“Ciudadano Cero” ofrece el testimonio de dos médicos cubanos que permanecieron inhabilitados durante más de 5 años para el ejercicio de la Medicina en Cuba por haber canalizado ante su Ministerio la opinión de 300 profesionales de la Salud Pública acerca de su salario. El Dr. Jeovany Jimenez Vega, quien administra este blog, autoriza y agradece la divulgación, por cualquier medio posible, de toda opinión o artículo suyo publicado en el mismo.

Archivo para enero, 2011

Vocación

Por Jeovany Jimenez Vega

En un mundo donde abunda la indolencia, donde la bondad y la compasión no están de moda, se agradece haberlas conocido. La Congregación de las Madres Escolapias cuenta hoy con 119 misiones esparciendo luz y verdad sobre el espíritu a lo largo de 27 países. Como hormiguitas inquietas andan con su deber y sus sueños a cuestas, al servicio de la niñez y la juventud, tan necesitadas de su enseñanza y ternura. Como es tan intensa la vocación necesaria para entregarse a este elevado cometido, son escasas, como las cumbres. La Congregación cuenta con apenas 700 hermanas repartidas, eso sí, por todas las latitudes. Estadísticamente hablando, nos tocaría uno de estos ángeles por cada 10 millones de terrícolas; siendo así, haber conocido a una decena de ellas es ya todo un privilegio. Sostenidas por una fe inquebrantable, son portadoras de ese espíritu que viene a resumir todo su asunto doctrinal: la solidaridad humana; una vocación sin fronteras, que las sensibiliza con el sufrimiento humano, tenga el color que tenga y ante la cual todos somos iguales en dignidad. En su retiro espiritual (que no social), asumen como su familia al género humano y su vocación cosmopolita nos convierte a mí y a ti en sus hermanos, a nuestros hijos en sus hijos y así todo dolor nuestro es su propio dolor.

El pasado viernes 28 de enero regresaron a su sede en Roma las Madres Divina García Calzada, Superiora General, y Carmen Cabrerizo Ribate, Ecónoma General de la Congregación, después de varios días en visita de trabajo a su misión cubana, ubicada en Guanajay, Provincia de Artemisa, constituida en este momento por las hermanas Elvia Carreño, Sonia Rodríguez y Dulce María González, mexicanas, incondicionales. Ya había quedado un grato recuerdo en nuestra comunidad de la Madre Ana María García Novo, mi Santa Ana, española, asignada hace varios meses a Madrid después de más de 18 años de desinteresado servicio en Cuba, y así mismo del resto de las hermanas que han atendido esta misión en diversos momentos. Además tenemos la suerte de contar en Guanajay, hace más de una década, con los servicios del Padre Francesc Carreró Vidal, catalán, también escolapio, hombre de predicación valiente y comprometida. Cada una de estas personas limpias y afables convierten la solidaridad, no en mero pretexto impreso en el papel de los versículos, sino en ese evangelio vivo al que se refería nuestro Caballero de la Luz. Detrás de cada una de ellas admiro el gozo y la alegría de servir, me hacen confiar definitivamente en el mejoramiento humano y me devuelven la convicción de que, mientras respiren entre nosotros seres así, nada estará perdido.

Hoy el Ciudadano Cero hace un aparte en su camino, se quita el sombrero ante estos elevados ejemplos de consagración y les envía este mensaje de cariño y respeto a todas las 700 almas que sostienen sus misiones, laboriosas y humildes, repartidas por el mundo. Manténganse, hermanas, fuertes en la fe, que el hombre está necesitado de virtudes. ¡Honor a quien honor merece!


