“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para enero, 2012

Tun tun ¿quién es?… ¡cierra la muralla!

Foto: Orlando Luis Pardo.                                                                         Por: Jeovany Jimenez Vega.

Un chiste del repertorio popular coloca a Pepito, el niño travieso, saboreando unos caramelos sin ofrecer ante la mirada ansiosa de un amigo. Cuando los terminó, su amigo recrimina: ¡ehh… no me diste!, a lo que replica él impasible: ¡ahh… no me pediste!

Esta escena refleja en buena medida la dinámica ciudadano-gobierno preestablecida en Cuba. Aquí las instituciones políticas y de gobierno han seguido siempre una política de distanciamiento hacia cualquier opinión o iniciativa que pretenda ascender a través de “canales” diferentes a los oficialmente dispuestos; entiéndase Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas, los “sindicatos” nacionales subordinados a la Central de Trabajadores de Cuba y las organizaciones políticas, que siguen siendo solamente el Partido Comunista y la Unión de Jóvenes Comunistas sin olvidar, por supuesto, las asambleas de rendición de cuentas de los Órganos Locales del Poder Popular.

Pero sucede que toda opinión ahí vertida es automáticamente apartada si es demasiado incómoda, siendo tramitada hasta el nivel municipal sólo si está “permitida”. Una vez ahí se repite la gestión de censura, y pasa – aunque ya “prudentemente” edulcorada – al nivel provincial, y así se repite el ciclo hasta el nivel central. En resumen, que de las palabras salidas del trabajador, militante, ama de casa, estudiante o elector a las que llegan al final del camino, suele mediar la distancia que hay entre quien las pronuncia y los anillos de Saturno. Estos “criterios” suelen llegar adornados y condimentados con todas las especias de la paleta culinaria-imaginativa de una larga cadena de burócratas sólo interesados en conservar su status, y por lo mismo, temerosos a la reprimenda del poder en caso de un desliz.

Con este método de decantación, el Estado cubano evade su responsabilidad de darnos cuenta directa sobre las consecuencias de su mala – con frecuencia, pésima – gestión económica o social. Esta indisposición crónica para escuchar sinceramente al pueblo ha generado finalmente en el ciudadano común una mezcla letal de impotencia y apatía, de indolencia social e irresponsabilidad cívica, productos del convencimiento de que no vale la pena pedirle peras al olmo. Como desastrosa consecuencia todo se estanca, el dirigente engaña y el elector espera, el trabajador calla y el redactor censura; simulan todos cual si no pasara nada.

Todo esto implica una ausencia de mecanismos alternativos de los cuales pudiera valerse el ciudadano para defender sus aspiraciones y propuestas. Sin prensa que cuestione y denuncie una atrocidad; sin un poder judicial que juzgue y condene al intocable corrupto; sin un sindicato que evite el atropello de sus “afiliados”, muy poco espacio puede quedarle para aspirar a una sociedad civil mediante la cual ejercer algún tipo de presión cívica ante la irresponsabilidad de sus gobernantes. El individuo promedio de hoy – portador del más rudimentario sentido del civismo – ha llegado a un grado tal de indigencia moral que generalmente ni siquiera se cuestiona la realidad que lo circunda pues, como todo esquema totalitario que se precie de serlo, este terminó por aniquilar el sentido crítico de la mayoría inerte.

Pero por algún misterio de la naturaleza humana, en ningún pueblo, incluyéndonos, pueden habitar sólo sombras. Siempre habrá un pequeño sector depositario de la dignidad que le falta a aquellos, que no se encogerá de hombros ante la ignominia, que no se resignará simplemente a ver pisoteados sus derechos. Por supuesto que entre los cubanos de todas las tendencias políticas e ideológicas hay personas éticas, dispuestas a asumir riesgos, y el poder bien lo sabe. Por eso se cuida de extirpar cada germen de iniciativa digna, de truncar desde el momento de su eclosión cualquier semilla que sospeche portadora de un cambio potencial. Cuentan para ello con todo el tiempo y los recursos del país que pueden dilapidar a su antojo. Si mientras tanto los derechos civiles son masacrados, si la economía se arruina, si es un estercolero la moralidad de aquella parte del pueblo, eso no representa un problema para el poder, pues el asunto se reduce para él a mantenerlo todo bajo control, y para esto recurre a una represión omnímoda y enfermiza.

