La ciberguerra y la censura
Por: Jeovany Jimenez Vega.
La frase no parece pronunciada por un periodista que reside en Cuba en pleno 2011: “…los cubanos tenemos criterios, hemos crecido aprendiendo a tener criterios…” Causa estupor escuchar esto en el programa sobre la ciberguerra, transmitido el pasado lunes 21 de marzo por Cubavisión. Se recibe la impresión de que en Cuba hay una absoluta libertad de criterio, que aquí Usted pudiera opinar a diestra y siniestra sin ser molestado ni con el pétalo de una rosa. Yo, que he estado durante más de 4 años inhabilitado para ejercer mi profesión por algo tan simple y natural como opinar ante mi Ministro, quedé estupefacto. En un programa dedicado al uso de las tecnologías de la Informática y las comunicaciones como armas en la confrontación ideológica, fue evidente la intención de dejar plantada en nuestro subconsciente la idea de la Internet como una amenaza, de la Internet como una agresión (por supuesto, se refiere a la que a mí me niegan, no la que disfrutan ellos plenamente). Como de costumbre, de presentar a todos los bloggers independientes como la encarnación misma del anticristo, haciendo tabla rasa y mezclándolo todo en una amalgama donde presuntamente pulula lo más execrable, se pasó al discurso apologético elogiando a los bloggers alineados con el gobierno cubano, incluidas entrevistas a periodistas de medios de la prensa oficial cubana y, por supuesto, a ninguno de los proscritos.
Los periodistas y bloggers defensores fervientes de la política del gobierno con relación a la Internet, que presumen de su libertad para emitir criterios independientes, conocen sobradamente las verdaderas reglas del juego. Tienen meridianamente claro que tal “libertad” para acceder a la red mundial tiene límites bien precisos, que está condicionada a mantener una rígida postura repetitiva al carbón de la línea oficial – conditio sine qua non – para mantener este privilegio y que si se les autoriza a mantener un blog o navegar el ciberespacio – casi siempre desde una oficina de trabajo cuidadosamente controlados – esto es en calidad de préstamo, de prebenda y no como un auténtico derecho. Cualquiera de ellos que quebrante la exigida uniformidad de criterios, y aún desde la buena voluntad haga un cuestionamiento frontal a cualquier política oficial, terminará automáticamente en la calle. Tampoco es secreto para nadie que los estudiantes de las Brigadas de Respuesta Cibernética, que operan desde la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), no pueden discrepar ni apartarse una coma de lo exigido, pues volverían a ver la UCI únicamente en fotos, quedarían fuera del juego y tal vez fuera de su carrera universitaria o de su trabajo. Todo esto trae implícito que quien navegue la Red desde Cuba defendiendo este dictado oficial a capa y espada, es sólo un privilegiado más, que opina cobijado a la sombra del poder, sin asumir riesgos, y no hace otra cosa que defender su privilegio, consciente de que cualquier opinión incómoda se pagaría caro.
El artículo de Granma publicado el martes 22 de marzo, al tratar en su último segmento la postura del gobierno cubano con relación a la Internet, muestra tal desconexión con la realidad que debería hacer a su autora palidecer de vergüenza. Existen sobradísimas razones para creer que si el acceso masivo de su pueblo a la Internet fuera de conveniencia para el gobierno cubano, ya esto fuera un hecho consumado. El gobierno ha demostrado con creces que la propaganda ideológica es su prioridad absoluta; entonces el advenimiento de la Internet se le presenta como una realidad incompatible porque su uso puede burlar las alambradas de la censura. Monopolizados durante medio siglo todos los medios masivos de información y acostumbrados a brindar cómodamente, en cucharilla de plata, su versión única de la realidad como una verdad incuestionable, como un dictado divino, este incómodo fantasma que recorre el mundo se le ha convertido en una espeluznante pesadilla. Saben bien que para conservar el control necesitan desesperadamente mantener el hermetismo del muro de la censura, que ha sido la esencia de una estrategia de comprobada eficacia, pero donde ya se advierten inevitables fisuras por donde se filtra la luz y es ahí donde hoy concentran el ataque.
Después de todo queda claro el mensaje: nuestro gobierno no está dispuesto a permitir, bajo ningún concepto, el libre acceso del pueblo cubano a la Internet. Prefiere arrastrar la mala letra ante el mundo, con tal de mantener el control absoluto de la información para mantenernos dentro de su campana de cristal, a buen resguardo de la “propaganda” mundial. Ni siquiera tras la llegada mil veces anunciada del cable de fibra óptica desde Venezuela el panorama cambiará, pues siendo una cuestión de voluntad política ya surgirá un fantasmal pretexto sobre la infraestructura técnica del país o cualquier otra excusa para que no llegue la Red a mi hogar. Por ahora el cubano queda detenido ante la alucinante tarifa de $7.oo CUC (casi la mitad de un salario mensual promedio de alrededor de $16.oo CUC) por una hora de Internet desde un hotel. Pero a pesar de esto, se llega al cinismo de acusar a alguien obligado por ello a conectarse desde una embajada, como si no prefiriera hacerlo desde su casa si se le permitiera. Pero esta situación, un producto de su propia política de censura, le da de paso un argumento extra al gobierno para acusar a todo blogger de mercenario. Ha quedado ampliamente demostrado a través de la historia, que cuando un poder se siente amenazado usa todos sus medios para incinerar hasta la raíz cualquier foco de discrepancia. Igual que ayer ardieron en la hoguera de los inquisidores montañas de libros, hoy arden, en sus hogueras virtuales, montañas de bytes.







