ganaba en aquella guardia esta joven, nada resolvía para aliviar la pesada carga de su hogar, nada que le reportara un beneficio a su familia, ningún alimento que llevar a la boca de sus hijos, si los tiene.

Es una norma universal la que dispone que el salario percibido por un individuo debe ser proporcional al esfuerzo que demandó su formación y, sobre todo, a la dosis de responsabilidad legal que asume cuando ejerce una determinada función. Pero en esta islita ese principio es definitivamente quebrantado: los profesionales en general, y particularmente los médicos, vivimos en medio de una dinámica caótica y absurda, trabajando por $25.oo USD al mes ante autoridades que no se sonrojan cuando nos venden un juguete de niño en cerca de $80.oo CUC, mientras una simple empleada de esa misma tienda, por sólo citar un pálido ejemplo, percibe cinco o diez veces nuestro salario mensual cuando saca su tajadita en propinas, adultera los precios, accede a todas las rebajas y gangas, mientras esta doctora y yo sólo llevamos a nuestro hogar, después de una jornada de trabajo o de una guardia descojonante, la buena gripe, la deshidratante diarrea –cólera incluido, por supuesto– o el riesgo de una tierna meningoencefalitis meningocóccica, y ese sería todo nuestro pago por asumir una altísima responsabilidad que el día menos pensado –no necesariamente por desidia o impericia, sino por lógico agotamiento físico y mental, o ¿por qué no? por entendible error humano– te puede poner entre rejas y por la que no percibimos ni remotamente lo que bien merecemos. Todo esto suena a burla y diera risa si no fuera algo tan serio. De nada le valieron a esta doctora sus pasados méritos, ni su afán de superación demostrado al terminar esta dificilísima especialidad, ni tampoco los cinco años como colaboradora de salud en Venezuela a la hora de hacer leña del árbol caído.

Aunque se respeta el dolor de la familia y no cuestiono su derecho a canalizar semejante pérdida hasta el último recurso, pues han sufrido un dolor de magnitudes insondables, también sería muy saludable, ante situaciones así, redirigir la mirada hacia aquellos que disponen las reglas del juego de forma tal que no nos garantizan, ni a esta doctora ni al resto de nuestros colegas, la manera de vivir en nuestro país con un mínimo de sosiego.

Fe de errata: Tercer párrafo, línea 12, donde dice “descojonante” debe decir descojonante.

Cubanos: ¿los apestados del nuevo siglo?

ministerio-relaciones-exteriores-cubaPor: Jeovany Jimenez Vega.

Desde la entrada en vigor de las modificaciones hechas por el Gobierno cubano a la política migratoria que mantuvo inalterada por más de 50 años, se perfila cada vez más una tendencia que se veía venir: ahora casi todas las embajadas sospechan en cada cubano un seguro inmigrante y en consecuencia han convertido la obtención del visado en una empresa quimérica, traducida en requisitos que ponen demasiado alta la varilla para la mayoría de los solicitantes.

