“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para abril, 2011

El sindicato y los disponibles

Por: Jeovany Jimenez Vega.

Mi relación con el Sindicato de la Salud devino, durante 12 años, en monótonos cumplidos limitados al pago de una pequeña cotización mensual y una reunión de vez en cuando en que no se hablaba de nada trascendente. Guardo un patético recuerdo de aquellas reuniones: trabajadores esperando con premura el fin de la angustia, semidormidos, mirando indiferentes, sin escucharlo, al representante sindical que recitaba un aburrido discurso. Esta monotonía quedaba interrumpida únicamente, de vez en vez, por aquellas asambleas, más patéticas aún, en que se despedazaron amistades de años por ridiculeces tales como la asignación (venta a precio inferior al de la tienda) de un televisor o una bicicleta. Sin embargo, sí se sacaba algo en claro de aquellas jornadas agónicas: que todo era pura apariencia, pura formalidad, que se estaba allí únicamente para recibir orientaciones unidireccionales, siempre de arriba a abajo y nunca viceversa, que cualquier intento de abordar temas medulares, como por ejemplo los salarios miserables, sería una pérdida de tiempo.

La verdadera misión del sindicato se devela en el caso que motivó el nacimiento de este blog. A mediados de 2005, un “aumento” equivalente a menos de $2.oo USD a nuestro salario mensual generó una ola subterránea de descontento entre los trabajadores de la Salud Pública, que lo consideraron irrespetuoso. Esto provocó la entrega de un documento firmado por 300 trabajadores de seis municipios del oeste de la entonces Provincia La Habana, dirigido al Ministro de Salud Pública, en que quedaba implícita una demanda de mejor atención a los trabajadores del sector. Los detalles de esta historia se encuentran en el primer post de Ciudadano Cero. Lo que sucedió como colofón es muy ilustrativo de cómo el Gobierno y el Partido, esta vez Sindicato mediante, resuelven las diferencias en Cuba. En resumen: el Jefe Nacional del Sindicato de la Salud Pública dirigiendo personalmente reuniones sumarias ¡enjuiciando a dos trabajadores afiliados a su sindicato y proponiendo su expulsión del Sistema Nacional de Salud por haber escrito una carta a su Ministro para hablar de su salario! Resultado: ambos médicos inhabilitados para el ejercicio de la Medicina. Esto ofrece una idea de hasta qué punto se ha desvirtuado en Cuba el papel de las organizaciones sindicales, devenidas en sucursales de la Administración y del Partido, obedientes incondicionales de sus órdenes.

Los intereses más esenciales de los trabajadores no encuentran lugar entre las directrices del sindicato. Un buen ejemplo es que incluso en el actual contexto, en que quedan “disponibles” – léase cesantes – alrededor de 1 millón de trabajadores en todo el país como parte de la llamada por el gobierno “política de reordenamiento laboral” – léase despidos masivos – y que también incluirá a miles del sector de la salud, no se tiene ningún tipo de deferencia con quienes han solicitado su “liberación” de este sector para viajar al extranjero y que, lógicamente, deberían ser los primeros en ser exonerados de sus funciones si este sector, como los demás, dejará miles de cesantes – oficialmente “disponibles” – en pocos meses. Un asunto tan trascendente para la vida del trabajador no es nada que le preocupe en lo más mínimo al Sindicato de la Salud Pública (ver Resolución 54).

Todo esto explica por qué, entre otros complejos factores, no se conocen expresiones públicas de rechazo a políticas dictadas en Cuba que perjudican tan directamente al ciudadano común. Aquí el fin justifica los miedos. Si Usted tiene firmes criterios propios y está decidido a expresarlos y esos criterios se apartan un punto del discurso oficialista, no dude un segundo que contra Usted acometerán todos los recursos de un gobierno que no acepta la discrepancia, que interpreta cualquier gesto de expresión cívica como una amenaza o una provocación que tendrá que ser sofocada del modo más ejemplarizante y radical. En su tentativa de expresarse debe dar por seguro que no contará con un tribunal imparcial ante el cual interponer una demanda contra los maltratos, ni ante una Fiscalía que conmine a las autoridades a la “legalidad”, sino que Usted estará indefenso, en medio de una selva de impunidades a merced de las bestias.