Por todo esto el diseño del sistema está concebido para no escuchar. La misión y fin último de todas y cada una de las estructuras oficiales – lejos de canalizar auténticamente ninguna aspiración del pueblo – es actuar como muro de contención para evitar que toda esa marea, con su enorme carga de indignación, anhelos truncados y frustraciones, se abalance y en su furia devaste los privilegios del poder.

Ya Pepito y su amigo se habrán convertido en hombres y de seguro habrán compartido más de un caramelo juntos. ¿Cómo saber si hoy están entre los dignos o los simuladores? ¿Estarán entre los que a pesar de todo creen que se puede tocar el sol y luchan por su ideal a contrapelo de la tormenta, o entre los que creen que los sueños sueños son y medran a la sombra de la mentira pues… para qué lanzarle piedras al sol? Para estos la estrella brilla demasiado alta, y después de todo es muy cierto que te puedes calcinar las manos en el intento.

Carta al Cardenal Jaime Ortega Alamino.

Artemisa, 22 de enero de 2012.

Su Eminencia:

El pasado 2 de octubre, durante el paso de la imagen de la Virgen de la Caridad por el municipio Guanajay, tuve la oportunidad de escuchar, junto a mi familia, las palabras dirigidas por Usted al pueblo allí congregado para mostrar su respeto y veneración por la Madre de Dios y Patrona de Cuba. En la tarde de ese día, de la mano de Monseñor Jorge Enrique Serpa Pérez, Obispo de la Diócesis de Pinar del Río, visitaba la Virgen el Hospital “José Ramón Martínez”, que fue mi centro de trabajo hasta abril de 2006, cuando fui suspendido de mi Residencia en Medicina Interna. Seis meses más tarde era inhabilitado para el ejercicio de la Medicina en mi país por tiempo indefinido junto a mi colega el Dr. Rodolfo Martínez Vigoa. Bastó canalizar el criterio de 300 trabajadores sobre nuestro salario ante el entonces Ministro Dr. José Ramón Balaguer Cabrera, para ser arteramente separados del Sistema Nacional de Salud.

Exactamente en el mismo sitio desde el cual el Obispo se dirigió a los presentes en el lobby de aquel hospital para venerar el amor y la santidad de la Virgen, cinco años antes, el 24 de abril de 2006, lejos de escucharse un mensaje de conciliación, se lanzaron procaces insultos. Aquel día, ante una multitud de trabajadores avergonzados, mi colega y yo sentíamos en la nuca la respiración de los oficiales de la Seguridad del Estado que nos custodiaban a pulgadas de nuestra espalda, como parte de un aparatoso despliegue de la policía política; en medio de un juicio sumario, los inquisidores mintieron a manos llenas para acusarnos de algo que nunca hicimos. Aquella serie de escandalosas reuniones – que se extendió durante todo un mes a través de decenas de centros asistenciales– fue organizada y dirigida por el Jefe del Sindicato Nacional de la Salud y el Primer Secretario Provincial del Partido, siempre en compañía del Director Provincial de Salud y una representante del Consejo de Estado. Pero detallar esta historia abusaría de su tiempo. Todo lo esencial del caso y la larga saga de gestiones que le siguieron a aquella atrocidad ya se las di a conocer a Usted en una carta previa en octubre de 2010 y además, se pueden hallar en “Ciudadano Cero”, el blog que administro para denunciar esta injusticia.

Ahora le escribo para hacerle saber que más de un año después de aquella gestión ante Usted todo sigue igual. Baste decirle que después de cinco años de atropellos, mi compañero y yo continuamos inhabilitados por tiempo indefinido para ejercer nuestra profesión, a pesar de haber continuado dirigiéndonos de modo infructuoso a las instituciones centrales de nuestro país, presentando reiteradamente la evidencia documental que prueba que somos inocentes de aquello de lo cual se nos acusa para mantenernos separados de nuestro trabajo, y mientras esto sucede continúan impunes los culpables.

Su Eminencia: Porque es Usted un hombre ético le escribo estas líneas, y lo hago en medio de circunstancias sin precedentes en el proceso político que abarca el último medio siglo de existencia de la nación cubana. Estoy entre los que creen en una sincera intención de la Iglesia que Usted representa al interceder por los oprimidos en este momento crucial. Más allá de que detrás de las intenciones del Gobierno cubano haya genuinas motivaciones humanas o un llano pragmatismo político, el lugar de la Iglesia está, porque así lo quiso Cristo, junto al desposeído y junto al débil, pues este es el único modo de asumir una postura ética y de ser consecuente con su doctrina.