Puede que estas embajadas sólo ejerzan el derecho soberano de cada estado a decidir quién entra en su territorio y bajo qué condiciones se le permite, pero hay historias que son tan ilustrativas que hacen sospechar que dentro de este palo también pudiera haber comején y para ilustrar lo que digo narro aquí, a grandes rasgos, el testimonio que refiere Israel Reinoso Valdés, ciudadano cubano residente en Guanajay, Provincia Artemisa. Resulta que Israel, junto a Lázaro Gonzáles Alonso y Gerardo García Álvarez –ambos también cubanos y residentes en los municipios Guanajay y Mariel respectivamente– decidieron solicitar visa ante la embajada de Guatemala en el mes de enero de 2013. Los tres jóvenes cumplieron con todos y cada uno de los requisitos exigidos en dicha embajada y en consecuencia a todos les fue expedida la visa de turismo según el procedimiento corriente –Israel con visa No. 1704909. Los tres reservaron pasajes para el pasado 6 de febrero por el precio de $599.00 CUC, y volaron a Guatemala con TACA en el vuelo TA451, que partió de La Habana a las 16:55 horas y que arribó a su destino el mismo día a las 20:20, hora local. Refiere Israel que una vez en aquel aeropuerto fueron interferidos por el Jefe del Grupo de Inmigración José Canisa Valenciaga, que en un intento de extorsión exigió a cada uno la suma de $1200.00 USD, que se le debían hacer llegar mediante un intermediario, si querían pasar de la Aduana o, en caso contrario, serían deportados a Cuba. Habiéndose negado, los tres cubanos fueron detenidos durante más de 10 horas, fueron incomunicados cual criminales y no se les permitió usar siquiera el servicio sanitario ni realizar una llamada telefónica a su consulado. Los tres jóvenes fueron efectivamente deportados a Cuba el 7 de febrero, 7:00 AM, hora local. Al día siguiente entregaron un primer documento de queja ante el MINREX, donde exponían los detalles esenciales de las vejaciones cometidas contra ellos por parte de la autoridad guatemalteca. Pasado más de un mes sin recibir respuesta, Israel entrega una segunda queja ante el MINREX y después haría varias visitas más y múltiples llamadas telefónicas, todo infructuosamente.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba (MINREX) está en la obligación legal, moral y ética de representar a sus ciudadanos en todo país que cuente con un consulado cubano y de velar por sus derechos, según queda certificado en cada pasaporte cubano que se expide. Absolutamente nada justifica que el MINREX se desentienda de las humillaciones, abusos y arbitrariedades a que haya sido o pueda ser sometido un ciudadano cubano por parte cualquier autoridad en el extranjero.

Cierto es que la entrada definitiva a un país puede estar sometida a la consideración discrecional de la autoridad aduanera o de inmigración, pero aquí estamos ante el caso de ciudadanos que cumplieron rigurosamente con todos los requisitos exigidos por el Consulado de Guatemala en La Habana, que en virtud de esto les fue emitida una visa que les daba derecho legal a entrar a ese país y que en correspondencia presentaron todos los documentos en forma cuando se les fue solicitado por la autoridad pertinente, pero esto no bastó para evitar que fueran víctimas de semejante arbitrariedad. Existen normas, mecanismos internacionales y herramientas que pueden esgrimirse para solucionar casos como este, en el que es evidente que tres cubanos fueron víctimas de un atropello, pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría pagar cientos de dólares por un pasaje y volar a miles de kilómetros nada más que para tomarse un vaso de agua y retornar al día siguiente sin atravesar siquiera las puertas de la aduana.

Es indiscutible que aquí se sometió a tres ciudadanos cubanos a una tremenda humillación, que fueron víctimas de un intento de extorción y de un innegable abuso de poder por parte de funcionarios corruptos. Cuba mantiene relaciones consulares y diplomáticas con la República de Guatemala y el MINREX tiene una embajada en ese país, por lo tanto cuenta con los recursos necesarios para interponer ante las autoridades competentes –de Guatemala o de cualquier otro país– las reclamaciones necesarias ante casos semejantes en que se consideren vulnerados nuestros derechos. Si así no fuera, entonces ¿de qué nos sirven los 100 CUC –el salario promedio de seis meses de trabajo– que se nos cobra por la obtención de nuestro pasaporte, que presuntamente acredita que, estemos donde estemos, nos mantenemos al amparo del Gobierno cubano? ¿O acaso sólo contamos a la hora de llenar las plazas durante los grandiosos desfiles y no a la hora en que precisamos de ayuda fuera de nuestra tierra ante un funcionario déspota? ¿Será que se nos dejará siempre en tal estado de indefensión cuando decidamos salir de este país en el que, sin embargo, se trata al extranjero con guantes de seda? Dudo muchísimo que la contraparte se quede de brazos cruzados en caso de darse una situación similar en la que fuera víctima en La Habana un ciudadano alemán, francés, norteamericano, o de cualquier país cuyo Ministerio de Relaciones Exteriores se respete. El MINREX, portavoz del Gobierno cubano ante el mundo, debe estar a la altura de lo que este momento demanda y por tanto es inaceptable que se nos abandone de este modo tan burdo –jamás en este caso debió ser tan moroso al emitir su respuesta final casi 5 meses después de formulada la queja, y esto aceptando tácitamente que los jóvenes “…no llenaban los requisitos establecidos por la Ley de Migración…” cuando en realidad cumplían con cada requisito exigido por el Consulado guatemalteco. De más queda decir que los tres jóvenes perdieron impunemente el dinero de aquel pasaje.

