Tun tun ¿quién es?… ¡cierra la muralla!
Foto: Orlando Luis Pardo. Por: Jeovany Jimenez Vega.
Un chiste del repertorio popular coloca a Pepito, el niño travieso, saboreando unos caramelos sin ofrecer ante la mirada ansiosa de un amigo. Cuando los terminó, su amigo recrimina: ¡ehh… no me diste!, a lo que replica él impasible: ¡ahh… no me pediste!
Esta escena refleja en buena medida la dinámica ciudadano-gobierno preestablecida en Cuba. Aquí las instituciones políticas y de gobierno han seguido siempre una política de distanciamiento hacia cualquier opinión o iniciativa que pretenda ascender a través de “canales” diferentes a los oficialmente dispuestos; entiéndase Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas, los “sindicatos” nacionales subordinados a la Central de Trabajadores de Cuba y las organizaciones políticas, que siguen siendo solamente el Partido Comunista y la Unión de Jóvenes Comunistas sin olvidar, por supuesto, las asambleas de rendición de cuentas de los Órganos Locales del Poder Popular.
Pero sucede que toda opinión ahí vertida es automáticamente apartada si es demasiado incómoda, siendo tramitada hasta el nivel municipal sólo si está “permitida”. Una vez ahí se repite la gestión de censura, y pasa – aunque ya “prudentemente” edulcorada – al nivel provincial, y así se repite el ciclo hasta el nivel central. En resumen, que de las palabras salidas del trabajador, militante, ama de casa, estudiante o elector a las que llegan al final del camino, suele mediar la distancia que hay entre quien las pronuncia y los anillos de Saturno. Estos “criterios” suelen llegar adornados y condimentados con todas las especias de la paleta culinaria-imaginativa de una larga cadena de burócratas sólo interesados en conservar su status, y por lo mismo, temerosos a la reprimenda del poder en caso de un desliz.
Con este método de decantación, el Estado cubano evade su responsabilidad de darnos cuenta directa sobre las consecuencias de su mala – con frecuencia, pésima – gestión económica o social. Esta indisposición crónica para escuchar sinceramente al pueblo ha generado finalmente en el ciudadano común una mezcla letal de impotencia y apatía, de indolencia social e irresponsabilidad cívica, productos del convencimiento de que no vale la pena pedirle peras al olmo. Como desastrosa consecuencia todo se estanca, el dirigente engaña y el elector espera, el trabajador calla y el redactor censura; simulan todos cual si no pasara nada.
Todo esto implica una ausencia de mecanismos alternativos de los cuales pudiera valerse el ciudadano para defender sus aspiraciones y propuestas. Sin prensa que cuestione y denuncie una atrocidad; sin un poder judicial que juzgue y condene al intocable corrupto; sin un sindicato que evite el atropello de sus “afiliados”, muy poco espacio puede quedarle para aspirar a una sociedad civil mediante la cual ejercer algún tipo de presión cívica ante la irresponsabilidad de sus gobernantes. El individuo promedio de hoy – portador del más rudimentario sentido del civismo – ha llegado a un grado tal de indigencia moral que generalmente ni siquiera se cuestiona la realidad que lo circunda pues, como todo esquema totalitario que se precie de serlo, este terminó por aniquilar el sentido crítico de la mayoría inerte.
Pero por algún misterio de la naturaleza humana, en ningún pueblo, incluyéndonos, pueden habitar sólo sombras. Siempre habrá un pequeño sector depositario de la dignidad que le falta a aquellos, que no se encogerá de hombros ante la ignominia, que no se resignará simplemente a ver pisoteados sus derechos. Por supuesto que entre los cubanos de todas las tendencias políticas e ideológicas hay personas éticas, dispuestas a asumir riesgos, y el poder bien lo sabe. Por eso se cuida de extirpar cada germen de iniciativa digna, de truncar desde el momento de su eclosión cualquier semilla que sospeche portadora de un cambio potencial. Cuentan para ello con todo el tiempo y los recursos del país que pueden dilapidar a su antojo. Si mientras tanto los derechos civiles son masacrados, si la economía se arruina, si es un estercolero la moralidad de aquella parte del pueblo, eso no representa un problema para el poder, pues el asunto se reduce para él a mantenerlo todo bajo control, y para esto recurre a una represión omnímoda y enfermiza.
Por todo esto el diseño del sistema está concebido para no escuchar. La misión y fin último de todas y cada una de las estructuras oficiales – lejos de canalizar auténticamente ninguna aspiración del pueblo – es actuar como muro de contención para evitar que toda esa marea, con su enorme carga de indignación, anhelos truncados y frustraciones, se abalance y en su furia devaste los privilegios del poder.
Ya Pepito y su amigo se habrán convertido en hombres y de seguro habrán compartido más de un caramelo juntos. ¿Cómo saber si hoy están entre los dignos o los simuladores? ¿Estarán entre los que a pesar de todo creen que se puede tocar el sol y luchan por su ideal a contrapelo de la tormenta, o entre los que creen que los sueños sueños son y medran a la sombra de la mentira pues… para qué lanzarle piedras al sol? Para estos la estrella brilla demasiado alta, y después de todo es muy cierto que te puedes calcinar las manos en el intento.