De José Martí a Máximo Gómez

No me canso de leerla. A cada rato vuelvo a ella y mi imaginación recrea la escena. Es el 18 de octubre de 1884, New York. Ya había tomado cuerpo la conspiración más ambiciosa y enérgica que se produjera luego del fracaso de la Guerra Chiquita: el Plan Gómez-Maceo. En la misma habitación los tres titanes, dos guerreros y un poeta, los tres consumidos por las ansias de liberar a Cuba que sufre. Gómez, absorto en sus planes, traza en su mente de estratega consumado las líneas de acción que creía necesarias con el celo del padre que ve nacer a un hijo; quiere evitar los errores de las pasadas contiendas. Todo en él es nervio y carácter, un hombre recio y difícil de abordar por momentos, y en uno de esos momentos Martí le quiere sugerir algo, pero las palabras del joven, aun virtualmente un desconocido para estos curtidos veteranos, fueron cortadas en el aire por el General como por un tajo de machete: ¡limítese a cumplir lo que se le ordene! Luego un silencio. El General Maceo, una vez retirado Gómez, trata de disculpar el exabrupto del jefe admirado y querido, pero el espíritu sensible de Martí ya había sufrido la conmoción. Dos días después Martí le escribiría esta carta al General Gómez. El tiempo daría la razón a Martí, el intento fracasaba y habría que esperar toda una década para reiniciar la lucha, pero aquí nos quedó este legado de gigante a gigante, a modo de advertencia, para todos los cubanos de todos los tiempos por venir.

(Fragmentos)

Señor General Máximo Gómez

New York

Distinguido General y amigo:

¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!- Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente; y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra? – Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto – porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida.- El dar la vida sólo constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Ya lo veo a Vd. afligido, porque entiendo que Vd. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario, la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio. Domine Vd., General, esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un importuno arranque de Vd. y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el General Maceo, en la que quiso,-¡locura mayor! – darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Vd., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. ¡No: no, por Dios!: -¿pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán Vs. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.

A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; a una guerra así, que venía yo creyendo – porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Vd. hermosa respuesta, – que era la que Vd. ahora se ofrecía a dirigir; – a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo; – pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente honrado el que la capitanee; – a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; – a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines, cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito-y no se me oculta que tendría hoy muchas – no prestaré yo jamás mi apoyo-valga mi apoyo lo que valga,- y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, – yo no se lo prestaré jamás.

Muy grande puede llegar a ser Vd. – y puede no lograr a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia…

La impunidad.

La impunidad es el caldo de cultivo preciso para que florezcan todos los vicios y pululen por doquier los gusanos de la desvergüenza y la inmoralidad. Bajo su sombra se pasean, seguras y altaneras, las bajas pasiones del hombre, que sin los límites precisos de la ley, desgraciadamente tiende a mostrarse como bestia. La impunidad es la condición esencial para que se entronice la injusticia. Donde quiera que triunfaron los truhanes y se posicionaron las mafias, búsquese infaliblemente a esta criatura astuta y camaleónica como culpable.

El pueblo cubano, hace más de medio siglo, creyó haber extirpado para siempre el cáncer de la impunidad que puede llegar a podrir todo el entramado social. ¡Nadie cometa el error de subestimar su poder! Pero lo que debió quedar en el pasado permaneció impunemente, valga la redundancia, entre nosotros. Así continuamos mi compañero el Dr. Rodolfo Martínez Vigoa y yo, aún inhabilitados (ver Resolución Ministerial 248) para el ejercicio de la Medicina en nuestro país por haber dirigido una carta a nuestro Ministro en 2005 para hablar de nuestro salario. Durante más de cuatro años hicimos llegar las pruebas que evidencian la burda mentira de que fuimos víctimas hasta todas las autoridades con potestad para derogar esta injusticia, pero siempre esta señora de que hablamos interpuso su mano invisible. A pesar de que el peso de la evidencia a nuestro favor es incontestable, nadie reaccionó (ver Médicos inhabilitados en la Habana). Así, el entonces Ministro de Salud Pública Dr. José Ramón Balaguer Cabrera, quien se dio el lujo de desconocer la Carta de los 300 trabajadores en 2005, decidió tranquilamente no responder a ninguna de la decena de cartas que le enviáramos durante más de tres años sin que pasara absolutamente nada. El entonces Director Provincial de Salud de La Habana Dr. Wilfredo Lorenzo Felipe, también impune, está hoy manchando con su presencia las banderas de una pretendida solidaridad hacia otros pueblos, que musita entre dientes sin que se entere su corazón, y junto a su esposa, la entonces Decana de la Filial Oeste del Instituto de Ciencias Médicas de La Habana, Dra. Beatriz Torres Pérez, responsable de la arbitraria suspensión de mi Especialidad en Medicina Interna mediante la Resolución Decanal 14-06 ostenta la jefatura de la Misión Médica de Cuba en la República de Mali. Igualmente la Fiscalía General de la República se limitó, ignorando las evidencias que brotan de la sola lectura de los documentos que le fueran entregados, a comunicarnos que no hubo “violaciones de procedimiento” en este proceso contra nosotros. O sea, que el Departamento de “Protección de los Derechos Ciudadanos” de la Fiscalía, que no dispuso siquiera de 5 minutos para hablar con los ciudadanos que emitieron la queja contentándose con la versión de la instancia administrativa, no considera como una violación de procedimiento la falsa acusación, el falso testimonio, la adulteración de documentos, la difamación, la mentira a manos llenas, las amenazas, la coacción y el abuso de autoridad de que fuimos víctimas. La Respuesta de la Fiscalía que repite descarnadamente la mentira, por su tono tendiente a politizar el asunto pudiera confundirse tranquilamente con un acta del Partido Comunista de Cuba. Si esta fue la postura del presunto garante de la legalidad, está aquí de más referirme al silencio inexcusable que mantuvieron durante más de 4 años los Consejos de Estado y de Ministros, el Comité Central del Partido, la Asamblea Nacional del Poder Popular y por supuesto las dos últimas Direcciones del Ministerio de Salud Pública.