Descanso en la certeza de que su Iglesia no defraudará al pueblo cubano en esta hora decisiva. Después de todo, aquel lugar que ayer fue profanado por la mentira y el odio ahora fue bendecido por la presencia de la Virgen. Tengo fe de que mediante su amor profundo nos llegue el milagro de la redención. Hoy nuevamente me dirijo a Usted para solicitarle que, haciendo uso de la autoridad moral de que dispone, interceda ante la Dirección del país para encontrar una solución a nuestro caso que sea dignificante para todos, pues nunca renunciaré a mi genuino derecho de ejercer, junto a mi compañero, la profesión que amo. Tengo la esperanza de que sepa tocar el corazón de aquellos que deben tomar la decisión para que sean magnánimos en esta hora, para que con sabiduría y justicia reparen hoy lo que provocaran ayer la intolerancia y la soberbia para vergüenza de la patria.

En espera de su ayuda y comprensión:

Dr. Jeovany Jimenez Vega.

Derrumbe en La Habana. Crónica de una muerte anunciada.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

No sé si hiperbolizo cuando digo que media Habana está a punto de derrumbe. Definitivamente estamos ante el problema más grave de este país, porque si bien la alimentación y el transporte, por ejemplo, son problemas cuya gravedad nadie discute pero que, en caso de destrabarse el dominó, pudieran tener solución a corto o mediano plazo, sin embargo, este ni de lejos es el caso de la vivienda, que demandará todo un despliegue estratégico y multimillonario de inversiones a largo plazo si se quiere reconstruir este país. El asunto de la vivienda se convirtió en la principal pesadilla de millones de cubanos. El trágico derrumbe en La Habana de un edificio habitado en la noche del martes 17 de enero en Infanta, entre Salud y Zanja, con un saldo de cuatros muertes y cinco lesionados cuya gravedad no precisa el informe oficial, pone sobre el tapete nuevamente el tema.

Como resultado de una política mal estructurada durante décadas entre el gobierno, el Ministerio de la Construcción, el Instituto de la Vivienda y la Industria de Materiales de la Construcción, ha evolucionado hacia un desastroso estado de deterioro una considerable parte de los inmuebles de La Habana. Aunque el resto del país está en una situación muy similar, en la capital se evidencia mucho más dada la alta densidad poblacional. Basta caminar un rato por la ciudad para percatarse de la existencia de miles de edificios de más de un siglo, semiderruidos ¡y habitados!, que no tuvieron el lujo de recibir una capa de pintura, ni la más remota labor de mantenimiento durante más de 50 años.

Por supuesto que estos derrumbes no suelen producirse en los apacibles repartos residenciales donde terminó por acomodarse la high; entiéndase altos dirigentes, los entorchados generales, los ministros y viceministros, los exitosos gerentes, los artistas en el estrellato de la farándula y toda una muy selecta lista de etcéteras. Estos desastres siempre suceden en la barriada de los olvidados, de los que viven demasiado ocupados en contar cada centavo para plantearse emprender reparaciones que son escandalosamente costosas.

Caminando por los barrios marginales de La Habana u otras ciudades cubanas se puede pasar revista a toda la gama posible de grados de la pobreza, tan cruda y bestial como la que encontraría en cualquier favela de Brasil o en el cerro más pobre de Caracas. Pero entrar en descripciones que ilustren semejante drama plantea un reto para el que me reconozco incapaz. Más allá de medidas profilácticas que se puedan haber tomado, sólo milagrosamente no se han producido desastres similares con mayor frecuencia.

Mientras esta situación se perpetuaba y milímetro a milímetro cedían los cimientos y las vigas de sostén en Infanta y Salud, la abusiva política de precios a que somete el Gobierno cubano a su pueblo le permitió al Ministerio de Finanzas y Precios fijar durante el año pasado en $ 120.00 CUP una bolsa de cemento, en $ 250.00 CUP un metro cúbico de arena y el bloque en $ 7.00 CUP; productos así “liberados” cuando aquí el salario mensual promedio ronda los $ 400.00 CUP = $ 16.00 CUC = $ 14.00 USD.

