“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para septiembre, 2011

Una opinión.

Lo que expone el texto que sigue a la pintura de mi amigo no son palabras mías, me llegaron vía E-mail sin firma de autor. Su carácter anónimo denota que el colega que las escribe teme asumir las consecuencias; pero en la Cuba de hoy todo fin justifica los miedos. Aunque tengo más de una razón para dudar que sean sinceros los “… llamados y exigencia de la dirección de la revolución…” a los periodistas, lo reproduzco íntegramente – desconociendo si se trata de todo el artículo o sólo de un fragmento – por el modo en que ilustran varios asuntos que he tratado en mi blog: la ausencia de una prensa oficial ética, la falta de representación sindical y las pésimas condiciones a que están sometidos los profesionales de la salud pública cubana. Los links establecidos remiten a posts de Ciudadano Cero.

Jeovany Jimenez Vega.

Obra de Yordanis Garmendía.

Nadie debe estar exento de la posibilidad de ser públicamente criticado, sobre todo si los resultados de su labor así lo ameritan. Quizás los primeros que debían recibir la crítica pública, en estos momentos, en nuestro país, debían ser los periodistas y los órganos de prensa, que a pesar de los llamados y exigencia de la dirección de la revolución, siguen sin mostrar ni por asomo, la labor crítica que se les pide. No hay periodismo de investigación, y hay bastantes cosas que pudieran ser investigadas, empenzando por las cartas que les envían la población y las vergonzosas respuestas que ofrecen los organismos.

Si hay personas que sienten que deben criticar al sector de la salud, es saludable que lo hagan, y que se investigue, como han reclamado ya otros colegas, la crítica concreta. Pero lanzar una bengala sobre los médicos, de manera general, me parece indignante, y más indignante aún, que no haya habido una respuesta, ni por parte del Sindicato de la Salud, ni de ninguna organización, sociedad, o estructura del Ministerio de Salud Pública, excepto la que informa de las sanciones que impusieron a varios compañeros. Esto es quizás uno de los aspectos más preocupantes: No tenemos representación como gremio, no hay defensa oficial de nuestras actuaciones. Lo único publicado ha sido la carta individual de una doctora que responde bastante bien, aunque pienso que sin ir al fondo de la cuestión. Es muy posible que muchos, entre los que me incluyo, hayan pensado una vez más en la necesidad de tener una verdadera Sociedad, colegio o lo que se le quiera llamar, como lo tienen Enfermeras, Abogados, Economistas, Ingenieros, y un largo etc.

Sin entrar en muchos detalles de los aspectos criticados, lo primero que me pregunto, y debían preguntárselo muchas personas, es lo siguiente: Hay algún otro sector en Cuba, además del de la salud, que pueda mostrar los logros sostenidos durante largos años en los resultados de su labor? Me refiero a reducción de las Tasas de Mortalidad de todo tipo, aumento de expectativa de vida, reducción de morbilidad, etc. Y alguien se le puede ocurrir que estos logros se deben a las buenas condiciones de vida de la población, la magnífica higiene en que viven los cubanos, la excelente nutrición, particularmente después de los 90, la disponibilidad de medicamentos, material gastable y otros insumos necesarios para nuestro trabajo?

O quizás, puede ocurrírsele a alguna persona en su sano juicio, que los logros de la salud se deben o lo inteligentes que son los que nos dirigen, lo bien que planifican el trabajo, el aseguramiento que nos dan de todas las cosas que necesitamos? Tampoco creo que se le ocurra a nadie pensar que estos resultados son el fruto de las magníficas condiciones de trabajo de que disfrutamos, la excelente comida en nuestros comedores, o el elevado salario, la estimulación en divisas, o la atención al hombre.

Entonces, a que hay que atribuir los éxitos del sector de la salud, que no puede ningún otro organismo o sector mostrar: La respuesta es solo una, y todo el que conozca medianamente como trabajamos lo sabe: a la vergüenza, el compromiso y la dedicación, en primer lugar de nuestros médicos.

Me vienen a la mente Agricultura, Transporte, Alimentación, Construcción, Poder Popular, Educación, Policía, Comercio Interior, Gastronomía, los propios Medios de Comunicación y no encuentro ningún otro que pueda, pálidamente, acercarse a nuestros resultados.