Es saberse apaciblemente amparados por la sombra de la impunidad, lo que permitió a estos funcionarios, cada cual según su turno y a su modo, mantenernos aún bajo este ultraje. Todos saben muy bien lo que hicieron. Todo pudiera resumirse en una palabra: PREVARICACIÓN, llevada a una escala institucional escandalosa. Que este sea el estado actual de cosas, confirma que el fantasma de la impunidad en Cuba no es, ni remotamente, un asunto del pasado, sino que todavía se pasea amenazante e impune, valga otra vez la redundancia, por todas las calles de mi patria.

Cuando un amigo se va…

Queda un espacio vacío…mi amigo Alfredo se va al exilio. En marzo de 2003, aquella primavera negra, el caos irrumpió en su vida. Hijo de Alfredo Felipe Fuentes, opositor, y de Loyda Valdés González, Dama de Blanco. Su padre, prosélito, disidente irreductible, caía en la redada de los 75 opositores hechos prisioneros. Su delito, hasta donde logré entender, fue poseer en su vivienda una biblioteca independiente y haber participado activamente en la colección de firmas del Proyecto Varela. Aquella pesquisa de la Seguridad del Estado a su hogar duró más de 7 horas. El abogado que estuvo a cargo de su defensa sólo tuvo 1 hora, tiempo que demoró el auto desde su casa hasta el Tribunal, para estudiarse por única vez un expediente de pulgadas de grueso. Ya en el Tribunal, la sala deliberadamente llena con personas ajenas por completo al caso, seleccionadas con ese sólo propósito, impidió a varios familiares entrar a la vista. Resultado del juicio sumario: la Fiscalía pidiendo una condena de 15 años de privación de libertad y el Juez imponiendo finalmente una condena de 27 años, la tercera más alta entre los 75. Entonces Loyda, su esposa, se sumó al activismo de las Damas de Blanco, no se detuvieron ante nada y el resto es historia conocida. Desde el pasado 7 de octubre fue liberado Alfredo y exiliado en España junto a parte de su familia. Una situación de salud demoró la salida del resto. Hoy vuelan hacia el deseado reencuentro.

Parte con su familia Alfredo hijo, mi amigo en las verdes y las maduras. Incondicional hasta la temeridad cuando llegó mi turno bajo la tempestad, estuvo a mi lado y asumió conmigo todos los riesgos. Firmante en 2002 del Proyecto Varela y de otras iniciativas cívicas más tarde, incluida una carta pública a Raúl Castro. Su altísimo concepto de la dignidad humana y la indignación ante aquella ofensa lo convirtieron también en firmante de la Carta de los 300 trabajadores, dirigida al Ministro de Salud Pública en noviembre de 2005. Médico del alma, poeta, tallador de quimeras, soñador irremediable, de corazón transparente y luminoso espíritu, un ser adamantino. Deja aquí a otros que vociferan consignas de las que se burlan a hurtadillas, otros que en nombre de aquella Revolución auténtica y necesaria tratan de legitimar una barbarie; aquella auténtica Revolución en la que, a pesar de todo, seguimos creyendo, aquella Revolución traicionada por cuanto simulador, testaferro u oportunista ofende y mancilla esta amada tierra.