Ahora todos lo lamentan, pero en lugar de preocuparse baldíamente deberían ocuparse de casos concretos tan graves como el que ilustra este post, sita en Avenida Cristina (antigua Ave. de México, que limita los municipios habaneros Cerro y Habana Vieja) entre San Francisco y Callejón de Concha, edificación de toda una manzana en peligrosísimo estado de deterioro desde que su vieja estructura fuera estremecida hasta los cimientos por la explosión de La Coubre en 1962 y en el que aún viven decenas de familias. De casos similares está sembrada La Habana. Será mejor ocuparse hoy que lamentarse mañana. Será mejor si las palabras que titulan este post, meras señales de aviso, no se convierten nunca en heraldos negros que mandó la muerte.

La prensa oficial cubana no se respeta a sí misma.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

No deja de sorprenderme. Resulta que Granma desestima la gravedad del caso de dos médicos cubanos inhabilitados hace más de cinco años para el ejercicio de la Medicina en su país, por tiempo indefinido, por entregar a su ministro un documento que habla sobre salarios y que fuera firmado por 300 profesionales de la salud; mientras tanto, prefiere publicar una opinión sobre platanitos verdes y maduros.

La misma sección “Cartas a la Dirección” que decidió no publicar nuestro caso hace varios meses y lo derivó “… para su atención y respuesta…” hacia el mismo Ministerio que nos sanciona gratuitamente, sin embargo no sigue el mismo protocolo ante la banalidad de casos como el que cito, que debiera remitirse, a lo sumo, a la Dirección municipal o provincial correspondiente.

Mueve a la risa que aquella sección priorice éste caso sobre otros como el nuestro, y más graves aún. En su miopía ética deciden “ver” el engaño minúsculo del platanito pero optan por “no ver” aquel engaño impúdico y escandaloso perpetrado en el MINSAP. Por casos así es que la prensa oficial cubana ha perdido el crédito ante su pueblo. Definitivamente, no se respetan.

Ver: Carta a Lázaro Barredo Medina.

Incumple Gobierno cubano compromiso con exiliados de la causa de 2003.

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Hoy se cumple un año de que partiera al exilio mi amigo Alfredo Felipe Valdés el 17 de enero de 2011. Su padre, Alfredo Felipe Fuentes, prisionero de la causa de la primavera negra de 2003, había partido 3 meses antes junto a parte de la familia. Como parte de lo acordado entre los gobiernos español y cubano, cada profesional de las familias exiliadas debió partir con su respectivo título universitario debidamente homologado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. Pero como del dicho al hecho hay un gran trecho, resulta que aún mi amigo Alfredo Felipe, hijo, ya ha pasado todo un año de estancia en España sin poder comenzar a trabajar porque la parte cubana, incumpliendo desfachatadamente con lo pactado, no le ha hecho llegar aun su título de médico.

Contrariando lo aconsejado por un círculo íntimo de personas, partieron dejando el título universitario de Alfredo en manos de los oficiales de la Seguridad del Estado que atendían aquellas gestiones. Este gesto de buena fe de mi amigo y su madre, Loyda Valdés Gonzáles, dama de blanco, no tardaría en ser lamentado. En múltiples ocasiones han solicitado la documentación a las autoridades del consulado cubano sin que se resuelva su situación. Sin embargo, no sucedió así con las madres de los hijos de Alfredo (de dos matrimonios anteriores) que sí tienen estos documentos en su poder hace meses.

De lo dicho se infiere que es deliberada la demora en el caso de la documentación de Alfredo. Si los títulos de las ex esposas están en regla, pues trabajan hace meses, siendo precisamente la documentación de mi amigo la que es retenida – mi amigo, que sí asumió una postura frontalmente opositora en Cuba – no me queda la menor duda de que estamos ante una vulgar postura de desquite. Ahora, ya mediando entre él y el DSE miles de kilómetros de océano, al retener estos documentos sólo persiguen molestar en lo personal, ejerciendo esta forma de venganza; todo es cuestión de pura vendetta política. Esto no hace otra cosa que reafirmar la naturaleza mezquina de quien así procede.

