“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para mayo, 2012

La última carta de la baraja.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Conversando hace unos meses con un amigo la polémica giró alrededor de las antológicas prohibiciones mantenidas por nuestro gobierno contra toda sensatez y que perjudican directamente al pueblo cubano. Entonces mi amigo sostenía que la última que sería levantada, a su juicio, sería la prohibición de viajar, pero yo sostuve entonces, y aún lo creo, que la última carta de la baraja que cederán será el libre acceso a Internet.

El estricto control mantenido durante la etapa revolucionaria sobre toda suerte de información, la férrea censura sobre todo tipo de prensa y el monopolio absoluto propugnado contra todas las banderas sobre cuanta emisora, editorial, poligráfico, concurso, revista, diario o folletín vieran la luz bajo este cielo, y finalmente la más reciente odisea sufrida por el fantasmal cable de fibra óptica lanzado desde Venezuela, sobre el que se ha cernido un denso manto de misterio –tema oficialmente excluido de nuestra prensa– son elementos que me convencen de esto.

El derecho a acceder libremente a información sin censura se encuentra entre los más inherentes a la libertad del hombre moderno y oponerse a ello es algo así como una confesión de culpabilidad de que un poder retrógrado se opone a las normas más elementales de la democracia. En el caso de Internet, eso de pulsar una tecla en la mañana y aún en pijamas tener ante tus ojos cuanta publicación haya sido lanzada en el mundo –un lujo impensable dentro de Cuba para el cubano promedio– es un asunto muy serio.

No caeré en la ingenuidad de afirmar que en el ciberespacio todo es color rosa y que reina la transparencia absoluta, libre de las impurezas de la prensa tendenciosa, pero sí es innegable que éste, como nunca antes, ofrece oportunidades a la sociedad civil para difundir verdades a contrapelo de los intereses de los poderes constituidos. Ahí quedan ejemplos como Twitter y Wikileaks para confirmarlo.

La censura sobre Internet se ha instituido en una de las joyas de la corona en lo que a limitación de nuestras libertades respecta. Oponerse ya en la segunda década del siglo XXI a lo que ha sido una de las creaciones más ingeniosas del hombre, la que ha devenido como ninguna otra en depositaria de su conocimiento y espiritualidad, es simple y llanamente un crimen. Es un deber del pueblo cubano exigir incansablemente este derecho porque desde el minuto exacto en que sea conquistado seremos mucho más libres.

Aunque al final la labor de censura sigue rindiendo sus frutos. Durante las últimas semanas he tenido, y tendré en las venideras, serias dificultades para actualizar mi página. Ciudadano Cero, como otros blogs, entrará en un breve silencio involuntario, todo por no contar con un sitio donde conectarnos. Esto me hace repetirme una vez más la gran pregunta: si el gobierno cubano dice estar en posesión de la verdad absoluta, entonces… ¿a qué le teme? Si la gran prensa mundial publica en la red sus versiones, que la nuestra, tan “ética y objetiva”, publique las suyas. Sucede que soy adulto, universitario y sé leer, quiero acceder a ambas con mis propios ojos y no le encuentro sentido, ya me satura, que un locutor del Noticiero Nacional se tome por mí la molestia de hacerlo.

Ver: La ciberguerra y la censura.

Identidad cubana: entre la verguenza y el orgullo.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

En mi pasado post hablaba sobre el tema migratorio, pero no mencionaba entonces lo que considero su peor secuela, que es la falta de identidad de algunos que parten. Sin pretender, como en todo asunto humano, que todos transitan los mismos derroteros pues cada persona es un mundo, sí he visto con dolor como una parte nada desdeñable de los que emigran lo hacen renegando de todo cuanto aquí dejaron; confunden la cáscara con el boniato y lo mezclan todo en un entuerto de maldiciones y blasfemias que confina al mismo fardo La bayamesa, el chivato del barrio, el son de Matamoros, la cola del pan, el Himno Nacional y Los zapaticos de rosa.

Aunque dependiendo de su personalidad y cultura, con demasiada frecuencia quien parte y regresa en cuestión de pocos meses, ya trae en la valija un acento extranjero más auténtico que el de los nativos que allá dejó, en un patético intento de dejar constancia de su nuevo swing, y muchas veces junto al mal gusto de las gruesas cadenas doradas –no pocas veces alquiladas para la ocasión– muestran con ridícula jactancia todo un despliegue de artificios que clama a gritos esa vergüenza por su pasado.