Ya nos veremos hermano mío. ¡Todo tiempo futuro tiene que ser mejor!


La acera del parque


Estoy en el parque Martí, de Guanajay, pequeña ciudad de la recién estrenada Provincia de Artemisa (hasta diciembre pasado La Habana) al oeste de la capital. Hace unos años, justo donde estoy parado, se extendía un tramo de maltrecho césped, arruinado por el continuo paso de quienes hallaban así la vía más corta a su destino. Como tentaba el atajo, con los años se había hoyado la hierba marchita en un trillo reseco y desnudo, inevitable consecuencia de que allí donde debía pisar el pie camino al trabajo, a la juerga o al amor, nadie previera la necesidad de una acera. Entonces algún funcionario municipal, ofendido ante semejante irresponsabilidad pública decidió poner en orden las cosas tomando su propio atajo, apostó por la vía más corta, por la solución más inmediata y facilista: designó un inspector. ¡De este modo, mediante el escarmiento, la gente aprendería a cuidar de su parque! Aquel inspector, atento y ceñudo, tuvo durante meses la difícil misión de apostarse vigilante durante horas en el banco que se ve al fondo, a la espera del infortunado que, empujado por la premura o la costumbre, pisara el trillo polvoriento para aplicarle ipso facto la respectiva multa. Pero como todo lo insensato trae consigo los días contados, aquello por supuesto no resultó, pues nadie puede vigilar a todos todo el tiempo. Y así las cosas, otro funcionario más lúcido (o acaso el mismo vencido por la evidencia de los hechos) tuvo entonces una idea más brillante y sensata: construyó una acera.

Cuba hoy necesita con premura menos inspectores y muchas más aceras prudentes y sensatas. He sido testigo de la persistencia, durante décadas, de leyes y regulaciones prohibitivas que siempre me causaron estupor, que son constante y masivamente violadas a vox populi. Dictadas hace 50 años, bajo circunstancias bien distintas, continúan en vigor hoy intactas, fosilizadas, cuando son otros los tiempos que corren y son otros Cuba, su gente y el mundo. Ejemplos nos sobran: la prohibición a la compra y venta de vehículos automotores y de viviendas, como en su momento fueron las prohibiciones que convirtieron tácitamente en delito la posesión de un reproductor de video VHS, de DVD, un teléfono móvil o un ordenador, “despenalizados” hace apenas 2 años y que nunca dejaron de ser pasto del mercado negro, o aquellas que mantuvieron durante décadas el apartheid turístico para los cubanos en tierra propia y la prohibición absoluta a comprar, o ni si quiera a entrar, en determinados circuitos de tiendas elitistas. Junto a estas “nimiedades” se mantienen, entre otras, prohibiciones más oscuras y siniestras, como la que no me permite salir y entrar libremente a mi país y la que me niega terminantemente el acceso a la Internet ya en la segunda década del siglo XXI.

Lo acertado o no de una legislación se aprecia inequívocamente en sus consecuencias. Allí donde se dictó la regulación equivocada, innecesaria y contraproducente, sólo germinarán los frutos de la corrupción de los funcionarios mediante el soborno y la extorsión, el florecimiento de la ilegalidad y el deterioro de los valores éticos del hombre obligado a delinquir. Cuando, en uno de sus primeros discursos como presidente en 2007, Raúl Castro reconocía que cada prohibición absurda fomenta la ilegalidad, me alegré profundamente. ¡Parecía que al fin se percataba alguien de la necesidad de los cambios! Pero cuatro años más tarde parece que nadie tiene apuro en destrabar el dominó. Nuestro Parlamento se ha rezagado con respecto a las necesidades de su pueblo y ha evidenciado consumadamente su actitud proclive al estatismo. Lejos de renovarse en sus propuestas parece congelado en los años 60. Lejos de dictar nuevas legislaciones que fomenten con realismo los espacios de la legalidad, se aferra a leyes obsoletas que han demostrado, durante décadas, una absoluta ineficiencia. El cuerpo legislativo está obligado a escudriñar la realidad para dictar leyes que se ajusten al pulso de su tiempo, debe ser un ente vivo y dinámico porque así es la sociedad de la que emana, una compleja colectividad en constante ajuste de sus horizontes que no esperará que se dicte la ley oportuna o que se revoque la obsoleta, primero volteará la espalda e irá naturalmente hacia la consumación de sus necesidades, vulnerando para ello cualquier mordaza legal. Es deber del Parlamento ampliar el marco de la legalidad para que la urdimbre social se transforme y respire, ajustando la ley a las necesidades del pueblo como una espada a su vaina. Únicamente así se consolidaría la auténtica y profunda reformación ética y estructural que necesita este país, para que todo no derive en momentáneos golpes de efecto o en resultados puramente cosméticos.