Quien promete algo así y no lo cumple, no es ético, ni revolucionario, ni hombre. Si no se respeta ni siquiera a sí mismo ¿de qué manera espera que aún les crea el pueblo cubano? Sirvan estas líneas para denunciar la postura miserable de aquellos que no muestran respeto por el compromiso y se proyectan de modo inconsecuente hasta con su propia palabra, si es que la tienen.

PD: El elocuente gesto de mi amigo Alfredo estaba dirigido a un oficial de la Seguridad del Estado que estaba a mi derecha en el momento de tomar la foto durante la despedida.

Del pan y otros demonios

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Miro el mendrugo, lo palpo, lo huelo… dudo… pero no llego a la temeridad de comerlo. Pienso en la madre del panadero y lo imagino vendiendo en la paladar de la esquina la manteca que le “sobró” al final del turno; y al de la paladar comprarle “por la izquierda” al del almacén la harina; y al del almacén, con la tierrita que “luchó” comprarle al del punto clandestino el rifle de ron; y al del punto alquilar el almendrón pa´ trasladar su mercancía; y al del almendrón “resolver” por fuera 80 litros “… porque estos hijoeputas clavan el petróleoa un fula en el CUPET”, pa´ después verlo gritando ¡20 pesos a la Habana! frente a un P 4 que trasborda – ¡coincidencias de esta vida! – precisamente por petróleo; y después lo veo “pasmarle” 50 al policía pa´ zafarse de una multa y despedirlo con un “!la vida está muy dura!”; el mismo policía del drinking en la refresquera clandestina donde le compran los cilindros de gas al del camión que se busca 3000 cañitas diarios “… pa´ ir tirando”; y después veo al ecobio del camión ordeñando combustible pa´ resolverle al inspector “…porque la vida da sus vueltas…”; y después a la mujer del inspector comprando carne “por la izquierda”, de primera y a tarifa “suave”, pa´ que le dé negocio revendérsela al gerente de la firma fantasma en Miramar; y veo al carnicero que igual coge un pito de hierba y se lo pasa al merolico que “engrasa” al Jefe de Sector pa´ que le deje respirar la quincalla y no pregunte por lo que “cuadra” en el malecón; y al socio que controla el circuito “resolverle” su buen punto a la yunta que vende en el kiosko de la shopping, una temba que paga al cash la mercancía “por la izquierda” al distribuidor, la que adultera los precios y le pone lamultica hasta a la santísima trinidad “… pa´ comprarle los buenos jeans y las perras zapatillas a su pepilla…” que quiere presumir como la jinetera de los altos que se empató con un yuma, porque ¡… primero muerta que sencilla… ! como le dice su mamita, que no ande vestida como su maestra que “… parece la pobre un adefesio”; su maestra que no maneja un almendrón, ni tiene paladar, ni refresquera, que no “lucha” en el kiosko de la propina fácil, ni está casada con el camionero, ni con el gerente, ni con un dirigentón sino con un humilde médico, y entre los dos se las ven negras con pespuntes grises en el último eslabón de la cadena alimenticia, desamparados en medio de esta vorágine de estafas a diestras y siniestras, de inmundicias vueltas y revueltas de hastío, sobornos, canjes, timos, asco, vértigo, chantajes, trueques, desencanto, purulencia, nauseas, corrupción… en fin… no sé pa´ qué carajos me habré puesto a vacilar esta mugre. ¡Mira tú…! ¡He llegado a pensar en cada mierda delante de este trozo inmundo de ¿pan?!

Éramos tan jóvenes…

Manos amigas me hicieron llegar estas palabras que me hicieron reflexionar. ¿Acaso mantiene su vigencia este discurso? ¿Se podrá acusar de contrarrevolucionario a su autor? Pues por haber exigido exactamente estos derechos, miles de cubanos fuimos tratados como tal, castigados y estigmatizados, durante los 50 años que le siguieron. Veamos:

* Fragmentos del discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, en la Plaza de la Ciudad de Camagüey, el 4 de enero de 1959.

“… Libertad de prensa hay ahora, porque sabe todo el mundo que mientras quede un revolucionario en pie habrá libertad de prensa en Cuba (APLAUSOS).  Quien dice libertad de prensa, dice libertad de reunión; quien dice libertad de reunión, dice libertad de elegir sus propios gobernantes libremente (APLAUSOS).  Cuando se habla del derecho de elegir libremente, no se refiere solo al presidente o a los demás funcionarios, sino también a los dirigentes; el derecho de los trabajadores a elegir sus propios dirigentes (APLAUSOS).  Cuando se habla de un derecho después de la Revolución triunfante, se habla de todos los derechos; derechos que son derechos porque no se pueden arrebatar, porque el pueblo los tiene asegurados de antemano.