Por otro lado, conoce nuestra población cuál es el principal rubro de ingreso económico en nuestro país en el momento actual, superior, de lejos, al Turismo, y demás fuentes económicas, y que se ha convertido en un verdadero salvavidas para la nación en difíciles momentos? Sospecharán que son los servicios que ofrecen muchos colegas en el exterior, devengando prácticamente un ínfimo salario en relación con lo que recibe el país?

Y se habrán puesto a pensar que para poder brindar estos servicios, sus colegas que permanecen trabajando en Cuba deben asumir las tareas que tenían asignados estos colegas, incluyendo no solo la asistencia médica, sino también la formación de miles de estudiantes, de Cuba y de todo el mundo?

Saben los que critican, y los que publican las críticas, que el médico cubano no tiene horarios, que después de una guardia permanece en su centro hasta que sea necesario, que no tiene vida privada, que muchas veces tiene que dedicarse a labores que otras personas no hacen y que no tienen nada que ver con su contenido laboral, como buscar donde realizar un estudio, conseguir un medicamento, y un largo etc.? Que nadie les entrega ni un simple lapicero para escribir en las historias clínicas, recetas, y otros documentos? Que le venden una bata sanitaria cada tres o cuatro años, con suerte? Que el salario que reciben es más bajo muchas veces que el de una empleada de limpieza, que la comida es pésima, incluida las guardias?

Pienso que muchas de estas verdades son ignoradas, no sé si voluntaria o intencionadamente, y que de saberse quizás algunos de los que critican se medirían más para hacerlo. Pero lo que si me queda claro es que del oportunismo y la mediocridad intelectual y ética de muchos de los que actualmente nos dirigen, y no quiero tampoco generalizar, no podremos esperar mucho los médicos.

El convite del desengaño.

Obra de Yordanis Garmendía.                                         Por: Jeovany Jimenez Vega.

Hay dentro de la sociedad cubana un sector, por llamarlo de algún modo, del cual no me atrevería a emitir un cálculo estadístico. Me refiero a los miles o ¿millones? de cubanos que por las vivencias más variadas han migrado del bando de los ultraconservadores, de ser los partidarios más ortodoxos de la intransigencia revolucionaria, para situarse más al centro del dial donde sintonizan con frecuencias más moderadas y realistas, sin que esto siempre implique, vale aclarar, una ruptura frontal con los postulados estratégicos de “su” Revolución, concebida desde ese momento como un concepto más personal.

A este convite del desengaño se llega de las más diversas maneras y en él convergen las más vivas figuras. No hablo aquí de los defenestrados que, reptando para ascender en el stablishmen, tropezaron con el escollo que no pudieron sortear, ni de aquellos que malversaron a manos llenas pero no “salpicaron” suficiente; sino de aquellos que zozobraron desde experiencias diferentes: el que dijo la palabra sincera en la ocasión “inoportuna”, el que no mintió, incluso aquel cuyo carisma levantó el celo de algún poderoso, el que intentó ser consecuente frente a la incontrastable realidad que no se lo permite. Entre ambos tipos hay una abismal distancia moral: los primeros, puntas de lanza – material desechable apartado al final de su ciclo útil – en su último acto se levantan al fin la máscara y dejan ver el oportunista camuflado que siempre llevaron dentro; los últimos, los auténticos traicionados, llevan a cuestas un sincero dolor, una frustración que apenas soportan; pero entre todos conforman un pool que a estas alturas de la novela ya emitió su veredicto final.

Como se trata de una masa dispersa a través de estratos sociales y generaciones diversas, sin una ubicuidad precisa, se dificulta una definición, digamos, sociológica, sobre todo porque este proceso de re-sintonización con la realidad se produce, con frecuencia, de modo inconfeso, ya por temor a represalias del entorno o por rezagos del amor propio traicionado con el paso de los años, y esto lo convierte en un fenómeno insondable, porque se trata de descifrar – si es esto acaso posible – algo que se transforma, que convulsiona y madura, en el alma del hombre.