Decía el Rey de Saint-Exupéry: “La autoridad reposa, ante todo, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo tirarse al mar, hará la revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.” Para nuestro Martí todo el arte de la política está en prever. Prever que los pueblos se hacen de los hombres como son, no como deberían ser y en consonancia con ello obrar con realismo. Prever, como confirmó aquel funcionario en Guanajay, que quien apueste por construir aceras lúcidas y oportunas, no precisará jamás de reprimendas ni castigos. Ya lo aconsejó el Maestro: yerra pero consuela, que quien consuela nunca yerra.


Carta a Raúl Castro Ruz.

El 11 de noviembre de 2010, exactamente 5 años después de entregados los documentos dirigidos al entonces Ministro de Salud Pública, el primero de los cuales fuera respaldado por 300 trabajadores, terminaba de escribir esta carta dirigida a un alto dirigente de mi país, cuya identidad me reservo, y que fuera entregada varios días más tarde. Aquí se expone un fragmento:


Artemisa, 11 de noviembre de 2010.

Año 52 de la Revolución”.

Desde niño aprendí que esta Revolución de los humildes y para los humildes triunfó para desterrar a la élite burguesa de encumbrados senadores y ministros que despreciaban y desatendían al pueblo. Se pagó una altísima cuota de sufrimiento humano para que todo fuera distinto, para sepultar aquel tiempo en que los trabajadores no tenían voz y se reprimía todo gesto discordante con la falacia que reinaba. Ahora los trabajadores aspiraban a un ministro ético y cercano, que nunca olvidaría que siendo hijo del pueblo debe ser digno de su origen y, siempre accesible, estaría presto a responder con transparencia y humildad al último de sus trabajadores. Sin todo esto la Revolución misma dejaría de tener sentido…

… Usted reconoce en un documento que aún conservo desde que fui Secretario de mi núcleo del PCC, y que aquí le anexo en mi condición de exmilitante, que toda represalia es una violación de los derechos del ciudadano y del militante mismo. Sin embargo hace 4 años se reprimió impunemente esta iniciativa del modo más radical y violento, del modo más carente de ética, mintiendo cínica y deliberadamente, coaccionando y amenazando abiertamente a los trabajadores, difamando a dos médicos inocentes e indefensos, y mancillando públicamente nuestra dignidad en actos a la usanza del 80 donde únicamente faltaron los huevazos y los tomatazos. Los organizadores de estas reprimendas se emplearon a fondo, no escatimaron en recursos, realizando un impresionante y excesivo despliegue de fuerza a modo de advertencia que persiguió amedrentar a los trabajadores y dejó tácitamente las cosas claras: no se permite colectar firmas con este fin, está tajantemente prohibido en Cuba este tipo de consenso. Los responsables de estos atropellos incurrieron en hechos claramente contemplados como cuerpos de delito en el Código penal vigente y lo hicieron con la impunidad más absoluta. Pero si fue grave ser castigados de este modo tan mezquino, mucho más grave resultó que esta injusticia se consumara ante la mirada inmutable de todas las instancias centrales de este país con potestad para investigar con rigor y/o derogar este caso. Todas, durante cuatro años, hicieron caso omiso a decenas de documentos enviados. Esto incluye al Consejo de Estado y al Consejo de Ministros, al Comité Central del Partido, a la Asamblea Nacional del Poder Popular, a la Fiscalía General de la República y por supuesto a la pasada y a la actual Dirección del Ministerio de Salud Pública…