Cuando un gobernante actúa honradamente, cuando un gobernante está inspirado en buenas intenciones, no tiene por qué temer a ninguna libertad…”(APLAUSOS)

“… Yo estoy seguro de que los cubanos no se conforman simplemente con ser libres en su patria.  Yo estoy seguro de que los cubanos quieren además disfrutar de su patria.  Yo estoy seguro de que quieren también participar del pan y la riqueza que se producen en su patria.

¿Cómo vamos a decir: “esta es nuestra patria”, si de la patria no tenemos nada?, “mi patria”, pero mi patria no me da nada, mi patria no me sostiene, en mi patria me muero de hambre.  ¡Eso no es patria!  Será patria para unos cuantos, pero no será patria para el pueblo (APLAUSOS).  Patria no solo quiere decir un lugar donde uno pueda gritar, hablar y caminar sin que lo maten; patria es un lugar donde se puede vivir, patria es un lugar donde se puede trabajar y ganar el sustento honradamente y, además, ganar lo que es justo que se gane por su trabajo (APLAUSOS).  Patria es el lugar donde no se explota al ciudadano, porque si explotan al ciudadano, si le quitan lo que le pertenece, si le roban lo que tiene, no es patria.

Precisamente la tragedia de nuestro pueblo ha sido no tener patria.  Y la mejor prueba, la mejor prueba de que no tenemos patria es que decenas de miles y miles de hijos de esta tierra se van de Cuba para otro país, para poder vivir, pero no tienen patria.  Y no se van todos los que quieren, sino los pocos que pueden.  Y eso es verdad y ustedes lo saben. (EXCLAMACIONES)

Luego, hay que arreglar la República.  Aquí algo anda mal o todo anda mal (EXCLAMACIONES DE “¡Todo!”) pero tenemos que arreglar la República ustedes y nosotros (EXCLAMACIONES), y por algo hay que empezar…”

Fin de la cita.

¿Se habrá equivocado el Comandante al pronunciar este discurso? ¿Hasta qué punto el tiempo desmintió aquella arenga pronunciada durante el avance del Ejército Rebelde hacia la capital? ¿Cuándo y por qué se abandonó el camino? Entonces todo parecía posible. Estas palabras iban dirigidas a un pueblo que sólo aspiraba a tener garantizado un trabajo honrado que alimentara a sus hijos, que le permitiera vivir decorosamente para dejar atrás la pobreza material y espiritual con el fruto de sus manos; que deseaba verse representado por dirigentes políticos y sindicales que no traicionaran sus auténticos intereses de clase trabajadora; contar con una vivienda que, aunque humilde, garantizara un mínimo de confort y seguridad a su familia; gozar de las riquezas generadas por él sin prohibiciones mezquinas que lo humillaran a la puerta hoteles prohibidos; contar con una prensa ética, incensurable, que no callara ante ninguna ignominia por decreto divino de ningún partido; dejar de vivir bajo el miedo y la mentira; conquistar un Estado de Derecho como garantía de que ningún poderoso por encima de la Ley pueda atropellar impunemente al ciudadano común, y poder vivir con dignidad en su patria para no verse obligado a mendigar su prosperidad en otras tierras del mundo.

¡Viva la Revolución!

Foto: Orlando Luis Pardo.                                                                          Por: Jeovany Jimenez Vega.

Llega el 2012 y para los cubanos, más intrincada que las premoniciones mayas, se presenta la disyuntiva de su futuro. Nuestro pueblo recibe el nuevo año sumido en una especie de sopor del que quiere, pero no logra despertar; vive una alucinante irrealidad en que no se distinguen claramente los límites entre lo cierto y lo incierto. Creo no errar si afirmo que Cuba hoy atraviesa la etapa más compleja de su Historia, y a grandes rasgos me explico.