Rumiando su desencanto en silencio, se movió quien discurría por la izquierda de la izquierda, hacia una postura más objetiva, y al que antes defendía a pleno grito y golpes de pecho aquellas posiciones, hoy se le ve, apagado el brío de antaño, bajar la frente ante la evidencia y guardar un pudoroso silencio cuando ayer, ingurgitado el rostro, vociferaba. Pero esto sólo vale para el hombre de vergüenza, para el que aún bajo el concepto más errado, defendió sus principios desde una auténtica fe. Para aquellos que los gritos de entonces no fueron más que vulgar simulación, la nueva realidad no plantea ningún conflicto de conciencia, pues para ellos el asunto sigue siendo tan simple como antes: sólo tendrá que mudar su piel de camaleón y apostar exactamente a la misma hipocresía, al mimetismo de siempre.

Así vamos los cubanos, en esta rara simbiosis de antagonismos: junto a lo grotesco lo admirable, junto a lo sublime lo mezquino, junto al gesto más auténtico la simulación más refinada; labrando todo el espectro de pasiones y virtudes del espíritu, desde la ruindad miserable, que mendiga su migaja servil, hasta la dignidad que prefiere morir altiva antes que venderse a las huestes que la profanan. Mientras, continúa el reemplazo perpetuo de piezas en la base de la maquinaria, otros peones con nuevos bríos, nuevas puntas de lanzas que mañana, al llegar su ineludible turno en este ciclo, también tendrán un sitio seguro en este convite del recambio y del olvido.

Pidamos la palabra…

A la Dra. Adelaida Fernández de Juan.

Estimada colega:

Recién leo su escrito Medicina defendida, que circula desde el pasado agosto en la red. Antes de darme a la lectura advierto su nombre al pie, y como eso es signo de responsabilidad y coraje – arrestos a los que no se atreve quien se oculta en anonimatos – ya con esto, para mí, gana de antemano pues ante la sinceridad y la valentía, quien aquí le escribe siente reverencia, más allá de que comparta o no lo que postula. Como Usted, soy médico, graduado desde 1994, y encuentro en su escrito referencias a maltratos e incomprensiones, por lo que me gustaría llamar la atención sobre algunos detalles.

Durante el tiempo que ejercí la Medicina fui testigo de disímiles situaciones en las que algún trabajador de la salud maltrató, consciente o inconscientemente, a algún paciente o familiar. Esto es innegable. Pero tan innegable como esto, es el hecho de que por cada uno de estos maltratos de trabajador a paciente puedo recordar una decena de casos (sin hiperbolizar), en sentido contrario, sólo que estos, a diferencia de aquellos, muy pocas veces trascienden. Cuando un paciente se siente maltratado, con frecuencia se queja inmediatamente a los diferentes niveles del Sistema de Salud, del Gobierno y del Partido, pero casi nunca sucede esto cuando los maltratos – muchísimo más frecuentes de lo que se suponen – suceden a la inversa. Algunas veces el paciente ni siquiera se percata de su actitud, pues el agravio es asumido desde la profesionalidad por el maltratado, en este caso nosotros.

Sin embargo hay un punto en el cual discrepo con Usted o con cualquiera que lo sostenga. Cuando Usted se refiere al tema “… de los bajísimos y desproporcionados ingresos salariales, del menosprecio por la vocación, del trato realmente abusivo del cual somos víctimas y otras gravedades…”, enseguida da por sentado que “… no existe todavía posibilidad de paliar dichos males. Esto me transporta a épocas pasadas, en que nuestro sector estaba inscrito en la lista de los llamados presupuestados, o sea, aquellos que dependían completamente de la financiación del Estado. Este era el socorrido argumento para explicar por qué los salarios de nuestros profesionales de la salud eran tan bajos y no se podían aumentar de ningún modo. Pero pasó el tiempo, llegó la era de las misiones médicas en el extranjero y ahora vivimos una realidad bien diferente.

