“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para septiembre, 2012

Habría que hacer un puente.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

No es su mejor canción, pero el tema me cala hasta los huesos. Repaso el clip de Arjona y otra vez me estremezco, me levanto y castigo el teclado con un dolor que me doy pena, un dolor que intento poner en palabras que no bastan, porque 50 años ya parecen demasiado tiempo y hay demasiadas esperanzas rotas, dispersas, prometidas y pospuestas, que naufragaron hasta hoy en el estrecho.

Causa primera y medular de todas y cada una de las muertes sufridas por los balseros en el abismo del estrecho, la prohibición de viajar siempre fue una bofetada en la mejilla de este, mi único pueblo partido en dos, más que por la corriente del golfo, por las borrascas de la intolerancia. Debido a esta villanía ¨desertan¨ el profesional y el deportista; se sirven ciudadanías a la carta, española o mesopotámica, quienes de repente avalan su lejano pedigrí; trafican su cuerpo las jineteras que parten; venden su escupitajo de silencio los cobardes que simulan por migajas; veo como se prostituye la dignidad de buena parte de los cubanos.

La separación familiar provocada por la política migratoria que ha impuesto el Gobierno cubano durante más de medio siglo merece ser catalogada como un crimen de lesa humanidad en cualquier estrado que se respete. Ninguna otra arbitrariedad, entre las mantenidas por el Gobierno cubano durante este tiempo, ha sido tan traumática y nefasta para el pueblo que la sufre. Digo el pueblo, porque su naturaleza selectiva potencia su matiz más ultrajante: a la vez que privan al pueblo de su genuino derecho a viajar, los altos funcionarios políticos y de gobierno sí se pasean el mundo, y como ellos sus hijos, esposas y ¿por qué no? sus amantes; van y vienen sin tapujos bajo la coartada de misiones oficiales o como ¨gerentes¨ de firmas fantasmales que nadie sabe de qué van, y así aquellos disfrutan de sus becas en Europa mientras estas se dan su paseíto por Cancún, en tanto yo y los míos jamás hemos pasado de Matanzas.

Hace más de un año Raúl Castro anunció públicamente que su gobierno instrumentaría cambios, que no precisó, en los mecanismos migratorios, pero ya asoma nuestro sutil otoño y da la impresión de que no les importara, de que tuvieran aún toda una vida para apostar por la reunificación de la familia cubana. Cada día que pase sin que se abran las puertas será un día de vergüenza y una tentación nueva para las desgracias. Pocas veces un gobernante estuvo ante tal encrucijada teniendo en sus manos tan a las claras la potestad para remediarla; hoy descansa sobre sus hombros la responsabilidad por cada nueva muerte en el estrecho como hasta ayer fue responsable Fidel Castro de instrumentar y mantener intacta por medio siglo este engendro que tanto dolor provoca a mi pueblo, causante esencial de los éxodos más dramáticos de la Historia cubana. Ahí están para contarlo el luto de las madres y la ausencia y la mirada de los niños huérfanos y muertos. ¡Ya es hora de vindicar, de forma incondicional, este derecho del pueblo cubano! Todo aquel que se oponga en esta hora será juzgado ante la Historia, inexorablemente, como culpable por este lento genocidio.

Pero mientras el poder calcula en las sombras, yo vivo con un sueño recurrente: en medio de un mar extenso y apacible, sobre un puente sin fronteras ni peajes dos niños se miran a los limpios ojos, se regalan diáfanas sonrisas, se abrazan sin recelos y lo olvidan todo. Sentados sobre un montón de sueños nuevos contemplan en paz un cálido sol que nace al borde del estrecho sobre el horizonte común, ¡ya amanece hermano! se dicen… ¡ya amanece!…

Ver: Identidad cubana: entre la verguenza y el orgullo.

Ver: Ábrete sésamo.

Normas aduaneras o la estafa del rufián.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Las nuevas Normas Aduaneras entradas en vigor desde el pasado 3 de septiembre obligarán al pueblo cubano, mediante una tarifa progresiva, a pagar 10 CUC –o sea, 240.00 pesos, según la tasa actual de cambio– por cada kilogramo de ¨misceláneas¨, alimentos incluidos, y entre el 100 y el 200%, en dependencia de su precio, de cualquier artículo electrodoméstico u otro equipo duradero que se reciba desde el extranjero.