A pesar del millón de cubanos despedidos, el sindicato no se pronuncia sino para aplaudir, da la espalda y no levanta la vista, ni echa rodilla en tierra por el trabajador despedido. Así se entiende por qué las calles de Cuba continúan siendo tan apacibles como siempre para los ojos de paso del turista o del embajador de buena voluntad, que continúan regresando maravillados por este oasis de paz en medio de un mundo tan anárquico, tan hostil y revuelto. En fin, que donde el capitalismo neoliberal diga despidos masivos de trabajadores, en Cuba se dirá “reordenamiento laboral”, y donde el empresario capitalista diga trabajador despedido desamparado a su suerte, en Cuba el Sindicato dirá “trabajador disponible”. ¡Nadie podrá negar que así todo resulta muchísimo más tierno para el oído!

Algo que no entiendo

Si siendo un adolescente traté de ser inexorablemente buen estudiante, si mi abnegación en el estudio me hizo superar bien cada etapa, si esto avaló entonces mi ingreso a la Unión de Jóvenes Comunistas donde milité hasta los 30 años; si fui considerado un buen compañero durante toda mi vida de estudiante hasta graduarme a golpe de grandes sacrificios en 1994, en el momento más doloroso del “período especial”; si luego trabajador tuve un buen desempeño en mis funciones asistenciales como médico, a la par que durante años asumí responsabilidades por el bien colectivo que me sustrajeron una buena dosis de salud; si desde mis 25 años todo esto avaló mi ingreso al Partido Comunista de Cuba, por lo cual fui durante 5 años doble militante; si mi afán de superación profesional me lanzó a comenzar la difícil y abarcadora especialidad de Medicina Interna en enero de 2004 queriendo ser más competente y útil; si todo esto viene a ser, a grandes rasgos, la historia de mi vida, entonces – y aquí es donde me pongo bruto y no entiendo – si fui consecuente con todo lo que se me pidió: ¿cómo es posible que hace 5 años fuera expulsado del Partido, suspendido de mi Residencia en Medicina Interna y terminara inhabilitado para el ejercicio de la Medicina en mi país por tiempo indefinido, por haber dirigido aquella solicitud de 300 trabajadores al Ministro de Salud Pública?

Si cuando lo creí necesario, no escatimé en sacrificios y me olvidé de mí mismo; si cuando creí que lo precisaba la patria, allí estuvo mi brazo junto a millones de brazos; si cuando creí que lo correcto era hablar, seguí el dictado de mi conciencia, rompí el silencio y dije cuanto pensaba, cuando otros decidieron simular o callar; si más allá de tener o no la razón – que espero me acompañe – he tratado de ser un hombre ético, un hombre regido por principios en cada uno de mis actos. Sin embargo, cuando toqué a las puertas de las altas instituciones de mi país, nunca se concretó aquel compañerismo romántico del discurso, jamás apareció la ayuda de aquel brazo generoso, nadie se molestó en responder a mi llamado, aquel poder sólo pretendió pisotearme y su orden, inequívoca, fue hundir mis palabras en el lodo, moler mis huesos para amedrentar a los cobardes, para sepultar aquel ejemplo bajo las cenizas del escarmiento. Ahora releo aquellas conmovedoras palabras del Comandante y definitivamente no entiendo…será que me he puesto bruto con los años.

La vida en ello

Dos médicos deciden entregar en la sede del Ministerio de Salud Pública unos breves documentos dirigidos a su Ministro donde hacen constar el punto de vista de 300 trabajadores con respecto a su salario. Por toda respuesta reciben, meses después, la inhabilitación de ambos para el ejercicio de la Medicina en su país por tiempo indefinido.