Todo aquí parece consecuencia de lo que en uno de mis recurrentes talleres mentales he terminado llamando “psicología de la prisión”, y así veo las cosas, que quien se halla así confinado, o sea en prisión, saca rápidamente dos ineludibles conclusiones: la primera, que está ante un poder inmutable que establece rígidas y amenazantes normas que lo sobrepasan hasta límites insuperables, normas que tendrá que acatar sin remedio y que de nada valdría cuestionar; la segunda conclusión, que ante una realidad así sólo resta, como único recurso, huir. Y es siguiendo esta lógica de pensamiento que el ciudadano promedio en Cuba, para evadirse de esta crudísima realidad que mal vive casi siempre posa su mirada sobre el horizonte.

Hasta aquí todo pareciera razonable, pues pretender ampliar nuestros horizontes o mejorar nuestro nivel de vida es algo más que natural. Precisamente esto convirtió al hombre en lo que es hoy. Fue este ir y venir de vivencias y mercaderías, y nunca el enclaustramiento dentro de límites geográficos locales, lo que impulsó a la prosperidad a las grandes culturas. Pero de esto a tomarse la Coca Cola del olvido y hacer un batido desechable con todo lo que huela a cubano, va una abismal diferencia.

Todos los grandes hombres han tenido como norma –habiendo pocas excepciones al estilo de nuestro Lezama– el saludable hábito de viajar. Es cierto que cada cual tiene derecho a constituir su propio concepto de patria y a cargar con ella a su modo donde quiera que esté, pero no es más que esa nostalgia por todo lo bello y loable que aquí dejó, ese sano orgullo por lo más genuino de esta Cuba, atesorado en pudoroso silencio en lo más tibio del pecho, lo que distingue sustancialmente a este cubano de aquel; hablo de esa Cuba que nos pertenece a todos, que será siempre nuestra donde pongamos el pie, una Cuba que no gusta de consignas ni de colores políticos salvo los de su bandera, por la que vive y muere, donde quiera que esté, un buen cubano. Se trata, en esencia, de discernir entre la caricatura y la patria.

Aunque vivo orgulloso de esto, igual agonizo cuando veo una considerable parte de nuestra juventud –¿algunos, la media, la mayoría?– que fija sus ojos en otras latitudes por sentir que no tendrá aquí la más mínima oportunidad de labrarse un futuro. Esto lastima por ser sintomático de graves males acumulados por décadas y que no parecen, al menos hasta el sol de hoy, con solución a corto o mediano plazo. La suerte corrida por decenas de miles de jóvenes que hace unos años formaron parte del ejército de trabajadores sociales y que terminaron embaucados en todo el país cuando terminó la sustitución de ollas y bombillos –luego derivados hacia las filas de la PNR o del DTI– o la suspensión masiva de sus carreras, hace un par de cursos y sin mediar muchas explicaciones, de la mayoría de los estudiantes que habían vencido hasta tercer año tecnologías de la salud pública, son elocuentes ejemplos de cómo la mala planificación y el mal cálculo de las necesidades del país han frustrado a generaciones de jóvenes.

A consecuencia de esto vemos a no pocos cubanos hurgando su árbol genealógico para resucitar algún ancestro canario, pero que de no lograr la ciudadanía española, de repente les da igual italiana, irlandesa, panameña o marciana, “… les da lo mismo Tokio, Barcelona que Moscú…”, cualquier cosa para cambiar su status “maldito” de ciudadanos cubanos –el asunto es huir a como dé lugar– pues terminaron considerándolo una desgracia y una vergüenza gracias a políticas seguidas por nuestro gobierno que privan a sus ciudadanos de derechos.

Reconozco que esta falta de identidad puede no ser privativa de quien parte, sino igual de quien se queda, aunque viva en la Rampa habanera, si en su corazón ya renegó de todo lo nuestro. Aquí no pretendo juzgar, pues cada cual cargará con sus razones. También me cuento entre los que piensan que patria es humanidad y después de todo, ya lo cantó el poeta, se hace camino al andar, pero sí me lamento y me duelo de que aquellos, cuando parten, lo hagan sin desearse cubanos porque creo que este terruño bello y sufrido tiene en sus días pasados y presentes suficiente gloria para ser honrada por todos sus hijos. En todo esto deben pensar nuestros gobernantes a la hora de instrumentar las anunciadas reformas migratorias. Ojalá que lo que ha sido hasta hoy un doloroso estigma sea mañana fuente de prosperidad para la patria de todos.

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