Cuba sostiene hoy misiones de colaboración médica en más de 70 países, lo cual le ha reportado durante los últimos años la impresionante suma de entre 5000 y 8000 millones de dólares anuales. Un rápido cálculo convierte 8000 millones de dólares – contra el CUP con que se nos paga nuestro salario – en 180000 millones de pesos anuales. Sólo con esto somos ya el sector económico más productivo de este país. Pero a estos ingresos millonarios (que superan por mucho incluso al Turismo, que genera unos 2000 millones) hay que sumar el aporte de las industrias Farmacéutica y Biotecnológica, erigidas como el tercer renglón exportable, después de las industrias del níquel y petroquímica. Queda claro: nuestro sector se ha convertido en la locomotora de la economía cubana, por lo que no existe una sola razón convincente para que se nos pague este mísero salario, equivalente de menos de 30 dólares, por todo un mes de trabajo.

Si me extiendo en las cifras, es sólo porque son sumamente elocuentes. Usted sabe, como yo, que ese extra de sensibilidad humana que pone nuestro trabajador en lo que hace no tiene precio, a pesar de nuestras grandes carestías, que tal vez desconozcan quienes nos juzgan, con sorprendente ligereza, sin conocer a fondo la gravedad del asunto. Usted, como yo, habrá hecho guardias médicas donde faltan medicamentos vitales, reactivos, película de radiografía y material gastable esencial; donde no disponemos ni siquiera de agua corriente, ya no para bañarnos en una guardia de 24 horas, sino aún para asearnos las manos; descansando en condiciones tan penosas que no las creería quien no las viera; comiendo pésimamente – por ejemplo, sopa clara y puré de papas, o harina de maíz y boniato hervido por todo menú – sabiendo de antemano que esa guardia no nos reportará un centavo para alimentar a nuestros hijos y sabiendo además, lo cual es más doloroso aún, que otros sectores tan estatales como el nuestro, que no generan ni por asomo los ingresos que como sistema generamos, están siendo muchísimo mejor remunerados.

Durante décadas hemos sido un sector pésimamente atendido. En mi caso personal, recuerdo que desde 1994 trabajé durante siete años con las únicas dos batas que me vendieran recién graduado, y confronto esto con otros sectores que han recibido uniforme y calzado completo cada año – algunos incluso cada seis meses – además de un extra mensual en CUC, aseo personal y alimentos. No me explicaría esto si no fuera aceptando, con dolor lo digo, una dura evidencia: a los responsables de atender este sector no les preocupa el bienestar de los nuestros trabajadores, ni el de nuestras familias, todo es cuestión de pura indolencia, de una proverbial irresponsabilidad, o de ambas.

Usted cita a otro periodista, Fernando Ravsberg, que como parte de lo que ya va tomando atisbos de cruzada, igual arremetía – según infiero de su escrito, pues no he podido acceder a dicho artículo – extendiendo la sombra del soborno sobre justos y pecadores. Lo leo y recuerdo, sin embargo, tan elevados ejemplos de conmovedora consagración; profesionales que no son segundos de nadie en cuanto a conocimientos se refiere, pero tampoco en cuanto a principios éticos; personas íntegras, que llevan su sabiduría a cuestas con una humildad que deslumbra, viviendo en medio de carencias que me avergüenza sólo recordar, y que sin embargo, preferirían morir antes que caer tan bajo. Sé que hay inescrupulosos entre nosotros, me consta y conozco su rostro, su nombre y apellidos concretos, no son ejemplos abstractos sino una realidad. Pero para mi orgullo y el suyo, Doctora, y quizás para sorpresa del señor Ravsberg, jamás serán la regla, se trata de vergonzosas excepciones. Eso me consta, y pondría ambas manos sobre el fuego por esa, mi gente desinteresada y honesta. Quien ande buscando árboles para leña, que levante la vista por encima de nosotros y hallará suficiente bejuco oportunista que cortar; pero cuando no se tiene coraje para tanto, es más cómodo y seguro emprenderla con nosotros, los de abajo.