Durante la primera mitad del siglo XIX los criollos terminamos por descubrirnos diferentes del peninsular, lo cual definió finalmente nuestro concepto de nación de la mano de pensadores como Varela y de la Luz y Caballero. Una vez llegado a este punto – en que las contradicciones colonia-metrópolis no harían más que agravarse – quedaba dialécticamente planteada la cuestión de la independencia definitiva de España. El período de las gestas libertarias que cubrieron de gloria al sufrido pueblo de Cuba durante 30 años, dejó para la Historia un estremecedor ejemplo de grandeza. La intervención norteamericana y la mezquindad del Tratado de París – firmado a espaldas de Cuba y que cedió la fruta madura a EE.UU. – sellaron nuestra suerte durante los siguientes 60 años. Le siguieron décadas de avances y retrocesos, de luchas políticas que finalmente condujeron a la acumulación de contradicciones antagónicas que nos hicieron plantearnos, una vez más, la lucha armada para sacudirnos esta vez el yugo neocolonial yanqui. La Revolución liderada por Fidel Castro terminó en 1959 con aquella relación de sometimiento que mantenía Cuba con su “buen vecino”.

En este punto es donde entra a relucir un elemento que diferencia lo por venir de lo pasado: si hasta ese momento se trató siempre de expulsar a un poder extranjero, a partir de entonces – pasado el fervor de los primeros años de auténtico apoyo popular – se derivó en una relación estado-individuo cada vez más despótica, ejercida esta vez por cubanos sobre cubanos. Los barbudos habían desmontado el campamento de la Sierra Maestra y lo habían trasplantado a La Habana conservando la misma mecánica de funcionamiento. De este modo, en nombre de la libertad, con el pretexto de la justicia social como trasfondo, paso a paso fueron coartados los derechos civiles del pueblo, estrategia política que intentó legitimarse desde un discurso nacionalista a ultranza que presenta la alternativa oficialista como la única válida para garantizar la independencia de la patria. Con el tiempo, los recursos del Estado se redireccionaron cada vez más hacia una férrea estrategia de control que martilla sin cesar la arenga de la plaza sitiada. Entre el embargo yanqui y los huracanes, oscilaron los argumentos de Fidel Castro para justificar la ruina provocada por 50 años de mal gobierno y la necesidad de un inmovilismo que paralizó a este país en la década del 60. Entonces, ante el descontento creciente de la población, sólo quedaba el recurso de la represión y la censura.

Aunque hay que admitir que un análisis objetivo de esta realidad no puede desconocer la otra faceta del asunto. Una vez convencidos los centros de poder de EE.UU. de que mediante los atentados terroristas, los sabotajes económicos y los planes de magnicidio, organizados desde Langley, sólo lograron consolidar la posición política de los gobernantes cubanos, decidieron reorientar su estrategia hacia el fomento de la oposición interna. Entonces todo el aparato de espionaje y contrainteligencia cubano, estructurado y afinado durante 50 años de vérselas ante la formidable contraparte norteamericana – la mayor y la de más recursos del mundo – no teniendo ya cordilleras que limpiar de alzados, ni comandos que detener en la costa, ha venido volcándose con más intensidad que nunca sobre el escenario interno, y es en este contexto que llegamos a 2012.

Ahora, so pretexto de genuina defensa, toda iniciativa cívica de cualquier individuo o grupo de individuos, aún sin la más remota conexión con el norte y por más espontánea y lícita que sea, puede ser acusada – de hecho casi siempre lo es – de estar al servicio de los EE.UU. De este modo se mantiene disgregada, en la práctica inexistente, la sociedad civil cubana; ya ni hablar de la oposición política confesa, que no es reconocida oficialmente y que permanece infiltrada hasta los tuétanos por la Seguridad del Estado, manteniéndose la disidencia exactamente como quiere y necesita el poder que esté: dividida en mil pedazos dispersos. Pero a pesar de todo, el Gobierno cubano se las ha ingeniado para, mediante una sutil política de chantaje emocional, comprometer a muchos gobiernos que baten palmas por él en la arena internacional hasta el punto de nombrarle Vicepresidente del Consejo de los Derechos Humanos de la O.N.U. a la vez que priva a su pueblo masivamente, ante la vista del mundo, de derechos civiles esenciales. Es en esta incongruencia entre lo que dice y lo que hace nuestro gobierno y entre lo que hacen y lo que deben hacer los organismos internacionales, donde se origina buena parte de esa complejidad – sin precedentes en nuestra Historia – a que me refería antes: un pueblo atrapado entre la demagogia de ambas partes.