Hace 5 años 300 trabajadores subordinados al Ministerio de Salud Pública se dirigieron respetuosamente a su ministro, dentro de la legalidad y amparados por el Artículo 63 de la Constitución Socialista vigente. Hasta el día de hoy jamás recibieron la respuesta igualmente respetuosa a que tienen derecho. Estos 300 trabajadores no son una facción, no son un partido ni una organización de ningún tipo, no son el enemigo ni constituyen ninguna forma de oposición política. Estos 300 trabajadores de opiniones y posturas heterogéneas, tienen sin embargo una cuestión en común: a ninguno de ellos le alcanza su salario para sostener a su familia. Así de simple y llano es el asunto y no admite otra vuelta de página. Sin embargo los intolerantes de turno reaccionaron como si hubiésemos lanzado un Molotov. La mano que coartó esta iniciativa estuvo guiada por la misma intolerancia que en décadas pasadas y convulsas desterró poetas, maniató creadores, insultó la dignidad del homosexual y la fe del devoto creyente, la misma ancestral intolerancia culpable de la UMAP y del ostracismo de Lezama y de Virgilio, la que durante el éxodo del 80 apaleó con saña y lanzó patadas y pedradas con ecos que todavía resuenan en la Cuba de hoy, esta vez con nuevos rostros, pero con el mismo puño que no vacila ante el pensamiento que discrepa, todo lo cual establece una dolorosa línea de continuidad, pues nuestra historia no transcurre durante la década gris de los 70 sino ya bien entrada la década del 2000. Que 30 años después se haya consumado un atropello semejante, deja en entredicho que el gobierno haya asumido sinceramente una postura más abierta y tolerante con relación al individuo. Una sociedad no será nunca participativa si cada propuesta, sólo puntualmente divergente, es recibida por los círculos del poder como un desafío o como una ofensa que tendrá que ser inexorablemente castigada, si en lugar del diálogo regenerador se estimula la brutalidad como filosofía, con lo cual sólo se fomenta la hipocresía y la doblez, se conduce al estatismo y se anquilosan las potencialidades del pueblo.

Mi concepto de Revolución pasa medularmente por el respeto sagrado del derecho ajeno, por esto para mí deja de ser Revolución todo lo que atente contra la libertad del hombre o coarte uno sólo de sus derechos. Cuando me dirigí honestamente a mi Ministro lo hice en consonancia con estos principios, desde la buena fe y movido por un sincero afán de mejoramiento humano. Hubiera bastado una humilde respuesta de pocos párrafos escrita en diez minutos, pero la soberbia pudo más y se optó por la bestialidad del zarpazo. Aquel Ministro tuvo el derecho de pensar que no nos asistía un átomo de verdad, de discrepar con nosotros hasta en la última letra, esto es algo sano mientras la confrontación se despliegue, aún en toda su ferocidad, en el campo del pensamiento; ya nacerán de esta polémica los caminos hacia el futuro más fértil. Pero absolutamente a nadie le asiste el más remoto derecho a privarme de mi palabra, a censurar mis ideas, ni a despojarme arbitrariamente de mi profesión. Quien necesite mentir, difamar o recurrir a la violencia, se denigra sobre todo a sí mismo y demuestra inequívocamente que no tiene la razón. No existe un solo fundamento legal, moral o ético que justifique estas sanciones y profana el verdadero espíritu de la Revolución que impunemente se me atropelle en su nombre porque, como sentenció el Maestro, el puñal que se hunde en nombre de la libertad se hunde en el pecho mismo de la libertad…

Dr. Jeovany Jimenez Vega.

Especialista de 1er. grado en Medicina General Integral. Inhabilitado.

Residente de 3er. año en Medicina Interna. Suspendido.

¿Por qué Ciudadano Cero?

Jeovany

Quien esto escribe nunca ha sido un opositor. Salvo emitir mis criterios dónde y cuándo lo estimé procedente, nunca asumí una conducta activa en ningún sentido que no fuera el de la Revolución. Hoy no tengo filiación política, de hecho la única filiación que tuve alguna vez fue la de militar durante 10 años en el Partido Comunista de Cuba, previa militancia desde mi adolescencia en la Unión de Jóvenes Comunistas, además de mi cuota de desvelos con la Federación Estudiantil Universitaria durante mi etapa de pregrado hasta que me gradué como médico en 1994, en los momentos más oscuros del “período especial”. O sea que, según los parámetros demandados por el stablishment político yo fui, hasta hace relativamente poco, un buen muchacho, parte de “lo mejorcito” de mi generación, la de las entregas y los sacrificios, tal vez un poco irreverente pero, al fin y al cabo, un buen muchacho. Es cierto que más de una vez hice alguna que otra pregunta incómoda en mi núcleo del Partido, que se encontró con ceños fruncidos y caras largas; esto, unido a una incurable tendencia a cuestionármelo todo, terminó por encender sobre mi cabeza el bombillo rojo de alarma que me tuvo durante años bajo la pupila vigilante de más de un funcionario político y en el colimador de más de un francotirador oportunista.