¿Qué tal si de repente este caso no fuera una excepción? ¿Qué tal si descubrimos una inequívoca tendencia a tratársenos como los nuevos apestados, los venidos a menos a donde quiera que vayamos? Hoy fueron Israel, Lázaro y Gerardo, mañana podría ser cualquier otro cubano, incluido yo por supuesto, pues como consecuencia de la brutal realidad que vivimos y de la indolencia de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores podríamos estar condenados a ser vistos como parias, como aquellos que podemos ser “bienvenidos” en el marco de misiones de trabajo, pero que luego somos sospechosamente relegados si decidimos viajar a esos mismos países por voluntad propia, precisamente nosotros, los hijos de la misma tierra de aquel que afirmó, algo que de seguro desconocen aquellos corruptos de la Aduana guatemalteca, que patria es humanidad.

 

NOTA: Toda referencia a lo sucedido en la Aduana de Guatemala fue hecha a Ciudadano Cero por Israel Reinoso Valdés. El autor de este artículo no fue testigo de estos hechos.

Internet en Cuba: lo que Iroel Sánchez no dijo a Telesur.

IMG_1352Por Jeovany Jimenez Vega.

El pasado miércoles 5 de junio, al final del programa de Telesur “Temas del día”, nuestro flamante periodista Iroel Sánchez comentaba sobre la “primicia” de la habilitación salas de “libre” navegación por Internet a lo largo de la geografía cubana. Que más de dos décadas después de que Internet pasara a ser un portal mundial cotidiano se esté aun anunciando en Cuba, con fuegos artificiales, que desde 118 tímidos puntos de este país de casi 12 millones de habitantes se podrá navegar “libremente”, lo dice todo.

Pero hay varias aristas del asunto que Iroel no comentó ante Telesur: no mencionó el detallito de que él mismo sí tiene hace años acceso pleno y gratuito a Internet, pues está entre los privilegiados periodistas “oficialistas” que acceden a la red desde su oficina o cómodamente desde su hogar –y que, claro está, será así mientras no transgredan la línea del Rubicón, pues el César, atento y ceñudo, les computa cada byte; no dijo Iroel que en nuestro caso el horario de conexión está supeditado exclusivamente al horario de las oficinas comerciales de ETECSA (de 8:30 AM a 7:00 PM) en salas que dispondrán sólo de entre 2 y 6 máquinas –por ejemplo en Artemisa, toda una capital provincial de más de 80000 habitantes, se cuenta sólo con dos– y que ni a pedazos bastarían en caso de haberse concebido una tarifa razonable y no esta absurda y extorsiva locura; no dijo que los $4.50 CUC –o lo que es lo mismo, la estafa de $112.00 pesos ¡por sólo una hora conectado a 2 MB de velocidad!– que decidió cobrarle el gobierno cubano a su pueblo trabajador equivale a un tercio del salario promedio mensual que le paga –lo cual equivaldría a cobrarle al español promedio unos 250.00 euros por hora de navegación, pero con la agravante en el caso cubano de vivir en el país más caro del mundo. De todos estos detalles se olvidaba Iroel Sánchez cuando era entrevistado por Telesur.

Mientras tanto, razono: si el Gobierno cubano dice tener la verdad en sus manos, entonces ¿cuál es el terror a la libre confrontación de ideas? Porque sólo información, ideas puras traducidas al más elemental código binario, pueden entrar al país a través de un cable óptico, y nunca bombas ni fusiles. Tengo la convicción de que toda verdad, por su límpida naturaleza, es firme como una roca y se defiende con su sola presencia bajo el sol, por eso jamás entenderé que se prive a mi pueblo de algo tan elemental como el libre acceso a todo el conocimiento contenido en el ciberespacio.