Por decir palabras muy similares a las suyas, Doctora, fui estigmatizado, e incluso algún estúpido me acusó públicamente de estar “metalizado”, cuando soy de los convencidos de que el capitalismo está muy lejos de ofrecer una solución a los problemas del mundo, pero extenderme en este punto nos apartaría de lo que nos ocupa. Creo que es estúpido correr detrás de lo superfluo, siguiendo una cultura de consumo que me compulse a comprar un teléfono móvil todos los meses o un auto nuevo todos los años. Pero tan absurdo como esto es que Usted, después de 26 años de trabajo, esté sin un centavo a los tres días del cobro; que cualquier trabajador de nuestro sector al mediodía almuerce sin saber qué cenará en la noche; que ni por asomo nos alcance un “salario” ganado honradamente para alimentar a nuestra familia por más de una semana; que un especialista con 20 años de trabajo lleve su único par de zapatos rotos; que a lo máximo que podamos aspirar como médicos sea a una maltrecha bicicleta. Ante semejante cuadro, Kafka no sólo palidecería, sufriría con seguridad un infarto masivo con todas las complicaciones descritas por la cardiología. No pido la opulencia irracional, pero tampoco me merezco la existencia miserable a la que parecen querer condenarme.

Disculpe mis modales, me presento: soy Jeovany Jimenez Vega, vivo en Artemisa y soy especialista en Medicina General Integral desde 1999. Hace cinco años que estoy inhabilitado para el ejercicio de la Medicina en todo el territorio nacional por tiempo indefinido, desde octubre de 2006, por haber canalizado ante el entonces Ministro, Dr. José R. Balaguer Cabrera, el criterio de 300 profesionales de la Salud Pública sobre aquel irrespetuoso “aumento” salarial a nuestro sector a mediados de 2005. En el momento de mi sanción era yo militante del Partido – desde 1995 – y cursaba en ese momento el último año de la especialidad en Medicina Interna; inmediatamente fui expulsado del Partido y suspendido de mi Residencia, y varios meses después era inhabilitado, junto a un colega y amigo que me acompañó en aquella iniciativa. Los detalles de cómo se mintió a manos llenas para intentar legitimar nuestra sanción, los puede encontrar en el primer post de mi blog “Ciudadano Cero” (ciudadanocerocuba.wordpress.com), abierto desde diciembre pasado para denunciar esta injusticia y luchar por recuperar el ejercicio de la profesión que me fue usurpada.

Doctora: A pesar de todo, no lo dude, contamos con el respeto y el cariño de la mayoría de nuestros pacientes, y ya eso es un gran estímulo para continuar. Tanto como esto, me reconforta que haya profesionales como Usted, que no se resignan a mirar con indolencia la ignominia, sino que rompen el silencio y se comprometen con la verdad. Consagramos nuestra vida a la profesión médica, a ella nos debemos, pero esto jamás debe ser entendido como una renuncia a defender con altivez nuestros derechos. Vivimos orgullosos de nuestra sublime profesión, más allá de ese “… menosprecio por la vocación, del trato abusivo…” a que nos vemos sometidos por parte de quienes deberían velar por nuestro bienestar como trabajadores. No olvidamos jamás que nuestro juramento nos impone el deber de confortar al hombre en su enfermedad y su agonía, y de consolarlo siempre en su dolor, aunque en su delirio llegue a morder la mano que lo cura. En este empeño, Doctora, conservamos la frente en alto y el corazón abierto, que lo demás no importa. Téngalo por seguro, ya vendrán tiempos mejores.

Querido Pablo…

La naturaleza humana propende a los hábitos, lo cual no es raro pues por esencia el hombre es un animal de costumbres. Los cubanos, sujetos a esa regla como los que más, arrastramos la tendencia a la algarabía a donde quiera que vayamos, y Miami no iba a ser precisamente la excepción. El concierto de Pablo en el Arena estuvo marcado, como antes lo estuvo el de Los Van Van, por toda esa parafernalia costumbrista a que parecemos destinados los nacidos en la gran antilla; todo por esa arrogancia de creernos dueños de la verdad absoluta y ese mal hábito de impugnar el derecho ajeno a la discrepancia, ya estemos hablando de beisbol o de las guerras del Peloponeso; incluso si de elegir cómo pasar una noche de sábado se trata.

Los decididos a no olvidar aquella voz de sus juveniles guerrillas por la playa durante su vida en Cuba, llegó al Arena en medio de los alaridos de un grupo por suerte bastante más diezmado que cuando tocara el trabuco de Formel. Esta minoría sostiene un odio desfasado y rancio que no ha favorecido más que a la élite del poder en Miami y en La Habana. Ambas orillas se nutren de esta intolerancia azuzada mutuamente por lo más recalcitrante, que mantiene este estado de cosas donde siempre perdemos los de abajo. Aunque, para consuelo de quienes optamos por la cordura, en ambas aceras son cada vez menos los extremistas que de portazo coartan a una generación – pujante también a ambos lados de la acera – más fresca, oxigenada con aires de cambio, y portadora de actitudes más conciliatorias.