Así llegó el 2005. Después de 11 años de trabajo ya no era entonces un recién llegado y conocía bien el modo de pensar de mis compañeros. ¿Qué no se hablaría en la intimidad de un grupo de trabajo reunido en una consulta durante los momentos de sosiego de alguna noche de guardia, así durante años? Pues resulta que aquellos trabajadores, de una calidad humana de la cual tuve el privilegio de ser testigo y con un nivel de conocimientos que no los convierte en segundos de nadie en este mundo, recibieron a principios de aquel año la buena noticia de que su Ministerio haría un aumento salarial en breve. Rápido se corrió la noticia y rápido creció la expectativa. Pero los meses pasaron y llegó aquella noche de mayo en que Fidel Castro anunció personalmente a teatro lleno y televisado en vivo, que el susodicho aumento a nuestro salario mensual consistiría en $ 48.oo pesos (menos de $2.oo dólares USD a la tasa de cambio de entonces). Recuerdo nítidamente el silencio glacial y los rostros de esfinge con que recibieron la noticia los presentes esa noche en el Karl Marx. Al día siguiente, lo inevitable. Para describir aquí la indignación de mis colegas, tendría que recurrir a palabras realmente obscenas que hoy, pasado el componente emotivo, me daría vergüenza repetir. Entonces, junto a un compañero de trabajo me lancé a la empresa de hacerle llegar estos criterios, traducidos en los términos más decentemente posibles, al entonces Ministro de Salud Pública Dr. José Ramón Balaguer Cabrera. Lo que sucedió después pudiera ser el material argumental de un thriller y es lo que trata de quedar resumido, en formato PSD, en el primer post de este blog con el título “Médicos inhabilitados en La Habana”. De nada valió el tono respetuoso y mesurado de los documentos entregados. De nada valieron mis pasados méritos, si los tuve, cuando llegó mi turno ante la trituradora, lo cual viene a confirmar que para ser triturado en este país no se necesita ser un opositor, basta con cometer el “delito” de emitir un criterio propio de modo sincero y que este criterio suyo se aparte en un punto o una coma del discurso oficial. Baste decir que menos de un año después, en octubre de 2006, como consecuencia de esto, estábamos mi compañero y yo inhabilitados para el ejercicio de la Medicina en Cuba por tiempo indefinido, sin la más mínima posibilidad de apelación. La oleada de represalias incluyó mi expulsión del Partido (lo cual viene a ser lo único no discutible en este asunto) y la suspensión de mi Residencia en Medicina Interna, de la cual cursaba yo el último año.

¿Por qué Ciudadano Cero? Porque así me siento ante mi Ministerio y mi Gobierno después de cinco años de no ser tenido en cuenta, de ser desatendido, anulado, atropellado, difamado e irrespetado por un hecho tan natural y simple como haberme dirigido educadamente a mi Ministro. Este blog será mi testimonio personal sobre una injustica colosal pero en él no cabe, en toda su dimensión, el drama humano vivido durante este tiempo. Aquí habla el ciudadano común, no especialista versado en temas sociales, no letrado en Resoluciones y leyes, no funcionario con pruritos de ascenso, ni crítico con ínfulas de experto; aquí habla el ciudadano privado de su derecho a trabajar ejerciendo la profesión que ama, el ciudadano privado de su derecho a opinar y castigado por ello, hablo aquí desde el ángulo del individuo de a pie, víctima de las buenas, regulares o malas decisiones tomadas entre las estratosféricas cumbres del poder y hacia las que nunca puede ni siquiera enfrentar aún la más argumentada y justa de las razones sin provocar las reacciones urticantes de la intolerancia. Aquí mi intento de hacerte llegar esta historia, perfectamente extrapolable a otros ciudadanos cero, que por lo grave de la violación a nuestros derechos merece ser conocida. Este blog se mantendrá abierto y será regularmente actualizado mientras yo continúe inhabilitado para ejercer mi profesión.

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