En momentos en que mi país se debate ante las expectativas de transformación que urgen y que el gobierno tantea tímidamente, mientras la sociedad aboga por mayor celeridad en los cambios que a veces llegan más cosméticos que reales, en momentos así nos llega esto. Siempre he dicho que prefiero a un déspota que a un cínico porque el primero se burla ante tu vista, no oculta su tiránica naturaleza y enarbola su divisa que es: sí, te mancillo ¿y qué?, pero el segundo, en el fondo tan siniestro como aquel, pretende además ofender tu inteligencia. Porque afirmar que estas tarifas estratosféricas están al alcance del pueblo, equivale a decir que también lo están los hoteles a $300.00 USD por persona –todo un año de trabajo– por un miserable fin de semana.

Ahora se pretende exportar la ilusión de que ya los cubanos vivimos felizmente conectados con el mundo, pero éste debe saber que estamos ante una farsa, y así lo demuestran las sillas vacías en estos sitios de la vergüenza. El pueblo cubano espera y exige un acceso, real, libre, efectivo y pleno a Internet, mediante términos contractuales razonablemente ajustados a sus posibilidades y que le permitan explorar el mundo virtual a voluntad y a tiempo completo. Quiero Internet en mi hogar para explorar todas las verdades y confrontarlas con la mía… como Iroel Sánchez, pero a diferencia de él lo deseo como un derecho ejercido y nunca como indigna prebenda. En lo personal este sería el sensor que me indique que estamos finalmente sobre la senda de los cambios reales; mientras no contemos con acceso absolutamente libre a Internet todo será falso oropel y pura fantasía… puro cuento de camino.

Éramos pocos y parió…

 

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Por: Jeovany Jiménez Vega.

Lo que aquí se ve fue alguna vez el sello de la centrífuga de nuestra lavadora. Un ruidito aterrador cada vez que se activaba nos venía anunciando que ya estaba al cantar el manisero, hasta que hace algo más de un mes nos dijo, señores me jubilo, y expiró junto al motor que debajo se humedeció. Entre ingenuo y esperanzado fui en vano al taller estatal de reparaciones y allí choqué con la predecible evidencia: en los vericuetos del mercado negro –prácticamente el único disponible para estos menesteres– este trozo de goma nos costaría entre $20.00 y $25.00 CUC, o sea al menos $500.00 pesos MN, más la consabida mano de obra, si no queríamos exprimir la ropa a mano limpia.

Esto sucede precisamente ahora que nuestro ministerio decidió comenzar a “pagarnos” la nocturnidad durante las guardias médicas a razón de $2.00 pesos MN la hora, desde las 7.00 PM y las 7.00 AM, lo cual viene siendo $24.00 pesos MN por guardia –y así las cinco guardias que promediamos al mes implican $120.00 pesos, o lo que es lo mismo, unos $5.00 USD se añaden desde ahora a nuestro salario mensual por este concepto.

La incontrastable evidencia nos golpea nuevamente el rostro: mientras los profesionales de la salud pública nos consagramos a nuestro trabajo, continuamos siendo el último eslabón de la cadena alimenticia; la miseria que hoy se suma a nuestro salario así lo ratifica. Otros sectores nos triplican o cuadriplican el salario, sin embargo al mío, que hace una década es el que más divisas constantes y sonantes ingresa a este país, se le mantiene práctica y deliberadamente en la indigencia.

Por suerte manos amigas desinteresadas asumieron nuestra reparación, y aunque siempre tuvimos que comprar la pieza, de haber tenido que pagar íntegramente el desastre se habría triplicado. No obstante, esto implicó todo un mes de trabajo en términos salariales nuestros. Mientras esto sucede, nuestro ministro determina que no nos merecemos más de $2.00 pesos MN por cada hora nocturna de guardias que llegan a ser destructivas en términos de salud. Definitivamente, no nos respeta.

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