Acostumbrados deberíamos estar a las medidas tomadas a Pepe Timbales, asumidas como nimiedades por quienes las dictan, pero sufridas como tremendos atropellos por quienes las sufren. Esta vez llegan las nuevas regulaciones –a poco más de un mes de la confesión pública de Raúl Castro de que no aumentará ningún salario– como antes llegaron las escaladas masivas de los precios estatales; los cientos de miles de ¨disponibles¨ expulsados a la calle con el consentimiento del sindicato; el exorbitante aumento de las tarifas eléctricas a la vez que se retiraba el servicio de gas licuado; la eliminación de las ¨gratuidades¨ destinadas a los trabajadores; las resoluciones que retienen a los profesionales de mi sector que desean viajar al extranjero, y otras que harían la lista muy larga.

Todas estas disposiciones tienen algo en común: son frontalmente opuestas a los intereses y al bienestar de mi pueblo. Emitidas por funcionarios que no carecen absolutamente de nada, estas medidas parecieran dictadas desde las mismísimas oficinas de la CIA, porque si persiguen fomentar el descontento, dificultarnos la vida y avivar la animadversión y el resquemor contra quienes las dictan y/o las permiten, ya lo han logrado con creces.

Ahora aquella anciana que reciba algún envío, a la hora de retirarlo de la Aduana pagará una altísima cuota de extorsión a estas autoridades, pues tendrá que pagar en Cuba más del doble de lo que le costó a su hijo comprarlo y enviarlo. Entonces no habrá modo de persuadirles, y por extensión al pueblo cubano, de que esto no se trata de una abierta estafa concebida por las autoridades aduanales, ni de que el gobierno que las consiente se preocupa, ni siquiera mínimamente, por su bienestar. Después de semejante robo a mano armada –porque de otra cosa no se trata– cada palabra o discurso nos sabrá más a sal y a vinagre en el fondo de la herida.

Dirigidas contra un pueblo que agoniza en medio de inconcebibles carencias, estas medidas entran sospechosamente en consonancia con los intereses de la cúpula corrupta de las aduanas cubanas. No es un secreto para nadie que en la medida que se arrecia la tuerca, queda más expedito el camino para el robo, el chantaje, el soborno y la extorsión que enriquece a estos funcionarios, y que éstos, salvo contadísimas y honrosas excepciones, en pocos años terminan hechos millonarios. Historias, por miles, así lo confirman.

El pretendido argumento de que semejantes medidas se instrumentan para evitar que las mulas abastezcan al mercado ilegal se derrumbará ante la evidencia de los hechos. Sin duda las mulas seguirán su trasiego porque ya tienen contactos entre los corruptos de esta misma Aduana que dicta semejantes medidas para llevarse su tajada del pastel. Suponer que con esto detendrán el abasto al mercado negro sería tomar el rábano por las hojas pues, en última instancia, para evitarlo habría que hacer razonablemente accesibles los precios de las TRD y dejar de vender en ellas productos caros y podridos o de tercera calidad. Además, se supone que para contrarrestar a los que transgreden la ley exista una reglamentación legal y una Oficina de Administración Tributaria (ONAT) con su cuerpo de inspectores, que sumados a los Inspectores Integrales deberían atajar el hecho in situ y nunca generalizar, como ahora se hace, haciendo pagar a justos por pecadores.

Son medidas como estas las que evidencian que absolutamente no les importamos. Una vez más el tiro de gracia apunta a la nuca de mi pueblo, su única víctima. En nada perjudica esto a Obama ni a la fauna extremista de Miami, ni guarda la más absoluta relación con el embargo norteamericano ni con otra cosa que no sea el deseo exprofeso de las autoridades aduanales, en abierto contubernio con la dirección del país que se lo permite, de hacernos la vida cada día más difícil. Aquí no hay más vuelta de hoja: esto es una puñalada premeditada y alevosa asestada por la mano insana del gobierno cubano.

Ver: Preguntas a Vladimir.

El grito del doliente.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Ahora los artífices del empantanamiento de la economía cubana aseguran que el país no estará en condiciones de aumentar los salarios del trabajador mientras no venga primero, a modo de garantía, un aumento convincente de la productividad del trabajo. A primera vista pareciera sensato. Quien desconozca los vericuetos económicos de la isla pensaría ¡por supuesto señor!, pero quien le pregunte al cubano testigo durante décadas del caos empresarial, de las erráticas políticas seguidas en la conducción de un país que ha pasado de un maratón a otro según la veleidad de sus gobernantes, escuchará sin dudas respuestas esclarecedoras.