Sorprende ver a aquellos que salieron de Cuba buscando tolerancia y libertad, espantados por la represión, repetir a pie juntillas en Miami – ¿se tratará de un designio genético? – el mismo guión que repudiaron y para colmo, frente a un artista raigal, que prefirió no congraciarse con risitas de ocasión cuando creyó ético asumir posturas críticas no desde el exilio, sino desde Cuba, que no es exactamente lo mismo.

Más allá del derecho que en lo personal tenga Pablo de cantar donde, cuando y para quien lo desee, y así mismo de aquellos que asistieron al Arena, de escucharlo, hay un hecho cierto: ya él se sabe inscrito junto a los consagrados en la rica historia de la Música cubana, aunque muriera hoy mismo, aunque nunca más compusiera una canción. Debería saberlo aquel que intenta juzgarlo, y le preguntaría yo: asere, aquí, entre cubanos ¿tú, qué has hecho?, ¿cuál ha sido tu aporte a la cultura cubana?, ¿dejarás algo imperecedero?, ¿por qué se te recordará mañana? Ante el talento… ten al menos el decoro de callar.

Por mi parte me confieso incapaz de emitir un juicio sobre Pablo sin apasionarme, porque admiro demasiado su arte como para eso, pues he vivido momentos hermosos de mi adolescencia y de mi juventud con su música de trasfondo. Aunque fuera sólo por la conciliación entre todos los cubanos valdría la pena el lance más temerario. Con Los Van Van o con Pablo, de haber estado yo en Miami, no habría modo humano de detenerme en la puerta del Arena. Como no habría modo de detenerme si fuese Willy Chirino en La Tropical o en La Piragua. Estaría allí como el primero, junto a mi música, entre cubanos.

Carta a Trabajadores y a Juventud Rebelde.

El pasado 15 de agosto entregué personalmente en el Combinado Poligráfico Granma, ubicado en General Suárez y Territorial, municipio Plaza de la Revolución, Ciudad de La Habana, un documento de dos cuartillas que sintetiza cinco años de atropellos en mi afán por regresar al ejercicio de la Medicina, desde que fuera inhabilitado a finales de 2006. En la oficina destinada a este fin entregué todos los detalles esenciales sobre mi caso, dirigidos a la Sección “Cartas a la Dirección, que publica los viernes opiniones enviadas a la misma desde todo el país sobre diferentes temas. Ese mismo día, además, envié el caso a esta sección por vía E-mail a través de dos correos diferentes, sólo por asegurarme de que alguien, al menos, lo leyera.

Pasados 21 días – o lo que viene a ser lo mismo, tres viernes – sin que se publique mi caso, infiero que ya está decidido que no se hará. Dado que el periódico Granma es el Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba y pudiera suceder que no sea de interés del Partido que se conozca un caso tan “incómodo”, decidí en el día de hoy dirigirme además a otros dos periódicos de alcance nacional: el semanario Trabajadores (dirigido a su E-mail buzon@trabaja.cip.cu) y el diario Juventud Rebelde (dirigido a su Sección Acuse de Recibo, E-mail acuse@juventudrebelde.cu), también desde dos correos diferentes. Como el mío siempre lo consideré un problema puramente sindical – pues fueron otros los que lo politizaron – y este es el perfil de Trabajadores; y como me considero joven y este es el perfil mantenido por Juventud Rebelde, espero que ambos periódicos tengan la entereza profesional de publicar mi caso y denunciar a los culpables.

Mientras tanto, espero con paciencia. Tal vez la sección “Cartas a la Dirección”, de Granma, reaccione finalmente ante la gravedad que implica que dos médicos estén inhabilitados hace cinco años por el simple hecho de haberse dirigido a su Ministro, como parte de un grupo de 300 trabajadores, para hablar de su salario. Nunca se sabe. Después de todo, nuestros dirigentes juran y perjuran que en este país no existe la censura de prensa… ¿o sí?

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