Así, recibió el año nuevo una sociedad que no cuenta con mecanismos para canalizar las reales aspiraciones de su gente de abajo; cuyos sindicatos son una grotesca caricatura que sólo coquetea con el poder; que no tiene una prensa con autonomía para denunciar a los grandes corruptos, o que se atreva a cuestionar sin cortapisas las políticas trazadas por un único partido oficial, que traza todas las coordenadas de la política y la economía según entienda, y sin oposición de ningún tipo en un Parlamento estéril. En este escenario, el ciudadano cero permanece indefenso ante un poder absoluto capaz de relegarlo todo por hacer valer su doctrina de sometimiento, no escatimando para ello en todos los recursos que estime necesarios, aún en medio de su crisis económica perpetua.

Sin embargo, hoy no me puedo sustraer de mi orgullo por toda esa gloria que me precedió. Por eso creo en la Revolución que se consagró en La Demajagua, la que ofrendó la sangre de Jimaguayú, la que se estremeció en Dos Ríos y en los llanos de San Pedro; la del Generalísimo que vio en el suelo de la patria hundirse el cuerpo de sus hijos muertos sin que le temblara en el puño la espada redentora. Creo en la Revolución cívica de los veteranos en la República castrada por la Enmienda Platt, la del pueblo que se lanzó a las calles en el 30 y derrocó al tirano; creo en la Revolución del Julio Antonio asesinado por la espalda, la del arrojo de Guiteras y en la del aldabonazo de Chivás. Creo en la Revolución que reinició su gesta en la mañana de la Santa Ana, creo en la verdad que arde tras los ojos sin miedo de Tassende y en los ojos de Abel, inertes y a la vez tan vivos y tan puros como las lágrimas de Haydé; creo en la mirada diáfana de Frank, en la temeridad de Echavarría, en la sonrisa limpia de un Camilo que se evaporó en la gloria y de Guevara abandonado por Manila, pero consecuente consigo mismo hasta la muerte.

Una fue aquella Revolución auténtica y necesaria y otra la “revolución” que la traiciona, la “revolución” de panfleto que en nombre de la “libertad” conquistada coartó la libertad real del hombre; la de los “revolucionarios” sin convicciones ciertas, enajenados en su mentira, en su fantasía o en su conato de poder, pero enajenados al fin, de espaldas a la vida que siguió su curso; “revolucionarios” retóricos de encartonada verborrea, que dejaron de ser motor, vuelo y sueño posible para convertirse con los años en obstáculo, puñal, o pedestal vacío. Esa “revolución” de vidriera, que podrán adornarla de oropeles y aderezar con tribunas, mesillas redondas y discursos, cubrirla de platós para puestas en escena donde “revolucionarios” neoburgueses simulan su libreto, pero que por más convincente que pretenda ser nunca dejará de ser un simulacro y nunca llegará a ser genuina pues siempre se distinguirá, bajo el artificio del montaje, el viso fatuo de la lentejuela.

Detrás de la fachada, entre candilejas se ensayan una y otra vez los decorados, mientras los revolucionarios auténticos agonizan de vergüenza. Mientras esto sucede, lo más honesto y lúcido de mi pueblo se mantiene marginado, pues en este clima de cálculos y simulaciones sólo pueden entronizarse los oportunistas y los dispuestos a comulgar con la mentira que necesita escuchar el poder, un poder que no admite cuestionamientos y que se cobra bien caro las irreverencias, que exige sometimiento absoluto a cambio de las prebendas con que premia a su casta de hipócritas, esa que le aplaude en el estrado para saquear luego en la despensa del pueblo. Mientras se mantenga esta dinámica de dobleces y genuflexiones, el poder estará dispuesto a hacer la vista gorda: soportará que lo roben, soportará que lo defalquen – con la debida “prudencia”, claro está – pero jamás consentirá la discrepancia.

Se cierra un año de la Revolución cubana y en lo que se desploman los axiomas hay quien aplaude, hay quien rechina los dientes y los que más se hacen preguntas, graves preguntas. Pero es preciso, de momento, ir poniendo los puntos bien nítidos sobre las íes, porque tengo la fervorosa convicción de que con las cuentas claras, además de las amistades y los amores, también se conservan las naciones. Por eso hoy, 53 años después, enero me sorprende clamando nuevamente: ¡Viva la Revolución auténtica! ¡Abajo la “revolución” de los farsantes!

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