Lo que arriba se describe no es la sinopsis de un trhiller de ficción. Si aclaro que ambos médicos son cubanos y que esto sucedió en La Habana hace 5 años, se entenderá todo de golpe. Sobrevienen, naturalmente, las preguntas. ¿Deshonraron el juramento hipocrático durante el ejercicio de su profesión? ¿Faltaron al código de Ética Médica? ¿Ofendieron el pudor o la dignidad de algún paciente? ¿Fueron pasto del soborno vendiendo un medicamento o un certificado médico? ¿Alguien murió debido a su irresponsabilidad o su impericia? La respuesta es sólo una y es rotunda: ¡No, nunca sucedió! Entonces ¿qué contenían esos pocos gramos de papel que hiciera merecer a ambos médicos la sanción administrativa más extrema? ¿Por qué esa reacción tan irracional y desproporcionada ante algo tan natural y simple, contemplado teóricamente como un derecho en su Constitución? Esta respuesta es más simple aún que la primera: el miedo a cualquier tipo de consenso. Funcionarios déspotas, cuya psicología aún funciona sobre esquemas mentales retrógrados, formados en esa intolerancia visceral que no admite el más mínimo cuestionamiento, fueron incapaces de entender las sanas intenciones de aquellos trabajadores. Simplemente se aterrorizaron ante aquellas 300 firmas y dando rienda suelta a su terror reaccionaron del modo más radical y violento.

Lógicamente, este caso no se puede aislar de su contexto. Esto sucede en un país que hoy ostenta la Vicepresidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que se ufana de ser el más respetuoso de estos derechos, incluidos la libre expresión y la libertad de pensamiento. Pero aquí están estos médicos, aún inhabilitados 5 años más tarde. Si los funcionarios del Ministerio de Salud Pública que dieron curso a aquel bochornoso proceso no se supieran al amparo de la impunidad, nunca consumarían semejante abuso de poder. Si la Fiscalía y el resto de las instituciones con potestad para ello procedieran éticamente y los castigaran por coaccionar y amenazar a dos trabajadores, por difamar y mentir, por adulterar documentos y levantar falsas acusaciones, hechos contemplados como delitos en el Código Penal, otro gallo cantaría. Pero la Fiscalía fue una pieza más en esta componenda – ver su respuesta – y con ella el resto de las instituciones centrales de este país a las que impugnaron estos médicos hasta el cansancio.

Hace exactamente 5 años, en abril de 2006, después de tocar estos médicos a las puertas del Consejo de Estado y del Comité Central, el Sindicato de la Salud Pública y el Partido organizaron una serie de vergonzosas reuniones en todos los centros donde hubo trabajadores firmantes del documento enviado al Ministro de Salud Pública. Se procedió metódicamente, según un protocolo bien establecido y fueron sistemáticos repitiendo su mentira (Médicos inhabilitados en La Habana). De ahí la certeza de que todas las condiciones continúan creadas para que cualquier iniciativa análoga en cualquier lugar de Cuba la bella, sea tratada exactamente igual por los represores de turno, para que cualquier atropello semejante quede igualmente impune. Deben saber, eso sí, que este cubano conoce sus derechos, que se sabe despojado de algo suyo y para reconquistarlo luchará con uñas y con dientes. Deben saber que no se callará, que no se detendrá ante nada. Es una cuestión de honor y le va la vida en ello. Espero que lo sepan.

La visita de James Carter

Por: Jeovany Jimenez Vega.