Aunque es tarea de académicos desentrañar aquí qué es causa y qué consecuencia, qué es el huevo y qué la gallina, sí queda en este tema algo tan claro como el agua de roca: el trabajo en Cuba ha mantenido una permanente tendencia a la baja o nula productividad debido precisamente a los mecanismos en exceso centralizadores impuestos durante 50 años, a pesar de su probada ineficacia, por esos mismos dirigentes históricos que ahora se preguntan por qué los cubanos de aquí abajo somos tan irresponsables y atorrantes. Bastaría para demostrarlo el clásico ejemplo de las cosechas pudriéndose en el campo por no llegar a tiempo el transporte de la empresa estatal de acopio, pues el Estado, en su guerra contra los intermediarios, monopolizó esta actividad, y esto es algo que está sucediendo aún en este minuto preciso después de miles de discursos, conferencias y congresos.

Aquellos dicen que no es posible aumentar los salarios pero yo digo más, digo que de momento no es necesario. Como no soy economista, sino un doliente más en este entierro, sólo alcanzo, a modo de humilde sugerencia, a proponer a mis autoridades que en su intento de resucitar al muerto comiencen por cambiar diametralmente el enfoque con respecto a la lucrativa política de precios fijada por el Ministerio de Finanzas y Precios para todo el comercio minorista, sobre todo en las cadenas de Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD), operadas en CUC (moneda sobrevaluada 25 veces con relación al peso con que me pagan mi salario virtual).

Como no se ha hablado una palabra más sobre la unificación monetaria, nuestro gobierno debería asumir una actitud más responsable con respecto a los precios estrafalarios con que grava punitivamente la vida de mi pueblo implementando esta política inmisericorde que nos vende casi todo al 500 o al 1000% de su precio de compra, incluidos alimentos y artículos de primera necesidad. Por esto el PIB cubano creció un 10% anual durante una década, pero no lo hacía a expensas del aumento en la producción de bienes y servicios sino mediante una escalada exorbitante de precios extorsivos. Esto ocurrió desde siempre y al margen de la política de embargo norteamericano –baste recordar el aumento masivo de entre el 10 y el 30% de casi todos los precios a finales de 2004– pues en nuestras tiendas se vende, mala y cara, mercancía traída desde todos los confines del mundo.

Ahora bien, aquí lanzo la propuesta concreta: bajar sensiblemente los precios sería un buen primer paso para comenzar la anhelada recuperación y le daría al Gobierno cubano la potestad moral que hoy no tiene para exigir lo mismo al sector productivo por cuenta propia que también nos masacra en los mercados agropecuarios. Hasta ahora sólo vemos cómo la prensa oficial cubana ataca reiteradamente al productor que vende en la tarima mientras nadie cuestiona aquella otra masacre especulativa tras las vitrinas de la TRD.

Si se me encomendara la tarea –me permito este sano ejercicio mental– de entrada rebajaría absolutamente todos los precios fijados por el estado hasta la mitad para después, en un plan gradual que se me ocurre fijar entre 3 y 5 años, reducirlos de forma progresiva hasta niveles más ajustados a un salario que a la luz del panorama actual ha perdido por completo su sentido. Esto sería un indiscutible incentivo para la productividad del trabajo, le devolvería algo de sentido al salario y humanizaría bastante la vida de mi pueblo; todo esto, dicho sea de paso, entraría en consonancia con la línea de Raúl Castro de no aumentar un centavo al salario de nadie, lo cual, bajo esta nueva realidad sería, de momento, innecesario.

Pero como no soy yo quien toma estas decisiones, sino los indolentes a los que nada les importa el bienestar de mi pueblo, los que me venden a $10.00 pesos un refresco cuyo costo de producción es de sólo ¡30 centavos! todo señala a que esta situación persistirá mientras los que fijen semejantes precios no seamos los jodidos dolientes en el entierro.

PD: Este juguetito tiene como precio de venta 52.75 CUC, el salario íntegro de dos meses de trabajo de un médico cubano.

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