La prensa cubana y extranjera ha reflejado, durante los últimos días, la visita del exPresidente norteamericano James Carter a Cuba. Al final de la breve conferencia de prensa ofrecida el 30 de marzo, el exPresidente hizo referencia a las libertades de reunión y de expresión, así como a la libertad de viajar de los cubanos. Esto me hizo meditar sobre las palabras pronunciadas hace algún tiempo por nuestro Presidente Raúl Castro, negado a que Cuba haga gestos unilaterales para beneplácito de ningún gobierno extranjero. Esto es comprensible. Cierto que hay algo muy claro en este asunto que no compete a nadie más que a los cubanos y que debemos resolver entre cubanos. Estos problemas deben ser resueltos por nuestro gobierno en este minuto, sin más dilación. Pero no es hacia el Presidente Obama a quien está éticamente obligado el Gobierno cubano a dirigir los gestos de vindicación, es hacia el pueblo cubano, que es en última instancia al único a que se debe, el que está privado masivamente de estas libertades y el que masivamente las reclama. La deuda histórica se ha contraído con el pueblo cubano, la víctima real en esta historia, atrapado en medio del litigio entre las dos orillas y que es el que ha soportado durante cinco décadas, encima de las más absurdas carencias económicas, estas, más dolorosas aún, privaciones de derechos civiles y políticos. Más dolorosas, porque las primeras están dirigidas a la mesa o a las perchas del ropero, pero las segundas están dirigidas al corazón y a la vergüenza del hombre, mancillan abiertamente su dignidad humana y son un latigazo en el rostro para todo cubano con decoro. A falta de pan se come casabe, pero la dignidad y el decoro son irremplazables.

Así pues ¡Adelante! ¡Que no le tiemble la mano al Gobierno cubano para la concesión de estas libertades en este año de Congreso! ¿Estaría nuestro gobierno dispuesto a levantar todas las restricciones a los viajes de los cubanos desde y hacia Cuba? Para esto se impone eliminar la potestad discrecional otorgada a ningún tipo de funcionario para negar este derecho, que le compete únicamente al individuo y no privar a ningún ciudadano cubano del mismo por consideraciones políticas – salvo las ligadas a delitos que atenten contra la vida de las personas – y la abolición definitiva de “cartas de invitación” y de “permisos de salida”, mecanismos abominables existentes hasta hoy. Esto además implicaría el respeto a las propiedades de quien parte, pues podría regresar cuando desee. Todo esto eliminaría para siempre el término “salida ilegal” y el doloroso drama de las vidas perdidas en el mar. ¡Adelante! ¡Garantícese los derechos de reunión y de expresión de todos los cubanos! ¿Permitiría el gobierno cubano a su pueblo el acceso pleno y sin censura a la Internet? ¿Estaría nuestro gobierno dispuesto a reconocer y legitimar una oposición política, no negándole la posibilidad de expresarse públicamente por los medios que considere convenientes? ¿Establecería nuestro gobierno el derecho a hacer manifestaciones públicas de protesta pacífica? Esto implicaría el acceso de esa oposición a la prensa escrita, radial y televisiva y a prohibir, por ley, los clásicos mítines de repudio y las golpizas, que quedarían contemplados claramente como cuerpos de delito en el Código Penal. ¿Estaría dispuesto nuestro gobierno?

Son preguntas que quedan sin respuesta para James Carter. Mucho se habla y hasta se especula sobre los propósitos, alcances y consecuencias de su visita. Muy pocos dudan de la buena voluntad del exPresidente para intermediar entre Cuba y EE.UU. Pero nada señala por ahora hacia una rápida conquista de estos derechos para el pueblo cubano. El tiempo será el encargado de develar estas cuestiones. Mientras tanto, aquí dije y aquí repito: la concesión de estos derechos no se puede ver como un gesto que se nos exija desde fuera, ni puede supeditarse al levantamiento del embargo por el gobierno estadounidense, ese gesto de vindicación es una deuda histórica contraída por el gobierno cubano con relación a su pueblo porque es a este a quien ha privado de estos derechos. Ya va siendo hora de que esta deuda, vergüenza de la patria, por fin quede saldada.


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